1

El viento me azota la cara y la brillante luz del sol me ciega mientras vuelo por la larga carretera de Sunset Canyon a más de ciento sesenta kilómetros por hora.

El corazón me late con fuerza y me sudan las manos, pero no por la velocidad. Al contrario, es lo que necesito. La adrenalina. La emoción. Lo anhelo como una yonqui, y me afecta como a un niño un subidón de azúcar.

La verdad, me está costando la vida no llevar al límite mi Shelby Cobra de 1965 y acelerar al máximo.

Aunque no puedo. Hoy no. Aquí no.

No cuando acabo de llegar y mi bienvenida ha hecho que tenga un millón de mariposas revoloteando en el estómago. No cuando cada curva de la carretera me provoca recuerdos tristes que me dejan un nudo en la garganta y me revuelven las tripas por los nervios.

«Mierda».

Coloco una mano en la palanca de cambios, piso el freno a fondo y pongo el punto muerto a la vez que doy un volantazo a la izquierda. Las ruedas chirrían cuando hago un giro de ciento ochenta grados en el carril contrario, mientras la parte trasera del coche derrapa a un lado antes de detenerse en el ensanchamiento de la carretera. Respiro con dificultad, y creo que Shelby también. Para mí es más que un coche; es mi amiga de toda la vida, y no suelo tratarla tan mal.

Ahora, en cambio…

En fin, ahora está muy cerca del borde del barranco, con el lado del acompañante paralelo a un abismo desde el que se aprecia una panorámica de la distante costa. Por no mencionar la impresionante vista del pequeño centro de la ciudad que hay más abajo.

Pongo el freno de mano mientras el corazón me late en la garganta. Y, cuando estoy segura de que no voy a caerme por el barranco, paro el motor de Shelby, me seco las sudorosas palmas de las manos en los vaqueros y dejo que mi cuerpo se relaje.

«En fin, hola a ti también, Laguna Cortez».

Suspiro y me quito la gorra, dejo que la oscura melena ondulada me enmarque la cara y me roce los hombros.

—Contrólate, Ellie —susurro antes de tomar una honda bocanada de aire, no tanto para insuflarme valor, porque esa ciudad no me da miedo, sino para hacer acopio de ánimo.

Laguna Cortez me ganó la partida en una ocasión, y voy a necesitar todas mis fuerzas para pasear de nuevo por sus calles.

Vuelvo a inspirar profundamente y salgo del coche. Me acerco al borde del ensanchamiento. No hay quitamiedos y, cuando me asomo, tierra y piedrecitas caen ladera abajo.

Bajo mis pies, veo las rocas irregulares que surgen de las paredes del cañón. Más abajo, los pronunciados ángulos dan paso a laderas suaves, con casas de todas las formas y tamaños diseminadas entre las rocas y los arbustos. Los tejados de las viviendas van siguiendo el trazado serpenteante de la carretera que conduce al barrio de las Artes. Es una zona encajada en el valle formado por las colinas y los cañones, que da a la playa más amplia de la ciudad y atrae a un flujo constante de turistas y lugareños.

En cuanto a la población general, Laguna Cortez es una de las joyas de la costa del Pacífico. Una ciudad tranquila con algo menos de sesenta mil habitantes y kilómetros de arenosas y rocosas playas.

Mucha gente daría el brazo derecho por vivir aquí.

Para mí, es el infierno.

Es el lugar donde perdí el corazón y la virginidad. Además de a todos mis seres queridos. Mis padres. Mi tío.

Y Alex.

El chico del que me enamoré. El hombre que me destrozó.

Ni uno de ellos sigue aquí. Toda mi familia ha muerto. Y hace mucho que Alex se fue.

Yo también hui, desesperada por escapar del pesado sentimiento de pérdida y del dolor de la traición. Me juré que nunca volvería.

Si de mí dependiera, nada me habría hecho volver.

Sin embargo, han pasado diez años y aquí estoy de nuevo, de vuelta en el infierno por culpa de los fantasmas de mi pasado.

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2

Conocí a Alex Leto en mi decimosexto cumpleaños, y algo cobró vida en mi interior la primera vez que lo vi. Algo parecido a la felicidad, pero más complejo. Optimismo, tal vez, pero mezclado con arcoíris y unicornios.

El día empezó plomizo y feo, con tormentas al alba que se apalancaron sobre mi casa, extendieron sus brazos gris oscuro y trajeron consigo viento y lluvia desde el amanecer hasta la noche. Seis de mis diez invitadas llamaron para avisar de que no vendrían, pero yo ya tenía claro que la fiesta sería un desastre antes de que comenzara.

Debería haberlo previsto. Tal vez no un temporal, pero sí cualquier otra cosa. Al fin y al cabo, yo no era la más afortunada de las niñas. De entrada, era huérfana de madre.

Cumplí cuatro años el día siguiente de su muerte, y, aunque le decía a mi padre que la recordaba, para cuando tuve diez ya era mentira.

Mi tío materno, Peter, trasladó su inmobiliaria a Laguna Cortez después de que ella muriera. Mi padre no podía permitirse el lujo de contratar a alguien que lo ayudara y, como jefe de policía, tenía un horario errático. Mi padre y yo vivíamos en las colinas, pero casi todos los días me iba a la enorme y luminosa casa de la playa de mi tío Peter al salir del colegio.

Era una casa impresionante, pero detestaba pasar tanto tiempo lejos de mi padre. Quizá una parte de mí intuía lo que se avecinaba. No lo sé. Lo único que tengo claro es que lo quería cerca de mí para asegurarme de que estaba a salvo.

Sin embargo, lo que queremos no importa. Así funcionan las cosas. Los deseos son ridículos, y el destino es un hijo de su madre. El verano que cumplí trece años aprendí esa lección.

Fue cuando un asesino mató a mi padre de un disparo y después se suicidó. La gente intentó consolarme recordándome que mi padre había muerto mientras llevaba a cabo el trabajo que adoraba. Pero poco me ayudó. Mi padre seguía muerto, y a mí me parecía horrible y muy doloroso.

Después de aquello, mi vida se desestabilizó todavía más. Me mudé con el tío Peter, y todas mis amigas me consideraron muy afortunada, porque en Laguna Cortez no hay muchas casas en primera línea de playa.

