Este es el relato del asedio de Leningrado, el sitio de una ciudad que más muertes se ha cobrado en la historia de la humanidad. Leningrado se ubica en el noreste del Báltico, en el extremo oriental del golfo largo y poco profundo que separa las costas meridionales de Finlandia de las del norte de Rusia. Antes de la Revolución de Octubre era la capital del Imperio ruso y se llamó San Petersburgo en honor a su fundador, el zar Pedro el Grande. Tras la caída del comunismo, a comienzos de la década de 1990, recuperó su antiguo nombre, pero para los habitantes de más edad sigue siendo Leningrado, por honrar no tanto a Lenin, sino a los aproximadamente setecientos cincuenta mil civiles que murieron de hambre durante los casi novecientos días (desde septiembre de 1941 a enero de 1944) que duró el asedio perpetrado por la Alemania nazi. Otros asedios de época contemporánea —el de Madrid o el de Sarajevo— duraron más tiempo, pero las víctimas no llegaron ni a una décima parte de las que perecieron en Leningrado, donde murieron treinta y cinco veces más civiles que en el Blitz de Londres y cuatro veces más que en los bombardeos de Nagasaki e Hiroshima juntos.
La mañana del 22 de junio de 1941, el día más largo del año, Alemania atacó a la Unión Soviética. Leningrado no difería mucho de como era antes de la revolución. Una gaviota que volara en círculos alrededor de la aguja dorada del Almirantazgo habría visto el mismo paisaje que veinticuatro años antes: abajo, el río Nevá, agitado y gris, flanqueado por parques y palacios; al oeste, donde el Nevá se abre al mar, las grúas de los astilleros; al norte, los bastiones en forma de zigzag de la fortaleza de Pedro y Pablo y las calles en damero de la isla Vasílievski; al sur, cuatro canales concéntricos —el bello Moika; el Griboyédov, sereno y clásico; el amplio y lujoso Fontanka, y el Obvodni, concurrido los días de diario— y dos grandes avenidas, la Izmáilovski y la Nevski, que forman dos radios simétricos y llegan respectivamente más allá de las estaciones de Varsovia y de Moscú, hasta las chimeneas de las fábricas de los lejanos barrios industriales.
Sin embargo, las apariencias engañan. Visto desde fuera, Leningrado no había experimentado apenas alteraciones, pero por dentro estaba profundamente cambiado y traumatizado. Lo convencional es atribuir a la historia del asedio una progresión, cual película, de alegría, tristeza y, de nuevo, alegría: la paz de una mañana de principios de verano, hecha trizas por la noticia de la invasión; el llamamiento a las armas; el enemigo, a las puertas; el descenso al frío y a la hambruna; la recuperación primaveral; los fuegos artificiales por la victoria. Pero en realidad no fue así. Los leningradenses que tenían más de treinta años al empezar el asedio ya habían vivido tres guerras (la Primera Guerra Mundial, la posterior guerra civil entre bolcheviques y blancos, y la guerra de Invierno con Finlandia en 1939-1940), dos hambrunas (la primera, durante la guerra civil; la segunda, consecuencia de la colectivización decretada por Stalin, en 1932-1933, cuando se expropiaron con violencia las granjas de los campesinos) y dos olas importantes de terror político. Apenas había familias, en especial las pertenecientes a minorías étnicas y las procedentes de la antigua clase media, que no hubieran sufrido muertes, encarcelamientos o deportaciones, aparte de empobrecerse. Para alguien como la poeta Olga Berggolts, hija de un médico judío, no era una exageración dramática afirmar lo siguiente: «Medíamos el tiempo según los intervalos entre un suicidio y otro».[1] El asedio, aunque único por la magnitud de la tasa de mortalidad, fue más un episodio oscuro entre otros que un interludio trágico.
La fatalidad surgió de la combinación de la soberbia de Hitler y la de Stalin. En agosto de 1939 habían dejado boquiabierto al mundo al prescindir de la ideología y firmar un pacto de no agresión según el cual se repartían Polonia. Cuando Hitler se dirigió a Francia la primavera siguiente, Stalin se quedó al margen y continuó proporcionando a su aliado grano, metales, caucho y otros productos vitales. Pese a que está claro, por lo que sabemos ahora de las conversaciones de Stalin con el Politburó, que más tarde o más temprano esperaba verse obligado a entrar en guerra contra Alemania, el momento del ataque nazi —cuyo nombre en clave fue Barbarossa (Barbarroja), en honor del emperador cruzado del Sacro Imperio Romano— produjo una conmoción devastadora. La frontera polaca, nueva y mal defendida, fue arrasada casi de inmediato, y al cabo de pocas semanas el Ejército Rojo se encontró defendiendo las ciudades rusas más importantes.
La víctima principal de la falta de preparación fue Leningrado. Justo antes de la guerra, la ciudad contaba con una población de poco más de tres millones de habitantes. En las doce semanas que transcurrieron hasta mediados de septiembre de 1941, cuando los ejércitos alemán y finlandés la aislaron del resto de la Unión Soviética, llamaron a filas y evacuaron a cerca de medio millón de leningradenses. Así, en la ciudad quedaron atrapados dos millones y medio de civiles, entre los que había al menos cuatrocientos mil niños. El hambre comenzó casi desde el principio, y en octubre la policía empezó a dar parte de la presencia en las calles de cadáveres víctimas de la inanición. Las muertes se cuadruplicaron en diciembre y alcanzaron las cotas más altas en enero y febrero, con unos cien mil fallecimientos al mes. Hacia el final de lo que fue un invierno implacable, incluso para los propios rusos (hubo días en que la temperatura descendió a -30 °C o menos), el frío y el hambre se habían llevado aproximadamente medio millón de vidas. Es en esos meses de mortandad —lo que los historiadores rusos llaman el «periodo heroico» del asedio— en los que se centra este libro. Los dos inviernos siguientes fueron menos letales tanto porque había menos bocas que alimentar como por la llegada de provisiones por el lago Ládoga, el mar interior situado al este de Leningrado, cuyas orillas surorientales seguían defendidas por el Ejército Rojo. En enero de 1943, la batalla abrió un frágil corredor por el cual los soviéticos pudieron construir una línea ferroviaria hasta la ciudad. La mortalidad, no obstante, siguió siendo elevada; llegado enero de 1944, cuando la Wehrmacht inició por fin la larga retirada hacia Berlín, el total de defunciones ascendió a una cifra situada entre las setecientas y las ochocientas mil: una de cada tres o cuatro personas de la población que había justo antes de empezar el asedio.
Curiosamente, en el mundo occidental se ha prestado poca atención al asedio de Leningrado. En 1969 se publicó el relato histórico más conocido, escrito por Harrison Salisbury, un corresponsal de The New York Times en Moscú. Los historiadores militares se han centrado en las batallas de Stalingrado y Moscú, a pesar de que Leningrado fue la primera ciudad en toda Europa que Hitler no consiguió tomar y que, si hubiera caído, le habría proporcionado las fábricas de armas, los astilleros y las plantas siderúrgicas más grandes de la Unión Soviética, le habría posibilitado unir sus ejércitos con los de Finlandia y le habría permitido cortar las vías ferroviarias que transportaban ayuda de los Aliados desde los puertos árticos de Arjánguelsk y Múrmansk. Desde un enfoque más general, el asedio se pierde en la inmensa penumbra del Frente Oriental: en la imaginación colectiva, escenificada en forma de una llanura vacía, barrida por la nieve, por la que los reclutas del Ejército Rojo avanzan a trancas y barrancas, con los abrigos azotados por el viento, hacia un montón de ametralladoras alemanas. Muy a menudo, mientras escribía este libro, advertí con preocupación que mis amigos pensaban que Leningrado (en el Báltico, llamada ahora San Petersburgo) y Stalingrado (tres veces más pequeña, cerca de la frontera actual con Kazajstán, ahora llamada Volgogrado) eran el mismo lugar.
Para los alemanes, el asedio tampoco es un capítulo definido con claridad, pero en un sentido distinto: hasta hace muy poco consideraron el Frente Oriental un escenario de sufrimiento y no de atrocidad militar. Millones de alemanes tienen que vivir con el hecho de que un padre o un abuelo fue miembro del Partido Nazi; más millones aún tienen un padre o un abuelo que luchó en Rusia. Es más fácil recordar el frío extremo, el miedo, el hambre y las condenas a trabajos forzados en los campos de prisioneros (casi cuatro de cada diez de los tres millones doscientos mil soldados del Eje que cayeron en manos de los soviéticos murieron en cautividad)[2] que la quema de aldeas, el robo de comida y ropa de abrigo a los campesinos, y las rondas en busca de judíos y su fusilamiento posterior. Si es cuestión de repartir culpas, no obstante, Leningrado cede el puesto al Holocausto: «Siendo cínicos —sostiene un historiador alemán—, existen tantos aspectos problemáticos en nuestra historia que tenemos que escoger».[3] Al pasear por la encantadora ciudad medieval de Friburgo, donde se encuentran los archivos militares alemanes, uno se va topando con pequeñas placas de latón grabadas con nombres y fechas, encajadas en las aceras. Señalan las casas donde vivían familias judías a las que deportaron a los campos de concentración. Las mujeres y los niños de Leningrado, asesinados por el mismo régimen y con la misma premeditación, sufrieron sin ojos que los vieran y, hasta la actualidad, sin corazones que los sintieran.
El otro motivo por el cual se ha escrito tan poco sobre el asedio es, por supuesto, que los soviéticos impidieron que se relatara con veracidad. Durante la guerra, la censura era omnipresente. Los rusos que estaban fuera del cerco del asedio, y no digamos Occidente, no tenían más que una idea vaga de las condiciones que reinaban en la ciudad. Los noticieros soviéticos reconocían «adversidades» y «escasez», pero jamás muertes por hambruna, y los moscovitas se sorprendían y se horrorizaban ante las crónicas referidas por amigos que habían conseguido cruzar el lago Ládoga. La prensa británica y la estadounidense repetían como loros lo que decían las agencias de noticias soviéticas. Como las batallas iniciales por Leningrado conducían a callejones sin salida, los informes de la BBC fueron escaseando, y un año después el diario londinense The Times comunicó la apertura de un corredor por tierra de una forma tremendamente trivial e insensible. A los lectores se les decía que los leningradenses habían sufrido «privaciones terribles» durante el primer invierno del asedio, pero que con la llegada de la primavera las condiciones habían «mejorado de inmediato».[4] Las autoridades aliadas se encontraban sumidas en la misma ignorancia. Un miembro de la Misión Militar Británica en Moscú, un joven teniente naval en aquel tiempo, contaba cómo su única fuente de información era una amiga actriz que suplicó una plaza en el avión de un general para llevarles comida a sus padres, sitiados en Leningrado.[5]
Después de la guerra, el Gobierno soviético reconoció que la hambruna había provocado una mortalidad masiva y en los juicios de Núremberg dio la cifra precisa pero espuria de 632.253 víctimas. Describir los horrores de forma sincera y pública, sin embargo, siguió estando prohibido, igual que todo debate en torno a por qué se permitió que los ejércitos alemanes llegaran tan lejos y por qué no se acumularon más reservas de comida ni se evacuó a más civiles antes de que se cerrara el cerco. Las prohibiciones se constriñeron aún más con el inicio de la Guerra Fría y con las dos nuevas purgas que ordenó Stalin en 1949. En la primera se detuvo en secreto a la coordinación del partido y a la cúpula militar de Leningrado, la que había participado en la guerra, y se acabó con ellas. La segunda, contra el «cosmopolitismo» (nombre en clave para referirse a los judíos y a cualquiera que sintiera una mínima simpatía hacia Occidente), se llevó a cientos de académicos y especialistas. Ese mismo año, uno de los amigotes de Stalin, Gueorgui Malenkov, visitó el popular Museo de la Defensa de Leningrado, que albergaba lámparas caseras y una réplica de un punto de racionamiento de los tiempos de la guerra (con todos los detalles, hasta con dos rebanadas finas de pan adulterado), así como montones de muestras de artillería. Recorriendo a zancadas sus pasillos, furioso, dicen que agarró una guía y, blandiéndola, gritó: «¡Esto sugiere que el asedio otorgó a Leningrado un destino especial! ¡Minimiza el papel del gran Stalin!». Después ordenó clausurar el museo. Al director lo acusaron de «acumular munición con el objetivo de perpetrar actos terroristas» y lo sentenciaron a veinticinco años en un gulag.[6]
Tras la muerte de Stalin, en 1953, y el ascenso al poder de Nikita Jruschov, por fin resultó posible arrojar luz sobre otros aspectos de la guerra que no fueran el genio militar del gran líder. Además del «discurso secreto» de Jruschov, en el que denunciaba las purgas del partido, y la publicación de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Solzhenitsin, el periodo del Deshielo contempló la inauguración, en 1960, del primer monumento conmemorativo a las víctimas leningradenses de la guerra civil. El lugar escogido fue el cementerio de Piskarióvskoye, en un barrio situado en el noreste de la ciudad, donde se encuentran las mayores fosas comunes de la guerra. El sucesor de Jruschov, Leonid Brézhnev, fue más allá: convirtió el asedio en una pieza clave de un nuevo culto a la Gran Guerra Patria orientado a desviar la atención del empeoramiento de las condiciones de vida y del estancamiento político. En esta versión, los leningradenses pasaron de ser víctimas del desastre de la guerra a actores en una heroica epopeya nacional. Murieron de hambre, es cierto, pero murieron de forma silenciosa y ordenada, deseosos de sacrificarse por defender la cuna de la revolución. Nadie se quejaba, ni rehuía el trabajo, ni trapicheaba con el sistema de racionamiento, ni aceptaba sobornos, ni enfermó de disentería. Y desde luego nadie, excepto unos cuantos espías fascistas, deseó que ganaran los alemanes.
