La buena gente de Goleen

Mucho antes de que descubriéramos que había engendrado dos hijos con dos mujeres distintas, una de Drimoleague y la otra de Clonakilty, el padre James Monroe se subió al altar de la Iglesia de Nuestra Señora Estrella del Mar, en la parroquia de Goleen, West Cork, y acusó a mi madre de ser una puta.

Toda la familia se había sentado en el segundo banco. Mi abuelo, junto al pasillo, lustraba con un pañuelo la placa de bronce en memoria de sus padres, clavada en el respaldo del banco de madera de delante. Llevaba su traje de los domingos, planchado la noche anterior por mi abuela, que retorcía un rosario de jaspe entre sus dedos nudosos mientras movía los labios en silencio, hasta que mi abuelo puso la mano sobre las suyas y le ordenó que se estuviera quieta. Mis seis tíos, todos con su reluciente pelo negro rociado de laca con aroma a rosa, estaban sentados al lado de mi madre en orden ascendente de edad y estupidez. Cada uno de ellos era unos dos centímetros más bajo que el de al lado, y esa diferencia se apreciaba claramente viéndolos desde atrás. Aquella mañana los chicos a duras penas podían mantener los ojos abiertos: la noche anterior se había organizado un baile en Skull y todos habían bebido como descosidos y llegado a casa en un estado lamentable, por lo que sólo llevaban durmiendo unas horas cuando su padre los había despertado para ir a misa.

Al final de la fila, debajo de un grabado en madera de la décima estación del Via Crucis, se encontraba mi madre, con un nudo en el estómago, aterrorizada por lo que iba a ocurrir. Apenas se atrevía a levantar la cabeza.

La misa empezó de la manera habitual, según me contó ella, con el cura recitando cansinamente los ritos introductorios y la congregación cantando el Kyrie fuera de tono. William Finney, un vecino de mi madre procedente de Ballydevlin, se acercó muy pomposo al púlpito y, tras aclararse la garganta delante del micrófono, se hizo cargo de las dos primeras lecturas litúrgicas, declamando con gran dramatismo, como si actuara sobre el escenario del teatro Abbey. El padre Monroe, sudando visiblemente por el grueso de sus vestiduras y la intensidad de su ira, dio paso a la aclamación y a la lectura del Evangelio antes de invitar a sus feligreses a que tomaran asiento. Tres monaguillos de mejillas sonrosadas corrieron a sentarse en su banco lateral intercambiando miradas nerviosas. Tal vez habían leído las notas del sacerdote en la sacristía, o lo habían oído repasar el sermón mientras se ponía la sotana por la cabeza. O tal vez, conocedores de la crueldad de la que era capaz ese hombre, simplemente se alegraban de que en esa ocasión no fuera dirigida a ellos.

—Toda mi familia es de Goleen, al menos hasta donde se remontan los registros —empezó el padre Monroe, contemplando ciento cincuenta cabezas levantadas y una inclinada hacia abajo—. Una vez me llegó el terrible rumor de que mi bisabuelo tenía parientes en Bantry, pero jamás he encontrado una sola prueba que lo confirmara. —El comentario provocó la risotada generalizada de los feligreses; un poco de fanatismo local no le hacía mal a nadie—. Mi madre —continuó—, una buena mujer, amaba esta parroquia. Se fue a la tumba sin haberse alejado más de unos pocos kilómetros de West Cork en toda su vida y nunca se arrepintió de ello. «Aquí vive buena gente», me decía siempre. «Buena, honesta y católica.» ¿Y sabéis una cosa? Nunca había tenido motivos para dudarlo. Hasta el día de hoy.

Un murmullo se extendió por toda la iglesia.

—Hasta el día de hoy —repitió lentamente el padre Monroe, negando con la cabeza en señal de pesadumbre—. ¿Ha venido Catherine Goggin esta mañana?

Miró a su alrededor como si no tuviera la menor idea de dónde podía encontrarla, a pesar de que ella se sentaba en el mismo banco todas las mañanas de domingo desde hacía dieciséis años. En ese momento, todos los hombres, mujeres y niños allí reunidos movieron la cabeza en su dirección. Todos excepto mi abuelo y mis seis tíos, claro, que mantuvieron la vista clavada al frente con decisión, y mi abuela, que inclinó la suya justo cuando mi madre la levantaba, en un sube y baja cargado de vergüenza.

—Catherine Goggin, ahí estás —dijo el cura, esbozando una sonrisa. Le indicó con un gesto que se acercara—. Sube aquí conmigo, como si fueras una buena chica.

Mi madre se levantó poco a poco y avanzó hacia el altar, un lugar donde hasta entonces sólo había estado para recibir la comunión. No se sonrojó, según me contaría años después, sino que se puso pálida. Ese día hacía calor en la iglesia, a la humedad del verano se había sumado el aliento de los inquietos parroquianos. Ella sintió que le flaqueaban las piernas y tuvo miedo de desmayarse y que la dejaran allí tirada, marchitándose y pudriéndose en el suelo de mármol para servir de ejemplo a las otras chicas de su edad. Miró nerviosa al padre Monroe y, por un segundo, percibió todo el rencor de sus ojos.

—Parece tan inocente —dijo el padre Monroe con una media sonrisa y mirando a su rebaño—. ¿Cuántos años tienes, Catherine? —le preguntó.

—Dieciséis, padre —dijo mi madre.

—Dilo más fuerte. Para que esa buena gente del fondo pueda oírte.

—Dieciséis, padre.

—Dieciséis. Ahora levanta la cabeza y mira a tus vecinos. A tu madre y a tu padre, que han llevado una vida decente y cristiana y que han supuesto un orgullo para sus propios padres. A tus hermanos, de quienes todos sabemos que son jóvenes buenos e íntegros, que trabajan duro y que jamás han llevado a ninguna muchacha por el mal camino. ¿Los ves, Catherine Goggin?

—Sí, padre.

—Si tengo que volver a decirte que hables más alto, te daré una bofetada aquí mismo, en el altar, y no habrá alma en esta iglesia que pueda culparme por ello.

—Sí, padre —repitió ella, más fuerte.

—«Sí.» Acabas de pronunciar por primera y última vez esta palabra en una iglesia. ¿Te das cuenta, pequeña? Nunca tendrás tu día de boda. Veo que te llevas las manos a la barriga. Un poco abultada, ¿no? ¿Escondes algo ahí?

Un murmullo se elevó entre las hileras de bancos. Obviamente, en la congregación se sospechaba desde hacía tiempo —¿qué otra cosa podía ser?—, pero les faltaba la confirmación. Amigos y enemigos intercambiaron miradas de reojo, anticipando mentalmente las conversaciones. «Los Goggin. Qué puede esperarse de esa familia.» «Él apenas es capaz de escribir su nombre y ella no puede ser más rara.»

—No lo sé, padre —dijo mi madre.

—No lo sabes. Claro que no lo sabes. Porque no eres más que una fulana ignorante y tienes el cerebro de un conejo. Y la misma moral, debería añadir. Todas las jovencitas que estáis aquí —dijo alzando la voz, al tiempo que se volvía para mirar a los habitantes de Goleen, que permanecían sentados sin quitarles ojo de encima—, todas vosotras, jovencitas, fijaos bien en Catherine Goggin y ved lo que les sucede a las muchachas dispuestas a entregar alegremente su honra y su virtud. Acaban con un bebé en el vientre y sin marido que cuide de ellas.

Un consistente rumor se adueñó de la iglesia. El año anterior se había quedado embarazada una chica de la isla Sherkin. Fue un escándalo. Lo mismo había ocurrido en Skibbereen dos Navidades atrás. ¿Se merecía Goleen la misma marca de ignominia? De ser cierto, la noticia habría corrido por todo West Cork antes de la hora del té.

—Ahora, Catherine Goggin —prosiguió el padre Monroe, poniéndole una mano en el hombro y apretando con fuerza el hueso entre los dedos—, delante de Dios y de tu familia y de toda la buena gente de esta parroquia, vas a nombrar al ingenuo que yació contigo. Vas a pronunciar su nombre ahora mismo, para que pueda confesarse y ser perdonado a ojos del Señor. Y después de eso, te marcharás de esta iglesia y de esta parroquia y jamás volverás a ensuciar el nombre de Goleen. ¿Me has oído?

Ella alzó la mirada y se volvió hacia mi abuelo, cuya cara parecía de granito mientras contemplaba la estatua de Jesús crucificado que colgaba detrás del altar.

—Tu pobre padre no puede ayudarte —dijo el sacerdote, siguiendo la dirección de su mirada—. Está claro que ya no quiere tener nada que ver contigo. Él mismo me lo dijo anoche, cuando se presentó en el presbiterio para comunicarme esta vergonzosa noticia. Y que nadie de los aquí presentes lo responsabilice de lo que ha pasado; Bosco Goggin ha criado a sus hijos de acuerdo a los valores católicos. ¿Qué culpa tiene él de que haya una manzana podrida en un barril lleno de piezas sanas? Catherine Goggin, dime el nombre de ese pobre ingenuo ahora mismo, dime su nombre para que podamos expulsarte y no tengamos que ver tu sucia cara nunca más. ¿O es que no sabes cómo se llama? ¿Se trata de eso? ¿Acaso han sido tantos que no puedes estar segura?

Un grave murmullo de incomodidad recorrió los bancos. Incluso en plena oleada de cotilleos, la congregación sintió que tal vez las cosas estaban llegando demasiado lejos, puesto que ese comentario involucraba en aquel acto inmoral a todos sus hijos. El padre Monroe, que había dado cientos de sermones en esa iglesia a lo largo de dos décadas y sabía captar el estado de ánimo de sus feligreses, trató de contenerse un poco.

—No —dijo—. No. Creo que todavía te queda una pizca de decencia y que fue un solo chaval. Pero has de decirme el nombre ahora mismo, Catherine Goggin, o te las verás conmigo.

—No lo diré —respondió mi madre, negando con la cabeza.

—¿Cómo?

—No lo diré —repitió ella.

—¿No lo dirás? Tú la timidez la dejaste atrás hace mucho tiempo. Te das cuenta, ¿verdad? El nombre, muchachita, o juro ante la cruz que te echaré a latigazos de esta casa de Dios sumida en la vergüenza.

Ella levantó la mirada y echó un vistazo a toda la iglesia. Fue como en una película, me diría más tarde, todos contenían el aliento y se preguntaban a quién señalaría con el dedo de la culpa. Todas las madres rezaban para que no fuera su hijo. O lo que era peor, su marido.

Abrió la boca y pareció a punto de dar una respuesta, pero cambió de idea y negó con la cabeza.

—No lo diré —repitió en voz baja.

—Entonces he terminado contigo —dijo el padre Monroe, que se puso detrás de ella y le propinó una fuerte patada en el trasero, que la hizo trastabillar con los escalones del altar y la obligó a parar el golpe con las manos, puesto que, incluso en esa etapa tan temprana de mi desarrollo, mi madre estaba dispuesta a protegerme a toda costa—. Largo de aquí, mujerzuela, y largo de Goleen. Llévate tu infamia a otro lugar. En Londres han construido casas para la gente de tu calaña, llenas de camas donde tumbarte y abrirte de piernas con el primero que pase y satisfacer tus perversiones.

Los feligreses lanzaron un grito ahogado de aterrorizado deleite al oír aquellas palabras; incluso los adolescentes, conmocionados ante semejantes ideas. Cuando mi madre se levantó del suelo, el sacerdote dio un paso adelante, la agarró del brazo y la arrastró por la nave de la iglesia, con las babas chorreándole por la boca y el mentón y la cara roja de indignación, y tal vez con una excitación visible para los que sabían dónde buscarla. Mi abuela volvió la cabeza, pero mi abuelo le dio un codazo en el brazo y ella apartó de nuevo la mirada. Mi tío Eddie, el menor de los seis y el más cercano a mi madre en edad, se levantó y gritó: «¡Ah, vamos, ya está bien!» A continuación, mi abuelo también se puso de pie y tumbó a su hijo de un puñetazo en la mandíbula. Después de eso, mi madre ya no consiguió ver nada más, porque el padre Monroe la arrojó al suelo del cementerio que se extendía al otro lado de la puerta, le ordenó que se marchara del pueblo en menos de una hora y declaró que desde ese día en adelante el nombre de Catherine Goggin no volvería a oírse ni a mencionarse en la parroquia de Goleen.

Ella se quedó tumbada en el suelo unos minutos, según me dijo, sabiendo que todavía quedaba más de media hora de misa, antes de emprender el regreso a su casa, donde suponía que ya habría una bolsa preparada para ella junto a la puerta de entrada.

—Kitty —dijo una voz a su espalda.

