La historia no tiene sentido sin la prehistoria, y la prehistoria no tiene sentido sin la biología.
EDWARD O. WILSON, La conquista social de la Tierra
Los seres humanos somos una especie de primate sumamente inteligente y capaz. No solo es nuestro complejo cerebro un prodigio de la evolución, sino que también nuestro cuerpo es una maravilla de la ingeniería. Nuestra fisiología ha evolucionado para correr largas distancias de manera eficiente; nuestras manos poseen una gran destreza para manipular y confeccionar objetos; y nuestra boca y garganta nos confieren un control asombroso de los sonidos que emitimos. Somos expertos comunicadores, con innumerables formas de lenguaje, capaces de transmitir desde instrucciones gestuales hasta conceptos abstractos, así como de organizarnos en equipos y comunidades. Aprendemos unos de otros, de nuestros padres y compañeros, para que las nuevas generaciones no tengan que partir de cero. Nuestra cultura es acumulativa: hemos hecho acopio de capacidades con el paso del tiempo. Hemos pasado de dominar la técnica de fabricar herramientas de piedra a manejar tecnologías como los superordenadores y las naves espaciales.
No obstante, también somos muy imperfectos, tanto en el ámbito físico como mental. Lo cierto es que, en muchos aspectos, los seres humanos no funcionamos especialmente bien.
¿Qué tienen en común los presidentes George W. Bush y Ronald Reagan con las actrices Elizabeth Taylor y Halle Berry? Todos estuvieron a punto de morir por atragantarse con comida (un lazo salado, un cacahuete, un hueso de pollo y un higo, respectivamente).[1] De hecho, hoy en día, el atragantamiento es la tercera causa de muerte en el hogar.[2] Comparados con cualquier otro animal, nuestra torpeza para comer sin correr el riesgo de morir de manera accidental corta la respiración (literalmente). La razón de ello está relacionada con los cambios en nuestra garganta que nos permitieron articular los complejos sonidos del habla y, por tanto, convertirnos en comunicadores orales tan expresivos. Durante la evolución de nuestra especie, la laringe pasó a ocupar una posición más elevada en el cuello y modificó su estructura para adquirir un mayor control sobre la generación de sonidos. En todos los mamíferos, los conductos para respirar y comer comparten un corto tramo del mismo tubo, con una pequeña lengüeta, la epiglotis, que actúa como una trampilla para cerrar la tráquea cuando tragamos. No obstante, la reconfiguración de la garganta humana aumentó de manera considerable las posibilidades de que se quedara comida atascada en la tráquea.[3] Como señaló Darwin: «Toda partícula de comida o bebida que ingerimos […] [tiene] que pasar por encima del orificio de la tráquea con algún peligro de caer en los pulmones».[4]
Este es solo uno de una serie de defectos de diseño básicos de la arquitectura del cuerpo humano. Hemos evolucionado para andar erguidos, pero la postura somete a las rodillas a una presión enorme y la mayoría padecemos dolor de espalda en algún momento de la vida. Las articulaciones de nuestras muñecas y tobillos conservan huesos vestigiales inútiles que limitan el movimiento y nos hacen propensos a torceduras y esguinces.[5] Tenemos una serie de nervios que siguen rutas absurdamente largas e indirectas por el cuerpo, así como músculos que ya no cumplen ninguna función (por ejemplo, los que otros animales utilizan para volver las orejas). La capa sensible a la luz de la parte posterior del ojo, la retina, está colocada del revés, lo que crea puntos ciegos en nuestro campo visual. También estamos plagados de defectos en nuestra bioquímica y ADN —genes cuya información está dañada y ya no funcionan—, lo que implica, por ejemplo, que tengamos que ingerir una dieta más variada que la de casi cualquier otro animal para obtener los nutrientes que necesitamos para sobrevivir. Y nuestro cerebro, lejos de ser una máquina pensante totalmente racional, está repleto de fallos y sesgos cognitivos. También somos propensos a desarrollar adicciones que favorecen un comportamiento compulsivo, a veces con tendencias autodestructivas.
Muchos de estos aparentes defectos son el resultado de una solución evolutiva intermedia. Cuando un determinado gen o estructura anatómica se necesita para desempeñar varias funciones contrapuestas al mismo tiempo, ninguna puede optimizarse del todo. Nuestra garganta no solo debe ser adecuada para respirar y comer, sino también para articular los sonidos del habla. Nuestro cerebro necesita tomar decisiones para sobrevivir en entornos complejos e imprevisibles, y debe hacerlo con información incompleta y, sobre todo, con mucha rapidez. Está claro que la evolución no aspira a la perfección, sino solo a lo suficientemente bueno.
Es más, cuando busca soluciones a circunstancias nuevas y problemas que amenazan la supervivencia, la evolución solo puede experimentar con lo que ya está a su disposición. Nunca tiene la oportunidad de regresar al punto de partida y empezar de cero. Nuestra historia evolutiva es producto de una acumulación de diseños superpuestos, donde cada nueva adaptación modifica lo anterior o se construye sobre ello. Nuestra columna vertebral, por ejemplo, está mal concebida para mantener la espalda erguida y soportar el peso de nuestra gran cabeza, pero tuvimos que conformarnos con la espina dorsal que heredamos de nuestros antepasados, que eran cuadrúpedos.
Ser humanos es la suma de todas nuestras capacidades y limitaciones: tanto nuestros defectos como nuestras facultades nos han hecho lo que somos. Y la historia de la humanidad se ha desarrollado en un equilibrio entre ambos.
Migramos de nuestra cuna en África para convertirnos en la especie animal terrestre más extendida del planeta. Hace unos diez milenios, aprendimos a domesticar plantas silvestres y animales salvajes e inventamos la agricultura, y de ahí surgieron organizaciones sociales cada vez más complejas: ciudades, civilizaciones, imperios. Y, en todo ese vastísimo periodo de tiempo, en el que se sucedieron etapas de crecimiento y estancamiento, progreso y retroceso, colaboración y conflicto, esclavitud y emancipación, comercio y saqueo, invasiones y revoluciones, plagas y guerras —entre tanto tumulto y fervor—, ha habido una constante: nosotros. En casi todos los aspectos fundamentales de nuestra fisiología y psicología, somos básicamente iguales a nuestros antepasados que vivieron en África hace 100.000 años. Entre las culturas de todo el mundo, existe una increíble diversidad de creencias, prácticas y costumbres, pero, si bien hay diferencias superficiales en nuestro aspecto y variaciones genéticas de mayor importancia, a todos los efectos estamos construidos de manera idéntica. Los aspectos fundamentales de lo que entraña ser humanos —el hardware de nuestro cuerpo y el software de nuestra mente— no han cambiado.
En este libro quiero profundizar en la historia humana y explorar cómo nuestra humanidad fundamental se ha expresado en nuestras culturas, sociedades y civilizaciones. ¿Cómo se han manifestado las peculiaridades de nuestra genética, bioquímica, anatomía, fisiología y psicología, y cuáles han sido las consecuencias y ramificaciones, no solo con respecto a acontecimientos excepcionales de gran trascendencia, sino para las constantes dominantes y las tendencias a largo plazo de la historia del mundo?
Además de las peculiaridades de nuestra condición humana, exploraremos qué aspectos de nuestra anatomía y comportamiento tenemos en común con otros animales. Gran parte de nuestra refinada cultura y sociedad no es más que un fino velo que oculta nuestra naturaleza animal inherente. A menudo, no somos distintos de otros animales cuando se trata de competir por los recursos y el sexo o de brindar a nuestros hijos las mejores oportunidades en la vida. Estos impulsos primarios se han manifestado a lo largo de la historia en todos los ámbitos, desde nuestras estructuras familiares hasta los esfuerzos de las dinastías reales por controlar la pureza de su linaje. Exploraremos las investigaciones en antropología y sociología más recientes y también veremos cómo muchos aspectos de nuestra vida cotidiana están profundamente arraigados en nuestra biología.
Muchas de las necesidades y limitaciones de nuestro cuerpo son obvias. Solo podemos sobrevivir dentro de un determinado intervalo de temperatura y la eficiencia con la que nuestros pulmones extraen oxígeno del aire limita la altitud a la que podemos vivir. (Hoy en día, el núcleo permanente de población más alto del mundo es la ciudad de La Rinconada, a 5.100 metros de altitud en los Andes peruanos). Nuestra necesidad de una ingesta constante de agua y nutrientes para sobrevivir también determina los entornos en los que podemos asentarnos de manera permanente. En el curso de la historia, nuestra incapacidad para beber agua de mar ha limitado los viajes oceánicos que dependían de llevar agua dulce a bordo. Nuestro ciclo vital, con el largo periodo de desarrollo antes de alcanzar la madurez sexual, determina la rapidez con la que nos reproducimos y aumentamos el tamaño de nuestras poblaciones. Nuestro cuerpo es vulnerable a la invasión de organismos microscópicos y otros parásitos, lo que puede tener consecuencias mortales. La fuerza que pueden ejercer nuestros músculos limita nuestro rendimiento físico y nos ha impulsado a usar animales de carga como el buey, el camello y el caballo, así como a desarrollar tecnologías para ello. Y nuestra necesidad de dormir dicta los ciclos de actividad de la sociedad.[6]
No obstante, hay características de nuestro cuerpo que también han influido de maneras más sutiles en el desarrollo cultural humano: las costumbres, conductas y destrezas que aprendemos los unos de los otros.
Todas las lenguas que hablamos utilizan complejas secuencias de sonidos creadas por nuestras vías respiratorias altas: los pulmones exhalan aire y la garganta, la boca, la lengua y los labios modifican las vibraciones de las cuerdas vocales. Esta sofisticada capacidad para la vocalización se considera una de las características que definen a nuestra especie.
