
Había una vez un país diminuto llamado Cornucopia gobernado por una larga dinastía de reyes rubios. El que ocupaba el trono en la época sobre la que escribo era Fred el Intrépido. Lo de «el Intrépido» lo había proclamado él mismo la mañana de su coronación, en parte porque le gustaba la grandilocuencia de la palabra, en parte porque una vez había conseguido cazar y matar una avispa él solo... sin contar a los cinco lacayos y al limpiabotas.
El rey Fred el Intrépido llegó al trono aupado por una gran ola de popularidad. Tenía unos adorables rizos dorados y unos magníficos bigotes, y estaba espléndido con los calzones ceñidos, los jubones de terciopelo y las camisas con volantes que los varones acaudalados vestían en aquella época. Tenía fama de generoso, sonreía y saludaba con la mano a cualquiera con el que se topase y había quedado tremendamente favorecido en los retratos que se habían distribuido por todo el reino para colgarlos en los ayuntamientos. Los habitantes de Cornucopia estaban felices con su nuevo rey y muchos creían que lo haría aún mejor que su padre, Richard el Honrado, quien, aunque nadie hubiese querido comentarlo en su momento, tenía los dientes bastante torcidos.
En el fondo, el rey Fred se sintió aliviado al comprobar lo fácil que era gobernar Cornucopia. De hecho, parecía que el país funcionase solo: casi todo el pueblo tenía comida en abundancia, los comerciantes ganaban oro a mansalva y los consejeros del trono se encargaban de resolver cualquier pequeño problema que pudiera surgir. Las obligaciones del rey se limitaban, pues, a sonreír a sus súbditos cuando salía en carroza y a ir de caza cinco veces por semana con sus dos mejores amigos: lord Spittleworth y lord Flapoon.
Spittleworth y Flapoon tenían extensas propiedades en el campo, pero les resultaba mucho más barato y les parecía mucho más divertido vivir en palacio con el rey, comiéndose su comida, cazando sus ciervos y asegurándose de que no se encariñaba con ninguna joven dama de la corte. No querían que se casara porque la presencia de una reina sin duda les aguaría la fiesta a ellos dos. Durante un tiempo, el apuesto y rubio Fred había mostrado interés por la morena y hermosa lady Eslanda, pero Spittleworth lo había persuadido de que era demasiado seria e intelectual para que el pueblo la aceptara como reina. Lo que el rey no sabía era que lord Spittleworth estaba resentido con lady Eslanda porque él sí le había propuesto matrimonio y ella lo había rechazado.
Lord Spittleworth era flaco, astuto e inteligente; su amigo Flapoon tenía la cara colorada y estaba tan desmesuradamente gordo que hacían falta seis hombres para subirlo a su enorme caballo castaño. No era tan avispado como Spittleworth, pero aun así era mucho más listo que el rey.
Tanto lord Spittleworth como lord Flapoon eran expertos aduladores y cada vez que podían fingían asombrarse de lo bien que Fred lo hacía todo, desde montar a caballo hasta jugar a la pulga. Si Spittleworth tenía algún talento era el de convencer al rey de que hiciera cosas que, en realidad, le convenían al propio Spittleworth; y si Flapoon tenía un don era el de hacerle creer al monarca que no había nadie en el mundo que le fuera más leal que sus dos mejores amigos.
Fred pensaba que Spittleworth y Flapoon eran unos tipos estupendos. Lo animaban a organizar fiestas elegantes, elaboradísimos pícnics y banquetes suntuosos. Entonces Cornucopia era famosa allende sus fronteras por su gastronomía: cada ciudad era conocida por sus productos típicos y cada uno de éstos era el mejor del mundo.
Situada en el sur del país, Chouxville, la capital, estaba rodeada de vergeles, campos de trigo dorado y reluciente y prados de un verde esmeralda donde pacían vacas lecheras de un blanco inmaculado. Las granjas producían la nata, la harina y las frutas con las que los extraordinarios pasteleros de Chouxville preparaban su deliciosa repostería.
Hacedme un favor: pensad en la tarta o la galleta más suculenta que jamás hayáis probado. Pues bien, perdonadme si os digo que en Chouxville os habríais muerto de vergüenza de haber tenido que servirla. Si a un hombre hecho y derecho no se le llenaban los ojos de lágrimas de placer cuando mordía un dulce de Chouxville, éste se consideraba un fracaso y ya no volvían a prepararlo nunca más. Los escaparates de las pastelerías de la ciudad estaban repletos de exquisiteces como los Sueños de Doncella, las Cunitas de Hada y la más famosa de todas: las Ilusiones Celestiales, tan refinadas y tan exageradamente buenas que se reservaban para las ocasiones especiales, pues era imposible no llorar de felicidad al comerlas. El rey Porfirio, de la vecina Pluritania, le había enviado al rey Fred una carta en la que le ofrecía la mano de cualquiera de sus hijas, a su libre elección, a cambio de un suministro vitalicio de Ilusiones Celestiales, pero Spittleworth le había aconsejado a Fred que se riera en la cara del embajador pluritano.
—¡Por bellas que sean sus hijas, ninguna lo es tanto como para cambiarla por Ilusiones Celestiales, majestad!
