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Antonio se descuelga del colectivo un poco antes de que frene del todo, como hace siempre. Alza la vista y ahí están: la Base Aérea de Morón, la garita y los dos milicos que montan guardia con los fusiles FAL en posición de descanso y que, de puro aburridos, se lo quedan mirando, aunque más no sea porque no hay otra cosa que mirar. Antonio cruza la avenida, alejándose y sintiendo los ojos de los soldados en la nuca. Zigzaguea entre los autos, porque a esa hora hay mucho tránsito y el semáforo lleva semanas descompuesto.

A quién se le ocurre, piensa Antonio una vez más, instalar la casa operativa de la Unidad Básica de Combate a doscientos metros de una base militar. Es un sinsentido. Una provocación inútil. Lo dijo en la reunión en la que se les informó la novedad. Y sus superiores lo tildaron de timorato, neurótico y apocalíptico. Ojalá se hubiese callado. Pero en fin. Es tarde para lágrimas. Aparte, una mancha más qué le hace al tigre.

A medida que camina las dos cuadras, alejándose de la avenida Pierrastegui, se apagan casi todos los sonidos. Queda algún pájaro. Algún televisor encendido. Dentro del barrio, son pocos los autos. Es tan grande la quietud, que se escucha el crujir de las hojas secas debajo de sus pies.

En el instante mismo en el que golpea la puerta de chapa —dos golpes breves, una pausa, un golpe más— repara en que, otra vez, omitió asegurarse de que nadie lo estuviese siguiendo. Al final van a tener razón esas evaluaciones que le hacen últimamente. Oye cómo el Mencho se acerca a abrirle, caminando por el largo pasillo. No necesita verlo para saber que es él. El tintineo del llavero, la carraspera perpetua y el silbido lo delatan. El Mencho acciona las dos cerraduras y el pasador, abre la puerta, lo hace pasar, cierra de nuevo. Antonio lo sigue por el largo pasillo de paredes altas que, entre las dos casas linderas, avanza hasta casi el centro de la manzana. En eso los responsables de la Unidad sí se lucieron. Es difícil acceder a la casa operativa desde la calle y, al mismo tiempo, si hace falta una evacuación de emergencia, las condiciones son excelentes: detrás de la casa hay otro patio, de medianeras bajas que permiten escapar en cualquier dirección, saltando tapias, y salir a través de las casas vecinas hacia las calles adyacentes. Al final del pasillo el Mencho golpea la puerta con el mismo código y le abren de inmediato.

Antonio saluda a los presentes y ocupa su lugar. Por el modo en que todavía se escucha algún murmullo, por la manera en que los cuerpos buscan el mejor modo de amoldarse a esas sillas incómodas, porque recién ahora Claudia saca la pava de la hornalla y apaga el fuego, Antonio concluye en que llegó justo a tiempo, antes de que comenzara la reunión. Se felicita por eso. Ganarse una reprimenda por algo tan nimio como una impuntualidad sería lamentable. Mejor, piensa con un resto de ironía, que se guarden la próxima reprimenda para algo que tenga más sentido.

—Bien, compañeros —el aspirante Santiago toma la palabra—, el orden del día indica que tenemos que hacer un balance de la experiencia electoral que el Partido Auténtico protagonizó en Misiones, y del que nuestra Unidad Básica de Combate participó con correcto desempeño. La Conducción Nacional bajó el documento que les hicimos llegar antes de ayer y que espero que hayan tenido tiempo de analizar.

Obedientes, todos sacan sus copias. El Puma Igarzábal va más allá. Con la yema de los dedos y movimientos primorosos, inhabituales en él, alisa las esquinas del papel, plancha sus posibles dobleces. El aspirante Santiago —eso Antonio lo detecta con claridad— le dedica al Puma un rápido vistazo y, a juzgar por cómo traga saliva, identifica el sarcasmo escondido en esos gestos armoniosos.

—Creo que lo que queda claro, luego de la lectura del documento de la Conducción Nacional —la voz de Santiago, que nunca es demasiado segura, tiene un registro más endeble de lo habitual—, es que la experiencia de ensayo electoral que el Partido Peronista Auténtico protagonizó en Misiones superó las expectativas de Montoneros. En todos los órdenes.

Mientras escucha lo que Santiago tiene para decirles, Antonio mira al resto de los presentes. Claudia, a la derecha del aspirante, tiene los ojos fijos en su copia. El Mencho y el propio Antonio están a la derecha. De frente a Santiago —y no es casual que elija siempre sentarse frente a él, casi como un desafío— el Puma Igarzábal sigue alisando las esquinas de la suya. Tampoco es que Santiago esté diciendo nada novedoso. El Partido se jugó una carta fuerte con eso de las elecciones para gobernador en Misiones. Llevan meses en la clandestinidad, y el gobierno de Isabel Perón los tiene entre ceja y ceja. El Brujo López Rega y la derecha sindical han salido a cazarlos como conejos. Y en medio de ese panorama adverso, la Conducción Nacional de Montoneros se lanzó a la patriada de pelearles la gobernación de Misiones. Fueron meses febriles, de discusiones fecundas. No todos los compañeros estaban seguros de que fuera la mejor estrategia. ¿Salir de la clandestinidad, con todos los riesgos del caso, para enfrentar el aparato del peronismo oficial? ¿Hacerlo en una provincia tan distante, tan lejana? Las bases, o la lectura que hizo la Conducción de lo que pensaban las bases, determinaron que sí. Que había que dar la pelea. Que había que aguantar el chubasco. El chubasco y hasta la humillación de que los obligaran a cambiar el nombre de la agrupación. No les permitieron usar “Partido Peronista Auténtico”. Les prohibieron usar “peronista”, de modo que tuvieron que ir a la elección como “Partido Auténtico”. Fachos de mierda. Pero se lo aguantaron. Fueron igual.

Pero perdieron. Por paliza, perdieron. El peronismo de derecha, esos entreguistas, esos asesinos, esos vendepatrias, ganaron la elección por cualquier cantidad de votos. Antonio siente que no tienen nada para reprocharse: lo dieron todo. La Unidad Básica de Combate en pleno viajó a Misiones, hizo militancia de base en los barrios, fiscalizó la elección. Para Antonio y el Mencho, que están con un pie en la clandestinidad y con el otro en la vida civil, fue un riesgo relativo: viajaron con sus documentos reales y sin armas. Pero el resto de la célula, Santiago, Claudia y el Puma, viajaron en la más absoluta clandestinidad. Con todos los peligros que eso implica. Antonio intenta concentrarse en lo que está diciendo Santiago, precisamente. Y sí, está hablando de la felicitación que la Conducción Nacional le encomió que bajase a toda la militancia involucrada en la patriada.

—No sólo quedó en evidencia el compromiso irrenunciable de la militancia —sigue diciendo el aspirante—. También quedó demostrado que la masa del pueblo peronista está abierta a escuchar a una vanguardia que no sólo sacude los prejuicios de la derecha sindical, sino que…

—Y una mierda.

El Puma Igarzábal suelta esas tres palabras como al descuido, hablándole más a la mesa que al resto de la Unidad. Pero, aunque habló en un murmullo, es como si hubiera vociferado, porque Santiago se queda mudo en mitad de la frase que estaba soltando.

—Ya empezamos con vos y tus caprichos —Claudia lo dice moviendo su silla hacia atrás, como un modo de subrayar su fastidio.

El Puma la observa con una mueca divertida. Claudia, a medias por respeto a la cadena de mandos, a medias por amor, ha saltado a defender la autoridad de Santiago. Pero no advierte, piensa Antonio, que su acción es contraproducente.

—¿Caprichos, dice la compañera? —el tono que usa el Puma, el modo en que le brillan los ojos, la sonrisa apenas insinuada… es evidente que ha empezado a divertirse—. Ningún capricho. Pero estamos grandes como para que nos tomen de boludos, dicho con todo respeto por el aspirante y, desde ya, con más respeto todavía por los compañeros de la Conducción Nacional que redactaron el documento.

A Antonio no se le pasa por alto lo de “aspirante”. Un modo de recordarle a toda la célula, y al propio Santiago, que su grado militar es apenas el de aspirante. No es sargento, ni mucho menos teniente. Y el Puma sí que fue teniente. ¿Es cierto que lo degradaron? Sí que lo es. ¿Y es cierto que lo degradaron por su indisciplina, su falta de apego a las normas y su desprecio por la cadena de mandos? También es cierto. Pero que los galones se los ganó y los tuvo, se los ganó y los tuvo. Y eso es el nudo más nudo del quilombo que tienen en esa Unidad Básica de Combate. De entre los muchos y variados quilombos que tienen.

