Prólogo

Cuando nos vemos por primera vez, apenas puedo articular palabra. Joachim vive en la octava planta de un edificio sin ascensor y he llegado arriba con el micrófono en mano pero sin aliento.

Joachim se ríe y me invita a entrar. Lo llamé hace una semana (en octubre de 2018) porque tenía previsto viajar a Berlín y quería hacerle unas preguntas sobre algo que hizo sesenta años atrás. La llamada fue breve, su inglés era limitado y mi alemán aún más, pero hubo un detalle que me sorprendió de nuestra conversación. Durante mi carrera como periodista me he acostumbrado a que la mayoría de mis entrevistados generalicen y resuman su experiencia apelando a las emociones. Pero el relato de Joachim era distinto: daba detalles, recordaba olores, sonidos, medidas, colores. Despertó mi curiosidad y le pregunté si podíamos quedar la semana siguiente. Dijo que sí.

Me enseña el piso. Es luminoso y bien ventilado, con plantas por todas partes, y las estanterías llenas de marionetas, estatuillas de buda y gatos de porcelana. Sobre la puerta del cuarto de baño hay una placa blanca esmaltada con un siete. Joachim me cuenta que una noche la arrancó de la pared de un edificio en la otra punta de la ciudad. El edificio en el que sucedió todo esto.

Nos acercamos a los ventanales y admiro la vista panorámica. A nuestros pies, la ciudad se despereza bajo el sol invernal. El piso de Joachim se halla en una zona limítrofe donde los bloques de viviendas y rascacielos del centro de Berlín se tocan con las coníferas del bosque de Grunewald. Pasados unos minutos, Joachim señala el punto en la lejanía donde antaño se alzaba el muro. Vienen a mi cabeza imágenes de esa noche de 1989 en que la gente se encaramó al muro de hormigón y bailó eufórica antes de derribarlo a martillazo limpio. Un episodio que revivimos todos los años terminados en nueve. Sin embargo, yo estoy más interesada en el otro extremo temporal de la historia del Muro de Berlín: 1961. El año en que se construyó.

¿Qué sucede cuando un gobierno levanta una barrera que parte por la mitad una ciudad o un país? No hacía más que pensar en esto durante mi época como periodista en Egipto. Allí la policía construyó un muro de tres metros ante el Ministerio del Interior que los manifestantes terminaron por destruir. También lo tuve muy presente en Jerusalén, donde me pasaba horas haciendo cola en los puestos de control para entrar en Gaza o Cisjordania. Suele decirse que la caída del Muro de Berlín supuso el fin de una época, y en cierto modo fue así, marcó el final de la Guerra Fría, pero pronto empezó una nueva era: la de los muros. Hoy en día los muros están de moda; más de setenta países —un tercio de los que hay en el mundo— cuentan con algún tipo de muralla o barrera. Algunos de estos muros delimitan fronteras, otros separan zonas de un mismo país e incluso de una misma ciudad. Sea cual sea su escala, con sus torres de vigilancia armada, sus franjas de la muerte y sistemas de alarmas, la mayoría se ha inspirado en el muro por antonomasia: el construido en Berlín en el verano de 1961.

Joachim me indica una mesa para sentarnos. Sujeto un micrófono en su forro polar azul marino y le pregunto qué ha comido para desayunar, como suele hacerse en la radio para ajustar los niveles de voz. Explica que ha desayunado un batido de frutas y un huevo revuelto mientras le subo el volumen del micro al máximo. Joachim habla en un tono de voz bajo, con modestia. Ahora que lo tengo tan cerca me fijo en sus orejas pequeñas y delicadas, en esos ojos azules y brillantes que cierra casi por completo al sonreír. Calculo que debe tener unos ochenta años. Pulso la tecla de grabación.

Ese día estuvimos hablando tres horas; al día siguiente, unas cinco horas más. La entrevista se alargó más de una semana: Joachim contestaba a mis preguntas con asombroso detalle. Su mujer nos traía tazas de té; cada vez que las dejaba en la mesa, le tocaba el hombro con afecto. Durante los tres años siguientes me las arreglé para localizar a todas las personas involucradas en esta historia. Las entrevisté y leí sus cartas y diarios. Más tarde encontré miles de informes de la Stasi: una fuente de información pormenorizada que sería el sueño de cualquier periodista. También descubrí una réplica del túnel, con las dimensiones exactas del «Túnel 29», e hice una grabación en su interior; quería saber lo que se sentía al estar bajo tierra excavando en un espacio no más ancho que un ataúd. Me preguntaba por qué alguien había decidido pasar tanto tiempo ahí abajo por voluntad propia.

Esta investigación ha cambiado mi perspectiva sobre muchas cosas: el final de la Segunda Guerra Mundial, el inicio de la Guerra Fría, la construcción del Muro de Berlín, el arranque de los informativos de televisión, y lo que significa convertirse en un espía y traicionar a las personas de tu entorno. El resultado es este libro.

Todos los diálogos que aparecen en estas páginas proceden directamente de las entrevistas y de las actas de reuniones y transcripciones de interrogatorios de la Stasi. También he recurrido a testimonios orales, mapas, memorias, documentos judiciales, informes desclasificados de la CIA y el Departamento de Estado de Estados Unidos, además de consultar artículos de prensa y programas informativos de radio y televisión para asegurarme de que los nombres y fechas eran correctos, así como para ampliar la investigación. Todos los errores que puedan aparecer son míos.

Joachim

Joachim

Lo primero que le desconcierta es el olor: polvo de carbón. Luego lo nota en su cuerpo. Le cae encima de la cabeza, los hombros, le entra en los ojos hasta cegarlo. Pero Joachim no se detiene y continúa abriéndose paso hacia el piso de arriba a hachazo limpio. El techo se estremece, todo se estremece; siente ese ruido ensordecedor en la médula de sus huesos. De pronto, aire fresco. Ha hecho un agujero lo bastante ancho como para trepar por él. Deja a un lado el hacha y empuña la pistola. Si lo encuentran, de esta no sale vivo. Se limpia el polvo de carbón del ojo con el reverso de la manga. Joachim se prepara para irrumpir en la habitación de arriba sin tener idea de lo que hay en ella. Inmóvil, en silencio absoluto, se pregunta, y no por primera vez: ¿cómo hemos podido acabar así?

1. La playa

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La playa

12 de agosto de 1961 — Isla de Rügen, Alemania Oriental

Joachim saca el pie del agua, que en agosto también está helada. Sus amigos chapotean en el mar. Se burlan de él y le llaman a gritos pero saben que detesta el agua fría y no va a meterse.

No puede dejar de pensar en la noche pasada. Camaradería y cerveza. Sudor. Cuerpos que se aprietan, se besan y manosean en un rincón. Joachim tiene veintidós años y nunca ha disfrutado tanto de unas vacaciones. No quiere que se acaben. El bosque verde brillante cubre los níveos acantilados a sus espaldas. Las águilas pescadoras vuelan en círculos en lo alto. Las aguas son tan cristalinas que se ven minúsculos pececillos revoloteando bajo el mar.

Pero dentro de una semana habrá regresado a Berlín Oriental. Apenas unos trescientos kilómetros al sur, pero parece otro mundo. Gris. Tenso. Sobre todo, los últimos meses. Todos han reparado en los cambios: cada vez hay más guardias fronterizos en las calles y, a su vez, más gente que huye a Alemania Occidental, como si supieran algo que los demás ignoran. La atmósfera está cargada; se respira la extraña calma que precede a la tormenta.

Joachim levanta la vista. Su mejor amigo, Manfred, está saliendo del agua. Se conocen desde los seis años; juntos fumaron sus primeros cigarrillos y planearon unas cuantas trastadas en el colegio. Manfred se metía en broncas continuamente, pero a Joachim nunca lo pillaban en falta. Siempre tuvo claro dónde estaban los límites y nunca los traspasaba.

Por la noche, Joachim y Manfred se ponen unos vaqueros y una camiseta, se peinan y, descalzos por la arena, ponen rumbo a la carpa de las cervezas. Otra noche más en este paraíso costero del norte de Alemania Oriental donde dos jóvenes de veintidós años disfrutan de un largo verano, sin horarios, sin obligaciones, tan sólo viviendo el momento.