El habla está compuesta por una serie de sonidos abiertos o vocales —como a, e, o— entremezclados con una mayor variedad de consonantes: colectivamente, estos sonidos constituyen los fonemas del lenguaje. Los consonánticos pueden producirse de muchas maneras distintas: la emisión explosiva de aire para la «p» o la «t» oclusivas; la restricción del flujo del aire en la boca para la «f» o la «s» fricativas; el paso de aire constante por los lados de la lengua para la «l»; la resonancia nasal de la «n». Todas las lenguas del mundo se componen de unos 90 sonidos en total, aunque la mayoría no utilizan más de la mitad.[7] El inglés, por ejemplo, tiene 44 fonemas discretos.[8] El sonido consonántico más común en el habla humana es, con diferencia, la «m», que parece ser el fonema más fácil de articular. Se utiliza en el 95 por ciento de las 450 lenguas estudiadas en detalle por la Base de Datos del Inventario de Segmentos Fonológicos de la Universidad de California, Los Ángeles (UPSID, por sus siglas en inglés), desde el abipón hasta el zuñi (e incluyendo el xũ).[9] Este fonema tan extendido se articula juntando los labios y sacando el aire por la nariz y es similar a la conducta de chasquear los labios característica de los chimpancés y otros primates.[10] Es el fonema por el que empieza la primera palabra que sale de los labios de más de 5.000 millones de seres humanos: una variante lingüística de «mamá». Así pues, todas las lenguas del mundo están dominadas por los sonidos que nos resultan más fáciles de articular: por los límites anatómicos de nuestra condición humana.
Algunas características de nuestro cuerpo no solo han tenido una profunda influencia en lo que somos capaces de hacer físicamente, sino también en nuestra manera de pensar acerca del mundo. El hecho de tener cinco dedos en cada mano (y cinco en cada pie), de que seamos pentadáctilos, es una casualidad evolutiva que quedó fijada en nuestros antepasados similares a peces hace unos 350 millones de años. (La comparten todos los demás vertebrados con cuatro extremidades, desde los cocodrilos hasta las aves y los delfines). No obstante, ha acabado teniendo hondas repercusiones en nuestro concepto de los números y el cálculo numérico. Tenemos diez dedos para contar, por lo que la mayoría de las culturas del mundo adoptaron un sistema numérico decimal.[*] Pensamos en números redondos de decenas, centenas o millares y no en múltiplos de, por ejemplo, 6, 36 y 216, como haríamos si fuéramos tridáctilos. En el siglo V d. C., el sistema numérico indo-árabe había ideado la notación posicional que más adelante daría paso a los números decimales modernos y al sistema métrico decimal de medidas. Nuestro concepto de las matemáticas se basa, en último término, en el número de dedos que nos brotan de los miembros superiores.
Otros aspectos del mundo que hemos creado también están íntimamente ligados a nuestras características anatómicas. La cadencia de los segundos equivale de manera aproximada a nuestra frecuencia cardiaca en reposo; la pulgada era tradicionalmente el grosor de un dedo pulgar; y la milla se definía como mil pasos romanos y, por tanto, combinaba nuestro sistema de numeración decimal con la longitud de la pierna.
Como veremos más adelante, no son solo nuestras características físicas lo que ha dejado una huella indeleble en nuestro mundo. Los mecanismos y predisposiciones psicológicas que hemos desarrollado han influido en la cultura humana de maneras muy específicas. Muchos de ellos están tan arraigados en la vida cotidiana que tendemos a pasar por alto su base biológica. Por ejemplo, somos muy proclives al comportamiento gregario o de rebaño, a integrarnos en nuestra comunidad imitando las decisiones de sus otros miembros. Desde una perspectiva evolutiva, nos ha venido muy bien. En el mundo natural plagado de peligros, es probablemente más seguro seguir al resto, aunque no estemos convencidos de que sea la mejor manera de proceder, que arriesgarnos a actuar en solitario. A menudo, aunque pensemos que tenemos razón, somos reacios a destacar entre la multitud. El comportamiento gregario es una manera de obtener información de la colectividad —los demás podrían saber algo que nosotros desconocemos— y puede servir para tomar decisiones con rapidez, permitiéndonos ahorrar el tiempo y el esfuerzo cognitivo que requiere decidirlo todo por nuestra cuenta partiendo de cero. Por ejemplo, cuando recorremos una ciudad desconocida en busca de un buen lugar para cenar, nos sentimos atraídos de manera natural por el restaurante concurrido más que por el que está vacío justo al lado.
Este efecto rebaño es la causa de las modas y tendencias que se han sucedido a lo largo de la historia. Asimismo, influye en la adopción de otras normas culturales, opiniones religiosas o preferencias políticas. No obstante, este mismo sesgo psicológico también desestabiliza mercados y sistemas financieros. El auge de las puntocoms a finales de los años noventa, por ejemplo, estuvo impulsado por la gran cantidad de inversores que financiaron empresas vinculadas a internet, aunque muchas de ellas carecían de solidez económica. Los inversores se siguieron unos a otros, suponiendo que la valoración de los demás era más fiable que la suya propia o, simplemente, no queriendo quedarse atrás en aquella demencial carrera, solo para que la burbuja reventara y los mercados bursátiles cayeran en picado después de los primeros años de la década de 2000. Tales burbujas especulativas se han repetido a lo largo de la historia desde la «tulipomanía» de los Países Bajos a principios del siglo XVII y este mismo comportamiento gregario es el que impulsa los ciclos modernos de expansión y desplome como los que ocurren en los mercados de las criptomonedas.
Este libro es el tercero de una trilogía de títulos —todos los cuales pueden leerse por separado— en los que he querido explorar nuestra historia universal y la construcción de nuestro mundo moderno desde una perspectiva distinta. El primero fue Abrir en caso de apocalipsis: guía rápida para reconstruir la civilización, que utilizaba el concepto de un manual sobre cómo reconstruir la civilización lo más rápido posible tras un apocalipsis. Se servía de la idea de perder todo lo que damos por hecho hoy en día para mirar entre los bastidores del mundo moderno, explorar a fondo su funcionamiento y revelar cómo distintos descubrimientos e inventos han hecho posible el progreso de la humanidad. El segundo libro, Orígenes: cómo la historia de la Tierra determina la historia de la humanidad, adoptaba una perspectiva más amplia y exploraba cómo las características del planeta que habitamos —desde la tectónica de placas hasta los cinturones climáticos, desde los recursos minerales hasta la circulación atmosférica— han influido profundamente en la historia de la humanidad. Orígenes nos llevaba desde la aparición de nuestra especie en la gigantesca grieta del valle del Rift en África oriental hasta el mundo moderno a lo largo de milenios de civilizaciones e imperios surgidos y caídos y nos mostraba cómo la evidente huella del mundo natural se puede apreciar incluso en la política actual.
Mi intención en este libro es ampliar esa línea de investigación y centrarla en nosotros, contar la historia de la humanidad desde la perspectiva de la biología y la esencia de lo que significa ser humanos. Soy biólogo de formación, por lo que, para mí, esto representa, en cierto modo, regresar a mi terreno. Espero revelar las maneras profundas y a menudo sorprendentes en las que aspectos inherentes a nuestra anatomía, genética, bioquímica y psicología han dejado su huella en la historia de la humanidad.
Exploraremos cómo el amor romántico y la familia humana son una consecuencia de nuestra peculiar evolución y cómo las dinastías reinantes hicieron del matrimonio un instrumento político. ¿Por qué eran las familias reales europeas especialmente propensas a tener dificultades reproductivas y cómo solventaron el problema otras dinastías, creando, de paso, soldados estériles parecidos a los de las colonias de hormigas?
Analizaremos en detalle cómo nuestra vulnerabilidad a las enfermedades infecciosas ha sido clave para la historia del mundo en multitud de ocasiones. ¿Cómo contribuyeron las enfermedades endémicas a la unión política de Inglaterra y Escocia o a duplicar el tamaño de Estados Unidos de la noche a la mañana? Las epidemias favorecieron la difusión de una religión poco conocida en otro tiempo y propiciaron el declive del feudalismo, pero también impulsaron el comercio atlántico de esclavos africanos a las Américas.
Algunas características fundamentales de las poblaciones humanas, como la tasa de crecimiento y el equilibrio entre hombres y mujeres, pueden tener consecuencias profundas, y exploraremos los efectos de estas fuerzas demográficas. También descubriremos maneras de alterar nuestra conciencia y cómo las sustancias psicoactivas, al influir en nuestra mente, llegaron a cambiar el mundo. Veremos cómo el alcohol se convirtió en un lubricante social irresistible, el efecto estimulante del té y el café, el sabor vigorizante y adictivo del tabaco, y cómo la adormidera se esgrimió como instrumento de sometimiento imperial.
Los errores en nuestro código genético tienen amplias repercusiones. Exploraremos cómo una mutación rara que se originó en la reina Victoria tuvo consecuencias catastróficas para las dinastías reinantes de toda Europa un siglo después y también intervino en la Revolución rusa. Otro gen desaparecido que había estado presente en todos los seres humanos desempeñó un papel decisivo durante la era de la navegación a vela y ocasionó sin querer el surgimiento de la organización criminal de peor fama del mundo.
Por último, trataremos las muy diversas consecuencias de los «virus» de nuestro software mental. ¿Qué sesgo cognitivo padecía Colón, fue un importante factor que condujo a la invasión de Irak medio milenio después y acecha tras el problema de la polarización política actual? ¿Qué otros errores cognitivos tuvieron como resultado la catastrófica carga de la brigada ligera en la guerra de Crimea e impregnan hoy las negociaciones comerciales internacionales y disputas territoriales como la que libran Israel y Palestina?
