LISTA DE REPRODUCCIÓN
«Miracle», de Story of the Year
«Black Mirror», de Sophie Simmons
«No Rest for the Wicked», de Klergy
«Crazy», de Gavn!
«The Death of Peace of Mind», de Bad Omens
«Skull & Bones», de A. A. Bondy
«Saints», de Echos
«Danger», de Jacqui Siu
«Will It Ever Be the Same», de Young Summer
«Waking Up», de MJ Cole & Freya Ridings
«Monster», de Skillet
«Tragedy», de Zero 9:36
«Kill for You», de Skylar Grey (feat. Eminem)
«Hypnotizing», de Aaron Camper
«Sad Season», de Gavin Haley
«Can’t Get You Out of My Head», de Glimmer of Blooms
«Spellbound», de Ghostly Kisses
«Guest Room», de Echos
«Let It Burn», de Red
Advertencia:
este libro incluye contenido que puede
herir la sensibilidad, escenas de maltrato
y contenido sexual explícito.
NOTA IMPORTANTE
Como algunos y algunas ya sabréis, el primer libro de esta saga, Haunting Adeline, se prohibió debido a todas las advertencias que tenía. Pero es muy necesario que tales advertencias existan. Las he incluido en mi página web también.
En este segundo libro hay situaciones desencadenantes francamente oscuras, como violaciones muy gráficas (dichas escenas se describen con sumo detalle, así que, por favor, léelas con cautela). También hay violencia gráfica y gore, tortura, acoso sexual, secuestro, abuso psicológico, abuso físico, abuso mental, situaciones sexuales explícitas, tráfico de personas, trata de esclavos, grooming, trastorno de estrés postraumático severo y perversiones muy particulares que incluyen juegos de sangre, juegos con cuchillos, degradación y somnofilia.
Este libro es muchísimo más oscuro que el primero. Por favor, tomaos en serio estas advertencias. Vuestra salud mental es muy importante.
NOTA DE LA AUTORA:
Si lo que esperas es un reencuentro rápido, este libro no es para ti. Pero no te preocupes, que eso no significa que no haya una buena cantidad de «condimentos».
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
El diamante
El olfato. Ese es el primero de los sentidos que recupero. Y ojalá fuese cualquier otro, porque enseguida me siento abrumada por aromas a olor corporal y a una colonia empalagosa, y por lo que solo puedo describir como el hedor de la mismísima reencarnación del mal.
Y, en ese momento, el que aparece es mi sexto sentido, que me susurra notas de urgencia y me advierte.
Estoy en peligro.
Esas notas se convierten en una canción llena de chirridos y ruidos estridentes, que llenan mi cuerpo de un pánico desgarrador. Se me dispara la adrenalina y apenas tengo consciencia suficiente como para permanecer lo más callada posible.
Abro muy lentamente los ojos, llenos de costras, y me doy de bruces con una oscuridad total. Tardo un segundo en darme cuenta de que mis ojos están vendados.
Entonces, el maldito entumecimiento con el que me desperté se desmorona y me quedo sin aliento cuando aparece un dolor que me consume por completo y envuelve mi cuerpo en la agonía más absoluta.
Dios mío, ¿es esto lo que se siente al estar viva? No puede ser la muerte. Si lo fuese, estaría en paz. Y sí, puede que me haya enamorado de un acosador, pero que me aspen si no he logrado a pulso un buen lugar a las puertas del cielo.
Me lo he ganado, joder.
Me devano los sesos, intento pensar más allá del dolor y recordar qué coño me ha pasado. Recuerdo vagamente los mensajes de Daya pidiéndome que viniera. La prisa que sentí cuando no contestó a mis llamadas. Recuerdo también subirme al coche, encender los faros llena de pánico, una sacudida hacia delante y luego… nada.
Y ahora me encuentro aquí… No sé dónde estoy. Pero fijo que no es un sitio seguro.
Dios mío, ¿de verdad sería Daya la que me mandó los mensajes? ¿Le habrá pasado algo a ella también?
Esa posibilidad hace que me atraviese de nuevo el pánico. Las opciones se reducen y desarrollan hasta que me convierto en un amasijo de ansiedad y desesperación. Daya podría estar herida o en grave peligro.
Joder, yo sí que estoy herida y en grave peligro. Y no tengo ni puta idea de cómo voy a salir de esta.
Mi respiración se acelera aún más y el corazón me late con tanta intensidad que, al golpearme el pecho, me duele físicamente. Tengo que tirar de las pocas fuerzas que me quedan para guardar silencio.
¿Dónde coño estoy?
«¿Dónde está Zade?».
A continuación se oyen voces apagadas, amortiguadas por el pitido de mis oídos, pero que cada vez son más fuertes. Hago un gran esfuerzo para intentar escuchar por encima de los latidos de mi corazón y del dolor que se va hinchando en mi cuerpo como si fuera un globo de agua.
Por algún motivo la agonía también tiene voz, y es la hostia de alta.
—Seguro que Z la estará buscando —dice un hombre en voz baja—. Pero en cuanto lleguemos donde Garrison y dejemos la furgoneta estaremos bien. La llevaremos allí enseguida.
Un recuerdo concreto me golpea en la cabeza: destellos rápidos de cuando me sacaron del coche a rastras y el dolor que sentí después de que el cristal y el metal me mordieran la piel. Eso explica por qué me arde la espalda.
Es obvio que me han secuestrado. Ha debido de ser cosa de la Sociedad. Zade había dicho que yo era su objetivo, y sé que tenía guardias apostados en el exterior de Parsons Manor. Deben de haber usado a Daya como cebo, lo que significa que hay una alta probabilidad de que a ella también la hayan secuestrado.
«Joder, soy idiota».
Ni siquiera me detuve a pensar que, cuando Daya no contestó al teléfono, pudiese ser una trampa. Estaba tan obsesionada en ir con ella por si estaba herida o en peligro que ni se me pasó por la cabeza llamar a Zade. No solo podría haberme salvado a mí, sino también a Daya.
Aprieto los ojos mientras noto cómo me sube un sollozo por la garganta. Una lágrima se desliza entre mis pestañas y me tiembla el pecho con esfuerzo, intentando no derrumbarme. Ha sido todo culpa mía.
Zade me advirtió en innumerables ocasiones de que iban a por mí, y, a la primera trampa que me tendieron, caí.
«Eres idiota, Addie. Tonta del culo».
—¿De verdad crees que podremos ocultársela a él? Es el puto Z, colega —responde otro hombre con un ligero acento hispano.
—Solo le estamos dando a la Sociedad lo que nos ha pedido. A quién temes más? ¿A ellos o a Z?
Joder. O sea, que ha sidola maldita Sociedad. Lo sabía, pero oír la confirmación me llena el cuerpo con una nueva dosis de adrenalina.
No sé por qué me han metido en esta mierda, pero tienen que sacarme de esta puta ensalada de depravación; yo no soy esto. Yo soy una ensalada llena de frutas y verduras. Cosas sanas que no me secuestran ni me esclavizan.
El segundo hombre murmura:
—Joder, la verdad es que preferiría no elegir.
Se oye el sonido de una mano que golpea el hombro o la espalda de alguien como para tranquilizarlo.
—Qué pena que no tengas elección, Rio. Pero da igual. Esa chica vale millones. O sea, que lo que tenemos aquí es un puto diamante. Imagínatelo, colega: la chica del mismísimo Z en una subasta. ¿Sabes cuántos enemigos tiene este tío? A la peña se le caerá la baba por convertir a su chica en su juguetito. Yo me llevo mi parte de Max, y estoy seguro de que la Sociedad te compensará a ti. Viviremos de puta madre. —Suelta una carcajada de hiena—. ¡En cuanto me llegue la pasta, me voy a comprar una puta isla privada solo para mí!
Las crueles palabras de este tío, que habla de mí como si fuera una casa en venta, me provocan una descarga de ira.
—Tu idea de la tranquilidad debe de ser diferente a la mía. Porque tendremos que escondernos con ella. Al menos, mientras Z siga vivo —responde el segundo, que se llama Rio. Su nombre me suena, y recuerdo vagamente que alguien lo gritó después de sacarme de la carretera.
—No te preocupes. Con el ritual de esta noche tendremos ventaja, y estoy seguro de que, de un modo u otro, la Sociedad acabará con Z. Nos protegerán.
La única respuesta a esta afirmación del primer hombre es un bufido burlón por parte del segundo.
Dios mío, estoy metida en un buen lío. Se me llenan los ojos de lágrimas y, por mucho que lo intente, ni los insultos más bestias que se me ocurren impiden que se desborde mi llanto como un río por debajo de la venda.
Apenas consigo contener el sollozo, que aún amenaza con derramarse abriéndose paso hacia el interior de mis dientes.
«Respira hondo, Addie. ¿Qué te enseñó Zade?».
Tardo unos instantes en ordenar mis pensamientos, pero al final se filtra su voz.
«Deja pruebas».
Apretando los dientes por el dolor, cojo lentamente algunos mechones del pelo y tiro de ellos hasta que me los arranco. Los agudos pinchazos son insignificantes comparados con lo que me duele el resto del cuerpo.
Me muevo muy lentamente, lo mínimo posible. Con los ojos vendados, no sé si pueden verme bien o no. Un solo movimiento que perciban por el rabillo del ojo les podría alertar.
Muevo los dedos hasta que los pelos se aflojan y caen.
Estoy a la caza de otro mechón cuando mis dedos tocan un chichón inmenso, y no puedo evitar que se me escape un aullido.
Los dos tíos no estaban hablando en ese momento, pero parece como si una habitación llena de gente se hubiera quedado, en cuestión de segundos, en un silencio sepulcral.
—Bienvenida a la tierra de los vivos, bomboncito —canturrea uno de los hombres. Es el primero, el que me llamó «diamante».
—¿Adónde me lleváis? —pregunto con la voz ronca y áspera.
—A tu nuevo hogar… Bueno, hogar temporal —corrige—. Quien más pague será el que te dé tu hogar definitivo. —Se ríe como si yo fuera un perro a punto de ser adoptado por una caritativa familia.
—Qué guay —gruño—. Me ha tocado el gordo.
Uno de los dos se ríe sin que le haya hecho gracia, pero esta vez parece Rio el que habla:
—Mantén ese sentido del humor, pequeña. Porque lo necesitarás en el sitio al que vas.
Antes de que pueda abrir la boca para responder, noto un pinchazo en el brazo, seguido de una sensación de ardor que se extiende por mis venas.
Inspiro con fuerza. Y es el último aliento que respiro antes de que se haga la oscuridad.
—Tiene las constantes vitales muy inestables y le está cayendo la presión sanguínea. Hay que ponerle una intravenosa.
Me remuevo. Bajo el zumbido de mis oídos, oigo distorsionada la desconocida voz.
La agonía arde en cada centímetro de mi cuerpo, pero me siento como si estuviera bajo el agua, luchando por salir a la superficie y a la vez alejándome de ella, porque sé que el dolor no hará más que intensificarse si llego allí. Estoy envuelta en un manto de fuego, con las llamas lamiéndome las terminaciones nerviosas; cuanto más me acerco a la consciencia, más brillan las llamaradas.
Siento un pinchacito en el brazo, seguido de voces apagadas procedentes de distintas direcciones.
—Hombro dislocado, traumatismo craneoencefálico, cortes por todo el cuerpo… —La voz del hombre se apaga antes de volver a manifestarse con un grito áspero que me recorre la columna vertebral—. Maldita sea, Rio, esto no es un puto hospital con el equipo que necesito. Por lo que sé, ahora mismo podría tener una hemorragia interna.
—Vamos, tío, que estaba bien hace un momento —responde otro con un leve tono de preocupación. El compañero de Rio, creo.