Ambos ignoran que están justo donde el gobierno quiere tener a los jóvenes como ellos —aquellos que causarían problemas en caso de saber lo que está a punto de suceder—, pues en ese instante cientos de carros de combate se dirigen hacia Berlín Oriental mientras decenas de miles de soldados se suben a otros tantos camiones, armados con kaláshnikov, ametralladoras y misiles antitanque. En cualquier momento van a recibir órdenes y entonces todo estallará.

Dos ruidos lo despiertan por la mañana: el del crepitar de un altavoz al entrar en acción y el de cremalleras de tiendas de campaña abriéndose a la vez con rapidez. Joachim sale de la suya, se planta en medio del campamento y se acerca al altavoz, que ahora emite música militar —ampulosa, con profusión de metales— a todo volumen. A continuación, una voz masculina anuncia de forma atropellada por megafonía: «Das Ministerium des Innern der Deutschen Demokratischen Republik veröffentlicht folgende Bekanntmachung...» (el Ministerio del Interior de la República Democrática Alemana hace pública la siguiente notificación).

Joachim se da cuenta de inmediato. Un comunicado del gobierno. Deja de prestar atención, con hartazgo. Pero de pronto la voz cambia, su entonación se vuelve más urgente: «Wollankstrasse, Bornholmer Strasse, Brunnenstrasse, Chausseestrasse...» Está enumerando calles de Berlín por las que Joachim ha deambulado desde que era pequeño. Aunque le llama la atención, no acierta a comprender por qué habla de ellas, hasta que se oye la voz de nuevo: «La frontera entre Berlín Oriental y Occidental está cerrada.»

Joachim nota la punzada de adrenalina en el estómago mientras su cabeza piensa a toda velocidad tratando de deducir qué ha podido pasar: el cierre de la frontera implicaría que han cortado la ciudad en dos, pero ¿cómo es posible fragmentar una ciudad de la noche a la mañana? Una división de este calibre supondría separarlo todo: la electricidad, los tranvías, los trenes, el alcantarillado... La idea le parece tan aberrante que Joachim y sus amigos hacen caso omiso del anuncio y se van a la playa.

A la mañana siguiente, el campamento es un hervidero de rumores: alambres de espino, tropas en las calles, carros de combate, ametralladoras. Joachim de pronto se siente muy lejos de casa; como un cazatormentas, anhela estar en el centro de la acción. Después del desayuno, él y sus amigos meten las bolsas en su viejo Citroën y regresan a Berlín a toda velocidad. Hacen el trayecto de un tirón y llegan al anochecer.

Al circular por las calles, algo les resulta raro. Demasiado silencio y quietud. Casi no hay gente, apenas se ven coches. Zigzaguean por avenidas flanqueadas de tilos y funcionales edificios de hormigón hasta Bernauer Strasse, una calle de kilómetro y medio que discurre a lo largo de la frontera entre Berlín Oriental y Occidental. Joachim y sus amigos bajan del coche y se dirigen hacia un letrero ante el que han pasado centenares de veces:

ESTÁ USTED SALIENDO DEL SECTOR

DEMOCRÁTICO DE BERLÍN

Siempre les ha hecho reír el uso de la palabra «democrático». «Berlín Oriental no tiene nada de democrático», suele decir Joachim. Normalmente hay un par de policías de pie junto al letrero, pero hoy Joachim divisa un grupo de hombres con uniforme verde y casco de acero iluminados por la luz de una farola solitaria. Siente miedo al verlos, pero no por sus uniformes sino por lo que llevan cruzado sobre el pecho: una ametralladora. Joachim se queda sin aliento cuando uno de los hombres se gira y se le acerca a grandes zancadas: «¡Tú! ¿Se puede saber qué haces? ¡Largo de aquí! De lo contrario...» Hace un gesto con la ametralladora.

Joachim se da la vuelta para marcharse y entonces lo ve: un retorcido alambre de espino brillando a la luz de la farola. No sabe qué ha pasado ni qué vigilan estos hombres, pero presiente que en el curso de una noche todo ha cambiado.

2. La primera fuga

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La primera fuga

Febrero de 1945 — Alemania Oriental

Joachim despierta y ve a su madre metiendo fotografías, joyas y ropa en una maleta con una mano mientras con la otra sostiene a su hermana de un año apoyada sobre la cadera. Su padre está ocupado en vaciar la alacena; guardando en bolsas la fruta y las latas de conserva. Luego saca los colchones de las camas y los deja en el exterior, donde la nieve no tarda en cubrirlos.

Joachim no sabe por qué se marchan; entiende que algo no va bien, pero no hay tiempo para hacer preguntas. Sus padres suben todas sus pertenencias al carromato de la familia; los dos caballos de tiro exhalan blancas nubecillas de vaho al aire frío. Joachim sube y se arrebuja en una manta de lana junto a su abuela, su hermanita y su madre. A continuación, el padre se sienta en el pescante y arrea a los caballos, que salen al trote.

Joachim escucha el chirriar de las ruedas sobre el hielo, contempla la nieve que se cuela entre los árboles y motea de blanco los caballos. La granja va quedando atrás y no sabe si volverá a verla algún día. Quizá nunca volverá a salir de paseo por las mañanas con su padre, apretando el paso para no quedarse atrás mientras juntos comprueban cómo están las vacas, los caballos y los gansos. Cuando llegaban al final del camino de gravilla, más allá de los árboles frutales, donde la granja da paso al bosque, su padre y él se detenían a observar los ciervos en celo, cuyo pelaje rojizo centelleaba a la luz del amanecer. Joachim no entiende por qué lo están dejando todo atrás.

Pero su padre no puede decirle —¿cómo explicárselo a un niño de seis años?— que están huyendo del Ejército Rojo. La noche pasada oyó en la radio que los soldados rusos estaban llegando por el este y que a su paso violaban a las mujeres y quemaban las granjas y está desesperado por llevar a su familia a Berlín antes de que den con ellos.

Su padre ignora que los rusos se encuentran muy cerca. Las primeras tropas del Ejército Rojo tan sólo están a un día de marcha, encabezando una columna que se extiende a lo largo de centenares de kilómetros. La tierra tiembla bajo sus pies, como si se avecinara una avalancha, debido a la ingente cantidad de hombres: seis millones. Hay soldados con cascos de cuero acolchado al volante de monstruosos tanques T-34 que aplastan la nieve a su paso; comandantes que llevan camiones Chevrolet con morteros en la parte trasera; efectivos de caballería montados en ponis greñudos y camellos. Tras ellos, un millón de criminales liberados de los gulags avanzan a pie, enardecidos por la música militar soviética que resuena por los altavoces.

Y avanzan con rapidez.

Los rusos son veteranos de mil batallas invernales y el tiempo que hace estos días —menos veinte grados de promedio— para ellos supone una ventaja. Los soldados alemanes usan calcetines finos y pierden dedos de los pies por congelación, pero los rusos saben cómo vendarse los pies con lino para protegerlos del frío. Por la noche, los zapadores soviéticos abren caminos en los campos minados; de día, los atraviesan disparando entre las ventiscas de nieve con sus tanques. Cuando se encuentran con familias que escapan en carromatos, estos tanques son tan gigantescos que simplemente las aplastan con sus inmensas orugas de hierro.

Son los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y Iósif Stalin, el líder de la Unión Soviética, ha enviado a sus soldados a apoderarse de lo que ahora es suyo. Pocas semanas atrás, el 4 de febrero de 1945, Stalin se reunió con el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en un palacio de la costa de Yalta para debatir qué se podía hacer con Alemania. Hace años que Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética son aliados en la guerra contra Alemania, pero ahora, con la victoria a la vista, se disputan el botín como buitres. Tras largas negociaciones regadas con champán y caviar, han llegado al acuerdo de dividir Alemania. La Unión Soviética se quedará con la mitad oriental del país; Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia compartirán la occidental. La ciudad de Berlín, situada a ciento cincuenta kilómetros de la zona soviética, también será dividida.

