LISTA DE ILUSTRACIONES

1. El invierno de 1918-1919

2. Rosa Luxemburgo

3. La Neue Synagoge restaurada

4. Los grandes almacenes Karstadt en la década de 1920

5. El Berlín de Weimar

6. Otto Hahn y Lise Meitner

7. Los laboratorios eléctricos de Manfred von Ardenne

8. Albert Einstein

9. Una escena de Die Nibelungen de Fritz Lang (1924)

10. Una escena de Metrópolis de Fritz Lang (1926)

11. Maquetas de Albert Speer para un Berlín futuro

12. Paul Wegener en El gólem (1920)

13. Hannah Arendt

14. El príncipe heredero Guillermo y la gran duquesa Cecilia

15. Vladimir Nabokov y su esposa Vera

16. Un bloque de viviendas de clase trabajadora en Berlín

17. La fábrica de turbinas de AEG

18. La red de metro de Berlín

19. Violencia callejera en las décadas de 1920 y 1930

20. Un desfile nazi de Primero de Mayo

21. Resultados de la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht)

22. Hildegard Knef

23. Marika Rökk

24. Los grandes almacenes Karstadt en 1945

25. La Volkssturm

26. El Tiergarten en 1945

27. Una barricada callejera para frenar a los tanques soviéticos

28. Un tanque enemigo en una calle de Berlín

29. Sachsenhausen

30. Una torre antiaérea de Berlín

31. Berlineses cobijados bajo tierra

32. El Führerbunker

33. Centro de la ciudad en ruinas en mayo de 1945

34. La U-Bahn restaurada

35. «Desescombradoras»

36. Niños jugando entre las ruinas

37. La vida en alojamientos semiderruidos

38. Una integrante del Ejército Rojo dirigiendo el tráfico

39. El hotel Adlon en 1945

40. Walter Ulbricht en una reunión de planificación de posguerra

41. Marlene Dietrich en Berlín Occidente de Billy Wilder (1947)

42. El Bloqueo de Berlín de 1948-1949

43. Mapa del Berlín dividido

44. La compañía teatral de Bertolt Brecht durante la puesta en escena de Madre coraje y sus hijos, 1949

45. El túnel espía angloestadounidense

46. Tecnología del túnel espía

47. Revista Bravo

48. La revuelta de Berlín de 1953

49. Manifestantes de Berlín Oriental se enfrentan a un tanque soviético

50. Bloques de viviendas de Berlín Este levantados por Ulbricht

51. Un edificio de apartamentos de Berlín Occidental

52. El programa infantil comunista Unser sandmännchen

53. Comienza la construcción del Muro de Berlín

54. El Muro de Berlín

55. La herida del Berlín dividido, ya curada

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CRÉDITOS DE LAS ILUSTRACIONES

La mayoría de las fotografías proceden de colecciones privadas. El resto son de Alamy (11, 14, 15, 16, 19, 21, 22, 26, 27, 31, 42, 45, 50, 53, 54); Getty (2, 5, 8, 12, 17, 23, 36, 41); AKG (4, 9, 18, 38, 46, 48); Topfoto (25, 33, 37, 51, 52); Bridgeman (1); National Archives (43). En todos los casos se ha tratado de verificar el copyright, pero el editor agradece cualquier información que clarifique la propiedad de los derechos de cualquier material que conste como no identificado y tratará de hacerlo constar en futuras ediciones.

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MAPAS

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PRÓLOGO
«TODA CIUDAD TIENE UNA HISTORIA, ¡PERO BERLÍN TIENE DEMASIADA!»

Berlín es una ciudad desnuda. Exhibe abiertamente sus heridas y cicatrices. Quiere que se vean. La piedra y los ladrillos de sus incontables calles muestran marcas, agujeros, quemaduras; recuerdos de las balas. Estos desperfectos son ecos de un enorme y sangriento trauma del que, durante muchos años, los berlineses fueron reacios a hablar sin tapujos. Bajo la sombra del horrendo genocidio, sugerir que ellos también fueron víctimas de la guerra de Hitler era un tema tabú. La ciudad en sí hace tiempo que se curó, pero estas heridas aún no han cicatrizado: la pared de la vieja fábrica de cerveza de Friedrichsruhe muestra la huella, en forma de rayos de sol, dejada por un intenso fuego de artillería; el bajorrelieve en la base de una columna de la Victoria del siglo XIX, de Cristo crucificado, con el corazón atravesado por la metralla; la arcada románica del pórtico de entrada a la estación de tren de Anhalter, desaparecida bajo las bombas, ahora se yergue exenta y no conduce más que al vacío. En el frondoso parque Humboldthain, situado en el extremo norte del centro de la ciudad, brotan los árboles en torno a una sombría e inmensa torre de defensa antiaérea de cemento que, a finales de la guerra, sirvió como refugio, hospital y catacumba. Tal vez lo más famoso sea la derruida torre de la iglesia, rematada con metal, que preside la concurrida calle comercial de Kurfürstendamm: la iglesia memorial del káiser Guillermo. Esta torre es casi lo único que resta de la construcción original, que databa de principios de siglo; una noche de 1943 fue alcanzada por un bombardeo y quedó envuelta en llamas (tras la guerra, se construyó junto a ella una nueva iglesia de estilo moderno). Para alguien que no supiera nada de la historia de esta ciudad, la mera vista de esta extraña torre resultaría desconcertante: ¿qué podría significar esta insólita ruina conservada en medio de una indiferente zona comercial? Otras capitales europeas dan cuenta de su oscuro pasado con monumentos de una estética elegante, con el fin de suavizar los accidentados perfiles de la historia. Aquí no.

A lo largo de todo el siglo XX, Berlín ocupó el centro de un mundo convulso, y alternativamente fue objeto de seducción y de preocupación para la imaginación internacional. La esencia de la ciudad parecía radicar en su marcada dualidad: los espléndidos bulevares, los disonantes bloques de viviendas, las humeantes fortalezas de la industria pesada, las brillantes aguas y bosques de sus alrededores, los exultantes y pansexuales cabarés, la sobria dignidad de la ópera, los coloridos excesos de los pintores dadaístas, la adusta uniformidad de los masivos desfiles de la esvástica. Y, con la llegada de los nazis, un progresivo redoble de tambores de muerte. De la población judía de la ciudad, la mayoría de los que se quedaron en Berlín bajo los nazis —unas ochenta mil personas— fueron deportadas y asesinadas entre 1941 y 1943. Por otra parte, se estima que veinticinco mil berlineses murieron a causa de la acción aliada durante las últimas semanas de la guerra, en 1945. Pero, tanto antes como después, la proximidad del miedo también fue continua: para cualquier persona nacida en Berlín en torno a 1900 —de las que tuvieron la suerte de vivir hasta la década de 1970 o 1980— la vida en la ciudad fue una interminable sucesión de revoluciones; un torbellino de agitación e inseguridad que abarcó el perturbador trauma de la Primera Guerra Mundial y la enfermedad y la violencia inmediatamente posteriores; la intensa y vertiginosa irrupción de la industria moderna y la arquitectura desafiantemente revolucionaria en la que se reflejó y que invadió las otrora familiares calles y lugares de trabajo; la náusea de los profundos desplomes de la economía y la pobreza y el hambre que acarrearon; a continuación, la supremacía nazi, la psicosis del genocidio y el fuego de la guerra y, por último, el corazón de la ciudad partido por dos ideologías enfrentadas. En el núcleo de todos estos traumas estaban aquellas semanas finales de guerra, de la primavera de 1945, cuando, sobre Berlín y sus ciudadanos, se cernió una devastación comparable a los infernales castigos de la Antigüedad clásica.

La ciudad no carece de sentidos tributos a los muertos: el exquisito y reciente Monumento al Holocausto, un laberinto de monolitos que se van elevando por encima de nuestras cabezas a medida que nos vamos introduciendo en él, es uno de los pocos lugares donde el apresurado ritmo berlinés se ve obligado a ralentizarse. A pocas calles de distancia de aquí se halla el mucho más antiguo monumento conmemorativo de la Neue Wache, neoclásico y de tonos pálidos, construido en 1818, tras años de terrible conflicto europeo. En los últimos tiempos, su propósito se ha ampliado, y se ha transformado en una impresionante sala en conmemoración «de las víctimas de la guerra y la dictadura», en donde la luz entra a través de un orificio circular u oculus abierto en el techo. Pero, para Berlín, el singular cataclismo de la guerra de Hitler y la destrucción que acarreó a la ciudad nunca pueden ser conmemorados fácilmente. En la primavera de 1945, mientras estadounidenses y británicos se abrían paso a través de Alemania y sus bombarderos destrozaban cada vez más calles y edificios, convirtiendo las casas en cenizas, y las ingentes fuerzas soviéticas cercaban con decisión la ciudad y sus estridentes proyectiles perforaban el aire, los berlineses corrientes eran prisioneros de este inexorable horror, una matanza para la que el mundo no tenía piedad. La ciudad se convirtió en un campo de batalla, exponente de la obscenidad final de la guerra total. Los símbolos de la civilización se vieron reducidos a polvo, y los berlineses, forzados a una supervivencia entre escombros, al límite de la resistencia de la naturaleza humana.

Y en 1945 se añadió un elemento más de angustia, más allá de las bombas y los morteros que dejaban los cuerpos sin enterrar irreconocibles, la epidemia de suicidios de miles de ciudadanos que prefirieron poner fin a sus vidas en lugar de someterse a un enemigo que les infundía terror, así como la violación indiscriminada, en números literalmente incalculables, causantes de décadas de traumas familiares en toda la ciudad. El hecho fue que, en el resto del mundo, estas violaciones y crueldades fueron consideradas comprensibles, como ráfaga final de una venganza tan imparable como la naturaleza misma. Los líderes nazis habían impuesto la agonía y la muerte a millones de personas en toda Europa. La por entonces considerable comunidad judía de Berlín había vivido años aterrorizada antes de ser deportada y exterminada. De modo que ¿cómo podían sus vecinos berlineses pensar siquiera en decirle al mundo que ellos también habían sufrido atrozmente? Este silencio expiatorio generó una desconcertante nube de ambigüedad moral en toda la ciudad. ¿Hasta qué punto fue total el totalitarismo de los nazis en Berlín?

La caída de la ciudad en 1945 es uno de esos momentos de la historia que se erige como un faro; el haz de luz ilumina nítidamente lo que había pasado antes y lo que pasó después. No fue solo la vil muerte del hombre que estaba en el centro de la vorágine, o la forma en que su autodestrucción en un búnker subterráneo pareció ir filtrándose y disolviendo los cimientos de la ciudad misma. Ni tampoco es una historia que pueda entenderse en exclusiva como una historia militar, dado que también incluye a un enorme tapiz de civiles berlineses de a pie —que superaban ampliamente en número al de los soldados supervivientes que ya no podían protegerlos— y sus esfuerzos por no perder la cordura cuando sus vidas se vieron dislocadas. Es también la historia de quienes habían percibido las amenazantes sombras de esta violencia en los años previos. En 1945, los berlineses de más edad ya habían vivido las secuelas de la Gran Guerra y la fallida Revolución alemana de 1918; ya habían tenido que bordear las heladas calles transformadas en desfiladeros para francotiradores; ya habían tenido que sufrir periodos de escasez crónicos y un frío inclemente. En 1919, apareció un cartel por toda la ciudad que representaba a una elegante mujer bailando un tango abrazada a un esqueleto. «¡Berlín, párate a pensar! ¡Estás bailando con la muerte!», se leía impreso. El póster, inspirado por el poeta Paul Zech, se refería a las medidas de salud pública tomadas a raíz de la guerra, si bien no dejaba de sugerir una morbilidad más genérica asociada a la naturaleza de la ciudad.

En un sentido similar, la pesadilla de 1945 proyectaba su larga sombra sobre el futuro de Berlín. Entre las repercusiones del nazismo, aquellos ciudadanos de a pie tuvieron que enfrentarse a nuevas oleadas de violencia de posguerra, privaciones, angustia y todo un nuevo ciclo de totalitarismo. El gris cadavérico del Muro de Berlín, cuya construcción comenzó en 1961, fue otra de las secuelas de 1945, y mantuvo a la ciudad en el centro de la inestabilidad geopolítica mundial y potencial detonante de una guerra nuclear. Sin embargo, incluso en esta nueva encarnación de dualidad, el talento y el arte, así como su espíritu abiertamente rebelde, sobrevivieron.