Aunque no lo era. No era afortunada, ni mucho menos.

Al final acabé acostumbrándome a mi nueva normalidad. De repente, por las noches descubría que había pasado el día muy contenta y me odiaba por ello, porque ¿cómo podía estar alegre cuando mis padres habían muerto de formas tan espantosas?

De ahí que no me sorprendiera la llegada de las tormentas el día de mi cumpleaños, porque la vida siempre se acerca sigilosamente y te muerde.

Sin embargo, aunque solo vinieron unas cuantas amigas, nos divertimos. En vez de celebrarlo en la playa, nos acomodamos en el salón de la planta superior para ver películas. Cuando Brandy y yo bajamos para preguntarle a mi tío si mi pizzería preferida haría reparto a domicilio durante la tormenta, allí estaba él.

Alex era unos años mayor que yo, alto y delgado, de pelo rubio y cortado casi al rape; la cara, sin asomo de barba, conservaba todavía la redondez infantil pero con una expresión muy adulta. Sus ojos castaño claro me dejaron clavada en el sitio cuando se volvió para mirarme. Y, al ver que esa boca grande esbozaba una sonrisa amigable, sentí un hormigueo palpitante entre los muslos.

Para entonces ya me había enamorado un par de veces, pero nunca había sentido una reacción tan exagerada por un chico. Claro que Alex… En fin, al verlo entendí de repente de qué iba todo el alboroto sobre el tema mucho mejor que durante las frecuentes sesiones de cotilleos nocturnos que manteníamos en casa de Brandy, las noches que me quedaba a dormir.

Estuve a punto de desmayarme cuando se acercó para estrecharme la mano y felicitarme por mi cumpleaños. Me sentía tan aturdida que solo atiné a quedarme allí plantada, con mi mano en la suya, al tiempo que trataba de recordar la conversación de los últimos segundos.

«Alex Leto». Así se presentó. Iba a trabajar para mi tío durante su año sabático mientras elegía universidad.

—Hola —dije con voz aguda, y luego me habría dado de tortas por ser tan poco interesante.

—¿Algún problema con la película? —me preguntó mi tío, y yo lo miré con los ojos entrecerrados, sin entender una palabra—. El proyector —añadió—. ¿Has venido porque le ha pasado algo que tenga que arreglar?

—¡Ah! Vale. La pizza. Queremos pedir pizza. ¿Repartirán a domicilio con la tormenta?

—Si no reparten, puedo ir a comprarla —se ofreció Alex.

Si para entonces no me había enamorado, lo habría hecho en aquel momento. Un príncipe azul de carne y hueso en mi cocina.

Como mi tío nos dio el visto bueno, ya no había más excusas para demorarme en la cocina, así que Brandy y yo regresamos a regañadientes al salón de la planta superior.

—¡Madre mía! —susurró mi amiga mientras subíamos la escalera—. ¿Has visto la mirada que te ha echado?

—Ha sido educado —repliqué, aunque sus palabras reanimaron el hormigueo palpitante entre mis muslos, acompañado esta vez por el aleteo de un montón de mariposas en el estómago.

—¿Tú crees? —Me guiñó un ojo y la agarré por la muñeca antes de que entrase en tromba en el salón.

—No digas nada.

—¿Cómo? ¿Por qué no?

—Es que…, yo… ¿Puedes hacerlo, por favor? ¿Podemos decirles lo de la pizza y ya?

—Sí —contestó Brandy encogiéndose de hombros—. Sí, claro. Si es lo que quieres…

—Gracias.

Me miró con una sonrisa cómplice.

—Pero es monísimo.

—¿A que sí?

Las dos nos reímos como tontas y estábamos dobladas de la risa sin poder parar cuando nuestra amiga Carrie abrió la puerta con el ceño fruncido.

—¿Hola? Os estamos esperando para seguir con la película. Es muy grosero por vuestra parte, ¿no os parece?

Nos tapamos la boca con las manos para contener las carcajadas, nos sentamos y nos relajamos hasta que llegó la pizza. Y, aunque fue Alex quien la trajo y se quedó para ver la segunda mitad de Aliens: El regreso sentado a mi lado, Brandy no dijo ni pío. No lo hizo entonces. Nunca lo ha hecho.

Es uno de los motivos, quizá el mayor, que explica por qué sigue siendo mi mejor amiga.

Después de aquel día, Alex empezó a visitarnos con frecuencia. Mi tío tenía un despacho en casa, pero realizaba la mayor parte de su trabajo en las obras u oficinas de los apartamentos y los hoteles de su propiedad. Había contratado a Alex para las tareas administrativas, lo que significaba que prácticamente se pasaba los días en mi casa.

Rechazaba las invitaciones de mis amigas para ir a la playa o ver películas porque prefería quedarme en casa y agasajar a Alex con agua, bocadillos o café. Siempre que le llevaba algo, me demoraba un rato para preguntarle qué estaba haciendo, y nunca parecía importunarlo. Incluso me retenía a su lado. Hasta que un día me preguntó si quería ayudarlo.

—No es tan interesante como pasar el verano con tus amigos —me dijo—, pero me encantaría estar acompañado.

En aquel momento sonrió, y ese pequeño gesto, ese movimiento de los músculos que rodeaban sus labios, me derritió.

—Vale. Prefiero estar aquí.

—¿En serio?

Asentí con la cabeza mientras el corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que él debía de oírlo.

—Me parece estupendo, me gusta tenerte por aquí.

Lo miré a los ojos y algo rugió en mi interior. Por primera vez en mi vida experimenté el puñetazo del verdadero deseo sexual.

—De acuerdo. —Tragué saliva, en un intento por superar la sequedad que de repente sentía en la boca.

Así que eso fue lo que hice, ayudarlo cuando podía y acompañarlo sin más el resto del tiempo. Y hablar con él. De todo lo que se nos ocurría. En la vida me había sentido tan cómoda con una persona, pese al electrizante zumbido y las chispas que saltaban entre nosotros cuando estábamos cerca.

—¿Habéis hecho algo? —me preguntó Brandy cuando empezó el curso, meses después.

