Prólogo

Tierra Santa, Cuernos de Hattin, 4 de julio de 1187

Godric desplazó el pequeño guijarro con la lengua, de una mejilla a la otra, con la esperanza de exprimir al menos un poco de humedad de su paladar reseco. Sin embargo, el humo y el polvo hicieron que la boca se le llenara tan solo de una masa pegajosa. El sol, el fuego, los miles de cuerpos sudorosos de personas y de animales creaban un calor insoportable a su alrededor, unos vapores intensos que apestaban a ceniza y a miedo. Peor no podía ser ni tan siquiera el purgatorio.

La idea de felicidad de Godric se reducía a una jarra de agua fría. Imaginar cómo se deslizaba fresca y estimulante por su garganta casi le hizo perder el sentido. Sin embargo, era imposible que cayera esa breva. Entre el lago que destellaba prometedor en la llanura y el ejército cristiano había miles y miles de guerreros sarracenos armados hasta los dientes.

La persona junto a Godric estaba de rodillas y mantenía sujeta una cruz de madera con tanta firmeza que podía apreciarse el color blanco de los nudillos de los dedos bajo su piel rebozada de polvo. Entonaba una y otra vez el padrenuestro, mientras le brotaban las lágrimas de los párpados entrecerrados trazando un rastro sucio sobre las mejillas.

—Será mejor que te guardes la saliva y la respiración porque las vas a necesitar —dijo Godric con la voz ronca, pero el hombre lo ignoró.

«Por mí que haga lo que quiera». Godric resopló y se dio la vuelta para contemplar de nuevo el escenario que se les presentaba en el valle. El conde Raimund estaba en lo cierto cuando señaló que no debieron haber abandonado nunca la llanura de Séforis, fértil y abundante en agua. Se decía que el viejo demonio de De Ridefort, Gran Maestre de la Orden del Temple, estuvo atosigando al rey hasta que este envió al ejército por aquella senda fatigosa: muchos miles de soldados de a pie, caballería ligera y tropas auxiliares, además de mil doscientos caballeros, el mayor ejército que había reunido jamás el reino de Jerusalén.

Solo Dios sabía si de esa guisa no había dictado la sentencia de muerte para todos ellos.

La larga marcha por laderas y colinas, sin agua, había dejado resecos a las personas y a los animales y había consumido sus fuerzas; los caballos habían perecido, los hombres se dejaban caer en el polvo para no levantarse nunca más, otros se desprendían de sus armaduras y de sus armas. Los incesantes ataques de los arqueros sarracenos y las hogueras que sus enemigos encendían para dirigir contra ellos un humo denso y picante habían hecho el resto.

Fresco y descansado, con el lago de Genesaret a sus espaldas, el ejército sarraceno no tenía en realidad otra cosa que hacer que esperar. Lo mismo que la soga del patíbulo, los paganos iban estrechando cada vez más sus líneas en torno a sus rivales. Disponían de todo el tiempo del mundo.

En cuanto a los cristianos, después de una noche agitada sin agua, ya el sol de la mañana hizo bullir los últimos restos líquidos de sus huesos.

—No tiene muy buena pinta —murmuró Godric y escupió el guijarro al polvo, donde produjo un sonido sordo.

—¡Deja de hablar así! —le gruñó su vecino poniéndose en pie con mucho esfuerzo—. Un ejército cristiano nunca ha perdido una batalla cuando le ha precedido la Santa Cruz.

—Por mí, vale —refunfuñó Godric y dirigió la vista hacia el obispo de Acre y hacia la magnífica cruz con los herrajes de oro que destellaban al sol—. A pesar de ello, en cada batalla han caído muchos hombres. Y, créeme, hoy van a ser más que nunca.

Entre sollozos, su vecino volvió a desplomarse de rodillas y se puso a rezar con las manos entrelazadas con fuerza, como si no creyera en sus propias palabras.

«¡Sí, ya puedes rezar lo que quieras si eso te ayuda!», pensó Godric y se frotó con el puño los ojos ardientes. Él mismo llevaba ya demasiado tiempo ejerciendo su brutal oficio como para hacerse ilusiones falsas. Solo por esa razón seguía con vida. Godric estaba seguro de que, incluso antes de que el sol alcanzara su punto más alto, la sangre de muchos hombres buenos empaparía la tierra seca, y únicamente Dios sabía quién de ellos sobreviviría para ver el final del día.

En algún lugar, una mula comenzó a rebuznar y a provocar un pequeño tumulto. En una de las líneas de retaguardia, Godric descubrió al animal encabritado que trataba de desprenderse de un manojo de lanzas y de flechas clavadas. Numerosas manos intentaban sujetarlo, pero nadie se atrevía a acercarse demasiado hasta el ronzal por entre aquel torbellino de cascos herrados. Finalmente, la mula acabó por soltarse del todo, disolvió las filas de los soldados y corrió colina abajo hacia el enemigo y el agua prometedora. Incluso parecía haber olvidado su temor natural al humo y al fuego, así de loca estaba por la sed. ¿Quién se lo podía tomar a mal?

Godric se pasó la lengua por los labios agrietados y se sorprendió deseando hacer lo mismo que el animal. ¿Qué importaba si los endiablados sarracenos lo acribillaban a flechas? Al menos se acabaría todo con rapidez, pues, si algo había peor que el infierno furioso, rugiente y sangriento de la batalla, ese algo era la espera.

Y estar a solas con tus propios pensamientos.

Fue la orden de Clement de Gise la que le ahorró una decisión. Así pues, iban a intentar un ataque. ¿Qué otra cosa podían hacer?

—¡Aprestaos, hombres! —vociferó mientras forzaba a su cansada montura a ir al trote—. Deus lo vult! ¡Dios lo quiere!

Godric trató de escupir, pero no pudo reunir suficiente saliva. En lugar de eso, se agarró con mayor firmeza y se santiguó. Se decidió por otro grito de guerra: «¡Que Dios nos auxilie a todos!».

libro-3

LIBRO I

«Lo que no cura la palabra, lo cura la hierba.

Lo que no cura la hierba, lo cura el cuchillo.

Lo que no cura el cuchillo, lo cura la muerte».

HIPÓCRATES (h. 460 – h. 370 a. C.)

libro-4

1

Condado de Tonnerre, señorío de Arembour, junio de 1189

La flecha se clavó temblorosa en el disco de paja, apenas a un palmo de la diana. Con una sonrisa de superioridad, Gérard bajó el arco y dio un paso a un lado.

—Te toca, hermanito.

Étienne avanzó, calculó la distancia y buscó afirmar su postura clavando hondo las botas en el suelo empapado del patio. Cargó su peso sobre el pie sano y colocó una flecha. Mientras exhalaba, con la mirada fijada en el blanco, tensó la cuerda hasta que la oyó crujir y disparó. La flecha salió rauda en línea recta y se clavó en plena diana produciendo un sonido sordo.

La sonrisa burlona de Gérard se le quedó congelada en los labios y dio paso a un asombro incrédulo, casi de extrañeza.

—Vaya, Gérard, me temo que la navaja me la voy a llevar yo. —Étienne hizo todo lo posible para que el timbre de su voz sonara sosegado, aunque su estado de ánimo era de júbilo—. Tal vez puedas recuperarla la próxima vez.

—¡Maldito y condenado tullido!

—Sí, en efecto, te ha batido un tullido. Eso tiene que ser muy amargo para un gran guerrero como tú —le dio la razón Étienne de buen humor.

El puño de Gérard apretó el arco con fuerza y sus rasgos se deformaron en una mueca de enfado. Resultaba muy fácil provocarlo, tanto que casi llegaba a ser aburrido. Pero Étienne no gozaba tampoco de muchas ocasiones para desempeñar el papel de ganador, más bien todo lo contrario.

Estaba a punto de dirigirle otra indirecta, cuando la mirada de Gérard se desvió detrás de él y una sonrisa maliciosa le levantó las comisuras de la boca.

Antes de que Étienne pudiera darse la vuelta para mirar, una mano enguantada lo agarró de un hombro y lo zarandeó.

—¿Qué haces aquí? —le espetó su padre con los dientes apretados.

Étienne no podía controlarse, la alegría por su pequeña victoria lo tenía embriagado y fuera de sí.

—Me parece que estoy a punto de humillar a vuestro primogénito en el tiro con arco —dijo con una amplia sonrisa.

Basile d’Arembour agarró a Étienne del cuello con tanta fuerza que la correa de cuero con la cruz de plata de su difunta madre amenazó con cortarle la respiración.

—Ya sabes perfectamente a lo que me refiero, hombre. ¿Cómo es que no estás en tu aposento? Geoffroi va a llegar en cualquier momento con nuestros huéspedes.

Étienne asintió con desánimo. Su triunfo se desvaneció como humo en el viento y dio paso a una ira sorda.

—Perdonad, padre, cómo fui capaz de olvidarlo, esta criatura deforme tiene que desaparecer para no avergonzaros ante esos dignos caballeros.

Era tan solo una verdad a medias. Aunque no hubiera huéspedes alojados en Arembour, Basile evitaba a su tercer hijo como a un leproso.

—¡Cuidado con lo que dices, muchachito!

Casi con repugnancia dio un empujón a Étienne y este tropezó y cayó de espaldas en la suciedad. Con dificultad volvió a ponerse de pie y miró con gesto desafiante a su padre a los ojos.

—Os lamentáis de no haberme ahogado nada más nacer como a un cachorro lisiado, ¿estoy en lo cierto?

Basile lo miró con furia y escupió.

—¡Vete a tu aposento! —exclamó en un tono de voz peligrosamente suave.

Étienne no sabía qué demonio le llevó a pronunciar las siguientes palabras.

—Fuisteis demasiado cobarde, ¿no es así?

Con una fuerza desatada, el puño de Basile le golpeó entre la mejilla y la mandíbula inferior y lo envió de vuelta al suelo.

Sintió el sabor de la sangre en la lengua y su cráneo retumbaba como una campana.

—¡Desaparece de mi vista, ingrato desgraciado, antes de que se me ocurra hacer lo que no hice en su momento! —bramó su padre—. ¡Y lo del tiro con arco se te ha acabado de una vez por todas!

Sonó un restallido sordo cuando Basile partió en dos de un mandoble con la espada el arco de Étienne tirado en tierra.

El muchacho tragó saliva y permaneció en el suelo hasta que su padre se hubo alejado. Su mirada se quedó fijada en el arma despedazada. Tenía la sensación de que no solo el arco se había partido en dos.

Étienne, sentado en su cama, miraba por la ventana pequeña. Nada impresionado por sus sombríos ánimos, el sol parpadeaba a través de las nubes, y las golondrinas cazaban a una velocidad vertiginosa trisando con estridencia en el patio. Los cerdos y las gallinas buscaban algo comestible entre los desperdicios, mientras una criada desplumaba un ganso frente a la cocina para el asado de la cena en la mesa de los huéspedes. Él, seguramente, no probaría ni un bocado.

Étienne se recostó en su lecho y se quedó mirando fijamente al techo. Sentía la mejilla hinchada y la mandíbula le palpitaba sin cesar. Sin embargo, lo que más le dolía era la certeza de que su padre lo aborrecía. No es que fuera un descubrimiento nuevo, bien lo sabía Dios, pero haber sido consciente siempre no hacía que resultara menos amargo. Levantó el pie izquierdo desnudo —en realidad no merecía el nombre de «pie»— y lo contempló con asco. ¡Qué cosa más abominable! Con una deformación infame y retorcido hacia dentro como un pedazo de madera flotante, imposibilitaba a Étienne caminar con normalidad. Esa malformación congénita le había acortado la pierna, de modo que su tronco se inclinaba siempre un poco hacia el lado izquierdo y llevaba el hombro derecho algo más elevado. Su caminar no podía describirse siquiera como una cojera, sino que se trataba más bien de un tambaleo hacia delante como el de un oso.

A lo largo de sus diecinueve años de vida había aprendido a arreglárselas. Gracias al afán de una criatura que desea complacer a su padre, había luchado por sostenerse sobre sus piernas, aprendió a cabalgar y se ejercitó hasta convertirse en un arquero aceptable. Sin duda nunca había sido, y seguía sin ser, apto para el oficio de guerrero; en su lugar, se había dedicado al estudio de las lenguas griega y latina y se manejaba muy bien con los números.

Pero ¿para qué? Nada de eso le había proporcionado la benevolencia o incluso el respeto de su padre, sino todo lo contrario; Basile evitaba la visión y la presencia de su hijo tullido siempre que le era posible.

La puerta del aposento crujió y una cabeza rubia se asomó por la abertura.

—Adelante, Phil —dijo Étienne haciendo señas al muchacho con la mano para que entrara.

Philippe sonrió con picardía y se coló en la habitación. Se sacó una morcilla seca y un pan de debajo de la camisa y los alzó con gesto triunfal.

—¡Hermanito, me vienes como caído del cielo! —exclamó Étienne suspirando—. ¡Siéntate!

—Margot te envía muchos recuerdos —contó el muchacho y dio un brinco ágil para subirse a la cama junto a él.

Étienne aceptó aquel bocado exquisito y fue dándole mordisquitos con cuidado, tratando de proteger su maltrecha mandíbula.

—Margot me ha dado también esto. —Philippe sacó un frasco del bolsillo de la túnica—. Dijo que podrías utilizarlo. ¿Quién te ha hecho eso? —preguntó señalando con el dedo la mejilla hinchada de Étienne—. ¿Gérard?

—Padre.

—Entiendo.

El hermano menor abrió el recipiente con el ungüento de hierbas curativas con el que la cocinera Margot solía ocuparse de las heridas menores y mayores. Desde la muerte de la madre se había propuesto hacer felices a los dos hijos menores de la casa Arembour y proporcionarles un poco de calidez y de cuidados.

Philippe cogió un dedo entero de bálsamo y comenzó a extenderlo con habilidad en la mitad izquierda de la cara de Étienne.

—Mañana se te pondrá azul y seguro que te dolerá y verás las estrellas —profetizó—. ¿Valió la pena?

—¡Cielos, ya lo creo que sí! ¡Tendrías que haber visto la cara de tonto que se le puso a Gérard! ¡Derrotado por un tullido, vaya deshonra! —Étienne intercambió una sonrisa de pillo con su hermano. Sin embargo, Philippe volvió a ponerse serio de inmediato.

—Si padre te detesta tanto, ¿por qué no te envía a un monasterio?

—¿En tu lugar? —preguntó Étienne con una sonrisa resplandeciente.

Philippe hizo un mohín.

—No me parece tan mala la idea de ser pronto un novicio. No sé manejarme con las armas y los caballos me la tienen jurada. Además, con Gérard y con Geoffroi ya tenemos a dos espadachines en la familia. Nuestra hermana está casada y muy lejos de aquí, madre murió. No creo que nadie me vaya a echar de menos, excepto tú tal vez. —Ensayó una sonrisa falsa.

Étienne miró de reojo a su hermano pequeño de arriba abajo. Nunca se le había pasado por la mente que él no era el único que sufría por las circunstancias.

—Me lo he preguntado a menudo. ¿Por qué padre no te ha consagrado a Dios cuando su obsesión es tenerte encerrado todo el día?

Étienne resopló con tristeza.

—Él sí quiso, pero el padre Boniface se lo desaconsejó encarecidamente.

—¿Y por qué?

—Porque a mí me corresponde la tarea de ser la mala conciencia que camina…, perdón, que cojea, de padre.

—No lo entiendo —admitió Philippe y frunció el ceño.

¿Cómo entenderlo? El propio Étienne llevaba mucho tiempo sin comprenderlo. Era algo absurdo. Nació con el pie tullido en un mundo en el que las malformaciones eran consideradas por todos como una señal de culpabilidad. Ahora bien, ¿de qué manera habría podido pecar un recién nacido? Lo bautizaron con el nombre de san Étienne, a quien también estaba consagrada la iglesia de Épineuil, para mitigar aquella mácula. Y, aunque por lo menos su madre, los criados y los siervos se esforzaban por tratarlo como a los demás miembros de la familia, siempre había sido consciente de su particularidad y se avergonzaba de ella.