Pero Stalin juega sucio. Quiere que sus soldados lleguen a Berlín los primeros, antes que los británicos y norteamericanos, para arramblar con todo cuanto quede de valor en la capital. Dinero. Maquinaria. Uranio (para nutrir la primera bomba atómica rusa). También lo hace por una cuestión de orgullo: Stalin aún no se ha recuperado de la conmoción causada por la invasión alemana de 1941, que supuso el cruel asesinato de más de veinte millones de rusos. Siguiendo la orden de Hitler de «eliminar toda piedad de los corazones y actuar con brutalidad», los soldados alemanes incendiaron las casas, asesinaron a madres y bebés, y mandaron a los supervivientes a campos de trabajo donde la mayoría moría de hambre. Y por fin ha llegado el momento de la venganza. Las tropas de Stalin se adentran en Alemania Oriental a toda velocidad y siembran el terror a su paso. Los famélicos soldados soviéticos —muchos de ellos han conocido de primera mano los horrores de la invasión alemana, otros están embrutecidos tras años de combate a las órdenes de unos generales que los consideraban simple carne de cañón— ahora irrumpen en pueblos y granjas, roban joyas y porcelana, que amontonan en el interior de los tanques, dan muerte a los animales, violan y mutilan a las mujeres, prenden fuego a todo lo que ven.

El padre de Joachim conduce dejando atrás lagos congelados y arboledas desnudas; los cascos de los caballos resbalan una y otra vez por la carretera helada. Llevan un día de viaje y aún no han parado una sola vez, pero el padre sabe que no puede detenerse, y no sólo por los soldados, que les pisan los talones, sino también por el río. El Óder se encuentra a otra jornada de viaje, y están obligados a cruzarlo para llegar a Berlín. A pesar del frío intenso, las temperaturas empiezan a subir y el primer deshielo está al caer; si la familia no lo cruza pronto, corre el riesgo de que el hielo ceda bajo el peso del carromato.

Sin embargo, al acercarse al río, su avance se ralentiza por culpa de otros como ellos: millones de refugiados que huyen desesperados de los rusos. Hay mujeres embarazadas que yacen en colchones tendidos sobre carretas tiradas por bueyes; niños que reparan ejes de carros sobrecargados; madres que caminan con un bebé en brazos tras haber abandonado sus cochecitos en la nieve. Algunos ya no van a llegar: pequeños bultos en la nieve, rígidos por la congelación.

Apenas se ven hombres, casi todos han sido reclutados por el ejército alemán en un intento desesperado de salvar el país. De vez en cuando, en la carretera aparece un pelotón aislado, con la misión de detener el avance ruso hacia Berlín. El padre de Joachim se siente aliviado al ver las tropas, que le brindan cierta sensación de seguridad. Aunque la mayoría parecen adolescentes; los cascos les van enormes y casi les cubren los ojos.

Oscurece cuando algo despierta a Joachim, tumbado en la parte trasera del carromato: un zumbido bajo. El ruido de un motor, advierte, en el mismo momento en que un avión rasga el cielo y oye unos disparos entrecortados. Luego le llega un ruido mucho más cercano: los gritos de su abuela, que se agarra el pie con ambas manos retorciéndose de dolor.

El carromato se detiene.

Los soldados alemanes disparan en todas direcciones. El humo de las armas de fuego impide ver qué está sucediendo, por lo que Joachim se esconde bajo la manta temblando de pies a cabeza. Finalmente, cesan los disparos. Mientras el humo se disipa, Joachim se asoma por el borde del carromato. La nieve está cubierta por decenas de bultos verdes. Los soldados alemanes yacen inmóviles; la nieve se tiñe de rojo a su alrededor.

Entonces llegan los rusos.

Un grupo de soldados rodea el carromato y arrastra a Joachim y su familia a una casa abandonada. Una vez dentro, los rusos encierran al padre de Joachim en un armario. Luego, mientras dan buena cuenta de sus raciones de vodka, ocurren cosas que Joachim nunca será capaz de contar.

Al anochecer, los soldados pierden el conocimiento y Joachim se arrastra desde el rincón donde estaba escondido hasta el armario. Su padre está sentado en el interior, abrumado por la impotencia. Joachim se sube en su regazo, se acomoda entre sus brazos. Terminan por dormirse.

Por la mañana, Joachim sale del armario y ve que los rusos recogen sus cosas para marcharse. Por un momento se siente aliviado al pensar que todos han sobrevivido, pero pronto llega el horror: a empujones, los soldados sacan a su padre de la casa y le obligan a enfilar la carretera cubierta de nieve. Hasta que todos se confunden con el blanco paisaje.

No hay despedidas ni últimas palabras.

Joachim se queda sentado en la casa con su madre, su hermana y su abuela mientras el viento y la nieve se agitan a su alrededor, hundido cada uno en su propio dolor. Pero no hay tiempo para lágrimas, han de abandonar la casa antes de que llegue el próximo contingente de soldados rusos y todo vuelva a empezar. Su madre sabe que no podrán llegar a Berlín; debe llevárselos de vuelta a su hogar, a la granja.

Joachim corre tras su madre mientras ésta deambula por los caminos en busca de un carromato. Los soldados se han llevado sus caballos, y la abuela tiene una bala en el pie y no puede caminar. Recorren varios kilómetros y llegan a una aldea abandonada donde encuentran un carro de mano, pequeño pero intacto. Lo llevan hasta la casa y suben a su abuela y su hermanita; su madre agarra el carro por delante, Joachim empuja por detrás, y emprenden el lento regreso a casa.

Mientras avanzan con dificultad por las carreteras heladas, Joachim descubre que, a pesar de sus brazos y piernas flacuchos, es fuerte. No se queja del frío en los huesos ni del dolor de espalda. Hora tras hora, este niño de seis años empuja sin descanso el carro a través de la nieve; demasiado pequeño para saber de la guerra, los soldados y las fronteras, es lo bastante mayor para tener la certeza de que su padre ha desaparecido y seguramente jamás volverá a verlo.

3. El largo camino

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El largo camino

La madre de Joachim sirve la sopa en unos cuencos y los lleva a la mesa donde está sentado el grupo de oficiales rusos que ahora vive en su casa. La madre de Joachim se ha convertido en su sirvienta. Joachim y su hermana están confinados en los dormitorios de la planta de arriba.

Llegaron en mitad de la noche tras dos días de camino a pie y descubrieron que los soviéticos habían ocupado la aldea. No todos eran crueles violadores; los oficiales que ahora viven en su hogar son amables, se comportan como es debido. Cada día, Joachim espera en vano que su padre regrese.

Mientras tanto, las tropas rusas continúan su carrera hacia Berlín, devastando pueblos y arrastrando la artillería en esquíes por los ríos antes de que el hielo se funda.

Dos meses después, a finales de abril de 1945, dos millones de soldados del Ejército Rojo llegan a las puertas de Berlín con banderas y estandartes, armados con aviones, tanques, cañones, morteros y lanzallamas. Durante las dos semanas siguientes sacuden la ciudad con una ofensiva de proyectiles. El fuego se extiende por las calles, irrumpe en los edificios, atrapa a la gente escondida en los refugios y a los animales del zoológico. Todo lo que puede arder arde: el cielo berlinés está rojo y lleno de cenizas. Por debajo, los rusos combaten por el control de la ciudad, calle a calle, casa a casa.

Defienden la capital los restos del ejército alemán, engrosado por mujeres recién reclutadas, arrugados ancianos calzados con zapatos rellenos de paja y colegiales aterrorizados con uniformes que les vienen grandes, a quienes incentivan con bolsas de caramelos. Mejor equipados, los agentes de la Gestapo dedican la mayor parte del tiempo a ahorcar a los desertores de su bando, a la vez que muchos de ellos planean su propia huida. Los berlineses están poco más que indefensos.