—¿Bien? No tengo modo de saber qué tipo de daño ha sufrido. Es evidente que se golpeó la cabeza. Podría tener una hemorragia y morir en cuestión de segundos. ¿Vas a conseguirme un escáner para hacerle un TAC? —Cuando lo único que recibe por respuesta es silencio, añade susurrando—: Me lo imaginaba.
La oscuridad lame el borde de mi consciencia, amenazando con hundirme de nuevo. Gimo y unos dedos me abren los ojos. Una luz brillante parpadea en ellos, pero apenas me doy cuenta.
—Señorita, ¿puede decirme qué le duele?
Un hombre mayor sustituye a la luz, su rostro se cierne sobre mí. Su imagen es borrosa, pero puedo distinguir mechones de pelo gris, un bigote poblado y ojos azul pálido.
Separo los labios, pero la lengua se me pega al paladar.
Por Dios, ¿qué me han inyectado? No tengo ni idea, pero me está desorientando y mareando.
—Sé que ahora tiene mucho dolor, y necesito que me diga qué le duele.
«Todo. Me duele todo, joder».
—El… hombro —balbuceo finalmente—. La cabeza.
—¿En cualquier otra parte? ¿En el pecho o en el estómago?
—En la espalda —jadeo, recordando una vez más que me han sacado a rastras del coche. Noto la espalda como si me la hubieran pasado por un rallador de queso.
—¿Eso es todo? —insiste.
Asiento con la cabeza, porque me agota tanta pregunta. Claro que me duelen un millón de partes más, pero no me queda energía y estoy muy muy cansada.
—Voy a anestesiarla y a curarla, ¿vale?
La claridad aflora a mi alrededor y los rasgos del hombre se afilan. Junto con otro hombre que está detrás de él, que se mueve sobre sus pies y nos observa.
«Hora de dormir, princesa».
Oscuros ojos insondables y una sonrisa malvada: Rio. Fue él quien me sacó del coche. Los recuerdos de aquella conversación se me escapan, pero sé que había algo más. No puedo pensar más allá del implacable martilleo de mi cráneo.
Justo cuando mis ojos empiezan a enfocar, mi visión se nubla de nuevo y los párpados son cada vez más pesados. No puedo resistir el profundo deseo de cerrar los ojos.
No quiero luchar contra ello. No si me aleja del dolor.
«Addie, cariño, necesito que luches por mí, ¿vale? Necesito que sobrevivas hasta que llegue a ti».
—¿Está muy malherida?
La pregunta me saca del pozo sin fondo en el que he estado a la deriva, donde solo vive la ilusión de la voz de Zade. No es de verdad, su voz no está ahí. Pero parece tan real. Es tan tranquilizadora que me esfuerzo por quedarme donde pueda oírla.
—¿Tú qué crees? La sacaste a rastras por la carretera.
A esta airada respuesta la acompaña un dolor sordo que me recorre el cuerpo. Oigo un suspiro, y el señor mayor continúa:
—Va a tener cicatrices a lo largo y ancho de la espalda por culpa de los cristales. Tienes suerte de que estuvieran bastante limpios. Gracias a eso las cicatrices no serán tan terribles.
—Eso disminuirá su valor —murmura una voz, demasiado baja para discernir quién lo ha dicho.
—Cierra la puta boca, que a ti te van a pagar a pesar de todo. ¿Qué cojones te importa?
—Esto… ¿Quizá porque tu estúpido error puede costarme la vida a mí? Por el amor de Dios, Rio. Sabía que estaba herida, pero no tanto.
No sé lo que Rio iba a decir, porque lo corta la voz desconocida, que debe de ser la del médico.
—Tiene treinta puntos de sutura entre las dos laceraciones más grandes porque la arrastraron por metal afilado y cristal. Era de esperar que eso le causara daños permanentes —dice poniéndose claramente del lado del compañero de Rio.
—Me cago en la hostia,Rio. Te das cuenta de que esto podría costarme a mí la pasta, ¿verdad? Te pedí ayuda, no que me lo jodieras todo.
—¿Y cómo coño esperabas que la sacara? ¿Que levantara el coche como si fuera Superman y lo hiciera a un ladito para poder llevármela como un héroe? —escupe Rio.
Se me encoge el pecho. Noto la aspereza de su tono como si alguien arañara las uñas en una pizarra. Ya me he despertado demasiadas veces con esamaldita voz. Y siempre me recuerda con dureza que he caído en una pesadilla y que todavía no he encontrado la salida.
—Si no le hubieses pegado semejante hostión al coche, nada de esto habría pasado, pedazo de mierda.
—Y si tú no hubierasestado drogado como un puto piojo y gritándome al oído, podrías a lo mejor haber sido el conductor de los cojones, que es lo que se suponía que debías ser.
—Señores, tranquilidad, por favor. Está despierta. La presión sanguínea le está subiendo.
Se me corta la respiración, pero no me molesto en fingir. Abro los ojos lentamente y veo a tres hombres a mi alrededor, mirándome como si fuera una rata de laboratorio en medio de un experimento.
Un horrible experimento de mierda.
Mi mirada choca primero con unos ojos oscuros. Casi negros y sin vida por la falta de calor. Su piel marrón claro está cubierta de tatuajes, y lo primero que me llama la atención son las hojas de laurel a ambos lados de la garganta. Lleva una chaqueta de cuero con cremallera, pero la tinta de los tatuajes se le arremolina también en las manos y en cada uno de sus dedos, así que lo más probable es que esté cubierto de ellos. Tiene rasgos afilados y angulosos, cejas gruesas y arqueadas, y una cicatriz que atraviesa un lado de su pelo negro, muy corto, rematando un aspecto casi salvaje. Sería atractivo si no pareciera que prefiere verme muerta.
Mis ojos se desplazan hacia el hombre que está a su lado, de aspecto sucio y con costras en la cara por lo que parece, al consumo de drogas. Una mata de pelo grasiento cubierta por una gorra de béisbol hacia atrás, un jersey de mujer sucio y unos pantalones demasiado grandes. Es el otro hombre que me secuestró.
Finalmente miro al tercer hombre, que supongo que es el médico. Pelo canoso, ojos azules, bigote poblado y arrugas que perturban la expresión suave de su rostro. Su mirada es más relajada, al igual que el tono de su voz. Pero hay algo raro en él. Una vibración profunda y penetrante que no consigo situar.
Aparto la mirada y un frío temblor me cala hasta lo más profundo de mis huesos. El dolor sordo y punzante es cada vez más agudo, pero aún no tan potente como cuando me desperté en la furgoneta. Los analgésicos que me han administrado deben de estar perdiendo efecto, y no me importaría pedir más.
Me duelen tanto todos los músculos que me parece que alrededor de mis huesos se ha formado una dura coraza. Estoy muy muy rígida, y cada movimiento me produce punzadas.
Respiro entre el dolor y miro a mi alrededor. Estoy en una habitación blanca y oscura. Está… vacía. No parece tan limpia como la de un hospital, que es donde esperaba estar, pero tampoco estamos en una mazmorra.
No sé por qué imaginaba eso.
Casi todas las paredes blancas y sucias de la habitación, con suelo de cemento, están cubiertas por armarios plateados. Junto a la cama de hospital hay una gran mesa metálica con un cuenco del mismo material y varios instrumentos colocados sobre un paño ensangrentado.
Por toda la sala hay diferentes tipos de máquinas. Aunque no reconozco la mayoría, el aparato que pita a mi lado y controla mis constantes vitales me resulta familiar, al igual que la vía intravenosa que me llega directamente al brazo.
El médico coge un vaso de poliestireno de la mesa que hay al lado de la cama y me lo da.
—Beba despacio —me indica.
Temblorosa, cojo el vaso y le doy un sorbo. El agua fría es como echarse hielo sobre una quemadura: un alivio doloroso.
Unas mantas blancas y raídas me cubren hasta la cintura y, cuando miro hacia abajo, me doy cuenta de que no llevo nada más que una bata azul claro.
No sé por qué, pero esa es la peor parte. Pueden ver la evidencia del frío que hace aquí.
Al darse cuenta de dónde tengo puestos los ojos, el médico me habla:
—Le pido disculpas por su ropa. Tuve que cortársela para poder tratarla adecuadamente y evaluar las heridas que ha sufrido.
—Dale las gracias a Rio por eso —murmura el hombre sucio en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que yo lo oiga a través del miedo casi constante que se me agolpa en el torrente sanguíneo.
—Cierra la puta boca, Rick —responde Rio, con el acento cada vez más marcado por la furia—. O yo mismo te mataré y, a diferencia de tu precioso diamante, nadie te echará de menos.
Este… Este terror es totalmente distinto a todo lo que haya sentido antes. No se parece en nada al miedo que Zade invocó en mí, y desde luego no es la emoción barata que me provocan las casas embrujadas y las pelis de miedo. Esto es lo que se siente cuando estás total y absolutamente jodida.
El monitor me traiciona, pues el pitido aumenta hasta que el médico lo mira con preocupación.
Casi no recuerdo lo que pasó después de que estrellaran mi coche. Sin embargo, sí que me acuerdo vagamente de la cara de Rio sobre mí después de sacarme, moviendo la boca, pero yo apenas oía sus palabras. Aunque cuatro de ellas las recuerdo perfectamente:
«Es hora de dormir, princesita».
—¿Dónde estoy? —susurro y luego toso, arrastrando parte de la flema de la garganta.
—En el puto Ritz-Carlton, princesa. ¿Dónde crees? —suelta Rio con un chasquido de la lengua y las facciones aún tensas por la ira.
Rick lo mira con una expresión acusadora en su cara picada de viruela, pero, por lo demás, no abre la boca. Se ha tomado muy en serio la amenaza de Rio.
Es evidente que Rio la cagó, y una parte de mí espera que lo maten por ello.
—Soy el doctor Garrison —dice el hombre canoso, poniéndose delante de Rio a propósito. Trago saliva y guardo silencio. Si el muy cretino espera que le diga mi nombre como si estuviésemos en una puta entrevista, ya se puede ir metiendo el portasueros por el culo—. ¿Cómo te sientes? —me pregunta tuteándome por primera vez y dando un paso hacia mí. Se me pone la carne de gallina y, antes de que pueda decirle con precisión lo que siento, continúa, como si intuyera que le voy a contestar como la listilla que soy—. Supongo que te duele la cabeza. ¿Náuseas?
Aprieto los labios. Probablemente lo mejor es que haya desviado el interrogatorio. Como no ponga límites a lo que quiero soltar por la boca, solo voy a conseguir que me maten.
Esta vez no voy a salirme con la mía como me pasó con Zade; aunque todavía me parece subjetivo eso de «salirme con la mía». Incluso cuando por fin se dio a conocer e hizo que me acojonara por completo, siempre tuve una extraña sensación de seguridad cuando le presionaba, como si en el fondo supiera que Zade nunca me haría daño de verdad. Algo que solo cobra sentido ahora, cuando ya ha conseguido colarse en mi vida.
Zade es tremendamente peligroso… para todos menos para mí. Incluso cuando tenía una pistola cargada apuntándome y la usaba como algo más que un arma.
¿Pero estos hombres? No solo me harían daño, sino que también me matarían.
—Náuseas —digo con la voz aún ronca. El doctor Garrison empieza a toquetear la vía, sustituyendo la bolsa de fluido vacía por una nueva. Espero que sea morfina.
Me bebo el resto del agua del vaso, pero no sirve de mucho para calmar la sequedad perpetua de mi garganta. Da igual cuántas veces me lama los labios agrietados, porque nunca están lo suficientemente humedecidos.
—Tienes una conmoción cerebral bastante fea. Lo que significa que tendremos que controlarte bien. Quiero asegurarme de que no sufras más daños. —Les lanza una mirada desagradable, y me da la sensación de que ya han discutido por esto anteriormente.