Solo paulatinamente se fue resignando a aquella imagen, lo que no aliviaba apenas la vergüenza. Se había convertido en un inocente culpable, igual que un personaje de las tragedias griegas que el padre Boniface le hacía traducir siempre.

—Podría decirse que soy el engendro de los pecados de padre —explicó finalmente al más joven.

—¿Quieres decir que lo de tu pie es un castigo por haber pecado nuestro padre? ¿Por haberse buscado… a mujeres desconocidas para llevárselas a la cama y todo eso?

—¿Qué sabes tú de esas cosas?

El muchacho se encogió de hombros.

—Margot lo ha contado.

—La buena de Margot tiene la lengua muy larga —criticó Étienne reprimiendo una sonrisa burlona—. Y unas orejas muy finas, además. —Cuando siguió hablando, volvió a poner una cara seria—. Al principio, padre le echó la culpa a nuestra madre y afirmaba que yo era un bastardo.

—¿Quién iba a creerse eso? —preguntó Philippe indignado—. Si tú eres su viva imagen.

Étienne gruñó enojado.

—Me temo que eso es innegable.

El pelo castaño, los ojos de color ámbar, el hoyuelo en la barbilla… Su parentesco ya era algo inconfundible para todo el mundo durante su infancia.

—¡No te hagas mala sangre! —exclamó su hermano dándole un golpecito alentador en el costado—. ¡A cambio tienes el buen corazón de nuestra madre!

«Y su desaliento», completó Étienne mentalmente, pero se limitó a sonreír.

—Sea como sea, el parecido llevó a nuestro padre a concebir la idea de que mi… malformación era, en efecto, un castigo de Dios por su propia lujuria. Y el padre Boniface lo convenció de que el Todopoderoso le envió a un hijo tullido como una amonestación constante para que lleve una vida temerosa de Dios y penitente, y de que no puede confinarlo de ninguna manera en un monasterio sin atraer sobre sí de nuevo la ira divina. —Étienne respiró hondo—. Cada vez que padre me ve, le recuerdo sus propios pecados y deslices. Puedes imaginar el poco cariño que le despierto y por qué prefiere rehuir mi compañía.

—¡Pero es una injusticia que clama al cielo! —exclamó con enfado Philippe—. ¿Por qué deberías expiar tú los pecados de padre? Y además múltiples veces.

Eso se lo había preguntado Étienne con mucha frecuencia sin encontrar nunca una respuesta satisfactoria.

—¿Acaso porque es la voluntad de Dios?

Philippe resopló.

—Un pie tullido, de acuerdo, pero el hecho de que padre te trate como a un leproso… ¡no tiene nada que ver con Dios!

Étienne se recostó en la fría pared.

—Puede que estés en lo cierto, hermanito, pero eso no cambia las cosas. Soy y seguiré siendo el chivo expiatorio y, por consiguiente, la cabeza de turco de nuestro padre.

—¡Entonces tienes que huir de aquí ya! —le exhortó Philippe con la firmeza de un niño de diez años.

Étienne se rio con suavidad y despeinó al muchacho con la mano.

—Hermanito, hermanito, una cabecita tan pequeña y llena ya de ideas de rebelión. Los monjes van a disfrutar de lo lindo con tus ocurrencias.

Philippe le apartó la mano con brusquedad.

—Hablo en serio, Étienne. Si es cierto lo que dices, puede que padre te mate a porrazos, te deje morir de hambre o vete tú a saber qué más. Es mejor que desaparezcas.

—Es encantador que te preocupes por mí, Philippe, pero, dime, ¿cómo te lo imaginas? En toda mi vida no he salido nunca más allá de Auxerre. Y, aun dejando eso a un lado, con esto de aquí —se señaló el pie— no puedo llegar muy lejos.

—Bueno, habrás oído hablar alguna vez de cabalgaduras, digo yo, ¿no? Por todos los cielos, Étienne, uno podría pensar que solo estás buscando una excusa.

—No elegí ser un tullido —replicó Étienne con frialdad.

—Pero sí elegiste compadecerte de ti mismo.

Étienne resopló.

—Vaya, ¿voy a tener que dejarme sermonear ahora por un pimpollo?

—Si el pimpollo es más listo que tú, claro que sí —dijo Philippe saltando de la cama—. Piénsatelo bien. Yo te ayudaré en lo que pueda.

Sin añadir ni una palabra más, salió del aposento y cerró la puerta tras él.

Étienne lo siguió con la vista, en silencio. Era bien posible que Philippe estuviera en lo cierto. Reconocer eso lo avergonzó.

Se dirigió de nuevo hacia la ventana. El cielo se había despejado por completo y resplandecía con un azul brillante. Su mirada siguió el vuelo de las golondrinas que aún surcaban el patio y las murallas… y se trasladó más allá, hacia el horizonte.

Contaba ya diecinueve veranos. Si Dios quería, todavía tenía muchos años por delante. ¿Qué futuro le aguardaba en el interior de esas murallas? No podía esperar heredar, ni aunque sobreviviera a todos sus hermanos. En calidad de tullido de nacimiento, la ley le negaba cualquier derecho a una parte de la herencia. Iba a depender siempre de la misericordia de los demás, de la misericordia de personas que lo despreciaban. ¿Su destino tenía que ser necesariamente servir de espejo a la culpa de su padre? ¿Podía ser eso todo lo que le cabía obtener de la vida?

Igual que la tinta en un cuenco de agua, unas estrías de color púrpura se extendieron por el cielo anunciando la llegada de la noche.

Étienne estaba de pie, tiritando de frío frente a la maciza puerta de roble que daba acceso al edificio principal del castillo con los salones festivos. Desde el gran salón llegaba a sus oídos el sonido de voces y la risa clara y tintineante de una mujer. Se le aceleraron los latidos del corazón, y solo a duras penas pudo reprimir el impulso de dar marcha atrás de inmediato. Agarró con firmeza la cruz que colgaba de su cuello, hasta que la joya se le hundió en la palma de la mano.

«Tengo derecho a estar aquí. Soy un Arembour exactamente igual que mis hermanos. Igual que mi padre, le guste o no».

Había llegado el momento de reclamar ese lugar; mejor dicho, se trataba de una decisión que llegaba con mucho retraso. La conversación con Philippe le había hecho tomar conciencia de ello. Étienne respiró hondo y cerró un instante los ojos. A continuación abrió la puerta de roble de un empujón.

Las conversaciones en la mesa se interrumpieron. Las miradas se centraron en él.

Al lado de su padre estaban sentados dos caballeros de Épineuil con sus cónyuges, que lo examinaron con curiosidad de arriba abajo. Además, estaba su hermano Gérard con su jovencísima esposa Isabelle, Geoffroi y, por último, Philippe, cuya mirada iba y venía entre Étienne y su padre, y que tenía el horror escrito en la cara, presumiblemente no solo por la afrenta que Étienne estaba a punto de cometer, sino por las consecuencias que aguardaban a su hermano. Y es que ese desacato a sus instrucciones no iba a quedar sin consecuencias, de eso no cabía la más mínima duda por la expresión de la cara de Basile d’Arembour. Había en ella una frialdad y una hostilidad que hicieron que Étienne se estremeciera. Tragó saliva, pero entonces percibió dentro de él cómo le inundaba una ira sorda, vieja conocida suya, y también una buena porción de terquedad. Se mantuvo lo más erguido posible, pero no hizo ningún esfuerzo por ocultar su horrible cojera. Que la viera todo el mundo. Era otro el que llevaba la culpa de esa mácula.

—Basile —se dirigió al padre de Étienne uno de los caballeros con una sonrisa que denotaba sorpresa—, ¿quién es este? ¿No vas a presentarnos a este joven?

A él no se le podía haber pasado por alto el parecido entre Étienne y su anfitrión.

—Soy Étienne d’Arembour, su hijo —declaró Étienne antes de que su padre pudiera responder.

El caballero entrecerró los ojos y lo examinó con más atención.

—Yo…, yo no sabía que tuvieras otro hijo… —Se calló. Estaba visiblemente incómodo con la situación.

—Solo es un bastardo —explicó Basile en un tono cortante. El labio superior le temblaba con una rabia reprimida a duras penas—. Y como tal no tiene nada que buscar en esta mesa.

—Pero…

La boca de Étienne se abrió, pero la mirada gélida de su padre hizo que se le congelaran las palabras en la lengua. Por el rabillo del ojo vio a Philippe que se había puesto en pie indignado, pero Gérard lo obligó en el acto a ocupar de nuevo su asiento.

Étienne respiró hondo y levantó la barbilla con gesto desafiante.

—Eso no es cierto, soy su hijo legítimo. Es mi derecho…

Basile le cortó la palabra con un gesto autoritario.

—¡Lo que es tuyo por derecho, lo sigo decidiendo yo en esta casa! ¡Toma!

Algo fue a parar al suelo delante de él. A través de un velo de lágrimas, Étienne vio un muslo de pollo asado y grasiento echado a perder.

—¡Sírvete y lárgate!

Étienne era incapaz de moverse. La vergüenza le había dejado petrificado. Uno de los perros se levantó y se acercó olfateando. Con la mirada fijada con cautela en él, atrapó con la boca el muslo a los pies de Étienne para desaparecer finalmente bajo la mesa y masticar ruidosamente aquel pedazo de comida.

—Todo el mundo en esta casa tiene que saber cuál es su sitio en ella —prosiguió Basile. La expresión de su cara era de repugnancia absoluta—. Gérard, condúcelo de nuevo a su aposento.

Por la mirada que intercambiaron su padre y su hermano, Étienne pudo deducir que la cosa no se acabaría ahí. Sin embargo, le daba exactamente lo mismo, y esa sensación le resultó extraña. Ninguna paliza podía ser más humillante o degradante que el espantoso espectáculo del que era protagonista principal en esos instantes.

Su padre no le concedería jamás un lugar, ni en su mesa, ni en su vida, ni desde luego en su corazón. Probablemente esa fea escena había sido necesaria para darse cuenta de una vez por todas. Étienne se sintió increíblemente estúpido.

libro-5

2

Ducado de Lorena, junio de 1189

Con las manos temblorosas, Aveline separó las ramas del arbusto para inspeccionar aquel campamento.

Sus dedos eran finos como las ramas del saúco, delicados y sin fuerza. Exactamente igual que las piernas que apenas la sostenían. No podía regresar porque eso plantearía muchas cuestiones. Pero ¿hacia dónde ir entonces?

«Dios me ha abandonado. No es de extrañar después de todo lo que he hecho».

Al pensarlo volvió a comenzar aquel zumbido sordo que amenazaba con reventarle el cráneo. Aveline entrecerró los ojos y sintió náuseas.

«El fuego del infierno y la condenación eterna me esperan por esto. Pero todavía no. Todavía no».

Ojalá no sintiera esa punzada del hambre. Con cautela espió entre las ramas. Las brasas moribundas de la hoguera hacían que las caras de los hombres y mujeres que dormían brillaran como el latón. Un poco apartado dormitaba un burro atado a una estaca con la cabeza gacha; a su lado había dos alforjas cerradas. «No robarás», decían los sacerdotes.

Comparado con el quinto mandamiento que había quebrantado de una manera tan horrible, este otro le parecía hasta ridículo. ¿Qué más podía perder, si ya había perdido la salvación de su alma?

Esperó unos cuantos latidos más hasta que estuvo segura de que no se movía nada en aquel claro.

Cuando abrió la correa de cuerda y apartó a un lado la tapa de cuero de la alforja, le llegó a la nariz un olor potente a carne de cerdo en salmuera, a cebollas y a queso. El estómago se le encogió convulsivamente. Desasosegada, abrió más la bolsa, palpó su contenido, percibió la magnífica corteza de un pan entre los dedos.

Un golpe tremendo la alcanzó entre los omóplatos, la lanzó de cara contra la alforja y a continuación contra el polvo; el sabor a sangre y a tierra entre los labios la obligó a escupir. Antes de que Aveline pudiera ponerse de rodillas para incorporarse, la voltearon con brusquedad.

—¡Mujer libertina! ¡Chusma ladrona! ¿Cómo te atreves a robar a unos peregrinos? ¡Que Dios te castigue con la viruela y la lepra, mal bicho!

—Hermano Gilbert, ¿qué sucede?

—¿Qué ha pasado?

Entre voces que exclamaban confundidas, unos pasos apresurados se aproximaron.

Alguien puso una antorcha a Aveline frente a la cara, tan cerca que le picó en la nariz el hedor a brea y a pelo quemado. Con ánimo de protegerse se tapó los ojos deslumbrados con el antebrazo.

Cuando se hubo acostumbrado a la claridad, parpadeó ante la cara de un hombre enjuto, embutido en un hábito de la orden benedictina. Su cabello ralo formaba una tonsura circular en el cráneo, tenía las cejas enarcadas con gesto airado, sus ojos eran duros como canicas. Su bastón se cernía sobre ella amenazadoramente.

—¡Espera, hermano! —El portador de la antorcha, un monje muchísimo más joven con una coronilla pelirroja agarró al hombre del brazo—. ¡Pero mirad! Si solo es una muchacha medio muerta de hambre.

Más personas se agolparon en el círculo de luz. Eran dos mujeres y tres hombres, armados también con teas ardientes, palos o cuchillos; un hombre cercano ya a los treinta años mantenía una flecha tensada en el arco.

Aveline trató de hacerse lo más pequeña posible y levantó un brazo por encima de la cabeza para protegerse, mientras la miraban atentamente con reserva y desconfianza.

—Esta bruja nos quería robar la comida —dijo entre dientes el monje viejo—. ¡Una asquerosa ladrona, eso es lo que es!

«Por favor, dejadme marchar», susurró Aveline. ¿O acaso solo fue un pensamiento? Tal vez era la voluntad de Dios que la mataran a palos ahí y en ese instante, como castigo por su terrible acto. Y en comparación con lo que le aguardaba después de la muerte, unos cuantos bastonazos no eran nada.

Condenación eterna. Tormentos infernales.

«Pero todavía no, todavía no».

—Por favor, dejadme.

Esta vez sí salieron realmente las palabras de sus labios, aunque se trató tan solo de un susurro ronco. El hombre del arco bajó su arma y se abrió paso hacia delante. Quizá fuera una casualidad, pero se colocó de tal manera que el anciano no pudiera arremeter contra ella con su bastón.

—No tenemos nada que temer de esta gallinita flaca —dijo el arquero.

Su lengua materna no era el francés. Sonó como si estuviera aporreando las palabras con un hacha, con aspereza y torpeza. Sin embargo, había calidez en su voz y en sus ojos verdiazulados. Se arrodilló frente a Aveline, le agarró la barbilla con una mano y le alzó la cara con suavidad. Ella se sustrajo apresuradamente de aquella mano y se arrastró hacia atrás hasta que sintió en la espalda una de las alforjas.

—Vienes sufriendo, ¿verdad, muchacha? —preguntó con compasión—. Caliéntate junto a nuestra hoguera y comparte nuestro pan. Aquí estarás a salvo.

—¡No puedes estar diciendo eso en serio, Bennet! —exclamó con acaloramiento el monje viejo—. Si no hubiera intervenido, esta bruja habría robado nuestras provisiones. ¿Y ahora quieres que comparta nuestra hoguera como recompensa? —Seguía manteniendo su bastón en alto sin que estuviera muy claro a quién iba dirigido su gesto amenazante—. Por lo visto no te ha tocado pasar hambre en la vida, anglosajón, es fácil hablar por hablar. —Escupió—. A mí me enviaron al monasterio de pequeño porque mis padres no tenían nada que llevarse a la boca. ¡Si queréis saber mi opinión, deberíamos mandar al diablo a esta bruja!

—Salta a la vista que esta mujer ha sufrido. Y nuestro deber de cristianos es proporcionarle protección y alimento al menos por esta noche —insistió con calma el arquero.

—¿Y qué pasa si nos vuelve a robar?

—No tenemos suficientes provisiones para otro comensal —objetaron ahora los demás.

—Puede comer de mi pan. Y yo cuidaré de ella —aclaró Bennet.

