A grandes rasgos, este libro trata de cómo las noticias falsas contribuyeron al estallido de una guerra civil. Retoma las cuestiones planteadas en un volumen anterior, El holocausto español, ampliando especialmente su capítulo segundo, «Teóricos del exterminio». Otro elemento de relevancia contemporánea es la centralidad del tema del antisemitismo. En un país con una ínfima presencia de judíos —seguramente menos de seis mil en 1936— y un número poco mayor de masones, resulta sorprendente que una de las justificaciones fundamentales de una guerra civil que se cobró la vida de medio millón de españoles fueran los supuestos planes de dominación mundial de lo que se dio en llamar «el contubernio judeomasónico-bolchevique», con la carga profundamente despectiva del término «contubernio», en su acepción de «alianza vituperable».
En realidad, la guerra se libró para anular las reformas educativas y sociales de la Segunda República democrática y para combatir su cuestionamiento del orden establecido. En ese sentido, se luchó a favor de los terratenientes, industriales, banqueros, clérigos y oficiales del Ejército, cuyos intereses estaban amenazados, y en contra de los liberales e izquierdistas que impulsaban las reformas y el cuestionamiento indicados. Sin embargo, durante los años de la República, de 1931 a 1936, a lo largo de la guerra y durante muchas décadas después, se siguió fomentando en España el mito de que el enemigo derrotado en la contienda era el contubernio judeomasónico y bolchevique.
El presente libro no es una historia del antisemitismo ni de la antimasonería en España, ni tampoco del contubernio. Sobre los tres temas existen obras excelentes de Gonzalo Álvarez Chillida[1] e Isabelle Rohr[2] —sobre el antisemitismo—, de Javier Domínguez Arribas[3] y de José Antonio Ferrer Benimeli[4] sobre el contubernio, que me han sido de inmensa ayuda. También estoy en deuda con la aportación fundamental de Bernd Rother sobre la reacción de la derecha española ante el Holocausto.[5] Sin embargo, este libro difiere de las obras mencionadas en que adopta la forma de estudios biográficos de los principales individuos antisemitas y antimasónicos que propagaron el mito del contubernio y de los personajes centrales que pusieron en práctica los horrores que dicho mito justificaba. A ellos se dedican seis capítulos, mientras que dos abordan cuestiones de contexto relativas a Franco y su círculo, y su convicción de la existencia de tal contubernio.
El primer capítulo, «Fake news y Guerra Civil», examina la relación entre Francisco Franco y el contubernio. Analiza los motivos personales, profesionales y políticos que explican su ferviente adopción y posterior aplicación de la idea. Se examinan las lecturas, las amistades y las colaboraciones que consolidaron su utilización del mito. Los personajes clave son su cuñado y mentor político, Ramón Serrano Suñer, el psiquiatra Antonio Vallejo-Nágera y el pediatra y profesor universitario Enrique Suñer Ordóñez.
El segundo capítulo, «El policía», trata de Mauricio Carlavilla, uno de los propagandistas más desagradables del contubernio. El material que recogió como agente encubierto a finales de los años veinte fue la base del primero de los muchos best sellers sobre este asunto. De uno de sus libros, llegaron a venderse cien mil ejemplares. Fue un corrupto y un elemento clave en el intento de asesinar al presidente del Gobierno republicano Manuel Azaña. Entre sus múltiples publicaciones se encuentran tomos escabrosos sobre la sodomía y el satanismo.
El tercer capítulo, «El sacerdote», analiza la extraordinaria vida del padre Juan Tusquets. Como clérigo eminente, sus numerosas publicaciones sobre el contubernio judeomasónico-bolchevique tuvieron una enorme influencia. Entre sus lectores famosos se encontraban los generales Franco y Mola. A pesar de su vocación eclesiástica, Tusquets delinquió para espiar a las logias masónicas. Fue un activo propagandista de la sublevación militar de 1936, en cuyos preparativos participó. Antes de la guerra, confeccionó interminables listas de masones. Durante la contienda, fue en la práctica el jefe de la sección judeomasónica del servicio de inteligencia militar (SIM) de Franco, que recogía material con el que engrosar las listas de Tusquets, parte fundamental de la infraestructura de la represión. Tras la guerra, en cambio, se esforzó afanosamente por negar estas actividades.
El protagonista del cuarto capítulo es «El poeta», José María Pemán, un rico terrateniente y popular poeta y dramaturgo. Monárquico ferviente, Pemán fue uno de los principales propagandistas de la dictadura del general Primo de Rivera entre 1923 y 1930. Consternado por el advenimiento de la República democrática en 1931, se convirtió en un importante agitador civil y patrocinador de la sublevación militar de 1936. Cuando esta se produjo, se erigió en orador público oficial de los militares sublevados. En cientos de artículos y discursos públicos, propagó ideas virulentamente antisemitas y justificó la sangrienta represión del enemigo republicano. Tras la derrota de Hitler, se transformó en la cara moderada del régimen franquista. Reescribió con diligencia su pasado radical y fue honrado por el rey Juan Carlos I.
El quinto capítulo, titulado «El mensajero», se centra en un aristócrata terrateniente, Gonzalo de Aguilera, conde de Alba de Yeltes. A diferencia de los demás protagonistas de este libro, ni defendió la existencia del contubernio judeomasónico ni estuvo involucrado en el terror de masas; sin embargo, desempeñó un papel importante en la justificación de las atrocidades de los militares sublevados. Su madre era inglesa, fue educado en Inglaterra y Alemania y sirvió como oficial de enlace con el Ejército alemán en el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial. Poseía dotes lingüísticas considerables y, durante la Guerra Civil, trabajó de enlace con los corresponsales de prensa extranjeros. Los que estaban a su cargo estaban fascinados por su idea de que la represión no era más que una labor de reducción periódica y necesaria de la clase obrera. Había interiorizado tanto la brutalidad que había vivido en el Marruecos español que acabó asesinando a sus dos hijos e intentando matar a su mujer sin éxito. Gracias a la consulta de gran parte de su correspondencia personal, se ha podido construir un fascinante retrato psicológico.
El título del sexto capítulo, «El asesino del Norte», se refiere al general Emilio Mola, oficial en las guerras de África cuyas memorias sobre su experiencia de combate se recrean en el salvajismo. Tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera, ejerció como director general de Seguridad, cargo en el que intentó en vano frenar la marea republicana. En aquella época, era el oficial superior de Carlavilla y compartía su odio hacia los judíos, los masones y los izquierdistas, a los que colgaba por igual el sambenito de comunistas. Estaba absolutamente convencido de la autenticidad de un celebérrimo libelo fraudulento Los protocolos de los sabios de Sión, y devoraba los libros de Tusquets. Su convencimiento de la existencia del contubernio explica el entusiasmo con el que supervisó el asesinato de decenas de miles de civiles como jefe del Ejército del Norte.
El séptimo capítulo, «El psicópata del Sur», trata del general Gonzalo Queipo de Llano, que participó en las guerras coloniales de Cuba y Marruecos y fue famoso por la violencia de su temperamento, así como por su ambición sin límites, que persiguió con una flexibilidad política infinita. Inicialmente monárquico, al sentirse despreciado por el rey y el dictador Primo de Rivera, el despecho le llevó a unirse a la causa republicana. A pesar del trato de favor que recibió de la República, un resentimiento personal parecido provocó un nuevo cambio de lealtad en 1936. Queipo de Llano participó en la sublevación militar y conquistó Sevilla para los rebeldes, un hito sobre el que construyó una leyenda épica. A modo de virrey del Sur, supervisó la brutal represión en Andalucía occidental y Extremadura, que llevó a la muerte a más de cuarenta mil hombres y mujeres, además de enriquecerse gracias a la corrupción.
El octavo capítulo, «La guerra interminable», relata cómo Franco y su círculo más íntimo —Ramón Serrano Suñer, su colaborador de toda la vida y jefe de gabinete, Luis Carrero Blanco y el escritor surrealista y cofundador del fascismo español Ernesto Giménez Caballero— continuaron propagando la noción del contubernio. Su antisemitismo fue un elemento clave en la relación de Franco con Hitler, que sobrevivió a la derrota del Tercer Reich. Franco publicó artículos y un libro denunciando el contubernio judeomasónico y se refirió a él incluso en su último discurso, pronunciado semanas antes de morir en 1975.
Varios factores unieron a los protagonistas. El más llamativo es su convicción unánime de la autenticidad y veracidad de Los protocolos de los sabios de Sión, así como de la idea de que la masonería tenía la culpa de la pérdida del Imperio español. Algunos de ellos —Francisco Franco, Emilio Mola, Gonzalo Queipo de Llano, Gonzalo de Aguilera, Mauricio Carlavilla, Antonio Vallejo-Nágera, Luis Carrero Blanco y Ernesto Giménez Caballero— estaban embrutecidos por sus experiencias en las guerras coloniales del norte de África. Tanto estos ocho como los cuatro que se libraron de luchar en Marruecos —Ramón Serrano Suñer, Juan Tusquets, José María Pemán y Enrique Suñer— ensalzaron las matanzas de la Guerra Civil. Después de la contienda —a excepción de Mola, que murió en 1937, y de Carlavilla y Franco, que nunca vacilaron en su antisemitismo— la mayoría recurrió a mentiras e invenciones para reescribir su comportamiento anterior. Desmontar sus falsedades es uno de los objetivos fundamentales de este libro.
