LA LECCIÓN DE ENEAS

 

 

 

 

Disce, puer, virtutem ex me verumque laborem, fortunam ex aliis.

 

Aprende, hijo, de mí el valor y el esfuerzo verdadero, de los otros la fortuna.

 

Aen. XII, 435-436

 

 

Si se pudiera resumir la historia de la literatura en una competición entre policías y ladrones, todos, por lo que parece y hasta ayer mismo, nos hemos puesto del lado de los ladrones. A la pregunta: «¿Cuál es tu héroe favorito?», no he oído nunca a nadie responder: «Eneas». Y eso que, durante algún tiempo, he vivido en Roma.

Si alguien tiene una impresión de Eneas, aunque sea lejana —cosa que no debemos descartar, porque lo más frecuente es que no tengamos nada que decir de él; la indiferencia es total—, esta es la del disoluto. La del empleado del Hado un poquito blando. La de quien, casi por casualidad, después de ser lanzado de aquí para allá por los dioses, de pronto se ve a sí mismo fundando un imperio sin saberlo. Y que, cuando le ocurre algo verdaderamente épico, como ser seducido por una irresistible reina de Cartago, dispuesta a entregarle sus dominios, escapa atemorizado. Por lo demás, ¿qué héroe se va a dar una vuelta por el Mediterráneo con las manos unidas en oración, sin contar con más fuerza que su pietas?

Durante mucho tiempo me he preguntado por las razones de los severos prejuicios que pesan sobre el personaje de Eneas y que harían de la Eneida un relato para los débiles de espíritu. Solo recientemente he comprendido que esa incomodidad mezclada con fastidio que se experimenta al leer el poema de Virgilio —o incluso solo cuando se oye hablar de él— no va unida tanto a la figura poco majestuosa de Eneas como al momento en el que se lee la Eneida. Y a ese «recientemente» mencionado poco antes me veo obligada a añadir: por desgracia.

La Eneida no es un poema para tiempos de paz. Sus versos no son propios de un momento en el que las cosas transcurren sin tropiezo. Cuando todo marcha bien, la Eneida no puede ser más que un aburrimiento mortal (y menuda suerte la de los que, a lo largo de los siglos, han gozado del lujo de bostezar con sus hexámetros). Por desgracia, el canto de Eneas está destinado al momento en el que experimentamos la urgencia de tener que orientarnos en un después que nos aturde porque es distinto del antes en el que siempre hemos vivido. Por decirlo con el lenguaje de los partes meteorológicos: la Eneida es la lectura calurosamente recomendada cuando uno está en medio de una tormenta y, además, sin paraguas; en los días de sol sirve para muy poco o para nada.

 

 

Por lo demás, fue así desde el principio. Mejor dicho, era así incluso antes de empezar. Virgilio escribía sobre los trabajos de Eneas y, mientras tanto, intentaba mantenerse firme como mejor pudiera en aquel clima histórico en el que el Imperio romano levantaba con prepotencia la cabeza entre las ruinas de la república.

Sucedió en la Edad Media, cuando no se sabía adónde ir ni a quién pertenecía uno ni qué lengua hablar después del hundimiento del Imperio romano de Occidente: Rómulo Augústulo depuesto por Odoacro con un pellizquito en la mejilla. Así fue también en la Florencia de Dante, dividida, al igual que se separan las células, entre güelfos y gibelinos, entre blancos y negros, a la espera de la llegada, un siglo más tarde, de un Lorenzo el Magnífico. Y también se volvió a pedir cuentas a Virgilio entre los siglos XIX y XX, en un mundo suspendido entre la euforia dictada por la modernidad recién anunciada y el terror de descubrir muy pronto sus efectos colaterales: lo «nuevo» tiene siempre que aguantar un peso incalculable.

Por no hablar del más grande antes y después que divide la historia humana en dos partes no comunicadas, a saber, el nacimiento de Cristo. Durante mucho tiempo se ha intentado encontrar el anuncio de la nueva era cristiana en los versos de Virgilio, superponiéndolos con el fin de dar unos cimientos concretos a lo que, por su propia naturaleza divina, no puede tenerlos, y que, por inaudito, aterra.

