La gente me decía que nunca encontraría una historia aún no contada de la Segunda Guerra Mundial como la de Pino Lella, el héroe y la base de mi novela histórica Bajo un cielo escarlata. Pero yo creía sinceramente que sí era posible, y por eso seguí estudiando con atención las docenas de cartas y relatos que continué recibiendo de personas que me daban a conocer más historias de ese periodo.
Todas, cada una a su manera, resultaban maravillosamente interesantes. Pero ninguna encajaba con mis criterios, que eran que la historia subyacente debía ser intrínsecamente conmovedora, inspiradora y potencialmente transformadora, tanto para mí como para los lectores.
Y entonces, en noviembre de 2017, recibí una invitación para dar una conferencia sobre Pino en el Rotary Club de mi ciudad natal, Bozeman, Montana. Terminada la sesión, me abordó un dentista jubilado para resumirme la historia que un conciudadano le había contado. Y aquella historia captó mi atención de inmediato.
Dos días más tarde, introduje en el GPS la dirección de aquel hombre y vi que estaba tan solo a unos tres kilómetros de casa. Me puse en marcha, y cuanto más me acercaba más raro me sentía, aunque no sabía por qué. No fue hasta que aparqué en el camino de acceso a la casa y salí del coche que me di cuenta de que estaba a apenas doscientos metros del lugar donde había oído hablar por primera vez, casi once años atrás, de la historia de Pino Lella. Una historia que cambió mi vida.
Y, cuando me acerqué a la puerta y llamé, mi vida volvió a cambiar.
A los quince minutos de estar escuchando los detalles de la historia de la familia Martel, mi interés se había acrecentado. Pasadas dos horas, tenía claro que había encontrado una historia que iba a ser una digna sucesora de la que había inspirado Bajo un cielo escarlata. Además, la había escuchado en el mismo barrio en el que oí hablar por primera vez de la historia de Pino. ¿Acaso no era una enorme casualidad?
A lo largo de los quince meses que siguieron a aquel primer encuentro, entrevisté a supervivientes de la historia e investigué y viajé hasta sus localizaciones más significativas, incluyendo entre ellas las ruinas de una granja abandonada en la Ucrania profunda y rural. Desde allí, rememoré el increíble y peligroso recorrido de una joven familia de refugiados que huyó hacia el oeste a bordo de un carromato tirado por dos caballos, y que a menudo se vio atrapada entre los ejércitos alemanes en retirada y el avance de las tropas soviéticas durante el último y caótico año de la Segunda Guerra Mundial.
Seguí la ruta de los Martel hasta las actuales Moldavia, Rumanía, Hungría, República Checa y Polonia, donde sus caminos se separaron: unos continuaron hacia el oeste, mientras que otros dieron media vuelta para volver hacia el este y recorrer mil ochocientos kilómetros hasta llegar a un letal campo de prisioneros de guerra soviético instalado entre los lúgubres escombros de la posguerra, cerca de la frontera de Ucrania con Bielorrusia.
En el transcurso de mi recorrido, entrevisté a participantes y testigos de la «larga caravana», así como a historiadores especializados en el Holocausto, cuestiones militares y refugiados, que me ayudaron a comprender el contexto en el que se desarrolló la historia de los Martel y el porqué. Escuché también los testimonios grabados de personas, fallecidas hace tiempo, en los que describían sus terribles experiencias, y me quedé sobrecogido ante el valor, la humanidad y la entereza que mostraron frente a desafíos y retos aparentemente infranqueables.
Y, a pesar de que tenía en mis manos toda esa información y creía comprender bien la situación, cuando me senté para empezar a escribir este libro me encontré con que la historia tenía vacíos que no quedaban explicados por completo por el limitado material en el que tenía que basarme.
Para cubrir esos vacíos, me vi obligado a recurrir a la intuición y a la imaginación a fin de conseguir que la historia cobrase vida con más intensidad. Lo que estás a punto de leer, pues, no es narrativa de no ficción, sino ficción histórica basada en una historia extraordinaria acontecida durante la Segunda Guerra Mundial y el periodo que la siguió.
En los momentos en los que doy por terminada esta novela, el mundo vive engullido en la crisis del siglo y la salida hacia adelante parece tan peligrosa y tan poco clara como debió de serlo para los Martel cuando emprendieron su viaje. Sueño con que su historia ofrezca consuelo y coraje a los atribulados y un entendimiento mejor de lo que la gente normal es capaz de soportar y conseguir incluso cuando todo parece perdido.
Finales de marzo de 1944
Gobernación rumana de Transnistria
Un viento helado alteraba la luz del amanecer. El sonido de las bombas retumbaba hacia el norte y hacia el este. El rugido de la guerra se acercaba a cada minuto que pasaba.
Adeline Martel, de veintiocho años de edad, emergió de la puerta de atrás de la cocina, envuelta en gruesas prendas de invierno y cargada con una caja repleta de utensilios, y fue directa hacia un carromato cubierto enganchado a dos caballos de tiro que estaba estacionado delante de su modesto hogar, en el remoto y minúsculo pueblo rural de Friedenstal.
Un maltrecho tanque Panzer alemán avanzó traqueteando por su lado, perturbando a los caballos. Camiones llenos de soldados alemanes heridos desfilaron después del tanque. Adeline siguió oyendo los gritos de torturado sufrimiento hasta mucho después de que hubieran pasado y vislumbró en el este la llegada de más camiones y carromatos tirados por caballos y mulas, perfilados por la luz del sol que nacía a sus espaldas.
—¡Mamá! —gritó su hijo menor, Wilhelm, que había salido corriendo por la puerta detrás de ella.
—Ahora no, Will —contestó Adeline.
Resoplaba después de alcanzar la parte posterior del voluminoso carromato de madera en forma de V, cubierto con lonas engrasadas colocadas sobre un marco también de madera para crear una capota protectora.
—Es que necesito saber si puedo llevarme esto —explicó el pequeño de cuatro años y medio de edad mostrándole a su madre una piedra, una de sus posesiones más preciadas.
—Mejor será que en vez de eso cojas tu gorro de lana —replicó Adeline.
Encontró espacio para la caja al lado de una segunda que contenía platos, tazas y bandejas para el horno y de una tercera en la que había vasijas con harina, levadura, sal, pimienta, manteca y otros productos esenciales para su supervivencia.
Emil apareció con paso apresurado por el otro lado de la casa, cargado con un barril de los que se utilizaban para almacenar cerveza con tapa.
—¿Cuánto hay? —preguntó Adeline.
—Ocho kilos de carne seca de cerdo. Y diez de carne seca de vaca.
—He dejado espacio aquí detrás.
Mientras Emil, el esposo de Adeline, de treinta y dos años de edad, cargaba con el pequeño barril hasta la parte trasera del carromato e intentaba asegurarlo contra la pared de madera, pasó otro tanque.
—Voy a bajar al sótano a buscar las cebollas y las patatas que he envuelto en sábanas —dijo Adeline.
—Y yo iré a llenar de agua el bidón más grande —comentó él, antes de que otra bomba estallara hacia el nordeste.
Waldemar, su hijo mayor, de seis años y medio, asomó por detrás de la casa tirando de una réplica en pequeño del carromato más grande, de aproximadamente un metro de largo, con paredes laterales y parte posterior idénticas y con los mismos ejes de madera y ruedas con el borde protegido con estaño claveteado.
—Buen chico, Walt —dijo Adeline, señalando la pequeña carreta—. La necesito. —Cogió el tirador y la hizo girar—. Venid conmigo. Y daos prisa. Necesito vuestra ayuda.
Los niños la siguieron hacia la despensa subterránea y la ayudaron a sacar de allí todas sus reservas de patatas, cebollas y remolachas. Las trasladaron a la pequeña carreta y se apresuraron de vuelta al carromato. En la carretera se veían cada vez más camiones y más magullados vehículos acorazados alemanes, además de docenas de carretas cubiertas y caballos, todos avanzando hacia el oeste, todos intentando huir del ejército de Iósif Stalin, que estaba atacando de nuevo.
El ambiente apestaba a excrementos de caballo, a gases de tubos de escape, a combustible derramado y a esfuerzo de seres humanos. El bullicio, el aire gélido que anunciaba tormenta, la mareante mezcla de olores y el nerviosismo de los caballos conspiraban para alterar aún más a Adeline mientras cargaba el resto del contenido de su despensa en sacos de arpillera y Emil sujetaba un bidón de caucho con agua a la parte lateral del carromato junto con el cubo del pozo.
Hacia el sur, a varios kilómetros de distancia, un avión de combate alemán rugía en el aire y escupía humo por sus motores.
—No me gusta nada ese ruido tan fuerte, mamá —dijo Walt.
—Por eso nos vamos —contestó Emil, cargando los sacos de arpillera en el carromato grande. Miró entonces a Adeline, enojado—. Deberíamos habernos levantado antes para marcharnos con mis padres.
—A las cuatro de la mañana no lo teníamos aún todo listo para irnos con tus padres y, como es habitual, tampoco es que ellos nos hayan esperado —replicó en tono cortante Adeline—. Y…
—¿Y qué?
Adeline observó el paso de otro tanque, se acercó un poco más a él y le dijo en voz baja:
—¿Estás seguro, Emil? ¿De lo de huir así con los nazis?
Emil respondió en un susurro.
—Podemos quedarnos aquí, si quieres, y esperar a que el oso que tan bien conocemos acabe matándonos, o violándote y matándome a mí y a los niños, o haciéndonos prisioneros a todos para mandarnos a Siberia. O podemos huir con los lobos, que nos protegerán hasta que logremos escapar por nuestra cuenta hacia el oeste. Escapar de la guerra. Escapar de todo.
Tres días antes, un oficial de la SS había llamado a su puerta y les había ofrecido protección si reunían rápidamente todas sus pertenencias para huir hacia el oeste. Después de aquella visita, habían pasado varias horas discutiendo sobre el tema. Adeline se quedó mirándolo, sin haber resuelto todavía el conflicto interno que le había provocado la decisión que habían tomado, pero con sus sentimientos hacia Emil inalterados: independientemente de su carácter malhumorado y reservado, no solo era un buen hombre, sino que además era un hombre de fiar, un luchador y un superviviente.
—De acuerdo —dijo—. Huiremos con los lobos.
—¿Y nuestro carrito? —preguntó Walt.
—Ya le encontraremos sitio —respondió Emil.
El desagradable viento soplaba a rachas. Una hoja marrón con bordes ondulados caída el otoño anterior se levantó de la hierba seca a la izquierda de Adeline, giró sobre sí misma, trazó un bucle en el aire y bailó por encima de los rastrojos y alrededor de ella y de los niños esbozando un curioso y titubeante dibujo hasta que la ráfaga pareció suspirar y la hoja aterrizó de nuevo con suavidad sobre el suelo. Le recordó a Adeline una noche, mucho tiempo atrás, en la que vio dinero aparecer con el viento, un único billete arrugado que había bailado ante sus ojos con el mismo estilo curioso que aquella hoja, como en respuesta a una oración desesperada y primigenia.
Adeline entró en la cocina una última vez, con la idea de que tanto la hoja como el recuerdo resultaban extrañamente perturbadores, tan agridulces como misteriosos, tan impresionantes como amedrentadores.
«Todos los grandes cambios de mi vida parecen arrastrados por el viento».
Al otro lado de la casa, Emil terminó de atar el carrito a la parte trasera del carromato grande.
—Que nadie se suba en él, ¿entendido? —dijo a sus hijos—. Si queréis luego salir por atrás, tendréis que esperar hasta que yo lo haya bajado.
Walt asintió, mientras que Will preguntó:
—¿Cuándo nos vamos, papá?
—En cuanto vuelva mamá —respondió Emil— y lleguen vuestra abuela y vuestra tía. Aprovechad mientras para ir a la letrina, si lo necesitáis.