En la primavera de 1937, en la zona controlada por los militares sublevados bajo el mando del general Franco, se publicó un libro cuyo tema era el curso que había seguido hasta el momento la Guerra Civil. Titulado La guerra en España contra el judaísmo bolchevique,[1] la obra resulta curiosa porque en ninguna de sus páginas se menciona a los judíos ni a los bolcheviques. Además, en 1936 no había más de seis mil judíos en España, de los que alrededor de un treinta por ciento eran refugiados del nazismo que habían encontrado protección en la República después de 1934.[2] Además, el Partido Comunista de España era minúsculo. Así pues, ¿cómo podía ser aquella una guerra contra judíos y bolcheviques? Pero numerosos partidarios del golpe militar de julio de 1936 que provocó la Guerra Civil lo tenían clarísimo, lo que atestigua el éxito de una campaña masiva montada durante los años de la República para convencer a los españoles —en especial, a los católicos— de que su país estaba amenazado por una caterva de judíos, masones y bolcheviques. Tras esta idea fraudulenta de amenaza mortal a la nación, el alzamiento militar ocultaba el objetivo menos apocalíptico, y materialmente más rentable, de revertir las numerosas reformas con las que la Segunda República había planeado modernizar España. La coalición republicano-socialista que había gobernado durante los primeros dos años y medio del nuevo régimen, desde el 14 de abril de 1931, había desafiado a la Iglesia católica, los militares, la élite terrateniente, los banqueros y los industriales con un ambicioso programa de reformas sociales, económicas y educativas.
La derecha en pleno estaba indignada por este desafío a sus valores conservadores y a sus intereses económicos. En consecuencia, la prensa y el aparato de propaganda de la derecha montaron una gran campaña para deslegitimar a la República. Se invocaron prejuicios históricos muy arraigados para señalar al «otro» al que se podía culpar, temer y odiar. Este «otro» pasó a llamarse «contubernio judeomasónico-bolchevique», un concepto ficticio que representaba a la Segunda República como si el objetivo de esta fuera destruir la civilización cristiana y a su fiel guardián, España, en una ofensiva presuntamente planeada por los judíos y ejecutada por sus títeres: los masones e izquierdistas. Inculcar esta convicción conspiranoica en las masas conservadoras fue tarea de muchos; sin embargo, la transformación de este convencimiento en hostilidad a la República se debió principalmente a los escritos y conferencias de tres persuasivos propagandistas: el teólogo catalán Juan Tusquets, el policía Mauricio Carlavilla y el poeta José María Pemán. Tusquets reveló el propósito de las campañas simplistas contra los judíos y los masones: al afirmar que el contubernio pretendía dividir, dejó claro que sus esfuerzos se encaminaban a crear una oposición unificada.[3] El fin de Tusquets era reunir esa oposición frente a un enemigo imaginario mediante una propaganda fácilmente asimilable: «Todos a una, sin grupos, sin personalismos […]. La verdad simpáticamente expuesta es todopoderosa»;[4] una aspiración que compartían Carlavilla y Pemán.
Así, aunque las fuerzas franquistas no lucharan en la Guerra Civil española para aniquilar a los judíos, la propaganda antisemita y antimasónica sirvió para unificar e intensificar la enemistad contra la República. De forma inevitable, el antisemitismo latente en la derecha española se convirtió en aprobación de las actividades de Hitler y los nazis. Se estableció una comparación entre la influencia de la que los nazis acusaban a los judíos en la Alemania de Weimar y la que supuestamente tenían en la España medieval. Asimismo, las actividades de los nazis se presentaron como una emulación en el siglo XX de la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos, medidas ambas que se presentaban como necesarias para proteger los valores e intereses nacionales.[5]
El antisemitismo y la idea de un complot ideado por los judíos para destruir la civilización cristiana y su autoproclamado adalid, España, habían proliferado en los círculos clericales y de la derecha durante siglos. Sin embargo, no fue hasta después de la instauración de la Segunda República, en abril de 1931, cuando adquirieron un papel clave en la política cotidiana. La extrema derecha estaba decidida a destruir el nuevo régimen y su programa reformista. Para justificar sus esfuerzos, se utilizó la coartada de que se trataba de una lucha a vida o muerte en defensa de los valores tradicionales de España contra la ofensiva de una fuerza coordinada de izquierdistas y masones dirigida por los judíos. El espantajo del contubernio judeomasónico-bolchevique proporcionó un sambenito muy práctico para agrupar a una amplísima gama de izquierdistas y liberales en un «otro» al que había que exterminar. Su lenguaje apocalíptico y a la vez simplista otorgaba una justificación inspiradora a lo que en realidad eran objetivos sectoriales concretos. Hubo numerosos «teóricos» de la conspiración que pudieron difundir sus opiniones en varios periódicos, entre los cuales los más vehementes eran los de ideología carlista, como El Siglo Futuro y El Correo Catalán, aunque las diatribas contra el contubernio judeomasónico-bolchevique pudieran encontrarse a menudo en diarios conservadores más generalistas, como el monárquico ABC y el católico El Debate.
La condena de la masonería y el antisemitismo latente eran habituales en la Iglesia católica y en los círculos políticos de la derecha en España mucho antes de la caída de la monarquía y el advenimiento de una República reformadora. El rechazo a lo que se condenó como una revolución, a pesar de las ambiciones moderadas del Gobierno republicano-socialista, fue tanto más virulento cuanto que varios de sus altos cargos políticos eran masones. Desde principios de 1932, los cuatro principales grupos de la oposición de derecha al nuevo régimen adquirieron un cariz antisemita cada vez más acusado. Dos de esos cuatro eran grupos monárquicos militantes, la Comunión Tradicionalista Carlista y el grupo alfonsista Acción Española, formado por ricos terratenientes, banqueros e industriales, muchos de los cuales eran destacados aristócratas.[6] Junto con los grupúsculos fascistas incipientes que confluirían en la Falange, el tercer grupo, deseaban derrocar a la República por medio de la violencia, por lo que se les conocía colectivamente con el apelativo de «catastrofistas». El cuarto grupo se aglutinó bajo el liderazgo intelectual del pensador católico Ángel Herrera Oria en la coalición Acción Popular. Se les llamaba «accidentalistas», porque Herrera sostenía que las formas de gobierno, republicanas o monárquicas, eran «accidentales» mientras que lo «sustancial» era el contenido social y económico del régimen. Aunque todos estos grupos se solaparan, Acción Popular suele considerarse la derecha «moderada».
La intensificación del antisemitismo en todos estos grupos puede atribuirse a la aparición en España, a partir de 1932, de numerosas traducciones del libelo ferozmente antisemita Los protocolos de los sabios de Sión y de un libro de gran éxito comercial e inmensamente influyente, Orígenes de la revolución española, de Juan Tusquets, un sacerdote catalán de simpatías carlistas.[7] La primera de las ediciones de Los protocolos, la que obtuvo mayor éxito de ventas, fue la traducción del duque de la Victoria a partir de la versión francesa de monseñor Ernest Jouin:[8] antes de la Guerra Civil, se reeditó cinco veces. Además, hubo otras seis traducciones, una de las cuales fue publicada por Tusquets.[9] Otra la llevó a cabo Onésimo Redondo, discípulo del hermano de Ángel Herrera, Enrique, y fundador de uno de los grupos que acabarían integrándose en la Falange. Redondo sostenía que Los protocolos eran auténticos con el argumento espurio de que se habían traducido del hebreo al ruso. Afirmaba, además, que la judería mundial había intentado frenéticamente impedir su difusión comprando ejemplares para destruirlos.[10] Ninguna de estas ediciones fue traducida del original ruso de Serguei Aleksándrovich Nilus.[11] El propio Orígenes de la revolución española de Tusquets había contribuido a popularizar las acusaciones de Los protocolos de que los judíos pretendían dominar el mundo a través de sus títeres, la masonería y los movimientos de izquierda. En 1963, uno de los principales protagonistas de este libro, Mauricio Carlavilla, publicó una edición comentada de Los protocolos.
De los tres líderes de los grupos fascistas que se fusionarían en la Falange, Onésimo Redondo fue el único activamente comprometido con el antisemitismo. Aunque era un entusiasta del nazismo y el traductor de la edición española de Mein Kampf, sus influencias eran las tradicionales católicas, asociadas a Tusquets y Enrique Herrera. El segundo, Ramiro Ledesma Ramos, estaba más influido por el fascismo italiano. Consideraba que el antisemitismo solo tenía relevancia en Alemania porque, a diferencia de España, donde la amenaza judía era una «mera abstracción», Hitler se enfrentaba a «enemigos concretos, enemigos de Alemania misma como nación». Entre dichos enemigos, los internos eran «el judío y su capital financiero».[12] El tercer fascista español, el líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, sentía un interés relativamente escaso por el «problema judío», excepto cuando se trataba de la influencia judeomarxista en la clase obrera. Sin embargo, el diario falangista Arriba afirmaba que «la internacional judaico-masónica es la creadora de los dos grandes males que han llegado a la humanidad, como son el capitalismo y el marxismo». Después de que un obispo recomendara en diciembre de 1934 que los católicos no compraran en los grandes almacenes SEPU, de propiedad judía, en Madrid, José Antonio Primo de Rivera aprobó los ataques de los falangistas contra los mismos en la primavera de 1935.[13] Aunque no fuese activamente antisemita, José Antonio compartía la convicción de los más conservadores de que era legítimo aniquilar el contubernio judeomasónico-bolchevique mediante la violencia.[14] Fue durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial cuando el antisemitismo se convirtió en un elemento importante del discurso falangista, a modo de emulación de los nazis y para ganarse su favor.