En el fondo, resulta natural. En tiempos de paz y de prosperidad, pedimos a Homero que nos enseñe lo que es la vida: justamente reclamamos algo más que una monótona serenidad en la que ir viviendo. Nuestro thymós, θυμός, por decirlo con los filósofos griegos, o sea, nuestro «impulso vital», nuestra hambre de vivir, galopa a velocidad de vértigo; y, si de verdad nos guía por dentro el auriga que Platón teorizaba en Fedro, es desde luego el caballo negro de la pasión el que ahora arrastra nuestro carro, y la racionalidad del caballo blanco puede quedarse muy bien esperando.

Sin embargo, con cada revuelta de la Historia el lector se apresura a dejar encima de la mesilla la Ilíada y la Odisea, y corre a buscar en la estantería la Eneida. Nuestro único impulso es el miedo y la necesidad desesperada de sobrevivir: nuestro auriga invisible ya no se plantea el problema de hacia dónde conducir el carro, sino el de cómo volver a ponerlo en pie después de haber volcado violentamente dejando cojos a los dos caballos.

¿Por qué no se nos ha dicho nunca esto acerca de la Eneida? En tiempos de guerra, no se elaboran, desde luego, exquisitas ediciones críticas. Y, en tiempos de paz, lo único que se quiere es seguir adelante, olvidar.

 

* * *

 

Sentados en la orilla, esperando a que pase el cadáver de otro, es más que legítimo que nos concedamos el lujo de escoger de qué lado ponernos, entre Héctor y Aquiles, u hojear el menú de las aventuras de Ulises, junto con sus mujeres. En cambio, si hay que luchar para que el cadáver que pasa junto al río no sea el nuestro, ahí es cuando necesitamos a Eneas. Y, sin embargo, ¿cómo, aun reconociendo que es muy necesario, no podemos dejar de detestarlo, un poco al menos? Pues porque el héroe de Virgilio no hace nada por consolarnos. Mejor dicho, se atreve incluso a provocarnos.

La Eneida empieza sobre unas ruinas, las de Troya, y no hace más que desmantelar lo que creemos desear y sentir mientras estamos sentados sobre las nuestras. El miedo, sobre todo. Eneas sufre, sufre en cada uno de sus actos y, sin embargo, parece inmune al chantaje de la angustia. Justo donde nosotros nos quedamos consternados —y con toda la razón—, él sigue adelante y no deja de avanzar.

Llora muchísimo, como veremos. Pero al miedo responde siempre con la audacia. No se sustrae al deber de mirar de frente determinadas realidades espeluznantes. No duda en dar nombre a lo que hasta poco antes era desconocido para todos. En enfrentarse a fenómenos que nadie había vivido.

Eneas piensa, clasifica, se esfuerza por comprender. Recompone el magma indefinido del caos con el rigor de la racionalidad. Justo por eso, Eneas parece, a primera vista, tan detestable. Al igual que nosotros, no sabe qué hacer, pero lo hace. Al igual que nosotros, no sabe por dónde empezar, pero, incluso en la duda, empieza. Resulta irritante, es verdad. Porque no hace más que recordarnos la urgencia de tener que seguir adelante.

Además, Eneas no se corresponde en absoluto con el prototipo ya extinto del hombre fuerte (bienvenidos sean en este punto los prejuicios sobre él, si el reverso de la medalla es la dictadura). Es todo menos el «único hombre al mando» en manos del cual poner el peso de la nación que va a fundarse, para lavarnos nosotros las nuestras, liberados así de la responsabilidad de tener que pensar en ello.

Eneas no está al mando de nadie, salvo de un puñado de desgraciados como él. Ni siquiera es muy fuerte: en su viaje desde Troya hasta el Lacio no hace más que tropezar. Y tampoco está solo, pues viaja con un padre y un hijo a su cargo y lleva encima los Penates dentro de la bolsa. Si al menos tuviera un arma, una fórmula milagrosa, un superpoder que lo diferencie de nosotros, supervivientes comunes y corrientes, algo que nos libere de tener que llegar a la conclusión de que, si él puede, nosotros también podemos.

Ser Eneas significa solo una cosa. A la destrucción, responder: reconstrucción. Esa es su lección.

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1

CÓMO NACE ESTE LIBRO

 

 

 

 

Todo dura —

todo perdura —

todo subsiste —

todo resiste —

 

GIORGIO MANGANELLI,

en «Appendice IIA», Poesie

 

 

La verdad es que yo no quería escribir este libro. En cuanto a Virgilio, habría preferido seguir con unas ideas confusas y titubeantes sobre él, sin tener la certeza de si su poesía me gustaba o si me parecía un aburrimiento mortal. Tal vez habría preferido seguir abriendo la Eneida por simple curiosidad cada tres o cuatro años, como he estado haciendo desde mis tiempos de estudiante, para apuntar en mis cuadernos de notas lo que había en el poema que no me cuadraba, remitiendo a una fecha imprecisa la obligación de comprenderlo.