Al norte de Chouxville había más prados verdes bañados por ríos de aguas transparentes donde se criaban vacas de un negro azabache y cerdos rosados y alegres. De ese ganado se alimentaban las ciudades gemelas de Kurdsburg y Baronstown, comunicadas por un puente de piedra que dibujaba un arco sobre el principal río de Cornucopia, el Fluma, por el que navegaban barcazas de vivos colores que transportaban mercancías de un extremo al otro del reino.
Kurdsburg era famosa por sus quesos: enormes ruedas blancas, macizas balas de cañón naranja, grandes tambores desmoronadizos entreverados de venas azules y quesitos cremosos más suaves que el terciopelo.
Baronstown era célebre por sus jamones ahumados y glaseados con miel, sus lonjas de beicon, sus salchichas picantes, sus tiernos bistecs y sus pasteles de carne de venado.
Los aromáticos humos que salían por las chimeneas de los hornos de ladrillo rojo de Baronstown se mezclaban con los olores que se escapaban de las queserías de Kurdsburg, y en cincuenta kilómetros a la redonda era imposible no salivar al olfatear aquel aire deliciosamente perfumado.
A unas pocas horas al norte de Kurdsburg y Baronstown se extendían hectáreas de viñedos que daban unas uvas grandes como huevos que, además, eran dulces y jugosas; y si uno seguía viajando el resto del día llegaba a la ciudad de granito de Jeroboam, famosa por sus vinos. Del aire de Jeroboam solía decirse que podía emborracharlo a uno con sólo pasear por la calle. Las mejores cosechas se vendían por miles y miles de monedas de oro, y había varios vinateros de Jeroboam entre los hombres más ricos del reino.
Pero un poco más al norte sucedía una cosa muy extraña. Se diría que la tierra de Cornucopia, de una riqueza fabulosa, hubiese quedado exhausta tras producir los mejores pastos, el mejor trigo y las mejores frutas del mundo. En el extremo septentrional del reino había un lugar conocido como Los Pantanos, donde lo único que crecía eran unas setas insípidas y correosas y una hierba escasa y reseca que sólo servía para alimentar a unas pocas ovejas roñosas.
La gente que cuidaba de aquellas ovejas no tenía el aspecto lozano, pulcro y acicalado de los ciudadanos de Jeroboam, Baronstown, Kurdsburg o Chouxville: estaban demacrados y vestían con harapos. No podían vender sus desnutridas ovejas a buen precio ni en Cornucopia ni en el extranjero, así que muy pocos llegaban a deleitarse alguna vez con los vinos, quesos, carnes o dulces cornucopianos. El plato más habitual de Los Pantanos era un grasiento caldo preparado con las ovejas que, por ser demasiado viejas, ya no podían venderse.
El resto de Cornucopia consideraba a los pantaneros gente rara, arisca, sucia y antipática. Su áspero acento daba pie a imitaciones que sonaban como los balidos de ovejas viejas y roncas; la rusticidad de sus maneras era motivo de innumerables chistes. Para los habitantes del resto del país, lo único memorable que jamás había salido de Los Pantanos era la leyenda del ickabog.


La leyenda del ickabog se había transmitido de generación en generación en Los Pantanos y, de boca en boca, había llegado hasta Chouxville. A esas alturas, todo el mundo la conocía. Naturalmente, como sucede con todas las leyendas, cambiaba un poco dependiendo de quién la contara, pero todas las versiones coincidían en que, en el extremo septentrional del país, había un pantanal extenso, oscuro y casi siempre cubierto de niebla donde vivía un monstruo. Era un lugar peligrosísimo al que las personas evitaban acercarse porque el monstruo se comía las ovejas y a los niños, y a veces incluso se llevaba a hombres y mujeres adultos que se extraviaban y acababan deambulando por allí de noche.
Los hábitos y el aspecto del ickabog diferían en función de quien lo describiera. Para unos tenía forma de serpiente, para otros más bien parecía un dragón... o un lobo. Unos decían que rugía; otros, que siseaba, e incluso había quien aseguraba que se deslizaba tan silenciosamente como la niebla que descendía de improviso sobre el pantanal.
Contaban que poseía poderes extraordinarios: podía imitar la voz humana para atraer a los viajeros y hacerlos caer en sus garras; si intentaban matarlo, sanaba como por arte de magia o se dividía en dos; podía volar, escupir chorros de fuego, disparar veneno... Sus poderes eran proporcionales a la imaginación del narrador.
«¡No salgáis del jardín hasta que vuelva del trabajo o el ickabog se os llevará y se os comerá!», les advertían los padres de todo el reino a sus hijos. Y por todo el país los niños y las niñas jugaban a luchar contra el ickabog, intentaban asustarse unos a otros con historias del ickabog y, cuando éstas eran suficientemente convincentes, tenían pesadillas con el ickabog.
Bert Beamish era uno de aquellos niños. Una noche, los Beamish invitaron a los Dovetail a cenar a su casa y el señor Dovetail los entretuvo un buen rato contándoles lo que, según les dijo, eran las últimas noticias sobre el ickabog. Aquella noche, Bert, que tenía cinco años, despertó aterrorizado y sollozante después de soñar que se hundía poco a poco en un neblinoso pantano mientras los ojos enormes y blancos del monstruo lo miraban, deslumbrantes, desde la orilla.