La influencia tanto de Tusquets como de Los protocolos podía verse en el lenguaje utilizado por los colaboradores de la revista monárquica Acción Española, portavoz del grupo conspirador de ultraderecha del mismo nombre. Entre los suscriptores de la publicación se hallaba el general Franco. El fundador y primer director de la revista fue el latifundista Fernando Gallego de Chaves, marqués de Quintanar. En un acto en el Ritz de Madrid celebrado en su honor por compañeros del grupo, Quintanar elogió Los protocolos y manifestó luego que el desastre de la caída de la monarquía se había producido porque «La gran conspiración mundial judeomasónica inyectó el virus de la democracia en las monarquías autocráticas para vencerlas, después de convertirlas en monarquías liberales».[15]
En el mismo número de la revista que informaba del discurso de Quintanar, apareció un artículo de otro latifundista, el marqués de la Eliseda. Se trataba de una reseña adulatoria de una nueva edición de la versión francesa más traducida de Los protocolos de los sabios de Sión, la de monseñor Ernest Jouin, publicada por primera vez en 1920. Eliseda, siguiendo a Jouin, sostenía la autenticidad de Los protocolos sobre la base endeble de que el Museo Británico custodiaba un ejemplar del original ruso. Eliseda partía de la premisa —casi con toda seguridad, por influencia del libro de Tusquets— de que la «revolución española» —o sea, la caída de la monarquía— había sido obra de la masonería y el judaísmo y elogiaba Los protocolos por proporcionar tanto una «colección de argumentos poderosos contra los falsos principios democráticos» como «materia abundante para un ensayo analítico de la psicología judaica, de su especial concepto de las cosas y de sus caracteres raciales». Afirmaba que «los judíos se jactan de haber sembrado en el mundo “el veneno liberal y democrático” para llevarlo a sus manos a través de la anarquía y el caos» y llegaba a insinuar —en velada alusión a la diputada judía por Badajoz Margarita Nelken— que los sangrientos sucesos de Castilblanco del 31 de diciembre de 1931 eran fruto de la intervención de los judíos. A imitación también de Jouin, el marqués culpaba asimismo a los judíos tanto del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo como de la Revolución rusa. El artículo estaba repleto de tópicos antisemitas, como que, gracias a Los protocolos, «trasluce con claridad meridiana el pensamiento judaico, el desprecio en que tienen a los cristianos (que ellos denominan Goim, mientras a sí mismos se llaman israelitas, nunca judíos), y el concepto que tienen del honor, sentimiento que no sólo no poseen, sino que no comprenden». Sostenía Eliseda —presuntamente a partir de lo que él mismo había visto en Palestina— que «los judíos son verdaderos parásitos que explotan a los que son incapaces de producir».[16] La admiración de Eliseda por el libro —y el hecho de que su artículo se publicara en Acción Española— era reveladora de las actitudes del pensamiento monárquico dominante.
Otro suscriptor de dicha revista, Julián Cortés Cavanillas, citó Los protocolos de los sabios de Sión como prueba de que, por medio de masones destacados, los judíos controlaban las hordas anarquistas, socialistas y comunistas. La masonería era el «maléfico engendro de Israel» y, según Cortés, el hecho de que en el nuevo Gobierno republicano-socialista figurasen masones, socialistas y presuntos judíos era una prueba de que la alianza de Marx y Rothschild estaba detrás de la caída de la monarquía.[17]
Otros colaboradores de Acción Española eran el doctor Francisco Murillo Palacios y Wenceslao González Oliveros, quienes escribieron artículos elogiosos sobre los primeros logros del Tercer Reich, entre los que figuraba, para Murillo, el intento de contener la degeneración de la raza alemana a raíz del «cruce de sangre» con judíos y eslavos. Murillo manifestaba así su admiración por las opiniones de Hitler sobre los judíos y su relación con el marxismo: «El judío —dice Hitler— es el exponente del más craso egoísmo, excepto cuando se le presenta un botín común o un común peligro. Aunque estuvieran solos en el mundo no por eso se limpiarían de la suciedad (Schmutz und Unrat) en que se ahogan, ni cesarían en la lucha llena de odio que entre sí mantienen para explotarse y exterminarse, ni depondrían su pusilanimidad y su absoluta carencia de espíritu de sacrificio».[18]
Acción Española no fue más que una de las muchas influencias en el antisemitismo de Franco y su ferviente creencia en el contubernio judeomasónico-bolchevique. Aún más importante en el desarrollo de su pensamiento político fue un regalo del dictador Miguel Primo de Rivera. Poco antes de que Franco se fuera de Madrid para asumir el cargo de director de la Academia Militar de Zaragoza en 1927, Primo les suscribió a él y a varios altos cargos militares, entre los que figuraban los generales Emilio Mola y Gonzalo Queipo de Llano, a una publicación anticomunista con sede en Ginebra, el Bulletin de l’Entente Internationale contre la Troisième Internationale. La Entente, fundada por el derechista suizo Théodore Aubert y el ruso blanco exiliado Georges Lodygensky, era vehementemente antibolchevique y alababa los logros del fascismo y las dictaduras militares como baluartes contra el comunismo. Un emisario de la Entente, su vicepresidente, el coronel Odier, del Ejército suizo, había visitado Madrid y concertado con el general Primo de Rivera la compra de varias suscripciones por parte del Ministerio de la Guerra y su distribución entre algunos oficiales clave. Primo designó al coronel José Ungría de Jiménez para que ejerciera de enlace con Ginebra. Ungría fue nombrado secretario del Centro Español Antibolchevique, la sección española de la Entente. Es significativo que, durante la Guerra Civil, Ungría fuese el jefe de la inteligencia franquista, el Servicio de Información y Policía Militar.[19]
El regalo de esta suscripción desencadenó de por vida la obsesión de Franco con la amenaza del contubernio judeomasónico-bolchevique. Varios factores explican la virulencia de su odio hacia la masonería. Algunos son anteriores a su suscripción a los boletines de Ginebra y a su lectura de las obras del padre Tusquets. Un motivo convincente fue su resentimiento por las simpatías masónicas de su padre, Nicolás Franco Salgado-Araujo. Francisco Franco despreciaba a Nicolás por ser un mujeriego que había abandonado a su esposa, Pilar Bahamonde, en 1907. En 1962, Franco lo reveló sin darse cuenta cuando escribió una extraña interpretación de la caída de Alfonso XIII en el borrador de sus memorias: alegó que la monarquía había sido derrocada por un grupo de «republicanos históricos, masones, separatistas y socialistas» y, con calificativos que remitían inconscientemente a su padre, tachó a los masones de «ateos, traidores en el exilio, delincuentes, estafadores, infieles en el matrimonio».[20]
La antipatía era mutua. A Nicolás Franco Salgado-Araujo, la obsesión de su hijo por el contubernio judeomasónico le parecía ridícula, como él mismo manifestó en cierta ocasión: «¿Qué sabrá mi hijo de la masonería? Es una asociación llena de hombres ilustres y honrados, desde luego muy superiores a él en conocimientos y apertura de espíritu».[21] La fijación de Franco también puede estar relacionada con el hecho de que su poco ortodoxo hermano menor, Ramón, fuese un masón cuyo comportamiento imprevisible, tanto en lo político como en lo personal, le había avergonzado en más de una ocasión. Pero los motivos familiares no son los únicos que explican la hostilidad de Franco hacia la masonería: también es probable que buscara venganza, pues los masones habían rechazado su solicitud de ingreso en la logia Lixus de Larache en 1924 porque, unos meses antes, Franco había aceptado el ascenso a teniente coronel por méritos, cuando la mayoría de los oficiales de Marruecos habían jurado respetar la norma de ascender solo por estricta antigüedad.[22]
Así pues, un Franco ya profundamente hostil a la masonería era muy sensible al contenido de los boletines de Ginebra, que recibió de forma ininterrumpida hasta 1936. Gracias a ellos, pero también a Acción Española y a las obras de Tusquets y Carlavilla, llegó a ver por todas partes la amenaza del contubernio judeomasónico-bolchevique y a creer que toda la izquierda española trabajaba, consciente o inconscientemente, en su provecho. En varias entrevistas concedidas en 1965, Franco reveló a dos biógrafos, Brian Crozier y George Hills, la influencia que la Entente había tenido sobre él. A este último, le comentó: «Mientras era director de la Academia Militar de Zaragoza empecé a recibir periódicamente una Revista que analizaba asuntos de la Comintern desde Ginebra. Más tarde, averigüé que Primo de Rivera había adquirido varias suscripciones a la misma, y pensé que podía interesarme, como así fue. Me permitió conocer el comunismo internacional: sus fines, su estrategia y su táctica. Pude ver al comunismo en acción en España, minando la moral del país, igual que en Francia».[23]
Como se verá en el capítulo posterior sobre Mauricio Carlavilla, parte del material que Franco leía como informes objetivos de terceros, en realidad, había sido producido dentro de España por un agente provocador al servicio del general Mola cuando este era director general de Seguridad. No se sabe si Mola se dio cuenta de que lo que estaba leyendo gracias a la suscripción por cortesía de Primo de Rivera procedía de su propio departamento. El agente en cuestión, Mauricio Carlavilla, se había infiltrado en el Partido Comunista Español y enviaba los exagerados informes de sus actividades a la Entente. De nuevo, como se verá en el capítulo sobre Mola, la vehemencia de su odio hacia los judíos y los masones se vio inflamada, según su propia confesión, por los boletines de la Entente, los escritos de Tusquets y los informes de Carlavilla.
