GIVE ME, GIVE ME, GIVE ME…
El baño de señoras de mi oficina no es un sitio muy concurrido, por eso siempre ha sido mi centro de operaciones. Aquí me peino y me maquillo cuando se me ha pegado la almohada y aquí respiro hondo también cuando lo necesito, que es bastante a menudo.
No hay nadie que me acose visualmente, así que tengo tiempo para valorar si en realidad quiero hacer lo que estoy pensando. Pero… ¿a quién quiero engañar? Lo necesito. Querer…, querría otra cosa bien distinta.
Me paso la mano por el pelo ondulado y me distraigo con el reflejo que la luz saca a mi tinte. Ni siquiera recuerdo cuál es mi color natural, creo que siempre lo he llevado tintado de color ardilla. Suspiro y repaso el maquillaje. Importante no parecer Courtney Love en su época de adicta al crack. He de tener un aspecto presentable. Saco del bolsillo el Posietint de Benefit y me repaso mejillas y labios, que destacan en mi piel blanca.
Pienso por un momento que todo sería más fácil si tuviera una de esas miradas de hielo, tipo Zoolander. No, en serio. Siempre quise tener unos ojos espectaculares, de esos azul grisáceo, como él, o verde o yo qué sé, morado marciano, pero a pesar de tenerlos grandes, solo son de un corriente color miel. Sé que soy vistosa, pero… ¿de qué sirve eso?
Cojo aire y me plancho el vestido con las manos. Salgo del baño y corro al despacho de Álvaro y derrapo en una esquina. Me choco con la secretaria del director de marketing; doscientos mil folios caen por el suelo. Todo el mundo mira el desastre, pero lejos de agacharse y ayudarnos, siguen concentrados en sus pantallas, lo que quiere decir: jugando al póquer por Internet, enviando fotos de tías en pelotas o comprando alargapenes online. ¿He comentado que soy la única mujer de mi departamento? Bueno, yo, la señora a la que acabo de atropellar y Manuela, la secretaria de recepción. Una de las dos se afeita el bigote y la otra se tira ruidosos pedos que intenta disimular con tosecitas delicadas. Eso me deja, quizá, no en el puesto de la única mujer, pero sí en la única que lo parece. Y debo alejarme pronto, porque esta es la de los gases.
Llamo pero no doy tiempo a que me dé permiso para entrar. Abro la puerta y avanzo jadeando por el esfuerzo de correr veinte metros con estos tacones con plataforma. Álvaro me mira y parece no estar de buen humor. Su mirada es fría e incluso despiadada, pero esa expresión podría someter a la más gallarda. Hoy lleva el traje azul marino, la camisa celeste y una corbata estrecha a rayas. Este conjunto me encanta.
Deja a un lado los papeles y se acomoda en su silla. No puedo evitar desorientarme cuando le miro a los ojos. Es demasiado guapo para ser verdad, tanto que duele. Y duele en un lugar muy íntimo.
—¿Qué mosca te ha picado, Garrido? —Aquí todos me llaman por el apellido. Recupero el aliento y cierro la puerta.
—Tengo un problema. ¿Quién dice problema? ¡Una crisis! No, no, no, ni crisis puede llamarse, es una hecatombe. Y mira por dónde que tú puedes ayudarme.
Álvaro sonríe. Nunca ha podido esconder que le hago gracia, pobre. Al menos cuando no hay nadie más para juzgarlo. Así que suelo aprovecharlo en mi favor. Y aquí está, esbozando una sonrisa comedida. Siempre de lado, sin enseñar los dientes, blancos, alineados, perfectos. Este gesto le hace parecer un irresistible niño malo.
Tiene el pelo de príncipe de cuento y casi siempre lo lleva bien peinado. Parece modelo… Pero sé de buena tinta que fuera de la oficina no sabe lo que es un peine. Y con el pelo revuelto está aún más cañón. Igual que con barba de tres días. Me encantaba que su barba me hiciera daño; como el resto de él. Y no soy masoquista es… es algo más complicado.
Y si él sonríe, yo le devuelvo la sonrisa porque es muy mono y no puedo evitarlo.
—¿Necesitas dinero, vacaciones, mi coche, mi casa o a mi madre? —Levanta las cejas y juega con el boli.
—Lo segundo. —Me sorprende que me ofrezca a su señora progenitora; jamás le pediría prestada a la bruja de su madre si no fuera para mandarla a Tombuctú o quemarla viva en la Puerta del Sol.
—¿Mi coche otra vez? —pregunta alarmado mirándome.
—No, no, vacaciones, vacaciones.
Suspira y se centra en el escote en uve de mi vestido. Nadie diría que Álvaro es mi jefe. No obstante, esta vez parece dispuesto a hacer uso de su autoridad.
—No te las voy a dar —dice tajante.
—Pero ¡tienes que dármelas! —contesto incrédula.
—No, no tengo por qué. —Y sonríe de un modo que me saca de quicio.
—¡Es cuestión de vida o muerte! —grito.
Me mira, levanta una ceja y flaqueo un poco. Telepáticamente me dice que no le gusta un pelo que cuestione sus decisiones.
—¿Operan a tu madre, tu hermano se ha caído de un tejado, se casa tu prima la australiana por quinta vez? —pregunta, y se apoya en la mesa de un modo tan irresistible que a punto estoy de quitarme las bragas y dárselas en sagrada ofrenda.
—Nooo —respondo pacienzuda.
—Pues no hay vacaciones.
—¡Álvaro! —Pateo el suelo.
—¡Garrido! —imita mi tono de súplica infantil.
—Es que no te vas a creer lo que me ha pasado.
—Seguramente no, no me lo voy a creer. Cierra la puerta cuando salgas.
Levanto una ceja. Esta es otra más de nuestras luchas de poder. Sin mencionar que nunca le ha gustado no tenerme controlada. Por eso está molesto; yo también. Me crezco.
—Si no me das algunos días enseño el sujetador.
Álvaro me mira incrédulo. En un departamento de hombres como el mío a veces un tobillo es motivo de motín.
—No te atreverás —me dice entornando los ojos.
—¿Que no? —Abro la puerta y silbo. Todos se giran hacia mí—. ¿Sabéis de qué color llevo hoy la ropa interior?
Una piara de cerdos en pleno celo hace menos ruido. Vuela una silla por encima de los ordenadores y uno de ellos se sube a la mesa mientras se escucha un clamor popular: «¡¡Quítatelo todo!!», «¡No! ¡Déjate los zapatos puestos!», «¡No! ¡¡Dame los zapatos a mí!!».
Bueno, a lo mejor no vuelan las sillas y nadie se sube a las mesas, pero esas cosas sí las gritan. Cierro la puerta del despacho a mis espaldas y sonrío con malicia.
—Ahora tendremos que llamar a Manuela para aplacarlos —susurra Álvaro.
Manuela es la de recepción, mujer barbuda en su tiempo libre.
—Quiero una semana —digo con los ojos entrecerrados.
—Un día —responde en un tono que no admite discusión.
Pero aun así yo le discuto. Porque me gusta, porque encuentro algún tipo de retorcido placer sexual como el de los preliminares. Y además… a veces me doy cuenta de que haría cualquier cosa por seguir hablando con él.
—Dos o enseño pezón.
—Garrido, acuérdate de lo que pasó la última vez…
Hace un par de años, durante la cena de Navidad, entre las copitas de más, los bailoteos encima de las sillas y el maravilloso vestido prestado con escote, uno de mis pezones decidió hacer una excursión al exterior por eso de ver mundo y aprender idiomas, ya se sabe. Lo que ocurrió después fue un caos: un par de mis compañeros terminaron esposados y aquel restaurante jamás volvió a recuperarse. A decir verdad, creo que lo demolieron dos semanas después cuando la pared principal del salón amenazó con desmoronarse. Juro que no tuve nada que ver con el incendio.
—Una semana —repito.
—Dame al menos una explicación, ¿no? —Y vuelve a recostarse sobre la silla.
—Me quiero ir con Bea de relax… y a follar con tíos buenos si se tercia. Por separado, claro.
—¿Crees que es motivo para exigir unas vacaciones? Si quieres echar un polvo te basta con apoyarte en una puta barra de bar, joder —comenta Álvaro.
Me mira con fijeza y me ruborizo al momento. Probablemente no debería decirle esas cosas. Después de todo lo que llevamos vivido Álvaro y yo en los últimos tres años es extraño, pero vamos a ver…, ¿desde cuándo es normal algo de lo que yo hago? Pero quizá… aún está muy reciente.
—Te necesito para cerrar el tema de la migración al nuevo sistema. No puedo prescindir de nadie del equipo. Y menos porque Bea y tú hayáis decidido iros de fiesta loca a Ibiza a salir por la noche sin bragas.
—¡¡Me has pinchado el ordenador!! —Me indigno.
—Hubiese sido en todo caso el teléfono. —Se ríe y se pasa una mano por el pelo—. Lo que ocurre es que eres de lo más previsible…
—¡Pues tú tienes un moco!
Álvaro se lleva la mano a la nariz, asustado. En realidad no es cierto, pero me apetece verlo sufrir. Es muy meticuloso con su imagen. Por eso está siempre impecable.
—Es otro de tus trucos —me dice entornando los ojos.
—Sí, me has pillado. Pero dame esa semana. Hemos encontrado un ofertón. Vamos a ir a la playa. —Sonrío angelical.
—Sigo sin entender por qué una semana para un polvo —y parece decirlo con amargura.
—Con uno no tengo ni para empezar —contesto.
Le miro, levanto las cejas y él se ríe. Ahí he patinado.
—No te eches faroles conmigo, que luego vienes con lo de que tienes agujetas, que se te ha roto algo por dentro o que crees que habrá que coserte entera después —replica con sorna.
Pongo los ojos en blanco. Claro, bien sabe él las excusas que utilizo cuando me da pereza echar un casquete… Excusas que nunca atendía, por cierto. Está claro que no va a ceder, así que paso al plan B.
—¿Un día? —mendigo.
—Un día. Pero solo si les enseñas el sujetador. —Se ríe con malicia y me dan ganas de lanzarme a sus pies y suplicarle que volvamos. En lugar de eso digo, muy digna:
—¡Eso no es justo!
—Ese es el trato, valiente. —Álvaro se encoge de hombros y me mira.
Suspiro, abro la puerta y les enseño el sujetador. Después me mantean y acabo haciendo un agujero en el pladur del techo con la cabeza. Y esto último es verdad y no una exageración producto de mi imaginación.
MI JEFE ES UN BOMBÓN
Él mismo me hizo la última entrevista para entrar en la empresa y por culpa de esos ojos por poco no lo eché todo a perder. Cuando apareció en la sala de reuniones en la que me tenían confinada, me levanté por instinto y me di cuenta, quizá demasiado tarde, de que me había quedado con la boca abierta. Jamás vi a nadie que llevara los trajes con aquel brío. Aquel día lucía (muy bien lucido, todo hay que decirlo) un traje gris oscuro con camisa blanca y corbata también gris. Su pelo espeso y castaño me hizo desear poder meter los dedos en su interior y mesarlo. Cuando parpadeó y me tendió la mano, sentí una tensión eléctrica, sexual, que me alcanzó la ropa interior con una velocidad vergonzosa. Y cuando quise darme cuenta estaba fantaseando con los dos sobre la mesa de reuniones y mis bragas en el suelo.
—Encantado, señorita Garrido. —Entonces sonrió y me di por muerta.
Yo era licenciada en Informática y a pesar de lo nerviosa que estuve en la entrevista, entré en el departamento de gestión de la información de una empresa. No quiero dar más datos, no por discreción, sino porque es un coñazo. Somos el apoyo logístico de todos los ordenadores en red y él quien coordina nuestro equipo con el resto de los departamentos de la empresa.
Las chispas saltaron entre los dos desde el primer día, había que estar ciego para no verlo. O al menos era lo que yo pensaba. Y no es que esté loca y me imagine cosas. Es que Álvaro me miraba de una manera muy intensa. Nunca sentí ser suficientemente atractiva para él, pero la verdad es que sus ojos solían hacerme sentir desnuda y ansiosa en muchas reuniones, en el pasillo o a la salida, donde se subía el cuello de la chaqueta y se despedía con una mirada de reojo que podría licuar los polos.
Sin embargo, Álvaro, muy a mi pesar, era un chico al que no parecían irle los rollitos de primavera en el trabajo. Intenté amotinar a mis compañeros para organizar varias salidas fuera de la oficina, emborracharlo y meterlo en mi casa… pero nada. Él siempre declinaba la invitación a última hora, cuando yo ya estaba más pintada que una puerta y sedienta de amor. Y me tocaba soportar a quince hombres borrachos manteándome hasta que vomitaba. Verídico. Les gusta mucho eso de mantearme.
No eran sus ojos color gris, no era ese color de pelo castaño claro al que el sol arrancaba unos reflejos cobrizos preciosos. No eran sus labios, preciosos, mullidos y masculinos, ni la perfecta forma de su barbilla y su mentón. Tampoco era la sencillez con la que lucía sus trajes en el trabajo ni sus varoniles manos. Era absolutamente todo lo que tenía que ver con él. Estaba segura de que era el hombre. Con letras mayúsculas y un montón de purpurina. Él.
Un sábado coincidí con él en el cumpleaños de un conocido, casualidades de la vida. Vernos allí nos descolocó y a pesar de lo que creía, Álvaro también era capaz de sonrojarse. Se acercó entre la gente con movimientos gráciles, acarició un mechón de mi pelo y mientras me besaba en la mejilla, susurró que estaba muy guapa; lo hizo de tal manera que mis pezones se pusieron en pie de guerra. Creo que me dijo: «Estás arrebatadora». Si no hubiera sido él, esa frase habría hecho que le deseara la hoguera. Pero ya no sé…, no sé ni qué le contesté; verlo en vaqueros me dejó lobotomizada. Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas mentales para controlarme y no tumbarlo sobre la barra en contra de su voluntad. El único impulso vital que tenía en aquel momento era arrancarle todos los botones con la boca y luego ponerme de rodillas y comérsela. Así, a lo bruto. Y cuando quise darme cuenta, él estaba volviendo a su lado de la barra de la misma manera que había aparecido.
Mis amigas al verlo no se lo podían creer.
—¡¡Está buenísimo!! —murmuraron con los ojos fuera de sus órbitas.
—Ya os lo dije —susurré.
—Pero ¿¡cuántos años tiene!? —preguntó Bea, mi mejor amiga.
—Tiene treinta o treinta y un años.
—¡No jodas! Dios mío…, ¡es un viejo! —y tras una pausa dramática añadió—: Algo tenía que tener.
A los veinticuatro años la treintena te parece felizmente lejana y carente de interés.
—No es para nada tu tipo —sentenció una de ellas queriendo apropiárselo.
—¿Desde cuándo tengo tipo? —Las miré sorprendida—. Además, Álvaro no me gusta. Es el hombre de mi vida.
—Pues el hombre de tu vida habla muy animadamente con esa rubia tetona.
Yo no era rubia. A decir verdad, no sabría decir cuál era el resultado de tantos tintes en el color de mi pelo. Ya lo he dicho, considero que mi pelo es color ardilla. Pero aun así, una cosa sí estaba clara: a tetona no me ganaba aquella rubia.
Me contoneé por allí con mis vaqueros pitillo y ese top de encaje negro que me marcaba las pechugas y le lancé una miradita sensual mientras le daba una calada a un cigarrillo, con tan mala suerte que el humo del cigarro me entró en el ojo y este empezó a escocerme y a pestañear como un loco. Nunca confiéis en el rímel waterproof porque aquella noche yo llevaba dos kilos en cada ojo y con el lagrimeo un río negro me cruzó la cara como el Amazonas cruza… el país que quiera que cruce. Lo mío son los mapas de bits, no los geográficos.
Intenté darle un trago a la copa para disimular mientras él me lanzaba una mirada de preocupación y me atraganté víctima de…, de lo gilipollas que soy, supongo. Un chorro de cubata y baba me cayó por la barbilla.
Buscando una huida digna me di media vuelta, pero cegada por el humo, el puto rímel waterproof y mi sed de romance, me tropecé con algo indefinido (llámese el primo pijo, bajito y orondo del cumpleañero) y enredando mis piernas la una con la otra me caí como Lina Morgan en el papel de la tonta del bote. Resultado: me rompí los vaqueros a la altura de las rodillas, me raspé la piel con un cristal roto del suelo, un zapato desapareció entre la marabunta que abarrotaba el bar y mis amigas se despollaron de risa apoyadas en la barra. Toda una clase magistral de lo que no hay que hacer delante del tío que te gusta y que, además, es tu jefe.
Álvaro se acercó cuando intentaba ponerme de pie ante la indiferencia del resto de los presentes y aguantándose la risa me dio mi zapato. Era un zapato de salón precioso, eso sí.
—Mira, como el cuento de la Cenicienta —dijo amablemente.
—Sí, Cenicienta, pero en la versión del Chivi como mínimo —contesté cogiéndome a la mano que me ofrecía para levantarme.