—¡No! Trabaja para mi tío, ¿recuerdas? Además, tiene dieciocho años y yo, dieciséis. Y él lo sabe.

Mi amiga restó importancia a mis palabras con un gesto de la mano.

—Ya, ¿y qué? Te comportas como si fueras mayor. Desde que… Bueno, mi madre dice que prácticamente te has criado sola.

La verdad, la señora Bradshaw no se equivocaba. Mi tío me dio un hogar, comida y ropa durante aquellos años, pero nada más. En casa de Brandy me sentía querida. En cuanto a lo demás… Bueno, supongo que es cierto que me crie sola.

—Tiene dieciocho años —repetí con firmeza—. Cumple diecinueve la semana que viene.

—Es perfecto —replicó con un brillo travieso en sus ojos azules—. Envuélvete con un lazo y podrás ser su regalo.

No me entregué como regalo, claro, pero, cuando cumplió diecinueve, le obsequié con una pulsera de la amistad de cuero con un nudo celta.

—Es un nudo del amor —señaló él, y sentí que me ardían las mejillas.

—Yo... no lo sabía.

—Ah, ¿no? Bueno, en ese caso todavía me parece más especial.

—¡Ah!

Me tendió el brazo.

—¿Me la abrochas?

Lo hice y le acaricié levemente la muñeca con el pulgar mientras manipulaba el cierre.

—Esto es una putada —comentó en voz tan baja que apenas lo oí.

—¿Qué has dicho?

—Lo nuestro —precisó con un deje gélido.

—Lo siento. Debería…

Me di media vuelta para irme, pero me agarró del brazo y tiró de mí. Estábamos solos en el despacho del tío Peter, y Alex no me soltaba.

—Tienes dieciséis años —masculló recalcando las palabras—. ¿Por qué tienes solo dieciséis, joder?

Meneé la cabeza parpadeando para contener el torrente de lágrimas.

—No podemos —añadió, y no necesité preguntar qué quería decir.

—Lo sé —susurré. Hasta ese momento, hablaba con la vista clavada en el suelo, pero me dije que era injusto. Se merecía que lo mirara a la cara. Se merecía ver lo que sentía. Alcé la vista y lo miré a los ojos—. Pero quiero hacerlo.

Inclinó la cabeza de forma casi imperceptible.

—Lo sé —afirmó—. Yo también quiero hacerlo.

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3

Durante meses, estar con Alex fue una tortura y una bendición a la vez. Era como vivir en una olla a presión, y creo que los dos sabíamos que llegaría el momento en el que no podríamos luchar más con la situación.

Entonces, justo después de Navidad, el padre de Brandy decidió mudarse y trasladó a toda la familia a San Diego sin previo aviso. Nos dejó hechas polvo y, el día antes de su partida, la ayudé a guardar en cajas todas las cosas de su habitación y me quedé con ella hasta que su madre me dijo que tenía que marcharme porque los de la mudanza llegarían a las cinco de la mañana. Me fui a regañadientes, mientras intentaba contener las lágrimas para que Brandy no rompiera a llorar otra vez.

Volví a casa y descubrí que Alex me estaba esperando, con el pretexto de poner al día el papeleo de mi tío. Corrí a mi habitación, incapaz de hablar con él por temor a que se me saltaran las lágrimas de nuevo.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando oí unos golpecitos en la puerta. Me incorporé en la cama, suponiendo que se trataba de mi tío, que quería darme las buenas noches. En cambio, era Alex.

Cerró la puerta al entrar y se quedó en el extremo más alejado de la habitación.

—Quería asegurarme de que te encuentras bien.

—Estoy triste —admití, y fue como si las palabras hubieran abierto las compuertas de las lágrimas—. No creo haber estado tan triste desde que murió mi padre.

—Ay, Ellie…

Casi no me di cuenta de que acababa de cruzar la habitación para acercarse. Ni tampoco de que se sentaba en el borde de la cama junto a mí, y de que me abrazaba a él para llorar en su hombro.

No sé cuándo se metió en la cama conmigo, pero lo hizo. Los dos íbamos completamente vestidos, él con sus vaqueros y yo con mi pijama, y me abrazó con fuerza al tiempo que me acurrucaba contra él. Me acarició el pelo mientras yo lloraba hasta quedarme dormida. No solo porque Brandy se iba, sino porque sabía que algún día no muy lejano Alex se iría a la universidad y también lo perdería.

Aquella noche no pasó nada. Al menos, nada de índole sexual. Pero ¿en lo emocional? En fin, si aún conservaba algún trocito de mi corazón, le pertenecía cuando amaneció al día siguiente. Se escabulló de mi dormitorio antes de que volviera mi tío, y compartimos una sonrisa cómplice en la cocina mientras yo me preparaba unas tostadas que me comí de camino al instituto. Un día como otro cualquiera. Salvo que nada volvería a ser normal.

Después de aquel momento, todos los días hubo sonrisas y miradas cómplices, y yo flotaba en una nube al saber que ese maravilloso chico se había convertido en mi ancla. Alguien sólido y real en un mundo en el que me arrebataban a todas las personas a las que quería.

No hubo fiesta para celebrar mi decimoséptimo cumpleaños. Sin Brandy y con Alex fuera de la ciudad por algo relacionado con el trabajo, fui incapaz de reunir el ánimo necesario. En cambio, el tío Peter me llevó a cenar y, más tarde, cuando se marchó, salí a dar un paseo por la playa a la luz de la luna, hacia las pozas de marea.

Me senté en las rocas, con cuidado de no caer al agua ni alterar aquel pequeño ecosistema. Había luna llena, y su intensa luminosidad permitía ver a los pececillos plateados, las anémonas marrones y el resto de la vida marina que habitaba en aquel frágil y diminuto mundo.

Estaba inclinada hacia delante para ver cómo un cangrejo ermitaño cruzaba la poza cuando oí unos pasos a mi espalda. Sentí pánico y me puse en pie de un salto, sin pensar, de modo que perdí el equilibrio. Me estaba cayendo, segura de que aplas­taría a todas las criaturas de la poza o de que me dejaría la piel pegada en las rocas.