Las personas no viven sus vidas dentro de unas eras fijas; aunque una época termine, la gente continúa, o trata de continuar, básicamente igual que antes. Con frecuencia, la historia reciente de Berlín se contempla a través de unos prismas que establecen divisiones fijas: el periodo guillermino, el de Weimar, el nazi, el comunista, cada uno de ellos herméticamente cerrado. Sin embargo, las vidas de sus ciudadanos formaron un agitado continuum a lo largo de todos estos distintos regímenes; fueron personas que tuvieron que estar siempre esforzándose al máximo por adaptarse a una ciudad que cambiaba a la velocidad del rayo. ¿Qué debieron de parecerles todas estas revoluciones violentas a los berlineses que tan solo deseaban vivir, trabajar y amar? Los que crecieron en la era Weimar, que luego estuvieron bajo la sombra de la caída nazi, que en los años siguientes vieron su ciudad ocupada y dominada por otras potencias… ¿Cómo pudieron mantenerse firmes sus esquemas mentales, los recuerdos de determinados barrios, cuando el paisaje urbano que les rodeaba estaba en un constante estado de desconcertante mutación y demolición, hasta el punto de que algunos nacidos en la ciudad perdían la capacidad de orientarse por sus calles de siempre? La pesadilla de la guerra tampoco puede definir por completo a estos increíblemente ingeniosos ciudadanos; explorar sus vidas y su suerte es importante para darse cuenta de que sus historias también engloban el extraordinario territorio cultural de Berlín: no solo su arte, su cine y su música, extraordinariamente innovadores y a la vanguardia del mundo, ni su valioso esfuerzo científico, sino también su tortuosa relación con su antigua aristocracia y la constante actividad de los motores de la violencia de clase y callejera.

Antes de Hitler, esta había sido una ciudad cosmopolita, que atraía a fascinados visitantes de todo el mundo. Por los elegantes edificios de apartamentos y los grandes almacenes futuristas de la década de 1920, se movían artistas con una visión sensual y satírica de la nueva realidad de la vida urbana. Esta exuberancia se extinguiría casi por completo (aunque nunca del todo, ni siquiera bajo los nazis) durante algún tiempo. E inmediatamente después de mayo de 1945, esta llama volvería a elevarse aún con más fuerza, alimentada por el oxígeno de la liberación. De otra parte, se hallaba la pionera promesa, previa a los nazis, de la realización personal. Durante algún tiempo, mujeres y hombres fueron relativamente libres para vivir conforme a su verdadera orientación sexual. Aquí, a diferencia de en otras ciudades del mundo de esa época, no se les denigraba; podían por fin expresar el amor que hasta entonces se les había negado. Una vez más, los nazis hicieron todo lo posible para asfixiar esta parte de la vida de la urbe, y por los medios más crueles. Un gran número de berlineses fueron enviados a la muerte más brutal por este motivo. No obstante, de entre las cenizas, volvió a brotar la resistencia y la capital redescubrió su gusto por la sensualidad.

La vida intelectual ciudadana era otra de sus fuerzas de empuje. Tanto en la ciencia como en las artes, toda una gama de nuevos mundos se dio cita en los laboratorios de Berlín. Antes del nazismo, esta había sido la ciudad de Einstein, pero él no fue el único innovador deslumbrante. Los misterios de la física cuántica eran explorados aquí por mentes que operaban en campos desconocidos e inimaginables. La inmolación de la urbe en 1945 deja claramente a la vista los avances que había experimentado la ciencia, y lo lejos que estaba dispuesto a llegar Stalin para arrebatarle sus secretos sobre la energía atómica y apropiárselos.

El precio de la innovación de principios del siglo XX fue la inseguridad y el aislamiento; la mera velocidad del ritmo de descubrimiento, y del cambio social, sexual y artístico, resultó estimulante para unos y provocó miedo en otros. Esto confirió a Berlín una identidad cambiante que no resultaba fácil definir. Su extraordinaria sensibilidad —evidente incluso en medio del olor a muerte y los escombros de la invasión soviética— ya había sido señalada anteriormente. «Siempre ha sido —escribió el poeta Stephen Spender— una ciudad en la que la psicología de los habitantes se mostraba abiertamente».[1] En 1930, el escritor satírico Joseph Roth escribió: «Berlín es una joven e infeliz ciudad en estado de espera».[2] Al caminar por las calles del este, dijo de Hirtenstrasse, un bulevar de austeros bloques de viviendas: «No hay una calle más triste en el mundo».[3] Sin embargo, en un anuncio de agencia de viajes de 1920, Berlín era calificada como «la nueva ciudad de la luz en Europa».[4] En 1929, se decía que «no existe una ciudad en el mundo tan inquieta como Berlín. Todo está en movimiento».[5] Max Reinhardt, director de teatro de prestigio internacional, había comentado, antes del auge del nazismo: «Lo que me encanta es la sensación de transitoriedad; cada año podría ser el último».[6] Incluso en las vibrantes luces de neón que se filtraban entre las nieblas otoñales del atardecer, la posibilidad de la oscuridad se sentía siempre cerca. Al artista George Grosz le causaban desasosiego «las oscuras fachadas de los edificios de viviendas» y la inminencia de «disturbios y masacres».[7] Y, tras la guerra, cuando las nuevas potencias ocupantes asolaron Berlín, esa intensa sensación de alienación urbana se agravó, y artistas como Bertolt Brecht indagaron en estos desgarros y fracturas. Tanto en el este comunista de la ciudad como en la parte occidental bajo dominio estadounidense, resurgió una fluida energía estética que, al igual que en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, iba mezclada con algo febril y vertiginoso, al borde de la ingobernabilidad.

Hoy Berlín es un lugar maravilloso para el paseante sin rumbo; su aparente falta de un centro claramente distinguible hace que explorarlo resulte fascinante. Uno podría inclinarse por pensar que el corazón de la ciudad se halla en la Puerta de Brandeburgo y en el restaurado Reichstag que se encuentra a su lado. Pero no: la sensación no es de boato o trascendencia, sino, simplemente, de que allí se lleva a cabo la tarea del Gobierno, sin más. ¿Tal vez el latido de ese corazón pueda escucharse entre los solemnes museos y la catedral, en la Isla de los Museos, entre esas columnatas y cúpulas neoclásicas? De nuevo, no: aunque constituyan una vista innegablemente seductora y paisajísticamente atractiva, estas grandiosas instituciones del siglo XIX parecen encontrarse tímidamente fuera de lugar; aunque causen impresión en los visitantes, ninguna característica arquitectónica revela que formen parte de la vida orgánica de la ciudad. Tal vez la clave resida en la historia de la atrozmente perseguida comunidad judía de Berlín. No lejos de aquí, un poco más al norte, tras un paseo por las orillas del río Spree, encontramos un bellísimo edificio: la Neue Synagoge («Nueva Sinagoga»), con su cúpula morisca brillando bajo el dorado sol. Sin embargo, es como una aparición fantasmal; en 1943, la sinagoga quedó medio destruida y, a raíz de la guerra, su ya gravemente dañada estructura fue deteriorándose cada vez más hasta que finalmente fue demolida. La edificación que podemos ver hoy es una reconstrucción hecha desde el sentimiento más profundo. Constituye una parte importante de la historia, aunque no toda.

Lo mismo puede decirse de otra enorme reproducción: el Berliner Schloss, un palacio del siglo XVIII construido para la dinastía Hohenzollern, incautado durante la Revolución alemana de 1918, en gran medida ignorado por los nazis, pulverizado por el bombardeo aliado y demolido por los soviéticos en la década de 1950, que ha vuelto a nacer junto al Spree, al menos parcialmente. Tres de sus cuatro inmensas fachadas exteriores han sido perfectamente recreadas en su esplendor barroco, y el edificio alberga actualmente el museo Humboldt. Sin embargo, esta recreación también ha sido objeto de una enorme controversia. Sus vehementes críticos han argumentado que hay algo siniestramente neocolonial en la deliberada reconstrucción de la sede del poder imperial. «Toda ciudad tiene una historia —comentó el destacado arquitecto de Berlín David Chipperfield—, pero Berlín tiene demasiada».[8]

Sin embargo, hay un enclave más tranquilo, más de clase trabajadora, al noroeste; unas calles con edificios de viviendas de aspecto mustio y polvoriento donde, de algún modo, ha quedado atrapado el corazón histórico más esencial de la ciudad. Se encuentra en las dependencias de un empeño admirable. El Zeitzeugenbörse —o centro para el intercambio entre testigos contemporáneos— ha tenido como objetivo captar y registrar las voces de los berlineses de a pie durante todo el siglo XX: sus vidas y experiencias a lo largo de los traumas de las distintas décadas. La antigua sensación de que el pueblo alemán tenía que reprimir sus propias experiencias de sufrimiento generó el efecto no buscado de crear una masa de materia histórica oscura: de silencio y oscuridad respecto a ciertos acontecimientos históricos. Los maravillosos académicos y voluntarios que gestionan el Zeitzeugenbörse han estado trabajando en los últimos años para conseguir que las voces de una generación de berlineses no se pierdan para siempre. Son estas voces las que nos pueden ayudar a orientarnos a través de un siglo de terror y, a la vez, de obstinada fortaleza.

Y también pueden aportar perspectivas vívidas y evocadoras: por ejemplo, a partir de los recuerdos de Helga Hauthal, que a mediados de los años cuarenta era una colegiala a la que su inocente obsesión por el cine le hizo entrar en conflicto con la inflexible autoridad; de Horst Basemann, un joven berlinés que en 1945 estuvo en el frente oriental, al recordar su niñez y las embriagadoras fogatas nocturnas en el bosque con las Juventudes Hitlerianas, en la década de 1930; del joven oficial Mechtild Evers quien, en 1945, en sus esfuerzos por escapar a un ejército ya próximo, corrió un riesgo aún peor; de Reinhart Crüger, que en 1941, cuando tenía doce años, presenció con horror cómo la Gestapo venía a buscar uno por uno a todos sus vecinos judíos, y de Christa Ronke, una joven adolescente que, como otras muchas de su edad, simplemente deseaba centrarse en sus estudios escolares mientras en 1945 el mundo se desintegraba, y luego, al igual que sus amigos, aprendió a superar el trauma de la posguerra al mismo tiempo que trataba de construirse una nueva vida en aquel desolador paisaje.

Aunque lo concerniente a los poderosos siempre queda registrado con detalle, las personas corrientes cuyas vidas se vieron sacudidas y truncadas por sus acciones e ideologías tienen un sabor y una textura que tal vez nos diga más acerca de la moral y de las decisiones humanas. Y estos temas revisten una especial resonancia en Berlín: debido a la estrecha proximidad del mal con sus vidas, estos ciudadanos resultan especialmente fascinantes. Lo que ocurrió en Berlín, y en el resto de Alemania, podría haber sucedido en cualquier parte, pero ¿cómo estas ideologías —la inexorable y fría brutalidad del fascismo y la panóptica represión del comunismo— llegaron a arraigar tan fuertemente aquí? ¿Y cómo sus repercusiones continúan sintiéndose en toda Europa y Occidente hasta aquella extraordinaria noche de otoño de 1989 en que el Muro —esa expresión última de la opresión totalitaria— cayó por fin?

En este sentido, podría decirse que es imposible entender el siglo XX sin entender Berlín. Fundamentalmente, fue el momento de la caída de la ciudad al final de la guerra, en 1945, el que sintetizó dentro de sí el horror nihilista: la muerte en masa y sin sentido, a una escala inimaginable. No obstante, incluso en aquel ambiente tan cargado, todavía era posible distinguir algunas chispas del incansable e impaciente espíritu de Berlín. Caminar hoy en día por la ciudad es sentir todas estas capas dejadas por el pasado. Con gran sensibilidad en estos últimos años, las autoridades han hecho posible apreciar las diferentes ideas de la urbe tal y como era. Lo que la culminante oscuridad de 1945 nos enseña es que, incluso cuando las sombras fueron más espesas, en Berlín todavía había vidas, amores y sueños que expresaban la verdadera alma de la ciudad.

