No leí Nosotros, la extraordinaria novela de Zamiatin, hasta los años noventa, mucho después de haber escrito El cuento de la criada. ¿Cómo es posible que pasara por alto una de las grandes distopías del siglo XX, una obra que ejerció una influencia directa sobre el George Orwell de 1984, quien a su vez ejerció una influencia directa sobre mí?
Quizá porque yo era lectora de Orwell, pero no estudiosa suya, así como lectora de ciencia ficción, pero no estudiosa del género. Cuando finalmente llegué a Nosotros, me deslumbró. Y ahora, tras releerla en la fresca e intensa traducción al inglés de Bela Shayevich, he sentido lo mismo.
Nosotros tiene muchos elementos que parecen proféticos: el intento de abolir al individuo fusionando a todos los ciudadanos con el Estado; la vigilancia de casi todas las acciones y pensamientos, en parte a través de esas gigantescas y simpáticas orejas rosadas que escuchan todo cuanto se dice; la «liquidación» de los disidentes —en un escrito de Lenin de 1918, la «liquidación» es metafórica, pero en Nosotros es literal, ya que aquellos a quienes se liquida se transforman literalmente en líquido—; la construcción de un muro fronterizo que no sólo sirve para prevenir invasiones, sino para impedir que los ciudadanos puedan salir; la creación de un Gran Hermano Benefactor sabio y omnisciente que en realidad podría no ser más que una imagen o un simulacro: todos estos detalles presagiaban cosas que estaban por venir. También el uso de letras y números en lugar de nombres: los campos de exterminio de Hitler aún no les habían tatuado números a sus reclusos, y nosotros todavía no nos habíamos convertido en carne de algoritmo. Stalin todavía no había instaurado el culto a su persona, faltaban décadas para el Muro de Berlín, las escuchas electrónicas no existían, los juicios farsa y las purgas masivas de Stalin tardarían aún una década en llegar. Sin embargo, en Nosotros distinguimos, claro como el agua, el plan general de las futuras dictaduras y de los capitalismos de vigilancia.
Zamiatin escribió Nosotros entre 1920 y 1921, cuando todavía no había acabado la guerra civil posterior a la Revolución de Octubre comandada por los bolcheviques. El propio Zamiatin, que había formado parte del movimiento antes de 1905, era un viejo bolchevique (grupo al que Stalin trató de liquidar en la década de 1930 porque se aferraba a sus ideales democrático-comunistas originales, en lugar de bailar al son de la autocracia del camarada Stalin), pero ahora que los bolcheviques estaban ganando la guerra civil, a Zamiatin no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. Las asambleas comunales originales se estaban convirtiendo en meros instrumentos de la poderosa élite surgida con Lenin y más tarde consolidada con Stalin. ¿Era eso la igualdad? ¿En eso consistía el florecimiento de los dones y talentos individuales que tan románticamente había propuesto el partido años atrás?
En un ensayo de 1921 titulado «Tengo miedo», escribe Zamiatin: «La verdadera literatura sólo puede existir en manos, no de funcionarios diligentes y fiables, sino de locos, ermitaños, herejes, soñadores, rebeldes y escépticos.» En esto fue un hijo del movimiento romántico, como lo fue la propia revolución. Sin embargo, los «funcionarios diligentes y fiables», al ver por dónde soplaba el viento leninista-estalinista, se aplicaron enseguida a censurar, emitir decretos sobre temas y estilos preferibles, y arrancar las malas hierbas de la heterodoxia. Ésta es siempre una práctica peligrosa, ya que en los totalitarismos las malas hierbas y las flores pueden intercambiar posiciones en un abrir y cerrar de ojos.
Nosotros puede interpretarse, en parte, como una utopía: el objetivo del Estado Unido es la felicidad universal, y, como a su juicio no es posible ser feliz y libre a la vez, la libertad debe desaparecer. Los «derechos» por los que tanto había luchado la gente en el siglo XIX (y por los que tanto sigue luchando aún hoy) se consideran ridículos: si el Estado Unido tiene todo bajo control y actúa en pro de la mayor felicidad posible para todo el mundo, ¿quién necesita derechos?
