Dentro de la impresionante mansión de piedra hacía calor incluso en el sótano, donde Debbie Speck se afanaba en la amplia y eficiente cocina guardando la compra que su marido, Jack, acababa de traer. El hombre sudaba copiosamente. Tenía algo más de cuarenta años, y un poco de sobrepeso. El pelo oscuro le empezaba a clarear y siempre olía a la loción para el afeitado con la que trataba de disimular el olor al whisky barato que bebía por las noches y que guardaba en su habitación. Al día siguiente, cuando hacía algún esfuerzo, exudaba el alcohol por los poros. Debbie solía unírsele para tomar una copa o dos. Ella prefería el gin-tonic o el vodka, que mantenía frío en la nevera del apartamento del sótano, al que su señora, Meredith White, nunca bajaba. Respetaba su privacidad, algo que les parecía perfecto a los dos. Debbie también era un tanto corpulenta y se teñía ella misma de rubio.
Jack y Debbie llevaban quince años trabajando como interinos cuidando de la casa de Meredith White, célebre estrella de cine que había escogido una vida de reclusión. Cuando les contrató todavía estaba en activo, rodando una película tras otra, a menudo fuera de la ciudad, y su marido, el actor y productor Scott Price, hacía lo mismo. En ocasiones pasaban meses separados trabajando en rodajes distintos.
Era el empleo ideal para Jack y Debbie: una inmensa y lujosa mansión cuyos señores estaban fuera casi todo el tiempo y, cuando se encontraban en casa, siempre se hallaban muy ocupados. No tenían tiempo para controlarlos estrechamente y confiaban en ellos. Cuando entraron a trabajar eran jóvenes, apenas tenían veintinueve años, pero ya conocían las ventajas y los beneficios ocultos que conllevaba ese tipo de empleo. Era como recoger fruta madura de los árboles. Las tiendas en las que compraban o los trabajadores a los que contrataban les ofrecían sustanciosas comisiones o les proporcionaban servicios que a ellos les salían gratis pero que sus jefes pagaban sin saberlo, ya que los proveedores poco honrados inflaban las facturas de manera considerable. Y había mucha gente que se apuntaba al juego. A los pocos meses, ya habían establecido toda una red de fructíferas relaciones comerciales. Era una práctica habitual, y ellos no tenían ningún reparo en aprovecharse de sus señores. Ya lo habían hecho antes. Seleccionaban a la gente para la que trabajaban en función de lo ocupados, distraídos o ausentes que estaban.
Cuando les contrató, Meredith era una de las actrices mejor pagadas de la industria del cine y fue muy generosa con ellos. Al principio, de vez en cuando hacían de chófer para su hijo Justin, de trece años, pero siempre había tutores para supervisarlo, y también un joven universitario que se alojaba en la mansión y lo llevaba a la escuela cuando ambos padres se encontraban fuera rodando. Pero cuando estaban en casa, se encargaban de hacerlo ellos mismos. Tenían también una hija, Kendall, que a los dieciocho años se había marchado a la universidad en Nueva York y ya no había vuelto a vivir en San Francisco. Cuando Jack y Debbie entraron a trabajar, Kendall tenía ya veinticinco años, se había casado y era madre de una niña, Julia, y solo regresaba por Navidad. Y Meredith y Scott estaban tan atareados con sus carreras que casi nunca disponían de tiempo libre y no podían ir a verlas tanto como querrían.
Era el trabajo ideal para Jack y Debbie. Tenían su propio apartamento dentro de la residencia, que contaba con una entrada independiente y estaba amueblado con muy buen gusto. La mansión, la más grande de todo San Francisco, se encontraba en Pacific Heights, el mejor barrio residencial de la ciudad. Trabajar para dos grandes estrellas de cine no solo les confería prestigio, sino que también resultaba muy provechoso para ambos. Meredith y Scott se habían trasladado cuando Justin nació y Kendall tenía ya doce años. No querían criar a otro hijo en Los Ángeles, les había explicado Meredith. San Francisco era una ciudad más pequeña y conservadora, con un ambiente más saludable, excelentes escuelas para los niños y buen tiempo todo el año. El terreno en el que se alzaba la mansión les proporcionaba el espacio y la privacidad que necesitaban, sobre todo gracias al altísimo seto que mandaron plantar cuando se mudaron.
Con el tiempo, Debbie y Jack habían sacado grandes beneficios de las ventajas que conllevaba su empleo. Después de muchos años de comisiones bajo mano, habían logrado un importante colchón económico. También se habían hecho con algunos tesoros procedentes de la casa principal, en especial dos pequeñas pinturas francesas muy valiosas que desde hacía más de una década estaban colgadas en su dormitorio. Meredith nunca había reparado en su desaparición. A Debbie le gustaban tanto que había decidido «reubicarlas» en sus aposentos. Meredith tenía además una cuenta bancaria destinada al pago de los gastos de la casa. Unos años antes, Debbie se había ofrecido a encargarse del pago de esas facturas para aliviarla de ese tedio. Y de vez en cuando desviaba pequeñas cantidades a su propia cuenta, tan exiguas que ni siquiera el contable de Meredith las había cuestionado. Debbie y Jack eran unos ladrones muy astutos.
Pero también sabían que debían permanecer muy atentos a las necesidades de sus señores, y catorce años atrás se mostraron de lo más compasivos y afectuosos cuando la vida de Meredith se derrumbó por completo. Solo un año después de que entraran a trabajar en la casa, el mundo dorado de la actriz se desmoronó de repente, dejando solamente cenizas a sus pies. Y eso hizo que Meredith se volviera todavía menos cautelosa con las cuentas y pudieran engañarla con mayor facilidad.
Catorce años antes, Scott mantuvo un romance muy sonado con una joven actriz italiana con la que había rodado una película. Ella tenía veintisiete años, y él, a sus cincuenta y cinco, le doblaba con creces la edad. Cuando Jack y Debbie entraron a trabajar en la casa, el matrimonio parecía muy sólido y estable, algo poco habitual en el mundo del espectáculo. Por lo que observaron, estaban enamorados y sentían devoción por sus hijos. Pero entonces Scott se marchó a rodar a Bangkok y, cuando volvió, el matrimonio ya estaba hecho pedazos. En cuanto llegó a casa, dejó a Meredith por Silvana Rossi y se fue a vivir con ella a Nueva York.
