Capítulo 1

1

La Mancha, marzo de 1977

A veces, al mirarse en el espejo, Teófilo ve a su padre.

Suele ocurrir de madrugada, cuando la maldita vejiga lo empuja a salir de la cama.

Envejecer era eso, oyó en alguna ocasión.

Hace ruido al levantarse y camina a tientas palpando la pared en busca del interruptor. Lo pulsa. La luz del cuarto de baño titila unos segundos antes de prender del todo. El tiempo justo para verlo. A él.

También se llamaba Teófilo.

Teófilo padre murió hace muchos años en una cárcel franquista. La última vez que se vieron tosía como si dentro de su cuerpo tuviera un motor gripado, aunque él le quitaba importancia.

—Esto no es nada, solo un apechusque. Aquí casca el frío que no veas, ¿sabes?

Pero no era un simple resfriado, sino tuberculosis. Y su padre lo sabía. Sabía que iba a morir pronto y que nadie, ni siquiera su hijo, podía hacer nada para remediarlo. Por eso, a modo de despedida, se lo dijo. De todas las palabras con las que podría haberle dicho adiós a su único hijo, eligió esa. La del amor.

—Hijo, hijo, hazme caso. Tienes que encontrar el amor.

Luego un estallido de tos. Y los garrotazos del guarda que indicaban que la visita había terminado.

Sin embargo, Teo no quiso oír a su padre, porque Teo odiaba a su padre. Por eso, cuando se lo encuentra de madrugada, tantos años después, cierra los ojos y espera a que el espejo le diga quién es en realidad.

Quién es en realidad: el regente de un humilde hospedaje rural, de poco más de sesenta años, con la piel tostada por el sol manchego y el pelo canoso y en franca retirada. Por suerte —se consuela—, no se ha quedado calvo como esos con los que juega al mus.

Se mira algunos segundos más mientras se desabrocha el pijama. Los ojos, sí, sus ojos azules son lo único en lo que reconoce a aquel mozo rubio que se las llevaba a todas en las verbenas del pueblo. Sus ojos son de su madre.

Y en los ojos de su madre cabía un océano.

Y luego un ay, y las maldiciones de quien teme que otra vez le ataquen las piedras del riñón. Y un instante después, al fin, un caño fino y templado.

Vuelve a la cama. Los fantasmas se quedan ahí, presos en el titilar de la luz del baño. Cierra los ojos y espera a dormirse, pero ya no concilia el sueño. Tras varios minutos en duermevela comprueba que el alba se cuela por los contornos de la persiana de esparto. Se pone en pie y se asoma a la ventana. Ahí afuera todo está igual: el manto del cereal contoneándose con la brisa de la mañana, el cerro redondeado por la erosión y la inconfundible silueta de los molinos de viento harineros. Pareciera —le dijo un huésped que venía de Madrid— que lo hubiese pintado un artista.

El hostal ocupa el ala derecha de esta vieja casona que compró en la posguerra tras pasar algunos años en tierras aragonesas, dedicándose al estraperlo. Se mudó ahí porque no encontró otro lugar más alejado. La casona está rodeada de un largo paraje trigal atravesado por la carretera que lleva hacia el pueblo. De todas sus estancias, Teófilo reservó para sí una habitación, un salón, un baño y una cocina. No necesitaba más.

Cuando no tiene huéspedes, la casona se le hace enorme. Los visitantes suelen llegar a partir de la primavera para trabajar en la recogida o para hacer negocios con los agricultores y los queseros de la zona. Solo algunos —como aquel madrileño— vienen para descansar. «La ciudad estresa, caray», le dijo este.

Teófilo lo sabe muy bien, porque pasó muchos años en Madrid.

Se calza las babuchas y se dirige a la cocina. El pasillo es largo y lo decoran cuadros de escenas de caza. Ninguna foto familiar. Butrón revolotea a su alrededor, meneando el rabo. El granuja sabe cuándo su dueño se levanta para mear y cuándo para dar comienzo al día. El perro se adelanta a Teófilo y se planta frente a su cuenco de comida. Lo mira.

—Ya va, hombre, no tengas prisa.

Saca un plato con las sobras de ayer y las vierte en el cuenco. Butrón las devora. Es un perro pastor al que adoptó en una perrera para que cuidase de la casona. Tiene ya cinco años. Su anterior perro, Barcino, murió de viejo, o eso cree: había cumplido más de doce cuando una mañana se lo encontró tirado en el pasillo.

Unos minutos después, la gata llama a la ventana de la cocina.

Al principio, Butrón le ladraba ferozmente, pero poco a poco la ha ido sintiendo como de la familia. También Teófilo, aunque no quiera reconocerlo. Esa gata de color pardo y ojos rasgados lleva un par de años haciendo lo mismo cada mañana: rascar la persiana, esperar a que se le abra y entrar pidiendo comida.

La gata lo mira desde el otro lado de la ventana, sobre el alféizar. Al maullar arruga el morro y deja ver sus pequeños colmillos. Finalmente, Teófilo la deja pasar, y ella se restriega por el escaso mobiliario de la cocina —apenas una mesa y varias sillas de enea— antes de enroscarse entre las piernas del dueño de Butrón. Luego viene la cantinela de todas las mañanas:

—¡Arrea! Pero ¿cuándo hemos firmado este contrato tú y yo, a ver?

La gata le lanza un maullido. Teófilo abre el frigorífico y saca un poco de fiambre para tirárselo. Butrón, ojo avizor, va al encuentro de la comida, y entonces su dueño lo espanta al grito de:

—¡Tú ya has comido, no seas avaro!

Tras ello comienza a hacer café mientras contempla a la gata mordisquear el fiambre con lentitud. Lleva dos años alimentándola a diario, pero aún no le ha puesto nombre.

Si no tiene nombre no podrá cogerle cariño.

Butrón, recostado, también la observa. Cuando silba la cafetera, la gata se encorva y pega un brinco de saltimbanqui para perderse por la ventana. Teófilo se sienta en la silla de enea, da un sorbo al café y siente cómo le baja ardiente por el esófago. Luego vuelve a mirar fuera. Escudriña el paisaje. La busca, curioso.

Nunca sabe adónde va la gata después de su desayuno.

En el bar de Paco se juegan cada mañana las partidas de mus más emocionantes de toda la comarca manchega, o eso dicen sus parroquianos.

Teófilo arrastra sus cuatro cartas por el tapete y las despliega con la yema de los dedos. No tiene nada, apenas un caballo de bastos. Él es la mano en esta partida, así que le toca decantarse primero.

—Quiero mus.

El resto de los jugadores lo imita. Mira a Luis, su compañero, a quien tiene delante. Juega con él desde hace tantos años que sabría descifrar qué lleva en la mano solo con la mirada. De hecho, podrían sostener largas conversaciones usando solo el puñado de señas del mus.

Una seña como esta: Luis se muerde ligeramente el labio inferior antes de descartarse de dos cartas. «Así que tienes dos reyes, ¿eh?», se dice Teófilo, que le responde con otro gesto sutil: «Pues yo no tengo un carajo, Luisito».

No hay palabras entre los jugadores, pero sí un prolongado juego de miradas. Así es el mus, un largo ejercicio de intuición. A Teófilo le bastan un par de minutos y el farol apostando fuerte para saber que ni Antonio ni Victoriano tienen nada para igualarlos. El primero no ha dejado de darle caladas al cigarrillo —cuanto más fuma, menos tiene en la mano—, y del segundo ha interceptado una seña en la que le pedía a su compañero que envidasen fuerte a la chica, es decir, al lance para dilucidar quién tiene la pareja de cartas de menor valor.

Se lo dice a Luis con otra seña: «Cuidado con estos dos que en la chica nos la dan».

La partida finaliza cuando Teófilo lanza un órdago que el equipo rival no puede igualar. Y tras ello, las maldiciones y la pregunta de siempre:

—¡La Virgen, Teo! ¿Cómo coño lo haces?

Ya saben cómo lo hace, pero siempre los coge por sorpresa. Teófilo aprendió a jugar al mus en las trincheras de guerra desde las que defendían Madrid del avance de las tropas nacionales. Agustín, un soldado del cuerpo de carabineros, le confesó cuál era su truco.

—No consiste en leer las cartas propias, sino las de los demás —le dijo.

Él —solo tenía veintiún años por aquel entonces— no tardó en entender qué significaba ese extraño consejo. Desde entonces, Teófilo se pasó el resto de la guerra intentando descifrar las cartas ajenas. Por eso lo sacaron del frente e ingresó en el servicio de inteligencia republicano como espía al servicio del Ejército Popular.

Por eso estuvo a punto de morir varias veces.

—Debe de ser cosa de conservar el pelo, amigos —responde, pícaro.

Luis es el único que ríe. Como él, mantiene a duras penas la cabellera. Luego chocan las manos sobre el tapete en señal de victoria. A sus contrincantes les toca pagar la ronda, así que Victoriano hace llamar a Paco, que atiende a unos clientes que acaban de entrar en el bar.

—¿Qué va a ser?

—Lo de siempre, Paco, dos carajillos y dos chatos.

El bar de Paco es la taberna del pueblo. Es, junto a la iglesia y el mercado, el lugar donde suelen encontrarse todos los vecinos. De hecho, no pocas veces ha servido para celebrar un pleno improvisado del ayuntamiento con discusiones sobre las ayudas para el campo o la pavimentación de los caminos rurales.

Teófilo no vive en el pueblo, así que nunca ha dado su opinión sobre la política municipal. No obstante, durante un par de horas al día se siente como un vecino más: conduce hasta aquí todas las mañanas —doce kilómetros de carretera comarcal— para hacer la compra y luego detenerse en el bar, esperando la hora de la comida.

—¿Hay tiempo para otra? —pregunta Victoriano.

—Mi mujer no me espera hasta las dos, así que adelante —responde Luis.

—La mía solo me espera el día de la paga —contesta Antonio, jocoso.

Teófilo se limita a asentir. Paco se acerca a la mesa con las cuatro bebidas mientras Luis baraja los naipes. El mesonero heredó la taberna de su padre, que transformó una vieja bodega centenaria en el bar que es hoy: un salón espacioso, una larga barra y una decena de mesas repartidas por el local. Paco, poco a poco, lo fue modernizando: decoró las paredes con aparejos de labranza y cuadros con paisajes manchegos, trajo un par de máquinas tragaperras que colocó al fondo, junto a los baños —tintinean todo el día, buscando pollos que piquen—, y compró un aparato de música que, a pesar de poner coplas a cualquier hora, nadie oye, por el gentío.

Teófilo enciende un cigarrillo. Casi todos los presentes fuman. De hecho, si miran arriba, el techo del bar, atravesado por vigas de madera, se ve como un día nublado.

—Esta vez nos toca ganar a nosotros, ¿eh? —lanza Antonio.

De pronto suena el repique de una de las máquinas tragaperras. Alguien ha ganado unas monedas. Teófilo dirige la mirada hacia allí: es José, un orondo agricultor del pueblo. Este va a la barra y, sonriente, le pide una cerveza al camarero.

—Vaya, estás de suerte hoy, ¿no, Gordo? —le comenta Paco.

A José lo llaman así, el Gordo.

—¡Como sigas de este modo no vas a caber por la puerta! —suelen decirle.

Y José nunca se queda corto respondiendo:

—¡Por la puerta de tu dormitorio sí que cabo todas las noches!

Sobre la barra hay un ejemplar del ABC que ya ha pasado por varias manos durante la mañana. José lo coge a la espera de que Paco le sirva la cerveza. En la portada lleva la noticia del conflicto de los transportistas, que ayer paralizaron Madrid con sus reivindicaciones.

—¿A quién le toca repartir? —pregunta Victoriano.

Teófilo mira a la barra, absorto. José busca un asiento libre de un vistazo y avanza en zigzag entre las mesas hasta sentarse junto a los jugadores de mus. Lleva el periódico consigo. Da un largo trago a la cerveza, abre el diario por la mitad y lo hojea sin aparente interés.

—Pues lo de los transportistas fue algo importante —dice en voz alta—. Casi sacan a los grises a pegar palos.

Nadie le responde. A su lado, la mesa de mus se mantiene a la espera.

—Creo que te toca a ti, ¿no, Teo?

Teófilo asiente. Coge el mazo y se dispone a repartir, pero vuelve la vista hacia José, que sigue leyendo el periódico. Algo, en una de las últimas páginas, le ha llamado la atención.

Hasta que, de pronto, se dirige al Gordo gritándole:

—¡Espera, José, no pases la página!

En la esquina inferior izquierda de la página 112 ha reconocido un nombre.