Para su sorpresa, vio a mi padre avanzar nervioso en su dirección. Lo había visto sentado en la última fila, por supuesto, mientras el cura la arrastraba hacia la puerta, y, dicho sea en su favor, parecía de lo más avergonzado.

—¿No has hecho ya suficiente? —preguntó ella, que se tocó la boca y luego se miró la sangre entre sus uñas sin cortar.

—Yo no quería que pasara nada de esto —dijo él—. Lamento mucho lo que te ha ocurrido, te lo aseguro.

—¿Lo que me ha ocurrido? —preguntó ella—. Si el mundo fuera diferente, nos habría ocurrido a los dos.

—Vamos, Kitty —dijo él con el apelativo que venía utilizando para ella desde que era una niña—. No seas así. Toma un par de libras —añadió pasándole dos billetes verdes irlandeses—. Esto debería ayudarte a empezar de nuevo en otro sitio.

Ella miró los billetes un instante antes de romperlos lentamente por la mitad.

—Ah, Kitty, no tenías por qué...

—No importa lo que haya dicho ese hombre, yo no soy una puta —le dijo, haciendo una bola con los pedazos y lanzándoselos—. Toma tu dinero. Con un poco de cinta adhesiva puedes volver a juntarlos y utilizarlos para comprarle a mi tía Jean un bonito vestido para su cumpleaños.

—Cristo bendito, Kitty, ¿quieres bajar la voz, por el amor de Dios?

—Ya no volverás a oírla —dijo ella dándose la vuelta para ir a su casa y luego subirse al último autocar de la tarde a Dublín—. Buena suerte.

Y así fue como se marchó de Goleen, el lugar donde había nacido y al que no volvería hasta sesenta años más tarde, cuando regresó conmigo a ese mismo cementerio y buscó entre las lápidas lo que quedaba de la familia que la había echado de allí.

Un billete de ida

Tenía ahorros, por supuesto: unas pocas libras escondidas en una media que guardaba en un cajón de la cómoda. Mi madre solía hacerle recados a una anciana tía, muerta tres años antes de su caída en desgracia, que siempre la recompensaba con unos cuantos peniques, que se habían ido acumulando con los años. Además, le quedaba algo del dinero de la comunión e incluso un poco de la confirmación. Ella nunca había sido derrochadora. Tenía pocas necesidades y las cosas que podrían haberle gustado ni siquiera sabía que existían.

Como había supuesto, cuando llegó a su casa encontró un bolso cuidadosamente preparado apoyado junto a la puerta, con su abrigo y su gorra tirados encima. Decidió dejar esas dos prendas sobre el brazo del sofá, puesto que eran usadas, heredadas de algún familiar, y suponía que la ropa de domingo que llevaba puesta le sería de más utilidad en Dublín. Abrió el bolso y buscó la media que hacía las veces de monedero. Allí estaba, guardando con celo su secreto tal como ella misma había hecho con el suyo hasta la noche anterior, cuando su madre había entrado en su dormitorio sin llamar a la puerta y la había descubierto de pie frente al espejo con la blusa desabrochada, acariciándose la barriga con una mezcla de temor y fascinación.

El viejo perro la observó desde su sitio frente a la chimenea y le dedicó un prolongado bostezo, pero no trotó hacia ella moviendo la cola como hacía siempre, a la espera de una caricia o un cumplido.

Fue a su dormitorio para ver si había algo que quisiera llevarse consigo. Estaban los libros, por supuesto, pero ya los había leído todos, y además también habría libros al final de su viaje. En la mesita de noche había una estatuilla de porcelana de santa Bernardita; sin más motivo que irritar a sus padres, la puso de cara a la pared. Revisó el contenido de una cajita de música que había pertenecido a su madre y en la que guardaba tesoros y recuerdos, mientras la bailarina giraba y sonaba «La Esmeralda», de Pugni. Finalmente decidió que todas esas cosas pertenecían ya a otra vida, así que cerró la caja de golpe y la bailarina se dobló por la cintura antes de desaparecer.

«Perfecto», pensó ella al salir de su casa por última vez y enfilar la calle en dirección a la Oficina de Correos, donde se sentó sobre la hierba seca hasta que llegó el autocar. Se instaló en la parte de atrás, al lado de la ventanilla abierta, y se obligó a respirar a un ritmo regular durante todo el trayecto para no marearse. El autocar siguió por una carretera empedrada e hizo varias paradas, en Ballydehob, a la entrada de Leap, en Bandon y en Innishannon, antes de doblar hacia el norte y entrar en la ciudad de Cork propiamente dicha, que ella nunca había visitado pero que según su padre estaba llena de apostadores, protestantes y borrachos.

Por dos peniques, se tomó un bol de sopa de tomate y una taza de té en una cafetería de Lavitt’s Quay. Luego caminó por la orilla del río Lee hasta Parnell Place, donde compró un billete a Dublín.

—¿Lo quieres de ida y vuelta? —le preguntó el conductor mientras hurgaba en su cartera para entregarle el cambio—. Te costará más barato, si has de volver.

—No voy a volver —respondió ella y agarró el billete de las manos del conductor y lo guardó cuidadosamente en su monedero. Pensó que merecía la pena conservar como recuerdo ese papel que llevaba impresa en tinta negra la fecha del comienzo de su nueva vida.

De las afueras de Ballincollig

Una persona con menos entereza habría sucumbido al miedo o la tristeza a medida que el autocar se alejaba del andén para emprender el trayecto hacia el norte, pero no así mi madre, convencida de que los dieciséis años que había pasado en Goleen, donde siempre la habían ignorado, hablado con desprecio y, en definitiva, querido menos que a sus seis hermanos, la habían preparado para ese momento de independencia. A pesar de su juventud ya había asumido su condición de embarazada, que, según me contaría años después, descubrió junto a una pila de cajas de naranjas en el colmado de Davy Talbot, en la calle principal: allí notó una patada de mi pie aún sin formar contra su vejiga, una pequeña molestia que podía haberse debido a cualquier cosa pero que ella supo en el acto que se trataba de mí. Ni siquiera se planteó la posibilidad de ponerle fin en alguna habitación oscura, a pesar de que entre las chicas del pueblo corría el rumor de que una viuda de Tralee hacía cosas horribles con sales de Epsom, bolsas aspiradoras de goma y unos fórceps. Por seis chelines, decían, podías entrar y salir de su casa en un par de horas pesando entre un kilo y un kilo y medio menos. No, ella tenía muy claro lo que iba a hacer cuando yo naciera. Sólo tenía que esperar mi llegada para poner en marcha su Gran Plan.

El autocar para Dublín iba lleno y en la primera parada subió un joven con una vieja maleta marrón que antes de avanzar se fijó en los escasos asientos vacíos que quedaban. Se detuvo un momento al lado de mi madre y ella sintió que la miraba, pero no quiso corresponderle; si era un conocido de la familia y se había enterado de su vergüenza, no dudaría en hacerle algún comentario hiriente con sólo verle la cara. El joven, sin embargo, no dijo nada y siguió andando por el pasillo. Cuando el autocar ya había recorrido otros ocho kilómetros de carretera, él se acercó de nuevo hasta donde estaba mi madre y señaló el asiento vacío a su lado.

—¿Te importa? —preguntó él.

—¿No había sitio al fondo? —preguntó ella mirando hacia la parte trasera del autocar.

—El tipo que estaba sentado a mi lado está comiendo bocadillos de huevo y el olor me da náuseas.

Ella se encogió de hombros y apartó su abrigo para permitirle que se sentara, mientras lo miraba fugazmente de soslayo. Vestía un traje de tweed, se había aflojado la corbata y llevaba una gorra, que sostenía entre las manos. Mi madre calculó que debía de ser un par de años mayor que ella, andaría por los dieciocho o diecinueve, pero, aunque ella era lo que en aquella época se denominaba una «coqueta», el embarazo junto con los dramáticos acontecimientos de esa misma mañana le habían quitado las ganas de flirtear. Los chicos del pueblo le habían hecho proposiciones muchas veces, claro, pero ella jamás había mostrado interés, granjeándose una reputación de joven virtuosa que ahora había quedado hecha trizas. De ciertas chicas se decía que con sólo insistirles un poco ya te hacían o te enseñaban algo, o que al menos te besaban, pero Catherine Goggin nunca había sido una de ellas. Le dio por pensar que los chicos del pueblo se habrían quedado de piedra al enterarse de su caída en desgracia, algunos incluso se estarían arrepintiendo de no haberse esforzado un poco más en seducirla. En su ausencia, dirían que siempre había sido una chica fácil, y eso a mi madre le preocupaba, pues sabía que la sórdida imaginación de aquellos chicos acabaría dando forma a una mujer que no tendría nada que ver con ella más allá del nombre.

—Al final, un día bonito —dijo el chico que se había sentado a su lado.

—¿Qué has dicho? —preguntó ella, volviéndose para mirarlo.

—He dicho que ha quedado un día bonito —repitió él—. Bastante bonito para esta época del año.

—Supongo que sí.

—Ayer llovió y esta mañana parecía que iba a caer una buena. Pero, ya ves, ni una gota. Un día radiante.

—Parece que te gusta hablar del tiempo, ¿no? —preguntó ella, sin que le importase lo más mínimo el tono sarcástico de su voz.

—Me crié en una granja —respondió él—. Es algo natural para mí.

—Para mí también —dijo ella—. Mi padre se ha pasado la mitad de su vida contemplando el cielo u olfateando el aire de última hora de la tarde para ver si podía anticiparse a lo que ocurriría al día siguiente. Dicen que en Dublín siempre llueve. ¿Tú te lo crees?

—Supongo que pronto lo sabremos. Tú eres de las que van hasta el final, ¿verdad?

—¿Perdona?

A él se le puso la cara roja como un tomate, desde la base del cuello hasta la punta de las orejas; a ella le fascinó la velocidad de esa transformación.

—Hasta Dublín, quiero decir —rectificó él rápidamente—. ¿Llegas hasta Dublín o te bajas en una de las paradas de antes?

—¿Quieres que te deje el asiento de la ventana? —preguntó ella—. ¿Es eso? Porque si lo quieres te lo doy. A mí me da igual.

—No, no, para nada —dijo él—. Era sólo una pregunta. Aquí estoy bien. A menos que a ti también te dé por comer bocadillos de huevo.

—No he traído nada de comida —replicó ella—. Ojalá tuviera algo.

—Yo llevo medio jamón cocido en la maleta —dijo él—. Puedo cortarte una loncha, si te apetece.

—No puedo comer en el autocar. Me dan náuseas.

—¿Puedo preguntarte cómo te llamas?

Mi madre titubeó.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Así podré llamarte por tu nombre.

Ella lo miró a la cara y por primera se fijó en lo guapo que era. Tenía rasgos de chica, me dijo años después. Una piel fina que jamás había sufrido el tirón de una hoja de afeitar. Pestañas largas. Pelo rubio e indomable, que se le arremolinaba en la frente y le caía sobre los ojos. Había algo en sus modales que le dio a entender que no representaba ninguna amenaza, así que, finalmente, cedió y bajó la guardia.

—Me llamo Catherine —dijo—. Catherine Goggin.

—Encantado —respondió él—. Yo me llamo Seán MacIntyre.

—¿Eres de la ciudad, Seán?

—No, soy de las afueras de Ballincollig. ¿Conoces esa zona?

—La conozco de oídas, pero nunca he estado. Nunca he estado en ninguna parte, a decir verdad.

—Bueno, ahora estás yendo a alguna parte —repuso él—. A la gran ciudad.

—Sí, es cierto —le respondió ella y se volvió para mirar por la ventana los prados y a los niños trabajando en los pajares, que saltaban y saludaban con la mano cuando veían acercarse el autocar por la carretera.

—¿Tú subes y bajas a menudo? —preguntó Seán al cabo de unos segundos.

—¿Si yo qué? —replicó ella, frunciendo el ceño.

—Si vas a Dublín —dijo él, llevándose una mano a la cara, y tal vez preguntándose por qué todo lo que le decía parecía sonar mal—. Si haces a menudo este trayecto por carretera. ¿Tienes familia allí?

—No conozco a nadie fuera de West Cork —le dijo—. La ciudad es un misterio para mí. ¿Y tú?

—Jamás he estado en Dublín, pero un amigo mío fue hará cosa de un mes y enseguida consiguió trabajo en la destilería Guinness. Me dijo que si me interesaba también había un puesto para mí.

—Pero ¿los que trabajan ahí no están todo el día bebiéndose la cerveza? —preguntó ella.

