CENTRAL: ¿Cuál es su emergencia?
LLAMADA: Estoy cerca del aeropuerto… Acabo de ver… ¡Dios mío!
CENTRAL: ¿Podría confirmarme su ubicación, por favor?
LLAMADA: El aeropuerto. Hay un avión que… acaba de dar la vuelta. Está bajando muy rápido. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!
CENTRAL: Los servicios de emergencia están de camino.
LLAMADA: Pero no van a llegar a tiempo, ya [inaudible]… Se va a estrellar, se va a estrellar…
CENTRAL: ¿Podría confirmarme que se encuentra usted a una distancia prudencial?
LLAMADA: [Inaudible].
CENTRAL: Oiga, ¿está usted bien?
LLAMADA: Se ha estrellado, acaba de estrellarse, Dios mío, está ardiendo…
CENTRAL: Los bomberos estarán allí en menos de un minuto. También hemos mandado una ambulancia. ¿Hay alguien más con usted?
LLAMADA: Está todo el avión echando humo, está [inaudible]… Ay, Dios, acaba de explotar algo. Hay una especie de bola de fuego gigante…
CENTRAL: Los bomberos acaban de llegar a la zona.
LLAMADA: Ya apenas se ve el avión, solo humo y llamas. Demasiado tarde. Demasiado tarde. Nadie saldrá vivo.
—No corras, que te vas a caer.
Pasado el parque, cuesta arriba. Espera al muñequito verde, aún no, aún no…
¡Ya!
Gato en la ventana. Como una estatua. Solo se le mueve la puntita de la cola: izquierda, derecha, izquierda.
Hay que cruzar otra calle. No hay muñequito verde ni señora de la señal de stop; tendría que estar ahí…
Mira a los lados. Aún no, aún no…
¡Ya!
—No corras, que te vas a caer.
Buzón, farola, parada de autobús, banco.
Escuela grande (no es la mía, aún no).
Librería, tienda vacía y luego la mobiliaria, que es donde venden casas.
Ahora la carnicería, pájaros colgados del cuello en el escaparate. Ojos cerrados con fuerza para no tener que ver los suyos mirándome.
Están muertos. Todos muertos.
—Para, que te vas a caer.
La nieve de toda una semana se ha ido apelmazando hasta convertirse en hielo: un peligro cotidiano oculto bajo la capa de nieve en polvo que ha caído durante la noche. Cada pocos metros, las botas se me escapan más lejos de lo que pretendían mis pies y me da un vuelco el estómago, preparado para una caída. Avanzamos con lentitud; ojalá se me hubiese ocurrido traer a Sophia en el trineo.
Ella abre los ojos de mala gana y gira la cabeza como un búho, desviando la mirada de las tiendas y escondiendo la cara en mi manga. Le estrecho la manita enguantada. Le repugnan las aves que hay colgadas en el escaparate de la carnicería; las plumas del cuello, iridiscentes, contrastan cruelmente con los ojos sin vida que embellecen.
A mí también me repugnan.
Según Adam, soy yo quien le ha pasado esa fobia, como si fuera un resfriado o una joya que ya no me pongo.
—¿De dónde lo ha sacado, si no? —me soltó cuando protesté. Extendió las manos apelando a un público invisible, como si la ausencia de una respuesta demostrara su teoría—. De mí, no.
Por supuesto que no. Adam no tiene debilidades.
—Supermercado —dice Sophia, que vuelve a fijarse en las tiendas ahora que la amenaza de los pájaros ha quedado atrás.
Todavía lo pronuncia como «supremecado»; es tan mona que se me encoge el corazón. Son momentos como este los que más aprecio, los que hacen que todo merezca la pena.
Su aliento crea nubecillas en el aire.
—Ahora la zapatería. Ahora laaa… —estira la palabra, conteniendo la siguiente en la boca hasta que llega el momento— frutería —proclama cuando pasamos por delante del local.
«Furrutiría». La quiero con locura, a esta niña. Con locura.
El ritual comenzó en verano. Sophia bullía de nervios y de impaciencia por empezar la escuela; con cada respiración soltaba alguna pregunta: ¿cómo sería la maestra?, ¿dónde colgarían los abrigos?, ¿tendrían tiritas por si se raspaba la rodilla? «Explícamelo otra vez: ¿cómo iremos al cole?». Y yo volvía a explicárselo: «Subimos la cuesta, cruzamos una calle, luego otra y luego llegamos a la calle principal. Luego pasamos por delante de la parada del bus que hay al lado del instituto y después por la calle de las tiendas, donde están la librería, la inmobiliaria y la carnicería. Luego doblamos la esquina de la calle del supermercado y pasamos primero por la zapatería, después por la frutería y después por la comisaría; entonces subimos la cuesta, pasamos por delante de la iglesia y… ¡ya estamos!», le decía.
Con Sophia hay que tener paciencia, y eso a Adam le cuesta horrores. Tienes que repetirle las cosas una y otra vez, asegurarle que no ha cambiado nada, que no cambiará nada.
Adam y yo la acompañamos juntos al colegio aquel primer día, en septiembre. La llevamos cada uno de una mano, columpiándola entre los dos, como si todavía fuéramos una familia de verdad; me alegré de tener una excusa para las lágrimas que me afloraban a los ojos.
—Ya verás como se separa de ti sin pensárselo dos veces —había dicho la tía Mo al verme la cara al salir de casa. No es una tía de verdad, pero «señora Watt» queda demasiado formal para una vecina que prepara chocolate caliente y se acuerda de los cumpleaños.
Me esforcé por devolverle la sonrisa.
—Seguro que sí —contesté—. Qué tonta soy, ¿eh?
Tonta por desear que Adam todavía viviera con nosotros. Tonta por pensar que lo de aquel día era algo más que una pantomima por el bien de Sophia.
Mo se agachó para dirigirle una sonrisa a mi hija.
—Que vaya bien el día, florecilla.
—Me pica el vestido —respondió ella poniendo mala cara, aunque Mo, asombrosamente, no se dio ni cuenta.
—Pues qué bien, cariño.
A veces Mo se deja el audífono apagado para ahorrar batería. Cuando me paso por su casa, tengo que acabar poniéndome delante del parterre que hay delante de la ventana del salón y saludarla con la mano hasta que me ve. «¡Haber llamado al timbre!», me dice siempre, como si no llevara diez minutos haciéndolo ya.
—¿Qué viene ahora? —le pregunté aquel primer día a Sophia cuando dejábamos atrás la frutería. La inquietud manaba de sus dedos hasta los míos.
—¡La comisaría! —respondió con aire triunfal—. La comisaría de papá.
No es ahí donde trabaja Adam, pero a ella la trae sin cuidado. Todos los coches patrulla que vemos son «el coche de papá»; todos los agentes uniformados, «un amigo de papá».
—Y ahora la cuesta.
Se acordaba de todo. Al día siguiente añadió otros detalles, cosas que yo no había visto, de las que no me había percatado: un gato en el alféizar de una ventana, una cabina telefónica, una papelera. Aquella retahíla se convirtió en una parte invariable de su jornada, algo tan esencial para Sophia como ponerse el uniforme en el orden correcto (primero la parte de arriba, luego la de abajo) o hacer equilibrios como un flamenco mientras se lava los dientes, alternando una pierna con la otra según el lado de la boca que se esté cepillando. Dependiendo del día, esos rituales me encantan o me sacan de quicio. En eso consiste ser madre, al fin y al cabo.
Empezar la escuela había marcado el final de un capítulo y el inicio de otro, y llevábamos preparándonos para aquella transición desde hacía un año, cuando inscribimos a Sophia en la guardería tres días a la semana. El resto del tiempo lo pasaba conmigo o con Adam, o con Katya, una au pair de belleza discreta que llegó con unas maletas a juego y un inglés nulo. Los miércoles por la tarde iba a la escuela de idiomas y los fines de semana completaba sus ingresos trabajando de reponedora. Al cabo de seis meses, declaró que éramos «la mejor familia del mundo» y nos preguntó si podía quedarse un año más. Yo me pregunté en voz alta si habría algún novio de por medio, y el sonrojo de Katya me dio a entender que sí, pero le daba vergüenza decir quién era.
Quedé encantada con la propuesta, y aliviada. Mis horarios de trabajo y los de Adam hacían imposible confiar todo el cuidado de la niña a una guardería, y nunca habríamos podido permitirnos pagar a las niñeras que muchos de mis compañeros tenían contratadas. Me preocupaba que lo de tener a una desconocida viviendo en casa fuera muy intrusivo, pero Katya pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación, hablando por Skype con amigos de su país. También prefería comer sola, pese a que yo no dejaba de invitarla a que lo hiciera con nosotros, y además nos echaba una mano con la casa, pasando la fregona o doblando la colada, por mucho que le dijera que no hacía falta. «Tú estás aquí para ayudarnos con Sophia y para aprender inglés».