Sin embargo, de repente dejé de caer y me encontré volando, alejándome de las rocas para acabar en los brazos de Alex.

—Te tengo —me dijo.

La sangre me atronaba los oídos. No por haber estado a punto de caerme, sino por su cercanía. Por la sensación de ese cuerpo pegado al mío mientras me sujetaba con fuerza.

Nuestras miradas se encontraron y, aunque nunca me había considerado una persona atrevida, hice el primer movimiento al zafarme de sus manos para rodearle el cuello con los brazos al tiempo que me ponía de puntillas y lo besaba.

No sentí miedo ni me preocupé por que me apartase. En cuanto nuestros labios se encontraron, supe que eso era lo que tenía que suceder. Fue un momento intenso y perfecto que provocó un incendio en mi interior mientras él me ponía una mano en la nuca y me pegaba a su cuerpo hasta que tuve la sensación de que podría meterme bajo su piel.

—Ellie —susurró cuando nos separamos, y oír mi nombre en sus labios fue como echar gasolina al fuego.

Lo deseaba. Del todo. Y de nuevo me puse de puntillas y me perdí en su sabor.

Alex titubeó un instante, y durante esos brevísimos segundos temí que me rechazara. Pero al cabo de un segundo emitió un sonido ronco y se apoderó de mi boca por completo, saboreándome y torturándome con su lengua, que pugnaba con la mía, mientras deslizaba las manos para colocármelas en el culo.

Me pegó a él, y gemí al sentir su erección contra el abdomen. Nunca había estado tan cerca de un chico, y la evidencia de que me deseaba de esa manera me hizo arder, provocó que sintiera dolor entre los muslos y que me palpitara todo.

De repente, dejó de tocarme el culo. Me metió una mano por la parte trasera de los pantalones cortos y me invitó a separar las piernas, abriéndome para él.

—Por favor —le supliqué mientras jadeaba en busca de aire.

Ni siquiera sabía qué le pedía. ¿Un dedo? ¿La polla? ¿Quería que me tumbara en la arena y me hiciera el amor? ¿Quería que me llevara de vuelta a casa?

Solo sabía que la respuesta era «sí». En ese momento, únicamente deseaba ser suya, como y cuantas veces quisiera.

Al mirarme, cuando vi la pasión abrasadora de sus ojos, supe que él también lo ansiaba.

«Está pasando. Ay, mi madre, está pasando de verdad», me dije.

Sin embargo, algo cambió en su rostro y sacó las manos de mis pantalones. Me oí gemir cuando retrocedió un paso, poniendo fin al contacto.

—¿Alex? —Capté temor en mi voz. Temor de que no me deseara. Temor de que yo hubiera hecho algo mal.

—No podemos —repuso él al tiempo que me cogía una mano y se la llevaba al torso—. Nunca he deseado a nadie tanto como a ti, Ellie. Pero no podemos hacerlo.

Intenté tragar saliva, pero tenía un nudo en la garganta por culpa de las lágrimas. Cuando le pregunté por qué, apenas me salió un hilo de voz.

Me tomó la cara con una mano.

—Acabas de cumplir diecisiete, El. Yo tengo casi veinte. Además, trabajo para tu tío. —Su expresión se endureció—. Tu tío no es la clase de hombre que pase por alto algo así. Hemos estado jugando con fuego. Si seguimos por este camino, nos quemaremos.

Quise gritarle que me daba igual. Que quería quemarme. Que quería consumirme en las llamas con él hasta que los dos quedáramos reducidos a cenizas.

Sin embargo, no lo dije; sabía que tenía razón.

Él meneó la cabeza despacio con una expresión tristísima.

—Nunca he querido…

—¿El qué?

—Esto. Nunca quise venir aquí.

—¿A Laguna Cortez? —Alcé la voz, sorprendida—. Creía que todo el mundo quería venir aquí.

—Mi padre me obligó. Pero ahora… —Dejó la frase en el aire mientras se pasaba los dedos por el pelo corto—. Por Dios, Ellie, ahora es justo donde quiero estar.

—Por favor —dije, pronunciando las palabras antes de perder el valor—. Quiero hacerlo.

Alex esbozó una sonrisilla.

—Yo también. Salta a la vista. Pero no podemos.

—Sí que podemos. Mi tío casi ni se ha dado cuenta de que somos amigos, mucho menos de que haya algo más.

—Vale. Podemos hacerlo.

Por un instante, se me detuvo el corazón, pero después siguió:

—Sin embargo, El, no lo haré —terminó.

Y cumplió su palabra.

Cada noche me acostaba y deslizaba mi mano entre los muslos mientras me imaginaba que él me estaba haciendo todo lo que había leído en las novelas románticas. Cada noche rezaba en silencio para que se colara en mi dormitorio, en mi cama.

No obstante, jamás lo hizo. Mantuvo su palabra, aunque, cada vez que nos quedábamos a solas, el ambiente estaba tan cargado que no me cabía la menor duda de que uno de los dos cedería al impulso.

Pero no lo hicimos.

No entonces. Aún no.

Durante los dos meses siguientes, nuestra amistad se cimentó. Sin Brandy, se convirtió en mi mejor amigo. Aquel verano hablamos durante horas, cuando él terminaba el trabajo, casi siempre en las pozas de marea. A veces se quedaba en casa hasta tarde, pues mi tío casi nunca estaba.

Hablábamos, cocinábamos o veíamos pelis. Generalmente de terror, porque era una excusa para sentarnos cerca y cogernos de la mano en la primera escena de miedo.

Y siempre, siempre, experimentaba el ávido y pecaminoso deseo que me llevaba a apretar los muslos para aliviar la tensión. Me imaginaba en su regazo, haciendo lo mismo que las chicas de las películas.

Y no me importaba que, si lo hacía, el monstruo de la peli también viniera a por mí.

Quizá sí que debería haberme importado. A lo mejor al final hice que los monstruos vinieran a por mí.

No lo sé. Pero recuerdo perfectamente aquel septiembre, cuando el jefe Randall vino al instituto para notificarme que mi tío había muerto. Lo asesinaron de un disparo en la nuca, lo mató el arma de un monstruo.