La novela de Zamiatin proviene de un largo linaje de utopías decimonónicas que también proponían recetas para la felicidad universal. Se escribieron tantas utopías literarias en el siglo XIX que Gilbert y Sullivan hasta crearon una parodia operística titulada Utopía, S.L. Algunas de las más destacadas son La raza venidera de Bulwer-Lytton (en el subsuelo de Noruega vive una raza humana superior que posee una tecnología avanzada, alas inflables, privilegia la razón sobre la pasión y sus mujeres son más corpulentas y fuertes que los hombres); Noticias de ninguna parte de William Morris (novela socialista e igualitarista, con guiños a las artes y oficios, ropajes artísticos y mujeres fascinantes al estilo prerrafaelita) y La era de cristal de W.H. Hudson (donde los personajes no sólo poseen belleza y ropas artísticas, sino que, como los shakers, son felices gracias a que no sienten interés alguno por el sexo).
Los autores de finales del siglo XIX estaban obsesionados con «el problema de la mujer» y «la nueva mujer», y no había utopía —ni distopía— que se abstuviera de experimentar con las convenciones existentes en materia sexual. Tampoco la URSS. Sus primeros intentos de abolir la familia, criar a los niños de forma colectiva, permitir el divorcio instantáneo y, en algunas ciudades, estipular como delito el que una mujer se negase a tener relaciones sexuales con un comunista (¡buen intento!) degeneraron en una farsa que sólo ocasionaba caos y sufrimiento, tanto es así que Stalin revirtió de golpe esas medidas en los años treinta.
Pero Zamiatin escribió durante ese primer período de fermentación, y es ese conjunto de actitudes y políticas lo que satiriza en su novela. Aunque la gente vive en casas literalmente de cristal, donde todas sus acciones se ven de forma transparente, bajan las cortinas con recato para mantener relaciones sexuales, actividad que se reserva por anticipado sacando un billete rosa y que, con la normativa en la mano, debe quedar debidamente registrada por las señoras que controlan los vestíbulos de los edificios de apartamentos. Sin embargo, aunque todo el mundo practica el sexo, sólo las mujeres que cumplen ciertos requisitos físicos pueden tener hijos: y es que la eugenesia se consideraba «progresista» por entonces.
Al igual que en El talón de hierro, la novela de Jack London de 1908 —una distopía donde la gente espera un futuro utópico—, o en 1984, las fuerzas que promueven la disidencia en Nosotros son femeninas. D-503, el protagonista masculino, empieza siendo un miembro convencido del Estado Unido que se dispone a enviar un cohete al universo con el objetivo de compartir la receta para la felicidad perfecta con otros mundos desconocidos. Los personajes distópicos son propensos a escribir diarios, y D-503 escribe el suyo con las miras puestas en el universo. Pero enseguida la trama se complica, al igual que la prosa de D. ¿Habrá estado leyendo alguna de las morbosas obras de Edgar Allan Poe? ¿O a los románticos góticos alemanes? ¿O a Baudelaire? Es posible. O quizá sea su autor quien los ha leído.
La causa de este trastorno emocional es el sexo. ¡Si D pudiera ceñirse a las citas sexuales programadas y a los billetes rosados! Pero no puede. Entra en escena I-330, una disidente de rasgos angulosos, individualista, bohemia y aficionada al alcohol que lo seduce en un nido de amor oculto y lo lleva a cuestionarse el Estado Unido. Contrasta acusadamente con O-90, una mujer curvilínea y complaciente a la que han prohibido tener hijos porque es demasiado baja, y que resulta ser la pareja sexual registrada de D. A O podemos interpretarla como un círculo —compleción y plenitud— o como un cero, un vacío: Zamiatin da pistas en ambos sentidos. Al principio pensamos que O-90 es un ser nulo, pero cuando se queda embarazada a pesar del veto oficial, nos sorprende.
Mucho se ha escrito sobre la diferencia entre las culturas del yo y las culturas del nosotros. En las culturas del yo, como la estadounidense, la individualidad y la decisión personal son casi una religión. No es casualidad. Estados Unidos es una creación puritana, y lo importante en el protestantismo es el alma individual frente a Dios, no la pertenencia a una Iglesia universal. Los puritanos eran muy dados a escribir diarios, en los que registraban todas y cada una de sus peripecias espirituales: hay que tener una opinión muy elevada de tu propia alma para hacer eso. En las escuelas de escritura norteamericanas hay un mantra que siempre se repite: «Encuentra tu voz», es decir, tu singularidad. Lo de la «libertad de expresión» se entiende como que uno puede decir lo que quiera.
En cambio, en las culturas del nosotros, ¿para qué hace falta encontrar la propia voz? Lo que tiene valor es la pertenencia a un grupo: hay que actuar en interés de la armonía social. La «libertad de expresión» significa que uno puede decir lo que quiera, pero lo que quiera estará naturalmente limitado por los efectos que pueda provocar en los demás. Así pues, ¿quién debe tener la última palabra? El «nosotros». Ahora bien, ¿en qué momento el «nosotros» se transforma en una turba? Cuando D explica que todo el mundo sale a pasear al compás, ¿estamos ante un sueño o una pesadilla? ¿En qué instante ese «nosotros» armonioso y unido se convierte en un mitin nazi? Éste es el fuego cruzado cultural en el que nos hallamos hoy en día.
