El río Qiantang se extiende desde el oeste, donde sus aguas crecen sin cesar, y discurre por la nueva capital imperial, Lin’an, y la cercana aldea del Buey, antes de continuar hacia el mar, al este. Lo flanquean con orgullo diez cipreses de hojas rojas como el fuego. Es un típico día de agosto. La hierba amarillea bajo los árboles, y el sol se cuela entre las ramas al ponerse, proyectando unas sombras oscuras y alargadas. Al resguardo de dos pinos inmensos, se han reunido hombres, mujeres y niños para escuchar a un narrador ambulante.
El hombre, que ronda la cincuentena, tiene aspecto demacrado y va vestido con una túnica de un azul grisáceo y desvaído que en su día debió de ser negra. Comienza entrechocando dos trozos de madera de peral y luego, con una caña de bambú, golpea rítmicamente un pequeño tambor de cuero. Entona:
Abandonados, los melocotoneros siguen en flor,
mientras los campos de tabaco atraen a los cuervos.
Tiempo atrás, junto al pozo de la aldea,
las familias se reunían para desahogar las penas.
El anciano hace chocar los trozos de madera un poco más y empieza a contar su historia.
—Este poema habla de pueblos habitados tiempo atrás por gente corriente y asolados por las tribus yurchen. La historia trata del anciano Ye, que tenía una esposa, un hijo y una hija, a quienes separó la invasión de los jin. Transcurrieron años antes de que se reencontraran y pudieran volver a la aldea. Tras el peligroso viaje de regreso a Weizhou, descubrieron que las fuerzas enemigas habían reducido a cenizas su hogar y no les quedó más opción que dirigirse a la antigua capital de Kaifeng.
Y cantó:
Se desatan súbitas tormentas,
las gentes sufren desgracias inesperadas.
—Al llegar a Kaifeng —prosiguió—, se toparon con un escuadrón de soldados jin. El oficial al mando advirtió la presencia de la joven Ye, por entonces una doncella hermosa, y, ansioso por hacerse con un trofeo tan magnífico, saltó del caballo y la apresó. Entre risas, la arrojó a su montura y exclamó: «¡Tú te vienes a casa conmigo, preciosa!» ¿Qué podía hacer la joven Ye? Luchó con todas sus fuerzas para liberarse del oficial. «¡Si sigues resistiéndote, mataré a tu familia!», gritó el hombre, que cogió su maza de colmillo de lobo y le asestó un golpe a su hermano en la cabeza.
»“El mundo de ultratumba gana un espíritu, de la misma manera que el mundo mortal pierde otra alma” —cantó de nuevo.
”El anciano Ye y su esposa se arrojaron sollozando sobre el cuerpo de su hijo. El oficial alzó la maza de colmillo de lobo, descargó nuevamente contra la madre y acto seguido contra el padre. En lugar de llorar o suplicar, la joven se volvió hacia él y dijo: “Señor, bajad el arma, iré con vos.” El soldado se mostró encantado de haberla persuadido, pero en el preciso momento en que bajó la guardia, la joven Ye le arrebató el sable que portaba a la cintura, desenvainó y le apuntó al pecho. ¿Estaba a punto de vengar la muerte de su familia?
»Por desgracia, no podría ser. El soldado, que tenía experiencia en el campo de batalla, sabía que si respiraba hondo, tensaba los músculos y presionaba contra la hoja, la muchacha caería al suelo. Entonces le escupió en la cara. “¡Puta!”
»La joven Ye, sin embargo, se llevó la hoja al cuello. La pobre e inocente muchacha...
Una belleza hecha de flor y luna,
y así se arrebató el alma más dulce esa noche.
El hombre va alternando entre el canto y la narración, sin dejar de tocar el pequeño tambor con la caña de bambú. La multitud está fascinada por las palabras del anciano; gruñen con rabia ante la crueldad del soldado y suspiran al oír el sacrificio de la joven.
—Queridos amigos, como dice el dicho: «Trata a los demás con honradez, mantén la cabeza bien alta, con orgullo. Si los actos de maldad quedan impunes, sólo el mal pervivirá.» Los jin han conquistado la mitad de nuestros territorios, han matado, arrasado, violado y saqueado, no hay un acto de maldad que no hayan cometido. Y aun así no son castigados. China cuenta con hombres de sobra, sanos y dispuestos a luchar, y a pesar de eso, cada vez que nuestro ejército se enfrenta a los jin, da media vuelta y huye, dejándonos atrás a los campesinos para que suframos. Ocurren historias como ésta, muchísimas, al norte del Yangtsé. El sur es un paraíso en comparación, pero aquí se sigue viviendo cada día con el miedo a la invasión. «Mejor ser un perro en tiempos de paz que un hombre en tiempos turbulentos.» Soy el viejo Zhang. ¡Gracias por escuchar la historia de la joven Ye! ¡Una historia verídica!
El narrador hace entrechocar de nuevo los dos trozos de madera de peral y tiende una bandeja hacia la multitud. Los vecinos del pueblo se acercan arrastrando los pies y dejan caer unas monedas. El viejo Zhang se las guarda en el bolsillo y empieza a recoger sus pertenencias.
Mientras la multitud se dispersa, un joven de unos veinte años se abre paso hasta él.
—Señor, ¿acabáis de llegar del norte?
Es de baja estatura pero se ve fuerte, y unas cejas pobladas como orugas le cruzan la frente. Procede del norte; lo delata su acento.
—Sí —responde el narrador, observándolo.
—Entonces, ¿puedo invitaros a beber algo?
—No me atrevo a recibir semejante favor de un desconocido —responde el anciano.
—Tras unas rondas, dejaremos de ser desconocidos. —El joven sonríe—. Me llamo Guo Furia Celeste —dice, antes de señalar a un hombre apuesto y barbilampiño a su espalda—. Y éste es Yang Corazón de Hierro. Hemos disfrutado muchísimo con vuestra historia, pero nos gustaría hablar con vos, haceros algunas preguntas. Traéis noticias de casa.
—No hay problema, joven. El destino nos ha reunido hoy.
Guo Furia Celeste conduce al narrador a la única taberna del pueblo, donde toman asiento. Qu San, el tabernero, se acerca renqueando con las muletas a su mesa, deposita dos jarras de vino de arroz caliente y va a buscar unos tentempiés, habas, cacahuetes con sal, tofu seco y tres huevos salados. A continuación se sienta en un taburete junto a la puerta, desde donde contempla cómo el sol empieza a descender hacia el horizonte. En el jardín, su pequeña hija persigue a las gallinas.
Guo Furia Celeste brinda por el narrador y empuja los sencillos tentempiés hacia él.
—Tened, comed, por favor. En el campo tan sólo podemos comprar carne el segundo y el decimosexto día del mes, así que me temo que esta noche no tenemos. Disculpadnos, por favor.
—Me basta con el vino. Por vuestros acentos me parece que sois los dos del norte, ¿es así?
—Somos de la provincia de Shandong —contesta Yang—. Vinimos hace tres años, después de que los jin invadieran nuestro pueblo natal. Nos encantó la vida sencilla del sur, además de su gente, y nos quedamos. Antes habéis dicho que el sur es un paraíso, que aquí lo único que altera la paz es el miedo a la invasión. ¿De verdad creéis que los jin cruzarán el Yangtsé?
El narrador suspira.
—Es como si el suelo se hallara cubierto de oro y plata, mires a donde mires ves mujeres hermosas, tales son la riqueza y el encanto del sur en comparación con el norte. No pasa un día sin que los jin piensen en invadirlo. Pero la decisión final no recae en ellos sino en la corte imperial song de Lin’an.
Guo Furia Celeste y Yang Corazón de Hierro están sorprendidos.
—¿Por qué decís eso?
—Los chinos han superamos en número a los yurchen en más de cien a uno. Si la corte decidiera emplear a hombres honestos y leales, se impondría nuestro gran imperio. Con un centenar de nuestros hombres por cada uno de sus despreciables soldados, ¿cómo iba a ganar el ejército jin? La mitad norte del país se la entregaron tres generaciones de emperadores inútiles: Huizong, Qinzong y Gaozong. De abuelo a nieto, todos confiaron nuestro país a oficiales corruptos que oprimieron al pueblo y purgaron a todos los generales que deseaban luchar contra los jin. ¡Una tierra tan hermosa y la regalaron! Si la corte imperial sigue acogiendo en sus espléndidos salones a oficiales corruptos, ¡bien podrían arrodillarse ante los jin y rogarles que invadan el sur!
—¡Exacto!
Guo Furia Celeste da una palmada en la mesa, lo que hace que los cuencos, platos y palillos tintineen.
Yang Corazón de Hierro advierte que la jarra de vino está vacía y pide otra. Los tres hombres siguen maldiciendo y bebiendo mientras Qu San va a por más alubias y tofu.
—¡Ja! —resopla Qu San, al tiempo que coloca los platos encima de la mesa.
—¿Qué ocurre, Qu San? ¿No estás de acuerdo?
—¡Está bien maldecir! ¡Está muy bien! No tiene nada de malo. Sin embargo ¿de verdad creéis que si los oficiales no hubiesen sido corruptos habría cambiado algo? Con tantas generaciones de emperadores inútiles no habría servido de nada que los oficiales hubiesen sido tan honrados y bondadosos como el mismísimo Buda.
Da media vuelta y regresa arrastrando los pies a su taburete del rincón, desde donde vuelve a contemplar el cielo, ahora estrellado.
Qu San tiene el rostro joven para haber cumplido los cuarenta, pero encorva la espalda y entre el cabello negro se le ven unos mechones blancos. De espaldas parece un hombre mayor, ha envejecido mucho desde que perdió a su esposa. Se mudó a la aldea del Buey con su hija hace apenas un año, huyendo de los recuerdos dolorosos.
Los tres hombres se miran en silencio, hasta que el narrador retoma la palabra.
—Sí, tienes razón. Lo que dices es muy cierto.
¡Pam! Guo Furia Celeste vuelve a golpear la mesa con la mano, y en esta ocasión vuelca un cuenco de vino.
—¡Qué vergüenza! ¡Menuda deshonra! ¿Cómo pudieron llegar a emperadores esos hombres tan patéticos?