—Tranquilo, no pasa nada —le susurró su madre, que había entrado de puntillas en la habitación con una vela en la mano y ahora lo mecía en su regazo—. El ickabog no existe, Bertie. Sólo es una leyenda absurda.
—¡Pe-pero el señor Dovetail dijo que han desaparecido ovejas! —gimoteó Bert.
—Es cierto —respondió la señora Beamish—, pero no porque se las haya comido ningún monstruo: las ovejas son unos animales muy bobos, siempre puede pasar que alguna se aleje del rebaño y acabe hundiéndose en un pantano.
—¡Pe-pero el señor Dovetail dijo que también han desaparecido personas!
—Sólo personas lo bastante necias como para deambular de noche por el pantanal —aseguró la señora Beamish—. Tranquilízate, Bertie: no hay ningún monstruo.
—Pero ¡el señor Do-Dovetail dijo que la gente oye voces detrás de las ventanas y por la mañana descubre que sus gallinas han desaparecido!
La señora Beamish no pudo contener la risa.
—Las voces que oyen son de ladrones normales y corrientes, Bertie: en Los Pantanos se roban unos a otros todo el tiempo ¡y es más fácil culpar al ickabog que admitir que sus vecinos son unos bandidos!
—¿Roban? —dijo Bert asombrado. Se incorporó en el regazo de su madre y la miró con solemnidad—. Pero robar es muy feo, ¿no, mamá?
—Ya lo creo, ¡feísimo! —respondió ella. Levantó a Bert, lo devolvió con cuidado a la cama y lo arropó—. Pero, por suerte, nosotros no vivimos cerca de esos incivilizados pantaneros.
Cogió la vela y caminó de puntillas hacia la puerta del dormitorio.
—Que duermas como un angelito —le deseó a Bert desde el umbral; cualquier otro día habría añadido: «Y que el ickabog no se te lleve de un piececito», que era lo que todos los padres de Cornucopia les decían a sus hijos a la hora de acostarse, pero esta vez agregó—: Hasta mañana.
Bert volvió a dormirse y ya no vio más monstruos en sus sueños.
Pero daba la casualidad de que el señor Dovetail y la señora Beamish eran muy amigos: se conocían de toda la vida, habían ido a la misma clase... Ella le contó que Bert había tenido pesadillas a raíz de sus relatos y él se sintió culpable. Como era el mejor carpintero de toda Chouxville, decidió tallar un ickabog en miniatura para Bert y regalárselo. Le puso una sonrisa llena de dientes y, en vez de pies, unas enormes garras; de inmediato se convirtió en el juguete favorito del chiquillo.
Si a Bert, a sus padres, a sus vecinos los Dovetail o a cualquier otro habitante de Cornucopia les hubiesen revelado las terribles desgracias que estaban a punto de ocurrir en su país por culpa de la leyenda del ickabog, se habrían reído. Vivían en el reino más feliz del mundo, ¿qué daño les podía hacer un monstruo inexistente?


El ickabog podía volar, escupir chorros de fuego, disparar veneno... Sus poderes eran proporcionales a la imaginación del narrador.
Verónica Laguarda Chapela, 8 años, Rivas-Vaciamadrid, España

Los Beamish y los Dovetail vivían en una zona de Chouxville llamada la Ciudad-dentro-de-la-ciudad, destinada a quienes trabajaban para el rey Fred. Jardineros, cocineros, sastres, pajes, modistas, albañiles, mozos de cuadra, carpinteros, lacayos y doncellas ocupaban unas preciosas casitas próximas a los jardines del palacio.
La Ciudad-dentro-de-la-ciudad estaba separada del resto de Chouxville por una alta muralla blanca cuyas puertas permanecían abiertas durante el día para que los residentes pudieran visitar a amigos y parientes en otros barrios de Chouxville e ir a los mercados. Por la noche, las puertas se cerraban y, al igual que el rey, todos los residentes de la Ciudad-dentro-de-la-ciudad dormían bajo la protección de la Guardia Real.
El padre de Bert, el comandante Beamish, era el jefe de la Guardia. Apuesto y alegre, montaba un caballo gris plata y acompañaba al rey Fred, lord Spittleworth y lord Flapoon en sus cacerías, que solían tener lugar cinco veces por semana. El rey lo apreciaba mucho, al igual que a la madre de Bert, que era su repostera personal, un cargo muy prestigioso en un país con pasteleros de primera categoría. Debido a la costumbre de Bertha Beamish de llevarse a casa los sofisticados pasteles que no le habían quedado absolutamente perfectos, Bert era un chico regordete y, lamento decirlo, a veces los otros niños lo llamaban «bola de sebo» y lo hacían llorar.
La mejor amiga de Bert era Daisy Dovetail. Habían nacido con pocos días de diferencia y, más que amigos, parecían hermanos. Daisy siempre defendía a Bert de sus acosadores. Era flacucha pero ágil, y no dudaba ni un instante en pelearse con cualquiera que se atreviera a llamar «bola de sebo» a Bert.