«No me importa —me respondía—. Me gusta ayudar».
Un día, al llegar a casa, me encontré varios pares de calcetines de Adam encima de nuestra cama; un zurcido perfecto remendaba los agujeros que siempre se le forman en el talón.
—¿Dónde has aprendido a hacer eso?
Yo apenas sabía coser botones y hacer dobladillos —y torcidos—, pero el zurcido era territorio de ama de casa experta, y Katya no tenía ni veinticinco años.
Ella se encogió de hombros, como si no fuera nada.
—Mi madre me aprendió.
—De verdad, no sé qué haríamos sin ti.
Yo había podido comprometerme a hacer turnos extras en el trabajo porque sabía que Katya estaría disponible para recoger a Sophia de la escuela y que la niña la adoraba, lo cual no era tarea fácil en absoluto. Katya tenía paciencia para jugar con ella al escondite de forma interminable, pues Sophia iba encontrando escondrijos cada vez más complicados.
«¡Allá voy, estés lista o no estés lista! —gritaba Katya, pronunciando con esmero cada una de aquellas palabras recién aprendidas, y luego se ponía a recorrer con sigilo la casa en busca de Sophia—. ¿En el zapatero? Nooo… ¿Y detrás de la puerta del baño?».
«Eso suena un poco peligroso —dije cuando Sophia se lanzó escaleras abajo para contarme, orgullosa, que se había acurrucado en un estante del armario de la ropa blanca y Katya no había conseguido encontrarla—. No quiero que te escondas en ningún sitio donde puedas quedarte atrapada».
Sophia frunció el ceño y se fue corriendo a jugarle la revancha a Katya. La dejé a su aire; mi padre siempre nos reñía a Adam y a mí por ser demasiado prudentes, mientras que yo siempre le rogaba a él que no fuera tan despreocupado.
«Se va a caer», le decía, casi incapaz de mirar, cuando veía que animaba a su nieta a trepar a los árboles o a cruzar un riachuelo saltando tambaleante de roca en roca.
«Así es como se aprende a volar».
Yo sabía que mi padre tenía razón, y luchaba contra el impulso de tratar a Sophia como a un bebé. Además, veía que a ella le chiflaba la aventura y que le encantaba que la tratasen como a una «niña mayor». Katya lo había entendido al momento, y el vínculo entre las dos enseguida se había hecho muy fuerte. La habilidad de Sophia para sobrellevar el cambio —sobre todo en lo referente a las personas— sigue siendo una de mis asignaturas pendientes, de ahí mi alivio cuando Katya decidió quedarse. Me preocupaba lo que pudiera pasar cuando se hubiese ido.
Y de repente sucedió, en junio, apenas unas semanas después de que nos pidiera quedarse, unas semanas después de que yo hubiera empezado a relajarme. Katya tenía la cara enrojecida y llorosa, y había hecho las maletas a toda prisa, con la ropa recién sacada de la secadora y húmeda todavía. ¿Tendría algo que ver con su novio? A mí ni me miraba. ¿Sería por algo que había hecho yo?
—Me voy ya. —No pensaba decir más.
—Por favor, Katya, sea lo que sea, hablémoslo.
Entonces titubeó, y advertí que miraba a Adam con los ojos llenos de rabia y dolor. Me di la vuelta justo a tiempo de verlo a él negar con la cabeza, dándole indicaciones en silencio.
—¿Qué está pasando aquí?
Los observé, primero a uno y luego al otro.
En una ocasión, Adam había bromeado con que, en caso de que Katya y yo nos peleásemos, iba a tener que ponerse de parte de la jovencita.
—Una buena au pair no es tan fácil de encontrar —había dicho.
—Qué gracioso.
—¿Acaso no harías tú lo mismo?
Yo había esbozado una mueca burlona.
—Me has pillado.
—¿Y bien? —pregunté.
Habían discutido, estaba claro, pero ¿por qué? Solo tenían a Sophia en común, a menos que contasen esas series policiacas que a Adam le encantaban y yo detestaba, y que eran lo único que conseguía sacar a Katya de su habitación los sábados por la tarde. Yo a esa hora normalmente estaba trabajando y, si no, salía a correr, volvía al cabo de diez kilómetros y me los encontraba frente a la oscura y cambiante pantalla de los créditos finales, concluyendo su valoración.
Pero aquella discusión no iba de series policiacas.
—Pregúntaselo a él —espetó Katya.
Hasta entonces nunca la había visto con una expresión que no fuese radiante. Fuera se oyó un claxon (su taxi para el aeropuerto) y por fin me miró a los ojos.
—Eres una buena mujer —me dijo—. No te mereces esta mierda.
Algo se quebró en mi interior, como si se abriese una fisura diminuta en la orilla de un lago helado. Quise retroceder, dejar el hielo intacto, pero ya era demasiado tarde.
Crac.
Cuando Katya se marchó, me volví hacia Adam.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué? —Lo soltó con brusquedad, como si mi pregunta, como si mi presencia misma, fuera irritante, un incordio. Como si la culpa la tuviera yo.
Me concentré en la mirada que había visto que intercambiaban, en los ojos enrojecidos de Katya y en su advertencia implícita: «No te mereces esta mierda».
—No soy imbécil, Adam. ¿Qué está pasando?
—¿Con qué? —De nuevo aquel leve chasquido con la lengua antes de hablar, como si tuviera la mente ocupada con cuestiones más sesudas y yo lo estuviera arrastrando de vuelta a lo irrelevante.
—Con Katya. —Se lo dije en el mismo tono que algunos utilizan para hablar a los extranjeros. Tenía la sensación de haberme metido en la vida de otra persona; era una conversación que nunca me había hecho falta tener y que nunca me había imaginado que llegaría a producirse.
Cuando me dio la espalda para ponerse con algo innecesario en ese momento, noté que las llamas de la culpa le lamían el cuello. La verdad se me coló en el pensamiento como la solución de un crucigrama mucho después de haber tirado el periódico a la basura. Mi boca articuló las palabras que no quería pronunciar:
—Te has acostado con ella.
—¡No! Por Dios, ¡no! Por el amor de Dios, Mina, ¿es eso lo que piensas?
Quería creerle con toda el alma. Nunca me había dado motivos para dudar de él. Él me quería. Yo lo quería a él. Me esforcé por que no me temblara la voz.
—¿Qué quieres que piense? Es obvio que hay algo entre vosotros.
—Dejó toda la cocina pringada de plastilina. He tenido que echarle la bronca y se lo ha tomado a mal, eso es todo.
Me quedé mirándolo, a él y la fanfarronada ruborizada de su mentira.
—Al menos podrías haberte inventado una excusa creíble. —No merecer ni el esfuerzo de una coartada me hacía casi tanto daño como la mentira en sí. ¿Tan poco significaba para él?
La marcha de Katya abrió una brecha en nuestra familia. Sophia estaba furiosa, y expresó el dolor por la pérdida repentina de su amiga en juguetes rotos y dibujos despedazados. Me culpaba a mí, solo porque fui quien se lo dijo, y necesité una entereza brutal para no contarle que la culpa era de Adam. Mi marido y yo evitábamos cruzarnos: yo, irascible y contrariada; él, taciturno y lleno de un falso resentimiento ideado para hacerme dudar de mí misma. Me mantuve firme: si Katya era el crucigrama, una vez resuelto, vi que las pistas habían sido de todo menos enigmáticas. Durante meses, Adam se había mostrado muy reservado respecto a sus días libres, y tan sobreprotector con su móvil que hasta se lo llevaba al baño cuando iba a ducharse. Había sido una estúpida por no darme cuenta antes.
—Ahora subimos la cuesta —dice Sophia—. Luego viene la iglesia, luego la…
No consigo sujetarle la mano a tiempo, y sus dedos desaparecen de entre los míos, resbala, cae de espaldas y se golpea la nuca. Primero, del susto, abre los ojos como platos, luego los entorna mientras evalúa el daño que se ha hecho, lo asustada que está y la vergüenza que está pasando. Yo atajo sus cálculos, suelto la mochila y me apresuro a levantarla de la acera; con las prisas, choco con un hombre que venía en dirección contraria.
—¡Venga! ¡Aúpa! —le digo en un tono como de niñera hacendosa.
Sophia me mira: le tiembla el labio inferior de indignación, sus ojos oscuros buscan los míos para obtener una estimación de lo fuerte que ha sido la caída. Yo sonrío como si no hubiera pasado nada y levanto la cabeza hacia el cielo para ver las formas de las nubes.
—¿Ves el perro? Está de pie. Ahí, ¿ves la cabeza? ¿Y la cola?
No va a llorar. Nunca llora. En lugar de eso, suelta unos gritos rabiosos e ininteligibles que señalan que la culpa es mía, siempre mía. O sale corriendo hacia la calzada para demostrarme algo que solo ella entiende. ¿Que la quiero? ¿Que no la quiero?
