Uno

Beth se enteró de la muerte de su madre por una mujer que llevaba un portapapeles. Al día siguiente su foto apareció en el Herald-Leader. La fotografía, tomada en el porche de la casa gris de Maplewood Drive, mostraba a Beth con un sencillo vestido de algodón. Incluso entonces, se la veía claramente poco agraciada. El pie de la foto decía: «Huérfana tras la colisión de ayer en New Circle Road, Elizabeth Harmon se enfrenta a un futuro problemático. Elizabeth, de ocho años, se quedó sin familia tras el accidente, donde murieron dos personas y resultaron heridas otras. Sola en casa en ese momento, Elizabeth se enteró del accidente poco antes de que se tomara la foto. Las autoridades dicen que será bien atendida».

En el Hogar Methuen de Mount Sterling, Kentucky, Beth recibía tranquilizantes dos veces al día. Igual que todos los otros niños, para «aliviar su carácter». El carácter de Beth era bueno, pero se alegraba de recibir la pequeña píldora. Aflojaba algo profundo en su estómago y la ayudaba a soportar las tensas horas en el orfanato.

El señor Fergussen les daba las píldoras en un vasito de plástico. Junto con la verde que aliviaba su carácter, había otras naranjas y marrones para crecer fuerte. Los niños tenían que ponerse en fila para recibirlas.

La niña más alta era la negra, Jolene. Tenía doce años. El segundo día Beth estaba con ella en la cola de las vitaminas y Jolene se volvió a mirarla con el ceño fruncido.

—¿Eres huérfana de verdad o bastarda?

Beth no supo qué decir. Estaba asustada. Estaban al final de la cola, y se suponía que tenía que esperar allí hasta que llegara a la ventana donde se hallaba el señor Fergussen. Beth había oído a su madre llamar bastardo a su padre, pero no sabía qué significaba.

—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó Jolene.

—Beth.

—¿Tu madre está muerta? ¿Y tu padre?

Beth se la quedó mirando. Las palabras «madre» y «muerta» eran insoportables. Quiso huir, pero no había ningún sitio adonde hacerlo.

—Tus padres —dijo Jolene con un tono que no carecía de compasión—, ¿están muertos?

Beth no pudo encontrar nada que decir o hacer. Permaneció aterrorizada en la cola, esperando las píldoras.

—¡Sois todas unas chupapollas ansiosas!

Era Ralph en el pabellón de los chicos quien gritaba eso. Ella lo oyó porque estaba en la biblioteca, donde había una ventana que daba a ese pabellón. No tenía ninguna imagen mental para «chupapollas» y la palabra era extraña. Pero sabía por el sonido que le lavarían la boca con jabón. Se lo habían hecho a ella por decir «joder», aunque su madre decía «joder» todo el tiempo.

El barbero la hizo sentarse absolutamente quieta en la silla.

—Si te mueves, puedes perder una oreja.

No había nada jovial en su voz. Beth permaneció lo más quieta que pudo, pero era imposible permanecer completamente inmóvil. Tardó mucho tiempo en cortarle el pelo y darle el flequillo que llevaban todas. Trató de entretenerse pensando en aquella palabra, «chupapollas». Lo único que podía imaginar era un pájaro, como el pájaro carpintero. Pero le parecía que no era eso.

El bedel era más gordo por un lado que por el otro. Se llamaba Shaibel. Señor Shaibel. Un día enviaron a Beth al sótano a limpiar los borradores golpeándolos entre sí, y se lo encontró sentado en un taburete de metal cerca de la caldera contemplando con el ceño fruncido un tablero de damas de cuadros blancos y verdes que tenía delante. Pero donde deberían estar las damas había figuritas de plástico de formas curiosas. Algunas eran más grandes que otras. Había más de las pequeñas que de las demás. El bedel alzó la cabeza y la miró. Ella se marchó en silencio.

El viernes, todo el mundo comía pescado, fuera católico o no. Venía cortado en cuadritos, empanado con una corteza oscura, marrón y seca con densa salsa de naranja, como aderezo francés embotellado. La salsa era dulce y terrible, pero el pescado que había debajo era aún peor. El sabor casi la hacía vomitar. Pero había que comérselo todo, o la señora Deardorff se enteraría y no te adoptaría nadie.

Algunos niños eran adoptados inmediatamente. Una niña de seis años llamada Alice vino un mes después que Beth y la adoptó a las tres semanas una pareja de aspecto agradable y acento raro. Atravesaron el pabellón el día que vinieron a por Alice. Beth quiso echarse en sus brazos porque le parecieron felices, pero se dio la vuelta cuando la miraron. Había otros niños que llevaban allí mucho tiempo y sabían que no saldrían nunca. Los llamaban «perpetuos». Beth se preguntaba si lo sería ella.

La gimnasia era mala, y el voleibol era lo peor. Beth nunca podía darle bien a la pelota. La golpeaba ferozmente o la empujaba con los dedos tiesos. Una vez se lastimó tanto el dedo que se le hinchó después. La mayoría de las niñas se reían y gritaban cuando jugaban, pero Beth no lo hacía nunca.

Jolene era la mejor jugadora con diferencia. No solo porque era mayor y más alta, sino porque siempre sabía exactamente lo que había que hacer, y cuando la pelota pasaba alta por encima de la red, se colocaba debajo sin tener que gritarles a las demás que se apartaran, y entonces saltaba y la golpeaba con un largo y suave movimiento del brazo. El equipo que tenía a Jolene ganaba siempre.

La semana después de que Beth se lastimara el dedo, Jolene la detuvo cuando terminó la gimnasia y las demás corrían hacia las duchas.

—Déjame que te enseñe una cosa —dijo Jolene. Alzó las manos con los largos dedos abiertos y levemente flexionados—. Hazlo así.

Dobló los codos y empujó las manos hacia arriba suavemente, envolviendo una pelota imaginaria.

—Inténtalo.

