Purgatorio

PRÓLOGO

UNA MONTAÑA PARA PURIFICARSE

Tras un día y pico en el infierno —así de breve es el intenso tiempo infernal, que en la mente del lector se dilata mucho—, Dante va a pasar tres días y medio en el purgatorio. Es más tiempo porque de noche la montaña purificadora no puede subirse, es una de sus leyes, mientras que las rampas infernales sí permitían el descenso nocturno: hundirse es una operación nocturna, no iluminada; subir a Dios solo puede hacerse diurnamente (Dios es el sol). Por ello el purgatorio es, para Dante y Virgilio, más reposado. Las primeras rampas son duras, pero las demás no tanto. Dante dormirá por las noches, al aire libre del hemisferio austral, mientras que en el infierno no había descansado un momento, siempre en pos del siguiente círculo, embudo abajo hacia las entrañas de la tierra.

Pero estamos en la Divina Comedia y aún no hemos llegado al cielo: ni siquiera el sueño nocturno, tan humano, tan tierno, será en balde, puro y neutro descanso, sino que servirá para que Dante tenga revelaciones, esto es, amplíe su conocimiento de la realidad verdadera. Por tanto la prisa sigue, todavía no ha muerto. Seguirá hasta que aparezca Beatriz, al final de esta cántica. Beatriz, la sabiduría divina, no sabe de prisas, es realidad iluminada. Para entonces Dante ya habrá cumplido con la parte más marcadamente ascética de su viaje, que es la que Virgilio tutela:

Mira el sol que reluce frente a ti.

Las hierbas y las flores y las matas

que la tierra produce sin cultivo.

Mientras llegan alegres los luceros

que llorosos me enviaron en tu auxilio,

siéntate al fin o muévete y disfruta.

Ya no aguardes consejo ni mi gesto.

Libre, fundado y sano es tu criterio,

y nada harás peor que no seguirlo:

a ti yo te corono, yo te mitro.

Pg XXVII 133-142

El planteamiento es pues semejante al del infierno: correr más deprisa que la verdad, que siempre nos antecede («courir plus vite que la beauté», decía Cocteau que era lo que Picasso hacía, lo cual deforma la obra, pero le asegura que la belleza vaya tras ella y la colonice definitivamente, un criterio adecuado para entender los procedimientos dantescos). Pero de entrada hay una diferencia: Virgilio no conoce el purgatorio. En el infierno había estado antes, aquí no. El purgatorio es un reino para los elegidos, para los salvados, y él está condenado al dolor eterno del limbo. Por eso se anda con más cautelas: él también está viviendo lo que no estaba llamado a vivir de no ser porque la providencia, que auspicia el viaje, lo ha querido. Esto ya nos da una idea de qué es el purgatorio dantesco: un territorio híbrido entre el puro pecado (el mundo infernal en el que Virgilio es un guía competente) y la beatitud del cielo (donde Beatriz reina con María y con Raquel, emblema de la vida contemplativa). La Comedia tiene sus normas y sus quebrantamientos de la norma, y este es uno de ellos: Virgilio está viviendo lo que no podía vivir porque Dios (en última instancia, la trinidad salvadora María-Lucía-Beatriz) así lo ha querido para que Dante se salve; en cuanto hombre justo y protoprofeta cristiano, Virgilio asiste con Dante a lo que ocurre en un territorio de pecado, si bien de pecado no irremisible: es un mundo con un atisbo de realidad verdadera, gracias al cual las almas se han salvado. La gran diferencia con el infierno es que el pecado del purgatorio es un pecado del que las almas se arrepintieron en vida, lo que les ha valido la salvación de que gozan provisionalmente. Pero hay que completarla, han quedado flecos: o se arrepintieron tarde, in extremis incluso, o pensaron suficientemente poco en las cosas de Dios durante su vida. En el purgatorio los pecadores sufren una condena a término, no eterna como la de los pecadores del infierno, y se disponen a emprender, tras los padecimientos y la purificación purgatoriales, el camino al paraíso:

Toca que cante yo el segundo reino,

donde el humano espíritu se purga

y de subir al cielo se hace digno.

Pg I 4-6

A la espiral descendente le ha sucedido la espiral ascendente. La montaña en que el humano trabaja por su salvación se halla en las antípodas de Jerusalén, en una isla, en el hemisferio austral deshabitado. Todo en ella es movimiento ascensional y un canto a las bellezas terrenales. Pero la subida es lenta para los penitentes, las penas son largas, y no exentas de dureza.

En cuanto realidad media o intermedia ultramundana el purgatorio no es, de ninguna manera, un lugar soso, incaracterístico, sino muy al contrario: es el reino más activo de los tres, el de mayor densidad simbólica y referencial, y remite tanto al infierno como al paraíso. Al infierno porque en el purgatorio se purgan los mismos siete pecados capitales que en el infierno se condenan, aunque aquí el pecador aún puede luchar por sí mismo. Al paraíso porque sobre él se proyecta la actividad ascética que las almas elaboran constantemente. La penitencia y la purificación tienen por finalidad subir a lo más alto: al edén terrenal primero, sito en la cumbre de la montaña, y desde allí al Empíreo. La esperanza de subir, el anhelo de subir y subir, gobierna los afanes de las almas, y también, desde luego, los del viator.

Si en el infierno la experiencia definitoria era el mal y su encuentro con él, en el purgatorio lo que manda es el trabajo. El purgatorio es un reino obrero, en el que el hombre cualificado por el arrepentimiento conquista, a cambio de padecimientos y de meditación, la salvación que ya ha obtenido. La diferencia entre la pena infernal y la purgatorial es que la primera es condena y la segunda es liberación:

Mis guías se volvieron a mirarme.

Y Virgilio me dijo: «Hijo querido,

aquí se sufre, pero no se muere (...)».

Pg XXVII 19-21

En el infierno reina la espantosa soledad de las almas, que no logran verse como colectivo, que no se saben interdependientes, porque en realidad no lo son, han sido condenadas a la soledad del mal, de su pecado. En el purgatorio las almas comparten cierta idea de colectividad que se encamina a un mismo fin, que trabaja codo con codo y compone un horizonte común: la salvación. Hasta cierto punto, atisban lo que Gramsci decía que el trabajador fabril ignora: la dimensión comunal de su trabajo, la fuerza del trabajo entendido como obra colectiva, interdependiente. Los penitentes conforman un cuerpo de acción trascendida porque entienden su condena (su trabajo). En el infierno el pecador condenado padece sin entender, es por ello clase subalterna, mientras que el penitente purgatorial, que ha comprendido, no lo es, trabaja para sí, no para el mal (la clase dominante).

Mientras que el infierno representa el reino del no ser, de la total menesterosidad de lo existente, en el purgatorio se trabaja por la plenitud del ser, que se conquista en el paraíso, donde precisamente cesan las entidades ontológicas, donde ya nada admite construcción y todo es realidad última, verdadera. En el Empíreo no caben condiciones no definitivas, allí cesan el tiempo, el espacio y el sujeto, en beneficio del ser incondicionado, ya plenamente colectivo y no individual, pues lo que en verdad enseña el Paraíso es la complementariedad de lo sagrado: todo beato es una fuente de sabiduría, toda historia personal puede serlo.