—No creo, seguro que hay normas. Y jefes, ya sabes. Debe de estar lleno de tipos vigilando que nadie se la beba. Pero mi amigo me ha contado que el olor de ese sitio puede volverte medio loco. Por el lúpulo y la cebada y la levadura... y qué sé yo. Me ha dicho que se huele en las calles de los alrededores y que los que viven cerca van por ahí con cara de tonto todo el día.

—Probablemente estarán todos borrachos —dijo mi madre—. Y sin que les cueste ni un penique.

—Mi amigo dice que los recién llegados tardan unos días en acostumbrarse al olor y que hasta entonces te encuentras bastante mal.

—A mi padre le gusta la Guinness —dijo mi madre, recordando el sabor amargo de las botellas de etiqueta amarilla que mi abuelo llevaba de vez en cuando a casa y que ella había probado en una ocasión, cuando él no estaba mirando—. Va al pub todos los miércoles y viernes por la noche, puntual como un reloj. Los miércoles no se toma más de tres pintas con sus amigos y vuelve a casa a una hora decente, pero los viernes por la noche se emborracha de verdad. Es capaz de llegar a las dos de la madrugada y sacar a mi madre de la cama para que le prepare un plato de salchichas y morcilla, y si ella se niega la amenaza con darle un puñetazo.

—Todas las noches eran viernes para mi padre —dijo Seán.

—¿Por eso quieres marcharte?

Él se encogió de hombros.

—En parte, sí —dijo después de una larga pausa—. En realidad, tuvimos algunos problemas en casa. Lo mejor que podía hacer era marcharme.

—¿Qué clase de problemas? —preguntó ella, intrigada.

—¿Sabes qué? Creo que prefiero olvidarlo, si no te importa.

—Por supuesto —dijo ella—. No es asunto mío.

—No lo he dicho por eso.

—Lo sé. No te preocupes.

Él abrió la boca para añadir algo más, pero ambos se distrajeron cuando un niño pequeño pasó corriendo de un lado a otro del pasillo del autocar. Llevaba un penacho de plumas en la cabeza y hacía los típicos gritos de guerra de los indios nativos norteamericanos, unos alaridos que habrían dado dolor de cabeza a un sordo. El conductor del autocar lanzó un bramido y dijo que, si nadie controlaba al niño, los llevaría a todos de vuelta a Cork y se quedaría el importe de los billetes.

—¿Y qué hay de ti, Catherine? —preguntó Seán cuando se reestableció la calma—. ¿Qué te lleva a la capital?

—Si te lo cuento —dijo mi madre, que por alguna razón sentía que podía confiar en ese desconocido—, ¿me prometes que no harás ningún comentario cruel? Hoy he tenido que oír muchas cosas desagradables y, sinceramente, no podría soportar ni una más.

—Yo siempre intento no decir nada desagradable —replicó Seán.

—Voy a tener un bebé —dijo mi madre mirándolo directamente a los ojos y sin una pizca de vergüenza—. Voy a tener un bebé y no tengo un marido que me ayude a criarlo. Y no puedes imaginarte el escándalo que se ha montado. Mis padres me han echado de casa y el cura me ha ordenado que me marche de Goleen y deje de ensuciar el nombre del pueblo.

Seán asintió y esta vez, a pesar de lo indecoroso del asunto, no se sonrojó.

—Claro, esas cosas pasan, supongo —dijo—. Nadie es perfecto.

—Éste sí —respondió mi madre señalándose la barriga—. Al menos, por el momento.

Seán sonrió y miró hacia delante. Después de eso no se dijeron nada durante un buen rato; seguramente los dos dormitaban, o a lo mejor sólo cerraban los ojos para dar esa impresión y así poder quedarse a solas con sus pensamientos. En cualquier caso, había pasado una hora cuando mi madre se volvió hacia su acompañante y le tocó suavemente el antebrazo.

—¿Sabes algo de Dublín? —le preguntó, quizá tras caer en la cuenta de que no tenía la menor idea de qué haría o adónde iría al llegar allí.

—Sé que en la ciudad está la sede del Parlamento, el Dáil Éireann, y que el río Liffey la cruza por el centro y que los grandes almacenes Clerys están en una calle ancha y larga que se llama Daniel O’Connell.

—En todos los condados de Irlanda debe de haber también una calle Daniel O’Connell.

—Es cierto. Igual que hay la calle de las tiendas. Y una calle principal.

—Y una calle del puente.

—Y una calle de la iglesia.

—Dios nos libre de las calles de la iglesia —dijo mi madre, y soltó una carcajada, y luego Seán se rió también; un par de jóvenes riéndose nerviosamente de su propia irreverencia—. Iré al infierno por esto —añadió ella cuando dejaron de reírse.

—Seguramente, todos iremos al infierno —dijo Seán—. Y yo el primero.

—¿Por qué tú el primero?

—Porque soy mala persona —respondió él guiñándole un ojo. Ella volvió a reír, pero tenía ganas de ir al baño y se preguntó cuánto debía faltar para la próxima parada. Años después me dijo que ése fue el único momento, en todo el tiempo que estuvieron juntos, en que sintió cierta atracción por Seán. Fantaseó con la idea de que bajarían del autocar convertidos en novios, se casarían en menos de un mes y me criarían entre los dos. Un bonito sueño, supongo, pero jamás se iba a cumplir.

—No me pareces mala persona —dijo ella.

—Uy, deberías verme cuando me dejo ir.

—Lo tendré presente. Pero háblame de ese amigo tuyo. ¿Desde hace cuánto dices que está en Dublín?

—Hace poco más de un mes.

—¿Y lo conoces bien?

—Sí, claro. Nos conocimos hace un par de años, cuando su padre compró la granja de al lado de la nuestra. Somos muy amigos desde entonces.

—Debéis de serlo si te ha conseguido un trabajo. La mayoría de la gente sólo se preocupa por ella misma.

Él asintió y miró al suelo, luego a sus uñas y finalmente a la ventanilla.

—Portlaoise —dijo leyendo un cartel—. Ya estamos cerca.

—¿Tienes algún hermano o hermana que vaya a echarte de menos? —preguntó ella.

—No —respondió Seán—. Soy hijo único. Después de nacer yo, mi madre no pudo tener más hijos y mi padre jamás se lo perdonó. Él anda con otras. Tiene varias queridas, pero nadie dice nada; de hecho, el cura dice que un hombre merece que su esposa le llene la casa de hijos y que no tiene sentido cultivar un campo yermo.

—Son un encanto, ¿verdad? —soltó mi madre, y Seán frunció el ceño; por muchas trastadas que hubiese hecho no parecía acostumbrado a burlarse del clero—. Yo tengo seis hermanos —añadió mi madre al cabo de unos segundos—. Cinco de ellos tienen paja en la cabeza en lugar de cerebro. El único con el que tengo relación, Eddie, el más pequeño, quiere ser cura.

—¿Cuántos años tiene?

—Uno más que yo. Diecisiete. En septiembre empieza el seminario. No creo que pueda ser feliz allí, porque sé a ciencia cierta que las chicas lo vuelven loco. Pero es el más joven y ya han parcelado la granja para los dos primeros, los dos siguientes van a ser maestros y el quinto es incapaz de trabajar porque es un poco tonto. El único que queda es Eddie, así que él va a ser el cura de la familia. Este asunto los tiene a todos entusiasmados. Supongo que yo me lo voy a perder —añadió con un suspiro—. Me refiero a lo de las visitas y los hábitos y la ordenación del obispo. ¿Crees que a las mujeres caídas en desgracia se les permite escribir cartas a sus hermanos seminaristas?

—Yo no sé nada de esa clase de vida —respondió Seán, negando con la cabeza—. ¿Puedo hacerte una pregunta, Catherine? Si no quieres contestarla puedes mandarme a freír espárragos.

—Bueno, adelante.

—¿El padre no quiere asumir la responsabilidad de... ya sabes... el bebé?

—Ni loco —dijo mi madre—. Estoy segura de que está encantado de que me haya marchado del pueblo. Si alguien se enterara de quién es el padre, todos pondrían el grito en el cielo.

—¿Y a ti no te preocupa?

—¿El qué?

—¿Cómo te las vas a apañar?

Ella sonrió. Seán era inocente y amable, tal vez un poco ingenuo, y una parte de ella se preguntó si una gran ciudad como Dublín sería el lugar adecuado para un muchacho como él.

—Claro que estoy preocupada —dijo—. Estoy preocupadísima. Pero también estoy ilusionada. Odiaba vivir en Goleen. Tenía muchas ganas de largarme.

—Conozco esa sensación. West Cork te acaba afectando de un modo extraño si te quedas demasiado tiempo.

—¿Cómo se llama tu amigo? ¿El que está en la Guinness?

—Jack Smoot.

—¿Smoot?

—Sí.

—Qué apellido tan raro.

—Creo que una parte de su familia es holandesa. Llegaron hace muchos años.

—¿Crees que podría encontrarme un trabajo a mí también? Quizá podría trabajar en las oficinas.

Seán miró a lo lejos y se mordió el labio.

—No lo sé —respondió lentamente—. Si te soy sincero, no me gustaría tener que preguntárselo. Ya se ha expuesto bastante al buscar trabajo para mí, apenas llevaba una semana allí.

—Sí, claro —dijo mi madre—. No debería habértelo preguntado. Si no encuentro otra cosa, podría acercarme por allí algún día. Lo haré por mi cuenta, claro. Me colgaré un cartel en el cuello que diga: «Chica honesta busca trabajo. Solicitará la baja laboral en unos cuatro meses.» No debería hacer bromas sobre este tema, ¿verdad?

—Supongo que no tienes nada que perder.

—¿Crees que hay mucho trabajo en Dublín?

—A mí me da que no vas a tener que buscar durante mucho tiempo. Tú eres... ya sabes... tú eres...

—¿Yo soy qué?

—Guapa —dijo Seán encogiéndose de hombros—. Y eso a los jefes les gusta, ¿no? Siempre podrías trabajar de dependienta.

—Dependienta —dijo mi madre, asintiendo lentamente, planteándoselo.

—Sí, de dependienta.

—Supongo que sí.

Tres patitos

Según mi madre, Jack Smoot y Seán MacIntyre se parecían como un huevo a una castaña, por eso le sorprendía que se llevaran tan bien. Seán era extrovertido y de tan bonachón resultaba ingenuo. Smoot era más sombrío y reservado, dado a sufrir prolongados períodos de amargura e introspección que a veces, como ella misma descubriría, lo sumían en la desesperación.

—El mundo —le soltó Smoot a mi madre pocas semanas después de conocerse— es un lugar terrible en el que hemos tenido la desgracia de nacer.

—De todas maneras, el sol sigue saliendo —respondió ella con una sonrisa—. Al menos tenemos eso.

Cuando el autocar llegó a Dublín, Seán no podía contener la emoción, y desde el asiento de al lado miraba por la ventana con los ojos abiertos como platos, observando las calles desconocidas y los enormes edificios, más apiñados que los de Ballincollig, a medida que se adentraban en la ciudad. El conductor se detuvo finalmente en Aston Quay y él fue el primero en coger su maleta de los estantes altos del autocar, como si le pusiera nervioso esperar a que los pasajeros de las filas delanteras recogieran sus pertenencias. Cuando por fin pudo apearse, miró a su alrededor ansiosamente hasta que, en el otro extremo del andén, vio a un hombre andando hacia él desde la pequeña sala de espera que hay junto a los grandes almacenes McBirney y esbozó una sonrisa de alivio.

—¡Jack! —exclamó con la voz casi ahogada de felicidad al tiempo que aquel hombre, que debía de tener uno o dos años más que él, se le acercaba.

Se quedaron de pie sonriendo, uno enfrente del otro, durante unos segundos antes de darse un cálido apretón de manos. Smoot, visiblemente contento y juguetón, algo muy raro en él, le sacó la gorra a Seán y la lanzó al aire.

—Bueno, has venido —dijo.

—¿Acaso tenías alguna duda?

—No estaba seguro. Pensaba que ibas a dejarme aquí plantado como el asno de O’Donovan.

Mi madre caminó hacia ellos, tan feliz como el resto de los pasajeros al verse otra vez al aire libre. Smoot, que obviamente ignoraba que aquellos dos habían trazado un plan en el trayecto que iba de Newbridge a Rathcoole, no le prestó ninguna atención y se concentró exclusivamente en su amigo.

—¿Qué tal está tu padre? —preguntó—. ¿Y tú...?

—Jack, ella es Catherine Goggin —dijo Seán cuando mi madre se puso a su lado, intentando que su presencia fuese lo menos molesta posible. Smoot la miró fijamente sin comprender el motivo de aquella presentación.

—Hola —dijo después de una breve pausa.

—Nos hemos conocido en el autocar —continuó Seán—. Nos hemos sentado juntos.

