Edward Fosca era un asesino.
Aquello era un hecho, no algo que Mariana intuyera solo en un plano intelectual, como una idea. Se lo decía el cuerpo. Lo sentía en los huesos, en la sangre, en cada célula de su ser.
Edward Fosca era culpable.
Y, aun así, no podía demostrarlo, tal vez nunca pudiera. Ese hombre, ese monstruo responsable de al menos dos asesinatos, quedaría impune con toda probabilidad.
Un personaje tan engreído, tan seguro de sí mismo. «Cree que se ha salido con la suya», se dijo. Fosca imaginaba que había ganado.
Pero se equivocaba. Aún no.
Mariana estaba decidida a derrotarlo. Tenía que hacerlo.
Pasaría la noche entera analizando todo lo que había ocurrido. Allí, en aquella habitación pequeña y oscura de Cambridge, se devanaría los sesos hasta dar con la solución. Se concentró en la resistencia del calefactor eléctrico de la pared, que brillaba encendida en la penumbra, al rojo vivo, y trató de sumirse en una especie de trance.
Volvería al principio, intentaría recordarlo todo, hasta el último detalle.
Y atraparía a Fosca.
Primera parte
Nadie me dijo nunca que la pena se pareciera tanto al miedo.
C . S . L EWIS , Una pena en observación
Unos días antes, Mariana se encontraba en casa, en Londres.
Estaba arrodillada en el suelo, rodeada de cajas, tratando una vez más de poner orden entre las pertenencias de Sebastian, aunque sin demasiada convicción.
No lo llevaba bien. Ya había transcurrido un año desde su muerte, y la mayor parte de sus cosas continuaban repartidas por la casa, apiladas aquí y allá o metidas en cajas medio vacías. Era incapaz de finalizar aquella tarea.
Seguía enamorada de él, ese era el problema. Era consciente de que no volvería a verlo, de que Sebastian se había ido para siempre, pero seguía enamorada y no sabía qué hacer con esos sentimientos. Estaba colmada de un amor tan grande, y tan turbulento, que rezumaba, goteaba, se desbordaba como el relleno de una vieja muñeca de trapo se sale por las costuras.
Ojalá pudiera meterlo en una caja, como intentaba hacer con las cosas de Sebastian. Qué escena tan triste: la vida de un hombre reducida a una colección de objetos descartados y destinados a un mercadillo.
Mariana introdujo la mano en la caja que tenía más cerca y sacó unas zapatillas de deporte.
Las miró con atención: eran las viejas zapatillas verdes que se puso para ir a correr a la playa aquel día. Aún conservaban una ligera humedad y granos de arena incrustados en las suelas.
«Deshazte de ellas —se dijo—. Tíralas a la basura. Hazlo».
Ya mientras lo pensaba sabía que era imposible. No eran él, no eran Sebastian, no eran el hombre que amaba y amaría siempre, solo eran un par de zapatillas viejas. Aun así, desprenderse de ellas sería como automutilarse, como presionar un cuchillo sobre la piel y rebanarse el brazo.
En lugar de tirarlas, Mariana las apretó contra el pecho. Las acunó, estrechándolas con fuerza, como si fueran un niño. Y lloró.
¿Cómo había acabado así?
En el espacio de un año, un tiempo que antes habría transcurrido de manera casi imperceptible —y que ahora se extendía tras ella como un páramo desolado que había sido arrasado por un huracán—, su vida se había hecho pedazos y la había llevado hasta allí: con treinta y seis años, sola y borracha un domingo por la noche, aferrada a las zapatillas de un difunto como si fueran reliquias sagradas, cosa que, en cierto modo, eran.
Había muerto algo hermoso, algo puro. Solo le quedaban los libros que él leía, la ropa que vestía, los objetos que había tocado. Aún percibía el olor de Sebastian en ellos, aún notaba su sabor en la punta de la lengua.
Por eso era incapaz de tirar sus pertenencias. Si las conservaba, de algún modo Sebastian seguiría vivo, aunque solo fuera un poco; si se desprendía de ellas, lo perdería para siempre.
No hacía mucho, por curiosidad malsana y en un intento de comprender contra qué luchaba, había releído toda la obra de Freud sobre el dolor y la pérdida. Freud argumentaba que, tras la muerte de un ser amado, debíamos aceptar la pérdida desde un punto de vista psicológico y dejar partir a esa persona o, de lo contrario, corríamos el riesgo de sucumbir al duelo patológico, que él llamaba «melancolía» y nosotros conocemos como «depresión».