El padre de Daisy, Dan Dovetail, era el carpintero del rey. Reparaba y sustituía las ruedas y los ejes de las carrozas reales y, como era tan hábil tallando madera, también hacía muebles para el palacio. Su madre, Dora Dovetail, era la primera modista real, otro cargo de prestigio, pues al rey Fred le gustaba la ropa y tenía un equipo de sastres y costureras que le confeccionaban trajes nuevos todos los meses.
Fue precisamente la gran afición del rey por las prendas elegantes lo que condujo a un desagradable incidente que, más tarde, los libros de historia de Cornucopia registrarían como el origen de todos los males que acabaron cerniéndose sobre aquel reino pequeño y feliz. Sin embargo, cuando ocurrió sólo unas pocas personas de la Ciudad-dentro-de-la-ciudad llegaron a enterarse, pese a que para algunos fue una tragedia terrible.
He aquí lo que sucedió.
El rey de Pluritania anunció su intención de hacerle una visita formal a Fred (quizá todavía abrigase esperanzas de cambiar a una de sus hijas por un suministro vitalicio de Ilusiones Celestiales) y éste decidió que, para la ocasión, necesitaba un nuevo traje morado oscuro con encajes de plata, botones de amatista y puños de pelo gris.
Había oído comentarios de que la primera modista no se encontraba muy bien, pero no les había dado importancia; y lo cierto es que no confiaba en que nadie más pudiera coser correctamente los encajes de plata, de modo que prohibió que cualquier otra costurera del palacio se ocupase de ese trabajo. Así pues, la madre de Daisy se pasó tres noches seguidas sin dormir, trabajando contra reloj para terminar el traje morado antes de que llegase el rey de Pluritania, y al amanecer del cuarto día su ayudante la encontró derrumbada en el suelo, muerta con el último botón de amatista en un puño.
El consejero mayor fue a comunicarle la noticia al rey cuando éste aún estaba desayunando. Se llamaba Herringbone y era un anciano muy sensato con una barba plateada que le llegaba casi hasta las rodillas. Tras explicarle a Fred que la primera modista había fallecido, añadió:
—Pero no tengo ninguna duda de que alguna otra costurera podrá coserle el último botón a su majestad.
El rey Fred notó en la mirada de Herringbone algo que no le gustó y que lo hizo sentirse un poco avergonzado.
Más tarde esa misma mañana, mientras sus ayudas de cámara lo vestían con el nuevo traje morado, Fred intentó calmar su culpa comentando el asunto con lord Spittleworth y lord Flapoon.
—Quiero decir que, de haber sabido que estaba tan enferma —dijo Fred jadeando mientras sus sirvientes lo embutían en los ceñidísimos calzones de raso—, naturalmente habría permitido que otra persona confeccionara el traje.
—¡Qué bondadoso sois, majestad! —intervino Spittleworth sin dejar de examinar su cutis amarillo pálido en el espejo que había encima de la chimenea—. Dudo que haya habido jamás un monarca más compasivo.
—Si esa mujer no se encontraba bien o no se sentía capacitada para el trabajo tendría que haberlo dicho claramente —intervino lord Flapoon, repantigado en un mullido sillón junto a la ventana—. Bien mirado, que no lo haya hecho ha sido una deslealtad al rey... o al menos a vuestro traje morado.
—Flapoon tiene razón —coincidió Spittleworth apartando por fin la vista del espejo y volviéndose hacia Fred—. Nadie trata a sus sirvientes mejor que vos, majestad.
—Los trato bien, ¿verdad? —preguntó el rey Fred con nerviosismo, y metió la barriga para que los ayudas de cámara pudieran abrocharle los botones de amatista—. Además, hoy tengo que estar lo más elegante que pueda, ¿no? ¡Ya sabéis lo bien que viste el rey de Pluritania, amigos míos!
—¡Sería una vergüenza nacional que os presentarais con un atuendo menos elegante que el del rey de Pluritania! —repuso Spittleworth con vehemencia.
—Dejad de lado esos pensamientos tristes, majestad —concluyó Flapoon—: una modista desleal no es motivo para arruinar un día soleado.
No obstante, pese a los consejos de los dos lores, el rey Fred no acababa de estar tranquilo. Quizá fuesen imaginaciones suyas, pero le parecía que lady Eslanda estaba aún más seria de lo habitual, que los sirvientes le sonreían con escaso entusiasmo y las doncellas le hacían reverencias menos profundas. Esa noche, mientras la corte entera festejaba al rey de Pluritania, a Fred lo asaltaba una y otra vez la imagen de la modista muerta en el suelo con el último botón de amatista en un puño.
Después de la cena, cuando el rey Fred se disponía a acostarse, el consejero mayor llamó a la puerta de su dormitorio y, tras la reverencia de rigor, le preguntó si tenía pensado enviar flores al funeral de la señora Dovetail.
—¡Ah, sí, sí! —repuso Fred sorprendido—. Sí, envíe una gran corona fúnebre diciendo lo mucho que lo siento, etcétera, etcétera. Puede encargarse usted mismo, ¿verdad, Herringbone?