—Ah, ¿sí? —dijo Smoot—. ¿Has venido a visitar a algún pariente?

—No exactamente —dijo mi madre.

—Catherine está pasando por algunas dificultades —explicó Seán—. Sus padres la han echado de casa y no quieren que vuelva, así que ha venido a probar suerte a Dublín.

Smoot asintió, apretando la lengua contra la mejilla mientras procesaba la información. Tenía el pelo oscuro, tan oscuro como claro era el de Seán, y las mejillas picadas con diminutas cicatrices. Viendo sus hombros anchos, mi madre se lo imaginó de inmediato cargando barriles de cerveza Guinness en el patio delantero de la destilería, bamboleándose en aquel lugar que apestaba a lúpulo y cebada.

—Muchos lo intentan —dijo por fin—. Hay oportunidades, eso está claro. Pero algunos no lo consiguen y se suben al barco para cruzar al otro lado.

—Tengo un sueño recurrente con un barco desde que era niña, y sé que, si me subo a uno, se hundirá y me ahogaré —dijo mi madre inventando de manera espontánea esa tontería. En realidad nunca había soñado nada parecido, sólo lo había dicho para que funcionara el plan que había tramado con Seán en el autocar. Hasta ese momento, no había tenido miedo, pero en cuanto se vio en la ciudad, la idea de quedarse sola le dio verdadero pánico.

Smoot no supo qué responder y se quedó mirándola con una expresión desdeñosa antes de volverse hacia su amigo.

—Bueno, será mejor que nos vayamos, ¿no te parece? —Se metió las manos en los bolsillos y señaló a mi madre con un movimiento de cabeza, como para sacársela de encima—. Vamos al piso y luego salgamos a comer algo. Sólo he comido un bocadillo en todo el día, ¡sería capaz de zamparme a un protestante sólo con un poco de salsa en la cabeza!

—Estupendo, vamos —dijo Seán.

Smoot se puso en marcha. Seán, maleta en mano, lo seguía a varios pasos de distancia, seguido a su vez de Catherine, que andaba arrastrando los pies unos metros por detrás de él. Smoot miró hacia atrás, frunció el ceño, y los dos se detuvieron y dejaron sus equipajes en el suelo. Smoot los miró como si estuvieran locos, antes de echar de nuevo a andar, seguido de nuevo por Seán y mi madre. Al cabo de un minuto, se volvió hacia ellos y se quedó plantado con los brazos en jarra y cara de perplejidad.

—¿Qué está pasando aquí?

—Verás, Jack —dijo Seán—. La pobre Catherine está completamente sola en el mundo. No tiene trabajo ni dinero suficiente para buscarlo. Le ofrecí que se quedara con nosotros algunos días, sólo hasta que encuentre algo. No te importa, ¿verdad?

Smoot se quedó mudo unos segundos. Mi madre percibió la mezcla de desilusión y resentimiento en su semblante. Se preguntó si no sería mejor decirles que todo estaba bien, que no quería ser un estorbo para ellos, y dejarlos en paz. Pero Seán había sido tan amable con ella en el autocar... Y, por otra parte, si no se iba con ellos, ¿adónde iría?

—Vosotros dos os conocéis de vuestro pueblo, ¿verdad? —preguntó Smoot—. ¿Me estáis gastando una broma?

—No, Jack, acabamos de conocernos, te lo prometo.

—Un momento —dijo Smoot, entornando los ojos y fijándose en la incipiente barriga de mi madre, embarazada de cinco meses—. ¿Tú...? ¿Eso es...?

Mi madre lo miró con exasperación.

—Parece que hoy todo el mundo está muy interesado en mi barriga —dijo—, ni que hubiera puesto un anuncio en el periódico.

—Ah, bueno —dijo Smoot, con una expresión de lo más sombría—. Seán, ¿tienes algo que ver con eso? ¿Quieres contármelo?

—Claro que no —contestó Seán—. Ya te he dicho que acabamos de conocernos. Estábamos sentados juntos en el autocar, eso es todo.

—Además, estoy embarazada de cinco meses —añadió mi madre.

—Siendo así —replicó Smoot—, ¿por qué tenemos que hacernos cargo de ella? No llevas ningún anillo en el dedo —añadió, señalando la mano izquierda de mi madre.

—Así es —contestó ella—. Y a partir de ahora tampoco tendré muchas oportunidades de conseguirlo.

—¿Quieres pillar a Seán? ¿Es eso?

—Claro que no —dijo mi madre, en un tono entre jocoso y ofendido—. ¿Cuántas veces tenemos que decirte que acabamos de conocernos? Te aseguro que no me lanzaría detrás de nadie después de un único trayecto de autocar.

—Ya, pero no te importa pedir favores.

—Jack, por favor, está sola —dijo Seán en voz baja—. Tú y yo sabemos qué significa eso, ¿no? Pensé que un poco de caridad cristiana no nos haría daño.

—Tú y tu puto Dios —dijo Smoot negando con la cabeza, y mi madre, aunque era una mujer fuerte, se puso lívida al oír tal obscenidad, pues la gente de Goleen no estaba acostumbrada a ese vocabulario.

—Sólo serán unos días —repitió Seán—. Hasta que consiga encarrilar sus asuntos.

—Pero tenemos poco espacio —protestó Smoot, sabiéndose derrotado—. La idea era que estuviéramos sólo nosotros dos. —Se produjo un largo silencio hasta que finalmente se encogió de hombros y se dio por vencido—. Anda, ven —dijo—. Al parecer no tengo voz en este asunto, así que haré lo que pueda. Un par de días, ¿de acuerdo?

—Un par de días —aceptó mi madre.

—Sólo hasta que te sitúes.

—Sólo hasta entonces.

—Mmm —dijo él y echó a andar, dejando que Seán y mi madre lo siguieran.

El piso de Chatham Street

De camino al puente, mi madre se asomó a la barandilla y miró el río Liffey, un mugriento caudal marrón y verde que descendía con urgencia hacia el mar de Irlanda, como si quisiera salir de la ciudad lo más rápido posible, dejando atrás los curas, los pubs y la política. Respiró hondo, hizo una mueca de desagrado y proclamó que el agua de West Cork estaba mil veces más limpia.

—Allí puedes lavarte el pelo en cualquier riachuelo —manifestó—. Y de hecho muchos lo hacen, os lo aseguro. Mis hermanos van los sábados por la mañana al arroyo que hay detrás de la granja y con una sola barra de jabón Lifebuoy se lavan todos. ¡Y vuelven limpios y relucientes como el sol de un día de verano! Una vez pillaron a Maisie Hartwell espiándolos y su padre le dio unos buenos azotes. ¡Menuda asquerosa! Quería verles la pilila.

—Los autobuses —dijo Smoot dándose la vuelta y aplastando con la bota la colilla que acababa de sacarse de la boca— van en las dos direcciones.

—No seas así, Jack —dijo Seán, decepcionado, en un tono tan conmovedor que en ese mismo instante mi madre pensó que ojalá nunca tuviera que hablarle así a ella.

—Eso aquí lo llamamos una «broma» —masculló Smoot, claramente escarmentado.

—Ja —dijo mi madre—. Ja.

Smoot negó con la cabeza y siguió caminando, y ella se dedicó a observar la ciudad, un lugar del que había oído hablar toda su vida y que, por lo visto, estaba lleno de putas y ateos, pero que se parecía mucho a su pueblo, sólo que con más coches, edificios más altos y gente mejor vestida. En Goleen sólo vivían trabajadores, sus esposas y sus hijos. No había ricos ni pobres y ese equilibrio se debía a que sólo circulaban unos pocos cientos de libras, siempre las mismas, que pasaban con regularidad de un negocio a otro, de las granjas a los colmados y del sobre de la paga a los bares. Allí, por el contrario, podía ver ricachones con trajes a rayas y bigotes acicalados, damas luciendo sus mejores galas, junto a estibadores y barqueros, vendedoras y operarios del ferrocarril. Un abogado pasó a su lado de camino a los tribunales, completamente ataviado para la ocasión, con la toga de popelina negra, que se le hinchaba como una capa al caminar, y la tupida peluca blanca a punto de salir volando con una racha de viento. En dirección contraria, un par de jóvenes seminaristas andaban dando tumbos por la calzada, borrachos, y detrás de ellos iban caminando a toda prisa un niño pequeño con la cara manchada de carbón y un hombre vestido de mujer, algo que ella jamás había visto antes. «¡Ah, cómo desearía tener una cámara! —pensó—. ¡Así les bajaría los humos a los de West Cork!» Cuando llegaron al cruce, volvió la cabeza para contemplar en toda su extensión O’Connell Street y se fijó en la alta columna dórica que se alzaba hacia la mitad, con aquella orgullosa estatua sobre el pedestal, con la nariz levantada para no tener que inhalar el hedor que emanaba de la muchedumbre de abajo.

—¿Ése es el Pilar de Nelson? —preguntó señalándola.

Tanto Smoot como Seán se volvieron para mirarla.

—Así es —dijo Smoot—. ¿Cómo lo sabes?

—No estudié en una escuela de paletos —repuso ella—. También sé deletrear mi nombre, por si te interesa. Y contar hasta diez. Me parece bastante bonita, ¿no?

—No es más que un montón de piedras viejas que apilaron ahí para celebrar que los británicos habían ganado otra batalla —dijo Smoot, sarcástico—. Si por mí fuera, a ese cabrón lo mandábamos a su casa de una patada. Ya hace más de veinte años que nos independizamos y todavía tenemos a un muerto de Norfolk mirándonos desde arriba, vigilando nuestros movimientos.

—Yo creo que aporta cierto esplendor a este lugar —dijo ella con la intención de irritarlo más que otra cosa.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Pues me alegro por ti.

En cualquier caso, en esa ocasión no llegó a acercarse a Horatio, ya que avanzaron en dirección opuesta, siguiendo por Westmoreland Street y pasando frente a la puerta principal del Trinity College, donde mi madre se quedó mirando a los jóvenes reunidos bajo el arco de la entrada, guapos y vestidos con sus ropas elegantes, y sintió una punzada de envidia en el estómago. ¿Por qué ellos tenían derecho a disfrutar de un sitio como ése, se preguntaba, y ella en cambio jamás tendría acceso?

—Para mí, son todos un hatajo de estirados —dijo Seán al fijarse en lo que ella estaba mirando—. Obviamente, todos son protestantes. Jack, ¿conoces a alguien que estudie ahí?

—Claro, los conozco a todos —respondió Smoot—. Y te puedo asegurar que no salimos a cenar juntos todas las noches, ni brindamos por el rey, ni opinamos que Churchill es un gran tipo.

Mi madre sintió una llamarada de irritación que empezaba a quemarle en su interior. No había sido idea suya alojarse con ellos un par de noches, sino de Seán, en un acto de caridad cristiana, pero una vez que el plan estaba ya acordado, no entendía por qué Smoot tenía que mostrarse tan grosero. En cualquier caso, siguieron por Grafton Street y doblaron a la derecha por Chatham para detenerse finalmente frente a una pequeña puerta roja junto a un pub. Smoot sacó una llave de bronce del bolsillo y se volvió para mirarlos.

—No hay casero en el edificio, gracias a Dios —dijo—. El señor Hogan viene a buscar el dinero del alquiler los sábados por la mañana, y yo quedo con él fuera, pero de lo único que habla es de la condenada guerra. Está a favor de los alemanes. Quiere que ganen. Ese jodido imbécil cree que sería justicia divina que se cargaran a los británicos, pero luego, ¿qué pasaría? Yo le digo: «¿Cuál sería el siguiente país? Nosotros.» Para Navidad estaríamos todos saludando a Hitler y marchando a paso de ganso por Henry Street con los brazos en alto. Aunque no llegaremos a eso, seguro que toda esta mierda acabará mucho antes. Da igual, lo que quiero decir es que el alquiler me cuesta tres chelines a la semana —añadió mirando a Catherine, y ella lo entendió sin que hiciera falta mediar palabra. Siete días a la semana, eso significaba cinco peniques por día. Dos o tres días, quince peniques. Le pareció justo.

«¡Fotos a un penique! ¡Fotos a un penique!», gritó un niño que bajaba por la calle con una cámara colgando del cuello.

—¡Seán! —exclamó mi madre tirándole del brazo—. Mira. Un amigo de mi padre en Goleen tenía una cámara. ¿Alguna vez te has hecho una foto?

—Nunca —dijo él.

—Hagámonos una ahora —dijo ella con entusiasmo—. Para conmemorar nuestro primer día en Dublín.

—Es tirar un penique —dijo Smoot.

—Puede ser un bonito recuerdo —dijo Seán, que llamó al niño con la mano y le dio un penique—. Ven, Jack. Así saldrás tú también.