Beth lo intentó, torpemente al principio. Jolene le hizo una nueva demostración, riendo. Beth lo intentó unas cuantas veces más y mejoró. Luego Jolene agarró la pelota e hizo que Beth la capturara con las yemas de los dedos. Después de unas cuantas veces, fue fácil.

—Ahora trabaja en eso, ¿me oyes? —dijo Jolene, y corrió a las duchas.

Beth practicó durante una semana, y después dejó de importarle el voleibol. No mejoró, pero ya no era algo que temiera.

Todos los martes, la señorita Graham, después de aritmética, enviaba a Beth abajo con los borradores. Era considerado un privilegio, y Beth era la mejor estudiante de la clase, aunque era la más pequeña. No le gustaba el sótano. Olía rancio, y el señor Shaibel le daba miedo. Pero quería saber más sobre aquel juego que jugaba solo en aquel tablero. Un día se acercó y se detuvo a su lado, esperando que moviera una pieza. La que estaba tocando era la de la cabeza de caballo en un pedestal. Un segundo después él la miró con gesto irritado.

—¿Qué quieres, niña? —dijo.

Normalmente ella huía de cualquier encuentro humano, sobre todo con los adultos, pero esta vez no retrocedió.

—¿Cómo se llama ese juego? —preguntó.

Él la miró.

—Deberías estar arriba con las demás.

Ella lo miró a la cara. Había algo en este hombre y en la firmeza con la que jugaba a este misterioso juego que la ayudó a aferrarse a lo que quería.

—No quiero estar con las demás —respondió—. Quiero saber a qué está jugando.

Él la miró con más atención. Luego se encogió de hombros. —Se llama ajedrez.

Una bombilla pelada colgaba de un cable negro entre el señor Shaibel y la caldera. Beth tenía cuidado de no permitir que la sombra de su cabeza cayera sobre el tablero. Era domingo por la mañana. Tenían clase de catequesis arriba en la biblioteca, y ella había levantado la mano para ir al cuarto de baño y luego bajó aquí. Llevaba de pie mirando al bedel jugar al ajedrez diez minutos. Ninguno de los dos había hablado, pero él parecía aceptar su presencia.

El bedel miraba las piezas durante minutos seguidos, inmóvil, observándolas como si las odiara, y luego extendía la mano, tomaba una por la parte superior con las yemas de los dedos, la sostenía un instante como si fuera un ratón muerto por la cola y la colocaba en otra casilla. No miró a Beth en ningún momento.

Beth seguía de pie con la sombra negra de su cabeza sobre el suelo de hormigón a sus pies y miraba el tablero, sin apartar los ojos de él, observando cada movimiento.

Había aprendido a guardar los tranquilizantes para la noche. Así la ayudaban a dormir. Se metía la píldora oblonga en la boca cuando el señor Fergussen se la entregaba, se la colocaba debajo de la lengua, daba un sorbo al zumo de naranja de lata que venía con la píldora, tragaba, y cuando el señor Fergussen pasaba al niño siguiente, se sacaba la píldora de la boca y se la metía en el bolsillo de la blusa de marinerito. La píldora tenía una cobertura sólida y no se ablandaba en el tiempo que la tenía bajo la lengua.

Durante los dos primeros meses durmió muy poco. Lo intentaba, allí tendida con los ojos cerrados. Pero escuchaba a las niñas de las otras camas toser o darse la vuelta o murmurar, o el bedel del turno de noche recorría el pasillo y su sombra cruzaba su cama y ella la veía, incluso con los ojos cerrados. Sonaba un teléfono lejano, o descargaba una cisterna. Pero lo peor de todo era cuando oía voces hablar en el despacho al fondo del pasillo. No importaba lo bajito que hablara el bedel a la encargada nocturna, no importaba lo suavemente que lo hiciera, Beth se encontraba de pronto tensa y completamente despierta. El estómago se le contraía, la boca le sabía a vinagre, y el sueño quedaba descartado por esa noche.

Ahora se acurrucaba en la cama, permitiéndose sentir la tensión en su estómago con un escalofrío de emoción, sabiendo que pronto la dejaría. Esperaba allí en la oscuridad, sola, observándose, esperando que el torbellino en su interior llegara a su culmen. Entonces se tragaba las dos píldoras y permanecía acostada hasta que la tranquilidad empezaba a extenderse por su cuerpo como las olas de un mar cálido.

—¿Quiere enseñarme?

El señor Shaibel no dijo nada, ni siquiera reconoció la pregunta con un movimiento de cabeza. A lo lejos, unas voces cantaban «Bringing in the Sheaves».

Ella esperó unos minutos. Casi se le quebró la voz con el esfuerzo de hablar, pero fue capaz de hacerlo, de todas formas:

—Quiero aprender a jugar al ajedrez.

El señor Shaibel extendió una mano regordeta hacia una de las piezas negras más grandes, la tomó con destreza por la cabeza y la colocó en una casilla al otro lado del tablero. Retiró la mano y se cruzó de brazos. Siguió sin mirar a Beth.

—No juego con desconocidos.

La voz átona tuvo el efecto de una bofetada en la cara. Beth se dio media vuelta y se marchó. Subió las escaleras con un regusto amargo en la boca.

—No soy una desconocida —le dijo dos días más tarde—. Vivo aquí.

Detrás de su cabeza una pequeña polilla revoloteaba en torno a la bombilla pelada, y su pálida sombra cruzaba el tablero a intervalos regulares.

—Puede usted enseñarme. Ya sé algo, de mirar.

—Las niñas no juegan al ajedrez —la voz del señor Shaibel no mostraba ninguna emoción.

Ella hizo acopio de valor y dio un paso adelante, señalando, pero sin tocar, una de las piezas cilíndricas que ya había etiquetado como un cañón en su imaginación.

—Esta se mueve de arriba abajo y adelante y atrás. Todo recto, si hay espacio para moverse.