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PRIMERA PARTE

Disolución

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1
LOS HABITANTES DE LA OSCURIDAD

Vivían sus vidas bajo tierra o tras gruesos muros de hormigón. Estaban enterrados. De algún modo, esto era soportable. Por toda la ciudad de Berlín había aproximadamente un millar de refugios antiaéreos construidos ex profeso, pero solamente podían alojar a una parte de la población, apenas tres millones. También estaban los sótanos bajo los edificios de viviendas, las bodegas bajo las casas y las estaciones del metro, e incluso las trincheras. Los pasajes subterráneos —perforaciones en hormigón sin recubrir, animadas con algunos carteles de furiosa propaganda— servían de incómodo refugio. Los civiles, apiñados unos contra otros, dirigían la mirada a los techos abovedados o se miraban entre sí, y cerraban los ojos cada vez que desde fuera llegaba el amortiguado estruendo y reverberaba de tal forma que podían sentirlo en sus huesos.

La primera semana de abril de 1945, el ritmo de la vida civil en Berlín había alcanzado ya un punto de terrible simplicidad: la búsqueda diaria de una ración de alimento —el que fuera— haciendo silenciosas colas, que apenas se movían y podían durar horas. Las agotadoras caminatas por las calles en ruinas, con zapatos de suelas gastadas y cubiertos de polvo, barrios enteros destruidos que se habían vuelto irreconocibles, nuevas vistas y panoramas y desorientadoras ausencias: el efecto acumulativo de meses de intensos bombardeos. El mes anterior se había producido un frenético ataque aéreo, como si los bombarderos aliados se hubieran propuesto, sencillamente, hundir bajo tierra la ciudad. Aun así, en los barrios de la periferia, en algunas fábricas que no quedaron destrozadas por estos explosivos de gran potencia, operadas por trabajadores forzados traídos de todas partes de Europa, la actividad continuó, si bien con cortes intermitentes en el suministro de electricidad y agua. Las plantas eléctricas de la ciudad que aún funcionaban continuaron en marcha, con sus altas chimeneas exhalando humo blanco; la inmensa y arquitectónicamente elegante central eléctrica de Klingenberg, cuya sombra se proyectaba sobre el río Spree al este de la ciudad, se mantuvo activa gracias a inteligentes trabajadores forzados que hacían astutas especulaciones sobre el futuro de la ciudad y sobre cuál de los aliados sería el primero en reclamarla para sí. El metro, de alguna forma, seguía funcionando, aunque solo las líneas que no habían sufrido impactos directos y únicamente para aquellos que lo necesitaban para ir a trabajar o con fines militares.

Con deprimente frecuencia, el cansino aullido de las alarmas antiaéreas de la ciudad, grave y cavernoso, daba comienzo a una nueva carrera hacia el mundo subterráneo. Desde el otoño de 1943, los bombardeos aliados habían matado y mutilado a miles de personas, dejando calles y distritos enteros prácticamente inhabitables, si bien algunos habitantes seguían viviendo entre las ruinas, renuentes a marcharse. Aquellos ciudadanos cuyos sótanos y refugios no se habían derrumbado salían cada mañana a empezar días que parecían noches de lo oscuro y denso que estaba el cielo, a veces «de un amarillo encendido», por el polvo y las cenizas.[1] Hasta el aire parecía quemado: los incendios sin extinguir dejaban un tufo a madera, pintura y caucho. Tapándose la boca con pañuelos, madres y abuelas veían cómo las autoridades de defensa civil recuperaban los cuerpos, muchos en pedazos, de debajo de los ladrillos y piedras grises. Cualquier muerte individual había perdido su carácter sagrado. Pese a la eficaz organización de entierros en masa, en el aire seguía percibiéndose el penetrante dulzor de la putrefacción. Por supuesto, no todos los restos habían podido ser recuperados de entre los escombros. Esto no se debía a la desidia; bomberos, policía y otros empleados municipales seguían afanándose en ello. Pero, al igual que los hospitales, estaban desbordados. Hubo casos en los que la ideología se disolvió en medio de tanta destrucción. El pequeño Hospital Judío del barrio periférico de Gesundbrunnen, al norte de la ciudad —fundado en el siglo XVIII y única institución judía que sobrevivió a la guerra en Berlín, principalmente por sus instalaciones y competencia profesional—, al final de la contienda simultaneaba las funciones de escondite para judíos fugitivos con el tratamiento médico de gentiles. En cambio, el céntrico Hospital de la Charité, fundado también en el siglo XVIII —algunos de cuyos doctores habían sido utilizados por los nazis en la década de 1930 para llevar a cabo monstruosos experimentos médicos y practicar la eutanasia en pacientes discapacitados y psiquiátricos— había quedado en gran medida destruido; los suministros médicos y la morfina eran demasiado escasos para proveer a las interminables procesiones de heridos. Muchos habitantes de la ciudad no alcanzaban a entender hasta qué punto su vida cotidiana había discurrido a la par que el terrible horror eugenésico del régimen.

A principios de abril de 1945 los bombardeos de los estadounidenses a la luz del día fueron aflojando, pero los ataques nocturnos de los aviones británicos continuaron. Muchos berlineses que habían perdido sus casas en estos ataques estuvieron viviendo en los refugios día y noche; para ellos, esta vida en la oscuridad debió de ser algo parecido al límite de la existencia. Las autoridades de Berlín habían previsto ya algunos años antes que la ciudad podría necesitar un refugio de este tipo. Berlín está erigido sobre suelo arenoso, por lo que las excavaciones siempre resultaban un engorro, ya fueran para obras de alcantarillado o para las vías del metro que comenzaron a construirse a partir del cambio de siglo. En 1935, los nazis estipularon que cualquier nuevo proyecto de edificación incluyera un sótano que pudiera utilizarse como refugio. La virulencia de los primeros ataques británicos sobre la ciudad en otoño de 1940 dio lugar a un «Programa de Construcción de Búnkeres para la Capital del Reich». En abril de 1945, tras dieciocho meses de constante bombardeo aliado, un gran número de estos búnkeres y sótanos se habían convertido en tumbas selladas. Calles enteras se habían derrumbado bajo el lanzamiento de millares de kilos de explosivos pesados, que habían caído sobre sótanos y pasadizos subterráneos habitados en los que los equipos de rescate se esforzaban por entrar. Uno de los riesgos a los que se enfrentaban aquellos que moraban en los refugios era que las bombas hicieran explotar las cañerías del agua, ya que en ese caso su muerte se debería al ahogamiento, al elevarse el agua hasta el techo demasiado rápido, sin darles tiempo a escapar. Las estaciones del metro eran también vulnerables, dado que las líneas discurrían solo a unos metros de la superficie.

Pese a toda esta adversidad, el agudo humor berlinés siguió de algún modo presente. Se decía que las iniciales LS, correspondientes a luftschutz («refugio antiaéreo»), en realidad significaban lernen schnell russisch, o «Aprenda ruso rápidamente».[2] Pero el humor no conseguía acallar el miedo. Desde comienzos de año, en unos días en que las implacables heladas berlinesas revestían las calles de una sensación metálica, la ciudad se había ido llenando de exhaustos y traumatizados refugiados rurales. Algunos habían llegado en tren, otros lo habían conseguido andando, procurando no resbalar en los helados adoquines y rieles de tranvía, dirigiéndose hacia el oeste sin una meta fija. Llegaban huidos de las tierras que les habían sido arrebatadas, llevando consigo los recuerdos de quienes habían dejado atrás y no habían podido escapar del Ejército Rojo, mujeres violadas repetidas veces, muchas de las cuales fueron luego torturadas y asesinadas.

Algunos civiles berlineses eran conscientes (y estaban temerosos) de que las ingentes fuerzas soviéticas, que iban congregándose en la distancia y avanzando inexorablemente hacia ellos, habían sido a su vez testigos de la depravación y las obscenidades cometidas por los nazis, que tenían a los prisioneros de guerra soviéticos en corrales a la intemperie, donde, según las estimaciones, a como mínimo tres millones de ellos se les había dejado morir de hambre bajo el cielo helado. Y, llegado agosto de 1944, mientras iban expandiéndose desde el territorio soviético hacia Alemania, un gran número de soldados del Ejército Rojo había podido leer en su periódico, Krasnaya Zvezda, el aterrador relato sobre un campo de Polonia llamado Majdanek, escrito por el soldado y poeta Konstantin Simonov. Sus angustiosas descripciones de las cámaras de gas, y de los «miles y miles de pares de zapatos de niños»[3] allí tirados, se contaban entre los primeros informes sobre aquellas atrocidades, y eran tan desgarradoras que algunas autoridades británicas y estadounidenses no las creyeron del todo. Los rumores de lo que estaba ocurriendo en los campos de la muerte ya habían llegado a Berlín. Brigitte Lempke, que en aquella época era una colegiala, recordaba que una compañera, en un aparte, le dijo: «Te voy a contar una cosa, pero no se la digas a nadie o pasará algo muy malo». Un poco asustada, Brigitte así lo prometió y su compañera le contó que un tío suyo, que era médico, había vuelto del este. Una noche, cuando se suponía que la niña estaba en la cama, le escuchó hablar entrecortadamente con sus padres. Estaba llorando, dijo. Había visto hornos en los que iban a quemar a personas. La niña utilizó un símil muy expresivo: «Igual que se mete el pan en horno, meten allí a gente».[4] Una imagen que Brigitte nunca consiguió olvidar.

Y para el Ejército Rojo, la naturaleza de los que estaban tratando de derrotar había quedado todavía más patente con los descubrimientos de Treblinka y, en enero de 1945, de Auschwitz. «Liberación» parecía un término demasiado jubiloso para el rescate de esqueletos vivientes entre obscenos montones de cadáveres. También habían encontrado fosas comunes en bosques recónditos. Estos jóvenes soldados no necesitaban mucho para endurecerse frente al enemigo, pese a lo cual sus superiores soviéticos en un principio no dejaban de insistirles, a través de la prensa y la radio, en que estos campos no eran solo responsabilidad de los oficiales nazis, sino de la sociedad alemana en general. Eran emanaciones procedentes de la propia naturaleza de la patria. Más adelante llegaría un momento en el que, con la caída del régimen nazi, los soviéticos cambiarían de postura, insistiendo en que la clase trabajadora alemana no tenía la culpa, pero hasta que aquella monstruosidad fue aplastada, los soldados del Ejército Rojo no podían evitar hacerse preguntas sobre la humanidad de los civiles que se iban encontrando.

El ciclo de la venganza avanzó a una velocidad terrible. En parte, a principios de abril, se debió a las tensiones entre los aliados. Las fuerzas estadounidenses y británicas, tras abrirse paso desde el oeste, se disponían a lanzarse a un ataque final sobre Berlín. (Los aliados ya habían decidido hacía tiempo —no sin dificultad— cómo sería la división de Berlín y qué zonas de la capital derrotada ocuparía cada uno; las negociaciones de la Comisión Consultiva Europea en Londres llevaban en marcha desde el otoño de 1943, con figuras como el diplomático del Departamento de Estado norteamericano Philip E. Mosely negociando con sus homólogos británico y soviético sobre «líneas apresuradamente trazadas en lápiz»[5] en los mapas). En aquel momento, en The Daily Telegraph de Londres, el teniente general H. G. Martin llegó a manifestar que a las fuerzas de Hitler todavía «les quedaba algo de fuelle» y que no dejarían que el Ejército Rojo del mariscal Zhukov se acercara. Su predicción era que serían los estadounidenses bajo el mando del general Bradley, o bien los británicos bajo el del capitán general Montgomery, quienes tomarían la «Fortaleza número dos Berlín».[6] El primer ministro británico, Winston Churchill, sabía que la conquista de la ciudad extinguiría definitivamente la llama nazi; pero los estadounidenses al mando del general Eisenhower ya se habían retirado silenciosamente de la carrera; y el presidente Roosevelt, solo unos días antes de morir, e impaciente por que Estados Unidos se implicara a largo plazo en Europa, estaba convencido de que la carrera la ganarían los soviéticos. Esta decisión le fue comunicada a Stalin a través de Eisenhower, pero aquel, en su permanente paranoia, simplemente no la creyó. Él mismo había desplegado un doble engaño ante sus aliados, diciendo que ya no consideraba Berlín la máxima prioridad, para luego, el 1 de abril de 1945, decir a sus altos comandantes, los mariscales Georgy Zhukov e Ivan Konev, que debían llegar los primeros a la capital alemana. Zhukov, de cuarenta y ocho años, había nacido y crecido en una aldea a poco más de cien kilómetros de Moscú. La suya había sido una infancia rural de principios de siglo enmarcada en un extenso paisaje de abedules y ríos de aguas bravas, donde la harapienta pobreza era endémica pero encontraba el consuelo de alegres recuerdos de la pesca y los frutos recién cogidos de los bosques en verano. En este sentido, aunque Zhukov había vivido y crecido con las mareas de la historia y la Revolución rusa, se asemejaba a los jóvenes hombres y mujeres que tenía entonces a su mando (si bien muchos de estos jóvenes habían conocido el hambre —y en algunos casos, la hambruna— provocada por Stalin con la colectivización de las granjas en la década de 1930 en lugar de la opresión de los minifundios zaristas). No hacía mucho que Zhukov y sus fuerzas habían visto sus amadas tierras devastadas por los nazis, y se sentían en ese momento impulsados por una energía arrolladora e implacable en cuyo núcleo se encontraba la imagen de Berlín.