—Xiaozong sucedió a Gaozong —contesta el narrador con energías renovadas—, y a éste le sucedió Guangzong, y mientras tanto los jin se han hecho con el control de media China. Ahora Ningzong, el sucesor de Guangzong, no hace otra cosa que acatar las órdenes del canciller Han. ¿Qué futuro nos espera? Es difícil decirlo.
—¡¿A qué os referís?! —grita Guo Furia Celeste—. Estamos en el campo, no en Lin’an. Aquí no os cortarán a vos la cabeza. ¡No hay una sola persona en toda China que no llame «maleante» al canciller Han!
Ahora que la conversación se ha desviado hacia la política actual, el viejo narrador empieza a ponerse nervioso y no se atreve a hablar con tanta sinceridad. Apura otro cuenco de vino de arroz.
—Gracias por el vino, señores. ¿Puedo daros un modesto consejo antes de irme? Sé que los dos sois hombres apasionados, aun así, es mejor mostrar cautela tanto a la hora de hablar como de actuar. Es la única forma de evitar calamidades. Tal como están las cosas, lo mejor que podemos esperar la gente corriente es ir tirando. Ah, es como dice la vieja canción:
Rodeados de montañas, bailando en salones,
las orillas del lago Oeste reverberan al son.
Fragancias sureñas atraen, y obnubilan,
¡a tal punto que nuestros nobles confunden Lin’an con Kaifeng!
—¿Qué historia se esconde detrás de esa canción? —pregunta Yang.
—Ninguna —responde el anciano, y se levanta con gran esfuerzo—. A los oficiales sólo les importan las fiestas y los placeres, y mientras siga siendo así, no intentarán recuperar el norte en un futuro próximo.
Y dicho esto, ebrio, el narrador se retira.
Ocurrió más tarde esa misma noche, durante la tercera vigilia. Guo Furia Celeste y Yang Corazón de Hierro habían salido a cazar y llevaban más de dos horas al acecho en el bosque, a siete lis al oeste del pueblo, esperando ver un jabalí o un muntíaco, pero resultaba cada vez más improbable que cazaran nada y empezaba a agotárseles la paciencia.
De repente, más allá de la linde del bosque, oyeron un fuerte golpe, algo de madera que chocaba contra algo de metal. Furia Celeste y Corazón de Hierro se miraron.
Al cabo de un instante llegaron hasta ellos los gritos de unos hombres.
—¡¿Adónde crees que vas?!
—¡Detente ahora mismo!
Una sombra se había adentrado en el bosque y corría hacia ellos. La luz de la luna incidió en las vestiduras del hombre, y Guo y Yang lo reconocieron. Era Qu San. En ese momento hincaba las muletas de madera en el sotobosque. Consciente de que le costaría escapar de los hombres que lo seguían, Qu San dio un gran salto y cayó tras un árbol cercano. Guo y Yang se miraron con asombro.
—¿Qu San practica kung-fu?
Para entonces, los perseguidores del tabernero habían llegado a la linde del bosque. Eran tres, se detuvieron, hablaron en susurros y echaron a andar hacia ellos. Vestían ropa militar y portaban un sable cuyas hojas destellaban un frío color verde a la luz de la luna.
—¡Maldito tullido! ¡Te estamos viendo! ¡Sal y ríndete!
Qu San permaneció completamente inmóvil detrás del árbol. Los hombres sostenían las armas como si fuesen machetes, agitándolas y cortando la maraña de arbustos para abrirse paso, mientras se acercaban al tabernero poco a poco.
Justo entonces, ¡pom!, desde detrás del árbol, Qu San le dio una estocada con la muleta derecha a uno de los hombres en pleno pecho y lo obligó a retroceder dando tumbos con un chillido. Sorprendidos, los otros dos blandieron sus armas en dirección al árbol.
Qu San hizo palanca con la muleta derecha y dio un gran salto hacia la izquierda, esquivando los sables y golpeando la cara de otro de los hombres con la segunda muleta. Éste intentó bloquearla con la espada, pero Qu San retrocedió y sacudió la muleta derecha contra la cintura del tercer hombre. Aunque necesitaba las muletas para sostenerse, las manejaba con velocidad y elegancia.
En medio de la refriega, un sable alcanzó el fardo que llevaba Qu San, rasgó la tela y todo su contenido se desperdigó por el suelo. Aprovechándose de la distracción, el tabernero estrelló la muleta contra la cabeza de uno de los hombres, que se desplomó. Aterrado, el último soldado se dio la vuelta para huir. Qu San se llevó la mano a los pliegues de la túnica y, con un giro rápido de la muñeca, le arrojó algo mientras corría. El objeto emitió un destello negro al trazar una curva en el aire antes de aterrizar en la parte posterior de la cabeza del soldado produciendo un ruido sordo. El hombre aulló y dejó caer el sable, sacudiendo los brazos como un loco. Se dobló hacia delante muy lentamente y se derrumbó con suavidad en el suelo. Su cuerpo convulsionó dos veces, luego se quedó inmóvil.
Guo y Yang observaban la escena sin respirar y con el corazón desbocado.
—Acaba de matar a tres funcionarios del gobierno. Eso se castiga con la muerte. —Guo susurraba entre jadeos—. Si nos ve, nos matará a nosotros también, para que no hablemos.
Pero no se habían escondido tan bien como creían. Qu San se volvió hacia ellos.
—¡Maestro Guo, maestro Yang, ya podéis salir! —gritó.
Se incorporaron a regañadientes, agarrando las horcas con tanta fuerza que se les blanquearon los nudillos. Yang miró a su amigo y dio un par de pasos al frente.
—Maestro Yang —dijo Qu San con una sonrisa—, la técnica de tu familia con la lanza es famosa en nuestra tierra, pero a falta de lanza tendrá que bastarte con una horca. Sin embargo, veo que tu mejor amigo, Guo, prefiere luchar con una alabarda doble. La horca no encaja con sus habilidades. ¡Qué amistad tan rara la vuestra!
Yang se sintió desprotegido; a Qu San sólo le había faltado leerle la mente.
—Maestro Guo —continuó el tabernero—, imaginemos que tienes aquí tu alabarda doble. ¿Crees que podríais vencerme juntos?
Guo negó con la cabeza.
—No, no podríamos. Debemos de estar ciegos para no habernos dado cuenta de que tú también practicas las artes marciales. De que eres un maestro, incluso.
—Me fallan las piernas, ¿cómo podría considerárseme un maestro? —Qu San negó con la cabeza y suspiró—. Antes de lesionarme, habría derrotado a esos guardias sin esfuerzo.
Guo y Yang se miraron sin saber qué decir.
—¿Me ayudáis a enterrarlos? —les preguntó Qu San.
Los dos jóvenes volvieron a mirarse y asintieron. Se afanaron en cavar un gran agujero con las horcas. Cuando sepultaban el último cuerpo, Yang advirtió el objeto redondo y negro que sobresalía de la parte posterior de la cabeza del muerto. Tiró de él y consiguió extraerlo. No era la primera vez que veía uno. Se trataba de un disco arrojadizo de acero de los Ocho Trigramas taoístas. Limpió la sangre con el uniforme del muerto y se lo devolvió a Qu San.
—Mi más sincera gratitud —dijo éste.
Qu San se guardó el arma de los Ocho Trigramas en la túnica. Acto seguido extendió la capa en el suelo y comenzó a recoger sus cosas. Guo y Yang acabaron de palear la tierra en la tumba improvisada y se volvieron hacia las pertenencias de Qu San, entre las que se encontraban tres pergaminos y varias baratijas brillantes de metal. Qu San dejó una jarra y un cuenco dorados a un lado. Tras atar el fardo, se los tendió a los dos hombres.
—Los robé del palacio real de Lin’an. El emperador ha causado bastante daño a los campesinos, no es ningún delito coger algo a cambio. Consideradlo un regalo de mi parte.
Ninguno de los dos se movió.
—¿Tenéis miedo de aceptarlos o es que no los queréis?
—No hemos hecho nada para merecer semejantes regalos —respondió Guo—. Por eso no podemos aceptarlos. En cuanto a lo ocurrido esta noche, no tienes que preocuparte por nada, hermano Qu. Tu secreto está a salvo con nosotros.
—¡Ja! —soltó Qu San—. ¿Por qué iba a preocuparme? Lo sé todo de vosotros, ¿por qué si no iba a dejaros marchar con vida? Maestro Guo, eres descendiente de Guo Prosperidad, uno de los héroes de los pantanos del monte Liang. Eres diestro en el uso de la alabarda, como te enseñaron según la costumbre de tu familia, aunque tu alabarda es corta en vez de larga y tiene dos hojas en lugar de una. Maestro Yang, tu antepasado es Yang Triunfo, uno de los comandantes que sirvió a las órdenes del admirado general Yue. Ambos descendéis de dos de los patriotas más queridos y respetados de este país. Cuando el ejército jin conquistó el norte, empezó vuestro peregrinaje por los Ríos y los Lagos del sur, mientras practicabais las artes marciales. Entonces os convertisteis en compañeros de armas. Y juntos os mudasteis aquí, a la aldea del Buey. ¿De momento voy bien?
Los dos hombres asintieron, asombrados ante la precisión de los conocimientos de Qu San.
—Vuestros antepasados, tanto Guo Prosperidad como Yang Triunfo, eran rebeldes que cambiaron de bando para luchar junto al Imperio song —continuó Qu San—. Ambos robaron al gobierno, que a su vez robaba a su propio pueblo. Así pues, decidme, ¿vais a aceptar mis regalos o no?
—Te estamos muy agradecidos —respondió Yang al tiempo que extendía los brazos para recibirlos.
Qu San se echó el hatillo al hombro.
—¡Ahora volvamos a casa!
—Esta noche he conseguido algunas cosas magníficas —continuó mientras los tres se abrían paso entre los árboles del bosque—. Dos cuadros del emperador Huizong y un pergamino con su caligrafía. Puede que fuera un inútil como emperador, pero su talento con el pincel me parece extraordinario.
Una vez en casa, Guo y Yang enterraron las piezas de oro y no mencionaron lo disparatada que había sido la noche a sus esposas.