El que aparece en una esquela.

Y, más abajo, el de una excelentísima viuda.

—¡Teo! ¿Qué pasa, hombre?

Se ha quedado mudo.

Los fantasmas del pasado, que esta vez no solo acuden de madrugada.

EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR

DON CARMELO JOSÉ ESCOBEDO SALAYA

Empresario, colaborador con el Movimiento y miembro del

Ministerio de Gobernación entre los años 1942 y 1945

FALLECIÓ EN MADRID

EL DÍA 26 DE FEBRERO DE 1977

A LOS 74 AÑOS DE EDAD

D. E. P.

Su viuda, la excelentísima señora doña Aurora Martín Prieto, su hija, Teresa Escobedo Martín, su familia y sus allegados RUEGAN una oración por su alma.

El funeral por su eterno descanso tendrá lugar mañana, día 28 de febrero, en la iglesia de San Jerónimo el Real, a las 12 horas.

2

Don Carmelo no sabe que va a morir esta mañana. Si lo supiera, no ocuparía sus últimos minutos de vida en su despacho, rodeado de papeles y planos. Maldice:

—Es un inútil, cago en Dios.

Pone los codos sobre la mesa de caoba y se lleva la mano a la frente. Chasquea la lengua. Da una vuelta a los planos y recorre cada pulgada con la yema del dedo índice. Son los del proyecto que su yerno ha elaborado para la próxima promoción que Escobedo Construcciones levantará en la Sierra Norte de Madrid.

Escobedo Construcciones es una de aquellas empresas que supo subirse al carro del boom de la construcción de la década pasada. Parecía que no había suelo en España en el que no pudiese edificar.

Su obra cumbre: el rascacielos de Benidorm.

Pero, claro, por aquel entonces no tenía al inútil de su yerno como arquitecto jefe.

Ya se lo dijo a su mujer, Aurora, en cuanto vio los primeros planos.

—Es que mira, Aurori, está todo mal.

Por eso esta mañana, la mañana en que va a morir, don Carmelo se ha levantado, se ha vestido con premura y se ha metido en el despacho.

El despacho es su santuario: maderas nobles por doquier, estanterías llenas de libros, trofeos de caza mayor, una enorme insignia nacional y fotografías con el Caudillo, con Serrano Suñer y con Carrero Blanco. Desde aquí, a pesar de sus setenta y cuatro años, sigue dirigiendo la empresa.

Porque la empresa es como su otra hija.

Su hija, la de verdad, es Teresa. Teresa y Federico se casaron hace siete años en una boda por todo lo alto a la que estuvo a punto de acudir el Generalísimo.

Don Carmelo solía decirles a sus amistades:

—Franco me confirmó su asistencia, pero aquella mañana se levantó un poco indispuesto. Enseguida me llamaron del palacio de El Pardo para excusarlos a él y a doña Carmen, a la que le apetecía mucho ir, según me explicaron.

Nunca supo si era cierto que Franco estaba indispuesto, pero jamás lo preguntó.

Tampoco supo que al Caudillo, por cuestiones políticas, le recomendaron encarecidamente no acudir al evento.

—Mi general, con las tensiones que hay en las Cortes entre inmovilistas y aperturistas, y con las protestas en las calles, no es conveniente que lo vean en esa boda —le advirtieron sus asesores.

Esa boda: la de la hija de un antiguo falangista miembro del tercer y del cuarto gobierno de España.

La puerta del despacho se abre. Rosario, la interna andaluza, se asoma tras el quicio.

—Pues sí que ha madrugado hoy. ¿Quiere café el señor?

Don Carmelo levanta la vista de los planos.

—Sí, Charito. Americano, como siempre.

La llaman así, Charito, a pesar de que la asistenta ya supera la cincuentena. La conocieron hace más de treinta años cuando llegó a su casa buscando trabajo después de la guerra. Entonces tenía casi quince y era una chica bien mandada, como se dice.

Tras despedirse de la empleada, Carmelo vuelve a los papeles, diciéndose:

—Pero ¿dónde le tocó el título de arquitecto a este, en una tómbola?

Cuando la gente insinúa que Federico está enchufado en la empresa, en realidad, tiene razón. Por eso a don Carmelo nunca le gustó su yerno, y es que los de su generación no saben lo que es el esfuerzo. Porque se lo han dado todo regalado.

—No hacen más que gastar y gastar, Aurori. ¿Otro coche? El suyo anda, ¿no? ¡Carajo! ¿Para qué quiere otro? Una guerra. Una guerra tendrían que haber pasado estos, cago en Dios.

El empresario suele terminar sus frases con ese «cago en Dios». Y tiene a menudo la guerra en la punta de la lengua. Luchó en el ejército nacional. Mató a un montón de rojos. Liberó Madrid.

—Más no se le puede pedir a un buen español, ¿verdad? —dijo una vez.

Así se veía a sí mismo: un buen español.

Por eso, cuando Franco murió, hace algo más de un año, pensó que España se rompería.

Por eso en el funeral del Caudillo lloró amargamente tras varias horas de espera.

No lo sabe, pero dentro de unos días el funeral será el suyo.

Y en su funeral no llorará tanta gente.

Todo ocurre muy rápido, en apenas unos segundos.

Aurora vestirá de riguroso negro. Teresa, su hija, no se separará de ella. Federico, ese hijo de puta, fantaseará con heredar la empresa.

Una mano imprevista en el pecho. Los puños apretados.

No verán llorar a la viuda.

Y una embestida seca, súbita.

El café americano que, de pronto, se desparrama por la moqueta.

—¡Ay, señor! ¿Está bien? ¡Señor, responda, por el amor de Dios!

En cuanto Aurora oye el grito de Charito ya sabe qué es lo que ha pasado.

Su abuela Agustina aseguraba que era bruja.

—Hay niñas que nacen con ese no sé qué incomprensible —le decía.

Ella también lo era: preparaba ungüentos y curaba las culebrillas.

Aurora salta de la cama y se pone la bata de seda. Le sube el calor repentino, el sofoco con el que su cuerpo reacciona a cada emoción desde que dejó atrás la menstruación, hace varios años. Sale del dormitorio y recorre el largo pasillo hasta el despacho de su marido oyendo los alaridos de Rosario.

—¡Señor, reaccione! ¡Ay, por la Virgen santa!

Intenta recordar cuáles fueron las últimas palabras que se dijeron.

Hablaron hace una hora, aún de noche:

—¿Ya te levantas? No son ni las siete.

—Tengo que arreglar lo del inútil de tu yerno, Aurori.

—Tú verás.

Treinta y siete años de matrimonio y así termina la cosa, con un «tú verás».

Se casaron en junio del 39. Fue una boda sencilla y austera, como los tiempos que corrían. Carmelo con su uniforme engalanado de la Falange. Aurora, una morena radiante, con el vestido heredado de su madre. Dicho por todo el mundo: la novia más guapa que había salido jamás del barrio obrero de Delicias. Él tenía treinta y nueve años y ella, veintidós.

Aurora llega a la puerta del despacho con el corazón en la garganta. Gira el pomo de la puerta y se lleva la mano a la boca; su marido yace tumbado sobre el escritorio de caoba, rodeado de papeles y planos. Rosario, junto a él, llora desconsolada.

—¡El señor no responde! —grita esta.

—¡Pues no te quedes ahí! Coge el teléfono y llama al hospital, ¡rápido!

Rosario se lanza hacia él. Descuelga el auricular del teléfono del despacho y hace girar el disco de marcar. Mientras tanto, Aurora zarandea el cuerpo de su marido y lo llama por si aún está sujeto a este lado de la vida. Luego le busca el pulso en la yugular, pero por ahí no hay corriente sanguínea.

—La ambulancia llegará en diez minutos —le anuncia Rosario entre sollozos.

Y más gritos. Ay, por el amor de Dios. Ay, la Virgen santa.

Aurora sigue hablándole:

—Reacciona, Carmelo, vamos.

En realidad, sabe que no hay nada que hacer. Durante la guerra fue enfermera en el Madrid sitiado por las tropas nacionales de Franco y, terminada la contienda, trabajó en el hospital Provincial hasta llegar a ser jefa de enfermeras. Ha visto qué cara tiene la muerte: la misma que tiene ahora su marido.

En realidad, lo supo desde que oyó el primer «ay» de Rosario.

Aun así, aguardan algunos minutos, expectantes, por si a Carmelo le da por levantarse. Se lo imagina poniéndose en pie con una sonora carcajada y decir que ha sido una broma.

Sin embargo, esto no tiene pinta de acabar con otro de sus chascarrillos jocosos.

—Ve afuera a abrir la cancela para la ambulancia —le pide Aurora a Rosario.

—Por supuesto, señora.

Antes de abandonar la estancia, la asistenta se agacha para recoger la taza de café que le cayó al entrar.

—Tiré el café por el susto —se excusa—. Traeré una fregona.

Aurora no había reparado en la extensa mancha marrón de la moqueta.

—No te preocupes, mujer.

Recuerda, de pronto, la última revisión médica de su marido.

—Don Carmelo, el café le sube mucho la tensión. —El doctor—. Tiene que moderarse. Tómelo descafeinado, o pruebe a pasarse a las infusiones. ¿Cómo lo ve?

No era la primera vez que el doctor se lo decía.

—¿Que cómo lo veo? —respondió el empresario—. Pues que no me mataron los rojos en la guerra ni tampoco me va a matar ahora el café, cago en Dios.

Y Aurora, a solas con el cuerpo de su marido:

—Pues ahí tienes, por cabezón.

Teresa coge la mano de Aurora, su madre, antes de empezar a subir la escalinata de la iglesia de San Jerónimo el Real. La hija es un asombroso calco de su madre: como ella, lleva el pelo moreno recogido en un moño, vestido de estricto luto, maquillaje sencillo y gafas oscuras para ocultar la mirada, y se muestra firme, muy dueña de sí.

Teresa lo aprendió de su progenitora.

—Pase lo que pase, compostura, hija mía —le dijo una vez.

La iglesia de San Jerónimo es un templo gótico del siglo XVI que sobrevivió a la guerra contra los franceses y a la guerra civil española. Con sus dos torres en forma de aguja adosadas al ábside y su solemne fachada principal, corona una pequeña colina junto al Museo del Prado. En ella se casó Alfonso XIII. Desde hace décadas, las mocitas casaderas de Madrid sueñan con dar el «sí quiero» bajo su altar mayor.

Fue donde Teresa y Federico celebraron aquella boda a la que el Caudillo no asistió por encontrarse indispuesto.

—Papá subió conmigo estas escaleras para llevarme al altar —dice Teresa—. Estaba hecho un flan, pobre mío.

Aquel día Carmelo estaba pletórico. Esa boda era, a fin de cuentas, el triunfo de alguien que venía de abajo y ahora tenía un imperio que construía rascacielos en la playa.

—La boda de la hija de un arribista —dijeron algunas lenguas viperinas.

Pero las malas lenguas se quedaron de puertas afuera. Dentro, bajo el control de Aurora, todo resultó perfecto y no faltó un detalle que los invitados no celebrasen.

—Fue uno de los días más felices de su vida —responde Aurora—. Y de la mía, por supuesto.

Luego aprieta más fuerte la mano de su hija y le dedica una sonrisa.

Sabe que su matrimonio no va bien. Que a Federico le gusta mucho pingonear, y que cuando el río suena, agua lleva. Por suerte tiene a sus hijos, a esos angelitos a los que su abuela adora: Nicolás y Celia, de siete y seis años.

—Lo siento mucho, doña Aurora —le dice alguien a su espalda—. Que Dios tenga a don Carmelo en su gloria.

Es uno de los directivos de la empresa.

—Muchas gracias, Alfonso.

Un par de escalones más arriba:

—Mi más sentido pésame, señora.

Y así hasta que suben la escalinata y se sitúan frente a la puerta principal, donde reciben más condolencias y más alusiones a la gloria y a la irreparable pérdida.

Unos minutos después de entre el gentío aparece Federico, el marido de Teresa. Lleva traje negro, su tupé inconfundible y ese porte de actor de cine americano.

Federico volvió loquita a Teresa desde que coincidieron en la universidad.

Le robó un beso en la discoteca Consulado al ritmo de Concha Velasco.

Le hizo el amor en el asiento trasero de un Simca 1000 y, siete meses después, le daba el «sí quiero» en esta iglesia. Luego llegaron las habladurías, porque Nicolás nació entre cábalas difusas sobre el tiempo reglamentario y el penalti.