Cuando las noticias sobre el Ejército Rojo traídas por los refugiados alemanes que habían podido escapar a las violentas represalias fueron filtrándose osmóticamente entre los berlineses, se fue llegando al entendimiento de que su idea e imagen de civilización pronto iba a tener que enfrentarse a un impredecible ajuste de cuentas. En este sentido, el impulso de cobijarse en la penumbra de los refugios antibombas era una respuesta racional al terror del mundo exterior.

No todos los refugios eran subterráneos. Había construcciones sorprendentes en las esquinas de ciertas calles, o escondidas entre los árboles de los parques de la ciudad. Algunas consistían en simples cilindros de cemento anónimos con tejados inclinados, mientras que otras adoptaban la forma de los edificios que las rodeaban, como oficinas o apartamentos, aunque su textura rugosa y las pequeñas ventanas practicadas toscamente en los muros las hacían un tanto extrañas. Varias de estas estructuras se levantaban sobre los suelos de arena de los espacios de recreo, y sus entradas eran simples losas de hormigón inclinadas. Dentro había túneles sin salida a ninguna parte. En el distrito de Wittenau, al norte de la ciudad, había dos búnkeres de hormigón de unos quince metros de alto, de planta cuadrada y con sencillas entradas en forma de arco que evocaban asociaciones aún más macabras, por su parecido a los grandes mausoleos familiares. En la céntrica zona de Kreuzberg se encontraba uno de los refugios más ingeniosos: un enorme gasómetro de forma redonda, construido en el siglo XIX, se había convertido en el búnker Fichte (estaba ubicado en Fichtestrasse): los muros se habían reforzado y su oscuro interior, de seis plantas, se había dividido en setecientas cincuenta pequeñas habitaciones. Se le suponía una capacidad para seis mil personas. A principios de 1945, a veces llegó a albergar a treinta mil. A los vecinos de Kreuzberger se añadieron desamparados refugiados de las zonas rurales llegados a Berlín justo cuando empezaba a oírse el temible zumbido de los bombarderos acercándose.

Dada su poca profundidad, la sensación de inexpugnabilidad de los refugios de la red del metro no era más que ilusoria. Incluso en la estación de Moritzplatz, donde había una capa más de túneles bajo las vías, la impresión de seguridad quedó pulverizada de golpe cuando una bomba alcanzó la estación, causando la muerte instantánea de treinta y seis personas.

La estimación de esos últimos dieciocho meses de la guerra es que unos veinte mil civiles murieron debido a los ataques aéreos. A lo largo de ese tiempo, los ojos de cientos de miles de berlineses fueron acostumbrándose a un mundo de catacumbas, bombillas desnudas, toscos muebles de madera y cubos de desechos. Hubo algunos, no obstante, que no pudieron contener su ira ante lo que consideraban el comportamiento bárbaro de un desalmado enemigo y ante la vida que estaban obligados a llevar. Poco tiempo antes, la fotógrafa Liselotte Purper, que había trabajado con el departamento de propaganda de Goebbels, escribió a su marido Kurt, destinado en el este, una de las últimas cartas que recibiría de ella antes de que le mataran. «¡No puedo más de rabia! —decía—, ¡solo de pensar en la brutalidad con la que nos violarán y asesinarán, en la terrible desgracia que solo el terror aéreo está causando en nuestro país!».[7]

La mayoría de quienes se cobijaban en los refugios eran mujeres, muchas de ellas con niños pequeños. Parte del extenuante terror que generaban las sirenas de alarma de los bombardeos residía en la velocidad a la que los niños tenían que ser sacados de la cama, vestidos y llevados en volandas al refugio más próximo, a veces en cochecitos de bebé cargados hasta arriba de cosas. Luego, durante estas noches de estruendo, había que tranquilizar a las asustadas criaturas. Al norte de la ciudad había un gran parque ajardinado, el Humboldthain. El nombre hacía honor a una de las figuras históricas más destacadas de Berlín, el naturalista del siglo XVIII Alexander von Humboldt, que había cruzado océanos enteros para estudiar las maravillas botánicas y geográficas de todo el mundo. En tiempos de paz, este parque había puesto el contrapunto sosegado y florido a las desangeladas calles que le rodeaban. En aquel momento, este enclave pasó a caracterizar el profundo desasosiego de la ciudad. Pese a los incendios provocados por los incesantes bombardeos nocturnos y los estragos causados por ciudadanos desesperados en busca de combustible, todavía quedaban algunos árboles altos y frondosos, recortándose contra el gris del cielo. Pero en algunas zonas de césped del parque se habían abierto trincheras, zigzagueando como si fueran relámpagos, sobre las que se alzaba una gran torre cuadrada de hormigón, de unos sesenta metros de alto por otros treinta de ancho, coronada con plataformas octagonales para la artillería antiaérea. Por la noche, el tejado de la torre quedaba a cargo de muchachos adolescentes, sin apenas entrenamiento en las armas, que, impotentes, dirigían los cañones antiaéreos contra el flameante cielo. Y en su interior era donde los ciudadanos corrían a refugiarse cuando llegaban los bombarderos aliados.

La forma de la torre de defensa antiaérea del parque Humboldthain —una de las tres estructuras de este tipo que existían en la ciudad— resultaba a la vez algo ajeno y extrañamente familiar. Pese a la tosquedad del hormigón, las estrechas ventanas recordaban a las de castillos de siglos pasados. Su sombrío interior apestaba a humanidad. Miles de personas se habían estado congregando en estos refugios diariamente a lo largo de los últimos meses. El número máximo que podía repartirse entre aquellas lúgubres plantas era de veinte mil personas, pero, debido al pánico, eran muchos más los que se introducían en ellas como podían. Las caras conocidas, sentadas en sus bancos y catres de siempre, se mezclaban con las de personas extrañas en aquella penumbrosa y mal ventilada intimidad. Los bajos techos de las habitaciones y pasillos de la torre estaban iluminados con pálidas bombillas azules que daban a los rostros una lividez fantasmal. El nivel de higiene no podía ser más precario y desagradable: puro compostaje. En las noches más crudas de aquella heladora primavera, los enormes muros, de varios metros de grosor, proporcionaban aislamiento, pero ninguna ventilación, y las pequeñas ventanas se mantenían completamente cerradas para que los bombarderos no pudieran detectar ni la más mínima luz. Pegadas a las paredes había hileras de rudimentarias y chirriantes literas. A algunos, la mera idea de un sueño profundo les habría parecido absurda. Y, sin embargo, allí había familias que se habían adaptado a esta nueva vida a media luz y que solo salían de la fortaleza para conseguir la comida racionada. Muchos habían visto sus casas derrumbarse bajo el feroz bombardeo aliado. Con ellas no solo habían perdido su techo y su cobijo, sino todas las posesiones que constituían la memoria familiar: las fotografías, sus viejos muebles de madera de caoba, porcelanas y vajillas, todo lo que representaba un cierto tipo de estabilidad y continuidad. Los lazos que unían a estos refugiados con su pasado se habían roto de golpe. Y aquella oscura torre de cemento se había convertido en su hogar. Otros la utilizaban menos, solo en los casos de emergencia más extrema, cuando los bombarderos se aproximaban a la ciudad. Estar allí no les parecía lo más saludable. «Cuando los cañones del tejado abrían fuego —recordaba Gerda Kernchen, que entonces tenía dieciséis años—, todo el edificio temblaba, te destrozaba los nervios».[8]

El simple hecho de la existencia de este edificio —que empezó a formar parte del horizonte del barrio de Gesundbrunnen en 1943, construido con mano de obra forzada— ya resultaba indicador, para algunos berlineses, de que el rumbo de la guerra había cambiado. Durante los gélidos días de febrero y marzo de 1945, cuando las fronteras alemanas ya habían sido penetradas por el este y por el oeste, fue convirtiéndose cada vez más en un sombrío símbolo del asedio. A este se sumó la claramente visible imagen de otra torre antiaérea que se alzaba imponente sobre el zoo de la ciudad. En cierto sentido, este refugio transmitía una sensación todavía más perentoria: en su tercera planta —también de desangelado hormigón visto— albergaba un hospital de campaña. Las instalaciones y la iluminación eran precarias; una de sus secciones se utilizaba como ala de maternidad. Incluso en la primavera de 1945, seguían naciendo bebés en esta fría ciudad devastada por la guerra.

Una torre de defensa antiaérea ubicada dentro del distrito de Friedrichshain, al este de la ciudad, escondía un secreto celosamente guardado: una gran cantidad de obras de arte y antigüedades procedentes del Museo del Káiser Federico y otras galerías de arte, así como de patrimonio robado a propietarios judíos. Entre las obras de arte ocultas en la torre Friedrichshain se incluían cuadros de Caravaggio (San Mateo y el ángel, Retrato de una cortesana) y de Botticelli (La Virgen y el Niño con san Juan), entre otros, y estaban casi ridículamente desprotegidos. A comienzos de 1945 se había ideado un plan para poner a buen recaudo la colección de cuadros y esculturas en Pomerania (en la costa occidental de la conquistada Polonia), pero el meteórico avance de los soviéticos dio al traste con la idea. Una mina de potasio de Schönebeck (ciudad situada a unos noventa y seis kilómetros al sudoeste de Berlín) fue la siguiente posibilidad, pero al estar todos los hombres sirviendo en el Ejército y las mujeres aptas para el trabajo destinadas en otros lugares, tampoco fraguó. Y pocas semanas antes, después de que otro de los museos de la ciudad cayera bajo las llamas de las bombas incendiarias, se habían llevado todavía más obras de arte a la torre Friedrichshain. En marzo, varios directores de museos habían coordinado un nuevo plan: utilizar las minas de Grasleben (una zona al oeste de Berlín y cercana a Hannover) y de Ransbach (en el oeste de Alemania, cerca de Fráncfort). Algunas de estas obras de arte fueron cuidadosamente empaquetadas y sacadas de la ciudad, mediante enormes contenedores, y llevadas al campo. Los últimos de estos convoyes salió el 7 de abril, dejando muchas tras de sí.

Los civiles curioseaban entre estas obras maestras descartadas en busca de algún alimento almacenado, ya que, aunque los tesoros artísticos estaban siendo evacuados, los ciudadanos no. Nunca hubo ninguna tentativa conjunta de encontrar algún refugio temporal para los berlineses en pueblos o aldeas fuera de la capital. A los efectos, eran prisioneros cercados por los límites de la ciudad; no había ningún otro sitio al que pudieran ir. Por el contrario, en los dieciocho meses anteriores, había habido familias que habían regresado a Berlín. Entre ellas estaban los niños que previamente habían sido secuestrados en masa por las autoridades y llevados a albergues en regiones montañosas de aire puro. Muchos estaban impacientes por volver, así como las madres y abuelas que añoraban los lugares de referencia que habían constituido su hogar, aun cuando estos estuvieran desapareciendo.