—Pero…

El monje joven asintió con la cabeza.

—«De cierto os digo que lo que le hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis», advierte el Señor —recitó mirando admonitoriamente a los demás—. ¿Qué clase de peregrinos somos si les negamos nuestra misericordia a los necesitados? No lo dudéis. Dios cuidará de nosotros; no en vano estamos de camino para alabarlo. «El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió», anunció.

Se levantaron unos murmullos de aprobación. Únicamente el anciano mantenía agarrado su bastón y no se movía del sitio.

—Hermano Gilbert, por favor.

El arquero llamado Bennet dirigió una mirada penetrante al monje. Este dudó todavía unos instantes; luego arrojó su bastón ante Aveline con un resoplido de rabia y se fue caminando con paso firme.

Bennet se levantó, avanzó un paso con cautela hacia ella y le tendió la mano.

—Ven, muchacha, no debes tener miedo.

«¿De verdad?». Aveline titubeó. En los ojos del anciano había visto borbotear la ira. ¿Podía fiarse de los demás?

El vértigo la aturdió y volvieron a aparecer las náuseas. Los sucesos de los días anteriores habían consumido sus últimas fuerzas. Tenía que comer urgentemente si no quería morir. Y no quería morir. Todavía no.

Se puso en pie a duras penas y permitió que Bennet le tomara la mano.

Una vez disipada la agitación inicial y convencidos todos de que Aveline no representaba ningún peligro, la mayoría volvió a tumbarse a descansar.

Solo el anglosajón Bennet y el monje joven que se presentó como el padre Kilian, de la abadía de San Arnulfo en Metz, hicieron compañía a Aveline, o la vigilaron, según quisiera interpretarse.

Bennet le entregó pan, embutido y un pedazo generoso de queso, y el monje avivó las brasas hasta conseguir una buena fogata.

Aveline se había propuesto no zamparse todo de golpe, pero en cuanto tuvo la comida delante cayó sobre ella como una loba voraz. Lo que le llegara al estómago, nadie podría quitárselo ya.

Solo al cabo de un rato se dio cuenta de que Bennet y Kilian la observaban con gesto divertido. Se obligó a detenerse y a masticar el siguiente bocado con mesura. El queso tenía un sabor delicioso.

—¡Vamos, ataca! —la instó Kilian con una sonrisa amistosa. Y tras unos instantes—: ¿Cómo hemos de llamarte en realidad?

El monje joven era tal vez uno o dos años mayor que ella, tenía por lo menos veinte veranos, pero a diferencia de su hermano de congregación había demostrado ser un buen cristiano.

—Mi nombre es Aveline, me llaman Ava —susurró ella.

Bennet agarró una de sus mantas y se la puso alrededor de los hombros huesudos.

—Pareces enferma —dijo—. ¿Qué te ha ocurrido, Ava?

Ella se interrumpió. El pan en su boca pareció deshacerse en cenizas. Podía imaginar lo que los demás veían cuando la miraban: el pelo negro, desgreñado y enmarañado, unas mejillas hundidas, unos ojos grandes y azules en los que vagaba el terror, unas prendas de vestir rasgadas y manchadas. Era natural que le hicieran preguntas, por supuesto.

Masticó largo y tendido para ganar tiempo.

—Un asalto… —murmuró finalmente.

Y en cierto modo se correspondía con la verdad, si bien el asalto había ocurrido hacía meses. Sin embargo, ese día fue el origen de su desdicha. La cabeza le zumbó al recordarlo. Aveline percibió cómo se le levantaba el estómago y comenzó a tener arcadas.

—Chis, tranquila. —Bennet iba a ponerle la mano en el hombro para sosegarla, pero ella se estremeció—. En realidad no importa lo que te haya ocurrido. Puedes quedarte con nosotros. Aquí estarás segura.

Kilian asintió con la cabeza.

—Somos peregrinos de camino a Tierra Santa.

Aveline levantó la vista.

—Pero… Jerusalén ha caído.

La voz sonó extraña y ronca a sus propios oídos. Parecía haber pasado una eternidad desde que la utilizara para hablar. Lo último que había salido de su garganta habían sido gritos de dolor.

—Sí, la ciudad santa de Dios ha caído en las garras de los paganos, igual que la Santa Cruz, ¡que el Señor nos asista! —Kilian meneó las brasas con una rama larga y algunas chispas saltaron hacia el cielo nocturno—. Un duro golpe para todo cristiano honrado y de buena fe, pero… —levantó la vista y no eran solo las llamas las que hicieron brillar sus ojos verdes— un ejército como nunca antes ha visto la cristiandad se ha puesto en marcha hacia Tierra Santa a fin de recuperar Jerusalén para la fe verdadera.

—El emperador Federico I Barbarroja y el rey Felipe II de Francia están reuniendo a sus caballeros para la guerra justa o se hallan ya de camino. También el rey inglés partirá hacia Tierra Santa en cuanto llegue a su fin la desafortunada disputa familiar entre él y Ricardo, el heredero al trono —explicó Bennet.

Aveline asintió con la cabeza. Ya había oído hablar de ello.

—Nosotros no somos más que unos simples creyentes —añadió el monje—, pero con la ayuda de Dios queremos aportar nuestro granito de arena a la causa de Cristo.

—Por la gloria del Todopoderoso y por el perdón de todos nuestros pecados.

Bennet se santiguó.

Aveline sintió una punzada de calor en el pecho.

—¿Cómo…, qué quieres decir con eso?

—Todo aquel que peregrine a Tierra Santa bajo el signo de la cruz obtendrá una bula con la remisión completa de sus pecados —respondió el padre Kilian en lugar de Bennet.

—Las almas quedarán limpias de cualquier mácula. ¿No lo sabías?

A Aveline se le hizo un nudo en la garganta.

—¿De todos… los pecados?

Bennet asintió con la cabeza en silencio e intentó leer en los ojos de ella.

—«El Señor es mi pastor; nada me faltará» —rezó Kilian mientras fijaba la vista en la hoguera—. «Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré para siempre».

libro-6

3

Borgoña, junio de 1189

Por encima de Étienne se extendía, terso y despejado, el cielo de principios de verano y el sol lo calentaba con unos rayos suaves. Su guía lo había conducido por un sendero llano, de modo que el caballo castrado de Étienne trotaba a grandes zancadas y pronto dejó atrás a la mula de su acompañante.

Étienne inhaló hondo en los pulmones el aire sedoso lleno del aroma dulce de la hierba y de las plantas silvestres aromáticas. ¡Conque aquel era el sabor de la libertad! No había manera de que se hartara de esa sensación.

Lo había hecho, sí. Desde hacía cinco días cabalgaba en dirección al sur, sin una meta; el único objetivo era alejarse de Arembour. Durante los primeros días de su fuga, había prevalecido en él el miedo a todo lo desconocido y nuevo que le esperaba, a si conseguiría arreglárselas por sí mismo, a si lograría encontrar comida y alojamiento y en algún momento también una ocupación con la que poder ganarse la vida. Y, por último, el miedo omnipresente a que sus hermanos mayores o su padre pudieran aparecer y conducirlo de malos modos de vuelta a su prisión.

Pero en ese momento ya no creía que nadie estuviera buscándolo o incluso persiguiéndolo, sino todo lo contrario: un caballo robado, algunas provisiones y mantas seguramente le parecían a su padre un precio pequeño por librarse del hijo detestado sin ninguna intervención por su parte y, por tanto, sin provocar la ira de Dios.

A Étienne no le quedó más remedio que sonreír. Con toda probabilidad, Gérard había visto las cosas de otra manera al descubrir que habían desaparecido su cuchillo de monte y su valioso arco. La navaja era una pertenencia legítima de Étienne, no en vano se la había ganado en una competición honesta. Por otro lado, consideraba el arco una indemnización por todas las humillaciones y acosos que había tenido que soportar de su hermano mayor. No había pues razón para sentir remordimientos de conciencia.

Además, Margot se había asegurado de que sus alforjas estuvieran repletas de pan, embutidos, vino y todas aquellas cosas que hacían más agradable el viaje. El bueno de Philippe le había procurado incluso un talego con monedas. Solo el cielo sabía de dónde procedía ese dinero. En cualquier caso bastaría para ir tirando durante un tiempo. Y, después, ya se vería.

Aprovechó para escaparse el día en el que su padre partió de caza con sus hermanos mayores y con una gran parte de la servidumbre.

¿Por qué no lo había hecho mucho antes? ¿Por qué había despilfarrado tanto tiempo? Era un disparate que hubiera hecho falta un mocoso descarado para decidirse a tomar por fin las riendas de su vida. Sin embargo, los caminos de Dios eran inescrutables, incluso cuando concernía a la elección de Sus herramientas.

Dio las gracias mentalmente a su hermano pequeño. Cabía esperar que su padre no relacionara a Philippe con la fuga y se la hiciera expiar. Aunque Étienne apenas podía imaginarse a aquel muchacho despabilado en un aislamiento monacal, callado y sumiso, lo tranquilizaba el hecho de que de esa manera pronto se sustraería al control de su padre.

Por Margot no tenía por qué preocuparse. Esa cocinera resuelta sabía arreglárselas bien a solas. Y todavía no había habido nadie que se metiera con ella. Al menos nadie que valorara una comida decente.

¿Volvería a verlos a ella y a Philippe alguna vez? De una manera u otra demostraría a todos, empezando por sí mismo, que podía ser bastante más que el cabeza de turco para todos los desaguisados, que tiraría adelante y sabría valerse por sí mismo.

Étienne miró a su alrededor. No tenía ni idea de dónde se encontraban, pero en el fondo le daba lo mismo siempre y cuando fuera lo suficientemente lejos de Arembour. Para ese cometido había contratado a su acompañante. Refrenó al caballo para que el hombre montado en la mula pudiera alcanzarlo.

Se trataba de un muchacho bajito, vigoroso, llamado Hernand, con una barbilla prominente y unos ojos despabilados, que el día anterior se había ofrecido a Étienne en una posada como guía conocedor del territorio y que por unas pocas monedas iba a llevarlo hasta Roanne. Étienne estuvo conforme pues, aparte de que él no conocía para nada la región, le pareció que viajar en compañía era más seguro y más entretenido.

—¿Por qué no nos hemos quedado en el camino militar? —preguntó.

Hernand hizo un gesto de negación con la mano.

—Por allí hay gran cantidad de peregrinos, caballero, pero también muchos canallas. Todos quieren llegar a las ciudades portuarias. Quieren unirse a los grandes señores para ir a Tierra Santa a masacrar paganos. —Sonrió burlonamente y dejó al descubierto una dentadura con huecos—. Pisotean el camino y continuamente se averían los carros y obstaculizan la ruta. Las posadas se llenan hasta la bandera. Ni que decir tiene que estos días cobran el doble por un saco de paja lleno de piojos. —Hernand escupió—. Mientras aguante el buen tiempo, este camino es mejor y más rápido, señor.

Étienne asintió con la cabeza y una vez más se alegró de haber confiado en un lugareño, a pesar de que lamentaba un poco sustraerse a la visión de los guerreros peregrinos y de su séquito. La noticia acerca de las devastadoras condiciones en Tierra Santa después de la catástrofe de Hattin y de la abrumadora pérdida de Jerusalén había llegado también a Arembour, por supuesto, igual que el llamamiento del Papa a una peregrinación armada. No obstante, hasta el momento, Inés, la condesa de Auxerre, Tonnerre y Nevers, de quien eran vasallos los Arembour, todavía no había llamado a las armas. Se rumoreaba que no deseaba dejar al descubierto sus posesiones, aun cuando la Iglesia reiteraba que protegería los bienes y pertenencias de los príncipes peregrinos. Quedaba por ver cuánto tiempo podría rehuir la presión del Santo Padre y del rey francés, de quien había sido pupila. La recuperación de Jerusalén con la iglesia del Santo Sepulcro era, después de todo, un deber sagrado. Y si las cosas continuaban así, era probable que uno de los hermanos mayores de Étienne o incluso su padre partieran para luchar contra los paganos en los Estados Cruzados.

Seguro que Étienne no era apto para convertirse en un guerrero de Cristo. Se preguntó hacia dónde dirigiría Dios sus pasos.

«Esperemos que primero nos dirija a una posada». Su estómago se manifestó con un gruñido. Su última parada para descansar y recuperar fuerzas había sido muchas horas atrás.

—¿A qué distancia está el próximo albergue? —Se giró a mirar al guía que había vuelto a quedarse un poco atrás.

—No mucha —contestó Hernand, mientras mordisqueaba una brizna de hierba seca—. Todavía queda un trecho a través de ese bosque. Es una buena casa, comida decente.

Poco después, Étienne se internó en las frescas sombras de las hayas y de los robles. Aquí y allá caían los haces de rayos de sol a través del follaje y dibujaban modelos destellantes de luz sobre el pelaje de su caballo y en el suelo del bosque. Le recordaron la pequeña ventana de cristal, escandalosamente cara, que su padre había mandado instalar sobre el altar de la capilla privada. El sol de la mañana proyectaba cada día la magia del reflejo sobre las losas de piedra.

Étienne había oído que la catedral de Le Mans estaba equipada con magníficos cristales pintados de colores que bañaban la casa de Dios en un mar de luz y de tonalidades. Quizá tuviera la oportunidad de contemplar alguna vez en persona ese espectáculo.

—Pero ¿por dónde andas, hombre? —exclamó por encima del hombro.

Hernand había detenido a su mula y desmenuzaba la brizna de hierba seca.

—Vamos, continúa.

Su guía negó con la cabeza y una expresión de frialdad se coló en su mirada.

—Final del viaje, amigo mío.

—¿Qué dices? Tenemos que… —Étienne se interrumpió al oír ruidos en el camino al tiempo que su caballo se desbocaba hacia un lado moviendo la cabeza con rapidez.

«¡No, no, por favor, esto no! No, no, no».

Cuatro tipos bloqueaban el sendero del bosque, unas figuras desaliñadas armadas de palos tan gruesos como sus brazos y con una sucia sonrisa burlona en los labios.

Una mezcla de indignación, rabia y un miedo no conocido hizo que el corazón de Étienne martilleara contra las costillas como si diera puñetazos. Su decente acompañante lo había conducido directamente a los brazos de unos asesinos. ¡Qué bastardo! ¿Cómo había podido ser tan confiado y tan estúpido?

Sacó el cuchillo de caza de la vaina colocada en el cinturón y golpeó a su caballo en los flancos con los talones, pero uno de los canallas se abalanzó de un salto y agarró con brusquedad las riendas. El animal se encabritó con un relincho estridente y a Étienne se le escapó el cuchillo de la mano.

—No tan rápido, muchachito —gruñó un tipo picado de viruelas. Lo agarró de una pierna y lo sacó del lomo del caballo con un tirón potente.

El golpe de la caída dejó por unos instantes a Étienne sin aire en los pulmones y jadeó.

«Dios, no puede terminar el viaje. Así, no. Ahora, no».

Miró a su alrededor con furia, vio el cuchillo no muy lejos tirado en el suelo del bosque, se abalanzó hacia él con desesperación y extendió la mano.

En ese mismo momento lo alcanzó el primer garrotazo en la espalda y cayó boca abajo en la tierra. Recibió otro golpe en el costado, y una ola de dolor abrasador le recorrió todo el cuerpo. Gimió, sollozó, lloró. Otro golpe, esta vez en el hombro, luego uno más en el costado. Unas manos lo agarraron por debajo de su jubón, se lo desgarraron, le tiraron de las botas. Lo volvieron a colocar boca arriba, lo aplastaron con el peso. Él intentó zafarse del agarre y gritar cuando un puño comenzó a golpearle una y otra vez en la cara. Algo se le quebró entre los puñetazos y de repente se le llenaron la boca y la nariz de sangre. Étienne jadeó intentando respirar, escupió a borbotones. Intentó acurrucarse y protegerse la cabeza con los brazos.

—Por favor… —fue todo lo que consiguió decir mientras la sangre y la saliva le corrían por la barbilla.

—Enseguida todo habrá terminado… —anunció una voz por encima de él, seguida de unas carcajadas roncas.