—Esa perdió las bragas y no el zapato. —Se rio.
¿Álvaro conocía la letra de una canción del Chivi? ¿Qué más escondía Álvaro? Seguramente una personalidad sexual brutal que mantenía encerrada a duras penas.
—Gracias —dije tratando de colocarme el top y recuperar algo de dignidad. Nos miramos—. Por lo de ayudarme, no por lo de las bragas. Aún las llevo puestas. —Muy a mi pesar, pensé.
—Me tranquiliza.
Aquella noche me acompañó a casa…, a mí y a las tres amigas con menos tacto del mundo mundial, que eructaron en su coche y lo llenaron de ceniza mientras cantaban a coro algo que quería parecerse a La Loba, de Shakira. Vamos, un romance digno de que un trovador le dedique una canción.
OTRA VEZ NO, POR FAVOR…
No me sorprende que se acerque a mi mesa a punto de terminar la jornada. Últimamente Álvaro tiene mucho interés en encalomarme marrones. Creo que encuentra algún tipo de placer retorcido en verme sudar sangre con algún proyecto imposible que se extienda fuera de las horas de oficina. Aunque son horas bien pagadas, es viernes y me gustaría irme ya a casa. Tengo muchas cosas que hacer, entre ellas una maleta. Mañana Bea y yo volamos para tener unas microvacaciones, lejos de todo esto. Nos hacen falta a las dos. Ella porque está harta de los tíos de aquí (es posible que se los haya tirado a todos, pero juraré no haber dicho esto); yo porque lo de Álvaro va a terminar por matarme. Necesito no verlo tanto como él parece necesitar lo contrario. Y no lo entiendo; a juzgar por cómo terminó lo nuestro no es lo lógico. Así que cuando lo veo venir hacia mí, me pongo tensa. No me extrañaría nada que Álvaro viniera ahora con la monserga de que no puede darme el lunes de vacaciones y que tiene que mandarme mañana, sábado, al Monte del Destino a destruir el anillo de poder. Cosas más raras se han visto en este sitio.
Me pone los nervios a flor de piel ver cómo se acerca de esa manera. Parece haber encontrado una presa y estar a punto de lanzarse encima de ella e hincarle el diente y… jodo, la presa soy yo. Esos movimientos tan gráciles podrían dejarme fuera de juego.
Mis compañeros van desapareciendo y yo finjo estar muy ocupada, pero estoy haciendo tiempo, moviendo el ratón en círculos, por si él me pide algo no tener que volver a encender el ordenador.
Se apoya en la mesa de al lado, que está vacía, y se desabrocha el botón de la americana antes de meterse las manos en los bolsillos del pantalón. Trago saliva. No puedo con él; es superior a mis fuerzas. Es su olor, o esos gestos, o que me acuerdo de lo mucho que me gusta su cuerpo desnudo empujando entre mis piernas, pero el caso es que todo me supone un ejercicio de contención brutal. Decimos adiós a la última persona que quedaba por aquí y me giro hacia él, esperando que me diga algo como «tienes que quedarte para rediseñar el servidor entero y darle acceso a él a todas las personas de la empresa». Pero no. Solo sonríe comedidamente y después me pregunta:
—¿Te apetece ir a comer?
Eso me deja fuera de juego al instante. ¿Ir a comer? ¿De qué va esto?
—Pues… tengo que hacer la maleta y todo. Salgo mañana temprano.
—¿Quieres que os lleve mañana al aeropuerto?
—No. —Niego con la cabeza—. Nos lleva mi hermano Varo.
—Pues vamos, te dejaré en casa.
—Pero… ¿por qué?
—¿No puede alguien ofrecerse a llevarte a casa sin querer algo? —Y se le dibuja una sonrisa que no me gusta nada, falsa y tensa.
—Tú y yo, no.
—Pues ya lo sabes. Será porque hay algo de lo que hablar.
No espera respuesta por mi parte. Claro que sé de qué va esto y estoy a punto de recordarle que no tengo por qué acatar sus decisiones fuera del trabajo, pero la verdad es que siento ganas de averiguar cómo aborda el tema. Por una parte sería mejor que me retirara ahora que puedo, pero por otra quiero saber hasta dónde va a llegar. Cojo el bolso y me lo cuelgo. Él me mira de arriba abajo y siento que sus ojos gélidos me van desnudando, rompiendo la ropa por donde pasan y sin más el sexo se me contrae, como en un espasmo previo al placer. Oh, Dios…
Bajamos juntos al aparcamiento y ni siquiera le pregunto dónde vamos a ir. Me lo imagino, así que paso de empezar a pelearme ya con él. Cada cosa a su tiempo; que comience él. Abre su coche, me meto dentro y me pongo a mirar por la ventanilla. Tarda un rato en hablar. Mientras, suena en la radio Feels like the end, de Shane Alexander, y pienso que es muy apropiado. Cruzamos María de Molina cuando se anima a hablar.
—¿De verdad crees que podemos estar eternamente así? —y lo dice en un tono de voz que me da miedo, bajo y aparentemente calmado.
Cierro los ojos. Lo sabía. Discutir en el coche, donde nadie puede oírnos. Y a pesar de todo el tiempo que ha estado callado es una frase corta, no muy elaborada, lo que significa que está más enfadado de lo que creía.
—No quiero discutir —digo de manera tajante.
—Yo tampoco, Silvia, pero explícame otra vez por qué cojones me has pedido un día libre. —Y los nudillos se le ponen blancos de tanto que aprieta el volante, intentando no gritarme.
—Cuando te pones así es mejor que no hablemos. Ya sabes cómo suele acabar…
Y no, que nadie se asuste, no suele acabar con hostias como panes.
—¿Qué tal si yo te digo: «Oye, Silvia, me voy a ir a follar por ahí todo el fin de semana»? ¿Eh? ¿Te parecería bien?
—Tus ataques de celos son como latigazos. —Le miro—. Y completamente incomprensibles. Tú rompiste conmigo y me parece recordar que creías tener unas razones bien fundamentadas para hacerlo.
—¿Crees que puedes venir a pedirme como jefe unos días libres para hacer algo que me duele como persona? —Me mira desviando fugazmente la vista de la carretera—. Estamos siempre con la misma mierda, joder.
Tiene razón, pero debo mantenerme firme. Tampoco tendría por qué dolerle que yo me fuera un fin de semana con mi mejor amiga a ver si me aireo (y aireo otras partes de mi cuerpo de paso).
—Eres la persona que decide si puedo o no utilizar ciertos días libres fuera de temporada de vacaciones. ¿A quién se lo pregunto si no? ¿A la mujer barbuda? —le contesto con desdén.
—No sé si quieres hacerme daño, pero esto no lo consigue. Solo afianzas la idea de que eres una niñata, ¿lo sabes?
—No. —Y vuelvo a mirar por la ventanilla—. No quiero hablar contigo cuando te pones así. Y si me vuelves a llamar niñata me bajo del coche.
Da un volantazo y se mete en una calle pequeña recibiendo el bocinazo de muchos conductores con los que nos cruzamos. Un día nos matará a los dos. Después frena secamente y deja el coche en doble fila. El frenazo ha hecho que toda la gente que pulula por la calle se gire hacia nosotros. Me quito el cinturón de seguridad. Le pegaría si pudiera. Lo juro. Tengo ganas de cruzarle la cara de un revés y después…, después besarlo. Como siempre.
—Cuando te pones así eres un soberano gilipollas. —Le miro a los ojos mientras lo digo—. Y encima te pones histérico por una mierda de fin de semana con mi mejor amiga. Pareces un imbécil integral intentando agarrar un montón de humo al que tú mismo has soplado para que se largue. Así que déjame decirte que cojo días libres para estar con quien me plazca y follar con quien me venga en gana.
—¡Estoy harto! —grita.
—¡Yo también! —le respondo—. Así que deja que me vaya. Me haces daño y juraste que no me lo harías más.
Álvaro no contesta y aprovecho para decidir que me voy.
Me bajo del coche y doy un portazo. La verdad es que nos hemos juntado el hambre con las ganas de comer. No sé cuál de los dos tiene más carácter. Ya se lo dije a Bea. Se lo dije.
—Me va a montar un pollo.
—¿Por pedir unos días libres para irnos a la playa? ¡¡Por el amor de Dios!! ¿Cómo te va a montar un pollo por eso?
Montándomelo; está amargado por unas decisiones que tomó él solo. Salta a la mínima. Y a mí me gusta pincharle, esperando que un día de estos sangre y pueda comprobar que es jodidamente humano.
Saco las llaves de mi casa y voy hacia el portal. Quiero llegar a mi casa y… no sé, hacer algo estúpido, como comerme todo el bote de pepinillos y después beberme el líquido en el que flotan. Muerte por vinagre.
Cuando llego a mi casa, cruzo el salón y me siento en el sofá; aún tengo el runrún en la cabeza. Con él todo es muy intenso y me cabrea demasiado. No sé si tengo fuerzas para lo que viene.
No suena el timbre, solo oigo cómo se cierra la puerta y sus pasos por el pasillo. Sigue teniendo llaves. Tengo que pedirle que me las devuelva. Ya ha debido de aparcar el coche. Tengo que recordar pedirle las malditas llaves.
—¿No puedes dejarlo estar? —y lo digo sin mirarle.
No contesta. Tira de mí y me levanta hasta llevarme hasta su boca, pero me deja a unos milímetros de los labios. Me coge del pelo y tira de él para levantarme un poco la cabeza. Sabe que eso siempre me ha gustado. Gimo despacio.
—No quiero que estés con nadie, Silvia. No quiero pasarme el fin de semana imaginándote follando con cualquiera —susurra.
—Sabes que no eres quién para decirme dónde puedo o no puedo ir.
Cierra los ojos y me besa como si se acabara el mundo. Cuando me besa siempre pienso que va a ser el último beso que me dará. Pero nunca lo es, no sé si para bien o para mal.
Lanzo las manos alrededor de su cuello y meto los dedos entre su pelo. Ese solo gesto me produce un placer que me pone la piel de gallina. Mientras, su lengua dentro de mi boca gira, rueda, lame, acaricia e invade con su propio sabor todo mi paladar. Maldita sea. Siempre fui un poco drama queen, pero esto es demasiado. A él no le gustaban los dramas. ¿Por qué vamos a volver a hacerlo entonces?
—Fóllame —me pide con los ojos cerrados—. Fóllame.
—Sabes que no sé hacerlo —murmuro mientras le quito la chaqueta—. Yo sé hacerte el amor.
—Pues entonces deja que te folle yo.
¿Qué más da? No me voy a enzarzar en una batalla semántica. Me desabrocha la cremallera del vestido y le quito también la corbata y la camisa; después me acerco mucho a su pecho para olerle. Me encanta su olor. Pero él me aparta y se deshace de mi vestido al completo. Ahora solo llevo las braguitas y los zapatos de tacón.
—Antes nos divertíamos. —Sonríe cuando me entretengo en desabrocharle el pantalón—. Ahora parece que follemos por castigo.
—No creo que divertirse sea la palabra adecuada —le contesto buscando que me mire a los ojos.
Pero en lugar de hacerlo, mete la mano por debajo de mi ropa interior y no tarda en descubrir que estoy húmeda. Cuela un dedo dentro de mí y echo la cabeza hacia atrás.
—¿En la cama, en el sofá, en el suelo, en la cocina, en la ducha…? —pregunta.
—En todas partes. —Y a mí todo se me ha olvidado cuando le he sentido penetrarme con el dedo.
No puedo evitar la tentación de meter la mano debajo de su ropa interior y sacar su erección. Está húmeda y muy dura. Discutir le pone cachondo. Es una de esas cosas que me hacen gracia de Álvaro, así que se me olvida un poco que estoy enfadada con él. Cierro los dedos alrededor de su pene y muevo la mano de arriba abajo. Aprieta los dientes y gime. No quiero saber cuánto tiempo lleva sin correrse, por si la última vez no fue conmigo.
Le bajo los pantalones y el cinturón hace un ruido seco al chocar con el linóleo del suelo. Él mismo se quita el resto y, levantándome como si no pesase nada, me encaja en su cuerpo y vuelve a besarme.
—Quiero estar dentro de ti… —gime.
Me tumba encima del sofá y me quita las braguitas. Después me abre las piernas y sin más preludio me la mete. Y lo hace con tanta fuerza que al principio me duele, hasta que mi cuerpo se acostumbra a él y lo envuelve. El sexo siempre me ha gustado así…, brutal. Los dos respiramos entrecortadamente.
—Para —le digo tratando de separarlo con la mano, empujándole el pecho—. Para, joder.
—¿Por qué? —Y vuelve a embestirme con fiereza haciendo que mis pechos vibren y se muevan.
—Sin condón no. No sé dónde has estado…, no sé con quién te lo has hecho…
—Con nadie, joder, Silvia. Con nadie. Solo quiero hacerlo contigo.
Quiero creerle, así que me incorporo, le cojo la cara y le beso. Nuestras lenguas se enredan y después me dejo caer otra vez. Álvaro se pone de pie junto al brazo del sofá y tira de mis piernas para subirme hasta allí, con las caderas hacia él. La mete despacio y antes de que llegue al fondo, vuelve a sacarla, resbalando entre mis labios. Pienso que si me pega algo lo mataré con mis propias manos. Tengo pensadas muchas maneras de hacerlo. A veces creo que hasta sería divertido. Soy una psicópata.
Se me olvida qué estoy pensando cuando Álvaro llega a lo más hondo que él puede colarse en mi interior en una embestida seca. Ahora el golpeteo se vuelve rítmico y va subiendo en intensidad y velocidad. Me toco los pechos; los pezones están duros. Bajo las manos por mi vientre y llevo la derecha hasta el vértice entre mis piernas. Le agarro a él y le acaricio mientras entra y sale de mí, húmedo. Gruñe.
—Córrete… —le pido—. Córrete.
Y aunque yo aún no me he ido, necesito notar cómo me llena. Es un punto vicioso muy malo que me ha dado.
Pero Álvaro todavía no quiere terminar. La saca de golpe y yo rezo por que no se le haya ocurrido recuperar la cordura justo ahora. Pero no. Se pone frente a mí y tira de mi pelo para atrás, empujándome hacia el suelo, donde me arrodillo. Vaya. ¿Sexo oral ahora? Pero no. Me da la vuelta y, colocándose detrás, me la mete otra vez. Gimo y él contesta con un gruñido. Sus dedos se cuelan dentro de mi boca y los chupo. Son los mismos que ha metido dentro de mí hace un rato. Sé que le encanta…
Por el ritmo que impone sé que se va a correr dentro de nada. Álvaro gime muy fuerte y vuelve a cogerme del pelo. Eso me gusta mucho. Me corro. No puedo hacer mucho por evitarlo. Es un orgasmo demoledor, además, de esos que te recorren entera. Grito. Quiero que sepa que ha hecho que me corra. Gimo lastimeramente y cuando creo que ya no puedo más, una embestida brutal se me clava dentro y en un par de convulsiones empieza a correrse dentro de mí.
—¿Lo sientes…? —me dice—. Eres mía, joder. Y yo soy tuyo.
Sí, lo siento. Y supongo que somos el uno del otro. ¿A mí qué más me da a estas alturas? Una pequeña réplica de mi orgasmo está azotándome en dirección ascendente. Después de dos sacudidas más en mi interior, creo que estoy llena de él. Álvaro se apoya en mi espalda y suspira. Después la saca despacio y me mancho con su semen, que me recorre los muslos hacia abajo.
Me dejo caer en el suelo y él hace lo mismo a mi lado. No decimos nada. ¿Qué vamos a decir ahora que se nos ha pasado el calentón? Yo me levanto en cuanto recupero el aliento y me voy al cuarto de baño, donde abro la ducha. No tarda en venir.
Nos duchamos juntos. No hay besos ni caricias ni palabras. Solo nos abrazamos.
Al salir de la ducha me pongo un ligero camisón y saco la maleta. Quiero dejarle claro que me voy a marchar. Evidentemente ya me da igual el puñetero viaje a la isla y me da asco imaginarme teniendo sexo con alguien que no sea Álvaro, pero esto es por principios. O por cojones, como quieras llamarlo. Odio estar tan enamorada de él como para volverme dependiente.
Creía que se iría, pero se ha puesto la ropa interior, ha dejado sobre mi cómoda el resto de su ropa y se ha tumbado en la cama, desde donde me ve hacer el equipaje. No sé de qué me sorprendo. Hace tiempo que sé que tiene los cojones como los del caballo de Espartero. Cuando termino me pregunta si no me voy a llevar condones. Sé lo que está intentando: quiere hacerme sentir vergüenza, pero es que no tengo por qué. No es mi novio y no somos pareja porque a él no le da la gana; así de triste es esto. No le contesto y me tumbo a su lado mirándole, esperando que entienda que lo que hace no está bien. Sin embargo, me abre las piernas y vuelve a colarse en medio. Creo que quiere, de paso, que me vaya muy satisfecha.