Aproximadamente en la misma época en que fue entrevistado por Hills, Franco declaró a Brian Crozier que, en 1928, había comenzado «a estudiar sistemáticamente el comunismo» a partir de su suscripción al Bulletin de l’Entente Internationale contre la Troisième Internationale. Según Franco, la lectura atenta del Bulletin le había alertado de las turbias actividades de los comunistas españoles. Además, afirmaba que, hasta 1936, no se había perdido ni un solo número del boletín y que había convencido a otros oficiales de que lo leyeran. De hecho, Crozier se quedó con la impresión de que el contacto con la obra de la Entente le había cambiado la vida a Franco. La información procedente de Ginebra, que leyó con avidez desde 1928 hasta 1936, le aportaba «conocimientos y estímulos para la acción: el conocimiento del enemigo y la ambición de derrotarlo». Dada su susceptibilidad preexistente al mensaje de la Entente, no es de extrañar que Franco creyera a pies juntillas en el contenido de los boletines.[24]
De hecho, la receptividad de Franco a los diversos mensajes antimasónicos se intensificó con la llegada de la Segunda República. Tras su meteórico ascenso en el escalafón antes de 1931 —en particular, su prestigioso nombramiento en 1927 como director de la Academia General Militar de Zaragoza—, los obstáculos que encontró tras la instauración del nuevo régimen le provocaron un profundo resentimiento. El mayor golpe fue la clausura de la Academia en el verano de 1931, una decisión que Franco, inevitablemente, no atribuyó a motivos económicos, sino a una afrenta personal porque el político responsable de la misma, el ministro de la Guerra, Manuel Azaña, era masón, al igual que muchos otros miembros del Gobierno. Azaña, que dudaba de que Franco fuera leal a la República, le dejó sin destino durante ocho meses, con lo que este tuvo tiempo de sobra para asimilar la literatura antimasónica y antisemita. A principios de 1932, comenzó a leer el primero de los libros de Tusquets. Corroído por la envidia hacia los oficiales que ascendían con el nuevo régimen republicano, acabó por considerarlos lacayos de la masonería y del comunismo. Ese mismo año, Franco intentó recuperar el terreno perdido solicitando el ingreso en una logia masónica de Madrid, pero su petición fue rechazada una vez más por oficiales de indudables convicciones republicanas, entre los que se encontraba su hermano Ramón. Incluso cuando a Franco se le concedieron posteriormente puestos de responsabilidad, creyó que era espiado por oficiales masones.[25]
Durante la República, el siempre cauto Franco se cuidó de distanciarse de los generales que actuaban en las intrigas monárquicas. Sin embargo, compartía sin duda sus prejuicios y preocupaciones. Al fin y al cabo, estaba suscrito a Acción Española, que se dedicaba a justificar una sublevación contra una República que aquellos conspiradores consideraban ilegítima. Su pensamiento sobre cuestiones políticas, sociales y económicas se vio además influido por la lectura de la prensa de derechas y, como el propio Franco reveló más tarde, por las obras de Tusquets. Entre otros ascendientes clave en el pensamiento político de Franco, uno de los más importantes fue el brillante abogado Ramón Serrano Suñer, a quien conoció en 1929 en Zaragoza cuando era director de la Academia General Militar. Establecieron una estrecha amistad que pronto derivó en vínculos familiares: invitado a comer y cenar a menudo con la familia Franco, Serrano Suñer trabó conocimiento con la cuñada del general, Zita. Cuando se casaron en febrero de 1931, un amigo de Serrano, José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador y futuro fundador de la Falange, actuó como testigo. Franco hizo lo propio por el lado de la novia.[26] Tan estrecha fue esta amistad que Serrano Suñer se fue convirtiendo en una especie de mentor político de Franco. Por aquel entonces, y hasta la primavera de 1936, Serrano Suñer era miembro de la Acción Popular de Ángel Herrera y, tanto en las elecciones de 1933 como en las de 1936, fue candidato por su partido político, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Por razones evidentes, su periódico preferido era El Debate de Herrera, y Franco siguió su ejemplo.
Esto le puso en contacto con las ideas de Francisco de Luis, que, desde principios de 1933, había sucedido a Ángel Herrero como director de El Debate. De Luis era un ferviente defensor de la teoría del contubernio judeomasónico-bolchevique. Su magnum opus sobre el tema, La masonería contra España, se publicó en 1935 con el imprimátur eclesiástico. De Luis creía que Los protocolos eran una prueba documental verídica de los planes malignos de los judíos: «En el famoso programa secreto de los judíos, escrito en 1896, y providencialmente descubierto e impreso desde 1902 con el título de Protocolos de los Sabios de Sión, hallamos expresada netamente la dominación de la Masonería por el Judaísmo».[27] En su libro, en el que citaba con entusiasmo las obras de Juan Tusquets, Los protocolos, la prensa carlista y al general Mola, De Luis sostenía que el fin de la masonería era corromper la civilización cristiana con valores orientales. Su premisa era que «los judíos, padres de la masonería, puesto que no tienen patria, quieren que los demás hombres tampoco la tengan». Por eso, tras liberar a las masas de los impulsos patrióticos y morales, los judíos podían reclutarlas para asaltar los valores cristianos. En su interpretación, los católicos se enfrentaban a una lucha a muerte, porque «en cada judío va un masón: astucia, secreto doloso, odio a Cristo y su civilización, sed de exterminio. Masones y judíos son los autores y directores del socialismo y el bolchevismo».[28]
La Confederación Española de las Derechas Autónomas, el partido político creado a partir de la Acción Popular de Herrera, aparentemente moderada, estaba dirigida por un brillante abogado católico, José María Gil Robles, cuyo padre le había inculcado el carlismo. Un estrecho colaborador de Gil Robles era José María Fernández Ladreda, conde de San Pedro, que había sido alcalde de Oviedo durante la dictadura de Primo de Rivera. Comandante de artillería, había abandonado el Ejército en protesta por las reformas militares de Manuel Azaña. Era lógico que, en cuanto que militar y aristócrata, también formara parte del grupo de Acción Española. En agosto de 1933, como líder de la poderosa sección asturiana de Acción Popular, propugnó la creación de «un frente único católico contra la masonería y el judaísmo que pretenden destruir la civilización cristiana».[29] La retórica maniquea propagada por Tusquets, Carlavilla, De Luis y Los protocolos, que subyacía en gran parte de la retórica de la CEDA, implicaba la determinación de aniquilar físicamente a la izquierda.