Presa del dolor y del miedo, corrí a casa con la esperanza de encontrarme a Alex trabajando en el despacho. Pero no estaba. Más tarde me enteré de que había ido a repasar los libros en una de las propiedades de mi tío cuando un detective de la policía fue a darle la noticia. Lo interrogaron durante más de una hora, preguntándole con insistencia por los negocios de mi tío en busca de pistas sobre alguien que pudiera desear hacerle daño.

Por aquel entonces no sabía nada de esto, solo que me moría por dentro. Necesitaba oír su voz para asegurarme de que se encontraba bien. Me arrebataban a todos mis seres queridos, ¡a todos! Una vez y otra y otra.

Me quedé toda la tarde y la noche sentada con el móvil al lado, acurrucada bajo una manta en el salón, con Amy Randall, la esposa del jefe de policía, que me trajo té caliente y galletas. Le agradecí mucho que me cuidara, pero, incluso con Amy en la habitación, me sentía sola.

Alex no me llamó, y a las diez de la noche Amy me dio un beso en la mejilla y se acostó en la habitación de invitados. Yo subí a mi dormitorio… y allí estaba él, sentado en el borde de la cama.

No sé cómo, pero conseguí cerrar la puerta y echar el pestillo antes de abalanzarme a sus brazos entre sollozos.

—Lo superarás —me susurró Alex—. Detesto que estés sufriendo, pero eres fuerte, El. Nunca olvides lo fuerte que eres.

Capté un deje extraño en su voz, y sus palabras se me clavaron en el alma cuando añadió:

—He visto tu corazón, y sobrevivirás a esto. Y te diré algo más. Te quiero, Elsa Holmes. —Su voz vibraba por la emoción—. Por eso te llamo «El» —continuó al tiempo que formaba una ele con el pulgar y el índice—. Porque es la primera letra de Love.

«Love. Amor», pensé.

La alegría se debatió con el dolor y la tristeza en mi interior mientras me tomaba la cara con una mano y me miraba a los ojos.

—Prométeme que nunca lo olvidarás.

—Alex… —Casi no pude pronunciar su nombre por las lágrimas.

—Prométemelo. —Las palabras eran bruscas. Exigentes.

—Te lo prometo.

Cerró los ojos antes de inspirar hondo. Cuando volvió a abrirlos, jadeé al ver la ardiente intensidad que mostraban. El anhelo evidente.

—Esta noche, Ellie. A la mierda con todo, pero esta noche tengo que hacerte mía.

—Sí —dije, aunque quería llorar de alivio—. Sí —repetí, a pesar de que la palabra se perdió por el suave roce de sus labios, por la inocente y tierna exploración que dio paso a algo mucho más apasionado. Algo atávico.

Maravilloso.

Me tumbó de espaldas y se sentó sobre mí mientras me besaba con pasión y yo lo agarraba por las caderas y lo pegaba contra mí, ansiando un contacto más íntimo. Necesitaba sentir el roce de su piel en la mía. Deseaba todo aquello con lo que había estado fantaseando y lo deseaba ya. Sin embargo, al mismo tiempo, quería que fuera despacio. Que durase para siempre. No quería a nadie más que a Alex, y no ansiaba más que estar entre sus brazos.

—Ellie —susurró al tiempo que me dejaba un reguero de besos por el cuello y seguía descendiendo.

No llevaba sujetador, de modo que sus labios se cerraron alrededor de mi pezón a través de la camiseta. Arqueé la espalda, tan sorprendida por la sensación que tuve que morderme la mano para no gritar. Amy estaba al otro lado de la casa, una planta más abajo, pero teniendo en cuenta lo que estaba sintiendo, si me dejaba llevar, estaba segura de que mis gritos de placer resonarían por toda la vivienda.

En ese momento bajó todavía más, me lamió el trozo de piel desnuda que quedaba entre la camiseta y los pantalones del pijama, e hizo que me retorciera debajo de él. Sentí el roce de sus dedos mientras desataba la cinta antes de levantar la cabeza para mirarme a los ojos y bajarme despacio los pantalones, junto con las bragas. Me recorrió un escalofrío, no por el miedo, sino por la expectación y los nervios.

—¿Estás bien?

Asentí y cerré los ojos cuando me besó el ombligo antes de descender todavía más. Tenía las manos a ambos lados de mi cuerpo, con los pulgares rozándome los pechos. El único contacto íntimo era el de su boca, un diminuto pedacito de piel que provocaba unas sensaciones increíbles.

Alex se movió con traviesa lentitud. Sin duda, quería asegurarse de que estuviera preparada, pero ya estaba a punto de caramelo por su pasión, por el deseo salvaje que estaba liberando en mi interior. Pese a todas las veces que yo misma me había provocado un orgasmo, nunca había experimentado la creciente expectación ni el erótico placer de que me tocaran y me condujeran por un camino de sensualidad hacia una avalancha de placer.

Casi era demasiado. Gemí y moví las caderas cuando Alex me besó el pubis. Deslizó las manos hacia abajo y me aferró de la cintura para impedir que me moviera. Solo apartó la boca de mi piel en una ocasión, y fue para hablarme. Tenía los ojos cerrados y la espalda arqueada; mi cuerpo ansiaba más.

—Deberías tocarte —me dijo—. Los pechos. Los pe­zones.

—¿Por qué?

—Te gustará —contestó—. Y a mí también.

Tragué saliva, ya que la idea de que me mirara mientras hacía algo tan privado me ponía muy nerviosa. Era irónico, teniendo en cuenta la forma tan íntima en la que él me estaba tocando. Sin embargo, hice lo que me pidió y me acaricié un endurecido pezón con un dedo. Y, ay, ¡cómo avivó las llamas! Volví a cerrar los ojos y me olvidé de los nervios según me acariciaba los pechos y él me exploraba más abajo con la boca, acariciándome con la lengua de un modo que me obligó a morderme el labio inferior para no gemir tanto que temiera hacerme daño y parase.

Y después… ¡Ay, mi madre! Luego sentí que se me tensaba todo el cuerpo antes de explotar con muchísima más intensidad de la que jamás había conseguido sola, porque sola siempre me detenía. Pero Alex fue implacable, atormentándome y chupándome hasta que me dio igual ponerme en ri­dículo y empecé a retorcerme, gemir y gritar hasta que por fin subió por mi cuerpo, me tapó la boca con una mano y me recordó que las paredes eran muy finas.