Mi madre estaba de pie al lado de Seán, pero Smoot se acercó y la apartó de un codazo; el obturador se disparó justo cuando ella se volvía a colocar en su sitio mirando a Smoot con expresión irritada.

—Se la mandarán en tres días —dijo el niño—. ¿Cuál es la dirección?

—Aquí mismo —contestó Smoot—. Puedes meterla en el buzón.

—¿Sólo podemos hacer una? —preguntó mi madre.

—Vale un penique cada una —dijo el niño—. Si quiere otra, tendrá que pagarla.

—Con una está bien —repuso ella dándose la vuelta al tiempo que Smoot abría la puerta.

La escalera era estrecha y sólo podían subir de uno en uno. El papel pintado amarillo de las paredes de ambos lados se estaba despegando y no había barandilla. Mi madre alargó la mano para coger su bolso, pero Seán se le adelantó e hizo que ella subiera detrás de Smoot.

—Colócate entre los dos —dijo—. No podemos permitir que te caigas y lastimes al bebé.

Ella le sonrió con gratitud. Cuando llegó a lo alto de la escalera, se encontró con una pequeña habitación con una bañera diminuta en un rincón, un fregadero y, contra la pared del fondo, el sofá más grande que había visto en su vida. Cómo se las habían ingeniado para subirlo por la escalera era todo un misterio. Parecía tan mullido y cómodo que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse caer en él y olvidarse de todo lo que había vivido las últimas veinticuatro horas.

—Bueno, esto es todo lo que hay —dijo Smoot mirando a su alrededor con una mezcla de orgullo e incomodidad—. El fregadero funciona cuando quiere y el agua es fría, además es una jodienda tener que llenar el cubo y arrastrarlo hasta la bañera cada vez que necesitas asearte. Si tienes que ir al lavabo, puedes entrar en alguno de los pubs de la zona. Hay que poner cara de que vas a encontrarte con alguien, o te echan a la calle.

—¿Vamos a estar todo el tiempo con «mierda» y «cabrones» y «jodiendas», señor Smoot? —preguntó mi madre con una sonrisa—. No me importa, entiéndame. Sólo quiero saber a qué debo atenerme.

Smoot la miró a los ojos.

—¿No te gusta mi manera de hablar, gatita?

La sonrisa de mi madre se esfumó al instante.

—No me llames así —repuso ella—. Mi nombre es Catherine, si no te importa.

—Bueno, intentaré ser más educado en tu presencia, si tanto te ofenden mis palabras, gatita. Prestaré atención a mis jodidos modales ahora que tenemos una... —Se detuvo e hizo un gesto deliberado en dirección a la barriga de mi madre—. Una dama en casa.

Ella tragó saliva, dispuesta a contestar, pero ¿qué podía hacer, habida cuenta de que él le estaba proporcionando un techo bajo el que guarecerse?

—Es un piso estupendo —dijo Seán por fin, para bajar la tensión—. Muy acogedor.

—Así es —respondió Smoot con una sonrisa.

Mi madre se preguntó si habría algún modo de ganarse su simpatía y acabar siendo amigos como lo eran con Seán, pero no se le ocurrió nada.

—A lo mejor —dijo mirando de reojo la puerta entreabierta del cuarto contiguo, en la esquina, donde había alcanzado a ver una cama individual—, a lo mejor esto ha sido un error. Aquí no hay espacio para los tres, ¿verdad? El dormitorio es para el señor Smoot y supongo que el sofá es para ti, Seán. No estaría bien que yo te lo quitara.

Seán bajó la mirada y no dijo nada.

—Podemos compartir la cama y dormir capiculados —dijo Smoot mirando a Seán, que se había puesto rojo de vergüenza—. La gatita puede quedarse en el sofá.

La atmósfera era tan tensa e incómoda que mi madre no sabía qué pensar. Estuvieron así varios minutos, según me contó, los tres de pie en medio de la habitación y sin pronunciar palabra.

—De acuerdo, entonces —dijo ella, finalmente, aliviada por haber sido capaz de encontrar una frase en algún lugar de su cabeza—. ¿Alguien tiene hambre? Creo que puedo pagar tres cenas para daros las gracias.

Periodista, quizá

Dos semanas después, el día en que llegó a Dublín la noticia de que Adolf Hitler se había pegado un tiro en la cabeza, mi madre entró en una joyería barata de Coppinger Row y se compró una alianza, un pequeño anillo dorado adornado con una diminuta piedra preciosa. Todavía no se había ido del piso de Chatham Street, pero había llegado a un discreto entendimiento con Jack Smoot, que aceptaba su presencia aunque prácticamente la ignoraba. Para sentirse útil, mi madre se encargaba de limpiar el piso y usaba el escaso dinero del que disponía para asegurarse de que hubiera comida en la mesa cuando ellos volvían de trabajar. Seán había conseguido un empleo en Guinness, aunque no estaba precisamente contento con el puesto.

—Me paso la mitad del día cargando bolsas de lúpulo de aquí para allá —le contó una noche mientras se daba un baño para aliviarse los músculos.

Mi madre lo escuchaba sentada de espaldas en la cama de la habitación contigua, con la puerta abierta para poder hablar. Era una estancia peculiar, se dijo. En las paredes sólo había una cruz de santa Brígida y una fotografía del papa Pío XII, además de la foto del día de su llegada a Dublín. El niño no había hecho muy buen trabajo, la verdad; a pesar de que a Seán se lo veía sonriendo y a Smoot con una expresión más amable de lo habitual, el encuadre partía en dos el cuerpo de mi madre, que salía de perfil y con cara de enfadada, por culpa del empujón de Smoot. Contra la pared sólo había una cómoda, donde los dos jóvenes guardaban la ropa, mezclada, como si no importara a quién pertenecía cada prenda, y una cama, que apenas tenía anchura suficiente para una persona, mucho menos para que los dos durmiesen capiculados.

Con razón, se dijo ella, se oían unos ruidos tan extraños por la noche. Debían de pasarlo mal para dormir.

—Tengo moratones en los hombros —prosiguió Seán—, me duele la espalda y el hedor de la destilería me provoca unas jaquecas terribles. Creo que voy a empezar a buscar otro trabajo, porque no sé cuánto tiempo podré soportarlo.

—A Jack parece gustarle bastante —dijo mi madre.

—Él es más fuerte que yo.

—¿Y qué podrías hacer?

Seán tardó bastante en responder; ella lo oía chapotear en la bañera. A veces me pregunto si una parte de mi madre no estaría deseando darse la vuelta en ese momento y dejar que sus ojos recorrieran el cuerpo de aquel joven en la bañera, o incluso si se le pasó por la cabeza acercarse, sin una pizca de vergüenza, y ofrecerse a compartir el baño con él. Seán había sido amable con ella y además era muy atractivo, o al menos eso me contó mi madre. Pero aquello quizá le habría despertado un sentimiento de apego hacia él.

—No lo sé —respondió Seán.

—Algo en tu tono de voz me hace pensar que sí lo sabes.

—Tengo una idea —dijo él un poco avergonzado—. Pero no sé si encajaría conmigo.

—Cuéntamela.

—¿No vas a reírte?

—Tal vez sí —dijo ella—. Da la casualidad de que me vendría muy bien reír un poco.

—Bueno, pienso en periódicos —continuó él tras una breve pausa—. En The Irish Times, por supuesto, y también en The Irish Press. Se me ha ocurrido que tal vez podría escribir cosas para ellos.

—¿Qué clase de cosas?

—Noticias, ya sabes. Yo ya escribía un poco en Ballincollig. Cuentos y esas cosas. Algunos poemas. La mayoría no eran buenos, pero aun así creo que podría mejorar si se me diera una oportunidad.

—¿Te refieres a ser periodista? —preguntó ella.

—Supongo que sí. ¿Te parece una tontería?

—¿Qué hay de tonto en eso? Alguien tiene que hacerlo, ¿no es cierto?

—Jack no cree que sea una buena idea.

—¿Y eso qué importa? No es tu esposa, ¿verdad? Puedes tomar tus propias decisiones.

—Ni siquiera sé si me aceptarían. Pero Jack tampoco quiere quedarse en Guinness para siempre. Quiere montar su propio pub.

—Eso es justo lo que hace falta en Dublín, otro pub.

—Aquí no. En Ámsterdam.

—¡¿Qué?! —exclamó mi madre sorprendida, levantando la voz—. ¿Y por qué querría ir allí?

—Supongo que tiene que ver con que parte de su familia es holandesa —respondió Seán—. Él nunca ha estado allí, pero ha oído cosas muy interesantes sobre esa ciudad.

—¿Qué clase de cosas?

—Que es diferente de Irlanda.

—Bueno, no creo que eso sea una gran revelación. Hay canales o algo parecido, ¿no?

—Diferente también en otros sentidos.

No dijo nada más y mi madre empezó a preocuparse por si se había dormido y se estaba sumergiendo en el agua.

—Yo también tengo una noticia —le dijo, esperando que él contestase pronto; de no ser así, ella no tendría más remedio que darse la vuelta.

—Dime.

—Tengo una entrevista de trabajo mañana por la mañana.

—¿En serio?

—Sí.

Él volvía a chapotear con la pequeña barra de jabón que ella había comprado en una parada del mercado días antes. Se la había llevado a Smoot en parte como regalo por haberle permitido quedarse y en parte para alentarlo a que se diera un baño.

—Felicidades —dijo Seán—. ¿Y dónde es?

—En el Dáil.

—¿El qué?

—El Dáil. En Kildare Street. Ya sabes, el Parlamento.

—Sé qué es el Dáil —dijo Seán, riendo—. Sólo que me ha sorprendido, eso es todo. ¿Qué clase de trabajo es? ¿Vas a ser parlamentaria? ¿Serás la primera mujer jefa de Gobierno?

—Camarera en el salón de té. Tengo que reunirme con una tal señora Hennessy a las once en punto, ella me va a entrevistar.

—Buenas noticias, para variar. ¿Crees que...?

La llave se quedó atascada en la cerradura unos instantes, luego la sacaron y volvieron a insertarla, y cuando mi madre oyó que Smoot entraba en el piso se desplazó un poco para que él no la viera sentada en la cama. Se quedó mirando la grieta de la pared, que parecía el curso del río Shannon a su paso por la región de las Midlands.

—Aquí estás —dijo Smoot con una ternura que ella jamás había apreciado antes en su voz—. Qué agradable es llegar y verte así.

—Jack —lo cortó Seán, con un tono de voz también diferente, como para hacerlo callar de golpe—. Está Catherine.

Mi madre se dio la vuelta sentada en la cama y miró de reojo hacia la otra habitación al mismo tiempo que Smoot la miraba a ella. Años después mi madre me contó que en ese momento no sabía si contemplar el bonito pecho desnudo de Seán, musculoso y lampiño en el agua sucia, o mirar a Smoot, cuya irritación aumentaba por segundos. Confundida, sin saber exactamente qué había hecho mal, se dio la vuelta de nuevo, contenta de poder esconder la vergüenza que delataba su semblante.

—¡Hola, Jack! —exclamó alegremente.

—Gatita.

—¿De vuelta del trabajo?

Él no dijo nada. Hubo un largo silencio en la sala y mi madre deseó poder darse la vuelta para ver qué sucedía en ese momento. No se los oía hablar, pero ella habría jurado que, pese al silencio, los dos chicos estaban manteniendo alguna clase de conversación, aunque sólo fuera por la forma en que ambos se miraban. Finalmente, Seán habló.

—Catherine acababa de contarme que tiene una entrevista de trabajo mañana por la mañana. En el salón de té del Dáil, por increíble que parezca.

—Tratándose de ella, me creería cualquier cosa —dijo Smoot—. ¿Es verdad, gatita? ¿Por fin te vas a unir al batallón de mujeres trabajadoras? Válgame Cristo, ahora ya sólo falta que anuncien la unificación de Irlanda.

—Si consigo dar una buena imagen —dijo Catherine obviando el sarcasmo de Smoot—, si logro causarle buena impresión a la encargada, entonces, con un poco de suerte, conseguiré el trabajo.

—Catherine —dijo Seán alzando la voz—. Voy a salir, así que no te des la vuelta.

—Supongo que lo mejor sería cerrar la puerta del todo para que puedas secarte. ¿Necesitas ropa limpia?

—Yo se la llevo —dijo Smoot.

Entró en el dormitorio, cogió los pantalones que Seán había dejado en el respaldo de la silla y una camisa limpia, calzoncillos y calcetines del cajón de la cómoda que sostuvo en las manos medio minuto mientras miraba fijamente a Catherine, retándola a que alzase la mirada hacia él, lo que finalmente ella hizo.