El colapso del comunismo, ocurrido al principio de la década de 1990, permitió empezar a «limpiar la melaza», en palabras de un historiador ruso. Se abrieron los archivos del gobierno, con lo que se facilitó el acceso a las circulares del partido, a los informes delictivos del servicio de seguridad, a la opinión pública y a las operaciones de varias agencias gubernamentales, a los expedientes de los detenidos políticos, a los mensajes que enviaban los comisarios políticos desde el frente y a transcripciones de llamadas telefónicas entre la cúpula de Leningrado y el Kremlin. Las revistas literarias comenzaron a publicar memorias y diarios del asedio sin censurar, y los periódicos, sinceras entrevistas con supervivientes del asedio y con veteranos del Ejército Rojo con rabia aún contenida. Y sobre todo se publicaron por primera vez un montón de fotografías, no de miembros de las Juventudes Comunistas sonrientes con la pala al hombro, sino de niños con las piernas esqueléticas y el vientre hinchado, y de pilas de cadáveres sucios y medio desnudos.
Pese a que siguen existiendo lagunas —aún hay material clasificado y muchos documentos se destruyeron en las purgas de la posguerra—, los datos nuevos echan por tierra el edulcorado cuento de hadas de Brézhnev. Sí, los leningradenses hicieron gala de una resistencia, una abnegación y un valor extraordinarios. Pero también robaron, asesinaron, abandonaron a familiares y se alimentaron de carne humana, como ocurre en todas las sociedades cuando se termina la comida. Sí, el régimen consiguió defender la ciudad: elaboró curiosos suplementos alimenticios y organizó rutas de abastecimiento y de evacuación por el lago Ládoga. Pero también actuó con retraso, hizo chapuzas, sacrificó la vida de sus soldados al enviarlos al frente sin entrenamiento y sin armas, alimentó a los altos funcionarios del partido mientras la gente se moría de hambre y llevó a cabo miles de ejecuciones y detenciones infundadas. Los gulags, señala la historiadora Anne Applebaum, funcionaban por entero al margen de la vida de la Unión Soviética, pero eran también microcosmos que la reflejaban. Compartían «la misma negligencia en el trabajo, la misma burocracia criminal y estúpida, la misma corrupción y el mismo desprecio gris por la vida humana».[7] Lo mismo puede decirse del Leningrado bajo asedio: lejos de estar aislado de la cotidianeidad soviética, la reproduce condensada y en miniatura. El presente libro no discute si la hambruna y la mortandad fueron culpa de Stalin o de Hitler. No obstante, sí llega a la conclusión de que con otro tipo de gobierno el número de muertes civiles (y militares) podría haber sido bastante más bajo.
Este hecho es duro de asimilar para muchos rusos. No hay tanto que celebrar en la historia rusa del siglo XX, por lo que la victoria sobre la Alemania nazi es una fuente justificada de orgullo y patriotismo. Cuando Vladímir Putin, como Brézhnev antes que él, se regodea en las celebraciones fastuosas de los aniversarios de la guerra, encuentra un público receptivo. Además, entra en juego un elemento sutil de autocensura, porque, aparte de halagar al régimen, la heroica versión de Brézhnev acerca del asedio alivió el trauma a los supervivientes.[8] Es duro (incluso cruel) poner en duda a una anciana valiente y tan amable que concede una entrevista cuando describe cómo se ayudaban los vecinos, cómo se sacrificaban las madres por sus hijos o cuán buena era la atención en un hospital de evacuados. No está haciendo propaganda ni construyendo ningún mito, sino que ha elaborado una versión del pasado con la que es posible vivir. Paradójicamente, es probable que los debates públicos sobre el asedio tiendan a ser más francos una vez hayan fallecido los últimos blokádniki, los asediados.
La intención final de contar de nuevo la historia del asedio de Leningrado, sin embargo, no es volver a sacar a la luz una atrocidad a la que no se prestó la debida atención, arrancarle la capa de propaganda soviética ni apuntar los tantos que se marcó cada uno de los grandes dictadores. Es, como todas las historias de la humanidad en situaciones extremas, recordarnos qué significa ser humano, hasta qué punto puede degradarse o elevarse nuestro comportamiento. Es fácil identificarse con las víctimas más elocuentes del asedio, los diaristas cuyas voces forman el coro de este libro. No son campesinos pobres sin rostro, sino ciudadanos europeos urbanos y formados: escritores, artistas, profesores de universidad, bibliotecarios, conservadores de museo, directores de fábrica, contables, pensionistas, amas de casa, estudiantes, colegiales; propietarios de abrigos de calidad, gramófonos, novelas favoritas, perritos... En resumen, personas muy parecidas a nosotros. Unos se convirtieron en héroes, otros resultaron ser egoístas e insensibles; la mayoría, una mezcla de ambos extremos. Como dice una diarista sobre los miembros del partido que había durante la guerra en el hospital militar donde trabajaba: «Estaban los buenos, los malos y los habituales». El mejor homenaje son sus propias voces.
Brockagh
Abril de 2010

«Defenderemos la ciudad de Lenin» (Vladímir Serov, 1941).
Podría decirse que Leningrado es una ciudad particularmente propicia a las catástrofes. […] El río helado, los atardeceres amenazadores, la luna dramática y terrorífica…
ANNA AJMÁTOVA
A sesenta kilómetros al suroeste del antiguo Leningrado se encuentra lo que los rusos llaman un pueblo de dachas: un paisaje verde y silvestre salpicado de lagos pequeños, apacibles caminos de tierra, pinos altísimos de corteza rojiza y casitas de madera ajada con porches combados y galerías acristaladas. La mañana del domingo 22 de junio de 1941, Dmitri Lijachov, un especialista en literatura rusa medieval de treinta y cinco años, tomaba el sol con su mujer y sus hijas en la orilla arenosa del río Óredezh, abarrotada de golondrinas.
La orilla era muy empinada, y un camino en lo alto de la ribera la recorría. Un día, sentados en nuestra playa, entreoímos fragmentos de una conversación espeluznante. Unos paseantes iban por el sendero diciendo que habían bombardeado Kronshtadt y comentaban algo de unos aviones. Primero pensamos que estarían recordando la campaña finlandesa de 1939, pero nos extrañó el tono alterado de las voces. Cuando volvimos a la dacha nos dijeron que había estallado la guerra.
A mediodía, los Lijachov se reunieron con otros vecinos alrededor de un altavoz público para escuchar el anuncio oficial de la guerra. Quien hablaba no era Stalin, sino el comisario de Asuntos Exteriores, Viacheslav Mólotov: «Hombres y mujeres, ciudadanos de la Unión Soviética —empezó—: A las cuatro en punto de esta madrugada, sin mediar declaración de guerra y sin que la Unión Soviética haya sido objeto de acusación alguna, las tropas alemanas han atacado nuestro país». El discurso se tiñó de perplejidad y dolor: «El ataque se ha producido pese a la existencia de un pacto de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania, un pacto cuyos términos la Unión Soviética ha respetado escrupulosamente». Y terminaba con palabras algo más exaltadas: «Nuestra causa es justa. Aplastaremos al enemigo. La victoria será nuestra». Cuando acabó la transmisión, «todo el mundo estaba hundido y callado. […] Después del Blitzkrieg de Hitler en Europa, nadie esperaba nada bueno».[1]
Toda la ciudad de Leningrado sufrió una sacudida semejante aquel tranquilo fin de semana del solsticio. En su piso del centro, cerca del palacio Táuride de Potiomkin, Yelena Skriábina se había levantado temprano para escribir a máquina antes de salir de excursión al campo. La luz del sol, el aire fresco de la mañana que entraba por las ventanas, la niñera que acunaba a Yura, su hijo de cinco años, al otro lado de la puerta…: todo el conjunto le transmitía «una sensación maravillosa de felicidad y alegría». Su hijo mayor, Dima, de catorce años, había ido con un amigo a ver cómo se ponían en marcha las fuentes del esplendoroso y barroco palacio de Peterhof, en el golfo de Finlandia. A las nueve en punto, su marido la telefoneó desde la fábrica para decirle, nervioso, que, en pocas palabras, se quedara en casa y encendiera la radio. A mediodía, su madre y ella escucharon el mensaje de Mólotov. «Así que era eso: ¡la guerra! Alemania estaba bombardeando ciudades soviéticas. El discurso de Mólotov era entrecortado, como si le faltara el aliento. Sus arengas entusiastas y fogosas parecían estar fuera de lugar. Y de repente me di cuenta de que sobre nosotros se cernía algo ominoso y opresivo». Cuando terminó la emisión, salió a la calle y se encontró con una multitud de gente arremolinada, peleándose por entrar en las tiendas, «comprando todo lo que podían».
Muchos corrían a los bancos para retirar sus ahorros. Me contagiaron el pánico y fui a recuperar los rublos que figuraban en mi cartilla. Pero llegué tarde. El banco se había quedado sin dinero. Ya no se hacían pagos. La gente chillaba y reclamaba. El calor sofocante de aquel día de junio se hizo insoportable. Alguien se desmayó. Otro maldecía con vehemencia. No fue hasta el anochecer cuando el ambiente se volvió extrañamente sereno.[2]
A las once de la misma mañana, Yuri Riabinkin, un muchacho flaco de quince años con flequillo largo cortado al estilo casco y ojos oscuros y grandes, se dirigía por la calle Sadóvaya a un torneo juvenil de ajedrez en los jardines del palacio de los Pioneros (antes llamado Aníchkov), al lado del puente Aníchkov. Observó que los policías llevaban máscaras de gas y brazaletes rojos; pensó que estarían realizando una de sus habituales maniobras de defensa civil. Mientras sacaba las piezas del ajedrez, vio a un grupo de gente que se amontonaba alrededor de un chico. «Al oír aquello, me quedé helado de terror. “¡A las cuatro de la madrugada —explicaba el chico, muy alterado— bombarderos alemanes han arrasado Kíev, Zhitómir, Sevastópol y no sé cuántos sitios más! Mólotov lo ha dicho en la radio. ¡Ahora estamos en guerra contra Alemania!”. […] La cabeza empezó a darme vueltas. No podía pensar con claridad, pero jugué tres partidas y, para mi sorpresa, gané las tres. Luego me fui a casa como un sonámbulo». Después de cenar vagó por las calles abarrotadas de gente nerviosa e hizo dos horas y media de cola para comprar un periódico (en la fila se hablaba de «discursos interesantes» y «comentarios escépticos»), hasta que anunciaron que a partir de entonces no habría más ejemplares, sino «una especie de boletín oficial en su lugar». «El reloj —escribió Riabinkin en su diario aquella noche con grandilocuencia adolescente— da las once y media. Una batalla trascendental ha empezado, un choque entre dos fuerzas antagonistas, ¡el socialismo y el fascismo! La ventura de la humanidad depende del resultado de esta lucha histórica».[3]
Los leningradenses deberían haber estado mejor preparados para la Segunda Guerra Mundial (la Gran Guerra Patria, como la siguen llamando) que otros ciudadanos soviéticos, ya que presenciaron sus prolegómenos en primera fila. Tras el pacto nazisoviético de agosto de 1939, la Unión Soviética había ocupado no solo el este de Polonia, sino también, en junio de 1940, los estados bálticos, situados al oeste de Leningrado, y, justo al norte, la zona fronteriza con el sur de Finlandia, poblada de lagos.