Meredith se sintió profundamente herida por la traición, pero mantuvo el tipo ante sus hijos. A los encargados de la casa les sorprendió que nunca hablara mal a Justin de su padre, pero Debbie la encontró más de una vez llorando a solas en su habitación y la consoló abrazándola con cariño.
Humillada por las noticias sobre la nueva pareja que aparecían en los tabloides, Meredith cortó de raíz todo tipo de vida social. Apenas salía de casa y centró toda su atención en Justin. Lo llevaba a la escuela y a los entrenamientos, pasaba tiempo con él y cenaban juntos todas las noches. Debbie la oyó rechazar una película que le habían ofrecido. Meredith quería quedarse en casa con su hijo hasta que amainara la tormenta provocada por el escándalo de la separación. Justin estaba muy afectado y viajó en varias ocasiones a Nueva York para visitar a su padre. Cuando volvía, siempre decía lo mucho que odiaba a su futura madrastra. Scott planeaba casarse con ella en cuanto consiguiera el divorcio. A los catorce años, Justin había llamado «puta barata» a Silvana cuando hablaba en confianza con Jack, que a su vez se lo había contado a Debbie. El chico le había confesado que a su hermana, a la que Jack y Debbie apenas conocían, tampoco le gustaba aquella mujer.
Meredith nunca hablaba de Silvana con Debbie. Era una mujer muy digna, discreta y respetuosa, aunque no cabía duda de que debía odiar a la joven estrella italiana. Y Scott estaba empecinado en conseguir el divorcio cuanto antes. Su matrimonio, aparentemente feliz, había saltado por los aires. Meredith aparcó su impresionante carrera para pasar más tiempo con su hijo, y aunque por entonces aún no la conocía mucho, Debbie la admiró por ello.
Jack y Debbie no tenían hijos. Tiempo atrás habían trabajado en Palm Springs para una pareja de ancianos, que murieron con escasos meses de diferencia. Se habían conocido en un programa de rehabilitación en San Diego dos años antes de conseguir ese empleo. Aunque ambos habían crecido en el sur de California, no habían coincidido hasta entonces. A Jack lo habían arrestado varias veces por delitos menores, sobre todo fraude con tarjetas de crédito para costear su drogadicción. Debbie había sido acusada de hurto menor, sustracción de tarjetas y posesión de marihuana con fines de tráfico. El juez les había enviado al mismo programa de rehabilitación. Ambos tenían veintidós años y pasaron seis meses allí. Durante ese tiempo urdieron un plan para trabajar juntos, lo cual acabó convirtiéndose en amor, o aunó sus ambiciones en un proyecto de vida común. Se casaron porque así podrían conseguir mejores empleos, como encargados en casas de familias ricas. Jack había sugerido que trabajar para los ricos podría ser muy lucrativo y una buena oportunidad para maquinar planes más ambiciosos para el futuro. Debbie se mostró bastante reacia, pues no quería ser una criada, limpiar lavabos ni llevar uniforme, pero Jack la convenció diciéndole que podrían hacer lo que quisieran. Contratarían a otra gente para que se ocupara del mantenimiento y el trabajo sucio, mientras ellos se llevaban la mejor parte. Incluso podrían afanar dinero o algunos objetos valiosos mientras sus jefes estaban fuera, culpando a otros de los robos, al tiempo que ganaban un buen sueldo y vivían a sus anchas en casa ajena. Jack logró que el plan sonara tan atractivo que, cuando salieron de rehabilitación, decidieron llevarlo a la práctica. Fueron a una respetable agencia de empleo en Los Ángeles. Presentaron referencias escritas por el mismo Jack en un papel de correspondencia también falsificado, y que supuestamente habían sido escritas por una pareja mayor que había fallecido sin dejar herederos que pudieran confirmar su historia. La agencia ni siquiera se molestó en comprobar las referencias ni tampoco sus antecedentes penales, algo que solo hacía si lo solicitaba el cliente.
Les despidieron de su primer empleo por incompetencia general, por no tener ni idea de lo que hacían. Pronto aprendieron lo que se esperaba de ellos, y entonces entraron a trabajar para la pareja de ancianos de Palm Springs, la que acabó muriendo de verdad. Eran tan mayores que apenas prestaban atención a lo que hacían sus empleados. Los hijos de la pareja se mostraron agradecidos de que sus padres estuvieran tan bien cuidados por gente afectuosa y responsable, y la pareja incluso les dejó una pequeña suma al morir. Más adelante, cuando entraron a trabajar para Scott y Meredith en San Francisco, sus referencias eran auténticas. Los actores estaban buscando a alguien para ocuparse de su casa a través de una agencia de confianza de Los Ángeles. Jack y Debbie no tenían ninguna prisa, pues podían ir tirando con el dinero que les había dejado la pareja de ancianos. Sin embargo, cuando les ofrecieron trabajar para Scott y Meredith, no pudieron resistirse. Supondría un gran avance en su carrera, y para entonces ya sabían lo que se esperaba de ellos, lo serviciales y obsequiosos que debían mostrarse para adaptarse sin problemas a la vida de sus señores. A Scott no le gustó mucho la pareja. Le dijo a Meredith que creía que eran demasiado serviles, pero al final sus recelos no importaron, ya que al cabo de un año se fue a rodar a Bangkok y, a su regreso, se marchó para siempre. Meredith no mostró tantos reparos a la hora de confiar en ellos.
Tras quince años trabajando para la actriz, esta había llegado a depender por completo de ellos para protegerla del mundo exterior y atender todas sus necesidades, que eran mínimas. No era una persona exigente, y se pasaba la mayor parte del tiempo leyendo en el estudio que había junto a su dormitorio o sentada en el jardín. Ya no recibía a nadie en casa. Durante los últimos catorce años, se había retirado del mundo y prefería llevar una vida más tranquila que la que había llevado como estrella de cine. Sin embargo, el mundo no se había olvidado de ella, y su reclusión voluntaria la había convertido en una leyenda.