—Acá no estamos para que vos ventiles los viejos rencores que tenés con la Dirección Regional, Puma —interviene el Mencho, que siempre se siente más cómodo tomando partido por la autoridad constituida.

—Este no es un asunto de la Dirección Regional sino de la Dirección Nacional, compañero —el Puma lo dice poniendo sus manos a distintas alturas, para señalar las jerarquías y, de paso, hacer sentir al Mencho un pichón muy pero muy pichón—. Y no me interesa ventilar ningún rencor, si es por eso. Pero tampoco quiero que perdamos el tiempo de la Unidad engañándonos con espejitos de colores.

—¿Está diciendo que las conclusiones que baja la Conducción Nacional son engañosas, compañero?

Santiago, elevando el tono y abandonando el tuteo, intenta llevar la conversación a un plano más formal, en el que la eventual desobediencia del Puma lo haga pasible, llegado el caso, de una nueva sanción. Después de todo, piensa Antonio, en esa habitación hay tres cuadros montoneros que son testigos de una discusión en la que se ha escuchado la palabra “engaño” vinculada a un documento emanado de la Conducción. Antonio se pregunta si, llegado el caso, él estaría dispuesto a testificar con la misma pasión verticalista con la que —eso lo descuenta— testificarían Claudia o el Mencho.

—Jamás diría semejante cosa, aspirante —ni Santiago, ni compañero. Otra vez lo nombra por su rango. Rango que, para un responsable de grupo, y en boca de un ex teniente, es un insulto velado—. Lo que sostengo lo sostengo en el marco de una discusión democrática entre soldados de la causa nacional y popular que se vienen jugando el pellejo.

El Puma los mira a los cuatro, alternativamente, mientras lo dice. Y en esta parte de su discurso no hay sarcasmo, sino reconocimiento.

—Y pido disculpas si fui demasiado frontal en el modo en que me manifesté. Pero de verdad, compañeros: la vía electoral está agotada. No sé si para siempre o por ahora. Eso no está a mi alcance determinarlo. Eso es una incumbencia de la Conducción Nacional, y no de los soldados. Los soldados estamos para acatar lo que se decida en la Conducción. Pero en Misiones quedó claro que las fuerzas de la derecha sindical y el lopezreguismo no se van a dejar arrebatar el poder por las buenas. La ofensiva final, compañeros, es con los fierros. No con los votos.

El Puma hace un silencio largo, y durante su transcurso Antonio casi siente la caricia del entusiasmo. El Puma será medio engrupido, medio salvaje, medio indisciplinado, pero lo escuchás hablar así cinco minutos y te entran ganas de salir a tomar la Casa de Gobierno armado con un rifle de aire comprimido o una pistola de cebita. En una de esas la Conducción tuvo razones para degradarlo. En una de esas si el Puma, y no Santiago, fuera el líder de la UBC, ya estarían todos muertos y enterrados. Pero también es cierto que el tipo parece un diario que adelanta. Lo que te dice hoy sucede dentro de dos meses. Cuando la Conducción, hace meses, les bajó la directiva de comprometerse con el proceso electoral en Misiones, porque había que conseguir colocar ahí un gobernador del Partido Peronista Auténtico, porque eso iba a desenmascarar a los traidores, porque el pueblo estaba harto de Isabel y de López Rega y porque había llegado la hora de que la gloriosa JP tomara la conducción del movimiento y del país, el único que dijo que todo eso era gastar pólvora en chimangos había sido el Puma. El único que dijo que el Partido Peronista Auténtico de Montoneros iba a perder, y a perder por mucho, había sido el Puma. El único que anticipó que se les iba a ir el verano apuntalando una acción en la que el peronismo ortodoxo los iba a hacer quedar como unos pendejos (la expresión que usó, en realidad, fue “ni siquiera pendejos, sino aprendices de pendejos”) había sido el Puma. El único que anunció que a López Rega iba a alcanzarle con llegar como un Papá Noel sin trineo pero con billetera repartiendo colchones por acá y heladeras por allá, y que con eso le iba a alcanzar para ganar sobrado, había sido el Puma.

Por eso si a lo que acaba de decir el Puma uno le saca la cuota de resentimiento y de impotencia que carga —resentimiento por cómo lo trataron desde arriba, impotencia por saberse mejor preparado que Santiago para conducir la Unidad Básica de Combate—, Antonio tiene que coincidir con él y con lo que acaba de decir y lo que acaba de proponer, que ni más ni menos es salir a sacudirlos donde les duele y con lo que les duele, porque lo que les duele son los caños y los muertos en la tapa de los diarios. Y si no entienden otra ley que la de cagarse de miedo, pues que se caguen: ellos y los canas y los milicos. Y ya va siendo hora de dejarse de joder con toda esa pelotudez del frente de masas y la alianza policlasista y la mar en coche.

Es por eso que Antonio casi siente esa caricia de entusiasmo. Porque lo escuchás y te das cuenta de que el Puma ve las cosas que los otros no ven, y las ve antes. Y encima cuando Santiago retoma la dirección del debate resulta que las instrucciones que la Conducción les bajó a los responsables de las UBC van precisamente por ahí, por donde propone el Puma, y Antonio ve cómo los planetas se van alineando, a fin de cuentas. Porque el documento que les bajaron ayer a él le había parecido lo mismo que al Puma, una sanata bárbara que le daba mil vueltas a la realidad para disfrazar la derrota de victoria, pero estas instrucciones adicionales ya son harina de otro costal, porque son claritas como el agua y van en la línea de agarrar los fierros y dejarse de joder, apretarles bien las bolas a todos esos hijos de puta y que se caguen bien de miedo, y es un momento casi mágico porque ahora lo que concluye Santiago y lo que apostilla el Puma van en la misma línea y los tenés a los dos tirando para el mismo lado, y Antonio se siente bien cuando pasa eso: la cabeza de Santiago y el corazón del Puma, la prolijidad de uno y el empuje del otro, mientras empiezan a barajar acciones que se pueden emprender ya mismo, y Claudia agarra una hoja y toma nota de lo que van diciendo y el Mencho se sale de la vaina para aportar alguna idea que va teniendo. Y por eso es casi mágico, porque Antonio por un momento está a punto de sentir el entusiasmo y la alegría y la esperanza que tuvo hasta hace un tiempo, un tiempo no tan lejano en el que compartía con ellos y con todo el movimiento montonero esa fe y esa certeza…

Pero el problema es ese. Justamente ese. Que para Antonio las cosas ya son “casi”. Ya no son redondas. Ya no son completas. Y lo que tenía lo tenía, conjugado así, en pretérito imperfecto. No lo tiene, en tiempo presente. Ni la fe, ni la certeza, ni la esperanza ni la alegría. Ni mucho menos el entusiasmo.

Capítulo 2

2

—¿Un auto o dos autos, Gervasio?

—Ya lo dije, soldado. Uno. Un auto.

Ernesto repara en el tono cortante de la respuesta, pero se mantiene todo lo inexpresivo que la importancia del momento aconseja. Y por el rabillo del ojo ve que Ana María hace lo mismo. Luis debería saber, a esta altura del estofado, que durante un operativo a los superiores no se los llama por su nombre de guerra sino por su grado, o con el genérico “señor”, y las órdenes se escuchan con atención y no se las discute. Y Luis acaba de cometer los dos errores.

Son entendibles, de todos modos, las dudas de Luis. No conocen el terreno en el que están. El pelotón acaba de reunirse a doscientos kilómetros de su base de operaciones de Ciudadela. Bueno, esa cifra de doscientos a Ernesto acaba de ocurrírsele, pero bien pueden ser trescientos, y no doscientos, los kilómetros. Su cálculo resulta de lo que demoró el micro que tomaron con Ana María desde Liniers. Viajaron juntos, con un minuto de pareja de recién casados que va a conocer San Nicolás porque a él acaban de ofrecerle un trabajo en el puerto de la ciudad. Ernesto ignora si Gervasio y Luis viajaron juntos o separados. No se lo informaron y él no lo preguntó. Lo cierto, ahora, es que los cuatro completaron el traslado sin novedad y están sentados a una mesa de esa pizzería del centro de la ciudad. Ernesto carraspea un poco, antes de hablar, como para asegurarse de que un temblequeo repentino de la voz no delate sus nervios.

—¿El auto ya está disponible, señor?

—Acá a la vuelta, soldado. En perfectas condiciones y con el tanque lleno.

—Es un Falcon azul —agrega Luis.

Ernesto asiente, mientras piensa si alguna vez han usado un Falcon azul. Definitivamente, no es uno de los autos operativos que él conoce. Gervasio y Luis lo habrán levantado al llegar a San Nicolás. Habría sido demasiado peligroso robarlo en Buenos Aires y recorrer toda la ruta 9 hasta ahí a bordo de un coche robado, rifándose la suerte en cualquier retén del ejército o de la policía.