Los dos niños echaron a correr hacia la parte trasera de la casa mientras los dos caballos castrados, Oden y Thor, bailaban nerviosos sin moverse de su lugar, espantados de nuevo por los tanques que circulaban tan cerca. Emil se vio obligado a sosegarlos y convencerlos de que no pasaba nada hasta que por fin se calmaron. Los caballos estaban bien cuidados y en buena forma, y acostumbrados a tirar de arados y cargar peso. Controlando la velocidad para manejar el incremento de carga en cuestas más empinadas, y salvo que sufrieran cojera o, peor aún, una fractura, Emil estaba seguro de que la pareja sería capaz de transportar a la familia entera muy lejos de allí.
Se detuvo un momento a contemplar la casa que había construido sin ayuda de nadie y reprimió el sentimiento de tristeza y remordimiento. Una casa no era más que una casa. Habría otras. Emil había aprendido por las malas a distanciarse de la idea de poseer nada por mucho tiempo. Pero no pudo evitar fijar la mirada en el tejado un instante y verse a sí mismo, dos años y medio antes, cargando en el carromato vigas y paneles de estaño para el tejado en una ciudad llamada Dubasari, a treinta kilómetros al oeste.
Desterró ese recuerdo y le dio la espalda a la casa y su tejado.
—Lo que Dios nos dio, Stalin se lo llevó —murmuró Emil, y se negó a prestar más atención a la casa que había construido. Tanto en su cabeza como en su corazón, la casa había quedado reducida a polvo por un derrumbe o a cenizas por un incendio.
«¡Bum, bum!». El fuego de la artillería había empezado en el norte. «¡Bum, bum!». Las explosiones no estaban aún tan cerca como para hacer temblar el suelo, pero los penachos de humo oscuro se dibujaban en el cielo hacia el nordeste, a nueve o diez kilómetros de distancia. Por primera vez, Emil vio con claridad lo que estaba realmente en juego en el viaje que se disponía a emprender con su familia, y la sensación le obligó a apoyarse, tambaleante y mareado, en la parte lateral del carromato. Se vio devuelto a un día de mediados de septiembre de 1941, cuando tuvo que sujetarse también a aquel carromato, atacado por una sensación implacable de náuseas, bajo el calor abrasador del mediodía y envuelto por el sonido del canto de las cigarras, y había empezado a vomitar el veneno que se había acumulado en su estómago. Había levantado la vista con rabia y agitado el puño hacia el cielo con tanta amargura que había empezado a vomitar de nuevo.
Evocando aquel día y aferrado aún al carromato, Emil se quedó casi sin aire al comprobar el dolor que todavía desgarraba su corazón. «Lo recuerdo. Lo que se siente cuando te arrancan el alma del pecho».
Adeline salió deprisa de la casa con unas cuantas cosas más. Los niños salían en aquel momento de la letrina.
—¿Nos vamos ya? —preguntó Will.
—Sí —respondió Adeline.
Dio la vuelta a la casa y encontró a Emil encorvado, sujetándose al carromato con una mano, respirando con dificultad y con los ojos cerrados, con sus facciones contorsionadas por el dolor y con la mano que tenía libre clavada en el pecho.
—¡Emil! —gritó, corriendo hacia él—. ¿Qué te pasa?
Su esposo se sorprendió, miró a Adeline, primero como si formara parte de una pesadilla y luego de un sueño más que bienvenido.
—Nada.
—Parecía que tuvieras un problema de corazón.
—Solo me ha dolido un segundo —explicó Emil, enderezándose y secándose el sudor que le empapaba la frente—. Pero estoy bien.
—No estás bien —dijo ella—. Estás blanco como la nieve, Emil.
—Ya se me está pasando. Estoy bien, Adella.
—¡Mamá, ya llegan Oma y Malia! —gritó Will.
Adeline dejó de preocuparse por unos instantes de su marido en cuanto vio a su madre a las riendas de un carromato tirado por dos ponis viejos que progresaba a un ritmo regular entre la heterogénea caravana de refugiados y soldados vencidos que avanzaba rumbo al oeste.
El rostro de Lydia Losing parecía más duro y enjuto de lo habitual, pero la mujer, de cincuenta y cuatro años de edad, vestía igual a como lo había hecho durante los últimos quince años: con los grises oscuros y el negro de una viuda. Fiel a su costumbre, Lydia estaba sermoneando a la hermana de Adeline, de treinta y cinco años, que permanecía ligeramente inclinada a cierta distancia de su madre moviendo la cabeza en gestos de asentimiento y sonriendo sin más comentarios, una escena habitual entre las dos. Malia había recibido la patada de una mula cuando contaba quince años de edad, lo que la había dejado como una niña en ciertos aspectos y más lista que los demás en otros. Cuando vio a Adeline, le guiñó el ojo.
Empezó una nueva descarga de bombas, esta vez lo bastante próxima como para hacer temblar el suelo bajo sus pies. Cuatro cazas alemanes rasgaron el cielo, seguidos muy de cerca por seis aviones soviéticos. Las ametralladoras abrieron fuego contra ellos.
—¡Guau! —exclamó Will, extasiado.
—¡Mamá! —gritó Walt, agarrando a Adeline por la cintura.
—¡Todo el mundo a bordo! —gritó Emil, y corrió a desatar los caballos del árbol.
Cuando estuvo instalado en el asiento con las riendas en las manos y hubo comprobado que Adeline se encontraba a su lado y los niños se sentaban tras él bajo la capota, le dijo a su suegra alzando la voz para hacerse oír:
—¡Intentemos alejarnos todo lo posible de las batallas hoy mismo!
—¡Iremos todo lo lejos que mis ponis puedan llevarnos! —respondió Lydia.
Emil soltó la sencilla palanca de freno del carromato y chasqueó la lengua para poner en marcha a los caballos, que empezaron a tirar de la carga. El carromato rodó lentamente al principio, pero pronto cobró velocidad suficiente como para incorporarse a un hueco abierto entre otros carromatos y grupos de refugiados a pie que desfilaban por el lateral con todas sus pertenencias en sacos de arpillera y que miraban con envidia a los Martel cuando los adelantaban.
Al llegar al extremo oeste del pueblo, pasaron por delante de la vieja casa de los padres de Emil, la casa de su infancia. La puerta de entrada estaba abierta. En el patio no quedaba nada que mereciera la pena conservar.
Emil cerró el paso a cualquier recuerdo de su infancia o de su vida más reciente en Friedenstal. Eso había acabado. La persona a la que le había sucedido todo aquello ya no existía. Por lo que a él se refería, esa vida fracturada había quedado reducida a escombros.
Sentada a su lado, Adeline observó los patios de las casas a medida que pasaban por delante, viendo los fantasmas de relaciones del pasado, de niños jugando y de padres cantando durante la cosecha, toda una forma de vida unida a las estaciones del año, celebrando la llegada de cada una de ellas.
Recordó épocas más felices: 1922, cuando contaba siete años de edad y brincaba a bordo de un carromato igual que aquel. Adeline se había sentado detrás, junto a las cestas de comida que su madre había preparado para llevar a los hombres que estaban segando el trigo en los campos. Era casi octubre, pero el ambiente seguía siendo caluroso y olía a todo lo que ella adoraba en la vida. Le había llevado una cesta a su padre, el jefe de la cosecha, que estaba en aquel momento trabajando con una aventadora mecánica.
Karl Losing sentía debilidad por su hija menor y había sonreído al ver que era ella quien le llevaba la comida aquel día. Se habían sentado los dos a la sombra de la aventadora, contemplando los campos dorados por el cereal, y habían comido pan tierno con salchichón y bebido té frío.
Recordaba sentirse completamente a salvo y totalmente enamorada de su entorno.
«¿Viviremos siempre aquí, papa?», había preguntado la pequeña Adeline.
«Para siempre jamás —había respondido su padre—. A menos, claro está, que esos bolcheviques apestosos se salgan con la suya y nos veamos arrojados al viento y a los lobos».
En el carromato, llegando ya a los confines de Friedenstal unos veintidós años más tarde, Adeline recordó perfectamente cómo le habían afectado las palabras de su padre. Durante un tiempo, había andado siempre mirando hacia un lado y hacia otro por miedo a que los lobos salieran del bosque y le dieran caza.
Y ahora, dejando atrás el pueblo, poniendo rumbo hacia el oeste bajo la luz del sol naciente y con los disparos de los cañones rugiendo aún a sus espaldas, pasando de largo campos de cultivo a la espera de ser arados, árboles en flor y pájaros cantando posados en los riscos, abandonando sueños destruidos, enterrados por la realidad de la hambruna y la guerra, Adeline no pudo evitar sentirse igual.
Más cazas alemanes surcaron el cielo, en dirección a las líneas de batalla.
—¿Adónde vamos, papá? —preguntó Walt, con tono preocupado.
—Hacia el oeste —respondió Emil—. Lo máximo que podamos llegar en dirección oeste. Al otro lado del océano, quizá; no lo sé.
—¿Al otro lado del océano? —repitió Adeline, sorprendida y algo asustada por esa idea.
—¿Por qué no? —dijo su marido, mirándola de reojo.
Adeline replicó con lo primero que se le pasó por la cabeza.
—No sabemos nadar.
—Aprenderemos.
Y entonces preguntó Will:
—¿Y por qué vamos hacia el oeste?
—Porque allí la vida será mejor —contestó Emil.
Entre el ajetreo de carros, carretas, tanques y camiones que los seguía, se oyó el fuerte relincho de un caballo. La gente empezó a gritar y a chillar. Walt gateó para mirar hacia atrás.
—Un camión de la Wehrmacht ha chocado contra un carromato, un poco por detrás del de Oma —anunció—. Y han herido a un caballo. Veo que han volcado y el caballo debe de haberse roto la pata y no puede levantarse.
Emil chasqueó para que Oden y Thor aceleraran el paso y cubrieran el vacío que los estaba separando del carromato de delante.
Will seguía inquieto. Saltó a la falda de su madre, se acurrucó contra su pecho y dijo:
—Cuéntame cómo será, mamá.
—¿El qué? —preguntó Adeline, abrazándolo y acunándolo.
—El oeste. ¿Cómo será?
Adeline acarició la cara de su hijo, miró a Will a los ojos, sonrió y respondió:
—Vamos a ir a un precioso valle verde rodeado de montañas y bosques. Y con picos cubiertos de nieve. Y por abajo serpenteará un río y habrá campos llenos de trigo para poder hacer pan y huertos con verduras para alimentarnos, y papá nos construirá una casa donde viviremos todos juntos para siempre jamás y nunca nos separaremos.
La explicación pareció tranquilizar a Will. El pequeño se relajó.
—Me parece que habrá niños para jugar —comentó.
Adeline sonrió al ver su expresión, tan inocente y esperanzada que le llenó el corazón. Le hizo cosquillas y señaló:
—Me imagino que habrá muchos niños para jugar y mucho trabajo que hacer, también. Pero seremos felices y tu hermano y tú podréis hacer realidad los deseos de vuestro corazón.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que seréis quienes queráis ser, no quienes os digan que tenéis que ser —intervino Emil.
—Yo seré como tú, papá —aseguró Will, y sus ojos acabaron cerrándose.
Adeline miró de reojo a su esposo, que sonrió, y luego miró por encima del hombro a Walt, que se había tumbado y estaba medio dormido.
Miró de nuevo a Emil, cuya sonrisa se había transformado en una expresión dolorida.
—¿Seguro que estás bien?
Emil eructó.
—Ya está, todo solucionado. Seguro que esto era lo que me estaba causando malestar.
Pasados unos momentos, Adeline dijo en voz baja:
—Lo encontraremos, ¿verdad, Emil? ¿Un valle al que podamos llamar hogar? ¿Un lugar del que nunca tengamos que huir?
El rostro de Emil se tensó aún más. No la miró cuando se encogió de hombros y repuso:
—Alguien me aseguró en una ocasión que, si rezas continuamente por algo, acabas consiguiéndolo algún día.
—La que te dijo eso fui yo —observó Adeline, sonriendo—. Y a mí me lo dijo la señora Kantor.
—Lo sé.