Mariana era consciente de todo eso. Sabía que debía renunciar a Sebastian, pero no podía, porque seguía enamorada de él. Lo quería, aunque se hubiera ido para siempre, aunque hubiera traspasado el velo. «Tras el velo, tras el velo», ¿de quién era ese verso? De Tennyson, seguramente.
Tras el velo.
Esa sensación tenía. Desde la muerte de Sebastian, Mariana había dejado de ver el mundo en color. La vida tenía un tono gris y mortecino, y se le antojaba distante, como tras un velo, tras una bruma de tristeza.
Quería esconderse del mundo, el ruido y el dolor, y refugiarse allí, en su trabajo, en su casita amarilla.
Y allí se habría quedado si Zoe no la hubiera llamado desde Cambridge una noche de octubre.
Con la llamada de su sobrina tras la sesión de grupo del lunes por la tarde, así había comenzado todo.
Así había empezado la pesadilla.
El grupo del lunes por la tarde se reunía en el salón de Mariana.
La estancia era bastante amplia, y quedó destinada a uso terapéutico poco después de que Mariana y Sebastian se trasladaran a la casa amarilla.
Les encantaba aquella casa. Se encontraba al pie de Primrose Hill, en el noroeste de Londres, y estaba pintada del mismo amarillo vivo de las prímulas que cubrían la colina en verano. La madreselva trepaba por una de las paredes exteriores y la tapizaba de flores blancas y fragantes; y en los meses estivales, su perfume se colaba en la casa por las ventanas abiertas, ascendía por la escalera y se demoraba en los pasillos y las habitaciones, colmándolo todo de su dulzor.
Ese lunes por la tarde hacía un calor desacostumbrado. Aunque estaban a principios de octubre, el veranillo de San Miguel se resistía a marcharse, como un invitado obstinado, y se negaba a prestar atención a las insinuaciones de las hojas moribundas de los árboles, que le sugerían que era hora de partir. El sol del atardecer inundaba el salón y lo bañaba de una luz dorada teñida de rojo. Antes de la sesión, Mariana echó los estores, pero dejó las ventanas de guillotina entreabiertas para que pasara el aire.
A continuación, dispuso las sillas en círculo.
Nueve. Una para cada miembro del grupo y otra para ella. En teoría, debían ser idénticas, pero una cosa es lo que uno quiere y otra lo que acaba siendo. A pesar de sus buenas intenciones, a lo largo de los años había reunido una colección variopinta de sillas de comedor de materiales, formas y tamaños dispares. La actitud relajada respecto de las sillas tal vez fuese un buen reflejo de cómo dirigía sus grupos: Mariana abordaba las sesiones con un enfoque informal, incluso poco convencional.
En su caso, resultaba irónico que hubiera escogido como profesión la práctica de la psicología, y en concreto la terapia de grupo. Siempre había sentido cierta ambivalencia ante los grupos, incluso recelo, desde que era niña.
Había crecido en Grecia, en las afueras de Atenas. Vivían en una casona vieja y destartalada, en lo alto de una colina tapizada con un manto verde oscuro de olivares. De pequeña, Mariana pasaba las horas muertas en el columpio oxidado del jardín, contemplando la venerable ciudad que se extendía a sus pies hasta las columnas del Partenón, que coronaba otra colina a lo lejos. Era tan vasta, tan inabarcable, y ella se sentía tan diminuta e insignificante, que la miraba con una especie de presentimiento supersticioso.
Acompañar al ama de llaves a comprar al mercado abarrotado y frenético del centro de Atenas siempre la ponía nerviosa, y se sentía aliviada, incluso un poco sorprendida, cuando regresaba a casa sana y salva. Las multitudes continuaron intimidándola a lo largo de su vida. En el colegio se mantenía al margen, creía que no encajaba con sus compañeros de clase, una sensación de la que le costaba desprenderse. Años más tarde, en terapia, comprendió que el patio del colegio solo era un macrocosmos de la unidad familiar, lo cual significaba que su desasosiego no estaba tan ligado a la situación que estuviera viviendo en ese momento —con el patio en sí, o el mercado de Atenas, o cualquier otro grupo en el que se encontrara— como a la familia en la que se había criado y con la casa solitaria en la que había crecido.
Aun en la soleada Grecia, siempre hacía frío en la casa familiar, a la que además envolvía una sensación de vacío, una falta de calidez, física y emocional. En buena parte se debía al padre de Mariana. Si bien se trataba de un hombre extraordinario en muchos aspectos —apuesto, poderoso, de aguda inteligencia—, también era una persona muy compleja. Mariana sospechaba que su infancia lo había marcado de por vida. Ella no conocía a sus abuelos paternos y él apenas los mencionaba. El padre había sido marinero, y de la madre prefería no hablar. La mujer había trabajado en los muelles, según decía, aunque lo comentaba con tal vergüenza que Mariana sospechaba que debió de dedicarse a la prostitución.