Étienne parpadeó y vio volar un garrote sobre su cabeza.

libro-7

4

Ducado de Austria, julio de 1189

He matado a mi hijo.

Aveline percibió cómo Kilian le retiraba la mano de la coronilla con un estremecimiento, y ella levantó la mirada hacia él.

Estaba arrodillada en las losas de piedra de la sencilla capilla perteneciente a un pequeño convento cercano a la ciudad de Melk. El convento de religiosas se había establecido a la sombra de la abadía benedictina del lugar, a orillas del Danubio, y se dedicaba a atender y aprovisionar a peregrinos y viajeros. Cuando las monjas se enteraron de que Aveline pensaba hacer sus votos para el peregrinaje a Tierra Santa, le confiaron un sencillo vestido de lino de su vestiarium. Esa sobria túnica gris estaba remendada en varios lugares y los dobladillos de las mangas se encontraban deshilachados, pero estaba limpia y se ajustaba a su cuerpo delgado como hecha a medida. Un tocado simple de lino cubría su cabello pulcramente trenzado.

Se había retirado con Kilian al frescor de la capilla para confesarse. Solo los pecados confesados podían alcanzar el perdón a través de la peregrinación. Solo exculpada podía realizar el voto solemne del peregrino durante la misa de la víspera.

El monje se la quedó mirando boquiabierto.

—Has… ¿qué?

Aveline vio el desconcierto en sus ojos y apartó la mirada. Se puso a observar las motas de polvo que danzaban en los rayos luminosos del sol entrante. En contra de sus esperanzas, la confesión no borró un ápice de la pesada carga de su alma. Las náuseas le ascendieron por la garganta y carraspeó.

—Entregué a mi hijo a la muerte —repitió ella—. Tras el parto dejé al niño a su suerte en el bosque.

Le resultó extraña la calma, la indiferencia casi con la que salió de sus labios esa terrible verdad. ¿Era una persona tan monstruosa? Una semana antes de encontrarse con Kilian, Bennet y los demás, había dado a luz a solas y desamparada. Tuvo la sensación de que la criatura se abría paso en el mundo con cuchillos.

Levantó la vista hacia Kilian y de pronto sintió la necesidad perentoria de justificar su monstruoso acto.

—Era un hijo del pecado —dijo a borbotones—. Un caballero… me violó y me lo implantó por la fuerza. Yo…

«Fui incapaz de mirar aquel día esa cara que también era la de él, fui incapaz de tener que pensar cada día en las circunstancias en las que fue concebida esa criatura».

Cuando su cuerpo se redondeó, su madre la insultó llamándola «puta licenciosa» y la echó de casa. Durante un tiempo entró al servicio como lechera en una granja cerca de Nomeny, pero tampoco la quisieron allí cuando era inminente ya el alumbramiento. Lo había perdido todo, su hogar, su medio de vida, su honor… y finalmente también la salvación de su alma.

—¿Sabes que al hacer eso has entregado a la condenación el alma de ese niño no bautizado?

La voz de Kilian sonó cascada y frágil. Aveline no supo deducir a quién iba dirigida su pena, pero estaba convencida de que no cabía para ella ninguna compasión. Ninguna, después de su acto horrible.

Dos almas perdidas porque ella no había sido capaz de aceptar su destino.

Entrecerró los ojos, se apartó las lágrimas y asintió con la cabeza.

—Lo sé. ¡Que Dios me asista!

Kilian volvió a ponerle la mano en la coronilla.

—Lo hará —dijo con dulzura—. El Padre celestial no rechaza a nadie que se presente ante él con arrepentimiento. «Porque el Señor, vuestro Dios, es clemente y compasivo, y no apartará Su rostro de vosotros si os volvéis a Él», está dicho en las Sagradas Escrituras. Tú has decidido peregrinar a Tierra Santa en Su nombre y aportar tu contribución a la causa de Cristo. A cambio, Él te ofrece la absolución de todos tus pecados. Sin embargo, para tu… acto inaudito se requiere de una penitencia adicional.

—¿Qué puedo hacer?

¿Existía realmente una posibilidad de reparar lo sucedido, de liberarla a ella de esa culpa? Aveline no se atrevía siquiera a tener la esperanza de tal cosa.

—Rezarás por la salvación de tu alma y la de tu hijo inocente junto a la tumba de nuestro Salvador Jesucristo que murió por todos nuestros pecados. En Jerusalén.

—Pero… si Jerusalén está en manos de los paganos —replicó Aveline con un hilo de voz.

Percibió cómo crecía en ella la desesperación y eso le dificultaba la respiración. ¿Cómo iba a poder cumplir semejante voto?

—Y todos nosotros y media cristiandad nos hemos puesto en marcha para volver a arrebatar a los sarracenos la ciudad santa —señaló el monje con calma—. No dudo de que lo conseguiremos con la ayuda de Dios. Y tú vas a contribuir con todo lo que esté en tu poder.

Aveline guardó silencio un buen rato; a continuación asintió con la cabeza.

—Cueste lo que cueste.

—Amén —dijo Kilian y Aveline notó la mano de él posarse cálida en su cabeza.

—Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

El canto prístino de las hermanas resonaba en las paredes de la pequeña casa de Dios. Aveline se arrodilló frente al altar con la cabeza gacha y las manos juntas en actitud orante. Le dolían las rodillas, pero ese dolor le resultaba agradable pues aguzaba sus sentidos. Quería asimilar ese instante por completo y no olvidarlo jamás, el olor a miel de las velas de cera, la piedra fría bajo su piel, el canto que parecía envolverla y llevarla lejos mezclándose con el ritmo de los intensos latidos de su corazón. Quería recordar ese día, del que ella esperaba que lo cambiara todo a mejor.

En los escalones frente al altar había un morral de fieltro, un bastón de caminante y una capa sencilla. La pequeña Maude de la comunidad de peregrinos había confeccionado la capa a partir de una de las mantas de Bennet y la había provisto en la zona de los hombros de la cruz blanca de Jerusalén. El arquero le había tallado el bastón. Aveline resistió el impulso de volverse a mirarlos. Bennet, Maude y el monje joven se habían empleado a fondo para que pudiera unirse a su comunidad, y por ello sentía una profunda gratitud.

Los cánticos enmudecieron. Kilian, que ya había recibido las órdenes sacerdotales y ofrecía la misa, se adelantó y pronunció una bendición sobre los objetos colocados frente al altar. A continuación agarró el morral y se dirigió hacia Aveline. Se inclinó ante ella y le colgó la correa.

—Aveline, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, toma este morral como señal de tu peregrinaje para que llegues purificada y dispensada hasta la tumba de nuestro Señor, hacia la que vas a encaminar tus pasos.

Kilian alzó el bastón y se lo tendió. La madera se sentía caliente y viva en la palma de su mano.

—Toma, pues, este bastón como apoyo y para defenderte de tus enemigos y en los peligros, para que llegues segura a la tumba de nuestro Salvador.

Por último agarró la capa, la desplegó y se la colocó a Aveline por encima de los hombros.

—Y toma esta capa que debe envolverte como la bondad de nuestro Padre todopoderoso y el amor de la madre de Dios. Te protegerá del viento y del frío, para que llegues sana y salva a la tumba de Jesucristo y puedas regresar desde allí. La cruz blanca te recordará tu voto y mostrará a todo el mundo en nombre de quién estás de camino. —Levantó ambas manos sobre la cabeza de Aveline para bendecir—. Que el todopoderoso Dios que reina desde la eternidad hasta la eternidad te lo conceda. Amén.

Juntos rezaron el padrenuestro y el credo y Aveline sintió cómo crecía su confianza con cada palabra que pronunciaba. Por último, él la agarró por los hombros y la levantó.

—¡Aveline, yérguete como peregrina en el nombre de nuestro Señor Jesucristo!

Ella respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo sintió algo similar a la seguridad y la confianza en sí misma. Dios no la había abandonado, le había mostrado la senda que la llevaba de vuelta a Su casa, una senda larga repleta de penas y de peligros, pero una senda al fin y al cabo.

En la pradera frente a la casa de los huéspedes, Aveline y los demás compartieron una sencilla cena de la cocina del convento: pan negro, cebollas y un queso de cabra que producían las mismas monjas. El sol se fundía sobre el horizonte como hierro incandescente y dotaba a las caras de los hombres y las mujeres de un brillo casi sobrenatural, como si estuvieran prendidos por un fuego interior.

«Igual que en Pentecostés, cuando Dios llenó a los discípulos con Su espíritu», pensó Aveline. Y, de hecho, después de hacer sus votos, ella se sentía renovada y animada por un espíritu bueno. Volvía a tener una meta por delante, una misión y una perspectiva de salvación.

En lugar de agua, Bennet pasó esa noche una jarra de vino para que circulara entre todos. Había que celebrar la alianza inquebrantable de Aveline con Dios, igual que la que habían establecido los demás miembros de la comunidad. El anglosajón vertió con generosidad el vino en las copas que le tendían, mientras una sonrisa se enredaba juguetona en sus labios. Casi siempre sonreía, de forma serena y confiada. Había en él una seguridad en sí mismo que carecía de toda arrogancia. Su pelo castaño le llegaba justo a los hombros, tenía las mejillas bien rasuradas, su cuerpo era delgado y musculoso, y apenas superaba en altura a Aveline.

Después de servir a todos los presentes, alzó su copa.

—¡Bebamos por Ava y por todos los peregrinos para que lleguen a su destino y regresen sanos y salvos!

—Amén.

Todos bebieron un trago de vino.

—Yo… os doy las gracias —tomó Ava la palabra— por haberme acogido entre vosotros. Y por todo lo demás. No sé qué habría hecho sin vosotros.

Con timidez fue mirando a todos y cada uno de ellos. Contemplaba caras amistosas; únicamente el hermano Gilbert giró la cabeza a un lado con expresión huraña. Seguía sin perdonarla.

—No pasa nada, muchacha —gruñó Jean haciendo un gesto de negación con la mano.

El hermano de la bajita Maude era un gigantón de buen carácter que tenía siempre una palabra amable para todo el mundo y cuidaba del burro con completa entrega. A Aveline le gustaban esos dos hermanos de Saint-Nabor, que habían iniciado el viaje de peregrinación en lugar de su padre enfermo, para quien esperaban la sanación.

Además de ellos, también pertenecían a la comunidad Frédéric y Lucille, un matrimonio joven de las cercanías de Nancy. El vientre de Lucille comenzaba a redondearse por un embarazo. Le había confiado a Aveline que sus dos últimos hijos habían nacido muertos y que ahora esperaba y anhelaba que la peregrinación le procurara por fin un vástago sano. Desde entonces, a Aveline le resultaba difícil mirar a los ojos a aquella delicada mujer. Su propio hijo había vivido tras el parto, y ella lo había entregado a la muerte. Solo por ese motivo estaba allí.

En cambio, los dos monjes y Bennet se habían puesto en marcha con la intención de aportar su granito de arena en la recuperación de Tierra Santa, sobre todo de Jerusalén, como combatientes, padres espirituales o cualquier otra misión que Dios tuviera pensada para ellos.

Todos perseguían el mismo objetivo, pero sus motivaciones no habrían podido ser más diferentes.

—En cinco o seis días cruzaremos la frontera con Hungría —anunció Kilian.

—¿Hay mucho peligro por allá? —preguntó Lucille llevándose una mano protectora al vientre.

—No es más peligroso que en el Sacro Imperio Romano Germánico. Se dice que Federico I Barbarroja ha llegado a un acuerdo con el rey húngaro Bela, que concede a los peregrinos paso libre y avituallamiento. También ha mantenido contactos y establecido medidas para las tierras bizantinas. ¡Este emperador es un hombre sabio y previsor!

Bennet asintió con la cabeza.

—Espero que pronto consigamos unirnos a su ejército.

—Por el momento parece que Barbarroja y sus hombres han tomado rumbo hacia Alba Graeca, la capital de Serbia. Pero un ejército tan imponente se ve obligado a seguir los caminos militares, y eso lo hace avanzar con lentitud. Nosotros, en cambio, podemos elegir otras sendas y tomar atajos. Seguramente los alcanzaremos pronto —lo tranquilizó Kilian—. He oído que nunca antes un príncipe había reunido tantos hombres para una peregrinación armada como Barbarroja. Una docena de obispos y más de dos docenas de condes se han unido a él con sus vasallos, así como unos cuatro mil caballeros y varios miles de soldados de a pie, por no hablar de sus partidarios. Media cristiandad está de camino hacia Jerusalén.

—¡Junto con los franceses e ingleses vamos a propinarles una tremenda patada a esos paganos! —vociferó Jean alegremente y vació su copa de un solo trago para corroborar sus palabras.

Kilian suspiró.

—Siempre y cuando puedan por fin ponerse de acuerdo los dos jefes del ejército. Ahora que el viejo rey inglés ha muerto, parecen haber terminado los días de armonía entre su sucesor Ricardo y Felipe de Francia. Según se dice, los dos se acechan mutuamente como dos perros, cada uno con el miedo a que el otro pueda arrebatarle un hueso.

—Pero Ricardo parece ir en serio con la causa —comentó Bennet—. Ya antes de mi partida, los constructores navales de Dartmouth estaban ocupados en construir una flota para el ejército inglés. Dicen que en cuanto Ricardo tenga la corona sobre su cabeza y los barcos estén construidos, se embarcará con sus hombres desde Marsella hacia Palestina.

—¿Por qué hacer el viaje en barco? ¿Por qué no toma la ruta terrestre igual que el emperador Federico? —quiso saber Jean—. Ricardo se arriesga de esa manera a que su ejército se disperse en muchas secciones. Además, nadie puede decir con certeza si a su llegada encontrará un solo puerto seguro donde desembarcar.

—Bueno, después de todo, el viaje por mar es más corto, solo unos pocos meses en lugar de todo un año. Quiere que sus guerreros lleguen frescos y descansados a Tierra Santa. Además, tener una flota propia puede apoyarlo in situ durante los combates y asegurar el abastecimiento.

—Suena a una diversión cara —vociferó Frédéric.

—Por Dios, claro que sí —admitió el anglosajón—. Igual que ya hizo su padre, Ricardo está intentando recaudar dinero para esta empresa por las vías más diversas. Sería capaz de vender incluso Londres si encontrara un comprador, dicen por ahí. Además, desde el año pasado rige un nuevo impuesto en Inglaterra para cubrir los costes.

—Igual que en Francia —observó Kilian—. Llaman a ese impuesto el «diezmo de Saladino».

Saladino, el príncipe de los sarracenos. Incluso Aveline había oído ese nombre. Se susurraba con terror, se escupía con repugnancia, a veces se pronunciaba con reacia veneración. Saladino, el hombre que estaba a punto de poner de rodillas al reino de Jerusalén, el hombre que había robado la Vera Cruz. No sabía muchas cosas acerca de él, pero sí sabía que se interponía entre ella y la salvación de su alma.

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5

Acre, Jumada al-Awwal 585 (julio de 1189)

El sultán Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub estaba sentado con el tronco inclinado sobre el tablero de ajedrez pensando en la próxima jugada. Su mano iba de una a otra de aquellas figuras de marfil sin poder llegar a una decisión. Finalmente retiró los dedos del todo y los posó en el borde de la mesita de madera tallada con primor y arte, mientras continuaba concentrado en la batalla que se desarrollaba en el tablero extendido ante él.

Salah ad-Din no era un hombre de decisiones rápidas o imprudentes. Su talento para mantener una visión de conjunto, ponderar y planear estratégicamente le había granjeado una y otra vez la fama de irresoluto. Sin embargo, eso —y el hecho de que se había pasado la mitad de su vida haciendo la guerra— lo había convertido en lo que era en la actualidad: el hombre más poderoso del mundo islámico.

No obstante, en este momento el sultán daba la impresión de estar cansado y agotado. Y esa circunstancia tenía preocupado a Karakush.

—¿Un té? —preguntó este con cortesía echando la mano a la tetera de plata.

Salah ad-Din hizo un gesto de negación con la mano con la mirada fijada en el precioso tablero de ajedrez.