Poco a poco el otoño dio paso al invierno. Los días eran cada vez más fríos, y empezaban a caer los primeros copos de nieve. La tierra no tardó en cubrirse de un manto blanco que brillaba como jade pulido. Yang Corazón de Hierro avisó a su mujer.
—Voy a buscar algo de comida y vino de arroz antes de que lleguen Furia Celeste y su esposa.
Se echó al hombro dos grandes calabacinos y se dirigió a la taberna de Qu San.
La nieve caía entonces con más intensidad. Mientras caminaba fatigosamente hacia el establecimiento, advirtió que la puerta estaba cerrada a cal y canto y que incluso habían retirado el letrero. Yang llamó con fuerza un par de veces, al tiempo que gritaba:
—¡Qu San, he venido a por un poco de vino!
Silencio.
Llamó de nuevo, pero siguió sin obtener respuesta. Se acercó a una ventana y echó un vistazo al interior. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo. «¿Qué ha ocurrido? —se preguntó Yang—. Espero que no sea nada grave.» Vio que la hija de Qu San estaba jugando por allí cerca, aunque era demasiado pequeña para responder a sus preguntas. La taberna era el único lugar de la aldea del Buey que vendía vino, así que Yang no tuvo más remedio que hacer frente a la tormenta de nieve y recorrer a pie los tres kilómetros que lo separaban de la aldea de la Ciruela Roja. Al menos allí también podría comprar pollo para la comida.
Cuando Yang regresó, su mujer, Bao Caridad, metió el pollo recién sacrificado en una cazuela grande junto con un poco de col, tofu y fideos de soja. Mientras hervía, cortó carne y pescado curados y dispuso los trozos en una bandeja. Luego fue a la casa de al lado a llamar a Guo Furia Celeste y a su esposa, Li Lirio, que llevaba toda la mañana con náuseas. Lirio no se sentía capaz de comer, así que Caridad se quedó a charlar y tomar té con ella, y le dijo a Guo que se adelantara.
Cuando las mujeres regresaron a casa de los Yang, encontraron a sus maridos sentados ante la chimenea, comiendo y bebiendo vino caliente. Caridad echó más leña al fuego y se sentó junto a su esposo. Los hombres parecían agitados.
—¿Qué pasa? —preguntó Lirio—. ¿Ha ocurrido algo?
—No, sólo estábamos hablando de los últimos asuntos de la corte imperial de Lin’an —contestó su marido—. Ayer estaba en el Pabellón de la Alegre Lluvia, la casa de té que hay junto al puente de la Tranquilidad —añadió—, cuando oí a varias personas hablando de ese criminal, el canciller Han. Un hombre dijo que ahora todos los informes de la corte deben presentársele a él, además de al emperador, o no se leerán. Cuesta creer semejante arrogancia.
Yang suspiró.
—Sólo los malos emperadores mantienen a los malos cancilleres. El viejo Huang, que vive delante de la Puerta Dorada de Lin’an, me contó una historia una vez. Un día que estaba recogiendo leña en la montaña, atisbó a un grupo de soldados que escoltaban a varios oficiales. Resulta que el canciller había salido de excursión con sus hombres. El viejo Huang andaba ocupado en sus cosas, cortando leña, cuando oyó que el canciller decía: «Qué paisaje tan hermoso, con esas encantadoras vallas de bambú y esas chozas de paja. Lástima que no haya gallinas cacareando o perros ladrando.» Justo en ese momento oyeron ladridos procedentes de detrás de un arbusto.
Caridad sonrió.
—Está claro que ese perrito sabía complacer al canciller...
—¡Ni que lo digas! Al cabo de un par de ladridos, salió de detrás de los arbustos. ¿Y qué clase de perro creéis que era? Resulta que se trataba nuestro honorable amigo, ¡el magistrado de Lin’an, su excelencia el señor Zhao!
Caridad rompió a reír.
—Y así se ganará el ascenso —concluyó Guo.
Siguieron bebiendo mientras fuera caía la nieve; el vino les caldeaba el estómago. Al cabo de un rato, Guo y Yang decidieron salir para despejarse. De repente, el silencio se quebró con el sonido de unos pies que se arrastraban por la nieve. A unos pocos pasos vieron a un sacerdote taoísta que llevaba un sombrero de bambú atado con un lazo bajo la barbilla y una capa salpicada de grandes copos. Cargaba un sable a la espalda y la borla amarilla que colgaba de la empuñadura se balanceaba de un lado a otro. Al parecer, era la única persona que desafiaba al mal tiempo, una silueta solitaria que avanzaba con rapidez por los campos, de un blanco grisáceo.
—Mira cómo roza la nieve al caminar. —Guo exhaló con admiración—. Es un maestro de kung-fu.
—Cierto —contestó Yang asombrado a su vez—. Invitémoslo a tomar algo.
Se apresuraron hasta el borde del campo que quedaba delante de la casa de Yang. En el breve lapso de tiempo que tardaron en recorrer a toda prisa los ciento y pico metros, el sacerdote ya había pasado de largo y se hallaba a cierta distancia por el camino elevado que atravesaba los campos.
—¡Reverencia, parad, por favor! —gritó Yang.
El sacerdote taoísta se volvió y les dirigió un saludo rápido con la cabeza.
—¡Hace un tiempo espantoso! —continuó voceando Yang a través de la nieve—. ¿Por qué no pasáis y os tomáis un par de cuencos de vino para entrar en calor?
Unos segundos después, el taoísta se encontraba de pie ante ellos.
—¿Por qué queréis que me detenga? —Su respuesta fue tan fría como el aire invernal—. ¡Hablad!
Yang se quedó impresionado con el tono del taoísta y se enfadó, así que bajó la vista a sus pies y no dijo nada. Guo cerró el puño en señal de respeto.
—Estábamos bebiendo delante del fuego y os hemos visto pasar solo en medio de la nieve. Hemos pensado que quizá querríais uniros a nosotros. Por favor, perdonad si os hemos ofendido.
El taoísta puso los ojos en blanco.
—De acuerdo. Si queréis beber, bebamos.
Pasó por delante de ellos y franqueó la puerta de Yang.
Aquello enfureció aún más al joven. Sin pensarlo, agarró al taoísta por la muñeca y tiró de ella.
—No sabemos cómo dirigirnos a vos, reverencia.
La mano del taoísta, sin embargo, se escurrió como un pez entre los dedos del joven, que supo que se había metido en un lío y retrocedió. Pero antes de que pudiese apartarse notó una punzada dolorosa cuando el taoísta le apretó con fuerza la muñeca. Por mucho que se esforzase, Yang no conseguía liberarse de su agarre y sintió que se quedaba sin fuerzas al tiempo que se le entumecía el brazo.
Al ver el rostro morado de su amigo, Guo comprendió que estaba sufriendo mucho dolor.
—Reverencia —intervino—, sentaos, por favor.
El taoísta se rió con frialdad. Soltó a Yang, caminó despacio hasta el centro de la estancia y se sentó con un único y suave movimiento.
—Jóvenes, es evidente que sois los dos del norte pero fingís ser granjeros del sur. Os delata el acento. Además, ¿por qué iban a saber kung-fu dos granjeros? —Él también hablaba con acento de Shandong.
Yang, avergonzado y enfadado, se retiró a la habitación de atrás. Sacó de un cajón una pequeña daga que se escondió bajo la camisa antes de volver a la estancia principal. Sirvió tres cuencos de vino, alzó el suyo en un brindis y apuró su contenido sin pronunciar palabra.
El taoísta miró más allá de los dos hombres, hacia la nieve que caía en el exterior. Ni bebía ni hablaba. Guo imaginó que recelaba del vino, de modo que cogió el cuenco destinado a su invitado y se lo bebió de un trago.
—El vino se enfría rápido. Dejad que os sirva otro, reverencia. Uno caliente.
Llenó un cuenco limpio y se lo entregó al taoísta, que esta vez se lo bebió de un tirón.
—Si hubieseis envenenado el vino no habría pasado nada —contestó el taoísta—. No me habría afectado.
Yang tenía más que suficiente.
—Os hemos invitado a nuestra casa para que bebáis con nosotros, no para intentar haceros daño. ¡Si es así como pensáis comportaros, por favor, marchaos inmediatamente! Ni que le hubiésemos dado vino rancio o comida podrida...
El taoísta no le hizo caso y cogió el calabacino. Se sirvió y se echó al coleto tres cuencos más de vino en un pispás, y acto seguido se desató el sombrero de bambú y lo arrojó al suelo, junto con la capa. Por primera vez, Guo y Yang tuvieron oportunidad de examinarle bien el rostro. Rondaba los treinta años de edad, y tenía las cejas inclinadas, el mentón cuadrado y las mejillas sonrojadas. Su mirada era penetrante. Acto seguido, desató el hatillo de cuero que llevaba a la espalda y lo dejó caer encima de la mesa.
Los chicos dieron un salto hacia atrás, horrorizados, al ver que del hatillo salía rodando una cabeza humana ensangrentada.
Se oyó un grito procedente del rincón donde estaba Caridad, que corrió a la habitación de atrás seguida de Li Lirio. Yang se llevó la mano al pecho para comprobar que la daga seguía en su sitio. El taoísta sacudió el hatillo, del que cayeron dos bultos ensangrentados más. Un corazón y un hígado.

—¡Taoísta zascandil! —gritó Yang al tiempo que se sacaba la daga del pecho y arremetía contra el sacerdote.
El taoísta lo encontró gracioso.
—¿Quieres luchar? —le preguntó, dando unos golpecitos en la muñeca de Yang con la mano izquierda.
Un dolor que lo entumecía se extendió hasta los dedos del joven. Antes de que se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, la daga había desaparecido.
Guo se había quedado pasmado. Su amigo era un luchador de kung-fu mucho más diestro que él, pero estaba claro que no tenía nada que hacer contra el sacerdote. Guo sabía que aquel movimiento era el legendario Mano Desnuda Aferra Hoja, pero nunca había visto a nadie ponerlo en práctica. Guo agarró la banqueta de madera en la que había estado sentado, por si tenía que parar el golpe de la daga.