Muevo la boca como si la controlara un piloto automático: la abro y me preparo para decirle que no pierda el tiempo, porque los otros dos ya se encargarán de que mi cuerpo sufra, de hecho, muchos más daños.
Como si supiera lo que voy a decir, Rio me suelta:
—Venga, atrévete. —Su voz es severa y amenazadora, y hace que mi atención vaya hacia él—. Tu coño seguirá funcionando, aunque tengas daños cerebrales.
Cierro la boca y vuelvo a mirar al doctor Garrison. Sus labios se aplanan en una línea blanca, y no parece nada impresionado por las duras palabras de Rio.
«Mantén la boca cerrada, Addie. Acabamos de hablar de esto, pedazo de idiota».
—Has sufrido un traumatismo importante y, a pesar de lo que digan —lanza una mirada desagradable a Rio—, te necesitamos recuperada al cien por cien.
Me necesitan al cien por cien para que yo tenga algo de valor. Pero no discuto, porque iría en mi contra. Curarme equivale a recuperar la energía que preciso para huir.
Me humedezco los labios y pregunto:
—¿Qué día es hoy?
—¿Tú crees que eso importa? —me grita Rick—. No puedes hacer preguntas.
Lucho contra mis ganas de contestar. Me tiemblan los labios ante el deseo de soltar todo tipo de improperios llenos de odio. Pero consigo contenerme.
—Es jueves —responde sin darle importancia el doctor Garrison, ignorando la sucia mirada del hombre mugriento.
Jueves…
Ya han pasado cinco días desde el accidente de coche.
Zade debe de estar buscándome. Probablemente fuera de sí, como loco… Madre mía, probablemente va a matar a un montón de gente. De probablemente nada. Lo hará seguro. Y, al notar que se me empieza a formar una sonrisa, sé hasta qué punto me ha corrompido ese hombre.
—¿Algo divertido? —pregunta Rick. Ahogo la sonrisa y niego con la cabeza, pero en lo único que puedo pensar es que, aunque yo muera, todos ellos también lo harán. Y su final va a ser mucho peor que el mío.
A medida que se afianzan las fantasías en todas las formas en que Zade causará estragos, me empiezan a pesar los párpados, y la fatiga lastra la pequeña descarga de adrenalina que me mantenía despierta.
Los tres hombres me observan atentamente, e incluso en mi estado de conmoción cerebral, destrozada, no necesito que ningún científico me diga que, sea lo que sea con lo que me ha drogado, no era morfina.
Mis ojos se posan en Rio, y los párpados se me cierran involuntariamente antes de forzarlos a abrirse. Sus labios se curvan hacia arriba, y en esas fosas oscuras noto una diversión perversa cuando dice:
—Hora de dormir, princesa.
Capítulo 2
El cazador
No es habitual que la gente me sorprenda.
Espero lo peor de todo el mundo, incluso de mí mismo. Sobre todo, demí mismo.
Pero, cuando esa voz se manifiesta a través de la niebla de agonía que nubla mi cabeza, lo único que siento es asombro y la fría presión del metal en la parte posterior del cráneo.
—Me alegro de que lo hayas descubierto, Jason Scott. Y ahora quiero ver tus manos o, si no, esta única bala se abrirá paso en la cabeza de ambos.
La misma sensación se refleja en el rostro de Jay cuando se le aflojan las facciones y abre los ojos de par en par, y en su voz totalmente desconcertada cuando articula:
—¡¿Tú?!
—Sí. Yo.
Me cago en la… puta.
Mi mente se acelera, repasando cada encuentro con ella y tratando de averiguar cómo coño se me ha podido pasar esto: cómo no me he dado cuenta de que es una loba con piel de cordero.
Hizo su papel la hostia de bien.
—Esto hiere mis sentimientos, ¿sabes? —digo con los dientes apretados y los músculos de la mandíbula palpitando.
—¿Por qué me da que podrás superarlo?
El grito torturado de un hombre resuena en algún lugar a mi izquierda, entre un humo espeso que lo oculta.
En algún lugar ha estallado una bomba que me ha devuelto al altar de piedra que utilizaban para sus rituales sacrificiales. No tengo ni puta idea de las heridas que haya podido sufrir, pero, si el dolor cada vez mayor que me atraviesa todo el cuerpo sirve de indicador, tengo que ir a un hospital.
Y no me hace falta que ninguna puta pitonisa me diga que conseguir ayuda no está en mi futuro próximo.
La cueva subterránea artificial en la que nos encontramos está aún invadida por el caos, y los gritos de agonía y terror que rebotan en las paredes de piedra empeoran el martilleo de mi cráneo.
En este antro es donde la Sociedad sacrifica a los niños, en una especie de rito de iniciación para dar la bienvenida a los nuevos miembros a un club que les proporciona un gran número de inocentes a los que violar y asesinar.
Aparecieron vídeos filtrados en la Dark Web, el primero hace nueve meses. Desde entonces, he currado día y noche para colarme en este ritual.
Y al final lo logré.
Pero es evidente que la Sociedad me vio venir y se preparó para mi llegada.
Dan, el que consiguió que yo entrara, me había dicho que habían cogido al culpable de la filtración de los vídeos.
Yo estaba demasiado distraído para darme cuenta de la trampa. Y entonces apareció otro vídeo en la red. Un vídeo que subieron a propósito, sabiendo que yo lo vería y que encontraría la forma de entrar en el club. Me atraían para poder eliminarme después.
—Me has costado una niña, Z —dice la zorra que tengo detrás de mí.
—Me parece que ya sabías que eso era un riesgo —replico, apenas sin aliento. Me duele hasta respirar, joder, y el dolor aumenta por momentos.
Con suerte y antes de la explosión, ya habían sacado de aquí a la niña que nos ofrecieron a mí y a otros tres hombres en el altar. Confié su seguridad a uno de mis hombres, Michael, y aún no sé nada de él.
—Arriba los dos. Os venís conmigo.
—Puede que en este momento esté un poco jodido, pero no te pienses que no te mataré a la primera oportunidad que tenga —advierto casi gimiendo por los pinchazos que me recorren la espalda. Joder, ojalá esto fuera como en las películas, en las que te estalla una bomba y te pones a salvar el mundo a continuación.
—No vas a hacer eso, Z. ¿Quieres saber por qué?
Me quedo de piedra. Noto cómo se me hunde la boca del estómago. Es como si la mandíbula del tiburón de la peli se acabara de abrir y mi corazón fuera el nadador desprevenido que está a punto de engullir. Más vale que no diga lo que creo que va a decir o se me va a ir la puta olla.
Mi voz es letal y tranquila cuando digo:
—Juro por lo más sagrado que te destruiré como hayas tocado a mi chica.
Solo necesito el silencio que obtengo por respuesta para que todo se vuelva negro. Mi visión se apaga y me invade un tsunami de rabia. Aprieto los puños, luchando por recuperar el control de mí mismo.
—Zade.
La urgencia tira por los suelos mi paciencia. Me grita para que me levante y encuentre a mi ratoncita. Tengo que llegar hasta ella antes de que se la lleven demasiado lejos.
—Zade.
Quién sabe adónde se la han llevado ya. Cuánto daño le han hecho.
Se me tensa el cuerpo entero al pensarlo; me vienen a la cabeza imágenes de lo que podrían estar haciéndole. Como la toquen…
—¡Joder, ZADE! Que me mires, tío.
Oigo al fin la voz de Jay, pero no puedo verlo. No veo nada.
La pistola me aprieta en la cabeza con más fuerza a modo de advertencia. No recuerdo haberme movido, pero ahora estoy de rodillas, con la columna recta mirando al frente, observando únicamente la visión de cómo destrozo el cuerpo de esta zorra, miembro a miembro, con mis putos dientes.
—Agáchate —sisea la muy puta por detrás de mí.
—Déjame… Joder, va a hacer una estupidez —se apresura a decir Jay, con la voz llena de pánico. Me estalla la cabeza de dolor cuando recibo un puñetazo en la sien. Recupero la vista y aparece el rostro de mi compadre, de mi mano derecha, con sus ojos color avellana a escasos centímetros—. Contrólate, joder —me suelta con los dientes apretados. Le palpita la vena de la sien y el sudor le corre por la cara enrojecida.
Tengo la mano alrededor del cañón que se clava en mi cabeza firmemente, a solo unos segundos de quitárselo a ella.
—Suéltalo —me ordena Jay bruscamente—. Tienes suerte de no tener una puta bala ahora mismo en la cabeza. Todavía no puedes matarla.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —dice ella encañonándome más fuerte. Aprieto la mandíbula, suelto el arma y apoyo las manos en las rodillas. Los músculos me vibran tan fuerte, tan rápido…, y mi cuerpo parece inmóvil. Pero noto cada temblor mientras ella continúa—: A lo mejor te crees que eres poderoso, pero cualquier retazo de poder que tengas es insignificante comparado con el mío. Puedo hacer que desaparezcas y nadie sabrá jamás que alguna vez exististe siquiera.
Gruño a punto de demostrarle lo equivocada que está, pero mantengo los dientes pegados de momento. Jay tiene razón. Me está apuntando con una pistola a la nuca y puede acabar con mi vida en cuestión de segundos. Una bala es más rápida que yo, y no me cabe duda de que cumplirá su amenaza y matará a Jay después de mí.
Cierro los ojos, inhalo profundamente y me llevo a un lugar aterrador al que rara vez he tenido que ir en mi vida. El entumecimiento se extiende y la tranquilidad sustituye a la rabia candente. Mi mente enmudece y, cuando vuelvo a abrir los ojos, la columna vertebral de Jay está completamente recta.
No sé lo que está viendo, pero le inquieta.
Necesito salir de esta situación para encontrar a Addie. Solo entonces estaré más que encantado de enseñarle exactamente a esta puta de lo que soy capaz. Este jodido mundo arderá, y yo le sostendré la cara en el fuego y la veré derretirse en mi ira.
—¿Te la llevaste? —le pregunto. Sé que lo hizo, pero necesito oírlo de su boca.
Noto su aliento caliente sobre mi oreja, seguido de su voz suave y burlona:
—Yo me la llevé. Me la llevé y solo se la venderé a los que tengan los deseos más enfermizos. Y tú no puedes hacer absolutamente nada al respecto.
Hay una cosa que he llegado a odiar desde que formé Z: tengo una imaginación increíblemente vívida, y eso en este trabajo es una maldición porque, cuando veo un nuevo vídeo publicado en la Dark Web o me pasan información de una nueva red de trata, lo primero que me viene a la cabeza son todas esas cosas depravadas y enfermizas que les hacen a mujeres y niños.
Mi propia mente me tortura con esas imágenes. Y más tarde seguro que me atormentarán, y además será a mi chica a quien estén hiriendo.
Pero ¿ahora? Ahora estoy la hostia de contento por ello.
Porque en este mismo momento estoy disfrutando de todas las formas en las que imagino cómo voy a matar a Claire Williams.
—Entonces —empiezo al tiempo que gruño cuando una punzada especialmente dolorosa se me agudiza en la espalda—, Mark nunca te maltrató, ¿verdad?
Ella titubea.
—Oh, sí que lo hizo. Solo que, cada vez que me ponía las manos encima, él no tenía ni idea de lo que eso significaría para él. El muy imbécil jamás se dio cuenta de que era yo la que movía los hilos. Era demasiado estúpido.
Nos rodea a Jay y a mí, con la pistola apuntándome a la cabeza mientras sus labios rojos mascullan. El color que tiñe su boca rivaliza con el de su pelo. Un rojo brillante que se le enrosca alrededor de la cara y los hombros cubiertos por la túnica. Durante el ritual, era ella la persona misteriosa de la capucha; la que me ofreció el cuchillo que sabía muy bien que yo nunca usaría con esa niña. En lugar de eso, lo utilicé en la garganta de otro.