—¿Y crees que no van a tener ningún problema con eso? —preguntó él—. ¿Los tipos del Dáil?

—¿Con qué? —dijo ella al tiempo que se fijaba en la actitud protectora con que Smoot sostenía la ropa de Seán entre los brazos; con los calzoncillos delante, como si quisiera intimidarla con ellos.

—Con eso —dijo él señalando la barriga de mi madre.

—He comprado un anillo —dijo ella alargando la mano izquierda para mostrárselo.

—Eso está bien para los que tienen dinero. ¿Y qué ocurrirá cuando nazca el bebé?

—Tengo un gran plan para ese momento —dijo ella.

—No dejas de repetirlo. ¿Alguna vez nos contarás en qué consiste o tendremos que adivinarlo?

Mi madre no contestó y Smoot se alejó.

—Ojalá lo consigas —murmuró él cuando pasó a su lado, en un tono de voz lo bastante bajo como para que sólo ella pudiera oírlo—. Ojalá consigas ese condenado trabajo, así te largarás de aquí de una puta vez y nos dejarás en paz.

La entrevista en el Dáil Éireann

A la mañana siguiente, cuando mi madre llegó al Dáil, llevaba la alianza en el dedo anular de la mano izquierda, claramente visible. Le dio su nombre al garda que vigilaba la puerta principal, un individuo macizo cuya expresión daba a entender que había un centenar de sitios en los que preferiría estar en vez de allí. Consultó la lista que tenía en el portapapeles con las visitas del día y, acto seguido, negó con la cabeza y le dijo que su nombre no figuraba en la lista.

—Sí que estoy —dijo mi madre. Se inclinó hacia delante y señaló un nombre junto a una hora: «11.00 h - señora C. Hennessy.»

—Ahí dice Gogan —indicó el garda—. Catherine Gogan.

—Bueno, pues se trata de un error —replicó mi madre—. Me llamo Goggin, no Gogan.

—Si no tienes cita, no puedo dejarte pasar.

—Garda —le dijo mi madre al policía con una dulce sonrisa—. Le aseguro que soy la Catherine Gogan que la señora Hennessy está esperando. Lo que ocurre es que alguien escribió mal mi nombre. Eso es todo.

—¿Y cómo se supone que tengo yo que saber eso?

—Bueno, si espero aquí y no se presenta la tal Catherine Gogan, ¿podrá dejarme entrar en su lugar? Ella habrá dejado pasar su oportunidad y tal vez yo tenga suerte y consiga el trabajo.

El garda resopló.

—Uf, basta ya —dijo—. Ya tengo suficiente de eso en mi casa.

—¿Suficiente de qué?

—Vengo a trabajar para escapar de esta clase de cosas —dijo él.

—¿De qué clase de cosas?

—Venga, pasa y no me molestes más —dijo él, prácticamente empujándola para que entrara—. La sala de espera a la izquierda, allí. Ni se te ocurra ir a ninguna otra parte, o iré a buscarte más rápido de lo que canta un gallo.

—Encantador —dijo mi madre.

Pasó junto a él y se dirigió hacia la sala que le había indicado. Entró, se sentó y pudo apreciar la fastuosidad de aquel lugar. Sentía el corazón golpeándola con mucha fuerza en el pecho. Pocos minutos después, se abrió la puerta y entró una mujer de unos cincuenta años, delgada como un sauce y con cabello negro oscuro muy corto.

—¿Señorita Goggin? —dijo dando un paso hacia delante—. Soy Charlotte Hennessy.

—Señora Goggin, en realidad —se apresuró a responder mi madre poniéndose de pie. Al instante, la expresión en el semblante de aquella señora pasó de mostrar amabilidad a desconcierto.

—Oh —dijo al percatarse de la barriga de mi madre—. Oh, vaya.

—Un placer conocerla —dijo mi madre—. Gracias por dedicarme su tiempo. Espero que el puesto siga disponible.

La señora Hennessy abrió y cerró la boca varias veces, como un pez que se retorciera y saltase de un lado a otro en la cubierta de un barco con su último aliento de vida.

—Señora Goggin —repitió al tiempo que recuperaba la sonrisa y le indicaba con un gesto que se sentase—. Todavía está disponible, sí, pero me temo que ha habido un malentendido.

—¿Perdón? —dijo mi madre.

—Yo buscaba a una chica para el salón de té, ¿entiende? No una mujer casada a punto de dar a luz. No podemos tener mujeres casadas en el Dáil Éireann. Una mujer casada tiene que quedarse en su casa con su marido. ¿Su marido no trabaja?

—Mi marido trabajaba —dijo mi madre, con la mirada fija y haciendo que su labio inferior temblara ligeramente; una actuación que había ensayado toda la mañana frente al espejo del baño.

—¿Y ha perdido el empleo? Lo siento, pero a pesar de todo no puedo hacer nada por usted. Todas nuestras chicas son solteras. Jóvenes como usted, naturalmente, pero no casadas. Es lo que prefieren los caballeros del Parlamento.

—No perdió el empleo, señora Hennessy —dijo mi madre, que sacó un pañuelo del bolsillo y se enjugó las lágrimas—. Perdió la vida.

—Oh, querida, lo lamento mucho —dijo la señora Hennessy llevándose una mano a la garganta debido a la emoción—. Pobre hombre. ¿Qué le ocurrió, si no le importa que se lo pregunte?

—Le ocurrió la guerra, señora Hennessy.

—¿La guerra?

—La guerra. Fue a combatir, tal como habían hecho su padre y su abuelo antes que él. Lo mataron los alemanes. Hace menos de un mes. Una granada lo partió en pedazos. Lo único que me queda de él es el reloj de pulsera y la dentadura postiza. La hilera inferior.

Mi madre se había preparado esta historia a sabiendas de que era una apuesta arriesgada, pues no eran pocos los que despreciaban a los irlandeses que se habían alistado para combatir junto a los británicos, y de hecho muchos trabajaban en esta misma institución. Pero el cuento que se había inventado sonaba heroico y, sin tener muy claro el porqué, había decidido usarlo.

—Oh, pobre criatura, qué mala suerte —dijo la señora Hennessy apretando la mano de mi madre, que en ese instante supo que ya tenía la mitad de la partida ganada—. Y usted esperando un bebé. Qué tragedia.

—Si tuviera tiempo para pensar en tragedias, sin duda lo sería —contestó mi madre—. Pero, a decir verdad, no puedo permitirme esos lujos. Tengo que pensar en el pequeño —añadió, y se acarició la barriga con actitud protectora.

—No va a creerme —continuó la señora Hennessy—, pero a mi tía Jocelyn le pasó exactamente lo mismo durante la Gran Guerra. Llevaba casada apenas un año con mi tío Albert cuando él se alistó con los británicos y lo mataron en Passchendaele. El día que se lo comunicaron fue el mismo día que se enteró de que iba a tener un bebé.

—¿Le importa que le pregunte, señora Hennessy —dijo mi madre, inclinándose hacia delante—, cómo se las arregló su tía Jocelyn? ¿Le fueron bien las cosas?

—Oh, no tuvo ningún problema —declaró la señora Hennessy—. Jamás he conocido a una mujer tan positiva como ella. Siguió adelante, simplemente. Pero, por otra parte, eso era lo que hacía la gente en aquellos tiempos. Eran grandes mujeres, todas ellas.

—Mujeres magníficas, señora Hennessy. Probablemente yo podría aprender una o dos cosas de su tía Jocelyn.

La otra mujer sonrió halagada, pero su sonrisa se desdibujó.

—De todas maneras —dijo—, no sé si esto podría funcionar. ¿Le importa que le pregunte cuánto le queda de embarazo?

—Tres meses.

—Tres meses. El trabajo es a tiempo completo. Supongo que tendría que dejarlo cuando nazca el bebé.

Mi madre asintió. Ella tenía en mente su Gran Plan, de modo que sabía que las cosas no sucederían de esa forma, pero ése era su momento y estaba decidida a aprovecharlo.

—Señora Hennessy —dijo—. Usted parece una mujer amable. Me recuerda a mi difunta madre, que me cuidó todos los días de su vida hasta que el cáncer pudo con ella el año pasado...

—¡Ah, querida mía, qué pruebas tan duras ha tenido que pasar!

—Usted tiene su misma expresión bondadosa, señora Hennessy. Permítame ahora dejar de lado algo de mi dignidad, ponerme en sus manos y proponerle una cosa. Necesito un trabajo, señora Hennessy, lo necesito mucho. Tengo que ahorrar un poco de dinero para cuando nazca mi bebé y ahora mismo no tengo prácticamente nada. Si cree de corazón que podría aceptarme para los próximos tres meses, le prometo que trabajaré como una mula de carga y que no se arrepentirá de su decisión. Cuando llegue el momento, tal vez pueda volver a poner un anuncio y encontrar a otra joven que necesite una oportunidad tanto como yo la necesito ahora.

La señora Hennessy se recostó en la silla y los ojos se le llenaron de lágrimas. Ahora lo pienso y me pregunto por qué mi madre aspiraba a conseguir un puesto de trabajo en el Dáil cuando lo que debería haber hecho era cruzar el Liffey y presentarse a una audición ante Ernest Blythe.

—Su salud —dijo finalmente la señora Hennessy—. ¿Le importa que le pregunte cómo se encuentra de salud en general?

—Como una manzana —dijo mi madre—. No he estado enferma ni un solo día en toda mi vida. Ni siquiera estos últimos seis meses.

La señora Hennessy suspiró y recorrió con la mirada las paredes de la sala, como si todos aquellos hombres representados allí, en sus marcos dorados, pudieran aconsejarla. A la altura de su hombro había un retrato de W. T. Cosgrave que parecía estar mirando con furia a mi madre, como si quisiera darle a entender que había pillado todas y cada una de sus mentiras, como si quisiera salir del cuadro para molerla a palos allí mismo.

—Y la guerra ya casi ha terminado —añadió mi madre al cabo de unos segundos, un comentario un poco incongruente, habida cuenta del tipo de conversación que estaban manteniendo—. ¿Se ha enterado de que Hitler se suicidó? El futuro parece brillar de nuevo para todos.

La señora Hennessy asintió.

—He oído la noticia, sí —dijo encogiéndose de hombros—. De buena nos hemos librado, y que Dios me perdone. Vienen tiempos mejores para todos. Así lo espero.

Una estadía más larga

—Así que decidís vosotros —dijo mi madre a Seán y Smoot esa misma noche, sentados en el Brazen Head, mientras compartían un delicioso estofado que se servían ellos mismos de una sopera de cerámica—. Puedo marcharme la próxima semana, en cuanto cobre mi primera paga, o puedo quedarme en el piso de Chatham Street hasta que nazca el bebé y daros un tercio de todo lo que gane en ese período para cubrir mi parte del alquiler. Me gustaría quedarme. Estoy a gusto con vosotros y sois las únicas personas que conozco en Dublín, pero habéis sido muy buenos conmigo desde que llegué y no quiero ser una carga.

—A mí no me molesta —dijo Seán, sonriéndole—. Me gusta cómo están las cosas. Pero, claro, en realidad la casa es de Jack, así que es decisión suya.

Smoot agarró un pedazo de pan de la bandeja del centro de la mesa y rebañó el borde del cuenco; no quería desperdiciar nada del estofado. Se lo metió en la boca y lo masticó meticulosamente antes de tragar. Luego echó mano de su cerveza para bajarlo.

—Bueno, gatita, si te hemos aguantado todo este tiempo —dijo—, qué importan unos meses más.

El salón de té

El trabajo en el salón de té del Dáil era mucho más exigente de lo que mi madre había previsto y, tal vez, eso era lo adecuado, habida cuenta del lugar: todas las chicas tenían que aprender a ser diplomáticas en su trato con los miembros electos de la institución. Los diputados del Dáil entraban y salían a lo largo de todo el día, impregnándolo todo con su olor, mezcla de transpiración y humo de cigarrillo, mientras pedían tarta de nata o un éclair para llevar, junto con la taza de café, aunque pocas veces mostraban familiaridad en el trato. Algunos coqueteaban con las chicas, pero sin intención de que esos flirteos fueran a más; otros, sin embargo, sí esperaban algo más y llegaban a ponerse agresivos si se sentían frustrados. Corrían historias de chicas que habían sido seducidas y luego despedidas cuando el hombre en cuestión se había hartado de ellas; historias de chicas que habían rechazado una proposición indecente y también de chicas a las que habían despedido por ese motivo. Cuando un diputado del Dáil te echaba el ojo, el único destino posible, al parecer, era la cola del paro. En esa época había sólo cuatro mujeres entre los diputados del Dáil, a las que mi madre se refería como las EmeBés —Mary Reynolds, de Sligo-Leitrim; Mary Ryan, de Tipperary; Bridget Redmond, de Waterford, y Bridget Rice, de Monaghan—, y según ella eran las peores en el trato, porque no querían que las vieran hablando con las chicas que trabajaban allí; temían que algún hombre se acercara y les pidiese que les calentara la comida o que los ayudara a coserse un botón de la manga de la camisa.

