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Каждую ночь

мертвец

приподнимает гробовую плиту

и проверяет на ощупь:

 

не стерлось ли

имя на камне?

 

—КУПРИЯНОВ ВЯЧЕСЛАВ, Сумерки тщеславия

 

 

Cada noche

el muerto

levanta ligeramente la tapa de su lápida

y comprueba por el tacto

 

si su nombre

se ha desgastado.

 

—VYACHESLAV KUPRIANOV, Twilight of Vanity

 

 

 

 

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Mapa 1

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Mapa 2

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Mapa 3

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Mapa 4

INTRODUCCIÓN

JUSTINIANO: LUCES Y SOMBRAS

 

 

 

 

En marzo de 2020, cuando el nuevo coronavirus comenzaba a propagarse como un reguero de pólvora desde su epicentro europeo en el norte de Italia, las autoridades de la ciudad turca de Estambul se vieron obligadas a cerrar al público el mayor monumento antiguo de la ciudad. La catedral de Hagia Sophia («Santa Sabiduría» en griego) había sido inaugurada por el emperador romano Justiniano (r. 527-565) en 537, y a lo largo de los siglos había servido sucesivamente como un bastión de la espiritualidad cristiana, una mezquita otomana y, en fechas más recientes, un museo, si bien el gobierno turco no tardaría en volver a convertirla en un lugar de culto musulmán.[1] Cuando los conserjes y funcionarios, envueltos de la cabeza a los pies en mascarillas, batas y guantes, comenzaron la ardua tarea de desinfectar la enorme estructura, antaño el mayor espacio cerrado de la cristiandad, con el fin de eliminar el virus, los ángeles, arcángeles, emperadores y santos de los grandes mosaicos que adornan sus muros, techos y cúpulas, que datan de la época de Justiniano y sus sucesores al trono de Constantinopla, parecían observar la escena. Al despejar el edificio, este daba la impresión de haber recobrado brevemente su armonía interior; era como si las imágenes pudiesen de nuevo dialogar entre sí. Las fotografías que se difundieron por todo el mundo representaban una escena que recordaba de manera inquietante la evocada por el gran poeta y disidente ruso Ósip Mandelstam en los versos que compuso en honor al monumento más de cien años atrás:

 

La iglesia, bañada en paz, es hermosa, y las cuarenta ventanas son un triunfo de la luz; lo mejor de todo son los cuatro arcángeles en las pechinas bajo la cúpula.

 

Y el sabio edificio esférico sobrevivirá a las naciones y los siglos, y el sollozo resonante de los serafines no deformará las oscuras superficies doradas.[2]

 

La combinación de pánico y sufrimiento que el coronavirus desató sobre el mundo en los primeros meses de 2020 le habría resultado sumamente familiar a Justiniano. Al igual que los gobiernos y los científicos de nuestros días se encontraron de repente enfrentados a una enfermedad nueva y desconocida, que desestabilizó hasta las más sofisticadas economías y regímenes, así también el reinado de Justiniano se había visto sacudido por la súbita aparición de la peste bubónica, aparentemente sin precedentes.[3] Cuando llegó al imperio, solo cuatro años después de la finalización de Hagia Sophia, la plaga dejó fuera de combate a muchos cientos de miles de súbditos del emperador. Incluso se rumoreaba que el propio Justiniano, recluido en el palacio imperial, había contraído la enfermedad y se había recuperado de algún modo.

Justiniano me fascina desde que, hace mucho tiempo, escribí un ensayo universitario sobre él en Oxford a principios de la década de 1990 en respuesta a la pregunta «¿Arruinó Justiniano el imperio que se había propuesto restaurar?». En muchos sentidos, he pasado buena parte de los últimos treinta años tratando de contestar a esa pregunta e intentando reconciliarme con el emperador y su reinado. Incluso sin la intervención de la peste, la carrera de Justiniano habría destacado entre las páginas de la historia antigua y medieval por su energía, ambición y dramatismo.[4]

Desde la capital imperial de Constantinopla, fundada por el emperador Constantino el Grande unos doscientos años antes, Justiniano gobernó sobre un vasto territorio que, al inicio de su reinado, se extendía desde Grecia y los Balcanes en Occidente hasta los desiertos de Siria y Arabia en Oriente (véase el mapa 2). No solo abarcaba Asia Menor y Anatolia (la moderna Turquía), sino también el próspero territorio de Egipto, en aquella época la región más rica y sofisticada del mundo Mediterráneo. Sin embargo, pese a su aparente grandeza, el imperio que Justiniano heredó en 527 estaba afligido por un profundo sentimiento de ansiedad, fracaso e inseguridad, que el nuevo emperador estaba resuelto a abordar.

Una de las causas principales de la ansiedad, aunque no la única, era el hecho de que, si bien Justiniano afirmaba ser el emperador romano, único heredero y sucesor de los emperadores Augusto, Marco Aurelio y Constantino, el área que gobernaba ya no abarcaba los antiguos territorios centrales del Imperio romano de Italia, Norte de África, Hispania y Galia. Junto con Britania, esas tierras habían dejado de estar bajo el gobierno romano directo a resultas de un periodo de pronunciada crisis política y militar, aproximadamente entre 410 y 480 d. C. Ni siquiera la propia ciudad de Roma formaba parte de su imperio, si bien hacía mucho que le habían concedido el título de «Nueva Roma» a la ciudad de Constantinopla.[5] Así pues, por muy glorioso y extenso que fuera, muchos comprendían ya que el imperio de Justiniano era una contradicción imperial. Los gobernantes «bárbaros» que se habían forjado sus propios reinos autónomos en Occidente impugnaban ahora abiertamente sus pretensiones de autoridad romana universal.

En respuesta, al principio de su reinado Justiniano encabezaría una reconquista imperial de África, Italia y, por último, parte de Hispania (véase el mapa 3). Su campaña comenzó en 533, con la audaz decisión de enviar una fuerza expedicionaria por las rutas marítimas del Mediterráneo, desde Constantinopla hasta lo que hoy es Túnez. Un grupo primordialmente de origen germánico conocido como los vándalos había invadido las antiguas provincias romanas de África, que abarcan gran parte de los actuales Túnez, Argelia y Marruecos, así como parte de Libia, a mediados del siglo V. Desde su capital en Cartago, los vándalos habían comenzado a establecer una presencia marítima significativa en el Occidente Mediterráneo, de modo que socavaron y amenazaron los principales intereses romanos. La fuerza expedicionaria de Justiniano, sin embargo, los sorprendió con la guardia baja y los derrotó con rapidez en la batalla, donde capturaron al rey vándalo Gelimer. El reino entero pasó de nuevo a manos romanas. El impresionante éxito de esta misión africana alentaría pronto a Justiniano a dirigir sus ejércitos hacia Italia, con la firme decisión de restaurar la dominación romana sobre el antiguo corazón del imperio. Ese intento también cosechó un éxito considerable, aunque en Italia, donde los ejércitos de Justiniano se encontraron con una resistencia más coordinada, el resultado sería infligir un daño mucho mayor a la estructura de los territorios reconquistados, incluida la propia ciudad de Roma, del que jamás habían causado los «invasores bárbaros» del siglo V.[6]

En cuanto a la política interna, Justiniano tomó medidas enérgicas contra la evasión fiscal de los miembros de la élite senatorial, quienes intrigaban y conspiraban contra él constantemente. Asimismo, reformó de forma drástica el ordenamiento jurídico romano. El objetivo de Justiniano era imponer orden y claridad en la ingente masa de textos legales que gobernaban la administración y la reglamentación del imperio, con el fin de agilizar los procesos judiciales. La reforma del derecho expresaría una visión y una voluntad unitarias: las del propio emperador. Ese acto de fíat autocrático fue tan efectivo que hoy resulta muy difícil definir con precisión cómo era el derecho romano antes de Justiniano; el emperador estableció la forma en la que el derecho romano (o «civil») sobreviviría hasta la Edad Media y más allá. De hecho, hasta nuestros días, los principios derivados del derecho justinianeo forman la base de los sistemas jurídicos que operan en buena parte de Europa.[7]

Mientras se hallaba inmerso en los conflictos con los miembros de la élite, que con frecuencia estaban molestos por sus reformas legales y fiscales, el emperador intentaba apelar al resto del pueblo de Constantinopla. Lo hacía invirtiendo en suntuosos proyectos de construcción, encabezados por la Hagia Sophia, y participando en prodigiosos actos de generosidad y caridad, dirigidos principalmente a los pobres de las zonas urbanas. Por encima de todo, Justiniano trató de reestructurar el Imperio romano, transformándolo más plenamente en un Estado cristiano, en el que los ajenos a la religión, los disidentes y los considerados moral o sexualmente desviados eran sometidos a castigos cada vez más draconianos.

Cuando los clérigos declarados «heréticos» vieron sus obras quemadas en las calles y a ellos los enviaron a prisión o al exilio, y cuando los numerosos súbditos judíos del emperador sufrieron de manera palmaria la discriminación por parte de los funcionarios públicos, con el apoyo imperial, se hacía cada vez más evidente que el ascenso de Justiniano había anunciado el advenimiento de una época más intolerante.[8] Para algunos de sus enemigos, era un demonio; para algunos de sus admiradores, un santo. Ahora bien, tanto si lo veían como un «santo emperador» como si lo consideraban un «rey demoniaco», muchos de sus contemporáneos comprendían que Justiniano era un gobernante con una visión y un ímpetu extraordinarios.