Las mujeres pintan cruces carmesí con lápiz de labios en sábanas que cuelgan de las ventanas, con la esperanza de que los rusos reconozcan el símbolo internacional de la Cruz Roja y las respeten, pero los soldados no las dejan en paz. A medida que toman la ciudad, los asaltantes toman también a sus mujeres. Violan a más de cien mil: abuelas, madres y niñas. Las afortunadas tan sólo resultan forzadas una o dos veces. Otras son víctimas de violaciones en grupo, de horribles mutilaciones. Miles de mujeres se suicidan por miedo a ser violadas o luego socialmente repudiadas. (Aún hoy, muchos en Rusia siguen negando estas violaciones en masa, incluso veteranos de guerra.)

El 2 de mayo de 1945 el Ejército Rojo toma el control de la ciudad. Sus tropas suben a lo alto del Reichstag (el edificio del Parlamento), donde izan la bandera de la hoz y el martillo. A sus pies, los incendios siguen vivos, alimentados por la gasolina de la maquinaria abandonada por los alemanes. Los edificios están abiertos en canal y sus metálicas entrañas se desparraman por las calles. El aire huele a cloro, a pólvora y a cadáveres en descomposición. La mayor parte de la ciudad está destruida, sepultada bajo setenta millones de metros cúbicos de escombros, y las calles son un amasijo de lodo, sangre, aguas fecales y hasta caimanes escapados del zoológico. Muchos de los cadáveres enterrados bajo las ruinas —dirigentes nazis que se han quitado la vida tras participar en orgías regadas con alcohol, niños ahogados en los túneles mientras trataban de escapar— nunca serán identificados. No así el cuerpo carbonizado de Hitler, desenterrado por los rusos con un agujero de bala en el cráneo.

Más de cien mil seres humanos han muerto en la lucha por la ciudad, sin embargo, por increíble que parezca, hay supervivientes. Bajo el luminoso sol de mayo, mientras florecen los robles y los arces, estos supervivientes vagan por las calles con las ropas rasgadas, como zombis, buscando comida, tratando de existir en una ciudad sin hospitales, autobuses, trenes, combustibles ni agua potable.

Y hacia Berlín se dirigen Joachim y su familia tras haber sido expulsados de la granja. Esta vez no se enfrentan al frío sino al calor. Es el verano más caluroso de los últimos años, y el día acaba girando en torno a la búsqueda de agua. Así se han convertido en expertos localizadores de granjas, donde colocan cubos de hojalata bajo los grifos y las ubres de las vacas abandonadas; cogen ciruelas y manzanas de los árboles, y buscan restos de queso y carne en conserva en las alacenas. Cruzan aldeas y pueblos fantasmales destruidos por las bombas, y avanzan por carreteras con boquetes requemados abiertos por cohetes Katiusha. Por todas partes, la tierra está reseca y cuarteada: un paisaje lunar, lleno de cráteres.

Caminan entre el detrito humano de la guerra —soldados sin extremidades, oficiales aturdidos, nazis, comunistas, criminales de guerra— y los otros refugiados: padres que llevan a sus hijos heridos en camillas, madres que empujan carritos abarrotados de pollos que graznan junto a bebés envueltos en pañales de periódico. Joachim mira al suelo para no verlos, para no reparar en ellos ni en los cuerpos tirados en las cunetas, hinchados y con la mirada fija. Porque una vez que se han visto es imposible olvidarlos.

Avanzan desde hace tantos días, semanas, que Joachim, a estas alturas cubierto de barro, ya ni pregunta a su madre cuánto falta para Berlín. Por las noches duermen donde pueden; en bosques, acequias o, si hay suerte, en graneros, metidos en la paja para conservar el calor. A Joachim las granjas le recuerdan su hogar y no puede evitar echar de menos su antigua vida. La radio en la cocina, que emitía esos discursos tediosos que tanto le aburrían pero también marchas militares; entonces subía el volumen y se ponía a bailar, dando patadas en el suelo para seguir el compás, con las caderas al frente, mientras su madre reía al verlo. Se acuerda del día en que trajeron la nueva trilladora mecánica a la granja. Joachim la contemplaba fascinado mientras el motor repiqueteaba al encenderse, la correa se ponía en marcha, los cilindros zumbaban y el maíz trillado se colaba por las rejillas. Sumido en los recuerdos, termina por dormirse. Con el amanecer, salen otra vez a la carretera.

Llegan a Berlín una radiante mañana de noviembre, cinco meses después de haberse puesto en marcha. Joachim nunca ha visto un lugar así. Los escombros no lo pillan por sorpresa, pero sí los tranvías que llegan chirriando de la nada o los automóviles que pasan rugiendo e iluminando las calles con los faros. El S-Bahn, la red de ferrocarril suburbano, vuelve a funcionar, y cogen un tren a Greifswalder Strasse, en el noreste de la ciudad, donde un pariente les ha encontrado un lugar donde alojarse: un piso de dos habitaciones que en realidad sólo tiene una, pues una bomba ha hecho saltar por los aires la ventana de la sala que da a la calle. Lo que tampoco importa mucho. Tras meses durmiendo en graneros y acequias, sin sentirse seguros un solo instante, por fin han encontrado un hogar.

4. La reformulación

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La reformulación

Noviembre de 1945

Joachim está de pie temblando en medio de la sala. Con los brazos en cruz, espera pacientemente mientras el hombre de la bata blanca le apunta con una gran jeringa de madera y lo cubre con un polvo fino blanco. «Para que se te vayan los piojos», le dice.

Y así empieza su vida en Berlín. Es invierno, el piso con la ventana reventada está helado y no tienen qué comer. Todos los días, su madre sale en busca de comida y de cualquier cosa que pueda arder para caldear la casa. Se acerca a las tiendas frecuentadas por los soldados rusos, a los que pide cigarrillos —moneda de cambio habitual en la posguerra— para trocar por pan. Otros días limpia casas o trabaja en una vaquería cercana, de la que vuelve con dinero y cubos con leche recién ordeñada. A veces lleva a Joachim y su hermana, Sigrid, a los bosques de las afueras de la ciudad. Unos bosques espectrales: la gente ha talado casi todos los árboles —robles, coníferas, arces, olmos y castaños— para hacerse con leña. Pero ellos no van para conseguir madera sino setas de sedosa piel blanca y marrón, así que revuelven entre los arbustos, recordando lo que en su día aprendieron en la granja sobre las especies comestibles. Algunos vecinos generosos también les dejan comida en la puerta, como cabezas de arenque envueltas en papel de periódico. Su madre las cuece y hace sopa de pescado. A Joachim le dan asco los ojos, negros y brillantes, que se quedan flotando en la superficie.

Se supone que Joachim tiene que quedarse en casa con la abuela mientras su madre trabaja, pero en lugar de eso sale a explorar el gran parque de aventuras que es el Berlín de la posguerra. Con una pandilla de chicos, entra y sale de los edificios destruidos por las bombas, trepa por requemados travesaños de madera y vigas de hierro, juega al escondite mientras suena el clic, clic, clic característico de las trümmerfrau, o «mujeres de los cascotes», que hurgan en la mampostería con pequeños martillos y sacan ladrillos que meten en cubos para cambiarlos por patatas. A veces, cuando está escondido, el suelo se derrumba y Joachim se tuerce un tobillo al caer, pero al momento se levanta riendo y busca un nuevo escondrijo. Otras veces descubren auténticos tesoros, lo que los chicos denominan «petardazos»: pequeños explosivos empleados durante la guerra para encender granadas. Con sumo cuidado, extraen el explosivo con los dedos y lo ponen en las vías del tren; cuando por fin estalla, saltan y gritan de júbilo. Al llegar a casa, mucho después de la puesta de sol, Joachim está hambriento, exhausto y contento, además de cubierto de cenizas.

A su alrededor, Berlín está cambiando. Al principio casi nadie se da cuenta. El reloj enclavado sobre el S-Bahn marca de pronto la hora soviética. En la calle aparece un letrero en alfabeto cirílico. En los puestos callejeros empiezan a venderse periódicos soviéticos. Hay carteles que anuncian obras de teatro y conciertos interpretados por músicos soviéticos llegados de Moscú. Los rusos están transformando Berlín; quieren convertirla en otra ciudad: su ciudad. Ahora forma parte del nuevo y gigantesco imperio de Stalin formado en la posguerra, que se extiende desde Moscú hasta Berlín y la frontera con Europa occidental, incluyendo Bulgaria, Rumanía, Hungría y Polonia. Veinte millones de rusos han muerto en la Segunda Guerra Mundial, y Stalin se ha jurado que nadie volverá a invadir su país. Este vasto territorio y los pueblos situados entre Occidente y Moscú constituyen una barrera protectora que le hace sentir seguro.