El purgatorio, en cuanto reino evolutivo, es el único que remeda convincentemente a la vida, si es que eso le importaba a Dante: tiene algo de su ternura. Se trata de una evolución que, por supuesto, está dictada, contemplada de antemano, y que disfruta de todas las garantías de éxito, ya que es providencia. El hombre purgatorial trabaja porque esa es su realidad presustancial, y porque así corrige el corrupto orden temporal, que nunca se pierde de vista en el poema, ni en el Purgatorio ni en el Paraíso: limpiándose de sus pecados, lo restaura, siquiera sea en la modesta fracción que le atañe. Entendido como vía media tanto del juicio divino (que no condena del todo ni salva de golpe) como de la realidad histórica y espiritual del individuo, pues la mayoría de los hombres no son ni puramente buenos ni puramente malos, el purgatorio es, como diría Buenaventura, un reino necesario para la «economía divina», y eso Dante, que no se ocupa de otra cosa en la Comedia que de esa economía, lo ha comprendido desde el inicio del poema, sobre todo si se tiene en cuenta que, como territorio de ultratumba, no era una realidad obligada, su consagración teológica era reciente. Como estudió Jacques Le Goff, el purgatorio es una invención de los siglos XII-XIII, prefigurada por Agustín (siglo V) y a la que Beda el Venerable (siglo VIII) ya le había asignado forma de montaña. Antes del segundo Concilio de Lyon (1274), que lo consagró dogmáticamente, solo había infierno y paraíso.

Una cosa obsesiona a las almas de este reino: abreviar, en la medida de lo posible, la penitencia, no tanto por privarse de dolores, sino por ganar cuanto antes la dicha eterna. Y solo hay un medio: la oración de los vivos, de los deudos que dejaron en la tierra. La oración de las almas puras —por lo general mujeres, hijas o hermanas— reduce la duración de las penas de las cornisas o el tiempo de espera en el antepurgatorio:

Yo, que hablo adelantándome a los otros,

te ruego que si logras ver la tierra

que está entre la Romaña y la de Carlos,

que seas tan cortés y por mí pidas

en Fano, y que por mí rece mi gente

para que purgue todos mis pecados.

Pg V 67-72

Di quién fuiste y por qué tenéis el dorso

vuelto arriba, y si debo yo rezarte

allí de donde vengo, y vengo vivo.

Pg XIX 94-96

El purgatorio permite así que los vivos expresen su solidaridad para con los muertos, y escenifica la necesidad acuciosa que estos tienen de aquellos. Es un vínculo teológico y poético entre los dos mundos. Por amor, en honor a su memoria, el vivo es generoso con el muerto, le subsidia con oraciones, y porque Dios así será generoso con él cuando muera. Por su más pronta dicha, el penitente reconoce la capacidad de amor de sus deudos, y depende ansiosamente de ellos, hasta el punto de que a Dante los penitentes le atosigan con constantes peticiones de que, a su regreso a la tierra, haga por que se rece por sus almas:

Cuando me liberé de aquellas sombras,

que seguían rogando que rogaran

por ellos, para ir pronto con los santos (...)

Pg VI 25-27

Si el vínculo del infierno con el mundo era la fama que el poema podía dar a los condenados, en el purgatorio, además, está la oración, que es actividad iluminada, tanto en la tierra como entre los penitentes.

Pero lo que importa en el segundo reino, como siempre en el poema, es el aprendizaje/ascesis de Dante, fruto de los encuentros y de las vicisitudes del camino, y no tanto el destino último de los penitentes, entre los que se cuentan poetas ilustres como Estacio, Arnaut Daniel, Sordello y Guido Guinizelli, que articulan la artisticidad que preside esta cántica. Los trabajos del propio Dante comienzan con su purificación lustral a la llegada a la playa que rodea a la montaña. El mal deja huella, y el viaje por el infierno ha depositado impurezas en su rostro, que Virgilio, a instancias de Catón, le lava amorosamente:

Ve pues, y ten cuidado de ceñirle

de un junco liso, y lávale la cara,

que no le quede resto de inmundicia.

Pg I 94-96

mi guía, dulcemente, abrió las manos,

que pasó por algunas hierbecillas,

a lo que yo, sabiendo su intención,

allegué la mejilla tan llorada;

y él restauró la luz de sus colores,

que se había apagado en el infierno.

Y así llegamos al desierto borde

que no vio nunca navegar sus aguas

hombre capaz de regresar él solo.

Allí me puso un junco a la cintura,

conforme quiso el otro. ¡Oh maravilla!,

que nada más coger la humilde planta,

brotó de nuevo justo donde estaba.

Pg I 124-136

Las primeras escenas en la isla anticipan la belleza del escenario. La arquitectura y la topografía poéticas descuellan en esta cántica, sobre todo por la creación de los espacios con que comienza y acaba el reino: el antepurgatorio y el edén. El antepurgatorio es un entretenido territorio, con su playa, sus astros matinales y nocturnos, sus tandas de recién desembarcados (que vienen desde Ostia, en la desembocadura del Tíber) y con la misteriosa figura de Catón, que pone orden y concierto. El antepurgatorio es un lugar asimétrico, al margen de la estructura básica del reino, que es la hélice ascendente de las cornisas. En él se paga el arrepentimiento tardío o postergado, la demora del penitente en volverse a Dios. No hay penas aún, sino espera: los penitentes aprenden lo que es esperar, ellos, que hicieron esperar a Dios. Es el lugar

donde el tiempo con tiempo se repara.

Pg XXIII 84

Todos quieren cruzar la puerta del purgatorio cuanto antes, ansían comenzar su castigo purificador, por eso precisan de las oraciones y las buenas acciones de los vivos. El antepurgatorio es un bello no lugar que precede a la purificación, sometido a la relativa inacción de la espera. En consonancia, el edén terrenal, en lo alto de la montaña, es un perfecto locus amoenus de sombras y de ríos y de brisas, aunque vacío, por el que pasan fugazmente los que ya se han quitado la mugre del pecado. Si en el antepurgatorio comienza Dante con agua su purificación, con agua la culmina en el edén, cuando Matelda le remoja en los ríos Leteo y Eunoe, que facultan el olvido del mal y el recuerdo del bien, respectivamente, con lo que queda limpio para Beatriz y la subida al cielo. Es una simetría extraordinaria, llena de ternura, digna del ojo arquitectónico de Dante, y que como tantas maravillas tiende a pasar inadvertida en el vendaval de la creación dantesca. Que Virgilio y Matelda laven a Dante funciona como un supremo recordatorio —los habrá también en el Paraíso— de las ayudas que recibe el viator en su camino a Dios.

De lo que Dante se limpia en el purgatorio, él personalmente, es de sus pecados, de los siete capitales, en lo que puedan haberle manchado, aunque él sospecha que el que más le atañe es la soberbia. Se purifica hasta del último resquicio de pecado porque de lo contrario no podría acceder al cielo, la parte final del viaje, ni entrar en tratos con Beatriz, que es una instancia celeste. Y con sus pecados, limpia simbólicamente los de la humanidad, pues Dante, cuando hace falta, es todos los hombres. En la puerta del purgatorio un fascinante ángel guardián le graba a punta de espada siete P en la frente, que los ángeles de cada cornisa le irán borrando con sus alas según asimile la materia ejemplar que ha de ver y oír, ya que los cánticos y salmodias abundan en este reino:

Siete P, con la punta de su espada,

grabó sobre mi frente: «Estas heridas

lávalas», dijo, «cuando estés adentro».