—Eso es lo mejor del género masculino. Estáis todos tan pendientes de vuestro propio culo que jamás pensasteis que la que mandara pudiese ser una mujer. Nunca sospechasteis de la esposa mansa y maltratada porque todos asumisteis que la débil era yo.
Suelto una carcajada seca:
—Error. No sospeché de la esposa maltratada porque no me cabía en la cabeza que una víctima abusara así de otras mujeres y niños inocentes.
Sonríe pícara y flexiona la cintura, clavando sus ojos verdes en los míos.
—Y a mí no me cabía en la mía que un hombre que se juega la vida para salvar a estas víctimas forzara a una mujer inocente a mantener una relación con él.
Mientras yo la miro fijamente, ella me analiza con atención, como buscando alguna emoción. Y yo solo le doy una: echo la cabeza hacia atrás y me empiezo a reír.
—¿Me has estado acosando, Claire? —pregunto alegremente para encontrarme con su mirada una vez más.
Alza los labios aún más.
—Todos somos hipócritas, Z —dice ignorando mi burla y poniéndose recta—. La única diferencia entre tú y yo es que yo elegí aprovecharme de los hombres patéticos de este mundo. Nunca van
a dejar de maltratar a los que consideran más débiles. Y nunca dejarán de violarlos y matarlos. Por eso decidí que, si este es el mundo en el que vamos a vivir, que me zurzan si no gano yo algo con todo esto.
Estiro la cara, y cuando la punzada en la espalda empeora solo aprieto los dientes.
Joder. Sí que necesito ir al hospital.
Pero necesito más a Addie.
—Desde tu posición, podrías hacer mucho bien —dice Jay echando humo, con el asco retorciéndole las facciones—. Tienes un poder inmenso. Y, sin embargo, eliges darle alas al patriarcado en lugar de cambiarlo.
Gruñe, le apunta con la pistola y se la clava en la sien. Jay se pone tieso, pero no se amilana. Mis músculos se bloquean, y el palpitante dolor se desvanece mientras veo cómo el dedo de Claire baila en el gatillo.
Como lo apriete… le aplastaré la garganta con mis botas antes de que la bala termine de atravesar el cerebro de Jay.
—Te equivocas. —Me mira—. Imagínate que destruyes todas las redes de trata, Z. Digamos que logras lo que te habías propuesto. ¿De verdad te has creído, por un solo segundo, que seguiría así para siempre? ¡Ja! En cuanto todo se asiente, el mal ya estará reconstruyendo su imperio, más fuerte y mejor que antes esta vez. —Nos mira a Jay y a mí como si estuviésemos chiflados—.No te librarás nunca del mal. Jamás.
Tiene razón, pero eso no significa que yo no pueda dejar una marca bien grande en el pozo negro de las almas podridas y crear un vacío de poder. Claro que no deliro y me creo que vaya a ser capaz de borrar por completo el tráfico de seres humanos a lo largo de mi vida. Pero eso no fue nunca el puto objetivo. Lo importante essalvar a estas niñas, a estos niños, y darles a todos los que pueda una segunda oportunidad en la vida.
Mi plan siempre ha sido desmantelar el turbio control del gobierno sobre la población y su papel en el mercado de la prostitución. Con solo hacer eso se logrará un gran cambio en el mundo.
Seguirá siendo una batalla por ganar mucho después de que yo me haya ido. El sol explotará y la Tierra se desmoronará antes de que exista un mundo perfecto. Los humanos se matarán a sí mismos antes.
¿Y Z? Zno desparecerá, ni siquiera cuando yo esté enterrado a dos metros bajo tierra. Porque criaré a toda una generación para que coja el relevo y haga lo mismo que yo.
En ese momento, Claire mira por encima del hombro y veo que se acerca un hombre con una capucha calada hasta el fondo. Solo puedo discernir que es un tío porque tiene la hechura de una torre Eiffel invertida. Unos hombros anchos y macizos que estiran la túnica, con las costuras a punto de reventar, y que luego se estrechan hacia unas piernecitas de pollo.
El muy capullo se ha saltado tantas veces los ejercicios de piernas que ya ni se le ven de lo flacas que están.
—El coche está listo —anuncia con una voz más profunda que la fosa de las Marianas.
Claire me mira directamente, baja el arma mientras el hombre levanta la suya y mueve el dedo índice arriba y abajo.
—Arriba —dice cortante—. Ahora.
Exhalo con fuerza y me obligo a moverme, apretando los dientes por el dolor que tengo en todo el cuerpo.
Me pongo de pie con un gruñido y observo fijamente a la serpiente pelirroja que tengo delante. Es lo bastante valiente como para enfrentarse a mi mirada sin un ápice de miedo. Estoy seguro de que está acostumbrada a que los hombres la miren desde arriba, intimidantes por naturaleza. Pero Claire nunca se ha enfrentado a un hombre como yo.
—¿Qué crees que vas a hacer conmigo? —la desafío, mirándola con condescendencia, como se hace con un niño pequeño que cree que puede ganarte un pulso—. Igual soy demasiado para ti, Claire.
Sus labios se curvan en una sonrisa reservada, despreocupada, al tiempo que se acerca para demostrarme lo valiente que es.
—Patrick te llevará a la sala de interrogatorios. Vamos a hacerte algunas preguntas. —Me da una palmadita en la mejilla, devolviéndome la condescendencia—. Vas a ser de gran utilidad y nos darás toda la información que necesitemos: cómo funciona tu organización, la tecnología ilegal que utilizas y todos los datos que hayas recopilado en tus años de terrorista. Y después te obligaré a ver a tu noviecita con su nuevo amo antes de matarte yo misma.
Estiro los labios hasta formar una sonrisa feroz, y le enseño los dientes mientras me inclino hacia delante para demostrarle por qué debería estar la hostia de asustada.
—Más vale que las cuerdas estén bien apretadas —gruño. Un atisbo de miedo le cruza la mirada tan rápido como un relámpago cuando abre los ojos. Puede que la puta sea fría como el hielo, pero eso no la hace inmune a mi fuego—. Después de ti —le digo acompañando mis palabras con un gesto.
Claire me mira de arriba abajo y frunce el ceño ante mi tono de superioridad. Está acostumbrada a que la gente se arrodille a sus pies y se doblegue ante sus órdenes como el metal bajo un soplete.
Todavía no es consciente de que yo nunca he sido un hombre del montón.
Se gira con desdén y se aleja, dando la espalda como para demostrar algo. Nunca he necesitado tener miedo para matar, pero no me importa dar lecciones. Addie puede asegurarlo.
Tengo la mirada de Jay clavada a un lado de la cara, y el pánico irradia de sus ojos color avellana. No necesita decir nada, porque su expresión lo dice todo.
«Vamos a morir».
No si está en mi puta mano. Tengo demasiado que perder, mucho más valioso que mi propia vida.
El de las patas de pollo, Patrick, nos deja pasar antes de ponerse detrás de nosotros.
—Intenta no mirarme el culo —le digo.
Gruñe y me empuja hacia delante con una mano carnosa y con la pistola en la otra mano, amenazante. Giro la cabeza lentamente y lo miro por encima del hombro, con los ojos fuera de mis órbitas y una sonrisa que no siento en la cara.
—Cállate y camina —suelta, pero su voz le traiciona y tiembla al pronunciar la última palabra. Qué difícil debe de ser fingir valentía bajo la atenta mirada de un monstruo atroz con una maliciosa sonrisa.
El humo ha empezado a disiparse. Hay cadáveres esparcidos por la cueva y un océano de sangre empapa la roca. Detrás de Claire, mi pie choca con un brazo amputado, y el miembro rueda directamente hacia la cabeza de un hombre decapitado, cuya cara está congelada en una mueca de terror.
Los aullidos de dolor se desvanecen poco a poco a medida que aumentan los muertos, y no puedo evitar maravillarme ante el hecho de que la Sociedad sacrificara las vidas de su propia gente solo para lograr atraparme. Eso lo dice todo.
No solo soy una amenaza, soy catastrófico.
Claire nos conduce a la puerta por la que desapareció después de entregarme el cuchillo. Cuando antes hice el barrido rápido de la habitación no vi a ninguno de mis hombres, pero eso no significa que ahora no estén aquí entremezclados, y posiblemente muertos.
Se me oprime el pecho. Espero que no sea así. Saben a lo que se exponen, pero sus muertes serían otra responsabilidad que echarme a las espaldas.
La seguimos por un pasillo poco iluminado, que resulta ser una réplica exacta del pasillo por el que entré en la cueva. Las tiras de luces led se alinean a ambos lados con un resplandor siniestro frente a las paredes y baldosas negras.
Como venimos del subsuelo este pasillo está en cuesta y, con lo que me duele el cuerpo, es como escalar una montaña.
Jay camina muy tieso a mi lado, mirándome de vez en cuando con miedo y ansiedad. Está claro que nunca se ha visto en una situación tan peligrosa. Siempre está detrás del ordenador, jamás en primera línea. No sé cómo tranquilizarlo. Nunca he sido bueno mintiendo y, aunque confío en que nos sacaré con vida, no se lo puedo garantizar.
En cuestión de minutos, Claire abre la puerta de un empujón y nos conduce a un callejón oscuro, apenas iluminado por la luz de la luna y una farola al fondo. El sudor que me resbala por los costados de la cara se enfría al instante por el aire quebradizo de Seattle.
Claire no pierde el tiempo y nos conduce hacia una anodina furgoneta negra que espera en la entrada de la calle, con los cristales tintados tan oscuros que no se podría ver a través de ellos aunque se pegara la cara contra el cristal. Es total y jodidamente ilegal, pero esas matrículas evitarán que los paren. Con ver el nombre de Claire, tendrían que mirar hacia otro lado.
Cuanto más nos aproximamos al vehículo, más tenso está Jay.
Me acerco a su oído:
—Tú piensa que Claire es tu hada madrina y que este es el carruaje de calabaza que te llevará con tu princesa.
—O príncipe —me corrige Jay entre dientes. Está sudando a chorros y tiene las pupilas dilatadas—. Que a mí me daría igual.
Me encojo de hombros.
—Mientras yo acabe siendo el tío Z…
Se burla, mirándome como si yo estuviera zumbado, y me dice:
—¿Tú te crees que voy a tener hijos después de ver esta mierda todos los días?
Vuelvo a encogerme de hombros y frunzo los labios.
—¿Por qué no? El tío Z los mantendrá a salvo. Puedo ser su guardaespaldas personal. A lo mejor no les gusta, pero lo haré igualmente, joder.
Menea la cabeza, con una sonrisa de oreja a oreja, porque comprende exactamente lo que estoy haciendo.
Le estoy dando un futuro. Le ofrezco la imagen de él sobreviviendo y encontrando la felicidad, tanto si decide tener minigremlins como si no.
Cuando bajamos del bordillo y nos acercamos a la furgoneta negra las puertas dobles traseras se abren de par en par. Claire se vuelve y mueve la cabeza hacia el interior oscuro, indicándonos así que entremos.
Le guiño un ojo y me dirijo a las profundidades de la furgoneta con Jay pegado a mí, mientras ella resopla cabreada por detrás de nosotros.
Si fuera cualquier otro, le diría que no se enemistara con su secuestrador. De hecho, sabiendo que Addie está en la misma situación que yo ahora mismo, le daría unos azotes en el culo si supiera que se comporta como una imprudente. Lo más inteligente siempre es mantener la puta boca cerrada y escuchar órdenes hasta hallar la salida.