En un determinado momento, incluso había intentado entender en serio a Virgilio, aunque solo fuera por cabezonería. Por aquella época no había sacado de todo ello más que notas dispersas, débiles intuiciones, para desarrollarlas quizá en algún proyecto de libro, remitido luego a una fecha tan lejana que había acabado por olvidar. Me faltaba la necesidad.

Después, durante las Navidades de hace un año, mientras me preparaba para mudarme de Roma a París, aquellos cuadernos de notas volvieron a salir de las cajas de cartón donde estaban guardados: los abrí otra vez con la curiosidad de contemplar cómo había sido yo desde la orilla de la persona en la que me había convertido. Me llamó la atención ver que había intentado investigar cuál era el sentido de la Eneida mucho antes de clasificar mis razones absolutamente personales para amar el griego. Me llamó la atención sobre todo el hecho de tener que percatarme de mi fracaso. Al cabo de los años estaba más lejos que cuando había empezado, viéndome obligada a reconocer que todavía no había entendido nada del poema de Virgilio. Y, en vez de enfadarme conmigo misma y de obligarme a llegar hasta el fondo, me quedé deleitándome con mi superficialidad y me puse a burlarme de Virgilio; como, por lo demás, ha hecho tanta gente a lo largo de la historia.

No podemos olvidar que siempre hemos vivido en un tiempo tan distinto del actual por su peso específico que por entonces yo no disponía del tiempo necesario para entender la Eneida e, indudablemente, hasta hace pocos meses, a cualquiera le habría parecido una locura encerrarse en casa para hacerlo, y yo, desde luego, no tenía ninguna intención de ser la primera. Tampoco podemos olvidar que me venía estupendamente seguir viviendo sin haber captado todavía su significado, propósito eliminado de la lista de cosas que tenía que hacer, junto con, qué sé yo, leer todos los Vedas, mejorar mi español, aprender a bailar…, sabiendo que probablemente no habría hecho nunca ninguna de ellas, demasiado inmersa, como estaba, en la hýbris colectiva que obligaba a correr, a producir, a presumir, a viajar, a hacer y deshacer. En cualquier caso, no había nadie que exigiera a voces entender el sentido de la Eneida. Y tampoco nadie me lo exigía a mí: hacía siglos que el mundo seguía perfectamente en pie ignorando a Virgilio y a su Eneas, y en pie todos estábamos cómodos.

Un día, uno de los últimos que pasé en Roma, llevé aquel cuaderno de notas a mi editor a modo de reliquia, para reírnos juntos con los recuerdos de los que nos habíamos librado y de los libros que no habían llegado nunca a nacer. Me atreví incluso a decir: «¿Y si escribiera un libro sobre las buenas razones para odiar a Eneas?». Al cabo de poco tiempo, me encontré ante mis narices con la necesidad de Eneas. Puede que alguien hable de karma; yo hablaría más bien de pretensión de seriedad.

En ninguna parte estaba escrito ni asegurado que el mundo en el que hemos nacido y en el que siempre hemos vivido iba a seguir levantándose cada mañana totalmente inmutable, mejor incluso que ayer.

Pero nos lo creíamos y nos lo asegurábamos unos a otros.

Además, Eneas no es el tipo de héroe que un buen día sale de los libros de texto para afincarse en nuestro imaginario. No es un Aquiles, que se convierte en arquetipo con cada envite que damos, ni un Ulises al que sacar a relucir en el momento oportuno para justificar nuestra sed de aventura. La Eneida tampoco es el libro ideal para tener encima de la mesilla y esperar que acompañe unos sueños plagados de imágenes: habitualmente permanece olvidado en las baldas más altas de la estantería, entre los libros que no van a volver a leerse nunca, pero de los que, por si acaso, no nos atrevemos a desprendernos.

A Eneas, sin embargo, uno se lo encuentra. Mejor dicho, tropezamos con él cuando está pasando. Siempre que no estemos ya hincados de rodillas. Chocamos con Virgilio cuando nuestro mundo, que creíamos inmutable y eterno, es el que se ha ido a pique. Y nosotros con él. De ese modo, aunque la conocía desde la época del instituto y en la universidad me había examinado incluso de Virgilio, me topé oficialmente con la Eneida durante los primeros días de marzo del 2020, a raíz del confinamiento sanitario impuesto por la pandemia.