Justiniano contribuyó a sentar las bases del Bizancio ortodoxo, que fue cobrando forma en los siglos venideros. En muchos sentidos, sin embargo, su labor fue más profunda. En su remodelación del Estado romano como una «República ortodoxa» (tal como lo describía en una de sus leyes), acabó estableciendo los cimientos ideológicos y psicológicos de la cristiandad medieval como un todo. También dejó un importante legado al mundo islámico que surgió en el Oriente Próximo en los siglos VII y VIII.[9] En un sentido más amplio, mediante su enérgico programa de reformas y su no menos enérgica autoglorificación, Justiniano redefine el significado del «gobierno», ofreciendo un modelo de arte de gobernar al que llegarían a aspirar los futuros emperadores bizantinos, junto con los reyes medievales, los califas musulmanes y los sultanes otomanos.

Al mismo tiempo, una serie de factores que escapaban al control de Justiniano socavaron sus tentativas de renovación imperial. El principal eran las ambiciones rivales de una superpotencia vecina: Persia. Gobernando sobre los territorios de lo que hoy son Irán e Irak, los emperadores (o sahs) del Imperio sasánida eran con creces el más sofisticado enemigo en términos políticos, económicos y militares al que se enfrentaban los romanos. Justo antes del ascenso al poder de Justiniano, la guerra entre los romanos y los persas había estallado a escala masiva. Refrenar la agresión persa en Siria y el Cáucaso (las actuales Armenia, Georgia y Azerbaiyán), que los dos imperios se dividían, fue así una preocupación acuciante a lo largo del reinado de Justiniano. Surgieron otras dificultades a consecuencia de la inestabilidad en la estepa euroasiática, que provocó la migración de hordas de nómadas centroasiáticos hacia el oeste en dirección al territorio imperial, así como un periodo crucial de inestabilidad climática que probablemente facilitase la llegada de la peste bubónica. Aquel fue el primer brote importante de esa enfermedad en la historia conocida del mundo mediterráneo. Por consiguiente, el reinado de Justiniano combinó un optimismo sin precedentes con una calamidad imprevista, cosa que puso a prueba la resiliencia tanto del emperador como del imperio.

Hasta la fecha, muchos estudios de Justiniano, en especial en inglés, se han centrado en sus políticas y aventuras militares más que en sus reformas internas, y los historiadores han manejado más las fuentes relativas a la historia militar que las jurídicas y religiosas, que reflejan su visión política en general.[10] En consecuencia, pocos han sintetizado con éxito los diferentes aspectos de su reinado. Tampoco ha logrado ningún trabajo hasta hoy perfilar la personalidad del emperador, ni la relación y cohesión interna entre la visión personal del imperio de Justiniano y su agenda política a través del ámbito militar, jurídico, religioso y doméstico. Sin embargo, como veremos, en especial a través de sus obras jurídicas y sus intervenciones teológicas, la voz personal del emperador nos llega con mucha más claridad y consistencia de lo que a menudo se ha supuesto.

Estas fuentes nos permiten captar el tono urgente y la insistencia de Justiniano en la necesidad de obtener el favor divino; su impaciencia constante; su tendencia a infundir una significación espiritual y religiosa a las tareas administrativas más mundanas; su obsesión con los detalles; y su estrecha dependencia personal de su consorte, la infame emperatriz Teodora, tan fuerte que, tras la muerte de esta en 548, su atención empezó a dispersarse y a aflojarse su control del poder. Las mismas fuentes revelan la determinación de Justiniano de aplastar a sus oponentes, y su despiadado desprecio hacia quienes no parecían ser conscientes de las virtudes y la superioridad del cristianismo imperial. La legislación del emperador revela a un hombre movido por la compasión genuina por los pobres, por los huérfanos y, quizá alentado por su esposa, por las viudas y otras mujeres vulnerables, tales como las chicas del campo víctimas de la trata en Constantinopla para forzarlas a la prostitución. Según la imagen que tenía de sí mismo y sus propios intereses, Justiniano era un emperador profundamente inmerso en las minucias de la administración y el derecho, un soldado comprometido con la expansión y la defensa del reino romano (a pesar de su relativa falta de experiencia militar en primera línea) y un cristiano piadoso preocupado por la definición y la propagación de lo que consideraba la «verdadera fe».

En la iglesia de San Vital, en la ciudad italiana septentrional de Rávena, perdura hasta nuestros días un mosaico magnífico, que data del siglo VI y representa al emperador Justiniano en procesión con sus cortesanos, enfrente de otro igualmente magnífico de Teodora y sus asistentes. El retrato de Justiniano plasmado en este mosaico es la imagen más célebre que tenemos del emperador. Cuando Justiniano nos mira fijamente desde las paredes de la iglesia, es fácil que el espectador se sienta fascinado por el resplandor de la diadema imperial o el esplendor del atuendo enjoyado del emperador. Sin embargo, el oro, la plata y otras téseras luminosas de la corona, la túnica y el rostro del emperador resaltan y cautivan sobre todo en virtud de los fragmentos de cristal más oscuros que los enmarcan. De manera análoga, Justiniano y su época estaban compuestos de luces y sombras, y para comprender al propio emperador y su reinado, hemos de apreciar ambas. Y es que el gobierno de Justiniano no solo estuvo marcado por un grado de caridad sin precedentes, sino también un grado de intolerancia y crueldad sin parangón, y el fuerte sentido de misión y compromiso personal con lo que percibía como el bien común iba acompañado por sus tendencias firmemente autocráticas y el agudo (y a menudo punzante) concepto de su propia dignidad y orgullo.

El mensaje clave de este libro, sin embargo, es que pese a los muchos siglos que nos separan de Justiniano, este antiguo personaje sigue siendo contemporáneo nuestro. Y es que, como nos recuerda nuestra reciente experiencia de la pandemia, muchas de las dificultades a las que se enfrentó Justiniano, e incluso algunas de las soluciones que él y otros idearon en respuesta a ellas, continúan vigentes. Sobre todo, el legado del emperador sigue rodeándonos: en la arquitectura inspirada por su programa de construcción, cuya manifestación más bella e influyente es sin duda Hagia Sophia; en nuestros sistemas jurídicos; y en nuestra cultura e historia, a través de la contribución fundamental de Justiniano tanto a la formación de la cristiandad como a la creación del mundo islámico. Como tal, pese a su complejidad y sus contradicciones, Justiniano y la historia de su reinado continúan hablándonos hoy.

 

 

 

 

PRIMERA PARTE


El ascenso al poder

1

UN IMPERIO DIVIDIDO

 

 

 

 

CRISOL DEL IMPERIO

 

Incluso quienes conocían de cerca a Justiniano lo consideraban un hombre difícil de interpretar y entender. El escritor del siglo VI Procopio trabajó junto a uno de los consejeros militares de mayor confianza del emperador. No obstante, en su crónica del reinado de Justiniano, reconocía que le costaba encontrar las palabras con las que describirlo: «En cuanto a su carácter, no podría hacer una descripción exacta de él».[11] La primera tarea para reconciliarnos con esta enigmática y fascinante figura es comprender el turbulento mundo del que emergió Justiniano. Como veremos, su profundo conocimiento de una serie de crisis militares y controversias religiosas que convulsionaron el Imperio romano en los siglos y las décadas anteriores a su nacimiento fue central para su reinado. Estas circunstancias determinaron el contexto institucional y político en el que Justiniano se vio obligado a operar, así como el ambiente ideológico y cultural que modeló tanto al emperador como a quienes lo rodeaban. Justiniano y su régimen representaban la culminación de varios siglos de historia romana cada vez más tensa y dramática ante la que estaba resuelto a actuar. Como emperador, Justiniano se presentaría a sí mismo no solo como un gobernante omnipotente, sino también a veces como historiador, teólogo y juez. Para entender sus motivos, hemos de comenzar con la turbulenta historia religiosa y militar del Imperio romano en los años que precedieron su ascensión al trono.

El punto de origen del Imperio romano era, por supuesto, la propia ciudad de Roma, desde la que Julio César y sus herederos habían dirigido sus ejércitos para conquistar y someter gran parte de Europa y el mundo mediterráneo. Fue también en Roma, en 31 a. C., donde el hijo adoptivo de Julio César, Octavio, se había declarado primer ciudadano y gobernante supremo, reclamando el título de Augusto (que significa tanto «venerable» como «sobrehumano»).[12] En el siglo II d. C., la dominación romana se extendió desde Britania e Hispania en Occidente hasta Armenia, Siria y Palestina en Oriente, y desde los ríos Rin y Danubio en el norte hasta las montañas del Atlas y los confines del Alto Nilo en el sur (véase el mapa 1).

En su apogeo en el siglo II, el Imperio romano se caracterizaba por un grado muy elevado de dominio ideológico y cultural desde el centro y una notable autonomía provincial sobre el terreno. Roma era innegablemente el centro al que, de modo proverbial, conducían todos los caminos y al que fluían los botines de guerra y conquista. El imponente enriquecimiento arquitectónico de la ciudad bajo Augusto y sus herederos se manifiesta hasta nuestros días en los extraordinarios restos conservados del Coliseo, el Foro de Trajano y otros monumentos imperiales. Roma era la sede del emperador, desde la que este daba órdenes a sus gobernadores de las provincias y dirigía a sus generales, enviándolos a las fronteras para sofocar cualquier signo de deslealtad o problema local. Por lo general, se hacían cuidadosos malabarismos entre los emperadores (que tenían ambiciones dinásticas y una tendencia natural a desear que los miembros de sus propias familias los sucedieran en el trono imperial tras su muerte) y los ciudadanos prominentes de la ciudad, los senadores, muchos de los cuales aspiraban a preservar aspectos de las anteriores tradiciones «republicanas» de Roma.