Durante la campaña de la CEDA para las elecciones de noviembre de 1933, poco después de regresar de un viaje de estudios por la Alemania nazi, Gil Robles declaró en tono beligerante: «Hay que fundar un nuevo Estado, una nación nueva, dejar la patria depurada de masones judaizantes […] Hay que ir al Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa si nos cuesta hasta derramar sangre!».[30] El programa electoral de Gil Robles consistía en una diatriba contra las reformas agrarias y religiosas de la coalición republicano-socialista y los desórdenes de los que la responsabilizaban. En relación con la supuesta destrucción de la propiedad privada y de la Iglesia por parte de la República, hablaba del «dolor de la patria debatiéndose en las congojas de trágica agonía por los crímenes y desafueros de los energúmenos, a precio y servicio de las logias masónicas y del judaísmo internacional, con la cooperación del sectarismo marxista».[31] En un cartel electoral de la CEDA, aparecían los cuatro poderes monstruosos y siniestros que invadían España: un bolchevique, un separatista, un masón y un judío.[32]
La campaña de Gil Robles alcanzó su punto culminante en un discurso pronunciado el 15 de octubre en el cine Monumental de Madrid, cuyo tono solo podía hacer que la izquierda se planteara qué supondría para ellos una victoria de la CEDA: «Tenemos que reconquistar España […]. Tenemos que dar a España una verdadera unidad, un nuevo espíritu, una política totalitaria […]. Para mí solo hay una táctica hoy: formar un frente antimarxista, y cuanto más amplio, mejor. Es necesario, en el momento presente, derrotar implacablemente al socialismo». El lenguaje de Gil Robles no se distingue del de la extrema derecha conspiranoica:
Necesitamos el poder íntegro y eso es lo que pedimos […] Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o lo hacemos desaparecer.[33]
Este discurso, descrito por El Socialista como una «auténtica arenga fascista», fue considerado por la izquierda como la expresión más clara de la amenaza que suponía la CEDA. Lo cierto es que cada frase del mismo fue recibida con estruendosos aplausos. Fernando de los Ríos, socialista moderado e ilustre catedrático de Derecho, señaló con horror que el llamamiento de Gil Robles a la depuración de judíos y masones era una negación de los postulados jurídicos y políticos del régimen.[34] Gil Robles terminó su intervención pidiendo apoyo económico para el partido, amenazando con incluir en una ominosa «lista negra de malos patriotas» a los que no contribuyeran. El tenor del discurso se trasladó a los carteles electorales, que resaltaban la necesidad de salvar a España de «marxistas, masones, separatistas y judíos». [35]
En marzo de 1934, José María Pérez Laborda, secretario general de la CEDA, declaró en una entrevista citada por el periódico londinense The Jewish Chronicle: «La judería como potencia internacional es el principal enemigo de la Iglesia católica y, por tanto, de nuestro partido, cuyo programa se basa en los principios del catolicismo. En este sentido más laxo, Gil Robles es antisemita». Pérez Laborda afirmaba a continuación que el antisemitismo del partido se dirigía contra la judería internacional, porque en España había muy pocos judíos. El periódico no se quedó tranquilo y comentó: «No hay que subestimar la grave amenaza ideológica, si no práctica, que representa para el judaísmo, no solo en España sino en el mundo entero».[36] Al cabo de un mes, el 22 de abril de 1934, una multitud de veinte mil personas se concentraba en El Escorial bajo una fuerte tormenta de aguanieve en una réplica de los mítines nazis. Con el maniqueísmo de rigor, los oradores proclamaron uno tras otro que había que defender a la verdadera España contra lo que tachaban de la «anti-España». Para Luciano de la Calzada, diputado de la CEDA por Valladolid, la verdadera España era la de quienes abrazaban la tradición española y los valores católicos: «Todo lo demás —judíos, heresiarcas, protestantes, comuneros, moriscos, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas— fue y es una minoría discrepante al margen de la nacionalidad, y por fuera y frente a la Patria es la anti-Patria».[37]
En los primeros meses de 1934, en una serie de mítines se anunció con optimismo la instauración del «nuevo Estado» en cuanto Gil Robles llegara al poder, al tiempo que se alertaba en tono apocalíptico sobre la creciente amenaza de la masonería y el judaísmo. Así, en uno de dichos eventos, celebrado en Uclés (Cuenca) por la organización juvenil de la CEDA, la Juventud de Acción Popular (JAP), con un gran despliegue de reuniones preparatorias, trenes especiales y autobuses, intervino Dimas de Madariaga, diputado de la CEDA por Toledo y representante de los terratenientes amenazados por las reformas agrarias propuestas por la República. Madariaga anunció que la defensa de los valores tradicionales y de los derechos de propiedad sería asumida por el «nuevo Estado», que no se basaría «en el liberalismo decadente, no circulará el veneno del marxismo y del separatismo, inoculado por masones, judíos y judaizantes».[38]
En la primavera de 1934, caducaron las suscripciones al Bulletin de l’Entente Internationale contre la Troisième Internationale pagadas por Primo de Rivera. Franco, que a la sazón era capitán general de Baleares, no dudó en renovar su suscripción, pagándola esta vez de su bolsillo, como indicó en la carta que escribió en francés desde Capitanía en Mallorca a Ginebra el 16 de mayo de aquel año:
Señor:
Estoy informado de la gran labor que realiza en defensa de las naciones y contra el comunismo, y deseo recibir todos los meses sus interesantísimos boletines de información, tan documentados y eficaces, para poder colaborar, en nuestro país, con su gran esfuerzo y estar al corriente de tales asuntos. Espero que tenga la bondad de informarme de las condiciones para que pueda recibir mensualmente sus boletines.
Reciba mi más cordial saludo, con admiración y gratitud por su gran labor,
FRANCISCO FRANCO
La Entente respondió enviando de inmediato un paquete de sus publicaciones. El 23 de junio, Franco mandó un cheque de cincuenta francos suizos como pago de la suscripción de 1935.[39]
A estas alturas, la Entente ya colaboraba con la Antikomintern de Joseph Goebbels en dirigirse con gran habilidad a personas influyentes, convencidas de la necesidad de prepararse para luchar contra comunistas, masones y judíos, y conectarlas entre sí. Los suscriptores recibían informes sobre supuestos planes de ofensivas inminentes de los tres enemigos. Vistas a través del prisma de dichos informes, las numerosas huelgas que se produjeron a lo largo de 1934 convencieron a Franco de que se había desatado una gran ofensiva comunista contra España.[40] Asimismo, su reacción ante los sucesos revolucionarios de Asturias reflejaba cómo habían influido en su modo de pensar los materiales que recibía de la Entente y las lecturas de El Debate y de las obras de Tusquets. Más tarde, Franco escribiría que la revuelta obrera había sido «concienzudamente preparada por agentes de Moscú», como parte de un contubernio de los republicanos (masones), los separatistas catalanes y los socialistas. El uso de la palabra «contubernio» delata su identificación con los que denunciaban la presunta conspiración judeomasónica-bolchevique. Así, según Franco, «la masonería […] creía poder explotar la carne de cañón de los obreros a través del Partido Socialista para asaltar el poder. […] con la experiencia y dirección técnica comunista, creían que iban a poder instalar una dictadura».[41]
En febrero de 1935, el Gobierno de coalición de los radicales y la CEDA nombró a Franco comandante en jefe de las tropas de Marruecos. Poco después de llegar a su nuevo destino, el 18 de marzo de 1935, un Franco ansioso por no perderse ninguno de los boletines, escribió a la Entente Internationale contre la Troisième Internationale, esta vez en español, para comunicar su cambio de domicilio, y volvió a hacerlo el 5 de junio para confirmar su nueva dirección.[42] Al poco tiempo, volvió a la Península como jefe del Estado Mayor. La aprobación por parte de la Comintern de la estrategia del Frente Popular, ratificada en su VII Congreso el 2 de agosto de 1935, fue utilizada por la Entente para convencer a sus suscriptores, incluido Franco, de que Moscú planeaba una revolución en España.[43] Entre los papeles de Franco se encuentra el texto en español de un largo informe sobre el VII Congreso que le envió la Entente.[44] En su conversación con George Hills, el dictador comentó cómo le había afectado dicho informe: «Los acontecimientos de finales de 1935 en España eran inquietantes. La violencia y el desorden iban en aumento. Sin embargo, lo que me preocupaba no era tanto lo que ocurría dentro de España como lo que ocurría fuera y las relaciones entre la gente de España y Moscú. Yo había recibido un informe completo de las actas del VII Congreso de la Comintern, pero tenía que estar seguro de que lo que se había decidido en Moscú se fuera a llevar a cabo en España».[45] Los frenéticos esfuerzos de Franco por provocar un golpe militar tras las elecciones de febrero de 1936 solo pueden entenderse como una confirmación de su convencimiento de que las predicciones apocalípticas de la Entente sobre la inminente toma del poder por parte de los comunistas estaban en lo cierto. En ese sentido, demuestran implícitamente que estaba dispuesto a tragarse entera la propaganda de la Entente.[46]
La campaña de la CEDA en las elecciones contra el Frente Popular de febrero de 1936 fue tan beligerante en su intensidad y malicia como la de los monárquicos y carlistas, enemigos declarados de la República. Uno de los ejes centrales de la propaganda cedista era que el judaísmo, el marxismo y la masonería eran el enemigo al que había que derrotar. Así, El Debate presentó las elecciones como una lucha a muerte entre España y la anti-España, entre la civilización y la barbarie. Las JAP, que se situaron al frente de la campaña de la CEDA, fueron aún más explícitas al proclamar que la batalla era entre Gil Robles, por un lado, y, por el otro, el triángulo (la masonería), la hoz y la estrella (de David).[47]