El señor Shaibel guardó silencio durante un rato. Luego señaló la pieza que parecía tener un limón cortado encima.

—¿Y esta?

El corazón le dio un brinco.

—En diagonal.

Podías ir guardando píldoras tomándote solo una por la noche y quedándote con la otra. Beth guardaba las de sobra en la funda de su cepillo de dientes, donde no miraría nadie. Solo tenía que acordarse de secar el cepillo con papel higiénico después de usarlo, o no usarlo y lavarse los clientes con el dedo. Esa noche tomó por primera vez tres píldoras, una tras otra. Sintió un pinchacito en los pelos de la nuca: había descubierto algo importante. Dejó que la sensación se extendiera por todo su cuerpo, tendida en la cama con su ajado pijama azul en el peor sitio del pabellón femenino, cerca de la puerta del pasillo y frente al cuarto de baño. Había resuelto algo en su vida: conocía las piezas de ajedrez y cómo se movían y capturaban, y sabía cómo conseguir sentirse bien del estómago y de la tensión de las articulaciones de los brazos y las piernas, con las píldoras que le daban en el orfanato.

—De acuerdo, niña —dijo el señor Shaibel—. Podemos jugar al ajedrez. Yo llevo las blancas.

Ella tenía los borradores. Era después de aritmética, y geografía empezaba dentro de diez minutos.

—No tengo mucho tiempo —contestó. Había aprendido todos los movimientos el domingo anterior, durante la hora que catequesis le permitía pasar en el sótano. Nadie la echaba de menos en la capilla, mientras que firmara, debido al grupo de niñas que venían de la ciudad. Pero geografía era diferente. Le aterraba el señor Schell, aunque era de las mejores de la clase.

La voz del bedel carecía de emoción.

—Ahora o nunca —dijo.

—Tengo geografía...

—Ahora o nunca.

Ella se lo pensó solo un segundo antes de decidir. Había visto una vieja caja de leche tras la caldera. La arrastró hasta el otro extremo del tablero, se sentó y dijo:

—Mueva.

La derrotó con lo que ella descubriría más tarde que se llamaba el mate del pastor, después de solo cuatro movimientos. Fue rápido, pero no lo bastante rápido para impedir que llegara quince minutos tarde a geografía. Dijo que había estado en el cuarto de baño.

El señor Schell estaba de pie ante su escritorio con las manos en las caderas. Pasó la vista por toda la clase.

—¿Alguna de ustedes, señoritas, ha visto a esta joven en el servicio?

Hubo risitas tímidas. Nadie levantó la mano, ni siquiera Jolene, aunque Beth había mentido por ella dos veces.

—¿Y cuántas de ustedes han estado en el servicio antes de clase?

Hubo más risas y tres manos levantadas.

—¿Y alguna de ustedes vio a Beth allí? ¿Lavándose sus bonitas manos, tal vez?

No hubo respuesta. El señor Schell se volvió hacia la pizarra, donde había estado escribiendo la lista de exportaciones de Argentina, y añadió la palabra «plata». Durante un instante Beth pensó que ya se había acabado. Pero entonces habló, de espaldas a la clase.

—Cinco deméritos —dijo.

Con diez deméritos te golpeaban en el trasero con una correa de cuero. Beth había sentido aquella correa solo en su imaginación, pero su imaginación se expandió durante un momento con una visión de dolor como fuego en las partes blandas de su cuerpo. Se llevó una mano al corazón y sintió en el fondo del bolsillo de su blusa la píldora de esa mañana. El temor se redujo notablemente. Visualizó la funda de su cepillo de dientes, el largo contenedor rectangular de plástico. Tenía cuatro píldoras más allí dentro, en el cajón de la mesilla de metal junto a la cama.

Esa noche se tumbó en la cama. Todavía no tenía la píldora en la mano. Escuchó los ruidos nocturnos y advirtió cómo parecían hacerse más fuertes a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Al fondo del pasillo el señor Byrne empezó a hablar con la señora Holland, junto a la mesa. El cuerpo de Beth se tensó ante el sonido. Parpadeó y miró el oscuro techo y se obligó a ver el tablero con sus casillas blancas y verdes. Luego puso cada pieza en su casilla: torre, caballo, alfil, reina, rey, y la fila de peones delante. Entonces movió el peón del rey blanco hasta la cuarta fila. Subió el negro. ¡Podía hacerlo! Era sencillo. Continuó, comenzando a repasar la partida que había perdido.

Llevó el caballo del señor Shaibel a la tercera fila. Lo vio claramente en su mente, sobre el tablero verde y blanco del techo del pabellón.

Los ruidos ya se habían difuminado en un blanco y armonioso sonido de fondo. Beth yació feliz en la cama, jugando al ajedrez.

Al domingo siguiente bloqueó el mate del pastor con el caballo de su rey. Había repasado mentalmente el juego cien veces, hasta que purgó la furia y la humillación, dejando las piezas y el tablero despejados en su visión nocturna. Cuando fue a jugar con el señor Shaibel el domingo, todo estaba resuelto, y movió el caballo como en un sueño. Le encantaba el tacto de la pieza, la diminuta cabeza de caballo en su mano. Cuando la depositó en la casilla, el bedel frunció el ceño. Tomó a su reina por la cabeza y le hizo jaque al rey de Beth con ella. Pero Beth estaba preparada también para eso: lo había visto en la cama la noche anterior.

Él tardó catorce movimientos en atrapar a su reina. Ella trató de seguir jugando, sin reina, ignorar la pérdida mortal, pero él extendió la mano y le impidió que tocara el peón que iba a mover.

—Ahora te retiras —dijo. Su voz era áspera.

—¿Retirarme?

—Así es, niña. Cuando se pierde así la reina, te retiras.

Ella se lo quedó mirando, sin comprender. Él le soltó la mano, agarró el rey negro de Beth, y lo colocó de lado sobre el tablero. La pieza rodó de un lado a otro durante un instante y luego se quedó inmóvil.