—Por supuesto, majestad —contestó el consejero mayor—. Y, si no es indiscreción, ¿tenéis previsto visitar a la familia de la modista en algún momento? Veréis, viven a pocos pasos de las puertas del palacio.
—¿Visitar a la familia? —preguntó el rey pensativo—. Uf, no, Herringbone. Creo que no tengo ningunas ganas de... es decir, estoy seguro de que no esperan que los visite.
Herringbone y el rey se miraron unos segundos; luego, el consejero mayor se despidió con una inclinación de cabeza y salió de la habitación con el ceño fruncido.
El caso es que al rey Fred, acostumbrado a que todos le repitieran continuamente lo maravilloso que era, no le hizo mucha gracia ese ceño fruncido, y su arrepentimiento empezó a convertirse en enojo.
—Qué pena —se dijo mirándose en el espejo donde se peinaba los bigotes antes de acostarse—, pero al fin y al cabo yo soy el rey y ella sólo era una modista. De haber muerto yo, nunca habría esperado que ella...
Pero entonces cayó en la cuenta de que, en realidad, sí esperaba que el día que falleciese todos los súbditos de Cornucopia dejaran de hacer lo que estuvieran haciendo, se vistieran de negro y lloraran durante una semana como habían hecho al fallecer su padre, Richard el Honrado.
—Bueno, no importa —le dijo, impaciente, a su reflejo—. La vida sigue.
Se puso el gorro de dormir de seda, trepó a su cama con dosel, apagó la vela y se quedó dormido.


Jardineros, cocineros, sastres, pajes, modistas, albañiles, mozos de cuadra, carpinteros, lacayos y doncellas ocupaban unas preciosas casitas.
María Laguarda Chapela, 10 años, Rivas-Vaciamadrid, España

Enterraron a la señora Dovetail en el cementerio de la Ciudad-dentro-de-la-ciudad, donde reposaban los restos de varias generaciones de sirvientes reales, y Daisy y su padre se quedaron contemplando la tumba cogidos de la mano hasta mucho después de que se hubiesen marchado los otros dolientes. Mientras se alejaba de allí a paso lento con su llorosa madre y su ceñudo padre, Bert se volvía una y otra vez a mirar a su mejor amiga. Hubiera querido decirle algo, pero lo que había sucedido era tan grave y terrible que lo había dejado sin palabras. No quería ni imaginar cómo se habría sentido él si su madre hubiese desaparecido para siempre bajo la tierra fría y dura.
Cuando se marcharon todas sus amistades, el señor Dovetail retiró de la lápida de su esposa la corona fúnebre morada que había enviado el rey y, en su lugar, puso un ramillete de campanillas de invierno que Daisy había recogido esa mañana. Entonces padre e hija regresaron caminando despacio a una casa que, como bien sabían, nunca volvería a ser la misma.
Una semana después del funeral, el rey salió a caballo del palacio, acompañado de la Guardia Real, para ir de cacería. Como de costumbre, a lo largo del trayecto muchos súbditos salieron presurosos al jardín para hacerle reverencias y vitorearlo. Mientras les devolvía los saludos con la cabeza o con la mano, el rey notó que el jardín de una de las casitas estaba vacío y que había crespones negros en las ventanas y en la puerta principal.
—¿Quién vive ahí? —le preguntó al comandante Beamish.
—Ésa... ésa es la casa de los Dovetail, majestad.
—Dovetail, Dovetail... —dijo el rey frunciendo las cejas—. Ese apellido me suena de algo, ¿verdad?
—Pues... sí, majestad —respondió el comandante Beamish—: el señor Dovetail es el carpintero del rey y la señora Dovetail es... era... vuestra primera modista.
—Ah, sí —repuso Fred aturullado—. Ya... ya me acuerdo.
Y, espoleando su corcel blanco como la nieve hasta ponerlo a medio galope, pasó deprisa por delante de las ventanas con crespones negros de la casita de los Dovetail y procuró concentrarse en la cacería.
Pero, después de aquel día, cada vez que salía a caballo del palacio la mirada se le iba hacia el jardín vacío y el crespón negro de la puerta de los Dovetail, y cada vez que los veía lo asaltaba la imagen de la modista muerta con el botón de amatista en un puño. Cuando ya no pudo soportarlo más, convocó al consejero mayor.
—Herringbone —dijo sin mirar al anciano a los ojos—, hay una casa en la esquina, camino del parque... una muy bonita, con un jardín bastante grande.
—¿La casa de los Dovetail, majestad?
—Ah, ¿son ellos quienes viven allí? —preguntó el rey Fred con fingida indiferencia—. Bueno, pues he pensado que es una casa muy grande para una familia tan pequeña. Tengo entendido que sólo consta de dos miembros, ¿es correcto?
—Es correcto, majestad: son sólo dos miembros, puesto que la madre...
—Mire, Herringbone —lo cortó el rey Fred—, no me parece muy justo que se les asigne esa casa tan amplia y bonita a sólo dos personas cuando debe de haber familias de cinco o seis miembros que agradecerían disponer de un poco más de espacio.
—¿Queréis que traslade a los Dovetail, majestad?