No me sorprende cuando vuelve a penetrarme. Ya ha pasado media hora desde el último polvo y le ha dado tiempo a recuperarse. Gimo. Se tumba del todo, de manera que su boca está junto a mi oído. Me arqueo, me remuevo, me corro. No puedo evitarlo. Y tardo tan poco que Álvaro se incorpora y sonríe. Después, agarrándome las caderas, embiste hasta que se corre de nuevo, esta vez menos abundantemente.
Se va al rato. Cuando lo veo vestirse sé que hasta aquí ha llegado el remake y que se acabó. Me alivia y me tortura en la misma proporción. Me pongo una bata corta de raso encima y le acompaño a la puerta.
—Adiós —le digo apoyada en la puerta.
—Que tengas buen vuelo —añade.
—Gracias. —Silvia, acuérdate de pedirle las llaves, me digo a mí misma.
—Ah, y… lo que dije antes… —Se da la vuelta hacia mí.
—¿Qué dijiste antes?
—Que eras mía…, que soy tuyo…
—No creas que voy a creer todo lo que has gritado cada vez que te has corrido. —Pongo los ojos en blanco.
—Bueno, pero esta es verdad.
—Pues tráeme el recibo, quiero arreglar esto cuanto antes. —Sonrío tirante.
Después baja las escaleras y se va. Se me ha vuelto a olvidar pedirle las llaves. De lujo. Bravo, Silvia. Todo muy bien hecho, sí señor.
NO HAY QUE SER ADIVINO
Después del desastroso final de mi plan de seducirlo en aquella fiesta en la que habíamos coincidido, lo lógico hubiera sido darlo por perdido, olvidarlo y a otra cosa, mariposa. Pero no. Se convirtió en mi obsesión.
Lo vigilaba constantemente en la oficina. Estudiaba con quién comía, con quién se reunía, si mantenía conversaciones personales por teléfono. Era agotador: mi trabajo, el de alguno de mis compañeros que se rascaba las pelotas a dos manos y el de espía.
Si ya soy excéntrica normalmente, aquello se convirtió en un infierno para todos, incluido Álvaro, que me miraba asustado cada vez que le recriminaba que su teléfono siempre comunicaba, gritando como Ozzy Osbourne que estaba harta de él. Si decía que estaba cansado, yo lo miraba con suspicacia y lanzaba comentarios del tipo:
—A saber qué hiciste anoche… y con quién.
Cuatro meses me duró. Adelgacé cinco kilos (los pechos se me quedaron colgones, la verdad) y dejé hasta de maquillarme y ponerme zapatos de tacón para ir a trabajar. Todo de pura rabia. Estaba tan oprimida con la idea de que jamás podría besarlo y sobarlo a manos llenas que dejó de importarme ir a currar con pinta de orco de Mordor.
El día que me descubrí combinando una falda azul marino con una blusa negra se me terminó la tontería. Volví al armario, cogí una blusa blanca, me calcé mis zapatos de tacón alto y volví a mi rutina de chapa y pintura habitual. Y aquel día al escucharle entrar en su despacho ni siquiera le lancé una mirada de reojo, enfadada conmigo misma por el estado de mi pelo, por el tiempo que llevaba sin coquetear con nadie y por lo mal que había estado trabajando. Una semana después la situación entre Álvaro y yo volvió a ser la que era antes de mi psicosis: cordial. A veces algo coqueta, pero nunca en exceso. Álvaro era un hombre contenido en público. Muy contenido.
Y como buen hombre, Álvaro desempeñó el papel del perro del hortelano a la perfección, probablemente sin saberlo. Fue suficiente dejar de prestarle atención para que él notase que yo existía no solamente como la tía loca que se cargó la pantalla de su ordenador jugando a dar patadas voladoras.
El cambio fue prácticamente imperceptible, al menos para el resto de la humanidad. Sin embargo yo andaba muy alerta aunque quisiera negármelo y tuve muy claro que algo había cambiado. Lo que antes eran miradas de incomprensión cuando me pillaba poniéndole a la fuerza un gorro de natación a un compañero mientras cantaba «queremos ser, queremos ser, burbujas del anuncio de Freixenet» se habían convertido en tímidas sonrisas cuando nos encontrábamos en el callejón de la máquina del café. Las locuras las obviaba. Parecía que de repente ni existían.
Por un tiempo pude fisgonear y hacer fechorías con total impunidad hasta que me aburrí porque no tiene ninguna gracia dedicarse a hacer el mal si nadie se va a preocupar de echarte la bronca en caso de pillarte. Como dice una terrible canción de bachata que le encanta a Bea: «Una aventura es más divertida si huele a peligro». Un día estaba planeando echar laxante en la máquina de agua cuando me sorprendí a mí misma sin ganas reales de hacerlo. Sin pensármelo dos veces me levanté, fui al despacho de Álvaro caminando tranquilamente sobre unos tacones de diez centímetros de Iron Fist con dibujos de calaveras y entré sin llamar.
—Dime —dijo sin apartar los ojos de unos papelotes Din-A3 de impresiones de Excel.
—¿Por qué no me riñes? —Y apoyé la cadera en el quicio de la puerta.
—¿Qué? —Despegó la mirada de sus apuntes y me miró.
—He hecho cosas horribles durante las últimas dos semanas y sé que lo sabes, ¿dónde está mi bronca?
—¿Qué cosas horribles? —dijo cruzando los brazos sobre el pecho pero con una expresión divertida.
—He llegado tarde todos los días.
—Siempre llegas tarde —y después de decir esto apoyó los codos en la mesa, entrelazó las manos y se pasó el pulgar por el labio superior.
Por el amor de Dios. Quise quitarme las bragas y dárselas.
—Mucho más que de costumbre. El otro día llegué a las diez.
—Ajá.
—Y le mandé un paquete anónimo a cargo de la empresa a la secretaria del director de marketing con dos cajas de Aerored. Sé que sabes que fui yo.
—Sí…, y creo que ella también.
—He venido borracha a trabajar. Eso es realmente horrible —dije frunciendo el ceño.
—¿Borracha? ¿Ves?, eso no lo sabía. ¿Cuándo dices que viniste borracha?
—Oh, vaya —contesté enrojeciendo—. Nunca, olvida eso último…
—Muy bien, señorita Garrido, ¿entiendo entonces que lo haces para llamar mi atención?
Me avergoncé. Qué perspicaz este Álvaro.
—No. Lo hago porque me gusta hacer el mal. Soy la pequeña de cuatro hermanos. Estoy acostumbrada a hacer fechorías. Es mi naturaleza.
—Entonces que yo te riña —carraspeó tratando de disimular que le entraba la risa— es lo que le da emoción, supongo. Que te pille y tú tengas que esconderte.
—Exacto.
—Pues me parece entonces que estoy actuando correctamente. Si te ignoro, al final te cansarás.
—O alquilaré un tanque con el que echar abajo la oficina.
—En ese caso no creo que me importe demasiado porque irás a la cárcel y todos nosotros de vacaciones pagadas hasta que nos reubiquen.
—Oh, vaya, tienes razón. Mi plan aún tiene muchos flecos.
Me quedé mirándole durante unos segundos y él volvió la vista a sus papeles, no sin esbozar una enorme sonrisa antes.
—¿Algo más, Garrido?
—Nada más, supongo. —Cuando fui a salir de su despacho, Álvaro susurró—: Ah, y… te estaré vigilando.
Me encantó la idea.
LA PLAYA
Creo que es el momento de presentar a mi amiga Bea. Sí, esa que en las últimas fiestas de su pueblo fue coronada como «el quinto que más cantidad de alcohol tolera en el cuerpo». Y sí, he dicho quinto y no quinta, porque con quien compitió fue con los hombres.
Nadie lo diría. La jodida es menuda. No levanta dos palmos del suelo. Bueno, miento. Sí levanta dos, pero poco más. Es ese tipo de chica menuda que vuelve locos a los hombres porque parece una muñeca. Es guapa hasta decir basta, con una melena cobriza larga, unos ojos verdes preciosos y enormes y la piel inmaculada. Además le acompañan un par de tetas nada desdeñable, una cintura de escándalo y un culito respingón que me da mucha envidia. Le gusta hacer sentadillas mientras bebe tequila, con eso lo digo todo. Es la chica guapa y enrollada que todos los chicos quisieran tirarse alguna vez y ella lo sabe bien.
Fuimos juntas al colegio, al instituto y aunque en la universidad nuestros caminos se separaron pasé casi más tiempo en su campus que en el mío, por lo que somos algo así como uña y carne. A nuestro alrededor pulula un grupo bastante heterogéneo de dementes. Está Vega, que sabe hacer nudos con la lengua; Raquel, que llora cuando se ríe y aún no ha descubierto el waterproof; Nadia, que sabe más de sexo que Carmen Vijande; Jazmín, que vino una vez a recogerme en coche solo con un albornoz puesto, y Paula, que considera que cuando se pone las gafas se crea una burbuja a su alrededor que nos impide verla. Os hacéis una idea, ¿verdad?
Pues con esa Bea, la que gusta de hacer sentadillas mientras bebe tequila directamente de la botella, es con la que he decidido ir a la playa a pasar un fin de semana largo. Para relajarme. Bueno, esa es la excusa. En realidad lo que queremos es hacer el puerco, comer comida basura, beber hasta el desmayo y coquetear con chicos guapos ligeros de ropa. Lo que cualquier chica de vacaciones, vamos.
Hemos tenido que facturar su maleta, aunque me había jurado y perjurado que no tendría que hacerlo. Conociéndola se habrá traído unos ocho pares de zapatos (para tres días), siete bolsos (para tres días), diez biquinis (para tres días) y hasta su abrigo de leopardo (para tres días en la playa).
Nada más llegar al aeropuerto (a las ocho menos cuarto de la mañana), se ha puesto a repetir sin parar que quería comprar dos botellas de Jagermeister, porque con una no íbamos a tener ni para empezar. Yo ni siquiera quiero Jagermeister, pero a ella le da igual. Así que hemos dejado las maletas en el hotel, hemos hecho una compra digna de Homer Simpson y hemos vuelto a ponernos el biquini.
Y aquí estamos, sentadas en la arena de una playa semivacía, porque no estamos en temporada alta y porque aún es temprano, bebiéndonos una lata de cerveza caliente, que es bien conocido por todo el mundo que se trata de uno de los mejores laxantes del mundo.
La miro de reojo. Está tumbada y apoyada en los codos, de manera que sus tetas bien redondas miran al cielo y sus ojos verdes están clavados en el mar, pero escondidos tras unas megagafas de sol.
—Bea… —le digo.
—¿Qué? Está caliente, ya lo sé —contesta meneando su lata ya medio vacía.
—¿Crees que somos alcohólicas?
—Los alcohólicos van a reuniones de alcohólicos; nosotras vamos a fiestas. —Alzo una ceja y ella se mea de la risa—. No, no lo somos. Podemos no beber.
—Entonces ¿por qué lo hacemos?
—Pues para pasárnoslo bien.
—Dios…, somos como Snooky y Deena[1].
—Bueno, pero paso de ser Deena, que todo el mundo sabe que es la pringada.
Dejo la cerveza medio enterrada en la arena y me pongo a juguetear con unas piedrecitas que cogí. Ella me mira deslizándose por la nariz sus gafas de sol.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Playa. Cerveza. Yo. Estas tetas. Y tú estás así. —Deja la cerveza en la arena y tira de sus labios hacia abajo.
Chasqueo la lengua contra el paladar.
—Ayer volví a tirarme a Álvaro. —La miro con ojos de cordero degollado.
—Joder.
—Soy una loser —digo convencida.
—Eres una loser —ratifica.
No decimos nada en un buen rato y al final me levanto y me voy hacia la orilla.
—Voy a darme un baño. Quédate con las cosas, cerda —murmuro.
—¿Vas a hacer pis o a bañarte? —me pregunta.
Ni siquiera le contesto. Debería saber de sobra que voy a hacer las dos cosas.
Cuando meto los pies una ola rompe en mis piernas y yo me estremezco. Está mucho más fría de lo que esperaba. Los pezones se me marcan en la tela del biquini amarillo e inmediatamente me acuerdo de él. De Álvaro. No es que él suela ponerse biquinis amarillos, no. Es porque esa sensación, la de estremecerme entera, me recuerda a él. Y que mis pezones se endurezcan, también.
Me meto un poco más pasando por alto los escalofríos, hasta que el agua me llega por los hombros. Floto un poco, relajándome con el vaivén del agua. Álvaro y yo en la playa siempre hacíamos el amor, aunque estuviéramos rodeados de gente. Una vez con la pasión del momento se le escapó la braguita de mi biquini y ni siquiera se dio cuenta. Tuve que salir del agua con el culo al aire tapándome el parrús. Hasta ese recuerdo me produce melancolía.
De pronto algo me coge el tobillo y tira de él. Grito llena de pánico y pataleo pero no puedo evitar sumergirme. Trago agua y entonces me suelta. Salgo a la superficie y toso como una loca. Me da la sensación de que me estoy muriendo ahogada. Me giro y veo a Bea muerta de la risa. Le lanzo una ultrahostia que le cae en el hombro mientras intento respirar por la nariz y la sumerjo, sujetándole la cabeza bajo el agua durante dos, tres, cuatro, cinco segundos. Sale cogiendo aire y me calza una colleja.
Cuando paramos de agredirnos le pregunto quién está cuidando de nuestras cosas.
—El del chiringuito. Anda, sal, que nos quiere invitar a un tequila.
Maldita sea la idea de venirme con ella a esta isla. Esto no puede terminar bien.
NO PUEDE SER
Si algo es Álvaro, es una persona aparentemente comedida. Al menos lo es cuando su vida «pública» se cruza con la personal. Y cuando digo personal me refiero a lo muchísimo que le gusta a Álvaro el sexo. Sexo brutal, salvaje y supercerdo, por dar más datos.
Además, Álvaro es una de esas personas que opinan que los sentimientos son parcialmente reprimibles. Si intuye que algo de lo que está sintiendo no tiene pinta de terminar con él vencedor, lo anula y lo mata de hambre hasta que muere. Yo, por mi parte, alimento mis sentimientos hasta que están tan gordos que no veo nada más.
Y, claro, es evidente…, ¿qué pintábamos dos personas tan cardinalmente opuestas juntas? Pues nada. Pero… ¿quién era yo para tratar de controlar lo que sentía por Álvaro?
En la fiesta de Navidad de aquel año los dos bebimos un poco más de lo que solíamos hacer. Eso significa que él se tomó dos gin tonics y yo…, yo me bebí tres copas de vino, en plan fino, cuatro cervezas de botellín, así, en plan relajado, cinco copazos de ginebra con Sprite, viniéndome arriba, y un chupito de tequila, codeándome con los hombres más gallardos del departamento. Y entonces… ¿nos enrollamos? Ojalá.
Entonces empezamos a hacer apuestas absurdas. ¿Qué te juegas a que abro cinco cervezas con la boca? ¿Qué te juegas a que puedo saltar desde la barra y caer de pie? En realidad no era una cuestión entre Álvaro y yo, sino más bien entre todos. Claro, es divertido verme perder apuestas cuando estoy beoda perdida, lo entiendo. Si pudiera verme a mí misma desde fuera también me reiría. La cuestión es que me aposté con el resto a que podía sacar al jefe (y cuando digo jefe me refiero al jefe del jefe del jefe de Álvaro, apodado La Momia) a bailar una conga sin música.
—¿Qué me dais si lo hago? —pregunté muy segura de mi valía para pruebas estúpidas.
—Te pagamos todas las comidas de la semana que viene —gritó un exaltado.
—¡Hecho!
—Pero si pierdes… —dijo Amancio, el de los recados.
—Si pierde tiene que presentarse voluntaria para el día solidario —intervino Álvaro con mirada malévola.
Todos contuvieron el aliento sonoramente, incluida yo. Qué crueldad la suya. El día solidario. Qué bonito, ¿eh? Qué cosa más requetebonita, un montón de profesionales donando las horas de uno de sus días libres para participar en talleres con niños con necesidades especiales o en campañas a favor del reciclaje.
Qué…, qué lejos de la realidad.
El día solidario es algo que se le debió de ocurrir al jefe del jefe del jefe de Álvaro un día que andaba estreñido y no se sentía muy feliz. Porque no era eso a lo que dedicaban el día los que caían en las redes del día solidario. No. Y como todo el mundo lo sabía, nunca se presentaba nadie motu proprio, claro. Resultado: nos elegían a dedo de entre los que formábamos el ranking de «los más malos de la clase». A mí me tocó un año por vaciar el extintor de mi planta en un momento de subidón y tuve que levantarme un sábado a las seis de la mañana para estar a las ocho en una granja recogiendo mierda de caballo. ¿Que qué tenía eso de solidario? Pues que mientras yo y otros tres desgraciados paleábamos mierda, los jefes se hacían fotos ayudando a montar a caballo a pequeños huérfanos, cumpliendo así sus sueños por un día. Y, claro, la mierda de animal, además de apestar, desluce en las fotos.