Ernesto saca conclusiones: una acción decidida de repente, para la cual convocan a un pelotón ajeno a la zona, que levanta equipo en el lugar y que se dispone a actuar sin inteligencia previa. La cosa huele a urgencia por los cuatro costados. Todavía le falta un dato importante, pero no sabe si preguntar o no preguntar. Al final, pregunta:

—¿Armas, señor?

—Dos. ¿Alguna duda, o estamos?

¿Dos armas, y Gervasio pregunta si queda alguna duda? ¿Quién va a tener el privilegio de participar de la acción desarmado, totalmente regalado? ¿Quiénes dos, mejor dicho, porque ellos son cuatro y las armas son dos? Ernesto puede anticiparlo. Luis y él. No es enojo lo que siente, porque si lo razona entiende que Gervasio tomó la decisión que tenía que tomar. No es lo mismo viajar desde Buenos Aires hasta San Nicolás con dos armas escondidas que con cuatro. Y que lo repentino de la acción que se disponen a ejecutar no permitió contactar a los camaradas locales para agenciarse más armamento. Pero a veces le cuesta asumir la lógica tajante de la marcha de las cosas. No se enoja porque sabe que no tiene derecho a enojarse. Pero a veces se frustra. Eso. Es frustrante que las cosas sean, a veces, tan difíciles.

Gervasio y Ana María se ponen de pie y los despiden hablando en voz bien alta, Ana María con un beso en la mejilla y Gervasio con apretones de mano. Luis se hace cargo de su rol en la pantomima, y le habla a él con los gestos y el tono de dos amigos rezagados que se niegan a terminar la noche tan temprano. Deja pasar los cinco minutos estipulados y es su turno del apretón de manos y la despedida. Ernesto llama al mozo, paga la cuenta, calcula sus propios cinco minutos y sale caminando hacia la esquina en la que deben levantarlo.

Capítulo 3

3

Ernesto está satisfecho con la esquina que le asignaron. Un árbol bastante frondoso la deja casi en sombra, está a una cuadra de la avenida y eso le da tiempo de sobra para ver acercarse el Falcon azul y —lo más importante— que ningún otro auto dobla detrás. Gervasio se detiene y se pasa al asiento del acompañante, mientras Ernesto abre la puerta del conductor y ocupa su puesto. En la esquina convenida levantan a Luis.

—Siga derecho hasta el semáforo que se ve allá al fondo —le dice Gervasio en la oscuridad—. Después le indico.

Avanzan casi veinte cuadras, primero por la avenida y luego por calles secundarias, en silencio. Recién entonces el oficial le tiende un revólver 32 corto a Ana María. Está bien, piensa Ernesto. Gervasio se ha quedado con las dos armas hasta último momento por si la cosa se torcía: para quedarse repeliendo un eventual fuego enemigo, mientras su pelotón se ponía a cubierto. Gervasio es un buen responsable de grupo. Duro, pero bueno. Y está bien que la segunda arma la maneje Ana María. Por sangre fría y por puntería, es la mejor de ellos para eso. Del mismo modo que Ernesto es el más capacitado —lo sabe— para llevarlos hasta el lugar del operativo y, sobre todo, para sacarlos de ahí.

—La próxima esquina crúcela bien despacio, que necesito verificar una cosa —indica Gervasio.

Ernesto obedece y mira en la misma dirección que el oficial. A mitad de cuadra, a la derecha, hay una comisaría, con un policía de guardia cuya silueta se adivina a través del vidrio antibalas de la garita.

—Ahora dos cuadras más, y una a la izquierda.

No suena fácil. El operativo va a realizarse a tres cuadras de una comisaría, en las afueras de una ciudad que no conocen y sin inteligencia previa. En fin. Ernesto se amonesta por ese ramalazo de autocompasión. Siempre supieron que las cosas no serían fáciles, qué tanto. A un gesto de Gervasio, Ernesto apaga el motor y, con el envión que trae el Falcon, lo arrima al cordón de la vereda en el sitio más oscuro de la cuadra. Gervasio asiente, aprobatorio. Esperan ocho o diez minutos.

Una silueta dobla la esquina más lejana, caminando por la vereda hacia la posición del pelotón.

—La ruta de salida —Gervasio le habla directamente a Ernesto— es diez cuadras derecho. Las primeras ocho, pavimento. Las dos últimas, de tierra. Giro a la derecha, por asfalto de nuevo. Un kilómetro y está la ruta 9. En la ruta, a la izquierda.

Ernesto asiente mientras memoriza. Gervasio se gira hacia el asiento trasero.

—¿Lista?

—Lista —responde Ana María.

—Vamos.

Abren las dos puertas del lado de la vereda sin hacer ruido. Las dejan así, no sólo para evitar el estrépito sino para no perder tiempo en el repliegue. Ernesto escucha cómo quitan los seguros mientras trotan hacia el objetivo. Veinte metros. Quince. Diez. Llevan las armas alzadas. El objetivo ya no camina hacia ellos. Ernesto no distingue su rostro pero tiene que haber visto esas dos siluetas salidas de la nada que le apuntan dos armas al pecho. Sí distingue su ademán repentino —repentino y tardío— de llevarse la mano a la cintura. El primer disparo de Gervasio le da en el pecho, a juzgar por el modo en que el cuerpo se sacude hacia atrás. La boca suelta un quejido y una especie de tos, como si expeliera todo el aire de los pulmones. Trastabilla mientras retrocede. Cae de culo sobre la vereda, tomándose el pecho con las dos manos. Ana María dispara dos veces. El cuerpo se gira sobre sí mismo y se acurruca. La chica inicia el repliegue a la carrera. Gervasio se aproxima al cuerpo tendido en la vereda y le dispara a la cabeza. Mientras Ana María se sienta y cierra su puerta, Gervasio se inclina sobre el cuerpo y le quita el arma que no llegó a sacar de la cintura. Antes de replegarse arroja unos panfletos sobre el cuerpo. Después sí retrocede y sube también al auto.

Ernesto, que ha encendido el motor durante los disparos, arranca de inmediato. Lleva las luces apagadas. Mira alternativamente la calle casi a oscuras y el retrovisor. Nadie los sigue. Cuando llega a las dos cuadras de tierra sí enciende las luces. Ahora la calle es una boca de lobo y el peligro de chocar o de romper el tren delantero del auto en algún bache es demasiado grande.

Gira a la derecha por el asfalto y vuelve a apagar las luces. Casi enseguida, a lo lejos, se ve el trazo veloz de los autos que van y vienen por la ruta 9. Por suerte es un cruce señalizado, a nivel. No tendrá que trepar el terraplén, a muy baja velocidad y levantando tierra. El Falcon es confiable pero con cuatro ocupantes es pesado. Espera junto al cartel de “Pare” a que se haga un hueco en el flujo de autos.

Lo encuentra detrás de un camión de ganado que va hacia Buenos Aires. Acelera a fondo y pasa a segunda. Nueva aceleración y tercera. El Falcon llega sin problema a los ochenta kilómetros por hora. Pasan unos cuantos minutos antes de que nadie diga nada.

—Ese policía era responsable de las torturas a dos compañeros del frente sindical. Camaradas de Acindar.

El comentario de Gervasio es lo único que se dice en los siguientes quince minutos. Ernesto sigue concentrado en manejar con cuidado. En eso, y en pensar que este es el primer ajusticiamiento revolucionario del que participa. ¿Alguno de los otros estará en la misma situación? Lo duda. Descuenta que no es el caso de Gervasio. ¿Y Ana María? A juzgar por el profesionalismo que desplegó, seguro que la camarada tiene experiencia de sobra. Del pasado de Luis sabe poco y nada, y no corresponde preguntar.

Las luces del Ford Falcon iluminan uno de esos carteles camineros de letras blancas sobre fondo verde. Para Buenos Aires faltan ciento ochenta kilómetros. Son muchos, para un auto en el que viajan cuatro jóvenes con dos armas. Dos, no. Tres armas, contando la que Gervasio le expropió al objetivo.

—En Baradero agarrá la ruta 41 —Gervasio pasa al tuteo por primera vez desde que se encontraron en la pizzería de San Nicolás—. Cruzá San Antonio de Areco y seguimos hasta San Andrés de Giles. Entramos a Buenos Aires por la ruta 7, desde ahí.

Ernesto asiente. Es una buena decisión. La 7 suele estar menos vigilada que la 9. Pero que esté menos vigilada no significa que, de todos modos, no puedan toparse con un retén de la policía o el ejército. Gervasio parece adivinarle el pensamiento, porque se acomoda en el asiento, se saca la pistola expropiada de debajo del cinturón y se la tiende.

—¿Estás despierta, Ana María?