En particular, la guerra de Invierno contra Finlandia supuso un adelanto de las calamidades que estaban por venir. El conflicto estalló el 30 de noviembre de 1939, tres meses después de la invasión de Polonia, y los rusos esperaban que fuese muy corto. «[Pensamos que] todo lo que teníamos que hacer era alzar un poco la voz —recordaba Jruschov— y los finlandeses obedecerían. Si eso no funcionaba, pegaríamos un tiro y levantarían las manos y se rendirían».[4] En cambio, los rusos sufrieron una humillación. Pese a su número reducido (una población de tres millones setecientas mil personas frente a los casi doscientos millones de la Unión Soviética), los finlandeses presentaron una defensa tenaz y obligaron a los rusos a recurrir a una cantidad exorbitada de tropas. Cuando el 12 de marzo de 1941 la Unión Soviética al fin logró someter a Finlandia y se anexionó su segunda ciudad más importante, Viipuri (la actual Víborg rusa), más la totalidad del brazo de tierra situado entre el golfo de Finlandia y el lago Ládoga, el Ejército Rojo había sufrido 127.000 bajas. Por los rumores que llegaban de los hospitales militares, los leningradenses tuvieron una primera muestra de las insuficiencias en los pertrechos, en la instrucción y en los altos mandos. Los soldados carecían de armas, de munición y de ropa de abrigo y de camuflaje. («Los rusos no podían haber sido un blanco más fácil —recordaba un piloto finlandés perteneciente a una columna de tropas que cruzaba un lago helado—. Ni siquiera llevaban parkas blancas»). Pero lo peor era que les faltaban buenos oficiales, gracias a Stalin y a su limpieza paranoica de las fuerzas armadas durante el reciente Terror. Entre 1937 y 1939 fueron arrestados cuarenta mil oficiales, de los cuales fusilaron a quince mil. Entre ellos se incluían tres de los cinco mariscales de la Unión Soviética, quince de los dieciséis comandantes del ejército, sesenta de los sesenta y siete comandantes de cuerpo, 136 de los 169 comandantes de división y quince de los veinticinco almirantes. Los supervivientes (el 44 por ciento de los cuales no contaban con educación secundaria) eran veteranos de la guerra civil estrechos de miras y jóvenes promocionados antes de tiempo que tenían tanto miedo de los tribunales y de los pelotones de ejecución que no eran capaces de mostrar iniciativa o adaptar las órdenes a las circunstancias de cada momento.[5] Los errores de la guerra de Invierno se repitieron con tanta exactitud durante los primeros meses de la invasión alemana que, en retrospectiva, parece que la primera hubiera sido un ensayo del episodio principal. Desde luego, así se lo pareció a los finlandeses, que aún llaman a la Segunda Guerra Mundial (en la cual colaboraron en el sitio de Leningrado, pero rechazaron atacarla directamente) la guerra de Continuación.
Sin embargo, para los leningradenses, igual que para casi todos los rusos de a pie, los primeros veintidós meses de la Segunda Guerra Mundial les habían resultado más bien ajenos. «En algún lugar de Europa hay una guerra desde hace unos meses —recordaba un leningradense—. ¿Y qué? […] No se consideraba adecuado preocuparse por los sucesos internacionales, expresar “sensaciones malsanas”, como lo llamaban entonces».[6] Si bien los finlandeses lucharon con porfía, las campañas en Polonia y en el Báltico fueron rápidas y fáciles. Cuando Hitler arrasó Francia y los Países Bajos en la primavera de 1940, algunos intelectuales familiarizados con la cultura occidental se conmovieron, como la poeta Anna Ajmátova, que escribió versos, hasta ahora inéditos, lamentando la caída de París y el Blitz de Londres. No obstante, la mayoría creía lo que decían los altavoces públicos, los tablones de noticias (los «periódicos murales») y los agitadores de las interminables reuniones en los lugares de trabajo, que afirmaban que los capitalistas se estaban despedazando entre sí y que la Unión Soviética estaría lista para arrasar con los restos. Pese a que el tratado con Hitler era temporal, si estallaba una guerra entre ellos, se lucharía en terreno alemán y terminaría casi antes de empezar, ya que la impediría una revolución popular dentro de la propia Alemania. Al enterarse del ataque nazi, los trabajadores de la fábrica metalúrgica de Leningrado, LMZ, dijeron: «Nuestras fuerzas los aplastarán; en una semana se habrá terminado. No, en una semana no; tenemos que llegar a Berlín. Eso nos llevará tres o cuatro semanas».[7] Incluso los observadores más cosmopolitas, capaces de interpretar correctamente la invasión alemana de Yugoslavia en abril (que desafiaba el pacto de amistad entre la Unión Soviética y Yugoslavia) y los discursos de advertencia de Churchill, se quedaron de piedra cuando comprobaron que lo que más temían se había hecho realidad. Para Olga Freidenberg, especialista en cultura clásica y prima hermana de Borís Pasternak, «lo increíble no fue la invasión, porque ¿quién no se la esperaba? […] Fue la sacudida que desgarró las vidas de todos, la escisión súbita que sufrimos entre pasado y presente aquel domingo tranquilo en el que todas las ventanas estaban abiertas».[8]
Es bien sabido que al líder soviético también lo cogió por sorpresa. «Stalin y su gente permanecen completamente pasivos —confió Goebbels a su diario un mes antes de la invasión—, como un conejo delante de una serpiente».[9] Aunque los historiadores todavía discuten la lógica de la política exterior de Stalin en la preguerra, está claro que este esperaba la guerra con Alemania y al mismo tiempo estaba convencido de que podría aplazarse al menos hasta el año siguiente si se adoptaba una actitud conciliadora. Los rusos no hicieron caso de los informes que enviaba el embajador soviético en Berlín, como tampoco del servicio de inteligencia militar acerca de las tropas concentradas al oeste de la nueva frontera germanosoviética. Despreciaron las advertencias británicas: las calificaron de desinformación emitida con el fin de convertir a los miembros del Ejército Rojo en «soldados ingleses». Tristemente famoso es el hecho de que el Comisariado de Comercio siguió enviando grano, petróleo, caucho y cobre a Alemania hasta la noche previa a la invasión.
Cuando estalló la guerra, el plenipotenciario de Stalin en Leningrado era Andréi Zhdánov, un tipo regordete de piel cetrina, fumador empedernido e hijo de un maestro de escuela. Llegó a secretario del partido en la ciudad de Gorki —conocida como Nizhni Nóvgorod antes de la revolución y en la actualidad— y de ahí pasó al Comité Central; después del asesinato (probablemente a instancias de Stalin) del líder del partido en Leningrado, Serguéi Kírov, en 1934, se incorporó a un puesto en la cúpula de coordinación del partido en Leningrado y se convirtió en miembro de pleno derecho del Politburó. Devoto, leal y, como Stalin, autodidacta y adicto al trabajo, era uno de los pocos a quienes Stalin tuteaba. Hoy en día se lo recuerda más por dirigir la defensa de Leningrado y por el periodo, de tintes tragicómicos, en que ejerció, después de la guerra, como comisario de Cultura, cuando acusó a Ajmátova de «medio monja, medio puta» y corrigió a Shostakóvich notas políticamente incorrectas de sus composiciones para piano. Pero lo cierto es que fue un asesino de masas: además de supervisar las purgas de Leningrado ocurridas entre 1937 y 1939, las había hecho extensivas a las provincias, como otros miembros del Politburó; en su caso, a los Urales y al Volga Medio. Su firma, junto a la de Stalin y Mólotov, figura al pie de decenas de listas de ejecuciones.
Como Stalin, Zhdánov estaba tan convencido de que era prematuro considerar un ataque alemán inminente que el 19 de junio abandonó Moscú y se tomó seis semanas de vacaciones en el complejo vacacional de Sochi, en el mar Negro. «Los alemanes han dejado escapar el mejor momento —le aseguró Stalin—. Parece que atacarán en 1942. Vete de vacaciones». La tarde del sábado 21 de junio, mientras Zhdánov estaba en la playa tan tranquilo, el goteo habitual de noticias preocupantes procedente de los guardas de la frontera se transformó en un aluvión: más incursiones en el espacio aéreo soviético, movimientos encubiertos de tanques y artillería, construcción de puentes flotantes, derribo de alambradas de púas… Poco después de las nueve de la noche, tres desertores (un lituano y dos alemanes comunistas) cruzaron el río Bug y las líneas soviéticas, y contaron a sus interrogadores cuáles eran las órdenes que acababan de recibir sus unidades. El lituano afirmó que el ataque empezaría a las cuatro en punto de la madrugada y añadió: «Piensan liquidaros muy deprisa».[10]
En el Kremlin, el temor aún lidiaba con la incredulidad. La embajada en Berlín comunicó que cada media hora telefoneaba al Ministerio alemán de Asuntos Exteriores, pero que allí se negaban a responder a las llamadas. Por la noche, el comisario de Defensa, el general Semión Timoshenko, llamó a Stalin para transmitirle las noticias de los desertores alemanes, ante lo cual Stalin le ordenó que convocara a los miembros del Politburó y a los generales de mayor rango a una reunión de urgencia. Cuando llegaron, Stalin dejó de caminar de un lado a otro y preguntó: «Bueno, y ahora ¿qué?». Timoshenko y el jefe del Estado Mayor, el general Gueorgui Zhúkov, insistieron en que todas las tropas fronterizas debían entrar en estado de alerta máxima. Stalin no estuvo de acuerdo: «Sería prematuro emitir ahora esa orden. Tal vez aún sea posible resolver la situación por medios pacíficos. […] Las unidades fronterizas no deben permitirse caer en provocaciones que puedan causar dificultades». Media hora después de la medianoche, al fin accedió a lanzar la orden, precedida, no obstante, por la advertencia de que quizá los ataques fueran solo provocaciones, y exigía que la respuesta fuera «camuflada». La reunión terminó a las tres de la madrugada. Al cabo de una hora, cuando acababa de acostarse, Stalin recibió una llamada de Zhúkov. Estaban bombardeando las ciudades más importantes del oeste de la Unión Soviética —Kíev, Minsk, Vilnius, Sevastópol—. «¿Me ha entendido, camarada Stalin?», le preguntó Zhúkov. Se vio obligado a repetírselo antes de recibir respuesta. Hasta Stalin tuvo que reconocer que la guerra había empezado.[11]
Se dice que la norma principal de la política exterior es no invadir Rusia. ¿Por qué Hitler, consciente del desastre que sufrió allí Napoleón, decidió atacar la Unión Soviética?
Desde el principio de la campaña, en 1940, sus objetivos no fueron los de la geopolítica convencional. No quería simplemente anexarse un territorio útil y establecer un nuevo equilibrio de poderes, sino eliminar una cultura y una ideología, y una raza si era necesario. Su visión de los territorios conquistados, tal como la expuso durante los almuerzos en los distintos cuarteles generales a lo largo de la guerra, era la de un Reich de miles de kilómetros que se extendiera desde Berlín hasta Arjánguelsk (en el mar Blanco) y Astraján (en el Caspio). «Todo este territorio», peroraba a su arquitecto, Albert Speer,
debe dejar de ser estepa asiática: ¡debe europeizarse! Los campesinos del Reich vivirán en granjas bonitas y espaciosas; las autoridades alemanas, en edificios maravillosos; los gobernadores, en palacios. Alrededor de cada ciudad habrá un cinturón de pueblecitos encantadores, a treinta o cuarenta kilómetros, conectados con las mejores carreteras. Lo que exista más allá de ese territorio será otro mundo, donde dejaremos que los rusos vivan como quieran.[12]
Los alemanes tomarían de las ciudades lo que poseyeran de valioso y luego las destruirían (un lago artificial reemplazaría a Moscú), y en los pueblecitos encantadores habitarían colonos arios procedentes de Escandinavia y Estados Unidos. En veinte años, soñaba Hitler, alcanzarían los veinte millones de habitantes. A los rusos —los inferiores entre los eslavos— los deportarían a Siberia, los reducirían a la esclavitud o simplemente los exterminarían, como ocurrió con muchas de las tribus indígenas de América. Sofocar eventuales restos de la resistencia rusa les serviría de mero ejercicio deportivo. «Hitler planeaba emprender cada pocos años —recordaba Speer— una pequeña campaña más allá de los Urales para exhibir la autoridad del Reich y mantener al ejército alemán en plena forma». Se conserva un programa de las SS que testimonia que las marchas constantes hacia el este, como sucedía con las de la frontera noroeste del Raj británico, «mantendrían joven a Alemania».