No obstante, empezaremos examinando nuestra evolución y veremos por qué, mucho antes de cultivar especies de plantas silvestres y domesticar animales salvajes para crear la agricultura y la civilización, primero tuvimos que domesticarnos nosotros. ¿Cómo evolucionaron los seres humanos para coexistir en armonía en poblaciones cada vez mayores y colaborar con éxito en proyectos comunes?
Parece que no hay nada a lo que la naturaleza nos impulse tanto como al trato social.
MICHEL DE MONTAIGNE, De la amistad
Vivir en grupo tiene muchas ventajas para los animales. Hace mucho más fácil encontrar pareja, permite cazar eficazmente en manada y ofrece seguridad y protección frente a los depredadores. No obstante, en comparación con las manadas de ñus o los bancos de peces, existe mucha más complejidad en las sociedades humanas. Tenemos una increíble propensión por cooperar. La clave del éxito humano no solo reside en nuestro hábil uso de herramientas, posible gracias a nuestra destreza manual, sino en nuestra voluntad de ayudarnos unos a otros, aunque no estemos emparentados ni sea probable que volvamos a vernos. Como dice Nichola Raihani en su excelente libro The Social Instinct, «la cooperación es el superpoder de nuestra especie, la razón por la que los seres humanos no solo han conseguido sobrevivir, sino prosperar en casi todos los hábitats de la Tierra». Nos enseñamos habilidades unos a otros e intercambiamos información que no habríamos deducido por nuestra cuenta jamás en la vida. Este proceso de aprendizaje cultural no solo permite la transmisión de capacidades nuevas en el seno de las poblaciones, sino también de manera acumulativa a lo largo de generaciones.
En este capítulo analizaremos dos importantes cambios en la evolución humana que fueron requisitos clave para nuestra capacidad de crear sociedades complejas en gran medida pacíficas y de colaborar en las vastas empresas que llamamos civilizaciones:[*] la reducción de la agresividad reactiva y el desarrollo en nuestro cerebro del software social que permite niveles de cooperación sin precedentes.[1]
AMANSAR NUESTROS INSTINTOS
Es simplista pensar en el comportamiento agresivo en virtud de una única escala que va de dócil a violento. Hay dos formas de agresividad humana que son muy distintas entre sí. La agresividad reactiva es una reacción impetuosa, una arremetida impulsiva contra una amenaza inmediata. En cambio, la agresividad proactiva está menos motivada por impulsos y emociones: es un acto calculado y premeditado hacia un objetivo concreto. A lo largo de nuestro desarrollo como especie, la expresión de estas dos formas de agresividad ha tomado derroteros distintos: hemos evolucionado para ser muy moderados en la primera, pero muy competentes en la segunda. Si entendemos la agresividad como un fenómeno dualista, vemos que no existe contradicción en decir que los humanos pueden ser tanto brutales como benevolentes.[2]
Nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés comunes y los bonobos, viven en grupos mixtos de machos y hembras. Estos grupos son fluidos en su tamaño y composición, y se dividen en otros más pequeños para buscar alimento en zonas distintas durante el día, antes de volver a reunirse por la noche para dormir. En periodos de tiempo más largos, los individuos se desplazan entre distintos grupos dispersos por todo el territorio; los chimpancés macho emparentados, por ejemplo, permanecen juntos, pero se aparean con hembras de las comunidades vecinas una vez que tienen edad para reproducirse.
Esta división y reagrupación periódica de los grupos se conoce como organización social de fisión-fusión. En los grupos mixtos de chimpancés, los episodios de agresividad y violencia son algo habitual. Los machos hostigan a las hembras y hay frecuentes muestras de hostilidad y una competencia feroz entre ellos por acceder a ellas para aparearse. Sus luchas internas establecen una jerarquía y el macho alfa debe recurrir a la violencia, o amenazar con ella, para mantener su posición en la cúspide. Los chimpancés macho también forman bandas para patrullar las fronteras de su territorio o invadir el de grupos vecinos. Atacan, y a veces matan, a machos de otros grupos para ampliar su ámbito de influencia y acceder a más recursos o hembras. Los bonobos suelen ser menos violentos que los chimpancés comunes, pero también se muestran agresivos tanto con otros miembros de su grupo como con los intrusos.[3]
Mientras que la agresividad es un estilo de vida para los chimpancés, la evolución del ser humano siguió una trayectoria muy distinta. Las tasas de agresividad física entre el resto de primates, incluso entre los bonobos más pacíficos, son cien veces superiores a las observadas entre humanos.[4] De hecho, los episodios de ira reactiva son muy poco comunes en las sociedades tradicionales de cazadoresrecolectores actuales. Estos grupos también se distinguen por su carácter igualitario, sin machos alfa despóticos ni jerarquías de dominación marcadas.
Parece que el cambio clave en la evolución humana fue el surgimiento de coaliciones de machos para mantener a raya o eliminar a cualquier posible tirano. Esta transformación de nuestra estructura social se vio impulsada por dos factores fundamentales: el lenguaje y las armas. La capacidad para comunicarse de manera eficaz permitió a los individuos conspirar y planificar una acción coordinada contra un líder tiránico, así como tranquilizarse unos a otros asegurándose que compartían un mismo propósito y compromiso. En resumidas cuentas, el lenguaje hizo posible urdir la destitución de un déspota. Y, al lanzarse al ataque, el uso de armas arrojadizas, como una piedra o una lanza, permitió actuar con contundencia sin que ningún individuo corriera mucho peligro físico.[5] Esta clase de coaliciones tienden a atacar únicamente cuando su superioridad es aplastante y están seguras de la victoria. Todos los generales de la historia han tenido muy presente este mismo cálculo matemático de la fuerza relativa desde los orígenes de la humanidad.[6] El primer homicidio premeditado de un déspota habría ocurrido cientos de miles de años antes del asesinato del dictador romano Julio César en el 44 a. C.
La eficacia con la que los individuos podían aunar fuerzas para desafiar y destronar a déspotas violentos igualó el terreno de juego. La influencia de un individuo en la sociedad se desvinculó de su fuerza física personal y se basó, en cambio, en la fortaleza de su entramado social y la reputación que se había labrado con su actitud generosa o solidaria. El poder pasó de un macho alfa dominante, que adquiría y mantenía su posición de autoridad mediante la fuerza bruta y la amenaza de ser violento con quienes lo desafiaran, al conjunto del grupo con una distribución más equitativa. Había surgido una nueva clase de sistema político que transformó el tejido de las primeras comunidades humanas: la jerarquía estricta dio paso a una estructura más igualitaria. Esta reducción de la agresividad reactiva y el aumento de la apacibilidad del ser humano sentaron las bases para el desarrollo de la cooperación compleja y el aprendizaje cultural.[7]
Esta capacidad de coordinarse en alianzas para mantener bajo control a los déspotas violentos mediante la agresividad proactiva planificada[8] creó la presión selectiva necesaria para reducir la agresividad reactiva impulsiva. A diferencia de un chimpancé en su mejor momento físico, a los seres humanos ya no les beneficiaba atacar a sus rivales para intentar llegar a lo más alto. De hecho, labrarse fama de violentos solo implicaba el riesgo de que una coalición de oponentes se alzara en su contra más adelante. El castigo colectivo de la agresividad reactiva tuvo como resultado su eliminación evolutiva. Nos domesticamos entre nosotros.[*]
Conforme se producía esta transición en la estructura social humana, pudieron utilizarse otras sanciones más moderadas para mantener el equilibrio en el seno del grupo, sin necesidad de recurrir a la violencia proactiva. Los individuos a los que se les subían demasiado los humos eran objeto de escarnio, humillación u ostracismo públicos; todavía hoy observamos estas conductas y rituales en las sociedades de cazadores-recolectores. No obstante, la amenaza de que el dictador fuera atacado por una coalición de aquellos a los que intentaba dominar continuaba siendo el principal elemento disuasorio. Si bien la capacidad de una comunidad para destituir a un déspota no garantiza una sociedad equitativa y justa, es un requisito indispensable y contribuye en gran medida a equilibrar una jerarquía de dominación.
Así pues, mientras que la agresividad reactiva impulsiva se eliminó en la evolución de la especie humana, la agresividad proactiva y calculada se mantuvo.[13] Los ataques por sorpresa de un asentamiento o pueblo a otro estaban motivados por el deseo de eliminar a los competidores o acceder a recursos o a parejas reproductivas. La evolución más reciente de esta conducta, que surgió con el desarrollo de las ciudades-Estado y las civilizaciones, es la guerra total. De hecho, la guerra es la máxima expresión de la agresividad proactiva, ordenada por gobernantes, planificada por estrategas y liderada por generales en el campo de batalla.
En la vida normal, los actos de violencia letal están prohibidos socialmente; en la guerra, en cambio, el objetivo es matar a un número decisivo de enemigos. No obstante, los seres humanos tenemos por lo general una aversión muy arraigada a ser violentos con nuestros congéneres, una predisposición biológica para la paz, fruto de nuestra evolución en el seno de organizaciones sociales igualitarias. Aunque los líderes puedan intentar espolear a sus hombres con proclamas sobre el honor y la gloria que obtendrán en el campo de batalla —luchando por Dios, el rey o la patria—, multitud de soldados a lo largo de la historia, muchos de ellos campesinos obligados a abandonar sus campos, han aborrecido la idea de matar a otra persona. Si queremos prepararnos para la guerra, debemos vencer los rasgos e inclinaciones sociales que han permitido a la humanidad vivir en armonía en sociedades complejas y desarrollar la civilización. Para inducir a las tropas a matar, el adiestramiento militar a menudo va dirigido a aumentar la agresividad y la propaganda tiene como objetivo deshumanizar al enemigo.[14]
LA CIVILIZACIÓN Y EL RESURGIMIENTO DEL DÉSPOTA
Se cree que esta estructura social en gran medida igualitaria ha predominado durante la mayor parte de nuestra historia como Homo sapiens anatómicamente modernos. No obstante, el deseo de poder y dominio personales jamás llegó a desaparecer. De hecho, las condiciones creadas por la introducción de la agricultura y el nacimiento de las primeras civilizaciones propiciaron el resurgimiento de gobernantes supremos despóticos.