—¿Llego tarde? Me he retrasado un poco porque los niños no querían quedarse con la chacha —se excusa Federico.

Teresa le resta importancia con un beso en la mejilla. Luego se dirige a su madre, que atiende a un par de trabajadores de la empresa que le dan el pésame.

—Será mejor que entremos, ¿no, mamá?

—Espera. ¿Han llegado ya la abuela y los tíos?

—Me parece haberlos visto dentro —responde Federico.

Teresa vuelve a coger la mano de su madre y juntas atraviesan el umbral de la puerta de la iglesia. Al fondo, bajo el altar mayor y el retablo, las aguarda el féretro de Carmelo, cercado por dos inmensas coronas de flores. Caminan hacia él.

«La primera vez en tu vida que eres puntual, hijo mío».

Don Cecilio de Santiago y Cornejo, el párroco de San Jerónimo desde hace más de una década —casó a Teresa y a Federico y bautizó a sus hijos—, sale a su encuentro. Lleva túnica blanca y casulla morada, propias del luto y del tiempo de Cuaresma.

—Lo siento mucho, hijas mías. Carmelo descansa ya en el cielo eterno.

Aurora lleva tres días oyendo hablar del descanso eterno.

Al final va a ser mejor morirse que seguir aquí abajo.

—Muchas gracias, don Cecilio.

En la primera bancada ya está su madre, Felisa. Hubo un tiempo en que sus manos hacían los mejores remiendos del barrio, hasta que llegaron los temblores.

—¿Cómo has pasado la noche, hija?

Toma asiento junto a ella y la besa en las mejillas.

—Todo lo bien que se puede, madre —responde Aurora.

En la segunda bancada se encuentran sus hermanos, Manuela y Jesús, con sus familias. Los saluda afectuosamente. Teresa y Federico toman asiento junto a Aurora tras saludar a otros familiares. Enseguida los demás asistentes van llenando los bancos de la nave. Suena el órgano de la iglesia, hasta que don Cecilio se pone en pie y se acerca al altar para comenzar la misa.

—Estamos aquí reunidos, queridos hermanos, para conmemorar el descanso eterno de don Carmelo José Escobedo Salaya, y para acompañar en el dolor a su viuda, a sus hijos y a sus seres queridos.

Aurora apenas atiende al resto de la ceremonia. Enciende el piloto automático y se levanta y responde tal y como dicta el rito de la eucaristía. Amén. Y con tu espíritu. Gloria a ti, Señor.

Don Cecilio dedica la homilía al reino de los cielos. Lo describe con detalle. Sitúa a Carmelo a la derecha del Padre y encomienda a los presentes a esperar su venida.

Aurora oye el llanto apagado y contenido de su hija. Extiende la mano y aprieta la de Teresa.

—Como papá esté sentado a la derecha del Padre… —le dice a su hija al oído—, capaz es de venderle un piso en Benidorm.

Teresa oculta la carcajada llevándose la mano a la boca.

El párroco las mira, extrañado.

Nadie más llorará en este funeral.

—Podéis ir en paz.

—Demos gracias al Señor.

Tras la despedida de don Cecilio, varios familiares —entre ellos, Federico— cargan con el féretro de Carmelo y lo sacan por el pasillo central hacia el exterior. Allí espera el coche fúnebre. Aurora vuelve a ponerse las gafas de sol y se prepara para otra ronda de condolencias. Lo siento mucho. Qué tragedia. No somos nadie.

La tía Bernarda camina hacia Aurora abriéndose paso entre el gentío. Bernarda es la hermana mayor de Felisa y tiene los ochenta y cuatro años mejor llevados de todo Madrid.

—No quería molestarte hasta ahora, querida. Sé cómo son estos momentos.

—Tú no molestas nunca, tía.

Se funden en un caluroso abrazo. Durante la guerra, Bernarda dirigía un pequeño taller de costura que confeccionaba prendas de ropa y abrigo para los soldados republicanos que defendían Madrid del ataque de las tropas franquistas.

—¿Cómo están tus nietos, por cierto? —le pregunta la anciana, apretándole el brazo con su mano temblorosa—. Hace mucho que no los veo.

—Enormes. Y muy avispados que son. Nicolás va para abogado por lo menos.

Un hombre, a unos metros de Bernarda, aguarda su turno para despedirse de Aurora. Esta lo mira de reojo: traje impoluto, la raya marcada en cada pernera del pantalón, camisa blanca, corbata azul.

—¡No me digas! ¿Y la pequeña Celia?

La frente amplia, pelo canoso peinado hacia atrás, buena percha. En torno a los sesenta.

—Celia está hecha un bicho malo. Las monjas dicen que es la más lista de la clase.

Hay algo en ese hombre que le resulta familiar. No sabe el qué.

—Tráelos a casa algún día y les preparo unas galletas, ¿vale?

Parece nervioso: juguetea con las manos y luego las entrelaza detrás de la espalda.

—Sí, sí, por supuesto, tía.

Se despiden, y Aurora acompaña con la mirada a su tía, que da media vuelta y camina con paso lento para bajar la escalinata. Tras ella, el desconocido avanza con timidez un par de pasos y se planta frente a la viuda.

—Mi más sentido pésame, doña Aurora. —Voz grave y áspera, tal vez de fumador.

Se saludan con dos besos. El hombre huele a perfume.

—¿Y usted es?

Tiene los ojos de un azul intenso.

—Me llamo Teo… Teófilo García. —De pronto balbucea—. Soy… su ahijado. Su ahijado de guerra.

El primer encuentro entre ambos treinta y siete años, cuatro meses y nueve días después.

Más de veinte millones de minutos.

Aurora enmudece. Lo mira. Siempre lo recordó como un guaperas rubio de sonrisa irresistible. Y con veintipocos años. Hubo un tiempo, de hecho, en que no deseó otra cosa que encontrarse con él. Ahora, en cambio, no quiere verlo en absoluto.

Y estalla:

—Pero ¿cómo se le ocurre aparecer por aquí? Será mejor que se vaya.

3

Pozuelo, trinchera de guerra, diciembre de 1936

La liebre husmea la maleza.

—Pero es que, ¡mírala! —exclama Gervasio—. Le da igual todo lo que la rodea.

—¡Calla! Que la vas a espantar, hombre —le ordena Teófilo.

Todo lo que la rodea: las alambradas, las trincheras, el nido de ametralladora cercano y el zumbido de los Chatos y los Moscas, los aviones soviéticos.

Teófilo —cabellera rubia, ojos azules, cara de pimpollo— no ha conocido otra vida que la del pueblo y el campo manchego. Gervasio, por contra, nació y vive en Madrid, donde trabaja en una imprenta y colabora con las juventudes socialistas. Ambos fueron reclutados para el Ejército Popular cuando llamaron a su reemplazo el pasado mes de septiembre. La 3.ª Brigada Mixta, formada en origen por un cuerpo de carabineros leales a la República, los esperaba.

Los jóvenes soldados, ocultos tras una arboleda, aguardan a que la liebre pique. Le siguen la pista desde hace una hora, cuando bajó despistada del cerro en busca de comida.

Brilla en el cielo el sol lánguido de diciembre, incapaz de aplacar el frío glacial que endurece el barro hasta hacerlo piedra y hiela el aliento. Para combatirlo, los soldados llevan bufanda sobre la guerrera y calzón largo bajo el pantalón de pana.

—Eh, Teo, mira, ¿eso es un conejo? —le ha dicho Gervasio.

Tenía largas orejas y las patitas estilizadas.

—No es un conejo, es una liebre.

Dormitaban en el refugio de la trinchera cuando la vieron. Hasta hacía una semana, no había mañana en la que no entablaran combate contra las tropas franquistas del general Varela, cuerpo a cuerpo, a distancia de cuchillada.

La táctica de Varela era suicida: sus tropas marroquíes y las milicias requetés atacaban en oleadas ininterrumpidas, día tras día, con el único descanso del anochecer. Finalmente, la 3.ª Brigada logró detener su avance en torno a Pozuelo de Alarcón, al oeste de Madrid.

Y desde entonces, esta calma chicha.

—¿Qué cojones vas a saber tú de conejos y liebres? —Gervasio, poniéndose en pie.

El refugio no es más que un hueco de la trinchera al que le da sombra el ramaje de unos árboles próximos.

—Esas orejas son de liebre —ha respondido Teófilo.

Los únicos animales que bajan a las trincheras son las ratas, que se cuelan en los refugios y en los puestos de mando y se meten en los sacos de comida. Son un auténtico problema.

—He oído que en el 2.º Batallón dan un premio al que presente diez ratas muertas —les dijo un soldado una vez—. Un día extra de permiso, nada menos.

—Pues como nos pongamos a cazar ratas aquí, nos pasamos el resto de la guerra en casa —contestó Teófilo.

La liebre saltaba, despreocupada, hasta que se ocultó en un matorral a tan solo unos metros de los soldados.

—Qué te apuestas a que la cazo —ha retado Teófilo a su compañero.

—¿Qué sabrás tú de cazar conejos? —De nuevo Gervasio, receloso—. Venga, va, dos cigarrillos. Y que conste que no me juego una cajetilla porque no quiero que te quedes sin tabaco.

Teófilo lo mira y lanza una carcajada. Ha visto a su padre hacerlo cientos de veces. Cazar los conejos y las liebres que amenazaban con sus dientecillos la integridad de los cultivos.

—Es solo cuestión de paciencia —le decía su padre.

Y rastrear la hierba casi como un sabueso, y seguir las huellitas para localizar la madriguera, y preparar la emboscada cuando el conejito menos lo esperaba.

—Es solo cuestión de paciencia —le ha dicho Teófilo a Gervasio.

Teófilo ha ido a por su macuto y ha rebuscado en él la pieza de fruta que se dejó para cuando le picase el estómago. Luego ha cavado un pequeño agujero junto a la trinchera y ha colocado ahí dentro un gajo de manzana que ha cortado con su navaja.

—Pero ¿los conejos comen manzanas? —ha preguntado Gervasio.

—Leñe, que te he dicho que es una liebre. Y esta liebre está hambrienta y te comería hasta los huevos si pudiera. Por eso ha bajado aquí.

Gervasio se ha imaginado a la liebre mordisqueándole los testículos.

Luego se han recostado sobre la tierra a esperar.

Desde hace una semana, la guerra se encuentra en un extraño impás mientras no se producen nuevos movimientos, lo que permite a los soldados ocupar el tiempo con la paciente espera de la caza de la liebre. A los que les ha pillado con un río cerca tirarán la caña y aguardarán a que pique la carpa, el barbo o el gobio.

Los demás llenarán la espera como puedan: algunos con libros, otros con juegos de cartas y otros con acalorados debates sobre el devenir de la guerra que no solucionarán nada.

—Si lo llego a saber, me juego la cajetilla, cojones.

La liebre no sale del matorral hasta pasados unos minutos.

La miran sin mover un músculo.

—Creo que ya ha olido la manzana —susurra Teófilo.

El animalillo agita el hocico y vaga por la maleza hasta que se para frente al agujero recién cavado. Lo husmea. Asoma la cabeza y mira hacia la oquedad. La naricilla se le mueve a toda velocidad.

—Está a puntito.

En cuanto la liebre salta al agujero, Teófilo se pone en pie y lo tapona con la suela de sus botas.

—Eh, ¡qué te dije! —exclama victorioso.

Esta noche su cuadrilla comerá libre asada en el fuego de una hoguera y reirán contando historias aderezadas con un trago de coñac.

La cuadrilla la componen un puñado de hombres —2.ª Compañía del 5.º Batallón de la 3.ª Brigada— que comparten el puesto de mando de este sector de la trinchera, cavada cuando el frente se estabilizó tras el ataque de las tropas franquistas contra la carretera de La Coruña, a la altura de la localidad de Pozuelo.

El combate costó cientos de bajas. La del comandante Galán fue la más significativa.

—Como se muera el comandante, deserto, por mi madre de mi alma —soltó Agustín Rodríguez, soldado carabinero natural de Extremadura.

—No digas tonterías —respondió el cabo Salvador, el de mayor rango de la cuadrilla.

Galán no murió, pero aquello lo tuvo alejado del frente varios días, en los que el capitán Emeterio Jarrillo se puso al mando de la brigada.

La liebre apenas les da para un bocado a cada uno. La mayoría solo podrá mordisquear un pellizco del asado, que acompañarán con el poco de la carne rusa en conserva que llevan semanas comiendo a diario.

—Esta mierda sabe a grasa de camión —dijo Gervasio una vez.

—Pero ¿has comido tú grasa de camión alguna vez? —terció Agustín entre risas.