Tal vez resulte extraño; y a la primera que le resulta extraño es a mí, cuando lo escribo. Pero fue entonces cuando por primera vez conocí a Eneas.

 

* * *

 

En un artículo titulado «Noi, Enea», que apareció en 1949 en la revista La Fiera Letteraria, el poeta Giorgio Caproni escribe:

 

He estado en muchas ciudades de Italia, pero a Eneas no lo he visto en ninguna otra. Al menos no me he encontrado con el único Eneas posible, el único Eneas verdaderamente vivo en su soledad y en su humanidad. El único Eneas, en definitiva, que realmente merecía un monumento en medio de una plaza, símbolo único de toda la humanidad moderna, en estos tiempos en los que el hombre está verdaderamente solo en la tierra cargando sobre sus hombros el peso de una tradición que intenta sostener, mientras que ella ya no lo sostiene a él, y llevando en la mano una esperanza todavía demasiado pequeña y vacilante para poder apoyarse en ella y que, a pesar de todo, él tiene que salvar.

 

La alusión que se hace al principio se refiere al pequeño monumento a Eneas que engalana la piazza Bandiera de Génova, obra de Francesco Baratta (1726). Se trata de una de las poquísimas estatuas dedicadas al héroe troyano que podemos ver en Italia, detalle que lo dice todo acerca de la relación, a medio camino entre el olvido y el fastidio, que siempre hemos mantenido con Virgilio, teniendo en cuenta que, según lo que dice la Eneida, Eneas fundó Italia ex novo.

Fue al contemplar el monumento genovés al desterrado que avanza penosamente cargado con su padre a hombros y llevando de la mano a su hijito, cuando Caproni decidió reunir tres poesías dedicadas al abatimiento de Italia durante la segunda posguerra bajo el título Il passaggio di Enea (1956). Y fue al releer el pasaje citado arriba —y, al comprenderlo, a mi pesar, por fin—, cuando la Eneida se me hizo de repente indispensable. Tanto que, algún que otro día de abril, me pregunté qué iba a ser de mí sin ella.

Porque, entretanto, esa «humanidad moderna» que avanza sobre sus propias ruinas de pronto éramos nosotros. Entonces, como Caproni, yo también «me he encontrado» con el único Eneas posible «en su soledad y en su humanidad».

Mientras, a mi alrededor, el mundo intentaba mantener un estilo de vida que ya no podía mantener y mientras toda esperanza era todavía demasiado frágil para poder hacer proyectos y previsiones, empecé a vislumbrar ese sentido de la Eneida que siempre había sido incapaz de comprender. Y, con él, se me manifestó también la necesidad de escribir sobre el asunto.

Volví a llamar por teléfono a mi editor, sin atreverme ya a reírme de Virgilio; por el contrario, alguna que otra vez, al releer la Eneida, he llegado a llorar. Y así nació este libro.

 

* * *

 

Infandum, regina, iubes renovare dolorem,

Troianas ut opes et lamentabile regnum

eruerint Danai, quaeque ipse miserrima vidi

et quorum pars magna fui.

 

Imposible expresar con palabras, reina,

la dolorosa historia que me mandas reavivar:

cómo hundieron los dánaos la opulencia de Troya y aquel reino desdichado,

la mayor desventura que llegué a contemplar

y en que tomé yo mismo parte considerable.

(Aen. II, 3-6)

 

Estas palabras pueden parecer desgarradoras, no me cuesta mucho trabajo creerlo. Desde luego, no tengo intención de hacer como Dido en los versos citados aquí arriba y renovare dolorem con el presente libro, por decirlo con las palabras de Virgilio, que se han convertido en una expresión muy conocida para designar al que se divierte metiendo una y otra vez el dedo en la llaga.

Por mi parte, soy consciente de que en verdad son pocos los que hoy siguen recordando lo que tuvieron que padecer estudiando la Eneida. Porque nadie se acuerda de que una vez la estudió. Sin embargo, todos hemos tenido que soportar, sobre todo, sí —y mucho—, el tedio, procurando seguir su argumento, o la humillación, al intentar declamar sus hexámetros con el ritmo adecuado. Pero —¡oh, maravilla!— nos olvidamos de inmediato de la Eneida, como si se nos hubiera permitido zambullirnos en el río Leteo, en cuanto llegamos a la última página.