Pg IX 112-114

Borrar las siete P significa, a efectos narrativos y simbólicos, seguir perfeccionándose en el camino a Dios. Pero antes de Dios está Beatriz, que es la culminación natural del Purgatorio. Beatriz, la palabra más grande que Dante ha creado, porque poéticamente la ha creado él. Sin embargo no se llega a Beatriz así como así, no aparece en el camino como un personaje más o una entelequia nueva. A Beatriz, trasunto de la sabiduría divina, de la iluminación, que diríamos en términos más amplios, se llega a través de mediaciones, esto es, del proceso depurativo y, según Dante, de la Iglesia, que en el edén aparece bajo la forma alegórica de carro triunfal. En cuanto al proceso depurativo, culmina en manos de un personaje con el que no contábamos: Matelda (‘la que lleva a la alegría, a la dicha’, significaría su nombre si se lee como un anagrama inverso latino: ad letam). La aparición de Matelda es maravillosa, por inesperada y también por esperada: así es como uno espera ver aparecer a Beatriz, pero no es ella, es Matelda:

Y allí vi aparecer, como aparece

de repente una cosa que acapara,

maravillosa, toda la atención,

a una mujer que sola iba cantando

y cogiendo las flores de las flores

que a su paso esmaltaban el camino.

Pg XXVIII 37-42

Matelda, con perdón de Beatriz, es la más seductora figura de mujer de la Comedia. Porque tiene todo lo que Beatriz no tiene: dulzura sin enseñanza (ya bastante enseñanza es la dulzura); un misterio cálido; una belleza más tangible, pese a que no se la describe; porque no trasunta ser otra cosa que ella misma, su serena presencia; porque es útil como el sol y el agua; porque borra el recuerdo del mal y restituye el del bien, nada menos; porque no dice: «Soy Matelda», ya que ella es el ser que no necesita ser. Es cierto que todo lo hace en nombre de Beatriz, pero no deja de ser ella quien lo hace, a la vez que conserva una dimensión humana, posiblemente la dimensión humana de Beatriz:

Como se vuelve, con las plantas juntas

y bien en tierra, una mujer que baila,

y un pie adelanta apenas, luego el otro,

giró sobre las flores amarillas

y rojas hacia mí, no de otra forma

que una virgen que baja la mirada.

Y atendió de tal modo a mi pedido

al acercarse, que su dulce acento

de pronto me fue claro y comprensible.

Y en cuanto se llegó donde las hierbas

se bañan ya en las ondas de aquel río,

quiso hacerme el favor de alzar los ojos.

Pg XXVIII 52-63

Se ha especulado si detrás de Matelda hay una figura histórica: si así hubiera sido, Dante habría dejado más pistas de ello, y las candidaturas presentadas por los estudiosos no serían tan sonrojantes. Porque no hay nadie en el arco visual de Dante, por lo que sabemos, capaz de merecer esta representación, ni siquiera las figuras femeninas menores de la Vita Nova, como se ha conjeturado. Matelda es una figura libre, mientras las demás de la Comedia están presas en su trasunto histórico. Es, posiblemente, la figura libre de Beatriz, la Beatriz que ha quedado sin expresar. Matelda es lo que Dante habría querido que fuese la Beatriz de su poema, que tiene demasiada carga simbólica como para ser además una mujer, la mujer que el Dante personaje aún sigue necesitando, pues todavía no ha acabado su purificación. Matelda es una Antebeatriz que sale a recibir a Dante a la orilla del Leteo porque Beatriz ocupa un lugar en el carro alegórico de la Iglesia, junto a los cuatro Evangelios y los libros del Antiguo Testamento, y porque hace falta una mediación para llegar a ella.

En el ejercicio de sus funciones palingenésicas, Matelda primero sumerge a Dante en las aguas del olvido, tan necesarias, porque el olvido del mal es paz y sabiduría:

La hermosísima dama abrió los brazos.

Me tomó la cabeza y me la hundió

tan dentro que tragué de aquella agua.

Pg XXXI 100-102

Y luego, cogiéndole de la mano, en las del Eunoe, de invención dantesca. Beatriz se lo ordena:

«(...) Pero mira el Eunoe que ahí mana:

llévalo hasta él, y pues tú sabes cómo,

aviva sus dormidas facultades».

Como un alma gentil que sin excusas

amolda su deseo a los ajenos

tan pronto como un gesto los delata,

lo mismo, tras cogerme de la mano,

la bella dama echó a andar (...)

Pg XXXIII 127-134

Purificado ya en el Eunoe, que restaura el recuerdo del bien, Dante no es un hombre de la tierra, sino casi un ser espiritual apto para subir al cielo. Este «casi» es importante, porque aún le quedan por realizar, en el paraíso, algunos ajustes:

Regresé de las ondas sagradísimas

rehecho como planta en su renuevo,

que se viste con hojas novedosas,

puro y presto a subir a las estrellas.

Pg XXXIII 142-145

Pero es antes de ambos baños lustrales cuando Dante se reencuentra con Beatriz, con el Leteo en medio y a cierta distancia. Es el reencuentro más esperado de la historia de la poesía. Él, dice, ha esperado diez años (habla maravillosamente de «sed decena»). El lector la ha esperado durante nueve mil versos. Y aquí está por fin: Beatriz, que lo es todo para Dante, pues es la suma sabiduría, la realidad total, el ser sin condición, por fin está ante él. Pero no es ella, como tampoco era ella ya en realidad en la Vita Nova. Beatriz, que es un vehículo, ha llevado a Dante a donde él más deseaba desde que escribió la Vita Nova y prometió escribir una obra que diera cumplida cuenta de su belleza: a la Beatriz celestial.

Beatriz tiene un estatuto complicadísimo en el poema: es la amada que siempre fue, pero solo para Dante, para el personaje, que no deja de ser un poco lerdo y remiso, le cuesta ver la realidad verdadera. Ella se ve tal como es: realidad iluminada, con algunas funciones, digamos, «secundarias», que se desprenden de esa realidad básica. Tradicionalmente, a la figura de Beatriz se le atribuyen al menos, juntas o por separado, tres prevalencias simbólicas: símbolo de la fe, de la ciencia divina revelada y de la teología, aunque en esencia, y sin ánimo de simplificar, es una figura mariana, siendo María, que no admite ser figura de nada, el ser más sabio de la historia humana, por amor y humildad. Pero no hay por qué llevar muy lejos las identificaciones. La poesía no funciona por identificaciones completas, univalentes. Beatriz no es una suprafigura de manera inmanente, sino un ejemplo en la historia del logro espiritual personal, como el resto de los beatos del Empíreo. Como figura mariana que es, es una mediadora, una maestra en el camino al conocimiento total.

Otra manera de verlo, no incompatible con la teología dantesca, sería pensar que Beatriz es el Dharma, la sabiduría divina o sabiduría de todas las cosas. Ante la figura de una Beatriz así no tiene sentido apelar a una relación «romántica» que se resolvería en términos de desigualdad. Ante el Dharma no hay desigualdad. Al igual que el budista toma refugio en Buda (la totalidad de lo existente), en el Dharma (la enseñanza que se desprende de las cosas) y en la sangha (la comunidad de los que van a Buda y al Dharma), Dante toma refugio en Dios, en Beatriz y en la cristiandad (los paréntesis serían los mismos).

Pero el esperado reencuentro no está hecho de dulces palabras. El Dharma está arisco. De entrada Beatriz le suelta a Dante un rapapolvo por su descarrío, que es lo que ha motivado su intercesión, el viaje y el poema. En esencia le reprocha haberse dedicado a vanos saberes (la vida mundanal, la filosofía) y no a la sabiduría, que es divina y proporciona la felicidad:

«¡Mírame bien! Soy yo, soy yo, Beatriz.

¿Cómo al fin has subido la montaña?

¿Sabes que aquí los hombres son dichosos?».

Bajé los ojos a la fuente clara.

Y al verme en ella, fueron a la hierba,

pues la vergüenza me dobló la frente.

Como el hijo a la madre juzga dura,

dura yo la juzgué. Pues sabe amarga

cualquier piedad que se administra acerba.

Pg XXX 73-81

Hasta los ángeles allí presentes intervienen:

Mujer, ¿por qué le vapuleas?