Esta visión es tan quimérica, tan superficial, tan ridícula, tan de conversación de taberna que uno se siente tentado a no tomarla en serio. ¿Qué sentido tenía ocupar un país para luego destruirlo? ¿De dónde saldría el dinero para construir carreteras y ciudades? ¿Y esos millones de colonos voluntariosos? ¿Y las tropas capaces de mantener a medio continente en condición de esclavitud perpetua? Sin embargo, para la cúpula nazi no era ningún sueño inalcanzable. En julio de 1940, unas semanas después de la caída de Francia, Hitler ordenó al comandante en jefe del ejército, el mariscal de campo Walther von Brauchitsch, y al jefe del Estado Mayor, el general Franz Halder, que empezaran a planificar la conquista de la Unión Soviética. Hitler sostenía que de momento no podían invadir Gran Bretaña y que la única manera de que el Reino Unido entrara en razón y firmara la paz era eliminando el último poder continental hostil al Reich por naturaleza. A Brauchitsch y a Halder no les convencía la idea (aunque no eran tan reacios como quiso hacer creer el último en la posguerra) y preferían ver primero fuera de combate a Gran Bretaña. («Operación Barbarroja —escribió Halder en su diario el 28 de enero de 1941—. Objetivo incierto. Así no haremos daño a los británicos. […] No debemos infravalorar el riesgo en el oeste. Es posible que Italia se desmorone después de perder las colonias y que surja un frente meridional en España, Italia y Grecia. Si esto ocurre cuando estemos metidos en Rusia, la situación pasará de mala a muy mala»).[13] Igual de dubitativo se mostraba el ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop, que consideraba el pacto con Mólotov su logro más importante y señaló que la Unión Soviética seguía cumpliendo escrupulosamente la promesa de suministrarles grano y otras provisiones. Hermann Goering, encargado de la planificación económica y el segundo hombre más poderoso del Reich, estaba preocupado por la carencia de alimentos y de mano de obra. Pero Hitler se encontraba en la cumbre de su popularidad y prestigio, y amedrentaba a sus subordinados; los indecisos se tragaban las dudas y aceptaban lo inevitable. El único miembro de la cúpula que tomó cartas en el asunto fue el inestable Rudolf Hess, aunque de manera un tanto rocambolesca, pues voló a Escocia seis semanas antes de la invasión, al parecer para negociar la paz con el Reino Unido y evitar así un frente doble.
El proyecto de la operación Barbarroja se cerró en diciembre de 1940, y se estableció como fecha de inicio el 15 de mayo de 1941. Aunque tanto la fecha como el plan no tardaron en modificarse (el retraso se debió a la petición de ayuda de Italia para las campañas de Grecia y Libia, de modo que los dos frentes del ataque se convirtieron en tres), la batalla debía llevarse a cabo, desde su concepción, con una crueldad sin precedentes, una política a la cual el ejército, vergonzosamente, puso muy pocas objeciones. «Esta guerra —escribió Halder el 30 de marzo, después de que el Führer convocara a los generales a una reunión que duró dos horas y media— será muy distinta de la guerra en el oeste. […] Los comandantes deben sacrificar sus escrúpulos personales». En junio, el propio alto mando emitió la tristemente famosa Orden de los Comisarios, bajo la cual debían ejecutar a los comisarios políticos en cuanto los capturaran. Mandatos posteriores autorizaron que se tomaran «medidas colectivas» contra los civiles «que participaran o quisieran participar en actos hostiles» y suprimieron el derecho de las cortes militares a juzgar los crímenes (incluidos violaciones y asesinatos) que cometieran los soldados alemanes contra los civiles soviéticos. De este modo, los militares gozaban de plena libertad para tratar a los rusos con los que se cruzaran como mejor les pareciera. También se asumió desde el inicio que las requisas se efectuarían con violencia. Las tropas ocupantes vivirían de lo que tomaran de los civiles, aunque significara que estos murieran de hambre. «¡Los rusos han sufrido pobreza durante siglos! —bromeaba Herbert Backe, el secretario de Estado del Ministerio de Alimentación y Agricultura—. Tienen el estómago elástico; por tanto, ¡nada de falsa compasión!». Goebbels hacía el chiste de que los rusos tendrían que «comerse sus monturas de cosaco» y Goering predijo «la mayor mortandad en Europa desde la guerra de los Treinta Años».[14]
Pero, sobre todo, la idea era acabar con los bolcheviques en un abrir y cerrar de ojos. Sería un Blitzkrieg, una «guerra relámpago», una ola de avance rápido encabezada por tanques e infantería motorizada. El ejército no malgastaría tiempo capturando los focos de resistencia que encontrara en su carrera hacia el este y sobre todo no se atascaría en batallas estáticas y de desgaste que habían provocado la pérdida de la guerra de 1914-1918. La campaña no debía llevar más de tres meses en total: las primeras semanas aniquilarían al Ejército Rojo en batallas mayores; el resto del tiempo lo dedicarían a operaciones de erradicación de remanentes. Una vez conquistada, la Rusia europea pasaría a estar sometida a las leyes civiles bajo cuatro nuevos Reichskommissariate, y de ese modo casi todas las tropas podrían volver a casa.
Las cosas no salieron así no solo porque Hitler fuera un soñador, sino porque no comprendía en absoluto la sociedad rusa. Sobreestimó exageradamente el poder de su antisemitismo y subestimó el patriotismo y el sentimiento nacional. No vio —en consonancia con la opinión dominante en el Reino Unido y Estados Unidos— que la mayoría de los rusos, pese a haber sufrido el terror y la pobreza durante las dos décadas anteriores a manos de su propio gobierno, se opondría con tenacidad a una invasión extranjera. «¡Tira la puerta abajo —fueron las famosas palabras de Hitler— y toda la estructura podrida se desmoronará!». El desdén burdo —«los eslavos son una masa de esclavos de nacimiento», «su estupidez infinita», «esas masas idiotas del este»— repetido sin cesar en sus diatribas durante las comidas eran una muestra no solo de su racismo, sino también de pereza intelectual, de engreimiento frente a un país enorme, reservado y cambiante sobre el cual sus consejeros y él sabían muy poco. «Construimos esperanzas demasiado elevadas —recordaba después un general de Hitler— basadas en la creencia de que el propio pueblo derrocaría a Stalin si este sufría derrotas políticas. Los asesores políticos del Führer alimentaban esa creencia, y nosotros, como soldados, no conocíamos lo suficiente el ámbito político para cuestionarlo».[15] Paradójicamente, esas mismas malinterpretaciones reflejaban las que proyectaban los soviéticos sobre Alemania.
A medida que avanzaba la guerra fue estallando la rivalidad no solo entre los múltiples y solapados organismos responsables de la Unión Soviética ocupada, sino también entre los llamados ideólogos, decididos a llevar a cabo la exterminación según la visión magistral del Führer, y los pragmatistas —muchos de origen balticogermano—, que aconsejaban implantar algo parecido a un sistema colonial tradicional: asimilar las minorías étnicas (en particular de los ucranianos) y revertir las medidas comunistas menos populares, como el cierre de las iglesias y la colectivización de la tierra. Sin embargo, aunque Hitler hubiera entendido mejor cómo era la Unión Soviética, no es probable que hubiese seguido los consejos de los pragmatistas. El ataque a la Unión Soviética se basaba en justificaciones racionales: proporcionaría a Alemania tierra de cultivo y pozos de petróleo, además de eliminar un régimen hostil. Y también estaba el factor de la raza: aquella se trataba de una Vernichtungskrieg, una guerra de exterminación. Bolcheviques, judíos, eslavos: todos eran alimañas, bestias, úlceras, veneno; su mera existencia, un anatema para el sueño nacionalsocialista. Liquidarlos o esclavizarlos no era solo una excusa para la dominación territorial, sino además parte del objetivo.
La noche del domingo 22 de junio, como todos los solsticios de verano, la oscuridad no cayó en Leningrado. El sol descendió por el oeste bajo la línea de las aguas azul plomizo del golfo de Finlandia, pero sobre los tejados el cielo permaneció luminoso, de color rosa violáceo, gravitando como en animación suspendida hasta la madrugada, cuando el sol volvió a salir y bañó la ciudad en una luz intensa y desorientadora. A las dos de la madrugada, Yelena Skriábina se despertó por el ruido ensordecedor de las armas antiaéreas. Creyendo que se trataba de un ataque aéreo (pero no, en realidad solo era un simulacro), su familia y ella se reunieron con los vecinos en el rellano de la escalera del edificio.
Liubov Nikoláyevna Kurákina peroraba por encima del estruendo. Su marido, antiguo miembro del partido, lleva ya dos años en la cárcel acusado de contrarrevolucionario. Liubov había perdido la simpatía que sentía por el comunismo con la detención del marido, pero ayer por la noche, bajo el rugido de las armas antiaéreas, olvidó todo resentimiento. Ensalzó con convicción la invencibilidad de la Unión Soviética. […]
Anastasia Vladímirovna, nuestra antigua casera, se sentó en un arcón con una sonrisa sarcástica. No se molestó en intentar ocultar el odio que siente hacia el Gobierno soviético y en esta guerra y en la victoria eventual de Alemania ve nuestra única salvación posible. Comparto su opinión en muchos aspectos, pero esa sonrisa me irrita. Dos sentimientos chocaron en la discusión: el deseo de que no acaben con Rusia y la comprensión de que solo la guerra ofrece la posibilidad real de liberarnos del terror del régimen.[1]
Skriábina no era la única leningradense con sentimientos enfrentados respecto al ataque alemán. En todas partes, la furia contra la agresión nazi se combinaba con la furia contra la evidente falta de preparación del gobierno ante la guerra, e incluso algunos, como la vecina imprudente de Skriábina, pensaban que quizá valiera la pena pagar el precio de la ocupación germana si así se libraban del bolchevismo.
Cuando Lijachov regresó a la ciudad el lunes, la encontró sombría y silenciosa. En el Departamento de Literatura Rusa de la universidad —ubicado en lo que fuera la Oficina de Aduanas, en el extremo oriental de la isla Vasílievski, ahora llamada la Casa Pushkin—, la gente estaba muy parlanchina, en contra de lo habitual, aunque, como siempre, seguían «mirando alrededor» antes de decir algo: «Todo el mundo estaba perplejo ante el hecho de que literalmente días antes se hubiera enviado una gran cantidad de grano a Finlandia; había salido en los periódicos. […] A. I. Grushkin era el que más hablaba, ofreciendo explicaciones fantasiosas, pero todas “patrióticas”». En la fábrica Kírov, los informadores tomaron nota de las reacciones de los trabajadores. Los oradores se mostraron firmes en la reunión pública, como era de esperar: «No encuentro palabras para describir la traición inconcebible de esos perros fascistas», dijo uno. «Nuestro deber es unirnos en bloque en torno al gobierno y al camarada Stalin, no pensar en nosotros mismos y volcar todas nuestras fuerzas en trabajar para el frente». Pero en su fuero interno estaban enfadados y asustados.
Oyeron al camarada Martínov decir en una conversación privada: «Ya ves, le damos nuestro pan a Hitler ¡y ahora se vuelve contra nosotros!». E. P. Batmánova afirmó haber oído que los alemanes habían tomado Hanko [una base naval soviética situada al oeste de Helsinki]. Los miembros del partido allí presentes la reprendieron con dureza y explicaron a otros camaradas que ese tipo de conversaciones son perniciosas y favorecen los intereses del enemigo.
Al día siguiente, «el encargado del comedor, el camarada Soloviov, retrasó la comida […] por problemas con el transporte. Entre los que esperaban se oyó la siguiente conversación: “Solo estamos en el segundo día de guerra y ya no hay pan. Si la guerra dura un año, nos moriremos todos de hambre”».[2]
Así y todo, el talante de la inmensa mayoría durante los primeros días de la guerra fue de patriotismo genuino. Antes incluso del 27 de junio, día en que se emitieron las órdenes para la movilización general, se formaron colas de voluntarios a las puertas de las oficinas del partido, en los centros de alistamiento militar y en los despachos de las fábricas. Unos cien mil leningradenses se presentaron voluntarios en las primeras veinticuatro horas de la guerra, mucho antes de que la burocracia oficial tuviera tiempo de llamar a filas.[3] El jueves 26, la fábrica Kírov informó que había recibido unas novecientas solicitudes para ingresar en sus milicias y ciento diez para afiliarse al partido. La oficina de reclutamiento del distrito admitió alrededor de mil peticiones, tanto de mujeres como de hombres, para que los enviasen al frente.[4] El día en que se declaró la guerra, Ígor Krugliakov, de ocho años, fue con su padre y sus tíos al estudio fotográfico de Karl Bulla, en la avenida Nevski, para hacerse un retrato familiar. Recuerda que al día siguiente fueron «al Lado de Petrogrado a acompañar a mi padre al comité militar. Me acuerdo de aquel voyenkomat; el patio interior estaba completamente rodeado de edificios. Había un puestecito de control y registraron a mi padre a toda prisa. Se marchó aquella misma noche».[5]
Durante las semanas siguientes, los trabajadores del partido organizaron campañas semivoluntarias, aunque muy supervisadas, de recaudación de fondos para la defensa. En la fábrica Kírov, los «obreros veteranos» de mayor edad pedían a sus colegas que donasen joyas, dinero, bonos y otros objetos de valor, así como la paga de un día o más. Recibieron tantos objetos que los tesoreros de la planta no tardaron en solicitar que las donaciones se entregaran directamente en los bancos. En una reunión pública, rechazar la invitación oficial del partido a renunciar a la paga era muy difícil. Pero, como señala el historiador Andréi Dzeniskévich —uno de los primeros en recuperar archivos leningradenses de la época de la guerra a principios de los noventa, recién caído el comunismo—, solo una preocupación genuina podría haber inducido a la gente a «entregar unos pendientes de oro o una mera cucharilla de plata, objetos de cuya existencia no sabía nadie más que quien los entregaba».[6]
Esa ola de voluntariado patriótico también arrastró a la intelligentsia de la ciudad, el grupo social, aparte de los militares y de los miembros veteranos del partido, que más había sufrido la represión de los cinco años anteriores y, por tanto, el que más razones tenía para odiar al gobierno. Pese a las diferencias abismales de contexto, el ansia de actuar, al menos entre los jóvenes, no era tan distinto del que empujaba a las trincheras a los estudiantes henchidos de patriotismo de la época eduardiana británica. «¡Hola, Irina!», escribió un muchacho de dieciocho años a su novia aquel mes de junio:
Voy a presenciar algo extraordinario e importante: ¡me voy al frente! ¿Entiendes lo que significa? Seguro que no.