Seis meses después de que Scott se marchara a Nueva York con Silvana, y de que solicitara el divorcio para poder casarse con ella, Justin fue a visitarles a la casa que la pareja había alquilado en Maine durante el mes de agosto. Kendall, su marido y su hija Julia también irían a pasar las dos últimas semanas allí. A Kendall, como a Justin, no le gustaba nada Silvana, pero adoraba a su padre y a su hermano pequeño. No estaba feliz por la separación, pero se sentía más unida a Scott que a Meredith y se alegraba de que su padre viviera cerca de ella. Kendall estaba casada con un próspero banquero de inversiones y disfrutaban de una vida magnífica en Nueva York.
En la casa de Maine había una lancha motora que Scott estaba deseando usar, y también un pequeño velero que sabía que a Justin le encantaría, ya que los dos últimos veranos había ido a un campamento náutico en el estado de Washington. Con solo catorce años, era un entusiasta de la navegación. Meredith había advertido a Scott de que no quería que su hijo saliera a navegar solo en las aguas desconocidas e impredecibles de la costa de Maine. Scott la tranquilizó diciéndole que siempre le acompañaría, aunque añadió que Justin era mejor patrón que muchos hombres que le doblaban la edad. Era un deporte que le fascinaba y siempre decía que de mayor se compraría un velero y navegaría por todo el mundo.
Acordaron que Justin pasaría el mes de agosto con su padre, así que el muchacho lo estaba deseando. El divorcio también le había afectado mucho y echaba de menos a su padre. Le encantaba la idea de pasar un mes entero con él, y también compartir un par de semanas con su hermana mayor, a la que idolatraba, pese a la presencia de Silvana. Decía que era muy tonta y que siempre se estaba enroscando alrededor del cuerpo de su padre como si fuera una serpiente, lo cual le hacía sentir vergüenza. Justin hacía todo lo posible por ignorarla. Y como el inglés de Silvana no era muy bueno, tenía una excusa para no hablar con ella.
Diez días después de que Justin llegara a Maine, Scott se despertó una soleada mañana de domingo con una resaca espantosa. La noche anterior habían ido a una fiesta en casa de unos nuevos amigos que habían hecho por la zona. Tenía un terrible dolor de cabeza y no quería levantarse de la cama, así que dio permiso a Justin para que saliera a navegar solo en el pequeño velero. Era poco más que un bote, y el chico le prometió que no se alejaría de la orilla y que volvería para la hora del almuerzo.
Una hora después se desató una fuerte tempestad y el océano se encabritó inesperadamente. El velero de Justin se alejó de la costa más de lo previsto, arrastrado por las corrientes y zarandeado por las enormes olas. Cuando Scott se despertó a mediodía, al ver el fuerte oleaje que se había levantado y descubrir que Justin aún no había regresado, llamó a la Guardia Costera. Bajó al muelle con un nudo en el estómago que se iba haciendo cada vez más grande: su hijo seguía sin aparecer y era demasiado peligroso salir con la lancha motora para intentar buscarlo.
Por la tarde, la Guardia Costera encontró el bote volcado. No había ni rastro de Justin. Dos días después, su cuerpo apareció varado en la playa de una de las islitas cercanas. Para entonces Kendall ya había volado a Maine para esperar noticias junto a su padre, mientras que Meredith se había quedado en San Francisco, sentada junto al teléfono, rezando. Sus peores temores se hicieron realidad. Scott la había llamado llorando el día que desapareció, y también cuando encontraron su cuerpo. Kendall estaba destrozada cuando habló con su madre. Todos lo estaban. Scott se veía totalmente desolado cuando Kendall y él volaron a San Francisco con el cuerpo de Justin para el funeral que Meredith había preparado para su hijo. Kendall estuvo en todo momento pendiente de su padre, pues sabía lo culpable que se sentía. Creía que su madre era más fuerte y que podría sobrellevarlo mejor.
Catorce años más tarde, aquellos borrosos recuerdos seguían atormentándolos a todos. Después de la tragedia, Meredith apenas había vuelto a hablar con Scott. Kendall sentía mucha lástima por su padre y eso la unió más a él. Tras la muerte de Justin, fue a visitar diligentemente a su madre una o dos veces al año, pero la culpaba por lo dura que se había mostrado con Scott, algo que había acabado pasándole una terrible factura: el sentimiento de culpa estuvo a punto de destruirle.
Durante un par de años, Scott se sumió en una espiral de drogas y alcohol de la que solo logró salir gracias a la ayuda de Kendall y de Silvana. Meredith le había echado toda la culpa de la muerte de Justin, algo que a Kendall le parecía cruel. Había sido un accidente. Él no lo había matado. Sin embargo, había actuado de forma estúpida y negligente, y había faltado a la promesa que le hizo a Meredith, y como resultado Justin había muerto. Ella no tardó en firmar los papeles del divorcio.
Scott y Silvana se casaron finalmente. En aquellos momentos la necesitaba más que nunca. Y dos años después de la muerte de Justin, de nuevo sobrio, retomó su carrera. En esos momentos, con sesenta y nueve años, apenas actuaba y se dedicaba sobre todo a dirigir y a producir, con más éxito que antes si cabía.
La incipiente carrera de Silvana fracasó de manera estrepitosa y cayó en el olvido antes incluso de que Scott volviera a trabajar. Ya tenía cuarenta y un años, y llevaba la vida de la esposa de una celebridad de Hollywood, lo cual ya le iba bien. Ya no quedaba rastro de su belleza, había ganado peso y se había convertido en una persona cargante, sin talento ni personalidad. Era una de esas mujeres que habían sido deslumbrantes en su juventud y que se esforzaban por continuar pareciéndolo a golpe de bótox y bisturí, aunque lo único que conseguían era resultar vulgares. Pero después de trece años de matrimonio continuaban juntos, y ella estaba encantada con su papel de esposa de un actor y productor famoso. Seguían viviendo en Nueva York, donde Scott podía pasar más tiempo con su hija y con su nieta. Meredith dudaba de que le fuera fiel a Silvana, aunque lo que hiciera con su vida le traía sin cuidado. Kendall había crecido y Justin ya no estaba, de modo que no tenían razón alguna para hablarse. No habían vuelto a verse desde el funeral de Justin, un recuerdo que resultaba desgarrador para todos. Scott nunca se había perdonado por su muerte y no había tenido más hijos con Silvana. Ella tampoco quería tenerlos. Era veintiocho años más joven que él y se contentaba con seguir siendo su niña. Continuaba comportándose como si fuera su muñequita, aunque ya no lo pareciera en absoluto.