La ciudad estaba siendo defendida, pese a que la Wehrmacht estaba letalmente mermada; a partir del 20 de marzo, el Grupo de Ejércitos del Vístula —llegados para hacer frente a las ya próximas fuerzas soviéticas— había estado al mando del general Gotthard Heinrici, un veterano de cincuenta y ocho años procedente de una familia de teólogos protestantes, cuya sólida fe luterana provocaba desconfianza en sus superiores. En momentos anteriores de la guerra, las enconadas discrepancias con la jerarquía le habían conducido a un periodo de retiro forzoso; pero entonces, con el Ejército Rojo a ochenta kilómetros al este de Berlín, el rehabilitado Heinrici recibió el encargo de impedir que esta gran fuerza militar cruzara el río Óder y siguiera avanzando hacia la capital. Aunque entre los ciudadanos a los que protegían corrían rumores sobre unas supuestas nuevas armas, más poderosas que los misiles V-1 y V-2 que habían estado surcando los cielos del canal de la Mancha y causando devastación en Londres, Gotthard Heinrici sabía perfectamente que este milagro estaba muy lejos de producirse. El anterior jefe del Grupo de Ejércitos del Vístula —el reichsführer de las SS, Heinrich Himmler— había dejado que le destituyeran del puesto tras quedar demostrada su lamentable ineptitud. El hombre que había ideado la estructura del Holocausto y los repugnantes medios para acabar con la vida de millones de personas se había retirado al Sanatorio de Hohenlychen, a kilómetros de distancia de Berlín en dirección norte, aquejado de una autodiagnosticada gripe. Mientras, en la ciudad de la que él se había marchado, los altavoces de la calle emitían enfáticas soflamas redactadas por el ministro de propaganda Joseph Goebbels. El ministro llamaba a mantener la fe. A principios de la década de 1920, la imagen que Goebbels tenía de Berlín era la de un «monstruo de asfalto» que hacía a las personas «crueles e insensibles»;[9] el asfalto había apartado a la gente de Berlín del verdadero espíritu alemán; la ciudad había sido «asfaltada por los judíos».[10] En 1926, ya era gauleiter —líder del partido nazi regional— de la ciudad: un cargo que ostentó hasta su muerte. En un incisivo y brillante estudio sobre su uso del lenguaje, el filólogo de la época Victor Klemperer trazaba las cambiantes actitudes de Goebbels hacia Berlín; cómo el conflicto entre «la tierra y el asfalto» fue atemperándose e idealizándose hasta llegar al punto, en 1944, de declarar: «Sentimos un gran respeto por el indestructible ritmo de vida, y la férrea voluntad de vivir demostrada por nuestra población metropolitana».[11] Tampoco es que dicha población tuviera muchas opciones.

Había también muchos ciudadanos berlineses que expresaban, muy discretamente, sus dudas sobre las nuevas armas milagrosas. Detrás de estos rumores sediciosos —compartidos con cautela en una ciudad donde los blockwart o guardas de bloques de viviendas todavía mantenían una feroz vigilancia sobre la conducta pública de sus vecinos— yacía la triste y fría conciencia de la realidad. No había vuelta atrás ni salvación posible. Los adolescentes que entusiasta pero inútilmente disparaban las armas antiaéreas desde el tejado a los bombarderos que volaban a gran altitud eran colectivamente conocidos por las iniciales LH, de lüften helfer («los ayudantes del aire»). Los civiles que estaban refugiados abajo interpretaban estas iniciales de forma diferente (a la manera antes comentada de las lernen schnell russisch): les llamaban letzte hoffnung, esto es, «la última esperanza». Tras la broma yacía una pesada carga de amargura. De forma paradójica, la sociedad opresivamente laica diseñada por los nazis desde mediados de la década de 1930 se sostenía sobre una fe pararreligiosa: requería la absoluta confianza en el Führer y en los encargados de llevar a cabo su obra. Para que esta visión de Alemania, y de Berlín, fuera coherente, se requería creer en que el Estado tenía derecho a un control absoluto sobre cuerpo y mente, y a utilizar este control para alimentar y proteger a las personas. También requería creer en armas milagrosas. Y dentro de los refugios y sótanos, la fe estaba desapareciendo. Hubo quienes, como el general Heinrici, se aferraron a su fe cristiana pese a todos los esfuerzos del Gobierno por marginar a las iglesias y los seglares. Era la suya una fe que no se podía proclamar demasiado en alto. Si rezaban en privado, lo hacían en silencio.

Y, sin embargo, en la ciudad también había otros que —literal y metafóricamente bajo tierra— se mantenían fieles a su antiguas creencias y comunidades pese al furor del exterminio. A pesar de la sistemática deportación de la mayor parte de la población judía a Auschwitz y a otros campos de la muerte, hubo un número significativo de judíos, alrededor de unos mil setecientos, que consiguieron quedarse en Berlín, escondidos. Increíblemente, habían sobrevivido. En algunos círculos, muy cerrados y selectivos, se les conocía como los «submarinos».[12] Muchos de estos judíos habían sido acogidos por amigos y socios gentiles. Algunos se vieron obligados a pasar gran parte de sus vidas ocultos en la casi permanente oscuridad de los sótanos. Una de ellas fue Rachel R. Mann, quien recordaba que se encontraba fuera de casa el día que la Gestapo fue a buscarla a ella y a su madre. Cuando llegó a casa, una vecina compasiva la acogió; pero durante el invierno y la primavera de 1945, cuando la histeria de algunos funcionarios nazis aumentó más todavía, se vio obligada a quedarse en el sótano. «[La vecina] me traía cada día algo de comer, y a veces me subía a su apartamento para que me pudiera dar un baño. Estuve allí abajo hasta el final de la guerra».[13]

Marie Jalowicz-Simon, entonces Marie Jalowicz, llevaba evitando a las autoridades desde 1942, tras haber logrado esquivar a un funcionario de la Gestapo una mañana; horas después, cuando un cartero trató de entregarle una carta, ella simplemente le dijo que su «vecina» Marie había sido deportada al este. Así quedó escrito en el sobre, consiguiendo al parecer soslayar la burocracia municipal. Poco después descubriría —llevando una chaqueta sin una estrella amarilla— que, aunque procedía de una familia claramente de clase media, en los barrios de clase obrera de la ciudad la tratarían con la máxima amabilidad y generosidad mientras buscaba trabajo en las fábricas.[14] Ya en la primavera de 1945 se refugió en una pequeña casa situada en uno de los barrios de la periferia norte de la ciudad entre sus conciudadanos, de los cuales solo unos pocos conocían su verdadera identidad. Para ella, estos berlineses de clase trabajadora eran sus salvadores y el verdadero espíritu de la ciudad. En opinión de Simon, ellos entendían la magnitud del crimen cometido por el Estado, a diferencia de las clases medias, que habían capitulado ante la filosofía nazi. «Fue, sobre todo —afirmaba—, la burguesía ilustrada alemana la que falló».[15]

Algunos de estos «burgueses ilustrados alemanes» habrían argumentado que no habían tenido otra opción, que no merecían compartir la culpa colectiva y que sus noches pasadas bajo los edificios, con el miedo a que las bombas cayeran sobre ellos, eran una forma de purgatorio o penitencia.

El racismo y el entusiasmo suscitado por las teorías eugénicas no fueron exclusivos de la Alemania de entreguerras; dichas creencias estaban tan extendidas en algunos círculos que se consideraban naturales y respetables (el médico del rey Jorge V, lord Dawson de Penn, fue solo una de las muchas figuras del establishment británico que se interesó por la eugenesia, así como algunos destacados políticos de izquierdas). Cuando estos berlineses se vieron obligados a vivir bajo tierra debido a los bombardeos, fueron muy pocos los que reflexionaron sobre cómo toda su sociedad había sido envenenada por la obsesión de la superioridad y la degeneración racial. Lo tenían demasiado cerca para poder verlo. Para algunos seguiría siendo así incluso después de la guerra.

Pero cuando todas aquellas personas, los ricos y los no ricos, juntaron sus provisiones —exiguas cantidades de pan de centeno y carne, y las celosamente guardadas reservas de alcohol, desde merlot hasta brandy— fue cuando subliminalmente fueron conscientes de que su Führer se había convertido también en un permanente refugiado. Mientras en la radio se hablaba, con diferentes grados de énfasis, de la victoria que estaba próxima y de la necesidad de que todos los ciudadanos defendieran su hogar, era evidente que el Führer ya no estaba haciendo apariciones públicas. Muchos de los que habían visto de cerca a su líder en los mítines habían experimentado una sacudida emocional cuando los ojos de Hitler se habían cruzado con los suyos; una sensación de que, de algún modo, él los conocía y se sentía estrechamente unido a ellos. Pero, en la primavera de 1945, la ausencia del Führer estaba rompiendo ese encanto hipnótico.

Y muy pocos berlineses se habrían imaginado —incluso aunque contemplaran la posibilidad de la existencia de un cuartel general subterráneo— la sombría e insólita realidad de los túneles que había bajo el centro de la ciudad. En la superficie, en el jardín de la Cancillería del Reich, había un cubo de hormigón con puertas, una de las muchas entradas al complejo. Una vez que el visitante había superado el control de entrada de los guardias y su obsesivo e intrusivo registro corporal, había que bajar por una escalera en espiral para entrar en este mundo aparte. Al pie de estas escaleras, había más guardias, más puertas y, a continuación, en un confuso embrollo de habitaciones y pasillos, un laberinto de hormigón visto. Por todas partes había señales de unas obras realizadas a toda prisa: en el suelo se veían pequeños charcos formados por el agua que goteaba del techo. En aquella madriguera había dispersas salas de reunión, cocinas, retretes e instalaciones básicas para el aseo, dormitorios y una centralita telefónica. Luego había más escaleras, que descendían a un nivel de algo más de doce metros bajo tierra y conducían a un submundo aún más mortecino. Aquí era donde, el 1 de abril, el Führer se había establecido de forma permanente junto a su compañera (que en breve se convertiría en su esposa) Eva Braun, su perra de raza pastor alemán Blondi y varios cachorros. El aire acondicionado emitía un zumbido bastante ruidoso, como el de un moscardón atrapado. No funcionaba muy bien. El ambiente olía a cerrado. Los funcionarios recorrían los pasillos a todas horas y su encorvado líder les mandaba llamar a las horas más intempestivas. Era un mundo en el que el Führer decidía cuándo era de día y cuándo de noche; las reuniones con los altos jefes militares se programaban para empezar antes de la medianoche y a veces no terminaban hasta el amanecer. En medio de aquella mole de cemento, se perdía la noción del tiempo. Cuando estos comandantes y funcionarios del partido dormían, ¿serían capaces de soñar? En la intimidad de estas imágenes, ¿compartirían las delirantes ideas que su Führer concebía estando despierto?

En el resto de la ciudad, los niños sufrían pesadillas. Sabine K., de nueve años, «dormía muy mal»[16] en su refugio del sótano, como confesó en su diario. Había soñado que «un ruso» había entrado en el sótano y le había «pedido agua». Ella se había alejado por un pasillo, que hacía una curva y luego se convertía en un lugar desconocido en el que brillaba «una luz amarilla», y de repente se quedaba aterrorizada al ver a un hombre de rasgos «chinos» que le arrancaba el abrigo y la «tocaba».[17] ¿Era esta pesadilla consecuencia de la propaganda nazi que describía al enemigo en puertas como «hordas asiáticas»?[18]

Sorprendentemente, en todos aquellos sótanos, búnkeres y bodegas, así como en las estaciones de metro de Berlín y en las torres de hormigón que rodeaban el lóbrego laberinto del Führerbunker formando grandes círculos concéntricos, la gente a veces conseguía descansar. La intérprete de música Karla Hocker recordaba que había otra forma de percibir el ambiente del frío y húmedo sótano en el que ella estaba. «Un ambiente curioso, una mezcla de cabaña de esquí, albergue juvenil, sótano revolucionario y ópera romántica».[19] Ella y sus compañeros no pensaban más que en dormir. Para los que estaban fuera, bajo el cielo abierto —los cada vez más fanáticos oficiales de las SS y la Gestapo, y los de paisano, con la mirada atenta a la más mínima contravención de los deseos del Führer, listos para castigarla, y para los jovencísimos adolescentes apostados en los tejados de aquellas torres grises, a cargo del manejo de artillería antiaérea que inundaba el cielo con ráfagas de fuego intermitente—, el sueño era entonces una mera cuestión de sucumbir al agotamiento. El cansancio, al igual que el hambre, era un estado permanente. Solo algunos meses antes, todos estos berlineses, desde los refugiados más ancianos a los más jóvenes reclutas de las Juventudes Hitlerianas, habían llevado una vida que a otros les habría parecido absolutamente normal: colegio, cafés, conciertos. Y ahora habían aceptado con asombrosa velocidad la perspectiva de un final catastrófico. La velocidad era una de las principales características de esta ciudad.

