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Fue su primo Freddie quien lo metió en el golpe una calurosa noche de principios de junio. Ray Carney estaba de ronda por la ciudad; de acá para allá, el downtown, el uptown. Que no se detenga la máquina. La primera parada fue en Radio Row, para descargar los tres últimos aparatos de radio, dos RCA y un Magnavox, y recoger el televisor que había dejado. Las radios ya no las tocaba, en un año y medio no había vendido ninguna por más que las tuviera marcadas a precio de regalo. Ahora ocupaban un espacio en el sótano que necesitaba para los sillones reclinables que Argent le iba a enviar la semana siguiente y lo que pillara por la tarde en el piso de la señora que había muerto. Las radios eran el no va más hacía tres años; ahora unas mantas acolchadas cubrían sus lustrosos muebles de caoba, atados con correas a la caja del vehículo. La camioneta iba dando tumbos por el infame pavimento de la autopista del West Side.

Precisamente el Tribune de aquella mañana traía otro ar­tícu­lo sobre los planes municipales de demoler la autopista elevada. Estrecha y no muy bien empedrada, la carretera fue una chapuza desde el primer momento. En un día bueno los atascos eran continuos, una agria discusión de tacos y bocinazos, y cuando llovía los baches se transformaban en lagunas traicioneras, un desagradable chapoteo. La semana anterior un cliente había entrado en la tienda con la cabeza vendada como una momia, culpa de un cacho de balaustrada que se había desprendido de la maldita carretera elevada mientras él pasaba por debajo. El hombre comentó que iba a poner una demanda. Carney le dijo: «Tiene usted todo el derecho del mundo». A la altura de la calle Veintitrés las ruedas de la camioneta pillaron un cráter. Carney temió que una de las RCA saliera volando y cayera al Hudson, pero finalmente respiró aliviado cuando pudo desviarse por Duane Street sin más incidencias.

El contacto de Carney en Radio Row estaba en Cortlandt, a la altura de Greenwich, en pleno meollo. Encontró sitio frente a Samuel’s Amazing Radio —REPARAMOS TODAS LAS MARCAS— y fue a comprobar que Aronowitz estuviera dentro. El año anterior, en dos ocasiones, había hecho todo el trayecto para luego encontrar la tienda cerrada en horario de trabajo.

Tiempo atrás, pasear por delante de los atestados escaparates era como ir moviendo el dial de una radio: de una tienda salía jazz a todo volumen por unos altavoces de bocina; de la siguiente sinfonías alemanas; de la de más allá ragtime… S & S Electronics, Landy’s Top Notch, Steinway the Radio King. Pero ahora era más probable oír rock and roll —un intento desesperado de atraer a los adolescentes— y que los escaparates estuvieran repletos de aparatos de televisión, las últimas maravillas de DuMont, Motorola y demás. Consolas de madera clara, elegantes diseños portátiles —el último grito— y combinados 3 en 1 de alta fidelidad: tubo de rayos catódicos, sintonizador y giradiscos en un mismo mueble, una idea brillante. Lo que no había cambiado era el serpenteante itinerario de Carney por los contenedores y cubos llenos de válvulas de vacío, transformadores y condensadores que atraían a los «manitas» de toda el área metropolitana de Nueva York. Cualquier pieza que necesites, todas las marcas, todos los modelos, y a precio razonable.

Había un agujero en el aire allí donde antes pasaba el ferrocarril elevado de la Novena Avenida. Aquella cosa desapareció. Cuando era pequeño, su padre le había llevado a verlo un par de veces durante uno de sus misteriosos recados. En ocasiones a Carney le parecía oír el estruendo del tren bajo la música y el bullicio del regateo callejero.

Aronowitz estaba encorvado sobre el mostrador de cristal con una lupa incrustada en un ojo, hurgando en uno de sus cacharros.

—Hola, señor Carney —dijo. Y tosió.

Eran pocos los blancos que le llamaban «señor». Al menos en el downtown. La primera vez que Carney fue a Radio Row, los dependientes blancos fingieron no reparar en él y atendieron a unos radioaficionados que habían entrado después. Carney carraspeó, agitó una mano, pero continuó siendo un fantasma negro, acumulando tienda tras tienda las humillaciones de rigor, hasta que subió los escalones de hierro que conducían a Aronowitz e Hijos y el dueño le preguntó: «¿En qué puedo servirle, señor?». En qué puedo servirle como diciendo: ¿En qué puedo servirle? No en plan: ¿Tú qué pintas aquí? Ray Carney, incluso a esa edad, ya sabía distinguir esos matices.

Aquel primer día, Carney le dijo que tenía una radio para reparar; llevaba un tiempo buscándose la vida con aparatos poco usados. Aronowitz no le dejó acabar cuando Carney intentó explicarle el problema y se puso a desatornillar la carcasa. En posteriores visitas Carney no malgastaba saliva y se limitaba a dejar los aparatos delante del maestro para que este hiciera lo que creyese conveniente. La rutina era más o menos esta: cansinos gruñidos y suspiros mientras inspeccionaba el aparato a reparar, hurgando aquí y allá con utensilios metálicos. Con su Diagnometer verificaba fusibles y resistencias; calibraba el voltaje; rebuscaba en las bandejas sin etiquetar de sus archivadores metálicos, que ocupaban buena parte de las paredes de la lúgubre tienda. Si el problema era gordo, Aronowitz giraba en su silla y salía disparado hacia el taller que había en la trastienda, sin dejar de gruñir. A Carney le hacía pensar en esas ardillas del parque que van corriendo como posesas en busca de algo que roer. Puede que las otras ardillas de Radio Row entendieran semejante comportamiento, pero para un profano como Carney era locura animal y nada más.

Muchas veces Carney salía a comprarse un bocadillo de jamón y queso para que el hombre pudiera trabajar en paz.

Aronowitz no fallaba nunca: arreglaba lo que fuera, encontraba la pieza. Eso sí, la nueva tecnología lo desconcertaba, y por regla general hacía que Carney volviera al día siguiente a por un televisor, o bien a la semana siguiente tan pronto llega­ba el nuevo tubo catódico o la nueva válvula. Porque el viejo no quería pasar la vergüenza de recurrir personalmente a un competidor. Esa fue la razón de que Carney apareciese por allí aquel día. Le había llevado el Philco de veintiuna pulgadas la semana anterior. Con un poco de suerte, el viejo le quitaría las radios de las manos.

Carney entró en la tienda una de las enormes RCA y fue a buscar la otra.

—Le diría al chico que le echara una mano, pero tuve que reducirle el horario —dijo Aronowitz.