Se habían retirado del calor del mediodía a las salas umbrías del antiguo castillo de la Orden de San Juan en el interior de la ciudadela que servía a Karakush como sede del gobernador y que estaba equipada con las comodidades de entrambos mundos. Desde que Salah ad-Din había forzado a Acre a capitular hacía apenas un año y medio, esta ciudad portuaria se encontraba otra vez por entero en manos musulmanas. Había autorizado a los habitantes cristianos su permanencia en la ciudad siempre y cuando pagasen el impuesto de capitación, pero la mayor parte de ellos había abandonado la ciudad en dirección a Tiro o se había embarcado por mar hacia poniente. El sultán lamentaba especialmente la marcha de los innumerables mercaderes. En cambio, había mandado dar caza implacable a los caballeros templarios o caballeros de la Orden de San Juan que habían escapado del baño de sangre de Hattin. El pasado le había enseñado que la piedad con esos guerreros orgullosos y obstinados no conducía a otra cosa que a un mayor derramamiento de sangre.

Karakush se recostó en los cojines y esperó. Salah ad-Din no daba muestras de apresurarse con su siguiente movimiento, y tampoco tenía por qué hacerlo. El sultán había llegado a Acre para recuperarse durante algunos días del asedio del castillo de Schakifs-Beaufort, como llamaban los francos a esa fortaleza en el Líbano, uno de los pocos enclaves que seguían en poder de los combatientes cristianos y que eran ferozmente defendidos. Además, quería intercambiar información con Karakush sobre los trabajos de reparación de las fortificaciones de la ciudad y sobre los últimos acontecimientos políticos. Hacía menos de un año, el sultán lo había nombrado «muhafiz», gobernador de Acre y comandante en jefe de la guarnición. Y Karakush no tenía ningún motivo para quejarse.

Acre había vuelto a pertenecerles casi sin combates y, por consiguiente, casi sin daños. La ciudad poseía numerosos palacios, jardines con mucha sombra y fuentes de agua, y aunque la antigua refinería de azúcar había sido víctima del saqueo de sus soldados, las caravanas y los barcos procedentes de todos los lugares del imperio hacían que no les faltara de nada. En esos días reinaba un ambiente tranquilo, casi apacible, aunque cada vez había más indicios de que ese estado de cosas no iba a ser duradero.

Salah ad-Din se había recostado también en los cojines. Se golpeteaba la rodilla rítmicamente con el dedo índice, mientras dirigía la vista a la lejanía. Karakush no estaba seguro de si el sultán seguía meditando sobre la partida o si sus pensamientos hacía ya rato que habían tomado otros derroteros. No se lo preguntó, sino que se quedó mirando fijamente al hombre a quien veneraba más que a cualquier otra persona.

A diferencia de Karakush, que tenía una buena estatura y era ancho de hombros, Salah ad-Din poseía una complexión delgada, casi delicada, que podría engañar a un observador superficial haciéndole creer que ante sus ojos no se hallaba un guerrero curtido en años de combates. Su cuerpo era delgado, pero al mismo tiempo de una resistencia musculosa; una cuchilla elástica con un borde extremadamente afilado. Su rostro también era flaco, con unos pómulos altos y una barba abundante y bien recortada que, al igual que su cabello, estaba teñida de negro, de ahí que no presentase ningún mechón gris a pesar de que el sultán ya había sobrepasado la edad de cincuenta años. En la cabeza llevaba un turbante blanco, atado con primor, confeccionado a partir de una tela de seda entretejida con hilos de plata. En cambio, su vestimenta gris de brocado sirio producía un efecto casi sencillo; únicamente en los dobladillos de las mangas presentaba unos bordados con caligrafía de unos piadosos versos coránicos. Las piernas cruzadas atraían la mirada hacia los zapatos puntiagudos de cuero de camello, cuyo único adorno consistía en una hilera de laminillas de plata. Para un hombre de su posición, aquel atuendo parecía sobrio, casi modesto. Y justo esa era la imagen que quería dar él, así quería que lo vieran, como el muyahidín humilde y temeroso de Dios, cuyo único afán era defender el islam y volver a arrebatar a los infieles la tierra de sus padres y los lugares sagrados. Y, de hecho, en los dos últimos años había logrado encadenar una serie de victorias sin precedentes contra los francos, comenzando por el aplastante golpe de Hattin y terminando con la tan esperada y gloriosa reconquista de Jerusalén, al-Quds, la ciudad sagrada.

Sin embargo, Karakush sabía que el temor de Dios no era el único impulso de Salah ad-Din, probablemente ni siquiera el más fuerte.

Karakush llevaba ya treinta años de fidelidad al sultán, primero como mameluco, es decir, como esclavo militar, posteriormente como oficial libre, cuyas habilidades Salah ad-Din valoraba al máximo y utilizaba en muchos lugares. Karakush lo conocía ya de la época del sultanato; sabía de las luchas, los esfuerzos, la sangre y las lágrimas que le había costado alcanzar su posición actual a Salah ad-Din, el advenedizo kurdo. Y para asegurarse esa posición de poder era indispensable que todos los musulmanes de su imperio y los emires terriblemente divididos que no cesaban de aserrar su trono se unieran hacia un objetivo común: la guerra contra los infieles y la reconquista de las tierras. Mientras durara esa lucha, continuarían existiendo también las pretensiones de poder de Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub.

Karakush, inmerso en sus cavilaciones, se sobresaltó cuando el sultán movió ruidosamente la figura ornamentada del elefante sobre el tablero de juego.

—¡Jaque! —exclamó en un tono triunfal.

Una red de arrugas se expandió alrededor de sus ojos cuando levantó la vista hacia él con una amplia sonrisa y su rostro adquirió un aire casi travieso. Bajo unas cejas muy arqueadas sus ojos inteligentes, negros, eran capaces de mirar en lo más profundo de su interlocutor y, al mismo tiempo, raras veces delataban un estado de ánimo.

Tras un breve vistazo al tablero de juego, Karakush replicó la sonrisa.

—Señor, permitidme retrasar unos instantes mi derrota definitiva —pidió—. Acompañadme antes a las torres para que pueda mostraros nuestros progresos en el muro de levante. Las obras están prácticamente terminadas.

—¿Cómo podría negarle su última voluntad a un hombre vencido? —replicó el sultán de buen humor, y ambos se echaron a reír.

Un poco más tarde, miraban los dos desde lo alto de la torre norte al imponente baluarte que protegía Acre por el lado terrestre.

—Una cosa hay que reconocerles a los francos —confesó Karakush—: con este anillo de murallas crearon una estructura defensiva excelente. Nosotros no tuvimos más que emprender algunos retoques para estar preparados contra eventuales ataques con catapultas —añadió, al tiempo que señalaba la sección entre la torre norte y la Torre Maldita, donde picapedreros, albañiles y prisioneros de guerra estaban ocupados en reforzar la mampostería.

Salah ad-Din siguió la dirección del dedo índice extendido y asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.

—Sabía que eras el hombre adecuado para esta misión. Ya demostraste sobradamente tus capacidades en El Cairo. Para derribar las murallas de esa ciudad tendría que abrirse la Tierra.

Karakush bajó la cabeza en señal de modestia. Sí, sus hombres y él habían hecho un buen trabajo, tanto en Egipto como aquí. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría con El Cairo, los francos tenían su mirada codiciosa puesta en Acre. Y, a pesar de que su guarnición estaba compuesta por unos cinco mil guerreros excelentes, ese mero pensamiento le desató un malestar punzante en las tripas.

Salah ad-Din pareció darse cuenta y le dio una palmadita tranquilizadora en el hombro.

—¡No te preocupes! Acre está en buenas manos contigo, amigo mío, no hay ninguna duda. ¡Y por eso le doy las gracias a Alá!

Karakush se limitó a asentir con la cabeza. Se giró a mirar la ciudad con sus numerosos mercados y sus plazas llenas de gente. Llegaba hasta él un zumbido bullicioso. Dejó vagar la mirada por los huertos sombreados, las viviendas y los palacios, las fortificaciones de los monjes-caballeros y los grandes almacenes que habían levantado los mercaderes francos alrededor del puerto.

—¿Qué ha sido del rey de Jerusalén, Guido de Lusignan? —preguntó finalmente—. Tengo que admitir que a día de hoy no entiendo por qué le concedisteis la libertad tan rápidamente después de Hattin.

El sultán apoyó las dos manos en la muralla y suspiró.

—Su esposa, la reina Sibila, me pedía una y otra vez su liberación. Tienen dos hijas pequeñas.

Karakush sonrió con desgana.

—Sois un soberano verdaderamente bondadoso.

—Bueno, no fue únicamente la bondad la que me movió a hacerlo —confesó el sultán con una expresión pícara en la cara—. En parte también esperaba que Guido de Lusignan y su rival, Conrado de Montferrato, se hicieran la vida imposible en la lucha por la corona de Jerusalén. Por el momento parece que la cosa va por ese derrotero. Los dos se odian a muerte, y, mientras se peleen entre sí, no tendremos que batirnos con ellos. —Mirando de reojo a Karakush añadió—: Pero pareces preocupado, amigo mío.

Karakush alzó los hombros con disgusto, pero se decidió por la franqueza; no en vano había muy pocas cosas que escaparan a la penetrante mirada del sultán.

—No estoy seguro de si nuestra decisión fue correcta —admitió—. Me refiero a mantener Acre en lugar de mandar arrasar la ciudad.

Salah ad-Din lo miró con suma atención y con un movimiento breve de la cabeza lo animó a continuar hablando.

—De acuerdo, la ciudad es preciosa, y rica, y dispone del puerto más grande y más seguro de la costa de Ash-Sham, pero no en vano albergó durante mucho tiempo a más habitantes que Jerusalén —prosiguió Karakush—. Antes de recuperar Acre, era algo así como la capital secreta de los francos a este lado del mar. —Profirió un suspiro grave—. Si Jerusalén ha sido el alma de su «reino», Acre era su corazón de vigorosos latidos. Y a veces me pregunto si no habría sido mejor clavarle una daga hasta la empuñadura.

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6

Borgoña, julio de 1189

Anda, mira tú, un resucitado de entre los muertos!

Étienne no podía decidir si un ser humano había pronunciado esas palabras o si solo existían detrás de su frente, como las piedras que rodaban por su cráneo y que le atronaban las sienes desde dentro.

Gimiendo, se llevó las manos a la cabeza. Percibió el lino entre los dedos, en algunas partes cálido y húmedo, en otras seco y rígido. Solo a duras penas y con enormes dolores consiguió abrir los ojos, pero todo lo que estaba en su campo de visión se desdibujaba en unas rayas grises, razón por la cual se apresuró a cerrarlos de nuevo. También le dolían endemoniadamente la nariz y las mejillas. Al palpar, sus dedos hallaron una piel ardiente y tensa, hinchada como una manguera llena de agua.

Bendito Jesús, ¿qué había sucedido? Se llevó una mano a la cruz de plata, pero esta no encontró sino el vacío.

Los recuerdos fueron apareciendo desde la niebla, gritos, el relinchar de un caballo…, ¿de su caballo?, caras, golpes.

Cuando Étienne trató de incorporarse, los dolores y las náuseas lo obligaron a desistir al instante. Le retumbaba el cráneo. Para ser exactos, le dolían todos los huesos del cuerpo, especialmente el pie izquierdo, pero esto no le sorprendió. Ese dolor le resultaba familiar, un viejo conocido, por decirlo así, y casi le resultó un consuelo.

El cuerpo de Étienne se balanceaba de un lado a otro. Tardó un rato en comprender que no era él quien se movía, sino el suelo debajo de él. Estaba tumbado en un carro.

Presa de un pánico repentino se le contrajo el pecho.

«¡No seas estúpido, idiota!», se reprendió para calmarse. «¿Quién se habría molestado en llevarte si su intención hubiera sido matarte?».

Se puso a escuchar como hechizado. Los cascos de un animal de tiro golpeaban en la arena, unas ruedas crujían y tableteaban, algo cerca de él gemía al ritmo del movimiento, algo diferente traqueteaba.

Creyó distinguir el aroma de la milenrama, de la manzanilla y de hierbas que no conocía, pero también el olor a miel, a sebo y a vinagre acre.

¿Acaso lo había recogido del camino un tendero? Esta vez, Étienne consiguió abrir más los ojos, si bien pasó un rato hasta que las manchas borrosas frente a él se convirtieron en imágenes.

Divisó unas lonas de cuero de cabra, cosidas con primor, que cubrían el carro. En la superficie de carga de madera se bamboleaban ramilletes de hierbas y diferentes sacas de lino. A su alrededor divisó cajas y baúles, hatillos y varios tonelillos, de los que se derramaban gotas de misteriosos líquidos. Él mismo estaba tumbado sobre unas lonas de piel, unas mantas dobladas y unos paños encerados. Y llevaba ropas que no eran suyas.

A duras penas pudo apoyarse sobre un codo para procurarse una visión mejor. Al instante regresaron las náuseas. El brazo le temblaba de debilidad y se le dobló, cayó hacia un lado y golpeó contra una de las cajas.

—¡Sooo!

El carro se detuvo súbitamente y el corazón de Étienne con él.

Alguien retiró la lona de cuero que separaba la carga del puesto del cochero, y apareció la cara de un hombre de unos cuarenta años probablemente.

—Estás despierto —constató innecesariamente.

Era la voz de antes. Las arrugas en torno a los ojos de color gris mar y en la frente se hicieron más profundas cuando examinó a Étienne de arriba abajo.

—¡Eres más duro de lo que yo pensaba! No esperaba poder saludarte de nuevo entre los vivos tal como te habían dejado apalizado. —Una sonrisa súbita dejó entrever la impecable dentadura del desconocido—. ¡Bienvenido de vuelta!

Solo a duras penas consiguió Étienne formar unas palabras comprensibles con sus labios magullados, tenía la sensación de hablar a través de un trapo. La nariz hinchada le deparó un tormento adicional.

—¿Quién… sois?

Su interlocutor ladeó profundamente la cabeza, como si tuviera que reflexionar primero.

—Llámame simplemente «buen samaritano» —replicó finalmente con una amplia sonrisa que mostraba sus dientes—. Sí, eso me parece lo más adecuado.

La cabeza desapareció y la lona volvió a su sitio. Sonó un chasqueo de lengua y el carro volvió a ponerse en movimiento.

«¿Cómo? Por todos los santos…». Ese hombre ¿había dicho eso realmente o su cerebro le estaba jugando una mala pasada? ¿Era un loco? ¿Un hereje después de todo? Ninguna de esas dos posibilidades le gustó a Étienne, y regresó la tenaza del miedo. Se acercó con mucha dificultad a la caja y se subió a ella. El sudor amenazó con irrumpir por ese pequeño esfuerzo. Se apoyó con fuerza contra la madera y recuperó el aliento. Una cosa era segura: fuese quien fuese su salvador desconocido, a Étienne no le quedaba otra que confiar en él, pues, tal como estaban las cosas, iba a depender de su ayuda durante un tiempo.

El carro cambió de rumbo, el terreno se volvió más desigual, con muchos baches, y cada sacudida lanzaba violentas punzadas a las extremidades de Étienne. Finalmente, el vehículo se detuvo. Por los ruidos coligió que el hombre estaba desenganchando al animal de tiro.

Poco después se abría la lona de cuero a los pies de Étienne y era fijada a un lado. La luz del sol de las primeras horas de la tarde penetró en el interior del carro haciéndole parpadear.

—¿Tienes hambre?

El desconocido le dirigió una mirada indagadora y se puso a rebuscar en una de las cajas. Étienne asintió con la cabeza. De hecho tenía un hambre canina. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había comido?

Mientras aquel hombre sacaba un caldero ennegrecido de hollín, separaba de un baúl diferentes ingredientes para cocinar y por último retiraba un hatillo de leña, Étienne lo observaba de reojo. Tenía encanecidos ya el cabello desgreñado y la barba de tres días, tan solo las cejas presentaban todavía un color más oscuro. No era ningún gigante, pero tenía una espalda ancha y manos de tendones marcados con unos dedos delgados. La vida había trazado numerosas marcas en su cara que componían el relato de días tanto buenos como malos, sí, pero Étienne no pudo descubrir en ella ninguna expresión ni indicio de demencia.