Pg XXX 96

La acrimonia de Beatriz nace de los muchos méritos espirituales de Dante, desperdiciados. El registro, morbosamente ambivalente, tiene acentos de despecho (el Dante autor hace alarde de sus habilidades dramáticas):

Un tiempo lo sostuve con mi rostro:

mostrándole mis ojos juveniles

le llevaba del lado que es el bueno.

Tan pronto hube llegado a los umbrales

de mi segunda edad, mudé a otra vida,

y él se sustrajo a mí, marchó con otras.

Pg XXX 121-126

Beatriz le acorrala y le obliga a confesión; antes, puntualiza, de que el Leteo le borre la memoria de su extravío. Tras tres intentos de pronunciar palabra, porque no logra articular sonido, Dante confiesa. Hasta entonces cabizbajo, la mira al fin. Tampoco esta mirada le da a toda la Beatriz celeste, pues ella está velada. Prosigue la revelación por etapas, las realidades absolutas no se entregan de golpe. Ya todo queda en manos del conocimiento oculto. Dante se desmaya, como en otras ocasiones en que sufre un salto cognitivo, y Matelda lo remoja en el Leteo y lo deposita en la orilla en que está Beatriz. Ya no hay mediación. Ya Dante está con su amada. Y tímidamente se defiende, cuando antes había confesado:

Yo no recuerdo

que de vos yo me haya desviado,

tampoco me remuerde la conciencia.

Pg XXXIII 91-93

Y Beatriz, sardónica:

«Ya, que no puedas acordarte ahora»,

se sonrió, «no significa nada,

has bebido las aguas del Leteo.

Si por el humo se conoce el fuego,

este olvido demuestra claramente

que fuiste tornadizo en tu deseo.

Por lo demás, en adelante mondas

han de ser mis palabras, adaptadas

a lo que pueda ver tu corta vista».

Pg XXXIII 94-102

Es el último cuchillo de Beatriz, la culminación del rapapolvo. Todo el reencuentro ha sido una lucha entre lo velado y lo desvelado, lo reconocido y lo negado, lo recordado y lo olvidado, lo que es y no es. Pero Dante ya está donde quería: en manos de Beatriz, que se apresta a guiarle en la subida al cielo. Y es al bien supremo a lo que se encamina ahora, un poco más dueño de su destino.

Purgatorio

PURGATORIO

Canto I

CANTO I

1Per correr miglior acque alza le vele

omai la navicella del mio ingegno,

che lascia dietro a sé mar sì crudele;

4e canterò di quel secondo regno

dove l'umano spirito si purga

e di salire al ciel diventa degno.

7Ma qui la morta poesì resurga,

o sante Muse, poi che vostro sono;

e qui Calïopè alquanto surga,

10seguitando il mio canto con quel suono

di cui le Piche misere sentiro

lo colpo tal, che disperar perdono.

13Dolce color d'orïental zaffiro,

che s'accoglieva nel sereno aspetto

del mezzo, puro infino al primo giro,

16a li occhi miei ricominciò diletto,

tosto ch'io usci' fuor de l'aura morta

che m'avea contristati li occhi e 'l petto.

19Lo bel pianeto che d'amar conforta

faceva tutto rider l'orïente,

velando i Pesci ch'erano in sua scorta.

22I' mi volsi a man destra, e puosi mente

a l'altro polo, e vidi quattro stelle

non viste mai fuor ch'a la prima gente.

25Goder pareva 'l ciel di lor fiammelle:

oh settentrïonal vedovo sito,

poi che privato se' di mirar quelle!

28Com' io da loro sguardo fui partito,

un poco me volgendo a l 'altro polo,

là onde 'l Carro già era sparito,

31vidi presso di me un veglio solo,

degno di tanta reverenza in vista,

che più non dee a padre alcun figliuolo.

34Lunga la barba e di pel bianco mista

portava, a' suoi capelli simigliante,

de' quai cadeva al petto doppia lista.

37Li raggi de le quattro luci sante

fregiavan sì la sua faccia di lume,

ch'i' 'l vedea come 'l sol fosse davante.

40«Chi siete voi che contro al cieco fiume

fuggita avete la pregione etterna?»,

diss' el, movendo quelle oneste piume.

43«Chi v'ha guidati, o che vi fu lucerna,

uscendo fuor de la profonda notte

che sempre nera fa la valle inferna?

46Son le leggi d'abisso così rotte?

o è mutato in ciel novo consiglio,

che, dannati, venite a le mie grotte?»

49Lo duca mio allor mi diè di piglio,

e con parole e con mani e con cenni

reverenti mi fé le gambe e 'l ciglio.

52Poscia rispuose lui: «Da me non venni:

donna scese del ciel, per li cui prieghi

de la mia compagnia costui sovvenni.

55Ma da ch'è tuo voler che più si spieghi

di nostra condizion com' ell' è vera,

esser non puote il mio che a te si nieghi.

58Questi non vide mai l'ultima sera;

ma per la sua follia le fu sì presso,

che molto poco tempo a volger era.

61Sì com' io dissi, fui mandato ad esso

per lui campare; e non li era altra via

che questa per la quale i' mi son messo.

64Mostrata ho lui tutta la gente ria;

e ora intendo mostrar quelli spirti

che purgan sé sotto la tua balìa.

67Com' io l'ho tratto, saria lungo a dirti;

de l'alto scende virtù che m'aiuta

conducerlo a vederti e a udirti.

70Or ti piaccia gradir la sua venuta:

libertà va cercando, ch'è sì cara,

come sa chi per lei vita rifiuta.

73Tu 'l sai, ché non ti fu per lei amara

in Utica la morte, ove lasciasti

la vesta ch'al gran dì sarà sì chiara.

76Non son li editti etterni per noi guasti,

ché questi vive e Minòs me non lega;

ma son del cerchio ove son li occhi casti

79di Marzia tua, che 'n vista ancor ti priega,

o santo petto, che per tua la tegni:

per lo suo amore adunque a noi ti piega.

82Lasciane andar per li tuoi sette regni;

grazie riporterò di te a lei,

se d'esser mentovato là giù degni».

85«Marzïa piacque tanto a li occhi miei

mentre ch'i' fu' di là», diss' elli allora,

«che quante grazie volse da me, fei.

88Or che di là dal mal fiume dimora,

più muover non mi può, per quella legge

che fatta fu quando me n'usci' fora.

91Ma se donna del ciel ti move e regge,

come tu di', non c'è mestier lusinghe:

bastisi ben che per lei mi richegge.

94Va dunque, e fa che tu costui ricinghe

d'un giunco schietto e che li lavi 'l viso,

sì ch'ogne sucidume quindi stinghe;

97ché non si converria, l'occhio sorpriso

d'alcuna nebbia, andar dinanzi al primo

ministro, ch'è di quei di paradiso.

100Questa isoletta intorno ad imo ad imo,

là giù colà dove la batte l'onda,

porta di giunchi sovra 'l molle limo:

103null' altra pianta che facesse fronda

o indurasse, vi puote aver vita,

però ch'a le percosse non seconda.

106Poscia non sia di qua vostra reddita;

lo sol vi mosterrà, che surge omai,

prendere il monte a più lieve salita.»

109Così sparì; e io sù mi levai

sanza parlare, e tutto mi ritrassi

al duca mio, e li occhi a lui drizzai.

112El cominciò: «Figliuol, segui i miei passi:

volgianci in dietro, ché di qua dichina

questa pianura a' suoi termini bassi».

115L'alba vinceva l'ora mattutina

che fuggia innanzi, sì che di lontano

conobbi il tremolar de la marina.

118Noi andavam per lo solingo piano

com' om che torna a la perduta strada,

che 'nfino ad essa li pare ire in vano.