A nivel provincial, el imperio era casi autónomo, y buena parte de los asuntos diarios de la gobernanza, como la recaudación de impuestos y el funcionamiento de la justicia, se encomendaban a los consejos de terratenientes locales, muchos de los cuales residían en las ciudades. Las urbes del imperio eran los centros neurálgicos de la comunicación, la administración y la vida comercial en el mundo romano. En las provincias occidentales de Roma, en particular, existía un sistema de gobierno muy descentralizado, que mantenía su unidad mediante fuertes vínculos culturales que Roma cultivaba y extendía a propósito.[13] Al confiar a las élites locales tantos asuntos de gobierno, así como los puestos que les permitían conseguir beneficios y prestigio, las autoridades romanas habían logrado incorporarlas al proyecto del imperio. Atraídos hacia las ciudades fundadas por el imperio, los miembros de las élites familiares locales habían asimilado los valores culturales romanos, aprendiendo latín y estudiando historia y literatura romanas, y habían llegado a considerarse a sí mismos romanos. De hecho, en 212 se había concedido la ciudadanía romana a todos los súbditos del emperador, exceptuando a aquellos que tenían la condición de esclavos. En consecuencia, los derechos bajo la ley romana y el acceso a esta se ampliaron sustancialmente, lo cual contribuía a imprimir un sentimiento de pertenencia a Roma mucho más allá de las élites. El compromiso ideológico y político con el imperio era especialmente pronunciado, por ejemplo, entre las bases del ejército, de las que se esperaba que luchasen y muriesen por Roma.

Hacia Oriente, en Grecia, Asia Menor y Anatolia (la actual Turquía), así como en Siria, Palestina y Egipto, la situación era bastante diferente. Los romanos habían proyectado allí su gobierno sobre sociedades y culturas que había conquistado en el siglo IV a. C. Alejandro Magno de Macedonia, cuyo imperio se había dividido entonces entre sus generales en una serie de los llamados reinos helenísticos tras su muerte prematura. En consecuencia, las élites de los territorios de Oriente Próximo más allá de los centros helenísticos de la Grecia europea y Asia Menor habían adoptado la lengua, la literatura y los valores culturales griegos. En estas provincias orientales existían ya densas redes de ciudades, por lo que las autoridades romanas no tuvieron que construirlas ni financiarlas desde cero. En el Este, por tanto, los romanos encontraron élites que ya poseían una gran cultura y una infraestructura muy adecuadas para las formas romanas de administración. El objetivo consistía en adaptar los valores culturales helenísticos establecidos de cada región al marcado sentimiento de misión imperial de los propios romanos.

En consecuencia, mientras que para Occidente la base cultural del imperio descansaba sobre la efectiva romanización de las élites locales, para Oriente los romanos tenían que adaptar su mensaje y apelar a las expectativas políticas y culturales locales. Por poner un ejemplo, para conjugar sus ambiciones políticas con la tradición romana, Octavio, una vez adoptado el nombre y el título de Augusto, había presentado el cargo imperial como una especie de amalgama y ensamblaje de otros cargos «republicanos» y cívicos preexistentes. Se concedió a sí mismo el rango de «magistrado jefe» de la República romana y el título de «primero entre sus iguales» (primus inter pares), en lugar de algo más prepotente. Al fin y al cabo, la República romana se había fundado en 509 a. C., tras la expulsión del último rey de Roma, Lucio Tarquinio el Soberbio. Por consiguiente, para Octavio y sus herederos era importante evitar que el público político romano los percibiese de un modo demasiado obvio como «monarquía». Así pues, el cargo imperial se presentaba y se concebía en términos esencialmente «republicanos», no solo en la ciudad de Roma, sino también en las provincias occidentales.[14]

En Oriente prevalecían condiciones políticas muy diferentes. Alejandro y sus seguidores habían conquistado territorios en Siria, Egipto y Persia, con tradiciones muy arraigadas de «monarquía divina»; allí se trataba a los reyes como dioses y sus súbditos se consideraban poco más que esclavos auténticos o proverbiales. Alejandro y sus herederos habían adoptado el lenguaje político, las ideologías y los aspectos ceremoniales de la monarquía divina en esas regiones para transmitir su autoridad a sus nuevos súbditos en términos que estos comprendiesen. Los emperadores romanos siguieron su ejemplo; para dirigirse a sus súbditos orientales, enseguida empezaron a emplear el mismo lenguaje de poder y estilo de gobierno, asumiendo títulos tales como «gobernante mundial» (kosmokrator).[15]

El deseo de apelar a las sensibilidades políticas y culturales de las élites grecohablantes de las provincias orientales de Roma no solo conformaba la manera en que los emperadores se presentaban a sí mismos en términos estilísticos y retóricos, sino también cómo desarrollaban su política exterior. En virtud de su helenización cultural bajo Alejandro y sus herederos, las élites de muchas de las ciudades de Siria, Palestina y Egipto se consideraban a sí mismas griegas en términos culturales, al igual que los procesos de aculturación y educación en Occidente condujeron a las élites occidentales de habla latina a considerarse culturalmente romanas. El enemigo tradicional del mundo grecoparlante, que se remontaba al siglo V a. C., había sido Persia. El Imperio persa de la dinastía aqueménida, al que los griegos unidos habían derrotado en la batalla de Salamina en 480 a. C., representaba el tan demonizado «otro» contra el cual los griegos se habían definido a sí mismos, y esa animosidad cultural y política hacia Persia perduró entre las élites grecoparlantes del Oriente helenístico. Por tanto, los emperadores romanos pronto se dieron cuenta de que un medio efectivo de apelar a los instintos políticos de sus súbditos de habla griega y sacarles partido para beneficio del imperio consistía en que los vieran declarar la guerra a su enemigo ancestral dirigiendo campañas contra los persas. Tales campañas permitían a los emperadores presentarse a sí mismos como herederos legítimos de Alejandro y contribuían a cimentar la dominación romana en Oriente, amén de facilitar el surgimiento de un incipiente alineamiento ideológico entre el helenismo cultural y la identidad política romana.[16] A consecuencia de ello, en Oriente surgió de modo gradual lo que se ha dado en llamar un «Imperio romano griego».[17]

 

 

CRISIS DEL IMPERIO

 

A finales del siglo II, las fronteras septentrionales del Imperio romano en Europa habían llegado a fijarse esencialmente a lo largo de los ríos Rin y Danubio, ya que más allá de esos límites naturales había una serie de agrupaciones tribales sin una unión política que apenas representaban una amenaza directa para el poder romano. El ejército romano patrullaba esas zonas fronterizas para prevenir las incursiones y castigar de forma periódica los ataques, al tiempo que mantenía una serie de puestos comerciales dentro del mundo «bárbaro» hacia el norte, donde los productos romanos tenían mucha demanda. Las autoridades romanas manipulaban estos flujos de riqueza romana hacia el norte con fines políticos y estratégicos. Idealmente, se introducían a través de gobernantes clientes y caciques romanos, a veces como obsequio, a quienes Roma movilizaba contra sus vecinos potencialmente problemáticos. De esta manera, se extendía la zona de influencia política y económica romana más allá de la frontera romana propiamente dicha, y algunos de los «bárbaros» (como los consideraban los romanos) al parecer incluso utilizaban dinero romano para facilitar las transacciones entre ellos.[18]

A mediados del siglo III, esos flujos de riqueza romana más allá de la zona fronteriza, así como los intentos por parte de las autoridades romanas de reforzar el poder de los jefes locales, habían comenzado a tener consecuencias que, desde una perspectiva romana, acabarían siendo muy contraproducentes. Estas medidas socavaron las estructuras sociales relativamente igualitarias de muchos de los pueblos bárbaros en las fronteras del imperio y catalizaron el surgimiento de élites guerreras cada vez más poderosas, capaces de forjar confederaciones tribales más amplias y más efectivas en términos militares, que empezaron a amenazar el poder romano. A partir de mediados del siglo III habían comenzado a producirse una serie de incursiones cada vez mayores y más efectivas en territorio romano, encabezadas por nuevos grupos bárbaros provenientes del norte, tales como «los hombres pintados» (Picti) en Britania; los «valientes» (Franci) y los «todos los hombres» (Alamanni) de más allá del Rin; y los Greutingi, más conocidos en la posteridad como los godos, una confederación de lo que hoy es Ucrania, que atacaban desde más allá del Danubio. Esos grupos pretendían tomar por la fuerza lo que hasta entonces habían obtenido de Roma mediante los servicios, los subsidios y el comercio.[19]

Lo más inquietante era que, en torno a la misma época, el Imperio romano se encontraba sometido a una presión militar creciente desde el este. En los años finales del siglo II d. C., los romanos habían extendido su frontera oriental a expensas de la dinastía persa reinante, los arsácidas, ampliando su zona de influencia y control hasta la región estratégicamente crucial de Armenia. Esta derrota a manos de Roma había provocado la caída de la dinastía gobernante y una amarga lucha por el poder entre las diferentes familias aristocráticas. Esa prolongada guerra civil concluyó por fin en 224, cuando el nuevo soberano persa, Ardashir, fue coronado como primer sah de la dinastía sasánida. Desde su capital en la ciudad de Ctesifonte (cerca de la actual Bagdad), Ardashir trató de unir a la díscola aristocracia militar de Persia y ganarse su favor lanzando una serie de ataques en territorio romano. Esa política de agresión culminó en 260, cuando el sucesor de Ardashir, Sapor I, lanzó una atrevida campaña en la Siria romana, durante la cual saqueó la ciudad de Antioquía y capturó y humilló al emperador romano Valeriano (r. 253-260 d. C.).[20]

Las autoridades romanas se encontraban en una posición cada vez más nefasta. La gravedad de la situación se exacerbó por el hecho de que los efectivos militares romanos se habían concentrado en gran medida a lo largo de las fronteras imperiales, de manera que, una vez que un enemigo lograba atravesar la zona fronteriza, había escasa presencia militar en el interior provincial para impedir que los invasores causasen estragos.[21] Asimismo, la gobernanza del imperio se delegaba hasta tal punto en los consejos municipales que resultaba casi imposible reunir y reasignar recursos de las regiones menos afectadas por el ataque enemigo a las que se llevaban la peor parte. Lo más grave era que una clase política dirigida por un solo emperador que gobernaba principalmente desde la ciudad de Roma, rodeado por senadores de origen en su mayoría civil y no familiarizados con los asuntos militares, era a todas luces incapaz de hacer frente y coordinar la resistencia a ataques militares simultáneos en el norte, el este y el oeste. La aparición de esos nuevos y más peligrosos enemigos hizo que el Imperio romano del siglo III se sumiera en una profunda crisis militar.[22]