Al señor De Valera no lo veían muy a menudo, me contó mi madre, puesto que era la propia señora Hennessy la que solía llevarle el té a su oficina, pero a veces asomaba la cabeza por la puerta entreabierta, como si estuviera buscando a alguien, y se sentaba junto a los backbencher, los diputados sin puesto en el Gobierno, para calibrar cómo estaban las cosas. Era alto y delgado y tenía cierto aire de idiota, según mi madre, pero siempre se mostraba muy cortés, y en una ocasión incluso riñó a uno de sus ministros subalternos por haberla llamado chasqueando los dedos, lo que le granjeó la eterna gratitud de mi madre.

Las chicas con las que trabajaba se preocupaban mucho por su estado. Con diecisiete años, un marido ficticio muerto en una guerra que por fin había terminado y un hijo demasiado real a punto de venir al mundo, no podían evitar mirarla con una mezcla de fascinación y lástima.

—He oído que tu pobre madre también murió, ¿verdad? —le preguntó una chica algo mayor que ella, Lizzie, una tarde en la que fregaban platos juntas.

—Así es —dijo mi madre—. Un accidente terrible.

—Creía que había sido de cáncer.

—Ah, sí, quería decir que fue una desgracia terrible. Que tuviera cáncer, quiero decir.

—Dicen que es hereditario —continuó Lizzie, que seguramente era la alegría de la huerta—. ¿No te preocupa tenerlo algún día?

—Bueno, no lo había pensado —dijo mi madre dejando los platos y parándose a considerarlo—. Pero ahora que lo has dicho ya no podré pensar en otra cosa.

Años después me dijo que por un instante llegó a preguntarse si cabía la posibilidad de que estuviera desarrollando esa enfermedad, hasta que recordó que su madre, mi abuela, estaba vivita y coleando a casi cuatrocientos kilómetros de allí, en Goleen, West Cork, junto a su marido y a los seis cabezas de chorlito de sus hijos. Entonces volvió a relajarse.

El Gran Plan

A mediados de agosto, la señora Hennessy llamó a mi madre a su oficina y le anunció que creía que había llegado el momento de que dejara el puesto.

—¿Es porque hoy he llegado tarde? —preguntó mi madre—. Es la primera vez que ha ocurrido. Pero es que esta mañana había un hombre delante de la puerta de mi casa con una cara que parecía que fuera a asesinar a alguien. No me atreví a salir con él allí. Subí a la planta de arriba y me puse a mirar por la ventana; pasaron veinte minutos hasta que el tipo giró sobre sus talones y desapareció por Grafton Street.

—No es porque llegaras tarde —dijo la señora Hennessy, negando con la cabeza—. Siempre eres puntual, Catherine, a diferencia de algunas de las chicas. No, sólo creo que ha llegado el momento. Eso es todo.

—Pero todavía necesito el dinero —protestó mi madre—. Tengo que pensar en el alquiler y en el bebé y...

—Lo sé, y lo siento por ti, pero mírate: estás grande como una casa. Deben de faltarte apenas un par de días. ¿No notas nada?

—No —dijo ella—. Aún no.

—La cuestión —continuó la señora Hennessy— es que... Siéntate, Catherine, por el amor de Dios, y relájate un poco. No deberías estar de pie en tu estado. La cuestión es que me han llegado quejas de algunos diputados del Dáil.

—¿Sobre mí?

—Sobre ti.

—Pero si yo siempre soy muy cortés con ellos. Salvo con ese tipo sórdido de Donegal que se aprieta contra mí cada vez que pasa y dice que soy su cojín.

—Oh, eso ya lo sé —dijo la señora Hennessy—. ¿Crees que no te he estado vigilando estos tres meses? Tendrías un puesto vitalicio aquí si no fuera por, ya sabes, el hecho de que pronto tendrás otras responsabilidades de las que ocuparte. Tú eres precisamente lo que yo busco en una camarera. Naciste para este trabajo.

Mi madre sonrió. Decidió tomarse ese comentario como un cumplido, aunque no tenía del todo claro que lo fuera.

—No, no son tus modales de lo que se quejan. Sino de tu estado. Dicen que ver a una mujer con un embarazo tan avanzado les quita las ganas de comerse un milhojas.

—¿Es una broma?

—Es lo que me han dicho.

Mi madre se rió y negó con la cabeza.

—¿Quién ha dicho semejante cosa? —preguntó—. ¿Puede darme nombres, señora Hennessy?

—No, no voy a hacerlo.

—¿Ha sido una de las EmeBés?

—No te lo diré, Catherine.

—¿Podría decirme a qué partido pertenece, al menos?

—A ambos. Aunque la mayoría pertenecen al grupo del Fianna Fáil, para serte sincera, pero ya sabes cómo son. A los Camisas Azules no parece preocuparles tanto esa cuestión.

—¿No se tratará de esa sanguijuela que se hace llamar ministro de...?

—Catherine, no voy a entrar en detalles contigo —insistió la señora Hennessy, alzando una mano para hacerla callar—. En cualquier caso, te quedan pocos días, como mucho una semana, y lo que más te conviene es descansar un poco. Por favor, demos este tema por zanjado sin crear problemas, ¿te parece? Has sido una trabajadora excelente, en serio, y...

—Por supuesto —dijo mi madre al darse cuenta de que no le beneficiaría en absoluto seguir suplicando—. Ha sido usted muy amable conmigo, señora Hennessy. Me dio empleo cuando lo necesitaba y sé que no fue una decisión fácil. Terminaré mi jornada de trabajo de hoy y me marcharé. Siempre la llevaré a usted en un lugar especial de mi corazón.

La señora Hennessy dejó escapar un suspiro de alivio y se acomodó en la silla.

—Gracias —dijo—. Eres una buena chica, Catherine. Serás una madre maravillosa, lo sé. Y si alguna vez necesitas algo...

—Bueno, en realidad, sí que hay algo —dijo mi madre—. Después de que el niño nazca, ¿cree que podré volver?

—¿Volver adónde? ¿Aquí, al Dáil? Ah, no, eso no sería posible. Además, ¿quién cuidaría del niño?

Mi madre miró por la ventana y respiró hondo. Ésa iba a ser la primera vez que hablaría con alguien de su Gran Plan.

—Lo cuidará su madre —respondió—. A él o a ella. Sea lo que sea.

—¿Su madre? —le preguntó la señora Hennessy, perpleja—. Pero...

—No me quedaré el bebé, señora Hennessy —dijo mi madre—. Ya está todo arreglado. Cuando dé a luz una monjita redentorista jorobada vendrá al hospital para llevárselo. Lo va a adoptar una pareja de Dartmouth Square.

—¡Por todos los santos! —exclamó la señora Hennessy—. ¿Y cuándo decidiste eso, si no te importa que te lo pregunte?

—Lo decidí el día que supe que estaba embarazada. Soy demasiado joven, no tengo dinero y no hay ninguna posibilidad de que pueda mantener a este niño. No soy una desalmada, se lo prometo, pero el bebé estará mejor si se lo entrego a una familia que realmente pueda ofrecerle un hogar en condiciones.

—Bueno —dijo la señora Hennessy, reflexionando sobre ello—. Supongo que esas cosas pasan. Pero ¿estás segura de que podrás vivir con el peso de esa decisión a tus espaldas?

—No, pero de todas formas creo que es lo más adecuado. El niño gozará de mejores oportunidades con ellos que conmigo. Son ricos, señora Hennessy. Y yo no tengo ni un penique.

—¿Y tu marido? ¿Crees que él lo habría querido así?

Mi madre ya no podía seguir mintiendo a aquella buena mujer, y seguramente la vergüenza se hizo evidente en su rostro.

—¿Estaría muy equivocada si te dijese que creo que nunca hubo un señor Goggin?

—No —dijo mi madre en voz baja.

—¿Y el anillo de boda?

—Lo compré yo misma. En una tienda de Coppinger Row.

—Ya me lo pareció. Ningún hombre tiene el buen gusto necesario para elegir algo tan elegante.

Mi madre alzó la mirada, sonrió levemente y se quedó de piedra al ver que la señora Hennessy se había echado a llorar. Buscó un pañuelo en su bolsillo y se lo tendió.

—¿Se encuentra bien? —preguntó, sorprendida ante esa inesperada muestra de emotividad.

—Sí —dijo la señora Hennessy—. No me pasa nada.

—Pero está llorando.

—Sólo un poco.

—¿Es por algo que he dicho?

La señora Hennessy la miró y tragó saliva.

—Vamos a imaginar que esta habitación es como un confesionario. ¿Me prometes que lo que digamos aquí quedará entre tú y yo para siempre? —preguntó.

—Por supuesto —contestó mi madre—. Usted ha sido muy buena conmigo. Espero que sepa que le tengo mucho afecto y respeto.

—Es muy amable de tu parte que digas eso. Pero yo siempre supuse que la historia que me habías contado no era totalmente cierta, y quise tratarte con la compasión que me negaron a mí cuando estuve en tu misma situación. Tal vez no te sorprenda saber que tampoco hubo nunca un señor Hennessy. —Mostró la mano izquierda y las dos observaron su anillo de boda—. Lo compré por cuatro chelines en una tienda de Henry Street en 1913. Desde entonces, jamás me lo he sacado del dedo.

—¿Usted también tuvo un hijo? —preguntó mi madre—. ¿Tuvo que criarlo sola?

—No exactamente —dijo la señora Hennessy un tanto indecisa—. Vengo de Westmeath. ¿Lo sabías, Catherine?

—Sí. Ya me lo había comentado.

—No he vuelto a pisar ese lugar desde que me marché. Pero no vine a Dublín para tener a mi hijo. Lo tuve allí. En la habitación en la que había dormido toda mi vida hasta entonces, la misma habitación en la que esa pobre criatura fue concebida.

—¿Y qué ocurrió con él? —preguntó mi madre—. ¿Era un niño?

—No, era una niña. Una criaturita muy hermosa. No vivió mucho. Mi madre cortó el cordón umbilical apenas nació y mi padre la llevó atrás, donde tenía preparado un cubo con agua. La sumergió uno o dos minutos, lo suficiente para ahogarla. Luego la tiró en un hoyo que había cavado días antes, la cubrió de tierra, y eso fue todo. Nadie lo supo. Ni los vecinos, ni el cura, ni los gardaí.

—Jesús, María y José —dijo mi madre, reclinando la silla, horrorizada.

—Ni siquiera pude abrazarla —dijo la señora Hennessy—. Mi madre me limpió y me pusieron de patitas en la calle ese mismo día. Me ordenaron que no volviera jamás.

—A mí me acusaron desde el púlpito —dijo mi madre—. El cura de la parroquia me llamó «puta».

—Esos tipos son más brutos que un arado —dijo la señora Hennessy—. Jamás he visto crueldad igual a la de los curas. Este país... —Cerró los ojos, sacudió la cabeza y, según me contó mi madre, casi se puso a gritar, o al menos le dio esa impresión.

—Es una historia terrible —dijo mi madre por fin—. Supongo que el padre de la niña no le propuso matrimonio.

La señora Hennessy dejó escapar una risita amarga.

—No habría podido hacerlo aunque hubiese querido —explicó—. Ya estaba casado.

—¿Su esposa se enteró?

La señora Hennessy la miró a los ojos y cuando habló su voz sonó grave y cargada de vergüenza y odio.

—Vaya si se enteró —respondió—. ¿No te he dicho que ella cortó el cordón?

Mi madre permaneció callada un rato y cuando finalmente entendió lo que la señora Hennessy había querido decir se llevó la mano a la boca y sintió que iba a vomitar.

—Como ya he dicho, estas cosas pasan —prosiguió la señora Hennessy—. ¿Has tomado ya tu decisión, Catherine? ¿Vas a entregar al niño?

Mi madre había perdido la voz, pero asintió en silencio.

—Entonces, después de que hayas dado a luz, tómate un par de semanas para recuperarte y vuelve para verme. Diremos que el bebé murió y todo este asunto quedará olvidado en poco tiempo.

—¿Será suficiente? —preguntó mi madre.

—Será suficiente para ellos —dijo, luego se acercó y tomó la mano de mi madre entre las suyas—. Pero lamento tener que decirte, Catherine, que jamás será suficiente para ti.