121Quando noi fummo là 've la rugiada

pugna col sole, per essere in parte

dove, ad orezza, poco si dirada,

124ambo le mani in su l'erbetta sparte

soavemente 'l mio maestro pose:

ond' io, che fui accorto di sua arte,

127porsi ver' lui le guance lagrimose;

ivi mi fece tutto discoverto

quel color che l'inferno mi nascose.

130Venimmo poi in sul lito diserto,

che mai non vide navicar sue acque

omo, che di tornar sia poscia esperto.

133Quivi mi cinse sì com' altrui piacque:

oh maraviglia! ché qual elli scelse

l'umile pianta, cotal si rinacque

136subitamente là onde l'avelse.

CANTO I

1Ahora, por surcar mejores aguas,

la navecilla de mi ingenio alza

velas y deja atrás un mar tan cruel.

4Toca que cante yo el segundo reino,

donde el humano espíritu se purga

y de subir al cielo se hace digno.

7Resurja aquí la muerta poesía,

oh santas Musas, pues que yo soy vuestro.

Aquí se alce Calíope ya un poco,

10y acompañe mi canto del sonido

que golpeó a las míseras Urracas

tan fuerte, que al perdón ya no aspiraron.

13Dulce color de orïental zafiro,

que recogido en el sereno aspecto

del éter, puro hasta el primer estrato,

16de nuevo fue delicia de mis ojos,

tan pronto dejé atrás el aire muerto

que me había oprimido pecho y ojos.

19El astro bello que al amor convida

hacía sonreír todo el oriente,

y velaba a los Peces de su séquito.

22Me volví a la derecha, al otro polo,

y allí vi cuatro estrellas nunca vistas,

a no ser por la gente del edén.

25El cielo parecía que gozase

con sus llamas, ¡oh viudo orbe norte,

que vives sin poder jamás mirarlas!

28Cuando me hube apartado de su vista,

y me volví lo justo al otro polo,

del cual el Carro ya se hallaba ausente,

31vi cerca de mí a un viejo solitario,

digno de reverencia por su aspecto,

que no le debe más un hijo a un padre.

34Llevaba barba larga, salpicada

de canas, semejante a los cabellos,

que al pecho le caían en dos crenchas.

37Los rayos de los cuatro fuegos santos

inundaban de luz su cara entera,

era como tener el sol delante.

40«¿Quién sois vosotros que la eterna cárcel

habéis dejado, río ciego arriba?»,

dijo él, moviendo sus honestas barbas.

43«¿Quién ha sido la guía y la linterna

que os ha sacado de la noche atroz

que tizna siempre el valle del infierno?

46¿Las leyes del abismo ya no rigen?

¿O han mudado los cielos su decreto

y a estas rocas venís los condenados?»

49Mi guía me agarró muy firmemente,

y a sus palabras, sus gestos, sus señas,

yo doblé la rodilla y miré al suelo.

52Luego dijo: «No vengo por mí mismo:

una dama, bajada de los cielos,

me rogó que a este auxilie y acompañe.

55Puesto que es tu deseo que te cuente

qué condición es en verdad la nuestra,

no puede ser que yo me niegue a ello.

58Él no ha visto la noche sin mañana,

por su mala cabeza faltó poco,

estuvo a punto de agotar su tiempo.

61Como te he dicho, recibí el encargo

de salvarle. Y no había más sendero

que justo el que hasta aquí nos ha traído.

64Le he mostrado la gente condenada.

Y ahora habrá de ver aquella otra

que aquí se purga bajo tu dominio.

67Cómo le guío, es largo de contar.

Alta virtud desciende que me ayuda

a conducirlo a verte y escucharte.

70Ojalá te complazca su venida:

libertad va buscando, tan preciada,

lo sabe quien por ella se da muerte.

73Lo sabes tú, la tuya no fue amarga

en Útica por ella, allí dejaste

el bulto que el gran día será claro.

76Los edictos eternos no hemos roto.

Este está vivo, y Minos no me guarda:

en mi círculo están los ojos castos

79de tu Marcia: aún te ruega, se diría,

oh santo pecho, que la juzgues tuya.

Tú por su amor apoya nuestra causa.

82Deja que andemos por tus siete reinos.

Las gracias le daré por ti yo a ella,

si consientes que allá suene tu nombre».

85«Marcia fue tal placer para mis ojos

mientras estuve allí», dijo él en eso,

«que de mí tuvo todo lo que quiso.

88Desde que habita allende el río oscuro

no puede conmoverme, por la norma

que fue dispuesta al yo dejar aquello.

91Mas si dama del cielo a ti te manda,

tal como dices, sobra la lisonja:

basta con que en su nombre me lo pidas.

94Ve pues, y ten cuidado de ceñirle

de un junco liso, y lávale la cara,

que no le quede resto de inmundicia.

97No es cosa que con ojos empañados

por neblinas, se plante ante el ministro

que primero ha de ver del paraíso.

100A los pies de esta isla todo en torno,

allí donde las olas la castigan,

crecen los juncos en la blanda arena:

103ninguna planta que tuviera hojas

o tallo duro, viviría ahí,

no pudiendo ceder a los embates.

106Ya luego no volváis por esta parte.

El sol os mostrará, que ya se eleva,

la subida más suave a la montaña.»

109Y se marchó. Yo, sin decir palabra,

me levanté, y me pegué cuanto pude

a mi maestro, y le miré a los ojos.

112«Hijo», le oí decir, «sigue mis pasos:

demos la vuelta aquí, y por este llano

que se inclina, bajemos a la orilla.»

115El alba ya vencía las tinieblas,

que huían, de manera que a lo lejos

atisbé la marina temblorosa.

118Íbamos por el llano solitario

como el que deja la extraviada senda,

y piensa que es en vano hasta que llega.

121Y al alcanzar el punto en que el rocío

disputa con el sol, por estar justo

donde la brisa apenas lo evapora,

124mi guía, dulcemente, abrió las manos,

que pasó por algunas hierbecillas,

a lo que yo, sabiendo su intención,

127allegué la mejilla tan llorada;

y él restauró la luz de sus colores,

que se había apagado en el infierno.

130Y así llegamos al desierto borde

que no vio nunca navegar sus aguas

hombre capaz de regresar él solo.

133Allí me puso un junco a la cintura,

conforme quiso el otro. ¡Oh maravilla!,

que nada más coger la humilde planta,

136brotó de nuevo justo donde estaba.

Canto II

CANTO II

1Già era 'l sole a l'orizzonte giunto

lo cui meridïan cerchio coverchia

Ierusalèm col suo più alto punto;

4e la notte, che opposita a lui cerchia,

uscia di Gange fuor con le Bilance,

che le caggion di man quando soverchia;

7sì che le bianche e le vermiglie guance,

là dov' i' era, de la bella Aurora

per troppa etate divenivan rance.

10Noi eravam lunghesso mare ancora,

come gente che pensa a suo cammino,

che va col cuore e col corpo dimora.

13Ed ecco, qual, sorpreso dal mattino,

per li grossi vapor Marte rosseggia

giù nel ponente sovra 'l suol marino,

16cotal m'apparve, s'io ancor lo veggia,

un lume per lo mar venir sì ratto,

che 'l muover suo nessun volar pareggia.

19Dal qual com' io un poco ebbi ritratto

l'occhio per domandar lo duca mio,

rividil più lucente e maggior fatto.

22Poi d'ogne lato ad esso m'appario

un non sapeva che bianco, e di sotto

a poco a poco un altro a lui uscìo.

25Lo mio maestro ancor non facea motto,

mentre che i primi bianchi apparver ali;

allor che ben conobbe il galeotto,

28gridò: «Fa, fa che le ginocchia cali.