Que Carney supiese, el chico, Jacob, un huraño quinceañero picado de viruelas que vivía en una de aquellas colonias obreras de Ludlow Street, no trabajaba allí desde hacía más de un año. El «e Hijos» del rótulo no había surgido de aspiración alguna —hacía tiempo que la mujer de Aronowitz vivía en casa de su hermana en Jersey—, pero el estilo presuntuoso y fanfarrón era una constante en todos los comercios de Radio Row: Lo Mejor de la Ciudad, La Casa del Chollo, No Nos Gana Nadie. Décadas atrás, el boom de la electrónica había convertido el barrio en escenario de la ambición para todo inmigrante. Abres un chiringuito, sueltas tu rollo y adiós a la chabola. Si la cosa va bien, inauguras un segundo local, amplías el negocio a la tienda de al lado que no chuta. Delegas el negocio en tus hijos y vives como jubilado en una de esas nuevas casas residenciales de Long Island. Si la cosa va bien…

Para Carney, lo que tenía que hacer Aronowitz era pasar de lo de Hijos y poner algo más moderno: Atomic TV & Radio, o Electrónica a Reacción. Pero eso supondría un revés en la relación que mantenían, puesto que aquí quien daba los consejos era Aronowitz, de empresario a empresario, y generalmente en la onda «Médico, cúrate a ti mismo». Carney no necesitaba que el viejo le explicara cómo llevar la contabilidad ni dónde colocar la mercancía. Su título en administración de empresas del Queens College colgaba en la pared de su despacho junto a una foto firmada de Lena Horne.

Carney llevó las tres radios al interior de la tienda. El ajetreo de gente en la acera de Radio Row ya no era el mismo de antes.

—No, no están estropeadas —dijo Carney mientras Aronowitz desplegaba sus instrumentos. Los tenía envueltos en una funda de fieltro verde con ranuras—. Pero he pensado que quizá le gustaría tenerlas.

—Entonces ¿no les pasa nada? —Como si el hecho de que algo funcionara bien fuera la cosa más extraña del mundo.

—Tenía que pasar por aquí a recoger la tele, y he pensado que igual le interesarían. —Por una parte, ¿qué interés podía tener alguien como Aronowitz en una radio? Pero, por otra, todo hombre de negocios tenía alguna actividad suplementaria. Carney sabía que era así en el caso del viejo—. Si las desmonta, siempre puede aprovechar las piezas…

Aronowitz dejó caer los hombros antes de responder.

—¿Piezas? Está claro que no voy sobrado de clientes, señor Carney, pero piezas tengo para dar y vender.

—Yo soy cliente suyo, Aronowitz.

—Cierto, señor Carney. Y es un cliente de confianza. —Preguntó por la mujer y la hija de Carney. ¿La señora estaba embarazada? Enhorabuena. Se pasó el pulgar por sus tirantes negros y reflexionó. El polvo bailoteaba en la luz—. Conozco a un tipo en Camden —dijo—, especialista en radios. Le gustan las RCA. Quizá le interesen, o quizá no. Déjelas aquí y la próxima vez que venga le diré cómo ha ido la cosa. —Quedaba el asunto de la Magnavox. Mueble de caoba, woofer de dieciocho pulgadas, cambiador automático Collaro. Tres años atrás era lo mejor de lo mejor—. Déjela aquí también y ya veremos.

El viejo siempre había tenido una expresión mustia, con aquellos carrillos colgantes y los lóbulos de las orejas y los párpados flácidos, sin contar con su maltrecha postura. Como si los aparatos lo hubieran ido absorbiendo, de tantas horas encorvado sobre ellos. Y en las últimas semanas el tirón hacia abajo había ido a más, como si se rindiera a los hechos; la mercancía ya no era la misma, la clientela se había transformado por completo, y aspirar a algo no tenía tanto sentido como decían. Pero en aquellos días de su declive, Aronowitz sabía cómo entretenerse.

—Ya tengo su televisor —dijo, y tosió en un pañuelo amarillo descolorido. Carney lo siguió hacia el taller.

El nombre de la tienda —escuetas letras doradas pintadas en el escaparate— prometía una cosa, la dejadez del establecimiento prometía otra, pero el cuarto donde estaban ahora irradiaba algo más, algo que era por completo espiritual. La atmósfera era diferente, turbia y sin embargo reverencial, el bullicio de Radio Row un murmullo lejano. Tubos catódicos de varios tamaños, receptores de radio desmontados, tripas de aparatos diversos ocupaban los desordenados anaqueles metálicos. En mitad de la estancia, la mesa de trabajo dejaba ver un espacio libre iluminado por un foco, allí donde la madera vieja aguardaba al próximo paciente, y alrededor de dicho espacio herramientas e instrumentos de medir pulcramente dispuestos. Cincuenta años atrás la mayor parte de lo que había en el taller ni siquiera existía, no era sino un vislumbre en la imaginación de un inventor… y de un día para otro había estancias iguales que esta donde hombres como Aronowitz guardaban los secretos.

Hasta que llegara el siguiente invento.

Había un catre plegable del ejército donde antes estaba el escritorio del chico, y encima del mismo una manta de cuadros escoceses que dibujaba una S. ¿Habría dormido allí? Mientras Aronowitz le precedía, Carney reparó en que estaba más delgado aún que la última vez. Se le ocurrió preguntarle por su salud, pero no lo hizo.

Aronowitz tenía todo un polvoriento muestrario de radios a transistores junto a la puerta que daba a la calle, pero en la trastienda estaba todo muy revuelto. La Philco 4242 yacía en el suelo. Freddie la había transportado hasta la tienda de Carney en una desvencijada plataforma rodante, jurando que su estado era impecable. A veces Carney se sentía obligado a sacarle la verdad a su primo con calzador, mientras que otras la menor sombra de desconfianza le causaba vergüenza, hasta tal punto le quería. Al enchufar el televisor y ponerlo en marcha, le había sorprendido un punto blanco en el centro de la pantalla y un molesto zumbido. No quiso preguntarle a Freddie de dónde había sacado la tele. Jamás le preguntaba. Si Carney ajustaba el precio, los televisores desaparecían rápido de la sección de aparatos poco usados.

—Todavía por estrenar —dijo Carney.

—¿Qué? Ah, esos.

Junto a la puerta del lavabo había cuatro televisores Silvertone, uno encima de otro, muebles Lowboy de madera clara, todos los canales. El fabricante era Sears, y los clientes de Carney veneraban Sears desde que eran niños, cuando sus padres compraban por catálogo puesto que los blancos, en las poblaciones sureñas donde vivían, se negaban a vendérselos o subían el precio por la cara.

—Los trajo ayer un hombre —dijo Aronowitz—. Por lo visto se cayeron de un camión.

—Pues las cajas parecen intactas.

—Sería una caída muy leve, digo yo.

Ciento ochenta y nueve dólares venta al público, digamos veinte más con la tasa Harlem por ser tienda de blancos; cobrar de más no era una práctica limitada al sur de la línea Mason-Dixon.

—Tengo un cliente interesado al que quizá podría venderle uno —dijo Carney. Ciento cincuenta y a plazos, y seguro que les salían patas y desfilaban entonando el himno nacional.

—Puedo desprenderme de dos. Añadiré la reparación del Philco. Solo tenía un cable suelto.

Cerraron un trato por los televisores. Al salir, Aronowitz le dijo:

—¿Me ayuda a llevar sus radios al taller? La tienda me gusta tenerla siempre presentable.

Ya en la parte alta de la ciudad, Carney optó por tomar la Novena Avenida; no se fiaba de la autopista, con sus televisores nuevos. Tres radios menos, tres teles más: no estaba mal para empezar el día. Le dijo a Rusty que descargara los televisores y fue en la camioneta hasta la calle Ciento cuarenta y uno, donde vivía la señora que había muerto. Almorzó dos perritos calientes y café en Chock Full o’Nuts.