—Es la gracia de Dios, Emil. Dios responde a nuestras oraciones. Sigues creyendo en la gracia de Dios, ¿verdad?
—Adeline, con lo que tanto tú como yo hemos visto con nuestros propios ojos hay días en los que no sé si Dios nos escucha, y mucho menos que vaya a respondernos. Pero voy a decirte una cosa en la que sí creo.
—¿En qué crees?
—En que, independientemente de dónde acabemos, será mucho mejor que el infierno en el que hemos estado viviendo.
La caravana coronó una colina, alcanzó una altiplanicie y viró hacia el norte, dándole a Adeline la oportunidad de contemplar por última vez el escenario de la vida que acababan de abandonar. El viento frío se había vuelto tempestuoso. Se oyeron de nuevo cañones y las columnas de humo siguieron alzándose en las montañas, más allá del pueblo.
—Tienes razón —convino—. Cualquier lugar será mejor que eso.
Noviembre de 1929
Schoenfeld, Ucrania
La bombilla parpadeó y se apagó. Pero Adeline Losing, de catorce años de edad, ya había anticipado el corte de luz que sufriría su pequeña escuela. Y por ello había encendido con antelación la lámpara de queroseno que había sobre el fregadero de la cocina escolar, donde trabajaba una vez terminadas las clases.
Mientras fregaba la última cacerola del día, Adeline sintió hambre, algo de lo más normal en aquellos tiempos. Cuando miró la bolsa con mondas de patatas recién peladas que había dejado sobre la encimera y se preguntó cómo las cocinaría su madre, la sensación de hambre se volvió más acuciante y se apresuró a secar la cacerola para guardarla en la estantería.
«Dos horas —pensó Adeline mientras se secaba las manos—. Dos horas de mi vida a cambio de unos pocos rublos y un kilo de mondas de patata. ¿Merece la pena?».
Pero, en cuanto se formuló la pregunta, se obligó a abandonar aquella línea de pensamiento. Bajo el gobierno de Iósif Stalin, cuestionarte el trabajo que llevabas a cabo y lo que recibías a cambio podía causarte problemas si lo expresabas en voz alta. Incluso pensar demasiado en el tema podía provocar que se te escapase alguna palabra al respecto por accidente. ¿Y qué sería entonces de ella?
«Se vería arrojada al viento y a los lobos», como decía su padre. Eso le sucedería. Se vería arrojada al viento y a los lobos en algún lugar remoto y gélido.
Adeline se puso su grueso abrigo de lana, un regalo de una tía fallecida, y se dijo: «A mí eso no me pasará. Buscaré un lugar mejor donde vivir mi vida».
Se emocionó al pensar en un lugar mejor. Un lugar donde ella y su familia pudieran llevar una vida mejor que la existencia injusta y cruel que les había tocado. Sabía poca cosa acerca de aquella vida futura, pero la simple idea de que fuera «mejor» le hizo sonreír y no sentirse tan cansada como en realidad estaba.
Adeline se envolvió la cabeza en una bufanda de lana, cogió la lámpara y las bolsas y se dirigió a la puerta de la cocina. La abrió y emergió a la noche fría y oscura. Temblando, cerró la puerta con llave, levantó la lámpara para tener más luz y echó a andar en dirección oeste, hacia su casa, en el otro extremo de la ciudad.
«Date prisa —pensó, y aceleró el paso—. Es lo que dice siempre papá. Si quieres conseguir cosas, date prisa. Si quieres que las cosas se hagan realidad, date prisa».
Jamás había conocido a nadie que se diera más prisa que su padre. Estaba en pie antes que todo el mundo, era el último en meterse en la cama y permanecía en movimiento constante en todos los minutos que transcurrían entre una cosa y la otra.
Adeline anduvo con un ritmo regular y rápido por las calles desiertas de una colonia agrícola fundada cuatro o cinco generaciones atrás, durante el reinado de Catalina la Grande. A finales del siglo XVIII, las tierras de cultivo ucranianas destacaban entre las más fructíferas del mundo y contaban con una tierra rica y oscura capaz de proporcionar cosechas extraordinarias siempre y cuando fuera debidamente sembrada y atendida.
Los campesinos que vivían allí en aquella época, sin embargo, eran agricultores pobres, y por ello la emperatriz aprobó la inmigración de miles de familias alemanas. Y aquella población de etnia germana, o Volksdeutsche, recibió tierras y quedó exenta de impuestos durante décadas a cambio de aportar sus habilidades agrícolas y el rendimiento de sus cosechas. Llegaron en oleadas, establecieron granjas, prosperaron en aquel exilio autoimpuesto en Ucrania y proporcionaron trigo a la Madre Rusia durante más de un siglo.
Los Volksdeutsche, y muy en especial los conocidos como «alemanes del mar Negro», que vivían en Odesa y Kiev, nunca asimilaron por completo la cultura rusa. Construyeron casas, ciudades y pueblos, como Schoenfeld, a imagen y semejanza de los que habían dejado atrás en Alemania, erigieron iglesias para perpetuar su fe luterana y escuelas donde educar a sus hijos y conservar con vida su idioma nativo.
Con el paso de las generaciones, los alemanes del mar Negro acabaron aislados de Alemania y de su cultura, desconectados casi por completo de sus raíces. En términos generales, la vida sonreía a los alemanes del mar Negro y al millón aproximado de Volksdeutsche que vivían repartidos por toda Ucrania en 1917. Antes de la Revolución bolchevique, Schoenfeld era una próspera colonia de alemanes del mar Negro que producía con regularidad excelentes cosechas capaces de alimentar tanto a su población como a toda Rusia.
Pero aquello se había acabado.
En aquel momento, mientras la joven Adeline recorría a paso ligero la ciudad, la mayoría de las antiguas familias habían desaparecido de la colonia, expulsadas de sus casas y sus tierras, para ser sustituidas por gente de la ciudad que no sabía nada de agricultura. Ese era el principal motivo por el que los soviéticos habían decidido permitir que la familia de Adeline permaneciera en su hogar ancestral: su padre era el único que quedaba allí capaz de gestionar lo necesario para obtener una buena cosecha de cereal. Sin él, los idiotas de la ciudad estarían condenados a una cosecha fracasada tras otra y todo el mundo se moriría de hambre.
«Pero nosotros estamos a salvo —se dijo Adeline mientras seguía cruzando la ciudad—. Lo dijo mamá. Necesitan a papá y por eso, por el momento, estamos a salvo. Y deberíamos tener comida suficiente para pasar el invierno».
Adeline se paró y levantó un poco más la lámpara al ver una forma delante de ella, oscura e inmóvil tumbada en la hierba crecida y seca. Avanzó un paso con cautela, luego otro. Sujetando con fuerza la lámpara, dio un tercer paso y, acto seguido, se quedó paralizada.
El perro, un callejero de gran tamaño, había sido asesinado. Le habían cortado el cuello y lo habían dejado morir rodeado por un charco de su propia sangre. La sangre estaba húmeda, no se había coagulado aún. Brillaba bajo la luz de la lámpara, un detalle que la asustó más todavía. Alguien acababa de matar a aquel animal.
Adeline movió la lámpara para mirar a su alrededor y no vio nada excepto el pálido haz de luz que la envolvía y las sombras y la oscuridad más allá de ella. Ningún movimiento. Ningún sonido excepto el del latido de su corazón retumbándole en los oídos y el de su propia voz en la cabeza.
«¡Díselo a papá!».
Echó a correr, desplazando la lámpara hacia un lado para alumbrar un establo que había pertenecido a un amigo de su padre y que estaba en el callejón, antes de la última esquina que tenía que doblar para llegar a casa.
Vio el segundo perro muerto instantes más tarde, un terrier pequeño, con la garganta cortada y arrojado a una zanja. Adeline conocía aquel perro, un chucho muy simpático, y le entraron ganas de llorar. Se había cruzado con él justo aquella mañana, de camino a la escuela.
«¡Han matado dos!».
Aterrada, siguió corriendo más rápido, luchando contra ideas tenebrosas que se alimentaban entre ellas hasta que su cabeza quedó inundada por completo por la imagen del asesinato de los dos perros. Llegó por fin a la verja de su casa, un bello edificio de madera que había construido su bisabuelo hacía casi un siglo siguiendo un modesto estilo bávaro, con tejado voladizo de tablillas de madera, dos gabletes y una cenefa roja recorriendo los sofitos. Abrió la puerta con un golpe de rodilla, entró rápidamente y cerró con un taconazo.
—Apaga esa lámpara —dijo su padre desde la mesa donde estaba reparando un arnés de cuero para sus caballos de tiro iluminado con dos lámparas que colgaban de las vigas y el fuego de la chimenea a sus espaldas.
—Papá, he…
—Apaga esa lámpara, niña —repitió Karl Losing—. El combustible anda escaso últimamente.
—Haz caso a tu padre —intervino su madre, Lydia, hablando desde la cocina, por detrás de él—. ¿Y dónde están esas mondas de patata? Llevo un montón de tiempo esperándote.
Adeline engulló su frustración y sopló para apagar la lámpara en el momento en que su hermano menor, Wilhelm, de once años, entraba por la puerta de atrás cargado con leña para el fuego. Adeline colgó la lámpara del gancho que había junto a la entrada, se despojó del abrigo y de la bufanda y pasó corriendo por delante de su padre y su hermano para llevar las mondas de patata a la cocina, donde Lydia acababa de sacar una barra de pan del horno de leña.
—Mondas de patata —anunció, dejando la bolsa—. Un kilo. Lo he pesado.
—¿Has acabado ya con las cebollas para acompañarlas, Malia? —preguntó su madre, dejando la bandeja del pan sobre los fogones para que se enfriase.
—Si hubiera acabado, serías la primera en saberlo, madre —contestó Amalia, la hermana mayor de Adeline, empleando su curiosa cadencia. Estaba de espaldas a ellas, picando cebollas, lenta pero segura.
—Pon la mesa, Adella —indicó su madre—. Y llena la jarra con agua del pozo.
—Antes tengo que contarle una cosa a papá, mamá.
—Haz lo que te digo.
Adeline sabía que era imposible razonar con su madre en cuanto daba una orden, de modo que cogió la jarra y salió en dirección a la bomba del pozo del patio trasero. La temperatura estaba cayendo y, cuando volvió a entrar en la casa y depositó la jarra en la mesa, le escocían las manos. Puso cucharas para cinco en la mesa y se volvió un momento hacia su padre, que seguía con su arnés y estaba totalmente concentrado en su trabajo. Cuando hubo puesto también tazas y cuencos, Adeline se plantó delante de él.
—Papá —dijo.
—¿No puedes esperar a la hora de la cena, niña? —preguntó su padre, sin ni siquiera levantar la vista para mirarla.
—¿Es que no ves que tu padre está ocupado? —gritó su madre.
Adeline, sintiéndose invisible y sin voz, se desmoronó por dentro. Rompió a llorar.
—¡Papá, por favor! ¡Tienes que escucharme!
Su padre retiró por fin su atención del cuero, sorprendido ante la reacción de su hija.
—¿Qué ocurre? ¿A qué vienen estas lágrimas? ¿Qué te ha pasado que te ha puesto tan triste?
—Cuando volvía a casa de la escuela —balbuceó Adeline—, he visto dos perros muertos. Los habían degollado. La sangre estaba fresca.
La cara de su padre cambió de golpe. Dejó el arnés en la mesa y dijo con dulzura:
—Cálmate, Adella, y cuéntame dónde los has visto.
El llanto de Adeline se fue apagando. Se secó las lágrimas con la manga deshilachada del jersey.
—¿Muy lejos de aquí? —preguntó su padre.
—El segundo estaba a unos trescientos metros de casa —respondió Adeline—. Quizá menos.
Su padre bajó la vista hacia sus manos curtidas. A Adeline siempre le había parecido un hombre exuberante y lleno de vida, pero de repente parecía haberse encogido, estar menos seguro de sí mismo.
Su padre miró a su esposa, que se había quedado en el umbral de la puerta de la cocina y tiraba con nerviosismo de la tela del delantal.