Es un examen de uno mismo: de tus opiniones, tus gustos, tu carácter. Y no es una paradoja. Después de haber ido a la guerra quizá sea capaz de entender mejor la música de Beethoven y la genialidad de Lérmontov y Pushkin. […]
Bueno, no tengo tiempo de escribir. Ahora estoy en una posición más ventajosa que tú. Voy a zambullirme en el ajetreo propio de la vida, mientras que tú estás destinada a enterrar la nariz en los libros. ¿Estoy exagerando con lo de los libros? Es igual; puede que nos veamos algún día. Te cojo las manos y te las aprieto con fuerza,
OLEG[7]
Los rusos de más edad, para quienes la Unión Soviética era un país extraño y hostil, se sintieron identificados con su tierra de un modo nuevo. «En medio de la consternación de los primeros días», expresó más tarde la crítica literaria Lidia Ginzburg, que entonces tenía treinta y nueve años, los leningradenses con estudios
querían librarse de la soledad, un tipo de egocentrismo que potenciaba el miedo. Era un movimiento instintivo, […] el sueño eterno de escapar de uno mismo, de las responsabilidades, de lo transpersonal. Todo ello encontró una expresión absurda en una peculiar sensación de coincidencia. Los intelectuales querían para sí lo mismo que los demás querían de ellos.
Para su sorpresa, la gente que se había acostumbrado por necesidad a aparentar y a ser hipócrita, a no decir nunca lo que realmente pensaba, excepto a sus amigos más íntimos, de repente se encontró de manera natural en sintonía con el talante popular y permitido por el Estado. «Quienes no estaban obligados a alistarse —recordaba Ginzburg— querían hacer algo a toda costa: ayudar en un hospital, ofrecerse como intérpretes, escribir un artículo para algún periódico…, al parecer sin pedir dinero a cambio». La administración no siempre sabía qué hacer con ellos. «Cayeron en un sistema inadaptado por completo ante semejante material psicológico. Con la grosería y la desconfianza habituales […] los echaban de unos departamentos y los arrastraban a otros en contra de su voluntad».[8]
Una de las muchas personas que se sentían apasionadamente identificadas con su país al tiempo que detestaban el gobierno fue Anna Ajmátova. Nacida en 1889 y criada en Tsárskoye Seló, una ciudad palaciega situada al sur de San Petersburgo, había cosechado fama antes de la revolución como escritora de versos amorosos líricos y agridulces, y había viajado por Europa, donde la había retratado Modigliani —alta, delgada y de nariz aguileña—. Las sombras empezaron a aparecer en su vida a finales de los años veinte, cuando detuvieron y ejecutaron a su exmarido, el poeta Nikolái Gumiliov, uno de los primeros artistas prominentes víctima de los bolcheviques. Durante la década siguiente, mientras a su alrededor sus amigos desaparecían en los campos de trabajo, se volcó en la lectura y la traducción, y continuó componiendo en secreto poesía cada vez más profunda y desgarradora. Cuando terminaba un manuscrito, lo confiaba a su memoria y a la de sus allegados, y luego lo quemaba. En 1938 detuvieron a su hijo, de veintiséis años, por tercera vez en un lustro y lo enviaron a un gulag, donde se encontraba cuando empezó la guerra. A pesar de todo, Ajmátova aceptó de buena gana la propuesta de darle voz a un discurso patriótico para «las mujeres de Leningrado» y cuando le tocaba el turno, ocupaba su puesto delante del palacio Sheremétev, en el canal Fontanka, donde vivía, de manera caótica y sin apenas espacio, con su segundo exmarido, el historiador de arte Nikolái Punin, su nueva mujer y la hija de este.
Otra escritora que lidiaba con la distinción entre país y régimen fue la poeta de treinta y un años Olga Berggolts. Casi olvidada en la actualidad, Berggolts se hizo famosa con Fevralski dnevnik, un poema largo vívido y bastante atrevido para la época, que escribió durante el primer invierno del asedio y que se retransmitieron a principios de 1942. Cuando estalló la guerra, Berggolts aún no había alcanzado la fama; era una joven empleada de la emisora de radio de la ciudad. Rubia y delicada, de rostro ovalado y dulce y ojos grandes y azules, conocía y admiraba a Ajmátova, pero pertenecía a una generación más joven y era una comunista convencida, pues había crecido en la década idealista que siguió a la revolución. Hasta 1937 no se sintió decepcionada, cuando detuvieron a su exmarido (más tarde lo ejecutaron en secreto) y a ella la expulsaron del partido y de la Unión de Escritores. Dieciocho meses después le tocó su turno: la llevaron a la cárcel que había detrás de la sede del Ministerio de Asuntos Internos, en la avenida Liteini, y la golpearon en el vientre hasta que sufrió un aborto. La liberaron al cabo de siete meses, salvada irónicamente por el propio Terror, que había llegado a los grados más altos de los servicios de seguridad de Leningrado y había provocado la purga de sus propios carceleros.
Cuando empezó la guerra, dos años después, Berggolts había vuelto a su normalidad cotidiana: una aventura, alcohol mediante, con un compañero de la radio; ideas vagas acerca de escribir una novela; ayudar a su hermana a que le practicaran un aborto ilegal… La entrada de su diario del día 22 de junio reza simplemente «¡Guerra!», pero aquel día también escribió un poema impublicable que trataba de conciliar el amor a su patria con la inmensa desilusión ante el comunismo tal como lo aplicaba Stalin:
Tampoco aquel día olvidé
los años amargos de persecuciones y penas.
Pero en un instante cegador entendí:
no me sucedió a mí, sino a ti;
fuiste tú quien encontraste fuerza y esperaste.
No, no he olvidado nada,
pero hasta los muertos y las víctimas
se levantarán ante tu llamada;
todos nos levantaremos, no solo yo.
Te amo con un amor nuevo,
amargo, vivo, que todo lo perdona.
Madre patria con la corona de espinas
y un luminoso arcoíris sobre ti. […]
Te amo —no puedo no amarte—,
y tú y yo otra vez somos una, como antes.[9]
Los hombres encargados de asegurar que la rabia pública ante la noticia de la invasión germana no desembocara en desórdenes fueron Zhdánov (que regresó a Leningrado el 26 o el 27 de junio), Piotr Popkov (el exaltado presidente del sóviet de la ciudad) y, con la declaración de la ley marcial, el teniente general Popov, comandante de la guarnición de Leningrado. El cumplimiento efectivo de las órdenes de los líderes recayó en los comités ejecutivos de los sóviets regionales, municipales y de los quince distritos de la ciudad. La estructura seguía por completo el ejemplo de Moscú: la orden n.º 1 del 27 de junio emitida por Popov, por ejemplo, que decretaba trabajar más horas, restringir los viajes e imponer el toque de queda, era una copia literal de la que había promulgado el comandante de la guarnición de Moscú dos días antes. «Es difícil no tener la impresión —según un historiador— de que el comandante de la guarnición de Leningrado hubiera copiado la orden del diario Pravda».[10]
Esta maquinaria, con sus solapamientos y exceso de dependencia del lejano Kremlin y del despacho de Zhdánov en el instituto Smolni —la antigua y adusta escuela de chicas donde se ubicaba la sede central del partido en Leningrado—, se mantuvo activa casi hasta que la ciudad quedó rodeada. La creación, el 24 de agosto, del Consejo Militar del Frente de Leningrado, que reunía a Zhdánov y al comandante del grupo de ejércitos, el mariscal Kliment Voroshílov, mejoró en cierta medida la toma de decisiones, pero el problema de la centralización persistió. Cuatro días antes, Zhdánov había intentado liberarse de algunas de sus responsabilidades titánicas mediante la creación de un segundo comité, del que no sería miembro, que se encargara de la construcción de fortificaciones, la producción de armas y el entrenamiento militar de los civiles. Stalin lo telefoneó de inmediato quejándose de que el nuevo organismo se había concebido sin su permiso e insistió en que Voroshílov y Zhdánov formaran parte de él. De ese modo, Zhdánov se encontró con dos comités casi idénticos y desmembró el segundo diez días después. Gordo, asmático, alopécico, con la casaca caqui cubierta de caspa y ceniza de cigarrillos, no volvió a intentar delegar nada. En aquel entonces se decía que ni un voltio de electricidad se asignaba sin su consentimiento, y podría decirse que así era. En sus archivos, entre el montón de documentos triviales que llevan su firma, una orden típica era, por ejemplo, que una fábrica le suministrara a otra nueve tanques de oxígeno.[11]
En las crisis, el primer impulso de estos hombres era detener a gente. A la una de la madrugada del viernes siguiente a la invasión, a Yelena Skriábina y a su marido los despertó el timbre de la puerta. «Todo el que vive en la Unión Soviética sabe qué significa una llamada al timbre a esas horas. Es el sonido que anuncia una orden de registro o una detención. Pero aquella vez resultó ser una convocatoria del centro de reclutamiento». Cuatro días después Skriábina oyó que una colega suya no había tenido tanta suerte: «Llegaron de noche, buscaron, no encontraron nada, no confiscaron nada, pero se la llevaron igualmente. Lo único que sé es que el director del instituto donde trabajamos las dos le tiene mucha manía. Podría ser que la acusaran de “lazos con el extranjero”». Skriábina fue de visita a casa de la familia de la detenida y pasó allí más rato del que tenía previsto; cuando llegó a su casa, su propia familia estaba convencida de que también la habían detenido.[12]
Las víctimas más predecibles de la nueva ola de terror que se extendió en Leningrado al empezar la guerra fueron los ciudadanos de etnia alemana. Eran descendientes de los bálticos de lengua germana, bien de los campesinos a quienes Catalina la Grande había invitado a asentarse en las tierras esteparias del sur para labrarlas, bien de los numerosos alemanes que llegaron más tarde a hacer carrera profesional o militar bajo los zares. La mayoría llevaban generaciones viviendo en Rusia y eran indistinguibles del resto de los rusos, salvo por los apellidos. (Unos intentaron evitar la deportación cambiándose el nombre; otros, haciéndose pasar por judíos).[13] Con una estrategia ya perfeccionada en los países bálticos y en el este de Polonia, les dieron veinticuatro horas para preparar la marcha y los hacinaron en trenes de mercancías; a esta operación la designaron con el eufemismo de «evacuación forzosa» y los llevaron al Ártico, a Asia Central, a Siberia y al Lejano Oriente ruso. En el verano de 1941 deportaron a unas veintitrés mil personas de origen alemán y finlandés, y a 35.162 más en marzo de 1942 por el hielo del lago Ládoga.[14] Entre ellos se encontraban los Triberg, que vivían en la avenida Nevski, encima de lo que fuera el negocio familiar, la conocida zapatería Alexandr. «Eran una familia normal», recordaba un vecino sesenta años después:
Vivían en nuestra planta, en nuestra escalera, en el número 11 de la avenida Nevski. […]
Tenían tres hijos, dos chicos y una niña de tres años. Los dos mayores, de doce y dieciséis, pasaban a veces por casa. Su madre y su tía me daban clases de alemán; eran unas mujeres bellísimas, elegantes e inteligentes. La madre era especialmente simpática y de elevado nivel intelectual. El hijo mayor parecía haber heredado todas las virtudes de la madre, así como las del padre, un ingeniero que hablaba varios idiomas europeos. Afirmo con todo convencimiento que el país perdió un futuro erudito cuando se quedó sin ese joven.
En realidad los perdió a todos. Lo que ocurrió fue lo siguiente:
En 1938 detuvieron al padre.
En 1941 detuvieron a la madre.
En 1944 la ejecutaron.