—Sí, por supuesto.

—Bien. Todos atentos. Si tratan de pararnos, pasamos como sea.

Ernesto pone el guiño y sobrepasa a un camión con acoplado. Llegan a Ciudadela sin novedad, apenas pasadas las tres de la mañana.

Capítulo 4

4

Hace rato que Claudia sacude la lapicera entre los dedos índice y mayor de la mano derecha y provoca un golpeteo intermitente sobre su pupitre. El idiota del profesor no parece percibirlo. Sigue recitando, en su tono cansino y monocorde, una clase teórica que a los ocho alumnos desperdigados por el aula no les sirve, no les interesa, no les importa para nada. Claudia debería estar en el café de la calle Urquiza, o en el subsuelo, en la sede del Centro de Estudiantes. Pero el pelotudo de Mendiberri —que así se llama el profesor— es de esos que toman lista todas las clases y te dejan libre si no cumplís con el setenta y cinco por ciento de asistencia. Y Claudia sabe que está peligrosamente cerca de ese límite, de modo que no puede faltar así como así. Para colmo de males, son apenas ocho en un aula en la que entran treinta personas. No hay manera de pedirle a ninguna compañera que grite: “¡Presente!” al escuchar su apellido, escondida en la multitud. ¿Qué multitud puede haber en Geología del Cuaternario, una de las últimas materias de la carrera de Arqueología? En la Argentina de 1975 hay que ser marciana para estudiar Arqueología. Y para avanzar hasta las últimas materias, más todavía. Claudia se siente, en consecuencia, una especie de marciana al cuadrado.

Es un milagro —un milagro gris, un milagro funesto, un milagro detestable, pero un milagro al fin— que ese viejo despreciable siga al frente de una clase de la universidad. Es inadmisible que, semana tras semana, saque de sus portafolios esas fichas amarillentas cuyo contenido recita, sin gracia y sin talento, como una letanía insoportable. Qué mal tienen que haber hecho ellos las cosas —Claudia se hace cargo de los errores de la Tendencia Revolucionaria— como para que ese anciano decrépito no haya saltado por los aires. ¿Cómo es posible que Mendiberri no haya volado de una patada en el culo en el ’73, cuando la JP tenía el viento de popa y no había fuerza capaz de resistírsele y los viejos gagás como ese salían escupidos de sus cátedras más rápido que ligero? Tampoco hay que ser tan dura con los compañeros, se dice Claudia: eran tantos los fachos que había que desalojar que no se daba abasto. No alcanzaban los sumarios, ni las asambleas ni los piquetes para rajar a todos los que había que rajar. Era inevitable que alguno quedara. Como este viejo inútil de Mendiberri.

No hubo tiempo o los jóvenes pecaron de ingenuos. Claudia no tiene una respuesta concluyente. Lo cierto es que un buen día —o un mal día, mejor dicho— López Rega los madrugó interviniendo la Universidad. Y la intervención de Ottalagano llenó la facultad de matones de la Concentración Nacional Universitaria que se pusieron a patrullar los pasillos y las aulas y a perseguir militantes. Fachos de mierda. Desde entonces la facultad es un campo minado, y es peligroso desde pegar un cartel hasta entrar sola en el baño. Claudia lo piensa y más imperioso le resulta salir de esa clase. Debería estar en el café, con los compañeros. O en el Centro de Estudiantes, donde siempre hay algo que hacer. Pero no: está perdiendo el tiempo en esa clase soporífera del dinosaurio disecado.

Peor que peor. Porque con este fósil hay algo más. Algo que Claudia tiene atragantado y que le avinagra el humor un poco más todavía. Porque resulta que a este Mendiberri la intervención le ofreció un cargo académico. Ahora ella no recuerda si director de asuntos institucionales, o director de posgrados, o director de qué carajo— y el muy turro, el muy arrastrado, se apresuró a aceptarlo. Y eso es bastante peor que el solo hecho de atornillarse a vegetar en una cátedra. Sí, señor. Aceptarle un cargo a la derecha es avalarla, apoyarla, tomar partido por los gorilas en la lucha. Viejo de mierda.

Lo que debería hacer ella es levantarse y mandarse a mudar. No sin antes decirle a Mendiberri lo que piensa de él, de su cargo académico y de sus clases. Pero ahí está. No se anima. Parece mentira, y a Claudia le provoca mucha vergüenza. Claudia milita desde hace una pila de tiempo. No le hace asco ni a la calle ni a los fierros. Le ha entregado la vida a la Orga. Y está feliz de haberlo hecho. Y sin embargo hay una estúpida atadura pequeñoburguesa que no es capaz de desatar, por más que insista y se insulte y se enoje: quiere recibirse. Quiere tener su título de arqueóloga. ¿Qué importancia puede tener para la Revolución que haya una arqueóloga más en la Argentina? ¿De qué carajo le sirve al pueblo que ella complete el último casillero de su libreta universitaria con un aprobado? En nada. En absolutamente nada. Pero ahí está, atornillada al pupitre. Pensarlo la enfurece, porque entonces los atornillados a sus lugares ya son dos: el imbécil de Mendiberri y la imbécil de Claudia.

En esas está cuando se abre la puerta del aula y entran dos pibes del Centro de Estudiantes y se paran en el frente. Al más petiso Claudia lo conoce sólo de vista: sabe que es delegado de no sé qué de la carrera de Historia y que milita en el trotskismo. El más alto es Rolo, que empezó Arqueología con ella pero se quedó empantanado en un par de materias de primero y sigue vegetando en las Introducciones. Ella lo conoce por Rolo, pero tal vez ahora se haga llamar por algún nombre de guerra que ella ignora. Es precisamente Rolo el que le sonríe a Mendiberri, le hace un ademán de saludo y anuncia al conjunto:

—Buenas noches, profesor. Disculpe que lo interrumpa pero tenemos que pasarle un aviso a los compañeros. Resulta que...

—No.

Mendiberri usa un tono de voz apenas más alto que el soporífero y monocorde que utiliza para su explicación, y la expresión de su rostro sigue siendo inescrutable. Como Rolo se interrumpe y se lo queda mirando, el viejo agrega:

—Entiendo que necesite compartir información con sus compañeros, pero me toma a la mitad de una explicación y no me parece adecuado interrumpirla así como así.

—Son dos minutos —tercia el trotskista, con una amabilidad entradora que a Claudia le da cien patadas al hígado, porque no hay por qué pedir la anuencia de ese viejo reaccionario. Lo que haya que decir se dice y punto.

—Si son dos minutos —Mendiberri mueve el brazo izquierdo para que su reloj pulsera emerja por debajo de la manga de su saco— les sugiero que regresen dentro de dieci… ocho minutos. Sí, dieciocho minutos, que termina mi clase y ustedes pueden pasar todos los anuncios que necesiten.

—Me parece que...

—Gracias —dice Mendiberri, y acomoda las fichas que tiene sobre el escritorio y se dispone a seguir con su clase.

Listo. Suficiente. Si esos dos pusilánimes no van a ponerlo en su sitio tendrá que ocuparse ella.

—Perdón, profesor, pero me parece evidente que, en tiempos como los que corren, el contenido que usted dicta no reviste la misma urgencia que la coyuntura política que enfrentamos.

En su fuero íntimo, Claudia espera que el viejo haya reparado en el “dicta”. Porque ese viejo no enseña, no cuestiona, no problematiza. Dicta como un grabador. Recita contenidos que ellos bien podrían leer directamente en los libros. Atrasa. Varias décadas, atrasa.

—Lamento contradecirla, señorita. Pero no creo que cambie mucho la dramática y urgente coyuntura nacional de aquí a las nueve en punto. Y en cambio usted, sus compañeros de comisión y yo necesitamos estos ya… diecisiete minutos para terminar de repasar esta somera introducción a la influencia de los parámetros orbitales y el vulcanismo en el registro estratigráfico.

Basta. Claudia se hartó.

—No le vamos a permitir que anteponga su prurito enciclopedista al legítimo derecho de los compañeros a empaparse de lo que los compañeros del Centro de Estudiantes tienen para compartir con nosotros.

Por reflejo mira hacia los costados, como para apoyarse en el resto de la comisión. Pero enseguida entiende que es una intención vana: los otros siete alumnos de Geología del Cuaternario son esa clase de gente que va de su casa a la facultad y de la facultad a su casa, que no tienen el menor compromiso político y que no se sienten interpelados por ninguna realidad ni por ninguna injusticia. Con lo único que sueñan es con meterse en la cuadrícula de un sitio arqueológico provistos de un pincelito y de toda la paciencia del mundo. Marcianos más marcianos que ella, porque no sólo estudian una carrera imposible y están a punto de recibirse, sino que además sueñan con trabajar de tales. Marcianos al cubo, casi, que no militan, ni militaron ni militarán.