Pero, bueno, yo estaba muy segura de que el carcamal aquel no iba a rechazar bailar una conga conmigo y con mi minifalda de lentejuelas doradas. Así que le estreché la mano a Álvaro cerrando el trato y allí que me fui yo, armada con una sonrisa.
El primer error fue cogerlo de sorpresa; el pobre hombre por poco no sufrió un ataque al corazón. Con la edad que tenía debí de haberme andado con cuidado, pero no, fui a las bravas. Cuando pretendí que bailara conmigo, animándolo a levantar una pierna y luego la otra, se giró y muy serio me preguntó si estaba drogada.
—No, señor —le dije poniéndome rígida como un palo.
—Bebida sí, claro.
—Sí, señor. —Bajé la mirada.
—No sé qué tipo de educación le dieron los hippies de sus padres, pero sinceramente me da igual. ¡Suélteme!
Todos mis compañeros estallaron en carcajadas y yo fui animada por un montón de hombres trajeados, socios, miembros del comité ejecutivo o lo que quiera Dios que fueran a marcharme de allí. Eso sí, fui recibida con honores porque había tenido la valentía de hacerlo y de no salir corriendo después; había aceptado con dignidad mi castigo.
Álvaro, al que todo le pareció muy divertido, no tardó en caer. Y cayó, claro, porque si yo iba a tener que ir, qué menos que poder ir acompañada de él y, además, que pudiéramos estar solos. Por eso ayudé a ganar sus apuestas al resto de mis compañeros y a él…, a él lo hundí en la miseria. La cuestión era que tenía que conseguir besar como en una película de los años cincuenta a la primera mujer que se le cruzara. Algo facilito. No es que Álvaro fuera conocido por su inclinación hacia lo temerario. Evidentemente no fui yo la que eligió su prueba. Estaba cantado que la pasaría con éxito porque cualquier mujer se dejaría hasta sodomizar después de verle sonreír, pero lo dispuse todo para que la primera que se le cruzara fuera la señora de recepción, conocida como la mujer barbuda, con un bigote más espeso que la melena del Puma. Cada pelo era como una maroma de barco.
Álvaro se echó atrás, lanzando un grito cuando se dio cuenta de la mirada lasciva y cargada de deseo de ella, que le gritaba:
—¡¡Ven aquí, que te voy a enseñar lo que es una hembra!!
—¡Esto no debería valer! —contestó Álvaro, mirándonos.
Y tanto que valió… El lunes fuimos nosotros mismos los que apuntamos nuestro nombre en el listado de «voluntarios para el día solidario», justo debajo de donde algún iluminado había escrito «Topota Madre» y «El de la cabeza enorme de reprografía». Después recibimos una ovación por valentía y honor y sonreímos sujetando la lista cuando nos hicieron una foto. Nuestra primera foto juntos, qué romántico. Y yo salía con un ojo cerrado y el otro como en blanco.
Me preparé para el sábado solidario durante las vacaciones de Navidad, haciéndome una limpieza de cutis, depilándome cejas y bigote y trazando un plan para seducir a Álvaro. Además de diciéndoles que no a polvorones, roscones y demás. Dios, qué Navidades más duras. No iba a volver a entrar en una espiral autodestructiva, pero si podía tirar la caña a ver si picaba, lo haría. Era tan guapo que dolía. Y me dolía mucho ya una parte concreta de mi cuerpo, al sur de mi ombligo.
Cuando llegó el día me levanté puntualmente al oír el despertador, cosa extraña en mí, y fui la segunda en llegar al albergue para personas sin hogar vestida en plan monísima de la muerte. Y fui la segunda en llegar porque Álvaro estaba allí, esperándome apoyado en la pared, vestido con unos vaqueros, una camisa de cuadros y una chupa de cuero marrón. Se estaba tomando un café para llevar y cuando llegué a su lado, me tendió otro con una sonrisa.
—Con leche y dos de azúcar —dijo escuetamente.
El día no fue muy romántico, la verdad. En realidad, fue tremendamente desagradable, porque en lugar de darnos trabajo en la cocina, preparando los desayunos y las comidas, nos pusieron en la lavandería. Sí, el centro tenía lavandería, mira tú qué suerte para nosotros. Las catacumbas del infierno, lo dicho. Y no quiero ser injusta ni pecar de intransigente pero, señores…, que la gente sin hogar no tiene fácil acceso a duchas y jabón y cuando lo tienen las toallas no se quedan lo que se dice impecables…
Las primeras dos horas fueron el infierno. Cuando ya llevábamos cuatro, creí que mi pituitaria jamás podría superar aquel revés. Y allí estaba Álvaro, digno, callado, sin quejarse ni lloriquear, separando ropa, poniendo lavadoras y doblando. Se había arremangado la camisa hasta los codos y solo ver sus antebrazos producía un efecto de calentamiento global en mí. Creo que ese día me enamoré. Y sí, suena absurdo y raro pero lo encontré tan… heroico. Qué tontería ¿no? Pero era tan responsable, tan serio, tan… hombre que me enamoré.
A la hora de la salida olíamos a perros mojados al sol. Y lo peor es que no nos habíamos acostumbrado al olor. A mí me daba una vergüenza horrible subirme así al metro. No quería ser una de esas individuas que «perfuman» el lugar, dándole el viaje a alguien que ha tenido la mala suerte de acabar a su lado. Tampoco creía que un taxista tuviera que pagar los platos rotos del día solidario, así que decidí que iría andando a casa. Calculé que habría unos ocho kilómetros desde allí y que a mi «veloz» ritmo podría llegar después de… tres horas y media.
Álvaro vino a despedirse con una sonrisa y los dos arrugamos la nariz al darnos dos besos.
—Joder, qué aroma —le dije.
—Lo mismo digo.
—En cuanto llegue a casa pienso meterme a remojo. Igual no salgo de la bañera hasta el lunes. Iré como una uva pasa, pero oliendo a rosas.
—Creo que yo haré lo mismo —dijo sonriente—. Oye, por cierto…, ¿cómo vas a casa?
—Pues creo que iré dando un paseo.
—¿Un paseo? ¡Garrido, por el amor de Dios! —Se echó a reír.
—Huelo demasiado mal como para que un montón de inocentes tengan que soportarlo en el transporte público.
—Bueno…, ¿y por qué no vienes conmigo en coche?
—Sigo oliendo fatal. —Me encogí de hombros.
—Y yo. Nadie inocente lo sufrirá.
—No quisiera molestar.
—¿Cuándo tú no quieres molestar? —Sonrió, mirándome de reojo, mientras sacaba las llaves del coche.
—Tendrás que lavarlo después a fondo.
—Tendré que quemarlo.
Mi casa y la suya no estaban lo que se dice cerca y no, no le pillaba de paso, sobre todo desde que había decidido que era demasiado mayor para seguir viviendo con mi madre y había alquilado un estudio minúsculo donde Cristo perdió las polainas, que era el único sitio donde yo podía permitirme vivir sola. Así que el trayecto duró cosa de cuarenta minutos, entre lo lejos que se encontraba mi casa y el tráfico que encontramos por el camino. Claro, sábado por la noche, tenía lógica. La gente se iría a pasarlo bien y a entregarse al fornicio; algo que yo deseaba locamente hacer con Álvaro.
—¿Saldrás esta noche con esa panda de locas que tienes como amigas? —me preguntó mientras cogía el desvío para la salida de la autopista que llevaba a mi barrio.
—No, qué va. Estoy demasiado cansada.
—Te han dejado plantada, ¿verdad?
—Sí —confesé—. Han quedado todas con sus chicos.
—Vaya por Dios.
—Es muy duro ser la única soltera —dije queriendo darle pena.
—Bueno, todas las cosas tienen sus ventajas.
—Estar soltera a mi edad pocas ventajas tiene, sobre todo si eres como yo.
—¿Y cómo eres tú?
—De las que se lo piensan dos veces antes de disfrutar entregadamente del sexo con un desconocido en el baño de un bar de copas.
Álvaro levantó significativamente las cejas.
—No sé si lo he entendido. Es más, no sé si quiero entenderlo. —Se rio.
—Es solo que… espero algo especial.
—Oh. —Levantó las cejas—. Una romántica. ¿Con alguien en concreto o estás más bien a verlas venir?
—Es raro hablar con el jefe de esto. —Me reí, sintiéndome un poco arrinconada.
—Bueno, es posible que seamos más que jefe y subordinada, ¿no? —Me quedé mirándolo sorprendida y él, girándose hacia mí un segundo, aclaró—: Nos llevamos bien.
—Claro.
—¿Entonces? —insistió.
—¿Intentas sonsacarme si me gusta alguien?
—Sí. No. Ya sé que no es de mi incumbencia pero… Es aquí, ¿no? —dijo acercándose a mi portal.
—Sí, es aquí.
Paró, puso las luces de emergencia y nos quedamos mirándonos dentro del vehículo. Al principio creí que estaba pensando por qué narices no salía ya de su coche, pero después me di cuenta de que quizá también había algo en su mirada que… ¿Sería posible?
—Bueno… —susurré.
—¿Tienes que irte?
—Claro, a ducharme.
—Sí, ya hay ganas, ¿eh?
Asentí tontamente, me quité el cinturón de seguridad, recogí mi bolso del suelo del coche y antes de salir le dije:
—Y sí, el problema es que alguien me gusta. Pero tú eso ya debes de saberlo, ¿no?
Álvaro se mordió el labio inferior y miró al frente.
—Buenas noches, Silvia —dijo, añadiéndole a la frase un tono sensual.
Subí a casa arrastrando los pies, deprimida. Si Álvaro sentía verdaderamente algo por mí…, aunque fuera curiosidad, aquella había sido la ocasión perfecta para darme una pista. Pero no. Tenía que hacerme a la idea de que no había nada más allí donde rascar. Por primera vez en mi vida tenía que decir adiós a una de mis absurdas obsesiones. Era mi jefe, narices. Y yo no vivía del aire. ¿Con qué dinero iba a comprarme bragas, sujetadores y helados si me despedían?
Después me di una ducha, me puse el pijama, vi todos los episodios de Sexo en Nueva York que mi cuerpo era capaz de soportar y al final me dormí abrazada a un bote vacío de helado de vainilla con galletas de chocolate.
El lunes, en la hora del café, yo ya había contado a todo el mundo el horror del día solidario. Cuando vieron que no podían sonsacarme más torturas sufridas, todos terminaron marchándose, así que allí estaba yo, apoyada en la pared, frente a la máquina de café, mirándome las uñas, que había pintado de un color poco acertado que a mí me gusta definir como «mejillón trasnochado». Álvaro llegó, quitó la opción de azúcar que yo había dejado al máximo y pulsó el botón de café solo. Me miró de reojo y sonreímos.
—¿Qué tal, Garrido?
—Bien. Ya huelo a persona.
—Lo mismo digo. ¿Novedades?
—No. Nada. Bueno, he cambiado de perfume.
Álvaro se echó a reír, dejando que sus ojos grises se escondieran en un montón de arruguitas adorables.
—Me refería al proyecto pero, bueno, me alegro.
—Oh. —Me puse roja y miré al suelo.
—¿Y a qué huele?
—¿Cómo? —pregunté totalmente desorientada.
—El perfume, digo…, que a qué huele.
—Pues no sé. —Me encogí de hombros.
—¿Me dejas…?
Cuando entendí que lo que quería era acercarse a olerme por poco no me puse a gritar en plan fan histérica de Justin Bieber, pero me controlé y solo asentí.
Álvaro miró a nuestro alrededor para asegurarse de que no pasaba nadie, y se acercó. Yo apoyé la espalda en la pared y él la mano izquierda, mientras se acercaba. Me aparté el pelo del cuello y noté la punta de su nariz sobre la piel y la brisa de su respiración.
—Huele a… ropa limpia —dijo sin separarse.
—¿Sí? —Y mis pezones ya amenazaban con traspasar la ropa y marcarle como mío.
—Sí. Y a limón.
Se alejó unos centímetros y nos miramos a la cara. Estábamos en el rincón de la máquina de café desafiándonos con la mirada, conmigo apoyada en la pared y él frente a mí más cerca de lo que el protocolo mandaba. No era la situación más cómoda del mundo, pero… ¿podía haber llegado Álvaro a un nivel satisfactorio de reflexión?
—Silvia… —me dijo.
—¿Qué? —contesté con un gallito.
—Espérame hoy a la salida. Quédate con cualquier pretexto. Necesito hablar contigo.
Todos mis compañeros fueron desapareciendo pocos minutos antes de las seis. No podía mantener las piernas quietas y puse morado a patadas al compañero de delante, que fue el primero en irse alegando que le estaba agrediendo. Cualquier excusa es válida para salir de ese antro antes de tiempo.
A las seis y tres minutos miré a mi alrededor y lo único que vi moviéndose sobre la moqueta fue una de esas bolas de ramas secas de las películas del Oeste. Bueno, evidentemente no la vi, pero me la imaginé. Esperé unos minutos más, creyendo que me llamaría a su despacho en cuanto se hubiera asegurado de que estábamos solos.
Para hacer tiempo fui cerrando el ordenador, limpié la pantalla y ordené mi cajón. Cuando quise darme cuenta eran las seis y media. Que Álvaro era alguien precavido ya lo sabía yo de sobra, pero aquello era pasarse un poquito. ¿Qué estaba haciendo? ¿Asegurarse de que la mujer barbuda no había instalado micrófonos en su despacho?
Me colgué el bolso en el hombro y pensé en pasarme por allí y en plan informal preguntarle si aún quería decirme algo o me podía ir a casa. Sonaba muy «en realidad tampoco estoy tan loca por ti como para haberme pasado el día a punto de echar la pota», pero lo cierto es que la jornada de trabajo no me había cundido mucho. Soñé despierta con más de veinte variantes posibles de lo que yo pensaba que iba a pasar en su despacho. En algunas todo era idílico y casto y en otras yo terminaba con la marca de la grapadora en la espalda después de un polvo sobre la mesa.
Me arreglé la ropa, me aseguré de no llevar carmín en los dientes y di un par de golpecitos en su puerta, a la espera de que su voz me diera permiso para pasar. Pero…, pero no pasó nada. Golpeé otra vez, un poco más fuerte, pero era inútil porque dentro de su despacho no había nadie. Miré el reloj y después el móvil. Eran las siete menos veinte y tampoco había recibido ningún mensaje.
Eso es lo que comúnmente se llama plantón.
HUYENDO EN DIRECCIÓN THE MIDDLE OF NOWHERE
Bea y yo hemos salido a un pub, discoteca o como quiera que la gente categorice este antro del infierno. Ella se ha vestido como una furcia (no es critiqueo, ella misma lo ha dicho cuando se ha visto el vestido de licra y encaje puesto) y yo de frígida asocial, como viene siendo costumbre. Eso quiere decir que no me ha apetecido arreglarme y me he puesto unos vaqueros tobilleros, una camiseta flúor de escote desbocado y unas bailarinas. Estoy mona, pero no se puede competir con Bea cuando se emperifolla así y menos aún con sus ganas de pillar cacho esta noche. Y cuando una chica quiere follar una noche… folla.
Así que veo un desfile de hombres frente a nosotras a los que les falta desplegar una cola llena de plumas y colores. El baile del pavo real. Bea está encantada cuando dos se nos acercan para invitarnos a un mojito. Qué típico, por Dior. Yo pongo cara de torrezno rancio y ella es toda sonrisas. No me extraña nada que, pasado un rato, ella se disculpe, me lleve al baño y me amenace con pegarme en público si no soy más simpática.
—Es que no me apetece —le respondo muy gallita.
—Pues a mí sí me apetece darle una alegría a la almeja. Así que finge un rato y luego dale calabazas.
—Yo no soy ninguna calientapollas.
—Pues o lo eres o te abres de patas, porque si no la que te abre la crisma soy yo.
Me enfurruño. ¿Lo importante no debería ser que estuviéramos las dos juntas? Odio cuando la cosa va de «consigue un rabo y corre». Pero debo admitir que la pobre Bea lleva una temporada mala (novio putero, ligue eyaculador precoz y una noche con un tal «gatillator»), así que se merece que le vaya bien esta noche.
Finjo una sonrisa y me acuerdo de la madre y de la hermana de Álvaro, maestras de la falsedad. Cojo aire y sigo a Bea.
—Ponme otro —le digo al camarero cuando me apoyo en la barra—. Y que sea doble, por el amor de Dios.
El zagal que está intentando empiltrarse con Bea es guapetón; podríamos decir incluso que está bueno. El que me ha tocado a mí…, no. Sin paños calientes: es el amigo simpático. Y la verdad es que es supersimpático, pero se depila demasiado las cejas como para pasarlo por alto y darle un revolcón. Me está comentando que no se le da bien eso del gimnasio y contándome historias de sus fracasos con el deporte. Yo bebo y sonrío. A veces asiento o digo «¿sí?» o «¡no me digas!» y él se queda contento. Estos hombres…
Bea ya ha pasado la barrera del coqueteo verbal y está contoneándose al ritmo de la música. Qué bien se le da a la hija puta el ligoteo en bar. Y yo sigo con mi despliegue de expresiones de asentimiento, viéndola canturrear «mamita loca, cosita linda, con ese cuerpo es que tú te ves divina».