Los hijos se quedaron huérfanos y sin nada en absoluto: les confiscaron todas sus posesiones. En consecuencia, el hijo mayor murió de hambre, puesto que no tenían nada para intercambiar por pan. El hijo menor se quedó con su tía y su hermanita. Eran sombras vivientes: una mujer que se moría de inanición y dos niños distróficos [esqueléticos]. En esas condiciones los deportaron de Leningrado por el hielo del lago Ládoga.
La tía murió en el viaje y separaron a los dos niños; nunca volvieron a verse. Así pereció una familia, como expresó el vecino con frialdad, «en la última guerra contra los alemanes, aunque, hablando con propiedad, no a manos de los alemanes».[15]
Otro gran grupo de deportados o detenidos (71.112 hasta octubre de 1942, según los documentos del servicio de seguridad) fueron los individuos «socialmente alienados» y «delictivo-criminales» de la población general. En la práctica eran el mismo tipo de personas que habían sido objeto de las purgas entre 1936 y 1938: miembros de la antigua burguesía («elementos desclasados»), campesinos («antiguos kulakí), minorías étnicas («nacionalistas»), practicantes religiosos («sectarios»), mujeres e hijos de víctimas previas de la represión («parientes de enemigos del pueblo») y cualquiera que tuviera contacto con el extranjero o supiera algún idioma («espías y traidores»). Como siempre, podía resultar funesto airear una queja o afirmar lo obvio; la primera ejecución soviética por «propagar rumores derrotistas» se registró en Leningrado a principios de julio. Detuvieron a cientos de personas corrientes por quejarse de su jornada laboral, por predecir una mala cosecha o por transmitir noticias de los bombardeos de Kíev y Smolensk.[16]
Uno de los leningradenses más notables que desapareció en aquella época fue el escritor del absurdo Daniil Yuvachov, más conocido por el pseudónimo Daniil Jarms. Reliquia de la vanguardia de los años veinte, cultivó todo un abanico de excentricidades: estudiaba ocultismo, no bebía nada más que leche y desfilaba por el barrio de la calle Mayakovski, donde vivía, con gorro y chaqueta de cazador, pantalones de golf, un reloj de gran tamaño y calcetines de cuadros. Sus fragmentos de prosa y diálogos —que no se publicaron hasta finales de los ochenta— captan la monotonía y la loca violencia burocrática de su época con un humor negro y tintes propios de las pesadillas. En un relato, un hombre sueña una y otra vez con un policía escondido en unos arbustos que adelgaza sin cesar hasta que un inspector de Sanidad ordena que lo plieguen y lo tiren a la basura. En otro, unas ancianas cotillas se asoman por una ventana y van cayendo una tras otra al suelo. En un tercero, unos amigos se pelean discutiendo si el número siete va antes del número ocho hasta que los distrae un niño que «por suerte» se cae de un banco del parque y se rompe la mandíbula. Jarms fue detenido en agosto y enviado al pabellón psiquiátrico de la cárcel Krestí, donde murió por causas desconocidas dos meses más tarde. ¿Por qué lo detuvieron? «Quizá —conjetura el historiador especialista en el asedio Harrison Salisbury— solo porque llevaba un sombrero peculiar».
El voluntariado de los primeros días de la guerra enseguida se hizo obligatorio. El viernes 27 de junio —antes que en el resto de la Unión Soviética—,[17] el sóviet de la ciudad de Leningrado emitió una orden en la que llamaba a movilizarse para efectuar tareas de defensa civil a todos los hombres físicamente aptos de entre los dieciséis y los cincuenta años, y a todas las mujeres, excepto las que tuvieran hijos pequeños a su cargo, de entre dieciséis y cuarenta y cinco años. A muchos los enviaron al campo a cavar trincheras antitanques; a los demás los pusieron a trabajar en la ciudad: construían refugios antiaéreos bajo tierra, camuflaban edificios públicos (cubrieron por completo el Smolni con redes, y aficionados a la escalada pintaron de gris la aguja dorada del Almirantazgo), formaban equipos antiincendios, desactivaban explosivos, organizaban grupos de primeros auxilios y sustituían a los trabajadores de las fábricas reclutados por el ejército. Buena parte de la responsabilidad de que todo esto funcionara recaía en los ubicuos y detestados uprávdomi, o administradores de los bloques de pisos, a quienes se les dio el poder de asignar tareas de defensa civil, de comprobar los permisos de residencia y de informar sobre los que eludían el reclutamiento.[18]
A los niños toda esta actividad nueva les resultaba bastante divertida. Yuri Riabinkin ayudó a construir refugios antibombas cerca de la catedral de Kazán —«Ahora tengo ampollas y astillas en las dos manos», escribió con orgullo—, cargó arena —«Los chicos modelaron el careto feo de Hitler en la arena y lo golpearon con las palas»—, jugó al billar y mucho más al ajedrez en el palacio de los Pioneros y leyó David Copperfield.[19] El pequeño Ígor Krugliakov, que se encontró abandonado a su suerte, empezó a explorar: fue a los jardines del Táuride, donde los globos de barrera, una especie de zepelines para la defensa antiaérea, de color plateado, nadaban como ballenas enormes sobre los caminos de grava, y fue al museo Suvórov, donde el conserje le dejaba subir al tejado a ver sus palomas de competición. El 27 de junio empezaron los apagones —no se notaban mucho en las noches cortas y claras de la época del solsticio—, y a los niños les repartieron distintivos fosforescentes con forma de libélula o de rosa para prevenir accidentes. Llenaron de arena las buhardillas y los desvanes, los pintaron con cal ignífuga y protegieron las ventanas con tiras de papel o gasa para reducir la rotura de los cristales. Colocar las tiras, escribió Lidia Ginzburg, «obraba un efecto tranquilizador, ya que distraía a la gente del vacío de la espera. Pero tenía también algo de inquietante y extraño, pues aquello evocaba una reluciente sala quirúrgica en la que todavía no había heridos, pero pronto los habría». A otros, las finas tiras les parecían decorativas, como un enrejado de jardín o los marcos tallados de las ventanas de las cabañas de los campesinos más prósperos. Algunos motivos eran bastante originales —los moradores de un edificio del Fontanka elaboraron los suyos con forma de palmeras y monos sentados debajo—, pero el patrón más común eran dos diagonales simples, y la cruz de San Andrés resultante se convirtió en un leitmotiv visual del asedio.
Dmitri Lijachov, exento de la leva por motivos de salud, participó en el entrenamiento militar con sus colegas de la Casa Pushkin.
A nosotros, los «tarjetas blancas» [conocidos así por el documento que los eximía], nos enrolaron en el destacamento de defensa del edificio, pertrechados con escopetas de dos cañones, y nos pusieron a entrenar delante de la Facultad de Historia. Me acuerdo de B. P. Gorodetski y V. V. Gippius. Este último era muy gracioso, porque marchaba de puntillas, inclinando todo el cuerpo hacia delante. El instructor se reía en silencio igual que todos los demás.
Previsor, Lijachov también almacenó comida e insistió a su familia para que cogieran toda la ración de pan que les correspondía, en sus inicios generosa; lo cortó en rebanadas y las puso a secar al sol, en el alféizar de la ventana, hasta que llenaron una funda de almohada que colgaron en una pared a salvo de los ratones. También se empeñó en que compraran todo lo que pudieran. Las tiendas se vaciaban muy deprisa y condenaban las ventanas con entablados dobles rellenos de arena. Más tarde se arrepentiría de no haber comprado más.
En invierno, tumbado en la cama, solo pensaba en una cosa hasta que me dolía la cabeza: allí, en las estanterías de las tiendas, tenían pescado en lata. ¿Por qué no compré? ¿Por qué solo compré once tarros de aceite de hígado de bacalao y no volví una quinta vez a la botica para comprar otros tres? ¿Por qué no compré unas cuantas tabletas de vitamina C y de glucosa? Esos porqués horribles no dejaban de atormentarme. Pensé en todos y cada uno de los platos de sopa que había dejado de comer, en cada cuscurro de pan que habíamos tirado, en cada peladura de patata con tanto remordimiento y desesperación como si fuera el asesino de mis hijos. De todos modos hicimos cuanto pudimos y no nos creímos ninguna de las noticias tranquilizadoras que daban en la radio.[20]
Gueorgui Kniázev, el director del archivo de la Academia de las Ciencias, estaba confinado a una silla de ruedas por una parálisis en las piernas. Todos los días se impulsaba por el mismo tramo de ochocientos metros del espolón de la isla Vasílievski. Salía de su edificio, en el que había una placa de bronce con la inscripción Edificio de los Académicos; pasaba por un par de esfinges importadas de Luxor por Nicolás I, por el palacio Ménshikov, con sus gabletes, y por la plaza Rumiántsev, llena de tilos, y llegaba al pórtico de la academia. En la orilla opuesta se extendía el paisaje clásico petersburgués: a la izquierda, después del puente del Palacio, las masas rococó del Hermitage y el palacio de Invierno; apenas visibles detrás de ellos, el ángel de la plaza del Palacio y las cúpulas más altas de la catedral del Salvador sobre la Sangre Derramada, como espirales de caramelo; delante, el edificio del Almirantazgo con su aguja; a la derecha, la cúpula ovalada de San Isaac y la famosa estatua ecuestre de Pedro el Grande —el Jinete de Bronce—, obra de Falconet, encabritada sobre el enorme bloque de granito. Ese tramo, esa vista, era lo que Kniázev llamaba su «pequeño radio», la estrecha grieta por la que observaría el asedio. Prosaico y convencional (su diario se dirige, con ironía no intencionada, a «ti, mi amigo distante, miembro de la futura sociedad comunista, para quien toda guerra será tan inherentemente repulsiva como lo es el canibalismo para nosotros»),[21] pasó los primeros días de la guerra escuchando la radio («¡Los pueblos de Europa deben alzarse en sublevación!»), preparando un botiquín de primeros auxilios («para posibles quemaduras o heridas») y tratando de motivar a sus empleados, que mostraban cierta tendencia a «vigilar el sofá del despacho del presidente» en vez del depósito del archivo. El 2 de julio visitó la sede central de la administración de archivos, ubicada en el viejo edificio del Senado.
En la escalinata que antaño oyera el golpeteo del sable del oficial de la guardia Lérmontov […] ahora cuelga, unida a una cuerda gruesa, una barra y, a su lado, una vara de metal; es para avisar en caso de que se produzca un ataque con gas. En el rellano superior reinaban las sombras, aunque estaban encendidas las lámparas azules. Al caminar por el pasillo, casi a oscuras, me sentí como en una obra de Meyerhold.
El depósito del Instituto de Literatura Rusa estaba hecho un desastre. Casi no reconocí las salas. Era un caos. […] Detrás de una estatua de Alexandr Vsévolozhski había dos barriles enormes con agua, uno de los cuales ya rebosaba. Por todas partes se veían cajas de arena y palas, y una manguera de incendios recorría el pasillo. Fuera de la Sala de Pushkin había cajas, unas llenas y otras vacías. Tuve que reconocerlo: los manuscritos de Pushkin estaban perfectamente empacados. […] Pero reinaban el revuelo y el nerviosismo. Justo al lado de las cajas, un empleado estaba dictando un artículo sobre el fascismo a un mecanógrafo. Otro escribía una lista de lo que había que empaquetar. […] Por doquier pasaba gente cargada con sacos de arena.
Yelena Skriábina decidió escapar de la guerra —y reducir las probabilidades de que la detuvieran— alquilando una dacha (los precios se habían desplomado) cerca de la ciudad de Pushkin, la antigua Tsárskoye Seló, o «Villa Real», que había crecido alrededor de los palacios de verano de los zares. Allí, sus hijos y ella pasaban el tiempo paseando al sol entre las caprichosas construcciones arquitectónicas del parque del palacio de Catalina. «El cielo azul, el lago azul y el marco verde de la orilla. Qué paz. No se oyen voces. Nadie pasea por los caminos. Lo único que se ve, a lo lejos, son las paredes plateadas de los palacios que destellan entre el verdor».[22] Sin embargo, en las visitas semanales a la ciudad era imposible no ver la realidad. Estaba preocupada por los ataques con gas (en vano, como resultó al final; se repartieron máscaras de gas, pero no hubo necesidad de usarlas) y por el hambre, «porque todas esas noticias tranquilizadoras de cantidades gigantescas de provisiones son mentiras descaradas». Su vecina Kurákina le contaba en voz baja las palizas que había soportado su marido, recién liberado de un campo de trabajos forzados, medio sordo y aterrado; en el cielo sin nubes volaban aviones muy alto que dejaban estelas de vapor, una novedad siniestra para los leningradenses, que pensaban que formaban parte de algún tipo de sistema de señalización de objetivos.