Violencia

Esa tarde mi madre emprendió el camino a casa cuando ya estaba oscureciendo. Nada más doblar la esquina en Chatham Street, vio una silueta que salía tambaleándose del pub de Clarendon; era el mismo hombre que había visto delante de la puerta de su casa esa mañana, el que la había hecho llegar tarde al trabajo. Estaba muy gordo, tenía la cara arrugada y roja por culpa del alcohol, y una barba de tres días que le daba aspecto de vagabundo.

—Mírate —dijo él cuando ella se aproximó a la puerta de la casa. El aliento le olía tanto a whisky que se vio obligada a apartarse—. Grande como la vida misma y el doble de fea.

Ella no respondió, se limitó a sacar la llave del bolsillo y, como estaba tan nerviosa, le costó mucho insertarla correctamente en la cerradura.

—Hay cuartos arriba, ¿verdad? —preguntó el hombre mirando hacia la ventana de la última planta—. ¿Varios o uno solo?

—Uno solo —respondió ella—. Así que si busca alojamiento me temo que éste no es el lugar adecuado.

—Ese acento tuyo... Me suena de Cork. ¿De dónde eres? ¿De Bantry? ¿De Drimoleague? Una vez conocí a una chica de Drimoleague. Una criatura despreciable que se iba con cualquier hombre que se lo pidiera.

Mi madre apartó la mirada y trató de introducir la llave nuevamente. Maldijo entre dientes cuando se le trabó en la cerradura y se vio obligada a girar el metal con violencia para liberarla.

—Si pudiera apartarse de la luz —le pidió ella, volviéndose para mirarlo a los ojos.

—De modo que sólo hay un piso —dijo él, rascándose el mentón con aire reflexivo—. Entonces, tú vives con ellos, ¿no?

—¿Con quién?

—Es de lo más curioso.

—¿Con quién? —insistió ella.

—Con los maricas, ¿con quién va a ser? Pero ¿qué pueden querer ellos de ti? Las mujeres no les sirven para nada. A ninguno de los dos. —Se fijó en su barriga y negó con la cabeza—. ¿Eso te lo ha hecho alguno de ellos? No, no los veo capaces. Probablemente ni siquiera sabes quién es el padre, ¿verdad, zorra?

Mi madre se volvió hacia la puerta y esta vez la llave se deslizó fácilmente y la cerradura se abrió. Sin embargo, antes de que pudiera entrar en el edificio, aquel hombre la empujó a un lado y se coló en el pasillo, dejándola en la calle y sin saber qué hacer. Cuando él empezó a subir por la escalera, ella recuperó el control de sus sentidos y reaccionó con furia ante la intromisión.

—¡Baje ahora mismo! —exclamó—. Ésta es una residencia privada, ¿me oye? ¡Voy a llamar a los gardaí!

—¡Llama a quien carajo quieras! —gritó él.

Ella miró a un lado y a otro de la calle pero no vio ni un alma. Se armó de valor y siguió al hombre por la escalera. Lo encontró agarrado al pomo y sacudiendo en vano la puerta.

—Abre ahora mismo —le dijo él apuntándola con su gordo índice.

Ella no pudo evitar fijarse en la mugre que acumulaba debajo de esas largas uñas. Supuso que sería un campesino. También tenía acento de Cork, pero no de West Cork; de haber sido así, lo habría identificado al instante.

—Abre la puerta, pequeña, o la echaré abajo a patadas.

—No lo haré —respondió ella—. Márchese de aquí ahora mismo o...

Él le dio la espalda, despreció sus advertencias con un gesto y, cumpliendo con sus amenazas, levantó la bota derecha y le dio una poderosa patada a la puerta, que se abrió de golpe contra la pared, provocando que una palangana cayera de un estante a la bañera e hiciera un terrible estruendo. La habitación estaba vacía pero, en cuanto él entró, tropezando y con mi madre a su espalda, se oyeron unos gritos de preocupación que salían del dormitorio.

—¡Sal, Seán MacIntyre! —gritó el borracho, tambaleándose—. ¡Ven aquí ahora mismo, voy a inculcarte la decencia a golpes! Ya te dije lo que haría si volvía a veros juntos.

Levantó un palo —ella ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento de que el hombre llevaba un palo— y golpeó la mesa unas cuantas veces, con tanta fuerza que el ruido hizo que mi madre diera un respingo. Su propio padre tenía un palo igual que ése y ella se lo había visto usar con furia contra sus hermanos en muchas ocasiones. La noche en que se descubrió su secreto también había tratado de golpearla a ella, pero, por fortuna, mi abuela se lo impidió.

—¡Se ha equivocado de casa! —gritó mi madre—. ¡Esto es de locos!

—¡Sal de ahí! —volvió a rugir el hombre—. ¡Sal o entraré yo mismo a buscarte! ¡Ven ahora mismo!

—Váyase —dijo mi madre tirándole de la manga, pero él la apartó con violencia y la hizo caer sobre el sillón. El dolor le recorrió la espalda y se extendió por toda la columna vertebral, como si fuera un ratón buscando refugio. El hombre alcanzó la puerta del dormitorio, la abrió de par en par y allí estaban, para asombro de mi madre, Seán y Smoot, desnudos como habían venido al mundo, sentados contra el cabecero de la cama y con el terror reflejado en sus caras.

—Cristo bendito —dijo el hombre apartando la mirada, asqueado—. Sal ahora mismo de aquí, sucio cabrón.

—Papá —dijo Seán saltando de la cama. Mi madre no pudo evitar contemplar su cuerpo desnudo mientras él se apresuraba a cubrirse con unos pantalones y una camisa—. Papá, por favor, bajemos y...

Seán salió del cuarto pero, antes incluso de que pudiese pronunciar otra palabra, aquel hombre, su propio padre, lo agarró del cuello y le estampó la cabeza con fuerza contra el único estante de la pared, uno con sólo tres libros: una Biblia, un ejemplar del Ulises y una biografía de la reina Victoria. Se oyó un sonido terrible y Seán dejó escapar un gemido que sin duda salió de lo más profundo de su ser. Cuando se dio la vuelta, tenía la cara pálida y en la frente una raja negra que palpitó un segundo, como si supiera qué se esperaba de ella, antes de ponerse roja y empezar a sangrar; luego se le aflojaron las piernas y se desplomó en el suelo. El hombre se agachó y lo arrastró con una mano hacia el umbral, donde lo pateó y lo apaleó sin dejar de blasfemar con cada nuevo golpe.

—¡Apártese de él! —gritó mi madre abalanzándose sobre el hombre.

Justo en ese momento Smoot salió del dormitorio blandiendo un palo de hurley con una pegatina roja y blanca con dos torres y un barco navegando entre ellas y cargó contra el atacante. No se había puesto nada de ropa y a mi madre le sorprendió, incluso en medio de esa situación tan dramática, lo velludo que tenía el torso, tan diferente del de Seán, de mi padre o de cualquiera de sus hermanos, y la longitud de su miembro viril, todavía brillante, que se balanceaba entre sus piernas mientras avanzaba hacia ellos.

El hombre rugió cuando el palo de hurley impactó contra su espalda, pero el golpe no le causó gran efecto, ya que se desembarazó de Smoot con tanta fuerza que el joven salió volando hacia atrás por encima del sofá, de vuelta a aquel dormitorio donde, como mi madre entendió en ese momento, esos dos chicos habían sido amantes desde el mismo día de su llegada a Dublín en el autocar procedente de Cork. Había oído hablar de esa clase de personas. En la escuela los chicos se burlaban de ellos todo el tiempo. Ahora entendía por qué Smoot no quería que ella se instalara en el piso. Iba a ser su nido de amor, de eso se trataba. Y ella era el cuco en su nido.

—¡Jack! —gritó mi madre mientras Peadar MacIntyre, que era como se llamaba aquel hombre, volvía a agarrar a su hijo de la cabeza y le pateaba el cuerpo con una fuerza tan salvaje que ella llegó a oír cómo se le quebraban las costillas—. ¡Seán! —exclamó, y la cabeza del chico se volvió en su dirección, pero con los ojos completamente abiertos; en ese instante ella comprendió que él ya había dejado este mundo. De todas formas, mi madre no iba a permitir que siguiera lastimándolo, así que atravesó la habitación decidida a apartar a aquel hombre. Sin embargo, tras su primer intento, él la agarró del brazo y, con un rápido movimiento, le propinó una patada tan poderosa que la hizo salir volando por la puerta abierta y caer por las escaleras. Como me dijo años más tarde, sintió que cada escalón la acercaba unos centímetros más a la muerte.

Aterrizó con un golpe sobre el suelo de la planta baja y se quedó boca arriba un momento, mirando el techo, tratando de recuperar el aliento. Dentro de su barriga, yo protesté con vehemencia por la afrenta recibida y decidí que ya había llegado mi hora. Mi madre lanzó un feroz alarido cuando me desprendí de la matriz y emprendí mi primer viaje.

Mi madre se incorporó y miró a su alrededor. Otra mujer en su situación habría salido a toda prisa a Chatham Street para pedir ayuda a gritos. Pero Catherine Goggin no. Seán estaba muerto, de eso estaba segura, pero Smoot seguía arriba y ella lo oyó suplicar por su vida, y luego los ruidos de violencia, los alaridos de dolor y los insultos que cayeron sobre el muchacho cuando el padre de Seán también lo atacó a él.

Gritando de dolor con cada movimiento, mi madre se arrastró para subir el primer escalón, luego el otro y después otro hasta llegar a la mitad de la escalera. Soltó un alarido cuando yo hice notar mi presencia, pero algo en su cabeza, según me contó años después, le dijo que si yo había esperado nueve meses bien podía esperar nueve minutos más. Siguió subiendo, entró en el piso con la cara empapada en sudor, con agua y sangre chorreándole por las piernas, y se asustó al verse reflejada en el espejo de la entrada: parecía una loca, despeinada, con el labio partido y el vestido roto. Desde el dormitorio, los gritos de Smoot empezaban a ser menos estridentes, aunque seguían oyéndose patadas y golpes de palo. Mi madre pasó por encima del cuerpo de Seán y no pudo evitar mirar de refilón sus ojos abiertos, aquella cara que había sido tan hermosa, y tuvo que contenerse para no llorar.

«Ya llego —me dije yo, mientras ella avanzaba con determinación por la habitación buscando un arma hasta dar con el palo de hurley que Smoot había dejado caer al suelo—. ¿Estás lista para recibirme?»

Le bastó un solo golpe, Dios la bendiga, para noquear a Peadar MacIntyre. No lo mató —viviría ocho años más, de hecho, hasta atragantarse con una espina de pescado en un pub de su pueblo, puesto que el jurado iba a dejarlo en libertad, habiendo llegado a la conclusión de que había cometido ese delito en respuesta a la extrema provocación que suponía tener un hijo mentalmente trastornado—, pero lo dejó inconsciente. Mi madre y yo nos arrojamos sobre el cuerpo del pobre Smoot, que tenía la cara destrozada por los golpes, la respiración jadeante y parecía estar también a un paso de la muerte.

—¡Jack! —gritó ella, apoyando su cara en el regazo, y en ese momento soltó un aullido escalofriante cuando sintió que todo su cuerpo le pedía que empujara con todas sus fuerzas, que empujara de inmediato, y mi cabeza empezó a aparecer entre sus piernas—. Jack, quédate conmigo. No te mueras, ¿me oyes, Jack? ¡No te mueras!

—Gatita —dijo Smoot, dejando salir la palabra amortiguada entre un par de dientes rotos.

—¡Y deja de llamarme «gatita», joder! —le rugió mi madre antes de gritar de nuevo, como hacía cada vez que una nueva parte de mi cuerpo trataba de asomarse a esa negra noche de agosto.

—Gatita —susurró él mientras se le cerraban los ojos.

Mi madre lo sacudió, sintiendo que el dolor le atravesaba el cuerpo.

—¡Tienes que vivir, Jack! —gritó—. ¡Tienes que vivir!

Y entonces seguramente se desmayó, porque la habitación quedó en silencio alrededor de un minuto. Yo aproveché el lapso de paz y tranquilidad para deslizar el resto de mi diminuto cuerpo sobre la mugrienta alfombra del ático de aquel edificio de Chatham Street, revolcándome en un charco de sangre, placenta y mucosa. Esperé unos segundos para ordenar mis pensamientos antes de abrir los pulmones por primera vez. Con un rugido todopoderoso que oyeron incluso los hombres del pub de abajo, que no tardaron en subir corriendo por la escalera para averiguar cuál era la causa de semejante estruendo, anuncié al mundo que había llegado, que había nacido, que formaba, por fin, parte de él.

1952. Lo vulgar de la popularidad

1952

Lo vulgar de la popularidad