Todo ser humano es ambas cosas: un yo especial, discreto, y un nosotros, parte de una familia, de un país, de una cultura. En el mejor de los mundos, el nosotros —el grupo— valora al yo por su particularidad, y el yo se conoce a sí mismo a través de sus relaciones con los demás. Cuando ese equilibrio se entiende y se respeta —o eso nos gusta creer—, no tiene por qué haber conflicto.
Pero el Estado Unido ha roto el equilibrio: ha intentado suprimir el yo, que no obstante se empeña en resistir. De ahí las tribulaciones del pobre D-503. Las discusiones que D mantiene consigo mismo son las discusiones de Zamiatin con el incipiente conformismo y la opresión de los primeros años de la URSS. ¿Qué había sido de aquella maravillosa visión que propugnaban las utopías del siglo XIX y hasta el propio comunismo? ¿Qué había salido mal?
Cuando Orwell escribió 1984, las purgas y liquidaciones de Stalin ya se habían producido, Hitler había llegado y se había ido, y se sabía hasta qué punto era posible humillar y desfigurar a una persona mediante torturas, por eso su visión del mundo es mucho más oscura que la de Zamiatin. Las dos heroínas de Zamiatin son incorruptibles, como las de Jack London, mientras que la Julia de Orwell capitula y traiciona a Winston casi de inmediato. El S-4711 de Zamiatin es un agente del servicio secreto, pero su número delata su alter ego: 4711 es el nombre de un perfume creado en la ciudad alemana de Colonia, que en el año 1288 protagonizó una exitosa revuelta democrática contra las autoridades de la Iglesia y el Estado, y se convirtió en ciudad imperial libre. Sí, S-4711 es en realidad un disidente favorable a la revuelta. En cambio, en 1984, O’Brien finge ser un disidente, pero en realidad es un miembro de la policía estatal.
Zamiatin se aferra a la posibilidad de escapar: al otro lado del Muro hay un mundo natural habitado por «bárbaros» libres que van cubiertos con... ¿podrían ser pieles? Para Orwell, nadie puede escapar del mundo de 1984, aunque hace la concesión de un futuro lejano en el que esa sociedad represiva ya no existe.
Nosotros se escribió en un momento histórico muy concreto: el momento en que la utopía prometida por el comunismo empezaba a desvanecerse en la distopía; el momento en que, en nombre de la felicidad general, la herejía suponía un delito de pensamiento, la discrepancia con un autócrata equivalía a deslealtad a la revolución, los juicios farsa proliferaban y las liquidaciones estaban a la orden del día. ¿Cómo pudo Zamiatin ver el futuro con tanta claridad? No lo vio, por supuesto. Lo que vio fue el presente y lo que acechaba entre sus sombras.
«Las acciones de los hombres presagian ciertos fines, y si perseveran, éstos pueden volverse inevitables», dice Ebenezer Scrooge en la Canción de Navidad de Dickens. «Sin embargo, si cambian de rumbo, cambiarán también los fines.» Nosotros era una advertencia para sus coetáneos, una advertencia de la que nadie hizo caso porque nadie pudo oírla: los «funcionarios diligentes y fiables» y la censura se encargaron de ello. El rumbo no cambió. Millones de personas perecieron.
¿Es también una advertencia para nosotros, para el presente? Y si lo es, ¿de qué clase de advertencia se trata? ¿Estamos dispuestos a escuchar?
MARGARET ATWOOD, 2020
Bastantes años después de saber de su existencia, por fin tengo en las manos un ejemplar del Nosotros de Zamiatin, una de las curiosidades literarias de esta época caracterizada por la quema de libros. Al consultar la entrada correspondiente en la obra de Gleb Struve, 25 Years of Soviet Russian Literature, encuentro que su historia ha sido ésta:
Zamiatin, muerto en París en 1937, fue un novelista y crítico ruso que publicó varios libros antes y después de la revolución. Hacia 1923 escribió Nosotros. A pesar de que la novela no trata sobre Rusia ni guarda relación directa con la política contemporánea —se trata de una fantasía ambientada en el siglo XXVI—, se denegó su publicación al considerarla ideológicamente poco recomendable. Una copia del manuscrito llegó al extranjero, y el libro ha aparecido en inglés, francés y checo, pero nunca en ruso. No he conseguido un ejemplar de la traducción inglesa, publicada en Estados Unidos en su día, pero circulan ejemplares de la traducción francesa (con el título Nous Autres), y finalmente he logrado que me prestasen uno. Desde mi punto de vista, no es un libro de primer orden, pero sí claramente original, por lo que resulta asombroso que ningún editor inglés haya tenido la visión suficiente para reeditarlo.