Envalentonados por la actitud de la compañera, o secretamente avergonzados de que sea una mujer la que le pone los puntos al vejestorio, Rolo y el trotskista se aproximan al escritorio de Mendiberri en actitud menos amistosa. Mendiberri permanece sentado y alza el cogote para estudiarlos alternativamente. Después mira la hora y trata de ver a Claudia y al resto de sus alumnos más allá de las dos siluetas que se interponen. Suspira. Después murmura algo como “Bueh”, se incorpora, recoge las fichas que tiene regadas sobre el escritorio y las guarda en un portafolios gastado que —supone Claudia— lo acompaña desde que se recibió de geólogo.

Rolo, con ademán triunfante, se gira hacia la comisión en pleno y se dispone a retomar el anuncio donde lo dejó, pero la voz de Mendiberri se le adelanta.

—Disculpe, alumno. Sólo un segundo —el viejo se dirige a la clase—: como no pudimos finalizar la clase sobre parámetros orbitales, y yo suelo tomarles asistencia justo al final de mi exposición, lamentablemente me veré obligado a ponerles ausente. Ojalá no se les complique la regularidad con eso, pero no está a mi alcance solucionarlo. Buenas noches.

Claudia siente el impulso de ponerse de pie y alcanzar al viejo en el pasillo, pero lo piensa mejor y decide que hacer algo así sería, ni más ni menos, anteponer una necesidad individual al mensaje de los compañeros del Centro, de modo que se queda rumiando bronca mientras Rolo explica Claudia no entiende del todo qué acerca de una asamblea que tendrá lugar dentro de un rato en el aula grande del primer piso. Y no entiende del todo porque la cabeza se le va hacia el cálculo mental de cuántas faltas tiene en Geología del Cuaternario, y no está segura de si sigue siendo alumna regular o, la puta que lo parió al gorila de Mendiberri, acaba de quedarse libre.

Capítulo 5

5

Mónica sube los escalones de la estación Loria y, sorprendida, se topa con Mendiberri esperándola en la salida del subte.

—¡Epa! ¿Qué hacés acá, papá?

¿Fue que ella se retrasó? No. La chica corrobora en su reloj que su padre, a esa hora, debería estar todavía dando clases en la facultad, a ocho cuadras de allí.

—Salí temprano, hija.

Mónica frunce el ceño.

—¿Qué pasó, papá?

—Nada. Que salí temprano. ¿Por?

Lo conoce mucho. Lo conoce a fondo, cosa que tampoco constituye una hazaña de indagación. Su padre está lejos de ser un alma misteriosa llena de secretos. Lo que ves es lo que hay. Un señor previsible y reiterado, geólogo jubilado que se pasa el día leyendo en su casa, excepto los jueves, cuando dicta sus clases de Geología del Cuaternario en la carrera de Arqueología. Aburrido hasta la exasperación y monótono hasta el paroxismo, aunque ambas emociones —exasperación y paroxismo— quedan a cargo de los que están a su alrededor, porque a su padre nada lo altera, ni lo conmueve, ni lo afecta, ni lo molesta, ni lo turba. Pero ahí está lo que a Mónica la alarma: además de previsible, reiterado, aburrido y monótono, el geólogo Mendiberri se mueve con una puntualidad exquisita. Nunca llega tarde a ningún sitio, pero tampoco llega demasiado temprano: considera que anticiparse a las citas es, también, una forma de impuntualidad. De manera que, sí o sí, algo raro tiene que haber pasado. Y Mónica sospecha que, además de raro, es algo malo.

—Decime la verdad, papá. Jamás en la vida terminás una clase antes de tiempo.

—No pasó nada, hija. Entraron unos muchachones del Centro de Estudiantes a decir no sé qué, discutimos un poco y me terminé yendo.

—¿Te tomaron el aula? ¿Te hicieron algo? —a Mónica le preocupa mucho menos la continuidad de los contenidos académicos que la salud de su padre.

—No. O sí. Nunca me había pasado. Viste que yo tengo esa aula escondida en el último rincón del último piso. La cosa es que los dejé con la palabra en la boca y me fui, Mónica. No voy a tolerar que unos chiquilines me digan cuándo puedo dar clase y cuándo no. Además estaba en plena explicación, qué se creen…

Mientras caminan hacia la parada del colectivo, Mónica intenta representarse la escena. Sabe en qué consisten las clases de su padre: estratos, tipos de suelo, cenozoico tardío y pleistoceno medio. Todo recitado en tono monocorde desde las fichas amarillentas y antediluvianas con la que su padre se maneja desde lo que él mismo reconoce como “el tiempo de la inundación”, aunque nunca deja claro cuándo se produjo, exactamente, la citada inundación.

—Mejor cambiemos de tema. ¿Cómo te fue en el trabajo?

—Mejor no cambiamos nada, papá. ¿No habrás generado una pelea inútil con esos tipos, no? ¡Mirá que son peligrosos!

—¿Peligrosos? ¡Qué va! Son unos nenes revoltosos.

—¿Nenes? ¿Pero vos te das una idea de la pavada que estás diciendo, papá?

Mónica se felicita por haberse callado la palabra “pelotudez”, en lugar de pavada, porque Mendiberri se habría horrorizado y el eje de la conversación habría pasado de su discusión con los alumnos del Centro de Estudiantes al mucho más personal: “Tu madre y yo no te educamos como lo hicimos para que tu boca se convierta en una cloaca”.

—¿Del cargo? ¿Dijeron algo del cargo que tenés?

—¿Qué cargo? ¡No, nada que ver! ¿Podemos cambiar de tema?

Su padre le ha dicho mil veces que el cargo que aceptó es decorativo, insignificante. Pero Mónica no está segura de que esté en lo cierto. Al fin y al cabo, el grado de conexión de su papá con la realidad circundante siempre ha sido más bien escaso, y desde que enviudó es más escaso todavía. ¿Y el de ella? ¿Cómo es el de ella? Es un jueves al anochecer y Mónica va del brazo de su padre hacia la parada del colectivo. Van a tomarlo en la parada de la calle Moreno y a bajarse al cruzar Juan B. Justo. Caminarán dos cuadras hasta su casa, donde los espera Mirta trajinando con la comida, y van a cenar los tres mirando la telenovela. El geólogo viudo con las dos hijas solteras. ¿Solteras o solteronas? ¿A partir de qué edad corresponde aplicar el aumentativo? Mirta, treinta y dos. Mónica, treinta. Maldito número redondo. Le cayó pésimo cambiar de década en su último cumpleaños. Su padre alza el brazo para detener el colectivo y se vuelve hacia ella.

—Che, nena… ¿Tenés idea de qué habrá preparado tu hermana para cenar?

Capítulo 6

6

Antonio estaciona el Dodge 1500 sobre la avenida Rivadavia, a unos treinta metros del objetivo. Sabe, porque el Mencho lo explicó en la reunión de planificación, que allá adelante, sobre la misma vereda, entre los locales de la zapatería de señoras y la casa de artículos para el hogar, hay un zaguán un poco retirado, y que en ese portal está la entrada del sindicato. El Mencho podría haber avisado que a esa distancia, a la que le ordenaron establecer su puesto de vigilancia, la entrada propiamente dicha no se ve, porque el zaguán es muy estrecho. Como también pudo haber avisado que la casa de artículos del hogar tiene unas vidrieras enormes, desde el piso hasta el techo, y que el local está iluminado a todo lo que da, con lo que en la vereda parece de día aunque sean las once de la noche.

Justo que está pensando en el Mencho, ahí aparece. Estaciona la camioneta sobre la vereda de enfrente, en el otro extremo de la cuadra, y apaga las luces. Antonio consulta el reloj. Once y cinco. Bien. Están en horario.

Enciende un cigarrillo, aunque se supone que no tiene que hacerlo. El Puma se los tiene dicho: en la oscuridad, la brasa se ve como un faro a la orilla del mar. El Puma lo dice así, exagerado, apasionado, grandilocuente, como se expresa el Puma cuando se refiere a estas cosas. Al tipo lo emociona todo lo que se refiera a operativos. Cuando habla de acciones directas, se le iluminan los ojos. En realidad, piensa Antonio, el Puma no habla de otras cosas. La discusión política le importa poco y nada. Es evidente que le aburre. Todo lo contrario de lo que pasa con Santiago. En una de esas es buena esa diferencia, se dice Antonio. Una especie de complementariedad entre los dos líderes. Aunque en realidad, se corrige, nada de “dos líderes”. El Puma llegó degradado a la UBC. Así que de líder, nada de nada.