La Editorial Católica, que publicaba El Debate, editaba también la popularísima revista antisemita y antimasónica Gracia y Justicia. Financiada por elementos de la CEDA, dicha revista, de un humor satírico de brocha gorda, estaba dirigida por Manuel Delgado Barreto, estrecho colaborador del general Primo de Rivera. Su tirada semanal de doscientos mil ejemplares hacía de ella el semanario más influyente de la extrema derecha.[48] Un artículo del 7 de diciembre de 1935, con el título de «Masones, judíos, marxistas y otros bichos», se quejaba de que «los judíos, masones y camaradas los tenemos aquí a porrillo y también quieren destrozar a España». Terminaba con la amenaza de que pronto volarían todos por los aires. En otros números se pedía la expulsión de los judíos de España. En su edición de Navidad de 1935, proponía que en los belenes pusieran de camellos de los Reyes Magos a la masonería, el judaísmo y el marxismo.[49]
Un periódico aún más rabioso en su antisemitismo era Informaciones, que distribuía unos cincuenta mil ejemplares diarios. Era propiedad del millonario Juan March, que apoyó a los conspiradores militares, les proporcionó garantías de seguridad económica en caso de fracaso y financió gran parte de su esfuerzo bélico. El director de Informaciones, publicación subvencionada por la embajada de Alemania, era otro suscriptor de Acción Española e íntimo de March, Juan Pujol, que fue diputado de la CEDA por Madrid de 1933 a 1935, años que aprovechó para escribir una novela antisemita.[50] Durante la campaña para las elecciones de febrero de 1936, Informaciones declaró que «los judíos alemanes emigrados han hecho de España centro internacional del boicot contra la Alemania de Hitler que salva a Europa de las hordas rojas asiáticas».[51]
El antisemitismo abundaba en los panfletos clandestinos que distribuía la Unión Militar Española (UME), la organización que estaba en el centro de los preparativos del golpe, lo que se explica porque muchos de ellos fueron redactados por Mauricio Carlavilla. A mediados de julio de 1936, justo antes del golpe, la UME proclamaba que España estaba gobernada por «los traidores vendidos a la masonería y el judaísmo». Y su programa para el golpe incluía la «expulsión de España de los judíos y francmasones; disolución de los partidos políticos y organizaciones sindicales, etc.».[52]
La connivencia entre la prensa antisemita y los militares golpistas era innegable. A los pocos días del alzamiento, los sevillanos leyeron en el ABC: «Ha llegado el momento de que todos sin excepción brinden su concurso personal a las autoridades militares y al Ejército que lucha para salvar a la Patria de que caiga en las garras de la anti-España, constituida por la banca judía y sus auxiliares, las sociedades secretas de masones y las agrupaciones marxistas dirigidas desde Moscú. Contra toda esta canalla internacional hay que luchar con todos nuestros bríos».[53]
No es casualidad que un ferviente antisemita como Juan Pujol fuera nombrado jefe de la Oficina de Prensa y Propaganda de los rebeldes en agosto de 1936 y tuviera plena libertad para dar rienda suelta a su virulento odio hacia los judíos.[54] Típico de sus opiniones fue un artículo de diciembre de 1936 en el que escribió que las Brigadas Internacionales, «piojería de los slums», estaban controladas por «el Comité Secreto Israelita que gobierna al pueblo judío distribuido por el mundo, obstinado ahora más que nunca en dominarlo. En realidad, España está guerreando contra la Judería universal, que ya es dueña de Rusia y que ahora pretendía apoderarse de nuestro país». Entre los judíos que denunciaba estaba Margarita Nelken: «Judía y bien empedernida y hedionda esa alimaña de Margarita Nelken, venida aquí de un gheto alemán, con el padre buhonero. Judío es Companys —descendiente de judíos conversos—, y no hay más que verle la jeta para comprenderlo, sin necesidad de más exploraciones en su árbol genealógico».[55] Tales observaciones, como las citadas anteriormente de Acción Española, desmienten la afirmación franquista tantas veces repetida de que el antisemitismo español no era racista, sino solo religioso. Irónicamente, las referencias a la Inquisición en apoyo de esta tesis olvidan que, tras la expulsión de los judíos en 1492, se habían promulgado los estatutos de limpieza de sangre para impedir que cualquier persona con sangre judía ocupara altos cargos.[56] Cuando Pujol fue nombrado jefe de la Oficina de Prensa y Propaganda, escribió en Domingo, un semanario que había fundado él mismo, que la Guerra Civil española era «la guerra santa» de los judíos que habían enviado a las Brigadas Internacionales «a saquear» España.[57]
A pesar del antisemitismo manifiesto que emanaba de las publicaciones que dirigía Pujol, era evidente la preocupación que generaba su impacto en el extranjero. En febrero de 1937, uno de los responsables de prensa que tenía a sus órdenes, Laureano de Armas, escribió desde el cuartel general de Franco al director de The Jewish Chronicle en Londres:
Estimado señor:
Me han informado de que corre el rumor en Inglaterra de que el Movimiento Nacional Español es de carácter antijudío. Me han autorizado a declarar que esto es absolutamente falso y, por consiguiente, le agradecería mucho que informara a sus lectores de la verdad. Una política antijudía en España supondría la existencia de un problema judío, que, como usted sabe, no existe en este país. Además, un simple vistazo a los discursos del general Franco del 1 de octubre de 1936 y del 19 de enero de 1937 le demostrará que lo único que se excluye del programa de la Nueva España es el bolchevismo.[58]
Esta ingenua misiva pasaba por alto la tan cacareada asociación entre el judaísmo y el bolchevismo que establecían los rebeldes, y además daba a entender involuntariamente que lo único que impedía que la política de los golpistas fuera más antisemita era la escasez de judíos. En contra de las afirmaciones de Laureano de Armas de que no había antisemitismo en el nuevo Estado de Franco, se publicaron carteles falangistas con caricaturas ferozmente antijudías tomadas del semanario nazi Der Stürmer.[59] The Jewish Chronicle respondió citando la propaganda virulentamente antisemita de las charlas del general Queipo de Llano y de la prensa de la zona rebelde. El periódico preguntaba a Laureano de Armas cómo podían conciliarse esas soflamas constantes con la afirmación de que no había antisemitismo en la España de Franco. El periódico también informó de la admiración hacia Der Stürmer de los medios de comunicación rebeldes.[60]
El antisemitismo marcó la alianza entre los militares sublevados y la Iglesia católica, como puso de manifiesto el 28 de septiembre de 1936 un discurso del cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y primado de toda España, dirigido a los defensores del Alcázar recién liberado, en el que se calificaba a la guerra de «choque de la civilización con la barbarie, del infierno contra Cristo». Gomá, tras lanzar sus dardos emponzoñados contra «el alma bastarda de los hijos de Moscú», situaba el origen de los desastres de España en el día en que la sangre española se mezcló con la de judíos y masones, que «envenenaron el alma nacional con doctrinas absurdas, con cuentos tártaros y mongoles aderezados y convertidos en sistema político y social en las sociedades tenebrosas manejadas por el internacionalismo semita».[61] Tres años más tarde, el propio Franco emplearía expresiones parecidas en otro acto celebrado en Toledo para conmemorar la liberación del Alcázar, al afirmar que los crímenes de las «hordas rojas» estaban inspirados en «la crueldad sin límites de una raza maldita».[62]
No es de extrañar que la admiración de Franco por los escritos de Tusquets hiciera que, cuando el propagandista catalán llegó a Burgos en septiembre de 1936, fuera acogido calurosamente en el cuartel general franquista, donde mantuvieron una estrecha relación durante la Guerra Civil[63] y huelga decir que Franco y Tusquets se dedicaron a fomentar sus prejuicios mutuos sobre judíos y masones. Tusquets también sirvió de enlace entre Franco y el cardenal Gomá. El 10 de mayo de 1937, Franco pidió al cardenal que convenciera al Vaticano para que condenara a los vascos por su apoyo a la República. Se quejó amargamente a Gomá de lo que, según él, era la hostilidad hacia los rebeldes de la prensa católica internacional, sobre todo en Gran Bretaña, Francia y Bélgica, y tachó de igual de perjudicial el tibio apoyo de las máximas autoridades eclesiásticas de algunos países. En su informe a Roma sobre la conversación, Gomá escribió: «El general atribuye el fenómeno a malquerencia tradicional, a miedo a situaciones de dictadura, a la acción neutral del populismo contemporizador, a la influencia del judaísmo y masonería y especialmente al soborno de algunos directores o redactores de periódicos que —es un hecho que consta— han recibido fuertes sumas para la odiosa campaña».[64] Que el tema seguía obsesionando a Franco se puso de manifiesto el 25 de julio de 1937, en la ceremonia de ofrenda al apóstol Santiago en la catedral de Santiago de Compostela, en la que el discurso de Franco, leído por el general Fidel Dávila, alababa al santo patrón de España como guía para el restablecimiento de la «unidad española, a tanta costa forjada», que «se quebró y despedazó al conjuro de secretas fuerzas revolucionarias que se escudaban en un laicismo ateo y en la masonería judaizante».[65]
Entre los convencidos de la existencia del contubernio judeomasónico-bolchevique a los que Franco dio un papel destacado estaba José María Pemán, quien, como se verá, a partir de octubre de 1936 presidió la Comisión de Cultura, que hacía las veces de Ministerio de Educación del improvisado Gobierno creado en octubre de 1936. La tarea de Pemán era depurar la docencia de judíos, masones y comunistas. El segundo de Pemán, el doctor Enrique Suñer, era un creyente aún más devoto en la existencia del contubernio. En julio de 1937, después de que Pemán emprendiera una serie de giras de propaganda, Franco nombró a Suñer presidente de la comisión en su lugar. Suñer cumpliría su cometido con tanto celo que Franco le eligió más tarde para presidir uno de los grandes instrumentos de la represión, el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas.