Maldito Álvaro. No dejo de pensar en él. Hasta con esta banda sonora de cuestionable gusto.
Media hora después me doy cuenta de que no me queda dinero en metálico para seguir matando ciertos recuerdos con alcohol y decido que voy en busca de un cajero. Se lo digo al chico que está tratando de arrastrarme a la pista de baile y aunque insiste en invitarme él, consigo quitármelo de encima. Creo que se da cuenta de que no va a sacar (ni meter) nada, porque al acercarme a Bea para avisarla atisbo por el rabillo del ojo que se acerca a un grupo de mujeres en busca de nuevas presas a las que contarles que una vez hasta se cayó de la cinta de correr porque odia hacer ejercicio en espacios cerrados.
Le hago señas a Bea, que está muy acaramelada con su maromo. No me entiende y me grita que «qué quiero».
—¡Dinero!
Veo que me va a tirar su bolso, pero lo que yo quiero es salir de allí cinco minutos. Niego con la mano y le enseño mi tarjeta de crédito. Asiente y vuelve a enroscársele al desconocido del culo prieto. Hoy le tocó a ella el jabato y a mí mirar. Ya volverá la suerte.
Ando despacio por el paseo cruzándome con pandillas de guiris exageradamente borrachos y rojos. Pregunto a unos con pinta de foráneos por un cajero y me mandan dos manzanas más para allá. Menos mal que me puse zapato plano.
Sigo caminando y me meto poco a poco en mis pensamientos. Cuando llego al banco estoy hasta el cuello de recuerdos de mi relación con Álvaro. Todo tonterías. Ese ronroneo que escapa de su garganta cuando le tocas el pelo en la cama o el modo sensual en el que jadea cuando vuelve de correr.
Ni siquiera sé cuánto he sacado y vuelvo con intención de decirle a Bea que no estoy de humor, que mañana será otro día y que me voy a dormir al hotel. Cuando llego al local donde la había dejado…, sorpresa, no la encuentro. Miro hasta en los baños de caballeros, donde ella no está pero me ha parecido ver una anaconda.
Localizo al amiguete de su ligue, que ahora está susurrándole al oído a una morena bajita, y le pregunto si ha visto a mi amiga.
—Sí. Se fue con mi amigo.
—Ah… —respondo sin saber qué más decir sin parecer imbécil.
—Mi amigo me avisó de que se iban a vuestro hotel.
Aprieto los labios, finjo otra sonrisa y salgo del garito cagándome en toda la estirpe de Bea. ¿Y ahora dónde se supone que voy a ir yo si ella está jincando como una posesa en nuestra habitación de dos camas? ¿Me siento en la mía a mirar?
Tengo la noche tonta y me entran ganas de llorar. Reprimo las lágrimas y sigo a lo largo de la playa. Álvaro. Álvaro en todas partes. Y yo que quería escapar de él… Me lo traje en la maleta.
—Vámonos a la playa, Silvia. Se te olvidará ese jodido mamón mientras te chuscas a un buenorro.
Me cagüen Bea.
Así que he llegado casi al final de la playa con la lengua fuera porque sin darme cuenta casi lo hice corriendo. Cerca de la orilla, a lo lejos, se mueve gente. Seguramente un botellón nocturno, una pandilla de amigos de vacaciones y esas cosas. Me quedo mirándolos. Puedo levantarme e irme después de recuperar el resuello, pero me apetece quedarme allí, en silencio. Empiezo a pensar y, cómo no, pienso en Álvaro. Otra vez.
Me pongo triste. Y tengo muchos motivos. Lo nuestro ha sido de verdad y muy bonito. Bueno, fue. Pero ha durado mucho tiempo y yo le he querido. ¿O le quiero aún? Y al planteármelo, dos velas de mocos caen sobre la arena y estallo en llanto. Cojo el teléfono y miro la hora. Las tres y media. Me recuesto sobre la arena y me pongo a pensar en él. Álvaro es un tren de mercancías a toda velocidad, follándome sin parar. Y a pesar de eso, no es esclavo de su cuerpo, pero yo sí; del suyo y del mío. Él siempre le ha dado significado a cada una de las caricias que me ha regalado. El sexo siempre definió por dónde andaba lo nuestro. Y no es porque Álvaro sea blando con el sexo. A Álvaro las cosas siempre le han gustado… firmes. Pero él le daba sentido.
Unas risas bastante cercanas me sacan del estado de lloriqueo y moqueo y me pongo alerta. Me extraña, porque es una zona poco concurrida. No es que me vaya a afectar mucho que unos desconocidos me vean allí hecha un despojo, pero prefiero evitarlo para no darme más pena a mí misma. Ay, amiga autocompasión…
La luz que proviene del paseo recorta la figura de una pareja. Ella anda tambaleándose, riéndose y toqueteándolo a él. Todo en un plan bastante histriónico. Él, sin embargo, camina cogido a una lata que imagino es de cerveza. Los dos son altos y delgados, con las piernas largas. Por un segundo me pregunto si no se tratará de dos extraterrestres que han decidido llevarme con ellos a mi planeta natal.
No deben de percatarse de mi presencia, porque se sientan mucho más cerca de lo que lo haría una pareja que busca intimidad en mitad de la noche. Ella está visiblemente borracha o colocada. Habla sin parar de cosas sin mucho sentido, como en un burbujeo de palabras que su acompañante parece ignorar. Él mira al frente, impasible, y al final se recuesta en las dunas, con las manos debajo de la nuca, entrelazadas. Todos decimos que Sálvame es telebasura, pero no podemos evitar sentirnos seducidos a mirar en estas ocasiones. Aun así, seguimos teniendo fe en la humanidad, qué cosa más curiosa.
Entonces ella lanza una risita y apartando su larga melena lisa, se agacha hacia él mientras sus manos manipulan su pantalón. Vuelvo la cabeza hacia el mar, temiendo estar a punto de presenciar una escena de sexo oral playero, pero el morbo me puede y quiero asegurarme, así que me giro otra vez para ver cómo él le coge la cabeza y la levanta.
—No hagas eso —dice—. Nadie te lo ha pedido.
—¿No quieres? —contesta ella con una voz lasciva.
—No —responde él secamente.
—Joder…, pues… ¿qué hacemos? ¿Quieres follar?
Él gira la cabeza hacia ella en un gesto que me parece mucho más despectivo que una mala contestación, pero no se da por aludida.
—¿Tienes coca? ¿Nos hacemos unos tiros? —insiste.
Escucho un resoplido y después él, chasqueando la lengua contra el paladar, la aparta del todo.
—¿Por qué no te vas? —le dice.
—¿Por qué?
—Porque prefiero estar solo.
—Pero…
—Venga, mira, toma. —Se mete la mano en el bolsillo y saca algo que deduzco que es un billete—. Coge un taxi, vuelve dondequiera que vivas o duermas o yo qué sé. Pero vete.
Sin esperar respuesta él se levanta y camina hacia la orilla pasando por delante de mí, pero sin percatarse de que estoy aquí encogida.
A ella la pierdo de vista pronto y él continúa paseando hasta meter los pies y parte de las piernas en el agua, vestido. Se sienta en la orilla sin importarle mojarse y allí sigue.
Me concentro en mis cosas y le ignoro. Tíos raros hay en todas partes, desde luego.
En mi estado (de embriaguez, para qué negarlo) me adormezco. Bien, lo que me faltaba para hacerlo todo más lamentable: borracha y dormida sola en una playa solitaria. Pero cuando estoy a punto de dormirme, lo veo acercarse hacia donde estoy acurrucada. La noche está empezando a aclararse y se intuye que dentro de poco aparecerá el sol. Mi intención es levantarme e irme, pero me quedo atónita cuando una de las luces del paseo le ilumina la cara. Tiene los labios mullidos y la sombra de una incipiente barba se asoma en sus mejillas. Lleva el pelo desordenado, desgreñado pero corto y una camiseta de los Ramones. Tiene los ojos del color de un caramelo fundido. Sí, lo sé, desde donde yo estoy no he tenido oportunidad de verlos, pero es que yo ya sé de qué color tiene los ojos. Unos ojos dulces, sensuales y hondos, algo intimidantes, enmarcados por pestañas espesas y oscuras, como su pelo. Tiene una mirada…, una mirada salvaje, como dirían en ese tipo de novelas que me compro en la estación de autobuses por tres euros. Son unos ojos que podrían hacer suspirar a cualquiera.
Se levanta un poco de arena cuando él se deja caer a mi lado, mirando hacia la orilla. Sus vaqueros están húmedos y oscurecidos y sus zapatillas Converse llenas de arena. Parece ser que esos ojos también me han visto a mí.
—Hola —susurra.
—Hola —contesto.
—¿Llevas ahí mucho tiempo?
—No escuché ni vi nada —respondo muy rápido.
Él me mira de reojo y se revuelve un poco más el pelo.
—Aunque lo hubieras hecho no tiene importancia. Es algo que pasa más a menudo de lo que a ellas y a mí nos gustaría.
—Hombre…, no es para tanto, ¿no? Quiero decir… que no suena muy torturador que se ofrezcan a chupártela.
—¿No decías que no habías visto ni oído nada? —Sonríe de lado.
—Bueno…
—¿Qué haces aquí? —pregunta con un tono de voz lánguido.
—No quieras saberlo. Es una historia demasiado larga.
—¿De drogas, sexo y rock and roll?
—No.
—Mejor. De esas estoy cansado. ¿Por qué no me lo cuentas?
Abro un montón los ojos y cojo aire. Después resoplo y miro hacia el mar. Ese tipo de cosas solo me pasa a mí, está claro. Le echo un vistazo rápido y un montón de burbujas me suben por el esófago creándome una sensación de náusea. Pero náuseas de nervios, no de asco. Justo el perfil que me está dando es el mismo que aparece en la portada de su último disco.
«Bueno, Silvia, si para algo estás preparada en esta vida es para salir airosa de las situaciones más extrañas», me digo. Así que me echo el pelo hacia atrás y empiezo a hablar, en voz baja:
—Yo creí que sería buena idea, ¿sabes? Venir, emborracharme y ligar con cualquiera, pero…, pero creo que solo lo hice para hacer rabiar a Álvaro. Párame cuando te aburra.
—¿Quién es Álvaro? —pregunta él en un murmullo.
Cojo aire otra vez y cuando quiero darme cuenta, ha amanecido y le he contado parte de mi vida y milagros al ganador de tres premios en la última gala de los Grammy.
NO PODRÁ SER PERO…
Alvaro y yo no hablamos del plantón, evidentemente, porque hacerlo implicaba tener que admitir que había esperado cuarenta y cinco minutos como una gilipollas frente a un despacho vacío. Y no, yo nunca he sido de ese tipo de chicas que admite hacer el ridículo cuando no hay testigos. Si todo el mundo me veía caerme del pódium de una discoteca con las piernas abiertas al puro estilo Van Damme con hernia lumbar, pues, oye, yo me levantaba, me reía con todos los demás y sanseacabó, pero no iba a admitir estar tan colada por Álvaro como para esperarle tres cuartos de hora. El muy imbécil.
Como se puede uno imaginar me cogí un cabreo mayúsculo. Cuando llegué a casa pensé en llamarle y gritarle que quién se creía que era o en mandarle una pizza a las doce de la noche. Yo qué sé. El caso es que esa rabia mutó a tristeza y después de llamar a Bea, lloré como si se acabara el mundo o, lo que es lo mismo, como si cerraran el Friday’s que había frente a mi casa y que llevaba pedidos a domicilio.
Al día siguiente traté de ignorar a Álvaro pero admito que quizá lo seguí con la mirada más de lo que hubiera preferido. Además, lo hice con cara de psicópata, la verdad. Como era consciente evité cualquier trato o conversación con él. Así resultaba mejor. Él tampoco me buscó para darme una explicación, de modo que ya me quedaba claro lo mucho que le importaba haberme dado plantón. Valiente gilipollas.
Pasaron días y días en los que, a pesar de todo, la relación se normalizó, volviendo a su cauce y a poder ser definida como «cordialidad coqueta». Y habría seguido así mucho tiempo hasta enfriarse del todo si no fuera porque debo de ser la persona con la peor suerte del mundo.
Era jueves y había salido tarde de la oficina, liada con un papeleo burocrático periódico que siempre dejaba para el último momento. Cómo no, yo siempre tan previsora. La cuestión es que se había hecho de noche en la calle y cuando llegué a casa, como estaba más o menos pasando el quinto pino, la primera a la derecha, ya era bastante tarde.
Entré en el portal, cogí las cartas del banco del buzón y subí en el ascensor canturreando el último temazo de discoteca al que había puesto mi propia versión de letra. Entré en casa y fui directa a mi dormitorio para quitarme la ropa de oficina y ponerme el pijama o, como a mí me gusta llamarlo, el traje de luces. Por aquel entonces, como ya he contado antes, vivía en un minúsculo estudio. Era tan pequeño que tenía por costumbre no encender casi ninguna luz a mi paso porque solamente con la de mi dormitorio casi se iluminaba por completo.
Me quité los zapatos, las medias y la falda y estaba pensando en qué me prepararía para cenar cuando vi una sombra moverse en la cocina. Me quedé parada, con las dos manos en el broche del sujetador, y arqueé confusa una ceja. ¿Estaba empezando con los delirios? Me fijé en la oscuridad y me pareció distinguir una silueta. Dejé caer muy despacio las manos y escondiéndome detrás de la pared, me puse un camisón blanco con un poco de encaje. No es que quisiera seducir al desconocido que pululaba en mi cocina, es que fue lo primero que encontré.
Traté de controlar la respiración y me dije a mí misma que lo más seguro era que me lo hubiera imaginado. Me tranquilicé y me obligué a comprobar que realmente no pasaba nada y que nadie estaba invadiendo mi casa. Pero al asomarme de nuevo lo que vi fue que, claramente, había un tío enorme en mi cocina.
Reprimí las ganas de gritar y tirando del bolso me lo colgué de lado. La puerta que daba a la calle no era una opción, porque tendría que pasar por donde estaba quienquiera que fuera aquel monstruo. Así que, sin pensármelo dos veces, salí corriendo, derrapé en el codo del pasillo y cogiéndome del marco de la puerta me colé en el cuarto de baño y cerré con un portazo. Eché el pestillo y tras mover el mueble donde guardaba las toallas y los potingues, bloqueé la puerta. Unos pasos en el pasillo terminaron de ponerme los pelos de punta.
Rebusqué en el bolso dándole vueltas a la mano como una cuchara dentro de un caldero y al final cacé el móvil. Lo lógico hubiera sido llamar a la policía, pero a mí la inteligencia solo me llegó para buscar con dedos temblorosos su teléfono y llamar a Álvaro. ¿Por qué? No tengo ni idea. Lo cogió, sorprendido, al tercer tono. No solíamos llamarnos.
—¿Qué pasa, Garrido?
—Hay…, hay un tío en mi casa —balbuceé—. Hay un tío en mi casa, Álvaro.
Y tapándome la cara, sentí cómo el ataque de histeria se abría paso por todo mi organismo.
—¿Qué dices? —me preguntó con la voz tensa como un cable de acero.
—Que hay alguien en mi casa. No sé quién es. No sé qué hacer.
—¿Dónde estás? —Y empezó a dar muestras de que su serenidad habitual se iba rompiendo.
—En el baño.
—No salgas. ¿Me escuchas? No salgas. ¿Has llamado a la policía?
—No. —La respiración empezó a entrecortarse cuando seguí escuchando pasos por toda la casa. Esta vez mucho más rápidos y violentos—. Por favor, Álvaro, por favor…
—No te muevas —contestó con la voz muy queda—. No salgas. Voy a llamar a la policía y… lo que tarde en llegar.
A la policía le llevó presentarse allí quince largos minutos, que a mí me parecieron dos o tres horas. Cuando llegaron se encontraron la puerta que daba acceso a la calle abierta de par en par y, por supuesto, la casa vacía. Llamaron con los nudillos a la puerta del baño y después de cinco difíciles minutos, me convencieron de que eran las fuerzas del orden y yo abrí el pestillo.
Álvaro llegó al rato y entró como un toro en una cristalería. El policía que se encontró en la puerta debió de ponerle algún problema, porque le escuché espetar con la voz más alta de lo habitual:
—¡Yo os llamé! ¡Apártate!
Cuando entró en el salón seguido de dos policías solo me apeteció hundirme en su cuello y llorar. Pero no lo hice. Nos miramos en silencio y tras unos segundos se acercó al rincón en el que yo estaba sentada, en el suelo. Quise que se dejara caer de rodillas delante de mí, me cogiera la cara entre sus manos y dijera algo como: «Silvia…, ¿estás bien? ¿Te ha hecho algo? Voy a hacerte el amor para que se te pase el susto», pero no. Cogió una manta del sofá, me la echó por encima y me preguntó:
—¿Qué coño ha pasado?