—Eso iba para otro, Karl —dijo—. Para alguno de esos recién llegados estúpidos que hablan por los codos.
El padre de Adeline tragó saliva e hizo un gesto de asentimiento.
—Recemos para que así sea.
Adeline no pudo contenerse. Rodeó la mesa y abrazó a su padre. Él no dijo nada; se limitó a frotarle el brazo con energía un instante antes de volver a hablar.
—Tengo que acabar esto antes de cenar, niña. Ve a ayudar a tu madre.
Adeline le dio un beso en la mejilla y se apartó. Su padre sonrió y le acarició la cara antes de retomar su trabajo con el arnés, armado con el punzón y la cuerda de cuero.
Adeline volvió a la cocina, donde su madre estaba ya removiendo las cebollas y las mondas de patata en una sartén de hierro fundido.
—Mamá —dijo.
—Eso iba destinado a uno de esos estúpidos —declaró su madre.
—¿El qué? —preguntó Malia.
Adeline se dispuso a responderle, pero su madre rápidamente la miró por encima del hombro e hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Nada, cariño —contestó Adeline.
—No voy a llorar, que lo sepas —aseguró Malia.
—Lo sé.
—Estoy mejor que nunca.
—Lo estás —confirmó su madre—. Mejor de lo que nunca habríamos imaginado.
—Gracias, mamá —repuso Malia, y perdió aparentemente el hilo de sus pensamientos—. ¿Y ahora qué hago?
—Sentarte, cariño —respondió Adeline—. Vamos a cenar.
—Oh —dijo su hermana, con su rostro iluminándose—. Eso me gusta.
Aparte de Malia y Wilhelm, el estado de ánimo de los sentados a la mesa era sombrío. Adeline y sus padres temían lo que pudieran significar aquellos perros muertos.
En Schoenfeld no andaba ningún loco suelto con sed de sangre canina. El OGPU, la policía secreta de Stalin, era famoso por asesinar perros para que sus ladridos no delataran a los oficiales cuando acudieran en busca de prisioneros políticos durante la noche.
Hubo un momento durante la cena en el que Adeline se quedó sorprendida al ver que la mano con la que su padre sujetaba la cuchara empezaba a temblar y la comida caía de nuevo al cuenco.
Su madre descansó la mano en el brazo de su padre.
—Llevas seis años ofreciéndoles la mejor cosecha que podrían esperar, Karl. El cereal escasea en cualquier otra parte. No pueden prescindir de ti.
Su padre no se quedó muy convencido.
—No quieren que lo hagamos bien, ¿no te has enterado?
Se quedó mirando la mesa un instante y entonces la aporreó con el puño.
—Primero los comunistas mataron a toda la gente inteligente que hacía que las cosas funcionaran en las ciudades. ¡Y ahora pretenden que hacer bien cualquier cosa sea un crimen condenable! ¿Qué le ha pasado al mundo? ¿Cómo es posible que hayamos acabado viviendo en un manicomio?
Miró a su esposa, a sus hijas y a su hijo, que estaban atónitos y casi se encogían de miedo. Normalmente, Karl Losing era un hombre callado, de buen carácter, incluso afable. Pero en aquel momento tenía los hombros caídos, y su voz sonó envuelta en rabia y desesperación cuando añadió:
—Si no cultivas trigo, la gente se muere de hambre. Si cultivas demasiado y das de comer a muchos, te conviertes en un enemigo del pueblo. ¿Cómo es posible que esto sea correcto?
—No es correcto —dijo Adeline.
—En absoluto —corroboró Malia, sorprendiendo a todos los presentes—. Si trabajas duro, papá, si te apresuras para sacar tu trabajo adelante, estás haciendo lo correcto porque Dios recompensa el esfuerzo.
Los ojos de su padre se humedecieron cuando miró con impotencia a su lastimada hija mayor.
—Sí, cariño, pero eso era cuando la vida tenía sentido. Ahora no hay más que locura.
Llegaron a las tres de la madrugada siguiente, golpeando la puerta con puñetazos y porras y despertando a la familia entera. Lydia empezó a llorar casi de inmediato, igual que su hija mayor.
—¿Qué pasa? —preguntó adormilado el hermano pequeño de Adeline desde la cama nido por debajo de ella.
—Calla —contestó Adeline—. Voy a ver.
A oscuras, Adeline saltó de la cama.
—¿Papá? —dijo Adeline cuando llegó al pequeño rellano de la planta de arriba y vio la silueta de su padre bajando la empinada escalera con una lámpara.
—Quédate aquí, hija —susurró su padre girando la cabeza hacia ella—. No pasa nada.
Pero Adeline no pudo contenerse y lo siguió. Bajó dos escalones, miró hacia abajo a la derecha y vio a su padre frente a la puerta, temblando.
—¡Abrid! —gritó una voz en ruso.
El padre de Adeline inclinó la cabeza, dejó la lámpara en el estante y retiró la barra de seguridad. En la noche se dibujó la silueta de una porra, que golpeó al padre de Adeline en el bajo vientre. Se dobló sobre sí mismo, se tambaleó y cayó al suelo.
—¡Papá! —gritó Adeline.
Retorciéndose de dolor, el padre de Adeline trató de incorporarse. Irrumpieron en la casa dos gigantes con abrigos largos y oscuros.
—Soy el comisario Karpo, del OGPU —dijo un tercer hombre que apareció tras ellos, más bajo y más mayor—. Camarada Losing, se te acusa de ser un kulak.
—¿Te refieres a alguien que sabe lo que se hace? —replicó el padre de Adeline, jadeando.
Uno de los gigantones le arreó un puntapié.
—No, camarada —repuso el comisario—. Me refiero a alguien que roba al pueblo y al Estado.
—Yo no he robado nada —aseguró el padre de Adeline—. Os he dado una buena cosecha.
El comisario Karpo miró a sus hombres.
—Registradlo todo. Y detrás de la casa también.
—¿Qué estáis buscando?
—Lo sabremos cuando lo encontremos.
Lydia, Malia y Wilhelm se apiñaron en la escalera detrás de Adeline, aterrados al ver que los hombres de la policía secreta esposaban a Karl y lo dejaban tirado en el suelo mientras los dos gorilas empezaban a destripar la planta baja de la casa. Cuando llevaban cerca de diez minutos de registro, uno de ellos reapareció cargado con un saco grande de trigo.
—Lo he encontrado en un cubo de basura del cobertizo —informó.
El comisario sonrió.
—¿Y dices que no robas nada, camarada Losing?
—Cualquier hombre tiene derecho a guardar una cantidad adicional para su familia a cambio de tanto trabajo duro.
—¿De dónde has sacado tú esa idea?
Lydia se abrió paso entre sus hijos y bajó llorando la escalera.
—No lo matéis, por favor.
—¿Matarlo? —repuso el comisario, con sorna—. No, tu marido marchará a trabajar a un lugar donde aprenderá a tener en cuenta a sus compañeros. A Siberia.
Le dieron una hora para recoger sus prendas más calientes. Le permitieron abrazar a su esposa y a todos sus hijos antes de escoltarlo hacia la puerta.
Lydia siguió llorando.
—¿Cuánto tiempo estará ausente?
—Esa decisión no es de mi incumbencia —declaró el comisario Karpo.
—¿Y qué pasará con nosotros?
—Lo mismo que con todos los kulaks —respondió el comisario, dándole la espalda.
—¡Volveré! —gritó el padre de Adeline, mientras lo arrastraban fuera para desaparecer en la noche—. ¡Os prometo a todos que volveré!
Finales de marzo de 1944
Veinticinco kilómetros al este de la frontera
entre Transnistria y Moldavia
A bordo del carromato de los Martel, mientras seguían a otro carromato y centenares más por delante de ellos, entremezclados con el caos controlado de la retirada de los ejércitos alemanes, Adeline recordó como si fuese ayer aquella noche terrible y la imagen de su padre fundiéndose en la oscuridad.
«¡Os prometo a todos que volveré!».
Habían pasado casi quince años de espera desde aquella noche. Adeline recordaba aún el dolor de la pérdida marcado con crudeza en el rostro de su madre durante los días y las semanas posteriores a la desaparición de su esposo, una herida que se había ido volviendo más profunda con cada año que pasaban sin noticias de él, intentando mantener viva la esperanza.
Adeline miró hacia atrás y vio a sus hijos adormilados, con mantas envolviéndoles los hombros y las piernas. Aunque el viento soplaba con fuerza, se incorporó en el banco, al lado de Emil, mientras los caballos seguían galopando por la carretera. Miró por encima de la capota de lona y vio a su hermana mayor sentada junto a su madre en su carromato, con la cabeza bien alta, volviéndose hacia un lado y hacia el otro, capturándolo todo con la mirada, aparentemente fascinada por la novedad del paisaje y el convoy en cambio constante.
Pero la actitud de la madre de Adeline era muy distinta. Lydia estaba encogida detrás de las riendas, como si sus hombros llevaran encima una carga de plomo, y tenía la mirada fija en sus ponis, extraviada en años de oraciones sin respuesta. Nunca había dejado de creer que Karl volvería a casa. Cuando en 1930 fueron finalmente expulsados de su hogar familiar, insistió en escribirle una carta a su esposo para comunicarle su nuevo domicilio y el porqué del cambio. Depositó la carta detrás de una piedra suelta de la pared del sótano, el lugar que él siempre utilizaba para guardar en secreto sus posesiones más valiosas.
Recordando los años de penurias, trabajo duro y soledad que su madre había soportado después de que se llevaran a su padre y después de haberse visto en la calle, a Adeline se le encogió el corazón de tristeza. ¿Y Wilhelm, su hermano menor? Nadie tenía ni idea de qué había sido de él después de que los alemanes lo reclutaran para ir a la guerra, hacía ya tres años. Y lo mismo había pasado con Reinhold, el hermano mayor de Emil. Reclutado para la Wehrmacht, alejado a la fuerza de su familia, Reinhold había sido enviado al oeste para defender París y nunca habían vuelto a tener noticias suyas.
Adeline miró por detrás del carromato de su madre y vio seis o siete vehículos más, conducidos todos por mujeres, todas ellas con los mismos hombros encorvados y la misma expresión de firmeza, todas ellas viudas de Stalin. Su madre no era la única que aquel día dejaba atrás todo lo que más quería. Sí, el viaje hacia el oeste bajo la protección de los nazis era un nuevo principio tanto para Lydia como para todas las mujeres que viajaban solas en la caravana. Pero constituía también el final de sus esperanzas, el final del sueño de ver algún día a sus esposos regresar a casa.
«¿Cómo vivir con esto? —se preguntó con tristeza Adeline—. ¿Cómo sobrevivir?».
—Adeline —dijo Emil, dándole unos golpecitos en la pierna—, prepara a los niños. Se avecina tormenta. Nos va a caer encima.
Adeline miró hacia el norte y vio que los nubarrones se acercaban a toda velocidad. Despertó a los niños y les ayudó a ponerse los pantalones de peto, gruesos y remendados, sus chaquetas y sus gorros de lana, antes de ponerse también ella unas medias de lana bajo el vestido y cubrirse con un jersey de lana, además del abrigo. Le cogió las riendas a Emil para que también pudiera cambiarse. Justo acababa de ponerse él la última prenda de lana cuando Adeline notó el roce del primer copo de nieve en la mejilla.
Emil volvió a tomar las riendas cuando las ráfagas de viento empezaron a llegar acompañadas por copos gruesos que se adhirieron a los flancos y las cruces de los caballos y los fueron cubriendo. Le dijo a Adeline que corriera a protegerse bajo la capota de lona con los niños.
Un kilómetro más adelante, la nieve se transformó en tupidas cortinas de blanco que avanzaban en espiral desde el noroeste y los azotaban de costado. Los caballos volvieron la cabeza en dirección contraria al viento, lo que, junto con las condiciones climatológicas cada vez más traicioneras, dificultaba la labor de dominarlos y mantener el carromato en el camino. La nieve caía oblicua y cada vez con más fuerza, aguijoneando los ojos y las mejillas de Emil. Con cada ráfaga, el carromato crujía y rezongaba y la capota se tensaba y rechinaba por encima de la estructura curva de madera.