—No —dijo ella.

—Sí. Te has retirado del juego.

Ella hubiera querido golpearlo con algo.

—No me dijo que así fueran las normas.

—No es una norma. Es deportividad.

Ella sabía lo que significaba eso, pero no le gustó.

—Quiero terminar —dijo. Tomó el rey y volvió a ponerlo en la casilla.

—No.

—Tiene que terminar —insistió ella.

Él alzó las cejas y se levantó. Nunca lo había visto de pie en el sótano, solo en los pasillos cuando estaba barriendo o en clase cuando limpiaba las pizarras. Tuvo que agacharse un poco para no golpearse la cabeza con las vigas del bajo techo.

—No —dijo—. Has perdido.

No era justo. Ella no tenía ningún interés en la deportividad. Quería jugar y ganar. Quería ganar más de lo que jamás había querido nada. Dijo algo que no había dicho desde que su madre murió.

—Por favor.

—El juego ha terminado —dijo él.

Ella lo miró lleno de furia.

—Avaricioso...

Él dejó caer los brazos a los costados y dijo lentamente:

—Se acabó el ajedrez. Sal.

Si ella fuera más grande... Pero no lo era. Se levantó y se dirigió a las escaleras mientras el bedel la miraba en silencio.

El martes, cuando bajó al sótano con los borradores, descubrió que la puerta estaba cerrada con llave. La empujó dos veces con la cadera, pero no cedió. Llamó, suavemente al principio, pero no se oía nada al otro lado. Fue horrible. Sabía que el bedel estaba allí dentro sentado ante el tablero, que estaba enfadado con ella por lo de la última vez, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Cuando volvió a clase con los borradores, la señorita Graham ni siquiera se dio cuenta de que no estaban limpios ni de que Beth regresaba más pronto que de costumbre.

El jueves estaba segura de que iba a ser igual, pero no lo fue. La puerta estaba abierta, y cuando bajó las escaleras, el señor Shaibel actuó como si no hubiera sucedido nada. Las piezas estaban colocadas. Ella limpió los borradores a toda prisa y se sentó ante el tablero. El señor Shaibel ya había movido el peón de su rey. Ella jugó con su peón de rey, avanzándolo dos casillas. No cometería ningún error esta vez.

Él respondió a su movimiento con rapidez, y ella replicó de inmediato. No se dijeron nada, sino que siguieron moviendo. Beth podía sentir la tensión, y le gustaba.

Al vigésimo movimiento el señor Shaibel avanzó un caballo cuando no debería haberlo hecho y Beth pudo llevar un peón hasta la sexta fila. Él retiró el caballo. Fue un movimiento desperdiciado y ella sintió un escalofrío de emoción cuando lo vio hacerlo. Cambió su alfil por el caballo. Luego, al siguiente movimiento, avanzó de nuevo el peón. Se convertiría en reina al siguiente movimiento.

Él miró la pieza allí sentado y luego extendió enfadado una mano y volcó su rey. Ninguno de los dos dijo nada. Era la primera victoria de Beth. Toda la tensión desapareció, y lo que ella sintió en su interior fue lo más maravilloso que había sentido en su vida.

Descubrió que podía saltarse el almuerzo los domingos y nadie se daba cuenta. Eso le permitía tres horas con el señor Shaibel, hasta que él se marchaba a casa a las dos y media. No hablaban, ninguno de los dos. Él siempre llevaba las piezas blancas, para mover primero, y ella las negras. Se le había ocurrido cuestionarlo, pero decidió no hacerlo.

Un domingo, después de una partida que había conseguido ganar a duras penas, el hombre le dijo:

—Deberías aprender la defensa siciliana.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, irritada.

Todavía estaba molesta por haber perdido. Le había ganado dos partidas la semana pasada.

—Cuando las blancas mueven peón cuatro reina, las negras hacen esto.

Extendió la mano y movió el peón blanco dos casillas hacia arriba, su casi invariable primer movimiento. Entonces tomó el peón que estaba delante del alfil de la reina negra y lo colocó dos casillas hacia el centro. Era la primera vez que le enseñaba algo así.

—¿Y luego qué?

Él tomó el caballo del rey y lo colocó debajo y a la derecha del peón.

—Caballo 3AR.

—¿Qué es 3AR?

—Alfil del rey 3. Donde he puesto el caballo.

—¿Las casillas tienen nombre?

Él asintió, impasible. Beth notó que no estaba dispuesto a darle ni siquiera esta información.

—Si juegas bien, tienen nombres.

Ella se inclinó hacia delante.

—Enséñemelos.

Él la miró.

—No. Ahora no.

Esto la enfureció. Comprendía bien que a una persona le gustara guardar secretos. Ella guardaba los suyos. Sin embargo, quiso inclinarse por encima del tablero y darle una bofetada y obligarlo a decírselo. Tomó aire.

—¿Eso es la defensa siciliana?

Él pareció aliviado porque había dejado el tema de los nombres y las casillas.

—Hay más —dijo. Siguió enseñándole los movimientos básicos y algunas variantes. Pero no usó el nombre de las casillas. Le enseñó la variante Levenfish y la variante Najdorf y le dijo que las repitiera. Ella lo hizo, sin cometer un solo error.

Pero cuando después jugaron una partida de verdad, él movió el peón de su reina, y ella pudo ver de inmediato que lo que acababa de enseñarle era inútil en esta situación. Lo miró con mala cara, sintiendo que si tuviera un cuchillo podría haberlo apuñalado con él. Entonces miró de nuevo el tablero y avanzó su propio peón de reina, decidida a derrotarlo.

Él movió el peón situado junto al peón de su reina, el que estaba delante del alfil. A menudo hacía eso.

—¿Es una de esas cosas? —preguntó Beth—. ¿Como la defensa siciliana?

—Aperturas.

Él no la miró, estaba observando el tablero.

—¿Lo es?