El 3461 de Broadway tenía el ascensor averiado. El letrero llevaba allí bastante tiempo. Carney contó los peldaños hasta el cuarto piso. Si compraba algo y tenía que llevarlo a la camioneta, quería saber cuántos peldaños maldecir mientras lo bajaba. En el segundo piso alguien estaba cociendo pies de cerdo y en el tercero calcetines viejos, a juzgar por el pestazo. Esto tenía pinta de ser un viaje en balde.

La puerta del 4G arañó el suelo cuando la hija, Ruby Brown, le abrió. El piso se había aposentado.

—Raymond —dijo ella.

Él no consiguió ubicarla.

—Estudiamos los dos en Carver, yo iba unos cursos más atrás.

Él asintió como si lo recordara.

—Te acompaño en el sentimiento —dijo.

Ella le dio las gracias y bajó un momento la vista.

—Vine para ocuparme de todo y Timmy James me dijo que te llamara.

Ese tampoco sabía quién era. Cuando consiguió la camioneta y empezó a prestársela a gente y después a comprar muebles, conocía a todo el mundo. Ahora llevaba tanto tiempo en el negocio que su fama había traspasado los límites de su antiguo círculo.

Ruby encendió la luz del pasillo. Dejaron atrás la pequeña cocina y las dos habitaciones. Se notaba que los Brown llevaban mucho tiempo viviendo allí, las paredes daban pena. En algunos puntos asomaba el yeso. Un viaje en balde. Por regla general, cuando le llamaban por muebles, la gente se hacía ideas extrañas sobre lo que Carney podía estar buscando. Como si fuera a llevarse cualquier trasto, el viejo sofá con muelles asomando obscenamente, la butaca reclinable de brazos impregnados de sudor. Pero él no era el trapero. Las cosas buenas, cuando las había, merecían la pena, pero siguiendo pistas falsas perdía mucho tiempo. Si Rusty tuviera dos dedos de frente, o un poco de buen gusto, Carney podría encargarle misiones como aquella, pero su ayudante no tenía ni sensatez ni buen gusto. Era capaz de volver con algo parecido a unos mapaches anidados entre el relleno de crin de caballo.

Esta vez Carney se equivocaba. La luminosa habitación delantera daba sobre Broadway y el sonido de una ambulancia se coló por la ventana. La cocina económica situada en un rincón era de los años treinta y estaba desportillada y descolorida, y la vieja alfombra con forma oval había sido objeto de un tráfico incesante, pero el sofá y el sillón estaban como salidos de fábrica. Marca Heywood-Wakefield, con ese acabado color champán ahora tan en boga. Y protegidos por fundas de plástico transparentes.

—Ahora vivo en el D.C. —dijo Ruby—. Trabajo en un hospital, pero llevaba años diciéndole a mi madre que se deshiciera del sofá, de lo viejo que estaba. Y hace dos meses le compré este conjunto.

—¿En el D.C.? —dijo Carney. Abrió la cremallera de la funda.

—Se está bien allí. Hay menos… ya me entiendes. —Hizo un gesto señalando hacia el caos de Broadway.

—Claro. —Carney pasó la mano por el terciopelo verde: estaba inmaculado—. ¿De la tienda del señor Harold? —La chica no le había comprado el sofá a él y en Blumstein’s no tenían ese modelo, así que tenía que ser de Harold.

—Sí.

—Está visto que los cuidó muy bien.

Terminado el trabajo, Raymond le echó una nueva ojeada a Ruby. Llevaba un vestido gris y era toda ella curvas, rolliza. Cansancio en los ojos. Ahora llevaba el pelo rizado a la italiana, y fue entonces cuando le vino la imagen a la cabeza: Ruby Brown de adolescente, piernas como palillos, dos largas coletas y una blusa azul claro con cuello Peter Pan. Entonces salía con una pandilla de compañeras muy aplicadas. Padres estrictos, esa clase de chica.

—Sí. El instituto Carver —dijo. Pensó si habrían enterrado ya a Hazel Brown y qué se sentiría asistiendo al funeral del padre o la madre de uno, qué cara había que poner en tales circunstancias. Los recuerdos que acudían a la mente, una menudencia o algo muy gordo, qué hacía uno con las manos. Sus padres habían muerto y él no había vivido esa experiencia, de ahí que se lo preguntara—. Te acompaño en el sentimiento —volvió a decir.

—El año pasado el médico le dijo que tenía un problema de corazón.

Él estaba en último curso cuando ella hacía segundo. Once años ya, 1948, cuando él trataba de controlar un poco la situación. Hacerse a sí mismo unos remiendos para parecer presentable. Como nadie se prestó a echar un cable, tuvo que apañarse solo. Aprender a cocinar, pagar las facturas cuando llegaba el último aviso, soltar el rollo cuando aparecía el casero.

Había una banda de chavales que siempre se metían con él, compañeros de clase de Ruby. Los tíos duros de su propia edad lo dejaban en paz, le conocían de antes y además habían jugado juntos, no así Oliver Handy y su pandilla, que eran pura calle, salvajes. Oliver Handy (que había perdido dos dientes delanteros años atrás) no le dejaba en paz, siempre buscaba camorra.

Oliver y su camarilla se burlaban de las manchas que llevaba en la ropa, unas prendas que no le quedaban bien y eran por ello motivo de burla añadida; decían que apestaba como el camión de la basura. ¿Cómo era él entonces? Escuchimizado, tímido, apenas capaz de expresarse sin tartamudear. En tercero creció veinte centímetros, como si su cuerpo supiera que más le valía ponerse a la altura de sus responsabilidades de adulto. Carney en el viejo apartamento de la Ciento veintisiete, sin madre, el padre de ronda por ahí o durmiendo la curda. Cuando se iba al instituto dejaba unas habitaciones vacías, mentalizándose por el camino para lo que pudiera pasar. Pero el caso es que cuando Oliver se burlaba de él —frente a la tienda de golosinas, en la escalera de la parte posterior de la escuela—, Carney ya había aprendido por su cuenta a limpiar una mancha, a hacerse el dobladillo en el pantalón, a darse una buena ducha antes de salir para el cole. Oliver se reía del Carney anterior, el que era un desastre.

Hasta que un día le abrió la cabeza a Oliver con un trozo de tubería metálica. Tenía forma de U, como si procediera de debajo de un fregadero. Fue como si hubiera aparecido en las manos de Carney, un trozo de hierro desterrado del solar vacío en la esquina de Amsterdam con la Ciento treinta y cinco, donde lo habían acorralado. La voz de su padre: Así es como hay que tratar a quien te toca los cojones, hijo. Le fastidiaba ver a Oliver en la escuela, sacando pecho y haciéndose el chulo. Carney supo más adelante que su padre había timado al padre de Oliver en un chanchullo con neumáticos robados, y puede que de ahí viniera todo.