Sigue mi mirada. Un avión hiende el aire y recorta las nubes, que parecían lo bastante sólidas para cerrarle el paso.
—747 —dice Sophia.
Suelto un suspiro de alivio. La distracción ha funcionado.
—No, es un A380. No tiene joroba en la parte delantera, ¿ves? —La deposito en el suelo con suavidad y me enseña los guantes, empapados a causa de la nieve—. Pobrecita Sophia. Mira, ahí está la iglesia… ¿qué viene ahora?
—La… la escuela.
—O sea que ya casi estamos. —Mi sonrisa resplandeciente es como una alfombra que oculta el desastre que acabo de barrer.
Mi mochila —la mochila de Sophia, en realidad— se ha volcado, y el contenido se ha desparramado por la acera. Vuelvo a meter dentro la muda del día y recupero la botella de agua que se aleja rodando de nosotras con el nombre de mi hija escrito en ella jugando a aparecer y desaparecer con cada rotación.
—¿Es tuyo?
El hombre con quien he chocado le está devolviendo algo a Sophia: es Elefante, con la trompa espachurrada a puñetazos y tornasolada tras cinco años de amor.
—¡Dámelo! —grita Sophia al tiempo que retrocede y se esconde detrás de mí.
—Lo siento mucho.
—No se preocupe.
El hombre no parece inmutarse por la descortesía de la niña. Yo no debería pedir disculpas por lo que ha hecho: estoy contradiciendo sus sentimientos cuando lo que ella necesita es apoyo. Pero cuesta permanecer en silencio ante el aluvión constante de cejas arqueadas y juicios de valor por no enseñar modales a tu hija. Cojo a Elefante, y Sophia me lo quita de las manos y hunde la cara en él.
Elefante procede de la casa donde Sophia pasó sus cuatro primeros meses de vida. Es lo único que le queda de aquella época, pese a que nadie sabe si de verdad pertenecía a Sophia o si lo capturaron el día que mi hija acabó en urgencias. Sea como sea, ahora son inseparables.
Elefante la acompaña cogido por la trompa hasta que llegamos a la escuela, donde Sophia le enseña a la señorita Jessop los guantes mojados mientras yo le cuelgo el abrigo y le meto el gorro y la bufanda en la mochila. Es 17 de diciembre y la escuela bulle de expectación. Unos muñecos de nieve hechos de algodoncitos bailan sobre cartulinas clavadas en paneles de corcho y varias maestras lucen pendientes festivos; sus lóbulos centellantes transmiten una impresión confusa, de jovialidad o alarma. Las baldosas del suelo están mojadas; el umbral de la entrada, sembrado de nieve pisoteada que la gente esparce al andar, dejando un rastro que llega hasta los percheros.
Saco la fiambrera de Sophia y se la doy a la señorita Jessop mientras sigo rebuscando en la mochila. Katya la vaciaba cada día al llegar a casa; le limpiaba las marcas de dedos pegajosas y reciclaba con discreción las producciones artísticas menos codiciables. Yo todas las tardes me propongo hacer lo mismo, pero acabo dejando la mochila tirada en el recibidor y no vuelvo a pensar en ello hasta la mañana siguiente, ya camino del colegio.
—¿Listas para Navidad? —La profesora de Sophia es una chica muy menuda, con una piel suave que podría situarla entre los veintitantos y los treinta bien llevados.
Pienso en todos los productos de Clarins que he comprado a lo largo de los años en los duty-free, y en todos los tratamientos dermatológicos que he comenzado con buenos propósitos solo para acabar volviendo a las toallitas húmedas. Seguro que la señorita Jessop se aplica el limpiador, el tónico y la crema hidratante.
—Más o menos.
Hay un trocito de hielo pegado al jersey de repuesto de Sophia; la tela de alrededor está húmeda y fría. Lo sacudo para quitárselo y reanudo la búsqueda infructuosa entre pedacitos de huevera y envases de zumo vacíos.
—No encuentro el inyector de epinefrina. ¿Todavía tienes el que te di?
—Sí, no se preocupe. Está en el botiquín, con el nombre de Sophia escrito.
—El color de las gomas del pelo está mal —anuncia mi hija.
La señorita Jessop se agacha para inspeccionar las trenzas de Sophia; una va atada con una gomita roja y la otra, con una azul.
—Pero si son muy bonitas.
—Para el cole siempre llevo dos azules.
—Pues a mí estas me gustan mucho. —La señorita Jessop redirige su atención hacia mí, y me maravillo ante la capacidad de las maestras para tener siempre la última palabra. Mis discusiones con Sophia sobre el tema de las gomitas han llegado a durar desayunos enteros y la mayor parte del trayecto a la escuela—. No se olvide de que mañana tenemos la comida de Navidad, así que no habrá que traerle fiambrera.
—Perfecto. Hoy vendrá a recogerla la niñera: se llama Becca. Creo que ya la conoces.
—¿No viene el señor Holbrook?
Le sostengo la mirada unos segundos, preguntándome si esa sonrisa estará escondiendo algo más. ¿Decepción? ¿Culpa? Su expresión, sin embargo, es inocente. Aparto la vista y vuelvo a doblar el jersey húmedo de Sophia. Maldigo a Adam por haberme convertido en una de esas esposas paranoicas que siempre me han dado lástima.
—No estaba seguro de si saldría del trabajo a tiempo, así que lo más prudente era llamar a la niñera.
—¿Y adónde viaja usted hoy?
—A Sídney.
—En un Boeing 777 —añade Sophia—. Con 353 pasajeros. El viaje dura veinte horas, y después tienen que hacer el camino de vuelta, y son veinte horas más, pero antes descansan en un hotel.
—¡Hala! ¡Qué emocionante! ¿Y estará fuera mucho tiempo?
—Cinco días. Vuelvo para las fiestas.
—Y necesitan cuatro pilotos porque van muy muy lejos, pero no es que piloten todos a la vez, sino que se van turnando.
Sophia se ha aprendido los datos de todos los aviones en los que vuelo. En YouTube hay un tour virtual de un 747 que habrá visto unas cien veces. Se lo sabe al dedillo; incluso mueve los labios en sincronía con los del narrador. Cuando viene gente a casa, se quedan alucinados.
«A veces me da escalofríos», le conté a mi padre, y me apresuré a sonreír para suavizar la confesión. Hacía poco que Adam y yo habíamos descubierto que lo que hacía Sophia, al contrario de lo que imaginábamos, no era recitar de memoria el texto de sus libros ilustrados favoritos, sino leerlos. Tenía tres años.
Papá se rio, se quitó las gafas y se las limpió con el bajo de la camisa. «No seas tonta. Es una niña inteligente. Está destinada a hacer grandes cosas». Le brillaban los ojos, y tuve que parpadear con fuerza. Él echaba de menos a mamá tanto como yo, pero me pregunté si, además, estaría recordando una época en la que ellos dos hacían comentarios como ese sobre mí.
La psicóloga concluyó que Sophia tenía hiperlexia: el primer diagnóstico positivo en un mar de siglas y etiquetas negativas: trastorno de vinculación, trastorno por déficit de atención, síndrome de evitación patológica de la demanda… Todo eso no te lo enseñan en los pósters sobre la adopción.
Adam y yo llevábamos un par de años intentando concebir. Podríamos haber seguido intentándolo, pero el estrés ya empezaba a hacer mella en mí y sentía que me estaba convirtiendo en una de esas mujeres que saben exactamente cuándo están ovulando, que evitan ir a las fiestas prenatales de sus amigas y que se dejan los ahorros en ciclos de fecundación in vitro.
—¿Cuánto os costaría?
Estaba sobrevolando algún punto indefinido del Atlántico, confesando mis secretos —algunos al menos— a la compañera con la que trabajaba aquel día. Sian era dulce y maternal, y llevábamos compartiendo historias sobre nuestras vidas desde el despegue.
—Miles de libras.
—¿Y tus padres no podrían ayudaros un poco?
No le había contado lo de mi madre; lo tenía demasiado reciente todavía. Y pedirle dinero a mi padre, después de todo lo que había sucedido… Negué con la cabeza y decidí esquivar el tema.
—No es solo por el dinero. Sé que acabaría obsesionándome; de hecho, ya estoy obsesionada. Quiero tener hijos, pero tampoco quiero perder la cabeza.
—Pues sigue soñando. —Sian resopló—. Yo tengo cuatro y he perdido un tornillo con cada uno.
Nos dieron el visto bueno como padres adoptivos. Tardaron un tiempo, sobre todo porque habíamos dejado muy claro que queríamos a un niño menor de un año. Como policía, Adam se había visto expuesto a algunas de las peores consecuencias del sistema de tutela estatal y ninguno de los dos sentía que tuviese lo que había que tener para lidiar con eso. Pensamos que un bebé sería más fácil.