En una sociedad de cazadores-recolectores, la carne fresca de una pieza de caza o los productos vegetales perecederos que se forrajean, como la fruta, deben consumirse de inmediato antes de que se echen a perder, por lo que parece lógico compartirlos con los demás. De todos modos, el grupo se desplaza continuamente y no tiene capacidad para acumular reservas.
Con el desarrollo de la agricultura, los seres humanos empezaron a vivir en asentamientos permanentes junto a sus campos o pastos. Los agricultores ya no estaban limitados a las pertenencias que podían llevar consigo. Además, la abundancia de alimento en época de cosecha y la necesidad de almacenar los excedentes en graneros crearon bienes que podían acumularse. Así nació el concepto de riqueza. El superávit de productos agrícolas permitió concentraciones de seres humanos cada vez más densas, el surgimiento de las ciudades y mayores grados de organización social, lo que dio lugar a Estados más complejos y al desarrollo de la civilización.
Aunque hay indicios de que algunas poblaciones de cazadores-recolectores no eran totalmente igualitarias y presentaban un cierto grado de sedentarismo, estratificación social y especialización de cometidos en el seno de la comunidad,[15] no cabe duda de que todas estas características se extendieron y acentuaron mucho más con la llegada de la agricultura.
Los individuos que se erigían en líderes, quizá por su habilidad para motivar a sus compañeros a colaborar con éxito en proyectos comunes, como la construcción y el mantenimiento de sistemas de riego, podían ejercer autoridad sobre esas infraestructuras vitales y acumular recursos para sí. Quienes controlaban la distribución de las valiosas reservas de alimentos y otros bienes podían retener recursos para ejercer presión o utilizarlos para comprar lealtades a fin de sofocar desafíos a su liderato o levantamientos. Y, mediante la transmisión de las riquezas materiales y el estatus social de una generación a la siguiente por herencia familiar (un tema que trataremos en el siguiente capítulo), las diferencias inicialmente pequeñas en abundancia de recursos —y la influencia y el estatus que brinda— no hicieron sino aumentar. Los gobernantes pudieron consolidar su posición; los privilegios y el poder se concentraron cada vez más en las élites; y la estructura social se estratificó todavía más. En un mundo agrícola dependiente de las infraestructuras existentes y la vida urbana, la gente tenía menos capacidad para irse a vivir a otra parte y no le quedaba más remedio que soportar a gobernantes cada vez más autocráticos.[16]
Esta desigualdad de poder no hizo sino agravarse con el surgimiento de los primeros procesos metalúrgicos y la fabricación de armas, armaduras y escudos de bronce. En el mundo primitivo, la disponibilidad generalizada de posibles armas —toda piedra pesada o rama puntiaguda podía blandirse contra un enemigo— favorecía el igualitarismo. No obstante, cuando las armas y armaduras de mayor calidad son difíciles de fabricar, o las materias primas son escasas y caras, el resultado es que el dominio del déspota se fortalece. Solo el líder supremo que controla la riqueza puede permitirse comprar la lealtad de hombres aptos y fuertes y equiparlos con armas de última generación. Una coalición de individuos improvisada pasa a tenerlo mucho más difícil para derrocar a un tirano. De hecho, un Estado a menudo se define como una entidad política coherente capaz de ejercitar el monopolio de la violencia dentro de sus fronteras, donde el gobernante soberano controla cuándo se ejerce y hacia dónde se dirige.[17]
COOPERACIÓN Y ALTRUISMO
No solo hemos modificado nuestras conductas agresivas para convivir en grupos grandes de manera pacífica, sino que hemos desarrollado una capacidad prodigiosa para cooperar y ser excepcionalmente altruistas. Es importante distinguir entre ambos conceptos: el altruismo beneficia al receptor a costa del donante, mientras que la cooperación beneficia a ambas partes. La cooperación está muy extendida en el reino animal. Las hienas que cazan en manada para derribar a un antílope mucho más grande que ellas logran colectivamente un objetivo que ninguna podría alcanzar por sí sola. No obstante, el grado de cooperación de los seres humanos supera al de cualquier otra especie del planeta. La civilización es en sí misma la máxima expresión de la cooperación, de grupos grandes de personas que colaboran en el mismo proyecto común.
Gran parte de la ayuda que se brindan los seres humanos es altruista. Esto significa que un individuo ayuda a otro a costa de sí mismo —en materia de comida, energía, tiempo u otros recursos valiosos— aparentemente sin obtener ningún beneficio personal inmediato. A primera vista, tales actos parecen difíciles de explicar en el contexto de la evolución. Si todos los individuos de una población compiten entre sí para sobrevivir y reproducirse, ¿qué ganan ayudando a otro, sobre todo a costa de sí mismos?
La selección natural a menudo se entiende como la capacidad de un individuo para sobrevivir en un determinado entorno, competir con miembros de su propia especie y de otras, y conseguir encontrar comida y pareja reproductiva. Los que tienen rasgos ventajosos dominan y se reproducen, por lo que, en la siguiente generación, hay más individuos portadores de los genes que originan esos rasgos y, con el tiempo, la especie pasa a adaptarse mejor a su entorno. El verdadero éxito de un individuo no radica únicamente en la cantidad de descendientes que puede engendrar, sino en la cantidad de ellos que sobreviven y más adelante se reproducen. Se trata de pensar a largo plazo: la eficacia biológica consiste en maximizar la cantidad de nietos que se tienen.[18]
No obstante, hay otra idea clave relacionada. La selección no solo favorece los rasgos que benefician a los descendientes directos de un individuo —su número de nietos—, sino también los que contribuyen al éxito reproductivo de sus parientes. Un determinado gen no solo se propaga si un individuo portador obtiene una ventaja, sino también si otros individuos emparentados con él —que probablemente portan copias del gen— sobreviven y se reproducen. Este es el concepto de eficacia biológica inclusiva.
Según este razonamiento, un individuo puede contribuir a la supervivencia y propagación de copias de sus genes ayudando a sus parientes, en proporción a su grado de parentesco. Más concretamente, los genes de un individuo prosperarán si el coste en el que incurre ayudando a un pariente dividido por el beneficio que este recibe es menor que su grado de parentesco genético. Esto se conoce como la regla de Hamilton, en honor al biólogo evolutivo W. D. Hamilton, que la expresó en una fórmula matemática. No obstante, se entiende mejor con un ejemplo. Nuestro parentesco genético con un hermano biológico es del 50 por ciento —es decir, hay una probabilidad de 50 a 50 de que cualquiera de nuestros genes elegido al azar sea idéntico al de nuestro hermano de sangre—. Este descubrimiento clave inspiró la broma que el biólogo evolutivo J. B. S. Haldane les hizo a unos amigos en un pub de Londres cuando les dijo que se arrojaría a un río y arriesgaría su vida para salvar a dos hermanos, pero no a uno, o para salvar a ocho primos, pero no a siete.[19] Al prestar ayuda a miembros de nuestra familia, sobre todo si son parientes cercanos, también se la prestamos indirectamente a nuestros propios genes. Esta estrategia evolutiva de contribuir a la supervivencia y la reproducción de los parientes, incluso a costa de uno mismo, se conoce como selección de parentesco.
Por consiguiente, las conductas aparentemente altruistas dirigidas a nuestros parientes no dejan de ser egoístas, ya que ayudan a propagar los genes que compartimos con ellos. En comunidades pequeñas muy unidas, con poco trasiego de individuos de otros grupos, las personas que nos rodean están probablemente emparentadas con nosotros, por lo que nos compensa ayudar de manera generalizada a todos los individuos del grupo.
La selección de parentesco está presente en todo el mundo animal: se ha demostrado que muchas especies prefieren ayudar a su familia inmediata o a los miembros de su grupo con los que tienen más probabilidades de estar emparentadas y, por tanto, de compartir muchos genes. Es más, muchos animales, incluidos los seres humanos, parecen llevar la regla de Hamilton grabada en su ADN: no solo son más altruistas con sus parientes frente a los que no lo son, sino que también lo son más con los parientes cercanos que con los lejanos.[20] En las poblaciones humanas, la selección de parentesco se expresa en todos los ámbitos, desde atacar a un depredador para proteger a la familia hasta pasar hambre para alimentar a los hermanos o ayudar a criar a los hijos de una hermana (o arrojarse a un río para salvar de su desdicha a ocho desafortunados primos).[*]
La selección de parentesco ofrece una buena explicación para la mayor parte del altruismo que observamos en la naturaleza. Sin embargo, no explica los actos de generosidad con individuos no emparentados. ¿Cómo puede una conducta ser ventajosa evolutivamente si tiene un coste para nosotros, pero no podemos contar con que el beneficiario comparta alguno de nuestros genes? El hecho de que, comparados con otros animales, los seres humanos seamos anormalmente amables con individuos no emparentados requiere otra explicación.