No fue hasta el 3 de julio, once días después de la invasión, cuando Stalin emitió su primer comunicado sobre la guerra. Tosco y apremiante —el borde del vaso de cristal le tintineaba contra los dientes cada vez que bebía agua—, fue, en palabras del corresponsal de la BBC en Moscú, Alexander Werth, «un gran discurso que exhortaba a mantener el aplomo, un discurso de sangre, sudor y lágrimas, solo comparable al que pronunció Churchill después de Dunkerque».[23] Empezó con una informalidad nueva, casi suplicante: «¡Camaradas, ciudadanos, hermanos y hermanas! ¡Recurro a vosotros, amigos míos!». Hizo un llamamiento a la nación invocando un enfrentamiento total, en la línea de la guerra contra Napoleón. La producción se incrementaría hasta el máximo de su capacidad y se llevaría ante los tribunales militares a «los quejicas, los cobardes, los desertores y los alarmistas». «Ni un solo vagón de tren, ni un solo kilo de pan, ni un solo litro de aceite» se dejarían en el camino de los esclavistas fascistas, y tras sus filas los partisanos volarían carreteras, puentes y cables telefónicos, e incendiarían bosques, provisiones y convoyes. Se sometería a «condiciones intolerables» al «enemigo y sus cómplices», a quienes «perseguirían y eliminarían a cada paso». «Toda la fuerza del pueblo —concluyó Stalin con énfasis, como un mazazo— debe emplearse para aplastar al enemigo. ¡Hacia la victoria!».
El discurso tuvo un efecto estabilizador dentro y fuera de Leningrado. En los cines de Moscú, recordaba Werth, el público rompía en vítores exaltados cuando Stalin aparecía en los cortos noticiarios, cosa que «probablemente, en la oscuridad, la gente no haría a menos que le apeteciera de verdad».[24] Aunque Stalin, desde luego, infravaloró mucho el éxito de la operación Barbarroja (afirmaba que los alemanes habían sufrido pérdidas desastrosas), los rusos pensaron que ya habían oído lo peor y conservaron la confianza. La acuarelista de setenta años Anna Ostroúmova-Lébedeva (que había estudiado con Repin, Bakst y Whistler, y había visto reinar a tres zares) lo escuchó con su sirvienta Niusha en su piso del Lado de Víborg, cerca de la estación de Finlandia. «Hoy —escribió en su diario— he escuchado, con verdadera ansia, las sabias palabras del camarada Stalin. Sus palabras vierten en el alma sensaciones de calma, esperanza y alegría».[25]
No se habría tranquilizado tanto si hubiera sabido lo lejos que habían llegado los alemanes. Para la Unión Soviética, los primeros once días de la guerra fueron devastadores. Contra ella se desplegó la mayor fuerza invasora que hubiera visto el mundo: cuatro millones de soldados alemanes y del Eje, 3.350 tanques, siete mil piezas de artillería de campaña, unos dos mil aviones y seiscientos mil caballos. Sobre todo en el norte superaban con mucho al Ejército Rojo, que contaba con 370.000 soldados, en comparación con los 655.000 de la Wehrmacht. (La cantidad de artillería, tanques y aviones de combate era similar).[26] Por otra parte, los alemanes estaban mejor capitaneados y organizados. El Grupo de Ejércitos Norte —uno de los tres que atacó a lo largo de la frontera germanosoviética— lo encabezaba el mariscal de campo Wilhelm Ritter von Leeb, un militar de sesenta y cinco años que había liderado la ruptura de la Línea Maginot. Por debajo de él, comandando los ejércitos 16.º y 18.º, se encontraban los generales Ernst Busch y Georg von Küchler, con la victoria en Francia todavía fresca. La vanguardia blindada del Grupo de Ejércitos era el 4.º Grupo Pánzer, dirigido por el general Erich Hoepner, a cuyas órdenes estaban los coroneles generales Hans Reinhardt y Erich von Manstein; ambos se contaban entre los mejores comandantes de tanques hitlerianos. El Grupo de Ejércitos Noroeste del Ejército Rojo, en cambio, había perdido a los altos rangos con las purgas de Stalin y, aún recuperándose, se encontraba en plena reorganización y redistribución. El grueso de sus fuerzas estaba mermado y a muchos de sus miembros ni siquiera les habían proporcionado munición real. Tampoco la arquitectura defensiva era adecuada: en junio de 1941, casi todo el ejército había abandonado los búnkeres de la frontera antigua, la previa a 1939, la llamada Línea de Stalin, pero seguía construyendo fortificaciones más al oeste.
Lo primordial, sin embargo, fue que Alemania contó con el factor sorpresa. Cuando los guardas fronterizos soviéticos se despertaron con el ruido de las explosiones la madrugada del 22 de junio, muchos ni siquiera habían recibido la orden de pasar a alerta máxima que había emitido Stalin con reticencia menos de tres horas antes. Perplejos y temerosos de tomar iniciativas, los oficiales jóvenes enviaron telegramas en los que pedían órdenes: «¡Nos están disparando! —decían muchos mensajes—. ¿Qué hacemos?». Las fuerzas aéreas tampoco tuvieron tiempo de movilizarse; los pilotos de la Luftwaffe se asombraron al encontrar los aviones soviéticos alineados, sin camuflar, en posiciones muy adelantadas, e incluso los que consiguieron despegar eran blancos fáciles. «Los rusos estaban muy adentrados en nuestro territorio —escribió un as de la aviación finlandés con respecto a un avión ruso—, así que contuve el fuego; tampoco estoy seguro de haber sido capaz de aniquilar a un pato mareado como aquel. […] Su forma de volar era tan inexperta que no podía ser más que un novato». En total, el primer día de la guerra destruyeron mil doscientos aviones en sesenta y seis bases, tres cuartas partes de ellos en tierra.[27] El resto del año, la superioridad aérea de los alemanes fue absoluta, y ametrallaron y bombardearon tanto como les permitieron sus recursos, todavía mermados por la batalla de Inglaterra. Si los bombardeos en Leningrado no empezaron hasta principios de septiembre fue porque los alemanes tuvieron que reparar pistas de aterrizaje que la propia Luftwaffe había bombardeado con anterioridad, y la ciudad habría sufrido muchos más destrozos si no hubiera sido por los cientos de cañones de luz, armas antiaéreas y «cornetas», unos dispositivos con forma de bocinas gigantes de gramófono que detectaban la aproximación de los que a menudo eran los mismos bombarderos que habían arrasado Londres doce meses antes.
Con todo de su parte —el número de soldados, la comandancia, el elemento sorpresa y la superioridad aérea—, el Grupo de Ejércitos Norte avanzó a una velocidad pasmosa. Aunque los leningradenses no lo sabían, en tres días de guerra los Grupos Pánzer de Von Leeb invadieron casi toda Lituania y al día siguiente tomaron una cabeza de puente en el río Dvina, en Letonia, una línea que los ejércitos zaristas habían defendido durante dos años, de 1915 a 1917. «Dudo mucho de que vuelva a experimentar jamás nada comparable a aquella acometida impetuosa —escribió Von Manstein en sus memorias (por desgracia, muy escuetas)—. Era el sueño hecho realidad de cualquier comandante de tanques». En Lituania y Letonia, donde la mayoría de los ciudadanos se alegraron de ver expulsados a los soviéticos, las mujeres regalaban ramos de flores a los soldados de caballería alemanes y las milicias nacionalistas se sumaban a la lucha y al linchamiento de judíos.
Mientras avanzaba el ataque alemán, las comunicaciones del Ejército Rojo dejaron de funcionar. Conversaciones telefónicas a gritos se cortaban a media frase; los coches oficiales sorteaban aldeas humeantes en busca de puestos de comandancia. Las órdenes llegaban desfasadas (si llegaban): mandaban desplegar fuerzas que ya no existían o defender puntos situados desde hacía días en la retaguardia alemana. Un ejemplo esclarecedor fue el del 5.º Regimiento Motorizado de Fusileros. Como otras unidades fronterizas, no formaba parte del ejército regular, sino que llegó con el creciente imperio de seguridad del Comisariado Popular de Asuntos Internos, el NKVD. El estallido de la guerra pareció haber pillado al regimiento totalmente por sorpresa. A las diez de la mañana del 22 de junio, el regimiento se hallaba en la carretera de Vilnius a Riga, cuando de improviso los aviones de ataque alemanes, los Stuka, los bombardearon en picado. «El pueblo de Siauliai ardió —informó el regimiento— y los aviones alemanes fueron muy despiadados con los refugiados y con los soldados que avanzaban por la carretera. Con ese episodio quedó claro que la guerra había empezado». El regimiento se refugió en un bosque, y allí un mensajero los alcanzó con la orden de que se dirigieran con urgencia a Riga, donde habían estallado los «disturbios». El regimiento llegó a la ciudad y la encontró sumida en un levantamiento encabezado por los partisanos letones antisoviéticos, que habían montado puestos de ametrallamiento en las torres de las iglesias, las buhardillas y las ventanas de los últimos pisos de los edificios art nouveau. Los sublevados atacaron el cuartel del Ejército Rojo, la sede del NKVD, las oficinas del Partido Comunista letón y la estación de tren. El regimiento reunió a la guarnición local y «se enfrentó a los quintacolumnistas con saña. Respondían al fuego que salía de las ventanas, las torres y los campanarios con los disparos de ametralladoras y tanques». Fusilaron allí mismo a ciento veinte «canallas que atraparon entre los quintacolumnistas» y tomaron represalias contra los civiles: «Frente a los cadáveres de nuestros camaradas caídos, los soldados del regimiento prestaron el juramento de aniquilar a esos reptiles fascistas, y el mismo día la burguesía de Riga sintió nuestra venganza en su pellejo».
No sirvió de mucho. El 30 de junio llegaron a la ciudad unidades del 8.º Ejército, pero desmoralizadas y desorganizadas, pues se batían en retirada. Cinco días después, los soviéticos se vieron obligados a abandonar Riga y se replegaron hacia el norte, en Estonia. La operación fue un caos: volaron el puente del ferrocarril de Riga antes de que lo cruzaran todos los soldados soviéticos. Entre los que no pasaron había otro regimiento fronterizo del cual no volvió a saberse nada; como declaraba con sequedad el informe del 5.º Regimiento Motorizado: «Ya que los oficiales y los soldados del 12.º Destacamento Fronterizo no aparecieron después de la batalla, no se conserva documentación alguna». El 10 de julio llegó la orden de Zhdánov de que mantuvieran la posición en el río Návesti, pero los alemanes ya lo habían cruzado. Tras dos horas de batalla cruenta, el Ejército Rojo se retiró en desbandada a la población de Vijma. «En las afueras de Vijma hubo literalmente una carnicería. Como ebrios, los fascistas furiosos intentaron salir de Vijma, pero los soldados y comandantes del 320.º Regimiento de Fusileros y del 5.º Regimiento Motorizado de Fusileros retuvieron al enemigo con fuego y bayonetas». A aquellas alturas ya no podía quedar mucho del 5.º Regimiento Motorizado, pues se le ordenó que se pusiera bajo el mando de otro regimiento de la misma división, que volviera a tomar posiciones en Vijma y que «hiciera regresar a los desertores con fuego si era necesario». Aquello era un requerimiento imposible de cumplir: ametrallados «sin cesar» por los cazas alemanes, los soldados y los civiles que huían atestaban los caminos.[28]
Mientras los soviéticos pugnaban por salir de Riga, al este, los carros de combate Pánzer de Reinhardt rompieron la vieja Línea de Stalin en Óstrov, población que había estado en la frontera estoniosoviética hasta 1940. Allí, la campiña báltica de granjas encaladas y terrenos cuidados daba paso a la Rusia real: un paisaje cenagoso, sin drenar, de alisos, sauces y juncales, abedules cubiertos de maleza y cabañas ajadas de madera blanquecina con patatales pequeños y caóticas vallas de estacas ocultas por enormes matas de perejiles gigantes y adelfas. El 8 de julio, Reinhardt tomó la fortaleza y las cuarenta iglesias de la pequeña ciudad medieval de Pskov, una vía y un nudo ferroviario fundamentales para dirigirse hacia el este. De nuevo los soviéticos volaron un puente clave antes de que lo hubieran cruzado todas las tropas en retirada: se vieron forzados a abandonar 206 de 215 ametralladoras, y muchos soldados tuvieron que nadar y agarrarse a maderos flotantes. En diecisiete días, la Wehrmacht avanzó nada menos que 450 kilómetros; no solo invadió la totalidad de los estados bálticos, recién tomados y dudosamente leales, sino que además penetró en la zona central rusa y amenazó al mismo Leningrado.[29]
En la ciudad, muy pocos entendieron bien el peligro que acechaba. No era por falta de interés. «Nada más levantarnos —escribió la joven madre Yelena Kóchina— corríamos a la radio y nos tragábamos las píldoras amargas de los boletines de noticias con las sobras frías del té». «La sed de información era terrible —recordaba Lidia Ginzburg—. Cinco veces al día, la gente dejaba lo que tuviera entre manos y corría a un altavoz público. Abordaban a cualquiera que hubiera estado un metro más cerca de la primera fila que ellos o acudían a las oficinas del gobierno o a cualquier fuente de noticias».[30]
Las autoridades hicieron cuanto pudieron para mantener desinformada a la población. La Oficina de Información Soviética (Sovinform), creada tres días después de que empezara la guerra, era el único organismo autorizado para difundir comunicados. Los informes que emitía dos veces al día eran deliberadamente vagos; hablaban de luchas «en el área» de tal o cual ciudad y la victoria o la pérdida de incógnitos «puntos de la población N.». (Se trataba de una convención que se remontaba a las novelas del siglo XIX. Las almas muertas, de Gógol, por ejemplo, empieza con un carruaje que entra por las puertas de una posada «en la ciudad provincial de N.»). En lugar de reconocer derrotas, seleccionaba incidentes poco creíbles de heroísmo individual —lo que el corresponsal de guerra Vasili Grossman llamaba con sorna las historias de «Iván Pupkin, que mató a cinco alemanes con una cuchara»—. Las grandes derrotas no se comunicaban hasta pasados algunos días. De las batallas «en el área de Pskov» no informó hasta el 12 de julio, cuatro días después de la caída de la ciudad, y siguió refiriéndose a ella como «campo de batalla» durante doce días más, tras lo cual simplemente desapareció de la parrilla de noticias.[31]
Una consecuencia de esta desinformación fue que muchos padres que habían enviado a sus hijos a pasar el verano al campo no consiguieron recogerlos antes de que los engullera el avance alemán. Es lo que estuvo a punto de ocurrirles a varios amigos de Yelena Skriábina. El 8 de julio, su vecina Liubov Kurákina, cuyo marido acababa de regresar destrozado de un gulag, logró recuperar a sus hijos, que se encontraban en Bielorrusia, entonces parcialmente ocupada.