—Sí, creo que sí —confirmó el rey Fred mientras simulaba un gran interés por la puntera de su zapato de raso.
—De acuerdo, majestad —dijo el consejero mayor, e hizo una profunda reverencia—. Les pediré que le cedan su casa a la familia Roach, que sin duda se alegrará de tener más espacio, y se muden a la casa que quede libre.
—¿Y dónde está exactamente la casa de los Roach? —preguntó el rey con nerviosismo, pues lo último que quería era ver aquellos crespones negros aún más cerca de la entrada del palacio.
—En los límites de la Ciudad-dentro-de-la-ciudad —contestó el consejero mayor—. Muy cerca del cementerio, de he...
—Suena muy apropiado —lo interrumpió el rey Fred, y se puso en pie de un brinco—. No necesito saber más detalles. Encárguese, Herringbone, si es usted tan amable.
Y así fue como Daisy y su padre recibieron instrucciones de intercambiar su casa con la del capitán Roach, quien, como el padre de Bert, era miembro de la Guardia Real. La siguiente ocasión en que el rey Fred salió del palacio, los crespones negros habían desaparecido de la puerta y los hijos de Roach (cuatro chicos fornidos que casualmente habían sido los primeros en llamar «bola de sebo» a Bert Beamish) salieron corriendo al jardín y se pusieron a saltar, aplaudir y agitar banderas de Cornucopia. El rey sonrió y los saludó con la mano. Pasaron varias semanas, y el rey Fred se olvidó por completo de los Dovetail y volvió a ser feliz.


Después de la terrible muerte de la señora Dovetail, los sirvientes del rey pasaron unos meses divididos en dos grupos. Los del primero susurraban que había sido culpa del rey Fred, los del segundo preferían creer que se había producido algún error y que el rey no podía saber lo enferma que estaba la señora Dovetail antes de ordenarle que le terminara el traje.
La señora Beamish, la repostera personal del rey, pertenecía al segundo grupo. El rey Fred siempre se había portado bien con ella; en alguna ocasión incluso la había hecho subir al comedor para felicitarla por una hornada particularmente buena de Delicias del Duque o Fantasías Caprichosas. Por eso estaba convencida de que era un hombre bueno, generoso y considerado.
—Créeme, alguien se olvidó de informar al rey —le dijo a su esposo, el comandante Beamish—: él jamás obligaría a trabajar a una sirvienta enferma. Estoy convencida de que debe de sentirse muy mal por lo que sucedió.
—Sí, seguro que sí.
Al igual que su esposa, el comandante Beamish prefería pensar bien del rey, porque su padre y su abuelo, antes que él, ya habían servido lealmente en la Guardia Real. Así pues, pese a que había reparado en que el rey Fred parecía muy contento tras fallecer la señora Dovetail y salía de caza con la misma regularidad de siempre, y a que sabía que los Dovetail habían tenido que abandonar su casa para instalarse en otra junto al cementerio, intentó convencerse de que el rey lamentaba lo ocurrido a su modista y no había tenido nada que ver en la decisión de trasladar al viudo y a su hija a aquella otra triste casita.
Como los altos tejos que bordeaban el cementerio le tapaban el sol, la nueva vivienda de los Dovetail era francamente lúgubre. Sin embargo, un hueco entre las ramas oscuras le permitía a Daisy ver claramente la tumba de su madre por la ventana de su dormitorio. Como ya no vivía al lado de la casa de Bert, se veían menos, aunque él iba a visitarla siempre que podía. En el nuevo jardín tenían mucho menos espacio para jugar, pero procuraban adaptar sus juegos y apañarse con lo que había.
Lo que el señor Dovetail pensaba de su nueva casa y del rey no lo sabía nadie. Nunca hablaba de eso con los otros sirvientes: se limitaba a hacer su trabajo en silencio y a ganarse el dinero que necesitaba para mantener a su hija y educarla lo mejor que podía sin ayuda de su esposa.
A Daisy, por su parte, le encantaba ayudar a su padre en el taller de carpintería e ir vestida con un peto. Era una de esas personas a las que no les importa ensuciarse, pues la ropa le interesaba poco. Aun así, los días posteriores al funeral se puso un vestido diferente cada día para llevar un ramillete fresco a la tumba de su madre. Mientras vivió, la señora Dovetail siempre había intentado que su hija pareciera «una damita», como a ella le gustaba decir, y le había cosido muchos vestidos preciosos, a veces con los retazos de tela que el amable rey Fred le permitía quedarse cuando terminaba de confeccionarle sus espectaculares trajes.
Y pasó una semana, y luego un mes, y luego un año, hasta que a Daisy se le quedaron pequeños los vestidos que le había hecho su madre, pero ella siguió guardándolos cuidadosamente en su armario. La gente ya no se acordaba de lo sucedido, o se habían acostumbrado a que su madre se hubiese ido para siempre. También ella hacía como si se hubiera acostumbrado. Aparentemente, su vida recuperó una especie de normalidad: ayudaba a su padre en el taller de carpintería, hacía los deberes escolares y jugaba con su mejor amigo, Bert, con quien nunca hablaba ni de su madre ni del rey. Todas las noches, sin embargo, contemplaba desde su cama la lápida blanca, a lo lejos, brillante bajo la luz de la luna, hasta quedarse dormida.