ALTRUISMO RECÍPROCO
La teoría más ampliamente aceptada para explicar cómo los individuos no emparentados entre sí pueden beneficiarse de ayudarse unos a otros se conoce como altruismo recíproco. La idea es que, si un individuo ayuda a otro, aun cuando hacerlo le suponga un coste, el favor le será devuelto más adelante. De ese modo, la cooperación puede desarrollarse como una serie de actos recíprocamente altruistas.[22]
Esta clase de altruismo es mucho menos común entre los animales no humanos que el de parentesco, pero hay ejemplos en algunas especies que, como nosotros, necesitan interactuar socialmente para prosperar en su entorno.[23] Hay muestras de intercambio recíproco en otros primates, como los babuinos y los chimpancés, así como en ratas y ratones, algunas aves e incluso peces.[24] Uno de los casos mejor estudiados es el de los murciélagos vampiro. Estos murciélagos se alimentan de la sangre de grandes mamíferos salvajes, así como de nuestro ganado domesticado. No obstante, encontrar alimento puede ser difícil y, debido a su elevado metabolismo, estos animales necesitan alimentarse cada uno o dos días. Los murciélagos vampiro viven en grupos grandes y, si uno de ellos ha conseguido alimentarse, a menudo regurgita sangre para compartirla con un compañero de la colonia menos afortunado. Un murciélago que una noche comparte sangre de forma altruista tiene muchas probabilidades de que le devuelvan el favor otro día en el que se hayan cambiado los papeles.[25]
Hay un sencillo principio económico fundamental para entender por qué el altruismo recíproco funciona tan bien. Los que han conseguido juntar comida a menudo han adquirido más de la que necesitan para sobrevivir. El excedente pierde valor y apenas influye en sus perspectivas de futuro. No obstante, para un individuo que aún no tiene suficiente para comer, el alimento que sobra continúa siendo muy valioso: podría significar la diferencia entre vivir y morir. Así pues, un benefactor puede donar parte de la comida que le sobra a un individuo que la necesita con un coste mínimo para él, pero un enorme beneficio para el receptor. En el caso de los murciélagos vampiro, darse un banquete con un animal les proporciona sustento más que suficiente, por lo que un individuo que ha conseguido alimentarse dispone de comida para cedérsela a otro murciélago menos afortunado que, de otro modo, podría morir de hambre. Más adelante, cuando la suerte cambia y el receptor se alimenta de más, puede devolver el favor, nuevamente extrayendo la mayor utilidad posible. Por consiguiente, el altruismo recíproco es una forma de intercambio de bienes en el que todos los donantes obtienen un provechoso rendimiento por su inversión.
Mediante esta práctica, ambas partes han extraído el máximo valor a un excedente que poseían en momentos distintos. Por ese motivo, esta conducta también suele denominarse altruismo diferido. Se dice que la competencia es un juego de todo o nada: para que un individuo gane, otro tiene que perder. No obstante, en la cooperación todos ganan: ambas partes pueden salir beneficiadas y, a menudo, de manera sustancial. Tanto los murciélagos vampiro como los primeros seres humanos se sirven de esta dinámica al compartir la comida y otros recursos o al prestarse servicios mutuos. Como señala Raihani: «La reciprocidad es tan fundamental para impulsar la cooperación que ha quedado recogida en proverbios ampliamente conocidos. Quid pro quo. Tú me rascas la espalda, yo te la rasco a ti. Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Bien con bien se paga. Estas máximas también existen en otros idiomas. En italiano, una mano lava l’altra se traduce como “una mano lava a la otra”, una frase que también existe en alemán (ein Hand wäscht die andere). En español, tienen el refrán “hoy por ti, mañana por mí”».[26]
El problema de proporcionar recursos o servicios de forma altruista, ayudando a los demás cuando no podemos estar seguros de que vayan a correspondernos en el futuro, es el riesgo de que nos tomen el pelo. Los tramposos pueden aprovecharse de nuestra generosidad indiscriminada y acabamos pagando todos los costes de ayudarlos, pero recibiendo pocos beneficios a cambio. Para que el sistema funcione, debemos mantener a los aprovechados a raya: debemos castigar a quienes no nos correspondan negándonos a ayudarlos la próxima vez para incentivar las conductas de cooperación mutua. Si el receptor decide no corresponderle cuando la suerte le sonríe, el altruista debe recordarlo y no volver a ayudarlo en el futuro: quien mucho abarca, poco aprieta. Esta estrategia conductual del ojo por ojo también se da en algunos animales: se ha observado que los cuervos se niegan a ayudar a otros individuos que los han engañado con anterioridad.[27]
LA AMISTAD Y LA PARADOJA DEL BANQUERO
No obstante, llevar mentalmente la cuenta de qué individuos nos han devuelto o no el favor conlleva su propia carga cognitiva y la evolución humana ha ideado una solución para ello. Tras repetidas interacciones recíprocas con la misma persona, empezamos a relajar nuestra supervisión de los intercambios. En otras palabras, pasamos a confiar el uno en el otro y nuestra relación da paso a un lazo más profundo: la amistad. Un amigo actúa como colaborador y aliado de confianza en otras interacciones sociales y dejamos de llevar la cuenta de sus conductas, sin esperar ni exigirle explícitamente que nos devuelva ningún favor concreto. El propio vínculo es garantía de reciprocidad y una inversión de futuro.[28] Por supuesto, sabemos que las amistades se deterioran, pero solo después de una larga historia en la que uno de los dos recibe más de lo que da.
El vínculo de la amistad está mediado biológicamente por la oxitocina, la hormona que despierta el instinto maternal en todos los mamíferos y que, en el ser humano, mantiene el vínculo de pareja entre dos compañeros sexuales el tiempo suficiente para que críen juntos a sus hijos (un tema que trataremos en el capítulo 2). En nuestra especie, la amistad es una prolongación de esa estrecha relación entre padres e hijos: también forjamos esa clase de lazo con los individuos con los que mantenemos una relación recíproca. Es este vínculo neuroquímico lo que hace que el dolor por la traición de un buen amigo sea mucho más intenso que el disgusto de que nos engañe un desconocido.
Concretamente, el vínculo de la amistad puede resolver un problema que se conoce como la paradoja del banquero. Cuando estamos al borde de la ruina económica y más necesitamos un préstamo, es poco probable que el banco nos lo conceda, ya que representamos un verdadero riesgo crediticio. En cambio, cuando las cosas nos van bien, el banco está más que dispuesto a ofrecernos financiación. Esta misma dinámica también habría planteado un grave problema para el altruismo recíproco en el mundo de nuestros antepasados. Las personas pueden tener menos probabilidades de recibir ayuda cuando más la necesitan porque son menos capaces de corresponder. ¿Por qué habría de ayudarnos alguien que no es de la familia, cuya probabilidad de que le devolvamos el favor es mucho menor? La evolución de la amistad ofrece una solución a este dilema. El vínculo mediado por la oxitocina entre los amigos los hace insustituibles el uno para el otro. Por consiguiente, si un amigo enferma de gravedad, en vez de abandonarlo despiadadamente para buscar a otra persona con la que forjar una relación de altruismo recíproco, tenemos un interés emocional por su bienestar que nos empuja a ayudarlo a recuperarse. En la necesidad se conoce la amistad. En este sentido, la amistad puede haberse desarrollado en la evolución humana como una especie de seguro frente a circunstancias desesperadas.[29]
Se conocen algunos ejemplos de altruismo recíproco en el mundo animal —como entre los murciélagos vampiro—, pero esta práctica es excepcionalmente común entre los seres humanos. Explica gran parte de la generosidad y la cooperación que se observan en nuestras interacciones, sobre todo en sociedades pequeñas y muy unidas, donde los individuos tienen muchas probabilidades de volver a encontrarse para poder corresponder los actos altruistas. No obstante, una característica extraordinaria del comportamiento humano, frente a todos los demás animales, es nuestra propensión por ayudarnos unos a otros, aunque no esperemos que la interacción vuelva a repetirse. Es lo que llamamos la amabilidad de los desconocidos. A menudo, los seres humanos brindamos ayuda sin vacilar incluso a personas que no conocemos y no esperamos volver a ver. ¿Cómo se explican estos actos puntuales de bondad? La selección de parentesco y el altruismo recíproco no pueden justificar este comportamiento; debieron de intervenir otros factores en el desarrollo de nuestra especie.
Una posible explicación es un desajuste evolutivo. Nuestros antepasados vivían en grupos pequeños en los que casi todos los miembros estaban emparentados entre sí. En esas circunstancias, la selección de parentesco y el altruismo recíproco pueden explicar con holgura los actos de generosidad entre los miembros de la tribu: se trata de ayudar directamente a copias de los propios genes o de interactuar repetidas veces con los mismos individuos para que devuelvan un favor. No obstante, esta sencilla estrategia evolutiva ya no habría funcionado tan bien cuando el ser humano empezó a vivir en sociedades más grandes y complejas, sobre todo cuando las poblaciones cada vez mayores se asentaron en entornos urbanos, dominados por interacciones breves con desconocidos sin ningún lazo familiar. Cuando voy andando al trabajo todas las mañanas, me cruzo por la calle con más desconocidos de los que mis antepasados cazadores-recolectores probablemente vieron en toda su vida. Pero, por lo general, seguimos cooperando con quienes nos rodean, aunque ya no exista ningún interés genético personal.
Nuestra mente evolucionó para favorecer conductas que fueran adaptativas en el entorno primitivo, en comunidades pequeñas basadas en lazos de parentesco dispersas por la sabana africana, y ese sistema operativo cognitivo no se ha actualizado con software nuevo mientras el entorno social se ha transformado a toda velocidad. Así pues, nuestras actitudes altruistas no están calibradas para nuestro mundo evolutivamente nuevo. Esto ocasiona la conducta en apariencia desadaptativa de ayudar a desconocidos cuando ellos jamás nos devolverán el favor.[30]
No obstante, hay una explicación mejor de por qué la humanidad es tan cooperativa sin esperar nada a cambio, y explica con holgura esta conducta aparentemente paradójica en lugar de considerarla un mero vestigio de nuestra programación evolutiva.