Para acallar un poco su conciencia Antonio mantiene el cigarrillo bien abajo, entre las piernas abiertas. El humo que asciende vertical, en el auto cerrado, le irrita los ojos. Abre la ventanilla. Apenas una rendija, porque el día estuvo lindo pero ahora bajó mucho la temperatura. En lugar de levantar el cigarrillo hasta los labios inclina la cabeza, haciendo una extraña contorsión para no golpearse la frente contra el volante, y pita ahí abajo, entre las piernas. Así no hay manera de que nadie, desde afuera, vea cómo se aviva la brasa del pucho. En el fondo es todo tan incómodo que tal vez lo mejor sería quedarse sin fumar. Pero al mismo tiempo el aburrimiento de esas esperas se le hace tan eterno, y son tantas las horas que lleva acumuladas en situaciones de ese tipo, que sigue siendo preferible fumar, incómodo hasta la exasperación, pero fumar de todos modos.

Once y diez, según lo acordado, Santiago y Claudia aparecen tomados de la mano desde la esquina más cercana a donde estacionó el Mencho, y avanzan hasta la parada del colectivo. Se supone que no pasará ninguno hasta que todo haya terminado y el comando haya evacuado la zona pero, si pasase, saben que tienen que quedarse sentados ahí en la parada, haciéndose arrumacos y caricias de novios. Como mucho el colectivero les tocará un bocinazo y les gritará alguna grosería, pero los tomará por una parejita de enamorados. Cosa que, piensa Antonio, son, al fin y al cabo. No tan inofensivos como otras parejitas de enamorados, es verdad, porque la chica de la parejita lleva una Browning de la Federal sujeta a la cintura del jean y el chico un 38 corto en el bolsillo del gamulán. Pero si todo sale bien las armas no saldrán de sus escondites en todo el operativo.

Once y cuarto. El Puma aparece desde atrás de la ubicación de Antonio, que ya ha apagado el último cigarrillo. No cometen la novatada de girar las cabezas para verse, pero ambos verifican la presencia del otro, por el rabillo del ojo. El Puma lleva un bolsito negro, común y corriente, no demasiado grande, debajo del brazo. La pucha, hay que reconocerle los huevos. La sangre fría para manejarse con esa soltura. Si los que armaron el caño cometieron un error, o si ellos mismos la chingaron ajustando el temporizador, adiós muchachos.

Cuando termina de caminar a lo largo de las iluminadísimas vidrieras de la casa de electrodomésticos el Puma se agacha, justo pegado a la línea municipal, en el gesto de quien va a atarse los cordones de los zapatos. Casi de inmediato está otra vez andando, ahora más lejos, ya a la altura de la zapatería de señoras. Definitivamente, piensa Antonio, es el mejor de todos ellos. No demoró más de diez segundos. Ahora el bolsito ya no viaja bajo su brazo derecho. Descansa bien apoyado contra la alta puerta de madera de la Delegación Haedo del Sindicato de Obreros Textiles Zona Oeste.

Apenas el Puma desaparece girando en la siguiente esquina, Santiago y Claudia se levantan del asiento de la parada y caminan, sin apuro, en dirección contraria. Tampoco ellos dan vuelta la cabeza hacia el Dodge de Antonio, que controla la hora. Once y veinte. Enciende el motor y supone que el Mencho está haciendo lo mismo. Las órdenes, sin embargo, no son idénticas para los dos. Primero tiene que retirarse el Mencho, a las once y veintidós. Después Antonio, a las once y veinticuatro.

Con total puntualidad el Mencho enciende el motor de la camioneta y arranca. Recién cuando ha recorrido casi toda la cuadra, a la altura del sitio en el que aguarda Antonio enciende las luces, le hace una venia y le sonríe al cruzarlo. Ya casi es su turno. Enciende el motor del auto. Todo perfecto. Con gesto mecánico echa un último vistazo avenida adelante: ni por la calle ni por las veredas hay un alma. Mira el retrovisor externo: nada tampoco. Gira el espejo del parabrisas para echar una mirada a sus espaldas. Y entonces lo ve. Antonio gira el cuerpo para ver por la luneta trasera. Mierda. Un hombre joven (por la ropa, la altura, la forma de moverse, la velocidad, las manos en los bolsillos) camina a buen ritmo mirándose los pasos. Mierda, mierda, mierda. Son las once y veinticuatro, seguro. Pero tampoco las cosas son tan exactas. Esos relojes de mierda que usan ellos pueden discordar, por uno o dos minutos. Trata de convencerse de que en una de esas no pasa nada. Pero por otro lado…

Puta, carajo. El tipo ya alcanza la altura de las vidrieras enormes de la casa de artículos para el hogar. En una de esas alcanza a llegar a la otra esquina sin que pase nada. Pero en una de esas, no. Se decide. Abre la puerta del conductor. Baja.

—¡Flaco! —lo llama, pero no obtiene respuesta—. ¡¡¡Flaco!!!

Ahora sí el desconocido lo escucha, gira la cabeza, se detiene, y lo interroga con un gesto mudo de ojos agrandados. No hay tiempo para más. Un fogonazo brillante y un estruendo feroz estallan en el zaguán, delante de las oficinas del sindicato. Antonio se agazapa y cierra los ojos por instinto, pero los abre a tiempo de ver cómo las vidrieras gigantescas del local de electrodomésticos estallan en mil pedazos y se derrumban como una cascada. Después (no en ese momento, porque en ese momento Antonio no es capaz de pensar casi en nada) entenderá que la onda expansiva debe haber hecho un extraño recorrido, hacia adentro por el sindicato y hacia afuera por los comercios contiguos. Antonio corre hacia el lugar donde vio por última vez, de pie, al desconocido. Lo descubre tirado en el piso, sobre el costado del cuerpo, medio hecho un ovillo, cubierto por infinidad de fragmentos brillantes. Tratando de no cortarse, Antonio lo gira para situarlo boca arriba. Tiene la cara cubierta de sangre. Antonio suelta un nuevo: “Mierda, carajo”. Le zumban los oídos y le cuesta concentrarse. Se ordena mantenerse sereno. Le abre el gamulán (muy parecido al de Santiago), le echa un vistazo concienzudo y lo palpa aquí y allá. La gruesa piel de cordero parece haberlo protegido en esa zona, porque no se ven manchas de sangre sobre el tórax del tipo. ¡Maldita idea del pelotudo y quién carajo lo mandó a pasar justo por ahí en ese momento, teniendo toda la puta noche para pasar más tarde o más temprano!

El tipo tose y se queja con un gemido.

—No abras los ojos —le ordena Santiago—. La boca tampoco.

Antonio se da cuenta de que si abre los ojos, o la boca, parte de los fragmentos de vidrio que lo cubren pueden hacerle mucho daño. Mira hacia el costado. Ahí sigue el Dodge con el motor encendido. Sopesa la posibilidad de cargarlo en el asiento de atrás y llevarlo al hospital. El Instituto de Haedo no está lejos. Pero de inmediato se dice que no. No puede darse el lujo de poner en peligro a toda la Unidad Básica de Combate. Ni recorrer las quince cuadras con el tipo ensangrentado arriba del auto, ni llegar a la guardia del hospital, ni responder las preguntas que le harán al pedir auxilio ahí son riesgos aceptables.

—Ya te van a venir a buscar. Quedate quieto —dice, y se incorpora para mirar a los costados.

Acaba de asaltarlo el más básico y egoísta de los pánicos. La avenida sigue desierta, pero le parece escuchar cómo se levanta una persiana en el balcón de un primer piso, en la vereda de enfrente. Sabe lo que le espera si lo agarran. Primero lo va a sacudir la policía. Después se lo van a pasar a los del sindicato. Y ahí sí, despedite. Sale corriendo hacia el Dodge.

—¡No te vayas a mover hasta que te atiendan o te vas a cortar todo! —grita, pero sin darse vuelta.

Habría que ver si el flaco, con toda la cara cortada y ensangrentada como la tiene, está en condiciones de escucharlo y de hacerle caso. Sale arando con el Dodge, en primera, como alma que lleva el diablo. Al pasar por delante del estropicio Antonio escucha, con nitidez, el sonido cristalino que hacen los neumáticos al aplastar los restos de vidriera que volaron hasta el pavimento, y ruega que no se le pinche una goma en la huida, o está frito.

Capítulo 7

7

Ernesto sale de la casa operativa de Ciudadela sintiendo que se sacó un peso de encima. No tolera mentirle al grupo, y mucho menos a Gervasio. ¿Alguna vez se escabulló sin permiso de su responsable, en lugar de hablar de frente con él y solicitar unas horas de permiso? Sí. Alguna vez lo ha hecho. Y eso le generó una culpa enorme. Tan enorme que le quitó sentido y alegría a sus horas licenciado.