No muy lejos del carro, el hombre se dispuso a preparar una hoguera. Se encontraban en un pequeño claro rodeado de árboles. Étienne oía el murmullo de una corriente de agua desde algún lugar cercano. A unos pocos pasos de distancia pastaba una mula robusta atada a una estaca.

—¿Quién eres? —quiso saber el desconocido.

Étienne permaneció callado un rato, luego respondió:

—Si vos sois el buen samaritano, yo debo de ser un hombre de Jerusalén de camino hacia Jericó.

El hombre levantó la vista de la hoguera y sonrió mostrando los dientes.

—Tienes buena labia a pesar de que tu aspecto haría pensar lo contrario en estos momentos. —Se sacó una navajita del cinturón y comenzó a cortar tocino y unas cebollas en la olla—. Supongo que sería demasiado incómodo estar diciendo todo el rato: «¡Gracias, buen samaritano, por haberme salvado la vida!», o: «¡Gracias, buen samaritano, por no haberme dejado desnudo en el camino y como pasto de los lobos!». Por esa razón puedes llamarme Caspar en el caso de que desees expresarme tu lealtad.

Étienne sintió que regresaba con fuerza el dolor de cabeza. «¿Desnudo en el camino? ¡Por todos los santos!».

—¿Qué sucedió?

—¡Oh, vaya! Esperaba que pudieras decírmelo tú, hombre de Jerusalén.

—Étienne. Mi nombre es Étienne.

—Bien, así que Étienne. ¿Y qué más?

Étienne hizo una mueca de dolor, lo cual no le resultó nada difícil, y esperó que su interlocutor se diera así por satisfecho. A ese hombre acababa de conocerlo hacía unos pocos instantes, por lo que no le pareció conveniente desvelar de inmediato su identidad entera.

—Bueno, Étienne, vale. Hace apenas dos días te encontré tirado al borde del camino cuando me dirigía hacia Roanne, sin otra ropa que te cubriera que la luz del sol. Al parecer, poco antes habías tenido un encuentro con unos bandoleros. Puedes decir que tuviste suerte de que se tratara de chapuceros, de individuos débiles o de idiotas, pues, como seguramente te habrás dado cuenta, no fueron capaces de golpearte en la cabeza como es debido, o tal vez lo hicieron de forma muy descuidada.

Étienne tragó saliva. Gritos, caras, dolores, los relinchos de su caballo cuando unas manos sucias lo tiraron al suelo desde su montura.

—Por lo demás, bien puedes decir también que tuviste suerte de que yo transitara por ese camino apartado. Y podríamos considerar una grandísima suerte el hecho de que yo no fuera tan solo un buen samaritano, sino también médico cirujano. —Miró a Étienne con las cejas enarcadas mientras se le insinuaba una sonrisa burlona en las comisuras de los labios—. Y no debo de ser ningún mal médico si tenemos en cuenta que ahora mismo estás medio erguido frente a mí y en disposición de pronunciar frases con sentido completo.

—Yo…, cómo…

—Bueno, vale, ya es mucho lo de estar erguido.

Caspar se dedicó de nuevo a la comida.

—¿Cómo puedo agradecéroslo, Caspar?

—Hummm, me temo que no puedo contar con monedas de plata, a no ser que te las hayas zampado. Y, si no ando muy errado, tampoco guardas escondida ninguna bota de vino. Así que yo propondría que me contaras lo que te ha traído por estos lares.

Durante un rato, Étienne estuvo observando cómo su salvador añadía harina fina a los demás ingredientes en la olla y removía todo con una cuchara de madera. Cuando comenzó a emanar un olor apetitoso, Caspar vertió agua de un odre.

—¿Podría beber un poco? —preguntó Étienne intentando enderezarse.

Sin decir palabra, Caspar llenó un cuenco con agua y se lo llevó al carro.

Durante unos instantes, Étienne trató de ver su propio reflejo en la superficie del cuenco, pero el agua se movía sin cesar por el temblor de sus manos.

—Yo ni lo intentaría —comentó Caspar como de pasada—. Verte podría quitarte de golpe las ganas de comer. Permíteme decírtelo de una manera muy suave: tienes el aspecto de alguien a quien han ejecutado hace una semana, despacio y después de sufrir unos tormentos enormes.

La náusea ascendió por la garganta de Étienne, quien reprimió el impulso de palparse la cara. Se apresuró a tomar un trago de agua y se vertió la mitad sobre la túnica. ¡Jesús, María y José! Todo aquello sonaba a que había escapado por los pelos de la muerte. Lo menos que le debía a su salvador era una explicación.

—Mi nombre es Étienne d’Arembour, el tercero de los cuatro hijos varones del caballero Basile d’Arembour, del condado de Tonnerre al norte de Borgoña.

Caspar no dijo nada, se limitó a enarcar una ceja.

—Yo… iba de camino hacia el sur… Estaba de paso, por decirlo así.

—¿Y qué sucedió con tus acompañantes?

—Yo…, yo…

Étienne se apresuró a beber un trago de agua.

—Viajabas solo —adivinó Caspar.

—Cerca de Vézelay contraté a un guía, pero el maldito sinvergüenza me condujo directamente a una trampa.

La ira amenazaba con ahogar la voz de Étienne al acordarse de aquel canalla y de su propia simpleza.

—¡Por san Cristóbal! —Caspar sacudió la cabeza en señal de censura, mientras seguía anidada una sonrisa en las comisuras de sus labios—. Decenas de millas por caminos apartados sin una compañía de confianza… No me parece que seas una persona demasiado lista, Étienne d’Arembour.

Las mejillas de Étienne se acaloraron.

—Vos viajáis también solo —replicó desafiante.

—Con la diferencia de que llevo muchos años por esos caminos, hijito. Conozco los peligros y sé cómo evitarlos. Aparte de eso, hasta hace poco me acompañaba un asistente. Así que, dime, ¿cómo se te ocurrió esa idea grandiosa?

«La mirada de asco de mi padre, el tono repugnante de su voz. Las humillaciones constantes y el desprecio omnipresente».

—Supongo que el orgullo fue una de las razones —confesó Étienne finalmente—. Pienso que quería demostrarme a mí mismo y al mundo que sirvo para algo, que también puedo arreglármelas solo en la vida.

—Y lo has demostrado de un modo excelente.

La burla de Caspar le afectó más de lo esperado. ¡Qué razón tenía ese hombre! De repente, Étienne estaba lidiando con las lágrimas. Se pasó una manga por los ojos con brusquedad.

Una de dos, o su acompañante no se había percatado de la situación, o tenía la suficiente decencia como para ignorar el asunto.

—Óyeme bien, Étienne —dijo en tono serio—, en unos pocos días vamos a pasar por Roanne. Allí conozco a un montón de gente. Puedo pedirle a un comerciante amigo mío que te lleve de vuelta al norte, con tu familia.

Étienne apretó sus labios destrozados hasta que le dolieron aún más. ¿Qué podía esperarle si regresaba a casa? En el mejor de los casos, desprecio, probablemente la mayor paliza de su vida, tal vez algo peor. La única persona a la que podría importarle su regreso ya habría ingresado en el noviciado para entonces.

Étienne negó en silencio con la cabeza.

—Sé apreciar vuestra oferta, Caspar, y os agradezco vuestra amabilidad, pero solo pido que me llevéis con vos hasta la ciudad más próxima. Es más de lo que podré pagaros nunca de todos modos.

—Y, luego, ¿qué?

—Con la ayuda de Dios, encontraré una nueva misión.

Caspar resopló.

—¿Ingresar en un monasterio, o qué tienes en mente? —El cirujano se dio la vuelta con brusquedad y comenzó a picar unas hierbas sobre una tabla igual que si tuviera que derrotar a un enemigo. Los dos permanecieron en silencio un buen rato—. Bueno —gruñó Caspar finalmente mientras removía las hierbas en el cocido—, puede que Dios haya encontrado una misión para ti. Como ya he mencionado, mi asistente ha desaparecido, y empieza a resultarme muy pesado tener que realizar yo mismo sus tareas. Tú podrías entrar a mi servicio.

Étienne estuvo a punto de soltar una carcajada, aunque, bien mirado, no estaba de humor en esos momentos para ninguna broma.

—¡No os burléis de mí, maestro! —exclamó señalándose el pie con la cabeza—. Con este pie apenas puedo seros de utilidad.

Caspar chasqueó la lengua con impaciencia.

—Tal como parecen las cosas, vas a terminar recuperándote del asalto. Y, para lo que te necesito, no tienes por qué ser ningún gran corredor. Cuidar de la mula, preparar la comida, mantener limpios los utensilios y ayudarme con los enfermos…; de estas tareas me parece que es capaz incluso un tullido quejica como tú.

Étienne cerró los ojos y se sintió de pronto indeciblemente exhausto. El dolor de cabeza le estaba amartillando por detrás de la frente, la debilidad hacía que le temblaran los hombros y los brazos. Tal vez la oferta de Caspar no fuera la mejor solución a sus preocupaciones, pero por el momento era la más sencilla. Y para las soluciones complicadas le faltaban las fuerzas.

—De acuerdo.

—Por cierto, no me interesa lo más mínimo tu ascendencia de alta cuna, Étienne. Si te vienes conmigo, tendrás que obedecer lo mismo si te pido que friegues los platos o que limpies los vómitos de un enfermo —puso en claro Caspar—. Soy un cirujano ambulante, como seguramente no se te habrá pasado por alto. Te espera un viaje largo y penoso. Posiblemente no regreses nunca con tu familia.

Étienne se encogió de hombros y reprimió una queja por el dolor.

—No me importa —dijo, y se dio cuenta de que eso se correspondía con la verdad. Fuera cual fuera la ruta de su viaje, cualquier destino era mejor que regresar a Arembour y llevar una vida llena de palizas. Nadie le necesitaba. Nadie iba a echarlo de menos.

Caspar lo miró durante unos instantes como si quisiera añadir algo, pero lo dejó así y se limitó a enarcar las cejas. Finalmente se dio la vuelta, llenó un cuenco con el cocido del caldero y se lo alcanzó a Étienne junto con un mendrugo de pan de varios días.

Étienne estaba contento de no tener que hablar más y sorbió con avidez el sabroso caldo. Un mordisco al pan duro le indicó que todos sus dientes seguían en su sitio, y dio las gracias a Dios por ello.

—La ropa que llevo puesta, ¿es de vuestro asistente? —preguntó después.

Caspar asintió con la cabeza mientras masticaba.

—¿Qué sucedió con él?

—Se fue corriendo —respondió el cirujano con la boca llena—. Pero confío en que no volveré a pasar ese disgusto contigo. Tú —dijo señalando con la cabeza el pie torcido de Étienne y mostrando una amplia sonrisa—, tú no puedes irte corriendo. Al menos no con la suficiente rapidez.

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7

Reino de Hungría, julio de 1189

Aveline se levantó sobresaltada y jadeante de su lecho de acampada. El corazón le latía con fuerza contra las costillas, y percibió el sudor pegado en el cuello y la nuca. No se atrevió a cerrar los ojos por miedo a conjurar de nuevo las imágenes de la pesadilla. Una y otra vez revivía los mismos horrores. ¿Por qué tenía que perseguirla su torturador incluso mientras dormía? También soñaba en ocasiones con su hijo, y, cuando se despertaba, sus gritos acusadores le resonaban en los oídos. Él sí tenía todo el derecho a perseguirla hasta en los sueños, pero no el caballero errante que el pasado otoño la había arrastrado por la fuerza a un granero para violarla.

Al recordarlo se le escapó un gemido de dolor.

—¿Todo bien?

Aveline se estremeció, pero enseguida se recompuso al reconocer la voz de Bennet. Pasada la ciudad de Jaurium habían encontrado un refugio para pernoctar y habían organizado su campamento muy pegados a otros peregrinos, comerciantes y viajeros en el dormitorio correspondiente. A propuesta de Kilian iban a dejar la calzada romana a lo largo del Danubio y proseguir el viaje a través de la llanura panónica. A diferencia de lo que ocurría con un ejército lento con grandes contingentes de tropas y con carros, ellos podían avanzar por senderos angostos e intransitables, y de esa manera esperaban poder atajar en el trayecto hasta Alba Graeca y el ejército de Barbarroja.

A pesar de estar abiertas las ventanas, en el aire del dormitorio flotaba un olor impreciso a cuerpos sin aseo, a mantas húmedas y frías y a cebollas, acompañado por la polifonía respiratoria de muchas personas durmiendo.

La luna arrojaba un poco de luz en el interior y se reflejaba en los ojos de Bennet mientras la miraba.

—¿Está todo bien, Ava? —preguntó de nuevo.

—Me encuentro bien, sí, solo era un sueño.

El anglosajón se acercó un poco más a ella y, al instante, la piel de Aveline comenzó a arder. En el poco tiempo que llevaban viajando juntos, Bennet la había cuidado casi como a una hermana, había compartido su comida e intercambiado noticias con ella; en su modo de hacer las cosas con sosiego y mucha seguridad en sí mismo había procurado que Aveline se sintiera perteneciente a la comunidad de peregrinos. Ni una sola vez había intentado acercársele con intenciones impúdicas. En realidad, tenía todo tipo de motivos para estarle agradecida, y, aun así, la proximidad de un hombre le provocaba malestar, sobre todo tan poco tiempo después de que un sueño trajera a la luz aquellos horribles recuerdos. Solo a duras penas consiguió no apartarse de él. De todos modos, Maude se había enroscado a su izquierda, pegada a ella.

—Aveline… ¿no significa «palomita» o «pajarito»? —preguntó Bennet súbitamente.

Aveline asintió con la cabeza hasta que se le pasó por la mente que él no podía ver su gesto.

—Sí, eso dicen. ¿Por qué te interesa?

—No serás por mucho tiempo una paloma, Ava, vamos a hacer de ti un halcón.

Aveline descubrió al día siguiente a qué se debían las misteriosas insinuaciones de Bennet. Hicieron un alto al lado de un arroyo, rezaron juntos una breve oración y comieron un poco de pan con queso. A continuación querían descansar un rato antes de proseguir su camino en dirección a Alba Regia, la ciudad de la coronación de los reyes húngaros. Mientras los monjes se enfrascaban en un docto debate y los demás dormían o se dedicaban a otros asuntos, Bennet se acercó a Aveline. Mantenía sujeto uno de sus dos arcos y una aljaba con flechas.

—Ven, Ava. Quiero enseñarte algo.

Aveline titubeó brevemente, pero luego dejó a un lado la túnica que se disponía a remendar. Intentaba ser útil siempre que podía para devolver al menos un poco de la ayuda que le habían prestado.

—¿Qué pretendes hacer? —preguntó.

Bennet sonrió misteriosamente.

—Ya te lo dije. ¡Vamos a hacer de ti un halcón!

Aveline lo miró con la cabeza ladeada. Había despertado su curiosidad. Se levantó y siguió al anglosajón hasta una pequeña pradera alejada del campamento. Las estacas de un redil de ganado en mal estado se estaban pudriendo en la linde del lugar.

—Sujeta esto, por favor.

Bennet le puso en las manos su arco y la aljaba de las flechas. A continuación se dirigió al redil y empezó a trastear con unas tablas viejas. Aveline no podía encontrarle sentido a su actividad, así que se concentró en contemplar el arma. Bennet poseía dos arcos, uno corto que empleaba sobre todo para cazar en el bosque, y otro largo. Este último era el que ella tenía en sus manos ahora. Aquel palo fino le llegaba desde el suelo hasta casi la coronilla. Su madera era rojiza y por el frecuente uso estaba lisa y grasienta. Unas cuerdas de lino bien tensadas en el centro del arco aseguraban no obstante un buen agarre.

Bennet regresó al claro y arrojó a tierra algunos tablones anchos que todavía mostraban cierta estabilidad. A continuación comenzó a colocar los tablones en posición vertical. El último lo empleó para sostener por detrás el muro de tablones. Con los brazos en jarras contempló finalmente su obra y asintió con la cabeza con gesto de satisfacción.