Lo primero en lo que se repara al leer Nosotros es en el hecho —no mencionado hasta la fecha, que yo sepa— de que debe de haber influido en la escritura de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, aunque sólo sea en parte. Ambos libros tratan de la rebelión del espíritu humano primitivo contra un mundo racionalizado, mecanizado, donde no existe el dolor, y se supone que ambas historias tienen lugar dentro de unos seiscientos años. La atmósfera es parecida en los dos libros y, en términos generales, la sociedad que se describe viene a ser la misma, si bien la novela de Huxley tiene menor trasfondo político y está más influida por las recientes teorías biológicas y psicológicas.
Llegado el siglo XXVI, según imagina Zamiatin, los habitantes de Utopía han perdido su individualidad hasta tal punto que sus nombres sólo son números. Viven en casas de cristal (el libro fue escrito antes de que se inventara la televisión), lo que facilita la vigilancia de la policía política, conocida como «los Guardianes». Todos visten uniformes idénticos y utilizan la expresión «un número» o «un unifo» (uniforme) para referirse a sus semejantes. Se nutren de comida sintética y su pasatiempo favorito es desfilar en grupos de a cuatro mientras el himno del Estado Unido resuena por los altavoces. Cada cierto tiempo, tienen derecho a bajar las cortinas de sus apartamentos de cristal durante una hora exacta (la llamada «hora del sexo»). Por supuesto, el matrimonio no existe, aunque no parece que la vida sexual sea del todo promiscua. Con el propósito de satisfacer los instintos sexuales, cada ciudadano tiene una especie de cartilla de racionamiento con unos talones de color rosado, y la pareja con la que pasa una de estas horas de sexo autorizado firma el correspondiente talón o matriz. El Estado Unido está gobernado por un personaje conocido como el Benefactor, a quien todos los ciudadanos reeligen anualmente, en unas votaciones que siempre son unánimes. El Estado se basa en un único principio: la felicidad y la libertad son incompatibles. El hombre era feliz en el jardín de las delicias, pero su imprudencia lo llevó a exigir la libertad, por lo que fue desterrado al árido desierto. Y el Estado Unido ahora le ha devuelto la felicidad a cambio de eliminar su libertad.
Hasta aquí, las semejanzas con Un mundo feliz son llamativas. Sin embargo, aunque el libro de Zamiatin no está tan bien estructurado —su trama es algo floja y episódica, demasiado compleja para ser resumida—, tiene una intención política de la que el otro adolece. En el libro de Huxley, el problema de la «naturaleza humana» en cierta forma encuentra solución, porque se da por sentado que, con la ayuda del tratamiento prenatal, la medicación y la hipnosis, es posible moldear el organismo humano y especializarlo a voluntad. Es tan fácil producir un científico de primer orden como un Epsilón medio tarado, y en uno u otro caso resulta sencillo manejarse con los vestigios de instintos tan primitivos como el cariño maternal o el afán de libertad. A la vez, no termina de quedar claro por qué es preciso estratificar la sociedad de un modo tan elaborado como el que se describe en la novela. El objetivo no es la explotación económica ni el ansia de amedrentar y dominar a la población. No vemos que haya muestras de hambre de poder, de sadismo o intransigencia. Los que están en lo alto no tienen un aliciente poderoso para seguir allí encaramados, y aunque todo el mundo vive en un estado de felicidad vacua, la vida se ha vuelto tan carente de sentido que resulta difícil creer que una sociedad así pueda perdurar.