Junto con el deterioro de la situación militar, había una creciente inestabilidad política, ya que los cabecillas del ejército romano en campaña y los políticos en Roma comenzaban a responder a lo que percibían como los errores de sus gobernantes destituyendo a los emperadores reinantes y nombrando o aclamando a otros nuevos. El cuerpo de oficiales del ejército respaldaba a nuevos emperadores con formación militar, lo que se tradujo en una serie de «emperadores soldados». Al mismo tiempo, surgieron varios de los que cabría definir como regímenes romanos «locales», mediante los cuales los miembros destacados de la sociedad provincial, por ejemplo, en el norte de Galia y Siria, exasperados ante la incapacidad de las autoridades romanas centrales de defenderlos, brindaban su apoyo a los caudillos locales, que combatían al enemigo y reclamaban el título imperial. Entre 258 y 274, las élites provinciales en buena parte de Britania, Galia e Hispania se aliaron con un general llamado Póstumo, que lideraba el llamado Imperio de las Galias, mientras que en Oriente el gobernante cliente de Palmira, Odenato, dirigió la resistencia contra los persas.[23] Aunque las autoridades imperiales de Roma viesen a estos hombres como rebeldes que lideraban regímenes separatistas, todo parece indicar que ellos se consideraban a sí mismos unos gobernantes romanos que defendían la civilización romana.[24]

Tradicionalmente, los historiadores han interpretado los golpes militares y las usurpaciones del siglo III como signos de caos y desorden. No obstante, con el tiempo, resultarían ser claves para la supervivencia romana. El Imperio de las Galias y el pequeño Estado de Palmira lograron ahuyentar a los invasores extranjeros con un éxito considerable, como hicieron también los emperadores soldados que llegaron al poder por aquella época. La mayoría de estos nuevos emperadores soldados provenían de la región de Ilírico y los territorios adyacentes en los Balcanes, que habían surgido como el principal campo de reclutamiento militar del Imperio romano. A partir del siglo II d. C., el ascenso en la jerarquía del ejército romano, y en última instancia el acceso al rango de general, dependía cada vez más de las habilidades personales que del linaje. Ello significaba que los hombres elevados al trono imperial por sus tropas eran con frecuencia soldados de gran talento y de humilde extracción social, que estaban ideológicamente comprometidos con la supervivencia de Roma, se impacientaban con los fracasos y estaban dispuestos a innovar. Eran hombres que sabían luchar y estaban decididos a vencer. En consecuencia, durante los años todavía turbulentos en términos militares desde la década de 260 hasta la de 280, los insurgentes extranjeros fueron expulsados progresivamente del territorio romano, y los regímenes romanos «locales» de Oriente y de Occidente se reincorporaron a la estructura general del imperio.[25]

Por lo general, se considera que la «crisis» del siglo III llegó a su fin en torno a 284 con el ascenso al poder del emperador Diocleciano, quien venció a sus rivales imperiales, intimidó a los enemigos del imperio y estableció el dominio personal sobre el mundo romano. Desde 284 hasta el final de su reinado, en 305, el imperio conocería un periodo de relativa paz como no había experimentado desde la década de 220. Ello permitió a Diocleciano y a su séquito consolidar una serie de medidas y reformas improvisadas mediante las cuales él y sus predecesores de finales del siglo III pretendían —y lo lograron— refrenar los diversos aspectos de la crisis militar y política de Roma.[26] Estas reformas modelarían y determinarían muchas de las estructuras administrativas del imperio que Justiniano heredaría con su ascenso al trono.

Se había vuelto cada vez más evidente, por ejemplo, que un emperador, cuya residencia principal estaba en la ciudad de Roma, no podía pretender controlar las múltiples y simultáneas amenazas militares a lo largo de las vastas fronteras del imperio.[27] Lo que el imperio necesitaba era un liderazgo más descentralizado, ubicado más cerca de las principales fuentes de amenaza militar. Surgió de esta manera un sistema de «reparto de poder», que Diocleciano consolidó y afianzó, en virtud del cual había ahora dos emperadores o Augusti. Uno de ellos se localizaba principalmente en Oriente para hacer frente a los persas, y el otro tenía su sede principal en Occidente para salvaguardar la frontera del Rin. Dado que la amenaza más sofisticada y coordinada al poder romano provenía de los sasánidas, tenía sentido que el más experimentado de ambos emperadores se ubicase en Oriente. Lo más decisivo fue que esos emperadores no gobernaban ya desde Roma, que se hallaba cada vez más marginada en los asuntos políticos, sino desde las ciudades más próximas a las fronteras del imperio, tales como Trier en Galia o Antioquía en Siria, donde Diocleciano, como el Augusto más experimentado, estableció su base. A cada Augusto se le asignaba asimismo un ayudante o César, que le proporcionaba un nivel adicional de flexibilidad militar y política. Ese arreglo contribuyó a contrarrestar una debilidad que aquejaba desde hacía mucho al sistema político romano, fruto de la antipatía romana hacia la monarquía hereditaria: la incertidumbre respecto de la sucesión al título imperial. Cada César no solo serviría ahora como ayudante, sino también como heredero designado de su respectivo Augusto. Los historiadores suelen referirse a esta nueva articulación del poder imperial como la «Tetrarquía» o el «Gobierno de los Cuatro».

En aquella época se hicieron importantes esfuerzos para dotar al Imperio romano de una cohesión defensiva y burocrática mucho mayor. El tamaño del ejército se incrementó de forma significativa y se dispersaron más las fracciones militares.[28] Las provincias se dividieron en unidades más pequeñas y se sometieron a una supervisión más estricta. Esas provincias menores se agruparon entonces en demarcaciones transregionales mayores conocidas como «diócesis», cada una de ellas bajo el mando de un oficial denominado «vicario» y su personal, que eran directamente responsables ante el emperador y su corte en la capital «tetrárquica» más próxima. Las diócesis se agruparían más adelante en unidades aún mayores llamadas «prefecturas», cada una de las cuales estaba bajo la autoridad de un «prefecto pretoriano». Por primera vez en la tradición romana, surgió algo que se asemejaba a una burocracia imperial central con responsabilidades que trascendían el nivel de la ciudad y la provincia.[29]

Semejantes reformas, y en especial la expansión del ejército, acarreaban costes. Con el fin de financiar estas nuevas disposiciones, Diocleciano y su gobierno lograron una hazaña extraordinaria. Se enviaron agrimensores para evaluar los recursos tributables y productivos de todas y cada una de las provincias del imperio y para informar sobre la extensión y la calidad de la tierra agrícola y el número de personas disponibles para cultivarla. Al mismo tiempo, se calcularon las necesidades presupuestarias del Estado romano. Se emitieron entonces demandas fiscales graduales para equilibrar las necesidades del Estado y la capacidad de pago de las poblaciones locales. Se dictaron instrucciones para que tales estudios se llevasen a cabo con regularidad y, con el fin de hacer más fiable el flujo de impuestos, los contribuyentes estaban cada vez más obligados legalmente a residir en las comunidades en las que se hallaban registrados a efectos de tributación: los concejales en sus ciudades, los aldeanos en sus aldeas, los jornaleros agrícolas en las haciendas en las que trabajaban.[30] Solo era posible salir a través del reclutamiento en las filas de la pujante burocracia imperial o del ejército en expansión. La crisis había conducido así a una modernización institucional y a una mejora de un imperio que ahora se administraba de un modo mucho más riguroso, si bien la propia ciudad de Roma había pasado de ser el centro del poder imperial a un remanso provincial muy venerado, pero marginado en gran medida.[31]

Los cambios acaecidos en el mundo romano a lo largo del siglo III y principios del IV determinaron en gran medida la evolución de la cultura política romana. La decisión de Diocleciano, en su calidad de emperador principal, de establecerse principalmente en Oriente para hacer frente a la amenaza persa anunciaba una reubicación de la autoridad y del poder. En lo sucesivo, sería inusual que un emperador «principal» se asentara al oeste de los Balcanes durante un periodo prolongado. A su vez, esto afectó a la manera de transmitirse y entenderse el poder imperial, pues implicaba que el emperador principal estaba operando ahora en un contexto político en el que, para proyectar su poder con efectividad, tenía que hacerlo dentro de las tradiciones de la monarquía divina. Su casi contemporáneo Aurelio Víctor declaró a propósito de Diocleciano: «Fue un gran hombre, pero con las siguientes costumbres: fue el primero en querer una túnica tejida con hilos de oro y sandalias con mucha seda, púrpura y joyas; aunque ello excedía la humildad y revelaba una mente presuntuosa y arrogante, no era nada comparado con el resto, pues fue el primero de todos los emperadores después de Calígula y Domiciano que exigía que lo llamaran “maestro” [en latín dominus] en público, que lo adoraran y trataran como a un dios».[32] El cargo imperial se había vuelto muy militarizado debido al surgimiento de los emperadores soldados, a la par que muy ceremonial, de manera que el emperador se consideraba cada vez más (tanto en el contexto oriental como en el occidental) el representante de la divinidad en la tierra. El propio Diocleciano afirmaba detentar el poder bajo la autoridad de Júpiter, el padre de los dioses en el panteón romano tradicional.[33] El recalcar las asociaciones personales supuestamente divinas del emperador contribuyó sin duda a distraer la atención de sus humildes raíces ilirias. Lo más importante, en cualquier caso, era que el centro de gravedad del Imperio romano se había desplazado decididamente hacia el este.