Kendall nunca había perdonado a su madre por lo dura que había sido con su padre a causa del accidente, y rara vez iba a visitarla a San Francisco, algo que a Meredith le causaba una enorme aflicción. La deprimía ver la casa donde ella y su hermano habían crecido. Su madre mantenía la habitación de Justin intacta, como si fuera un santuario, y ella misma se había recluido y vivía como un espectro. Los dos encargados de la casa, Jack y Debbie, le producían escalofríos. Se comportaban como si fueran los dueños del lugar, algo de lo que su madre ni siquiera parecía darse cuenta. Y, como resultado de su distanciamiento con Kendall, Meredith había llegado a tratar a Debbie casi como a una hija. Solo era cuatro años mayor que Kendall, y Meredith podría haber sido perfectamente su madre. Además, vivían en la misma casa y se veían a diario.
La exitosa carrera cinematográfica de Meredith llegó a su fin cuando Justin murió. Tras su muerte se pasó dos años encerrada en la mansión, llorando la pérdida de su hijo. Le costó otros tres años volver a sentirse remotamente ella misma. Tuvo pesadillas durante años, hasta que por fin, de forma lenta y dolorosa, llegó a aceptarlo.
Para entonces, rodar películas ya no le interesaba. Ella y Scott habían invertido su dinero de forma inteligente. Meredith no tenía grandes gastos y no necesitaba trabajar. Intentar recuperar su categoría de estrella le parecía una farsa absurda después de la pérdida de su hijo, así que, sin siquiera pretenderlo, se recluyó en la mansión. Se pasaba días sin hablar con nadie, salvo unas pocas palabras con sus empleados, quienes de manera eficiente, tal como ella les había ordenado, mantenían el mundo exterior a raya. Ellos la protegían de una vida pública de la que ya no quería formar parte.
Durante aquellos cinco primeros años tras la muerte de Justin, Meredith permaneció ajena por completo a cuanto la rodeaba. No se dio cuenta de que habían desaparecido cuadros de las paredes del salón, ya que rara vez entraba en la estancia y no prestaba atención a lo que contenía. Cuando Debbie le contó que una sirvienta a la que había contratado había robado algunos abrigos de pieles, ella no le dio ninguna importancia y dejó que la despidiera. No se imaginaba volviendo a lucir nada tan glamuroso. En esa etapa de su vida se vestía con vaqueros, y con parkas viejas cuando hacía frío, y se limitaba a sentarse en el jardín. Llevaba zapatillas deportivas o botas de jardinería. Cuando salía a dar sus largos paseos, nadie la reconocía. La gente de la zona solo sabía que la legendaria actriz vivía en aquella mansión. Sabía lo que le había sucedido y que casi nunca salía de su propiedad. Era una de aquellas tragedias que ocurren en la vida y de la que algunas personas jamás se recuperan. Al parecer, Meredith era una de ellas.
Su carrera cinematográfica había llegado a un abrupto final cuando tenía cuarenta y nueve años. Y, con ella, el resto de su vida. Meredith dejó de ver a todas sus amistades. No le quedaba más familia que Kendall, que vivía a cinco mil kilómetros con su marido y su hija, tenía su propia vida y casi nunca iba a San Francisco. Kendall había permanecido unida a su padre y la había excluido a ella de su vida. La traición de su marido, la muerte de su hijo y el hecho de que su hija se pusiera de parte de su padre y la abandonara habían sido unos mazazos terribles que habían sumido a Meredith en la soledad.
Catorce años después de la muerte de Justin, a la edad de sesenta y tres, Meredith llevaba una vida tranquila. Durante todo ese tiempo se había negado a recibir a su agente, que había fallecido antes de que llegaran a hablar siquiera. No tenía el menor interés en retomar su carrera o volver a convertirse en la gran estrella que había sido.
Ya no se sentía atormentada por la pérdida de su hijo. Había aprendido a vivir con ello, a aceptarlo, y creía firmemente que volvería a encontrarse con él algún día. Tampoco viajaba. No le gustaba salir de San Francisco, prefería quedarse en la casa donde Justin había vivido toda su corta vida. Su habitación, en la planta superior, permanecía intacta. Ya apenas entraba, salvo para buscar una fotografía o algún objeto suyo. Se conformaba con saber que estaba allí y que seguía igual que cuando él vivía. Nada había cambiado en la casa desde hacía catorce años. Eso le hacía sentir que, después de la muerte de Justin, el tiempo se había detenido. Pero los años siguieron pasando...
Jack y Debbie se habían convertido en los guardianes de Meredith, su escudo contra las miradas indiscretas del mundo exterior, y se aprovechaban de la situación a su antojo sin que ella cuestionara ni reparara siquiera en lo que hacían. Habían dejado que el seto creciera aún más para que nadie viera lo que se ocultaba tras aquellos muros. Durante los primeros cinco años, Meredith había sufrido una depresión enfermiza. Para entonces su vida podría definirse como apacible, era una mujer con un pasado conocido y una historia trágica, que se conformaba con pasear por el jardín o, en los días tempestuosos, conducir hasta la playa para plantarse frente al mar y dejar que el viento le azotara la cara. No sentía necesidad de compañía ni le apetecía volver a ver a sus viejas amistades. Sus vidas eran muy diferentes de la suya.