Llevaba el pantalón del traje y la misma camisa con la que había ido a trabajar, sin corbata y con dos botones desabrochados en el cuello. Pero no llevaba chaqueta. Me pregunté si la tendría en el coche o si había salido tan deprisa de su casa que ni siquiera se había acordado de cogerla. Hacía frío.
Álvaro se puso en cuclillas y le agarré la camisa. Después empecé a hiperventilar.
—Tranquila. —Me abrazó y su mano se enredó en los mechones de mi pelo—. Shh…, tranquila.
Sin esperármelo se puso de pie, tiró de mí y me levantó. Preguntó a un policía que estaba pululando por allí dónde se encontraba la habitación y me condujo hasta ella en brazos. Que Álvaro me llevara en brazos a la cama era algo que casi valía el susto que me había llevado.
—Voy a ir a hablar con ellos un momento —dijo en susurros, cerca de mí—. Vuelvo enseguida.
—No, no, no —supliqué cogiéndole de la muñeca.
—Shh…
Cerró la puerta a sus espaldas y le escuché preguntar por el responsable. Después de un buen rato, volvió con un policía que me hizo doscientas mil preguntas y cuando el reloj marcaba más de la medianoche, apareció mi casero y poco después un cerrajero. Más tranquila me senté en el sofá para ver mi pequeña casa plagada de gente. Y al único al que me apetecía ver era a Álvaro. Lo más extraño es que yo nunca necesité a nadie para solucionar mi vida, a pesar de tener tres hermanos mayores del tamaño de un armario ropero. Yo sola me basté siempre… ¿hasta ese momento?
Atontada y muy asustada entendí que quien había entrado en casa era un exinquilino indeseable que aún conservaba las llaves. Muy bien, mini punto para mi casero por ser tan previsor y que no se le ocurriera cambiar la cerradura hasta aquella noche.
—Dígame una cosa —oí decir a Álvaro, que estaba de pie junto al sofá, con las manos en los bolsillos—. ¿Es usted imbécil o solo lo parece?
Mi casero se quedó lívido y comenzó otra vez con su mantra de disculpas mientras yo, envuelta en la manta y hecha un ovillo, los miraba.
—Las disculpas no servirían de nada si ahora Silvia estuviera herida, ¿entiende? —Y al decirlo sus ojos grises, helados, se clavaban en mi casero como dos cuchillos—. Mañana mismo hablaré con mis abogados. Igual ellos pueden hacerle entender lo soberanamente gilipollas que es. Y le aseguro que le sacarán algo más que un lo siento de mierda.
Alargué la mano y cogiendo la suya le pedí que se tranquilizara con un hilo de voz. No podía creerme que estuviera tan absolutamente exaltado y enfurecido. ¿Estaba preocupado por mí? ¿No significaba eso que yo le importaba? ¿O es que simplemente las cosas mal hechas le enervaban? Álvaro se pasó las dos manos por el pelo, nervioso y chasqueando la lengua, dio media vuelta y volvió a pasearse por el pasillo, arriba y abajo.
A las dos de la mañana mi casa volvió a vaciarse hasta que nos quedamos solamente nosotros dos. Nosotros dos y sin noticias de mi televisor, mi DVD y mi hucha de cerdito para el viaje a Nueva York. Menuda sorpresa se iba a llevar el caco al percatarse de la cantidad ínfima de céntimos cochambrosos que contenía.
Escuchamos al último policía cerrar la puerta al salir y nos miramos. Álvaro parecía cansado e irritado pero algo más tranquilo.
—Yo también debería irme —susurró. Yo asentí, mirando al suelo—. ¿Estás bien? —Se agachó y buscó mi mirada entre mi pelo revuelto.
—Sí. —Tragué saliva y con mi habitual instinto kamikaze añadí—: Sé que no debería pedirte esto y entenderé si me dices que no, pero… ¿podrías quedarte? No quiero…, no quiero quedarme sola. —Lo vi dudar y seguí hablando—. Es demasiado tarde para ir a casa de mi madre o de una amiga…
—Mmm… —Se mordió el labio inferior y poniéndose en pie asintió—. Está bien. Acuéstate. Estaré aquí.
—Ven… un rato —le pedí mientras me levantaba, aún vestida solo con el camisón.
Sus ojos fueron de mis hombros a mis clavículas y de allí a mi escote.
—No sé si… —murmuró.
—Por favor…
Me metí en la cama y dejé a mi lado un hueco donde él, visiblemente violento, se sentó.
—¿Te quedarás hasta que me duerma?
—Sí. Tranquila.
Me acomodé sobre la almohada y me quedé mirándolo. ¿Cómo diablos se podía ser tan guapo?
—¿Te tumbas? —pregunté en tono lastimero.
Álvaro no sonrió y se levantó de la cama. Cuando pensaba que había pedido demasiado y que se iría, se desabrochó el cinturón, lo sacó de las trabillas y lo dejó en la mesita de noche, enrollado. Se sacó la camisa de dentro del pantalón y puso una rodilla en el suelo y después la otra para desabrocharse y quitarse los zapatos y los calcetines. Después se dejó caer suavemente a mi lado en la cama, pero encima de la colcha y nos miramos, compartiendo almohada. Podría acostumbrarme…
—¿Estás cómodo? —le dije sonriéndole de oreja a oreja.
—Dame esa manta. —Y contagiándose de mi sonrisa se tapó por encima.
Me sentí de pronto muy cansada. Me planteé que podía haberlo sacado de su casa para, con chantaje emocional, hacerle pasar la noche conmigo y esa idea me hizo sentir basura. Pero entonces él, de lado, me acarició el pelo y me pidió que me relajara.
—Gracias, Álvaro.
—Por nada —susurró.
—Gracias por venir —insistí.
—Puedes sentirte honrada, ¿sabes? Normalmente no soy así —dijo volviendo a ese tono entre irónico, tenso y lascivo que utilizaba siempre conmigo.
—¿Y por qué conmigo sí?
—Eres tan pequeña y tan absurda que temí verte mañana en las noticias atrapada en una guerra de bandas o yo qué sé…
Yo me reí y me destapé una pierna. Sus ojos se deslizaron hasta ella y fue como si pudiera tocármela con la mirada. Pensé en desnudarme entera a ver si surtía el mismo efecto…
—¿Puedo preguntarte algo? —susurró sacándome de mis pensamientos guarrindongos.
—Claro.
—¿Por qué me llamaste a mí?
Sentí cómo enrojecía y alargando la mano apagué la luz. Ojos que no ven, vergüenza que no paso.
—No lo sé. No me lo planteé. Supongo que haces que me sienta segura…
No lo vi, pero creo que sonrió. Quise preguntarle yo también algo, algo sobre por qué me había dicho que lo esperara en la oficina para hablar con él para después marcharse sin decirme nada, pero preferí callar y dándole la espalda me acurruqué y cerré los ojos.
UNA ESTRELLA DEL ROCK
Ya no hay estrellas del rock como las de antes, eso está claro. Ahora no se convierten en mitos, al menos no como los de cuando ni siquiera habíamos nacido. Aquellos eran grandes y los de ahora, una versión light. Pero si entre toda la generación sin cafeína actual hay alguien que destaca, alguien que puede compararse a los grandes, a las leyendas, ese es Gabriel (léase en inglés), el cantante de Disruptive.
Gabriel es un hombre tan guapo que de haber sido un buen chico habría supuesto una pérdida irreparable para el imaginario erótico femenino a nivel mundial. Casi siempre que sale en la prensa es por estar zumbándose a alguna modelo e it girl rebelde o por haberse enzarzado en alguna pelea de bar. Creo que es posible que alguna vez hiciera las dos cosas juntas. Es uno de esos niños malos que te arrancan un ronroneo involuntario de la garganta.
La cuestión es que Gabriel, con su pelo negro, lacio y siempre desordenado, con un leve toque emo, lleva tatuados hasta los nudillos de las dos manos con el mítico «Hate», «Love». Es tan macarra que solo con verlo en la tele se me caen las bragas hasta el suelo y ellas solitas se meten en la lavadora.
Y ahora lo tengo al lado, sentado en la arena.
Nunca he sido demasiado fan de su música, la verdad, pero sentí mucho cuando su grupo se separó, más que nada porque temí que, como en tantos otros casos, su disco en solitario no triunfara y él desapareciera de la vida pública. No lo sentiría especialmente por él; dicen que ya amasa una de las fortunas más grandes de la actual industria musical. Lo único a lo que tenía miedo era a quedarme sin poder mirar con la babilla colgando las fotos que salen de él con cada promoción discográfica. Pero no. Parece que el asunto turbio de drogas, violencia y cárcel que lo ha separado del resto de sus compañeros (que al parecer lo hacían parecer buen chico y todo) le ha dado publicidad y lo ha encumbrado como el nuevo chico malo del panorama musical. Chico malo con carita de no haber roto un plato en su vida; un engañamadres de impresión, sexi y melancólico.
Desde entonces, además de haberse tatuado el pecho, haberla emprendido a golpes con un par de paparazzi y haber protagonizado el videoclip de otra cantante de moda, ha ganado más premios que Julio Iglesias. Y saco a Julio Iglesias a colación porque resulta que, paradojas de la vida, Gabriel es español.
Como yo de él solo admiro lo bueno que está, no sé muchos datos, únicamente que nació en España, que sus padres se mudaron a un punto indeterminado de Escocia en algún momento de su niñez y que él terminó, cosas del destino, poniendo cafés en Los Ángeles, donde llamó la atención del ojeador de una agencia de modelos. Entre una cosa y otra, saltó la liebre de su talento musical y sin darse apenas cuenta, estaba grabando su primer videoclip junto a cuatro energúmenos que debían de ser los amiguetes con los que fumaba canutos los fines de semana y que, por azares del destino, sabían tocar la batería, el bajo y la guitarra eléctrica.
Ayyyy, es tan macarra…
Y aquí le tengo, sentado a mi lado, mirándome a través de los lacios mechones de su pelo negro brillante, interesándose sobre por qué Álvaro y yo rompimos. En serio, Silvia…, ¿cómo lo haces para que tu vida sea tan rara?
A pesar de lo extraño de las circunstancias que me han llevado a estar allí contándole mi vida, me siento muy cómoda. Tengo la certeza de que este chico ya lo ha visto y oído todo, así que nada de lo que yo le cuente le parecerá tan extraño y sin sentido como a la gente que me rodea. Hay algo en Gabriel que desinhibe, a pesar de lo tremendamente bueno que está. Y cuando digo que está bueno, me quedo muy corta. Es la versión macarra del príncipe de mis sueños, pero no en plan moñas, sino de esos sueños de los que te despiertas en mitad de un orgasmo brutal que no puedes controlar.
Después de un par de horas de charla, siento que no tengo mucho más que contarle sobre mí. Le miro otra vez, suspiro y le pregunto, ya para terminar, por qué le interesa todo aquello.
—Estoy harto de que la gente me pregunte cosas. A veces también apetece que alguien te cuente algo que no tenga nada que ver con…, con nada. —Se encoge de hombros.
No quiero mirarle demasiado, porque seguramente también está harto de que las mujeres lo observemos con lujuria, así que mejor miro hacia el mar, donde se refleja el sol.
—Molas. Sabes cuándo tienes que callar —dice en un murmullo, más para sí mismo que hacia mí.
No puedo evitar mirarle con el ceño fruncido, muy sorprendida. Álvaro siempre se queja justamente de lo contrario.
—Creo que eres la única persona en el mundo que opina eso —y al decirlo me río con tristeza.
—Y entonces, Silvia… —y cuando dice Silvia a punto estoy de regalarle mi sujetador—, ¿dónde vas a dormir esta noche?
—Ya es de día —contesto con la mirada perdida en el mar, que está adquiriendo una tonalidad plata y naranja.
—Pues esta mañana, ¿dónde vas a dormir?
—Me voy al hotel a probar suerte. —Me revuelvo el pelo y pongo los ojos en blanco.
—No, tía —dice muy firmemente—. Vente a sobar a casa. Tiene doscientas habitaciones.
—¿A tu casa? —y la pregunta me parece muy chillona cuando me escucho verbalizarla, a pesar de que dentro de mi cabeza la corea una multitud de hormonas desbaratadas.
—No es mi casa. No sé ni quién me la ha prestado. Solo espero que no le tenga mucha estima a las estatuas del jardín, porque creo que anoche me las follé a todas —pero al decirlo ni siquiera se ríe—. Venga, vente. Cuando te despiertes, ya si eso te vas.
—Pero…
—Venga, no seas pava. —Ahora sí sonríe, mirándome—. Es mi buena acción del año.
Me sorprende que vayamos andando. No esperaba que Gabriel se dejara ver a estas horas, a plena luz del día, sin guardaespaldas o sin un séquito. Y además con esa cara de resaca, aunque aun así está estupendo, no vayamos a pensar. Claro, va con el look. Además, hay que acercarse y fijarse mucho para ver algo a través de sus greñas. Pero tampoco hay nadie por la calle y menos en este barrio residencial, colina arriba, por donde andamos ahora en silencio. Me pregunto si Bea sería capaz de imaginarse dónde y con quién estoy. Ni en otra vida…
Me apetece preguntarle un montón de cosas absurdas, como si se tiñe el pelo y por eso es tan negro y tan brillante o si es verdad que lo echaron de una fiesta en casa de Marilyn Manson por salvaje, pero estoy segura de que no le apetece lo más mínimo que el paseo se convierta en una entrevista improvisada, así que le hago una pregunta mucho más absurda, para romper el hielo.
—Y bueno, dime…, ¿qué te ha parecido mi historia?
Me mira un momento y después se aparta sin orden ni concierto un montón de pelo de la cara. Sus dos ojos brillan cuando sonríe, con una chispa dorada en cada uno de sus iris.
—Normal.
—¿Normal? —No es un adjetivo que nadie suela utilizar conmigo.
—Sí. En el mundo en el que me muevo esas cosas no pasan. Todo es absurdo e histriónico.
—Pero no siempre has sido un cantante megaestrella del rock.
—Lo que yo hago ¿es rock? —Se ríe entre dientes—. Bueno, ya ni siquiera me acuerdo de cuando no era famoso. Me parece que hace siglos de eso.
—Si no fuera porque es de día y no te has desintegrado daría crédito a esa leyenda urbana que dice que eres vampiro.
Mete las manos en los bolsillos de su vaquero maltrecho y lanza una risita ronca.
—Lo que no entiendo es…, joder, tía, no te pega nada un tipo estirado como el tal Alberto —sentencia después de mirarme a través de su flequillo.
—Álvaro —puntualizo—. Y supongo que el amor es ciego.
—Bah, no me vengas con esas. Pareces una tía inteligente, no puedes pensar así.
—¿Que el amor es ciego?
—En el amor en general. La cuestión es esta: nos fijamos en las tías que nos la ponen dura. Si molan, nos quedamos con ellas. Si no molan, nos hartamos y a otra cosa. Y si una tía te la pone dura y te mola, pues ya te piensas lo de tener hijos y esas cosas. A vosotras os pasa lo mismo. Es cuestión de costumbre y sexo. No hay amor. Eso nos lo hemos inventado.
Le miro de reojo y me interrogo a mí misma si no tendrá razón. Eso explicaría muchas cosas. Pero no quiero pensar así. No quiero terminar siendo fría como Álvaro. Suspiro con tristeza.
—¿Qué? —me dice parándose frente a una enorme y señorial casa pintada de blanco con un portón de hierro forjado negro.
—Qué pena, parecías un tío inteligente.
Gabriel se echa a reír despreocupadamente y de pronto me parece un chiquillo. Después pone un pie sobre el muro de piedra que hay junto a la verja y de un salto se cuela dentro.
—¡Oye! ¡Que yo no voy saltando vallas en plan gacela trasnochada! —le grito.
Aparece de nuevo y abre el portón desde dentro.
—Entra, pava. —Y después, riéndose, me da una suave patada en el trasero enfundado en los vaqueros.
—¿Sueles hacer estas cosas? —le digo con una expresión divertida.
—¿Qué cosas?
—Recoger a desconocidas en la playa y traértelas a casa.
—Más veces de las que me gustaría confesar. Pero no te ofendas. —Me echa otra de sus miraditas a través del pelo desordenado—. Suelen terminar espatarradas en mi cama, no en la de invitados.
—Si tuviera que ofenderme por eso… —lanzo un bufido y le sigo por un caminito de adoquines blancos que salpican un césped pisoteado.
No puedo evitar echar un vistazo a dos de las estatuas clásicas (de esas con un punto hortera irresistible) que hay a un lado y otro del jardín… Sí, ciertamente parece que han sido mancilladas recientemente. Yo diría que incluso algún desalmado les ha robado la virtud.
Gabriel abre la puerta principal y se pone un dedo sobre los labios para pedirme silencio. En un susurro añade:
—Toda la prole debe de estar sobando.
—¿Cuánta gente hay aquí ahora mismo?
—Cuando empezó la fiesta creo que contamos cincuenta. Cincuenta entre borrachos, drogadictos y putas.
—Da gusto escucharte hablar, pareces un trovador.