 

 

NUEVAS DINASTÍAS Y NUEVAS RELIGIONES

 

Quizá por no tener un heredero a quien ceder el poder, y tal vez también como un guiño a los valores constitucionales romanos tradicionales, Diocleciano nunca intentó transformar la Tetrarquía que él había establecido en un sistema dinástico, aunque las familias de los diversos tetrarcas generaban vínculos matrimoniales. El hombre a quien nombró su cogobernante en Occidente (otro soldado ilirio llamado Maximiano) y sus respectivos adjuntos orientales y occidentales (Galerio y Constancio, también procedentes de los Balcanes) se habían elegido principalmente en virtud de su fiabilidad, su talento y la lealtad de sus tropas. El sistema de reparto del poder se mantenía de forma efectiva gracias a la suprema autoridad y la personalidad del propio Diocleciano.

En 305, el ya anciano emperador tomó una decisión notable e inusual: anunció que se retiraría de la política imperial y se marcharía a vivir en un palacio que había construido en Spoleto, en la costa dálmata. Del interior de esa enorme estructura surgiría más tarde la moderna ciudad croata de Split. Ordenó a su joven homólogo, el Augusto occidental Maximiano, que renunciase a su cargo al mismo tiempo, de manera que el poder se transfirió a sus respectivos Césares, Galerio en Oriente y Constancio en Occidente, a quienes se asignaron a su vez nuevos representantes. Parecía haberse logrado una transición aparentemente pacífica, mas esta no había de durar mucho tiempo. Al año siguiente, el nuevo Augusto occidental murió cuando se estaba preparando para la campaña contra los pictos en el norte de la frontera imperial en Britania. Acampado fuera de la ciudad de York, el ejército del difunto emperador respondió aclamando como su sucesor no al César debidamente designado de este, sino al hijo de Constancio, Constantino. Ese acto de imponente usurpación alentó a otros a seguir el ejemplo, y el ejército en torno a la ciudad de Roma declaró emperador de Occidente a Majencio, el hijo del antiguo emperador occidental Maximiano. En África surgió un tercer pretendiente al trono occidental. Apenas un año después del cese de Diocleciano, la Tetrarquía había quedado hecha pedazos por las ambiciones dinásticas y políticas rivales, alimentadas por el respaldo que brindaban a los pretendientes imperiales sus ejércitos en campaña, que claramente creían que tenían mucho que ganar en cuanto a salario, suministros y prestigio, si obedecían a un emperador y le mostraban lealtad a él y a su familia.

En el transcurso de la guerra civil resultante, el joven príncipe Constantino consiguió eliminar de forma progresiva a cada uno de sus rivales occidentales, hasta que su victoria sobre Majencio culminó en la batalla del Puente Milvio a las afueras de la ciudad de Roma en 312. En Oriente estalló una guerra civil paralela, que se resolvió a favor del general Licinio. Se restauró un equilibrio entre Oriente y Occidente. Sin embargo, las relaciones entre Constantino y Licinio nunca fueron fáciles, y en 324 Constantino ideó un pretexto para dirigir sus ejércitos hacia el este con el fin de atacar a Licinio, que tenía su base en Nicomedia (la actual Izmit), en la costa asiática frente al Bósforo. Derrotando a Licinio primero en tierra y luego en el mar (en la batalla de Crisópolis cerca del Cuerno de Oro), Constantino capturó y después ejecutó a su último emperador rival.[34] Como recogería la Nueva Historia de finales del siglo V o principios del VI del historiador pagano Zósimo: «El imperio entero pasó a depender entonces de Constantino».[35] En celebración de su victoria en Crisópolis, Constantino cambió el nombre de la cercana ciudad griega de Bizancio, rebautizándola como «La Ciudad de Constantino, la Nueva Roma» (Konstantinoupolis Nea Romê) y adornándola con un conjunto de espléndidos monumentos públicos acordes con una fundación imperial: un palacio, un hipódromo, murallas de la ciudad y una magnífica catedral cristiana. Y es que, a diferencia de Diocleciano, Constantino no era un adorador de los viejos dioses de Roma ni un devoto de Júpiter: antes bien, era un exponente de una fe establecida en fechas relativamente recientes, que por aquel entonces muchos habrían identificado como el «culto de Cristo», pero que nosotros designamos como cristianismo.[36]

Para comprender la importancia de la adhesión de Constantino al cristianismo, es necesario retroceder a la crisis imperial del siglo III, que había asistido a numerosos cambios no solo en la sociedad, sino también en la religión romana. La cultura religiosa «pagana» tradicional de Roma (como la de Grecia) era politeísta, lo cual significaba que los romanos creían en una multiplicidad de dioses. Cuando la dominación romana se había propagado hacia Oriente y Occidente y los romanos se habían encontrado con los diversos cultos de pueblos que habían conquistado, Roma había mostrado su buena disposición a absorber las tradiciones religiosas de las provincias y a identificar las deidades locales con las griegas y romanas establecidas. Por consiguiente, los romanos manifestaron una gran tolerancia en asuntos de religión. La propagación oficial del llamado «culto imperial», al que se esperaba que todos los súbditos del emperador se sacrificasen y mostrasen el debido respeto, confirió unidad, cohesión y focalización a las devociones de los súbditos romanos. A lo largo y ancho del imperio se habían construido templos para el culto imperial y, al morir, a los emperadores romanos se les concedía el título de divus (que significaba «divinizado»).

El único grupo significativo de súbditos del imperio que había rehusado participar en el culto imperial y someterse a él había sido la comunidad judía, que se hallaba muy concentrada en Palestina (si bien con presencia en todos los centros urbanos del imperio, especialmente en el Oriente Próximo y el Mediterráneo). La religión ancestral de los judíos era estrictamente monoteísta (es decir, que creía que solo existía un Dios verdadero), y ello había hecho imposible que se sacrificasen al culto imperial o a participar en sus rituales. El judaísmo solía considerarse una religión venerable y, al negarse a cambiar su credo, se entendía que los judíos conservaban las tradiciones de sus ancestros. Semejante lealtad a las tradiciones de sus antepasados se consideraba moralmente virtuosa dentro de la cultura romana y, en consecuencia, a los judíos se les solía excusar su falta de participación. La secta desmembrada del judaísmo conocida como cristianismo se había estado extendiendo desde el siglo I. Sus seguidores declaraban que un predicador itinerante conocido como Jesús de Nazaret o Jesucristo (del término griego Christós, «el ungido») había sido el hijo de Dios y predicado la salvación para toda la humanidad, y que las autoridades romanas, bajo el mandato del emperador Tiberio (r. 14-37 d. C.), lo habían crucificado. El movimiento se había expandido con mayor rapidez en los centros urbanos del imperio a lo largo del siglo III, cuando la disposición de sus miembros a ofrecer caridad a los pobres y a los enfermos en una época de perturbaciones económicas y enfermedades generalizadas se había granjeado numerosos admiradores y devotos.

Al igual que los judíos, los cristianos también se negaban a someterse, pero, a diferencia de aquellos, su disconformidad no podía excusarse por razones de piedad filial ni de tradición, ya que la suya era una religión nueva. Por consiguiente, los cristianos eran vistos con considerable recelo por las autoridades romanas, y muchos creían que su negativa a sacrificarse al culto imperial no solo era antisocial, sino que también podía causar la ira divina. En el reinado del emperador Diocleciano en particular, su reticencia había desencadenado un periodo de persecución. Muchos cristianos eran ejecutados y se convertían en «mártires» (del griego martyros, «testigo») de su fe. Su memoria era cultivada y celebrada por la comunidad cristiana o Iglesia (del griego ekklesia, «asamblea»), que los declaraba «santos». Se pensaba que su dedicación a la fe los había elevado por encima de la masa común de la humanidad y los había acercado a Dios.

Según declaraciones posteriores de Constantino o sus portavoces, el emperador había adoptado el «culto de Cristo» justo antes de la batalla del Puente Milvio en 312, tras presenciar supuestamente la aparición milagrosa de una cruz en el cielo, que los cristianos de su séquito le habían enseñado a interpretar y comprender.[37] Atribuyó su victoria sobre Majencio al Dios cristiano y comenzó a prodigar su mecenazgo y su generosidad sobre los líderes de la Iglesia, permitiéndoles hacer uso de las arcas estatales para construir lugares de culto. Los mayores de ellos, las «iglesias catedrales», se establecieron como las residencias de los cabecillas locales de las comunidades cristianas en cada ciudad, conocidos como obispos (del griego episkopoi, «supervisores»). Los obispos y sacerdotes cristianos estaban exentos de la obligación de servir en los consejos municipales y, al igual que los funcionarios del gobierno, podían viajar por el imperio usando libremente monturas y bestias de carga suministradas por el Estado (un sistema conocido como el cursus velox, que venía a ser una «autopista de alta velocidad» o «correo rápido»). El emperador mostraba así que el cristianismo era su culto preferido.

Cuando el centro de poder de Constantino se desplazó hacia el este tras derrotar a Licinio en 324, el emperador cayó bajo la creciente influencia cristiana, ya que en las ciudades de la parte oriental de su imperio las comunidades cristianas eran más numerosas y estaban seguras de sí mismas. Constantino no emprendió en ningún momento la persecución de aquellos que discrepaban de él por motivos religiosos; trabajaba de forma pragmática y cooperativa con sus generales, administradores y potentados con independencia de su respectiva afiliación religiosa. Resultaba evidente, sin embargo, que compartir la fe del emperador suponía cierta ventaja a la hora de ascender en el escalafón del gobierno imperial, y la conversión al cristianismo por parte de miembros ambiciosos de la nueva élite burocrática y militar fue creciendo en el transcurso del siglo IV, tanto bajo Constantino como bajo sus sucesores.