Meredith había visto algunas de las películas que Scott había dirigido últimamente. Le sorprendió lo buenas que eran y la alivió que él no saliera en ellas. No tenía ganas de volver a verle la cara. Hacía tiempo que todas sus fotografías habían desaparecido de la casa. En cambio, había retratos de Justin por todas partes, en todas las etapas de su corta vida, y también de Kendall, aunque bastantes menos. Debbie hablaba a Meredith de su hijo en tono reverente y supo convertirse en alguien esencial a la hora de reconfortarla. Sabía qué le apetecía comer y cuándo y cómo le gustaba que le sirvieran. Sabía el tipo de libros que le gustaba leer y se encargaba de conseguírselos. Le dio a conocer algunas series nuevas de televisión y las veían juntas. Debbie se convirtió en una especie de filtro para ella, evitándole todo aquello con lo que no quería lidiar y haciéndole la vida más fácil. Por su parte, Jack la tranquilizaba diciéndole que él la mantenía a salvo, y ella le creía. El mundo exterior se le antojaba extraño y peligroso, y, casi sin darse cuenta, Meredith se volvió dependiente de la pareja. Ellos le facilitaban la existencia, y ella les estaba agradecida por ello. No la habían abandonado, como habían hecho Scott y Kendall. Incluso habían colocado una malla tupida entre los barrotes de la verja principal para que los curiosos no pudieran atisbar en el interior de la propiedad. Meredith era una especie de leyenda en el vecindario, la famosa estrella de cine cuyo hijo había muerto y que se había retirado del mundo.
—A estas alturas seguro que piensan que soy una especie de bruja —comentaba a veces riendo.
Continuaba siendo hermosa, con aquellos enormes ojos azules que sus admiradores adoraban y seguían recordando, con el cabello rubio claro y aquellas facciones finas y delicadas. Todavía era una mujer atractiva y enérgica. Se mantenía en forma y no aparentaba la edad que tenía. Cuando no estaba leyendo, se pasaba el día trabajando en el jardín, una tarea que le encantaba.
Esa misma mañana había estado podando los rosales, a pesar de las altas temperaturas. Las olas de calor eran poco habituales en San Francisco, y Meredith había disfrutado del sol, protegida con un sombrero de paja de ala ancha. Cuando entró en la cocina para beber algo, sonrió a Debbie, que estaba preparando su ensalada en juliana favorita. Meredith había conservado la figura, aunque en los primeros años de reclusión había adelgazado mucho y Debbie tenía que animarla para que comiera algo. Todo lo que hacía la abnegada pareja para cuidarla le demostraba una y otra vez lo bondadosos que eran y lo mucho que se preocupaban por ella. Mucho más que su hija, que llegaba a pasarse meses sin llamarla. Y Meredith sentía terriblemente su ausencia.
—¡Uau, menudo calor hace fuera! —exclamó sonriendo a Debbie. Había sido un verano muy brumoso, y septiembre suponía un cambio de lo más agradable—. Esto sí que es un auténtico veranillo de San Martín —añadió al tiempo que cogía una botella de agua fría de la nevera y daba un largo trago.
—Hace un clima de terremoto —dijo Debbie, y le ofreció un vaso.
Meredith meneó la cabeza. No lo necesitaba.
—Espero que no —dijo, dejando la botella—. Llevo veintiocho años viviendo aquí y, gracias a Dios, nunca se ha producido ningún gran terremoto. Nos perdimos el del ochenta y nueve por solo cuatro años, aunque no quede muy bien decirlo así.
Seguía impactándole el hecho de que Justin hubiera faltado de su vida la mitad del tiempo que llevaba viviendo en San Francisco. En este momento tendría veintiocho años, algo que le costaba mucho imaginar. En su mente sería siempre un muchacho de catorce años. Lo recordaba sonriendo, riendo y gastándole bromas. Había sido un chico juguetón, alegre y divertido. La consolaba pensar que Scott y ella le habían dado una infancia feliz, sin momentos tristes hasta que llegó el divorcio. Sus recuerdos de él habían pasado a ser agradables, no el horror de cuando lo imaginaba ahogándose.
—Esta casa no se movería un milímetro aunque hubiera un terremoto —dijo Jack, que entró en la cocina para servirse también un vaso de agua.
Él y Debbie tenían ya cuarenta y cuatro años, y el paso del tiempo no les había tratado tan bien como a Meredith. La actriz no parecía mucho mayor que ellos. Tenía menos arrugas en la cara y alrededor de los ojos que Debbie, cuya expresión era un tanto rígida, se teñía el pelo de un rubio estridente y siempre esperaba a que se le vieran varios centímetros de raíces negras antes de volver a teñírselo. Jack se estaba quedando calvo y tenía barriga cervecera. Era algo que extrañaba a Meredith; que ella supiera, no bebía. Debbie también había cogido algunos kilos de más. Meredith era delgada por naturaleza y mantenía su buena figura porque, aparte de sus paseos diarios, iba a una clase de yoga en el vecindario en la que nadie la reconocía. Se sentía a gusto con su soledad, la abrazaba. Por las noches leía con voracidad y al día siguiente comentaba las lecturas con Debbie. Esta nunca había sido una gran lectora, pero sabía que era una manera de estrechar la relación entre ambas, así que también leía los libros que le gustaban. Por extraño que pareciera, se habían convertido en buenas amigas.
La mansión, de un siglo de antigüedad y construida en piedra, era la mayor de todo San Francisco y se alzaba en una parcela que abarcaba media manzana. La gente de fuera del vecindario, al ver la impresionante construcción y sus terrenos, la gran verja y el altísimo seto, se preguntaba quién viviría allí dentro. El comentario de Jack acerca de la casa hizo que Meredith se acordara de algo.
—Hablando de terremotos, ¿tenemos todavía el equipo de emergencia que preparamos por si se producía alguno? Cuando nos mudamos aquí, nos preocupaban mucho los temblores, así que nos aprovisionamos de varios artículos, tiendas de campaña, cuerdas, palancas, latas de comida, botellas de agua y un botiquín de primeros auxilios, y lo almacenamos todo en el cobertizo del jardín. ¿Todavía lo tenemos al día? —También había guardado allí ropa para Justin, de cuando era pequeño, pero al cabo de unos años de vivir allí dejaron de preocuparse por los terremotos y se olvidaron de poner al día los suministros. No había vuelto a pensar en ello en años—. También teníamos linternas a pilas.
Recordó que Scott había querido incluir una pistola por si alguien intentaba saquear la casa, pero ella no le había dejado. También guardaron un sobre con dinero en la caja fuerte para situaciones de emergencia. Todavía lo conservaba, por si tenía que dar algún dinerillo extra a Jack y a Debbie.