Gabriel no da muestras de que le haga gracia ni tampoco de que le ofenda; solo me lleva escaleras arriba después de cerrar la puerta.
—Probemos suerte.
En un pasillo en el que fácilmente hay seis habitaciones, no encontramos ninguna sin inquilino, así que subimos un piso más. Al final, frente a su habitación encontramos una, pequeña, en la que no parece haber nadie. Pero por si acaso yo busco a conciencia, no sea que alguno de sus gorrones crea eso de que Gabriel es en realidad un vampiro y por emularlo me lo encuentre durmiendo en un armario. Pero parece que está despejado.
—Bueno… —dice apoyándose en el quicio de la puerta en una pose muy macarra y sexi—. Si no te veo cuando me despierte, ha sido un placer. Gracias por la charla.
—A ti por la cama.
—Bah, ya ves… —Se gira para meterse en su habitación, pero antes vuelve a echarme una miradita a través de su flequillo y con una sonrisita suficiente dice—: Esto…, Silvia…
—¿Qué?
—Ese tío, el de tu curro, no vale la pena. Si de verdad el amor es ciego y todas esas mierdas, a él debería darle igual que de vez en cuando te presentes en el trabajo sin bragas.
—Solo fue una vez —contesto en tono cansino, pero con una sonrisa.
—Vale, lo que sea. Búscate uno así, como tú.
—¿Y cómo soy yo?
Gabriel rebusca en sus bolsillos y se encoge de hombros a la vez que saca un paquete de tabaco arrugado.
—Especial, supongo.
Después solo guiña un ojo y se mete en su cuarto, encendiéndose el cigarrillo. Ayyyy…, es tan macarra que fuma en la cama pasando por alto los riesgos de muerte por cremación.
Gabriel, me has robado el corazón.
LA NOCHE
Me di cuenta de que estaba roncando porque me desperté con la vibración de mi propia garganta. Me removí destapándome una pierna y miré la hora pulsando el botón de luz de mi reloj Casio metalizado. Eran las tres y media de la mañana. Escuché un carraspeo y me giré hacia el lado en el que se había acomodado Álvaro; tenía las manos bajo la nuca y miraba al techo.
—¿Estás despierto? —pregunté con voz pastosa.
—Sí —dijo sin mirarme.
—Lo siento…, no…, no suelo roncar pero… debí de dormirme con la boca abierta y…
—¿Cómo? —Giró su cabeza hacia mí y después sonriendo añadió—: Ah, no, no es por eso. Es que me cuesta dormir.
—A lo mejor es por lo de la cama. Es grande, pero al no ser la tuya… —susurré mientras me frotaba los ojos—. Me siento fatal.
—No te preocupes y vuelve a dormirte.
—No, me he desvelado. Cuéntame algo.
—¿Qué quieres que te cuente? —Y al mirarlo, vi que sonreía.
Álvaro echado en mi cama, a mi lado, con el pelo revuelto y los ojos grises con las pupilas muy dilatadas era una visión de otro mundo. Envidié a la chica que lo tuviera. Seguro que había una chica. No podía ser que estuviera solo. Suspiré.
—Pues no sé. Cuéntame cómo es tu novia, por ejemplo —dije así, de golpe.
—No tengo novia, Silvia. Si la tuviera…, no estaría aquí.
Nos miramos y yo asentí. Claro. Qué novia con dos dedos de frente iba a dejar que semejante hombre fuera compartiendo cama con sus subordinadas en el trabajo. Aunque, si me fiaba de lo que él decía, nosotros éramos más que eso. Nos caíamos bien.
—Bueno, pues cuéntame cómo sería si la tuvieras. En plan cuento.
—Eres de lo que no hay. —Álvaro se echó a reír entre dientes—. Esto ya es suficientemente raro como para que encima lo mejoremos con cuentos.
—Dime al menos, no sé, cómo era tu ex…
—¿Mi ex? Pues era… seria, alta, delgada, morena…
—¿Y dónde se compraba la ropa? —pregunté a sabiendas de que la respuesta sería Hoss Intropia.
—Pues no sé…, no entiendo de esas cosas.
—¿Llevaba blusas o camisetas?
—Blusas casi siempre.
—¿Y por qué lo dejasteis? Te pega mucho salir con una de esas chicas que usan blusa.
—Nos estamos poniendo un poco íntimos, ¿no? —y al decir esto se giró y me sonrió.
Me dieron ganas de contestarle que para mí ponerse íntimo era otra cosa bien distinta, que si quería, yo le enseñaría. Pero me abstuve.
—Tú no puedes dormir y yo me he desvelado. Si quieres te cuento yo mi última relación, pero creo que con eso solo conseguiría que no volvieras a dormir nunca…
—Es que no sé por qué lo dejamos. Pues no sé. Cosas que pasan, supongo.
Nos callamos los dos. Suspiró y cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos habían pasado horas y estaba sola en la cama. Me incorporé y encendí la luz de la mesita de noche. Enseguida Álvaro llamó a la puerta formalmente y se asomó.
—¿Te he despertado? —murmuró.
Eran las seis de la mañana y él ya se había vestido y llevaba las llaves del coche en la mano.
—No —dije confusa.
—Me voy a casa. Tengo una reunión a primera hora y quiero darme una ducha, cambiarme y… —sonrió— ponerme chaqueta. Me puse un poco nervioso con estas cosas que te pasan tan de película y salí a cuerpo de casa —confesó.
—Mi casero ya notó que estabas un poco nervioso. Gracias por venir. Te veo en la oficina —contesté recostándome otra vez sobre la almohada y sonriendo.
—No. Quédate en casa hoy. Descansa.
—Pero…
—No hay peros… Quédate.
Y sin peros, se fue…
EL DESPERTAR MÁS EXTRAÑO DE LA HISTORIA DE MI HILARANTE VIDA
Una vez me desperté con un cerdito vietnamita enano teñido de rosa a mi lado en la cama. Palabrita de honor. A nuestro alrededor había tanta basura que me costó saber dónde estaba y, sobre todo, encontrar mi ropa. Creí que aquel sería el despertar más extraño de mi vida hasta que tras otra fiesta una de mis amigas entró vestida de majorette en la habitación donde yo agonizaba, tocando una trompeta que nadie sabe de dónde sacó y lanzándome encima un vaso de granizado de limón. Es suficientemente extraño, ¿no? Estoy curada de espanto y a pesar de eso…
Me he despertado con el ruido de la puerta al abrirse de par en par. Al incorporarme en la cama como Nosferatu, vestida aún, me he quedado mirando a la mujer que tenía delante, esperando que dijera algo. Si alguien irrumpe en tu habitación esperas que diga algo. Yo pensaba que iba a anunciar que el desayuno ya está preparado, pero aquí estoy, escuchándola gritar:
—¡Gabriel! ¡Deja de traer furcias, joder!
Abro los ojos de par en par y veo cómo, al tiempo que se acerca a la cama, echa mano de la cartera y me pregunta cuánto me deben.
—¡Oiga! ¡Que yo no soy ninguna furcia! —me quejo con voz pastosa.
—Ya, sí, claro. Lo de anoche fue por amor.
Me tira unos billetes encima sin apenas mirarme y se dirige hacia la puerta otra vez.
—Pero… —murmuro confusa.
—Si me vas a decir que vas a contárselo todo a la prensa, hazlo. Así le haces un poco de campaña gratis. Me da igual que digas que la tiene como un cacahuete o como un brazo. Toda publicidad es buena.
Me levanto de la cama dispuesta a tirarle de nuevo el dinero a la cara y marcharme muy digna, pero al cogerlos me doy cuenta de que son billetes de quinientos y, no sé por qué, a mis dedos les cuesta desprenderse de ellos.
Cojo el bolso y salgo al pasillo para comprobar que hay gente moviéndose por todas partes. Parece un circo. Tengo serias dudas sobre si no es realmente el circo mundial, que también ha sido invitado a dormir en la casa.
Me dirijo muy segura a la habitación de Gabriel dispuesta a despedirme, darle las gracias y decirle, de paso, que tiene a gente muy poco educada bajo su mando, cuando una mano enorme me aparta y me empotra contra una pared. Creo que la onda expansiva mata por lo menos a dos ardillas en la otra punta del mundo.
—Oye, tía, ¿no te dije que te fueras? ¿Qué quieres? ¿Llamamos a la policía? —Y detrás de la mole humana que me tiene aprisionada entre su mano y la pared aparece la maldita cerdaca que me ha tirado los billetes.
—No llames a la poli. Si los llamas no puedo darle un par de hostias —dice la montaña con brazos.
Gabriel sale de su habitación con unos vaqueros negros y sin camiseta. Tanto da. Lleva el pecho y los brazos tan tatuados que casi no se ve piel. Pero, ayyy, qué visión. Es como un ángel macarra y mis bragas luchan con voluntad propia por irse con él y meterse en uno de sus bolsillos. Es raro, porque nunca me han gustado los hombres tatuados. Pero no sé si es que sus tatuajes son diferentes o que en su piel tienen otro efecto. La cuestión es que me gusta. Estoy a las puertas de un ataque del síndrome de Stendhal. Tengo que hacer algo con esta inclinación enfermiza por los chicos guapos que no me convienen y que nunca me querrán.
—Pero… ¿qué pasa? —pregunta con voz pastosa, revolviéndose el pelo.
—Esta tía, que no se quiere ir.
—¡Claro que me quiero ir! ¡Quería devolverle a Gabriel ese dinero que me has tirado encima! Supongo que lo das con tanta facilidad porque no es tuyo, ¿no? —La miro, poniendo cara de perro de caza—. Pero no creo que a él, que es quien lo gana, le guste tanto tu actitud.
Gabriel se ríe y le pide al armario de cuatro puertas con vida propia, que parece que se hace llamar Volte, que me suelte. Después se acerca y yo, frotándome la muñeca dolorida, le tiendo los billetes.
—Toma —digo con la voz decidida de una niña pequeña—. Ahora me voy, si al gorila le parece bien.
Él se gira y me pide que le acompañe. Y para terminar añade:
—Traednos el desayuno —y lo dice sin dirigirse a nadie en concreto antes de cerrar la puerta de su habitación detrás de mí.
Me quedo apoyada en la pared viendo cómo Gabriel se recuesta en su cama deshecha, con la guitarra en el regazo. Cómo me gustaría hacerle una foto y luego imprimirla a tamaño natural para colgarla en el techo de mi habitación. Está espectacular.
—Ven, siéntate —dice sin mirarme.
—Yo en realidad debería llamar a mi amiga e irme. Ya sabes, recomponer mi dignidad perdida y esas cosas.
—¿Fumas?
Señala un paquete de tabaco.
—Sí, pero tengo en el bolso, gracias.
—Ven, siéntate —repite.
Unos nudillos golpean la puerta en el mismo momento en el que los dedos de Gabriel arrancan un susurro a su guitarra.
—Pasa —dice sin preocuparse ni de mirar.
Una chica con pinta de grupi nerviosa deja una bandeja sobre la cómoda y se va sin cesar de soltar risitas histéricas. Parece una sumisa esperando hacer algo mal para que Gabriel la siente en sus rodillas y le dé una buena tunda. Me pregunto si a él le irán ese tipo de cosas en la cama. Y sin quererlo, vuelvo a acordarme de Álvaro y de cómo hace las cosas bajo las sábanas.
—El desayuno —anuncia cuando su sumisa ha desaparecido—. ¿Puedes acercarlo?
Cojo la bandeja y la dejo sobre la mesita de noche mientras me pregunto qué narices hago aquí. Dejo también los billetes. Empiezo a sentirme violenta. La situación es demasiado extraña hasta para mí. Pero Gabriel está agarrado a la guitarra, con los ojos cerrados, tarareando algo que no reconozco y acariciando las cuerdas. Esa visión me parece mucho más erótica que si los dedos estuvieran deslizándose por encima de una mujer. Probablemente es culpa de haberme acordado del sexo con Álvaro. Cuando me siento en el borde de la cama Gabriel abre los ojos y me pregunta si sé cantar.
—Pensaba que sí hasta que un día me echaron de un karaoke.
Estira el brazo por delante de mí y alcanza una taza de café.
—No confío en el criterio del dueño de un local de karaoke. —Sonríe de lado y por dentro me derrito, pero Álvaro sonriendo de la misma manera me viene a la cabeza.
Cojo otra taza de café para mí y le pongo tanto azúcar como puedo.
—Me tomo esta taza de café y me voy —le digo.
—No te preocupes. Date una ducha tranquilamente. Después mi coche te llevará a donde quieras. ¿Te parece?
—No tienes por qué.
—Ya lo sé. Es solo por fastidiar. —Deja la guitarra junto a la cama y se concentra en su café y su cigarrillo—. No me gusta fumar solo. ¿Por qué no me acompañas?
—Uy, no. —Y me río sonoramente. Como estoy nerviosa suelto lo primero que me viene a la cabeza—. Ya sabes lo que dicen: café y cigarro, muñeco de barro.
Gabriel mantiene a duras penas el trago de café que ha bebido y tras un esfuerzo lo traga sin soltar una carcajada.
—¿Tú siempre eres así? —dice abriendo mucho los ojos.
—Sí —y contesto sin llegar a entender lo que me estaba preguntando en realidad—. ¿Qué pasa?
—Pues que…, que no estoy habituado a tías que digan lo primero que les pasa por la cabeza.
—Hombre, no es lo primero. Hasta yo tengo un filtro mental. —¿Sí? ¿De verdad lo tengo?
—¿Y tú aguantas ocho horas en una oficina? ¿Cómo es que no te dedicas, no sé, a escribir guiones?
—¿Yo guiones? Estás loco. Tanta fiesta te ha dejado tocado.
Se acomoda en la cama y me pregunta qué tal he dormido. Hombre, mejor si hubieras dormido conmigo. Pero no, no lo digo.
—Bien, hasta que esa mujer entró, me tiró el dinero y me llamó furcia. Deberías decirle algo. Eso tampoco te pone en muy buen lugar a ti.
—¿Por? —Y se acerca de nuevo la taza a los labios.
—Porque deja entender que está habituada a echar de tu casa a un montón de furcias a las que pagas cuando se van. Yo pensaba que siendo quien eras no te haría falta recurrir a la prostitución. —Frunzo el ceño.
—Claro que no. —Se ríe—. Es su manera de humillar a las chicas que traigo a casa para que se larguen pronto. Debe de tener una apretada agenda que yo debería respetar.
—Ah, ya decía yo. ¿Y a todas les tira tanta pasta o es que a mí me ha visto especialmente atractiva?
Gabriel no contesta. Deja la taza vacía en su mesita de noche y apura su cigarrillo.
—Según tu hipótesis tendré que abandonarte pronto porque me estaré cagando vivo, ¿no?
—Tus palabras son música para mis oídos —digo pestañeando muchas veces, con las manitas juntas bajo la barbilla—. Oh, mi trovador.
—¿Qué quieres? ¿Que te hable en verso?
—No, pero tienes que hablarme como a una señorita —y se lo digo muy seria, creyendo de verdad que tiene la obligación moral de hablarme con tacto y mimo.
—¿Por qué?
—¡Porque lo soy! —le contesto como si fuera una evidencia.
—¡Pues habla tú como una señorita! —se queja entre risas.
—¡No me da la gana!
—¿Era eso lo que te gustaba de Álvaro? —dice arqueando solo una ceja.
—No. Y ya basta de aplicarme un tercer grado. Cualquiera diría que soy yo la famosa y que intentas robarme una exclusiva.
—¿Sabes? Cualquiera diría que ninguno de los dos es famoso cuando hablo contigo.
Gabriel sonríe y tras coger de nuevo su guitarra le arranca unas notas. Se aclara la voz en un carraspeo y después, sin previo aviso, versiona Lovesong de The Cure, como si hubiera hurgado en mi cabeza hasta encontrar la canción que más hondo podría llegarme. La letra dice tantas cosas que me gustaría escuchar de alguien que no puedo evitar sentirme sola. Gabriel canta: «Te amaré siempre. Llévame a la luna. Siempre que estoy a solas contigo me haces sentir libre otra vez. Siempre que estoy a solas contigo me haces sentir inocente otra vez» y aunque no lo conozco, no le quiero y no significa mucho para mí desearía que me lo cantara a mí, para poder sentir que esas palabras ya me han sido dichas.
Durante los casi cinco minutos que dura su actuación improvisada creo que ni siquiera pestañeo. Me quedo embobada mirando cómo sus dedos pellizcan las cuerdas para arrancarles gemidos de armonía. Cada una de las notas me parece un orgasmo de música y su voz baja, hosca y algo rasgada, un jadeo que lo acompaña. Las variaciones que su personal voz hace de la versión original convierten el momento en algo más especial. Creo que hasta los relojes se paran.
Joder, Gabriel…, pues para no gustarme tu música, me tienes loca.