El taoísta siguió ignorándolos. En cambio, se concentró en el corazón y el hígado, y los empezó a trocear con la daga de Yang. De pronto soltó un rugido. Las tejas del techo traquetearon y cortó con tal fuerza que los objetos que había encima de la mesa saltaron y la mesa se partió en dos. La cabeza rodó hasta el suelo.
Yang estaba furioso. Cogió una lanza de hierro de un rincón y salió con resolución a la nieve.
—Ven. ¡Te daré una lección sobre el arte de la Lanza de la Familia Yang!
—¿Un lacayo del gobierno como tú conoce la Lanza de la Familia Yang?
El taoísta sonreía cuando lo siguió al exterior.
Guo volvió corriendo a su casa para coger sus alabardas dobles. Cuando regresó, el taoísta estaba en posición, con las mangas ondeando al viento.
—¡Desenvaina esa espada! —gritó Yang.
—Lucharé contra vosotros, traidores, con mis propias manos. —Fue la única respuesta del taoísta.
Sin avisar, Yang empezó directamente con Dragón Letal Abandona la Cueva; la lanza era un borrón rojo mientras la borla daba vueltas y la punta giraba hacia el pecho del taoísta.
—¡Impresionante! —exclamó éste al tiempo que arqueaba la parte superior del cuerpo hacia atrás hasta ponerla casi en horizontal.
Entonces se volvió a toda velocidad hacia la izquierda y se incorporó de nuevo. Una vez en pie, colocó la palma hacia arriba e hizo caer la lanza de las manos de Yang.
Yang Corazón de Hierro había pasado años practicando con la lanza, desde el momento en que su padre le enseñó los primeros movimientos cuando era un niño, una variante de la tradición sureña. La norteña se había perdido hacía mucho. Su antepasado Yang Triunfo dirigió un ejército de trescientos soldados song contra cuarenta mil invasores jin en la Batalla del Puente del Pequeño Mercante, con la lanza como única arma. Ese día mataron a más de dos mil jin, incluido el comandante de más alto rango. Las flechas jin habían caído en forma de lluvia, pero Yang Triunfo rompió las astas, dejando las cabezas alojadas en su carne, y continuó luchando. Dio la vida por su país en aquel campo de batalla. Cuando el ejército jin quemó su cuerpo, más de dos catites, un kilo aproximadamente, de metal fundido discurrieron por el barro a sus pies. Después de esa batalla, la fama de la Lanza de la Familia Yang se extendió por las vastas llanuras de China.
Yang Corazón de Hierro tal vez no fuera un verdadero maestro de la técnica como sus antepasados, pero aquellos años de entrenamiento no habían sido en vano. Dio estocadas, se balanceó, arremetió, paró golpes; la punta de la lanza emitía destellos plateados a la luz del sol; la borla era un borrón rojo.
Los movimientos de Yang podían ser rápidos, pero el taoísta los esquivaba con facilidad. Con la Lanza de la Familia Yang se ejecutaban setenta y dos movimientos distintos, y tras haber realizado setenta y uno sin éxito, Yang estaba exhausto y desesperado. Bajó la lanza, se volvió y se alejó. Pero justo como había previsto, el taoísta fue tras él, y haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban, Yang blandió el arma con ambas manos, giró medio cuerpo y volvió a darle una estocada en la cara. Conocido como el Caballo de Regreso, este movimiento se utilizaba tradicionalmente para romper formaciones enemigas. Yang Triunfo lo había usado para matar al hermano del general Yue antes de dejar a los rebeldes y unirse al ejército song.
El taoísta juntó las manos con una palmada y contuvo con fuerza la punta de la lanza justo antes de que se le clavara en la mejilla izquierda.
—¡Excelente!
Yang apoyó todo su peso en la lanza y empujó, pero ésta no se movió. Alarmado, tiró con todas sus fuerzas para retirarla, pero el taoísta la tenía bien agarrada. El sacerdote rió entre dientes. De repente movió la mano derecha y, rápido como el rayo, golpeó la empuñadura de la lanza con la palma. Yang sintió que se le entumecían la base del pulgar y el índice, y, al instante, el arma cayó a la nieve a sus pies.
—Después de todo, sí que pareces saber algo de la Lanza de la Familia Yang. —El taoísta sonrió—. Disculpa si te he ofendido. ¿Me harás el honor de decirme tu nombre?
Aún impresionado, Yang contestó sin pensarlo.
—Mi nombre de familia es «Yang», el que me dieron es «Corazón de Hierro».
—¿Eres descendiente del general Yang Triunfo?
—Sí, era mi bisabuelo.
El taoísta ahuecó el puño y asintió con la cabeza en señal de respeto.
—Os he tomado por canallas, pero resulta que descendéis de patriotas. Disculpadme, por favor. ¿Me perdonaréis el atrevimiento de preguntar el nombre de este señor?
—Me llamo Guo Furia Celeste.
—Es mi compañero de armas —añadió Yang—, el descendiente de Guo Prosperidad, uno de los héroes de los pantanos del monte Liang.
El taoísta hizo una nueva reverencia.
—Vuestro humilde servidor ha sido irrespetuoso y ha hecho suposiciones demasiado rápido. Por favor, perdonadme.
Guo y Yang se inclinaron a su vez.
—En absoluto. Reverencia, por favor, ¿pasaríais adentro para tomar más vino de arroz? —preguntó Yang al tiempo que recogía la lanza.
—¡Por supuesto! Me encantaría acompañaros.
Caridad y Li Lirio habían estado siguiendo la lucha con inquietud desde la entrada, y al oír las últimas palabras corrieron a calentar el vino.
Se sentaron a la mesa, y los hombres preguntaron al taoísta cómo se llamaba.
—Me llamo Qiu Chuji.
Yang se sobresaltó, y Guo se quedó igual de asombrado.
—¿Maestro Primavera Eterna?
—Ése es el nombre que me pusieron mis amigos taoístas. —Qiu Chuji les sonrió—. Yo no me atrevo a atribuirme semejante nombre.
—Maestro Primavera Eterna de la secta Quanzhen —dijo Guo—, es un honor conoceros.
Los dos hombres se arrojaron al suelo de tierra compacta de la cabaña en señal de respeto.
Qiu Chuji se levantó de su banqueta de un brinco y los ayudó a incorporarse.
—Hoy he matado a un traidor —empezó a explicar—. Me estaban persiguiendo los hombres del gobierno, y entonces vosotros, señores, de pronto me habéis invitado a pasar para beber algo. Estamos cerca de la capital y enseguida he advertido que no sois granjeros corrientes, de ahí que desconfiara.
—Mi amigo siempre ha tenido mal genio —dijo Guo con una sonrisa—. Y luego ha intentado luchar con el maestro. Teníais motivos para recelar.
—En efecto, los granjeros no suelen ser tan fuertes. Pensé que erais agentes secretos del gobierno.
Yang sonrió.
—No podía saberlo...
Los hombres continuaron bebiendo y charlando hasta que Qiu Chuji señaló la cabeza maltrecha que seguía en el suelo.
—Ése es Wang Daoqian, un traidor. El año pasado nuestro emperador lo envió para que presentara sus respetos al emperador jin con ocasión de su cumpleaños, pero una vez allí accedió a ayudarlos a invadir el sur. Lo perseguí durante diez días hasta que al fin lo atrapé.
—Tenemos mucha suerte de haber conocido al maestro —dijo Yang—. ¿No queréis quedaros un par de días con nosotros?
Sin embargo, justo cuando Qiu Chuji se disponía contestar, se le congeló la expresión y sus rasgos se endurecieron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Guo.
—Ha venido alguien en mi busca. Ocurra lo que ocurra, debéis permanecer aquí dentro. No salgáis bajo ninguna circunstancia. ¿Lo entendéis?
Los dos hombres asintieron. Qiu Chuji recogió la cabeza humana y salió. Una vez fuera trepó a las ramas de un árbol y se escondió en la densa copa.
Guo y Yang no entendían lo que estaba pasando. No oían nada salvo el aullido del viento. Esperaron, hasta que al cabo de unos minutos distinguieron, procedente del oeste, el leve sonido de unos cascos contra el suelo helado.
—¿Cómo lo ha oído? —preguntó Yang en un susurro.
El golpeteo rítmico de los cascos era cada vez más fuerte, y, en el horizonte, una nube de nieve se abría paso hacia la aldea. Al poco, aparecieron diez jinetes vestidos de negro y se detuvieron a cien metros de su puerta.
—A partir de ahí ya no se ven más huellas. Parece que ha habido una pelea.
Varios hombres desmontaron e inspeccionaron las huellas en la nieve.
—¡Registrad la casa! —bramó el oficial que daba la impresión de estar al mando.
Dos hombres más saltaron de sus caballos y aporrearon la puerta.
De repente, una sombra surcó el aire desde un árbol cercano y golpeó a uno de los hombres en la cabeza con tal fuerza que le partió el cráneo. Los demás empezaron a gritar al tiempo que rodeaban el árbol. Un hombre recogió el objeto del suelo.
—¡La cabeza de su excelencia Wang! —gritó conmocionado.
El oficial al mando desenvainó un sable, y el resto corrió para formar un círculo alrededor del tronco. El jefe gritó otra orden, y cinco hombres levantaron sus arcos y dispararon hacia la densa fronda que tenían encima.
Yang hizo ademán de sacar su lanza, pero Guo lo cogió del brazo.
—El maestro Primavera Eterna nos ha dicho que no salgamos —susurró—. Esperemos un poco al menos y cuando lo veamos verdaderamente apurado vamos a ayudarlo.
En ese preciso momento, una flecha surgió desde las ramas de lo alto y dio a un soldado que seguía a lomos de su caballo. El hombre gritó, se cayó de su montura y aterrizó en la nieve con un ruido sordo.
Qiu Chuji desenfundó, saltó del árbol y pasó por la espada a dos soldados antes de que pudieran reaccionar.
—¡Es el taoísta!
Qiu Chuji se inclinó rápidamente y luego, zas, zas, zas, restalló la espada en el aire, derribando a otros dos hombres de sus monturas. Yang observaba asombrado e intentaba seguir el movimiento de la espada del maestro. Era evidente que Qiu Chuji se había contenido cuando se había batido con él; de no ser así, para entonces Yang estaría muerto.