Entretanto, el liderazgo de la Iglesia aspiraba cada vez más a conjugar la fe cristiana con la ideología imperial. El influyente obispo y cortesano Eusebio, por ejemplo, escribió un discurso de elogio al emperador, en el que lo alababa como el único representante verdadero del Dios cristiano en la tierra, ofreciendo de ese modo una visión cristianizada de la relación entre el poder imperial y el divino que se basaba en tradiciones profundamente arraigadas de monarquía divina.[38] A cambio, bajo el patrocinio de Constantino, la Iglesia cristiana alcanzó un desarrollo institucional y doctrinal sin precedentes. En 325, Constantino presidió el primer Concilio universal (o «ecuménico») de la Iglesia, celebrado en la ciudad de Nicea, tanto para esclarecer las cuestiones de fe como para establecer la organización de la Iglesia, con la creación de un sistema de gobierno eclesiástico que ensombreció el del Estado romano, según el cual se asignaba un obispo a cada ciudad y un obispo «metropolitano» o arzobispo a cada provincia.[39] Estaba en marcha un notable proceso de readaptación y transformación religiosas que alcanzaría un hito importante en 380, cuando el emperador Teodosio I (r. 379-395) se sintió lo suficientemente seguro para declarar que el cristianismo no era solo la religión favorita del emperador, sino también la religión oficial del Estado romano.[40]

 

 

HEREJES, OBISPOS Y SANTOS

 

Desde los orígenes mismos del cristianismo, el movimiento se había caracterizado por una fuerte aspiración a la unidad, a pesar de las marcadas disparidades en las creencias reales.[41] Hasta el siglo IV, convivieron versiones contradictorias de la vida y las enseñanzas de Cristo (conocidas como Evangelios).[42] ¿Cuáles eran las verdaderas? Jesús era llamado el «Hijo de Dios». Ahora bien, ¿qué significaba eso en la práctica? ¿Era divino? ¿O simplemente había sido un hombre muy santo?

Esos debates eran importantes para los cristianos, porque pensaban que la creencia errónea (la herejía) cerraba el camino a la salvación.[43] Solo aquellos que aceptaban la verdadera fe (la ortodoxia) participaban del perdón de los pecados y la vida eterna que prometía la religión. Los conceptos de ortodoxia y herejía, fundamentales para la nueva fe, eran completamente ajenos al enfoque tradicional romano de la religión.[44] Antes de la época de Constantino, los representantes de la Iglesia habían carecido de un medio para definir la ortodoxia y suprimir la herejía. La adopción del cristianismo por parte de Constantino lo hizo posible por primera vez. Tradicionalmente, los emperadores romanos habían sentido la obligación de mantener la «paz de los dioses» (pax deorum). Ello significaba en esencia que se esperaba que interviniesen para impedir que estallasen disputas violentas entre sectas diferentes. Los líderes de las comunidades cristianas lograron convencer a Constantino de que, si adoptaba su fe, estaría obligado ahora a tomar medidas firmes contra la herejía y a ayudar a resolver las disputas en el seno de la Iglesia.

Era esa expectativa la que había llevado al emperador a convocar el Concilio Ecuménico en Nicea (la actual Iznik) en 325, que presidió en persona. Y es que había surgido una controversia dentro de la Iglesia de Alejandría, en Egipto, que necesitaba resolverse so pena de desestabilizar la Iglesia en su conjunto. Los cristianos consideraban que Jesús era el «Hijo de Dios», pero, en Alejandría, un sacerdote llamado Arrio había estado enseñando una variante de ese concepto: que, aunque Jesús era divino, Dios «Padre» debió haber existido antes que Dios «Hijo», por lo que el Padre era superior al Hijo.[45] Los adversarios de Arrio creían en la Trinidad, es decir, que el Dios cristiano constaba de tres elementos coeternos e iguales: Dios Padre, Dios Hijo y el Espíritu Santo, que actuaban de mediadores entre los reinos celestial y terrenal. Enseñaban, por consiguiente, que Jesús había sido tanto plenamente hombre como plenamente Dios, y que su aspecto divino había existido desde siempre y existiría hasta el fin de los tiempos. En el Concilio Ecuménico de 325, la posición de Arrio fue condenada y considerada «herética». Se ordenó quemar sus escritos y que el propio Arrio fuera enviado al exilio. A finales del siglo IV, la doctrina «trinitaria» de los oponentes de Arrio se había aceptado como ortodoxia y la condena de los herejes «arrianos» se había convertido en una piedra angular de la política religiosa imperial. Más allá del imperio, sin embargo, los misioneros cristianos leales a la memoria y a la teología de Arrio se dedicaban a difundir la fe (en la versión arriana) entre los diversos pueblos bárbaros que residían al norte del Danubio y más allá, como los godos y sus vecinos. En consecuencia, el cristianismo arriano echaría raíces profundas entre los bárbaros.

El Concilio de Nicea tuvo un resultado positivo: a finales del siglo IV, el cuerpo principal de la Iglesia dentro del Imperio romano llegó a aceptar que Jesucristo había sido tanto «plenamente Dios» como «plenamente hombre». Ese elemento de la fe era vital para la doctrina de salvación de la Iglesia. La mayoría de los cristianos creían que Jesús había muerto en la cruz con el fin de expiar los pecados de la humanidad, y que al ascender al cielo había abierto el camino de la salvación para sus seguidores. Para expiar los pecados de la humanidad, tenía que ser plenamente humano, al igual que nosotros. Ahora bien, para ascender al cielo y expiar los pecados de la humanidad, también tenía que ser plenamente divino. Pero ¿cómo se podía definir y entender esta idea? ¿Era Jesucristo una combinación única de lo humano y lo divino? ¿O acaso poseía dos naturalezas separadas, una humana y otra divina?

Este asunto, conocido como «cristología», provocó una serie de disputas cada vez más enconadas en el seno de la Iglesia, y los sucesores de Constantino en el trono imperial intentaron resolverlas reuniendo a obispos rivales para debatir y definir la verdadera fe. A la altura del siglo V, los obispos de ciertas ciudades eran considerados los más prestigiosos de estos: el obispo de Roma (al que se tenía como el heredero de san Pedro, quien había sido martirizado en la ciudad no mucho después de la crucifixión de Cristo); el obispo de Alejandría en Egipto (considerado el heredero de san Marcos, el autor de uno de los primeros y más fidedignos Evangelios); el obispo de Antioquía en Siria (donde san Pedro había fundado la iglesia antes de dirigirse a Roma); el obispo de Jerusalén (donde los seguidores de Jesús se habían reunido por primera vez después de su muerte); y el obispo de Constantinopla (donde el emperador Constantino, a quien se veneraba como a un santo a esas alturas, había sido enterrado tras su muerte, en 337). Esos cinco obispos llegarían a ser conocidos como «patriarcas» en virtud de su antigüedad y autoridad dentro de la Iglesia.

A mediados del siglo V, se organizaron una serie de concilios ecuménicos en un intento de resolver la floreciente controversia acerca de la relación entre lo «humano» y lo «divino» en la persona de Cristo.[46] La preocupación de aquellos que creían en las dos naturalezas separadas de Cristo era que, si lo humano y lo divino dentro de él formaban una sola naturaleza exclusivamente suya, entonces nunca podría haber sido ni completamente como Dios Padre en su divinidad ni plenamente como los hombres en su humanidad y, por consiguiente, su muerte y resurrección no podrían haber abierto el camino a la salvación para la humanidad en su conjunto, pues su resurrección y su ascenso al cielo podrían haberse considerado exclusivos de él. Hacer excesivo hincapié en la unión, la mezcla y la combinación de las dos naturalezas de Cristo, según afirmaban, amenazaba así con producir un Jesús que no era ni plenamente Dios ni plenamente hombre, al igual que el agua mezclada con vino no era ni agua ni vino. Nestorio, un patriarca de Constantinopla, había llevado a cabo con anterioridad, en el siglo V, la defensa más agresiva de esa posición.

El énfasis de Nestorio, designado con frecuencia como «diofisita», del término griego que significa «dos naturalezas», provocó la oposición de otros elementos de la Iglesia que estaban igualmente decididos a defender las que consideraban las auténticas enseñanzas de la fe. Para esos pensadores, encabezados por el brillante teólogo Cirilo, patriarca de Alejandría, recalcar en exceso la distinción entre lo humano y lo divino en la persona de Cristo amenazaba con socavar por entero el concepto de salvación, hasta el punto de que resultara imposible explicar o comprender cómo lo humano y lo divino en Cristo habían sido capaces de interactuar, relacionarse y ser coherentes, al igual que el aceite y el vinagre podían estar contenidos en el mismo recipiente, pero nunca se convertían verdaderamente en una sustancia inseparable.[47] Cirilo y sus seguidores creían que, sin la asunción plena de la humanidad de Cristo por lo divino, no podía haber salvación mediante su muerte y resurrección. En la resurrección, no podía dejarse atrás nada de la humanidad de Cristo, que tenía que ser totalmente sustentada y abrazada por su divinidad. Esta posición se designa con frecuencia como «miafisita», del término griego que significa «una naturaleza». En el concilio celebrado en Éfeso en el oeste de Asia Menor en 431, las enseñanzas de Nestorio fueron condenadas (o «anatematizadas») y el patriarca destituido.

Este asunto causaba una continua inquietud en el seno de la Iglesia, especialmente en Roma y Constantinopla, donde la posición de las dos naturalezas gozaba de una gran popularidad. Por fin, en 451, se celebró un concilio de seguimiento en Calcedonia, cerca de Constantinopla, en un intento de establecer un pacto conciliador. La mayoría de los obispos allí presentes acordaron mantener la condena de Nestorio, pero, en un gesto hacia los partidarios de las dos naturalezas, aseveraron que Cristo existía «en dos naturalezas que no experimentan ninguna confusión, ni cambio, ni división ni separación», y que ambas naturalezas eran preservadas y reunidas «en una única persona».[48] Aquello era excesivo para Cirilo y sus seguidores entre los cabezas de la Iglesia en Siria y Egipto, quienes habrían preferido la fórmula de que la persona de Cristo se había formado «a partir de dos naturalezas», de modo que se enfatizara la unidad.