Nos ofrecieron a Sophia cuando tenía cuatro meses. Los servicios sociales se la habían retirado a una madre negligente cuyos cinco hijos anteriores habían corrido la misma suerte. Sin embargo, los engranajes de la adopción son lentos y la niña, antes de estar con nosotros, pasó unos meses con una familia de acogida, un tiempo que a Adam y a mí se nos hizo interminable. Teníamos que demostrar al Estado que estábamos preparados, pero al mismo tiempo nos consumía la superstición: mi marido hacía lo imposible para no pasar por debajo de escaleras ni cruzarse con gatos negros. Acordamos dejar todas las cosas que habíamos comprado para la niña dentro de sus respectivas cajas, guardadas en aquella habitación recién pintada, por si algo se torcía y había que dar marcha atrás.
Nos concedieron el permiso judicial cuando Sophia tenía diez meses, y Adam se marchó a toda prisa al punto verde con el coche cargado de cartones y embalajes de plástico. Por fin teníamos nuestra familia. Las películas intentan convencerte de que, a partir de ese momento, todos son felices y comen perdices. En realidad, eso cuesta algo más de esfuerzo.
Sophia se va corriendo con sus amigos y la observo desde detrás del cristal. Incluso a estas alturas del trimestre, algunos niños aún lloran al despedirse. Me pregunto si sus padres mirarán a Sophia y pensarán: «Qué suerte tiene su madre», igual que yo lo pienso cuando miro a esos niños que se aferran a la suya.
Ya en casa, le dejo una nota a Becca, la estudiante preuniversitaria que cuida a Sophia de vez en cuando. Después saco una lasaña del congelador por si Adam no llega a tiempo para la cena y dejo una toalla limpia encima de la cama de la habitación de invitados, aunque él sabe perfectamente dónde está el armario de la ropa blanca; cuesta romper con una década entera cuidando de alguien.
—¿Por qué no puedo dormir en nuestra cama? —preguntó la primera vez.
Le contesté en voz baja, no solo por Sophia, sino también porque no quería que la situación nos hiciese más daño del que ya nos había hecho.
—Porque ya no es nuestra cama, Adam —había dejado de serlo el día que se marchó Katya.
—¿Por qué haces esto?
—¿El qué?
—Ser tan fría conmigo. Como si apenas nos conociéramos. —Se le contrajo la cara—. Te quiero, Mina.
Abrí la boca para responder que yo ya no sentía lo mismo por él, pero no tuve valor para decírselo.
Probamos la terapia de pareja, por supuesto, pero más por Sophia que por nosotros: sus problemas de apego estaban profundamente arraigados, como un reflejo muscular memorizado durante los meses en los que llorar no le procuró consuelo alguno. ¿Cómo le afectaría que nos separásemos de forma permanente? Sophia estaba acostumbrada a los turnos de noche de Adam y a mis ausencias de varios días seguidos, pero al final siempre, sin excepción, volvíamos los dos a casa.
Adam, si hablaba, lo hacía con monosílabos, mostrándose tan evasivo con la terapeuta como conmigo. En julio aceptó irse de casa.
«Necesito tiempo», le había dicho yo.
«¿Cuánto tiempo?».
No había sabido qué decirle; no tenía ni idea. Vi que dudaba a la hora de escoger entre las maletas, metidas la una dentro de la otra como muñecas rusas rectangulares. El optimismo le llevó a elegir la pequeña. Los de Recursos Humanos le consiguieron una habitación en una casa compartida con tres alumnos de la academia de policía, rebosantes de entusiasmo y cerveza barata, que pasaban el rato compitiendo sobre sus primeras hazañas uniformadas.
«No puedo traer a Sophia aquí —me dijo—, no estaría bien».
Así pues, preparé la cama de invitados, y ahora, cuando me marcho a trabajar, Adam se queda aquí; no sé a quién de los dos se le hace más difícil.
Me pongo el uniforme y reviso de nuevo mi equipaje de mano. El viaje de hoy es todo un acontecimiento: el último vuelo sin escalas de Londres a Sídney, un truco publicitario con veinte personas a bordo, tuvo lugar en 1989. Los vuelos comerciales han sido imposibles hasta ahora: han hecho falta años para desarrollar un avión capaz de cubrir esa distancia con el pasaje completo.
Le dejo a Sophia una nota en la cama: un corazón dibujado con rotulador y un «Mamá te quiere» debajo; lo hago cada vez que tengo vuelo, desde que aprendió a leer.
—¿Has visto la nota? —le pregunté una vez durante una videollamada para darle las buenas noches. No recuerdo dónde estaba, pero aún era pleno día, y ver a Sophia recién bañada hizo que me invadiera la nostalgia.
—¿Qué nota?
—La de la cama. Te la he dejado en la almohada, como siempre. —La nostalgia de casa me volvía injusta: quería que Sophia me echase de menos solo porque yo la echaba de menos a ella.
—Adiós, mamá. Katya y yo estamos construyendo un refugio.
La pantalla se tambaleó y acabé delante de un plano fijo del techo de la cocina. Finalicé la llamada antes de que Katya pudiera compadecerse de mí.
De camino al aeropuerto, pongo Radio 2. Subo el volumen, pero me sobreviene una culpa tan fuerte que no hay forma de acallarla.
—El trabajo es el trabajo —digo en voz alta—. Es lo que hay.
Le dije a Adam que había habido un cambio de turno, que había intentado escaquearme pero que iba a tener que pasar cinco días fuera y, a ver, qué quería que hiciese. El trabajo era el trabajo.
Era mentira.
—La jefa quiere verte.
La acidez me corroe por dentro mientras trato de reponerme y aparentar normalidad. ¿Esas cuatro palabras han llevado a algo bueno alguna vez?
—Ah. Vale. —Estoy sentado a mi escritorio. De pronto me noto las manos demasiado grandes, demasiado torpes, como si lo que tuviera delante fuera un público inmenso y no la mirada curiosa de Wei sin más.
—Ahora está reunida con el inspector jefe.
—Gracias.
Frunzo el ceño de cara a la pantalla. Hojeo los documentos que hay encima de la mesa, como si buscara algo. Tengo que redactar la denuncia de un robo, tengo que tomar declaración sobre una agresión grave que podría terminar en homicidio si el tío no sale de esta… tareas en las que debo concentrarme, que requieren mi atención. En cambio, estoy empapando de sudor el cuello de la camisa y preguntándome si todo acaba aquí. Si esto es el fin. Noto que Wei me mira y me pregunto si ya sabrá por qué quiere verme Butler.
Fuera, sutiles copos de nieve se posan en el alféizar de la ventana. Dentro, una llamada telefónica a la que nadie hace caso se va transfiriendo de un escritorio vacío a otro hasta que alguien se compadece del que está al otro lado de la línea y descuelga. Encuentro el informe de la agresión y examino la lista de testigos. Podría pasarme lo que queda del día fuera de la oficina, encargándome de todo esto, y, si la inspectora me envía un mensaje y no respondo, pues no sé, le diré que estaba tomando declaración o hablando por teléfono con Asistencia a las Víctimas. Meto el informe en la mochila y me levanto de la silla.
—De camino a mi despacho, espero.
La voz es suave, casi agradable, pero no me tranquiliza. He visto a suficientes policías a los que recibían con una sonrisa en el despacho de la inspectora Naomi Butler y salían al cabo de media hora con la copia refrendada de una queja formal estrujada en un puño desabrido.
—La verdad es que tengo que…
—Enseguida estaremos.
Butler anula cualquier posibilidad de discusión cuando sale de la oficina del Departamento de Investigación Criminal y enfila el pasillo hacia su despacho; no me queda otra opción que seguirla. Lleva unas Converse blancas con unos pantalones de raya diplomática y una blusa de seda gris ceñida por un cinturón de leopardo. Un arito de plata le adorna la parte superior de una oreja. Mientras la sigo igual que un niño camino del despacho de la directora, voy enumerando mentalmente todos los motivos que podría tener esta mujer para querer verme y termino con el único que importa. Ese por el que podría perderlo todo.
Cuando Naomi Butler asumió el cargo de inspectora, apartó de la ventana el pesado escritorio de su despacho y lo encaró hacia la puerta de cristal por la que acabamos de entrar, así que me veo obligado a sentarme de espaldas al pasillo. Tengo la certeza absoluta de que, en unos minutos, Wei va a encontrar una excusa para pasar por delante, con la sola intención de calcular la intensidad del rapapolvo que estoy a punto de recibir. Me yergo en el asiento; puede decirse mucho de una persona solo con verla de espaldas, y preferiría que Wei no fuera corriendo a contarle al resto del equipo que me ha visto despatarrado en el despacho de la directora.
—¿Qué tal va todo?