El padre de Mariana había crecido en los barrios pobres de Atenas y en los alrededores del puerto del Pireo; empezó a faenar en los barcos siendo niño, y pronto pasó a comerciar e importar café, trigo y —por lo que ella sospechaba— otros productos menos alimenticios. Con veinticinco, ya era dueño de su propia embarcación, con la que fundó su negocio de transporte marítimo. Levantó un pequeño imperio gracias a una combinación de sangre, sudor y mano dura.
A Mariana le recordaba un poco a un rey, o a un dictador. Con el tiempo descubriría que era un hombre extremadamente rico, algo que nadie hubiera dicho a juzgar por el tipo de vida austera y espartana que llevaban. Tal vez su madre —su dulce, delicada y británica madre— podría haberlo ablandado, si hubiera vivido. Por desgracia, la mujer había muerto joven, poco después de que naciera Mariana.
A la niña siempre la acompañó la intensa sensación de aquella pérdida. Como psicóloga, sabía que los bebés cobran conciencia de sí mismos a través de la mirada de los padres. Nacemos bajo la atención de otros, y las expresiones de nuestros progenitores, lo que vemos reflejado en el espejo de sus ojos, determinan cómo nos vemos a nosotros mismos. Mariana había perdido la mirada de su madre, y su padre... Bueno, al hombre le costaba mirarla directamente; por lo general dirigía sus ojos a un punto situado por encima de sus hombros cuando hablaba con ella. Mariana cambiaba una y otra vez de posición, se desplazaba con disimulo, poco a poco, hasta entrar en su campo visual con la esperanza de que la viera, pero de algún modo siempre quedaba en la periferia.
En las escasas ocasiones en que sus miradas coincidían, descubría unos ojos cargados de desprecio, de una decepción elocuente, que le decían la verdad: ella no era lo bastante buena. Por mucho que se esforzara, Mariana tenía la sensación de que nunca era suficiente. Siempre conseguía hacer o decir lo que no tocaba, su mera existencia parecía irritarlo. Jamás estaban de acuerdo, tanto daba de qué se tratara; él era el Petruchio de su particular Catalina: si ella decía que tenía frío, él aseguraba que hacía calor; si ella decía que brillaba el sol, él porfiaba que llovía. Sin embargo, a pesar de las críticas y la terquedad de su padre, Mariana lo quería. Era todo lo que tenía, y anhelaba ser merecedora de su amor.
Un amor que apenas conoció en su infancia. Tenía una hermana mayor, aunque no estaban muy unidas. Elisa le sacaba siete años y no mostraba el menor interés en su tímida hermanita, de ahí que Mariana pasara sola los largos meses de verano, en el jardín, sin nadie con quien jugar, bajo la estrecha vigilancia del ama de llaves. No era de extrañar que creciese un poco aislada y que la desasosegara verse rodeada de gente.
Era consciente de lo irónico que resultaba haber acabado siendo terapeuta de grupo; aun así, de manera paradójica, los sentimientos ambivalentes que le producían los demás también la ayudaban. En la terapia de grupo, el tratamiento se centraba en el grupo, no en el individuo, y por lo tanto, hasta cierto punto, un buen terapeuta debía ser invisible.
Eso se le daba bien.
En las sesiones se mantenía en un segundo plano tanto como le era posible, y solo intervenía cuando fallaba la comunicación, cuando consideraba conveniente hacer un comentario o cuando algo iba mal.
Ese lunes en particular, la discordia se desató casi de inmediato y requirió una desacostumbrada intervención. El problema, como venía siendo habitual, era Henry.
Henry llegó más tarde que los demás. Venía acalorado y sin aliento, y parecía que le costaba mantenerse en pie. Mariana se preguntó si estaría colocado. No le habría sorprendido: sospechaba que Henry abusaba de la medicación, pero ella era su psicóloga, no su médica, así que poco podía hacer al respecto.
Henry Booth solo tenía treinta y cinco años, pero parecía mayor. Tenía el pelo castaño rojizo salpicado de canas y la cara llena de arrugas, como la camisa que llevaba. También lucía un ceño perpetuo, y se diría que estaba en tensión constante, siempre a punto de saltar. A Mariana le recordaba a un boxeador o a un luchador, preparado para dar —o recibir— el siguiente golpe.