—Aún están el botiquín de primeros auxilios y las herramientas —contestó Jack—, pero hace años doné las tiendas de campaña a un refugio para indigentes. De todos modos, no querríamos tener a gente acampando en la propiedad. Y también tiré la ropa. —Ella asintió, consciente de que parte de ella había pertenecido a Justin—. Y aunque se produzca un terremoto, en la casa tenemos toda la comida y el agua que necesitamos. Estamos bien aprovisionados. —Debbie almacenaba abundantes cantidades de carne congelada y latas de conservas—. Además, tampoco tenemos que alimentar a todo el vecindario —añadió Jack con expresión seria, implicando que la estaba protegiendo de fisgones y desconocidos—. Tenemos todo lo que necesitamos para nosotros, para aguantar mucho tiempo. La casa está asentada sobre terreno granítico, por lo que apenas se notarán los temblores, y además tenemos un generador de emergencia por si se corta el suministro eléctrico —concluyó en tono confiado. Scott había mandado instalarlo cuando compraron la propiedad.
El resto de las viviendas de la manzana eran hermosas casas victorianas, todas de madera. Eran pintorescas y encantadoras, aunque bastante menos sólidas, quizá no aguantasen tan bien las sacudidas. Meredith no conocía a ningún vecino y tampoco quería relacionarse con ellos. Cuando se mudaron, era Scott quien se había mostrado más agradable con el resto del vecindario, y también más preocupado por la posibilidad de que el barrio sufriera un terremoto, pero desde entonces la vida de Meredith había cambiado de manera radical. No tenía ni idea de quién vivía en aquellas hileras de casas victorianas, y sospechaba que Jack y Debbie tampoco. Eran incluso más reservados que ella y siempre recelaban de los vecinos y transeúntes que trataban de echar un vistazo a través de la verja. Ellos se encargaban de custodiar y proteger a su señora.
Como todos los días, Meredith se sentó a la mesa de la cocina para almorzar con ellos. Llevaba muchos años haciéndolo. No le parecía justo que Debbie tuviera que trabajar el doble, sirviendo la comida en el comedor para ella sola. Además, no quería mostrarse desagradecida con ellos, después de todo el afecto y el consuelo que le habían proporcionado durante la etapa más difícil de su vida, tras el divorcio y la muerte de Justin. Y su presencia compensaba el hecho de que ya nunca veía a su hija. Al principio, Debbie le llevaba la comida al estudio en una bandeja, pero desde hacía años almorzaban y cenaban juntos, a pesar de que ella y Jack tenían un pasado y un bagaje distintos de los de Meredith. Ambos habían crecido en familias pobres y no tenían estudios superiores. Debbie acabó el instituto, pero Jack lo dejó en décimo curso. Además, eran casi veinte años más jóvenes que Meredith. Aun así, eran sus únicos amigos.
A veces, Debbie veía alguna de sus series favoritas con ella en el estudio. Era más divertido que verlas sola, y después podían comentarlas. A Jack no le gustaban las series que ellas veían. Soltaba algún comentario despectivo y se iba al apartamento a ver programas deportivos, que Debbie detestaba. Ella y Meredith veían las mismas series y también leían los mismos libros, aunque solo porque Debbie se esforzaba en hacerlo. En el plano intelectual, era más ambiciosa que Jack. En muchos sentidos, era como una hija para Meredith o como una hermana o una amiga. Jack era más taciturno, un hombre de pocas palabras. Debbie se mostraba más locuaz, daba conversación a Meredith y era mejor compañía. Él era un hombre inteligente, pero poco hablador.
Después de almorzar, Meredith salió de nuevo para continuar trabajando en el jardín. No le importaba que hiciera calor; al contrario, le gustaba. Hacia las cuatro, Debbie fue a ver cómo estaba y le llevó un vaso de limonada helada. Meredith lo aceptó agradecida y sonrió. Se bebió la mitad de un largo trago.
—Dios, qué buena. Me estaba muriendo de sed, pero no quería parar para entrar a beber.
Había dejado el sombrero de paja en una silla del jardín para disfrutar del sol en la cara.
—Las rosas están preciosas —la felicitó Debbie, y ella se mostró complacida.
—Nunca pensé que me pasaría los días cuidando del jardín, pero la verdad es que me encanta.
Cortó una de las rosas rojas más esplendorosas y se la entregó a Debbie. Las dos mujeres intercambiaron una cálida sonrisa. Eran como la noche y el día. Meredith procedía de una familia distinguida, aunque sin opulencia, y poseía un aire aristocrático y un encanto natural. Debbie había crecido en la pobreza más abyecta. Se crio en un parque de caravanas y su aspecto vulgar seguía dando fe de ello, con el pelo burdamente teñido y las raíces negras. Aun así, Meredith creía que ambas se entendían a la perfección y que eran amigas.
—He estado pensando en tomar algunas clases para aprender a preparar comida china. A los tres nos gusta mucho, y no hay razón para que tengas que cocinar todas las noches —le dijo Meredith con generosidad.
Solo que sí había una razón de peso: Debbie era su empleada y ella le pagaba para que cocinara. Sin embargo, pasaban tanto tiempo juntas que resultaba fácil olvidarlo. Cuando vivías en una intimidad tan estrecha y no te relacionabas con nadie más, los límites se volvían borrosas.
Al cabo de unos minutos, Debbie entró de nuevo en la casa. Hacía demasiado calor para ella, y el aire se había vuelto húmedo y pegajoso. Sí que estaba haciendo eso que la gente llamaba «clima de terremoto», aunque Meredith sabía que aquello no era más que un mito. No tenía ninguna constancia de que el tiempo fuera especialmente bochornoso durante el terremoto de 1906, el más devastador de todos. El del 89 se había producido durante la celebración de las Series Mundiales, así que aquel día quizá sí que hubiera sido húmedo y caluroso. Pero Meredith no daba la menor importancia a nada de aquello. No era más que cháchara intrascendente, comentarios triviales acerca del tiempo.
A las cinco, mientras recogía la cesta con las herramientas de jardinería, pensó que esa noche llamaría a Kendall. Meredith seguía esforzándose en mantener la relación. Su hija rara vez la llamaba y ahora hacía mucho que no hablaban. La última vez, Kendall estaba intentando que su hija de diecinueve años no abandonara la carrera después del penúltimo año, que cursaba en el extranjero. Julia odiaba la universidad, aunque se estaba especializando en Artes Escénicas en la Tisch School de la Universidad de Nueva York.