Esta vez lo pensó mucho, le dio muchas vueltas y al final decidió ir de frente. Le pidió a Gervasio una entrevista personal, le manifestó que necesitaba visitar a su familia y el responsable se limitó a decirle que sí y a estrecharle la mano. Desde que ayer a la madrugada regresaron de San Nicolás el clima en el grupo es de satisfacción, casi de euforia. Ernesto encuentra más que justificado ese orgullo, que no tiene que ver con un regodeo burgués sino con la satisfacción por la tarea desempeñada con profesionalismo. Se desplegaron en un territorio desconocido, a enorme distancia desde su base, no pudieron hacer inteligencia previa, cumplieron con el ajusticiamiento revolucionario sin bajas propias y se replegaron en perfecto orden hasta su base, sin mayor novedad.

¿Fue una actitud ruin, de parte de Ernesto, aprovechar ese clima festivo para pedirse el permiso? No, la pucha. Nada de eso. Ernesto tiene que mantener la culpa a raya. Seguro que vienen días tranquilos, y no deja ninguna tarea pendiente que recargue las de sus camaradas. Además necesita ese pequeño espacio de contacto con los suyos. En alguna sesión de autocrítica se habló de eso, y se tiraron conceptos como debilidad pequeñoburguesa y falta de solidez teórica. Pero Ernesto no quiere enredarse en ese asunto. No hoy, por lo menos.

La ventaja de salir con autorización es que no necesita correr como un loco para volver cuanto antes y con la lengua afuera, sino extremar los cuidados. En lugar de tomar el tren en la estación de Ciudadela directo a la de Castelar, se sube a un 343 para emprender una triangulación como Dios manda. La 343 usa coches nuevos, con puerta de atrás. Ernesto se sienta en el último asiento del lado del pasillo, atento a cualquier emergencia. Va con tiempo, aunque nunca es demasiado porque a los viejos les gusta cenar temprano.

Está dispuesto a dar todo lo que le pidan en el Partido. Hace tiempo, mucho tiempo, que se entregó a la causa revolucionaria con alma y vida. Y no se arrepiente. Volvería a dar cada uno de los pasos que lo condujo a este presente. Pero no puede cerrar definitivamente la escotilla que separa la clandestinidad del mundo de antes. Por lo menos, no del todo. No todos los días. No con respecto a sus padres. ¿A los otros miembros del comando no les pasa lo mismo? Si les pasa, no tienen la inocencia, o la torpeza, o la vaya a saber qué, de manifestarlo como él. Eso, a Ernesto, le pesa. Le da bronca que su celo revolucionario pueda quedar opacado frente a Ana María, o a Luis, que jamás de los jamases piden excepciones o permisos.

Se baja del 343 en Caseros y toma el tren hasta Hurlingham. Finge interesarse en las revistas de un kiosco hasta que el andén se vacía por completo. Definitivamente nadie lo sigue. Ernesto se pregunta si no estará exagerando, pero como dice su mamá: mejor prevenir que lamentar. Acordarse de ella lo enfoca de nuevo en el dilema de sus deseos opuestos. Cuando en el Partido le propusieron abocarse a una célula del ERP (y la propuesta no fue caprichosa, sino un premio a su compromiso y a su desempeño, porque así se lo dijeron sus responsables de entonces) le aclararon lo de la compartimentación más estricta, lo de la clandestinidad total. Y Ernesto fue honesto. Bueno, casi honesto. Dijo que no podía cortar por completo el lazo con sus padres, porque es hijo único (cosa que es cierta), sus padres son personas muy mayores (cosa que también es cierta) y su papá está muy enfermo del corazón (y ahí naufragó su honestidad, porque eso es mentira).

Está convencido de que nadie lo está siguiendo, pero continúa dispuesto a extremar las precauciones. Camina hasta la ruta 4 y alcanza con lo justo una Costera Criolla. Son ómnibus sin puerta trasera, pero, bueno, tampoco se puede todo.

El oficial que lo reclutó le había preguntado si podía prometerle que esas visitas a su padre enfermo iban a ser suficientemente esporádicas, y Ernesto había respondido que sí. Ernesto sabe que mintió. Pero nadie es perfecto, y él está dispuesto a compensar esa falla, esa única falla en su actitud revolucionaria, sobreexigiéndose en cualquier otro aspecto que el Partido le pida. No tiene dudas.

Baja de la Costera detrás de la estación de Morón y se interna en esas calles cada vez más mansas a medida que uno se aleja de la estación y del centro. Qué cosa rara son los límites, piensa Ernesto, mientras cruza zigzagueando Cañada de Ruiz, esa calle estrecha y transitada que separa Morón de Castelar. Es poner el pie en la vereda del lado de Castelar y sentirse en casa. Y en casa todas las cosas son distintas. Hasta Ernesto deja de ser Ernesto y vuelve a ser Alejandro.

Se ve que hoy es un día de culpas, porque avanzar por esas calles de casas bajas, pocos autos y árboles amarillentos y medio deshojados lo pone de frente, otra vez, con todas sus contradicciones. “Su casa”, acaba de pensar. El concepto de “su casa” debería hacerlo pensar en la base operativa de Ciudadela, o en cualquier barriada obrera. No está bien que lo remita a ese paisaje prolijito, próspero, individualista y autosatisfecho.

Pero cuando gira la última esquina y ve la cuadra igual a todos los otoños la alegría se sobrepone a la culpa. Pasa por delante de la casa de los Domínguez, que en la vereda tienen esos tilos que sueltan hojas secas hasta junio. Y por lo de Geiser, que se empeña en podar su arbolito de ligustro en esa figura artificial y ridícula de esfera perfecta. Y por lo de las mellizas Alarcón, cuyo padre ha cumplido, también este otoño, con el rito bestial de podar los dos paraísos de su vereda hasta dejarlos convertidos en dos tocones tristes. Cuando llega al tapial de su casa abre el portón de madera que siempre está sin cerradura. Entre las piedras del cantero de los cactus está su llave. Hurga, la encuentra, se limpia los pies en el felpudo del porche y abre la puerta.

—¡Hola! ¡Llegué! ¡Soy yo! ¿Están?

—¡Alejandro! —grita su madre desde la cocina.

Capítulo 8

8

Alejandro se encuentra con el abrazo de su madre a la mitad del living. La mujer le tiende los brazos al cuello y el hijo se inclina para rodearla con los suyos. Por el pasillo se acercan los pasos pesados del padre.

—¿Alejandro? ¿Es Alejandro, Beatriz? —la voz del hombre suena entre sorprendida y esperanzada.

El hijo alza la vista hacia ese lado y ve la figura de su padre recortada en el umbral.

—Hola, papá.

Al escucharlo, su madre lo suelta para que los hombres puedan saludarse. Alejandro no sabe si darle un abrazo o un apretón de manos. Lo usual, en la vida de antes, era el apretón. Los abrazos eran para ocasiones muy, muy especiales. Alejandro querría abrazarlo, pero no se resigna a que esa noche, esa cena, ese encuentro, sean una ocasión excepcional. El padre decide por él: salva los cinco pasos que los separan y lo abraza. Su padre no es sólo un cuerpo cada vez más magro. También es esa mezcla de olor a jabón blanco, cigarrillo, sudor y Vieja Lavanda Fulton, en un equilibrio indefinible.

—¿Pero por qué no me avisaste que venías, hijo? —está diciendo su madre mientras se dirige de nuevo a la cocina—. A esta hora García ya cerró y me agarrás sin nada para picar, nada de nada, ni salamín, ni queso…

—No te preocupes, mami. Cualquier cosa está bien.

La voz de su madre suena ya desde la cocina:

—¿Cómo va a estar bien cualquier cosa?

Los hombres se han quedado de pie en medio del living.

—¿Cómo van tus… cómo estás? —el padre no está seguro de cómo abordarlo.

—Bien, bien. Todo en orden. ¿Ustedes?

El padre hace una mueca, que puede significar muchas cosas o ninguna. De lejos su madre sigue hablando:

—Si me decías te hacía unas milanesas, unas papas fritas cortadas a la española como te gustan a vos…

Alejandro alza la voz para que su madre lo escuche por encima del trajín de sus cacharros:

—En serio, mamá. No quiero que te pongas a cocinar ahora como una loca.

—¡Hacenos unos huevos fritos y listo, Beatriz! —interviene su padre, también en voz alta.

La madre se asoma y se dirige a su marido, seria y abrupta:

—Vos ni sueñes con huevos fritos. Tenés la presión por las nubes y el médico ya te dijo mil veces que basta de fritos —y repentinamente dulce, a Alejandro—: ¿Te hago un par de huevos?

—Dale, mami. Me encantaría.

—Pongan la mesa —ordena, antes de perderse otra vez en la cocina.