Fue la última vez que levantó la mano. Tal como él lo veía, vivir te enseñaba que no había que vivir como te habían enseñado a hacerlo. Cada cual venía de un lugar, pero lo importante era hacia dónde quería ir.

Ruby había decidido cambiar de ciudad y Carney había optado por el negocio de los muebles. Una familia. Aunque era lo contrario de lo que había conocido de pequeño, la idea le atraía.

Ruby y él intercambiaron chascarrillos sobre aquella época, los profesores a los que detestaban. Coincidieron en bastantes casos. La chica tenía una cara agradable, redonda, y cuando se reía él pensó que había hecho bien yéndose a vivir al D.C. Había razones de sobra para marcharse de Harlem si uno se lo podía montar.

—Tu padre trabajaba en el taller de la esquina —dijo Ruby.

Miracle Garage era donde su padre trabajaba a temporadas, cuando las cosas iban mal en lo suyo. Un empleo estable, por horas. Pat Baker, el dueño, había sido compañero de correrías de su padre antes de enderezar su vida. Bueno, enderezar más o menos; no es que todos los vehículos que había allí tuviesen los papeles en regla. El taller se había encogido, en palabras de Carney, igual que la tienda de Aronowitz. Y que este piso. Las cosas entran y salen, es como la marea.

Pat le debía un favor a su padre y por eso le daba trabajo cuando lo necesitaba. Carney respondió «Sí», esperando la continuación. Normalmente, cuando alguien sacaba a relucir a su padre era para contar alguna historia chunga. «Vi cómo dos policías se lo llevaban de Finian’s a la fuerza», o «Estaba pegando a aquel mamón con la tapa de un cubo de la basura». Y entonces él tenía que pensar en qué cara poner.

Pero ella no explicó ninguna anécdota sórdida.

—El taller cerró hace unos años —dijo Ruby.

Hicieron un trato por el sofá y el sillón a juego.

—¿Y qué te parece esta radio? —preguntó ella.

El aparato estaba junto a una pequeña librería. Encima del mismo, Hazel Brown había puesto un jarrón rojo con flores artificiales.

—De la radio tendré que pasar —respondió.

Le dio unos dólares al conserje para que le ayudara a bajar el sofá y cargarlo en la camioneta; mañana enviaría a Rusty a por el sillón. Sesenta y cuatro escalones.

Muebles Carney ya era una tienda de muebles antes de que él asumiera el contrato de arrendamiento, e incluso antes de eso. Hacía cinco años que duraba en el negocio, así que Carney había superado a Larry Early, un personaje repelente y poco dotado para la venta al por menor, y a Gabe Newman, que una noche puso pies en polvorosa dejando tras de sí un puñado de acreedores furiosos, una familia, dos novias y un perro basset. El supersticioso de turno habría dicho que el local es­taba maldito para la venta de artículos de uso doméstico. El inmueble en sí no era gran cosa, pero uno quizá podría ganarse la vida con él. Los planes y los sueños frustrados de sus predecesores sirvieron a Carney de fertilizante para sus propias ambiciones, tal como el roble caído nutre a las bellotas con su putrefacción.

El alquiler era razonable para ser la calle Ciento veinticinco, y la tienda estaba bien situada.

Rusty había encendido los dos grandes ventiladores; era junio y hacía calor. Tenía la fastidiosa costumbre de comparar el clima de Nueva York con el de su Georgia natal cuando se ponía a largar sobre aguaceros bíblicos y calores más que rigurosos. «Esto no es nada». Rusty se regía aún por un sentido provinciano del tiempo, ajeno al concepto de la prisa. Pese a no ser un vendedor nato, en los dos años que llevaba trabajando en la tienda había cultivado un tipo de carisma paleto que agradaba a un subconjunto de la clientela. Su nuevo estilo de peinado —artificialmente lacio, rojo y lustroso, cortesía de Charlie’s en Lenox Avenue— le dio un plus de seguridad en sí mismo que contribuyó a un repunte en los encargos.

Con o sin pelambrera de moda, ese lunes no había movimiento en la tienda de muebles. «Ni un alma», dijo Rusty mientras llevaban el sofá de Hazel Brown a la sección de artículos poco usados; su voz fue un lamento, cosa que enterneció a Carney. Rusty reaccionaba a la rutina de los patrones de venta como el agricultor que escruta el cielo en busca de nubarrones.

—Hace mucho calor —dijo Carney—. La gente tiene otras cosas en que pensar.

Colocaron el Heywood-Wakefield en lugar preferente. La sección de artículos poco usados ocupaba el veinte por ciento del espacio de exposición (Carney calculaba siempre al milímetro), mientras que el año anterior ocupaba solo el diez. La mercancía de segunda mano había tardado en ser rentable, una vez que Carney se fijó en que atraía a cazadores de gangas, a gente que salía a pasear en día de paga, a transeúntes que entraban a curiosear. Los artículos nuevos eran de primera calidad —Carney era vendedor autorizado de Argent y Collins-Hathaway—, pero las cosas usadas tenían gancho. Cuando te daban a elegir entre un envío desde fábrica o salir de allí ese mismo día con un sillón de orejas, era difícil sustraerse a la tentación. Carney tenía siempre muy buen género, ya fueran muebles o lámparas, aparatos electrónicos o alfombras de segunda mano.

Le gustaba pasearse por la sala de exposición antes de abrir la tienda al público. Aquella media hora de luz matutina entrando por los grandes ventanales, justo por encima del banco de la acera de enfrente. Movía un sofá para que no es­tuviera pegado a la pared, enderezaba un rótulo de GANGA, colocaba bien unos folletos de fabricante. Sus zapatos negros repicaban sobre la madera, se acallaban en la mullida zona de las alfombras, repicaban de nuevo. Carney tenía una teoría sobre los espejos y su capacidad de reflejar puntos de atención hacia diversos sectores del local; comprobó que fuera así. Luego abrió la tienda a Harlem. Aquel era su comercio, todo suyo, un reino improbable construido con uñas y dientes a golpe de ingenio y de laboriosidad. Su nombre afuera, en el rótulo, para que lo supiese todo el mundo, aunque por la noche las bombillas fundidas le dieran un aire tan solitario.

Después de comprobar que Rusty hubiera dejado los televisores en el lugar del sótano que él le había dicho, se encerró en su despacho. A Carney le gustaba mantener una apariencia profesional, vestir traje, pero ahora hacía demasiado calor. Llevaba puesta una camisa blanca de manga corta y una corbata de rayón remetida entre los botones centrales. Se la había metido por dentro para que no le estorbara cuando había acarreado las radios.

Sentado a su mesa, revisó las cifras del día: lo que había pagado por las radios años atrás, el dinero de los televisores y de los muebles de la señora Brown. La cantidad de efectivo no era para lanzar las campanas al vuelo, si el calor seguía aumentando y los clientes no acudían.