Lo cierto es que el de Virgilio es un poema portentoso, cuyo conocimiento desaparece de inmediato después de haber cerrado los libros de texto de literatura, dejando en su lugar el más misterioso —y, sin duda, el más logrado— ejemplo didáctico de tabula rasa. De nada vale aducir pretextos. Es incluso un poco de cobardes intentar escaquearse y alegar a toda prisa, a modo de justificación: «¡Bueno, es que yo no hice el liceo clásico!». Siento comunicar a los más distraídos que la Eneida se estudia sobre todo en la enseñanza secundaria de primer grado, que todo el mundo ha tenido que cursar, aunque solo sea para cumplir con la obligación impuesta por la ley. En versión italiana, por supuesto, no en latín, desde luego (eso será más adelante, siguiendo el cursus honorum escolar, si somos cabezotas y escogemos matricularnos en el liceo clásico. Y en la escuela media no es que se estudie poco y mal).[1]

En efecto, la Eneida constituye una sección fundamental del programa de esa materia llamada precisamente «épica», que es más épica (esto es, más legendaria) que el nombre que lleva, y cuyas nociones podrían resumirse, en aras de la brevitas, en la fórmula matemática del olvido de cualquier saber: «Se da en clase». Fijémonos bien en el verbo empleado: no se estudia, «se da», en el sentido de que te la dan hecha, de que te la fabrican, como quien dice. En concreto, se sientan las bases de la damnatio memoriae que sigue a la nota, apenas por encima del suficiente, recibida en el examen en clase.

Desde que descubrí las penalidades que la vida —¿o el Hado? Intentaré aclararme las ideas más adelante a lo largo del presente ensayo— infligió a Virgilio, no hago más que repetir «al final cambió de idea» a todos los que liquidan la Eneida con palabras de desprecio, como si fuera el supuesto producto de la propaganda de Augusto, un producto —dicen erróneamente— por lo demás poco logrado, si se compara con los modelos de referencia explícitos: la Ilíada y la Odisea. Ocasión de defender a Virgilio, por otra parte, que se me presenta muy rara vez, pues nadie ha tomado nunca la iniciativa y me ha citado la Eneida por la razón que sea (se deberá, qué duda cabe, a que me relaciono con las personas equivocadas). Y, cuando he sido yo la que ha citado la Eneida, los bufidos, las sonrisitas de compasión, las expresiones de disgusto, las disculpas citadas más arriba, que han seguido a mis humildes palabras, me han empujado enseguida a cambiar de tema (de todos modos, es algo que habrá ocurrido solo una o dos veces desde los tiempos de la escuela media).

Ha llegado, por tanto, el momento de hacer justicia y de reconocer a la Eneida su valor. Para ello, tendremos todos que refrescarnos la memoria. Antes de ponerme a escribir, yo también he tenido que hacerlo; yo, que casi me había olvidado de haber leído la Eneida.

 

* * *

 

Hay una curiosa escena en el canto IV de la Odisea. Al término de un banquete en el palacio real de Esparta, Menelao y Telémaco —que ha salido de Ítaca para ir en busca de su padre— estallan en sollozos, abrumados por el recuerdo de las penalidades sufridas durante la guerra de Troya. Un dolor que la palabra compartida hace que sea, si acaso, más agudo. Entonces Helena vierte en el vino que están degustando su marido y los huéspedes de este una misteriosa droga egipcia, el nepente. Una poción que no elimina el dolor enseguida, pero que alivia los males al impedir que se siga recordando.

Pues bien, volver a leer la Eneida hace unos meses ha sido para mí como degustar la poesía de Virgilio sin haber diluido antes dentro de ella algún analgésico. No era, desde luego, la primera vez que leía el poema, ni mucho menos, pero sí la primera en la que he notado el tirón que se esconde debajo de cada uno de sus versos. A menudo me he preguntado qué era lo que antes me impedía entender la Eneida. Qué me impedía tenerla en cuenta y sentirla cerca de mí, más allá de la necesidad de conocerla al dedillo con vistas a un examen. La búsqueda de una posible respuesta a estas preguntas se convirtió para mí en una obsesión desde el momento en que, al volver a abrir el poema de Virgilio, me di cuenta de que no recordaba absolutamente nada de él, salvo alguna que otra imagen y la sucesión de los acontecimientos de la trama.