En aquel momento me abrazó y me acarició los pechos antes de ofrecerme su ayuda para quitarme la camiseta arrugada y desnudarme, mientras que él seguía vestido.

Me mordí el labio inferior y le pregunté:

—¿Quieres que…? —Contuve el aliento, a la espera de su respuesta. Estaba en la gloria, saciada, pero deseaba más. Lo deseaba a él.

—Con desesperación —contestó—. Lo quiero todo contigo, El. Quiero una noche que ninguno de los dos pueda olvidar. Quiero enterrarme en ti y sentir cómo estallas a mi alrededor. —Me besó con ternura—. ¿Te parece bien?

Asentí con la cabeza, incapaz de hablar, y él me besó de nuevo antes de incorporarse y llevarse una mano al bolsillo trasero del pantalón. Se sacó la cartera y, de allí, un condón; me sentí como una tonta en aquel momento, porque estaba tan excitada que ni se me había pasado por la cabeza.

—Lo has hecho antes —dije con un tono un tanto acusador, aunque más bien intentaba ocultar la vergüenza que sentía.

—No —me aseguró él mientras se quitaba los vaqueros y la camisa.

Puse los ojos en blanco.

—No soy tonta, que lo sepas.

La sonrisa que esbozó fue dulce y traviesa a la vez.

—Lo he hecho antes, sí. Pero nunca con una mujer a la que quiero.

—¡Oh!

—Te quiero, El, y eso me hace enloquecer.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—No deberíamos hacer esto. Esta noche no. No cuando yo… No después de… Pero, joder, te deseo demasiado. No soporto la idea de…

—¿Qué?

—¿Perderte?

Pronunció la palabra como si fuera una pregunta, y asentí para indicarle que lo entendía. Peter era la primera persona que se le había ido. Y yo comprendía la pena mejor que nadie.

—No me perderás, Alex —le prometí—. ¿Cómo podrías perderme, si nos queremos?

Creí ver lágrimas en sus ojos, pero después me besó y, una vez más, me volví loca a medida que me arrastraba a un mar de pasión. Se movió despacio, y con cada caricia me acercaba un poco más al punto de rogarle hasta que, al final, lo hice y le supliqué sin pudor.

No me preguntó si estaba segura, sabía que lo estaba, pero me miró a los ojos y, cuando sonrió, era más que mi amante. Era mi mejor amigo. Y en aquel preciso instante supe que, pasara lo que pasase, la noche iba a ser perfecta.

Se enterró en mí, moviéndose despacio, con cuidado para no hacerme daño, hasta que empecé a gemir de pasión. Cuando estalló, abrí los ojos y vi que el éxtasis se le reflejaba en la cara y en el cuerpo, alucinada por tener el poder de llevarlo a ese punto…, y luego aluciné de nuevo cuando, minutos después, volvió a hacerme recorrer el mismo camino hasta que los dos quedamos exhaustos y desmadejados.

Se dejó caer en la cama y me pegó a él; nos abrazamos con fuerza mientras hablábamos en susurros hasta que el sueño se apoderó de nosotros. Me dormí entre sus brazos, con la certeza de que sobreviviría a lo que había sucedido. Con Alex a mi lado, sería capaz de superar cualquier cosa.

Al menos eso era lo que creía, pero pronto descubrí que era una mierda como un castillo de grande.

Cuando desperté al día siguiente, Alex se había marchado, había desaparecido sin más palabras que las escritas en un trocito de papel donde me decía que lo sentía y que yo era fuerte. Lo quería. Confiaba en él. Y se había largado.

Me habían arrebatado a todas las personas de mi vida. Pero ¿Alex? Él se fue porque quiso.

Y eso lo convirtió en el peor monstruo de todos.

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4

El asesinato del tío Peter es lo que me ha traído de nuevo a Laguna Cortez. Cuando sucedió, la policía creyó que el asesino había sido un tal Ricky Mercado, al que se le pudo haber ido la pinza después de que mi tío le echase en cara que estuviera traficando con drogas en uno de sus bloques de apartamentos.

Lo creyeron porque Ricky Mercado se entregó el día después del asesinato y las pruebas respaldaban su testimonio. Acabó con una condena de veinticinco años de cárcel, tras los cuales podría pedir la libertad provisional, pero solo estuvo unos diez años preso porque el mes pasado lo mataron durante una pelea.

Hace apenas una semana, el jefe Randall me comunicó que habían aparecido nuevas pruebas que demostraban que era imposible que Mercado cometiera el crimen. Resulta que estaba en Long Beach en el momento del asesinato, porque aparece en la grabación de la cámara de un supermercado de barrio, y que le propinó una paliza a un trabajador.

Así que ¿quién mató a mi tío? ¿Y por qué confesó Mercado un crimen que no cometió?

No lo sé. Pero he vuelto para averiguarlo.

Me llaman al móvil y me acerco a Shelby desde el borde del barranco. La llamada es de mi editor, así que me agacho y cojo el teléfono del asiento del acompañante.

—Oye, Roger. ¿Me estás controlando?

—Solo me preocupo por ti. ¿Cómo estás, niña?

Si fuera cualquier otra persona, el apodo me chirriaría, pero Roger ha sido mi mentor desde que empecé a trabajar en The Spall Monthly después de dejar mi empleo en el Departamento de Policía de Irvine para comenzar una nueva vida en Nueva York como periodista de investigación.

Actualmente tengo un máster en Periodismo y trabajo como redactora, pero Roger sigue siendo mi mentor y mi amigo. Y también ejerce un poco de padre.

—Es raro estar de vuelta —confieso, porque sé que se preocupa por mí.

No conoce toda mi historia, pero sabe que los fantasmas de mi familia merodean por esta ciudad. Y también que dejé atrás Laguna Cortez unos cinco minutos después de que me dieran el título de graduada en Educación Secundaria Obligatoria durante el primer semestre del que habría sido mi último año en el instituto.