Henry masculló una disculpa por llegar tarde y tomó asiento, sosteniendo en las manos un café en un vaso de papel.
El problema fue ese café.
Liz puso el grito en el cielo de inmediato. Maestra jubilada y camino de los ochenta años, Liz era muy puntillosa y estaba obsesionada con que las cosas se hicieran «como era debido», como decía ella. Mariana la consideraba una persona difícil, incluso irritante. Ya imaginaba lo que la mujer estaba a punto de decir.
—Eso está prohibido —Liz señalaba con el dedo el café de Henry, estremecida de indignación—. Es más que sabido que no se nos permite traer nada de fuera.
—¿Por qué no? —gruñó él.
—Porque esas son las normas, Henry.
—Vete a la mierda, Liz.
—¿Qué? Mariana, ¿has oído lo que acaba de decirme?
Liz rompió a llorar y el asunto degeneró hasta desembocar en una nueva y acalorada discusión entre Henry y los demás miembros del grupo, que se aliaron en su contra, unidos por la rabia.
Mariana los observó con detenimiento, atenta sobre todo a Henry, para ver cómo se lo tomaba. A pesar de su bravuconería, era una persona extremadamente vulnerable. De pequeño había sufrido malos tratos y abusos sexuales por parte de su padre, antes de que Asuntos Sociales se hiciera cargo de él y el niño emprendiera un periplo por una serie de hogares de acogida. Aun así, pese a todos los traumas, Henry era muy inteligente y durante un tiempo dio la impresión de que sus capacidades intelectuales bastarían para salvarlo: con dieciocho años entró en la universidad para estudiar Física. Con todo, solo transcurrieron unas semanas antes de que su pasado lo atrapara, y tuvo una crisis profunda de la que nunca llegó a recuperarse por completo. A eso le siguió un triste historial de autolesiones, drogadicción y crisis recurrentes que provocaron múltiples ingresos y altas del hospital, hasta que su psiquiatra lo derivó a Mariana.
Sentía debilidad por Henry, tal vez porque el pobre había tenido muy mala suerte. No obstante, había dudado a la hora de incorporarlo a las sesiones, y no solo porque estuviera bastante peor que los demás. La terapia grupal había demostrado una alta efectividad en el tratamiento y curación de pacientes gravemente enfermos, pero estos también podían alterar la dinámica hasta el extremo de provocar la desintegración del grupo. Tan pronto se establece un vínculo entre sus miembros, la envidia y los ataques hacen acto de presencia, y no solo vienen motivados por fuerzas externas, por los excluidos, sino también por fuerzas siniestras y peligrosas que operan en su seno. Desde que se había incorporado a aquella terapia, unos meses antes, Henry había sido una fuente constante de conflictos. Era algo que lo acompañaba allí donde iba. Había en él una violencia latente, una rabia efervescente que a menudo costaba contener.
Sin embargo, Mariana no se rendía con facilidad; mientras fuera capaz de conservar el control de las sesiones, estaba decidida a trabajar con Henry. Creía en el grupo, en aquellas ocho personas sentadas a su alrededor; creía en el círculo y en su capacidad curativa. Cuando dejaba volar la imaginación, Mariana se ponía bastante mística acerca del poder de los círculos: el del Sol, la Luna o la Tierra; el de los planetas que orbitan en el espacio; el de la rueda; el de la cúpula de una iglesia... o el de una alianza matrimonial. Platón decía que el alma era un círculo, cosa que para Mariana tenía sentido. Igual que la vida, del nacimiento a la muerte.
Y cuando la terapia iba bien, dentro de ese círculo se obraba una especie de milagro: la aparición de un ente distinto, un espíritu o una conciencia grupal, lo que con frecuencia se llamaba una «gran mente», algo más que la suma de sus partes, más inteligente que el terapeuta o que sus miembros por separado. Era sabia, curativa y tenía una gran capacidad de contención. Mariana había sido testigo de su poder de primera mano en muchas ocasiones. A lo largo de los años, muchos fantasmas habían sido invocados y enterrados en ese círculo de su salón.
Ese día fue Liz quien se llevó el susto. Era incapaz de olvidar lo del café. Que Henry creyera que las normas no le concernían, que podía saltárselas con esa desfachatez, le provocaba una ira y un rencor desmedidos. Y entonces Liz comprendió lo mucho que Henry le recordaba a su hermano mayor, un bravucón de manual que siempre se había creído con derecho a todo. Toda la rabia reprimida que Liz sentía hacia su hermano empezó a aflorar; algo bueno, desde el punto de vista de Mariana, ya que debía emerger a la superficie. Siempre y cuando Henry soportara que lo utilizaran como un saco de boxeo psicológico.