Por tanto, Cirilo y sus partidarios se negaron a aceptar los decretos del Concilio de Calcedonia. En lo sucesivo, la oposición a la doctrina calcedonia arraigaría profundamente en Egipto, así como en Siria y Palestina, donde Cirilo contaba con numerosos simpatizantes. Esa negativa por parte de Cirilo y sus seguidores a aceptar la definición de la fe establecida en Calcedonia constituyó un desafío directo a la autoridad y la unidad imperial. Si, en el siglo IV, la decisión de Constantino de convocar el primer Concilio Ecuménico había contribuido a conferir mayor definición y claridad a la fe cristiana, los concilios del siglo V habían ayudado a integrar las divisiones que habían surgido. Y es que Cirilo era una figura demasiado popular para que el gobierno imperial obrase en su contra, y sus partidarios se hallaban concentrados en algunas de las provincias más ricas y más importantes del imperio. Las autoridades no podían permitirse enemistarse con la pujante población cristiana de esas regiones.

Al lector moderno a veces le resulta difícil apreciar la importancia de las disputas doctrinales de los siglos IV y V. La teología que subyacía a las discusiones era con frecuencia compleja y buena parte de su terminología derivaba de la filosofía griega. Sin embargo, esas disputas afectaban al núcleo de la creencia cristiana y a las esperanzas que muchos cristianos acariciaban de que, si creían correctamente, obraban correctamente y rezaban correctamente, serían recompensados con el perdón de los pecados y la vida eterna en el más allá. Estas controversias, no obstante, eran también políticas. Con la institucionalización de la Iglesia cristiana en tiempos de Constantino, los obispos se habían convertido en poderosas figuras políticas.[49] Constantino les había permitido presidir las audiencias judiciales de sus súbditos cristianos, y en las ciudades del imperio habían llegado a ser personas cada vez más influyentes. Los concilios ecuménicos como los celebrados en Nicea y Calcedonia no eran corteses reuniones para tomar el té en las que afables prelados debatían sobre teología. Antes bien, eran con frecuencia acontecimientos encarnizados, en los que tenían que discutirse largo y tendido temas básicos acerca de la política y la administración de la Iglesia imperial. En el Concilio de Nicea de 325, por ejemplo, el obispo Nicolás de la ciudad de Mira se haría famoso más adelante por haber dado una bofetada en la cara a Arrio (algo que podría sorprender a quienes saben que Nicolás de Mira es el santo en el que se basó la afable figura de Santa Claus).

En términos de política eclesiástica, en el Concilio de Calcedonia se acordó que al obispo de Roma (también conocido como el papa) se le debía conceder una «primacía de honor» sobre los otros obispos principales, en virtud de la creencia de que Jesús había otorgado a San Pedro autoridad sobre sus discípulos. En el mismo concilio se reconoció que el obispo de Constantinopla tenía la misma categoría que los de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, a pesar de que la creación de su cargo era relativamente reciente, y también se confirmó el estatus «patriarcal» del obispo de Jerusalén. Los obispos de Constantinopla y Roma salieron del concilio de Calcedonia como vencedores tanto en lo político como en lo teológico, mientras que el obispo de Alejandría fue obligado a retirarse del concilio con su autoridad menguada en ambos respectos. Tal vez no sorprenda que los siguientes papas de Roma y los patriarcas de Constantinopla estuviesen decididos a defender todos los aspectos del acuerdo de Calcedonia, mientras que los patriarcas posteriores de Alejandría estarían igualmente decididos a anular los dictámenes del concilio.[50]

 

 

NUEVOS REINOS

 

El establecimiento del cristianismo como la religión oficial del Imperio romano y su papel cada vez más central en la ideología imperial romana eran fundamentales para la visión que tendría el emperador Justiniano del mundo que lo rodeaba y de su lugar dentro de él. La lucha con las ramificaciones de la disputa sobre el concilio de Calcedonia sería una preocupación esencial de su reinado. No obstante, en torno a la misma época, hubo una serie de acontecimientos que también resultarían determinantes y suscitarían una respuesta vigorosa de Justiniano: el recién renovado y estabilizado Imperio romano se encontraba amenazado una vez más.

Los sucesos del siglo III habían demostrado que la seguridad militar del mundo romano era muy sensible a los conflictos entre los pueblos bárbaros al norte del Rin y el Danubio. El final del siglo IV y el inicio del V demostrarían a su vez que esas agrupaciones tribales eran muy vulnerables a cualquier amenaza proveniente de la estepa eurasiática, es decir, de las llanuras y praderas que se extendían más allá del Danubio a través de Ucrania hasta Asia Central hasta llegar a las fronteras de China. En la segunda mitad del siglo IV, una importante reconfiguración del poder en Asia Central provocó un rápido desplazamiento hacia el oeste de los grupos de guerreros conocidos como hunos, que reclamaban el legado político de un antiguo imperio nómada llamado Xiongnu, que siglos antes había humillado y subyugado a los emperadores de China.[51] Una confederación de hunos atacaron los territorios orientales del Imperio sasánida de Persia, donde se forjaron su propio reino en torno a los centros comerciales de Samarcanda, Bujará y Jiva. Este grupo, a cuyos integrantes llamaban los «heftalitas» o hunos «blancos», pronto se apoderó del lucrativo flujo de comercio euroasiático de seda y otros productos que se había desarrollado en los siglos precedentes, intentando impedir que esas mercancías viajasen por mar a Persia, con el fin de forzar su paso por las rutas terrestres que ahora controlaban. La pérdida de esos territorios centroasiáticos fue un gran golpe para los sasánidas. A consecuencia de ello, los persas comenzarían a identificar a los hunos en lugar de a los romanos como su enemigo principal.

Otros grupos hunos llegaron rápidamente a la estepa «póntica» o ucraniana al norte del mar Negro. Esos invasores consistían básicamente en hordas de guerreros montados que se habían criado a lomos de un caballo desde su infancia y poseían una destreza incomparable en la caballería. Su eficacia militar se veía fortalecida por su extraordinaria habilidad con el arco compuesto ligero, que les permitía lanzar una lluvia de flechas sobre cualquier enemigo que avanzase y matar a muchos de ellos antes de que pudiese comenzar siquiera el combate cuerpo a cuerpo. Eran un enemigo temido por los chinos desde hacía mucho tiempo, pero los romanos jamás se habían enfrentado a guerreros de este tipo en número significativo. En la década de 370, bandas de esos hunos comenzaron a hostigar a los godos, y en 376 un gran número de refugiados godos llegaron a la orilla norte del Danubio. Suplicaron que los admitieran en territorio romano y los hombres ofrecían su servicio militar al imperio si se concedían tierras a sus familias dentro de él. El emperador oriental reinante, un exgeneral llamado Valente, accedió a esa petición y las autoridades imperiales proporcionaron alimentos y suministros a los colonos godos.[52]

Cuando la desesperada situación de los godos se hizo aún más patente, sin embargo, los comandantes romanos sobre el terreno aprovecharon la situación para maltratar y humillar a los «huéspedes» del imperio (como el gobierno imperial gustaba de considerarlos). En 378, el ejército godo se sublevó y, en la batalla de Adrianópolis, infligió una derrota humillante a los romanos: dos tercios del ejército de campaña romano oriental fueron masacrados, junto con el propio emperador Valente. Aunque el nuevo emperador, Teodosio I, logró restablecer la paz al permitir a los colonos que formaran su propia división en el ejército romano bajo su propio liderazgo y establecerse en los Balcanes, el enfrentamiento fue tenso.[53]

La presencia constante de los godos en los territorios balcánicos de Roma que Teodosio I había negociado constituía una amenaza permanente para la seguridad del Imperio romano oriental (a esas alturas, la división entre «Oriente» y «Occidente» bajo Augustos separados se había afianzado tanto en términos culturales como políticos). Pero los godos también representaban una amenaza creciente para las autoridades occidentales, y en consecuencia la corte occidental se trasladó de Galia al norte de Italia, en parte para vigilar a los godos. En Occidente, el final del siglo IV había asistido a la mutilación gradual del trono imperial. Desde la aparición de la amenaza sasánida y la reconfiguración del gobierno romano a manos de Diocleciano, el poder y la autoridad habían llegado a concentrarse cada vez más en Oriente. Firmemente establecidos ahora en su nueva capital imperial de Constantinopla, los emperadores orientales no querían tener que preocuparse de potenciales rivales y contendientes de Occidente. Por consiguiente, las autoridades orientales habían buscado cada vez más garantizar el nombramiento allí de gobernantes «títeres» más dóciles, vinculados con frecuencia al Augusto oriental por lazos dinásticos. Incluso estaban dispuestos a que se nombraran para el trono occidental «niños emperadores», sabedores de que serían más fáciles de manipular y controlar.[54]

Esta transformación tuvo dos consecuencias principales. La primera fue que las cortes de esos niños gobernantes «títeres» estaban dominadas por sus cortesanos y, en particular, por «súbditos demasiado poderosos» (por lo general, comandantes militares, con frecuencia hombres de origen bárbaro que había reclutado el ejército romano). En segundo lugar, el debilitamiento de la corte imperial conllevaba una ansiedad política creciente dentro de la sociedad provincial de Occidente, donde las élites locales estaban acostumbradas a tratar con un emperador serio, y donde persistía una gran preocupación por la potencial inseguridad militar del imperio. Este sentimiento se intensificó notablemente en los primeros años del siglo V, cuando el comandante del ejército godo Alarico condujo sus tropas hasta Italia, en un intento de obtener mejores niveles salariales y de suministros de las autoridades imperiales del lugar. Al fracasar las negociaciones con el gobierno occidental, en 410 él y sus hombres saquearon la ciudad de Roma.[55]