Butler sonríe, pero su mirada es dura. Fija sus ojos en los míos con tanta firmeza que duele, y me veo forzado a parpadear para romper el contacto: punto para ella. Sobre el respaldo de la silla tiene la chaqueta de piel que lleva cada día, haga el tiempo que haga, y el cuero suelta un quejido cuando se reclina hacia atrás. Encima del escritorio hay una radio policial sintonizada en la frecuencia local. Se rumorea que Butler nunca la apaga, ni siquiera cuando está en casa, lista para acudir a cualquier trabajo que despierte su interés.
—Muy bien.
—Entiendo que has tenido algunos problemas familiares.
—Nada que no pueda manejar.
Dudo que su intención sea darme consejos matrimoniales; echo un vistazo a la franja de piel pálida que le rodea el dedo anular y me pregunto quién dejó a quién. Me pilla mirándola, como era de esperar, y se le borra la sonrisa.
—¿Tienes teléfono de trabajo?
Me deja descolocado. Es una pregunta, o eso parece, pero ya conoce la respuesta, con lo cual no se trata más que de un pretexto para ir al grano.
—Sí.
Lee en la libreta mi número de móvil y yo asiento con la cabeza. Siento tales ganas de salir corriendo que tengo que agarrarme a los lados de la silla para no levantarme.
—Los de Contabilidad han detectado algo raro en tu factura.
Un silencio largo y denso se instala entre los dos, y el uno se queda esperando a que el otro lo rompa. Yo cedo primero. Aun conociendo las reglas del juego, cuesta no entrar al trapo. Dos a cero a favor de Butler.
—¿Ah, sí?
—Es significativamente más alta que la del resto de los miembros del departamento.
Noto que una gota de sudor me resbala por la mejilla. Si me la enjugo, se dará cuenta. Ladeo ligeramente la cabeza solo para notar una gota idéntica en la otra mejilla.
—He estado con lo de aquella víctima de atraco, la que se fue a vivir a Francia.
La inspectora asiente despacio con la cabeza.
—Ya veo.
Más silencio. Nunca he visto a Butler interrogando a un sospechoso, pero tiene fama de ser una máquina y, ahora mismo, no me sorprende. Su mirada es firme; no soy capaz de hallar una forma de devolvérsela que no dé la impresión de que estoy a la defensiva o que oculto algo malo. El pulso me va a mil por hora y me da un tic en la comisura del ojo izquierdo. Butler va a darse cuenta de todo. Lo verá y sabrá que estoy mintiendo.
Cierra la libreta y se recuesta en la silla, como si dijese: «Ya ha pasado lo peor: ahora estamos hablando extraoficialmente», pero a mí no me la pega. Tengo todos y cada uno de los músculos en tensión, como si me hallara en la línea de salida, a punto de echar a correr. Pienso en Mina, de camino al trabajo y, a pesar de que no quiero que se marche por nada del mundo, me alegra no tener que mirarla a la cara hasta dentro de cinco días.
—Van a enviarme un desglose de la factura —continúa Butler—. Pero, hasta entonces, si hay algo que quieras compartir conmigo…
Consigo fruncir el ceño, como si no tuviera ni idea de qué me está hablando.
—Porque doy por hecho que estás al tanto de que los teléfonos del trabajo no deben utilizarse para hacer llamadas personales.
—Por supuesto.
—De acuerdo, entonces.
Capto el mensaje y me levanto. Digo «Muchas gracias» sin pararme a pensar por qué. Por lo que pueda pasar, supongo, por si debo prepararme una defensa, aunque ni los mejores abogados del mundo tejerían una historia lo bastante buena para sacarme de esta.
Lo que pasó con Katya es el menor de mis problemas.
Cuando Butler vea esa factura, se acabó.
A medida que me acerco al aeropuerto, la presencia policial apunta a que hay otra protesta en marcha. Hace tres meses que comenzaron las obras de la pista nueva y, cada cierto tiempo, un grupo de manifestantes se congrega junto al área de Llegadas para dar a conocer su postura. Por lo general, no causan ningún revuelo y, aunque nunca lo reconocería abiertamente, comprendo sus reivindicaciones. Lo único es que pienso que se equivocan de objetivo: hemos creado un mundo donde volar es una necesidad, y eso ahora no puede cambiarse. ¿No sería mejor abordar el asunto de la contaminación industrial o el vertedero?
Me siento culpable por la cantidad de toallitas desechables que utilizo al día y decido que volveré a tirar de Clarins. Han extendido una pancarta en mitad de la carretera: SÍ A LOS PASTOS, NO A LAS PISTAS. Deben de acabar de ponerla; hay un estrecho cordón de seguridad en torno al aeropuerto; la policía no puede impedir que se manifiesten, pero les quitan las pancartas en cuanto las levantan. Me parece un procedimiento un tanto inútil, dado que quienes van hacia el aeropuerto o trabajan allí o han comprado un billete para volar a algún sitio; una pancarta no va a hacer que cambien de opinión.
Disminuyo la velocidad para coger la rotonda y echo un vistazo a la izquierda, donde una mujer sostiene un cartel que muestra la foto de un oso polar desnutrido. Al advertir que la estoy mirando, blande la pancarta hacia mí y grita alto incomprensible. Se me acelera el pulso y alargo la mano hacia el mecanismo del cierre centralizado. Con las prisas por dejarla atrás, se me escapa el pie hacia el acelerador. Lo absurdo de mi reacción —¡la mujer está al otro lado del quitamiedos, por el amor de Dios!— hace que me rebote con los manifestantes en general. Igual sigo utilizando las puñeteras toallitas húmedas, solo para fastidiarlos.
Llego al aparcamiento, cierro el coche y me dirijo arrastrando la maleta hacia el bus lanzadera. Normalmente voy andando hasta la sala de personal, pero hoy el asfalto resbala a causa del hielo grisáceo que ha saltado desde las carreteras; la nieve que en casa era esponjosa aquí está medio derretida. Me muero de ganas de aterrizar en Sídney para ver la luz del sol, dejar la maleta en el hotel e irme a la playa a dormir para recuperarme del vuelo.
En la sala de personal, reina ese zumbido de cuando hay un cotilleo reciente o se adjudican horarios nuevos. Hago la cola de la máquina de café y, cuando lo recojo, rodeo el vasito de plástico con las manos aún frías. Una mujer vestida de calle me observa con gesto apreciativo.
—¿Te han puesto en el vuelo de Sídney?
—Sí. —Siento que se me suben los colores, esperando, en parte, que me lo eche en cara: «Pues no deberías estar aquí…».
En lugar de eso, hace una mueca.
—No me gustaría estar en tu pellejo.
Busco su placa identificativa, pero no la encuentro. ¿Quién es esta mujer que se cree con tanto derecho a opinar? Podría ser cualquiera, desde una limpiadora hasta una directora financiera. Por la sala de personal pasan cientos de personas a diario, incluso en días corrientes, y hoy no es un día corriente: todo el mundo quiere su hueco en el vuelo 79; todo el mundo quiere hacer historia.
—Pues he ido a Santiago de Chile, que son catorce horas, y tampoco es para tanto. —Sonrío educadamente y saco el móvil para darle a entender que nuestra conversación ha terminado, pero no pilla la indirecta: se me acerca, me atrae hacia sí de un tirón y baja la voz, como si pudieran escucharnos.
—He oído que algo falló en la última prueba de vuelo.
Me echo a reír.
—¿De qué estás hablando? —Lo digo en voz alta, arrojando lejos de mí la semillita de miedo que sus palabras han plantado en mi interior.
—Pasó algo con el avión. Pero lo han encubierto todo, hicieron firmar acuerdos de confidencialidad a toda la tripulación y…
—¡Ya está bien! —Estoy segura al noventa y nueve por ciento de que nunca he trabajado con esta mujer. ¿Por qué, de entre todas las personas que hay aquí, le ha dado por pegarse a mí? Me detengo a observar su cara, tratando de adivinar dónde trabaja. ¿En Recursos Humanos, quizá? En Atención al Cliente, no, eso está claro (si no, nadie volvería a pisar un avión jamás)—. Es absurdo —añado con rotundidad—. ¿De veras piensas que iban a abrir una línea nueva sin estar completamente convencidos de que es segura?
—No tenían elección. Si no, Qantas se les habría adelantado; llevan mucho más tiempo que ellos trabajando en esto. Los vuelos de prueba se hacían con solo una parte muy pequeña del número total de pasajeros y sin equipaje. Quién sabe lo que ocurrirá con un avión con la carga completa…
—Tengo que irme. —Tiro el café a medias en la papelera, y la tapa se cierra con estrépito cuando quito el pie del pedal para marcharme.
Menuda estúpida. Y qué ridiculez permitir que me saque de quicio. Pero se me ha enredado un jirón de miedo en el corazón. Hace dos días, el Times publicó una nota de prensa donde se dedicaban a ironizar sobre la carrera competitiva entre Qantas y World Airlines: «¿No iremos demasiado acelerados?», rezaba el titular del artículo, que apuntaba a ciertas tacañerías presupuestarias y reducciones de costes. Me pasé una hora al teléfono con mi padre, asegurándole que no, que no había peligro, y que no, que no se atreverían a correr ningún riesgo.