Qiu Chuji se movía como transportado por el viento; saltaba y rebotaba entre los caballos, las ramas y el suelo. Su rival siguiente fue el oficial al mando, quien continuaba impartiendo órdenes a sus hombres. Tenía cierto talento para la lucha, pero Guo y Yang sabían que Qiu Chuji estaba prolongando el duelo de forma deliberada con el fin de utilizar las pausas para acabar con el resto. Si mataba al jefe antes de liquidar a todos sus hombres, era posible que éstos huyeran.
Ya sólo quedaban seis. El oficial, consciente de que jamás vencerían al taoísta, dio media vuelta en su montura e intentó escapar. Qiu Chuji agarró la cola del animal con la mano izquierda, tiró ligeramente de ella y se elevó del suelo. Antes de ir a parar a lomos del caballo, ya había atravesado limpiamente la espalda del oficial por la región lumbar. Qiu Chuji tiró el cadáver al suelo, cogió las riendas del animal y comenzó a perseguir a los demás; su espada emitía unos destellos plateados que destacaban contra el blanco grisáceo de la tormenta. El viento absorbía los gritos a medida que un cuerpo tras otro caían a la nieve decorada con penachos de sangre.
Qiu Chuji se detuvo y miró a su alrededor. Sólo se oía el ruido de los caballos sin jinete que se alejaban al galope, con los cascos golpeteando la nieve suave y compacta. Volvió junto a la puerta, donde Guo y Yang lo esperaban, y les hizo un gesto con la mano.
—¿Qué os ha parecido?
Guo y Yang abrieron y salieron despacio.
—¿Quiénes eran, reverencia? —preguntó Guo todavía conmocionado.
—Lo sabremos cuando los registremos.
Guo se acercó hasta el cuerpo del oficial al mando y se inclinó para echarle un vistazo. Tenía el torso partido por la mitad y yacía en un charco de sangre. Le cogió la bolsa de cuero que todavía llevaba sujeta a la cintura y sacó un documento que parecía oficial. Era del magistrado Zhao e informaba de que el embajador jin había impartido la orden de que las tropas del gobierno song colaborasen en la captura del asesino de Wang Daoqian. A Guo le temblaban las manos de rabia cuando se incorporó. Estaba a punto de mostrar el documento a los otros dos hombres cuando Yang los llamó. En algunos de los cadáveres había encontrado unas etiquetas escritas en la lengua de los yurchen. Eran soldados jin.
—Por lo que parece, nuestro gobierno ha dado carta blanca a los soldados enemigos para capturar y matar a patriotas dentro de nuestras fronteras —comentó Guo—. ¿Así que ahora los oficiales song reciben órdenes de los jin?
—Incluso nuestro emperador debe de referirse a sí mismo como un funcionario al servicio los jin.
Yang suspiró.
—Nuestros oficiales y generales ya no son más que sus esclavos.
—Se supone que los monjes debemos ser buenos y mostrarnos compasivos, de obra y corazón; se supone que no debemos causar daño a ningún ser vivo —añadió Qiu Chuji con acritud—. Pero yo ya no podía contener más la ira contra esos traidores y enemigos que sólo hacen que torturar a nuestra gente.
—¡Habéis hecho bien en matarlos! —dijo Yang.
—¡Merecían morir! —coincidió Guo.
La aldea del Buey era pequeña, y en medio de una tormenta de nieve como aquélla todos permanecían en sus casas. De haber habido algún testigo, era poco probable que saliera a hacer preguntas. Yang fue a por dos palas y una azada, y entre los tres enterraron los cuerpos. Li Lirio y Bao Caridad barrieron la nieve empapada de sangre hasta que el hedor provocó arcadas a Caridad. Una niebla blanca le veló los ojos y, con un grito ahogado, cayó de rodillas.
Yang soltó la pala y corrió hasta ella.
—¿Qué ocurre?
Pero Caridad cerró los ojos y no respondió. Tenía el rostro y las manos tan blancos como la nieve que les caía encima.
Qiu Chuji se acercó a toda prisa, cogió a Caridad de la muñeca y le tomó el pulso. Una sonrisa le cruzó el rostro.
—¡Enhorabuena!
Yang se quedó atónito cuando Qiu Chuji le cogió la mano.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Cuando Caridad recuperó la consciencia con un gemido vio a los tres hombres de pie a su alrededor. La joven se levantó con dificultad, tímidamente, y, con la ayuda de Lirio, entró en casa, donde su amiga le sirvió una taza de té.
—Tu esposa está encinta.
—¿Estáis seguro?
—No soy experto en nada y tan sólo puedo atribuirme saber algo de tres cosas. Por lo que se refiere a estos pequeños trucos de kung-fu, no soy más que un mero principiante, y en cuanto a la poesía, soy capaz de escribir algunos pareados, pero nada más. Si puedo atribuirme alguna pericia con absoluta seguridad, sin embargo, es en el campo de la medicina.
—Reverencia, si lo vuestro son sólo «pequeños trucos de kung-fu», entonces lo nuestro no es más que un juego de niños.
Habían acabado de enterrar los cuerpos, de modo que recogieron las herramientas y entraron en casa para celebrarlo.
Yang no podía parar de sonreír. Si Qiu Chuji escribía poesía, razonó, sería la persona perfecta para dar nombre a su hijo, así como al de Guo.
—La esposa de mi hermano Furia Celeste también está encinta. ¿Os importaría, reverencia, pensar en dos nombres para nuestros hijos?
Qiu Chuji dio un sorbo a su cuenco de vino de arroz y pensó durante un rato.
—Para el hijo del maestro Guo, propongo «Guo Jing», que significa «serenidad», y para el del maestro Yang, «Yang Kang», que significa «vitalidad». Esto les recordará la humillación del año de Jingkang, cuando Kaifeng fue saqueada y el emperador fue capturado por los jin. Estos nombres servirán tanto si son niñas como si son niños.
Dicho eso se sacó dos dagas de la camisa y las dejó encima de la mesa. Eran idénticas en todos los aspectos, con una funda de cuero verde, empuñadura de oro y mango de marfil. Cogió una y grabó rápidamente en el mango los caracteres para «Guo Serenidad», como si escribiera con pincel y tinta. Luego grabó «Yang Vitalidad» en el mango de la otra y se volvió hacia los dos futuros padres.
—No llevo encima nada más apropiado, sólo este par de dagas. Para los niños.
Los dos hombres las aceptaron y le dieron las gracias. Yang desenfundó la suya y notó la hoja fría y afilada en su palma.
—Estas dagas llegaron a mis manos casi por accidente. Están muy afiladas, pero son demasiado pequeñas para que pueda utilizarlas. Serían perfectas para los niños. Dentro de diez años, si sigo siendo lo bastante afortunado para formar parte de este mundo, regresaré a la aldea del Buey y les enseñaré kung-fu.
Al oír aquello, los dos hombres se quedaron maravillados y le dieron las gracias una y otra vez a su reverencia.
—Los jin están ocupando el norte y torturando a la gente —continuó Qiu Chuji mientras daba los últimos sorbos al vino de arroz—. La situación no puede prolongarse mucho más. Señores, por favor, cuidaos.
Se puso en pie de inmediato y se dirigió a la puerta. Guo y Yang se levantaron enseguida para intentar convencerlo de que se quedara, pero ya se había adentrado en la tormenta.
—Los maestros como él van y vienen como el viento. —Guo suspiró—. Hemos tenido suerte de conocerlo hoy. Esperaba que pudiéramos hablar un poco más, pero por desgracia no ha sido posible.
Yang sonrió.
—Hermano, al menos hemos sido testigos de cómo el maestro Primavera Eterna ha matado a soldados jin.
Sostuvo la daga en alto y la desenfundó de nuevo. Mientras acariciaba la hoja con suavidad, alzó la vista de pronto hacia su amigo.
—Hermano, se me acaba de ocurrir una idea disparatada. Dime qué te parece.
—Cuéntame.
—Si nuestros hijos nacen varones, serán hermanos de juramento. Si son niñas, serán hermanas de juramento...
—Y si tenemos un niño y una niña, se casarán —lo interrumpió Guo.
Los hombres rieron y se abrazaron.
En ese momento entraron Li Lirio y Caridad, procedentes de la habitación de atrás.
—¿Por qué estáis tan contentos?
Yang repitió el acuerdo al que acababan de llegar y ellas se sonrojaron, felices de que sus familias se hubieran unido para siempre.
—Ahora intercambiemos las dagas como símbolo de nuestro compromiso —propuso Yang—. Si resultasen ser hermanos o hermanas de juramento, las cambiaremos de nuevo. Y si se casaran...
—Entonces, lo siento, pero ambas dagas pertenecerán a mi familia —interrumpió Guo.
Caridad se rió.
—Nunca se sabe. Tal vez el niño lo tengamos nosotros.
Los hombres intercambiaron las dagas y se las dieron a sus respectivas esposas para que las pusieran a buen recaudo.
Yang se había desplomado encima de la mesa y jugueteaba con la daga, más borracho de lo que creía. Caridad acompañó a su esposo a la cama y recogió los platos.
El cielo, de un azul marino, estaba salpicado de estrellas, pero aún había luz suficiente para salir a recoger las jaulas de las gallinas. Justo cuando cerraba la puerta de atrás, sin embargo, advirtió una mancha de sangre en la nieve a apenas unos metros de la casa. «Si no la limpio enseguida, podríamos tener problemas.» Se apresuró a coger la escoba y salió de nuevo a la gélida noche.
Sin embargo, la sangre no se detenía ahí. Caridad siguió el rastro con la escoba hasta los pinos situados detrás de la casa. La nieve también estaba removida; era evidente que alguien se había arrastrado hacia el bosque. Allí, junto a una vieja tumba cavada entre los árboles, advirtió un gran montículo negro.
Caridad se acercó para verlo mejor. Era el cuerpo de uno de los hombres con los que había luchado Qiu Chuji ese día. Estaba a punto de ir a despertar a su esposo para pedirle que lo enterrara cuando cayó en la cuenta de que en cualquier momento podía pasar alguien y verlo. No, mejor sería que tirase de él hasta algún arbusto cercano y luego fuese a avisar a su marido. Se acercó lentamente al cuerpo y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, lo agarró de la ropa.