Suñer se había dado a conocer como catedrático de Pediatría de la Universidad Central de Madrid, y durante la dictadura de Primo de Rivera había ocupado un cargo importante en el Ministerio de Educación. Poco antes de la llegada de la República, se ganó muchos enemigos en la izquierda. La dura reacción de la Guardia Civil a las manifestaciones estudiantiles en favor de la amnistía de los presos políticos, el 25 de marzo de 1931, se saldó con la muerte de un estudiante y un guardia civil, así como con dieciséis heridos graves. Indignado, Suñer dio rienda suelta a su «santa cólera» en un virulento artículo publicado en El Debate, el 27 de marzo, titulado «La Puericultura de la Revolución». En él, afirmaba que las balas disparadas a través de las ventanas de la sala para niños atacados de enfermedades infecciosas de la Facultad de Medicina habían salido de las armas de los estudiantes, lo que provocó la airada reacción de la Junta de la Facultad de Medicina, que lo suspendió de su cátedra. El odio de Suñer a la República le llevó a convertirse en miembro activo del grupo de Acción Española.[66]
Poco después de ser nombrado vicepresidente de Pemán, en 1937, Suñer publicó su denuncia de los profesores e intelectuales a los que consideraba responsables de la sangre derramada durante la guerra. Su explicación era que el general Miguel Primo de Rivera había sido demasiado tolerante con la oposición:
Uno de los defectos más graves en que incurrió fue, a juicio mío, el no haber sabido obrar, cuando las oportunidades se presentaban propicias, con métodos «dictatoriales» en los que la justa represión alcanzara el grado necesario. No obstante el sistema de multas, destituciones y otras medidas parecidas, el noble corazón de Primo de Rivera mostróse débil para derramar sangre. Hubiera entonces bastado con la pérdida de vidas de uno de los días actuales para que el imperio de la ley y el respeto sagrado a las autoridades hubiesen sido hechos tangibles. Con unas cuantas docenas de penas capitales impuestas a los de arriba, y las necesarias deportaciones y expulsiones del territorio nacional, muchos de los energúmenos, agitadores y cobardes revolucionarios causantes de nuestras presentes desdichas hubiesen callado con silencio absoluto.[67]
Suñer distinguía dos clases de sangre. En el bando republicano, estaba la «de conscientes criminales, autores de las hecatombes que padecemos, de viles brutos, con instintos peores que las fieras». En el bando de los militares sublevados, la sangre fluía «de hidalgos pechos españoles —militares y milicianos— jóvenes generosos, llenos de una abnegación y un heroísmo tan inmensos que sus heridas los elevan a la altura de los semidioses de las leyendas helénicas». Luego, para justificar lo que él y Pemán hacían en la comisión, se preguntaba:
Y toda esta espantosa mortandad ¿ha de quedar sin el justo castigo? Nuestro espíritu se rebela contra una posible impunidad de los despiadados causantes de nuestra tragedia. No es posible que la Providencia y los hombres dejen sin castigar tantos asesinatos, violaciones, crueldades, saqueos y destrucciones de la riqueza artística y de los medios de trabajo. Es menester, con la más santa de las violencias, jurar ante nuestros muertos amados la ejecución de las sanciones merecidas.[68]
Suñer, que compartía las ideas de Pemán, denunció a todos los políticos republicanos como
hombres horrendos, verdaderamente demoníacos. Sádicos y vesánicos unidos a profesionales del hurto, de la estafa, del atraco a mano armada y del homicidio con alevosía, han ocupado carteras de Ministros, Subsecretarías, Consejos, Direcciones Generales y toda clase de puestos importantes. […] jabalíes y ungulados corriendo por el que fue Congreso de los Diputados, en busca de víctimas propiciatorias de sus colmilladas y de sus golpes de solípedos […]. Monstruos neronianos, directores de sectas y ejecutores de las mismas, han asesinado a la máxima esperanza de la Patria: Calvo Sotelo […]. Detrás de ellos quedan los masones, los socialistas, los comunistas, los azañistas, los anarquistas, todos los judíos dirigentes del negro marxismo que tiene por madre a Rusia y por lema la destrucción de la civilización europea. España ha sido y es teatro de un combate épico, ciclópeo, acción de titanes contra monstruos apocalípticos. Los programas expuestos en los «Protocolos de los Sabios de Sión» han empezado a cumplirse.[69]
Lo que se necesitaba era una «labor profunda, austera, callada, aplicadísima, como la realizada por esos dos grandes hombres, genios de hoy y de mañana, que se llaman Mussolini y Hitler».[70] El objetivo de la guerra, escribía Suñer, era «la fortaleza de la raza. Para ello hay que huir de toda clase de intolerancias y de sectarismos, inspirándose únicamente en la equidad y en el beneficio de todos los ciudadanos. […] Para que este programa ideal pueda cumplirse, hace falta practicar una extirpación a fondo de nuestros enemigos, de esos intelectuales, en primera línea, productores de la catástrofe».[71] Su cargo de vicepresidente de la comisión presidida por Pemán le permitió vengarse a placer de la persecución de la que creía haber sido víctima. Decidido a eliminar a cualquier intelectual que hubiera contribuido a la cultura progresista de la República, Suñer envió numerosas denuncias al servicio de inteligencia rebelde, el Servicio de Información Militar, entre las que se encontraban las de personalidades conservadoras como el ilustre medievalista y filólogo Ramón Menéndez Pidal.[72]
Entre los miembros de Acción Española que encontraron acomodo junto a Franco, Pemán, Enrique Suñer y otros antisemitas, se encontraba el eminente psiquiatra Antonio Vallejo-Nágera. Este compartía sus ideas y, durante la Guerra Civil, como jefe de los Servicios Psiquiátricos militares de Franco, tuvo la oportunidad de ponerlas en práctica. Estaba obsesionado con la necesidad de la limpieza racial. En un libro publicado en 1934, había defendido la castración de los psicópatas.[73] Vallejo-Nágera recibió autorización oficial para poner en práctica sus teorías gracias a sus contactos personales tanto con Franco (su mujer era muy amiga de la esposa de Franco, Carmen Polo) como con altos cargos de la Falange.[74] Para afianzar su relación con Franco, Vallejo-Nágera recurrió al servilismo. Su libro sobre la psicopatología de la guerra, en el que incluyó sus investigaciones sobre los vínculos entre el marxismo y la deficiencia mental, lo dedicó a Franco «en respetuoso homenaje de admiración al invicto Caudillo Imperial, Generalísimo de los Ejércitos Españoles de Tierra, Mar y Aire». Vallejo-Nágera asumió como propia «esta labor tan trascendente de higienización de nuestra raza», para la que tomó como modelo a la Inquisición, porque creía, al igual que Franco, que esta había salvado a España de doctrinas ponzoñosas. Partiendo de la premisa de que «el espíritu racista siempre ha estado latente en España como lo pregonan los expedientes de limpieza de sangre en contra de judíos y moriscos», Vallejo-Nágera abogaba por «una Inquisición modernizada, con otras orientaciones, fines, medios, y organización; pero Inquisición».[75]
En agosto de 1938, Franco autorizó la asignación de recursos necesarios para que Vallejo-Nágera creara el Laboratorio de Investigaciones Psicológicas con el que se pretendía patologizar las ideas de la izquierda. El psiquiatra se propuso identificar los factores ambientales que fomentaban la expresión del «gen rojo» y los vínculos entre el marxismo y la deficiencia mental mediante pruebas psicológicas realizadas a presos republicanos vulnerables, físicamente agotados y mentalmente angustiados. El equipo de investigación estaba formado por dos médicos, un criminólogo y dos asesores científicos alemanes. Sus sujetos fueron brigadistas internacionales prisioneros en San Pedro de Cardeña y cincuenta mujeres republicanas presas en Málaga, treinta de las cuales habían sido condenadas a muerte. Partiendo de la premisa de que las mujeres eran degeneradas y, por lo tanto, propensas a la criminalidad marxista, explicó la «criminalidad revolucionaria femenina» debido a la naturaleza animal de la psique femenina y al «marcado carácter sádico» que aflora cuando las circunstancias políticas permiten a las mujeres «satisfacer sus apetencias sexuales latentes».[76] Su principal punto de partida era que el «gen rojo» contaminaba la pureza de la raza española con cepas judías. Su trabajo «confirmó» los prejuicios que la cúpula militar rebelde ya había asimilado a partir de las obras de Tusquets, Carlavilla y Pemán mediante argumentos «científicos» que justificaban sus opiniones sobre la naturaleza infrahumana de sus adversarios. Por todo ello, Vallejo-Nágera fue recompensado con el ascenso a coronel.[77]
Los colaboradores más íntimos de Franco, su cuñado y sucesivamente ministro de la Gobernación y de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, y su amigo de toda la vida, Luis Carrero Blanco, eran ambos creyentes en la veracidad de Los protocolos de los sabios de Sión. Serrano Suñer, como ministro de la Gobernación, había pronunciado el 19 de junio de 1938 un discurso de celebración del primer aniversario de la caída de Bilbao. En una larga diatriba contra los católicos franceses, como François Mauriac y Jacques Maritain, que habían insinuado que la causa franquista no tenía nada de sagrado, hizo comentarios que muchos de sus oyentes no debieron de entender del todo. El principal blanco de sus insultos fue el filósofo católico liberal Maritain, cuyas opiniones se resumían en esta petición: «Que maten en nombre del orden social o de la nación, lo cual es bastante horrible; pero que no maten en nombre de Cristo-Rey, que no es un jefe de guerra, sino un rey de gracia y caridad, muerto por todos los hombres, y cuyo reino no es de este mundo».[78] Maritain llegó a escribir: «Si hay en España un hombre que haya trabajado eficazmente a favor del comunismo internacional, es, sin duda alguna, el señor Largo Caballero, que así lo ha querido, pero también el general Franco, que quería todo lo contrario». Aún más exasperante para Serrano Suñer era la solidaridad de Maritain con la población católica del País Vasco, «víctima sangrante» de la guerra civil desencadenada por los sublevados.[79]