Esta nueva existencia subterránea había sido comentada poco antes por un piloto de reconocimiento soviético al sobrevolar el este de la capital. Él tenía la idea de que Berlín era un lugar caracterizado por la actividad y la luz, los fuegos de las fundiciones, el seductor brillo y las novedosas luces de neón del consumismo. Y lo que veía era una ciudad invernal y oscura; tranvías parados en calles vacías; enormes complejos industriales hechos pedazos y ennegrecidos; bulevares desiertos, sin una sola alma. ¿Qué había sido de esta ciudad de la luz?

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2
LOS NIÑOS MÁRTIRES

Estos chicos se habían amoldado a la oscuridad, pero sus espíritus nunca habían sido doblegados del todo. El régimen se había propuesto controlar no solo lo que aprendían, sino también sus mundos de fantasía interiores. No obstante, siempre había quedado un atisbo de ingobernabilidad e imaginación infantil fuera del alcance del poder del Gobierno nazi. Llegada la primavera de 1945, el régimen de Berlín simplemente pretendía dar a esta infancia un final prematuro. Jóvenes adolescentes estaban siendo reclutados (en algunos casos, se presentaban como entusiastas voluntarios) para tareas militares. Todos ellos eran conscientes de que se enfrentaban a la perspectiva de su propia muerte. No se trataba de un temor abstracto; para algunos de estos chicos el terror era imposible de superar y podía verse claramente reflejado en sus rostros. Otros, como Alfred Czech, que a los doce años de edad fue presentado ante el Führer, en los últimos días de vida de Hitler, para recibir la Cruz de Hierro, en un cierto y terrible modo, creían que su rol de niños soldado era algo natural. «De pequeño no pensé mucho en ello, solo quería hacer algo por mi pueblo —contaría al ser entrevistado décadas más tarde—. No sabía que era demencial mandar niños al frente de batalla. Era la guerra».[1] En ese momento era parte de la Volkssturm («la tormenta del pueblo»). Se trataba de la expresión física de la «guerra del pueblo»: el reclutamiento de todos los varones civiles que, hasta ese momento, por cualquier razón debida a cuestiones de salud o trabajo, habían quedado exentos del servicio militar obligatorio. En abril de 1945, aquella red se había ampliado y había pasado a incluir a chicos que ni siquiera habían cambiado aún la voz. Tampoco las chicas jóvenes —pertenecientes a la Liga de las Muchachas Alemanas, a veces también con solo doce años— fueron excluidas del campo de batalla urbano. Theresa Moelle, de quince años, recibió instrucción en el manejo del lanzagranadas de mano Panzerfaust. En los días siguientes, tendría que utilizarlo. Al igual que los chicos de la Juventudes Hitlerianas, la posibilidad de morir siempre estaba presente. Este macabro uso de los niños —su reclutamiento para ser arrojados contra el enemigo— debería haber sido uno de los puntos en los que el innato escepticismo berlinés hubiera ofrecido más resistencia. Y, para muchos, así era, como las madres que, mientras hacían cola, miraban a estos jóvenes armados —los hijos de otras madres— sin poder reprimir su repugnancia ante la idea de estos niños mártires.

Sin embargo, el paisaje de la ciudad destrozada que les rodeaba parecía exhalar nihilismo. Solo unas semanas antes de abril de 1945, los bombarderos habían desplegado todo su fuego devorador en el distrito de Friedrichstadt, que —atípicamente, en lo que nunca fue una ciudad bonita— había contado con la atractiva e histórica presencia de un ornamentado teatro popular y dos grandes catedrales de estilo clásico, así como un gran mercado que llevaba atrayendo a visitantes desde el siglo XVIII. Por si fuera poco, estaban los grandes almacenes Wertheim, una maravilla de principios de siglo que durante un tiempo fueron los más grandes de Europa. Los miles de letales bombas incendiarias lanzadas por los cazabombarderos estadounidenses durante uno de los ataques diurnos más largos desataron un infierno que estuvo a punto de convertirse en una tormenta de fuego. Los bomberos de Berlín no pudieron hacer nada; las llamas no cedieron en varios días, extendiéndose ávidamente de edificio en edificio, y apoderándose de todos. En los años siguientes, el distrito de Friedrichstadt sería conocido en el mundo como una zona fronteriza. En 1945, su desaparición fue una manifestación física más de la innegable realidad de la guerra, incluso cuando las fantasías de las armas secretas seguían recibiendo crédito en algunos rincones de la ciudad y del régimen. Una figura especialmente trastornada en este sentido fue el líder del Frente Alemán del Trabajo, Robert Ley, que estaba convencido de que los científicos alemanes habían perfeccionado unos «rayos de la muerte»,[2] algo que parecía más propio de la imaginación de un niño de diez años.

En aquellos primeros días de abril de 1945, los adolescentes de Berlín estaban siendo organizados por los veteranos de más edad de la Volkssturm, algunos de los cuales, con sus rostros demacrados y sus cruces de hierro de la última guerra, poseían una grave dignidad. Para muchos de estos chicos, no importaba que los uniformes que les proporcionaban les quedaran ridículamente grandes, ni que algunos fueran de las SS, en lugar de uniformes del ejército regular que ellos tanto veneraban. La idea que se hacían de lo que les esperaba se veía lógicamente condicionada por su edad. Los muchachos que eran destinados a manejar la artillería de las torres de defensa antiaérea eran, en cierto sentido, tan inconscientes como los que, abajo en la calle, aprendían a cargar pistolas y lanzagranadas y recibían un veloz entrenamiento en la brutal realidad de la lucha casa por casa. Todavía no estaba claro cuándo empezarían a combatir para salvar su ciudad, pero lo que estos chicos sí sabían era que requeriría de su heroísmo individual. Y eran pocos los que se resistían activamente, porque una generación de jóvenes y de familias de Berlín ya había llegado a aclimatarse, no tanto al carácter siniestro del movimiento de las Juventudes Hitlerianas como a las posibilidades que este ofrecía para escapar de la pobreza industrial de los deprimentes barrios periféricos de Berlín. Así llevaba siendo desde comienzos de la década de 1930.

Para el berlinés Horst Basemann, que algunos años antes se había unido a su grupo local de las Juventudes Hitlerianas, los fines de semana pasados en los bosques de los alrededores de Berlín habían tenido un atractivo irresistible. Más allá de los meros lazos afectivos que estableció con los otros chicos, hubo otro elemento que caló más hondo en su psicología. En la primavera de 1945, se encontraba prisionero de la Wehrmacht al este de los Urales, con veintipocos años, ciego de un ojo. Fue en ese momento cuando empezó a repasar mentalmente todo lo que hasta entonces le había parecido tan natural, empezando por su ingreso en las Juventudes Hitlerianas en 1934. El mero hecho de salir del ambiente agobiante y opresivo de las calles de la ciudad de Berlín había sido solo el principio. Así lo recordaba: «Al anochecer nos sentábamos en círculo en torno a la fogata. Enfrente de nosotros, el lago brillaba bajo la luna; a nuestra espalda teníamos el bosque».[3] Los líderes solo eran «dos o tres años» mayores que yo. Pero sentado también junto a ese fuego, había un invitado especial: un hombre de mediana edad, que había combatido como soldado en la Primera Guerra Mundial. «Nos cuenta sus experiencias… Nosotros le escuchamos sin perder ripio, hasta que llega al trágico final de su historia. Los chicos estamos relajados, conmovidos y callados. Miramos el crepitar de las llamas del fuego que poco a poco se va apagando».[4]

Basemann continuaba: «Este exoficial del ejército coge la corneta y toca una melodía que nosotros todavía no conocemos. Y luego dice: “Si un día la llamada es para vosotros, queridos muchachos, para borrar la vergüenza de Versalles, estoy seguro de que estaréis listos para defender a nuestra patria y, si es necesario, entregarle también vuestra vida”».[5] Esto les parecía todo lo contrario a angustioso; a aquellas mentes jóvenes, ese heroísmo, enmarcado por las llamas en el silencio y la oscuridad del campo, más bien les despertaba una especie de júbilo interno. La vergüenza de la derrota en la Primera Guerra Mundial y las múltiples humillaciones y consecuencias del Tratado de Versalles —los soldados franceses y belgas marchando por el Ruhr en 1923 para incautarse de la producción de carbón y acero, la pobreza crónica que se extendió por toda la nación, en parte a consecuencia de las reparaciones exigidas a Alemania— podía superarse junto al llameante fuego, cuyas chispas se elevaban hacia la oscura noche. Además de todo esto, estaban las canciones que, con la distancia, herr Basemann recordaba como «extrañas». Aún se sabía parte de la letra: «Si caigo en tierra extraña; adiós, así tenía que ocurrir», y «La muerte del soldado es la más bella de todas».[6]

Todo esto tenía lugar lejos de sus padres y de la mirada vigilante de los profesores; y los que en un principio se resistían al reclutamiento de sus hijos, lo hacían precisamente porque les asustaba el sentimiento cuasirreligioso de este movimiento. A lo largo de la década de 1930, algunas familias católicas se mantuvieron firmemente en contra de que sus hijos e hijas fueran atraídos hacia estas fogatas. Por todo el país, las Juventudes Hitlerianas fueron, en sus primeros años, impopulares entre algunos padres de clase trabajadora, que detestaban el rígido autoritarismo de su filosofía. En general, las que se sintieron más rápidamente atraídas por esta idea fueron las clases media y media baja. En Berlín, sin embargo, se daba una circunstancia que llevó a generar un mayor entusiasmo en la clase trabajadora: la posibilidad de escapar, aunque fuera por breve tiempo, de los hogares en los que vivían hacinados y de sus desangelados patios sin árboles. Lo que a los chavales más pobres de Berlín les atraía de estos campamentos de fin de semana que les ofrecían era que eran gratis y que allí encontraban buena comida, risas, compañerismo y una inusual sensación de igualdad entre chicos de diferentes ámbitos y contextos sociales.

Por otra parte, según la experiencia de Horst Basemann, la idea de que «la juventud debe ser dirigida por la juventud»[7] no parecía estar asociada a excesos. Sí se daba, en cambio, una gran importancia a los ejercicios militares. A la instrucción en lo que casi podían considerarse desfiles castrenses, le seguían exigentes marchas y carreras por terreno arbolado, en los bosques de los alrededores de la ciudad. Los chicos aprendían también los principios de la orientación y lectura de mapas. Había además duras simulaciones de combate: se formaban equipos, se vestían con ropa de camuflaje, se escenificaban emboscadas, el ganador se hacía con el brazalete del rival, «y no se lloraba cuando te hacías daño».[8]

Pero los nazis no tenían el dominio completo sobre la imaginación de estos jóvenes urbanos, que encontraban estímulo también en otros lugares. Las películas de vaqueros de Hollywood, o cualquiera protagonizada por Gary Cooper, fueron enormemente populares en Berlín durante toda la década de 1930, así como las de Laurel y Hardy («El Gordo y el Flaco»), también del gusto de Hitler. Además, estaban las aventuras de ciencia ficción de Flash Gordon (prohibidas en 1941, justo antes de que Estados Unidos se sumara a la guerra, cuando, en el cómic, Flash dejó de luchar contra Ming el Despiadado, y puso el punto de mira en el fascismo). Por otra parte, tenían las emocionantes y enrevesadas hazañas detectivescas de La cena de los acusados, un mundo de cócteles y puñales, brillantes deducciones y finales de suspense a punta de pistola. Pero lo que despertaba un entusiasmo más universal entre estos chicos eran las novelas del Oeste de un veterano autor alemán llamado Karl May, cuyo héroe era un vaquero conocido como Old Shatterhand. El llamativo apodo se debía a la feroz técnica de lucha del personaje, que por este motivo tenía dañados los nudillos. Las aventuras de Old Shatterhand a lo largo de una larga serie de novelas le mostraban remediando injusticias y zambulléndose en peligros por praderas y desiertos brillantemente descritos, junto a su inseparable compañero indio Winnetou. Eran argumentos llenos de fantasía, violencia, peligros y muertes —con arenas movedizas, cocodrilos, hordas de ratas hambrientas—, y las novelas calaron masivamente en la imaginación masculina alemana, pese a que su autor había muerto en 1912 y jamás había puesto un pie en Norteamérica. Entre los más fieles admiradores de Karl May se encontraban Albert Einstein, Thomas Mann y el pintor George Grosz.[9] Otro devoto de crucial importancia fue Adolf Hitler, que en su infancia austriaca había devorado estos libros con fruición y volvió a releerlos con frecuencia de adulto. Albert Speer, perteneciente al círculo más íntimo de Hitler, comentó en cierta ocasión que el Führer, cuando hablaba sobre estrategia militar, a veces citaba a «Napoleón y a Old Shatterhand en la misma frase».[10]