Emil volvió la cabeza hacia su familia.
—Quiero que os coloquéis todos en el lado derecho, contra el viento, para no volcar. Y asegura los nudos que sujetan la lona al marco, Adella.
Mientras Adeline instalaba a los niños en el lado derecho del vehículo y verificaba los nudos, Emil se cubrió cuello, nariz y boca con la bufanda y se bajó la gorra hasta los ojos. Pero la nevada se había transformado en un temporal estremecedor. La nieve le aporreaba, logró encontrar el camino más allá del cuello del abrigo y empezó a deslizarse por su espalda. Le golpeó los nudillos a través de los guantes y le carcomió el lado derecho de la cara hasta que la piel le quedó al rojo vivo y después entumecida.
Los caballos avanzaban con dificultad, con la cabeza gacha y vuelta hacia la izquierda, dejando lomos y flancos derechos expuestos a un viento que era cada vez más gélido y más racheado. Comprendiendo el riesgo que corrían los animales, Emil se detuvo en un lado del camino y le indicó con un gesto a su suegra que siguiera su ejemplo. Los demás carromatos empezaron a adelantarlo.
Adeline y los niños estaban acurrucados en el lado derecho del carromato, protegidos bajo las mantas. Ella tenía la espalda apoyada en el lateral del vehículo, que se sacudía ahora con violencia. Miró asustada a su esposo.
—¿Aguantará, Emil?
—No lo sé —reconoció él, bajando del carromato para remover el contenido de una caja y localizar unas anteojeras de cuero para los caballos.
Protegiéndose los ojos de la nieve con el antebrazo, se aproximó a Oden y Thor. Consiguió sujetar las anteojeras a los ronzales para de este modo proteger los ojos de los caballos de la brutalidad del viento lateral. Se dirigió a continuación al carromato de Lydia, localizó las anteojeras de los ponis y se los colocó. Observó entonces el camino y vio un hueco en la caravana.
Emil subió de nuevo a bordo del carromato, cogió las riendas y atizó con ellas los lomos de los caballos. El carromato patinó unos metros en la nieve, pero se enderezó y empezó a avanzar. Las anteojeras funcionaban. Ambos caballos cabalgaban ahora con la cabeza más erecta y las orejas erguidas y en alerta. Emil miró un instante hacia el frente y agachó la cabeza, volviéndola hacia la izquierda para absorber el embate del viento con el hombro y el costado derecho de su cuerpo.
Siguió así, echando vistazos rápidos hacia el camino nevado, viendo de refilón el carromato que avanzaba más de treinta metros por delante del suyo y atisbando poca cosa más, ni por delante ni por los lados. Todo se había quedado blanco, como envuelto en una nube. Emil intuía que estaban avanzando por un paisaje despejado de campos de cultivo, con poca cosa capaz de bloquear o ralentizar el viento. En el bosque o en terreno abrupto habrían detenido el avance y habrían aconsejado a todo el mundo cobijarse en el fondo de una cañada o un barranco.
Una ráfaga impresionante aulló contra ellos e impactó de costado contra el carromato de los Martel. Se levantaron sobre dos ruedas y aterrizaron de nuevo en el suelo. Los niños y Adeline gritaron.
Thor y Oden sintieron la sacudida, oyeron los gritos y clavaron los cascos en el suelo, dando pasos cortos y agitados a tal ritmo que la parte posterior del carromato se balanceó sobre la nieve. Emil estuvo a punto de salir disparado y no pudo evitar soltar las riendas. Thor y Oden agacharon la cabeza para protegerse de la tormenta de nieve y, antes de que Emil pudiera impedirlo, viraron hacia la derecha, saliéndose del camino y cobrando velocidad por un terreno totalmente bacheado.
A pesar de que la nieve y el viento eran cegadores, Emil se impulsó hacia delante e intentó una vez más hacerse con las riendas tumbándose sobre la grupa de Oden. Pero las riendas se habían helado y se deslizaron entre sus guantes. Pensó en el freno de la rueda delantera izquierda, pero le daba miedo volcar o partir un eje con un terreno tan desigual como aquel. Los caballos estaban asustados, desorientados, y avanzaban a medio galope en dirección a la tormenta, levantando una lluvia de nieve y fango con las patas. El carromato zigzagueó, se sacudió y patinó cuando una nueva ráfaga de nieve se cernió sobre ellos.
—¡Detenlos! —gritó Adeline—. ¡Nos estamparemos contra algo!
Emil se quitó el guante izquierdo y extendió el brazo todo lo que pudo, hasta alcanzar las riendas con solo dos dedos. Rápidamente consiguió envolverlas tres veces alrededor de su muñeca derecha y entonces las agarró con la mano izquierda desprotegida, se apuntaló con los pies y se impulsó hacia atrás para compensar con su cuerpo el peso de los caballos aterrados.
Tiró con fuerza del bocado de ambos caballos, obligándolos a ir bajando la cabeza, hasta que por fin aminoraron el ritmo y acabaron deteniéndose. Sus cuerpos temblaban de agotamiento y de miedo. Resoplaron con fuerza por la nariz, tosieron y patearon el suelo, hasta que de nuevo volvieron la cabeza en dirección contraria a la tormenta.
—Quiero ir a casa —declaró Walt.
Emil ignoró el comentario, ató las riendas, dio la espalda a la tempestad y se subió al banco para mirar detrás de él. Solo vio blanco y remolinos. Ni árboles. Ni matorrales. Ni más carromatos. Ni camino. Nada, excepto la tormenta.
—¡Emil! —gritó Adeline—. ¿Hacia qué dirección tenemos que ir?
Emil pensó en las vueltas que habían dado, en cómo habían patinado, en los terrones de fango y nieve que habían levantado los caballos, y dijo:
—Seguiremos las huellas que hemos dejado.
La solución funcionó durante unos minutos. Al principio, Emil pudo distinguir por dónde habían venido, pero la nieve caía tan rápido y el viento soplaba a tanta velocidad que las huellas se estaban borrando. Quería incitar a sus caballos para que fuesen más rápido, pero la visibilidad era escasa.
Y, de pronto, dejó de ver por completo las rodadas del carromato. Estaba completamente nevado. La altura de la nieve llegaba hasta los ejes del vehículo. «Si siguiera por ahí…».
Pero a Emil no le gustaba pensar en condicional. Y, en consecuencia, decidió avanzar en zigzag y navegar por estimación aproximada a partir de la última pista, confiando en encontrar rodadas que la nieve aún no hubiera borrado. Sin embargo, con el viento azotando en remolinos, ya no quedaba nada. Al final, colocó el carromato contraviento, lo detuvo y puso el freno.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Adeline.
—Vamos a esperar a que pase la tormenta —respondió Emil—. No podemos estar a más de quinientos metros de la carretera, pero no tengo ni idea de dónde nos hallamos exactamente. Cuando la visibilidad mejore, la encontraremos. E intentaremos atrapar la caravana.
Se apeó y desguarneció a los caballos. Los condujo hasta el lado de sotavento del carromato, los ató bien y se encaramó a la parte posterior del vehículo.
—¡Pareces un muñeco de nieve, papá! —exclamó Will desde debajo de las mantas.
Emil se miró y se dio cuenta de que estaba cubierto de nieve de la cabeza a los pies.
Walt se echó a reír. Y también Adeline, que dijo:
—Quítatela, o sacúdete. Si te metes así bajo las mantas, acabarás mojándonos a todos.
Emil se despojó del abrigo, lo sacudió por la portezuela de atrás y lo dejó a un lado.
Hizo lo mismo con las botas y el pantalón y luego se instaló bajo las mantas al lado de Walt. Se estaba caliente, y, a pesar del zarandeo que estaba recibiendo el carromato, tanto la capota como el armazón de madera resistían. Por el momento estaban a salvo.
El viento menguó un poco y luego mucho. Durante más de quince segundos, la capota se agitó contra el viento. Hubo entonces una racha, luego un rato de calma y después un nuevo vendaval. Emil miró por encima de las cabezas de sus hijos a su esposa, asustada e hipnotizada por aquel tiempo tan inclemente.
—Todo irá bien — le dijo.
Adeline se despertó lentamente y al principio no entendió dónde estaba, solo que tenía el cuerpo caliente y que el aire que respiraba era gélido. Los caballos tiraron de sus sujeciones y movieron el carromato, despertándola por completo. Abrió los ojos, vio que aún era de día y que ya no nevaba. Emil ya se había levantado y no estaba.
Will se desperezó y preguntó:
—¿Ya hemos llegado?
—¿Acaso ves algo verde ahí fuera? —respondió Walt.
Adeline le hizo cosquillas a Will y salió de debajo de las mantas para sentarse en el banco. Su aliento se transformaba en nubes de vapor. El cielo estaba empezando a despejarse. Y la posición del sol indicaba que ya era media tarde. Hasta donde le alcanzaba la vista, y le alcanzaba bastante lejos, todo era de un color blanco resplandeciente, tan luminoso que dolían incluso los ojos si mirabas demasiado tiempo.
Emil apareció por el otro lado del carromato, tirando de Oden y Thor.
—¿Puedes preparar algo de grano para que coman?
—Por supuesto. ¿Dónde estamos? ¿Dónde está la carretera?
—Creo que debe de estar cerca de esa línea de árboles de allá arriba —contestó Emil, señalando con la mano que tenía libre—. Pero subiremos antes esa pequeña colina para tener más perspectiva.
—No veo ni carromatos ni vehículos de ningún tipo.
—Desde allí arriba seguro que sí —replicó Emil, colocándole el arnés a Oden—. Te prometo que recuperaremos la carretera antes de que anochezca y que atraparemos la caravana en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando Adeline saltó, la nieve le llegaba a las rodillas en determinados lugares, pero era fácil distinguir dónde se había acumulado más cantidad. Después de darles a los caballos un bote lleno de avena del único saco del que disponían, y cuando Emil hubo colocado de nuevo el arnés a Thor, emprendieron el camino hacia la colina que se alzaba delante de ellos.
—¿Crees que conseguiremos llegar a la cima? —preguntó Adeline—. Debemos intentar no quedarnos atascados.
—Llegaremos todo lo cerca que podamos, y a partir de ahí ya subiré yo.
Después de la tormenta, el aire se había vuelto tan gélido que la nieve que se levantaba formaba nubes alrededor de las patas de los caballos y las ruedas del carromato. Emil se detuvo cerca de los pies de la colina que había acumulado una gran cantidad de nieve.
—Enseguida vuelvo —dijo, y le entregó las riendas a Adeline.
Echó a andar por la nieve y se hundió hasta medio muslo. Los niños rieron, encantados.
—Papá se ha quedado atascado —comentó Will.
—No por mucho tiempo —repuso Adeline, que vio cómo su marido se peleaba con la nieve, avanzaba hasta un punto donde ya no era tan profunda y a partir de allí continuaba su ascenso sin grandes dificultades.
Había cubierto Emil tres cuartas partes de su ascenso cuando, por encima del parloteo de los niños y del tintineo de los arneses de los caballos, Adeline oyó un retumbo hacia el sur, hacia la línea de árboles. Se puso de pie sobre el banco, se protegió los ojos del resplandor blanco y vislumbró seis tanques Panzer alemanes abriéndose paso en la nieve en dirección a ellos, a aproximadamente un kilómetro de distancia.
—Gracias a Dios —dijo a los niños—. En cuanto hayan llegado hasta aquí, habrán aplastado toda la nieve y nos resultará más fácil llegar hasta la carretera.
De pronto, el estruendo de los tanques se volvió más potente y más cercano, tan próximo que Adeline a duras penas oyó el sonido de una voz gritando. Y entonces fue cuando se dio cuenta de que el sonido no venía del sur, sino del norte.