La tarde languidecía y los números no cuadraban; nunca cuadraban. Ni hoy ni ningún día. Volvió a comprobar los pagos atrasados. Más de los deseables. Llevaba un tiempo dándole vueltas y decidió que había llegado el momento: se acabó la venta a plazos. Sí, claro, a la clientela le encantaba pagar así, pero Carney no podía permitirse más atrasos. Mandar gente a cobrar le agotaba, le hacía sentirse como el mafioso que envía a un par de gorilas. Su padre había hecho algo de eso, aporrear puertas mientras asomaban cabezas aquí y allá para ver qué demonios era tanto alboroto. Incluso cumplir una amenaza de vez en cuando… Carney pensó: Hasta aquí hemos llegado. Tenía más deudores de los que deseaba y era blando a la hora de conceder prórrogas o dar segundas oportunidades. Ahora no había suficiente movimiento para ampliar negocio. Elizabeth le tranquilizaría e impediría que se sintiera mal por ello.

Y llegó casi la hora de cerrar. Mentalmente estaba ya a una manzana de su casa cuando oyó que Rusty decía: «Es uno de nuestros mejores vendedores». Carney miró por la ventana de su despacho. Los primeros clientes del día eran una pareja joven; la mujer embarazada, el marido asintiendo con gesto serio a lo que Rusty le iba diciendo. Seguro que compraban algo, aunque tal vez no fueran conscientes de ello. La esposa tomó asiento en el nuevo sofá Collins-Hathaway y se abanicó. Estaba casi a punto de caramelo. Igual le daba por parir sobre los cojines resistentes a las manchas…

—¿Le apetece un vaso de agua? —dijo Carney—. Soy el propietario, Ray Carney.

—Sí, muy amable.

—Rusty, ¿puedes traerle un vaso de agua a la señora? —Rescató su corbata de entre los botones de la camisa.

Eran el señor y la señora Williams, recién domiciliados en Lenox Avenue.

—Si ese sofá donde está descansando le suena de algo, señora Williams, es porque salió el mes pasado en El show de Donna Reed. ¿Recuerda la escena en la consulta del médico? Es una buena imitación.

Carney enumeró los atributos del modelo Melody. Silueta aerodinámica, comodidad científicamente comprobada… Rusty le dio el vaso de agua a la mujer. (Se había tomado su tiempo para que Carney pudiera llevar la conversación hacia donde le interesaba). La señora Williams bebió un poco, ladeó la cabeza y escuchó con gesto pensativo, tal vez a Carney o tal vez a la criatura que llevaba en el vientre.

—Le seré sincero, señor —dijo el marido—, hace tantísimo calor que Jane necesitaba sentarse un momento.

—Un sofá es un buen sitio para sentarse; para eso los hacen. ¿Puedo preguntarle a qué se dedica, señor Williams?

Era profesor de matemáticas en la escuela elemental de Madison Avenue, llevaba allí dos años dando clases. Carney mintió al decir que a él nunca se le habían dado bien las mates, y el señor Williams se puso a hablar de lo importante que era hacer que los críos se interesen por la asignatura a temprana edad, para que no le cojan miedo. Parecía decirlo de corrido, como si lo hubiera sacado de algún manual moderno de enseñanza. Cada cual vendía lo que podía.

La señora Williams salía de cuentas al cabo de dos semanas, primeriza. El bebé sería de junio. Carney intentó echar mano de algún dicho popular sobre los bebés nacidos en junio, pero no le salió nada.

—Mi mujer y yo esperamos el segundo para septiembre —dijo en cambio. Y era verdad. Sacó la foto de May que llevaba en la cartera—. Aquí el día de su cumpleaños.

—Mire —dijo el señor Williams—, la verdad es que de momento no vamos a poder permitirnos un sofá nuevo.

—Oh, no se preocupe por eso. Déjeme enseñarle lo que tenemos —dijo Carney.

No simular interés después de un vaso de agua sería de mala educación.

Era un poco difícil hacer un recorrido adecuado por la sala de exposición cuando una de las partes estaba jadeando en un sofá, incapaz de moverse. Y el marido, si se acercaba demasiado a la mercancía, retrocedía como si la proximidad fuera a sacarle el dinero de los bolsillos. Carney recordaba aquellos tiempos en que todo era demasiado caro y a la vez demasiado necesario, Elizabeth y él recién casados tratando de abrirse paso en la vida. Él ya tenía la tienda de muebles, la pintura fresca aún; nadie pensó que conseguiría montar aquel negocio, nadie excepto ella. Cuando al final de la jornada Elizabeth le daba ánimos y le decía que todo saldría bien, él rumiaba sobre esas extrañas cosas que ella le ofrecía: bondad, fe, artículos que no sabía en qué caja meter.

—Lo bueno de los muebles modulares es que dan vida hasta al último rincón de la estancia —dijo Carney.

Le vendió las virtudes del nuevo desmontable de Argent, virtudes en las que él creía sinceramente —el nuevo acabado en cuero y las patas ahusadas hacen que parezca como si flotara, fíjese— mientras sus pensamientos iban por otros derroteros. Estos jovencitos y sus apuros. Los actores, al menos los mejores, lo hacían a diario, pensó, recitar sus parlamentos mientras cavilaban sobre una discusión que habían tenido la noche anterior, o de pronto se acordaban de una factura pendiente porque un hombre sentado en la quinta fila se parecía mucho al del banco. Para detectar un error en la representación había que ir al teatro todas las noches; o ser otro miembro de la compañía, con tus propias cuitas y tus propios azares. Empezar de cero en esta ciudad, y sin ayuda, debe de ser difícil, estaba pensando…

—Déjeme verlo —dijo la señora Williams—. Solo quiero comprobar un momento qué sensación da.

Se había materializado como por arte de magia. Estaban los tres delante del Argent, cuyos cojines color turquesa parecían atraerlos como agua fresca en un día de mucho calor.

Había estado escuchándoles todo el tiempo, entre sorbo y sorbo. La señora Williams se quitó los zapatos y se tumbó recostada sobre el curvilíneo brazo izquierdo del sofá. Luego cerró los ojos y suspiró.

Al final acordaron una paga y señal menor de lo acostumbrado y un generoso plan de financiación. Una cosa de lo más ridícula. Carney cerró la puerta con llave cuando se marcharon una vez terminado el papeleo, no fuera a ser que se echaran atrás. El modelo Metropolitan de Argent era una muy buena inversión, con sus cojines de bouclé químicamente testado y su relleno de espuma, que cuatro de cinco encuestados habían votado como el más cómodo en una prueba a ciegas. Les duraría una eternidad, para todos los hijos que vinieran. Carney se alegró de no haber comentado con Rusty ni con Elizabeth lo de suprimir las ventas a plazos.

Rusty fichó antes de marcharse y solo quedó él en la tienda. El balance era negativo después de todo lo gastado, pero mañana sería otro día. No sabía de dónde iba a sacar el dinero para el alquiler, pero no estaban ni a mitad de mes. Nunca se sabe. Los televisores quedaban muy bonitos y la pareja era agradable y estaba bien hacer por ellos lo que nadie había hecho por él cuando era joven: echar un cable. «Puede que esté arruinado, pero aún soy honrado», se dijo a sí mismo, como solía hacer en ocasiones similares. Cuando se sentía como ahora. Cansado y un tanto desesperado, pero al mismo tiempo animoso. Apagó las luces.

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—Ah, sí, Ruby. Era muy simpática —dijo Elizabeth. Le pasó la jarra de agua—. Jugábamos juntas al voleibol.