Pero meter a Z en la parte trasera de una furgoneta no será nunca lo mismo que hacerlo con un civil inocente. De momento estoy seguro de que no matarán a Addie. Vale demasiado. Y, viendo mi situación ante mí, estoy aún más seguro de que Claire no va a ganar esta ronda.
Puede que sea lista, pero no lo suficiente como para noquearme. Eso podría haberle dado una oportunidad.
Me siento en el frío banco de metal, aprieto los dientes por el dolor y vuelvo a clavar mi feroz mirada en Claire. Está de pie frente a las puertas, mirándome con una leve sonrisa. Sus rizos rojos, bien definidos, brillan bajo la farola, y durante un breve momento parece inocente. Como una mujer que ha soportado años de maltrato en todas sus formas y que solo quiere disfrutar de una vida tranquila.
Pero el espejismo se rompe, y lo único que veo es a una mujer que se ha convertido en todo lo que ella misma odia.
Me lanza una mirada de advertencia y cierra las puertas de un portazo, provocando que se enciendan las luces led del suelo.
Jay se acomoda en el banco de enfrente y se pone inmediatamente el cinturón de seguridad que está pegado a la pared de la furgoneta, mientras que Patrick se sienta a mi lado. Tan cerca que prácticamente está sentado en mi regazo.
Desvío hacia él la mirada, sin expresión alguna en mi rostro.
—No creo que te apetezca batirte en un duelo de espadas conmigo, Patrick. Porque fijo que te gano —le digo como si nada mirándole a la entrepierna.
Jay me sisea para que me calle, pero yo no aparto la mirada de donde intuyo que se esconden sus ojos tras la capucha.
—No sabes cuándo cerrar la boca, ¿verdad?
—¿Qué es lo que he dicho? —pregunto haciéndome el inocente—. Por la forma en que te has sentado en mi regazo, pensé que era esa tu intención.
—Va a ser difícil batirnos en un duelo de espadas si a ti te falta una buena con la que luchar —replica con el tono lleno de malicia.
Arqueo una ceja, poco impresionado por su amenaza.
—Aunque sea con una motosierra, se tarda mucho en cortar el tronco de un árbol. Morirás antes de llegar hasta el final.
—Tú sigue hablando —me suelta a modo de desafío.
Sonrío, pero mantengo la boca cerrada. Si Jay no estuviera aquí, seguiría provocándolo. Lo ideal sería que me atacara y, con suerte, me apuntara con un arma. Así tendría la oportunidad perfecta para desarmarlo y matarlo yo a él.
Pero puede que apunte con el arma a Jay, y no voy a poner en riesgo su vida en vez de la mía, así que por ahora esperaré mi momento. Patrick morirá. Y muy pronto.
El motor retumba y bajo mi trasero vibra el metal. El vehículo avanza, haciendo que los tres nos balanceemos bruscamente hacia un lado, empujando a Patrick aún más contra mí.
Nos miramos y, lentamente, se aleja unos centímetros.
Ya me temía yo que haría eso, joder.
Ahora que ya no tengo al muy gilipollas pegado al cuello, puedo pensar a fondo.
Pero solo tardo unos segundos en dejar que mis pensamientos caigan en picado, en que se desvanezca el espacio amortiguado al que obligué a mi mente a ir y en que vuelva esa rabia atroz.
Se han llevado a mi ratoncita.
Aprieto los ojos y agacho la cabeza. Lucho por no perder los estribos. La frágil capa de buenos propósitos que mantiene a raya mi ansiedad y mi rabia asesina se está resquebrajando. La sensación de pánico pesa demasiado y, al igual que una persona sobre hielo fino, acabará por romperse por la presión.
Pero no puedo permitir que pase eso. Todavía no.
Necesito centrarme en cómo sacarnos a Jay y a mí de aquí, y ya me resulta bastante difícil con el cuerpo entero gritándome.
Existe la opción de atacar y matar a Patrick, pero eso no detendrá el vehículo, sobre todo si oyen cómo intento escapar. La única alternativa sería disparar el arma hasta que le diera al conductor, lo que podría hacer que nos estrelláramos contra cualquier vehículo y matarnos todos. O Jay y yo podríamos intentar tirarnos y salir rodando por la parte trasera, pero ya tengo el cuerpo demasiado maltrecho como para resistirlo.
Exhalo por la nariz, levanto la cabeza y veo que Jay me está mirando, con las cejas fruncidas por la preocupación. Tiene el pelo negro pegado a la frente por el sudor y tiembla como una hoja. Está claro que la vida de mercenario no es para él.
Coño, pues claro.
El pánico de Jay y mi agonía han hecho que los dos nos olvidemos de una herramienta muy valiosa. Aún tenemos los chips bluetooth en las orejas. Son diminutos y transparentes; un dispositivo ilegal que pasa totalmente desapercibido a no ser que lo busques a conciencia. Tan imperceptible que a Claire ni se le ocurrió comprobarlo.
El dispositivo que llevamos en los oídos se activa con un botoncito o con una orden de voz. Lo que significa que Jay o yo tendremos que usar la palabra «llamada».
Dirijo mi mirada a Patrick.
—Entonces ¿voy a poder hacer mi única llamada cuando lleguemos?
Gruñe.
—Muy gracioso.
Silencio.
Mierda, igual se dañó con la explosión. Eso explica por qué mis hombres no han intentado localizarme. Miro a Jay y él asiente, con una gota de sudor en la punta de la nariz.
—Vamos, hombre, mi abuela está enferma. Probablemente se esté preguntando dónde estoy. —Vuelvo a mirar a Jay—. ¿No le prometiste a tu hermano que lo llevarías a Chuck E. Cheeseesta noche?
Jay se esfuerza por mantener su cara impávida, pero he aquí otra razón por la que se queda detrás de la pantalla: el chaval no tiene ni puta idea de actuar.
—Sí, esto… Probablemente debería, eh, hacer una «llamada» a Baron y decirle que no puedo ir.
«Hazlo un poco más obvio, Jay, di que sí, por Dios».
Claramente, Baron no es el hermano de Jay, sino otro de mis hombres que podría ayudarnos.
En los labios de Jay se forma una pequeña sonrisa de satisfacción, pero la disimula. La llamada debe de haber tenido éxito, lo que significa que Baron estará escuchando y, con suerte, nos rastreará en cuanto se dé cuenta de que algo va mal.
Jay continúa pasado un momento:
—Probablemente es importante que sepa que nos tienen como «rehenes», ¿verdad?
Dios mío.
—Personalmente preferiría que él nunca supiera lo que te pasó y que viviera el resto de su vida preguntándoselo —replica Patrick, ajeno a la pésima actuación de Jay.
Luego, se vuelve hacia mí.
—Puedes seguir con tus jueguecitos, pero dejarás de reírte en breve.
—¿Cómo de breve? —contesto.
No puedo verle la cara, pero noto la confusión que irradia el agujero negro de su capucha.
—Me está esperando mi abuela.
Cierra el puño, y esa es mi única advertencia antes de que lo lance contra mi mejilla.
La cabeza se me inclina hacia un lado y el dolor me recorre el cráneo entero. Podría tolerar el golpe en un día normal, pero, teniendo en cuenta que acabo de sufrir una explosión, siento como si me hubiese estallado otra bomba en la cabeza.
Se me disparan los instintos y aprieto los puños por la necesidad de devolverle el golpe. La bestia que llevo dentro se agita y se enfurece, y el escaso control que tengo ya sobre mí se escapa un poco más.
«Addie. Esto es por Addie».
Consigo contenerme a duras penas. Debo darles tiempo a nuestros hombres para que lleguen hasta nosotros, aunque sé que no tardarán mucho.
—Por el amor de Dios, ¿acaso un hombre no puede llamar a su puta abuela? Gilipollas.
Sacude los hombros y se da la vuelta, y yo me echo más hacia atrás en el banco. Puede que piense que es porque tengo miedo, pero en realidad estoy a dos segundos de acabar con su vida.
Mientras esperamos me esfuerzo en relajarme, conteniendo la ira que me hierve por dentro. Eso dura la friolera de diez minutos, antes de acabar por los suelos por segunda vez en lo que va de día.
Algo pesado choca con la furgoneta por detrás, mandándonos a Patrick y a mí volando desde el banco hasta la pared que separa la parte delantera de la trasera.
La sacudida mueve a Jay a un lado, pero el cinturón de seguridad mantiene anclado al suertudo hijo de puta.
Gimo, con el dolor agudizándose en varias partes del cuerpo al tiempo que me tumbo boca arriba e intento respirar. Ya ni siquiera sé qué partes me duelen; me duele todo, joder.
Claire grita desde el asiento delantero y exige al conductor que controle el vehículo. La furgoneta sigue dando bandazos y el conductor es incapaz de recuperar el control.
Otro golpe y la furgoneta se tambalea hacia un lado y colisiona con algo sólido. Patrick choca conmigo y de mi boca salen unos cuantos improperios mientras nos deslizamos hacia Jay. Me golpeo la espalda contra la pared y nos detenemos. Tengo al monstruo aplastado encima de mí. Me pitan los oídos del impacto y tardo varios segundos en enfocar la vista. Puede que Patrick esté desproporcionado, pero sigue pesando una barbaridad.
—Jay, dime que es quien creo que es —grito aprovechando el caos y rodeando con todas mis fuerzas el cuello de Patrick con mi brazo. Sus manos vuelan hacia mi muñeca, arañándome mientras le aplasto poco a poco la tráquea. Se resiste y aprieto la mandíbula mientras lucho por mantenerlo quieto.
Estoy débil, con un dolor indescriptible, y se me aflojan los músculos.
—Claro que sí —jadea Jay con el sudor cayendo por su pálido rostro.
—Bien —murmuro antes de coger la cabeza de Patrick y partirla hacia un lado, rompiéndole el cuello y matándolo al instante.
—Esto es por mi abuela, capullo.
—Colega, ninguno de tus abuelos sigue vivo.
Capítulo 3
El cazador
Claire chilla que sigan conduciendo desde la parte delantera, pero el motor se para.
Me quito de encima el cadáver de Patrick de una patada y me pongo de pie, empapado por la transpiración. Estoy a punto de desmayarme. Mi cuerpo empieza a apagarse por el trauma físico, pero todavía no puedo permitírselo.
Jay se desabrocha rápidamente y se levanta.
—Vamos, que nos están esperando —me urge notando el estado de coacción en el que me encuentro.
—Tengo que ocuparme de Claire —digo, pero esa idea desaparece en cuanto abrimos las puertas de la furgoneta. Ya se han detenido otros coches a un lado de la carretera, con gente normal que baja de sus vehículos para ver cómo estamos.
Mierda.
No puedo matar a una mujer delante de civiles, por muy tentado que esté.
Justo cuando Jay y yo estamos saliendo a gatas, Claire lo hace del lado del copiloto con una mirada salvaje.
—Ni te atrevas —sisea entre dientes. El carmín rojo de sus labios le da un aspecto asilvestrado.
—O, si no, ¿qué?
Como no contesta, le guiño un ojo para que se le encoja el culo de la rabia y me dirijo a la enorme furgoneta militar que nos espera.
—Eh, tío, ¿estás bien? —pregunta un transeúnte.
—Sí, todo bien. Gracias por parar —le digo por encima del hombro. Los brillantes faros de su coche resaltan la incrédula mirada de su rostro al verme entrar por las puertas abiertas.
Veo la cara de Michael saludándome y casi suspiro de alivio. Si está vivo significa que la niña que salvamos del ritual también lo está.
Se inclina hacia delante y me ayuda a entrar; supongo que porque la agonía se me refleja en la cara. Noto cómo mis cicatrices se tensan, incapaces ya de ocultar su miseria. Mi habitual cara de póquer se ha hecho pedazos.
Estoy listo para encomendarme a Dios. En cuanto me desplomo en el asiento, Michael le da un golpe al lateral y salimos pitando.