Stalin ha aceptado compartir Berlín con los británicos, franceses y norteamericanos, pero, como estos aún no han llegado, se dedica a campar a sus anchas. Sus soldados roban dinero y oro de los bancos de la ciudad, arrancan cuadros de los museos y se apropian de millones de libros de las bibliotecas, que se llevan a Moscú en avión. Se apropian del uranio de los laboratorios de investigación nuclear para fabricar la primera bomba atómica soviética y desmantelan miles de factorías, cuyos equipamientos cargan, hasta el último tornillo, en trenes con destino a Moscú. Una vez ha salido el último convoy, levantan las vías de hierro y se las llevan también.

Finalmente, Stalin pasa a cuestiones políticas, ya que existe una diferencia sustancial entre Alemania y las demás regiones de su nuevo imperio. En otros lugares, como Ucrania o Polonia, le basta con enviar sus tanques ante el mínimo atisbo de desobediencia civil. Allí Stalin no ha de preocuparse por la opinión pública o unas elecciones. Pero, dado que Alemania ha sido dividida por la mitad, y los países occidentales insisten de manera insidiosa en la convocatoria de elecciones, no puede recurrir a los carros de combate. Necesita poner a los alemanes de su lado, ganarlos para el comunismo. Pero ¿cómo? Después del modo espeluznante en que los soldados soviéticos entraron a la fuerza en sus hogares —y en los cuerpos de las mujeres—, muchos alemanes detestan todo cuanto tenga que ver con los rusos, incluyendo su sistema político.

Stalin necesita una reformulación: debe encontrar una forma de vender el comunismo sin darle tal denominación. Es decir, debe encontrar políticos dispuestos a venderlo en alemán, no en ruso. Por suerte cuenta con las personas indicadas: un puñado de comunistas alemanes huidos de la Alemania nazi que han pasado la guerra confortablemente alojados en caros hoteles moscovitas. Forman parte de un movimiento comunista alemán que se remonta a 1836, año en que Karl Marx llegó a Berlín a bordo de una diligencia postal amarilla. Desde el principio los comunistas alemanes establecieron contacto con sus correligionarios en Moscú, quienes les enseñaron a luchar contra los sucesivos gobiernos alemanes que los detenían y encarcelaban. Con el tiempo, Berlín se convirtió en la ciudad con más comunistas después de Moscú.

Sin embargo, el movimiento obrero alemán estaba fuertemente dividido entre los moderados defensores del cambio gradual y los radicales partidarios de la revolución. En 1933, esta división tuvo efectos catastróficos, pues allanó el camino a Hitler, que una vez en el poder se lanzó contra comunistas y socialistas por igual, encerrando a sus militantes en campos de concentración donde casi todos fueron torturados y asesinados. Unos pocos afortunados lograron escapar a distintas capitales europeas, entre ellas Moscú, y ahora, una guerra mundial después, estos supervivientes se encontraban con que Hitler había muerto y tenían mucho futuro por delante. Tras examinar con detenimiento a los comunistas alemanes exiliados en Moscú, Stalin se fijó en uno en particular. Alguien en quien creía que podía confiar: Walter Ulbricht.

Bajo de estatura, con una voz aguda y chillona —secuela de una enfermedad que padeció de niño—, Walter Ulbricht era conocido por su falta de carisma y sentido del humor, así como por ser un astuto oportunista. Carpintero de formación, combatió en la Primera Guerra Mundial antes de entrar en el Partido Comunista y dejarse una perilla idéntica a la de Lenin. Ascendió en el partido con rapidez y se marchó a Moscú, donde entabló relación con varios dirigentes comunistas, incluyendo el propio Lenin, con el que compartiría cenas hasta el final de sus días. Luego se hizo un nombre matando despiadadamente a oponentes de Stalin durante la guerra civil española. Esta falta de escrúpulos de Ulbricht, su empeño en que el comunismo triunfase a cualquier precio, impresionaba a Stalin.

Pocas semanas después del final de la contienda, Ulbricht y otros nueve comunistas alemanes se reunieron en una sala con decoración art déco del hotel Lux de Moscú, con el propósito de organizar su regreso a Alemania y construir un nuevo Estado estalinista. Walter Ulbricht tenía experiencia en este tipo de cometidos, sabía lo que era tratar de convencer a la gente de las ventajas del comunismo estalinista, no en vano había aprendido a fuerza de errores. Durante la guerra, en diferentes campos de prisioneros en Rusia, había dado discursos interminables frente a soldados alemanes muertos de aburrimiento. En una ocasión condujo un camión equipado con altavoces hasta el frente ruso y se puso a vociferar frases propagandísticas dirigidas a las tropas alemanas cercanas. Estas experiencias le habían llevado a comprender que había maneras mejores de hacer las cosas y que la mejor propaganda es invisible.

El 30 de abril de 1945, el día que Hitler se suicida con un tiro en la cabeza, dos aviones soviéticos aterrizan en una pista improvisada a pocos kilómetros de Berlín. A bordo van Walter Ulbricht y otros nueve comunistas teutones. Con los fuegos de la guerra aún ardiendo, se ponen a trabajar de inmediato para llevar a la práctica el plan orquestado en Moscú. Como la mayoría de los alemanes odia a los rusos, éste se basa en dos premisas: jamás hablarán abiertamente de su estancia en Moscú y tampoco se referirán a sí mismos como comunistas, a partir de ahora se harán llamar socialistas.

Con respaldo económico y político de Moscú, estos hombres empezaron a establecer un nuevo gobierno estalinista, evitando dar la impresión de que los comunistas estaban tomando el poder. Su estrategia era simple: situar a funcionarios competentes en las administraciones locales, reservando los cargos de mayor responsabilidad para dirigentes comunista de confianza (en los departamentos de finanzas y en la policía, por ejemplo). En palabras del propio Ulbricht: «Debe parecer un proceso democrático, aunque debemos concentrar todo el poder.»

En cuestión de pocas semanas establecieron algo parecido a un gobierno, formado por personas de distintos partidos y procedencias, pero con todo el poder en manos de los comunistas.

Tan sólo unos pocos meses atrás, los comunistas habían sido irrelevantes, unos gusanos despreciables aplastados por las botas negras del nacionalsocialismo. Ahora detentaban el poder, con todo el peso de la Unión Soviética y sus tanques. En 1848, Marx escribió que el comunismo estaba llamado a ser el sucesor inevitable del capitalismo. En los días más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, sus discípulos se decían que la profecía marxista era irrealizable. Cien años después de la predicción, finalmente había llegado su momento.

5. El pequeño contrabandista

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El pequeño contrabandista

1949

Joachim corre como una centella por la calle. Va detrás del balón, que avanza rebotando por la calzada. Las piernas se le doblan por el esfuerzo, pero está a punto de alcanzarlo. Sin embargo, cuando ya casi es suyo, otro jugador llega por la derecha y se lo arrebata. Otra vez. Joachim es el pequeño de la pandilla, por eso todos le llaman der Kleine (el Pequeñín).

«¡Joachim! ¡Ven aquí ahora mismo!», grita su abuela. El niño corre hacia ella, que tiene en las manos algo que apesta. Una bolsa con café recién molido. La abuela la agita y le pide que la lleve a Wilmersdorf. Joachim parpadea con sorpresa; apenas ha oído hablar de ese lugar. Sólo tiene claro que no está en Berlín Oriental, donde ellos viven, sino al otro lado de la frontera.

Su abuela le explica que ha de coger el tren, cruzar la frontera con Berlín Occidental y encontrarse con un hombre que le dará dinero a cambio del café. Ha de andarse con cuidado. Si los guardias fronterizos huelen el café, lo detendrán. La mujer mete el café en un saco de goma para disimular el olor y a continuación guarda el saco en una cartera. Joachim se pone en marcha sin que nadie sospeche de este flaco niño de once años con una cartera en la mano.