Efectivamente, su mujer se acordaba de la hija de la señora que había fallecido, pero no tenía recuerdos del instituto del hombre con quien acabaría casándose. Carney y su esposa habían coincidido en clase de biología y de educación cívica, y un jueves que llovía él la acompañó cuatro manzanas con su paraguas, desviándose de su camino habitual.

—¿Estás seguro? —dijo Elizabeth—. Pensaba que había sido Richie Evans.

Esa reminiscencia de sus años adolescentes le dejó a él un vacío, como el que quedaba cuando Elizabeth le recortaba a May un muñeco de papel. Carney no había hallado aún una respuesta ingeniosa para cuando ella le tomaba el pelo a expensas de su más que discreto perfil de aquella época: «No es culpa mía que tú fueras tú». Ya se le ocurriría alguna.

Cenaron pollo caw caw. La receta la habían sacado de McCall’s, pero como May lo pronunciaba caw, así se quedó. Era bastante soso —por lo visto, el principal condimento era pan rallado—, pero a ellos les gustaba. Una noche Elizabeth le preguntó: «¿Y si al bebé no le gusta el pollo?», y él respondió: «A todo el mundo le gusta el pollo». Cañerías torcidas aparte, la vida les sonreía, a los tres. Era cierto que el nuevo retoño podía alterar la dinámica doméstica, pero de momento nada echaba a perder su disfrute del plato principal, servido esta vez con guarnición de arroz y judías verdes cocidas, unas tiras de beicon paliducho perdidas en la inmensidad de la cazuela.

May estrujó una judía hasta hacerla papilla. Una mitad fue a parar a su boca, la otra a su babero de lunares. Debajo de su trona, el linóleo era un mapa de manchas. May había salido a su madre, y a su abuela, con aquellos ojazos castaños de las Jones que lo absorbían todo pero no dejaban entrever más que lo que ellas decidían. Había heredado asimismo su fuerza de voluntad, una cosa terca e impenetrable. No había más que ver aquellas judías.

—Alma se ha marchado temprano, ¿no? —dijo Carney.

Como Elizabeth tenía que hacer reposo, la madre de ella iba casi todos los días a echar una mano. Cuidar de May se le daba muy bien, pero no así la cocina. Aunque la cena no había consistido en uno de los platos típicos de su mujer (algo que había puesto sobre aviso a Carney), la comida estaba rica y eso quería decir que Alma no había tenido nada que ver. La madre de Elizabeth cocinaba de la misma manera que lo hacía todo: con una saludable pizca de resentimiento. En lo culinario, eso se manifestaba en la lengua.

—Le he dicho que hoy no hacía falta que viniera —dijo Elizabeth. Un eufemismo para referirse a que Alma se entrometía demasiado y necesitaba un tiempo para serenarse después de que Elizabeth perdiera los estribos con ella.

—No habrás hecho excesos, ¿no?

—Solo he ido hasta la tienda. Tenía que salir.

Carney no pensaba armar mucho jaleo al respecto. Hacía cosa de un mes, a raíz de un desmayo, el doctor Blair le había dicho a Elizabeth que no trabajara, que estuviera de pie el mínimo posible. Su cuerpo tenía ahora otras prioridades. Estarse quieta no iba con su carácter; ella era tanto más feliz cuantas más cosas tenía que hacer. Había aguantado resignada unos meses de monotonía, pero eso la volvía loca. Y con Alma dando la tabarra continuamente, aún peor.

Carney cambió de tema y le dijo que hasta última hora no había entrado nadie en la tienda.

—Una pareja que vive en Lenox Terrace. Él comentó que le parecía que aún quedaba alguno de tres habitaciones.

—¿Cuánto?

—No lo sé, más de lo que pagamos ahora. Creo que iré a echar un vistazo.

Hacía más de dos semanas que no sacaba a relucir lo de mudarse. No pasaba nada por intentarlo de nuevo. Una de las quejas de Alma era que su apartamento era demasiado pequeño, y por una vez Carney le daba la razón a su suegra. Para ella, un piso tan pequeño era una muestra más de que su hija se había conformado con menos de lo que merecía.

Alma utilizaba la palabra «conformado» como otros menos finos utilizaban «hijoputa», a guisa de formón con el que hurgar en un determinado sentimiento. Elizabeth se había conformado con su empleo en la agencia de viajes después de todas las sutiles maniobras de sus padres, empeñados en ensalzarla, en convertirla en una honorable doctora negra, una honorable abogada negra. Y hacer reservas de hoteles y vuelos… en fin, no era lo que ellos tenían pensado para su hija.

Se había conformado con Carney, eso estaba clarísimo. Y con su familia. De tanto en tanto, Carney aún tenía que aguantar que su suegro se refiriera a él como «ese traficante de alfombras». Elizabeth había llevado a sus padres a la tienda justo el día en que Moroccan Luxury tenía que entregar una remesa. Eran una maravilla de alfombras, se las quitaban de las manos, pero los transportistas de turno iban desaliñados y resacosos —como casi siempre—, y al verlos lanzar el género por el tobogán del sótano el señor Jones masculló por lo bajo: «Pero este hombre qué es, ¿un traficante de alfombras?». Y eso conociendo perfectamente la amplia gama de artículos que Carney vendía, todo ello de excelente calidad, además. En una tienda de blancos del centro tenían lo mismo, Moroccan Luxury se vendía en todas partes. Por no hablar de: ¿y qué hay de malo en vender alfombras? Era un trabajo más honesto que estafar a los ciudadanos a golpe de impuestos, la especialidad del señor Jones, independientemente de los adornos con que él lo disfrazara.

Y su dulce Elizabeth se había conformado con un piso oscuro donde la ventana de atrás daba a un conducto de ventilación y la de delante miraba en diagonal a un tramo elevado de la línea 1. Por un extremo entraban olores raros y por el opuesto el estruendo del metro, a todas horas. Elizabeth rodeada precisamente de las cosas que ellos habían intentado evitarle toda la vida. O de las que, cuando menos, habían procurado mantenerla alejada. Striver’s Row, donde Alma y Leland Jones la habían criado, era una de las zonas más bonitas de Harlem, pero era un islote: bastaba con ir andando hasta la esquina para que sus residentes recordaran que no estaban «por encima», sino «entre».

Al metro se acostumbra uno. Carney siempre decía lo mismo.

Él discrepaba de la impresión que Alma tenía de sus vecinos, pero sí, Elizabeth —y también ellos— merecía vivir en un sitio más agradable. Esto se parecía demasiado al lugar donde él se había criado.

—No hay ninguna prisa —dijo Elizabeth.

—Así cada cual tendría su habitación.

En el piso hacía mucho calor. Durante su periodo de reposo, Elizabeth solía ir en bata todo el día, ¿y por qué no? Era uno de los pocos gustos que podía permitirse. Se había recogido el pelo en un moño, pero llevaba algunos mechones rebeldes pegados a su frente sudorosa. Cansada, la piel rubicunda bajo el castaño oscuro de sus mejillas. De pronto le vino la imagen a la cabeza, como le había ocurrido con Ruby por la mañana, y Carney pudo verla como era aquella tarde lluviosa cuando le ofreció su paraguas: los ojos oscuros, almendrados y de largas pestañas, frágil con su cárdigan rosa, las comisuras de la boca apuntando al cielo cuando hizo una de sus extrañas bromas. Ajena al efecto que ejercía en los demás. En él, incluso después de tantos años.