RECIPROCIDAD INDIRECTA
La noción de reciprocidad indirecta sostiene que, en vez que devolver un favor al mismo altruista, el receptor se lo hace a otros. A ayuda a B, que a su vez ayuda a C, que a su vez ayuda a D, y así sucesivamente. El favor se transfiere por toda la comunidad hasta que, tarde o temprano, retorna a A. Se recoge lo que se siembra. Y hay un nivel más: otro individuo que ha presenciado el acto de bondad de A hacia B ayuda al propio A para forjar una relación con una persona que sabe que es generosa: Z ayuda a A. Los dos mismos individuos no necesitan volver a coincidir, como se requiere en la reciprocidad directa, sino que se benefician del comportamiento altruista del grupo en su conjunto. Las personas altruistas tienen más probabilidades de recibir ayuda, mientras que los aprovechados que se niegan a ayudar a los demás son castigados o excluidos.[31] Esta reciprocidad indirecta es una forma de cooperación humana extraordinariamente sofisticada[32] y, para que el sistema funcione, se requieren dos capacidades clave que no poseen los demás animales.
En primer lugar, no solo tiene que haber testigos observando las interacciones, y si una u otra parte actúa de manera generosa o egoísta, sino que esa valiosa información sobre el comportamiento de los individuos se debe compartir para que todo el grupo pueda acceder a ella. En otras palabras, los miembros de una comunidad deben chismorrear unos sobre otros. Si un individuo se echa fama de informal, de aceptar con egoísmo beneficios sin dar nada a cambio, los miembros de la comunidad se abstendrán de ayudarlo la próxima vez que esté en apuros. No es del todo cierto que «los tramposos nunca ganan» —a menudo pueden salirse con la suya a corto plazo, sobre todo en comunidades grandes y anónimas—, pero tarde o temprano los descubren y su reputación se resiente. Por consiguiente, los chismorreos son un requisito indispensable para que la reciprocidad indirecta no se vea saturada de aprovechados y su omnipresencia en las culturas humanas se remonta a tiempos ancestrales. De hecho, los chismes y las habladurías pasaron a sustituir otras actividades forjadoras de relaciones en los primates, como el acicalamiento.
Este prolífico intercambio de información entre toda la comunidad sobre el comportamiento de sus miembros, como una red social basada en el boca a boca, crea un sistema de reputación para determinar la idoneidad de cada individuo para la cooperación. Un individuo que se muestra generoso con sus congéneres se labra una buena reputación; un aprovechado informal se echa mala fama y el resto de la comunidad sabe que debe evitarlo en futuras interacciones. La selección natural favorece al individuo que actúa con amabilidad porque los demás se ven inclinados a ayudarlo más adelante, por lo que la evolución ha moldeado la psicología humana para que nos importe mucho nuestra reputación, a la vez que los chismorreos nos inducen a seguir jugando limpio.
La primera regla para vivir en una sociedad de chismosos es tener cuidado con lo que hacemos o, más importante aún, con lo que los demás pensarán de lo que hacemos.[33] Así, la sociedad humana se convirtió en una multitud de mentes que fingían ser otras mentes, para deducir las motivaciones y actitudes de los demás y determinar cómo era probable que percibieran sus actos a fin de gestionar mejor su reputación. Nuestra conciencia es una expresión de eso: es la voz interior que nos advierte de que alguien puede estar observándonos y nos induce a pensar en cómo percibiría nuestra actuación para poder evitar el castigo social.[34]
El segundo aspecto clave que facilita la reciprocidad indirecta es el castigo de los tramposos. En las interacciones repetidas de reciprocidad directa entre dos personas que ya hemos tratado, una recuerda si la otra la ha engañado y, de ese modo, puede rehusar ayudarla la próxima vez. Se sabe que los chimpancés también se vengan por actuaciones que los han perjudicado personalmente.[35] No obstante, una conducta que solo se observa en el ser humano consiste en que una parte que no ha participado de manera directa en una interacción de explotación castigue al tramposo sin obtener ningún beneficio material para sí, un concepto que se conoce como castigo de terceros o altruista.[36]
La conducta de castigo altruista en el ser humano puede explorarse con juegos económicos sencillos. La clase que trataré aquí implica a un grupo de jugadores que colaboran para lograr un resultado que los beneficia a todos, lo que se conoce como bien público. Estos proyectos cooperativos se observan en todas las sociedades humanas, desde cazar una presa de gran tamaño hasta excavar y mantener un sistema de canales para regar los campos de los agricultores o construir un edificio municipal. La historia de la civilización es la historia de personas que contribuyen a bienes públicos y, conforme la civilización ha ido avanzando, el número y la complejidad de los bienes públicos han aumentado en consecuencia.[37] Las ciudades y estados brindan servicios como una red viaria adecuada, un suministro de agua limpia, servicios de urgencias, educación pública, asistencia sanitaria, orden público y defensa nacional. Toda la comunidad puede beneficiarse de ellos, pero solo los que han participado en su desarrollo han soportado los costes.
Los bienes públicos corren el riesgo de verse socavados por holgazanes que pueden ingeniárselas para aportar poco o nada al proyecto común, pero aun así cosechar los frutos. En el juego de los bienes públicos, cada jugador dispone de una cantidad de dinero y, en cada ronda, puede decidir cuánto aporta a un fondo común. Al final de la ronda, los jugadores se embolsan el dinero personal que les queda y el fondo común se multiplica por algún factor (entre uno y el número de jugadores) y se reparte de manera equitativa entre todos. El mejor resultado posible para el grupo en conjunto es que todos los jugadores aporten la totalidad de su dinero para que todo el mundo maximice los fondos multiplicables y, por consiguiente, sus ganancias personales. No obstante, un jugador aprovechado puede hacer trampa y beneficiarse del esfuerzo de cooperación no aportando nada al fondo común —no solo se queda con todo su dinero, sino también con el rédito de la generosidad de los demás—.
Por lo general, la mayoría de los participantes tienden a aportar en torno a la mitad de su dinero personal al fondo común, un enfoque razonable y prudente. Sin embargo, cuando los jugadores se van dando cuenta de que algunos de ellos aportan muy poco, o incluso nada, al fondo común, las contribuciones de todos ellos disminuyen ronda tras ronda hasta llegar a cero.[38] El proyecto cooperativo se va al traste por la conducta egoísta de los aprovechados.
Con todo, hay una sencilla modificación de las reglas del juego que puede forzar la cooperación y rescatar el proyecto común en beneficio de todos. Añadir un sistema de sanciones permite a los jugadores gastar parte de su dinero para reducir las ganancias de los que ellos creen que han hecho trampa. Por ejemplo, pueden pagar un euro para reducir en tres euros las ganancias de un jugador tramposo. La inclusión de este castigo altruista cambia radicalmente la dinámica del juego. Ahora, las aportaciones individuales al bien común tienden a aumentar —a veces hasta más del 70 por ciento del dinero personal de cada jugador— y se mantienen en ese nivel ronda tras ronda. Las personas parecen estar dispuestas a incurrir en un coste personal para castigar a los tramposos y este castigo altruista es muy eficaz tanto para disuadir a los aprovechados como para fomentar una mayor cooperación en todo el grupo. Así pues, también en la vida real, los tramposos redomados cuyos actos egoístas o antisociales sabotean a la comunidad están expuestos a castigos que incluyen la denegación de beneficios y la exclusión social o el ostracismo o incluso se pueden convertir en el blanco de actos de violencia proactiva.
La motivación clave que impulsa el castigo altruista parece ser innata y emocional: los jugadores refieren sentir indignación o enfado hacia los aprovechados y un deseo impulsivo de castigarlos.[39] Algunos estudios han determinado que el justo castigo de los tramposos provoca el mismo aumento de dopamina neuroquímica en los centros de recompensa del cerebro que funciones biológicas cruciales como saciar el hambre o la sed, tener relaciones sexuales o cuidar a los hijos. (Trataremos el sistema dopaminérgico en el capítulo 6). Es esta descarga de placer dopaminérgico la que nos empuja a asumir los costes de infligir el merecido castigo a otros.[40] Parece que, en el ser humano, forzar la cooperación y las conductas prosociales tiene su propia recompensa innata.[41] Por consiguiente, a nuestros impulsos primarios dirigidos a la supervivencia y la reproducción se suman otros más recientes de carácter neurológico que dictan nuestro extraordinario comportamiento prosocial. Los seres humanos parecemos estar programados de fábrica para cooperar y exigir juego limpio en nuestras interacciones. La cooperación está grabada en nuestro ADN y el castigo altruista es el pegamento que mantiene unidas a las sociedades.[42]
Para que el altruismo indirecto funcione en una sociedad, el peso de administrar castigos justos debe compartirse entre todos los miembros del grupo. Así pues, vamos un paso más allá y también castigamos a los que eluden la responsabilidad de sancionar a los transgresores (y que, por tanto, están aprovechándose del sistema de reputación).[43] Los seres humanos no solo somos altruistas, sino que nos encargamos de aplicar diligentemente las reglas del altruismo.[44] El castigo altruista es una condición necesaria para impedir que la cooperación se vea socavada por los individuos aprovechados y explica cómo se originó la reciprocidad indirecta.[45]
El altruismo indirecto requiere capacidades cognitivas sofisticadas. El sistema de reputación no solo precisa el uso del lenguaje y el intercambio de información a través de los chismorreos sobre qué individuos han demostrado ser cooperadores fiables o poco fiables, sino que cada miembro del grupo tiene que llevar un registro mental de cuál es la reputación de los otros miembros de la comunidad.