Camina hasta la estación, donde el aire huele a metal y a gasolina. Sube al tren, encuentra un asiento libre y mira a los pasajeros en el vagón. Unos cuantos cargan con bolsas y carteras, lo mismo que él. Se pregunta si también esconden algo. Mira por la ventana y ve que los árboles dejan paso a los edificios a medida que se acercan a la frontera. Sabe que los guardias fronterizos buscan contrabandistas como él.

A estas alturas, cuatro años después de la guerra, Berlín Oriental y Occidental son dos zonas separadas. Los berlineses pueden moverse de una a otra en tren, en coche o sencillamente a pie, pero al cruzar los pasos fronterizos los guardias acostumbran a registrarlos en busca de café, cigarrillos o salchichas de contrabando. Para los de Berlín Oriental es una forma fácil de sacarse un dinero: comprar algo que sale barato en el mercado negro de su mitad de la ciudad y venderlo a precio más alto en la otra mitad. Casi todos lo hacen, beneficiándose de la descomunal brecha económica entre la zona comunista y la capitalista.

Esta disparidad comenzó justo después de la contienda, cuando los rusos despojaron a Alemania Oriental de su oro, metal y maquinaria. Para un país que estaba recuperándose de la guerra, este saqueo resultó desastroso, algo así como golpear a una persona en coma. A continuación, el nuevo gobierno introdujo su nueva economía socialista, yendo más lejos de lo que el mismísimo Stalin tenía previsto.

Walter Ulbricht nacionalizó los bancos, los negocios y las fábricas, que a partir de entonces pasaron a llamarse «fábricas del pueblo». A continuación se ocupó del campo. Expulsó a los terratenientes y obligó a los pequeños agricultores a integrarse en granjas comunales y agregar sus cultivos. La expresión que usaban para este proceso era «colectivización forzosa», un eufemismo que quitaba hierro al asunto. Existen cartas donde los campesinos relatan con enorme angustia que el trigo y las patatas se pudrían en sus campos de cultivo, y que los funcionarios se llevaban sus «hermosos caballos» para sacrificarlos.

Ulbricht se ocupó después de las tiendas y los supermercados, que requisó para el Estado. A partir de ese momento, el gobierno decidiría qué se vendería y por cuánto. Todo tendría un precio fijo: una patata costaría lo mismo en una tienda que en otra. Se distribuirían cartillas de racionamiento con asignaciones semanales de alimentos y ropas. Controladas por el gobierno, las tiendas ahora exhibían un pequeño distintivo con las letras ho, en referencia a la organización comercial estatal que decidía qué era lo que podían vender.

Los ideales detrás de todo esto resultaban encomiables. La vida mejoraría y no existiría la pobreza. El desempleo sería cosa del pasado. Educación y sanidad serían gratuitas para todos. Estas ideas calaron en muchas personas ansiosas de cambios que creyeron en la promesa de un nuevo sistema que repartiría la riqueza de forma equitativa y proporcionaría educación gratuita y vivienda pública. Pero los estantes de los comercios estaban vacíos.

Walter Ulbricht aseguraba que esas dificultades eran temporales: al final valdría la pena, la economía despegaría y el pueblo viviría mejor que sus vecinos de Alemania Occidental. Pero la economía no llegaba a despegar. Peor todavía, cada vez resultaba más evidente que el gobierno estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa para mantener a Alemania Oriental bajo control.

Stalin y Ulbricht crearon un nuevo partido político, el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED, en sus siglas alemanas). Stalin esperaba que el SED lograse los votos necesarios para alcanzar el poder sin violencia, pero en las primeras elecciones de la posguerra los resultados fueron pésimos. Stalin y Ulbricht se dijeron que había llegado el momento de jugar sucio. Si no podían conseguir votos por las buenas, los obtendrían por las malas.

Establecieron unidades policiales para detener a obreros antisoviéticos y activistas en general, a los que enviaban a antiguos campos de concentración nazis reacondicionados. En una paradoja sobrecogedora, mientras proclamaban que no cesaban de detener y ejecutar a antiguos nazis, los soviéticos enviaban a más de ciento cincuenta mil personas a Bautzen, Hohenschönhausen y otras cárceles en las que usaban los mismos instrumentos de tortura que los nazis en su día habían empleado con ellos.

En 1948, tres años después del final de la guerra, la relación entre la Unión Soviética y los países occidentales se había roto. Era evidente que Stalin quería el control de Alemania entera, y era cuestión de tiempo que empezaran las ofensivas.

En junio de ese año, Stalin hizo un intento. Cortó el suministro eléctrico de Berlín Occidental y bloqueó el acceso de británicos y estadounidenses a la ciudad. Dado que Berlín se encontraba a ciento cincuenta kilómetros hacia el interior de la zona oriental alemana controlada por los soviéticos, la mitad occidental de la urbe dependía por entero del transporte de alimentos y carbón de Alemania Occidental, que llegaban por medio de camiones, del ferrocarril y las barcazas de canal. Ahora que el acceso a la ciudad estaba bloqueado, Stalin contaba con que los dos millones y medio de habitantes de Berlín Occidental caerían víctimas del hambre.

Al cabo de un mes, los alimentos empezaron a escasear en Berlín Occidental. La ciudadanía se salvó del hambre gracias a una de las operaciones más ambiciosas de la historia: el puente aéreo de Berlín. Durante un año, aviones británicos y norteamericanos llevaron ropa, medicamentos y cigarrillos a Berlín Occidental. En el período más álgido del operativo, un aparato aterrizaba cada sesenta y dos segundos en el aeropuerto de Tempelhof. Lo más extraordinario de todo era que estos aviones que ahora llegaban cargados de comida eran los mismos que pocos años antes habían lanzado bombas sobre Alemania. Ahora, al descender sobre la pista de aterrizaje en Tempelhof, los pilotos norteamericanos arrojaban paquetes caseros llenos de caramelos, chocolatinas y pasas a los niños que contemplaban los aviones desde las lindes del aeropuerto. Los pilotos se ganaron el sobrenombre de Rosinenbomber (bombarderos de las pasas).

Al cabo de un año, después de unos trescientos mil lanzamientos aéreos, Stalin se dio por vencido. El Ejército Rojo levantó las barreras que bloqueaban el paso y volvió a permitir el acceso de los camiones británicos y norteamericanos a Berlín Occidental. Decenas de miles de ciudadanos vitorearon a los soldados que llegaban a bordo de los camiones, cubrían de flores sus carros de combate y enarbolaban pancartas en las que se leía: ¡BRAVO! ¡SEGUIMOS CON VIDA!

Este preciso momento dio comienzo a la Guerra Fría. Alemania Oriental y Occidental ahora eran dos países con ideologías irreconciliables: el comunismo y el capitalismo. Ese año, Alemania Occidental se constituyó de forma oficial. Las potencias ocupantes —Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia— establecieron un sistema democrático occidental, caracterizado por elecciones libres, libertad de prensa y propiedad privada. Seis meses después, los soviéticos anunciaron la creación de la República Democrática Alemana (rda), que seguía el modelo comunista: partido único y economía estatal bajo control soviético.

Muy pocos años atrás, las naciones occidentales y la Unión Soviética se habían aliado para derrotar a Hitler. Ahora eran unas enemigas acérrimas que se preparaban para una nueva guerra que dividiría el mundo en dos, con Berlín en el epicentro del combate.

Pero, en el momento que nos ocupa, un niño de once años todavía era libre de ir en tren de un sistema político al otro, con la esperanza de ganar dinero fácil.

Al llegar a la penúltima estación antes de la frontera, Joachim frunce la nariz. Aterrorizado, se da cuenta de que puede oler el café. El corazón se le dispara. Se acerca la cartera y trata de no pensar en lo que podría pasar si los guardias fronterizos huelen el café al subir al tren. Se esfuerza en no imaginar la celda que podría estar esperándole ni el tiempo que estaría retenido.