—¿Qué? —dijo Elizabeth.

—Nada.

—No me mires así —dijo ella—. Las chicas son de compartir. —Ya había decidido que el bebé era niña. Solía tener razón en casi todo, de ahí que fanfarroneara un poco respecto a su apuesta de doble opción.

—Quítale el caw caw y veremos hasta qué punto le gusta compartir. —A modo de demostración, Carney alargó la mano y cogió un trocito de pollo del plato de May. La niña se puso a chillar hasta que él le metió el trocito en la boca.

—Acabas de decirme que apenas ha entrado nadie en la tienda y ahora quieres mudarte. Estaremos bien aquí. Podemos esperar hasta que tengamos suficiente dinero. ¿Verdad que sí, May?

La niña sonrió, a saber por qué. Alguna jugada tendría entre ceja y ceja, menudas eran las Jones.

Cuando Elizabeth se levantó para prepararle el baño a la niña, Carney dijo:

—Salgo a caminar un rato.

—¿Se ha presentado Freddie? —Ella le había hecho ver que solo decía «salir a caminar» cuando se veía con su primo. Carney había intentado, en vano, inventarse una expresión diferente.

—Le dejó mensaje a Rusty de que quería verme.

—¿En qué anda metido?

Freddie se dejaba ver poco el pelo últimamente. A saber lo que estaría tramando ahora. Carney se encogió de hombros y se despidió de ellas con sendos besos. Cuando sacó la basura, dejó todo un reguero de puntos grasientos hasta la acera.

Carney recorrió el largo camino hasta Nightbirds. La jornada le había puesto del humor perfecto para ver el edificio.

Esta primera ola de calor del año era un ensayo general para el inminente verano. Todo el mundo un poquito oxidado pero cogiéndole el tranquillo otra vez a sus partituras y pasajes solistas de la sinfonía. En la esquina, dos polis blancos colocaban de nuevo la tapa de una boca de incendios, y no paraban de maldecir. Los críos llevaban días jugando con el chorro de agua. Las escaleras de incendios estaban cubiertas de mantas raídas. Hombres en camiseta bebían cerveza en los escalones de la entrada, bailoteando al ruido de unos transistores, los pinchadiscos parloteando entre canción y canción como amigos dando malos consejos. Cualquier cosa para demorar el momento de volver a sus cuartos recalentados, fregaderos repletos, tiras de papel atrapamoscas que ya no daban abasto, recordatorios del lugar que uno ocupaba en el escalafón social. Invisibles en las azoteas, los moradores de playas de asfalto señalaban hacia las luces de los puentes y los aviones nocturnos.

Últimamente había habido unos cuantos robos, como una señora mayor a la que golpearon en la cabeza cuando volvía del colmado, el tipo de noticia que preocupaba mucho a Elizabeth. Carney tomó una ruta bien iluminada hasta Riverside Drive. Rodeó Tiemann Place, y allí estaba. Unas semanas atrás, Carney había ido al 528 de Riverside, un edificio de seis plantas de ladrillo rojo con elegantes cornisas blancas. Halcones de piedra observando desde el tejado las figuras humanas que deambulaban a pie de calle. En esos momentos era partidario de los pisos en la cuarta planta, o más altos, después de que alguien comentara que las vistas desde allá arriba se alzaban por encima de los árboles de Riverside. Era algo que no se le había ocurrido. Así pues: ese apartamento en la cuarta planta de Riverside 528, que él se imaginaba como una agradable colmena de seis habitaciones, un comedor de verdad, dos baños. Un casero que alquilaba a familias de raza negra. Con las manos apoyadas en el alféizar, Carney contemplaría el río en noches como la de hoy, la ciudad a sus espaldas como si no existiera. Aquel gimiente y acelerado batiburrillo de personas y hormigón. O, bueno, la ciudad existía pero él le plantaba cara y la mantenía a raya a golpe de fuerza de carácter. De eso Carney sí era capaz.

Riverside, donde el siempre inquieto Manhattan descubría que por fin se agotaba, sus codiciosas manos incapaces de ir más allá del parque y del sagrado Hudson. Sí, un día él viviría en Riverside Drive, en aquel tramo tranquilo e inclinado. O quizá veinte manzanas más al norte, en uno de esos nuevos bloques de apartamentos, en un piso alto con la letra J o K. Todas esas familias que viven tras las puertas entre la suya y el ascensor, agradables o no, todos viviendo en el mismo lugar, nadie mejor o peor que nadie, estaban todos en la misma planta. O quizá más al sur, en las calles Noventa, en una de aquellas mansiones de antes de la guerra, o bien en un fortín de piedra caliza por la Ciento cinco o así, de eso que parecen sapos viejos malhumorados. Suponiendo que le tocara el gordo…

Carney hacía sus exploraciones al anochecer: estudiaba la hilera de edificios desde distintos ángulos, cambiaba de acera para mirar hacia lo alto desde el otro lado, trataba de imaginarse la vista al ponerse el sol, elegía un edificio concreto y luego un piso en concreto. El de los detalles azules en las ventanas, o el de la persiana medio bajada, con el cordel colgando como si fuera un pensamiento interrumpido. Ventanas abatibles. Y los aleros tan anchos. Se inventaba las escenas interiores: el siseo del radiador, la mancha de humedad en el techo allí donde los tíos raros del piso de arriba tenían la bañera, y el casero pasa de todo pero no importa. Es muy bonito. Él se merecía un sitio así. Hasta que se cansaba de mirar ese apartamento y, sin dejar la avenida, reanudaba su búsqueda de otro que fuera digno de su atención.

Algún día, cuando tuviera dinero…

En Nightbirds el ambiente siempre era como cinco minutos después de una bronca y que nadie te contara qué demonios había pasado. Cada cual en su rincón neutral revisando los KO y los golpes bajos y las fintas a destiempo. No sabías el motivo de la trifulca ni quién había ganado, solo que nadie quería hablar de ello; todos mirando a un lado y a otro mientras se masajean los nudillos rojos de rencor. En su apogeo, el local había sido un centro de inmundo comercio humano: rameras de tal o cual especie en una mesa, sus chulos en la de al lado, y clientes potenciales pululando entre medio. La hora de cierre una señal de que lo que allí pasaba allí se quedaba. Si volvía la cabeza, el sórdido panorama le hacía fruncir el ceño. Cerveza Rheingold de barril, neón Rheingold en las paredes en dos o tres sitios, la cervecería había hecho lo posible por ganarse a los negros. Las grietas en la tapicería de plástico rojo de las viejas banquetas estaban lo bastante tiesas y afiladas como para hacerte un corte en la piel.