No obstante, los seres humanos tienen una capacidad finita para llevar la cuenta de todos esos datos sociales. El límite cognitivo propuesto para la cantidad de relaciones sociales duraderas que un individuo es capaz de mantener (lo que, por consiguiente, también limita el tamaño medio del grupo), conocido como número de Dunbar en honor al antropólogo británico Robin Dunbar que lo propuso por vez primera,[46] suele estimarse en torno a los 150.[*] Tenemos unos pocos amigos y familiares de confianza y, fuera de ese grupo íntimo, nos rodeamos de círculos concéntricos paulatinamente más grandes de personas que conocemos cada vez en menor profundidad, hasta llegar a los conocidos con quienes interactuamos en contadas ocasiones. Dentro de cada círculo, las cantidades parecen permanecer bastante constantes, de manera que, si hacemos un nuevo amigo, tendemos a perder el contacto con uno antiguo al que llevamos un tiempo sin ver. Esta estructura estratificada de nuestras redes sociales se ha identificado en distintas sociedades modernas[47] y queda patente en a quiénes llamamos o enviamos SMS y con qué frecuencia,[48] cómo interactuamos en las redes sociales virtuales[49] e incluso cómo jugamos en línea.[50] Aunque nuestros modos de comunicación han cambiado con las nuevas tecnologías, nuestro cerebro paleolítico no lo ha hecho.
En las sociedades de mayor tamaño, son estas redes sociales personales, que existen como dominios difusos y superpuestos dentro de la población total, las que favorecen las agrupaciones altruistas y cooperativas en un mundo de desconocidos.
DETECTAR A LOS TRAMPOSOS
Además de tener el impulso innato de castigar a quienes infringen las reglas del altruismo recíproco o la cooperación, el ser humano es experto en detectar los casos en los que ocurren tales infracciones. La importancia de pillar a los tramposos es tan primordial para proteger nuestra vida social cooperativa que hemos desarrollado una capacidad especialmente sensible para detectar cuándo se han infringido las normas.
Las tareas que requieren aplicar reglas lógicas no suelen dársenos demasiado bien. Un rompecabezas clásico que se utiliza para explorar esto se conoce como tarea de selección de Wason.[53]
Imagine el lector que está sentado a una mesa con cuatro cartas colocadas como se muestra a continuación. Todas tienen un número en una cara y son blancas o negras por la otra. Nos dicen que, si una carta lleva un número par, la otra cara es blanca.
¿Qué carta o cartas tiene que volver para determinar si la regla es verdadera o no? Esto exige aplicar lo que se conoce como lógica de la refutación: para hallar la verdad, tiene que intentar demostrar que se ha infringido una regla condicional (si p, entonces q).
La respuesta correcta es que necesita volver tanto la carta que lleva el «4» como la que es negra por detrás. De hecho, darle la vuelta a la carta que lleva el «7» o a la que es blanca por detrás no sirve de nada: aunque tengan el dorso «equivocado», eso no refuta la regla, ya que esta no dice que las cartas con números impares no puedan tener también el dorso blanco, por ejemplo.
Si se equivoca, no se preocupe: está, sin ninguna duda, dentro de la mayoría. Solo entre el 10 y el 25 por ciento de las personas a las que les plantean este problema lo resuelven.[54] La mayoría identifican la importancia de encontrar pruebas concluyentes de q en presencia de p —es decir, de que el dorso de la carta «4» es, en efecto, blanco—, pero no vuelven la carta negra para comprobar si la regla es falsa: una p (número par) sin una q (cara blanca).
Pero, sorprendentemente, si la misma prueba lógica se plantea como detector de trampas en un intercambio social —si se acepta el beneficio (p), entonces hay que pagar el coste (q)—, la gente lo hace mucho mejor.[55] Supongamos que una granja local tiene una mesa junto a la carretera con calabazas que valen 1 euro cada una; hay una caja para echar las monedas. Las cartas de este rompecabezas aparecen a continuación: una cara muestra lo que ha pagado una persona y la otra si ha cogido o no una calabaza. ¿Cuáles volvería el lector para determinar si el individuo representado por cada carta ha hecho trampa?
En este caso, el rompecabezas parece bastante sencillo, incluso fácil. No obstante, representa exactamente el mismo proceso lógico para refutar una regla condicional que hemos visto en el ejemplo anterior. Me figuro que el lector, como yo, miraría de inmediato el dorso de la carta «No ha pagado nada» para descubrir si el individuo ha hecho trampa cogiendo una calabaza de todos modos, pero también la carta «Ha cogido una calabaza» para ver si ha pagado el euro que vale. Parece que sabemos intuitivamente cómo verificar la regla de «si se acepta el beneficio (p), entonces se paga el coste (q)». Cuando la tarea de selección de Wason se plantea como un intercambio social, el 75 por ciento de las personas aciertan, un porcentaje tres veces superior al de la versión abstracta con números y colores.[56]
Quizá no sorprenda del todo que las personas ejecuten mejor esta tarea cuando se enmarca en un escenario conocido de la vida real. Pero, incluso cuando la prueba de Wason utiliza conceptos cotidianos —si bien no relacionados con jugar limpio—, la gente sigue haciéndolo bastante mal. En cambio, cuando este rompecabezas se plantea a niños de tan solo tres años, en una forma pictórica apropiada para su edad, ellos identifican correctamente a las personas «malas» que infringen las reglas del intercambio social apropiándose de un beneficio sin pagar el coste.[57]
Según algunos psicólogos y antropólogos, esto demuestra que los seres humanos tenemos un módulo innato en el cerebro especializado en la «detección de tramposos» que ha sido adaptado por la evolución para detectar violaciones del comportamiento justo y cooperativo.[58] No obstante, se trata de una afirmación controvertida y difícil de probar,[59] pero lo que sí queda claro es que a los seres humanos se les da especialmente bien pillar a los aprovechados, y esta ha sido una capacidad fundamental para permitir la cooperación generalizada en sociedades de gran tamaño.
DE LAS SOCIEDADES A LAS CIVILIZACIONES
La evolución nos ha equipado con una serie de impulsos internos que motivan conductas beneficiosas: la sensación de hambre cada vez mayor nos induce a comer; el deseo sexual y la posibilidad del orgasmo son un incentivo para reproducirnos. La evolución también ha moldeado nuestra tendencia a favorecer las conductas que nos resultaban ventajosas para vivir juntos en grupos. Estas respuestas de base biológica —que percibimos como emociones— incluyen el afecto hacia familiares y amigos, la compasión por los que sufren, la indignación y la ira con los tramposos, y la agradable sensación de bienestar por llevar a cabo un acto altruista o administrar un castigo justo. Otras emociones que favorecen la cooperación social son autodirigidas. Los sentimientos angustiantes de culpa y de contrición indican que hemos actuado de forma poco virtuosa y expresárselos a la comunidad puede servir para mitigar el castigo social y ayudar a allanar el terreno para reparar la relación y obtener el perdón.[60] Estas emociones están muy arraigadas en nuestro software cognitivo —es probable que ya estuvieran presentes en alguna forma antes de que nos separáramos del linaje de los chimpancés— y favorecen el altruismo, la reciprocidad, la cooperación y la justicia como los componentes básicos de la moralidad humana.[61]
La moral aporta un marco fundamental para vivir en armonía en grupos sociales. Casi todas las personas del planeta estarían de acuerdo en que ayudar al prójimo, cumplir las promesas y ser fiel al cónyuge son conductas morales, mientras que el asesinato, la violación y el engaño son inmorales.[62] A grandes rasgos, las conductas inmorales pueden definirse como la búsqueda del interés propio a costa de otros individuos, lo que incluye perpetrar un acto sin su consentimiento o privarlos de la capacidad de tomar sus propias decisiones libremente. Por lo general, las conductas que consideramos morales engloban las que son desinteresadas y respetan la equidad y la cooperación en los intercambios sociales a fin de no desestabilizar a la sociedad.[63] La esencia del comportamiento moral es la regla de oro: «Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti», lo que requiere que un individuo considere sus actos desde la perspectiva de otra persona.
Estos impulsos humanos innatos que favorecen las conductas altruistas y cooperativas, y el sentido de moralidad al que dieron origen, mantienen el comportamiento prosocial en las comunidades pequeñas. No obstante, a medida que aumenta el tamaño de los grupos, la cooperación se vuelve más difícil de controlar. La reciprocidad directa pierde eficacia porque los tramposos pueden seguir encontrando nuevas víctimas y no afrontar el castigo por una interacción repetida. La reciprocidad indirecta también se viene abajo, ya que, en grupos más grandes, la información puede tardar en difundirse y es más difícil llevar la cuenta del comportamiento de sus miembros. El anonimato relativo de las poblaciones grandes permite a los tramposos ir por delante de su mala reputación para que nunca los alcance.
Una sociedad solo puede crecer hasta cierto punto antes de que los mecanismos innatos que favorecen el comportamiento prosocial en el ser humano resulten insuficientes y los proyectos cooperativos corran el riesgo de desplomarse bajo el peso de los tramposos y los aprovechados.[64] A fin de permitir una coexistencia más pacífica entre las grandes poblaciones de ciudades y civilizaciones, han surgido conceptos culturales que complementan nuestra tendencia biológica a cooperar fruto de la evolución.