Incluso antes de ese momento, muchos de los líderes de la sociedad romana de Occidente se habían sentido desatendidos y abandonados por el imperio tras la retirada de la corte imperial a Italia. Ese sentimiento de abandono se había exacerbado en torno a 406, cuando bandas adicionales de godos, así como otros grupos bárbaros descritos como vándalos, suevos y alanos, cruzaron los Alpes y el Rin congelado y comenzaron una vez más a diseminarse por el territorio imperial.[56] Resultó, además, concluyente que las autoridades imperiales de Occidente demostraran ser incapaces de hacer retroceder a esos invasores. A medida que los diferentes generales y comandantes intentaban hacerse cargo de la situación se produjeron una serie de luchas internas por el poder. Hacia finales de la segunda década del siglo V, buena parte del Imperio occidental se hallaba en un estado de caos, en el que los ejércitos bárbaros se movían a lo largo y ancho de Galia e Hispania y luchaban tanto del lado de diferentes comandantes romanos y pretendientes del poder imperial como en su contra. En esta prolongada guerra civil romana, los bárbaros desempeñaron un papel cada vez más importante, que resultó decisivo a la postre.[57]

Cuando el Imperio romano de Occidente se fragmentó en múltiples regímenes locales romanos o «romano-bárbaros», fue inevitable que los hunos también quisieran sacar tajada. A la altura de 445, el número creciente de hunos en Europa se había unido bajo el liderazgo de un único gobernante, Atila, quien pronto forjaría un vasto imperio que se extendería desde el Rin hasta el Cáucaso, abarcando buena parte del mundo bárbaro hasta el norte de Roma.[58] En 451, Atila condujo sus ejércitos hasta la Galia, donde, en la batalla de los Campos Cataláunicos (cuyo emplazamiento sigue siendo un misterio hasta la fecha), sus fuerzas se enfrentaron con los destacamentos restantes del ejército romano, junto con las tropas bárbaras enemigas de los hunos.[59] Aunque Atila fue detenido y el Imperio huno empezaría a colapsar a su muerte, en 453, había quedado patente que, si el Imperio romano occidental existía más allá de Italia y los Alpes, ahora no era más que una serie cambiante de alianzas entre comandantes militares y caudillos individuales. Los séquitos militares y los ejércitos de esos comandantes sentían poca lealtad hacia la figura cada vez más distante e inefectiva del emperador occidental, cuya corte tenía ahora su sede en Rávena. En 476, Rómulo, el último de los emperadores romanos residentes en Italia, fue depuesto por su comandante en jefe Odoacro, de origen godo.[60] Odoacro se erigió entonces en rey e informó al emperador de Constantinopla de que ya no había ninguna necesidad de un emperador distinto en Rávena y en Occidente. La autoridad titular de la región podía recaer finalmente en el Augusto oriental, una ficción jurídica que sirvió para enmascarar el surgimiento en Occidente de un mosaico de reinos cada vez más independientes y autónomos, gobernados por los francos, los godos, los vándalos y otros caudillos y reyes principalmente bárbaros. El Imperio romano oriental, gobernado por Constantinopla, era así lo único que quedaba ahora del Imperio romano de antaño.

 

 

NUEVA POLÍTICA

 

Dentro de la propia Constantinopla, la desaparición del Imperio romano occidental había coincidido con importantes cambios políticos. La decisión de Constantino de fundar una nueva ciudad en el Bósforo en la década de 320 había sido un acto de autoglorificación, pero también un acto meditado de Realpolitik. Más allá de las filas de la Iglesia y el clero cristianos, Constantino había llegado a Oriente sin ninguna base de apoyo natural, y en Licinio había depuesto y asesinado a un emperador popular tanto entre los paganos como entre los cristianos. La fundación de Constantinopla había permitido a Constantino alejarse de un entorno político ajeno y potencialmente amenazador y establecer su posición en Oriente en un escenario de su elección y de su propia creación.[61] También le brindó la oportunidad de tejer una red de clientes de buena cuna y de gran influencia que podían servir como representantes, aliados y defensores del emperador, y realizó un esfuerzo concertado para atraer a la ciudad a miembros destacados de la sociedad provincial oriental, ya que el respaldo de estos fortalecería su nuevo régimen. Hizo generosas concesiones de tierras a esos hombres y sus familias, donde les permitió construir residencias privadas, y en 332 instituyó la libre distribución de raciones de pan, derivada del rico suministro de maíz de la provincia de Egipto. Este cereal se transportaba en enormes cantidades a través de las rutas marítimas del Mediterráneo para contribuir al crecimiento y la expansión de la población de Constantinopla. Asimismo, el hijo y sucesor de Constantino, Constancio II (r. 337-361) también había fundado un Senado en la ciudad, en el que participaban sus ciudadanos destacados. Hacia finales del siglo IV, al Senado de Constantinopla se le había otorgado el mismo estatus que al de Roma, y a todos los mayores terratenientes del Imperio oriental, junto con los funcionarios públicos destacados de la región y la cúpula militar, se les concedía la condición de miembros.[62] El efecto a largo plazo de esa política fue reunir a la élite social y política del Mediterráneo oriental en una única comunidad política, lo que generó un sentido de interés común e identidad compartida en las clases dirigentes de las provincias orientales como un todo, concentrado en la ciudad de Constantino.[63]

Hacia finales del siglo IV, Constantinopla se había establecido con firmeza como una residencia imperial permanente: los emperadores ya no tendrían que trasladarse a Antioquía para enfrentarse a los persas, como había hecho Diocleciano e incluso Constancio II. Surgió una nueva dinámica del poder cuando los emperadores se instalaron en el gran complejo palaciego en el corazón de la ciudad, adyacente al Hipódromo, donde la población se congregaba para ver las carreras de carros y los espectáculos circenses; la iglesia catedral de la Santa Sabiduría (Hagia Sophia), donde rezaba el patriarca; así como la Casa del Senado, donde los miembros de la aristocracia imperial se reunían para debatir el rumbo de la política imperial. Mientras que los emperadores romanos del siglo I habían recibido la fuerte influencia de los miembros de sus propias familias y del Senado, y los emperadores soldados del siglo III de sus ejércitos, a finales del siglo V los emperadores romanos de Oriente estaban cada vez más sometidos al cabildeo de toda una serie de grupos de interés cuyas demandas debían equilibrar. Estas incluían el ejército (sobre todo la guardia de palacio); las altas esferas de la burocracia; los miembros del Senado de Constantinopla (que representaban en gran medida el «interés de las tierras»); los representantes de la Iglesia (encabezados por el patriarca); e incluso la población urbana de la propia capital, donde a veces se producían episodios intermitentes de disturbios en protesta contra las políticas impopulares, y donde las multitudes se congregaban en el Hipódromo y coreaban su aprobación o desaprobación del emperador y su séquito sentados en el palco imperial (la kathisma).[64] Mantener a raya a esos grupos de interés no era tarea fácil.

 

 

UNA ÉPOCA DE ANSIEDAD

 

Hacia finales del siglo V, en los círculos políticos de Constantinopla se habría hecho cada vez más evidente que, en todos los antiguos feudos romanos de Occidente, una nueva generación de francos, godos, vándalos y otros gobernantes bárbaros habían establecido sus propios reinos. El más sofisticado de ellos era el reino vándalo, que se había asentado en las antiguas provincias romanas del norte de África, en torno a la ciudad de Cartago, y el reino de Italia, donde el rey godo Teodorico había depuesto a Odoacro, inicialmente con el respaldo activo de las autoridades romanas de Oriente. Para colmo de males, muchos de los nuevos gobernantes suscribían la teología del desacreditado clérigo Arrio, cuyos seguidores habían traducido la Biblia al godo. Así pues, ciertos territorios centrales del mundo romano no solo habían dejado de estar bajo el dominio del imperio, sino que incluso habían pasado a estar gobernados por «herejes».

A comienzos del siglo VI, el poder romano solo se extendía hacia el oeste desde Constantinopla hasta las partes más próximas de la región de Ilírico que, en las décadas precedentes, habían sido objeto de repetidos ataques por parte de los godos y los hunos.[65] Más allá de eso, el Imperio romano ya no existía. Hacia el Este, Siria, Palestina y Egipto permanecían bajo el control imperial, pero dentro de esas provincias las tensiones religiosas estaban en su apogeo. En concreto, muchos cristianos, basándose en tradiciones profundamente arraigadas, pero cada vez más «escatológicas», del Oriente Próximo, que vaticinaban la llegada del «Anticristo» y después el Juicio Final de Dios, concluían que estaban viviendo en los «Últimos Días» y que el fin del mundo (conocido en griego como el éschaton) estaba cerca.[66]

Además, Siria seguía siendo muy vulnerable al ataque persa. De hecho, una súbita reanudación de la guerra entre ambas potencias en 502 acentuaría gravemente la sensación de inseguridad en todo Oriente Próximo. Dentro de la propia capital imperial, las condiciones políticas se habían vuelto cada vez más inestables y en el reciente reinado del emperador Zenón (r. 474-491) se habían dado una serie de conspiraciones y revueltas.[67] En Constantinopla, en torno a 500, se respiraba un profundo sentimiento de crisis y proliferaban las ansiedades políticas. El único emperador «romano» restante ya no gobernaba Roma y se enfrentaba a nuevos desafíos militares provenientes del este. El «representante de Dios en la tierra» veía cuestionada su autoridad por elementos destacados en el seno de la Iglesia supuestamente «imperial», y a muchos les parecía que el mundo estaba a punto de desmoronarse. Tal era la ciudad a la que se dirigía el joven Justiniano y donde pronto comenzaría su ascenso hasta la cima del poder político.