En conjunto, el libro de Zamiatin tiene más que decirnos sobre nuestra propia situación. A pesar de la educación y la vigilancia de los Guardianes, muchos de los antiguos instintos humanos siguen presentes. El narrador, D-503, un ingeniero competente pero también un pobre hombre anodino y convencional, una especie de utópico Billy Brown de London Town (el personaje de la tira cómica del humorista gráfico David Langdon), que no puede evitar sentirse horrorizado por los impulsos atávicos que se adueñan de él. Se enamora (lo que es un delito, claro está) de una tal I-330, miembro de un movimiento de resistencia clandestino, que durante un tiempo se las arregla para sumarlo a la rebelión. Cuando la revolución estalla, se descubre que el Benefactor en realidad cuenta con numerosos enemigos; además de conspirar para derrocar al Estado, esta gente incluso se entrega a vicios como el tabaco y el alcohol, una vez bajadas las cortinas. Al final, D-503 se salva sin atenerse a las consecuencias de su propia temeridad. Las autoridades anuncian que han descubierto la causa de los recientes desórdenes: algunos seres humanos sufren una enfermedad llamada «imaginación». El centro nervioso responsable de la imaginación ha sido descubierto y es posible sanarlo con un tratamiento con rayos X. Tras someterse a la intervención, a D-503 le resulta fácil cumplir con su deber: esto es, traicionar a sus cómplices y delatarlos a la policía. Su imperturbabilidad es total mientras contempla cómo torturan a I-330 con aire comprimido bajo una campana de cristal:
Me miró fijamente, agarrándose con fuerza a los brazos de la silla – miró fijamente hasta que sus ojos se cerraron del todo. Luego la sacaron; la hicieron volver en sí rápidamente con ayuda de electrodos y la volvieron a poner debajo de la Campana. Esto se repitió tres veces – pero ella siguió sin decir una palabra. Los demás, a quienes llevaron junto con esa mujer, resultaron más honestos: muchos de ellos empezaron a hablar desde el primer momento. Mañana subirían todos por los peldaños de la Máquina del Benefactor.
La Máquina del Benefactor es la guillotina. En la utopía de Zamiatin abundan las ejecuciones. Tienen lugar en público, en presencia del Benefactor, con el acompañamiento de las odas triunfales recitadas por los poetas oficiales. La guillotina, por supuesto, no es el tosco artefacto de siempre, sino un modelo muy mejorado que literalmente liquida a la víctima, que en un instante queda reducida a una nubecilla de humo y un charco de agua clara. La ejecución es, de hecho, un sacrificio humano, y la escena donde se describe remite de forma directa a las siniestras civilizaciones esclavistas del mundo antiguo. Zamiatin capta de forma intuitiva el aspecto irracional del totalitarismo —el sacrificio humano, la crueldad como finalidad en sí misma, el culto a un líder al que se atribuyen cualidades divinas—, por lo que Nosotros es superior a Un mundo feliz de Aldous Huxley.
Es fácil entender que se prohibiera su publicación. Una conversación como la que sigue (que resumo ligeramente), entre D-503 y I-330, habría sido motivo suficiente para que el censor echara mano de su lápiz azul.
—¿Es que no te das cuenta de que ese plan es una revolución?
—¡Sí, una revolución! ¿Por qué debería ser ridículo?
—Es ridículo – porque no puede haber revolución. Porque nuestra revolución – nuestra revolución fue la última. Y no puede haber más revoluciones. Todo el mundo sabe que...
—Querido: eres – un matemático. Así que: dime el último número.
—¿Qué significa? Yo... no te entiendo: ¿qué quieres decir con el último?
—Bueno, el último, el más alto, el más grande.
—Pero, I, eso es ridículo. Dado que la cantidad de números es infinita, ¿a qué tipo de último te refieres?
—¿Y a qué tipo de última revolución te refieres tú?
Hay otros párrafos parecidos. En todo caso, es muy posible que la sátira de Zamiatin no tuviera el propósito específico de ensañarse con el régimen soviético. El libro fue escrito en los albores de la época de la muerte de Lenin, y por tanto su autor no podía estar pensando en la dictadura de Stalin. Por lo demás, las condiciones de vida en la Rusia de 1923 no invitaban a rebelarse con el pretexto de que la existencia se había vuelto demasiado cómoda y segura. Zamiatin no parece estar pensando en un país en particular, sino en los objetivos inherentes a la civilización industrial. No he leído otros libros suyos, pero Gleb Struve me ha dicho que vivió muchos años en Inglaterra y escribió unas cuantas sátiras descarnadas de la vida inglesa. La lectura de Nosotros deja claro su fuerte querencia por lo primitivo. El gobierno zarista lo encarceló en 1906, y los bolcheviques hicieron otro tanto en 1922, recluyéndolo en el mismo corredor de la misma cárcel, por lo que tenía motivos para mirar con aversión el régimen político bajo el que había vivido; no obstante, su libro va más allá de la simple expresión de un resentimiento. De hecho es un estudio de la Máquina, del geniecillo que el hombre, atolondradamente, ha dejado salir de la botella y no consigue volver a meter en ella. Es un libro a tener en cuenta cuando se publique en Inglaterra.
GEORGE ORWELL,
Tribune, 4 de enero de 1946