—Tenemos que llevarlo a un hospital —dice Jay mirándome con preocupación—. Estalló una bomba y Zade estaba dentro del alcance de la explosión.
—¿Y por qué cojones pusieron una bomba? —pregunta Michael.
—Mi teoría es que fue una de esas bombas de autodestrucción, que se implantan específicamente para destruir todas las pruebas y a cualquiera que esté dentro. Suelen hallarse en lugares con información de alto secreto, por si hay filtraciones o por si se ven comprometidos.
—Tendremos que comprobar quién ha resultado herido por la explosión y asegurarnos de que no ha muerto ninguno de los nuestros —digo con un gruñido.
Jay asiente y vuelvo mi atención a Michael:
—¿Sacaste a la niña sana y salva?
—Sí —confirma—. Con Ruby, y está de camino a la recuperación.
Asiento con la cabeza y siento que se me quita algo de presión de los hombros, pero no la suficiente. Es como si se apoyara en ellos el Empire State Building y solo hubiese caído un céntimo.
Todavía tienen a Addie, y la rabia no deja de agitarse bajo mi piel. Voy a quemar todo el puto mundo hasta que la encuentre, y no me importa quién arda con él.
—¿Tenemos alguna información de quién pudo participar en su secuestro? —pregunto con la voz tensa por la furia mientras apago el vídeo de mi portátil. Acabo de terminar de ver las imágenes de videovigilancia del accidente de coche de Addie que han captado varias cámaras de la calle. Ver cómo la sacan del coche, la dejan inconsciente y la meten en la furgoneta me hace temblar de cólera.
Jay ya está tras su rastro gracias a las cámaras de seguridad, pero no parece ser suficiente.
Solo llevo unas horas ingresado en el hospital y estoy a puntito de largarme.
Afortunadamente, no me hirieron de gravedad. Tengo toda la espalda morada del golpetazo contra el altar, pero no he sufrido hemorragia interna alguna, que era lo que más temía.
Tuve mucha suerte de no romperme la maldita espalda, pero me ha faltado el canto de un duro.
—Publicaron su foto en un foro de la Dark Web un día antes de que se la llevaran. El cartel era anónimo, por supuesto, pero el anuncio decía que, si alguien traía a Addie viva, recibiría una recompensa gigantesca —dice Jay.
—¿Cuánto?
Pero no necesito siquiera que me responda. Ya he localizado el anuncio original, que han borrado. Aunque en internet no se borra nada del todo. Hago clic en el anuncio y aparece la cara de Addie. Sus hermosos ojos de un marrón claro poco común, el pelo color canela y algunas pecas que le salpican la nariz y las mejillas.
Se me encoge el corazón al ver su cara sonriente: es la misma foto que usó en la librería, en la firma de libros, la misma que me atrajo a ella al instante y que sigue causando en mí el mismo efecto que entonces.
El precio figura justo debajo, en negrita y en rojo.
Doce millones de dólares.
No deja de ser calderilla para los que la ofrecen, pero es una cantidad brutal para los peces menos gordos del estanque. Es tanto dinero que habría que esforzarse mucho para gastárselo a lo largo de una vida.
—Mierda —murmuro pellizcándome el puente de la nariz entre los dedos. Está a punto de venirme una migraña descomunal, y la inquietud invade mis sentidos. Quiero arrancarme la piel a arañazos si eso significa que al otro lado me estará esperando Addie.
Los labios de Jay se tensan:
—Sé quién contestó al anuncio y quién fue el responsable de su secuestro.
Dejo caer la mano y le dirijo una mirada a mi hombre de confianza, esperando a que suelte la consabida bomba. Me invade el pavor, y esta vez tengo la sensación de que podría matarme.
—Max —dice en voz baja.
Cierro los ojos y pierdo finalmente el control, que se escurre entre mis dedos como el interior de un reloj de arena. Era solo cuestión de tiempo, y el último grano ya ha caído.
Una oscuridad negra como la tinta me corroe cada célula del cuerpo hasta que en mi interior no queda luz.
El rojo consume mi visión y me pongo en movimiento. Mi portátil sale disparado por la habitación del hospital, y el rugido que surge de mi garganta absorbe el estruendo que produce al golpearse contra la pared.
Me revuelvo violentamente por la fuerza del desgarrador lamento que emerge de mis labios, tan largo y doloroso que se va apagando hasta convertirse en un grito silencioso. Vuelvo a respirar hondo y chillo una vez más de modo atronador, mientras cojo la mesilla de noche y la lanzo por los aires.
Cegado por la ira, la sigue el portasueros, que arrojo hacia una ventana que casi hago añicos, y ni siento el pinchazo que me produce la aguja al arrancarme la vía de la carne.
En ese momento dejo de oír, como si estuviera bajo el agua y se hubiesen diluido todos los sonidos. La marea me golpea, atrayéndome hacia sus garras y enviándome en espiral hacia el negro pozo de desesperación de las profundidades.
Mis manos cogen más equipos médicos, que estrello contra las baldosas al tiempo que la angustia me desgarra el pecho.
«Esto es culpa mía».
«Todo por mi puta culpa».
Al ponerme de pie se oyen gritos ahogados, y noto varios pares de manos sujetándome a la vez y reduciéndome. Lucho contra ellas y sigo rugiendo, pero mi ceguera juega en mi contra.
Ahora unas correas me rodean las muñecas y el pecho, aprisionándome a la cama del hospital.
Pero estoy demasiado fuera de control.
A pesar de las manos frenéticas que intentan placarme bajo las ataduras, agito las piernas sobre la cama y me pongo de pie, haciendo fuerza contra el peso que amenaza con volver a hundirme.
—¡Por el amor de Dios,Zade!
Respiro entrecortadamente y mi visión se vuelve borrosa, con lo que solo veo fragmentos de lo que me rodea. Cuatro enfermeras asustadas y Jay se agolpan a mi alrededor, con los ojos muy abiertos y la cara pálida, y yo estoy de pie ante ellos con una cama de casi doscientos kilos atada a mi espalda.
Yo ya…
Yo ya no soy un hombre, sino una bestia que sucumbe a sus instintos más primarios. Soy la aniquilación encarnada.
—Señor, por favor, cálmese —suplica una de las enfermeras con los ojos verdes, ahora casi negros de miedo. Jadeo por la falta de oxígeno que me provoca la correa contra mi pecho.
«No puedo, no puedo. Ella no está por mi culpa».
¿Cómo coño se supone que voy a vivir con esa culpa?
Sacudo la cabeza, y mi energía va mermando poco a poco. No me salen las palabras y tropiezo, luchando por enderezarme.
—Desátenlo —exige Jay con brusquedad, apuntando a una de las correas que ya tengo sujeta alrededor del pecho. Espera a que una de las enfermeras me quite las de las manos para soltar la hebilla. La cama cae al suelo con un estruendo ensordecedor.
Los guardias de seguridad irrumpen en la sala, y patinan sobre las baldosas totalmente inundadas de cosas cuando ven la carnicería que se ha montado.
Jay se planta delante de mí y me grita:
—¡Deja de actuar como un puto lunático y contrólate! Destrozar un hospital no la salvará.
Se me va aclarando la visión, y aparece ante mí el desastre que he creado.
Esa potente furia sigue en mí, brotando de mis poros, pero consigo mantenerla bajo control. Lo suficiente para que solo eche chispas.
—Pero qué diablos… —dice un guardia de seguridad en cuyo joven rostro se refleja la incredulidad.
—Está bien —resopla una enfermera. Es una mujer mayor, con el pelo corto y rubio y unas gafas de pasta que le ocupan media cara.
Se acerca a mí como lo haría un cocodrilo con la boca abierta, con mano firme me coge del brazo y lo levanta.
Me corre un pequeño reguero de sangre por el brazo del que me arranqué la vía, a través de un desgarro en la piel de no más de medio centímetro.
—Qué… Qué herida tan fea, señor. Será mejor que se siente para que pueda curarle antes de que se desplome y se muera aquí mismo —me ordena con voz severa mientras señala con la cabeza la cama destartalada.
Es solo un rasguño, y los dos lo sabemos, pero igualmente me siento. Observo cómo coge una venda de un armario y empieza a secarme la sangre.
Unos guardias interrogan a Jay y a una de las enfermeras mientras las otras dos salen corriendo de la habitación, rojas y temblando. No logro sentir ni un ápice de culpa por eso.
No ahora, cuando tengo un agujero negro en mi pecho, donde una vez se instaló Addie.
—¿Quieres que hablemos de esto? —pregunta en voz baja, secando la sangre con un trozo de gasa.
—No —murmuro.
—Bueno —dice entre dientes poniéndome una tirita en el brazo. La tirita tiene pintados unos dinosaurios, y me limito a mirarla. Si no sintiera este vacío, me reiría de lo patético que parece todo—. Puedes decírmelo a mí o a la policía. Me consta que eres un hombre grande y corpulento, y has hecho todo lo posible por demostrarlo, y probablemente los agentes de policía no te asusten, pero preferiría que pasaras el resto de tu estancia en este hospital sin estar esposado a una cama.
Hago una pausa.
—Me volveré a poner de pie y saldré de aquí.
Me mira y se le escapa una risita entre sus labios rosados.
—Me parece muy bien. ¿Tienes el corazón roto?
Levanto una ceja y ella no cede, aunque tenga que esforzarse para tragar. Suavizo el rostro y suspiro. Ahora mismo le agradezco su franqueza.
—Podría decirse que sí. —Resoplo girando el brazo para volver a mirar la tirita: son T-Rex verdes, rugiendo con la boca abierta. Supongo que yo no tenía un aspecto muy diferente hace tan solo dos minutos.
—Se la llevaron. La han secuestrado.
La enfermera suelta un grito ahogado, en voz muy baja y suave, pero al estar yo tan vacío me parece un chillido ensordecedor.
—Es culpa mía. Yo no… —Me interrumpo a mí mismo, y decido que es mejor no decirle que no maté a un hombre que debería haber matado hace mucho tiempo—. Tengo que recuperarla.
Suelta un suspiro tembloroso y se endereza.
—Me aseguraré de que no se presenten cargos para que puedas salvarla. —Señala la tirita—. ¿Qué tal si nos evitamos más heridas que puedan costarle la vida a alguien?
La honro con una sonrisa tensa y aseguro:
—Pagaré los daños.
—Es lo suyo —dice.
Asiento con la cabeza y vuelvo mi atención al suelo. Las baldosas blancas se desdibujan cuando noto que su presencia se esfuma y la sustituye la de Jay.
—Sé dónde está Max —murmura.
Lo miro con ojos asesinos. Aprieta los labios porque sabe que con eso no me tranquiliza lo más mínimo.
—Deja que tu cuerpo se cure. Si no, no servirás para nada. Cuando ya no estés destrozado, lo cogeremos y encontraremos dónde se la llevaron. Puede que ahora puedas moverte, pero los próximos días van a ser duros, sobre todo teniendo en cuenta que acabas de andar con una cama enorme a la espalda. Tu ya de por sí más que lesionada espalda, he de decirte.
—Cuanto más espere, más probabilidades hay de que ella desaparezca. Que sufra y le ocurran cosas inimaginables —le argumento entre dientes. Los músculos de la mandíbula casi se me desgarran de lo fuerte que los aprieto.
Se inclina y me pone las manos en los hombros, bajando la barbilla hasta que me mira a los ojos. Lo fulmino con la mirada. Ojalá pudiese volver a no oír ni ver nada.
Jay es valiente hasta la estupidez y no se achanta.
—Te lo prometo, tío. Haré que el equipo la busque. Haré todo lo que esté en mi mano para acercarnos a ella. —La intensidad de sus palabras y su mirada logran aliviar mi ansiedad de manera ínfima.