La religión, y creer en dioses, es una de estas innovaciones culturales que ha tenido una poderosa influencia desde el origen de la civilización. En las culturas humanas, los dioses han cumplido infinidad de papeles: creadores de la Tierra y el cosmos, causantes de fenómenos naturales, artífices de acontecimientos tanto propicios como catastróficos y dueños del destino y la fortuna de las personas. No obstante, es su papel de observadores que todo lo ven y de disciplinadores todopoderosos (así como de mediadores del perdón) lo que sirve de potente incentivo para el comportamiento prosocial en comunidades grandes en las que, de otro modo, las transgresiones podrían pasar desapercibidas. Un dios omnipresente, omnisciente y omnipotente actúa como una tercera parte que castiga las conductas inmorales. Aunque creer en seres sobrenaturales y la religión no son un requisito indispensable para construir sociedades y civilizaciones grandes y complejas, definitivamente ayudan.[*]
La invención de la escritura coincidió con el surgimiento de las primeras ciudades-Estado. La escritura es una tecnología que busca superar las limitaciones de la memoria humana y la comunicación oral para transmitir conocimientos a toda la sociedad y a lo largo de generaciones. Los primeros sistemas utilizados en Mesopotamia sirvieron para consignar datos sobre administración civil y comercio en torno al cuarto milenio a. C.; en Egipto y Mesoamérica, se utilizó para crear calendarios y documentar acontecimientos políticos y medioambientales. Aún más importante, el Estado se apropió de la escritura para sistematizar las leyes. Los primeros códigos jurídicos escritos que se conocen son mesopotámicos. Los fragmentos que se conservan de los códigos de Ur, una ciudad-Estado sumeria del tercer milenio a. C., proporcionan una lista de castigos para distintos delitos en forma de reglas condicionales del tipo «si…, entonces…». El castigo por delitos agrarios eran multas en cebada; para las lesiones corporales se prescribían multas en plata; no obstante, el robo, la violación y el asesinato se castigaban con la pena capital. El Código de Hammurabi, rey de Babilonia, datado en torno a 1750 a. C., está especialmente bien conservado y consiste en más de 4.000 líneas de texto cuneiforme inscritas en una estela de piedra que se exponía en público. Abarca ámbitos jurídicos como la familia, la propiedad, el comercio, las agresiones y la esclavitud. Las disposiciones incluyen: «Si un hombre deja tuerto a otro, que lo dejen tuerto a él» y «Si un hombre abre brecha en una casa, delante de la brecha se le matará».[66]
La mayoría de los actos que han sido proscritos por sistemas jurídicos de todo el mundo y a lo largo de la historia son aquellos que ya condena nuestro sentido moral colectivo forjado por la evolución. Se trata de delitos contra otras personas y sus posesiones, como las agresiones, el asesinato, la violación y el robo o daño a la propiedad ajena. También prohíben la calumnia, es decir, perjudicar la reputación de otra persona con falsas acusaciones, así como las conductas imprudentes o negligentes. El Código de Hammurabi, por ejemplo, incluye la ley un tanto draconiana de que si un constructor edifica una casa que no es firme y esta se derrumba y mata a sus habitantes, él mismo será condenado a muerte. También hay delitos por incumplimiento más recientes, como no pagar los impuestos y, por consiguiente, estafar al bien público que es la propia sociedad. Los delitos por incumplimiento se describen a veces como delitos sin víctimas, en el sentido de que no puede identificarse ninguna persona damnificada concreta, pero encierran el potencial de perjudicar a todos los miembros de la sociedad.
Así pues, en esencia, los sistemas jurídicos transforman el entorno social para modificar el comportamiento humano. Incentivan todavía más las actitudes prosociales en sociedades grandes de desconocidos al aumentar las probabilidades de descubrir y sancionar a los tramposos. La ley es un instrumento que empuja al ser humano a comportarse de maneras en las que podría no haberlo hecho si creyera que no iban a pillarlo.[67] Surgieron tribunales para determinar la culpabilidad y dictar castigos como multas, penas de cárcel o, para las peores transgresiones sociales, la pena capital. Más recientemente, se crearon cuerpos policiales para detectar las conductas ilícitas y hacer cumplir las leyes. La detección y el castigo de los tramposos aún requieren un coste colectivo, pero hoy en día todos los miembros de la sociedad contribuyen al bien público pagando impuestos, que se utilizan para sufragar los sueldos de los agentes de policía, los funcionarios judiciales y los guardias de prisiones.
En situaciones en las que la ley no se aplicaba de manera sistemática, el antiguo sistema de confianza basado en la reputación de un individuo se amplió para crear sistemas de reputación institucionalizados. En The Social Instinct, Raihani pone este ejemplo: «Los comerciantes del siglo XI se enfrentaban a un dilema a la hora de vender sus mercancías en ultramar: podían viajar con ellas y venderlas personalmente en ese mercado o podían confiar el cometido a un agente extranjero, que las vendería en su nombre. La segunda opción era más eficaz, pero conllevaba el problema de la confianza: ¿cómo podía un comerciante estar seguro de que el agente extranjero no se largaría con todas sus mercancías? La solución fueron los gremios mercantiles, como el de los comerciantes magrebíes —un club que solo admitía a los miembros más dignos de confianza de la sociedad—. Si optaba por hacer negocios con un miembro del gremio magrebí, un comerciante podía estar seguro de que su socio se comprometía a ser honrado en sus prácticas comerciales. Un comerciante magrebí afrontaría el coste mucho mayor de que lo excluyeran del gremio si no se atenía a las reglas. Las personas confían intuitivamente en los conductores de los famosos taxis negros de Londres por la misma razón».[68] La amenaza de que los despojen de su prestigiosa licencia supera con creces el beneficio a corto plazo de estafarle unas pocas libras a un cliente. Hoy en día, el uso de sistemas de reputación para facilitar transacciones entre desconocidos se ha digitalizado y la pujante economía colaborativa en línea se ve respaldada por la práctica de proporcionar reseñas públicas y puntuaciones en los mercados en línea y las plataformas digitales de prestación de servicios (como Airbnb, Uber, Lyft o TaskRabbit).[69]
La cuestión clave explorada en este capítulo se relaciona con los aspectos intrínsecos de la naturaleza humana: ¿somos inherentemente pacíficos o violentos? Dos famosos filósofos, Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau, tenían opiniones contrarias sobre este tema. Al escribir a mediados del siglo XVII y mediados del XVIII, respectivamente, ninguno tenía las pruebas arqueológicas o antropológicas de que disponemos hoy sobre cómo vivieron nuestros antepasados en un tiempo remoto, por lo que teorizaron sobre el estilo de vida de los humanos antiguos antes de que naciera la civilización. Hobbes creía que nuestro estado natural era una existencia precaria al filo de la supervivencia, en la que los seres humanos libraban una batalla perpetua entre sí y estaban constantemente expuestos a una muerte violenta, antes de que el surgimiento de un Estado poderoso —Hobbes lo llamó Leviatán— controlara aquella barbarie. Rousseau, por el contrario, sostenía que la violencia no es un aspecto inherente al comportamiento humano y que nuestros antepasados vivían en idílica armonía entre sí y con su rico entorno, sin necesidad de conflictos. En su opinión, el ser humano es bueno por naturaleza; son las sociedades grandes y organizadas las que lo han corrompido.
Como suele ocurrir, la verdad parece hallarse en algún punto intermedio de esta dicotomía. Como hemos visto, a lo largo de nuestra historia evolutiva nos hemos domesticado y hemos aprendido a reprimir la agresividad reactiva. Las coaliciones de individuos recurrían a la amenaza o, en caso necesario, a la violencia proactiva para expulsar a los déspotas. Los cazadores-recolectores vivían en comunidades en gran medida igualitarias, aunque a menudo estallaban conflictos violentos entre grupos. El surgimiento de la agricultura sedentaria permitió acumular bienes, lo que pronto se tradujo en un aumento de las desigualdades en riqueza y poder y en la aparición de estructuras sociales muy jerarquizadas, que permitían a los fuertes explotar a los débiles. No obstante, el control desde arriba y el monopolio de la violencia ejercidos por estados incipientes también favorecieron una convivencia más pacífica en poblaciones de mayor tamaño y, aunque los estados libraban guerras entre sí, la unión en entidades políticas más grandes e imperios mantuvo un mayor orden y redujo los conflictos internos.[70]
El factor determinante que permitió al ser humano convivir en sociedades cada vez más grandes y complejas, y que finalmente condujo al establecimiento de civilizaciones enteras, fueron una serie de sistemas cada vez más sofisticados para fomentar las conductas altruistas y la cooperación entre los individuos, así como para protegerse de los aprovechados. La selección de parentesco funciona a la perfección en grupos pequeños de familias emparentadas entre sí. La reciprocidad directa amplía el ámbito para favorecer también la cooperación entre personas que no tienen lazos de parentesco. Y la reciprocidad indirecta permite la cooperación en grupos aún mayores, facilitada por los sistemas de reputación, los castigos impuestos por terceras partes y la confianza establecida entre redes sociales dentro de la comunidad en conjunto. Todo ello es posible gracias al software social que ha evolucionado en nuestro cerebro. Pero no basta para consolidar sociedades más grandes, por lo que la civilización debe mantenerse unida mediante invenciones culturales superpuestas a nuestra sociabilidad inherente y a nuestro deseo de cooperar, tales como la religión, los códigos de leyes sistematizados, el control y el castigo de los infractores por parte del Estado y los sistemas de reputación institucionalizados, como los gremios mercantiles.
Mientras que la cooperación entre iguales había permitido a las coaliciones derrocar a los tiranos en etapas anteriores de nuestra historia, la estructura social de las civilizaciones se estratificó cada vez más. Los individuos pasaron a acumular posesiones materiales y a ejercer control sobre las vitales infraestructuras agrarias y la distribución de los recursos y, con ello, pudieron comprar lealtades y sofocar levantamientos. Las diferencias de poder inicialmente pequeñas aumentaron y se consolidaron. Otros avances culturales, como la forja de armas y armaduras, concentraron aún más el uso de la fuerza y los estados pudieron establecer el monopolio de la violencia dentro de sus fronteras y mantener a sus súbditos bajo control. Quienes ocupaban la cúspide de la pirámide social pudieron consolidar su posición y los líderes se convirtieron en gobernantes y después en déspotas. Y, con la herencia familiar de riquezas materiales y estatus social, la estructura de privilegio y poder pasó de una generación a la siguiente.
Son estas influencias de la familia en la historia de la humanidad lo que pasaremos a tratar en el siguiente capítulo.