Sin embargo, para los chavales de Berlín, estas historias, combinadas con sus emocionantes juegos de guerra, representaban sencillamente el portal a otra dimensión y les hablaban de «noches mágicas al aire libre, bajo una luna violácea y unas estrellas impresionantes, de un brillo mucho más fulgurante que el de los cielos europeos».[11] Muchos de ellos venían de hogares duramente golpeados por la Depresión: padres desempleados, afectados por graves preocupaciones y el malhumor que acarrea la pobreza. No había nada anormal en estas ensoñaciones de heroísmo, compartidas por el mundo entero, pero los nazis además encontraban instintivamente en ellas el medio más directo para utilizar aquellos sueños juveniles para sus propios propósitos: evocaciones de Sigfrido en el bosque, engrandecidas con charlas de héroes de la vida real que habían combatido en la última guerra y que, a su modo de ver, habían sido traicionados por villanos reales que ahora manejaban sus asuntos. Esto funcionaba con los chicos porque los adultos también lo creían. En años venideros, estos serían los muchachos que, convertidos ya en hombres, serían enviados a marchar a través de heladas estepas y que presenciarían o cometerían atrocidades. También la generación de chicos inmediatamente posterior continuó leyendo a Karl May, para asombro de los soldados estadounidenses que, en 1945, veían a su alrededor a andrajosos niños alemanes jugando a indios y vaqueros.

Todos los cánticos y marchas de las Juventudes Hitlerianas estaban inspirados por el mito fundador del martirio juvenil. En 1932, Herbert Norkus, de quince años, vivía en el deprimido barrio de Moabit, y su mundo estaba circunscrito al de la extrema pobreza de sus progenitores. Aunque iba bien en los estudios, la vida cotidiana de su familia en aquel momento económicamente tan precario era de permanente inseguridad y hambre; también de miedo. Norkus se había unido a las Juventudes Hitlerianas, y al igual que Basemann, había encontrado un formidable escape en aquellos fines de semana en el bosque, pero la mayoría de los adolescentes que vivían en su vecindario habían jurado lealtad al Partido Comunista. El resultado lógico de esto, en aquellas calles de grises bloques de viviendas y canales de agua estancada, tornasolada de aceite, eran las peleas entre bandas. Haciéndose eco de los violentos y ebrios enfrentamientos entre comunistas y nazis, los muchachos de Moabit se consideraban también en estado de guerra. Herbert Norkus era un blanco frecuente; a menudo tenía que salir corriendo atropelladamente y esconderse en el cementerio local hasta que pasaba el peligro. Un domingo de enero de 1932, mientras pegaba panfletos del partido nazi por el vecindario, un grupo de chavales del barrio, presos de la furia, se lanzaron a por él. Llevaban navajas; Norkus fue golpeado y apuñalado. Cayó al suelo, y tras conseguir levantarse y caminar unos metros, volvió a derrumbarse, dejando un rastro de sangre. Murió poco después.

Esto representó para los nazis una oportunidad aún mayor que la del asesinato del activista (y matón) del partido, Horst Wessel, de veintidós años, en 1930 (aunque el asesinato de Wessel inspiró una canción que adquirió fama mundial como expresión musical del nazismo); en el caso de Norkus, habían matado a un crío, sin que los demás hicieran nada, mientras prestaba su inocente servicio al partido que quería salvar al país. El periódico Der Angriff («El ataque»), no se cohibió ni lo más mínimo en su nauseabundo reportaje sobre la tragedia. «Allí, bajo la lúgubre luz del atardecer —escribió Goebbels en un artículo propagandístico—, los torturados ojos amarillos se quedaron mirando al vacío […] la frágil voz de un niño parece oírse desde la eternidad […]. ¡Me han matado! ¡Clavaron su puñal asesino en mi corazón! Y solo porque yo —un niño— quería servir a mi país». Goebbels llevaba la imaginaria voz de Herbert Norkus aún más lejos: «Yo soy Alemania […] mi espíritu, que es inmortal, seguirá con vosotros».[12] Más tarde, en 1933, se estrenó la película Hitlerjunge Quex, una cruda escenificación del asesinato. El filme no paró de proyectarse, a sucesivas promociones de niños, a lo largo de la década de 1930, así como durante toda la guerra. A comienzos de los cuarenta, el líder de las Juventudes del Reich, Baldur von Schirach, invocó a aquel «espíritu inmortal» en un discurso: «Este joven camarada se ha convertido en un mito de la nación joven, en el símbolo del espíritu de autosacrificio de todos los chicos que llevan el nombre de Hitler […]. Nada une más a las Juventudes Hitlerianas que la conciencia de nuestro fraternal vínculo con este muchacho asesinado».[13] Norkus fue, en términos nazis, canonizado: «¡Llama sagrada de la juventud, tú eres la luz en la oscuridad!», decía una proclama de las Juventudes Hitlerianas en tiempos de guerra. «Tú nos mostrarás la senda que conduce al amanecer, el camino de la lealtad, el camino de Adolf Hitler».[14] La intención era despertar una inspiración pararreligiosa en los jóvenes. En la primavera de 1945, a los adolescentes berlineses que no habían conocido otra cosa que un mundo dominado por Hitler, el himno de las Juventudes que tan frecuentemente se cantaba parecía incuestionable en cuanto a sus sentimientos: «Nuestra bandera nos lleva a la eternidad / sí, la bandera importa más que la muerte».[15]

En lo tocante a la estructura física real de Berlín, era más difícil saber lo que niños y adolescentes —al margen de cuál fuera su inspiración— podían esperar salvar. Mientras trabajaban entre los inestables restos de edificios de viviendas recién bombardeados y demolidos, los viejos soldados reunidos bajo el estandarte de la Volkssturm empezaron a enseñar a las mujeres y niñas de Berlín el brutal oficio de la guerra. Puede que para mucha gente estas tutorías tuvieran la útil cualidad de servir de distracción; unos minutos durante los cuales resultaba posible imaginar que estas defensas funcionarían. Las distracciones eran sumamente necesarias. Cualquier actividad —incluso las que podían considerarse menos útiles— era mejor que soportar los largos días poblados de terror y semioscuridad. Incluso entre los jóvenes más resistentes, las más pequeñas privaciones y contratiempos de su vida subterránea se hacían cada vez más difíciles de sobrellevar. Christa Ronke tenía quince años. Se había criado en el hogar de una familia acomodada y cariñosa, en uno de los barrios de las afueras de la ciudad. Poco tiempo antes, aquella casa había sido blanco de los bombarderos. Una enorme explosión, que detonó en el jardín, había destruido la casa para la que sus padres «habían estado ahorrando muchos años».[16] La madre de Christa no podía parar de llorar; no solo por lo que habían hecho los agresores americanos, sino también por Hitler. Christa y su madre —su padre estaba combatiendo en el oeste— habían conseguido salvar parte de sus tan queridos recuerdos: algunas tazas de porcelana antiguas, la figura de una bailarina también de porcelana (a la que ahora «le faltaba la mano derecha») y unos cuantos libros. Los «preciosos muebles» habían quedado completamente destruidos, así como el piano en el que Christa practicaba cada día. Una pérdida que le afectó especialmente fue la de los «frutales, arbustos y pinos arrancados de raíz»[17] que antes habían formado el paisaje de su jardín. Pero al menos ellas estaban vivas. Sin embargo, en abril de 1945, el estrés llegó a ser casi insoportable para Christa.

Ella y su madre habían encontrado un nuevo alojamiento: un apartamento de dos habitaciones en Dahlem, un barrio rico al sudoeste de la ciudad, aunque en aquel momento ya quedaban pocas comodidades que disfrutar. Al bajar corriendo al sótano durante un bombardeo, Christa había tropezado y se había lesionado gravemente el pie, pero no había posibilidad de recibir atención médica. Además, las raciones eran ya tan escasas que el hambre era casi lo único que ocupaba la mente cada día: unos gramos de carne, pan de centeno, mantequilla. No había leche. En cuanto a verduras, había algunas zanahorias y remolachas, aunque lo más deseado eran las patatas, que parecían haber desaparecido. Otra dificultad era que, incluso cuando podía conseguirse comida, apenas había gas para cocinarla; los suministros eran lastimosamente escasos casi todo el tiempo. El de la electricidad era ya intermitente; cuatro o cinco horas al día. Las noches solían pasarse a la luz de las fantasmales velas, hasta que las sirenas volvían a dar comienzo a la carrera hacia el refugio del sótano.

El momento de principios de abril que le pareció a Christa condensar toda su impotencia llegó una tarde en la que, tras la jornada escolar —los profesores seguían intentando mantener al menos una apariencia de normalidad en edificios fríos y poco iluminados— fue a coger las raciones de su familia. Al llegar a la tienda se dio cuenta de que, sin saber cómo, había perdido las cartillas de racionamiento familiar. Desconsolada, volvió corriendo a casa a contarlo. Su madre, recuerda, trató de confortarla.

Para su alivio, sin embargo, descubrió que en aquel despiadado mundo aún quedaban pequeños destellos de bondad: un desconocido se había encontrado las cartillas y las había metido en el buzón de su casa (aunque faltaban algunas hojas —«¡la recompensa del que encuentra!», escribió con tristeza). Al día siguiente, Christa pudo adquirir lo que, en comparación con las cartillas perdidas, parecía una gran cantidad de pan y carne. Este fue uno de los momentos de algo parecido a la normalidad. El único mundo que había conocido estaba a punto de dar un vuelco.

Otros niños habían visto sus certezas violentamente desbaratadas incluso antes. Gerhard Rietdorff era un muchacho de «doce años y medio»[18] en 1943, cuando, tras ser evacuado al campo, su familia lo trajo de nuevo a Berlín, donde se habían mudado a un apartamento justo al lado de la «muy muy animada Alexanderplatz». Le matricularon en una escuela mixta cerca de la cual quedó fulminantemente enamorado de «los dulces y brillantes ojos de una niña con trenzas rubias» llamada Eveline.[19] Fue un flechazo mutuo, inocente, sincero y tímido en palabras; «las puntas de los dedos se rozaron accidentalmente sobre la mesa» y Rietdorff se quedaba «paralizado de felicidad» cuando oía su voz. Un día, mientras volvían a casa, Eveline hizo una señal a Rietdorff para entrar en el jardín lleno de maleza de la iglesia de Marienkirche, donde un rápido beso les embriagó de euforia. Ella salió corriendo diciéndole: «¡Hasta mañana, cariño!». Aquella noche hubo un bombardeo infernal; la escuela y muchas de las calles de alrededor se llenaron de escombros. Rietdorff recordaba: «Nunca volví a ver a Eveline».[20] En 1945, innumerables niños de Berlín estaban teniendo que enfrentarse a la perspectiva de sus propias y devastadoras pérdidas. Por esta razón, para algunos berlineses tomar las armas pudo representar una forma de escape e incluso de liberación.