El señor Shaibel se encogió de hombros.

—El gambito de dama.

Ella se sintió mejor. Había aprendido algo más de él. Decidió no aceptar el peón ofrecido, dejar la tensión en el tablero. Le gustaba así. Le gustaba el poder de las piezas, a lo largo de las filas y las diagonales. En mitad de la partida, cuando las piezas estaban por todas partes, las fuerzas que se cruzaban en el tablero la entusiasmaban. Sacó su caballo de rey, sintiendo extenderse su poder.

En veinte movimientos ella había ganado sus dos torres, y él se rindió.

Se dio la vuelta en la cama, se puso una almohada sobre la cabeza para bloquear la luz que se colaba por debajo de la puerta del pasillo y empezó a pensar cómo se podía usar un alfil y una torre juntos para hacer jaque por sorpresa al rey. Si movías el alfil, el rey estaría en jaque, y el alfil quedaría libre para hacer lo que quisiera en el siguiente movimiento, incluso tomar la reina. Permaneció allí acostada un rato, pensando emocionada en ese potente ataque. Luego retiró la almohada y se tendió de espaldas e imaginó el tablero en el techo y jugó de nuevo todas sus partidas contra el señor Shaibel, una a una. Vio dos lugares donde podría haber reproducido la situación torre-alfil que acababa de inventar. En una de ellas podría haberla forzado por una doble amenaza, y en la otra probablemente podría haberla colado. Repasó esas dos partidas en su mente con los nuevos movimientos, y las ganó. Sonrió feliz para sí y se quedó dormida.

La profesora de aritmética le encargó limpiar los borradores a otro alumno, diciendo que Beth necesitaba un descanso. No era justo, porque Beth seguía teniendo unas notas perfectas en aritmética, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Se quedaba en clase cuando el pequeño pelirrojo salía del aula con los borradores, haciendo sus absurdas sumas y restas con mano temblorosa. Quería jugar al ajedrez más desesperadamente cada día.

El martes y el miércoles se tomó solo una píldora y guardó la otra. El jueves pudo dormir después de jugar mentalmente al ajedrez durante una hora, y se guardó las dos píldoras del día. Hizo lo mismo el viernes. Todo el sábado, mientras trabajaba en la cocina de la cantina y por la tarde durante la película cristiana en la biblioteca y la charla de mejora personal antes de la cena, pudo sentir un pequeño destello de emoción cada vez que quería, sabiendo que tenía seis píldoras en la funda de su cepillo de dientes.

Esa noche, después de que apagaran las luces, las tomó todas, una a una, y esperó. La sensación, cuando se produjo, fue deliciosa, una especie de cómoda dulzura en el vientre y una relajación de las partes tensas de su cuerpo. Se mantuvo despierta todo lo que pudo para disfrutar del calor interior, la profunda felicidad química.

El domingo, cuando el señor Shaibel le preguntó dónde había estado, le sorprendió que fuera algo que le preocupara.

—No me dejaron salir de clase —dijo.

Él asintió. El tablero estaba preparado, y ella vio para su sorpresa que las piezas blancas estaban de su lado y que la caja de leche ya estaba en su sitio.

—¿Muevo yo primero? —preguntó ella, incrédula.

—Sí. A partir de ahora lo haremos por turnos. Así es como hay que jugar.

Ella se sentó y movió el peón del rey. El señor Shaibel movió sin decir palabra el peón del alfil de su reina. Beth no había olvidado los movimientos. Nunca olvidaba los movimientos de ajedrez. Él jugó la variante Levenfish; ella tenía los ojos fijos en el dominio de su alfil sobre la diagonal larga, la manera en que esperaba para actuar. Y encontró un modo de neutralizarlo al séptimo movimiento. Pudo cambiar por él su propio alfil, más débil. Entonces movió el caballo, eliminó una torre, y le hizo mate en diez movimientos más.

Había sido sencillo: simplemente cuestión de mantener los ojos abiertos y visualizar el rumbo que podía seguir la partida.

El jaque mate tomó al señor Shaibel por sorpresa. Ella pilló al rey en la última fila, extendió el brazo por todo el tablero y colocó la torre en la casilla de mate.

—Mate —dijo fríamente.

El señor Shaibel parecía diferente hoy. No frunció el ceño como hacía siempre cuando ella lo derrotaba. Se inclinó hacia delante y dijo:

—Te enseñaré el sistema de anotaciones.

Ella lo miró.

—Los nombres de las casillas. Te los enseñaré ahora.

Ella parpadeó.

—¿Ya soy lo bastante buena?

Él empezó a decir algo y se detuvo.

—¿Qué edad tienes, niña?

—Ocho años.

—Ocho años. —Él se inclinó hacia delante todo lo que su enorme panza le permitía—. Si te tengo que ser sincero, niña, eres sorprendente.

Ella no entendió lo que estaba diciendo.

—Discúlpame. —El señor Shaibel extendió la mano hacia el suelo para agarrar una botella casi vacía. Echó atrás la cabeza y la apuró.

—¿Eso es whisky? —preguntó Beth.

—Sí, niña. Y no se lo digas a nadie.

—No lo haré. Enséñeme el sistema de anotaciones.

Él volvió a dejar la botella en el suelo. Beth la siguió un momento con la mirada, preguntándose a qué sabría el whisky y cómo se sentiría una al beberlo. Luego volvió la mirada y la atención al tablero con sus treinta y dos piezas, cada una ejerciendo su propia fuerza silenciosa.

Hacia la mitad de la noche se despertó. Había alguien sentado en el borde de la cama. Se puso rígida.

—Tranquila —susurró Jolene—. Solo soy yo.

Beth no dijo nada, solo se quedó allí acostada, esperando.

—Pensé que podría gustarte probar una cosa divertida —dijo Jolene. Metió una mano bajo la sábana y la colocó suavemente sobre el vientre de Beth, que estaba tendida de espaldas.