Ecco l'angel di Dio: piega le mani;

omai vedrai di sì fatti officiali.

31Vedi che sdegna li argomenti umani,

sì che remo non vuol, né altro velo

che l'ali sue, tra liti sì lontani.

34Vedi come l'ha dritte verso 'l cielo,

trattando l'aere con l'etterne penne,

che non si mutan come mortal pelo».

37Poi, come più e più verso noi venne

l'uccel divino, più chiaro appariva:

per che l'occhio da presso nol sostenne,

40ma chinail giuso; e quei sen venne a riva

con un vasello snelletto e leggero,

tanto che l'acqua nulla ne 'nghiottiva.

43Da poppa stava il celestial nocchiero,

tal che faria beato pur descripto;

e più di cento spirti entro sediero.

46«In exitu Isräel de Aegypto»

cantavan tutti insieme ad una voce

con quanto di quel salmo è poscia scripto.

49Poi fece il segno lor di santa croce;

ond' ei si gittar tutti in su la piaggia:

ed el sen gì, come venne, veloce.

52La turba che rimase lì, selvaggia

parea del loco, rimirando intorno

come colui che nove cose assaggia.

55Da tutte parti saettava il giorno

lo sol, ch'avea con le saette conte

di mezzo 'l ciel cacciato Capricorno,

58quando la nova gente alzò la fronte

ver' noi, dicendo a noi: «Se voi sapete,

mostratene la via di gire al monte».

61E Virgilio rispuose: «Voi credete

forse che siamo esperti d'esto loco;

ma noi siam peregrin come voi siete.

64Dianzi venimmo, innanzi a voi un poco,

per altra via, che fu sì aspra e forte,

che lo salire omai ne parrà gioco».

67L'anime, che si fuor di me accorte,

per lo spirare, ch'i' era ancor vivo,

maravigliando diventaro smorte.

70E come a messagger che porta ulivo

tragge la gente per udir novelle,

e di calcar nessun si mostra schivo,

73così al viso mio s'affisar quelle

anime fortunate tutte quante,

quasi oblïando d'ire a farsi belle.

76Io vidi una di lor trarresi avante

per abbracciarmi con sì grande affetto,

che mosse me a far lo somigliante.

79Ohi ombre vane, fuor che ne l'aspetto!

tre volte dietro a lei le mani avvinsi,

e tante mi tornai con esse al petto.

82Di maraviglia, credo, mi dipinsi;

per che l'ombra sorrise e si ritrasse,

e io, seguendo lei, oltre mi pinsi.

85Soavemente disse ch'io posasse;

allor conobbi chi era, e pregai

che, per parlarmi, un poco s'arrestasse.

88Rispuosemi: «Così com' io t'amai

nel mortal corpo, così t'amo sciolta:

però m'arresto; ma tu perché vai?».

91«Casella mio, per tornar altra volta

là dov' io son, fo io questo vïaggio»,

diss' io; «ma a te com' è tanta ora tolta?»

94Ed elli a me: «Nessun m'è fatto oltraggio,

se quei che leva quando e cui li piace,

più volte m'ha negato esto passaggio;

97ché di giusto voler lo suo si face:

veramente da tre mesi elli ha tolto

chi ha voluto intrar, con tutta pace.

100Ond' io, ch'era ora a la marina vòlto

dove l'acqua di Tevero s'insala,

benignamente fu' da lui ricolto.

103A quella foce ha elli or dritta l'ala,

però che sempre quivi si ricoglie

qual verso Acheronte non si cala».

106E io: «Se nuova legge non ti toglie

memoria o uso a l'amoroso canto

che mi solea quetar tutte mie doglie,

109di ciò ti piaccia consolare alquanto

l'anima mia, che, con la sua persona

venendo qui, è affannata tanto!».

112«Amor che ne la mente mi ragiona»

cominciò elli allor sì dolcemente,

che la dolcezza ancor dentro mi suona.

115Lo mio maestro e io e quella gente

ch'eran con lui parevan sì contenti,

come a nessun toccasse altro la mente.

118Noi eravam tutti fissi e attenti

a le sue note; ed ecco il veglio onesto

gridando: «Che è ciò, spiriti lenti?

121qual negligenza, quale stare è questo?

Correte al monte a spogliarvi lo scoglio

ch'esser non lascia a voi Dio manifesto».

124Come quando, cogliendo biado o loglio,

li colombi adunati a la pastura,

queti, sanza mostrar l'usato orgoglio,

127se cosa appare ond' elli abbian paura,

subitamente lasciano star l'esca,

perch' assaliti son da maggior cura;

130così vid' io quella masnada fresca

lasciar lo canto, e fuggir ver' la costa,

com' om che va, né sa dove rïesca;

133né la nostra partita fu men tosta.

CANTO II

1El sol ya se inclinaba al horizonte

del cual el meridiano en lo más alto

cubre Jerusalén exactamente.

4Y la noche, girando al otro lado,

salía por el Ganges con los Pesos,

que luego al alargarse se le caen.

7Por ello las mejillas blancas, rosas,

allí donde yo estaba, de la Aurora,

ya sobradas de edad se entredoraban.

10Seguíamos los dos allí en la orilla,

como gente que piensa en el camino

y mueve el corazón y no las piernas.

13Y tal como sorprende la mañana

a Marte, rojo entre vapores densos

a poniente y a ras de la marina,

16de ese modo surgió, vuelva yo a verla,

una luz por el mar viniendo rauda,

que no la igualaría ningún vuelo.

19Fue apartar la mirada un solo instante,

solo por preguntar a mi maestro,

y ya había crecido y deslumbraba.

22Y enseguida a los lados apuntó

algo que era muy blanco, y por debajo

más blancura surgía poco a poco.

25Mi maestro callaba todavía

cuando ya lo primero eran dos alas.

Pero al reconocer al tripulante,

28me gritó: «Vamos, dobla las rodillas.

Es el ángel de Dios: junta las manos.

Otros muchos verás en adelante.

31Ve que desdeña medios conocidos,

no se vale de remo, y son su vela

sus alas entre orillas tan distantes.

34Ve qué tiesas apuntan a los cielos,

batiendo el aire con eternas plumas,

que no mudables y de breve pelo».

37Y como no dejaba de acercarse,

más esplendía el pájaro divino:

tanto que ya no pudo mi mirada

40soportarlo. Llegó a nuestra ribera

con una barca tan veloz y leve

que parecía no cortar el agua.

43Iba a la popa el celestial barquero,

que era la imagen misma de la dicha,

y más de cien espíritus sentados.

46«In exitu Isräel de Aegypto»

cantaban a una voz los penitentes,

y seguían el salmo verso a verso.

49Luego les hizo el signo de la cruz,

y todos se lanzaron a la playa,

y él se fue tan ligero como vino.

52La turba allí varada parecía

ajena al sitio, pues miraba en torno

como aquel que descubre cosas nuevas.

55El sol por todas partes dardeaba

el día, y con sus flechas que no yerran

había echado a un lado a Capricornio.

58En esto aquella masa alzó la frente

hacia nosotros, diciendo: «Mostradnos,

si sabéis, la subida a la montaña».

61Virgilio respondió: «Creéis acaso

que conocemos bien estos lugares;

pero somos igual de forasteros.

64Antes, apenas antes que vosotros,

por senda áspera y dura hemos venido,

que hará que sea un juego esta subida».

67Las almas, que se habían percatado

por mi respiración que yo vivía,

maravilladas empalidecieron.

70Y como al mensajero con su olivo

la gente acude para oír noticias,

sin que nadie se cuide del tumulto,

73lo mismo aquellas almas venturosas

en mí clavaron todas la mirada,

casi olvidadas de ir a embellecerse.