Dice que vio a un soldado alemán a pocos pasos de ella. Dijo que no le tuvo miedo porque son personas igual que nosotros. Lo que le preocupaba era que le encontraran la cartilla del partido, que llevaba escondida en las medias. […] Pero todo salió bien. Encontró a sus hijos. Volvieron a casa, un tramo en tren, otro en camión y otro caminando.
El marido de otra amiga también tuvo suerte. Por ser «trabajador fiable» (palabra en argot para los funcionarios del partido que gozaban de favor especial), le permitieron utilizar un coche para ir a buscar a su hija de tres años. «De esa forma pudo rodear varios pueblos y ciudades. Aun así tuvo suerte de encontrarla. La trajo de vuelta vestida solo con un camisoncito».[32] La historiadora Anzhelina Kupaigórodskaya, que tenía once años cuando estalló la guerra, recuerda cómo los trabajadores del campamento de Pioneros donde estaba simplemente abandonaron sus puestos:
Íbamos a salir de excursión, a caminar. Entonces nos dijeron que no iríamos. Pasaron dos o tres horas; por fin nos hicieron formar una fila y nos dijeron que Hitler estaba atacándonos. Todo cambió de inmediato. Hasta entonces la comida había sido buena, como en una casa de convalecencia, pero desde aquel momento solo nos dieron kasha [gachas de cereales]. Todos los hombres desaparecieron y las únicas adultas que quedaron fueron las señoras de la cocina. Se suponía que el campamento había terminado, pero nadie vino a buscarnos. Pasábamos el rato dando vueltas por ahí. Nadie nos explicó nada; corría el rumor de que iban a mandarnos a Moscú a vivir en el metro.
Consiguió hacer llegar un mensaje a sus padres por medio de otro niño, y fueron a recogerla a finales de julio. «No tengo ni idea de qué les pasó a los otros niños. A muchos todavía no habían ido a buscarlos, y por aquellos días los alemanes estaban ya muy cerca».[33]
Temiendo las acusaciones de cobardía, hasta las comunicaciones internas del ejército eran más retóricas que fácticas. «En cuanto el pueblo de Poliana cayó bajo nuestro fuego —refiere un informe del 31 de julio—, los alemanes salieron corriendo de sus cabañas subiéndose los pantalones. Los soldados de las trincheras también pusieron pies en polvorosa. […] Con gritos de “¡Hurra!”, el batallón cayó sobre los fascistas. Granadas, bayonetas, culatazos y botellas en llamas cumplieron con su cometido. El resultado fue estupendo». El 2 de julio, las tropas fronterizas del NKVD refugiadas en «la antigua casa de un kulak» a las afueras de Óstrov se vieron atacadas por cinco tanques enemigos. «Desde la casa en llamas, el joven politruk [comisario político] Broitman, con dos heridas en el pecho, siguió disparando al enemigo sin dejarle abrir las escotillas del tanque. A su lado, el starshiná [el equivalente aproximado a sargento mayor] del pelotón, el camarada Nagorski, acertó heroicamente al enemigo con un subfusil. Sangrando con profusión, esos valientes cubrieron la retirada del pelotón hasta nuevas líneas. Ambos cayeron en defensa valerosa de su sector del pelotón».[34]
Un chiste que corría por entonces reflejaba la verdadera situación. Encuentran a un teniente del Ejército Rojo sentado en un camión abandonado de los alemanes. Le dicen que se mueva porque si no, van a dispararle. «¿Quién va a dispararme? —replica—. Los alemanes pensarán que es suyo y los nuestros saldrán corriendo».[35] Durante las primeras semanas de guerra, el Grupo de Ejércitos Noroeste seguía inmerso en un caos absoluto. Los informes internos describían una y otra vez que las unidades se retiraban «tanto individualmente como en grupos pequeños», un eufemismo para aludir al desorden total. Lejos de los suyos por el avance alemán, multitudes de soldados vagaban por la campiña devastada tratando de volver a las líneas soviéticas o rendirse al enemigo. Los panfletos que encontraban por todas partes les decían que se consideraran partisanos y los animaban con noticias de la nueva alianza anglosoviética.[36] Los alemanes tomaron tantos prisioneros que se limitaban a llevarlos como ganado a las instalaciones preparadas que tuvieran más cerca, sin comida, sanitarios ni agua limpia. Los que consiguieron reunirse con sus unidades fueron acusados de cobardía, deserción o espionaje. A pesar de que el Ejército Rojo conocía el terreno, los intentos de contraataque se llevaban a cabo, según Halder, «de un modo que muestra a las claras que los mandos están sumidos por completo en la confusión. Además, las tácticas empleadas en esos ataques son particularmente ineficaces. Los camiones con fusileros avanzan junto con los tanques hacia nuestras líneas de fuego, y el resultado inevitable son bajas masivas en el lado enemigo». Hasta el 3 de julio, estimó Halder, habían aniquilado de doce a quince de las veintiuna divisiones acorazadas y de infantería del Grupo de Ejércitos Noroeste.[37]
La confusión se intensificó tras una purga de chivos expiatorios en el alto mando soviético. La víctima más destacada fue el general Dmitri Pávlov, comandante del Grupo de Ejércitos Oeste, a quien arrestaron el 4 de julio y ejecutaron el 22 junto a tres subordinados suyos. El general Kópets, cabeza del comando de bombarderos, le ahorró las molestias al NKVD suicidándose el segundo día de guerra. La lista la componía un sinnúmero de militares que fueron ejecutados en los propios tribunales militares por «cobardía» al ordenar retiradas no autorizadas.[38]
Desde Moscú, el general Zhúkov incitaba al derramamiento de sangre. «Los comandantes que se han retirado de las líneas de defensa sin haber recibido la orden, perdiendo así las posiciones a traición —rezaba en tono enérgico el telegrama del 10 de julio—, aún no han recibido su merecido. Tampoco los batallones de destrucción [de las tropas del NKVD, responsables de atrapar a los desertores] parecen estar activos: no han obtenido ningún resultado palpable». Los representantes del Consejo Militar y del fiscal militar debían «ir cuanto antes a las unidades de la vanguardia y encargarse de los cobardes y los traidores allí mismo».[39] Esto explica el tono desesperado de tantos informes procedentes del frente, que no dejaban de repetir que las unidades habían luchado hasta sus «últimas fuerzas» antes de verse forzadas a retirarse.[40]
Fue significativo para Leningrado el destino de Kirill Meretskov, un general corpulento, de nariz respingona y cuarenta y cuatro años que había comandado las primeras y desastrosas etapas de la guerra contra Finlandia y había ascendido a jefe del Estado Mayor, si bien por poco tiempo, antes de perder el puesto ante Zhúkov. Lo arrestaron los primeros días de la guerra, a raíz de que su amigo Pávlov lo mencionara como integrante de una conspiración antisoviética ficticia. En la cárcel, otro antiguo amigo, un adjunto de alto rango de Lavrenti Beria, el jefe del NKVD, lo azotó con varas de goma.
Y después, en septiembre, el deber volvió a llamarlo. Cuando iba de camino al despacho de Stalin, aseado y con su correspondiente uniforme, se encontró con su torturador, que lo saludó con afabilidad. Meretskov fue valiente y se negó a correr un tupido velo: «Antes nos veíamos fuera de servicio —le dijo—, pero ahora te tengo miedo». Stalin, todo amabilidad, le preguntó por su salud, lo invitó a sentarse y le dijo que había sido designado representante del Stavka (el alto mando) del Grupo de Ejércitos Noroeste. Obviamente, después de su experiencia, Meretskov se mostró remiso a tomar iniciativas o cuestionar órdenes, y fue uno de los dos o tres comandantes superiores del Grupo de Ejércitos que mantuvo su puesto el resto de la guerra.[41]
Junto con el derramamiento de sangre llegó la reestructuración de nombramientos de altos cargos militares. Leningrado no tuvo suerte, pues asignaron para el puesto a Kliment Voroshílov. De sesenta años, vanidoso y atildado, con bigotito fino y pequeños ojos azul claro, se lo describe a menudo como un veterano valiente pero inepto (entre otros, Harrison Salisbury, que no se cansa de narrar la historia de que él en persona condujo a un grupo de marines —«los cabellos rubios revueltos al viento, los rostros frescos, los mentones severos»— en una carga de bayonetas en las afueras de Krásnoye Seló en septiembre. Puede que fuera verdad). De hecho, no solo era incompetente en lo militar —como comisario de Defensa supervisó las etapas iniciales y desastrosas de la guerra de Invierno—, sino que además, como Zhdánov, era un asesino de masas de oficina, un organizador de las purgas que habían liquidado a la mayor parte del cuerpo de oficiales de alto rango cuatro años antes. Dmitri Volkogónov, que estaba a cargo de la sección de educación política del ejército soviético antes de convertirse en el primer biógrafo importante de Stalin durante la época de la glásnost, fue muy claro: «Mediocre, impersonal, intelectualmente obtuso», Voroshílov «no era más que un verdugo, un secuaz del jefe de ejecuciones».[42] Por debajo de Voroshílov, el segundo al mando era el mariscal Grigori Kulik, y no era mejor que el anterior: otro veterano de la guerra civil, borracho ignorante y chulesco, soldado de caballería y amigote del sádico Beria. En parte debido a su incompetencia en la comandancia del 54.º Ejército al sur de Leningrado la ciudad quedó rodeada. Los soldados llamaban a su estilo de mando «prisión o medalla»: si un subordinado lo complacía, le daba un premio; si no, lo arrestaba.[43]
Mientras Stalin seguía eliminando a altos cargos, Hitler y su ejército, ya acuartelados en la Guarida del Lobo, construida para ellos a las afueras de Rastenburg, en Prusia Oriental, estaban pletóricos. Las reflexiones de sobremesa de Hitler alcanzaron nuevas cotas. «Una autovía —divagaba entre la medianoche y las dos de la madrugada del día en que el Grupo de Ejércitos Norte tomó Riga— hará accesibles los encantos de Crimea. La península será nuestra Riviera alemana. Croacia será otro de nuestros paraísos turísticos». Las dos capitales de Rusia no parecían ofrecer el mismo potencial de ocio: tres días más tarde, cuando se hicieron con Pskov, Hitler convocó a Halder a una reunión y le dijo que había tomado «la firme decisión de destruir Moscú y Leningrado, hacerlas inhabitables para librarnos de tener que alimentar a su población en invierno. Las fuerzas aéreas las arrasarán». Estaba tan convencido de que la totalidad de la Rusia europea caería a sus pies que ordenó a Halder que empezara a planificar operaciones contra las ciudades industriales de los Urales. Incluso el cauto Halder reconocía en su diario que las cosas se desarrollaban «satisfactoriamente según el plan». Pensaba que el objetivo inicial de la operación Barbarroja —destrozar el grueso del Ejército Rojo que hubiera al oeste de los ríos Dvina y Dniéper— se había cumplido a grandes rasgos. Aunque quedaba mucho por hacer, «probablemente no era exagerado decir que habían ganado la campaña rusa en dos semanas».[44]