A pesar de la escasez, al cabo Salvador le reservan casi un muslo enterito de la liebre. El cabo —más de cuarenta, de fuertes convicciones socialistas, lector de poesía— era ferretero en Alcázar de San Juan y se alistó en las primeras milicias de la UGT formadas tras el levantamiento del ejército en Marruecos.

—Hay que tener contenta a la autoridad —exclama Teófilo.

En realidad, el cabo no necesita hacer valer su graduación: habla por él su valerosa actuación en la batalla de la carretera de La Coruña, librada hace unos días.

Atacaban nada menos que siete mil soldados nacionales, cuarenta y cuatro piezas de artillería y treinta tanques alemanes en un intento de Franco de llegar a la carretera a la altura de Aravaca y dominar el margen izquierdo del río Manzanares. Defendían algo más de cinco mil soldados republicanos con dos cañones solamente, y Salvador, junto al resto de los suboficiales, supo mantener la moral de la tropa cuando todo hacía presagiar el desastre.

—Caballeros, yo soy el primero que pone los huevos, el derecho y el izquierdo, para defender nuestro sector —proclamó.

Finalmente, tras cinco días de intensos combates, la 3.ª Brigada logró frenar el ataque franquista en Pozuelo.

—Qué autoridad ni qué leches, aquí yo soy uno más —responde Salvador haciendo una mueca burlesca de disconformidad.

—A sus órdenes, mi señor —responde el manchego con ironía.

Teófilo es el más joven del grupo. La primera vez que entró en combate, frente a la columna nacional de Siro Alonso, casi no pudo contener la orina cuando aquella ráfaga de ametralladora le silbó en el oído derecho.

Luego apretó los dientes, puso a Dios en sus labios y no se separó del culo del cabo.

Por eso, a veces, en la guerra se siente como esa liebre emboscada en un agujero.

El toque de diana suena cuando los primeros rayos de sol bañan la trinchera.

Aun así, la mayor parte de los soldados ya estaban despiertos por culpa de los primeros bombardeos enemigos.

A estas alturas de la guerra han aprendido a adivinar, escuchando sus aullidos, si un obús va a caer cerca o lejos o, cuando un caza pica para ametrallar el suelo, cómo adecuar su posición para esquivar las balas.

El cartero militar, que aparece sobre su burro, también ha madrugado esta mañana.

—¡El correo! —grita colocándose donde suele, junto al aljibe del puesto de mando.

Los soldados, que apuraban el desayuno, se apresuran para recibir las cartas.

Este es, probablemente, el momento más feliz del día para ellos.

El cartero saca el primer puñado de cartas de su zurrón.

—¡Emilio Lafuente! —enuncia, leyendo el nombre del destinatario consignado en el sobre.

El soldado se abre paso entre el barullo y coge el sobre de la mano del cartero, que ya se dispone a leer el siguiente:

—¡Román García!

Y así hasta que poco a poco va vaciando su pesada bandolera.

Los afortunados ni siquiera esperan a ponerse cómodos en el refugio o bajo la sombra de una rama; ahí mismo, en medio del bullicio, abren el sobre y comienzan a leer la carta como el que saborea un manjar exquisito.

A algunos, ese «Querido hijo», «Mi amado» o «Mi estimado amigo» es lo único que los mantiene a este lado de la cordura.

—¡Gervasio Escolar!

Gervasio va hacia el cartero y coge el sobre que le tiende el hombre.

Es una carta de su padre, Arturo, y su tía Felisa. Zarandea el sobre: dentro hay algo más. A veces la correspondencia no solo trae un escrito. Es muy común que las familias envíen cigarrillos, vales o incluso jabón.

Abre el sobre y mira su interior: tres cigarrillos.

Tiene suerte de que el censor de turno no se los haya quedado. Una vez su tía se dirigió directamente al censor con estas palabras: «Estimado censor: deje usted en el sobre los cigarrillos que le envío a mi sobrino para que tenga un poco de disfrute en el frente».

Parece que le hicieron caso: desde aquel atrevimiento de su tía, nunca más volvieron a faltarle los cigarrillos.

El censor es el encargado de velar porque las cartas que se envían desde el frente, y las que se reciben, no desvelen información sensible ni expresen sentimientos derrotistas.

—El derrotismo es un terrible virus que debemos extirpar del frente y de la retaguardia —dijo el comisario en uno de sus discursos.

Pero cada dos semanas aproximadamente, Gervasio, cuando quiere escapar de la censura, acude a un canal alternativo para enviar la correspondencia: su tío político Rafael, el tabernero, tiene contactos entre los que abastecen el frente de víveres desde Madrid.

En esas cartas sí que puede hablar sin tapujos.

«El capitán es un buen hombre, pero el comisario lo mangonea».

«Nos llevaron a morir: el plan de ataque no tenía pies ni cabeza».

«Pasamos hambre y el regimiento está infestado de piojos».

Gervasio lee la carta de su familia de camino al refugio de la trinchera, donde Teófilo descansa bajo las ramas.

—Mira, Teo. —Le enseña los cigarrillos—. Me han mandado tres. Para que nos los juguemos con otra liebre, ¿te parece? —le propone, mordaz.

El manchego sonríe.

—La próxima vez o te juegas la cajetilla, o no apuesto nada contigo —lo reta este.

Gervasio se sienta en el suelo y continúa con la lectura.

—Anda, a mi prima Aurora, que es enfermera, la han trasladado al hotel Palace, ¿sabes? Por lo visto lo han habilitado como hospital de sangre ante el avance de los fascistas hacia Carabanchel.

Teófilo asiente, absorto. Gervasio lo mira de reojo y cuando vuelve a poner los ojos en la carta —a su primo Jesusito se le ha caído otro diente y espera un regalo del ratoncito Pérez— se hace de nuevo la pregunta que le viene a la cabeza cada vez que llega el correo: por qué Teófilo no recibe nunca carta de nadie.

4

Madrid, diciembre de 1936

Para esto no la prepararon en la escuela de enfermería.

El niño grita. Ángel. Dijo que se llamaba Ángel.

—Ángel, escúchame, cariño. Tienes que ser fuerte, ¿vale?

Aurora le ofrece un poco de agua. El niño se incorpora y acalla momentáneamente sus gritos para beber del vaso. Las heridas de metralla le suben por la pantorrilla de la pierna derecha. La ropa la tiene hecha jirones por la onda expansiva. La piel, tiznada por el asfalto y la sangre seca.

—Las bombas de racimo son así de hijas de puta —exclama el doctor.

El doctor Lumbreras examina las heridas del crío. Pocos segundos después, tras una ojeada rutinaria, casi sin interés, lanza unas breves instrucciones que la enfermera de turno debe coger al vuelo:

—Limpieza y desinfección. Vendré luego a sacarle la metralla.

El doctor da media vuelta y se planta junto a la cama de otro herido de bomba. Hay decenas de ellos. Desde hace semanas, la aviación alemana, aliada de Franco y de la causa nacional, bombardea sistemáticamente Madrid para intentar quebrar la defensa republicana de la ciudad y acabar la guerra por la vía rápida.

—Pe… pero, doctor, ¿y el dolor del chico? —pregunta Aurora.

Más gritos.

El doctor se gira con cara de pocos amigos.

—Tenemos que racionar los medicamentos, incluidos analgésicos y calmantes. Debes saberlo bien. El niño tiene buena salud. Vivirá.

O lo que es lo mismo: que sufra el pobre mío lo que no está en los escritos.

Es lo que sufre, en realidad, cualquiera de los pacientes que llenan las camas del hospital de Base número 1, inaugurado hace unas semanas tras la evacuación del hospital Carabanchel por el avance de las tropas nacionales.

Aurora participó en el traslado. A marchas forzadas, se llevó todo al nuevo emplazamiento: camas, instrumental, material quirúrgico.

El nuevo emplazamiento era el hotel Palace, nada menos.

—¡Al Palace! Aurora, que nos vamos al hotel Palace —le dijo la enfermera Ana.

—Toda la vida soñando con alojarme ahí, y mira tú por dónde —respondió la joven.

En las distintas estancias de la planta baja se instalaron los quirófanos de urgencias, y a lo largo de los seis pisos del hotel se repartieron casi ochocientas camas junto a armarios quirúrgicos, vendajes, orinales y ficheros.

El olor de los perfumes de París de los distinguidos huéspedes del Palace dejó paso, en apenas unos meses, al hedor a herida abierta y cuerpo sudado.

El mejor lugar de este improvisado hospital es, sin duda, el Salón de Baile: cuando a causa de los bombardeos se corta el suministro eléctrico, las intervenciones quirúrgicas se realizan bajo su ostentosa cúpula de vidrio de gusto modernista.

Aurora no había visto nada más lujoso en toda su vida.

La primera vez que entró en el salón no pudo evitar imaginarse como una rica burguesa. Tal vez como Katharine Hepburn dejándose querer por Cary Grant.

—Pero, bueno, enfermera, ¿ha venido usted de turismo o a atender pacientes? —le recriminó Gertrudis, la enfermera jefa.

Ahora, en cambio, este lujoso salón del Palace no es para ella más que otro lugar cotidiano, como el centro de abastecimiento donde hace cola para obtener alimentos o la corrala de vecinos en el que vive con su familia.

—Ángel, escúchame, ¿vale? Voy a empezar a limpiarte la herida —le dice al chico.

El niño mira a la enfermera. A su uniforme blanco y a su cofia. A su nariz respingona. A esos ojos rasgados de un intenso color pardo de los que, de pronto, se queda prendado.

—Eso es, cariño mío. Tú mírame e intenta no pensar en que te duele, ¿me oyes?

El niño contiene los gritos mordiéndose el labio inferior. Debe tener ocho, tal vez nueve añitos. La edad de su hermano Jesús.

—Así es, muy bien.

Aurora sumerge la esponja en el agua del barreño y la escurre un par de veces. Luego piensa por un instante cuál será el mejor lugar por el que meterle mano a la herida de la pierna.

Ángel jugaba a la pelota cuando cayó una bomba a una decena de metros de él.

Esta vez no sonó la sirena ni hubo tiempo de reaccionar.

—Lo estás haciendo genial, campeón —lo felicita.

No, no la prepararon para esto. En realidad, la prepararon para muy poco: cursaba el primer año de enfermería en la Escuela Nacional de Sanidad cuando el estallido de la guerra aceleró su instrucción. De pronto, todas las enfermeras y estudiantes en prácticas de la capital fueron movilizadas para defender la República. A unas, las más veteranas, las mandaron al frente bajo la dependencia directa del Ministerio de Guerra, y a las otras, las estudiantes y recién salidas de la escuela, a colaborar en la retaguardia bajo las órdenes de la Delegación Sanitaria Local.

—¿Te gusta jugar al fútbol, Ángel? Dime, ¿cuál es tu equipo favorito?

Ángel, con un hilito de voz nasal:

—El Athletic de Madrid.

—¡Anda! Pues yo te veía cara de merengue, ¿sabes?

El niño, por primera vez desde que llegó a este hospital de sangre, esboza una ligera sonrisa. Se le arruga la naricilla y muestra con ello el hueco del primer premolar superior.

—¡Jamás! —exclama el chiquillo.

Sin que él se haya dado cuenta, la enfermera casi ha terminado la limpieza.

Aurora busca con la mirada al doctor Lumbreras, que atiende a unos pacientes un par de camas más allá.

—El doctor vendrá a quitarte toda la pupa, ¿vale?

El niño asiente. Ya apenas llora.

—¿Y tú de qué equipo eres? —le pregunta a Aurora.

—¿Yo? —Le sonríe—. Lo siento, cariño, pero soy del Madrid. Aunque si quieres, cuando se reanude la liga podemos ir tú y yo a ver un partido en el Metropolitano. Y ahí iré con el Athletic, ¿te parece? Solo por esa vez.

Termina su turno pasada la una de la tarde. Aurora se enrosca el chal en torno al cuello, se coloca en el hombro la cargadera de su bolso y se despide de los militares apostados frente a la puerta del hotel. Antes de comenzar a andar mira la pirámide de sacos terreros que protege la estatua del dios Neptuno.

—Ese es el que mejor está de todos nosotros, ahí resguardadito—le oyó decir un día a la enfermera jefa Gertrudis—. Ese y la Cibeles. La Linda Tapada, como la dicen.

Luego se interna por la calle de Cervantes y decide callejear un poco en lugar de bajar directamente por el paseo del Prado.

Es una simple cuestión de supervivencia: el paseo del Prado es una de las calles más bombardeadas de la ciudad.