—Esto debería bastar para empezar.

Aveline había seguido su trajín con perplejidad, pero con una curiosidad creciente.

—¿Y ahora qué?

—¡Ahora voy a enseñarte cómo se dispara!

La joven estuvo a punto de dejar caer el arco al suelo.

—¿Disparar? ¿Yo?

Bennet se echó a reír y miró a su alrededor con gesto exagerado.

—¿Es que ves a alguien más por aquí?

—Pero yo…, no sé. No debo…

El anglosajón se acercó a ella.

—¿Qué es lo que no debes?

Nerviosa, Aveline apartó la vista a un lado. Carraspeó cuando la voz se le quebró a mitad de camino en la garganta.

—Disparar con un arco. No es apropiado… para una mujer. Es una actividad insolente e indecente.

Quiso devolver a Bennet rápidamente el arco y las flechas, pero él ignoró sus manos extendidas y la agarró por los hombros con suavidad.

—Ava, mírame.

La piel de Aveline comenzó a picarle, se soltó de su agarre y dio un paso atrás. Le costó un gran esfuerzo levantar la vista y mirarlo a los ojos.

—Escúchame bien —dijo Bennet despacio y con calma como si hablara con un caballo desbocado. Algo oscuro, una expresión de tristeza se insinuó en su mirada—. Disparar con el arco no es indecente. Lo indecente y falto de escrúpulos es cuando uno se aprovecha de la indefensión, cuando un hombre emplea sus fuerzas para ejercer la violencia sobre una persona más débil. Lo indecente es abandonar a su suerte a quienes necesitan ayuda.

El corazón de Aveline comenzó a martillear a lo loco, incluso creyó oír los latidos por detrás de las sienes.

—¿Cómo es que…?

—Tengo ojos y oídos —repuso él con una sonrisa triste—. Me acuerdo muy bien en qué estado llegaste hasta nosotros. Además te oigo gimotear en sueños y veo cómo te sobresaltan las pesadillas. Retrocedes ante casi cualquier roce. No sé qué te sucedió exactamente, tampoco tengo por qué saberlo, pero dispongo de mucha imaginación. Y deseo que no seas ninguna persona desvalida en el futuro y que desaparezca la angustia de tu mirada.

Aveline lo observó durante un buen rato, le miró a los ojos verdiazulados, agitados como un cielo de tormenta.

—¿Por qué haces esto?

Bennet se encogió de hombros. Al cabo de un rato respondió pero más para él mismo:

—¿Acaso para salvar mi alma? ¿Tal vez porque me puse en marcha para ser un hombre mejor?

A Aveline se le aflojaron las piernas y se sentó en la hierba. Aquel anglosajón era otra prueba más de que Dios no la había abandonado. ¿Por qué, si no, iba a poner a una persona así en su camino?

Guardando cierta distancia, Bennet se sentó a su lado.

—¿Sabes? —comenzó a decir él—. En Inglaterra no son pocas las mujeres que disparan con arco. Incluso algunas damas finas. Cazan liebres y otros animales.

Aveline levantó la vista con timidez.

—Mucho antes de que se convirtieran a la fe de Cristo, nuestro Señor, los antiguos romanos creían en una diosa llamada Diana —explicó Bennet mientras peinaba las briznas de hierba con los dedos—. La tenían por la diosa de la caza y de la naturaleza, y siempre iba armada con un arco. Además, la veneraban como auxiliadora de las mujeres. —La miró a la cara y sonrió—. Resulta apropiado, ¿no te parece? ¿Hay algo en contra para no emularla?

—¿Como sabes tú todo eso? —preguntó Aveline.

Bennet se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la hierba.

—Nosotros, los ingleses, somos un pueblo de bardos. Adoramos las canciones, los cuentos de hadas y las leyendas. El cura de nuestra aldea se sabía un montón de leyendas. Cada vez que podía nos contaba historias, incluso de épocas paganas.

Aveline asintió con la cabeza. También a su padre le gustaba contar historias. Con frecuencia se sentaba con sus hermanos junto al fuego de la chimenea y escuchaban embelesados sus relatos. Su madre, de un carácter riguroso, nunca mostró interés por semejantes holgazanerías, y con la muerte del padre se acabaron también las historias.

—¿Qué te parece? —preguntó Bennet al cabo de una larga pausa—. ¿Lo intentamos?

El apocamiento de Aveline regresó al instante.

—Pero yo… Este arco es demasiado grande para mí.

Bennet sonrió mostrando los dientes.

—Y por eso mismo podrás darle a la diana de ahí enfrente aunque no consigas tensarlo del todo. —Se puso de pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse—. ¡Ya lo verás, Ava! Pronto serás un halcón, una cazadora, y no una presa.

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8

Borgoña, julio de 1189

Bébete esto!

Caspar alcanzó a Étienne un vaso de cuero con un líquido humeante. Habían acampado en una pradera entre unos peñascos de piedra caliza. Antes de proseguir su camino hacia Annonay, el cirujano quiso atender las heridas de Étienne.

El muchacho bebió un buen sorbo y disfrutó de la sensación de calor que se expandió por su pecho y su estómago.

—¿Qué brebaje es este?

—¿Me lo preguntas ahora cuando llevo administrándotelo desde hace no sé cuántos días? Al final vas a aprender alguna cosa, ¿verdad, Étienne d’Arembour? —Caspar sonrió con satisfacción—. Se trata de una decocción de melisa y de corteza de sauce —explicó—. Ayuda contra los dolores y los zumbidos en la cabeza. Y, ahora que lo pienso, también contra las consecuencias de una noche de juerga.

El cirujano le quitó el vaso a Étienne y vació el resto de un trago. Étienne quiso protestar, pero luego se limitó a un movimiento negativo de la cabeza en señal de resignación. Su acompañante sabía muy bien lo que eran las noches de juerga. La pasada noche y la anterior, Caspar había bebido vino como si no hubiera un mañana, hasta que los ojos se le pusieron vidriosos y la lengua pesada, y finalmente se tumbó a dormir entre intensos ronquidos. Étienne no podía decir si había ocurrido lo mismo otras noches, pues las fatigas y los agobios sufridos le habían procurado el sueño de un muerto. Y a Caspar no había manera de que a la mañana siguiente se le notara algo de su impía borrachera.

A los ojos de Étienne, aquello era un milagro. El mero recuerdo de las pocas ocasiones en las que él mismo se había pasado de la raya le provocaba dolores de cabeza. Una de dos, o la infusión de corteza de sauce de Caspar era una fórmula verdaderamente mágica, o aquel cirujano aguantaba mucho más vino que cualquier otra persona. ¿Por qué demonios se ponía hasta arriba de alcohol?

Étienne dejó escapar un silbido agudo cuando Caspar le desprendió las vendas pegajosas de la frente para examinar la herida de la cabeza entre las cejas y las sienes. Sin más preámbulos, agarró la barbilla de Étienne con el pulgar y el índice y le movió la cabeza de un lado a otro.

—Bueno, bueno —gruñó—, no tiene un aspecto muy bonito que digamos. Te va a quedar una linda cicatriz, pero las heridas están curándose y eso es lo que cuenta. Así que creo que podremos renunciar a cauterizar otra vez la herida.

Étienne respiró aliviado, lo cual provocó en su interlocutor una maliciosa sonrisa burlona.

—No te pongas así, la primera vez ni te quejaste. Bueno —Caspar levantó las manos para evitar la réplica—, eso puede que se deba a que en esos momentos estabas más muerto que vivo, pero me vi obligado a cerrar la herida y para un cosido no estaba lo suficientemente fresca. Gracias a Dios que el cráneo no quedó dañado por los golpes, pero no estoy tan seguro en lo relativo a tu mente, a no ser que hayas sido siempre tan corto de entendederas.

Étienne puso los ojos en blanco. En los pocos días que hacía que se conocían, el cirujano había convertido en un pasatiempo tomarle el pelo y burlarse de él. Sin embargo, lo soportaba con magnanimidad. Probablemente no se merecía otra cosa después de la increíble imprudencia que había cometido.

Caspar lo examinó con una mirada penetrante.

—Por el momento vamos a olvidarnos de hacerte una sangría. Ya se encargaron de eso aquellos canallas. De todos modos, me parece que eres de temperamento sanguíneo.

—¿Sangui… qué?

—Con demasiada sangre.

—¿Cómo se puede tener demasiada sangre?

Caspar chasqueó con la lengua.

—Si quieres ser un asistente útil, deberás aprender muchas cosas, Étienne d’Arembour, y, por lo que parece, tendremos que comenzar desde el principio. —Suspiró—. Ahora bien, si Dios quiere, algún día haremos de ti un buen cirujano.

—¿No tendría que ir para tal fin a París?

Su interlocutor resopló.

—Eso solo si quisieras convertirte en uno de esos doctos médicos municipales que hablan como los listillos pero que a la hora de la verdad no se ensucian los dedos. De ese tipo de médicos conozco yo un montón. Tal vez esos sabelotodo puedan decirte lo que comiste tres días antes observando el color de tu meada, pero cualquier bruja te preparará un brebaje más efectivo contra la fiebre o los dolores. Y jamás ha dejado de sangrar una herida únicamente con palabras. Claro que eso no impide a esos tipos exigir unos honorarios exorbitantes por sus diagnósticos y mirar con desprecio a los curanderos y a los cirujanos. —Mientras hablaba, Caspar sacó un crisol con un ungüento que aplicó con sorprendente suavidad sobre la herida de Étienne en la frente. Había algo familiar en ese olor. ¿Hierbas curativas?—. Si deseas aprender el arte de la cirugía —continuó diciendo Caspar—, deberías ir a Salerno, en la región de Campania. La Schola Medica Salernitana es la mejor institución de enseñanza para médicos cirujanos a lo largo y ancho de este mundo.

Salerno. Étienne ya había oído hablar de esa ciudad. A los médicos de allí los precedía la fama de unas facultades insuperables, aunque también se decía que profanaban cadáveres de forma impía para profundizar en sus conocimientos. A Étienne le parecía asombroso el rumor de que allí se formaban incluso mujeres como médicas. ¿Quién iba a creerse semejante dislate?

—Como es natural, en lugar de ir allí puedes aprender directamente de un auténtico maestro. Como yo, por ejemplo —añadió Caspar exhibiendo una amplia sonrisa.

Caspar estaba muy pagado de sí mismo y de sus facultades. Y con razón, tal como Étienne no tenía más remedio que admitir, pues de lo contrario probablemente ahora no estaría vivo.

—¿Y quién os instruyó a vos?

—El mejor —respondió Caspar en un tono serio y comenzó a colocarle una venda limpia—. Roger Frugard, o Frugardi como lo llaman en Lombardía, en donde nació.

—Nunca he oído hablar de él.

Caspar resopló.

—No me sorprende. Aparte de algunos remiendahuesos y saludadores de tres al cuarto, no creo que se haya perdido ningún médico por vuestras heredades, y seguramente ninguno que conozca realmente algo de su oficio. ¿Estoy en lo cierto?

Étienne reflexionó unos instantes. Cuando alguien enfermaba en Arembour, se buscaba la ayuda del padre Boniface o le pedían a Margot que preparara una infusión de hierbas o un ungüento. En el caso de los gusanos de los dientes, se presentaba el herrero con una de sus espantosas tenazas. Ni siquiera cuando su madre se consumía por la fiebre mandaron llamar a un galeno de Auxerre, sino que confiaron en los remedios caseros, los amuletos y las oraciones del sacerdote. ¿Seguiría tal vez con vida si hubieran procedido de otra manera?

—Frugard enseña su arte en Parma y en Salerno. Ha redactado diversos textos sobre la cirugía —prosiguió Caspar—. Es increíble de lo que es capaz. Domina incluso la trepanación, casi tan bien como los musulmanes. —Al continuar, la voz de Caspar sonó en un tono inusualmente bajo y serio—. También yo le debo la vida a Frugard. En muchos sentidos. —Étienne abrió la boca para formular una pregunta, pero el cirujano no le cedió la palabra—. No, no voy a contarte cómo ocurrió. Hoy no.

Anudó la venda alrededor de la frente de Étienne y le hizo señas para que se quitara la camisa.

A Étienne le costó algunos esfuerzos penosos sacarse la prenda por la cabeza. Todavía le dolían todos los huesos del cuerpo y el tronco estaba cubierto de excoriaciones y estigmas de los colores más horripilantes. Caspar palpó cuidadosamente aquellas zonas, luego extendió sobre el pecho y la espalda una pomada de hierbas trituradas, de un aspecto y un olor repugnantes, y lo cubrió todo con un pañuelo fino de lino.

—Esto hará que disminuyan las inflamaciones —explicó—. Es una mezcla de miel, árnica, manzanilla y otros ingredientes diversos. Si se presenta la ocasión, te mostraré cómo se prepara la mezcla. Abulcasis transmitió unas recetas muy útiles al respecto.

Fijó la capa de pomada con algunas tiras de ortiga y a continuación se lavó las manos en un cubo de agua.

—¿Abulcasis? —Solo con dificultad pudo pronunciar Étienne aquel nombre que le resultaba extraño.

—Un médico moro andalusí. Hace mucho tiempo que murió, pero dejó constancia de sus increíbles conocimientos en escritos que se tradujeron al latín, de modo que podemos aprender de ellos.

—¿Un moro? Eso quiere decir que era…

—Un pagano, sí. —Caspar chasqueó la lengua con impaciencia—. Cierra la boca de nuevo, Étienne, antes de que te entren las moscas. Nadie negará que los paganos disponen de unos médicos excelentes. Los mejores, en mi opinión, exceptuando tal vez a Frugard y a mí. —El cirujano se echó a reír cuando vio que Étienne seguía sin dar crédito a lo que acababa de oír—. Por Dios, joven, todavía tenemos mucho trabajo por delante —dijo Caspar suspirando—. Mucho trabajo.

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9

Reino de Hungría, julio de 1189

La cuerda del arco se grabó en los dedos de Aveline y ella sintió cómo su brazo se ponía a temblar por el esfuerzo. De pronto se le resbaló de la mano y chocó dolorosamente contra su antebrazo a pesar del protector de cuero que le había dado Bennet. La flecha describió una curva cansada antes de clavarse en la hierba muy cerca de la diana.

Bennet, que seguía los esfuerzos de ella de brazos cruzados, logró mantener una expresión seria en la cara.

—No está nada mal, Ava, siempre y cuando lo que quieras cazar sean margaritas silvestres.

A continuación se echó a reír súbitamente, con ganas, a carcajada limpia y contagiosa. Aveline no pudo menos que unirse a la risa. Todavía le resultaba un sonido extraño a sus oídos ya que durante mucho tiempo no había tenido motivo alguno para reír. Sin embargo, desde que Bennet había empezado a enseñarle a manejar el arco en cualquier ocasión, había ido germinando en su pecho algo similar a la confianza en sí misma, y le había regresado la risa. A pesar de que sus progresos hasta el momento tenían que parecer lamentables a los ojos de cualquier arquero experimentado, ella se sentía mejor, cada vez un poco menos indefensa ante los peligros. Le gustaba la idea de poder mantener a raya a los atacantes con un arco, y matarlos desde lejos si era preciso. Nadie podría acercarse demasiado a menos que ella lo permitiera.

—¡Sigamos! —exigió Aveline frotándose la quemazón que sentía en el antebrazo.

Los intentos anteriores ya habían dejado un dibujo de manchas azules, verdes y amarillas bajo el cuero. Y allí donde las ampollas dolorosas habían recubierto los dedos tensores al comienzo, se habían ido formando unos callos duros. Además, Bennet le había fabricado unos dedales de cuero con los que podía proteger las yemas de los dedos.

—Vamos a tomarnos un descanso. Estás cansada.

—¡Una última vez!

Bennet asintió con la cabeza en señal de consentimiento.