De pronto, el hombre se revolvió y gimió.
¿Era un fantasma? El miedo la paralizó. Lo observó durante casi un minuto, pero el cuerpo no se movió. Cogió la escoba y lo tanteó con suavidad. Gimió de nuevo, sólo que esta vez el sonido fue mucho más leve. Seguía con vida. Caridad se inclinó sobre el cuerpo para mirarlo. En la parte posterior del hombro tenía clavada una flecha de colmillo de lobo. Continuaba nevando, aunque de forma mucho más ligera entonces, y una fina capa de nieve se había posado en el rostro del joven. No tardaría en morir de frío ahí fuera.
Caridad siempre había tenido un corazón de oro, desde que era apenas una niña. Siempre llevaba a casa gorriones, ranas e incluso insectos heridos para curarlos, y a los que no podía salvar los enterraba, con las lágrimas resbalándole por las mejillas. Su padre, un sabio procedente de la aldea de la Ciruela Roja, la había llamado así por su sensibilidad extraordinaria, y ella nunca permitió que su madre matara a ninguna de sus gallinas. El pollo que se sirviera en la mesa de la familia Bao debían llevarlo del mercado. En efecto, Caridad no había cambiado mucho a medida que había ido creciendo, y ésa era una de las cosas que Yang Corazón de Hierro adoraba de su esposa. El patio de atrás seguía siendo un santuario para gallinas, patos y cualquier otra criatura pequeña que lo escogiera como hogar.
Era impensable que dejase morir a ese hombre en la nieve. Pese a que sabía que debía de ser malo, no podía dejarlo allí. Se incorporó y corrió a la casa para discutirlo con su marido, pero Yang dormía profundamente y, por mucho que lo sacudiera, no iba a despertar.
Decidió que salvaría al hombre primero y se preocuparía por las consecuencias más tarde, así que corrió al armario de las hierbas medicinales y cogió los polvos coagulantes de su esposo; luego buscó un cuchillo pequeño y algunos retales de tela. Cogió la jarra de vino caliente que seguía encima del fogón y volvió corriendo afuera. El hombre no se había movido. Caridad lo ayudó a incorporarse y le vertió el vino que quedaba en la boca. Tenía algunos conocimientos básicos de medicina. La flecha estaba clavada a bastante profundidad, y si la retiraba, el hombre podía perder mucha sangre, pero si no la extraía, no habría forma de curar la herida. Así pues, inspiró hondo, hizo un corte alrededor de la punta de la flecha y tiró con todas sus fuerzas. El hombre gritó y se desmayó al instante. La sangre salió a borbotones de la herida y le cubrió la camisa a Caridad de salpicaduras de un rojo intenso. Pese a que el corazón le palpitaba con fuerza, contuvo el temblor de las manos, espolvoreó el coagulante sobre la herida y vendó el hombro todo lo ajustado que pudo con los retales. Al cabo de unos instantes, el hombre comenzó a recuperar la consciencia.
Caridad estaba tan asustada que apenas tenía fuerzas para incorporarlo, y menos para moverlo, pero se le ocurrió una idea. Fue al pequeño granero que había junto a la casa y cogió un tablón de madera, luego colocó al hombre encima y lo arrastró por la nieve como si fueran en un trineo.
Una vez que tuvo al herido a salvo y bajo techo en el granero, volvió con sigilo a la casa para cambiarse la camisa ensangrentada y lavarse la cara y las manos. A continuación llenó un cuenco con la sopa de pollo que quedaba, encendió una vela y regresó con el hombre. Su respiración se había vuelto regular, pero seguía siendo muy débil. Caridad se acercó a él y lo instó a incorporarse de nuevo para darle la sopa.
Le llevó el cuenco a los labios con una mano y con la otra acercó la vela a su rostro. Gracias al cálido resplandor, pudo echar un buen vistazo a sus facciones perfectas y a su nariz elegante, y estuvo a punto de soltar un grito ahogado. Era verdaderamente guapo. Caridad se sonrojó y empezó a temblar de tal modo que dejó caer una gota de cera en la lisa frente del joven.
Éste hizo una mueca y al alzar la vista se encontró con un rostro tan delicado como una flor, las mejillas ruborizadas como dos pétalos de rosa y un par de ojos amables que destellaban como estrellas reflejándose en un río.
—¿Te encuentras mejor? —susurró Caridad—. Toma, bébete el resto de la sopa.
El hombre intentó sostener el recipiente con las manos, pero se sentía demasiado débil y estuvo a punto de tirarse el caldo caliente por encima. Caridad cogió rápidamente el cuenco y continuó dándole de comer poco a poco.
Para cuando se acabó la sopa, sus mejillas habían recuperado algo de color. Contempló a la criatura celestial que lo cuidaba con tanta delicadeza, pero Caridad, avergonzada, desvió la mirada. Se puso en pie a toda prisa y le acercó un montón de paja para mantenerlo caliente. Salió del granero llevándose la vela consigo y volvió a la casa.
No durmió bien esa noche. Soñó que su esposo le clavaba la espada en el pecho al hombre, y que éste arremetía contra Yang con el sable; que el hombre la perseguía entre los pinos. Cada pocas horas se despertaba de una nueva pesadilla, empapada en sudor. Cuando el sol le calentó los párpados, se volvió y descubrió que el otro lado de la cama estaba vacío. Se incorporó. ¿Habría encontrado su marido al hombre? Se levantó, dobló la colcha, se puso el abrigo y salió a toda prisa en dirección a la estancia principal. Allí estaba Yang, sentado a la mesa y afilando la punta de su lanza. Lo saludó con una inclinación de la cabeza, salió hacia el granero y abrió la puerta de un empujón. Sin embargo, no vio a nadie, sólo una pila de paja revuelta. El hombre había desaparecido.
Más allá del granero, un rastro de pisadas recientes en la nieve conducía a unos pinos que había detrás de la casa. Pasó un buen rato sumida en sus pensamientos y mirando en la dirección que había tomado el hombre. Una ráfaga de un viento gélido le azotó las mejillas y, como si despertara de golpe, sintió un dolor fuerte en el estómago y le flaquearon las piernas. Regresó tambaleante al interior de la casa, donde su esposo la recibió con una sonrisa orgullosa.
—He preparado unas gachas de arroz para ti y para el bebé.
Caridad sonrió tímidamente y se sentó. Si Yang se enteraba de lo ocurrido la noche anterior, se enfadaría y se pondría celoso, así que, razonó su esposa, tendría que guardárselo para sí.
El invierno exhaló su último aliento y al fin regresó la primavera. Caridad tenía el vientre abultado, y los preparativos para la llegada del bebé habían apartado de su mente casi todos los pensamientos acerca del hombre de negro.
La familia Yang acababa de cenar, y Caridad se encontraba acurrucada junto al circulito de luz que proyectaba la lámpara, cosiendo ropa nueva para su marido. Yang estaba colgando los dos pares de alpargatas que acababa de confeccionar, listas para la primavera.
—Mañana iré a ver a Zhang, el carpintero, para ver si puede arreglar el arado que he roto esta mañana. —Yang miró a su esposa—. Por favor, no me hagas más ropa. Descansa, cariño. Piensa en el bebé.
Caridad alzó la vista hacia su esposo y sonrió mientras sus dedos seguían moviendo la aguja rápidamente por la tela. Yang se acercó a ella y le quitó la labor. Caridad se estiró, apagó la lámpara de un soplo y se fue con él a la cama.
A medianoche, Caridad se despertó de golpe cuando su esposo se incorporó en la cama. A lo lejos se oía el leve sonido de unos cascos que golpeteaban la tierra. No tardaron en oírlos por todas partes.
—¿Por qué hay tantos caballos?
Yang se levantó de un salto y empezó a vestirse. El ruido de los cascos era cada vez más fuerte; el perro de una casa vecina empezó a ladrar.
—Nos están rodeando.
—¿Qué ocurre? —A Caridad le temblaba la voz.
—No tengo ni idea —respondió su esposo al tiempo que le tendía la daga que les había regalado Qiu Chuji—. ¡Toma esto, para protegerte! —dijo, y descolgó la lanza de la pared.
Para entonces, el ruido había remitido hasta convertirse en un traqueteo intermitente, ahogado en gran parte por los relinchos de los caballos y los gritos de sus amos. Yang abrió uno de los postigos que daban a la fachada de la casa y miró fuera. El pueblo estaba rodeado por una compañía de soldados; la luz de sus antorchas iluminaba las cabañas de los vecinos. Algunos de los jinetes tranquilizaban a duras penas a los caballos inquietos mientras cabalgaban por entre las casas.
—¡Encontrad a los traidores! —gritó a sus hombres el comandante—. ¡Que no escapen!
¿Estaban buscando a Qu San? Yang no había visto al tabernero desde la llegada del invierno, que ya se había terminado. Incluso él tendría dificultades para enfrentarse a tantos hombres.
De repente, uno de los soldados gritó:
—¡Guo Furia Celeste! ¡Yang Corazón de Hierro! ¡Salid inmediatamente y afrontad las consecuencias de vuestros actos de traición!
Al oír esas palabras, Yang sintió que se le paraba el corazón y Caridad, que se había unido a su esposo junto a la ventana, se puso blanca como el papel.
—¡Vienen en busca de ciudadanos inocentes cuando los traidores se encuentran en sus propias filas! —exclamó Corazón de Hierro—. Furia Celeste y yo no podemos luchar contra tantos hombres a la vez. No nos queda más remedio que huir. No te preocupes, te protegeré con mi lanza.
Cogió un arco, se lo colgó al hombro y se colocó algunas flechas al cinto. Luego apretó con fuerza la mano de su esposa.
—Recogeré nuestras cosas —contestó ella.
—¿Nuestras cosas? Lo dejamos todo.
—Pero... ¿y la casa?
Una lágrima le resbalaba por la mejilla.
—Primero tenemos que concentrarnos en escapar. Crearemos un nuevo hogar en otra parte.