Detrás del palacio había un patio donde paseaban los pavos reales, borbollaban las fuentes y montaban guardia las estatuas de reyes y reinas anteriores. A los hijos de los sirvientes del palacio, mientras no tiraran de la cola a los pavos reales, no se metieran en las fuentes ni treparan a las estatuas, se les permitía jugar allí al salir de la escuela. Como a lady Eslanda le encantaban los niños, a veces iba a hacer guirnaldas de margaritas con ellos; el rey Fred, por su parte, se limitaba a salir al balcón y saludar con la mano, pero eso bastaba para que los pequeños chillaran de emoción mientras hacían reverencias tal como les habían enseñado sus padres.
En realidad, sólo se quedaban callados, dejaban de jugar a la rayuela e interrumpían sus peleas imaginarias con el ickabog cuando lord Spittleworth y lord Flapoon pasaban por el patio. Al contrario que lady Eslanda, los dos lores simplemente no soportaban a los niños y, en particular, opinaban que hacían demasiado ruido a una hora en que, después de la cacería y antes de la cena, les gustaba echar un sueñecito.
Un día, poco después de que Daisy y Bert cumplieran siete años, estaban jugando como de costumbre entre las fuentes y los pavos reales cuando la hija de la nueva primera modista, que llevaba un precioso vestido de brocado rosa, dijo:
—¡Espero que hoy salga a saludarnos el rey!
—Pues yo no —soltó Daisy. No pudo contenerse, aunque no había sido su intención que todos la oyeran.
Los otros niños ahogaron gritos de asombro y se volvieron hacia ella. Al ver que todos la fulminaban con la mirada, Daisy sintió un escalofrío.
—No deberías haber dicho eso —le advirtió Bert en voz baja. Como estaba justo al lado de su amiga, las miradas también lo fulminaban a él.
—No me importa —le respondió Daisy, cada vez más colorada. Ya que había empezado, decidió terminar—: Si el rey no la hubiese obligado a trabajar tanto, mi madre aún estaría viva.
Tuvo la sensación de que llevaba mucho tiempo queriendo decir aquello en voz alta.
El coro de niños volvió a ahogar un grito y la hija de una doncella dejó escapar un chillido de terror.
—El rey Fred es el mejor gobernante que jamás ha tenido Cornucopia —declaró Bert, que había oído a su madre pronunciar aquella frase en numerosas ocasiones.
—Eso no es verdad —dijo Daisy sin bajar la voz—. ¡Es egoísta, vanidoso y cruel!
—¡Daisy! —le susurró Bert horrorizado—. ¡No seas...! ¡No seas tonta!
La culpa la tuvo la palabra «tonta». ¿«Tonta», cuando la hija de la nueva primera modista se sonreía con suficiencia y se tapaba la boca para cuchichear con sus amigas mientras señalaba su peto? ¿«Tonta», cuando su padre se echaba a llorar todas las noches creyendo que ella no lo veía? ¿«Tonta», cuando para hablar con su madre tenía que visitar una fría lápida blanca?
Llevó una mano hacia atrás y le dio un bofetón a Bert en toda la cara.
Entonces el mayor de los hermanos Roach, que se llamaba Roderick y que ahora dormía en lo que antes era el cuarto de Daisy, gritó: «¡No se lo permitas, bola de sebo!», y animó a los otros chicos a gritar: «¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!»
Aterrado, Bert le dio un empujoncito a Daisy en el hombro sin demasiado entusiasmo; ella, sin embargo, consideró que lo único que podía hacer era abalanzarse sobre él. Se formó un torbellino de polvo y codos hasta que el padre de Bert, el comandante Beamish, que había salido disparado del palacio al ver lo que estaba ocurriendo, separó a los dos niños.
—¡Qué comportamiento tan bochornoso! —murmuró lord Spittleworth al pasar al lado del comandante y los dos chicos que, sollozantes, continuaban forcejeando.
Pero, en cuanto él y Flapoon se alejaron de allí, una amplia sonrisa de satisfacción apareció en su cara. Era un hombre que sabía sacar provecho de cualquier ocasión, y pensó que tal vez hubiese dado con la forma de desterrar a los niños —o al menos a algunos— del patio del palacio.


Detrás del palacio había un patio donde paseaban los pavos reales, borbollaban las fuentes y montaban guardia las estatuas de reyes y reinas anteriores.
Dídac Bautista Torguet, 12 años, Barcelona, España

Esa noche, como siempre, los dos lores cenaron con el rey Fred. Tras un suntuoso plato de carne de venado de Baronstown acompañado del mejor vino de Jeroboam y seguido de una selección de quesos de Kurdsburg y algunas exquisitas Cunitas de Hada de la señora Beamish, lord Spittleworth decidió que había llegado el momento. Carraspeó y dijo:
—Espero, majestad, que no os haya molestado la desagradable pelea que han protagonizado los niños esta tarde en el patio.
—¿Pelea? —preguntó el rey Fred, que había estado hablando con su sastre del diseño de una capa nueva y, por tanto, no había oído nada—. ¿Qué pelea?