No voy a poder relajarme jamás. Voy a seguir sintiendo cómo se me retuercen las entrañas y cómo el pánico me carcome el corazón, hasta que no quede nada de él.
Sé que mi cuerpo me fallará, pero nada, absolutamente nada, va a impedir que la encuentre.
Aprieto los puños y asiento. No tengo ninguna intención de quedarme en este hospital. De estar quieto. Pero, por el momento, ahora mismo discutir no cambiará nada.
Necesito descansar. Y mucho. Porque, en cuanto abra los ojos, no los volveré a cerrar hasta que tenga la cabeza de Max entre mis manos.
—No puedes tirar la puerta abajo así como así, Zade.
—Los cojones que no —ladro fulminando a Jay con la mirada mientras él se pinta meticulosamente las uñas de color púrpura berenjena en la silla que hay junto a mi cama de hospital.
Es el quinto día y estoy negro de la ansiedad y la frustración. En los dos primeros días intenté fugarme cinco veces, pero no paraban de noquearme con drogas hasta que perdí completamente la noción del tiempo. Abandoné los intentos de fuga porque prefiero ser medio útil detrás de un ordenador en vez de estar muerto para el mundo y no hacer nada de nada.
El único motivo por el que cedí fue porque soy físicamente incapaz hasta de apretar las nalgas sin que se me oscurezca la visión del dolor.
Puede que no haya sufrido heridas que pongan en peligro mi vida, pero mi cuerpo actúa como si me hubiesen hecho las peores del mundo.
Jay maldice en voz baja al mancharse la piel con un puntito de esmalte de uñas y saca la lengua mientras lo limpia con cuidado.
Tengo mi ordenador nuevo en las rodillas, y en la cámara veo a Max y a los gemelos, Landon y Luke, descansando en el despacho del primero, bebiendo whisky caro y riéndose probablemente del gran ingreso que acaban de recibir en su cuenta bancaria.
Doce millones de dólares. El precio por secuestrar a Addie.
—Sabes que no lo hizo él mismo —me recuerda Jay, y luego levanta las manos para maravillarse ante su obra.
Suspiro, y las venas de mis manos estallan al cerrarlas con fuerza.
—Lo sé —me quejo.
Max y los gemelos estaban en una discoteca cuando secuestraron a Addie. Y eso significa que Max sabía dónde encontrarla y que contrató a unos tíos para que le hicieran el trabajo sucio. Así que quienquiera que contratase recibirá lo más seguro una parte de la recompensa. Un trabajo así no es barato y, aunque Max tiene dinero, tampoco tanto. Hasta hoy al menos no.
Nosotros estamos ahora esperando a que transfiera un pago a los lacayos a los que se lo prometió. Entonces podremos seguir el rastro del dinero y confirmar quiénes son según la información de la cuenta.
Con un poco de suerte, igual Max es tan tonto como parece y no sabe esconder bien su rastro.
Jay se ocupará de eso mientras yo me encargo de Max.
Podría enviar a otro mercenario a torturarlo y sacarle la información, pero este método será mucho más rápido y me niego a que nadie más que yo lo toque.
Solo yo le mostraré a Max lo que es el verdadero dolor. E, incluso en ese momento, solamente notará una fracción de cómo yo me siento sin Addie.
Giro el cuello y gimo al hacerlo crujir. Cuando vuelvo a mirar hacia abajo, me llega una alerta.
Acaban de transferir tres millones de dólares a una cuenta en el extranjero. Tardo dos segundos en encontrar el nombre asociado a ella.
Rick Boreman.
A través de la imagen de la cámara, Max deja el teléfono y aplaude, chocando su vaso de whisky con el de los gemelos.
Miro a Jay y pongo los ojos en blanco al verle soplar suavemente las uñas mojadas. Teniendo en cuenta lo que teclea, se va a desconchar la pintura en dos segundos. Claro que también por eso cambia de color cada dos días. Se muerde las uñas y el esmalte le ayuda a mantener a raya ese hábito, aunque no le haya servido de mucho estos últimos cinco días.
Por mucho que intente mantener la calma, la ausencia de Addie lo tiene también a él paralizado de la ansiedad. Solo la ha visto a través de la pantalla de un ordenador, pero no necesita conocerla para saber que no se merece esto, y que si muriera… el mundo moriría con ella.
De momento, voy a empezar por Max.
Capítulo 4
El diamante
—Yo puedo salvarte.
Algo me sacude, y atraviesan mi consciencia nuevas oleadas de dolor.
—Despierta. Yo puedo salvarte.
La voz penetra en la profunda niebla que se arremolina en mi cerebro. La negrura me rodea y siento que floto en una galaxia sin estrellas, aunque un escalofrío helado me recorre el cuerpo. Algo peligroso se acerca.
Una mano me toca el brazo y me vuelve a empujar bruscamente.
—No queda mucho tiempo. Necesito que te despiertes. Yo te ayudaré.
Una fisura de luz se abre paso a través de la interminable oscuridad. Me concentro en la luz y, mientras alguien sigue sacudiendo mi cuerpo, la grieta se ensancha hasta que una luz cegadora me atraviesa los ojos.
Gimo cuando la claridad empieza a aflorar. Me cogen del brazo cada vez más fuerte y oigo la voz que me despierta del sueño con más claridad.
Me zarandean de nuevo, y el brusco movimiento acaba por despertarme.
Abro los ojos de golpe y, por razones que aún desconozco, el corazón se me sale del pecho, golpeándome la caja torácica con tanta violencia como la persona que me había estado agitando.
Logro enfocar un rostro viejo y arrugado y unos ojos de un color azul insulso a escasos centímetros de mi cara. Retrocedo, parpadeando con pánico y confusión.
—¿Qué está pasando? —digo ahogadamente.
En cuestión de segundos, la realidad se derrumba y recuerdo por qué estoy aquí. Con quién estoy.
Tuve un accidente de coche. Me salí de la carretera. Y luego me secuestraron y me trajeron a un médico que claramente ejerce de manera ilegal.
El doctor Garrison. El hombre que tengo en este momento sobre mí, mirándome con premura.
—Voy a ayudarte. Por favor, levántate.
El frío helador que atravesaba la niebla empeora cuando su mano se aferra a la mía y tira de mí hacia delante.
Grito porque el dolor ha ido a peor. Siento como si me clavaran un atizador caliente en cada una de las terminaciones nerviosas.
—Sé que duele, cariño, pero tenemos que darnos prisa antes de que vuelva Rio.
Vuelve a tirar suavemente de mí y en ese momento me doy cuenta de que me han quitado la vía del brazo.
Me resisto y, en un esfuerzo por entretenerlo, pregunto:
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Solo una noche, preciosa. Ahora levántate, por favor.
No tengo más opciones, así que me ayuda a incorporarme, metiéndome prisa mientras intenta moverme con cuidado.
—¿Dónde vamos?
Estoy a punto de perder los nervios, y la confusión enturbia mis pensamientos.
Básicamente porque no puedo entender por qué cojones me está ayudando. ¿Acaso no está metido en esto también?
Entonces me mira con una sonrisa de pirado en la cara.
—Voy a llevarte a un lugar seguro. Nadie te encontrará jamás. Te lo prometo.
Se me forma un nudo en la garganta y me esfuerzo por tragar mientras veo cristalina la situación en la que me encuentro.
«Nadie te encontrará jamás».
Puede que me esté salvando de Rio y Rick, pero eso no significa que no tenga que salvarme de éltambién.
—¿Por qué haces esto? —Respiro y mis ojos exploran la habitación, buscando una solución que me saque de este marronazo. Solo veo una salida, y él me lleva directamente hacia ella.
Por lo que sé de este tío, podría perfectamente encerrarme en una caja y darme de comer a través de un glory hole. La imagen me perturba tanto que creo que prefiero arriesgarme y quedarme con Rio y Rick.
—Me hice médico porque me gusta cuidar a la gente. Pero en los hospitales nunca me dejaron cuidar de mis pacientes como yo quería.
Se me cae el corazón al suelo y me mira con timidez, como un niño que le confiesa que está coladito por ella a la chica más guapa del colegio.
Su mano fría y suave se desliza hacia la mía, sosteniéndola como si estuviera a punto de arrodillarse y pedirme que me case con él.
—Quiero cuidar de ti, cariño. Te trataré mejor de lo que nunca lo hará esta gente. Te prometo que seré bueno contigo.
Abro la boca, pero de ella no sale ningún sonido.
¿Qué coño espera que le diga?
«Sí, por favor, llévame a tu espeluznante guarida. Nada me haría más feliz».
Quiero que me deje ir a casa. No a las garras de otro cerdo que no me dejará en paz el resto de mi vida.
Doy un paso atrás y quito la mano de la suya con cuidado. Pone cara de sorprendido y sus ojos azul pálido brillan de dolor al ver cómo mis dedos se separan de los suyos. Se comporta como si se hubiera arrodillado y yo acabara de rechazar su proposición de matrimonio.
—Yo… no creo que sea una buena idea. Sabrán que fuiste tú —digo intentando razonar con él.
No quiero rechazarlo de sopetón. Tiene pinta de estar como una cabra, y no tengo ni idea de lo que este hombre es capaz de hacer realmente.
Niega con la cabeza, me coge de la mano con bastante enfado y tira de mí. Contengo otro grito mientras me explica con impaciencia:
—No si nos damos prisa. Tengo un plan; lo único que necesito es que vengas conmigo.
Como sigue tirando de mí, mi instinto de lucha y huida entra en acción. A pesar del dolor, le suelto la mano de un tirón y retrocedo.
—Que no. No quiero irme contigo —digo bruscamente.
Su cara se transforma entonces en la de un demonio furioso, y esa frialdad que irradia de él se hace evidente. Este hombre está muerto por dentro. No es más que una tumba helada y decadente.
Noto un dolor en la mejilla antes de sentir que se mueve. Mi cabeza se va hacia un lado y me sale fuego por la cara.
Emito un grito ahogado y abro la boca mientras me cojo la mejilla dolorida, notándome algo húmedo en los dedos. Al apartar la mano veo gotas de sangre que me manchan la piel. Me ha dado una hostia con un puto anillo puesto. Un anillo de casado.
En la boca del estómago se me empieza a formar un cóctel de asco y furia, pero mantengo la boca cerrada. La situación es muy jodida y no puedo permitirme el lujo de hacer o decir lo que me dé la gana sin sufrir graves consecuencias. Y, por mucho que me tiente enfrentarme a este vejestorio, casi no me puedo mover.
«Mierda, Addie. Piensa».
Respira con dificultad y tiene la cara roja de furia. Es como mirar fijamente a los ojos de un cadáver, que solo cobra vida por el mal que lleva dentro.
—Te trataría como a una reina. No te faltaría de nada —suelta con vehemencia, moviendo la mano con rabia al pronunciar la última palabra.
Asiento con la cabeza.
—Vale —lo aplaco suavemente—. Pero me das tanto miedo como ellos.
Endereza la espalda y veo cómo la rabia le desaparece de los ojos, como si acabara de darse cuenta de que está actuando como un maldito lunático. Su rostro pasa rápidamente de la histeria a un bochorno lleno de comprensión.
—Tienes razón. Lo siento —dice dando un paso adelante—. Es que…, si quiero sacarte a salvo, tenemos que darnos prisa, y no estás cooperando.
Me tenso, pero me esfuerzo por no dar yo un paso atrás cuando me coge de las manos a modo de disculpa.
—Siento haberte pegado, cariño. Solo intento ayudarte. Por favor, ven conmigo. Te prometo que serás feliz conmigo.
El pánico y la adrenalina me aumentan hasta niveles peligrosos, haciendo que el corazón me golpee dolorosamente contra el pecho. Me cuesta mucho pensar en algo con él mirándome con tanta impaciencia y con el cuerpo como si me lo hubieran pasado por una puta picadora.