Aun así, uno nunca sabe dónde puede caer una bomba descarriada.

—Se dice que caen en toda la ciudad menos en el barrio de Salamanca, qué casualidad —le comentó a Ana, la enfermera, cuando más arreciaban los bombardeos.

Durante estas semanas, con bombas a diario, caminar por la ciudad es como el juego de la oca: a poco que te descuides, vuelves a la casilla de salida.

Y el pequeño Ángel fue a parar a la peor casilla.

Piensa en él y de repente, antes de doblar una esquina para dirigirse a la calle de su casa, se decide a tomar un desvío.

Unos minutos después se para frente a la farmacia de doña Paquita y pide la vez a las señoras que hacen cola junto a la fachada protegida por decenas de sacos terreros, donde un cartel anuncia que ahí dentro continúan despachándose productos:

SIGUE LA VENTA EN ESTA FARMACIA Y PERFUMERÍA

Junto a este letrero, y cubriendo toda la pared, otros tantos carteles hacen llamadas a la resistencia, a unirse a las milicias o a colaborar con el Socorro Rojo Internacional.

La ciudad entera, de hecho, está empapelada.

—Si los carteles se comieran, carajo, aquí no pasaría nadie hambre —dijo su padre.

Paquita regenta esta farmacia desde hace más de treinta años.

—Dime, Aurori, ¿qué va a ser?

Aurora abre su bolso y saca una receta firmada por el doctor Lumbreras.

—Necesito un frasco de estos analgésicos, Paquita. —Le tiende la receta a la boticaria.

Esta achina los ojos y la lee a través de sus gafas.

—Vaya, uno potente, ¿eh? —le dice.

—Así es. Lo necesitan en el hospital. ¿Algún problema? Puede preguntarle al doctor Lumbreras, si quiere.

Aurora traga saliva. En los últimos meses se han puesto muy serios con las falsificaciones de documentos para conseguir medicamentos como este.

—No, no, nada, faltaría más. Tienes suerte de que me quede uno, pero no va a ser barato, ¿eh? Los medicamentos están subiendo de precio.

—No se preocupe, doña Paquita.

—Estupendo. Pues aguarda un momento, ahora vengo.

La mujer da media vuelta y se interna en el pequeño almacén. Poco después regresa con un pequeño frasco de cristal.

—Aquí tienes, querida.

Aurora pone las monedas sobre el mostrador y se guarda el medicamento en el bolso. Se despide de la boticaria y sale a la calle.

Piensa de nuevo en el pequeño Ángel.

Nunca le dirá a nadie que ha falsificado la firma del doctor.

En casa de Aurora, un pequeño piso de una corrala de vecinos del barrio de Delicias, se oye ruido a todas horas: el de sus hermanos y sus juegos y gritos, el del zumbido de la máquina de coser de su madre, el de las ondas de radio o el del gorgoteo de la olla sobre el fuego, que desde que estalló la guerra apenas solo cocina caldo de puchero en todas las variantes posibles.

Aurora entra en casa y recibe el abrazo de su hermana Manuela, que pasaba por el recibidor persiguiendo a Jesús.

Manuela llegó nueve años después de Aurora, cuando ya nadie la esperaba.

El pequeño Jesús fue otro regalo imprevisto. «Jesusito de mi vida», lo llama su madre.

Los hermanos juegan al pilla pilla mientras Felisa termina de preparar el almuerzo, canturreando frente a los fogones. En sus labios hay una copla de Imperio Argentina: «El día que nací yo, qué planeta reinaría, por donde quiera que voy, ¿qué mala estrella me guía?».

Aurora siempre lo piensa al verla cantar: es como si la música tuviese un efecto sanador en su madre, como los ungüentos que preparaba la abuela Agustina.

—¡Hola, mamá!

Felisa se gira para besar en la mejilla a su hija.

—¿Qué tal la mañana, cariño?

Aurora heredó de ella el pelo oscuro y las facciones finas, como su nariz pequeña y respingona.

—Bien, mamá, pero muy ajetreada.

Y ese carácter suyo aguerrido y perseverante.

—Ay, no he dejado de atender heridos, mamá —suspira la joven—. Una bomba por Argüelles ha causado una escabechina. Ha llegado un chiquillo, Ángel, que me ha dado mucha lastimita.

Felisa se santigua.

Aurora se asoma a la olla y se recrea con el olor del caldo de puchero. Al paso circular del cucharón, las legumbres flotan rodeando un pequeño hueso de pollo.

—Tres horas de cola me he chupado para esta miseria. —Felisa rescata algunos garbanzos con el cucharón y los deja caer lentamente en el caldo—. ¿Te lo puedes creer?

Desde que las tropas franquistas pusieron cerco a Madrid, los alimentos y productos de primera necesidad no han dejado de escasear.

Primero fueron el trigo, la carne y el carbón. El racionamiento del pan se decretó a finales de octubre, cuando su precio galopaba hasta lo prohibitivo.

Por lo menos aún pueden comprar cada día un poco de leche, lentejas u otras legumbres o, si hay suerte, algo de carne. Eso sí, o se ponen bien temprano en la cola frente al centro de abastecimiento o se van con las manos vacías.

—Bien rico que huele, mamá. No te hace falta nada más.

Ni se lo imagina ahora, pero dentro de dos años, Felisa no tendrá para cocinar más que hierbas silvestres, cardos borriqueros o mondas de naranja, y preparará tortillas de patatas sin huevo y sin patatas.

—Nosotros tenemos suerte, hay quien mete en la olla los cinturones viejos de cuero para hacer caldo —dice la madre.

Los chiquillos aparecen y revolotean alrededor de Aurora, pidiéndole juego.

—¡Dejaos de juegos! —les grita su madre—. ¡Que papá debe estar al llegar!

Los niños toman asiento y juguetean con la servilleta hasta que, pasados unos minutos, Roque aparece por la puerta tras el traqueteo de la cerradura.

El padre da un beso a sus hijos pequeños, luego a su mujer y, por último, a Aurora, la niña de sus ojos. Cuando esta nació, el joven Roque dijo que era lo más bonito que había visto en la vida.

Tampoco había visto demasiadas cosas bonitas: siempre en Madrid, la mayor parte del día en el taller mecánico de su padre, y luego el noviazgo fugaz —como un flechazo, diría— con aquella chica del barrio de Delicias a la que invitó a unas pipas, a bailar en una verbena y a un paseo por el Campo del Moro, donde la besó furtivamente en la mejilla, cerca, muy cerca de la boca.

Aquella chica, Felisa, le dio el sí algunos meses después.

—¿Cómo ha ido la jornada, cariño? —le pregunta ella.

Roque se sienta a la mesa y se quita la gorrilla del uniforme para dejarla colgada en el respaldar de la silla. Resopla. Es un hombre alto, carirredondo, de ojillos saltones y pelo de color azabache peinado hacia atrás.

—Uf, muy cansado, chatita. Se ve que debe haber movimiento en el frente.

Corta el pico de un chusco de pan y se lo lleva a la boca.

—¿Y eso? —Aurora, ayudando a su madre a poner la mesa.

—Pues que hoy no han dejado de cargar cajas con material de guerra desde Cuatro Vientos para llevarlas a la estación de ferrocarril.

Desde que Madrid es frente de guerra, los rutinarios viajes de los pasajeros en el metro dieron paso al transporte de municiones, equipo militar, soldados y evacuados. Por eso Roque no está en el frente, porque es responsable de la cuadrilla de conductores de metro, que hacen un trabajo considerado esencial.

—Pues Gervasio dice que la cosa está tranquila —responde Felisa, tomando asiento a la mesa—. Que no esperan todavía el ataque de los nacionales.

Gervasio es hijo de su hermano Arturo. Cuando la madre de Gervasio murió de la gripe española, Felisa se convirtió casi en otra madre. Por eso se escriben cada semana.

Él siempre empieza sus cartas con un «Queridos tía Felisa, tío Roque y primos».

—¿Ha llegado correo del primo, mamá? —pregunta Aurora.

Felisa asiente. Se pone en pie y coge la carta que había dejado en el estante de las especias. Se la ofrece a su hija.

—No dice mucha cosa, cariño. Que no dejan de hacer ejercicios de instrucción a la espera de que los trasladen tras la batalla que libraron en Pozuelo.

La chica echa un vistazo a la carta de Gervasio; un folio escrito por ambas carillas con una esmerada caligrafía redonda y terminado con el consabido «Salud y República».

—Ah, sí, también dice que ha hecho muy buenas migas con un soldado manchego —añade Felisa—. ¿Cómo decía que se llamaba? Ah, sí, Teófilo. Pues ¿sabes qué? Que dice que ese chico no tiene quien le escriba. ¿Te lo puedes creer? Nadie, pobrecito.

5

El carabinero Agustín reparte los naipes y da a su voz un tono didáctico para enseñar a jugar al mus al resto de sus compañeros de cuadrilla.

—Por tanto, este juego no consiste en leer las cartas propias, sino las de los demás —concluye—. En realidad, ese es el truco, no hay otro. El primero que lo pille es el que mejor sabrá jugar.

El truco flota entre los soldados, ingrávido, durante un par de segundos.

Cae la noche en el refugio.

Los hombres juegan a la luz de una lumbre envueltos en una pila de mantas.

Acaban de cenar. La cena de hoy, para sorpresa de los soldados, ha sido algo más copiosa de lo normal: un plato de habichuelas y queso.

El joven Teófilo lo ha visto claro.

—Eso es que en breve habrá noticias —ha vaticinado—. ¿No os habéis dado cuenta? Siempre que hay novedades en el frente, nos dan de comer fuerte.

—Pero ¿adónde vamos a ir? —ha respondido Gervasio—. Los fascistas siguen al otro lado del cerro.

Han levantado la vista hacia tierra de nadie.

A lo lejos, unas lucecillas hacían intuir las trincheras nacionales.

Unos días atrás, ahí mismo, la incesante cadencia de las ametralladoras, el silbido de las balas, el calor de la metralla, la sangre, los esputos, el sudor y los gritos quebrados de quienes llamaban a su madre a un lado y al otro.

—Pues a mí me da que picamos billete —ha insistido Teófilo.

Salvador, el cabo, es el único que sabía que Teófilo tenía razón. Le han contado que en un par de días los retirarán de la primera línea de combate para enviarlos al frente andaluz. La 3.ª Brigada quedó muy tocada tras el ataque de los nacionales en Pozuelo. El ataque en el que fue herido el comandante Galán.

Salvador ha preferido callarse, incluso cuando Gervasio le ha preguntado directamente:

—Usted sabe algo, eh, cabo, ¿a que sí?

—¿Yo? Dios me libre.

Y ha desviado la conversación pidiéndole a Agustín que de una vez les enseñe a jugar al mus. El carabinero llevaba semanas hablando de ese juego de naipes que aprendió cuando hizo la instrucción en el País Vasco.

—Venga, vale, pero debéis estar atentos, ¿eh? Es un juego de intuición —ha dicho.

Cuando termina la explicación, Salvador se rasca la coronilla y esboza una mueca de confusión.

—A ver, Agustín, hijo mío. ¿Las cartas de los demás? ¿Qué carajo significa esto?

Gervasio desiste de jugar. Prefiere tumbarse y continuar leyendo a la luz de la lumbre el libro que cogió de la biblioteca itinerante que visita el frente cada dos semanas.

—Pero es que necesitamos ser cuatro —le insiste Agustín.

El madrileño clava los ojos en las páginas de la novelita de Agatha Christie.

—Que no, que paso —se excusa—. Si hay que estudiar en la universidad para jugar a las cartas, ya no tiene gracia.

—Está bien. Entonces jugaremos al mus francés, con tres jugadores —dice Agustín—. Que conste que no apostaremos nada porque es la primera partida, pero a partir de la segunda nos jugaremos unos cigarrillos, ¿de acuerdo? —reta el extremeño a sus contrincantes.

—Por mí estupendo. Soy experto en ganar cigarrillos —contesta Teófilo, mordaz, con la vista puesta en Gervasio.

El madrileño, al otro lado del refugio, se le encara.

—Qué subidito te lo tienes, caray. Lo de ayer fue un golpe de suerte.

Un golpe de suerte: lo mismo que exclamará Agustín cuando, minutos después, Teófilo acabe ganando la partida tras un farol que nadie ha podido adivinar.

—¡La suerte del principiante!

—Pero ¡qué dices de suerte! —Salvador, dándole al manchego una palmada en el hombro—. ¡Este muchacho tiene estrella! A ver si te van a estar desaprovechando en esta trinchera dejada de la mano de Dios.