La mano permaneció allí, y el cuerpo de Beth continuó tenso.

—No te asustes —susurró Jolene—. No voy a lastimarte. —Soltó una suave risita—. Es que estoy cachonda. ¿Sabes lo que es estar cachonda?

Beth no lo sabía.

—Solo relájate. Voy a acariciarte un poco. Te gustará, si me dejas.

Beth volvió la cabeza hacia la puerta del pasillo. Estaba cerrada. La luz, como de costumbre, se filtraba por debajo. Podía oír voces lejanas junto al escritorio.

La mano de Jolene bajó. Beth negó con la cabeza.

—No... —susurró.

—Calla ahora —dijo Jolene. Su mano bajó más, y un dedo empezó a frotar arriba y abajo. No dolía, pero algo en Beth se resistía. Notó que empezaba a sudar.

—Ah, mierda —dijo Jolene—. Apuesto a que te gusta.

Se apretujó un poco más junto a Beth y le agarró la mano con la que tenía libre y la atrajo hacia sí.

—Ahora tócame tú también —dijo.

Beth dejó la mano flácida. Jolene la guio bajo su camisón hasta que sus dedos rozaron un lugar que parecía cálido y húmedo.

—Vamos, aprieta un poco —susurró Jolene. La intensidad del susurro daba miedo. Beth hizo lo que le decía y apretó con más fuerza.

—Vamos, nena —susurró Jolene—, muévela arriba y abajo. Así.

Empezó a mover su dedo sobre Beth. Era aterrador. Beth frotó a Jolene unas cuantas veces intentándolo con fuerza, concentrándose en hacer eso y nada más. Tenía la cara cubierta de sudor y con la mano libre se agarraba a la sábana, apretándola con todas sus fuerzas.

Entonces la cara de Jolene se apretó contra la suya y su brazo rodeó el pecho de Beth.

—Más rápido —susurró Jolene—. Más rápido.

—No —dijo Beth en voz alta, aterrada—. No, no quiero.

Retiró la mano.

—Hija de puta —dijo Jolene en voz alta.

Sonaron pasos en el pasillo, y la puerta se abrió. Entró luz. Era una de las encargadas nocturnas a la que Beth no conocía. La mujer se quedó allí de pie durante un largo minuto. Todo estaba en silencio. Jolene se había ido. Beth no se atrevió a moverse para ver si había vuelto a su propia cama. Finalmente, la mujer se marchó. Beth echó un vistazo y vio el contorno del cuerpo de Jolene en su cama. Beth tenía tres píldoras en el cajón. Las tomó todas. Luego se tendió de espaldas y esperó a que el mal sabor se fuera.

Al día siguiente en la cafetería, Beth se sentía hecha polvo por no haber dormido.

—Eres la niña blanca más fea del mundo —dijo Jolene, con un susurro ensayado. Se había acercado a Beth en la cola para las cajitas de cereales—. Tu nariz es fea y tu cara es fea y tu piel es como papel de lija. Eres una puta basura blanca.

Jolene continuó su camino, la cabeza alta, hacia los huevos revueltos.

Beth no dijo nada, sabiendo que era verdad.

Rey, caballo, peón. Las tensiones en el tablero eran suficientes para absorberlo todo. Luego, ¡zas! Abajo la reina. Torres al pie del tablero, contenidas al principio, pero preparadas, acumulando presión y luego eliminándola de un solo movimiento. En la clase de ciencias, la señorita Hadley había hablado de imanes, de «líneas de fuerza». Beth, casi dormida de aburrimiento, despertó de pronto. Líneas de fuerza: alfiles en las diagonales, torres en las filas.

Los asientos de una clase podían ser como los escaques. Si el niño pelirrojo llamado Ralph fuera un caballo, podría tomarlo y moverlo dos asientos adelante y uno al lado, colocándolo en el sitio vacío junto a Denise. Esto le haría jaque a Bertrand, que estaba sentado en la primera fila y que, decidió, era el rey. Sonrió al pensarlo. Jolene y ella no se hablaban desde hacía más de una semana, y Beth no se había permitido llorar. Tenía casi nueve años, y no necesitaba a Jolene. No importaba cómo se sintiera al respecto. No necesitaba a Jolene.

—Toma —le dijo el señor Shaibel. Le tendió algo envuelto en una bolsa de papel marrón. Era domingo a mediodía. Ella abrió la bolsa. Dentro había un grueso libro en rústica: Aperturas de ajedrez modernas.

Incrédula, ella empezó a pasar las páginas. Estaba lleno de largas columnas verticales con anotaciones de ajedrez. Había pequeños diagramas de tableros y títulos como «Aperturas con el peón de reina» y «Sistemas de defensa india». Alzó la cabeza.

Él la miraba con el ceño fruncido.

—Es el mejor libro para ti —dijo—. Te dirá lo que quieres saber.

Ella no contestó, sino que se sentó en su caja de leche tras el tablero, sujetando el libro con fuerza contra su regazo, y esperó para empezar a jugar.

La clase de lengua era la más aburrida, con la lenta voz del señor Espero y los poetas con nombres como John Greenleaf Whittier y William Cullen Bryant. «Dónde, entre la caída del rocío, / mientras brillan los cielos con los últimos pasos del día...» Era estúpido. Y él leía cada palabra en voz alta, con cuidado.