—No soportaría que…
—Papá, es totalmente seguro. Lo han revisado todo mil veces.
—Claro, eso siempre. —Lo había dicho con segundas, y me alegré de que no pudiera verme la cara. Pero no mordí el anzuelo; no quise dar más vueltas al asunto.
En los tres vuelos de prueba del año pasado embarcaron a cuarenta trabajadores: controlaron sus niveles de azúcar en sangre, oxígeno y actividad cerebral. Se ha reajustado la presurización de la cabina y se han reducido los niveles de ruido; incluso las comidas que van a servir se han diseñado expresamente para combatir el jet lag. Este vuelo es tan seguro como cualquier otro.
—¡Buena suerte! —grita la mujer a mi espalda, pero yo no vuelvo la vista atrás. La suerte no pinta nada en esto.
Y, sin embargo, sigo con el pulso acelerado cuando entro en la sala de conferencias, unos minutos más tarde. Está hasta los topes: además de la tripulación, hay un montón de gente trajeada; la mayoría no me suena de nada.
—¿Ese es Dindar? —le pregunto al auxiliar de vuelo que tengo al lado, con quien ya he volado alguna vez. Echo una ojeada al nombre que lleva en la placa: ERIK.
—Sí, es Dindar. Ha venido por la ruta nueva.
Obvio. Yusuf Dindar, el director ejecutivo de la aerolínea, solo hace acto de presencia en días como hoy, de grandes inauguraciones, lo cual es sinónimo de cámaras de televisión y felicitaciones a los hombres (porque son todo hombres) que hay detrás de World Airlines. La carrera por el primer vuelo directo Londres-Sídney ha sido muy reñida, y tras la sonrisa autocomplaciente que luce Dindar esta mañana se advierte un atisbo de alivio por haber conseguido llegar primero. De pie ante el auditorio, espera hasta que todas las miradas se posan en él.
—¡Señoras y señores, hoy somos noticia!
Todo el mundo aplaude. Del fondo de la sala llegan exclamaciones de alegría y flashes. Y en medio de esa celebración anticipada un escalofrío me hiela los huesos.
«Algo falló… Pasó algo con el avión…».
Trato de ahuyentar las palabras de esa mujer y me pongo a aplaudir con todas mis fuerzas junto a los demás. Somos noticia. De Londres a Sídney en veinte horas. Todo va a salir bien. «Todo va a salir bien», me repito como un mantra contra el creciente presentimiento de fatalidad que estoy teniendo.
Ya sé por qué me ha dado la murga la mujer: porque yo no debería estar aquí.
Los de Personal seleccionaron a la tripulación al azar, aunque todavía no estaba claro si nos había tocado la lotería o habíamos sacado la pajita más corta. Hubo una avalancha de mensajes en el grupo de WhatsApp:
¿Ya se sabe algo?
Todavía no.
He oído que ya han enviado el correo.
¡¡¡Qué ganas!!!
Y luego una imagen: una captura de pantalla del móvil de Ryan. «¡Felicidades! Le han asignado el vuelo inaugural Londres-Sídney, sin escalas, programado para el 17 de diciembre». Debajo de la foto, él había puesto un emoji llorón y acto seguido había escrito: «¡Veinte puñeteras horas!».
Le envié un mensaje privado para ofrecerme a ocupar su lugar. No le dije por qué; por supuesto, traté de disimular lo mucho que me interesaba, aun así él intentó que se lo cambiara por un vuelo mío a México D. F. más unas tarjetas regalo que me habían dado por mi cumpleaños. «¡Qué loca estás, tía!», concluyó cuando cedí, y lo cierto es que no le faltaba razón.
Y ahí estaba. Me había colado en el vuelo más importante de la historia reciente.
—Me gustaría presentaros a los pilotos de este vuelo histórico —prosigue Dindar. Con un gesto del brazo, los invita a salir al frente de la sala y la gente se aparta, arrastrando los pies, para dejarles paso—. El comandante Louis Joubert y el primer oficial Ben Knox; el comandante Mike Carrivick y la primera oficial Francesca Wright.
—¿Carrivick? —le comento a Erik en medio de los aplausos—. No aparecía en la lista de tripulantes que me han pasado.
Él se encoge de hombros.
—Habrá sido un cambio de última hora —contesta—. Yo no conozco a ese tío.
Dindar continúa hablando:
—Habrá numerosos invitados especiales a bordo —con «invitados especiales» se refiere a gente que viaja gratis: periodistas, un puñado de famosos e influencers que van a pasarse dieciséis horas de vuelo dándole a Instagram y las otras cuatro bebiendo—, pero os ruego que les deis el mismo trato que a quienes han pagado por el billete.
Ya, claro. Puede que los periodistas vengan a pegarse un viajazo —«¿Un vuelo gratis a Australia en clase preferente? ¡Aquí tienes mi pasaporte!»—, pero también persiguen un artículo. Será una mezcla entre el Daily Mail y TripAdvisor: «Inaceptable: nuestra odisea en un vuelo de larga distancia sin almohadas hipoalergénicas».
Cuando Dindar y el resto de los trajeados ya han acabado de congratularse, empieza la sesión informativa para la tripulación. Mike y Cesca se encargarán del despegue y de las primeras cuatro horas de vuelo; después harán su descanso en el compartimento de encima de la cabina de control. Louis y Ben pilotarán las seis horas siguientes, hasta el relevo siguiente. En lo que respecta a la tripulación de la cabina de pasaje, vamos a ser dieciséis, divididos en dos turnos. Cuando no estemos de servicio, iremos a las camas de la parte de atrás del avión, fingiendo que es normal dormir en una habitación sin ventanas llena de desconocidos.
Sale alguien de Prevención de Riesgos para hablarnos sobre los peligros de la fatiga. Nos recuerda que nos mantengamos hidratados y luego nos hace una demostración de un ejercicio respiratorio que en teoría sirve para ayudarnos a maximizar las horas de sueño durante el descanso. Varios compañeros se echan a reír y uno finge que se queda dormido.
—Lo siento —dice irguiéndose de golpe con una sonrisa burlona—. ¡Se ve que funciona!
Avanzamos por el aeropuerto de dos en dos, siguiendo a los pilotos; reina una atmósfera de exaltada expectación y, como siempre antes de un vuelo, me domina una sensación de orgullo. Nuestro uniforme es azul marino, con las mangas, los dobladillos y el ribeteado de color esmeralda. En el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta, llevamos una insignia esmaltada donde pone WORLD AIRLINES; en el de la derecha, una plaquita con nuestro nombre. Los pañuelos, también esmeralda, representan, extendidos, un mapa del mundo: cada país está dibujado a partir de minúsculas repeticiones del nombre de la aerolínea. Hoy lucimos una insignia nueva: VUELO 79: HACIENDO DEL MUNDO UN LUGAR MÁS PEQUEÑO.
Un fotógrafo de la empresa nos retrata desde todos los ángulos y, cuando nos dirigimos a la puerta de embarque, la gente susurra a nuestro paso: «Los del Londres-Sídney».
—¡Es como pisar una alfombra roja! —exclama uno de los tripulantes.
«Es como ir al paredón», pensaba yo. No consigo librarme de esa sensación —la manzana podrida del cesto— de que está a punto de suceder algo terrible.
Me imagino que hay quien siente esto cada vez que vuela, un miedo concentrado en la boca del estómago. Siempre he pensado en lo triste que debe ser pasar esas horas mágicas de vuelo aferrado a los reposabrazos, con los ojos cerrados a cal y canto ante desastres imaginarios que no ocurren nunca.
Yo no. Para mí volar lo es todo. Un triunfo de la ingeniería que funciona no en contra de la naturaleza, sino en colaboración con ella. Adam se ríe cuando me emociono hablando de aviones, pero ¿acaso hay algo más bello que el despegue de un A320? De pequeña lloriqueaba cuando mi padre me llevaba al aeropuerto, donde él se ponía a fotografiarlos desde la valla perimetral. Para papá lo importante eran las fotos (también pasaba días enteros junto al río, buscando la instantánea perfecta de una garza en pleno vuelo), pero poco a poco me fue interesando.
«He hecho una foto increíble de ese Triple Siete». Mi padre me la mostraba en la pantalla digital.
«No era un Triple Siete —le decía yo—. Es un SP».
Me encantaba dibujar y solía hacer esbozos de diferentes morros de avión en mi cuaderno; cuando mi padre me proponía ir a pasar el sábado al aeropuerto, ya no me quejaba. Si cogíamos un vuelo para ir a ver a algún familiar, me daba igual qué películas echaban o qué ocultaba el papel de plata que envolvía las bandejas de comida: apoyaba la nariz en la ventanilla y observaba los alerones que se movían arriba y abajo, y sentía los suaves movimientos con que el avión respondía. Me encantaba.