Metí cinco cajas en Shelby, conseguí un apartamento en Irvine y estuve trabajando de camarera hasta que en enero entré en la Universidad de California, en Irvine. Seguía teniendo diecisiete años, pero el jefe Randall y Amy firmaron como mis tutores legales.

Desde entonces, no he vuelto a Laguna Cortez. Ni creo que lo hubiera hecho si Roger no me hubiera presionado.

—Respira hondo —me aconseja—. Te conozco desde hace ya tres años y sé que eres capaz de enfrentarte a cualquier cosa.

Me estremezco. Detesto parecer débil, y estoy convencida de que por eso se dio cuenta de que no quería volver.

—Estoy decidida —replico con firmeza—. Pero puede que no lo convierta en un artículo. —Empiezo a pasearme de un lado a otro por delante de Shelby, como si, al moverme, pudiera zafarme de la ansiedad que me pisa los talones—. Quiero saber qué le pasó a mi tío. Pero eso no significa que quiera verlo publicado en The Spall Monthly. Es mi vida. Mi familia. Lo entiendes, ¿verdad?

Sé que lo entiende. Pero me resulta imposible no aprovechar cualquier oportunidad para recordárselo.

—Quiero que des por zanjado ese asunto, Ellie. Si eso implica que escribas un artículo, estupendo. Si eso significa que por fin descubres la verdad y la entierras, también; tú decides. No te presionaré. No en esto. Pero te aconsejo que entregues a tiempo el artículo sobre la fundación.

Me echo a reír, porque Roger es un cabrón muy listo.

—Voy de camino a la entrevista —le aseguro.

Mi último argumento para no regresar fue que tenía trabajo en Nueva York. Así que mi retorcido editor me asignó un artículo sobre la Fundación Devlin Saint, centrándome en el éxito que ha tenido al rescatar y ayudar a superar el trauma a mujeres y niños atrapados en una red de tráfico de personas con sede en Nevada. Con ese fin, me ha concertado una entrevista con Devlin Saint —¡con Devlin Saint en persona!— para esta tarde.

No es un artículo de investigación, pero es importante. Aunque relativamente nueva, la Fundación Devlin Saint se ha convertido en una de las organizaciones sin ánimo de lucro más importantes del mundo, interesada en proyectos educativos, reinserción de delincuentes, desarrollo global, lucha contra el hambre, artes y mucho más.

El éxito, por supuesto, se atribuye al propio Saint, el misterioso, joven y reservadísimo fundador de la organización. Este hombre creó la fundación hace solo cinco años y la ha convertido en un referente de fama internacional. Su reputación como filántropo inteligente y generoso queda un tanto eclipsada por su aureola de solitario arrogante y misterioso. Su incomparable sagacidad para los negocios y su impresionante físico han allanado el camino hacia el éxito de su fundación allí donde su gélida personalidad hubiera resultado completamente inútil.

Cuando Roger me encargó el trabajo me lo pensé, pero terminé accediendo. Al fin y al cabo, Saint es tan misterioso y conocido que todo el país leerá la historia, y eso será bueno para mi carrera.

Me despido de Roger, en apariencia porque necesito ponerme en marcha, aunque en realidad lo hago porque, cuando empiezo a pensar en la fundación, Alex viene a mi mente. Suspiro y echo un último vistazo a la ciudad que tengo a mis pies.

Desde aquí arriba, parece pequeña y frágil. Como una maqueta arquitectónica. Pero yo sé la verdad. Bajo su brillante sol y sus aguas cristalinas, Laguna Cortez esconde muerte y pérdida, aristas afiladas y dolor.

Aunque solo tiene dos carriles y arcenes suaves, la carretera de Sunset Canyon es la arteria principal que atraviesa esta ciudad del condado de Orange de este a oeste. Dado que también sus curvas son poco pronunciadas, es la ruta más fácil para bajar la colina.

Claro que yo no quiero nada fácil. No en este momento. Ni por asomo.

Así que, en vez de bajar serpenteando como una abuela por la carretera principal, doblo a la izquierda en la primera curva para enfilar una carretera de montaña sin arcenes, con barrancos que dan miedo y curvas de herradura que ponen los pelos de punta.

Vuelo por la carretera y pierdo la gorra por el camino, de modo que el viento me revuelve el pelo, que me azota las mejillas. No le hago ni caso. Estoy totalmente concentrada en la carretera, en seguir mi camino. Ahora mismo solo necesito el viento en la cara, el ronroneo del motor de Shelby y la euforia de saber que, al menos en este momento, tengo el control.

Es un espejismo, por supuesto, y nadie lo sabe mejor que yo. Nadie tiene el control de su destino. La gente muere. Los sueños se hacen añicos. Los corazones acaban destrozados. Ahora mismo podría pisar un bache y acabar saliéndome de la carretera. Podría morir antes de llegar al despacho de Saint.

Aunque eso es lo que le da emoción, ¿verdad? Cuando por fin llego al aparcamiento de la fundación, vuelvo a recuperar el control. Porque, de nuevo, le he hecho una peineta al puto destino.

He ganado.

Por un momento me quedo sentada en el asiento del conductor, disfrutando de mi victoria. Después ajusto el retrovisor, saco el cepillo que guardo en la guantera y trato de peinarme la melena ondulada de color castaño oscuro. Siempre conduzco con gorra para evitar los peores enredos, pero, como ha salido volando, voy hecha un desastre.

Acabo abriendo el maletero y saco el neceser de la maleta. En él guardo un frasco de aceite de argán, y uso unas gotas para desenredarme el pelo. Tras varios años conduciendo mi Shelby, ya sé qué necesito tener a mano.

Aprovecho para retocarme el maquillaje con la ayuda del retrovisor. Aunque he conducido desde Los Ángeles con la capota bajada, sigo estando bastante bien, lo que probablemente se deba a que, de entrada, no voy demasiado maquillada. Un poco de sombra de ojos dorada para resaltar mis ojos castaños. Una pizca de brillo en los labios. Rímel, por supuesto, y un pelín de colorete.

Normalmente, paso mucho de mi cara y de mi pelo. Y de la ropa, la verdad. Si salgo de marcha por las noches, me arreglo, pero lo que más me gusta de ser periodista es que puedo pasarme la vida en vaqueros y camiseta de manga corta. La mayoría de los días los paso sentada a mi mesa, escribiendo o trabajando por teléfono.