Volvió rápidamente la cabeza y vio a Emil trotando cuesta abajo como una cabra asustada, levantando las rodillas y con las pantorrillas hundiéndose en la nieve y volviendo a emerger, una y otra vez. Y, a pesar de que los separaban cerca de setenta metros, Adeline vio el terror reflejado en su cara.
—¡Adeline! —gritó Emil.
—¡Mamá! ¡Mira arriba! —chilló Walt.
En lo alto de la colina y unos doscientos metros por detrás de Emil, apareció de repente la punta del cañón de un tanque soviético, seguida por su enorme torreta y su casco acorazado, con sus orugas aplastando la nieve y la tierra congelada de debajo.
—¡Corre! —gritó Will—. ¡Corre, papá!
Emil miró por encima del hombro, pisó la zona de nieve profunda de los pies de la colina, se tambaleó y cayó de bruces al suelo. El tanque se detuvo, giró sobre sí mismo y rugió colina abajo hacia ellos.
Emil ya estaba otra vez en pie, nadando por la nieve y arrojándose hacia delante, sin ver que el tanque se había detenido en una terraza, en la ladera, cuando llevaba recorrida una cuarta parte de la bajada. Apareció entonces otro tanque soviético, luego un tercero. Y ambos se aproximaron al primer tanque y se pararon también.
Emil, entretanto, había superado la zona de nieve profunda y, como un hombre de las nieves enloquecido, había conseguido subirse al carromato. Se instaló en el banco, agarró las riendas y gritó:
—¡Sujetaos fuerte!
Emil cogió un látigo, un utensilio que rara vez utilizaba, y azotó los lomos de sus caballos mientras tiraba con fuerza de las riendas hacia la izquierda. Los cuerpos de Oden y Thor se retorcieron y echaron hacia delante, provocando que el carromato se ladeara antes de empezar a desplazarse hacia el sur.
—Por delante de nosotros he visto varios Panzer —dijo Adeline, sujetándose a la barandilla lateral para no caer.
—¿Qué?
—En esa hilera de árboles, venían hacia aquí. Ahora deben de estar en una zona más hundida de terreno. Eran seis y…
Un rugido tremendo interrumpió su explicación, seguido por dos estruendos en rápida sucesión. Los tanques soviéticos acababan de abrir fuego. Los caballos relincharon e intentaron huir del ruido galopando hacia el sur. Los primeros disparos soviéticos impactaron cerca de aquella zona más hundida del terreno, disparo tras disparo tras disparo levantando hielo, nieve y fuego que trazaban espirales en el aire gélido.
—¡Da media vuelta! —gritó Adeline—. Detrás de los soviéticos estaremos más seguros.
—Detrás de los soviéticos estaremos muertos —replicó también a gritos Emil, que azotó de nuevo los caballos.
Los Panzer devolvieron los disparos, tres cañonazos simultáneos seguidos por dos y luego por uno, provocando todos ellos destellos tan brillantes en las bocas de los tanques que los caballos empezaron a ralentizar la marcha, sin saber a qué debían tener más miedo, hasta que Emil volvió a azotarlos.
Detrás de ellos, en la colina, empezaron a estallar proyectiles alemanes. Oden tomó entonces la iniciativa y empezó a correr al galope, arrastrando tras él el carromato hasta que Thor encontró también su paso y su cadencia. El carromato cobró velocidad. Las ruedas patinaban y surcaban la nieve.
Un nuevo tanque del Ejército Rojo había alcanzado la cima de la colina y disparó su cañón poco antes de que los otros tres tanques siguieran su ejemplo. Las descargas soviéticas pasaron de nuevo rozando esa zona más baja de terreno donde se habían instalado los Panzer, levantando fuego y piedras pero sin causar daños. Emil vio que los Panzer empezaban a moverse y emergían de la hondonada; entre el humo y la nieve ennegrecida por los impactos, las torretas giraban en busca de la posición adecuada y los cañones se levantaban para asumir la corrección del viento.
Los tanques alemanes empezaron a disparar, moviéndose de forma independiente y evasiva hacia el norte por la llanura nevada antes de detenerse para enviar una ráfaga de disparos a la ladera de la colina, que se alejaba cada vez más por detrás de los Martel. Los soviéticos volvieron a abrir fuego.
Cuatrocientos metros separaban a la joven familia de los dos Panzer, del total de seis, que quedaban más próximos a ellos y que se habían detenido para ajustar la posición de sus cañones. Emil no había parado en ningún momento de azotar a los caballos para que avanzaran en dirección a los tanques alemanes, ni siquiera cuando los disparos de los rusos estallaron entre ambos bandos, desencadenando columnas de fuego y proyectando hacia el cielo fragmentos chamuscados y nieve.
Adeline y los niños gritaban detrás de él, pero Emil sabía que no podía detenerse. Los dos Panzer más próximos se habían vuelto a poner en marcha y avanzaban hacia ellos. El espacio entre Emil y los tanques se redujo. Tiró entonces de las riendas para desviar a los caballos hacia la derecha, en un intento de apartarse de la trayectoria de los carros de combate, y siguió azotando a Oden y Thor como nunca lo había hecho, con crueldad y determinación, una y otra vez, con toda la fuerza que emergía de su cuerpo.
Un Panzer a su derecha disparó su cañón y los caballos, aterrados, viraron hacia la izquierda. Emil tiró de ellos para corregir su rumbo, pero, en aquel momento, el tanque alemán más próximo disparó por encima de sus cabezas desde menos de cien metros de distancia. El rugido fue ensordecedor. La energía del estallido sacudió por igual a caballos y humanos. Los animales dieron un bandazo. Emil lo sintió como la potente vibración de un puñetazo que lo dejó aturdido mientras intentaba seguir fustigando a los caballos.
Y pasaron zumbando por el espacio abierto entre los dos Panzer.
Estaban ya detrás de ellos cuando los soviéticos volvieron a abrir fuego. El tanque alemán más próximo recibió el impacto y estalló, proyectando una cascada de fuego y humo negro sobre los campos blancos e inmaculados.
De pronto apareció un camión del ejército alemán a unos cuatrocientos metros de distancia, delante de ellos, cruzando de izquierda a derecha en dirección sudoeste. El camino. La carretera.
Emil dejó por fin de fustigar a los caballos. Le silbaban aún los oídos y estaba totalmente mareado cuando dirigió a sus jadeantes animales hacia las rodadas que acababa de dejar el camión. No fue hasta entonces que se atrevió a mirar por encima del hombro a su esposa y a sus hijos, que estaban tumbados sobre el caos reinante en lo que antes era un carromato perfectamente ordenado. Se encontraban boquiabiertos, conmocionados por haber sobrevivido al intercambio de disparos de un campo de batalla, aterrados todavía cada vez que sonaba un estallido en la lucha que se libraba detrás de ellos. Emil sonrió e hizo un gesto de asentimiento, y cuando volvió a mirar a sus caballos y vio sus lomos sangrando con heridas abiertas, se sintió tan mal que no le quedó otro remedio que contener su propio llanto.
A Adeline le temblaban todos los músculos del cuerpo. Le dolían las costillas. Tenía la garganta irritada de tanto gritar. Le silbaban los oídos y todo le sonaba hueco y muy lejano.
Sabía que Will y Walt estaban tan conmocionados y abrumados como ella por lo que acababan de sufrir y su primer instinto fue correr a consolarlos. Pero entonces se dio cuenta de que Emil estaba encorvado, que le temblaban los hombros, y comprendió que estaba llorando. Se olvidó por completo de su aturdimiento, se puso a cuatro patas, se arrastró hacia él y lo abrazó con pasión.
—Nos has salvado —dijo, casi sin poder oír sus propias palabras—. Nos has salvado a todos.
Emil se secó los ojos con la manga y señaló la sangre que rezumaba de las heridas de los caballos antes de mirarla con una expresión de inenarrable tristeza y pesar.
—Sé lo mucho que los quieres —aseveró Adeline, hablando a gritos—. Pero las heridas se curarán, y estamos vivos gracias a lo que tanto tú como ellos habéis hecho.
No sabía si Emil podía oír lo que le estaba diciendo, pero sí que percibía el sentido de sus palabras. Notó que parte de la tensión se alejaba de él. Y entonces él la besó, se apeó del carromato y cogió nieve para extenderla por encima de las heridas producidas por el látigo. Los caballos se estremecieron con violencia y resoplaron repetidamente por el dolor, pero luego, poco a poco, a medida que fue aplicándoles más nieve, se fueron tranquilizando.
Adeline estaba empezando a recuperar el oído cuando Emil volvió a subir al carromato. Agitó las riendas con cuidado y apenas les rozó las colas a los caballos para que empezaran a moverse de nuevo. El fuego de los tanques se había detenido. Al parecer, los Panzer habían hecho retroceder a los soviéticos después de dejar a dos de los cuatro tanques rojos convertidos en armatostes chamuscados en la ladera de la colina.
Adeline notó un tirón en la manga. Will estaba de rodillas detrás de ella.
—¿Ya oyes? —preguntó.
—Cada vez mejor.
—¡Yo sí que oigo!
Will sonrió, sacudió la cabeza de un lado a otro como un loco y movió las manos detrás de las orejas con tanta gracia que Adeline no pudo evitar reír.
La sonrisa de Will en reacción a sus carcajadas la animó incluso más y le hizo sentirse agradecida hasta por el aire que respiraba. Habían superado una tempestad de nieve. Habían superado una batalla de tanques. ¡Y habían sobrevivido! Los cuatro. Zarandeados, magullados, pero sin sufrir ningún daño importante.
Adeline quería reír, cantar y llorar, todo a la vez. Le daba la sensación de que jamás se había sentido… ¡tan viva! Walt apareció detrás de su hermano, confuso y señalándose las orejas.
—Haz que pare, mamá —dijo, uniendo sus manos enguantadas y a duras penas conteniendo las lágrimas—. ¿Y esto pasará cada día, mamá?
Adeline se dio cuenta de lo conmocionado que estaba su hijo mayor y negó con la cabeza a la vez que extendía los brazos para acogerlo. Walt dudó unos instantes, pero acabó yendo directo hacia su madre, que lo estrechó con fuerza. Walt había visto muchísimas cosas en el transcurso de las solo seis horas que habían transcurrido desde que habían dejado atrás su casa. Era excesivo para un niño de seis años y medio, pensó Adeline, abrazándolo aún más. Notó entonces que Will la abrazaba también por la espalda, que su mejilla descansaba contra su nuca, y el resto del mundo perdió de repente importancia.
Adeline sonrió entre lágrimas que intentó contener con un parpadeo cuando vio que Emil los estaba mirando, feliz como nunca lo había visto. «¿Es este el precio que hay que pagar para sentirse así? ¿Estar tan cerca de la muerte que sientes que estallarías de felicidad por lo mucho que te alegras de estar vivo?».
Y esa alegría no la abandonó. Admiró maravillada cada árbol, cada cabaña abandonada, cada pared rocosa y cada molino de viento que encontraron destacando en el paisaje cubierto de nieve. Eran regalos que se llevaría con ella y que jamás olvidaría.
Para sorpresa de Emil, se reengancharon a la cola de la caravana en cuestión de una hora. Las SS habían ordenado detenerse cuando la tormenta había arreciado y los vehículos progresaban ahora a trompicones, con más parones que avances. Se habían sumado al caos los camiones alemanes de refuerzos y suministros que viajaban por las mismas carreteras rumbo al este, en dirección contraria a la caravana, que iba hacia el oeste, con destino al cambiante frente de batalla que quedaba ahora justo detrás de ellos.
—¿Hasta dónde llegaremos hoy, papá? —preguntó Walt.
—No somos nosotros quienes decidimos eso.
—¿Y quién lo decide?
—Nuestros… escoltas —respondió Emil, incapaz de disimular su aversión—. Los nazis. Las SS. Por alguna razón, nos los han asignado para protegernos en nuestro viaje hacia el oeste. Ellos nos dirán cuándo podemos avanzar y cuándo no.
—¿Y por qué no podemos avanzar cuando nos apetezca? —preguntó Will.