—Pero ¿y las gallinas? ¿Y los gatos?
—¿Cómo se te ocurre pensar en ellos en un momento como éste, boba? —Hizo una pausa y luego continuó—: ¿Qué iban a hacer ellos con tus gallinas y tus gatos?
—A las gallinas se las comen.
Justo entonces, por la ventana entró una luz rojiza y parpadeante que proyectó sombras en sus sencillos muebles. Los soldados acababan de prender fuego a dos chozas de paja cercanas. Los hombres que iban a pie avanzaban hacia ellos por la calle principal.
—¡Guo Furia Celeste! ¡Yang Corazón de Hierro! ¡Si no salís inmediatamente, prenderemos fuego a todo el pueblo!
Yang enrojeció de ira, y antes de que Caridad pudiera detenerlo, había abierto la puerta y había salido.
—Soy Yang Corazón de Hierro. ¿Qué queréis?
Dos soldados dejaron caer las antorchas y retrocedieron asustados.
Uno de los otros hombres cabalgó hasta la casa de la familia Yang y se detuvo delante.
—Así que ¿tú eres Yang Corazón de Hierro? Acompáñanos a ver al magistrado. —El hombre se volvió hacia los soldados de a pie y bramó—: ¡Apresadlo!
Cuatro hombres corrieron hacia él. Yang hizo girar la lanza a toda velocidad en un Arcoíris Cruza el Cielo y tumbó a tres soldados. Siguió con un Trueno Primaveral Ensordecedor, con el que levantó a uno con el asta de la lanza y lo arrojó hacia otros dos.
—Primero debéis decirme qué cargos se me imputan.
—¡Traidor! —bramó el hombre a caballo—. ¿Cómo osas resistirte al arresto? —Es posible que sonara valiente, pero era obvio que no tenía ganas de acercarse a él.
Otro hombre montado se puso al lado del primero.
—No opongas resistencia y no se sumarán cargos a los delitos existentes. Aquí tenemos los documentos oficiales para arrestarte.
—¡Dejadme verlos!
—¿Y qué hay del otro traidor, Guo Furia Celeste?
De pronto, Furia Celeste asomó la parte superior del cuerpo por la ventana de su casa, con un arco y una flecha.
—¡Aquí estoy! —gritó, y apuntó al primer jinete.
—Baja el arco y os leeré el documento.
—¡Léelo ya! —exigió Guo, estirando la cuerda con la flecha.
El soldado echó un vistazo al otro jinete, desenrolló el documento y empezó a leer.
—«Guo Furia Celeste y Yang Corazón de Hierro, de la aldea del Buey, prefectura de Lin’an, se los acusa de conspiración con intención de cometer un delito. Se ha emitido una orden de acuerdo con las leyes del Gran Imperio song, en nombre del emperador Ningzong.»
—¿Qué funcionario emitió la orden? —preguntó Guo.
—El canciller Han en persona.
Guo y Yang se quedaron de piedra. «¿Qué hemos hecho que haya merecido la cólera del canciller Han?», pensó Yang. ¿Se habrían enterado de la visita de Qiu Chuji?
—¿Quién nos acusa? —añadió Guo—. ¿Qué pruebas tienen contra nosotros?
—Sólo hemos recibido órdenes de capturaros y llevaros a la corte de Lin’an. Si queréis defender vuestro caso, podéis hacerlo ante el juez.
—La corte de Lin’an no hace otra cosa que hostigar a ciudadanos inocentes. ¡Lo sabe todo el mundo! —gritó Guo en respuesta—. ¡No vamos a tragarnos esta patraña!
Movió la flecha para apuntar al soldado que acababa de hablar.
—Entonces, ¿os resistís al arresto? —respondió el primer jinete—. Será otro delito que añadir a la lista.
Yang se volvió hacia su esposa.
—Rápido, abrígate más, te conseguiré su caballo. En cuanto dispare al comandante, cundirá el pánico entre los demás.
Sacó el arco de la bolsa y disparó una flecha, que acertó al oficial en el pecho.
—¡Aaay!
El hombre se tambaleó en el caballo y cayó con un ruido sordo al suelo. Los soldados empezaron a gritar sorprendidos.
—¡Apresadlos!
Los soldados de a pie se adelantaron corriendo. Yang y Guo comenzaron a disparar flechas todo lo rápido que pudieron y al cabo de unos segundos habían matado a siete hombres más entre los dos. Pero todavía quedaban muchos.
Con un aullido, Yang Corazón de Hierro levantó la lanza por encima de la cabeza y atacó a los soldados, que retrocedieron sorprendidos y asustados. Luego fue directo hacia un oficial que montaba en un caballo blanco a horcajadas y lo embistió con la lanza. El hombre trató de detenerla con la suya, pero Yang también fue más rápido y se la hundió en el muslo. Levantó al oficial como si fuese un pedazo de carne ensartado en la punta y lo derribó del caballo.
Yang clavó entonces la otra punta de la lanza en el suelo y saltó a lomos del animal. Al apretar las pantorrillas contra los flancos del caballo, éste se encabritó y retrocedió antes de avanzar hacia la casa. Yang clavó la lanza a otro soldado que estaba junto a la puerta, se agachó y levantó a Caridad con un solo brazo.
—¡Hermano, sígueme!
Guo hacía girar su alabarda doble ante la multitud mientras con la otra mano protegía a su mujer a la espalda. Los soldados que quedaban estaban atemorizados y, llevados por el pánico, empezaron a disparar flechas sin ton ni son.
Yang galopó hacia Guo y Lirio y desmontó.
—Hermana, monta.
Pese a sus protestas, la subió al caballo. Caridad cogió las riendas y guió al animal hacia delante. Los dos hombres siguieron a pie, alanceando y mutilando a cualquier soldado que tuviese el valor de acercarse a ellos.
De repente, se oyó un retumbo de cascos al oeste. Yang y Guo se miraron y empezaron a buscar una vía de escape. Justo entonces, Caridad gritó; el caballo había recibido un flechazo. Se tambaleó, dobló las patas delanteras hasta quedar arrodillado y cayó de costado, arrojando a las dos mujeres al suelo.
—Hermano, cuida tú de ellas —dijo Yang—, conseguiré otro caballo.
Cogió su lanza y corrió hasta el grupo de soldados que tenían delante. Cerca de una docena habían formado una línea y apuntaban sus flechas hacia él.
Guo pensó que había demasiados y que no parecían tener muchas posibilidades de escapar con sus esposas. Tal vez debían rendirse y defender su caso ante el tribunal. Ningún hombre había sobrevivido a la lucha contra Qiu Chuji aquella tarde de invierno, de modo que no podía haber testigos que declararan que habían participado, y mucho menos que hubieran asesinado a ningún soldado.
—¡Corazón de Hierro, para! —gritó Guo—. ¡Vayamos con ellos!
Yang se detuvo sorprendido y regresó corriendo, arrastrando la lanza por el suelo.
El oficial que comandaba el segundo grupo de soldados ordenó a los hombres que no dispararan y se volvió hacia los traidores.
—¡Deponed las armas y se os perdonará la vida!
—Hermano, no te creas sus mentiras —le siseó Yang a Guo.
Éste negó con la cabeza, y, sosteniéndole la mirada a su amigo, arrojó la alabarda doble al suelo. Yang se volvió hacia su esposa, cuyos ojos reflejaban un miedo que pareció alcanzarlo a él. Suspiró y tiró la lanza al suelo. Diez puntas de lanza aparecieron a centímetros de sus caras, y ocho soldados de a pie dieron un paso al frente para atarles las manos.
Yang mantuvo la cabeza alta, con una mueca de desdén en el rostro. El oficial al mando adelantó su caballo y golpeó a Yang en la mejilla con la fusta.
—¡Maldito traidor! ¿De verdad no te da miedo morir?
—¿Y tú cómo te llamas? —inquirió a su vez Yang, con un gruñido más que con una pregunta.
El hombre a caballo entró en cólera.
—Magistrado Duan, ¡su excelencia Duan para ti! No lo olvides. ¡Puedes hablarles de mí cuando llegues a las puertas del infierno!
Yang le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Tengo una cicatriz en la frente y una mancha de nacimiento en la mejilla derecha —continuó Duan—. ¿Ya sabes quién soy?
Al decir eso último lo fustigó en la otra mejilla.
—¡Es un buen hombre, no ha hecho nada malo! —exclamó Caridad—. ¿Por qué lo golpeas?
Yang escupió a Duan y la flema aterrizó en su mancha de nacimiento. Furioso, el magistrado desenvainó el sable.
—¡Voy a matarte ahora mismo, traidor asqueroso!
Levantó el arma muy por encima de la cabeza y la dejó caer torpemente.
A Yang no le resultó difícil apartarse. Dos soldados lo flanquearon y le pincharon los prietos músculos con la punta metálica de sus lanzas, con un movimiento de tenaza. Duan levantó el sable otra vez y lo blandió de un modo algo más elegante en esta ocasión. Incapaz de moverse hacia los costados, Yang sólo podía echarse atrás. A pesar de las apariencias, Duan había practicado artes marciales, e inmediatamente impulsó el sable hacia delante. La hoja tenía el filo dentado y consiguió atravesarle el hombro izquierdo. Duan lo retiró para volver a golpearlo.
En ese momento, Guo dio un gran salto y golpeó al magistrado en la cara con los pies. Duan intentó detenerlo con el sable, pero, a pesar de que tenía las manos atadas a la espalda, Guo logró retorcer la pierna izquierda y rodear el arma con ella, al tiempo que le clavaba el pie izquierdo en el estómago.
—¡Alanceadlos! —Duan tosió—. Tenemos órdenes de matarlos si se resisten.
Pero Guo había derribado a dos hombres de sendas patadas. Duan se le acercó por la espalda y, con un movimiento del sable, le hizo un corte a la altura del hombro. Yang había estado intentando liberarse de las cuerdas que le rodeaban la muñeca, pero ver a su más viejo amigo tan malherido le proporcionó nuevas fuerzas. Se soltó, propinó un puñetazo al soldado que tenía más cerca y le arrebató la lanza. Para entonces ya no tenía nada que perder: podía luchar o morirían todos. Alanceó a dos más rápidamente, uno detrás de otro.