Por eso me resulta inquietante esta desazón en las tripas, esta insidiosa sensación de terror cuando nos subimos al avión. La puerta de la cabina de control está abierta; los cuatro pilotos, apiñados en su interior, planifican el vuelo. Me recorre un escalofrío, y Erik se da cuenta.
—¿Tienes frío? —me pregunta—. Es el aire acondicionado: siempre lo ponen muy alto.
—No, tranquilo. Hoy estoy muerta. —Vuelvo a estremecerme y lamento no haber empleado una expresión distinta.
Reviso el equipamiento de la cabina, algo que he hecho muchísimas veces pero que hoy encaro de otro modo. Presión. Juntas. Válvulas de oxígeno. Extintor. Máscara de humo, kits de supervivencia… Todo es esencial. Todo podría suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
—Recomponte, Holbrook —murmuro.
Cruzo la clase ejecutiva en dirección a la cafetería, cargada con una caja de tónicas, para ayudar a reponer. El avión tiene un diseño interior muy característico, supuestamente ideado para optimizar la comodidad del pasajero en un vuelo tan largo. En la parte delantera, entre la cabina del piloto y la zona del pasaje, está la galera, la cocina de a bordo, con dos baños y unas escaleras que llevan hasta una puerta: detrás están las camas para los descansos. Luego viene el área de ejecutiva y, a continuación, su bar de copas privado —separado por cortinas del resto del avión— y otro par de lavabos. Los asientos de clase turista están organizados en dos tramos, con una «zona de estiramientos» delimitada entre ambos; al fondo del todo están el resto de los baños. Trescientos cincuenta y tres pasajeros en total, todos respirando el mismo aire desde el segundo en que las puertas se cierren en Londres hasta que vuelvan a abrirse en Sídney.
Los pasajeros de ejecutiva embarcan los primeros, con los ojos ya apuntando al bar y evaluando las camas mientras les revisamos los billetes y les cogemos los abrigos para colgarlos en el guardarropa que hay al lado de la galera. Ahora mismo hay un exceso de tripulación en la cabina, puesto que los dieciséis miembros del equipo estamos en cubierta para dar la bienvenida a bordo a los pasajeros. La mitad se irá al cuarto de descanso después del despegue y quedaremos Erik, Carmel y yo en clase ejecutiva, Hassan en el bar y otros cuatro en turista. Ahora que todo el mundo está en la zona de los asientos, un ambiente de enajenación se propaga por la cabina. Veinte horas: ¿dónde si no iban a pasar unos completos desconocidos tanto tiempo encerrados juntos? En la cárcel, imagino, y la idea me incomoda.
A los de clase ejecutiva se les ofrece champán. Veo a un hombre que apura la copa de un trago como si fuera un chupito antes de guiñarle el ojo a Carmel para que le sirva otra.
«Veinte horas».
Uno puede distinguir desde el principio a los conflictivos. Hay algo en su mirada y en su forma de actuar, algo que dice: «Soy mejor que tú y voy a complicarte la vida». Sin embargo, no siempre son los que beben (aunque el champán gratis tampoco ayuda), y ese hombre en concreto no me da mala espina. Ya se verá.
—Señoras y señores, bienvenidos a bordo del vuelo 79 Londres-Sídney. —Como miembro de más antigüedad, tengo el dudoso privilegio de dirigirme a los pasajeros. No hay nada en el guion que indique que hoy es un día especial, pero aun así se produce una ovación—. Por favor, asegúrense de que sus teléfonos móviles y aparatos electrónicos portátiles permanecen guardados durante el despegue.
Avanzo por el pasillo y veo una maleta de gran tamaño a los pies de una mujer de pelo largo y entrecano que lleva un jersey verde.
—¿Quiere que la ayude a subirla al portaequipajes?
—La necesito conmigo.
—Si no cabe en los compartimentos del asiento, me temo que tendrá que ir en el portaequipajes.
La mujer coge la maleta y la abraza contra su pecho, como si hubiera amenazado con quitársela por la fuerza.
—Llevo aquí todas mis cosas.
Contengo un suspiro.
—Lo siento, no puede quedarse aquí.
Durante un instante, nos miramos fijamente a los ojos, cada una decidida a vencer a la otra, hasta que chasquea la lengua frustrada y comienza a sacar todo el contenido de la maleta y a embutir jerséis, libros y neceseres en los numerosos compartimentos que rodean el asiento; tomo nota mental de revisarlos después del aterrizaje, no vaya a ser que se deje algo. Ya calmada, pierde la expresión gruñona y se queda mirando por la ventanilla mientras da sorbitos al champán.
Tras el comunicado del comandante («Personal de cabina, preparen las puertas para el despegue y verifiquen las medidas de seguridad»), la exaltación colectiva aumenta. Muchos pasajeros de clase ejecutiva ya han empezado a hurgar en su bolsita de obsequios de bienvenida, y una mujer incluso se las ha apañado para ponerse el pijama conmemorativo del vuelo 79, para regocijo de los demás viajeros. Las pantallas reproducen un mensaje especial en vídeo de Dindar y después las instrucciones de seguridad, a las que nadie presta atención, puesto que ni ellos ni nadie que conozcan las ha necesitado jamás. Carmel y yo recogemos las copas vacías.
—Para el carro, querida, que todavía queda un poco. —Una mujer de ojillos chispeantes me dedica una amplia sonrisa mientras recupera su copa de mi bandeja y se bebe los dos centímetros de champán que quedaban en el fondo.
La recuerdo de la lista del pasaje: su nombre es de los pocos que se me han quedado grabados, de momento. Al final del vuelo, ya me habré aprendido el de los cincuenta y seis pasajeros de clase ejecutiva.
—¿Necesita alguna otra cosa, lady Barrow?
—Patricia, por favor. Bueno, en realidad mejor Pat. Pat, así tal cual. —Esboza una sonrisa traviesa, como la abuela que da a los nietos una chocolatina extra a escondidas, cuando la madre no mira—. El título es lo que mis hijos toman por una broma.
—¿No es usted de la nobleza?
—Ah, por supuesto que lo soy: poseo más de un metro cuadrado de tierra en suelo escocés —anuncia con grandilocuencia para estallar luego en una risotada contagiosa.
—¿La esperan en Sídney? ¿Tiene familia allí?
Algo le ensombrece la mirada, una oscuridad fugaz que esconde levantando la barbilla y recobrando la sonrisilla traviesa.
—No, de hecho me estoy fugando de la que tengo aquí. —Ríe cuando ve mi cara de sorpresa y luego suelta un suspiro—. Lo cierto es que están muy disgustados. Y no las tengo todas conmigo, la verdad; ya echo muchísimo de menos a mis perros. Pero es el primer año que paso sin mi marido y… —Se interrumpe con brusquedad y suelta un largo suspiro—. Bueno, necesitaba un cambio de aires. —Posa en mi brazo una mano muy cuidada—. La vida es corta, jovencita. No la desperdicie.
—No lo haré. —Sonrío, pero sus palabras me retumban en los oídos mientras avanzo por el pasillo: «La vida es corta». Demasiado corta. Sophia tiene ya cinco años: el tiempo pasa que da vértigo.
Yo le cuento a todo el mundo que volví a trabajar porque nos hacía falta el dinero y porque la trabajadora social que llevaba el caso de Sophia creía que ayudaría con los problemas de apego de mi hija, y las dos cosas son ciertas.
«Pero la culpa de todo es del abandono, ¿verdad? —preguntó Adam cuando fuimos a hablar del tema con ella—. Del hecho de que durante sus primeros meses de vida nadie se ocupara de ella, ¿no? —La trabajadora social asentía con la cabeza, pero él continuaba hablando, desgranando en voz alta sus pensamientos—. Entonces ¿por qué iba a ayudarla que Mina pase más tiempo lejos de ella?».
Recuerdo la punzada de miedo que sentí entonces: miedo a que me arrebataran aquel breve atisbo de libertad del que había gozado.
«Porque así Sophia aprenderá que Mina siempre va a volver —respondió la trabajadora—. Es eso lo que importa».
Así pues, regresé al trabajo y aquello nos hizo más felices a todos: a Adam porque no tenía que preocuparse por el dinero; a Sophia porque comenzó el lento proceso de comprender que yo siempre regresaría a su lado; y a mí porque criar a Sophia era duro, muy duro, y necesitaba una vía de escape. Necesitaba el respiro, pero, ante todo, necesitaba echarla de menos, porque eso me recordaba lo mucho que la quería.