Si finalmente había dejado los estudios, Julia habría estado siguiendo los pasos de su madre. Kendall había cursado su penúltimo año en Florencia. Tenía veinte años, y allí coincidió con George Holbrook, el hijo mayor de una importante y acaudalada familia de banqueros de Nueva York. Después de aquel año en Florencia, se negó a acabar la carrera en Columbia. Kendall y George se comprometieron en Navidad y se casaron unos meses más tarde. Ella era muy tozuda y nunca retomó sus estudios. Los padres de ambos pensaban que eran demasiado jóvenes para contraer matrimonio y tenían miedo de que no durase. Pero veinte años después seguían juntos y, según Kendall, felizmente casados. Tuvieron a su hija diez meses después de la boda, algo que a Meredith tampoco le pareció muy sensato, convertirse en padres siendo tan jóvenes. Pero Kendall siempre hacía lo que quería, y al final resultó que los dos estaban hechos el uno para el otro. Tenían una gran actividad social, ambos eran conservadores y, en opinión de Meredith, algo estirados.
Kendall formaba parte de todos los comités de beneficencia importantes de Nueva York. A los padres de George nunca les había hecho mucha gracia que su nuera procediera de una familia de actores, y además Kendall no había acabado los estudios y nunca había trabajado. Se convirtió en la clásica esposa de alta sociedad, algo que Julia detestaba. Ella quería seguir los pasos de sus abuelos, mudarse a Los Ángeles para intentar ser actriz. Quería desplegar las alas y volar, y sus padres se oponían. Al pensar en ello, Meredith sonrió. Le tocaba a Kendall lidiar con una hija rebelde que quería emanciparse y que rechazaba todo lo que sus padres representaban y habían conseguido en la vida.
A Kendall nunca le había gustado la carrera cinematográfica de sus padres, sobre todo porque, cuando era pequeña, el trabajo les obligaba a pasar mucho tiempo fuera de casa. Tampoco le gustaba que fueran tan famosos. No soportaba que la gente les parara por la calle para pedirles autógrafos. Meredith no podía negar que había pasado mucho tiempo rodando fuera. Kendall había nacido justo cuando empezaba a convertirse en una gran estrella. Justin nació doce años más tarde, cuando ya era más madura y manejaba mejor la situación. Había seguido trabajando mucho, pero a Justin no parecieron afectarle tanto sus ausencias, tampoco la fama. Incluso le gustaba, y a menudo les decía a sus padres que estaba orgulloso de ellos. Todo lo contrario que Kendall. Ella se avergonzaba y tenía celos de su madre, aunque Meredith era una mujer muy discreta y nunca hacía alarde de la impresionante notoriedad que le confería su estatus de gran estrella.
Cuando nació Justin, Scott y ella trataron de alternar los rodajes para que al menos uno de los dos se quedara en casa con él. Cuando Kendall era pequeña, con frecuencia los dos estaban fuera al mismo tiempo, algo que les reprocharía más adelante, sobre todo a su madre. La culpaba de todos los males de su infancia y su juventud.
Justin había sido un chico más tranquilo, mientras que Kendall siempre parecía estar enfadada y menospreciaba la carrera de su madre, aunque en casa Meredith siempre se había comportado como una madre normal. En cambio, no parecía resentida por la fama de su padre. Incluso tantos años después, cuando hablaban, Kendall hacía comentarios cáusticos sobre la época en que Meredith había sido una gran estrella. Se sentía orgullosa de la carrera de su padre, pero seguía sin reconocer los méritos de la impresionante trayectoria de su madre. Lo único que recordaba era lo dura y cruel que había sido con su padre cuando murió Justin. Kendall había volcado todo su afecto y su compasión en él. Decidió pasar por alto que su padre pudiera tener parte de la culpa en la muerte de Justin, que hubiera cometido una negligencia al dejar que saliera a navegar solo. Kendall había adorado a su hermano, pero no soportaba la idea de que su padre pudiera tener alguna responsabilidad en lo ocurrido. Había sido un accidente trágico, obra del destino o de Dios. Su padre era su héroe, le gustaba creer que era un santo. Y Kendall nunca hablaba de cómo Scott había traicionado y abandonado a su madre para tener una aventura con una joven actriz italiana que ocupó las portadas de la prensa sensacionalista de todo el mundo. Para entonces ya estaba casada y era lo bastante mayor para comprender la situación, pero optó por no hacerlo.
Meredith pensó en Julia y se preguntó qué aspecto tendría entonces. Por sorprendente que pareciera, no había visto a su nieta desde que esta tenía diez años. En aquella época aún no se había recuperado por completo de la muerte de Justin, y Kendall había preferido mantenerla alejada de su hija y siempre había puesto trabas para que la viera. Nunca era un buen momento para que Meredith las visitara, y Kendall nunca la llevaba a San Francisco para ver a su abuela. Solo había ido una vez, y de eso hacía ya nueve años.
Meredith no había vuelto a viajar, y hacía mucho que Kendall pasaba las vacaciones con la familia de su marido. Ella y George habían comprado una casa en Aspen y todos los años celebraban allí las Navidades, pero nunca habían invitado a Meredith. Ella no forzó la situación y tampoco quería suplicarle que fuera a visitarla. Sabía que Kendall no tenía ningunas ganas de verla y que el recuerdo de su hermano le resultaba demasiado doloroso. Siempre alegaba que estaba «muy ocupada» para viajar. Para Meredith, el mundo exterior había perdido parte de su realidad, como una serie que llevara mucho tiempo sin ver y cuyo hilo argumental le fuera imposible seguir. Los personajes le resultaban desconocidos y tenía la sensación de haberse perdido demasiados episodios para poder reengancharse a la trama.