—Pues porque ahora somos refugiados de guerra, gente que ha dejado atrás sus tierras. No tenemos nada y, en consecuencia, no podemos rechistar.
Emil sintió una impotencia que hacía mucho tiempo que no notaba. En Friedenstal le gustaba ser el dueño y señor de sus propios actos. No le gustaba que le dijeran qué tenía que hacer y nunca se lo habían dicho, pero no era tonto y sabía de sobra que no podía protestar.
Era consciente de que estaba a merced de la escolta nazi, sin posibilidad de réplica respecto al rumbo que pudiera tomar su futuro más próximo. Pero era lo mejor para su familia. No tenía la menor duda. De haberse quedado en su casa, de haber esperado la llegada de los rusos, su familia se habría desintegrado. A él lo habrían enviado a los campos de trabajo del este, Adeline habría tenido que acompañarlo y los niños habrían quedado huérfanos y en manos del Estado.
Emil sabía que había tomado la decisión adecuada para la supervivencia de todos. Pero eso no impedía que siguiera irritándole tener que hacer lo que a otros hombres se les antojara, sobre todo teniendo en cuenta que eran hombres a los que aborrecía.
La caravana fue perdiendo altitud durante los cinco kilómetros siguientes y la nieve menguó. Con la noche acercándose y la temperatura cada vez más gélida, alcanzaron y adelantaron el carromato de Lydia. Los niños aprovecharon para contarles a gritos la aventura que habían vivido durante la tormenta y que habían sobrevivido a una batalla entre tanques, lo cual asustó a su abuela y dejó pasmada a su tía Malia.
El convoy volvió a bajar el ritmo. Las SS informaron de que la Wehrmacht había ordenado detener hasta la mañana siguiente todos los desplazamientos hacia el oeste para que pudieran pasar los transportes de tropas y los camiones que viajaban rumbo al este cargados con refuerzos y suministros para el frente. Los carromatos empezaron a pararse para acampar.
Emil vislumbró por delante de ellos un carromato con una capota inconfundible, estacionado junto a una hilera de árboles a un lado de la carretera.
—Mirad quién está acampado ahí delante. Dormiremos allí.
Detuvo el carromato al lado de otro que tenía una capota ingeniosamente tejida con juncos secos.
Un hombre encorvado, que parecía mucho más mayor de la edad que en realidad tenía, apareció por detrás del carromato arrastrando los pies y cargado con un hacha y un haz de leña, sin darse ni cuenta de que ellos se habían detenido a su lado. El hombre, con la mirada perdida, dejó la leña junto a una hoguera encendida en el interior de un círculo de piedras. Como solía sucederle a Emil siempre que veía a su padre, le embargó un sentimiento de tristeza; Johann Martel había sufrido lo indecible bajo el gobierno de Stalin.
—¡Opa! —gritaron los niños—. ¡Abuelo!
Will y Walt saltaron del carromato y echaron a correr hacia el padre de Emil y la hoguera para entrar en calor y explicarle lo de la batalla de tanques y que los caballos los habían salvado.
Johann sonrió al ver a los niños e, incómodo, les dio unas palmaditas en la espalda con sus manos toscas. Emil bajó del carromato para ocuparse de los caballos.
—¿Os encargáis tu madre y tú de preparar la cena? —le dijo a Adeline.
—Y Malia —contestó Adeline—. ¿Encendemos otra hoguera? ¿O le preguntas si podemos compartirla?
—Se lo preguntaré.
Emil ató a Oden y Thor al tronco de un árbol, les sacó el arnés, les dio más avena, aplicó salvia a sus heridas y les volvió a pedir perdón por haberlos fustigado de aquella manera. Cuando hubo acabado, se acercó a la hoguera. Pero, antes de que le diera tiempo a llegar, su madre, una mujer dura como el pedernal que ya había cumplido los sesenta, emergió de detrás de su carromato, como si hubiera permanecido escondida allí, esperándolo.
Karoline Martel señaló a sus nietos, que estaban acuclillados junto al fuego.
—Espero que los alimentes con lo que tengas de tus propias reservas, Emil.
—Esa es mi intención —repuso Emil—. Aunque encender dos hogueras no tendría mucho sentido.
Su madre frunció levemente el entrecejo.
—Tu padre no puede cargar con todo.
—Estoy de acuerdo —dijo Emil, y entonces llamó a Walt y a Will—. ¡Niños! Id a buscar todas las ramas secas que podáis encontrar antes de que anochezca y traedlas aquí. He visto que allá abajo, junto a aquel arroyo, hay un montón. Pero nada de mojarse. Anda, id.
Los niños miraron con tristeza la hoguera encendida pero se incorporaron y, como cualquier niño haría, convirtieron el encargo en un juego. Incluso con solo cuatro años y medio, Will era el más competitivo de los dos.
—¡Yo encontraré más que tú, Walt! —gritó, echando a correr.
—¿Y qué importa quién encuentre más? —contestó Walt, corriendo tras su hermano pequeño—. Lo importante es cargar con la más grande.
—¡Y os quiero aquí de vuelta antes de que anochezca! —gritó su padre.
Desaparecieron en dirección al arroyo, riendo y chillando, con el terror de la batalla de tanques olvidado por el momento. Emil ignoró la mirada de desaprobación de su madre y los vio marchar, con el corazón rebosante de alegría al comprobar que sus hijos eran capaces de encontrar una manera de jugar y reír mientras intentaban huir de una guerra.
Johann tosió, tosió una segunda vez con más fuerza, una tos que le retumbaba en el pecho. Se quedó un instante en silencio, pero enseguida se vio superado por un ataque más prolongado de tos que acabó arrancándole un grumo de mucosidad que escupió en el suelo. Con la perplejidad reflejada en su cara, dio un paso al frente.
—Deberías sentarte un rato, Johann —dijo Karoline con preocupación. Miró con recelo a su hijo—. Ya ves, el simple hecho de recoger leña lo ha debilitado.
—No es más que un poco de tos, Karoline —replicó Johann, pero se sentó sobre el tronco de un árbol y apoyó la espalda en una de las ruedas del carromato—. He pasado momentos peores.
—Pues fue precisamente un poco de tos lo que casi te mata en las minas —le espetó su mujer.
—Un poco de tos fue lo que me dio la libertad, ¿no?
—Y mira cómo estás —señaló ella, resentida aún por que los estalinistas se lo llevaran en plena noche para mandarlo a Siberia, como al padre de Adeline.
Johann, agricultor, era un hombre acostumbrado a vivir al aire libre, pero lo destinaron a trabajar en el subsuelo. Pasó casi siete años en las minas, extrayendo carbón, antes de que empezaran los ataques de tos y se contagiaran también otros prisioneros. Según su relato, Johann había estado a punto de morir en dos ocasiones mientras cada vez más hombres caían víctimas de aquel misterioso mal. Los soviéticos responsables de la mina temían perder toda su fuerza laboral y decidieron que, en vez de tratar o matar a los enfermos, los dejarían en libertad, los expulsarían de los campos y los mandarían de vuelta a casa.
Enfermo y con fiebres, el padre de Emil había subido a bordo de un tren de mercancías en pleno verano y durante semanas había viajado hacia el oeste con un calor abrasador antes de llegar por fin al sur de Rusia. Estaba cadavérico, torturado por la tos y sucio y mugriento cuando llamó por fin a la puerta de su casa. Karoline fue incapaz de reconocer a su marido cuando le abrió.
Ni tampoco su hijo, que pensó que su padre había envejecido cuarenta años durante los siete que había estado ausente. Y no solo como consecuencia de la misteriosa enfermedad pulmonar. Porque los años en las minas de Siberia habían tenido más efectos sobre Johann, lo habían roto por dentro de un modo u otro, le habían robado su fuego interior. En los años posteriores a su regreso, era habitual encontrarlo con la mirada perdida en la media distancia, transportado a un pasado oscuro del que rara vez hablaba. La madre de Emil contaba que se despertaba a menudo gritando en plena noche, en un estado febril y empapado en sudor.
—¿Dónde está Rese? —preguntó Emil.
—Tu hermana está durmiendo —respondió su madre—. Todos esos vaivenes con el carromato en este último tramo le han provocado náuseas.
—¿Emil? —gritó Adeline desde cierta distancia, antes de que Emil pudiera replicar—. ¿Lo tenemos todo listo para la hoguera?
Cuando Emil se volvió vio a Adeline, Lydia y Malia cargadas con cacerolas e instrumentos de cocina.
—Todo listo —dijo—. Y los niños traerán enseguida más leña.
Adeline asintió, pero, en cuanto estuvo un poco más cerca, su atención abandonó a su marido para pasar a su suegra y concentrarse en la imagen de Karoline, que estaba mirando el fuego. Por mucho que lo intentó, Adeline no pudo evitar recordar una botellita de leche y sentir una amargura ya familiar revolviéndole el estómago. No obstante, se colocó su armadura mental, se acercó al fuego, se agachó y con una ramita empezó a empujar hacia un lado las brasas encendidas.
Desde pequeña, Adeline había sido por naturaleza una persona cariñosa y desprendida que rara vez pronunciaba una mala palabra sobre nadie. Pero su suegra era una excepción. Karoline era un ser frío y sin corazón. Adeline no soportaba estar en su presencia y evitaba a aquella mujer siempre que le era posible.
—¿Ni tan siquiera un «hola»? —dijo entre dientes Karoline.
Adeline levantó la cabeza y forzó una sonrisa.
—Oh, hola, Karoline. Lo siento. Estaba concentrada en la cena. Gracias por dejarnos utilizar vuestra hoguera. Muy amable por tu parte.
Karoline se quedó estudiándola unos instantes y pasó a prestar atención a la madre de Adeline. Lydia saludó a la madre de Emil y le dio también las gracias por dejarles compartir su hoguera, consciente de que adoptar una actitud sumisa haría que Karoline se mostrara menos malhumorada. Adeline instaló la cazuela sobre las brasas y puso a calentar un guiso que había preparado con patatas, cebollas y panceta salada.
—¡Añádele también esto! —gritó Malia, acercándose a toda prisa con un manojo de espárragos silvestres—. ¡Los he encontrado cerca del carromato! ¡Como si los hubieran plantado expresamente para nosotros!
La hermana mayor de Adeline estaba tan feliz que ni siquiera la presencia de Karoline impidió que Adeline sonriera y aceptara el manojo de espárragos. Hacía veinte años que Malia había ido a dar de comer a las mulas de la familia y había recibido la coz, dos décadas desde que se había quedado en coma y nadie pensaba que tendría posibilidades de sobrevivir. Pero Malia era fuerte y se había despertado, cambiada en muchos sentidos, sí, pero también igual que siempre: sincera, bondadosa, cariñosa y extravagantemente divertida. Adeline la adoraba de pequeña y seguía adorándola ahora.
Los niños reaparecieron empujando su carrito desde el fondo del barranco, cargados con dos ramas grandes caídas.
Emil se acercó a ellos y, bajo el resplandor del fuego, examinó las ramas.
—Pues bien —dijo por fin—, me parece que la rama de Walt es más grande.
—¿Qué? —dijo Will.
—¡Ya te lo he dicho! —exclamó Walt.
—Pero —continuó su padre—, teniendo en cuenta, Walt, que le llevas dos años a Will, y que tienes ocho kilos más de peso que él, declaro que ha habido un empate.
—¿Qué? —dijo Walt.
—¡Empate! —exclamó Will, bailando de alegría.
Walt se quedó apesadumbrado hasta que Emil le recordó que necesitarían leña todas las noches hasta que el viaje terminara y Adeline corrió a darles a él y a su hermano un abrazo.
—¿Por qué nos abrazas, mamá? —preguntó Will.
—Por haber recogido tanta leña.
—¿Y deberíamos abrazarte nosotros por preparar la cena?
—Pues sí, por favor —respondió Adeline, riendo—. Y por todas las otras cosas que hago por vosotros.
La voz de una chica gruñó detrás de ellos.