Hoy, sin embargo, quiero parecer lo más profesional posible. Nunca he visto una foto de Saint en la que no salga estupendo. Joder, más bien sale perfecto que te mueres. Y no pienso entrar en su despacho sin estar a la altura. En todo caso, eso es lo que Roger espera.

Anoche me quedé en casa de unos amigos en Los Ángeles, tras conducir durante cinco días desde Nueva York para contar con Shelby en California. Después de almorzar con mis amigos, puse rumbo a Laguna Cortez. Mi plan es quedarme con Brandy mientras escribo el artículo sobre la fundación e investigo todo lo relacionado con mi tío Peter. Brandy volvió a la ciudad después de graduarse en la universidad, y la llamé anoche para decirle que iría a verla después de la entrevista.

Antes de salir de Los Ángeles, me vestí para la ocasión. Un sencillo traje sastre negro, con pantalón, top blanco de seda sin mangas y americana de corte entallado pero suelta. Ahora llevo zapatos planos, pero rebusco en la parte de atrás para coger los salones asesinos de Christian Louboutin que dejé allí.

Los zapatos de marca son mi debilidad y, como no puedo permitírmelos, los he convertido en un objeto de caza: los busco en tiendas de artículos de lujo con descuento, en tiendas de segunda mano u online, por ejemplo en eBay. Estos los encontré hace unos meses en una subasta. Un auténtico tesoro. Además, tienen la ventaja de añadir unos centímetros muy necesarios a mi metro sesenta y cinco, algo que siempre viene bien en una entrevista. No tengo problema para aparentar seguridad en mí misma, pero la altura extra me aporta un plus de confianza.

Cuando estoy lista, cojo el maltrecho bolso de cuero de estilo mensajero heredado de mi padre que uso como maletín y salgo del coche. Me detengo un momento para mirar el impresionante edificio que se levanta en lo que una vez fue el solar de una tienda de comestibles demolida, con el hormigón del suelo agrietado y expuesto al sol. La horrorosa propiedad era motivo de disputa para ver quién se quedaba con ella, y Alex y yo la cruzábamos algunas noches cuando salíamos a tomarnos un helado.

Íbamos desde casa del tío Peter hasta la avenida del Pacífico, la calle que va de este a oeste y que sirve de acceso al barrio de las Artes. Comprábamos los helados en la heladería de la esquina, poníamos rumbo al sur por la autopista de la Costa del Pacífico más o menos durante kilómetro y medio, y después la cruzábamos para llegar a este solar. Desde aquí, seguíamos paseando hacia el océano, hacia las pozas que se forman entre las rocas cerca de la orilla cuando baja la marea, que habíamos hecho nuestras.

—Qué desastre —comentó Alex una vez mientras contemplaba el hormigón agrietado y la maleza quemada por el sol que crecía en el solar.

Miré a mi alrededor y me encogí de hombros.

—Solo es hormigón.

—Duele mirarlo. Aquí, entre la autopista de la Costa y el océano. Este sitio se merece algo mejor.

—Bueno…

Busqué un trozo de tiza. Los niños usaban el solar para dibujar, así que no me costó encontrar una. Me agaché y escribí: «El sitio de El y Alex», usando a propósito el diminutivo con el que él había empezado a llamarme semanas después de nuestro primer beso. Los demás me llamaban Ellie. Luego lo miré sonriendo.

—Ya es nuestro. Podemos imaginar que es lo que nos apetezca. ¿Te gusta más así?

—Ay, El… —dijo él con aquella sonrisa dulce y sensual a la vez—. Claro que me gusta. Mucho más.

Me he quedado paralizada, sumida en los recuerdos. Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta y vuelvo al presente. El edificio que ahora se levanta frente a mí es todo hormigón, acero y cristal, con líneas rectas y ángulos afilados. Cinco pisos que brillan a la luz del sol, además de un amplio parterre de jardines ecológicos que desaparece al llegar a la arena de la playa.

Es impresionante, pero no me gusta.

Se supone que este edificio no debería estar aquí. Me da exactamente igual que hayan usado xerojardinería para crear un espacio verde responsable o que hayan empleado materiales de origen local. Me importa una mierda la belleza de los ángulos o que esa enorme estructura se eleve desde el suelo como si fuera un elemento tan natural en la costa como los acantilados escarpados y las calas rocosas.

Y, la verdad, todavía me importa menos cómo el asombroso Devlin Saint consiguió adueñarse de un solar baldío cuya propiedad estaba en disputa, resolver el problema y construir algo tan impresionante como las oficinas de la Fundación Devlin Saint.

Porque este era nuestro sitio. Nuestro solar. Y odio a Saint por robarme ese recuerdo.

Siento un nuevo estallido de furia. Esta vez no va contra Saint, ni siquiera contra Alex. No, esta vez estoy furiosa conmigo. Porque Alex Leto era un imbécil. Un hijo de puta manipulador a quien no le debo nada, mucho menos recuerdos agradables y bonitos.

Si pudiera desterrarlo de mi mente, lo haría; pero, como mínimo, necesito exorcizar el poder que tiene sobre mí. Y como que me llamo Elsa que voy a hacerlo ahora mismo.

Realizo una serie de respiraciones profundas para calmarme. Acto seguido, me llevo la mano a la frente para protegerme los ojos del sol mientras vuelvo a examinar el edificio. Esta vez debo admitir que no está tan mal. Al menos Saint se decidió a construir algo. Compró un solar espantoso y lo convirtió en algo impresionante. Lo único que hizo Alex Leto fue salir por patas.

Confié en él y me dejó hecha polvo.

Claro que ahora soy más lista. Y más fuerte. Tal como él me dijo.

¿Y sabes qué?

Que le den a Alex Leto. Que le den por haberme abandonado durante aquellos días tan lúgubres. Por largarse sin decir ni pío y por no haberse puesto en contacto conmigo nunca más. Por darme el golpe de gracia cuando ya estaba herida y casi destrozada.

Y, sobre todo, que le den por haberme roto el corazón.