Tenía Aperturas de ajedrez modernas bajo la mesa, mientras el señor Espero leía. Repasaba las variantes una a una, jugando mentalmente. Pero al tercer día las anotaciones (P4R, C3AR) saltaron en su mente como piezas sólidas en escaques reales. Las veía con facilidad: no hacía falta ningún tablero. Podía permanecer allí sentada con Aperturas de ajedrez modernas en el regazo, sobre la falda azul de cuadros del Hogar Methuen, y mientras el señor Espero continuaba hablando monótonamente sobre el enriquecimiento del espíritu que la pobreza nos produce o leía en voz alta versos como «A aquel que en el amor de la naturaleza abraza / la comunión con sus formas visibles, ella le habla en un variado lenguaje», los movimientos de las partidas de ajedrez encajaban en su sitio ante sus ojos entrecerrados. Al final del libro había continuaciones hasta el final de algunas de las partidas clásicas, hasta llegar a la renuncia en el movimiento veintisiete o a las tablas en el cuarenta, y ella había aprendido a mover las piezas a través de todo aquel ballet, conteniendo a veces el aliento por la elegancia de un ataque combinado o de un sacrificio o el equilibrio de fuerzas en una posición. Y siempre su mente estaba puesta en la victoria, o en el potencial para la victoria.

—«Pues en sus horas más alegres ella tiene una voz de alegría / y una sonrisa y elocuencia de belleza...» —leyó el señor Espero, mientras la mente de Beth danzaba asombrada ante el geométrico rococó de ajedrez, encanto, embeleso, ahogándose en las grandiosas permutaciones mientras se abrían a su alma, y su alma se abría a ellas.

—¡Basura blanca! —le susurró Jolene cuando salían de la clase de historia.

—Negra —susurró Beth a su vez.

Jolene se detuvo en seco y se volvió a mirarla.

El sábado siguiente Beth se tomó seis píldoras y se entregó a su dulce química, posando una mano sobre su vientre y la otra sobre su coño. Conocía esa palabra. Era una de las pocas cosas que le había enseñado su madre antes de estrellar el Chevy.

—Lávate —le decía en el cuarto de baño—. Asegúrate de lavarte bien el coño.

Beth movió los dedos arriba y abajo, como había hecho Jolene. No le gustaba. A ella no. Retiró la mano y se sumergió en la tranquilidad mental de las píldoras. Tal vez era demasiado pequeña. Jolene era cuatro años mayor y tenía pelo rizado creciendo allí. Beth lo había notado.

—Buenos días, basura —dijo Jolene en voz baja. Su rostro mostraba calma.

—Jolene —dijo Beth. Jolene se acercó. No había nadie alrededor, solo ellas dos. Estaban en el vestuario, después de la clase de gimnasia.

—¿Qué quieres?

—Quiero saber qué es una chupapollas.

Jolene se la quedó mirando un momento. Luego se echó a reír.

—Mierda —dijo—. ¿Sabes lo que es una polla?

—Creo que no.

—Es lo que tienen los chicos. Al final del libro de ciencias. Como un pulgar.

Beth asintió. Conocía el dibujo.

—Bueno, nena —dijo Jolene gravemente—, hay chicas a las que les gusta chupar ese pulgar.

Beth reflexionó al respecto.

—¿No es por ahí por donde hacen pis?

—Supongo que lo limpian —dijo Jolene.

Beth se retiró sintiéndose sorprendida. Y seguía llena de asombro. Había oído hablar de asesinos y torturadores; en casa había visto a un vecino dejar a su perro sin sentido a golpes con un palo grueso. Pero no comprendía cómo alguien podía hacer lo que decía Jolene.

El domingo siguiente ganó cinco partidas seguidas. Llevaba ya tres meses jugando con el señor Shaibel, y sabía que él ya no podía derrotarla. Ni una sola vez. Preveía cada finta, cada amenaza que sabía hacer. Era imposible que pudiera confundirla con sus caballos, o dejar una pieza apostada en una casilla peligrosa, o avergonzarla bloqueando una pieza importante. Podía verlo venir e impedirlo mientras continuaba preparando su ataque.

—¿Tienes ocho años? —preguntó él cuando terminaron.

—Nueve en noviembre.

El señor Shaibel asintió.

—¿Vendrás el domingo próximo?

—Sí.

—Bien. Asegúrate.

Al domingo siguiente había otro hombre en el sótano con el señor Shaibel. Era delgado y llevaba una camisa a rayas y corbata.

—Este es el señor Ganz, del club de ajedrez —dijo el señor Shaibel.

—¿Club de ajedrez? —repitió Beth, mirándolo de arriba abajo. Se parecía un poco al señor Schell, aunque sonreía.

—Jugamos en un club —respondió el señor Shaibel.

—Y yo soy el preparador del equipo del instituto Duncan High —dijo el señor Ganz. Beth no había oído hablar nunca de esa escuela.

—¿Te gustaría jugar una partida conmigo? —preguntó el señor Ganz.

Por respuesta, Beth se sentó en la caja de leche. Había una silla plegable al otro lado del tablero. El señor Shaibel descansó su pesado cuerpo en ella, y el señor Ganz ocupó el taburete. Extendió la mano con un movimiento rápido y nervioso y escogió dos peones: uno blanco y uno negro. Los cubrió con las manos, los sacudió un momento y luego extendió ambos brazos hacia Beth, con los puños cerrados.

—Elige una mano —dijo.

—¿Por qué?

—Se juega con el color que se elige.

—Oh.

Extendió la mano y apenas tocó la mano izquierda del señor Ganz.

—Esta.

Él abrió la mano. En su palma apareció el peón negro.

—Lo siento —dijo, sonriendo. Su sonrisa la hizo sentirse incómoda.

El tablero tenía ya las negras delante de Beth. El señor Ganz volvió a colocar los peones en sus escaques, movió peón cuatro rey, y Beth se relajó. Había aprendido hasta la última línea de la defensa siciliana de su libro. Colocó su peón de reina en la cuarta casilla. Cuando él sacó el caballo, decidió usar la Najdorf.

Pero el señor Ganz era un poco demasiado listo para eso. Era mejor jugador que el señor Shaibel. Con todo, después de media docena de movimientos ella supo que sería fácil derrotarlo, y se dispuso a hacerlo, tranquila e implacablemente, hasta obligarlo a rendirse después de veintitrés movimientos.

Él colocó su rey de lado en el tablero.

—Ciertamente sabes jugar, jovencita. ¿Tenéis un equipo aquí?