76Una salió y se adelantó a las otras

para abrazarme con tan gran afecto

que no pensé sino en hacer lo mismo.

79¡Oh vanas sombras, solo sois fachada!

Tres veces intenté darle un abrazo

sin que mis manos abrazaran nada.

82El asombro debió pintar mi rostro,

pues la sombra sonrió y retrocedió,

y la seguí para probar de nuevo.

85Dulcemente pidió que desistiese.

Supe entonces quién era, y le rogué

que, por hablarme, se parase un poco.

88«Así como te amé», fue su respuesta,

«en mi cuerpo mortal, sin él te amo.

Yo me detengo. Y tú, ¿qué haces aquí?»

91«Casella mío, por volver un día

a este preciso sitio, hago este viaje»,

le dije, «y tú, ¿por qué te has retrasado?»

94Y él a mí: «No se debe a nada injusto,

que el que dispone cuándo y a quién toma,

me ha negado el pasaje varias veces,

97y un justo estipular conforma el suyo:

que desde hace tres meses él ya embarca

a aquel que lo desea, sin problemas.

100Y a mí, que me encontraba hacía poco

donde el agua del Tíber va a salarse,

él, con benignidad, quiso cogerme.

103Ya a la boca del Tíber tiende el ala,

que es allí donde siempre se congregan

los que no han de bajar al Aqueronte».

106Y yo: «Si nueva ley no te sustrae

la memoria o el uso de los cantos

de amor con que aplacabas mi desdicha,

109consuélame cantando alguna cosa,

¡que mi alma ha llegado hasta este punto

cargando duramente con su cuerpo!».

112«Amor que a mí en la mente me habla claro»

comenzó con dulzura desusada,

que dentro todavía me resuena.

115Mi maestro y yo y toda aquella gente

de su grupo, escuchábamos felices,

olvidados de todo por completo,

118atentos y pendientes de sus notas.

Hasta que de repente el noble anciano

gritó: «¿Qué es esto, espíritus remisos?

121¿Qué dejadez, qué dilación es esta?

Corred al monte a quitaros la roña

que no deja que Dios se os manifieste».

124Como cuando, picando avena o grano,

las palomas se entregan sosegadas

al pasto, ajenas a su usado orgullo,

127y si algo de repente las perturba

súbitamente dejan la pitanza,

pues ya se ocupan de mayor cuidado,

130así vi a aquella tropa novedosa

dejar el canto y enfilar el monte,

como el que corre sin tenerlo claro.

133Y no menos veloz fue nuestra huida.

Canto III

CANTO III

1Avvegna che la subitana fuga

dispergesse color per la campagna,

rivolti al monte ove ragion ne fruga,

4i' mi ristrinsi a la fida compagna:

e come sare' io sanza lui corso?

chi m'avria tratto su per la montagna?

7El mi parea da sé stesso rimorso:

o dignitosa coscïenza e netta,

come t'è picciol fallo amaro morso!

10Quando li piedi suoi lasciar la fretta,

che l'onestade ad ogn' atto dismaga,

la mente mia, che prima era ristretta,

13lo 'ntento rallargò, sì come vaga,

e diedi 'l viso mio incontr' al poggio

che 'nverso 'l ciel più alto si dislaga.

16Lo sol, che dietro fiammeggiava roggio,

rotto m'era dinanzi a la figura,

ch'avëa in me de' suoi raggi l'appoggio.

19Io mi volsi dallato con paura

d'essere abbandonato, quand' io vidi

solo dinanzi a me la terra oscura;

22e 'l mio conforto: «Perché pur diffidi?»,

a dir mi cominciò tutto rivolto;

«non credi tu me teco e ch'io ti guidi?

25Vespero è già colà dov' è sepolto

lo corpo dentro al quale io facea ombra;

Napoli l'ha, e da Brandizio è tolto.

28Ora, se innanzi a me nulla s'aombra,

non ti maravigliar più che d'i cieli

che l'uno a l'altro raggio non ingombra.

31A sofferir tormenti, caldi e geli

simili corpi la Virtù dispone

che, come fa, non vuol ch'a noi si sveli.

34Matto è chi spera che nostra ragione

possa trascorrer la infinita via

che tiene una sustanza in tre persone.

37State contenti, umana gente, al quia;

ché, se potuto aveste veder tutto,

mestier non era parturir Maria;

40e disïar vedeste sanza frutto

tai che sarebbe lor disio quetato,

ch'etternalmente è dato lor per lutto:

43io dico d'Aristotile e di Plato

e di molt' altri»; e qui chinò la fronte,

e più non disse, e rimase turbato.

46Noi divenimmo intanto a piè del monte;

quivi trovammo la roccia sì erta,

che 'ndarno vi sarien le gambe pronte.

49Tra Lerice e Turbìa la più diserta,

la più rotta ruina è una scala,

verso di quella, agevole e aperta.

52«Or chi sa da qual man la costa cala»,

disse 'l maestro mio fermando 'l passo,

«sì che possa salir chi va sanz' ala?»

55E mentre ch'e' tenendo 'l viso basso

essaminava del cammin la mente,

e io mirava suso intorno al sasso,

58da man sinistra m'apparì una gente

d'anime, che movieno i piè ver' noi,

e non pareva, sì venïan lente.

61«Leva», diss' io, «maestro, li occhi tuoi:

ecco di qua chi ne darà consiglio,

se tu da te medesmo aver nol puoi.»

64Guardò allora, e con libero piglio

rispuose: «Andiamo in là, ch'ei vegnon piano;

e tu ferma la spene, dolce figlio».

67Ancora era quel popol di lontano,

i' dico dopo i nostri mille passi,

quanto un buon gittator trarria con mano,

70quando si strinser tutti ai duri massi

de l'alta ripa, e stetter fermi e stretti

com' a guardar, chi va dubbiando, stassi.

73«O ben finiti, o già spiriti eletti»,

Virgilio incominciò, «per quella pace

ch'i' credo che per voi tutti s'aspetti,

76ditene dove la montagna giace,

sì che possibil sia l'andare in suso;

ché perder tempo a chi più sa più spiace.»

79Come le pecorelle escon del chiuso

a una, a due, a tre, e l'altre stanno

timidette atterrando l'occhio e 'l muso;

82e ciò che fa la prima, e l'altre fanno,

addossandosi a lei, s'ella s'arresta,

semplici e quete, e lo 'mperché non sanno;

85sì vid' io muovere a venir la testa

di quella mandra fortunata allotta,

pudica in faccia e ne l'andare onesta.

88Come color dinanzi vider rotta

la luce in terra dal mio destro canto,

sì che l'ombra era da me a la grotta,

91restaro, e trasser sé in dietro alquanto,

e tutti li altri che venieno appresso,

non sappiendo 'l perché, fenno altrettanto.

94«Sanza vostra domanda io vi confesso

che questo è corpo uman che voi vedete;

per che 'l lume del sole in terra è fesso.

97Non vi maravigliate, ma credete

che non sanza virtù che da ciel vegna

cerchi di soverchiar questa parete.»

100Così 'l maestro; e quella gente degna

«Tornate», disse, «intrate innanzi dunque»,

coi dossi de le man faccendo insegna.

103E un di loro incominciò: «Chiunque

tu se', così andando, volgi 'l viso:

pon mente se di là mi vedesti unque».

106Io mi volsi ver' lui e guardail fiso:

biondo era e bello e di gentile aspetto,

ma l'un de' cigli un colpo avea diviso.

109Quand' io mi fui umilmente disdetto

d'averlo visto mai, el disse: «Or vedi»;

e mostrommi una piaga a sommo 'l petto.