—¡Ah! Creía que su majestad ya lo sabía —repuso lord Spittleworth haciéndose el sorprendido—. Creo que el comandante Beamish podría daros más detalles.
Pero el rey Fred parecía divertido, más que molesto.
—Bueno, Spittleworth, es de lo más normal que los chiquillos se peleen.
Los dos lores se miraron disimuladamente y Spittleworth volvió a la carga:
—Lo dicho: sois la bondad personificada, majestad.
—Desde luego —murmuró Flapoon sacudiéndose las migas del chaleco—. Muchos reyes, si hubiesen oído a una niña hablando de forma tan irrespetuosa de la Corona...
—¿Cómo, cómo? —preguntó Fred, y la sonrisa se borró de sus labios—. ¿Que una niña ha hablado de mí... de forma irrespetuosa?
Fred no daba crédito a lo que acababa de oír: estaba acostumbrado a que los niños chillaran de emoción cuando los saludaba desde el balcón.
—Eso me ha parecido, majestad —confirmó Spittleworth mirándose las uñas—. Pero, como ya os he dicho... ha sido el comandante Beamish quien ha intervenido para separar a los chicos: él conocerá mejor los detalles.
Las velas chisporrotearon en los candelabros de plata.
—Los niños dicen muchas... muchas tonterías, pero en broma —dijo el rey Fred—. Seguro que esa cría no tenía mala intención.
—Pues a mí me ha sonado claramente a traición —masculló Flapoon.
—En todo caso —se apresuró a insistir Spittleworth—, quien ha oído claramente lo que ha dicho ha sido el comandante Beamish. Flapoon y yo podríamos haberlo entendido mal.
Fred dio un sorbo de vino, y en ese momento un lacayo entró en el salón para retirar los platos del postre.
—Cankerby —dijo el rey Fred, pues así se llamaba el lacayo—, ve a buscar al comandante Beamish.
A diferencia del rey y de los dos lores, el comandante Beamish no se zampaba siete platos todas las noches. Hacía horas que había acabado de cenar y estaba preparándose para acostarse cuando recibió el aviso del rey. Tras quitarse la camisa de dormir, se puso de nuevo el uniforme y regresó a toda prisa al palacio; cuando llegó, el rey Fred, lord Spittleworth y lord Flapoon se habían retirado ya al Salón Amarillo, donde seguían bebiendo vino de Jeroboam y comiéndose otra bandeja de Cunitas de Hada (al menos Flapoon) sentados en unos sillones de raso.
—Ah, Beamish —dijo el rey Fred cuando el comandante entró y saludó con una marcada inclinación de cabeza—. Me he enterado de que esta tarde ha habido un pequeño altercado en el patio.
Al comandante le dio un vuelco el corazón. Había abrigado esperanzas de que la noticia de la pelea de Bert y Daisy no hubiese llegado a oídos del rey.
—Bueno, ha sido una riña insignificante, majestad —dijo.
—Vamos, Beamish —dijo Flapoon—. Debería estar orgulloso de haberle enseñado a su hijo a no tolerar a los traidores.
—Pero si... si no ha habido ninguna traición —aclaró el comandante Beamish—. Sólo son críos, milord.
—¿Significa eso que su hijo me ha defendido, Beamish? —preguntó el rey Fred.
El comandante Beamish se encontraba en una posición sumamente delicada: pese a su probada lealtad al rey, no quería revelarle lo que había dicho aquella niñita huérfana de madre. Entendía sus sentimientos y por nada del mundo habría querido causarle problemas. Pero al mismo tiempo era consciente de que había veinte testigos que podían repetirle al rey las palabras exactas de Daisy, y estaba seguro de que, si mentía, lord Spittleworth y lord Flapoon lo acusarían de ser desleal y traidor.
—Pues... sí, majestad, es cierto que mi hijo Bert os ha defendido —dijo al fin—. Sin embargo, creo que habría que disculpar a la niña que ha hecho ese comentario tan desafortunado sobre su majestad: la pobre ha sufrido mucho, y hasta los adultos decimos tonterías cuando nos sentimos desgraciados.
—¿Ha sufrido mucho? ¿Por qué? —quiso saber el rey Fred: no concebía ninguna razón de peso para que un súbdito suyo hiciera comentarios groseros sobre su regia persona.
—Veréis, majestad... la niña... se llama Daisy Dovetail —repuso el comandante Beamish mirando por encima de la cabeza del rey Fred un cuadro de su padre, Richard el Honrado—. Su madre era la modista que...
—Sí, sí, ya me acuerdo —lo interrumpió el rey Fred alzando la voz—. Muy bien. Nada más, Beamish. Puede retirarse.
Con cierto alivio, el comandante Beamish volvió a saludar con la cabeza y se dirigió hacia la puerta, pero cuando ya tenía la mano en el picaporte oyó que el rey decía:
—¿Cuáles han sido las palabras exactas de la niña, Beamish?
El comandante se detuvo. No tenía más remedio que decir la verdad.
—Ha dicho que su majestad es egoísta, vanidoso y cruel —respondió, y salió de la habitación sin atreverse a mirar de nuevo al rey.