—Parad ya de una vez con tantos abrazos. Me está entrando dolor de cabeza además del dolor de estómago que ya tengo.
Adeline miró por encima de la hoguera más allá de su suegra y vio a la hermana de Emil, Theresa, de veintiún años, que bajaba en aquel momento del carromato. Conocida por todos como «Rese», iba vestida como Adeline y el resto de las mujeres con chaqueta gruesa de lana y vestido oscuro largo, pero, a diferencia de las demás mujeres, lucía su pelo rubio suelto en vez de recogido debajo de una pañoleta o un pañuelo de lanilla.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó su madre.
Rese tenía las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Como si estuviera congelándome y tuviera un clavo en la cabeza, y con ganas de vomitar además.
Los niños rieron. Adeline sonrió. Le gustaba Rese. Igual que sucedía con su hermana, nunca sabías con qué respuesta te iba a sorprender.
Malia se dio unos golpecitos en la cabeza antes de intervenir y decir:
—Podría ser peor. Podrías haber recibido la patada de una mula en la cabeza.
Rese se detuvo y se acarició el labio inferior, pensativa.
—No pienso llevarte la contraria, Malia. La patada de una mula en la cabeza podría ser peor que tener ganas de vomitar con un clavo en la cabeza.
Will y Walt volvieron a reír. Incluso Emil sonrió para sus adentros, hasta que Karoline terció:
—Ya basta. No la animéis más. Rese, ¿acaso alguna vez piensas lo que vas a decir antes de hablar?
La hermana de Emil pasó por delante de su madre e hizo un gesto despectivo.
—Y, entonces, ¿de qué nos reiríamos?
—Dios mío —exclamó Karoline—, ¡hay que ver qué he creado!
Adeline captó un destello de dolor en el rostro de Rese antes de que sonriera y replicara:
—No me creaste tú sola, madre.
Karoline se quedó boquiabierta ante tal insolencia. Johann sonrió.
Rese acercó las manos al fuego para calentarse.
—Y piensa una cosa: si Dios tuvo también algo que ver con el tema, si lo de nacer es un milagro, tal y como en una ocasión me dijiste, madre, entonces yo soy un milagro y en estos momentos soy todo lo que se supone que tengo que ser. ¿No es así?
Karoline se quedó mirándola como si le estuviera hablando en otro idioma. Malia sonrió de oreja a oreja.
—Johann —dijo Karoline, quejumbrosa—, ¿de dónde sacará estas cosas?
Johann se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.
—De su cerebro —sugirió Walt.
Rese se echó a reír y señaló a Walt.
—Me gusta la forma de pensar de mi sobrino.
Karoline levantó las manos, miró las primeras estrellas en el cielo nocturno y proclamó:
—Yo me rindo. Todo esto me supera.
Rese rodeó la hoguera y se puso a hablar con los niños mientras Adeline removía el guiso. Luego, Rese se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—¿Te has fijado en que mi madre anda siempre igual? «Qué “he creado”». «“Yo” me rindo».
—Ahora que lo mencionas…
—Creo que en el fondo no le gusta la gente porque no se gusta ni a sí misma.
—Yo hace mucho tiempo que dejé correr lo de intentar comprender a tu madre —repuso Adeline, retirando la cacerola de las brasas.
Lydia llegó con cuencos y Adeline los llenó con guiso caliente y humeante.
—Huele estupendo —comentó Rese—. ¿Puedo probar un poco?
Su madre la oyó.
—Tu cena la tienes aquí. Galletas y carne seca.
—¿Galletas y carne seca? —repitió Rese, quejándose—. Hace frío, madre. Preferiría comer lo que comen ellos.
—De eso estoy segura —contestó su madre—. Pero si ahora nos dedicamos todos a comer esas cosas, nos moriremos de hambre antes de que termine el viaje.
Se produjo un silencio largo e incómodo que acabó rompiendo Malia, quien levantó la vista de su cuenco, sonrió a Karoline y dijo:
—Gracias, señora Rayo de Sol.
Adeline se volvió y se apartó de la hoguera para que nadie viera su sonrisa, pero Rese estalló en carcajadas. Emil estaba intentando contenerse, pero no tardó mucho en echar la cabeza hacia atrás y reír. Su padre miraba hacia abajo y reía disimuladamente, y Lydia y los niños se sumaron también a la fiesta. Todos los congregados alrededor de la hoguera acabaron riendo, animándose los unos a los otros, olvidando por un momento su dolor y sus preocupaciones. Todos, claro está, excepto la suegra de Adeline.
Cuando Adeline volvió a mirar a Karoline, esta se había puesto de pie. Esbozando una mueca de desdén le escupió a Malia unas palabras cargadas de veneno.
—¿Acaso has olvidado el Horror? —susurró con aspereza—. Ya has olvidado lo que es pasar hambre, ¿verdad? Por supuesto que lo has olvidado. Hay que tener solo la mitad del cerebro para olvidar qué se siente teniendo el estómago vacío durante semanas y semanas. Las cosas que se llegan a hacer para seguir con vida.
Las risas se acallaron de golpe.
—Eso no está bien, Karoline —intervino Lydia.
—Lo que no está bien es la cabeza de tu hija —replicó la madre de Emil.
—Eres una mujer odiosa. Eres…
Malia descansó la mano en el hombro de su madre y miró a Karoline sin el más mínimo indicio de autocompasión o enojo.
—No, no estoy bien, señora Martel. No estoy tan bien como usted. Pero me queda bastante más que medio cerebro, así que recuerdo bien el Holodomor. Recuerdo haber pasado tanta hambre que incluso comíamos hierba. Mamá, Adeline y nuestro hermano, Wilhelm, estaban a mi lado, de cuatro patas en el suelo y llorando porque dos años antes se habían llevado a nuestro padre y no teníamos nada y nos asfixiábamos cuando la hierba nos cortaba la garganta y nos hinchaba el estómago. Es un recuerdo que conservo bien nítido.
La mano derecha de Adeline se había desplazado inconscientemente a su garganta, pues de pronto había empezado a notar el sabor arenoso de las briznas de hierba impregnándole la lengua, y sintió una punzada de aquel dolor abdominal tan característico que sufría cuando pasaba días alimentándose con una dieta de hierba y maleza.
Karoline se quedó sorprendida de que una mujer más joven que ella le hablara con aquel tono, y más aún cuando Malia continuó:
—Pero seguimos comiendo hierba y cualquier cosa que encontráramos porque queríamos vivir. Y yo comí gusanos y bichos, e incluso un pájaro muerto porque quería vivir. Incluso con el golpe que había recibido en la cabeza, quería vivir para algún día poder comer un cuenco con un buen guiso como el de hoy. ¿Qué comió usted para sobrevivir al Holodomor, señora Martel? ¿Qué hizo para sobrevivir a aquel periodo?
La madre de Emil se quedó inmóvil, con la vista fija en el suelo unos instantes antes de lanzar una mirada furiosa hacia Malia.
—No tienes ni idea —dijo, y se marchó hacia la parte posterior del carromato.
Comieron sumidos en un silencio incómodo. Cuando acabaron de recogerlo todo, Will se abrazó a las faldas de su madre.
—Estoy cansado, mamá.
—Es hora de ir a dormir —dijo Adeline—. Hora de acostarse, Walt.
Su hijo mayor estaba adormilado junto al fuego. Emil se acercó con la intención de despertarlo, pero al final se acuclilló, lo cogió en brazos y lo llevó al carromato. El niño ni se movió.
Adeline había extendido ya las mantas bajo la parte cubierta por la capota. Emil le pasó a Walt y Adeline lo acostó sobre una manta antes de taparlo con otra. Luego ayudó a Will a instalarse al lado de su hermano dormido y le prometió que le traería enseguida una segunda manta.
El fuego se estaba apagando. Solo Johann seguía levantado. Estaba sentado sobre el tronco de un árbol, como si estuviera observando las ascuas moribundas de su vida. Por detrás del padre de Emil, muchas de las hogueras habían quedado ya reducidas a ceniza y las voces en la oscuridad iban poco a poco menguando.
Emil levantó la vista por encima de los árboles, hacia el cielo oscuro y despejado. Al contemplar el manto de estrellas, se sintió de repente pequeño, insignificante, como si su vida no significara nada. Pasó un camión. Un soldado alemán informó a gritos de que los puentes que tenían por delante se abrirían antes del amanecer y que el convoy empezaría a moverse poco después. El anuncio puso a Emil de aún peor humor, lo hizo sentir como un peón, con deseos simultáneos de batirse en retirada y luchar.
—¿Emil?
Se sobresaltó. Adeline se había acercado hasta él sin hacer ruido.
—¿Qué miras?
El trance quedó roto.
—La luna y las estrellas.
—¿Y qué les pasa?
—Cuando era pequeño, salía casi cada noche a observarlas, pero ahora rara vez pienso en ellas.
Adeline se acomodó entre los brazos de Emil, descansó la mejilla contra su pecho y lo abrazó.
—Demos las gracias. Hemos superado el primer día —dijo.
—Más o menos —replicó él, evocando su forma de fustigar los caballos.
—Gracias a ti y gracias a Dios.
Emil presionó la cara contra el pelo de ella.
—Mañana nos alejaremos más de los tanques.
Adeline le dio un beso.
—Tienes que seguir siendo fuerte, Emil.
—Eso siempre.
—Y rezar por nosotros. Dios ayuda a quienes se lo piden.
Emil respondió con un gruñido evasivo.
—Voy a ver qué tal siguen los caballos.
No esperó la respuesta de Adeline y se marchó a ver a Oden y Thor, enojado y pensando: «¿Rezar? Es una pérdida de tiempo. Tú haz lo que quieras, Adella, pero yo ya decidiré qué hago, gracias. No es necesario implicar a Dios si no existe».
Emil había sido criado en la fe luterana, igual que su esposa. Milagrosamente, ella había conservado su fe a pesar de todas las adversidades, pero Emil había ido perdiendo la suya poco a poco a lo largo de los quince últimos años de calamidades, persecuciones y situaciones a las que ningún hombre tendría que haberse enfrentado jamás, y de verse obligado a tomar decisiones que ningún hombre tendría que haber tomado jamás.
Por mucho que lo intentó, fue incapaz de anular otra imagen de sí mismo el día que perdió por completo su fe. Se vio agitando el puño hacia el cielo, sintiéndose más solo que nunca. Emil se estremeció intentando bloquear el recuerdo de aquel tiempo odioso y se concentró en sus caballos, en verificar el estado del cordaje de cuero y los ronzales. Los caballos resoplaron y retrajeron los labios cuando les aplicó más salvia a las heridas.
Cuando Emil regresó al carromato, Adeline ya había sacado el resto de las mantas y había cubierto a Will con una de ellas. Se había acostado al lado de su hijo menor. Emil sopló para apagar la lámpara y se tumbó junto a Walt antes de extender el brazo por encima de los dos niños y acariciar el antebrazo de Adeline para desearle buenas noches.
La noche se volvió gélida y silenciosa por un momento, antes de que Will musitara:
—Cuéntamelo otra vez, mamá, lo de ese lugar al que vamos.
—Es un lugar precioso —susurró Adeline, adormilada—. Está rodeado de montañas y bosques. Y de cumbres nevadas. Y abajo habrá un río serpenteante y prados verdes. Viviremos en una casa calentita y cada mañana os prepararé el pan. Y tendremos un jardín enorme en la parte de atrás y tantísima comida que no sabremos ni qué hacer con ella.
Emil había cerrado los ojos y se esforzaba por escuchar a su esposa, intentando visualizar mentalmente ese lugar mágico. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, las imágenes de aquel día se repetían cíclicamente y lo carcomían por dentro, le impedían oír la descripción del paraíso que estaba haciendo Adeline. Revivió la batalla de tanques antes de caer dormido y escuchar los ecos de la voz de Malia junto a la hoguera. «¿Qué comió usted para sobrevivir al Holodomor, señora Martel? ¿Qué hizo para sobrevivir a aquel periodo?».