Joachim mira las puertas una y otra vez, sabiendo que en cualquier momento se abrirán. Y de pronto tiene una idea. Echa a correr y se detiene ante ellas; cuando finalmente se abren y dos guardias suben al tren, casi ni se fijan en ese crío flacucho con algo en las manos. El humo del andén camufla el olor del café.

Joachim respira con alivio. Cuando llega a su parada en el sector occidental, baja del tren y lleva el café a la dirección indicada por la abuela, donde lo recompensan con un puñado de monedas.

Esa tarde, el Pequeñín es el héroe de la familia. Apenas tiene once años, pero Joachim comprende que, aunque sea pequeño, es duro de pelar y tiene la mente rápida; siempre se las arregla para encontrar soluciones en el momento que las necesita.

6. La radio

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La radio

1952

Joachim canta. Son las ocho y media y está en el colegio, un edificio partido en dos por una bomba, donde las chicas estudian en un ala y los chicos en la otra. Todas las mañanas empiezan con una canción, casi siempre se trata de En lo alto del carro amarillo. Para animarlos, el maestro a veces les dice que la canten despacio y otras rápido. Lo que provoca las risas de los alumnos. Un toque de humor inofensivo pero sancionado por el Estado.

Oigo las flautas y los violines,

Esos alegres sonidos.

Los jóvenes en corrillo

Bailan en torno al tilo.

Se mueven como hojas al viento,

Entre risas de contento.

¡Cómo me gustaría quedarme junto al tilo!

Pero el carro sigue su camino.

Es una canción nostálgica que remite a un almibarado pasado alemán repleto de carros de caballos, verdes campiñas y familias felices. Lo más irónico es que en el colegio de Joachim no hay mucho tiempo para el pasado. El colegio de la nueva Alemania Oriental es el lugar donde se crea el futuro, donde el partido está modelando a los perfectos ciudadanos socialistas de su nación comunista perfecta. Así lo deja claro el nuevo himno nacional de Alemania Oriental: «Resurgidos de las ruinas, con los rostros vueltos hacia el futuro...»

Si el comunismo es la nueva religión de Alemania Oriental, el colegio es su iglesia, el lugar donde los alumnos-feligreses se sientan en los bancos a los pies de los maestros-sacerdotes, que a menudo ejercen más influencia en sus vidas que sus propios padres. Seis días a la semana, los niños están en manos de los maestros designados por el partido. El proceso empieza en el parvulario, a los dos años de edad, cuando los pequeños son iniciados en los principios del socialismo por medio de las visitas comunales al cuarto de baño.

Joachim aprende por repetición. A los maestros les disgustan las preguntas que demuestran pensamiento crítico y amenazan con la expulsión a los alumnos que les plantean cuestiones impertinentes. Los casos graves, los niños con «comportamientos antisociales» —que roban, por ejemplo—, los envían a los Jugendwerkhöfe (reformatorios juveniles), donde realizan labores propias de obreros de fábrica y son «reeducados», cuando no están encerrados en régimen de aislamiento.

Una tarde, un hombre visita el aula de Joachim y les habla de una agrupación juvenil que organiza actividades para después de las clases: manualidades, juegos y hasta excursiones por el campo. Para apuntarse, sólo hay que anotar el nombre en una lista. Como casi todos los niños, Joachim se entusiasma y escribe su nombre.

Esa noche su madre se pone hecha una furia al enterarse. Le explica que el visitante es un miembro de los Jóvenes Pioneros, un grupo de inspiración escultista establecido por el partido para que los niños —con pañuelos rojos y gorros azules que recuerdan al uniforme de las juventudes hitlerianas— se familiaricen con los principios del comunismo. No sólo eso, también se les alienta a delatar los comportamientos antisocialistas de sus amigos y maestros, de sus propios padres incluso.

Joachim tiene once años y está aprendiendo que el partido toma formas variadas. Como un ser con múltiples caras, no siempre es fácil de detectar. Por la mañana, nada más presentarse en el colegio, Joachim tacha su nombre de la lista. No llega a formar parte de los Jóvenes Pioneros ni de la Juventud Libre Alemana, grupo en que los pioneros se integran a partir de los catorce años y donde les dan a leer El capital de Marx y les enseñan «Los diez mandamientos de la moral socialista» establecidos por Walter Ulbricht.

Hay una materia que a Joachim le encanta: la física. Sentado en el pupitre con los pies colgando, observa cómo su profesor —al que la guerra dejó doblemente amputado— escribe ecuaciones con tiza en la pizarra. Aquí no se habla del partido o de valores socialistas, sólo de números, que Joachim encuentra tan fáciles como un rompecabezas infantil. En la biblioteca del colegio echa mano a los gruesos tomos de los estantes y se pasa horas estudiando largas series de números entre paréntesis con el objetivo de detectar patrones.

Algo después, el profesor empieza a hablarles de electrónica, y Joachim se siente fascinado por las máquinas, que dan la impresión de funcionar como por arte de magia. Se acuerda de la trilladora de grano que tenían en la granja, y piensa que cada invento viene a ser la variación musical de un mismo tema que comienza a entender, ya que se fundamenta siempre en los mismos elementos. Circuitos. Motores. Conducción. Inducción.

Se dedica a estudiar los diagramas de radios en los manuales de electrónica, cuyo funcionamiento va descubriendo a la inversa a medida que compra en comercios especializados cables, engranajes y pilas para hacer experimentos en casa. A los catorce años proyecta construir una radio. Compra cable, un circuito rectificador y un condensador en una tienda de material eléctrico y, con un pequeño soldador, los une a un tubo de cartón. Al final conecta unos auriculares. Se oye un chisporroteo de electricidad estática, y el corazón le da un vuelco cuando comprueba que acaba de sintonizar un transmisor cercano. Tumbado en la cama, escucha la radio estatal de Alemania Oriental. Durante unas semanas le resulta suficiente, hasta que le entra la curiosidad por averiguar qué otras cosas puede captar.

Una noche construye una radio más grande, con dos condensadores de aluminio que posibilitan la recepción de más de una emisora. Conecta la toma de tierra a un radiador de su cuarto y sitúa los diez metros de cable de antena en zigzag bajo el colchón de su cama. Sentado en ella, busca en la ionosfera sonidos procedentes de otros mundos más allá del transmisor de Berlín Oriental, hasta que finalmente da con algo. Es una canción, Rock around the clock, y Joachim se queda embelesado con la guitarra de acero con pedal, el saxofón y la voz de Bill Haley. El locutor, concluida la canción, recuerda a los oyentes que están escuchando el programa Schlager der Woche, «El éxito de la semana».

Joachim acaba de tropezarse con la RIAS de Berlín Occidental. Construida en un terreno elevado cercano a la frontera, la RIAS (Rundfunk im amerikanischen Sektor, la radio del sector estadounidense) está financiada por Estados Unidos y ha sido descrita por algunos diplomáticos como una de las armas más poderosas de la Guerra Fría. Y es que, gracias al transmisor de la RIAS, los norteamericanos hacen llegar música y seriales a los hogares de los alemanes orientales, proporcionándoles una versión sónica de la vida más allá del telón de acero. Noche tras noche, Joachim escucha programas de comedia y sátira política como Die Insulaner (Los isleños), un espacio en el que se hace mofa del comunismo y Alemania Oriental. Al final de la noche, Joachim vuelve a sintonizar una emisora de la RDA, por si alguien se presenta en casa y descubre que ha estado escuchando al enemigo.

Llegado a la adolescencia, Joachim aprende hasta dónde puede llegar, tanto en casa como en el colegio. Como es uno de los mejores estudiantes de ciencias, lo han nombrado responsable del armario de química, un rincón maravilloso lleno de frascos con polvos blancos y botellas que contienen líquidos de todos los colores. A Joachim le gusta un elemento en particular: el potasio, que burbujea y estalla al meterlo en agua. Una nochevieja, se construye unos petardos con una mezcla de clorato de potasio y fósforo rojo; luego los prende con unos amigos en el patio trasero de la casa. En el colegio prepara pócimas que mete en botellas de plástico y tira por la ventana, para verlas estallar en el patio. De un modo u otro, se las arregla para no ser descubierto.