Ella lo miró sin comprender.

—Las otras chicas. ¿Tienen un club de ajedrez?

—No.

—¿Entonces dónde juegas?

—Aquí abajo.

—El señor Shaibel dice que jugáis unas cuantas partidas cada domingo. ¿Qué haces en medio?

—Nada.

—¿Pero cómo te entrenas?

Ella no quiso decirle que jugaba mentalmente al ajedrez en clase y en la cama por la noche. Para distraerlo, preguntó:

—¿Quiere jugar otra partida?

Él se echó a reír.

—De acuerdo. Es tu turno de jugar con las blancas.

Lo derrotó aún más rápidamente, utilizando la apertura Réti. El libro decía que era un sistema «hipermoderno»; a ella le gustaba la forma en que usaba el alfil de rey. Después de veinte movimientos lo detuvo para indicar su inminente mate en tres. El tardó medio minuto en verlo. Sacudió la cabeza con incredulidad y derribó su rey.

—Eres sorprendente —dijo—. Nunca he visto nada igual.

Se levantó y se acercó a la caldera, donde Beth había advertido una pequeña bolsa de la compra.

—Ahora tengo que irme. Pero te he traído un regalo.

Le tendió la bolsa.

Ella miró en su interior, esperando ver otro libro de ajedrez. Había algo envuelto en papel de seda rosa.

—Deslíalo —dijo el señor Ganz, sonriendo.

Ella lo sacó y retiró el envoltorio. Era una muñeca rosa con un vestido azul estampado, el pelo rubio y la boca fruncida. La sostuvo un momento y la miró.

—¿Bien? —dijo el señor Ganz.

—¿Quiere jugar otra partida? —dijo Beth, sujetando a la muñeca por el brazo.

—Tengo que irme —respondió el señor Ganz—. Tal vez vuelva la semana próxima.

Ella asintió.

Al fondo del pasillo había un gran barril de petróleo que se usaba de papelera. Cuando pasó por su lado camino de la película de los domingos por la tarde, echó allí la muñeca.

En la clase de ciencias naturales encontró el dibujo al final del libro. En una página había una mujer y en la página de al lado un hombre. Eran dibujos lineales, sin sombras. Pero estaban allí de pie con los brazos en los costados y las palmas de las manos vueltas hacia fuera. En la V bajo su vientre plano la mujer tenía una simple línea vertical. El hombre no tenía esa línea, o si la tenía no podía verse. Lo que tenía era algo que parecía una bolsita con una cosa redonda colgando delante. Jolene decía que era como un pulgar. Eso era su polla.

El profesor, el señor Hume, estaba diciendo que había que tomar verdura al menos una vez al día. Empezó a escribir nombres de verduras en la pizarra. Ante las grandes ventanas situadas a la izquierda de Beth, empezaban a florecer las camelias. Ella estudió el dibujo del hombre desnudo, tratando en vano de descubrir algún secreto.

El señor Ganz volvió al domingo siguiente. Traía consigo su propio tablero de ajedrez. Tenía escaques blancos y negros, y las piezas estaban dentro de una caja de madera recubierta de fieltro rojo. Eran de madera pulida. Beth podía ver las vetas en las blancas. Extendió la mano mientras el señor Ganz las colocaba y tomó uno de los caballos. Era más pesado que los que había utilizado hasta entonces y tenía un círculo de fieltro verde en la base. Nunca había pensado en poseer cosas, pero quiso que este juego de ajedrez fuera suyo.

El señor Shaibel había colocado su tablero en el sitio de costumbre y colocó otra caja para el tablero del señor Ganz. Los dos tableros estaban ahora el uno al lado del otro, con un palmo de separación entre ambos. Era un día soleado, y la luz brillante que entraba por la ventana se filtraba entre los matorrales junto a la acera situada al borde del edificio. Nadie habló mientras colocaban las piezas. El señor Ganz le quitó amablemente de la mano el caballo y lo colocó en su escaque.

—Habíamos pensado que podrías jugar contra los dos —dijo.

—¿Al mismo tiempo?

Él asintió.

Habían colocado su caja entre los tableros. Iba con las blancas en las dos partidas, y en las dos jugó peón cuatro rey.

El señor Shaibel respondió con la siciliana; el señor Ganz con peón cuatro rey. Ella ni siquiera tuvo que detenerse a pensar en las continuaciones. Jugó sus dos movimientos y miró por la ventana.

Los derrotó a ambos sin esfuerzo. El señor Ganz colocó las piezas, y empezaron de nuevo. Esta vez ella movió peón cuatro reina en los dos tableros y siguió con peón alfil de reina cuatro, el gambito de dama. Se sentía profundamente relajada, casi como en un sueño. Había tomado siete tranquilizantes a eso de medianoche, y todavía conservaba algo de la languidez.

Hacia la mitad de las partidas estaba mirando por la ventana un seto con florecillas rosas cuando oyó la voz del señor Ganz diciendo:

—Beth, he movido mi alfil a alfil cinco.

Y ella respondió, como en sueños:

—Caballo 5R.

El seto parecía brillar con la luz de primavera.

—Alfil cuatro caballo —dijo el señor Ganz.

—Reina cuatro reina —respondió Beth, todavía sin mirar.

—Caballo tres alfil de reina —dijo enfurruñado el señor Shaibel.

—Alfil cinco caballo —dijo Beth, los ojos fijos en los capullos rosa.

—Peón tres caballo —el señor Ganz tenía una extraña suavidad en la voz.

—Reina cuatro torre, jaque —dijo Beth.

Oyó al señor Ganz inhalar profundamente. Después de un segundo, dijo:

—Rey uno alfil.

—Eso es mate en tres —dijo Beth, sin volverse—. El primer jaque es con el caballo. El rey tiene los dos escaques negros y el alfil le hace jaque. Entonces el caballo hace el mate.

El señor Ganz resopló lentamente.

—¡Madre de Dios! —dijo.