A decir verdad, volver a leer la Eneida la primavera pasada me ha desconcertado. Me parecía tener entre las manos un libro inédito, una historia jamás contada que me disponía a descubrir por primera vez. Me puse a contar a las personas más cercanas a mí lo que más me aterraba del contragolpe histórico que estábamos viviendo todos y lo hice con la Eneida. De forma inesperada nos entendimos y, si no mejor que antes, desde luego con mayor honestidad.

Los versos de Virgilio han sido una liberación. La de reconocer que el dolor duele y que, por eso, indigna; que el miedo no se va gritándole; que el cansancio tiene un peso indecible del que nos encantaría prescindir; que las cosas no marcharán siempre bien y que nadie que esté en su sano juicio aspira a ser un héroe si no lo obligan; y que una tragedia tiene poco de didáctico, a no ser que disfrutemos de ella en el teatro. Por fin la Eneida me ha parecido necesaria, tras haberme resultado incomprensible y vacua durante años, solo debido al momento en el que la he vuelto a leer.

La emergencia vivida no me había arrebatado el nepente a mí sola, sino a toda una época histórica. Evaporada la anestesia con la que habíamos vivido todos hasta el día anterior, las circunstancias nos obligaban de repente a apretar los dientes y a aguantar el dolor. Sin embargo, nadie podía recordar cómo hacerlo, porque nunca nadie había experimentado semejante corte por lo sano. Y entonces, ahí estaba, Eneas, otra vez «de paso» tres mil años después. Y, en esta ocasión, no es sobre las ruinas de Troya sobre las que camina, sino sobre las nuestras.

 

* * *

 

Detengámonos un instante, antes de empezar. Si recordáis algo, lo que sea, de la Eneida (algo concreto, quiero decir, algo objetivo, no las habituales e insulsas trivialidades, propias de los concursos de la televisión o de los crucigramas, como: «El pobre Eneas, que escapa de Troya con su anciano padre a cuestas» o «La infortunada Dido, que se quita la vida por amor»), os lo ruego, olvidadlo durante un rato, al menos durante todo el tiempo que queráis dedicar a este libro; y, si os parece mucho, paciencia.

En cambio, si os habéis olvidado de todo —cesuras, figuras retóricas, referencias homéricas y posteriores recuperaciones de Dante—, mejor aún: resultará más sencillo y franco dejarse seducir, hasta el llanto, por uno de los asuntos humanos y editoriales más trágicos de la historia de la literatura. Aquí no hacen falta ni diccionarios ni paráfrasis: haced más bien acopio de empatía, de toda la que podáis. Siempre que la tengáis. Si no, volved a pensar en los momentos en los que fueron vuestras res, vuestras cosas y vuestros asuntos, las que os arrancaron lágrimas.

Lo que cuenta la Eneida —y lo que desearía contaros yo— no es la historia de Roma ni la de Eneas. Es la historia de un hombre. No del hombre antiguo, sino la del hombre contemporáneo, incluso la del hombre futuro, si se nos diera la posibilidad de saber algo sobre él. Siempre que no haya una importante diferencia en los sentimientos, un relativismo en el dolor, y que, por tanto, quepa pensar que una derrota escuece de manera distinta en Troya, cuando es pasto de las llamas, o en el Foro de César, recién construido, en la convulsa Florencia de Dante o cuando se cruza una anónima puerta de embarque en el aeropuerto de Fiumicino.

En síntesis, la de la Eneida es la historia del ser humano como tal, con todo el cansancio que se le exige para vivir y para serlo, y que, aun así, combate, insiste, no desiste, y casi siempre derrocha cuanto tiene para seguir siendo el hombre que es. ¿Cuántas ciudades, cuántas casas, cuántos viajes de placer, cuántos amores, cuántas costumbres, cuántos amigos y enemigos, ideales políticos y sistemas filosóficos pueden sucederse en una sola vida? ¿Y cuántas energías pueden gastarse para todo ello? ¿Cuántas veces nos es dado, en una sola existencia, sentirnos decepcionados y, por tanto, tener que reaccionar?

¿Existe un número máximo de puñaladas establecido por principio? ¿Cien, mil, diez mil? ¿Existe un fallo que marque el límite, una reacción violenta non plus ultra, una caída tras la cual está permitido dejar de responder? ¿Qué aspecto y qué consecuencias tiene la decepción final, si es que esta llega alguna vez?

La Eneida cuenta cómo, de toda esa dispersión de vivencias, no es posible librarse nunca. Por el contrario, hay que resistir, una y otra vez. Hasta el final.