Durante la noche, cuando dejan de caer los obuses y la metralla y los soldados dormitan en los refugios, despiertan los piojos y las chinches. No pocas veces ha ocurrido que al descorrer la cremallera de la cazadora, esta se tiña de rojo con la sangre de los piojos aplastados. Los más veteranos ya se han acostumbrado a ello. Para los reclutas y los pipiolos venidos de la instrucción, en cambio, es un auténtico fastidio.

Teófilo no dejó de rascarse la cabeza hasta que comprendió que tenía okupas.

—El pelo corto y un lavado diario —le recomendó el cabo para luchar contra esos diminutos enemigos.

Hizo lo primero —el barbero de la brigada disfrutó cortando su rubia cabellera—, pero lo segundo era impensable ante la acuciante escasez de jabón en el frente.

Si acaso se hacían el lavado del gato cada dos días.

—¿El lavado del gato? —le preguntó Gervasio.

—Sí, ya sabes: huevos, culo y sobacos —respondió Teófilo con una carcajada.

Las chinches habitan las almohadas. Antes de irse a dormir, los soldados las sacuden fuertemente a la intemperie.

—Ni aun así se van las hijas de su madre.

Teófilo despierta sintiendo el rastro de picaduras de una chinche en el antebrazo derecho. Se rasca. Son tres pequeños picotazos como los pasitos de un bailarín.

Deshace el abrigo de mantas y se pone en pie estirando los brazos. Uno de sus compañeros de refugio ronca. Sale fuera subiéndose las solapas de la guerrera y colocándose la gorrilla sobre la cabellera. Luego saluda a los soldados que, a lo lejos, hacen guardia desde el puesto de mando de la trinchera.

Saca una cajetilla de cerillas del bolsillo y enciende un cigarrillo bajo el resguardo de la palma de su mano. Deben tener cuidado con las lucecitas furtivas durante la noche: son el blanco perfecto para los francotiradores rifeños que, apostados en las trincheras enemigas, están al acecho de cualquier enemigo despistado.

—El moro es capaz de pasarse el día vigilándonos, inmóvil, tras la copa de un árbol —le advirtió el cabo Salvador.

Teófilo no puede olvidar la noche en que llegó un soldado de intendencia repartiendo comida —un chusco y un bote de carne rusa para repartir entre dos— y, en cuanto se asomó brevemente por encima de los sacos terreros que coronaban la trinchera, un francotirador enemigo le atravesó la cabeza con un disparo.

—¡Camilleros, camilleros! —gritó, en balde.

El refugio se llenó de sangre y sesos.

No comieron aquella noche porque el bote de carne rusa tenía la misma pinta.

—Pues a mí me vais a disculpar, pero yo no soy ninguna señorita —intervino Agustín, llevándose a la boca una cucharada de carne.

Da una calada honda. Este es uno de los cigarrillos que le ganó a Gervasio, por lo de la liebre. Un cigarrillo fino, casi como un palillo de dientes, hecho de picadura.

Desde que el tabaco escasea en el frente, los cigarrillos son de peor calidad, y a veces solo tienen para fumar extraños sucedáneos: regaliz, hojas de lechuga secas, tomillo, manzanilla o cascarillas de cacao.

—No puedes dormir, ¿verdad? —oye de pronto.

Deambulaba por la trinchera entre el humo del tabaco y los saludos a los soldados que hacen guardia hasta que se le acercó esa voz.

Se gira. Una lucecita tenue cuelga de la boca de Gervasio, y este se apresura a refugiarla bajo la mano abierta. El soldado le da una palmada en el hombro.

—Yo tampoco, pero ya me conoces, duermo poco.

Sus ojeras cuentan una historia de insomnio.

—Algún día te quedarás dormido pegando tiros con el fusil —bromea Gervasio.

—¡Qué va! —ríe Teófilo, imaginándose frito en medio de una batalla

El muchacho duerme cada noche cuatro o cinco horas, no más.

—Mi padre tampoco necesitaba dormir mucho. Todos los días, salvo el domingo, se despertaba antes del amanecer para atender sus cultivos, y terminaba la jornada pasada la medianoche empinando el codo con una copa de vino.

A veces no era solo una, sino dos, tres o la botella entera.

Gervasio da una calada cubriéndose con la mano y mira hacia el paraje de trincheras.

—¿Sabes? Hasta ahora nunca había salido de Madrid. Pensaba que ahí afuera no había nada de interés. Y ahora, con los facciosos rodeando la ciudad, no quiero hacer otra cosa que escapar de aquí. Es curioso, ¿no?

La noche quieta y helada entre ambos.

Teófilo asiente. Da otra calada. Mira.

Don Sebastián, el párroco, dijo una vez lo que ahora exclama él.

—Uno desea siempre lo que no puede tener.

Y al repetirlo con la misma voz que el párroco se ve con él en la sacristía de la parroquia del pueblo, manoseando un lápiz al compás de sus dictados, muchos en latín, algunos en francés, «Amor omnia vincit», «Louez le Seigneur», de los que Teófilo no entendía nada pero que, según el cura, habrían de servirle en el futuro.

—Tú no habías estado nunca en Madrid, ¿verdad? —le pregunta Gervasio.

Doce o trece años después aún se pregunta para qué carajo le servía el latín.

—Me he pasado toda la vida en el pueblo —responde el manchego.

—Dicen que la gente de los pueblos es más feliz, ¿no?

Dan una calada.

De pronto le viene a la mente aquella noche de julio y se apresura a espantarla, invocando un recuerdo agradable.

—Yo no he visto más caras de alegría y jolgorio que en el carnaval de mi pueblo. Pero a la gente de ciudad la he conocido ya con una guerra de por medio, así que no sabría decirte.

Su madre solía coserle un disfraz cada año, afanándose bajo la luz de un candil, puntada a puntada, y Teófilo corría entre pasacalles y cabezudos orgulloso de llevar el mejor disfraz del pueblo, hasta que aparecían los hijos del señorito Iván, con sus disfraces traídos de la ciudad, tan envidiados.

—Debe de ser entonces como nuestras verbenas de San Isidro. Las de este año han podido celebrarse, pero supongo que no celebraremos las del año que viene, por la guerra.

Teófilo lo mira.

—Pero ¿crees que la guerra durará tanto? —le pregunta a su compañero—. No sé yo qué decirte. Un milagro tiene que ocurrir para que resistamos en estas condiciones.

Gervasio extiende la mano y le aprieta el hombro.

—¡No seas derrotista, hombre! —exclama con el rostro envuelto en el vaho de su aliento—. El pueblo vencerá y España por fin se quitará de encima los males de siempre.

—Dios me libre de ser derrotista. Ojalá acabemos ganando la guerra, por el bien del pueblo. Tenemos que sacudirnos el yugo de los caciques y los señoritos. Yo vengo de una tierra campesina sometida desde hace generaciones, ¿sabes? Pero me figuro yo que necesitamos algo más, ¿o no te lo parece? Y esto te lo digo en confidencia, ya me entiendes. —Lo mira con sus ojos profundos, casi hipnóticos, tras ese color claro de su iris.

—Ese «más» no tardará en llegar. Francia y Gran Bretaña terminarán ayudando a la República ante el ataque de los fascistas. Las Brigadas Internacionales han sido el comienzo. Pronto debería llegar el resto de la ayuda que necesitamos.

«Debería, qué ilusorio es a veces el modo subjuntivo», piensa Teófilo.

Y da otra calada farfullando un: «No sé, no sé».

—Y, bueno, dime, ¿qué ocurrió en tu pueblo cuando estalló la guerra? —inquiere Gervasio—. ¿Cayó del lado faccioso?

La cara del manchego se desdibuja tras el humo de su cigarrillo.

De pronto, en un par de segundos, vuelven a abordarlo recuerdos de todo lo malo.

—Pues...

Recuerdos que habitan un olvido deliberado.

—En el pueblo...

Y siente el impulso de soltarlos, porque no tiene a nadie con quien pueda desahogarse, hablándole, por ejemplo, de aquellas terribles semanas que siguieron al estallido de la guerra, de la noche que pasó escondido en la parroquia del pueblo, cuando estuvo a punto de morir.

Y ya va a hacerlo; el relato le tintinea en la punta de la lengua, ávido de ser contado y encontrar un oyente.

Pero finalmente se contiene.

—Siéndote sincero, Gervasio, no creo que te guste escucharlo —responde.

Tira la colilla y se gira para volver al refugio.

6

El muñeco de trapo se eleva, danza por el respaldo del sillón con los pasitos de una marioneta y da un largo salto seguido de su ventrílocuo hasta el mueble del aparato de radio. Y luego la voz aniñada de Jesusito:

—¡Aquí estoy, mi princesa!

La princesa es una vieja muñeca que Manuela heredó de Aurora, pero de la que acabó adueñándose el pequeño de la familia para sus juegos.

Y Aurora, detrás del mueble de la radio:

—¡Cuidado con el dragón, mi príncipe!

El dragón aparece sobre el aparato, de la marca Telefunken, lanza un grito atronador y escupe un fuego imaginario que arrasa el páramo en torno a la torre del castillo.

—¡No podrás rescatarla! —amenaza el monstruo escamado con la voz más grave y oscura que puede permitirse la pequeña Manuela.

El dragón: una botella de leche pintada con betún, con unos ojos saltones hechos de bolitas de alcanfor y una cresta de triángulos de cartón, recortados de unas cajas que Aurora trajo del taller de costura.

—¡Te derrotaré!

Y el muñeco escala por el aparato de radio y los tres jugadores imaginan que derrota al dragón y rescata de sus fauces a la sufrida princesa.

Hasta que, de pronto, Felisa irrumpe en el salón y rompe la magia pidiéndole a Aurora que la acompañe a la cocina.

—Se me ha ocurrido una cosa —le dice su madre mientras se seca las manos con el delantal que lleva puesto.

Acaba de terminar de recoger la cocina; Roque no hace mucho que se fue a trabajar y Aurora apuraba con sus hermanos el tiempo que le quedaba hasta el tedioso turno de tarde en el hospital.

—Sí, dime, mamá.

—He pensado que tal vez podrías escribirle a ese muchacho del que nos habló tu primo en la carta.

Aurora arquea una ceja.

—¿Y eso, por qué?

—Ay, Aurori, no sé. El chico no tiene quien le escriba. ¿No te da lástima?

La joven se sienta a la mesa y mira a su madre sin comprender muy bien adónde quiere llegar con esa proposición.

—Sí, claro que me da lástima, pero ¿qué quieres que le escriba yo a ese soldado? —pregunta.

Felisa se quita el delantal para colgarlo de una percha que hay junto a la puerta de la cocina. Mira a su hija e insiste:

—Ay, Aurori, algo se te ocurrirá, ¿no? Así colaboras con la causa, además.

La causa siempre en la boca, como un mantra.

—¿La causa? —le pregunta Aurora, contrariada—. Pero, a ver, mamá, ¿acaso no colaboramos ya? Debemos dejar de tener miedo, por el amor de Dios.

Su madre guarda silencio y ambas se esquivan la mirada oyendo el griterío de los hermanos que llega del salón.

El dragón debe de haber contraatacado, tal vez ha vuelto a secuestrar a la princesa de manos del príncipe para encaramarse al aparato de radio.

Hasta que Felisa exclama:

—Esto no tiene nada que ver con tu padre, Aurori.

Y Aurora contiene un impulso, augurando que aquello podría derivar en una discusión que no quiere empezar.

—Bueno, mamá...

E intenta templar el tono y hablarle con la mesura de quien sabe que a madre e hija no las gana nadie discutiendo.

Aun así, no puede remediarlo: cuando algo la contraría, la delata una pequeña vena que surge en su frente y la atraviesa de camino al nacimiento del cabello.

—Claro que esto no tiene nada que ver con papá. A mí no me importaría escribirle a ese soldado, pero a veces me parece que hay muchas cosas que hacemos para que la gente note que somos republicanos convencidos. Yo ya lo soy, mamá, y no me hace falta gritarlo a los cuatro vientos.

—Para ti es muy fácil, Aurori —la interrumpe Felisa—. En el hospital nadie te conocía hasta que empezó la guerra. En cambio, en el barrio, en el taller de costura, no hay día que, de pronto, alguien me coja y me diga: «Oye, ¿tu marido no era ese que andaba con los falangistas?».

Y ha dicho eso último, «falangistas», bajando el volumen de su voz, como si dentro de casa también temiese a las milicias.

Y el miedo no siempre es malo, a veces es una advertencia.

—De aquello hace mucho, mamá. Tenemos que olvidarlo.