Menos cutre tras el cambio de dueño, hubo de admitir Carney. La ciudad de su padre desapareciendo poco a poco. El año anterior Bert, el nuevo propietario, hizo cambiar el número del teléfono público, con lo cual echó a perder un montón de negocios turbios y turbias coartadas. En los viejos tiempos veías a hombres hechos polvo encorvados sobre el teléfono, esperando la llamada que cambiaría su suerte. Bert instaló un nuevo ventilador cenital y echó a las putas. Los proxenetas eran otra cosa porque dejaban buenas propinas. Retiró la diana de los dardos, una inescrutable renovación hasta que Bert explicó que a su tío «le habían sacado un ojo en el ejército». En su lugar colgó un retrato de Martin Luther King Jr., alrededor del cual quedó el contorno, a modo de halo, del tablero que había antes.

Algunos clientes habituales se largaron al bar más cercano, pero Bert y Freddie hicieron buenas migas enseguida. Freddie era todo un experto en evaluar las condiciones sobre el terreno y hacer los ajustes necesarios. Cuando Carney entró, su primo y el dueño estaban hablando de cómo habían ido las carreras del día.

—Ray-Ray —dijo Freddie, y le dio un abrazo.

—¿Qué tal, Freddie?

Bert saludó con un gesto de cabeza y se volvió sordo y mudo mientras fingía comprobar que hubiera whisky suficiente en la barra.

Freddie tenía muy buen aspecto, cosa que tranquilizó a Carney. Llevaba una llamativa camisa naranja con rayas azules y el pantalón negro del poco tiempo que había trabajado de camarero años atrás. Siempre había sido delgado, y cuando no se cuidaba su delgadez adquiría enseguida un aspecto enfermizo. «Mira mis dos flacuchos», solía decir tía Millie cuando volvían de jugar en la calle. Si Carney no veía a su primo, quería decir también que Freddie no paraba en casa de su madre. Aún vivía con ella en su antiguo cuarto, y tía Millie se aseguraba de que no se saltara ninguna comida.

Eran primos pero la mayoría de la gente los tomaba por hermanos, si bien tenían rasgos de carácter muy distintos. El sentido común, por ejemplo. Carney sí tenía. A Freddie el sentido común parecía que se le escapaba por un agujero en el bolsillo, nunca le duraba mucho encima. Era de sentido común, sin ir más lejos, no aceptar un trabajo que tuviera que ver con números si el patrón era Peewee Gibson. Como lo era que, en caso de aceptar un empleo semejante, más te valía no meter la pata. Pero Freddie había hecho una cosa y la otra y aún tenía cinco dedos en cada mano. La suerte compensaba sus muchas carencias.

Freddie respondió vagamente sobre lo que había estado haciendo: «Un trabajito por aquí, una parejita por allá». Para él, trabajo quería decir algún tejemaneje, y pareja era una mujer de natural confiada y con un empleo decente, además de poco perspicaz a la hora de interpretar pistas.

—¿Qué tal la tienda? —preguntó Freddie.

—Irá a mejor.

Dando tragos a sus cervezas. Freddie se puso a hablar con entusiasmo sobre el restaurante de comida negra que habían abierto en aquella misma manzana. Carney esperó a que soltara lo que tenía en mente. Fue justo cuando en la máquina de discos sonó aquella maldita canción de Dave «Baby» Cortez, con su pesado y frenético órgano. Freddie se inclinó sobre la mesa.

—Tú me has oído hablar alguna que otra vez de un tal Miami Joe, ¿no?

—¿Chanchullos tipo lotería ilegal?

—No, es uno que lleva un traje color morado. Y sombrero.

A Carney le pareció que le sonaba de algo. Aunque también era cierto que en el barrio se veía más de un traje morado.

Miami Joe, le explicó Freddie, no hacía chanchullos, lo suyo eran los atracos. La Navidad pasada asaltó un camión lleno de aspiradoras Hoover en Queens.

—Dicen que también fue él quien hizo lo de Fisher…

—No sé qué es eso.

—Forzó una caja fuerte en Gimbels —dijo Freddie, como si el otro tuviera que saberlo. Como si su primo estuviera suscrito a Criminal Gazette o algo así.

Un tanto desilusionado, Freddie continuó ensalzando al tal Miami Joe. Por lo visto tenía planeado un gran golpe y se había puesto en contacto con Freddie. Carney frunció el ceño. Un atraco a mano armada era algo de locos. En otros tiempos su primo no se metía en cosas tan gordas.

—Será dinero en metálico, y aparte un montón de joyas que habrá que colocar. Me preguntaron si sabía de alguien para eso y les dije que conocía al tío ideal.

—¿Quién?

Freddie enarcó las cejas.

Carney miró hacia donde estaba el barman. Una pieza de museo: Bert era un retrato barrigudo del mono que no oye maldades.

—¿Les diste mi nombre? —preguntó.

—En cuanto les dije que conocía a alguien, tuve que hacerlo.

—O sea que les diste mi nombre. Pero yo vendo sofás y tal, sabes perfectamente que eso no me va.

—Te llevé una tele la semana pasada y no oí ni una queja.

—Estaba muy poco usada. No había razón para quejarse.

—Y otras cosas, aparte de televisores. Nunca has preguntado de dónde salían.

—Porque no es asunto mío.

—Ni una sola vez me has preguntado, y han sido muchas veces, tío, porque sabes de dónde vienen. No te pongas en plan: «Oiga, agente, yo no sabía nada».

Planteado de esta manera, un observador imparcial podría pensar que Carney traficaba de forma muy frecuente con artículos robados, pero él no lo veía así. Entraban y salían artículos de la manera más natural, la gente compraba o vendía, las cosas iban de acá para allá, cambiando de dueño, y Ray Carney solo facilitaba ese ir y venir. Como simple intermediario. Un tío legal. Cualquiera que mirase su contabilidad llegaría a la misma conclusión. No en vano Carney se ufanaba del buen estado de sus libros de cuentas, algo que muy raras veces compartía con otros porque a nadie parecía interesarle cuando hablaba de su época de estudiante de administración de empresas y de las buenas notas que sacaba. En contabilidad, por ejemplo. Le dijo todo esto a su primo.

—Intermediario. Un perista, vaya.

—Yo vendo muebles.

—No me jodas.

Era verdad que su primo le llevaba un collar de cuando en cuando. O un reloj o dos, y de primera calidad. O unos cuantos anillos dentro de un estuche plateado con las iniciales grabadas. Como también era verdad que Carney tenía un socio en Canal Street que echaba una mano para que dichos artículos siguieran su curso. Solo de cuando en cuando. Claro que si sumaba las veces en que eso había pasado, eran más de las que él pensaba. Pero esa no era la cuestión.

—Nada como lo que me estás planteando ahora, Freddie.

—Tú no sabes lo que eres capaz de hacer, Ray-Ray. Nunca lo has probado. Y para eso me tienes a mí.

Unos encapuchados con pistolas y lo que podían conseguir con ellas, qué locura.

—Esto no es como mangar caramelos en la tienda del señor Nevins.

—Caramelos, no —dijo Freddie con una sonrisa—. Es el hotel Theresa.

Dos tipos entraron en el local armando camorra. Bert echó mano de Jack Lightning, el bate de béisbol que guardaba junto a la caja registradora.

Ya era verano en Harlem.