Una vez concluidas las comprobaciones, espero el mensaje de la cabina de control por megafonía («Personal de cabina, ocupen sus asientos y prepárense para el despegue») y me apresuro a sentarme en el asiento plegable de al lado de la ventanilla. Los motores rugen y la pista empieza a cobrar velocidad bajo las ruedas. Los alerones se despliegan con un ruido sordo, y la presión del aire comienza a aumentar hasta el punto de que cuesta distinguir si uno está oyéndola o experimentándola. Se produce una levísima sacudida cuando las ruedas se despegan del asfalto. Me hago una imagen mental del espacio entre el vehículo y el suelo, del morro del avión irguiéndose mientras alzamos el vuelo. Una maniobra tan grácil y hermosa, con este peso inverosímil, con este tamaño imposible, podría parecer inviable, y aun así, de alguna forma, lo logramos: iniciamos el ascenso, y los pilotos van incrementando la propulsión a medida que el avión se esfuerza por subir más y más. El cielo se ha oscurecido: los nimboestratos flotan densamente a poca distancia del suelo, por lo que, más que mediodía, parece que sea última hora de la tarde. La cellisca azota las ventanillas hasta que estamos tan arriba que ya no nos alcanza.
Al alcanzar los diez mil pies de altura suena un aviso y, como perros de Pávlov, los pasajeros se entregan a una actividad febril. En el asiento 5J, una rubia menuda estira el cuello en dirección a tierra: está tensa, y doy por hecho que tendrá miedo a volar, pero luego cierra los ojos, se recuesta en el asiento y la cara se le relaja poco a poco en una sonrisa discreta.
Estamos en marcha. Cinturones de seguridad desabrochados, pasajeros de pie, avisos para pedir bebidas. Ya es demasiado tarde. Demasiado tarde para hacer nada respecto a la voz de mi cabeza, la que me advertía que no tomase este avión. Es mi conciencia, no hay más: mi propio sentimiento de culpa por habérmelo montado para conseguir una plaza aquí en lugar de quedarme en casa con Sophia; simplemente por estar en el punto en que estoy, cuando mi vida podría haber ido de una forma muy distinta.
Sea demasiado tarde o no, la voz persiste.
«Veinte horas —dice—. En veinte horas pueden pasar muchas cosas».
Me llamo Sandra Daniels y dejé atrás mi pasado cuando cogí el vuelo 79.
Creo que nunca me habría planteado subirme al avión de no ser por mi marido. Dicen que las víctimas de violencia machista intentan escapar, de media seis veces antes de acabar lográndolo. En mi caso, fue una sola. A veces me planteo cómo habrá afectado eso a la media y también pienso en las mujeres que lo han intentado ocho veces, diez, veinte.
Yo me escapé una, y solo una, porque sabía que, si cometía cualquier error, él me encontraría y, si me encontraba, me mataría.
Dicen que, de media, las víctimas sufren treinta y cinco agresiones físicas antes de llamar a la policía. Me pregunto cómo será que solo te hayan pegado treinta y cinco veces. No es que las haya contado (y, de todos modos, siempre he sido una inepta para las matemáticas), pero hasta yo sé que dos o tres veces a la semana durante más de cuatro años suman mucho más de treinta y cinco. Aunque quizá solo se refieran a cosas graves: los huesos rotos, los golpes en la cabeza que te nublan la visión periférica con estrellitas negras borrosas… no a las bofetadas ni a los pellizcos; eso probablemente no cuenta. Ya estoy sacando las cosas de quicio: típico de mí.
La culpa no era de Henry, no del todo. O sea, sé que está mal pegar a alguien, claro, pero a Henry lo habían echado del trabajo y eso a un hombre le afecta, ¿no? Tener que depender de los ingresos de su esposa, convertirse en el encargado de poner la comida en la mesa, de limpiar el baño y de quedarse en casa esperando a que vayan a reparar el lavavajillas.
No parecía justo. Como él mismo decía, era Henry quien sentía auténtica pasión por su trabajo, mientras que yo había acabado en el mío como podría haber acabado en cualquier otro. Lo mío era solo un trabajo; lo suyo, una carrera. Henry iba a «llegar muy lejos», mientras que yo estaba «estancada». A él lo respetaban por lo que hacía y se le daba bien. Yo… bueno, Henry me contó lo que había oído que decían sobre mí en el bar aquella vez que vino a la fiesta de Navidad de la empresa.
Después de aquello, dejé de salir a tomar algo con los del trabajo. ¿Cómo iba a hacerlo, después de saber lo que pensaban de mí? Que era cortita. Fea. Incompetente. Nada nuevo, supongo, pero a nadie le gusta ver la verdad confirmada ¿no? Mis compañeros, no obstante, guardaban las apariencias, eso debo reconocérselo: siempre sonriendo y preguntándome: «¿Qué tal ha ido el fin de semana?», y: «¿Estás segura de que no quieres venirte con nosotros?». Yo les decía que estaba ocupada, una vez tras otra, hasta que al final dejaron de preguntarme nada.
Cuando Henry consiguió otro trabajo, agradecí que me sugiriera presentar mi dimisión. Dudaba que fuesen a echarme de menos. Era empezar de cero en muchos sentidos y, aunque no lo habíamos hablado, tuve la certeza de que también marcaría el fin de los bajones de Henry. Yo podría apoyarlo mucho mejor si no trabajaba y, entre la cocina y las tareas de la casa, quizá me apuntara al gimnasio o a clases de pintura. A lo mejor hasta hacía amigos.
Henry vio por casualidad el anuncio de un curso de fitness en línea. Era mucho más barato que un gimnasio, y así no tendría que coger el coche para ir a ningún lado, conque era lo más sensato, por supuesto. A donde sí empecé a ir fue a clases de pintura. Se me daba fatal, o sea, ¡era malísima! El primer trabajo que nos encargaron fue un boceto a lápiz de un jarrón y, como dijo Henry, el mío parecía cualquier cosa menos eso. Ya no volví a ir; tonta de mí por haberlo intentado, en el fondo: de donde no hay no se puede sacar.
Pero amigos sí que hice, pensaba. En Facebook, ni más ni menos. «Amigos de mentira», los llamaba Henry, aunque en muchos aspectos eran más reales que la gente de mi entorno, como la pareja de al lado, por ejemplo, o la mujer que venía a dejarnos los catálogos de Avon y que a veces se quedaba a tomar una taza de té. Con mis amigos de mentira hablaba de verdad, ¿sabéis? De limpieza, sobre todo —formábamos todos parte de un grupo de Facebook dedicado a compartir trucos para las labores del hogar—, pero ya se sabe cómo son estas cosas: acabáis conociéndoos. Os felicitáis el cumpleaños y tal, y a la que te descuidas, os estáis mensajeando en privado.
«No tendría que tratarte así. Lo sabes, ¿verdad?», me decían.
En el fondo, yo también lo sabía, pero que otra persona me lo dijera hizo que aquella idea cobrara mucho más peso. La siguiente vez que Henry me pegó, me fui directa al ordenador.
Ha vuelto a hacerlo.
Tendrías que irte de casa.
No puedo.
Sí puedes.
Dicen que una de cada cuatro mujeres sufrirá algún tipo de violencia doméstica en algún momento de su vida. Eso es un cuarto del total.
Recorro con la mirada el interior del avión y voy contando a las pasajeras. Según las estadísticas, al menos cinco de las mujeres que viajan en primera clase han recibido o recibirán palizas por parte de sus parejas. La idea me consuela y me horroriza a partes iguales.
Aquella señora mayor, quizá. Tiene unos ojitos vivos, pero antes, cuando hablaba con la azafata, le brillaban a causa de las lágrimas. ¿Estará huyendo ella también?
O la esposa de ese exfutbolista —le hemos reconocido todos—, por mucho que ahora esté tan cogidita a él, impecable con su pelo reluciente y con su pintalabios rojo oscuro. Después de todo, nunca se sabe qué ocurre en la intimidad. Nadie supo nunca lo que ocurría en la mía.
¿Y las auxiliares de vuelo?
¿Por qué no? La violencia machista no hace distinciones. Busco con los ojos las plaquitas con su nombre y trato de asignarles una historia. ¿Será Carmel una víctima? ¿Y Mina?
Mina tiene una sonrisa que le ocupa toda la cara, pero, en el instante en que vuelve a meterse detrás de la cortina, se le esfuma como por arte de magia. Hay algo detrás de sus ojos, algo que la atormenta. No tiene aspecto de víctima, pero yo tampoco lo tenía, y ni siquiera pensaba que lo fuese hasta que mis amigos me ayudaron a ver la realidad tal y como era.
Me cuesta encontrar las palabras para expresar lo que siento por aquellos «amigos de mentira» de los que Henry tanto se mofaba.
¿Cómo le das las gracias a alguien que te ha salvado la vida?
Porque es lo que han hecho. Me abrieron los ojos ante lo que me estaba haciendo y me devolvieron la confianza que había perdido.
Cuando el vuelo 79 ha despegado, me he relajado por primera vez en quince años. Henry no me seguirá hasta Sídney. Jamás me encontrará.
Por fin soy libre.