—Vale, de acuerdo, una vez más, pero luego se acabó para que tus brazos puedan descansar. —Sacó la flecha de la tierra—. Todavía te falta fuerza aquí, y aquí también —dijo tocándole con suavidad los omóplatos con la aljaba, luego la espalda, antes de devolverle el arma—. Pero no te preocupes, eso llegará con la práctica. No intentes seguir el movimiento de la flecha con el tronco. Mantente erguida y firme, con ambos hombros alineados.

Aveline buscó la posición adecuada para los pies desnudos, colocó la flecha y tensó el busto.

—Encuentra tu punto de anclaje. Es preferible que sea siempre el mismo, no importa si a la altura de la boca, de la mejilla o de la nariz. Eso te ayudará a controlar la trayectoria. Mantén el codo en línea con la flecha. Y no te olvides de tomar aire.

Aveline buscó el objetivo y lo mantuvo fijado en su mirada. Levantó el arco, sintió la cuerda entre los dedos, tensó, sintió la mano en la mejilla y disparó.

Con un sonido sordo, la flecha se clavó en el tocón de un árbol muerto que les servía de diana.

Una risa absorta recorrió sus labios.

—¿Lo has visto? Zas, justo en el centro.

Bennet asintió orgulloso con la cabeza.

—Bien hecho. ¡Cada día lo haces mejor!

—¡Hace tiempo que eres mejor que yo, mi fiel! —Jean aplaudió en señal de reconocimiento y se acercó a los dos.

—Puedes intentarlo tú también si quieres —le ofreció Bennet.

El hombre alto hizo un gesto de negación con las manos alzadas.

—No, no, déjalo, Ben. Yo entiendo más de asnos.

—Eso no es nada extraño porque a esos animales grises les encanta la compañía de los congéneres —dijo con una sonrisa sarcástica Kilian, que estaba preparando una hoguera un poco más lejos.

—¡Ten cuidado, pastor! —exclamó Jean amenazándole en broma con el puño.

Aveline sonrió y comenzó a recoger los arcos y las flechas. Durante las últimas semanas se habían ido convirtiendo en una comunidad en la que ella volvía a sentir algo similar a la sensación de protección y de seguridad que no había tenido desde hacía mucho tiempo.

Solo cuando contemplaba los ojos de mirada dura del hermano Gilbert, volvía a ella la sensación de agobio y de angustia. El monje viejo seguía viéndola igual que antes: como a una desconocida, como a una intrusa a quien no le correspondía hallarse en su medio. El rechazo era legible en cada una de sus miradas y de sus gestos. Y Aveline temía que llegara el momento en que se convirtiera en algo más.

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10

Borgoña, agosto de 1189

Étienne se tomó su tiempo para arrodillarse a orillas del pequeño lago donde habían realizado un alto, y comenzó a lavar los platos. Sus fuerzas regresaban con cada día que pasaba y las heridas estaban cicatrizando hasta tal punto que se atrevió a examinar su semblante en el espejo del agua. Algunas sombras de color verde amarillento en torno a los ojos seguían testimoniando los golpes brutales de aquellos salteadores de caminos. También perseveraba el chichón en el puente de la nariz, así como la cicatriz de un dedo de largo sobre la sien derecha.

Étienne se apartó el cabello a un lado y se palpó el estigma que en parte continuaba cubierto por una costra. Le hacía parecer más duro, casi osado, pero, sobre todo, más adulto. Casi podía confundirse la cicatriz con una herida de guerra recibida en un combate contra los impíos sarracenos. La idea le gustó, y sonrió. «¡Étienne, el terror de los paganos!». Eso sonaba significativamente mejor que «Étienne, el tullido».

—¿Se te ha roto el pie del todo, o en qué estás perdiendo el tiempo? Hay trabajo para ti.

Étienne suspiró. Caspar conseguía devolverlo sin dificultad a la realidad.

—¡Enseguida estoy! —exclamó por encima del hombro y se apresuró con la vajilla restante. A mediodía iban a ofrecer sus servicios en Troishêtres, una pequeña aldea situada apenas a dos horas de distancia de su campamento. Hasta entonces era necesario reponer las provisiones de pociones y de ungüentos curativos.

Caspar no empleaba la medicina solo para sus tratamientos, sino que la ofrecía también a cambio de cosas útiles, como por ejemplo el sustancioso vino tinto que producían las gentes de aquella región.

Cuando Étienne regresó al lugar de acampada, Caspar estaba ya de pie junto a la sencilla plataforma que consistía en dos caballetes de madera y un tablón que normalmente le servía para examinar y tratar a los pacientes. En ese momento la utilizaba como mesa y estaba troceando unas hierbas en una tabla de cortar. Además había colocado varios crisoles cerca de las brasas de la hoguera para fundir su contenido. Tal como Étienne sabía a esas alturas, contenían cera, grasa de ganso o manteca de cerdo, la base de muchos ungüentos.

—¡Hombre, ya estás aquí! —comentó Caspar sin interrumpir su trabajo—. Tráeme el talego con los brotes de álamo.

Étienne se fue cojeando hasta el carro y guardó la vajilla. A continuación arrastró hacia él el cajón en el que Caspar guardaba las plantas medicinales secas. No tenía ni idea de lo que estaba buscando. Después de revolver un rato sin un propósito fijo entre los saquitos de lino y los paquetes de diferentes cortezas, Caspar exhaló un suspiro audible. El cirujano consiguió que su suspiro sonara a la vez con indulgencia e irritación.

—A veces me pregunto si Dios te ha enviado hasta mí como una ayuda o como una prueba. —Se puso al lado de Étienne y sin titubear sacó del cajón un talego con varios remiendos—. ¿No has retenido nada de lo que te he enseñado en estos últimos tiempos?

Étienne prefirió no responder y puso cara de bueno.

—Toma —dijo el médico abriendo el talego y volcando algunos fragmentos secos de plantas en el cuenco de la mano del muchacho—. Este es el aspecto que tienen los brotes de álamo, largos como una uña, estrechos y puntiagudos. ¿Lo podrás retener en la memoria? —Como Étienne seguía sin responder, Caspar chasqueó la lengua con impaciencia—. ¡Huele!

Étienne levantó la mano con las puntas marrones hasta la altura de la nariz e inhaló su aroma balsámico. Ahora lo recordó bien. Efectivamente, Caspar le había mostrado ya aquellos brotes alguna vez. El cirujano le descubría cada día plantas y hierbas medicinales, le enseñaba cómo se colocaban las vendas o le instruía acerca de los síntomas e indicios de las enfermedades más diversas. Al hacerlo, Caspar no escatimaba sus comentarios lenguaraces acerca de la facultad de comprensión y la rapidez mental de Étienne, pero a grandes rasgos parecía satisfecho con su alumno. De vez en cuando, Étienne conseguía arrancarle incluso algún gruñido aprobatorio.

Hundió una vez más la nariz en los brotes marrones y trató de memorizar el aspecto y el olor.

—Echa dos puñados a la manteca y calienta bien toda la mezcla. ¡Pon mucho cuidado en que no hierva! —le indicó Caspar antes de regresar a su tarea de picar hierbas. Caléndula y manzanilla, constató Étienne no sin un dejo de orgullo. Hizo lo que le habían mandado y luego tomó asiento junto a la hoguera para remover de tanto en tanto con un palito el contenido de la olla.

—De ahí va a salir un bálsamo contra la gota y el dolor de las articulaciones, siempre y cuando no lo eches a perder —se adelantó el cirujano a su pregunta—. Galeno nos transmitió un sabio aforismo de Hipócrates: «Lo que no cura la palabra, lo cura la hierba. Lo que no cura la hierba, lo cura el cuchillo. Lo que no cura el cuchillo, lo cura la muerte». —Caspar rio para sus adentros—. Resume con bastante precisión nuestro trabajo de cirujanos. Habrás oído hablar de Galeno, digo yo, ¿no? —Levantó brevemente la vista y Étienne hizo como si estuviera examinando el contenido de la olla. Caspar exhaló un suspiro—. Galeno fue un sabio griego que vivió hace mucho, mucho tiempo. Era un gran experto en medicina, tal vez el más grande de todos. Gracias a él sabemos que en el cuerpo humano, en cada órgano, predomina una mezcla de diferentes humores, la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, y estos, a su vez, están conectados con los cuatro elementos. La proporción de la mezcla, es decir, el hecho de que predomine uno de esos humores, provoca que cada individuo posea un temperamento. —Caspar señaló con el cuchillo a Étienne, cuyo interés había logrado despertar—. En el temperamento sanguíneo predomina la sangre. —Étienne iba a formular una pregunta, pero el cirujano continuó hablando al tiempo que se dedicaba a desmenuzar hierbas—. Además están los melancólicos; los individuos de temperamento melancólico poseen un exceso de bilis negra. Los individuos de temperamento flemático disponen de demasiada flema, lo cual los hace perezosos y lentos, mientras que los individuos de temperamento colérico poseen un exceso de bilis amarilla y les gusta reaccionar de una forma exagerada y tempestuosa.

—¿Y qué cualidades les corresponden a los individuos de temperamento sanguíneo?

—No son los más rápidos con la cabeza, se desalientan con rapidez y son un poco perezosos —replicó Caspar con una sonrisa burlona—, pero, aparte de eso, son tipos muy agradables.

Étienne puso los ojos en blanco y se volvió de nuevo a la olla con la manteca.

—Todo lo que comemos y bebemos, todo aquello que ingerimos se compone de los cuatro elementos que se transforman en fluidos corporales en su camino a través del estómago y de los intestinos —prosiguió Caspar con su discurso—. Si esa mezcla de fluidos se desequilibra en un órgano o en todo el individuo porque una sustancia está presente en exceso o de manera muy reducida, se origina una desproporción y el individuo enferma. Nuestra tarea consiste entonces en restablecer una mezcla equilibrada. ¡A través de esto! —dijo levantando un puñado de hierbas picadas—, ¡o a través de esto! —dijo levantando el cuchillo—. Lo cual nos llevaría de nuevo al aforismo de Hipócrates. —Exhaló un suspiro—. Muchas personas sanarían por sí mismas si se moderaran al comer, si no bebieran tanto o se tomaran las cosas con calma, pero por regla general no quieren oír estas cosas. Galeno tiene razón: Populus remedia cupit!

Étienne reflexionó unos instantes y tradujo a continuación:

—¿A la gente le encantan los medicamentos?

Caspar se echó a reír a carcajadas.

—¡Eso es! Así que vamos a hacerles ese favor.

—Tienes que ser consciente de una cosa, Étienne. —Estaban sentados uno al lado del otro en el pescante del carro, mientras la mula, de nombre Fleur, tiraba de su vehículo sin prisa por el camino imperial a lo largo del Ródano en dirección a Troishêtres—. Quien domina la ciencia de la medicina dispone de un poder posiblemente mayor que un hombre con un arma en la mano. Si sabes sanar a una persona, te será leal toda su vida, pero si no consigues auxiliarla, te pedirán cuentas y responsabilidades. Y ahí está también el peligro de nuestro oficio.

Étienne asintió con la cabeza. Cuando estaba a punto de formular otra pregunta, oyó de pronto un retumbar lejano que hacía vibrar la tierra. Fleur comenzó a mover las orejas y a agitar la cola con inquietud.

—¿Qué es eso?

—Vamos a tener compañía —constató Caspar con una mirada atrás por encima del hombro antes de dirigir el carro hacia un lado. Pocos instantes después se arremolinaba el polvo por el camino, y cinco jinetes, algunos ataviados con cotas de malla, otros con gambesones y guerreras sencillas, refrenaron sus caballos sudorosos al pasar a su lado. Los blasones de armas que llevaban en las vestimentas o en los escudos que colgaban sueltos en sus monturas no le decían nada a Étienne. En cambio, las cruces blancas de tela que algunos de ellos llevaban prendidas en los hombros o cosidas en sus capas hicieron que su corazón latiera con mayor rapidez.

—Señores míos —dijo uno de los hombres de barba cana y cota de malla saludándoles con la cabeza. Las espuelas de plata en sus botas lo identificaban como a un caballero—. ¿Estáis familiarizados con esta región? Los campamentos que habíamos previsto están todos ocupados ya y buscamos una alternativa para nuestro señor y su séquito.

Étienne miró por el camino abajo y reconoció a lo lejos una nube de polvo que indicaba un gran número de viajeros.

—¿Y quién es exactamente vuestro señor? —preguntó Caspar fijándose con aparente indiferencia en el blasón de la pechera de su interlocutor, un escudo rojo con tres anillos plateados. Étienne ya había pasado suficiente tiempo con el cirujano para notar la tensión subliminal en su voz. Estaba en guardia. No podían oponerse a cinco hombres armados de darse el caso. La armadura y los caballos por sí solos no eran ninguna garantía de intenciones íntegras. A pesar de haber partido hacia Jerusalén con fines piadosos, algunos peregrinos habían optado a mitad de trayecto por una vida más lucrativa como salteadores de caminos o caballeros bandidos.

El hombre procuró que no se le notara si la pregunta provocadora de Caspar le había molestado.

—Mi nombre es Perceval Tournus. Mi vasallo es Guillaume, conde de Mâcon y de Vienne, en compañía de unas dos decenas de caballeros y cuatro decenas de siervos guerreros —replicó con sosiego—. Además de escuderos, séquito, animales de carga y carros.

Caspar reflexionó unos instantes.

—Hoy ya no conseguiréis llegar a Valence —respondió finalmente—. Y los pueblos en el camino hasta allí difícilmente podrán dar albergue a tantos viajeros, pero en las vegas que se hallan a dos o tres horas de aquí deberíais encontrar sitio para todos. En esta época del año las praderas están secas, y a lo sumo os encontraréis con algunos pastores.

Su interlocutor asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.

—¡Que Dios os bendiga! ¡Buen viaje! —dijo haciendo señas a sus acompañantes y girando su caballo bayo.

—Un momento. —Uno de los jinetes acercó su caballo. Tenía el pelo trigueño corto, a lo normando, lo cual acentuaba sus orejas de soplillo. Un llamativo hueco entre sus incisivos superiores le confería a su sonrisa algo de infantil y le hacía parecer joven, si bien los anchos hombros y la vigorosa nuca decían lo contrario—. ¿Sois comerciantes? —dijo dirigiéndose a Caspar—. ¿Nos venderíais tal vez una bota de buen vino? Lo que llevamos con nosotros sabe peor que una meada de cabra.

Sus acompañantes rieron. Caspar también exhibió ahora una amplia sonrisa.

—No puedo sino decepcionaros, señor. Somos cirujanos de camino a una aldea llamada Troishêtres, para ofrecer allí nuestros servicios. —Caspar prefería viajar sin llamar la atención y por ello renunciaba a decorar su carro con símbolos misteriosos o baratijas llamativas como hacían otros de su gremio. Solo el forro de cuero de su cinturón, en el que llevaba consigo, no sin orgullo, los instrumentos quirúrgicos más importantes, lo identificaba como cirujano al examinarlo con atención. Y cuando un forastero se detenía en las pequeñas aldeas y pueblitos, la curiosidad y la charlatanería de sus habitantes hacían que se corriera la voz enseguida sobre los servicios que ofrecía—. Ahora bien, si necesitáis un remedio contra los dolores articulares o de las tripas —continuó hablando Caspar—, podemos ayudaros.

Su interlocutor negó con la cabeza.

—No me duele nada si dejamos aparte que tengo la garganta reseca. Aunque, bien mirado…, sí, esperad un momento. —De pronto esbozó una sonrisa ancha y se dio la vuelta en su montura—. Tyrell, ¿no decías que tenías un picor entre las piernas desde que te follaste en Lyon a aquella criaturita de amor por horas?

Se produjo un estallido de carcajadas toscas y la cara del aludido se puso roja como un tomate.

—¡Ya está bien, hombres! —exclamó el caballero conminando a sus acompañantes a la calma con una mano alzada—. El conde Guillaume está esperando nuestro informe. ¡Así que venga, vámonos ya de una vez!

Volvió a saludar con la cabeza a Caspar y Étienne y espoleó a su caballo. Los demás giraron sus monturas y lo siguieron. Étienne se mantuvo atento un rato a sus risas y sus bromas con el corazón en un puño hasta que desaparecieron definitivamente.