Alejandro se dirige a su padre:

—¿Qué es eso de la presión alta? No me dijiste nada.

El hombre hace un gesto que Alejandro conoce hasta el cansancio y significa: “Tu madre exagera”.

—Buscate un repasador, así seco bien los platos antes de poner la mesa, hijo.

Capítulo 9

9

—¿No tenés frío, acá afuera?

—No, papi. Estoy bien. ¿Vos?

—No, pero tengo más abrigo que vos, con esa campera finita que trajiste.

Alejandro se toma un momento para pensarlo. Sí, hace frío. Pero en el jardín pueden conversar tranquilos, sin que nadie los escuche. Su madre ya está acostada en el dormitorio matrimonial, que da al frente. Y ahí atrás, con los seis o siete grados de temperatura que debe estar haciendo, ningún vecino curioso va a andar parando la oreja.

—No, papá. Si vos no tenés frío, nos quedamos.

Salieron hace un rato, apagaron el farol de la pared exterior de la cocina y se sentaron en los sillones de hierro forjado. ¿Desde cuándo están esos sillones en el jardín? Alejandro los tiene incorporados de toda la vida. ¿O está equivocado?

—¿Estos sillones los compraron ustedes, o vienen de la época de los abuelos?

—No —dice el padre. La brasa de su cigarrillo sube hasta los labios, cobra intensidad, vuelve a bajar—. Los compró el abuelo cuando las tías y yo éramos chicos. El jardín era más grande porque todavía no habíamos ampliado la casa por el costado.

La brasa del cigarrillo se mueve como una luciérnaga. Su padre está señalando el lado izquierdo del lote. ¿Cuántas veces han hablado ellos dos de la historia de esa casa? Muchísimas. Tantas que Alejandro sabe que es inminente que su papá mencione la época en la que Castelar era puro campo, y las casas eran tan pocas y estaban tan sueltas que desde la vereda se veía la estación del ferrocarril, que queda como a quince cuadras.

—Mirá lo que sería Castelar en ese tiempo que vos te parabas en la puerta de casa y veías la estación —suelta su padre, y Alejandro no puede evitar sonreír en la oscuridad.

—Pasame un cigarrillo, que se me acabaron —dice el hijo.

El padre le alarga el paquete y el encendedor metálico que usa desde la noche de los tiempos. Es un regalo de cumpleaños de cuando Alejandro era chico. Muy chico, pero se acuerda del paquete, del moño, del brillo del metal cuando su padre se los mostró.

—¿Y vos cómo… cómo estás?

Pobre viejo. No sabe cómo preguntar. Y para peor él no está seguro de qué decirle, de qué manera, hasta dónde. Sabe, por experiencia, que la sinceridad absoluta, extrema, frontal, no tiene ningún sentido. Ese hombre lo quiere, pero no puede entenderlo. Demasiadas ataduras lo ligan a su tiempo, a su educación, a su clase social, a sus prejuicios.

—Bien, papi. Bien.

¿Qué más decirle? ¿Cómo? Es como si un fulano se acercase a mil obreros que construyen una catedral de esas góticas, monumentales, llenas de torres, arcos y relieves, esas que te mueven al asombro y a la constatación de tu pequeñez, y preguntase: “¿En qué andan, muchachos?”. La propia pregunta invalida la respuesta. ¿Qué podrían responderle? “Estamos construyendo lo más grande que vas a ver en tu vida, y tus hijos en la suya, y lo mismo va a suceder con los hijos de tus hijos.” Aunque esa imagen de la catedral —bien pensado— no es demasiado adecuada, con eso de que la religión es el opio de los pueblos. “Estamos derribando el capitalismo. Estamos peleando una guerra mano a mano contra los poderosos y sus esbirros, y les estamos ganando, y falta poco para que les ganemos del todo.” ¿Puede responderle eso a su padre? No. O lo ves o no lo ves. O reconocés una catedral gótica cuando la tenés delante o estás más ciego que la miércoles.

—¿Te van a mandar a Tucumán?

La pregunta de su padre lo incomoda. Alejandro piensa que es culpa suya, y no de su papá. Su estúpida sinceridad a medias. Si Gervasio se enterase de que su viejo está al tanto de que él está integrado a una célula del ERP, y que la expectativa del comando es que los envíen a pelear al monte tucumano, Gervasio —con toda la razón del mundo— lo caga a trompadas. Lo caga a trompadas para empezar, y después lo degrada a repartir panfletos en la puerta de una fábrica, para terminar. Pero esas son las consecuencias de no asumir la clandestinidad a fondo, y a otra cosa.

—No, papá. Yo no tengo nada que ver con esa parte, al final.

Mejor esa mentira piadosa. En una de esas, después de una pausa, pueden cambiar de tema y dejar esa zona espinosa sin herirse uno al otro.

—Ojalá que sea como decís, Alejandro. Ojalá.

Lo dice de un modo que a Alejandro lo irrita. No entiende del todo por qué, pero lo irrita.

—¿Por qué “ojalá”?

Aun en la oscuridad, sabe que su padre lo está mirando. Él también debe estar sopesando las ventajas y desventajas de la sinceridad.

—Porque más allá del buzón que les estén vendiendo a ustedes adentro, hijo, en Tucumán los están haciendo mierda, y los van a terminar matando a todos. Así que, por eso, “ojalá” no vayas para allá.

Este es el momento en que Alejandro debería morderse los labios, pero no puede. No puede permitir que su viejo suelte, así como así, semejante error de análisis.

—Entonces vos creés las mentiras que cuentan el gobierno y sus cipayos…

—Ah, entonces es mentira que a ustedes los están destrozando en Tucumán.

Alejandro no necesita verle la cara a su viejo para saber que tiene esa mueca burlona que hace cuando discuten de política.

—Más bien que es mentira. El gobierno dice eso para ocultar la verdad.

—Bueno, en general es para eso que uno miente. Para ocultar la verdad.

Seguro que detrás de ese comentario hay otra sonrisita, más pronunciada que la anterior. Basta. Suficiente.

—¡Cortala, papá! ¡Y dejá de burlarte!

—¿Burlarme? ¿Vos pensás que me causa gracia que los estén haciendo mierda y vos te plantes acá, convencido de que van ganando?

—¡Seguro que vamos ganando! ¿Qué te creés? ¿Que un pueblo decidido es tan fácil de derrotar, así como así?

—¿Ahora resulta que ustedes son el pueblo?

—¡Más bien que somos el pueblo!

—No te engañes, Alejandro. Que usen ese nombre no significa que sean “el pueblo”.

—¡Por supuesto que somos el pueblo!

—Son cuatro gatos, Alejandro. Eso son. Vos y los cuatro gatos que piensan como vos.

Alejandro resopla intentando no sucumbir al deseo de responder la ofensa. No hay caso. Ese hombre nunca va a entenderlo. Pero no quiere terminar el encuentro en esos términos. No tiene la menor idea de cuándo podrá volver a conversar con su papá.

—¿Seguro que no tenés frío? —El tono de su padre es el del principio. Se ve que ha hecho el mismo razonamiento que él. No tiene sentido dinamitar el puente que ambos pisan.

—No, papi. Yo estoy bien, pero en una de esas deberías abrigarte vos.

—No hace falta. Igual ya me voy a tener que ir para adentro. Vos querrás guardarte un rato para verlo al Cabezón.

Alejandro comprueba, una vez más, por qué no puede enojarse con él. O hacerlo durante demasiado tiempo. Su viejo está en todas. En todas las que él necesita. Sabe que el tiempo corre, y que Alejandro querrá guardarse un rato para encontrarse con su mejor amigo. Se le ocurre algo.

—¿Y si lo llamo por teléfono y le digo de vernos más tarde? Que me espere un rato. Después voy. Así charlamos un rato más vos y yo.

—Por mí está bien, hijo. Pero no sé si ustedes pueden andar usando cualquier teléfono.

En realidad, tiene razón. Ese jubilado dueño de una semillería parece más perspicaz que él a la hora de establecer protocolos de seguridad. Que un militante del ERP hable por teléfono para encontrarse con uno de Montoneros, usando el teléfono de la casa de sus viejos para llamar a otra casa que queda a la vuelta, no parece el colmo del profesionalismo. Pero, bueno, tampoco es el colmo del profesionalismo que el citado militante haya pasado largas noches discutiendo con su padre, sentados en esos sillones de hierro, sobre su incorporación a la Juventud Guevarista, y después sobre su militancia en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, y por último sobre sus acciones en el Ejército Revolucionario del Pueblo. Una lástima por los protocolos, dicho sea de paso.

—Lo llamo y vengo, así charlamos un rato más.

—Andá, hijo. Acá te espero —su padre responde mientras enciende otro cigarrillo que relumbra en la oscuridad.