Unos meses antes de la guerra, Roque acudió a varias concentraciones de la Falange y levantó el brazo haciendo el saludo romano en alguna ocasión, y muchos de los que fueron con él están ahora presos o alimentando insectos en una cuneta perdida.

Como su compañero Eduardo, el que lo introdujo en esos ambientes, que lleva meses en la cárcel de Porlier.

Hasta que un día Felisa decidió que en esa casa se iban a acabar los mítines.

Fue algunas semanas antes de que estallara la guerra. La mujer cocinaba frente a sus fogones cuando oyó jaleo en la calle, unos gritos, un «Hijos de puta», un «Vais a saber lo que es bueno», y, no sin miedo, se asomó al alféizar parapetándose tras la cortina de estampados y encajes.

Ahí abajo, un par de falangistas y un grupo de comunistas estaban enzarzados en una violenta pelea.

—Ay, la Virgen santa... —exclamó, con la mano en la boca.

La refriega duró apenas un minuto. Uno de los comunistas, ducho con los puños, tumbó a los dos falangistas, mientras otro, palo en mano, remataba la faena.

Era la primera vez que Felisa veía a alguien sangrar así, como el caño de una fuente portentosa.

Los comunistas huyeron, y los dos falangistas quedaron tendidos en el suelo.

Uno parecía querer levantarse al grito de «Arriba, España», pero no podía.

Y cuanto más arriba se iba España, más se hundía.

Por eso aquella noche Felisa cogió a su marido, lo llevó del brazo al dormitorio y cerró la puerta tras de sí para hablarle con la contundencia de un disparo:

—Escúchame bien, Roque. En esta casa se van a acabar los mítines, ¿me has oído? No está la cosa para dejarse ver con el brazo en alto.

Y lo predijo, que algo iba a pasar.

—Algo va a pasar, Roque.

Porque, a fin de cuentas, Felisa tenía los genes de su madre, Agustina, la de los ungüentos y las predicciones.

Y su marido aceptó, porque no podía decirle que no a esos ojos espantados.

—Lo que tú digas, chatita.

Unas semanas después, la noche en que se levantó el ejército en Marruecos, Felisa reunió a la familia y volvió a pedir que se la escuchara.

—Escuchadme todos. —El gesto tenso, ojeras, los surcos de un llanto—. Papá nunca ha ido a ningún mitin de los falangistas ni ha levantado el brazo, ¿me habéis oído?

Al estallar la guerra, la Falange se posicionó junto a los golpistas, y los militantes y simpatizantes del partido que quedaron en la España republicana se enfrentaron a la ira de los milicianos.

—¿Cómo que levantado el brazo? —preguntó, inocente, el pequeño Jesús.

—Jesusito, por Dios, este gesto. —Levantó el brazo, con el saludo romano.

Y fue el último que se vio en esa casa.

Aurora extiende la mano y acaricia el pelo de su madre con un leve gesto. Se miran.

La refriega del príncipe y el dragón ha dejado de oírse desde el salón.

—Hacemos ya mucho por la causa, mamá. Justo lo que te recomendó la tía Bernarda, ¿verdad? Pues ya está. Deja de preocuparte. No va a pasar nada.

Y esboza una sonrisa que contagia levemente a Felisa.

—Sí, puede que tengas razón —exclama esta, al fin.

Y piensa de pronto en aquella conversación con su hermana Bernarda, en los aciagos días de verano en que, recién estallada la guerra, temía que de buenas a primeras entrasen en su casa para llevarse a su marido.

Eso es lo que se decía: que por las noches no dejaba de haber paseos furtivos.

—Pero ¿qué se le ha perdido a tu marido ahí, Felisa? —le preguntó Bernarda.

Se habían quedado las últimas en el taller de costura para recoger, y Felisa aprovechó la confidencia para sincerarse.

—Ay, hija, yo qué sé —le respondió, cariacontecida—. Nunca se fio de los sindicatos de izquierdas. Y fue a algunos mítines por acompañar a su amigo Eduardo, que le insistió mucho, y repitió varias veces. Pero, te lo juro, iba como el que va a los toros sin que le gusten las corridas.

—Mala cosa, Felisa —Bernarda, frunciendo el ceño—. ¿Y eso quién lo sabe?

—Por el momento, creo que en el barrio nadie. Roque fue muy prudente, ya sabes cómo es. Temía la jarana que se montaba con los socialistas o los comunistas.

—¿Y Aurori no le decía nada?

Bernarda escobaba los retales de tela detrás de las mesas de costura.

—Pues te lo puedes imaginar, con el genio que tiene. Que qué hacía con esa gente. Que esas no eran buenas compañías... Pero Roque le ponía buena cara y luego hacía lo que le venía en gana. Ya conoces a mi marido.

Felisa pasaba la fregona detrás de la escoba de su hermana.

—Lo que ahora temo es que alguno de los que coincidieron con él en los mítines hable de más. —Levantó la mirada y buscó los ojos de su hermana—. ¿Tú te has enterado de algo? Dímelo, por favor.

—A mí no me ha llegado nada, ni a Picio tampoco.

—¿De verdad?

—Te lo juro, hermana.

Felisa respiró de alivio.

—No obstante, no tenéis que bajar la guardia —continuó Bernarda—. Se os tiene que notar, querida. Ya sabes, la causa antifascista. Acudid a los mítines de izquierda. Afiliaos a algún sindicato. Colaborad con el frente.

Y así hicieron.

Aquello quedó como secreto familiar en este Madrid republicano, pues Aurora no ha tenido problemas para ingresar en el cuerpo de enfermeras ni su padre para seguir conservando su puesto de responsable de conductores de metro.

—Venga, vale, mamá. Lo haré —le dice Aurora tras un silencio.

Y una sonrisa viaja del rostro de la joven al de su madre Felisa.

—¿Le escribirás al soldado? —le pregunta esta.

Del salón vuelven los juegos de los hermanos. «¡Maldito dragón!», se oye de nuevo, en el lamento de una princesa deshonrada, y luego el príncipe, con su voz de galán impostada, exclama: «¡Me las pagarás!».

—Sí, probaré, a ver qué tal. A lo mejor tiene algo interesante que contarme —responde la chica, poniéndose en pie.

Y van al salón al encuentro de los hermanos pequeños, que corretean en torno al sillón de Roque.

—¡Vais a tirar algo! —les grita Felisa, en su recurrente tono de reprimenda. Luego se dirige a Aurora—: ¿Sabes qué, Aurori? Una vez me dijeron que en el lado nacional hay chicas que se prestan a escribir a soldados para levantarles el ánimo. Madrinas de guerra, las llaman.

La joven hace un gesto de burla.

—¿Madrina de guerra? —responde, jocosa—. Pero qué feo suena, ¿no, mamá?

7

El sueño es recurrente, sobre todo las noches que Teófilo pasa en el refugio de la trinchera. El olor a incienso, el tiempo detenido entre los repiques de la campana, la claraboya de la sacristía por la que entra una luz tenue, anaranjada, el crucifijo, el tintero y la pluma, y la voz de don Sebastián, grave y resonante, como si hablase dentro de un pozo:

—¿Listo para la lección de hoy, muchacho?

En aquel sueño, Teófilo siempre vuelve a los siete años, porque a esa edad comenzó a acudir cada tarde a la sacristía de la iglesia tras terminar la faena de la trilla.

Y el párroco, ataviado con sus ropas talares, comenzaba:

Introibo ad altare dei.

Deambulaba en torno al escritorio de madera noble mientras hojeaba su breviario, aguardando a que el chico errara. Pero este aprendía rápido:

Ad Deum qui laetificat juventutem meam.

Y don Sebastián, en su rondar lento y acompasado, frunciendo la frente estrecha y con los ojos huidizos puestos en el muchacho, se apresuraba a contestarle:

Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta —recitaba, mirando hacia el rincón donde había dejado el fajo de ramitas de olivo sobrantes del domingo de Ramos.

Y Teófilo:

Ab homine iniquo, et doloso erue me, libera nos domine.

Entonces, satisfecho el párroco, retomaban el estudio del rito de la misa y la labor de los monaguillos, en la que, desde hacía unos meses, y con el costoso permiso de su padre, el pequeño Teófilo se estaba formando.

—¿El monaguillo navetero? —preguntaba don Sebastián.

—El que lleva la naveta con el incienso dentro.

—¿Y el turiferario?

—El que porta el turíbulo para las incensaciones.

—¿Y el crucífero?

—El que carga la cruz procesional.

Y cuando el párroco se daba por contentado:

—Ea, ahora saque su cuadernillo y sigamos con la caligrafía.

Se dirigía a él así, con un «su», porque el párroco trataba a Teófilo de usted. Al chico eso le hacía sentir importante, como un ministro en proyecto de formación, y tal vez esa fuese la razón por la que, a pesar de la fama de arisco que acompañaba al párroco, Teófilo le había cogido confianza, más que ningún otro monaguillo.

Por eso el chico lo atiborraba a preguntas, con esa curiosidad suya con la que parecía querer comerse el mundo a fuerza de interrogaciones.

—¿Y Dios qué cara tiene?

—Pues la de un señor mayor.

—¿Y el diablo?

—La de un tipo muy guapo, para tentarnos.

—¿Y por qué la gula es pecado?

—Porque hay gente pobre que no tiene para comer.

—Y si la gente pobre roba, ¿también es pecado?

—Claro.

El muchacho puso una mueca de disconformidad.

—¡Pues no es justo!

—¿Cómo que no es justo?

Teófilo, viendo al párroco fruncir el ceño, intentó articular una respuesta a la altura de aquella cuestión divina.

—Pues que no es justo que, por un lado, Dios permita que haya pobres, y, por otro, que los castigue si no tienen otra opción que la de robar.

Pensaba, por ejemplo, en aquellas familias que vivían en las chozas cerca del arroyo, de quienes todo el mundo decía que no eran otra cosa que animales y rateros.

—Déjeme que se lo explique, muchacho...

El párroco, que le había contestado con desgana, comprendió que debía darle una respuesta más convincente a su monaguillo, a sabiendas de que aquellas tempranas dudas podían minar la fe del chiquillo.

—Hubo un tiempo en que Dios intervenía en el porvenir de los hombres; por eso destruyó la torre de Babel, mandó el diluvio del que salvó a la familia de Noé y nos legó los diez mandamientos a través de Moisés. Pero llegó un momento en que se dio cuenta de que había creado al hombre libre y que, por mucho que interviniera, este no paraba de pecar. Así que nos mandó a su Hijo para que nos enseñara que lo importante no era no pecar, sino amar. Y que quien amaba de verdad podía entrar en el reino de los cielos.

Teófilo se llevó la mano al mentón e imitó el gesto adulto de pensar, hasta que recordó aquel pasaje que el párroco contó en una homilía.

—Ah, ya sé. Como la historia del buen ladrón, ¿no?

—Así es, muchacho —respondió el cura, cogiendo al chico del hombro—. Cuando nuestro Señor estaba en la cruz, uno de los ladrones le pidió que se acordara de Él cuando estuviese junto al padre, y Jesús le aseguró que ese mismo día estaría con Él en el paraíso.

—De modo que, aunque peque mucho, siempre que ame podré ir al paraíso, ¿verdad? —preguntó el pequeño.

Don Sebastián rio.

—Tampoco se trata de eso, muchacho. Además, cuando alguien encuentra el amor en su vida, ya no necesita pecar.

—¿Y yo lo encontraré?

—Por supuesto —respondió el cura—. Y ahora váyase a casa, que se hace tarde.

Porque siempre se le hacía tarde a Teófilo en la sacristía, y por eso llegaba a casa fatigado tras regresar al trote de la iglesia.

Y era entrar por la puerta y oír a su padre cada tarde.

—¿Qué, vienes otra vez de la parroquia? —decía desde el sofá, siempre con un vaso de vino en la mano—. Cada vez más tarde, ¿eh?

—Lo siento, padre —respondía él, la cabeza gacha.

Le echaba una ojeada y se quedaba mirando sus pies descalzos sobre la mesilla, pies de labrador: grandes, secos y resquebrajados como madera vieja.

El labrador siempre respondía lo mismo:

—A ver si no está perdiendo el tiempo el niño con el curilla.

Tras lo cual, Teófilo se limitaba a apretar el paso hasta el dormitorio y quitarse la ropa de acólito como quien se espanta unas llamas.

—Deja al niño, por el amor de Dios —le oía decir a su madre, Josefina, desde el salón.

Su madre siempre tenía a Dios en los labios y una habilidad innata para con sus palabras infundir calma en la tempestad. Fue ella la que un día, a la salida de misa, le pidió a don Sebastián que instruyera a su hijo.