Con las fuerzas regulares de la Wehrmacht en posiciones defensivas por todo el campo de los alrededores, las calles de Berlín se encontraban en parte en manos de los hombres de las SS, cada vez más desquiciados y decididos a cazar «traidores», y en parte en las de los de la Volkssturm, de edad más avanzada, quienes, pese a sus gafas y al aspecto andrajoso y descabalado de sus uniformes, podían al menos jactarse de la solemnidad de su experiencia. Se trataba de individuos que habían vivido situaciones de violencia tremenda, cataclísmica, muchos años atrás. La Volkssturm no se constituyó hasta unos meses antes del otoño de 1944. No fue un acto de desesperación; más bien, los lugartenientes de Hitler Martin Bormann y Heinrich Himmler pensaron que estos hombres podían aportar un fervor y un entusiasmo que se traduciría en una radicalización de toda la población civil. Hubo un tiempo —tras el célebre intento de asesinato de Hitler en 1944— en que el alto mando nazi había tenido a los veteranos de la Volkssturm en mejor consideración y bajo menos sospecha que a algunos integrantes del cuerpo de oficiales regulares. La Volkssturm sería dirigida no por los militares, sino directamente por el partido, e impulsada no por la lógica militar, sino por las aplastantes y apocalípticas certezas de la ideología nazi.

Cierto es que en los albores del movimiento había habido escenificaciones y discursos impactantes cuando estos hombres ya maduros, que en su día a día habían sido empleados o directivos con traje y sombrero, fueron reclutados y desfilaron por Berlín con sus gabanes verde musgo y sus brazaletes de la Volkssturm. Pero también hubo cierta renuencia. En primer lugar, algunos de estos hombres no querían utilizar los uniformes pardos que correspondían más al estatus nazi que al de la Wehrmacht. Y había otro motivo de escisión: los más mayores que, años atrás, en la Primera Guerra Mundial, habían pertenecido a la clase de oficiales eran claramente conscientes de las deficiencias militares de la maquinaria del partido nazi, de su incompetencia y sus armas defectuosas, y querían que fuera el ejército regular el que les proporcionara un equipamiento que de verdad funcionara y una instrucción realmente eficaz.

El movimiento tenía como objetivo reclutar a todos los civiles varones de entre dieciséis y sesenta años; una cifra equivalente a unos doce millones de hombres en toda Alemania. Para abril de 1945, los parámetros se habían ampliado aún más, desde los trece a los setenta años. Naturalmente, los nazis sabían que la Volkssturm no podía constituir una fuerza de combate plenamente operativa, pero esperaban que pudiera servir para obstaculizar al enemigo de manera más indirecta: hostigar a los invasores, aumentar las bajas, debilitar la moral, hasta que, tras una larga guerra de desgaste y con las fuerzas estadounidenses y británicas agotadas, fuera posible influir en el final del conflicto y los términos de paz sin llegar a una completa capitulación alemana. La actitud hacia los soviéticos era distinta: el existenzkampf, literalmente, la lucha por la propia vida y el alma del país. Así pues, la Volkssturm tenía que entregarse a una «lucha sin cuartel en cualquier lugar de Alemania donde el enemigo quiera poner el pie».[21]

Para estos empleados administrativos, el entrenamiento físico en sí —cada tarde al salir de trabajar y los domingos durante varias horas— era agotador; pero a menudo resultaban aún más agotadores los mítines pararreligiosos en los que los oradores nazis describían el mundo en términos de sangre y muerte, tierra y honor, exterminio y supervivencia. También había exhibiciones de inspiración medievalista: la Volkssturm tenía que jurar profesar altos ideales de caballería y gentileza hacia las mujeres. Y, detrás de todo ello, estaban las ardientes evocaciones de la traición de Versalles. «¡Nunca más un 1918!», proclamaba la propaganda del doctor Goebbels. «¡Podrán romper nuestros muros, pero jamás nuestros corazones!».[22] En abril de 1945, el tono efervescente de esta retórica altisonante ya estaba perdiendo su poder: es posible que a muchos varones berlineses de cierta edad, que ya habían vivido tantos horrores, nunca les hubiera sonado especialmente auténtica. También había otros, más cautos, que simplemente no querían tener nada que ver con ella. El padre del escritor checo Peter Demetz vivía en el Berlín fragmentado en la primavera de 1945 y sabía que no faltaba mucho para que le obligaran a entrar en la Volkssturm. Su plan para evitarlo —dado que no se hacía ilusiones sobre las fuerzas que se iban aproximando a la ciudad— era encantadoramente simple: esperar a la total oscuridad del apagón, encontrar el cráter profundo de alguna bomba, y «caerse» dentro, a fin de quedar exento de cualquier obligación.[23] Lo cierto es que encontró el cráter, pero cuando se dejó caer dentro ya era demasiado tarde para darse cuenta de que era mucho más profundo de lo que él creía. Su cuerpo aterrizó sobre un revoltijo de ladrillos y consiguió romperse no solo una pierna, sino las dos. De este modo, quedó claramente excusado de prestar servicio activo.

Los nazis tuvieron la perspicacia de darse cuenta de que la población tenía una actitud de aceptación serena —e incluso positiva— ante la idea de una entrada triunfal de las fuerzas estadounidenses y británicas. Culturalmente, el porqué no era difícil de adivinar: justo antes de que estallara la guerra, una de las novelas más vendidas en Berlín era La ciudadela, del autor británico A. J. Cronin, ambientada en las comunidades mineras del sur de Gales, cuyo argumento trataba de médicos idealistas y socialmente sensibilizados, y desigualdades de clase. Otra había sido la espectacular epopeya de Margaret Mitchell sobre la guerra civil estadounidense, Lo que el viento se llevó. Eran muchos los berlineses que, en las últimas etapas de la guerra, no podían resistirse a sintonizar en sus radios la absolutamente prohibida BBC. Ni siquiera todos los implacables bombardeos habían logrado destruir del todo aquella creencia en la decencia aliada.

Los nazis eran plenamente conscientes de que esto era así, y una de las lecciones de la propaganda que con más énfasis se narraba en los mítines de la Volkssturm era sobre los supuestos planes que los soldados norteamericanos tenían para las mujeres alemanas, con especial atención a los soldados norteamericanos negros: obviamente, los nazis no tenían ningún problema en recurrir a una de las más antiguas y burdas calumnias raciales cuando relataban a los veteranos alemanes las intenciones de los invasores. También se subrayaba que lo que querían los estadounidenses y los británicos no era solo derrotar a Alemania, sino borrar su cultura del mapa: hacer desaparecer la pura esencia de lo germano. Fue por entonces cuando otros berlineses comenzaron a oír rumores de que los aliados iban a obligar a una sumisa Alemania a convertirse en una sociedad enteramente agrícola (se trataba de un eco derivado de las recomendaciones reales del Plan Morgenthau de 1944, una propuesta norteamericana para destruir la capacidad de Alemania de librar futuras guerras, liquidando casi toda su industria pesada), despojando a la sofisticada ciudad no solo de su arte, sino de su innovadora tecnología. Entre los aliados, había habido quienes —en particular, el jefe del mando de bombarderos británico, sir Arthur Harris— no habrían estado en desacuerdo con este objetivo.

A principios de abril de 1945, los baqueteados hombres de la Volkssturm ya eran del todo capaces de darse cuenta —simplemente a partir del escaso y viejo armamento que les proporcionaban— de que su resistencia sería de una inutilidad nihilista. Algunos de los rifles que les repartían eran verdaderas antigüedades que se remontaban a la Comuna de París de 1871. Otros estaban en lamentables condiciones, al haber sido incautados a prisioneros franceses y de otras nacionalidades. Los soldados de la Wehrmacht que andaban de paso por la ciudad o estaban allí destinados trataban de encontrar tiempo para estos combatientes amateur. Hombres que todavía vestían sus trajes de oficina, cuya condición de Volkssturm solo se evidenciaba por el uso de un brazalete, eran instruidos en las técnicas específicas para la carga y uso del nuevo armamento. En cuanto a los niños que se hallaban entre ellos, se les enseñaba a utilizar unos rifles cuyo tamaño era excesivo incluso para los más mayores. Algunas lecciones eran todavía más execrables: a los grupos locales de la Volkssturm se unirían oficiales de las SS, en un estado de extrema agitación, como avispas encerradas dentro de un bote. Su función era instruir a los chicos en otra forma muy distinta de luchar en la guerra, como el bombardeo suicida de tanques soviéticos. El llamamiento al sacrificio ritual de las Juventudes Hitlerianas se hacía sin ningún reparo. Muchos hombres de las SS, años atrás, habían estado sentados en torno a aquellas fogatas en el bosque, escuchando historias de sangriento heroísmo, con los ojos como platos.

Aquella primavera, la histeria de los nazis también se puso de manifiesto con la llegada de las unidades Werwolf;[*] estos «hombres lobo» iban a constituir el último bastión de la resistencia a las tropas aliadas que se estaban aproximando a toda velocidad: una fuerza de guerrilla formada por terroristas estrictamente organizados y dispuestos a atacar mediante el sabotaje y el combate casa por casa. Su función era demostrar que el régimen nazi nunca se dejaría doblegar. Una de las figuras arrastradas por esta peculiar espiral fue Oswald Mathias Ungers, que más adelante adquiriría cierta fama como innovador arquitecto. Nacido en 1926, de niño había mostrado una gran fascinación por los aviones y una aptitud todavía mayor para las matemáticas. En 1942, con dieciséis años de edad, se vio empujado a la guerra por el servicio de trabajadores del Gobierno. Al principio estuvo destinado en los equipos de construcción de aeropuertos; su arma era una pala. Intentó ser piloto, pero suspendió el examen médico y fue reclutado para el servicio de inteligencia de señales de la Luftwaffe; a medida que el conflicto iba empeorando, él fue entrando cada vez más en el núcleo de la espiral. «Creí que cualquier decisión que tomara estaría siempre mal, que no sería la correcta en ninguna circunstancia, y que por tanto era mejor dejarme llevar», contaría más adelante a sus entrevistadores de una revista especializada en arquitectura. «Dondequiera que me mandaran, yo iba como un valiente soldado».[24] En 1945, tenía diecinueve años: «Al final, por muy extraño que parezca, acabé en el Werwolf. Todavía quedaban algunos fanáticos que creían que podrían cambiar el resultado de la guerra. Nos destinaron a un escuadrón y nos escondimos en la oscuridad del bosque».[25] Su entusiasmo no duró mucho; al poco tiempo se dispuso a dejarse capturar por los estadounidenses.

En aquellos primeros días de abril de 1945 es posible que aún quedaran unos pocos berlineses obstinados en creer en que pronto se obraría un milagro y el régimen respondería al golpe con una fuerza devastadora que dejaría a sus enemigos noqueados. Aunque en opinión de Christa Ronke esta idea y los que creían en ella provocaban la burla de sus vecinos más experimentados; y esto, pese a los intentos de las SS por aterrorizar a barrios enteros con ejecuciones públicas en la horca de los «traidores», «desertores» y «cobardes».[26] Como ella recordaría más adelante:

Estado de ánimo de la gente: la lucha es una locura. Todos expresan en voz alta que el Gobierno debería darla por terminada de una vez. No tiene sentido seguir luchando. La guerra está perdida. Por qué tantas víctimas innecesarias ahora, ¡militares y civiles! Muchos escuchan emisoras del enemigo, yo entre ellos. Por supuesto, los nazis siguen hablando de victoria. Nosotros esperamos que los norteamericanos lleguen a Berlín antes que los rusos. Goebbels y los periódicos creen que los rusos cometerán asesinatos y violaciones. Las emisoras del enemigo dicen lo contrario. No sabe una qué creer. El tema de la comida empeora día a día; tenemos hambre y, como no se labren los campos, las cosas irán aún peor.[27]

No había ninguna duda de que los hombres que patrullaban aquellas calles en ruinas sabían perfectamente hasta qué punto las cosas iban a ir peor. Desde los ennegrecidos edificios de pisos vacíos, y las iglesias quemadas, hasta los en su día glamurosos grandes almacenes, ahora convertidos en intimidantes moles carentes de iluminación que guardaban, según se rumoreaba, artículos de lujo para las élites; la ciudad que los más viejos del lugar habían conocido —aquella en la que habían nacido, cuando Berlín y Alemania todavía eran gobernados por una casa real y un emperador que se daba aires de grandeza— estaba siendo desmantelada ante sus ojos. Si resultaba imposible tratar de imaginar la ciudad que sería en el futuro, también lo era evocar las resplandecientes calles del pasado. Pero los hombres de más edad de la Volkssturm llevaban largo tiempo acostumbrados a ver aquellas calles trastocadas por la anarquía.