Serrano describió a Maritain como «este judío converso, que comete la infamia de lanzar a los vientos del mundo la especie de las matanzas de Franco y la necedad inmensa de la legitimidad del Gobierno de Barcelona». Retorciendo los hechos —Maritain era un protestante convertido al catolicismo y casado con una judía—, Serrano lo tachó de judío:
España, que prestó a la Iglesia de Cristo el gran servicio de luchar contra la herejía protestante, renueva hoy ese servicio, haciendo esta otra salida al mundo. Frente a esto, ¿qué es lo que importa ni qué nos interesa a nosotros la sabiduría de Jaime Maritain? La sabiduría de Jaime Maritain tiene acentos que recuerdan la de los sabios de Israel y tiene las falsas maneras de los demócratas judíos. Nosotros sabemos que él está en trance de recibir, o recibe ya, el homenaje de las Logias y de las Sinagogas, tenemos derecho a dudar de la sinceridad de su conversión y a denunciar ante el mundo católico este peligro tremendo de traición.[80]
Un entusiasta editorial de ABC aplaudió la arremetida de Serrano Suñer contra «esa campaña inicua a que se entregan en Francia ciertos elementos que, deshonrando su condición en muchos casos, y los hábitos que visten, como en el de Maritain, el judío supuestamente converso, no son sino agentes de las logias hábilmente filtrados en determinados ambientes para producir efectos con sus campañas».[81] Esto desencadenó un aluvión de ataques antisemitas contra Maritain en toda la prensa de la zona rebelde. Los de Serrano Suñer serían secundados también por Juan Tusquets.[82]
Mientras Franco se ocupaba principalmente de los asuntos militares, las cuestiones políticas eran competencia de Serrano Suñer. Como ministro de la Gobernación y jefe efectivo de la Falange —era subjefe de la Junta Política de la que Franco era el jefe simbólico—, tenía el control total del aparato de propaganda del régimen. Su influencia se manifestó en el entusiasmo de la prensa rebelde, fuertemente controlada, por las medidas antisemitas del Tercer Reich y de la Italia fascista. A finales de enero de 1938, un artículo de El Ideal Gallego titulado «Loa al nazismo» declaraba: «En cinco años, Alemania se ha liberado de sus temibles enemigos: el judaísmo marxista. […] En cinco años, Alemania se ha colocado nuevamente en la más alta cima del progreso y de la grandeza».[83]
José Pemartín, al igual que su primo José María Pemán y su íntimo amigo Eugenio Vegas Latapié, había sido un firme partidario de la dictadura de Primo de Rivera y miembro activo de Acción Española. En febrero de 1938 fue nombrado jefe del Servicio Nacional de Enseñanza Superior y Media del Ministerio de Educación Nacional. Poco después, publicó un programa detalladísimo para el futuro Estado franquista, Qué es «lo nuevo», que era una curiosa amalgama de las ideas de Acción Española y la Falange. En él, Pemartín escribió que «ha tenido Hitler que desentrañar la mística del Racismo para despertar en el fondo oscuro de las venas germánicas el impulso heroico de los guerreros del Norte […] no es solamente una mística, sino también la defensa contra una terrible realidad histórica: el destruccionismo satánico del pueblo judío, sentido en Alemania más que en otras partes».[84]
Hacia el final de su libro, Pemartín confiesa:
Y es que aquel programa de catolización total de España no se podrá conseguir sin una acción decidida y oportuna contra las Sectas anticatólicas: contra la Masonería y el Judaísmo. […] Pero no queremos terminar este libro sin señalar con todo vigor que la Masonería y el Judaísmo son los dos grandes y poderosísimos enemigos de los Fascismos, de la regeneración de Europa; más aún, específicamente de la regeneración de España en el sentido totalmente Católico que preconizamos. Hitler tiene plena razón en su lucha antijudaica a fondo.[85]
Como escribió Herbert Southworth en su momento, el libro de Pemartín «debe considerarse una obra de carácter oficial y con autoridad, no sólo por el lugar destacado del autor en la camarilla de Burgos, sino porque no se imprime ningún libro en territorio rebelde que no refleje la opinión oficial».[86] En 1970, todavía se vendían ejemplares de este libro en Madrid; de hecho, yo encontré varios en las estanterías de la Casa del Libro. Ni que decir tiene que, en la época en que este se publicó, la cobertura informativa de los acontecimientos en la Alemania nazi no mencionaba la persecución cada vez más encarnizada de los judíos.[87]
En la España de Franco, las afirmaciones generales dirigidas contra algún nombre colectivo que designara a los judíos, como «Israel» o «el Sanedrín» o «el Rabinato», iban acompañadas de referencias a estereotipos físicos, como podía verse en los escritos de Pujol, Pemán y otros. La distinción que solía hacerse entre antisemitismo religioso y racial no era más que un sofisma cuando se trataba del exterminio. Por supuesto, las consecuencias del antisemitismo en España no fueron las mismas que en Alemania y la mayor parte de la Europa continental. Las decenas de miles de personas que fueron asesinadas en los límites estrictos de España fueron menos que las víctimas del Tercer Reich y pocas de ellas eran judías. Sin embargo, la justificación de la matanza fue que los ejecutados eran títeres del contubernio judeomasónico-bolchevique. En los territorios donde había una comunidad judía, como en el Marruecos español, hubo una represión explícitamente antisemita que se ensañó con los judíos partidarios de la República. Veintidós de los cien judíos que se refugiaron en Tánger fueron fusilados. En Ceuta, treinta de los trescientos judíos de la ciudad fueron ejecutados. En Melilla, con una población judía mucho mayor, unos once fueron juzgados en consejo de guerra sumarísimo y ejecutados. A algunos judíos se les rapó el pelo en forma de cruz y muchos fueron recluidos en campos de trabajos forzosos. Los judíos del protectorado español fueron sometidos a una extorsión económica asfixiante. Además, como parte de la necesidad rebelde de reclutar a mercenarios moros, se difundió propaganda antisemita entre la población árabe en una campaña promovida por la poderosa sección local de la organización nazi exterior (Auslands-Organisation), que había sido clave para organizar el apoyo de Alemania a Franco.[88]
Durante la Guerra Civil, el antisemitismo subyacente en la prensa asociada a Acción Popular se hizo cada vez más explícito. Así, por ejemplo, el órgano de la Juventud de Acción Popular en Segovia, La Ciudad y los Campos, publicó siete artículos destacados sobre «la Bestia Judía» durante los tres primeros meses de 1937. En ellos se afirmaba que la «ruina de las grandes naciones» había sido obra de los judíos, a los que había que combatir «a muerte», y que la Guerra Civil era «una cruzada del siglo XX, la reconquista de España a sus enemigos, una misión imperial y un apocalipsis purificador».[89]
Este fue el tema constante hasta el final de la contienda. En su discurso triunfal en el espectacular desfile de la victoria celebrado en Madrid el 19 de mayo de 1939, Franco proporcionó más pruebas de que su pensamiento iba en la misma línea que el de Tusquets, Carlavilla, Pemán, Enrique Suñer y otros suscriptores de Acción Española. Durante la celebración de su victoria, Franco justificó la represión pasada, presente y futura vinculándola a la lucha eterna contra los judíos:
La Victoria se malograría si no continuásemos con la tensión y la inquietud de los días heroicos, si dejásemos en libertad de acción a los eternos disidentes, a los rencorosos, a los egoístas, a los defensores de una economía liberal. […] No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias.[90]
Los verdaderos objetivos tenían que ver con los privilegios, pero el tema del enemigo racial y religioso estaba siempre ahí para disimularlos.
El discurso triunfal de Franco tuvo un sinfín de paralelos en las numerosísimas celebraciones de la victoria. Una de las más significativas fue la del 18 de julio de 1939, en el cerro de los Ángeles, en Getafe, al sur de Madrid, una espectacular ceremonia de desagravio a Jesucristo por el sacrilegio de un pelotón de milicianos republicanos que, el 28 de julio de 1936, había fusilado simbólicamente la estatua del monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Este acto de la posguerra marcó el inicio de las obras de reconstrucción del monumento. Además de coches particulares y autocares y trenes abarrotados, fletaron más de cien camiones para que llevaran a la gente desde el centro de Madrid hasta el cerro. Decenas de peregrinos descalzos se dirigieron a escuchar el sermón del obispo de Alcalá-Madrid, Leopoldo Eijo Garay, que llegó flanqueado por unidades del Ejército y de la Falange. En su apasionado sermón a la multitud, retrató a los vencidos como «el satánico genio del mal, los judíos de hoy».[91]
Estos acontecimientos de la posguerra parecían justificar la presentación de Jorge Villarín del conflicto como una guerra contra los judíos y los bolcheviques. Sin embargo, el esfuerzo bélico de los rebeldes se había dirigido contra la Segunda República, sus reformas sociales y educativas y sus partidarios, entre los cuales los judíos y los bolcheviques eran una ínfima minoría. Obviamente, los planes de los militares golpistas y sus partidarios civiles encontraron cierta justificación en los desórdenes asociados a las insurrecciones anarquistas locales de 1932 y 1933 y a la huelga general revolucionaria de Asturias de octubre de 1934. Pero nada de esto tenía que ver con los judíos, los masones o los bolcheviques. La intención del golpe militar y la consiguiente guerra fue defender los privilegios de los propietarios, la Iglesia católica y los militares. Sin embargo, estos objetivos generales quedaron disimulados por la retórica antisemita, que sirvió de acicate a los golpistas, de excusa para tranquilizar sus conciencias y, al mismo tiempo, de justificación religiosa.