—Quiero un futuro para mi Teo, don Sebastián —le dijo—. No quiero que se consuma aquí.

Miraron hacia un monaguillo que pasó junto a ellos camino de la sacristía, cargando con la pértiga para encender los cirios, las vinajeras y el misal.

—Tráelo todas las tardes tras la faena. Será uno de mis monaguillos, ¿de acuerdo?

Y Josefina se lo agradeció aunque aquello le costara una discusión en casa.

—Además aprenderá a leer y a escribir, Teo —le argumentó a su marido—. ¿O quieres que sea un analfabeto como nosotros? Tú solo sabes garabatear tu nombre y yo tengo que firmar con la huella del pulgar. —Le enseñó el pulgar que tantas veces se había restregado con jabón para quitarse la tinta.

—Lo que yo menos quiero en esta casa es otro santurrón, Fina —respondió el padre.

Teófilo padre nunca había sido muy devoto, pero cumplía con la parroquia por intercesión de su mujer, todos los domingos a misa de doce, y conservaba la antigua costumbre de regalar lana y trigo a la Iglesia tras la época de la recogida.

Tuvo que cogerlo un día el párroco, otra vez a la salida de misa, para convencerlo.

—Tráeme al muchacho por la tarde, hombre de Dios.

Pero Teófilo salió por la tangente:

—Le dije al señorito Iván que Teófilo iba a trabajar en el campo esta temporada, que ya tenía edad para doblar el lomo como todos los demás. Así que no trate de malquistar, don Sebastián —dictaminó el labriego.

El párroco miró a Teófilo padre y arrugó la frente como si buscase inspiración divina para responderle.

—Pero...

—Ea, pero nada. Lo que el muchacho necesita es aprender a amarrarse los machos y a ser un buen mayoral de labranza.

El campesino vestía su camisa blanca y su pantalón de pana, como cada domingo. Unos metros más allá, su hijo jugaba con otros chiquillos mientras mordisqueaba unas peladillas que le había dado el cura. Lo miraron unos segundos.

Luego, el párroco se acercó al hombre y le habló con el susurro de la confesión. O como si lo llamase a capítulo.

—Déjame decirte una cosa, Teófilo...

Resplandecía un sol alto, primaveral, y el aire olía a la ontina que bordeaba el camino de la parroquia.

—Dígame.

—Nuestro pueblo no necesita más campesinos, sino jóvenes letrados. Tu chico es inteligente y muy curioso. Vienen tiempos difíciles y alguien tendrá que defender el campo, ¿no te parece?

Teófilo padre se quedó pensativo. No lo dijo, pero sabía a qué se refería el cura: de la ciudad llegaban noticias de cambio. Pintaban bastos: se hablaba de que el general Primo de Rivera tomaría el control del gobierno ante los desmanes de los políticos y en el campo los señoritos se estaban rearmando ante quienes pedían un reparto más justo de la tierra. De hecho, hacía unas semanas habían llegado unos obreros al pueblo jaleando a los campesinos para que le reclamasen sus derechos al señorito Iván. Y Teófilo, que siempre tuvo sus más y sus menos con el patrón, fue uno de los que se dirigió a la finca.

Sin embargo, sabía que el cura no solo iba por ahí.

—Defender el campo y defenderlo a usted, ¿no, don Sebastián?

Porque de la misma forma que aquellos obreros señalaron la enorme finca del señorito, que coronaba el cerro, también se dirigieron a la parroquia con consignas anticlericales.

—A mí me defiende Dios, Teófilo. El día que Dios quiera que me vaya, me iré —respondió el cura con dureza.

Teófilo padre vaciló unos segundos hasta que, finalmente, accedió.

—Bueno, está bien. El chico irá con usted. Pero ojo, que no descuide sus labores.

El toque de diana despierta de un sobresalto a Teófilo.

—Buenos días —dice, desperezándose, al cabo Salvador, el primero en incorporarse sobre el catre.

El resto de la cuadrilla se levanta al poco tiempo. Luego, tras el aseo mañanero y el café y el par de galletas que les sirven como desayuno, los soldados se agrupan junto a los demás integrantes de la compañía en el barracón para oír las instrucciones del capitán y del comisario político, un obrero sindicalista llamado Benito Toledano.

—¡Buenos días, caballeros! —saluda el capitán.

Teófilo mira a Benito Toledano. Este lleva puesto un abrigo de piel y sobre sus cuatro pelos, una gorra con el escudo de la República y una ce de «comisario».

Y el subfusil al hombro, por lo que pudiera pasar.

—¡Señores! —La voz de pito del comisario siempre hace reír a Teófilo—. ¡Nuestra patria está amenazada por la más brutal de las agresiones que ha registrado la historia!

Los comisarios políticos sirven de enlace entre la tropa y los comités políticos, y su misión es motivar a los soldados y velar por su compromiso con la causa republicana.

Muchos oficiales, en cambio, desconfían de ellos: los consideran una intromisión de los políticos en el frente.

—Y los políticos nos van a hacer perder la guerra —le confesó el cabo Salvador a Teófilo durante una guardia nocturna.

La arenga del comisario termina con un estruendoso aplauso.

Teófilo se deja las palmas hasta que el aplauso mengua poco a poco.

—Que el comisario te vea aplaudir fuerte. —Fue uno de los primeros consejos que le dio Agustín al llegar a la compañía.

Luego toma la palabra el capitán al mando de la compañía, José Manuel Vargas.

Vargas, bajito, gordezuelo y con las mejillas siempre coloradas, los pondrá al día de las novedades de la 3.ª Brigada.

En cuanto comienza a hablar, Teófilo sabe que anoche tenía razón.

—Señores, el Estado Mayor ha decidido reubicar a la brigada fuera de la primera línea del frente tras los intensos combates librados. En unos días iniciaremos el traslado al frente andaluz para cubrir la carretera entre Madrid y Cádiz desde Andújar, donde situaremos el puesto de mando.

De pronto, rumor de voces. Algunos hombres se revuelven, contrariados, otros, en cambio, resoplan de alivio.

Teófilo mira a Salvador —situado un par de filas más allá— y esboza una mueca de: «¿Ves? Te lo dije», pero el cabo se hace el loco.

Luego se dirige a Gervasio, sentado a su lado:

—Tenía razón, ¿eh?

Gervasio asiente, serio, sin decir palabra.

Teófilo lo mira, y entonces se da cuenta de cuánto le ha afectado la repentina noticia a su compañero. Alejados del frente de Madrid, Gervasio no podrá bajar a la ciudad los días de permiso ni recibir el correo clandestino que le llega a través de su tío Rafael.

El manchego aún no se ha cogido ningún permiso; no tendría a quién visitar.

El rumor de voces lo acalla el capitán con un silbido.

—¡Señores, hagan silencio, por favor! En mi compañía no se discute ninguna orden, ¿se ha entendido? —exclama el comisario, encrespado.

La tropa asiente.

—Por tanto, señores, hoy no habrá ejercicios de instrucción —interviene el capitán—. Les recomiendo dar lustre a sus armas y preparar sus pertrechos. Saldremos mañana al toque de diana. Lavaditos y con buena cara, ¿de acuerdo? —Y antes de despedir a los soldados, una última orden—: Los suboficiales, quédense un momento, por favor. Tengo algo que decirles.

Salvador y el resto de los suboficiales aguardan sentados en el barracón.

Afuera, otra vez el runrún y las opiniones dispares sobre el nuevo destino.

Teófilo y sus compañeros se dirigen hacia el refugio.

—Pues vaya faena —refunfuña Gervasio por lo bajini.

Nadie alienta el malestar del madrileño, no vaya a ser que tengan que oír cómo suben de tono sus quejas. En cuanto llegan al refugio, y a sabiendas de que el cartero militar debe estar a punto de llegar, se apresuran a escribir a sus familias con la noticia del día.

Ninguna de esas cartas cuestionará la orden dada por el capitán.

Los soldados tampoco contarán demasiados detalles en sus misivas, pues las órdenes del comisario son claras al respecto:

—Cuídense de desvelar información militar en las cartas, señores. La quinta columna acecha y no podemos saber quién terminará leyendo las cartas que se envían a papaíto o mamaíta.

Gervasio, sentado a la sombra de las ramas, se dispone a escribir apoyando el papel en su rodilla derecha. Lo hace con gesto serio.

Papá, te escribo apresurado porque el cartero debe estar al llegar, y quiero que se lleve esta carta. Hazla extensiva al resto de la familia. Van a trasladarnos al frente de Andalucía. Partiremos hacia Andújar y dejaremos Madrid, quién sabe hasta cuándo.

Levanta la vista y mira el cartel que, a unos metros del refugio, cuelga de un poste:

LAS ÓRDENES NI SE DISCUTEN NI SE COMENTAN, SE CUMPLEN

Mientras tanto, Teófilo aprovecha para ordenar sus pertenencias.

Minutos después, Salvador aparece en el refugio tras la reunión de los suboficiales con el capitán y el comisario.

—¿Y bien? —le pregunta Agustín al cabo.

Pero este no suelta prenda.

—Bah, nada importante —se excusa.

Luego le hace un gesto a Teófilo y le pide que lo acompañe afuera.

Teófilo mira a Salvador, expectante. El cabo lleva el sol de cara y se le arruga el entrecejo como un campo agrietado por la sequía.

—Escúchame, chico. Por lo visto, en unos días visitará el frente el comandante Manuel Estrada. El comisario nos ha dicho que está reclutando a soldados para un servicio especial. Y en cuanto he oído qué es lo que están buscando, no me he podido resistir.

El cabo esboza una sonrisa que Teófilo no es capaz de interpretar todavía.

—¿Resistir a qué? —pregunta el manchego.

—Ay, pues a qué va a ser, muchacho. A decirle tu nombre al comisario.

En cuanto oyen el silbato del cartero militar, los soldados acuden al puesto de mando a reunirse con él para recibir el correo de la mañana. La mayor parte de ellos, con una carta en la mano debidamente sellada para viajar de vuelta a la retaguardia.

—¡Antonio Tena, correo! —comienza el cartero.

Y durante varios minutos, la retahíla de destinatarios.

Teófilo se ha quedado en el refugio limpiando el cañón del fusil.

—El fusil es la picha del soldado —le dijo un oficial en su instrucción como recluta—. Debe estar siempre listo para disparar.

—¡Teófilo García! —oye fuera.

Le ha parecido que decían su nombre. Y de nuevo:

—¡Teófilo García!

De pronto, Agustín y Gervasio irrumpen en el refugio en busca de su compañero.

—¡Eh, Teo! ¡Que tienes una carta! —exclaman al unísono.

Su nombre por tercera vez.

—¡Corre, que te llaman!

Teófilo se dirige al puesto de mando y se abre paso entre los soldados para coger la carta de manos del cartero.

—¿Se había quedado dormido o qué, soldado? —le pregunta este con gesto serio.

—Disculpe, señor —se excusa.

Observa la carta. En el remite, una tal Aurora Martín Prieto.

El destinatario: Teófilo García, 3.ª Brigada, 5.º Batallón, 2.ª Compañía.

—¡Alfonso Martínez!

El soldado empuja a Teófilo, que se ha quedado hecho una estatua en medio del barullo que rodea al cartero. Gervasio aparece de entre la multitud para tirar de él.

—Venga, Teo, querrás leerla con tranquilidad, ¿no?

El manchego lo mira, perplejo.

—No tendrás nada que ver con esto, ¿no? —lo reprende, enseñándole la misiva.

—¿Yo? Qué va.

Aunque se delata en cuanto se le ilumina la sonrisa.

—¡Serás granuja! Aurora es tu prima la enfermera, ¿a que sí?

El madrileño asiente.

—¡No tenías por qué hacerlo!

Teófilo entra en el refugio seguido de Gervasio.

—¡Eh, Teo! —exclama Agustín tras levantar la vista de la carta que ha recibido de su mujer—. Me han dicho que has recibido correspondencia de una moza, ¿no?

—Mocita, Agustín, que mi prima tiene solo dieciocho años —media Gervasio.

Teófilo, ruborizado, no responde. Se sienta en una esquina y abre el sobre con su navaja. En el sello hay dibujados un par de obreros sosteniendo una hoz y un martillo. Extrae el folio del interior del sobre y lo desdobla con cuidado.

Aurora Martín escribe con una caligrafía redondeada y simétrica, adornada graciosamente en los rabillos que culminan algunas letras, como la ele o la eme.

Le recuerda a la letra de su madre.