UN TRIUNFO
Mi almohada olía a él. Mucho. Tanto que solo tenía dos opciones. Una era quedarme todo el día allí; hacerle caso, no ir a trabajar y revolcarme en la cama sobre su olor. Eso era bastante enfermizo hasta para mí, así que me decidí por la segunda: darme una ducha, arreglarme como si fuera a presentarme a un certamen de belleza (pero sin el bronceado antinatural) y esperar que, con eso del susto que me había llevado la noche anterior, me mimara un poquito. Lo de oler la almohada lo podía hacer cuando volviera.
Llegué tarde, eso sí, así que supongo que no esperaba verme aparecer. Cuando abrió la puerta de su despacho y me vio sentada en mi sitio tecleando arqueó una ceja y me llamó.
—¿Estás bien? —me preguntó tras cerrar la puerta.
—Sí —le dije revolviéndome el pelo—. Prefiero estar aquí que en mi casa. Estoy más tranquila con gente. Es una tontería pero…
—No, no…, ayer te diste un buen susto. Lo entiendo.
Me dio un cariñoso apretón en el brazo y me pidió que si necesitaba algo, se lo hiciera saber.
Olía tan bien…
Después de abstraerme un rato con el trabajo empecé a rumiar la idea de que era la situación perfecta para hacer una envalentonada y no quedarme con el culo al aire si él se negaba a entrar al trapo. Resultaba arriesgado porque era mi jefe, pero me resistía a creer que de verdad no había nada en el modo en el que me miraba. Tenía miradas de las que desabrochan botones.
Así que cuando lo vi abrir el despacho casi a la hora de la salida y aprovechando que los viernes terminamos a las tres, me dije eso de que a la ocasión la pintan calva (que nunca he sabido qué narices significa) y me levanté.
—Álvaro…
—¿Sí? —Se giró.
Nos quedamos en un estrecho pasillo enmoquetado, mirándonos.
—¿Te vas a comer? —le pregunté.
Terminó de colocarse la americana en un gesto de hombros que por poco no me mató por combustión espontánea y miró su reloj de pulsera.
—Sí. ¿Por?
—Había pensado que debería invitarte a comer. Para agradecerte lo de anoche. Fuiste muy amable…
—No tienes por qué agradecerme nada. Lo hice con mucho gusto. —Sonrió y otra vez sus ojos grises fueron helándome en el recorrido hacia mi escote.
—Pero yo quiero hacerlo.
—Ya… —Cogió aire mirando hacia otra parte—. La cuestión es que me pillas…, tengo que…
—Ah… —Me sonrojé—. No pasa nada.
—No, es que… —quiso explicarse.
—No, no pasa nada.
—Es que tengo una reunión esta tarde con La Momia —el jefe de su jefe, al que yo había tratado de sacar a bailar una conga imaginaria— y ese hombre no me gusta. Y encima viernes por la tarde. Tengo…, tenía pensado coger algo para comer y volver al despacho a repasar la presentación de las cifras del trimestre y los próximos proyectos…
—Ya, bueno. Nada. Pues suerte —le dije fingiendo entusiasmo.
—Pero… ¿qué te parece esta noche? —Y sacó la BlackBerry del bolsillo interno de la americana y la consultó con dedos ágiles.
Le miré y me imaginé con los ojos de los dibujos animados japoneses, enormes y llenos de chispitas de brillo ilusionado.
—¿Esta noche? Pues… está bien —respondí con una sonrisa de oreja a oreja.
—Luego concretamos, ¿vale? —Me miró fugazmente, sonriendo.
—Estupendo.
Y salió de la oficina sin mirar atrás mientras yo le observaba el culo con cara de pervertida.
A los quince minutos volvió a pasar en dirección a su despacho con una bolsa de papel marrón de la tienda de comida biológica que había junto a nuestro edificio. Con una sonrisa comedida se despidió antes de cerrar la puerta.
Recogí las cosas a regañadientes. Era la hora de irme pero estaría horas mirándole…
Justo cuando ya había terminado todo el ceremonial de recogida de trastos, Álvaro salió poniéndose la americana y al percatarse de que lo estaba mirando echó mano de nuevo a la BlackBerry y salió a toda prisa. Dos minutos después recibí un correo electrónico suyo en la mía.
Para: Silvia Garrido
Fecha: viernes 14 de febrero. 15:20
De: Álvaro Arranz
Asunto: Esta noche
No se me ha olvidado. Elige tú el sitio. Mándame un correo con la dirección y la hora y allí estaré. ¡Y vete ya a casa tú que puedes!
Álvaro Arranz
Gerente de Tecnología y Sistemas
Al mirar el correo electrónico me di cuenta de la fecha en la que estábamos y de que iba a ser una verdadera putada salir a cenar en la noche de San Valentín. Álvaro andaba tan al trote que probablemente no se había dado cuenta. Pero tenía tanto miedo a que si aplazábamos la cena al final jamás la hiciéramos que me callé. Rebusqué en mi cartera una tarjeta de algún sitio que me gustase, que tuviera estilo, que mi bolsillo se pudiera permitir y al que no le pegara demasiado eso de hacer cosas horteras la noche de San Valentín. Localicé uno y llamé desde mi mesa. El elegido fue el Bar Tomate. La chica me juró y me perjuró que no habría nada fuera de lo normal más que un par de postres y quizá alguna vela, así que reservé. Qué ilusión me hizo reservar mesa para dos. Esos dos éramos Álvaro y yo. No daba crédito.
Para: Álvaro Arranz
Fecha: 14 de febrero de 2012. 15:30
De: Silvia Garrido
Asunto: Lugar y hora.
Bar Tomate
Calle Fernando el Santo, 26
A las 22.00
Silvia Garrido
Asistente de Sistemas
Mientras salía de la oficina iba dándole vueltas a la posibilidad de que volviera a dejarme plantada como aquella vez en su despacho. Pero sola en un restaurante la noche de San Valentín no es lo mismo que sola en el edificio de la empresa una tarde cualquiera. Me di una reprimenda a mí misma al llegar al autobús; me llamé ceniza y me dije de muy malas maneras que esa no era actitud para enfrentarse a nada. Cenar es más íntimo, algo tenía que significar.
Llegué a casa y volví a darme una ducha, esta con la intención de relajarme. Después me hice una depilación de emergencia (nunca se sabe qué puede pasar) me puse hidratante perfumada, mi mejor ropa interior y elegí un vestido negro de corte fifties, con mucho vuelo en la falda, que marcaba mi cintura y me hacía sentir sexi. Me puse medias de liguero y volví al baño a arreglarme esa maraña de ondas color ardilla que es mi pelo. Lo sequé con la raya al lado dejando que, como era natural en él, se ondulara sobre sí mismo en bucles tan grandes que jamás podrían ser rizos. Me puse eyeliner, el nuevo colorete color coral de Benefit y un pintalabios a juego (además de los inconfesables dos kilos de rímel en cada ojo y los polvos para tapar rojeces y marcas de granos inexistentes que yo me dedicaba a convertir en una carnicería).
Antes de salir me calcé los zapatos, unos stilettos negros de tacón alto, me puse un abriguito rojo que quedaba muy bien con el vestido y saqué los bonitos guantes lady que me había regalado mi madre por Navidad, de cuero negro y muy cortitos. Cogí la cartera de mano y, tras darme el último repaso de gloss delante del espejo de la entrada, salí de casa, no sin que me recorriera un escalofrío al acordarme de la noche anterior y del susto que me llevé.
A las diez y diez Álvaro aún no había aparecido ni mandado ningún mensaje, así que decidí entrar. Hacía un frío que pelaba y esa parte que las medias no me cubrían estaba congelándose. A ver qué hacía yo con unos labios vaginales con pinta de ventresca de merluza. El encaje de las braguitas como que abrigar, abrigar…, no.
Me dieron mi mesa y pedí una copa de vino que llegó justo cuando escribía un sms a Álvaro para preguntarle si había recibido mi email.
«Estoy en el Bar Tomate. ¿Recibiste la dirección?».
Los minutos pasaban despacio. Muy despacio. Me parecía que todo el mundo me miraba, que todos pensarían en lo triste que resultaba quedarse esperando a alguien el día de San Valentín, vestida para la ocasión. Cada minuto que pasaba era como un dedo que me daba golpecitos en la espalda y me susurraba que no vendría. Me imaginaba bebiéndome una segunda copa y saliendo borracha del bar. Vale, con dos copas de vino no me emborracho ni poniéndoles matarratas, pero así mi película mental quedaba mejor, más melodramática. Cogería un taxi y, borracha y llorosa, con los dos kilos de rímel deshaciéndose en surcos negros sobre mis mejillas, apoyaría la cara en el cristal mientras la ciudad me tragaba y me odiaría por volver a confiar en él. Y después Bea me llamaría imbécil y me abrazaría.
¿De qué me servía estar allí esperando a alguien que me daba plantón? Eran ya las diez y media cuando pensé que lo mejor para mi dignidad era pagar la copa, llegar a casa, ponerme ese pijama con el que parecía Tinki Winki y quemar toda la ropa que llevaba puesta.
Me levanté y cuando iba a coger el bolso de mano… Álvaro entró a toda prisa en el Bar Tomate, salvándome de tener que contar aquella historia lamentable en una noche de chupitos con mis amigas. Alguna de ellas acabaría diciendo algo como que era demasiado guapo para mí.
Y juro que me pareció que el tiempo se paraba cuando sonrió y a paso rápido se dirigió hacia nuestra mesa. La madre del cordero místico… ¿él sería consciente de lo que una mujer sentía en las bragas cuando sonreía?
Le devolví la sonrisa y me pidió perdón sin voz, vocalizando. Llevaba el mismo traje gris marengo que vestía en el trabajo, con lo que deduje que no había podido pasar por casa. Le esperé levantada y al llegar hasta mí me dio un beso en la mejilla y volvió a disculparse.
—¿Te ibas?
—Eh… —dudé.
—No, no; no pasa nada. Son las diez y media. Habría sido justo que me hubieras dado plantón. —Y sonrió de una manera que jamás había visto en el trabajo. Era una sonrisa relajada y sexi.
—Pensé que…
—Es que la reunión se eternizó y se me terminó la batería de la BlackBerry. Menos mal que me acordaba del nombre del sitio y pude entrar en la oficina para buscar la dirección en Internet. Te mandé un correo desde allí, pero tengo el Inbox a punto de reventar y no sé si te habrá llegado.
Consulté los correos de la BlackBerry que tenía silenciados, mientras pensaba sobre lo hablador que parecía estar Álvaro. Aquello era una novedad. Probablemente era la parrafada más larga que había escuchado de su boca, a excepción de cuando en las reuniones de coordinación se ponía a explicar y repartir proyectos.
Y allí estaba…
Para: Silvia Garrido.
Fecha: 14 de febrero de 2012. 22:01
De: Álvaro Arranz
Asunto: ¡Maldita Momia!
Llego mil años tarde, lo sé. Cojo un taxi y voy volando.
Lo siento.
Álvaro Arranz
Gerente de Tecnología y Sistemas
Levanté la mirada esperanzada y le sonreí.
—Sí, me ha llegado. No se me ocurrió mirarlo. Te mandé un mensaje.
—Lo siento. —Hizo un mohín—. No suelo llegar tarde.
Pero sí plantarme, pensé. Me encogí de hombros y alcancé la carta.
—No importa. Ya estás aquí.
—Vengo muerto de hambre. ¿Qué sirven aquí?
—El carpaccio con foie está buenísimo.
—¿Sí? Me fío.
Llamó con un gesto a la camarera que por poco no se le salieron los ojos de las órbitas al verle. El efecto Álvaro. No creo que tuviera nunca problemas en la barra de una discoteca para que le sirvieran una copa a la primera.
—¿Puede traerme una copa de lo mismo que tomaba ella? —le dijo en una caidita irresistible de pestañas—. Otra para ti, ¿verdad?
—Sí —asentí, ilusionada como estaba.
—¿Les ha dado tiempo de echar un vistazo a la carta? —dijo la camarera con cara de estar presenciando una aparición mariana.
—Yo tomaré el carpaccio con foie. Silvia…, ¿tú?
—Yo el tartar de atún con aguacate.
—¿Algo para picar antes de los platos principales?
—¿Qué nos recomiendas? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—Las croquetas de ceps —contestó como si lo hiciera desde el fondo de una hipnosis.
—¿Silvia? —me preguntó, buscando mi beneplácito. Asentí y añadió—: Pues eso. —Y la sonrisa de Álvaro se giró hacia mí.
Vale. Pues allí estábamos. Cenando. Qué bien. ¿Y ahora de qué narices hablaba yo con él? ¿De lo muy cachonda que me ponía? ¿O de lo colgada que empezaba a estar por él?
—Estás muy guapa —dijo mientras inclinaba la cabeza a modo de reverencia—. No tendrías que haberte molestado. Yo ni siquiera pude cambiarme.
—Bueno, no es nada. Es solo que…, bueno, que tengo este vestido tan bonito y jamás lo uso. —Planché nerviosa la tela con la palma húmeda de mi mano derecha. Y no era lo único que se humedecía si Álvaro me hablaba.
—¿No sales con tus amigas a cenar?
—Oh, claro. Pero si me pusiera esto se reirían de mí y seguramente terminaría metida dentro de un cubo de reciclaje. No es un decir. Ya lo hicieron una vez.
—¿Y qué sueles ponerte para salir? —Cruzó los brazos encima de la mesa, a la altura del pecho.
—Pues… vaqueros con camiseta o blusa… —Me encogí de hombros.
—Blusas, ¿eh?
Me quedé mirándolo con los ojos entornados. Me costó unos segundos reconocer en aquella pregunta un guiño a la conversación que habíamos tenido en mi cama en plena madrugada sobre su exnovia. De modo que ese era el Álvaro real, el de fuera de la oficina, ¿eh?
—No te rías de mí —dije en un mohín fingido.
—Haces preguntas de lo más extrañas en mitad de la noche, ¿lo sabes? —Una mano tímida con una botella llenó su copa y la mía—. Gracias.
Me quedé mirándolo mientras la camarera trataba de volver a la barra y no desmorrarse por el camino, lanzándole miraditas a Álvaro y sorteando mesas.
—Tú sabes que eres guapo, ¿verdad?
Álvaro abrió la boca y soltó una carcajada.
—¿A qué viene esa pregunta tan capciosa?
—Disfrutas haciéndole ojitos a la pobre camarera. ¿No ves que le tiemblan las canillas? Ya sabe que eres guapo. No se lo recuerdes —y todo lo dije con una sonrisa perversa en los labios.
—No le hago ojitos a nadie más que a ti. —Se rio—. ¿Surte efecto? —Como no supe qué contestar me puse a beber vino y él se acercó hacia mí por encima de la mesa—. ¿Qué me dices de ti? —susurró.
—¿Qué dices de mí?
—Vienes aquí con esa boquita pintada de rojo. ¿A cuántos hombres ha torturado el vaivén de tus caderas cuando venías hacia aquí?
Puse los ojos en blanco. ¿El vaivén de mis caderas? Por Dios santo. ¿De qué década olvidada había rescatado ese comentario?
—No me tomes el pelo —me quejé.
—Nunca se me ocurriría. Aún recuerdo que eres la pequeña de ¿cuántos? ¿Cinco hermanos?
—Tengo tres. Pero al mayor no lo temas, vive fuera y nunca me prestó demasiada atención.
—Como sea —contestó con soltura—. No me gustaría tener a tus hermanos persiguiéndome para librar un duelo a muerte por tu honor.
—Te equivocas de hermanos. —Me reí—. Los míos te facilitarían las cosas si quisieras amargarme la existencia, me temo.
Trajeron una bandejita de croquetas y dos platos para nosotros. Nada más marcharse la camarera, Álvaro me sirvió una y después colocó otra en su plato. Al metérsela en la boca gimió.
—Oh, madre mía. Espera a que se enfríen… —Y se abanicó la boca.
—Tienes hambre, ¿verdad?
Asintió mientras intentaba masticar y gemía a la vez. Partí mi croqueta en dos, pinché una parte, soplé sobre ella y cuando dejó de salir humo, se la tendí. Él la miró y después a mí. Un delicado mordisco la hizo desaparecer de mi tenedor. Hasta aquel gesto tuvo conexión directa con mi ropa interior.
—¿Puedo preguntarte por qué aceptaste mi invitación? —pregunté al tiempo que cogía la copa de vino.
—Que yo recuerde no la acepté. Esta cena la propuse yo —contestó tapándose la boca, terminando de masticar.
Me sonrojé.
—Bueno, pues ¿por qué propusiste esta cena?
—Porque eres una persona muy discreta —sentenció antes de volver a dar un bocado.
—¿Una persona discreta? ¿Tú de verdad trabajas en la misma oficina que yo?
—Bueno, eres un poco excéntrica.
—¿Sí? ¿Qué te dio la pista?
—Quizá lo del gorro de nadadora sincronizada que le pusiste a Gonzalo mientras cantabas la canción de las burbujas de Freixenet. —Sonrió.
—En serio, ¿a qué te refieres con discreta?
—Bueno, digamos que me dio una pista que jamás dijeras nada sobre ese asunto que los dos sabemos que tenemos pendiente…