112Poi sorridendo disse: «Io son Manfredi,

nepote di Costanza imperadrice;

ond' io ti priego che, quando tu riedi,

115vadi a mia bella figlia, genitrice

de l'onor di Cicilia e d'Aragona,

e dichi 'l vero a lei, s'altro si dice.

118Poscia ch'io ebbi rotta la persona

di due punte mortali, io mi rendei,

piangendo, a quei che volontier perdona.

121Orribil furon li peccati miei;

ma la bontà infinita ha sì gran braccia,

che prende ciò che si rivolge a lei.

124Se 'l pastor di Cosenza, che a la caccia

di me fu messo per Clemente allora,

avesse in Dio ben letta questa faccia,

127l'ossa del corpo mio sarieno ancora

in co del ponte presso a Benevento,

sotto la guardia de la grave mora.

130Or le bagna la pioggia e move il vento

di fuor dal regno, quasi lungo 'l Verde,

dov' e' le trasmutò a lume spento.

133Per lor maladizion sì non si perde,

che non possa tornar, l'etterno amore,

mentre che la speranza ha fior del verde.

136Vero è che quale in contumacia more

di Santa Chiesa, ancor ch'al fin si penta,

star li convien da questa ripa in fore,

139per ognun tempo ch'elli è stato, trenta,

in sua presunzïon, se tal decreto

più corto per buon prieghi non diventa.

142Vedi oggimai se tu mi puoi far lieto,

revelando a la mia buona Costanza

come m'hai visto, e anco esto divieto;

145ché qui per quei di là molto s'avanza».

CANTO III

1Si bien aquella fuga repentina

los desparramó a todos por el llano,

hacia el pico al que empuja la justicia,

4yo me pegué a mi fiel acompañante:

¿cómo hubiera podido correr solo?,

¿quién me habría ayudado en la subida?

7Él parecía reprocharse algo,

¡oh pura, nobilísima conciencia,

a la que mucho duele poco yerro!

10Se dejaron sus pies de tanta prisa,

que priva a las acciones de decoro,

y mi mente, encogida por el susto,

13recuperó su espacio, deseosa,

y volví el rostro al pico que a los cielos

de las aguas más alto se levanta.

16El sol, que ardía rojo tras nosotros,

se topaba conmigo y se frenaba,

sus rayos no pasaban mi figura.

19Cuando vi que la tierra ennegrecía

solo ante mí, miré a mi lado aprisa,

temeroso de verme abandonado.

22Y el que a mí me conforta: «¿Aún desconfías?»,

me dijo, y me miraba bien de frente.

«¿Es que crees que podría abandonarte?

25Véspero está ya donde fue sepulto

el cuerpo con que yo arrojaba sombra:

hoy es de Nápoles, ayer de Bríndisi.

28Y si ante mí no cuaja ya la sombra,

que no te extrañe más que que los cielos

mutuamente sus rayos no refrenen.

31Estipula el Poder que nuestros cuerpos

sufran tormento helado, abrasador,

pero no que sepamos cómo obra.

34Loco es quien cree que la razón del hombre

puede hacer suya la infinita senda

de que usa una sustancia en tres personas.

37El quia ha de bastaros, gente humana,

que de entender las cosas por vosotros

habría holgado el parto de María.

40Ya visteis desear sin beneficio

a quienes bien podían obtenerlo,

que ya por siempre sufren su deseo.

43Me refiero a Aristóteles, Platón

y muchos más». Y allí inclinó la frente,

y luego enmudeció y quedó turbado.

46Entretanto llegamos junto al monte.

Y allí vimos la roca tan abrupta

que eran en vano las mejores piernas.

49Entre Lerici y Turbia el más inhóspito,

el más despedazado precipicio,

es a su lado una escalera abierta.

52«Quién sabe de qué flanco cede el pico»,

dijo el maestro deteniendo el paso,

«que se pueda subir sin tener alas.»

55Y mientras que agachando la cabeza

meditaba el camino menos malo,

yo no dejaba de mirar la mole:

58a mano izquierda apareció una gente

que movía los pies hacia nosotros,

aunque no se notaba, de tan lentos.

61«Alza», dije, «maestro, la mirada:

estos habrán de darnos un consejo,

si tú no lo consigues por ti solo.»

64Él los miró, y con aire decidido:

«No se mueven, vayamos a su encuentro.

Y tú refuerza la esperanza, hijo».

67Dimos más de mil pasos hacia ellos

y todavía aquella gente estaba

como a tiro de piedra bien lanzado,

70cuando les vi pegarse a las paredes

de la mole, muy juntos y muy quietos,

como quien duda y se detiene y mira.

73«Oh gente muerta en gracia, oh elegida»,

dijo Virgilio, «por la paz que todos

a buen seguro, aquí venís buscando,

76decidnos dónde cede la montaña,

la parte que permita la subida,

que quien más sabe, menos pierde el tiempo.»

79Como ovejas que salen del aprisco

primero una, dos, tres, mientras las otras

vacilan temerosas, cabizbajas,

82y a la primera imitan las siguientes,

y se arriman a ella si se para,

mansas y quietas, sin saber por qué,

85así vi yo venir la cabecera

de aquel rebaño que era afortunado,

de rostro púdico y andar honesto.

88Y al ver la luz en tierra refrenada

a la parte derecha de mi cuerpo,

pues mi sombra llegaba hasta la roca,

91se detuvieron, echándose atrás,

y aquellos que venían a su espalda,

sin saber por qué, hicieron otro tanto.

94«Sin que medie pregunta yo confieso

que este cuerpo que veis, aún está vivo:

si pone freno al sol, se debe a eso.

97No os sorprendáis, creed más bien que obra,

en su afán de subir estas paredes,

no sin poder venido de los cielos»,

100dijo el maestro. Y la elegida gente

«Volveos», dijo, «y caminad delante»,

e indicó con el dorso de la mano.

103Y uno de ellos saltó: «Seas quien seas,

y sin dejar de andar, vuelve la cara:

di si fuera de aquí me has visto antes».

106Me volví y le miré con atención:

era rubio y hermoso y nobilísimo,

una ceja tajada por la espada.

109Cuando con humildad dije que nunca

le había visto antes, él dijo: «Mira»,

y me enseñó una herida en pleno pecho.

112Luego, sonriendo dijo: «Soy Manfredo,

el nieto de Constanza emperatriz.

Y por ello te ruego que a tu vuelta

115vayas donde mi hija hermosa, madre

del honor de Sicilia y de Aragón,

y dile la verdad, si no la dicen.

118Después de que me hubieron destrozado

dos puntazos mortales, me volví

llorando al que perdona complacido.

121Aterradores fueron mis pecados.

Mas la bondad eterna tiene brazos

tan grandes, que socorre a quien la invoca.

124Si el pastor de Cosenza, que mandado

entonces por Clemente a darme caza,

conociera esa página divina,

127los huesos de mi cuerpo aún estarían

al pie del puente, junto a Benevento,

bajo el gran pedregal que me cubrió.

130Hoy los baña la lluvia y bate el viento,

lejos del reino, donde el Verde casi,

allí fueron con cirios apagados.

133Pero sus maldiciones no han podido

con el amor eterno, que renace

a partir de una brizna de esperanza.

136Es cierto que el que muere en contumacia

con la Iglesia, aunque al fin arrepentido,

se queda fuera de estas tajaduras

139treinta veces el tiempo que ha pasado

terco en su presunción, si este decreto

no lo abrevian las buenas oraciones.

142En fin, mira si puedes contentarme

dando razón a mi Constanza buena

de cómo me hallo, y de esta restricción,

145que aquí por los de allí se avanza mucho».