Pero, si juego bien mis cartas, esta podría ser la oportunidad perfecta para escapar. Necesito salir haciendo el menor ruido posible para no alertar a los otros dos psicópatas, lo que me deja dos opciones: darle un golpe a este payaso en la cabeza y huir, o dejar que me lleve con él y buscar más adelante otro modo de escapar. Lo que está claro es que aquí no me voy a quedar.
—Vale —susurro respirando con dificultad por la presión en el pecho.
Cuando ve que aparentemente estoy tranquila, no tarda en relajarse él, con la victoria reluciendo en su gélida mirada. Me coge de nuevo de la mano y me empuja hacia la puerta, sobre la que hay una señal roja de salida parpadeante.
Miro a mi alrededor, temblando del frío y de la oscuridad de la sala. Aquí todo es gris y plano, y las lámparas que zumban en el techo están corroídas por el polvo y cadáveres de bichos. Aquí no hay nada que le dé a este lugar… vida.
Por Dios, ¿cómo puede operar aquí? Parece que estamos en el depósito de cadáveres en lugar de en una habitación de hospital. Odiaría morir aquí, pero me da que muchos ya lo han hecho.
Apesta a muerte estéril.
Pasamos junto a la mesa llena de instrumentos, varios de ellos afilados. Si lo apuñalo en la yugular no podrá gritar y morirá en cuestión de minutos. Entonces lograría salir corriendo. No tengo ni idea de qué coño voy a hacer cuando salga de aquí, pero espero encontrar ayuda en algún sitio.
Lo miro rápidamente y me doy cuenta de que está centrado en su misión de hacerme suya. Cojo el bisturí de la mesa metálica, pero me oye llegar y se gira justo cuando voy a clavárselo en el cuello, así que solo le corto la nuca.
La sangre me salpica la cara y me doy la vuelta para que no me entre en los ojos.
Pega un alarido, se gira y me da una bofetada, lanzándome bruscamente contra el suelo.
Aterrizo sobre el coxis y grito del golpetazo. La agonía me sube por la columna y me deja sin aliento, y él se me echa encima antes de que pueda pensar qué hago, por no hablar de que no puedo respirar.
—¡Zorra! —me grita al tiempo que me rodea el cuello con las manos y me golpea la cabeza bruscamente contra el cemento.
Durante varios segundos las estrellas en los ojos me impiden ver nada. Me siento como si me hubiesen abierto la nuca, pero las manos que me aprietan la tráquea me sacan del pozo de la agonía.
El pánico se apodera de mí, tan intenso que es como si me corriese veneno por las venas. Le araño las manos, lo lleno de zarpazos, de sangre, pero eso no lo disuade. La cara del doctor Garrison está retorcida de la rabia, con las pupilas tan dilatadas que parece que tenga los ojos negros, y con todos sus dientes amarillos y torcidos ante mí.
Me revuelvo y lucho, pero su agarre sigue firme. Y en ese momento pasa ante mí mi vida como si fuera una vieja película.
Mi madre, regalándome una de sus escasas sonrisas cuando digo alguna tontería. Mi padre, recostado en el sillón y gritando a una tele que emite un partido de fútbol: la emoción más grande que ha demostrado en su vida.
Daya, con la cabeza echada hacia atrás y riéndose a carcajadas de algo que he dicho o hecho, dejando visible el huequecito entre sus dientes delanteros. Algo que ella siempre ha odiado y que a mí siempre me ha encantado.
Y después Zade. Ese hombre con el efecto de una maldita bola de demolición, que ha sacado un fuego tan ardiente de mis entrañas que bajo él me convierto en cenizas. Sin embargo, me hizo sentir muy fuerte. Muy valiente.
Me hizo sentir tan deseada y amada…
Como un diamante.
Aunque Zade nunca me llamaría algo tan trivial y común como un diamante. Me llamaría la joya más rara de la Tierra.
Debería haberle dicho que yo…
Justo en el momento en que la oscuridad invade mi visión y solo queda un punto de luz, las manos se aflojan y algo húmedo y cálido inunda mi cara. Abro la boca de manera instintiva, jadeando desesperadamente, buscando oxígeno mientras se expanden mis pulmones.
El sabor a cobre me invade la lengua, y aspiro con tanta fuerza que se me salen los ojos de las órbitas. Tardo un momento en darme cuenta de que solo tengo la mitad de la cabeza del doctor Garrison tirada sobre mí, solo un segundo antes de que su cuerpo caiga encima del mío.
Una mezcla de tos, gorjeos y gritos lucha por dominar mi garganta. Mis ojos se abren aún más cuando veo la cabeza destrozada del médico apoyada en mi hombro y un charco de color carmesí empapándome la bata. Casi me pongo a convulsionar del ataque de tos que aún se apodera de mi garganta y ante el torbellino de emociones de estar atrapada bajo un cadáver que gotea sangre en mi boca.
Tengo más sesos suyos sobre mí de los que tiene él en la cabeza. O lo que queda de ella.
—Cálmate ya, que estás bien. —Rio aparece por encima, mirándome con enfado y algo de ira—. Acostúmbrate a ver cadáveres, princesa. Porque verás muchos en el sitio al que vas.
Agarra el cuello de la camisa del doctor Garrison, lo levanta y lo cuelga de nuevo sobre mi cara. Vuelvo a estar inmediatamente empapada de más fluidos corporales y sesos. Logro cerrar los ojos con el tiempo justo y me tapo la cara mientras Rio se ríe y me quita el cuerpo de encima, arrastrándolo hasta la esquina de la habitación.
Por fin la presión cesa y puedo respirar sin toser, pero se me escapa un gemido.
Me acurruco hasta convertirme en un ovillo muy cerrado, intentando no pensar en la sangre que hay en mi boca, pero soy incapaz de hacerlo.
Tengo arcadas. Se me revuelve el estómago.
Me dan un empujón en el hombro con algo duro y paran las arcadas. Levanto la cabeza lo suficiente para ver la bota de Rio y escupir en ella, llenando de rojo el cuero negro.
Mato dos pájaros de un tiro: un «que te jodan, Río» y mi intento por sacar de mi boca toda la sangre del doctor Garrison que hay en ella.
Sin embargo, a Rio no parece molestarle.
—Ya ha pasado. Te pondrás bien. El tío intentaba secuestrarte.
—Igual que has hecho tú. Así que ¿me estás diciendo que tú te mereces el mismo destino? —siseo, y mi cuerpo empieza a entrar en shock. Tiemblo con violencia y se me están entumeciendo los brazos y las piernas.
«Mantén la calma, Addie».
«Respira».
«Tú respira».
Rio se burla y yo cierro los ojos, intentando no acojonarme.
Noto cómo se acerca. Sé que está agachado y se cierne sobre mí. Su cálido aliento me acaricia la oreja mientras sigue riéndose.
—Tienes un piquito de oro, pero en este mundo no te va a servir de nada. ¿Quieres un consejo? Hazte la tonta hasta que las únicas palabras que seas capaz de pronunciar sean «sí, señor».Así durarás más.
Se me cae una lágrima y noto cómo se empieza a formar un sollozo en la base de la garganta.
—¿Y no es eso lo que quiero? —le digo—. ¿No durar más? Mejor que sufrir para siempre, ¿no crees?
Suspira con nostalgia.
—Tienes razón. Pero aquí te vas a morir igual. Así que supongo que no es cuestión de cuánto dures, sino de cuánto te duela cuando todo se acabe.
Me tiembla el labio. Vuelve a suspirar y adopta de nuevo un tono de frustración al hablar:
—Vamos, arriba. Tenemos que ponernos en marcha.
Se levanta, se aleja unos metros y me mira de nuevo, esperando a que lo siga.
Aturdida, consigo incorporarme. El dolor empieza a instalarse otra vez en mis huesos, sintiéndolo una vez más.
—¿Puedo ducharme antes por lo menos?
Los ojos de Rio recorren mi cuerpo manchado de carmesí y me sonríe.
—Claro, princesa. Te puedes duchar. Pero, como no se te pueden mojar los puntos de la espalda, me parece que vas a necesitar que yo te ayude.
«Mierda».
Aguanté mejor tener los ojos de Rio clavados en mi culo que estar cubierta de las entrañas de un muerto. Me mantuve de espaldas a él mientras se deslizaban por mi piel chorros de sangre. Estuve a punto de vomitar cuando vi que había trocitos de carne y esquirlas de hueso arremolinándose también hacia el desagüe.
Estuve casi todo el rato fuera del agua y me limpié con un trapo limpio y jabón en barra. Rio me indicó las zonas que debía evitar de la espalda, pero no me tocó, y le di las gracias al cabrón celestial por eso.
Lo más difícil fue lavarme y aclararme el pelo sin agacharme demasiado y dejarle a la vista lo que él llamó «máquina de hacer dinero».
Puto gilipollas.
La ducha estaba en un pequeño y singular apartamento de la planta superior del edificio, bastante más apañado que la improvisada habitación de hospital, pero no mucho más que un apartamento barato de Nueva York.
Supongo que aquí dormía el doctor Garrison cuando no estaba operando a la gente que habían llevado allí los traficantes de personas. Tenía un anillo de casado, pero no vi prueba alguna de que viviera allí con él una mujer.
Por Dios, ojalá no esté encadenada en alguna parte.
Ahora vuelvo a estar en el asiento de atrás de una furgoneta con un oscuro saco en la cabeza, empapada, atada y temblando como un motor viejo. El muy cabrón no me dijo que no había toallas limpias y se divirtió viéndome usar una bata de hospital para secarme. Más aún cuando intenté enrollarme una alrededor del pelo.
No me dejó ponérmela, diciendo que mi pelo es demasiado bonito para enrollarlo en una fea bata azul, pero, en realidad, creo que solo disfruta siendo un capullo integral.
La música de rock duro que sale por los altavoces absorbe el castañeo de mis dientes. Sigo teniendo mojada mi espesa cabellera y, aunque la calefacción está puesta, no está lo suficientemente alta como para calentarme. Si no fuera porque no estoy contorsionándome y levitando en el aire, parecería que me encuentro en medio de un exorcismo de lo que tiemblo.
Bueno, en realidad, sí que parece que estoy en uno. Todo me duele muchísimo y, con cada temblor, el dolor se intensifica.
En mi puta vida me había sentido peor.
—No te preocupes, diamante. Ya casi hemos llegado a tu nuevo hogar —canturrea Rick. Con lo crispada que estoy, su voz me chirría—. A Francesca le vas a encantar.
El tono repugnante de su voz tensa todavía más mi cuerpo. Algo en la forma en que ha hablado me dice que tengo más que temer de ella que de cualquier hombre que se cruce en mi camino.
—¿Q-quién es Francesca?
Se queda callado un momento, pero no responde Rick.
—La persona a la que te tienes que camelar —dice Rio con voz grave.
—¿Por qué?
—Porque será ella la que decida cuán miserable va a ser tu vida hasta que te vendan.
Dejo caer la cabeza y aprieto fuertemente los ojos. Solo han pasado seis días y ya me doy por vencida. El tiempo que ha pasado es mínimo, pero mi espíritu se está marchitando.
Inhalo profundamente y exhalo despacio y sin pausa.
No voy a rendirme. Sé, con cada fibra de mi ser, que Zade va a hacer todo lo que esté en su mano para encontrarme. Pero yo tampoco me quedaré sentada esperándolo. Nos encontraremos a mitad de camino si soy capaz.
Así que, si lo que tengo que hacer es ganarme a Francesca, eso es lo que haré.
Siempre fui valiente de una forma casi estúpida, hasta el punto de que he sido más estúpida que valiente. Y no voy a dejar de serlo ahora.