Acababa de encender el televisor para disfrutar de un nuevo capítulo de una de sus series favoritas, que veía religiosamente todas las semanas. Iba ya por el tercer año de emisión y no se había perdido un solo episodio, y cuando terminaba la temporada volvía a visionarla entera. Estaba cómodamente apoltronada en un sillón de su dormitorio cuando, de repente, retumbó un extraño sonido gutural, como un rugido procedente de las entrañas de la tierra. El televisor empezó a sacudirse y la pantalla se quedó en negro. La lámpara de araña se balanceó con violencia en el techo y, al levantar la vista, Meredith comprendió lo que estaba pasando. Todo lo que había encima de la mesita que tenía delante se deslizó y cayó al suelo, y un cuadro de la pared se desplomó con gran estrépito. Al principio no supo bien qué hacer. El rugido fue haciéndose cada vez más fuerte, al tiempo que oía el estruendo de cristales que se hacían añicos y de objetos que se caían y se rompían por toda la casa. Recordó lo que había que hacer en caso de terremoto y corrió a refugiarse bajo el dintel de la puerta, donde se quedó temblando mientras otros dos grandes cuadros se estrellaban contra el suelo. Iba descalza y se había cortado el pie con un trozo de cristal al cruzar la habitación. Ni siquiera lo había notado. Se habían apagado todas las luces y, al mirar por la ventana, vio que el vecindario entero estaba a oscuras. Daba la sensación de que los violentos temblores no acabarían nunca. Y, después de lo que pareció una eternidad, el rugido cesó y se produjo una breve sacudida final. Meredith permaneció de pie en la oscuridad, rodeada por un mar de cristales rotos, y entonces oyó que Debbie la llamaba. Poco después la oyó subir corriendo las escaleras y cuando llegó arriba, casi sin resuello, la encontró en el umbral del dormitorio. Las dos se quedaron mirándose un momento. Debbie llevaba una potente linterna a pilas y la enfocó hacia el interior de la habitación, iluminando los cuadros caídos y los añicos que cubrían el suelo.
—Santo Dios, este ha sido de los fuertes —dijo Meredith sonando más calmada de lo que en realidad se sentía—. Supongo que sí que era lo que llaman clima de terremoto.
—¿Estás bien? —le preguntó Debbie, muy alterada.
—Eso creo —respondió Meredith—. ¿Tú estás bien? ¿Dónde está Jack?
—En la parte de atrás de la casa, en el cuarto de contadores, tratando de cortar el gas. —Como siempre, Jack sabía lo que había que hacer, y Meredith se sintió agradecida por tenerlos con ella—. Subir hasta aquí ha sido como montar en una montaña rusa —añadió Debbie, tratando aún de recuperar el aliento tras la conmoción.
—Gracias por venir a buscarme.
—Jack dice que deberíamos salir al patio, por si siguen cayendo cosas dentro de la casa.
Oyeron un fuerte estruendo abajo, y cuando Debbie enfocó la linterna hacia la lámpara del techo, vieron que todavía se balanceaba. Le entregó una linterna a Meredith, que la encendió y la usó para buscar sus zapatos. Al ponérselos, vio que le sangraba el pie.
—¿Estás bien? —repitió Debbie.
Meredith respondió que sí y la siguió escaleras abajo. Al apuntar con las luces hacia la gran lámpara de araña del salón principal, vieron que seguía oscilando de lado a lado. Las lágrimas de cristal tintineaban al entrechocar unas con otras.
—¡No pases por debajo! —le advirtió Debbie, mientras descendían los escalones con cuidado.
Vieron los cuadros tirados por el suelo. Los grandes marcos de varios de ellos estaban destrozados. Caminaron tratando de no pisar nada hasta llegar a la puerta principal. La abrieron y, tal como había visto Meredith desde la ventana de su dormitorio, todo el vecindario estaba a oscuras.
—¿De qué magnitud habrá sido? —preguntó mientras permanecían plantadas en el umbral.
Debbie alzó la linterna para iluminar el exterior.
—Ha sido muy potente —respondió, y avanzaron con cautela hasta situarse en medio del patio.
Jack llegó al cabo de unos minutos.
—¿Estáis bien las dos? Ya he cortado el gas de la casa —dijo en tono tranquilizador.
—Estamos bien —contestó Meredith, que empezaba a sentirse más calmada.
Oyó voces de gente en la calle y se preguntó si deberían abrir la verja.
—No salgáis —les advirtió Jack—. Han caído algunos cables del tendido eléctrico, y uno está soltando chispas. Lo he visto cuando he apartado un trozo de la malla para echar un vistazo.
Mientras hablaba, los tres notaron una leve réplica. Debbie pareció presa del pánico.
—¿Y si se produce otro de los grandes? —preguntó agarrándose con fuerza al brazo de Jack—. ¿Y si este solo ha sido el primero, como una especie de aviso?
—No va a haber más —repuso él, en un tono que transmitía más optimismo que certeza.
Meredith se preguntó qué otras sorpresas les depararía el resto de la noche, y también qué otros desperfectos habría sufrido la casa.
—Tenemos que comprobar cómo están los vecinos —dijo muy preocupada—. Alguno podría haber quedado atrapado, tal vez haya heridos. ¿Dónde está el botiquín de primeros auxilios? —le preguntó a Jack.
Él lanzó una rápida mirada a Debbie antes de responder.
—No podemos salir ahí, Meredith. Todo el mundo sabe quién eres y que vives aquí. No queremos que la gente irrumpa por la fuerza en la casa. Y tampoco sabemos cómo está la situación ahí fuera. Puede que haya saqueadores —añadió, funesto, como si la calle estuviera llena de gente esperando a invadir la propiedad.
Meredith no le hizo caso.
—Ve a buscar el botiquín, Jack —le ordenó con una voz que nunca le había oído, una voz de autoridad incuestionable—. Vamos a abrir la verja.
Él vaciló un momento y luego desapareció en el interior de la casa. Debbie estaba aterrorizada.
—No abras la verja. No sabemos lo que hay ahí fuera.
—No, no lo sabemos. Pero vamos a averiguarlo —afirmó en un tono firme y tranquilo que no dejaba lugar a dudas.
Jack volvió al cabo de cinco minutos. Llevaba el botiquín, y su expresión era obstinada y sombría. Meredith sacó la llave y abrió la cerradura. Al principio la verja se resistió, pero luego, lentamente, acabó cediendo. Meredith cruzó el umbral de la propiedad y salió a la calle. Debbie y Jack la siguieron. Aunque era lo último que hubieran querido que sucediera, por primera vez en muchos años, Meredith estaba a cargo de la situación. Y le brillaban los ojos, llenos de vida.