Duan se encogió de miedo al advertir la determinación feroz y renovada en los ojos de Yang; el temor a matar a los soldados del gobierno había desaparecido. Los que quedaban huyeron.
En lugar de darles caza, Yang se volvió hacia su amigo. Se acuclilló junto a Guo. La sangre salía de la herida a borbotones, y su túnica beis ya tenía un lado empapado de un rojo intenso. Las lágrimas le resbalaban como riachuelos por las mejillas.
Guo se obligó a sonreír.
—Corazón de Hierro, no te preocupes por mí. Huye. ¡Huye!
—Voy a buscar un caballo —dijo Yang—. Pase lo que pase, te salvaré.
—No, no te preocupes. —Guo se desmayó.
Yang Corazón de Hierro se quitó la camisa para vendarle la herida. Pero Duan le había atravesado el hombro con la espada y le había alcanzado el pecho. Sería imposible contener la hemorragia. Guo recuperó la consciencia de nuevo.
—Hermano, salva a nuestras esposas. No sobreviviré.
Dicho esto, se quedó sin aliento y murió.
Desde pequeños, los dos amigos se consideraban familia. La ira inundó el pecho de Yang, que recordó el juramento que habían hecho mucho tiempo atrás: «Moriremos juntos, el mismo día, el mismo mes, el mismo año.» Yang miró a su alrededor. No tenía ni idea de qué había sido de sus esposas en medio del caos.
—¡Hermano, vengaré tu muerte! —gritó.
Luego cogió la espada y cargó contra el grupo de soldados que le quedaba más cerca.
Para entonces, los soldados habían vuelto a formar. El magistrado Duan emitió una orden y un enjambre de flechas hendió el aire en dirección a Yang. Él, sin embargo, continuó avanzando a través de la tormenta, desviando las flechas a golpes. Un oficial militar intentó pegarle con el sable en la cabeza, pero Corazón de Hierro se agachó y se metió bajo la panza de su caballo. El sable barrió el aire a tientas. El oficial estaba intentando dar media vuelta con el animal cuando una lanza le penetró la espalda y le atravesó el corazón. Yang derribó el cadáver, lo desenganchó de la punta de la lanza y se subió al caballo. Agitó la lanza hacia el resto de los soldados. Ninguno se atrevió a enfrentarse a él; en lugar de eso, decidieron huir.
Yang continuó persiguiéndolos durante un rato hasta que atisbó a uno de los oficiales que escapaba a caballo con una mujer colgada a lomos del mismo. Corazón de Hierro saltó del animal y ensartó a uno de los soldados de a pie con la lanza. Cogió el arco y la flecha del soldado, y apuntó lo mejor que pudo; con la luz de las casas en llamas como única guía, tensó y disparó. La flecha se clavó en los cuartos traseros del caballo, lo que hizo que se postrara de rodillas y los dos jinetes cayeran al suelo. Corazón de Hierro disparó de nuevo y mató al oficial. Entonces corrió hacia la mujer, que intentaba incorporarse a duras penas.
Caridad se arrojó aliviada a los brazos de su esposo.
—¿Dónde está nuestra hermana Li Lirio? —preguntó Yang.
—Más adelante. La han capturado.
—Quédate aquí y espérame. Voy a buscarla.
—Pero ¡vienen más soldados! —repuso Caridad, horrorizada.
Corazón de Hierro se volvió y vio que un puñado de antorchas se les acercaban.
—Nuestro hermano Guo está muerto —le indicó—. Tengo que encontrar a Li Lirio, para salvar su línea familiar. Los cielos se apiadarán de nosotros, ¡volveré a por ti!
Caridad se aferró al cuello de su marido para que no se marchara.
—Dijiste que nunca nos separaríamos. —Se le saltaban las lágrimas—. Lo dijiste tú mismo. Que íbamos a morir juntos.
Corazón de Hierro la estrechó entre los brazos y la besó. Luego la apartó y recuperó su lanza. Corrió varias decenas de metros, se detuvo y miró atrás. Allí seguía ella, acuclillada en la tierra, llorando. Con los soldados encima.
Corazón de Hierro se dio la vuelta y se limpió la mezcla de lágrimas, sudor y sangre de las mejillas con la manga. La familia Guo debía tener descendientes.
Continuó a pie hasta que divisó un caballo extraviado y a un hombre cerca.
—¿En qué dirección se han marchado los soldados? —preguntó.
—Por allí.
El hombre señaló. Corazón de Hierro espoleó el caballo con el talón.
Entonces oyó un grito. Un grito de mujer que procedía del bosque junto al camino. Tiró de las riendas para dar media vuelta y cabalgó en dirección a los árboles. Li Lirio había logrado zafarse de las cuerdas que le ataban las manos y se defendía de dos soldados. Era fuerte, una muchacha de campo robusta. Los soldados se reían y maldecían, pero no conseguían doblegarla. Corazón de Hierro se abalanzó sobre ellos y los atravesó con la lanza. Ayudó a Lirio a montar en su espalda y juntos regresaron a toda velocidad al lugar donde había dejado a su esposa.
Pero no encontraron a nadie.
Estaba amaneciendo. Corazón de Hierro desmontó y con las primeras luces de la mañana buscó cualquier huella de Caridad. Encontró marcas en el suelo; habían arrastrado a alguien por la tierra. Su esposa, capturada por soldados.
Corazón de Hierro volvió a montarse en el caballo y lo espoleó en el vientre. El animal galopaba a toda velocidad cuando oyó un toque de corneta y un grupo de diez soldados vestidos de negro y a caballo apareció en el camino. El primero blandía una maza de colmillo de lobo, pero Corazón de Hierro le cerró el paso, esquivando la maza con su lanza. El hombre desvió entonces el arma hacia el estómago de Corazón de Hierro, un movimiento poco habitual por aquellos pagos.
La maza de colmillo de lobo era un arma pesada y en el wulin no tenía muchos adeptos. Sin embargo, en el ejército jin gozaba de una gran popularidad. Los yurchen habían cobrado fuerza en la lucha contra el clima gélido del este del río Liao. En su invasión del norte, la maza de colmillo de lobo había sido el arma elegida.
Corazón de Hierro empezaba a recelar. A juzgar por el nivel y la calidad de sus destrezas, aquel hombre debía de ostentar un rango alto en el ejército jin. Pero ¿qué estaba haciendo allí? Corazón de Hierro arrojó la lanza y derribó al hombre del caballo. Los demás huyeron despavoridos.
Corazón de Hierro se volvió para comprobar que Li Lirio no estuviera herida. En ese momento, una flecha silbó cruzando el aire hacia él y se le hundió en la espalda.
—¡Hermano! —gritó Li Lirio.
Fue como si un témpano de hielo le atravesara el corazón. «Se acabó —se dijo Corazón de Hierro—. Pero primero debo derrotar a estos hombres para que Lirio pueda huir.»
Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, alzó la lanza, espoleó el caballo y corrió hacia el grupo de soldados. El dolor que sentía, no obstante, era excesivo. Un tupido velo le cubrió los ojos y se desmayó sobre el animal.
En el momento en que Corazón de Hierro la había apartado, Caridad había sentido como si la propia espada de su esposo le hubiese partido el corazón. En cuestión de segundos tenía a los soldados encima. No había escapatoria.
Uno de los oficiales le acercó una antorcha a la cara.
—Es ella —declaró—. ¿Quién iba a pensar que esos dos sureños solos iban a causar tantos daños a nuestros hombres?
—Al menos podemos decir que hemos sido nosotros los que hemos acabado el trabajo —afirmó otro—. Tendrán que darnos como mínimo diez taels de plata por el esfuerzo que hemos tenido que hacer.
—¡Ja! —resopló el primer oficial—. Me contentaré con que los generales nos dejen algunas monedas. —Se volvió hacia el corneta—. Es hora de regresar.
El corneta se llevó el instrumento a los labios y sopló.
Siguieron cabalgando. Caridad intentó tragarse las lágrimas. ¿Qué le había ocurrido a su esposo? El sol ya había salido. El camino comenzaba a llenarse de gente, pero en cuanto veían a los soldados, desaparecían. Caridad estaba sorprendida de que los hombres se mostraran educados, tanto al hablar como al comportarse, así que al cabo de un rato se notó más relajada.
Tras recorrer varios li, oyeron gritos más adelante. Un nuevo grupo de hombres vestidos de negro cargaron contra ellos desde un lado del camino.
—¡Alimaña asquerosa! —gritó el jefe—. ¡Matar a súbditos inocentes...! ¡Desmontad!
El oficial de mayor rango estaba furioso.
—¿Cómo os atrevéis, bandidos, a dejaros ver en los alrededores de la capital? ¡Venga ya!
Los hombres de negro se adelantaron a toda prisa. Compensaban que eran minoría con un mayor dominio del kung-fu.
Caridad permanecía en completo silencio, emocionada. Tal vez los amigos de su querido Corazón de Hierro habían acudido a rescatarla.
En medio del caos, una flecha voló hacia ella por la espalda y acertó a dar en la grupa de su caballo, que se sacudió y echó a correr hacia delante. Desesperada, rodeó el cuello del animal temiendo caerse. No tardó en oír el golpeteo de unos cascos que la seguían. Un caballo negro se puso a la altura del suyo y la adelantó. El hombre que lo montaba lanzó un lazo por los aires y atrapó la cabeza del animal emitiendo un chasquido. Luego soltó un silbido y frenó su montura en seco. La de Caridad se detuvo de golpe, relinchó y retrocedió.
Tras una noche tan larga y azarosa, Caridad estaba agotada. El terror y la aflicción la habían debilitado de tal forma que ya no era capaz de sujetar las riendas. Se desmayó y cayó del caballo al suelo.
Caridad iba despertándose a cada rato. No sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo. La envolvía una sensación cálida, y se imaginó acostada en una cama mullida, tapada con una colcha gruesa de algodón. Abrió los ojos, y lo primero que vio fue un elegante dosel verde decorado con flores por encima de ella y, al volverse, una lámpara encendida en una mesita de noche. ¿Eran imaginaciones suyas o hab