Una tarde, su profesor de física, el doble amputado, le habla de los planetas que existen sobre la atmósfera terrestre, en los que no hay naciones, fronteras ni sistemas políticos. Joachim comienza a soñar con el espacio y decide que de mayor será astronauta.

Unas semanas después, un hombre se presenta en su casa y les anuncia a Joachim y su madre que tiene algo que decirles. Según explica, fue prisionero de guerra en un campo ruso donde estuvo con el padre de Joachim, que murió hace ya unos años.

Joachim escucha sus palabras y la visión se le nubla. Vuelve a estar en la granja donde creció, una soleada mañana de domingo en primavera. Camina con su padre por el bosque; de pronto llega corriendo un cazador y les pregunta si han visto un ciervo al que ha disparado. Niegan con la cabeza los dos, y el cazador sigue su camino. El padre coge a su hijo de la mano.

Joachim parpadea y vuelve a estar en Berlín. El recuerdo se ha esfumado. Sólo le quedan unas pocas imágenes como ésta para recordar a su padre. Joachim se convierte en uno de tantos jóvenes alemanes que ha perdido a su padre; la semilla de la rabia germina en su interior, pero no sabe muy bien qué hará con ella.

7. El carro blindado

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El carro blindado

Junio de 1953

De haber sabido qué iba a suceder ese día quizá no habrían ido a Berlín. Pero quizá sea mejor así, porque ahora saben hasta dónde está dispuesto a llegar el partido para protegerse.

Todo comenzó en marzo de 1953, cuando murió Stalin y en Alemania Oriental hubo una oleada de esperanza. La gente creyó que las cosas podrían ser diferentes, que el país más estalinista del mundo podría verse obligado a cambiar ahora que su ideólogo político se había ido para siempre.

Se equivocaban. La policía secreta seguía llevándose gente en mitad de la noche, la economía seguía estancada. Y entonces, en junio, Walter Ulbricht —ahora convertido en el líder de Alemania Oriental— anunció el incremento de las cuotas de trabajo. Una vez más. Ya las había subido antes, en numerosas ocasiones, ordenando a la población que trabajara más cobrando lo mismo, pero esta vez, los obreros de Alemania Oriental dijeron basta. Después de ocho años de labor extenuante en las fábricas, de jornadas de horas interminables, de horrorosos accidentes laborales, del miedo constante a acabar en una cárcel soviética, la medida resultaba excesiva.

El 16 de junio ochenta trabajadores de un edificio en construcción en Berlín Oriental soltaron sus herramientas y salieron a las calles. Se les unieron centenares, y pronto miles de manifestantes coreaban consignas exigiendo elecciones libres y el final de la dominación soviética. La noticia de las protestas y el rumor de una huelga general corrió como la pólvora. En casa de Joachim se enteraron esa misma noche; el joven estaba decidido a tomar parte en los acontecimientos.

Al día siguiente, el 17 de junio, Joachim y sus amigos se encuentran en una esquina y salen a buscar a los manifestantes. Los oyen antes de verlos: decenas de miles de personas que cantan viejas canciones obreras mientras se dirigen a la plaza Marx-Engels, en el centro de Berlín Oriental. Una multitud que sólo es posible ver los días de desfiles, cuando la Stalin Allee se inunda de gente agitando banderas y antorchas, en honor a un partido político que siempre gana las elecciones, a pesar de que los resultados nunca están claros. Pero hoy, por primera vez desde su creación, las masas salen a la calle con intención de acabar con ese partido.

Joachim se abre paso entre los manifestantes, emocionado por marchar junto a mujeres y hombres adultos. Los oye decir que las protestas se han extendido más allá de Berlín, que los trabajadores de otras ciudades de Alemania Oriental están manifestándose, y se ilusiona con la idea de que este día caiga el partido. Mientras avanzan, la gente se acerca desde las tiendas, las panaderías, los colegios. Al pasar frente a una fábrica de zapatos, un grupo de empleadas se asoma a las ventanas y los anima. Joachim les hace señales con las manos y exclama: «¡Bajad de ahí! ¡Venid con nosotros!» Una mujer niega con la cabeza y señala la puerta de la fábrica: «¡No podemos! ¡Nos han dejado encerradas!»

Joachim se escabulle de la multitud y ayuda a las mujeres con delantales a salir por las ventanas y trepar por encima de las puertas de acero. No tarda en situarse al frente de la marcha, que se dirige a un edificio gubernamental de Rosenthaler Platz. Al llegar, los manifestantes esperan que alguien salga a dialogar con ellos. Pero las ventanas y las puertas están cerradas; los miembros del partido, aterrados, se han atrincherado dentro. Joachim sube las escaleras corriendo y aporrea las persianas. Un hombre con una pierna, apoyado en unas muletas, se acerca dificultosamente a una ventana. Un ex soldado, supone Joachim. El hombre tiene la cara contraída por la rabia; vocifera a los políticos agazapados en el interior, levanta una de las muletas y empieza a golpear los cristales. Clac, clac, clac, clac... ¡Crash! Los cristales saltan hechos añicos y dejan ver a un grupo de funcionarios petrificados por el miedo.

Espoleados por este éxito, los manifestantes siguen avanzando. «Somos obreros, no esclavos», gritan. Llegan a Unter den Linden, la amplia avenida arbolada, y entonan otra vieja canción:

Hermanos, vayamos hacia el sol, hacia la libertad.

Vayamos hacia la luz.

Dejemos atrás las sombras del pasado.

El futuro nos ilumina a todos.

Joachim se siente embriagado, nunca ha experimentado algo igual. El sonido de los cánticos, las pancartas alzadas al cielo, la sensación de estar asistiendo al comienzo de algo.

Pero los ánimos cambian. La multitud se inquieta mientras espera a que alguien del gobierno aparezca para responder a sus demandas. Unos cuantos grupos se separan de la manifestación y prenden fuego a los coches, echan abajo banderas soviéticas e irrumpen en las cárceles.

El gobierno sigue sin comparecer.

De repente Joachim oye un rumor sordo que llega del este. El gentío grita: «Die Panzer kommen! Die Panzer kommen!» ¡Llegan los tanques!

Joachim divisa una nube de humo azulado a lo lejos. Un carro blindado emerge de ella, con un oficial soviético de pie en la torreta. Lleva un casco de acero y una capa ondulante. Tiene los puños cerrados y la boca fruncida mientras escupe palabras rabiosas que se pierden bajo el ruido del blindado y los gritos. Su carro acaba de arremeter contra los manifestantes y las orugas están haciendo puré las piernas de un adolescente. Dos hombres tratan de subir al tanque, pero al momento caen al suelo, abatidos por las balas de francotiradores. El carro sigue abriéndose paso en la plaza. Los manifestantes le arrojan piedras y ladrillos, incluso empujan automóviles para tratar de bloquear su camino, pero de nada sirve. Como un robot enloquecido, el blindado sigue adelante.

Joachim no quiere irse, no se resigna a aceptar que todo ha terminado, pero vuelve a mirar el tanque y advierte que por detrás llegan ocho más. La secuencia cinematográfica de este momento muestra a los manifestantes tirando piedras a los tanques, y a éstos que avanzan unos metros y de pronto retroceden, como si estuvieran burlándose de ellos, antes de dirigirse en línea recta a por la multitud.

Joachim se marcha corriendo a casa, sin volver la vista atrás.

Esa noche desde la ventana puede ver los blindados yendo y viniendo por las calles desiertas, asegurándose de que nadie infringe el toque de queda recién impuesto. Sintoniza una emisora occidental y se entera de lo sucedido en la plaza tras su marcha. Los rusos han matado a decenas de manifestantes. Una semana después, miles de personas son enviadas a cárceles secretas y centenares son ejecutadas tras someterse a una parodia de juicios.

Así termina la primera insurrección antisoviética en Europa Oriental. En Alemania Oriental no va a producirse otra en treinta años. El pueblo ha aprendido que hay líneas rojas que es mejor no traspasar.