Cosa que, por supuesto, no ocurrió.
Henry se levantó de pronto profiriendo un grito angustiado y arrojó el café al suelo. La tapa del vaso de papel se abrió al caer en el centro del círculo, y un charco de líquido negro empezó a extenderse sobre las tablas.
Los demás miembros del grupo expresaron su enfado muy a las claras, y con cierto histerismo. Liz rompió a llorar de nuevo y Henry quiso irse, pero Mariana lo convenció para que se quedara a hablar de lo que había ocurrido.
—Solo es un puto café, tampoco es para tanto —protestó Henry, como un niño indignado.
—No es el café —repuso Mariana—, son los límites, los límites de este grupo, las normas a las que nos atenemos. No es la primera vez que lo hablamos. No podemos beneficiarnos de la terapia si no nos sentimos seguros, y eso es lo que consiguen los límites. La terapia nos enseña esos límites.
Henry la miró sin comprender, y Mariana sabía que no la entendía. Los límites, por definición, son lo primero que desaparece cuando un niño sufre abusos. Los de Henry habían quedado hechos añicos cuando era muy pequeño y, en consecuencia, no entendía el concepto. Tampoco sabía cuándo incomodaba a alguien, como solía suceder cuando invadía su espacio personal o psicológico. Al hablar con alguien, se acercaba demasiado y mostraba un nivel de dependencia que Mariana no había visto nunca en un paciente. Nada le bastaba. De habérselo permitido, se habría mudado a vivir con ella. Era Mariana quien debía establecer el límite entre ellos y definir los parámetros de su relación de una forma saludable. Ese era su trabajo como terapeuta de Henry.
Sin embargo, él siempre la presionaba, la importunaba, trataba de alterarla... y de maneras que a Mariana cada vez le resultaban más difíciles de controlar.
Tras la sesión, después de que se fueran los demás, Henry se quedó con el pretexto de ayudar a limpiar, aunque Mariana sabía que había algo más; con él siempre era así. Rondaba por el salón en silencio, observándola, hasta que ella lo animó a hablar.
—Venga, Henry. Es hora de irse... ¿O querías algo?
Henry asintió, pero no contestó. Hundió la mano en el bolsillo.
—Toma, te he comprado una cosa —dijo al fin.
Sacó un anillo. Una baratija de plástico, de color rojo chillón, que parecía salida de una caja de cereales.
—Es para ti. Un regalo.
Mariana negó con la cabeza.
—Ya sabes que no puedo aceptarlo.
—¿Por qué no?
—Tienes que dejar de traerme cosas, Henry, ¿de acuerdo? Deberías irte a casa.
Él no se movió. Mariana lo pensó un momento; no tenía planeado exponérselo de ese modo ni en ese instante, pero en cierta manera le pareció lo más correcto.
—Mira, Henry, hay algo de lo que tenemos que hablar.
—¿De qué?
—El jueves, cuando terminé la sesión con el grupo de la tarde, eché un vistazo por la ventana y te vi ahí fuera. En la acera de enfrente, junto a la farola. Observando la casa.
—Venga, tía, no era yo.
—Sí, sí eras tú, te vi la cara. Y no es la primera vez que te sorprendo en el mismo sitio.
Henry se sonrojó y evitó mirarla a los ojos.
—No era yo, no...
—Escucha, es normal que sientas curiosidad por los demás grupos que llevo, pero eso es algo de lo que debe hablarse aquí, en el grupo. No está bien actuar por tu cuenta. No está bien espiarme. Con ese tipo de comportamiento siento que invades y amenazas mi intimidad, y...
—¡Yo no te espío! Solo estaba allí, sin hacer nada. ¿Qué más dará, joder?
—Entonces, ¿reconoces que eras tú?
Henry se acercó a ella.
—¿Por qué no podemos estar los dos solos? ¿Por qué no me puedes visitar sin ellos?
—Ya sabes por qué: si estás en uno de mis grupos, no puedo tratarte de manera individual. Si necesitas terapia personal, puedo recomendarte a una colega...
—No, te quiero a ti...
Henry dio otro paso repentino hacia ella. Mariana se mantuvo firme y alzó una mano.
—No. Para. ¿Vale? Estás demasiado cerca. Henry...
—Espera. Mira...
Antes de que pudiera impedírselo, Henry se levantó el grueso jersey negro sobre el torso blanco y lampiño para descubrir un espectáculo horripilante.
Había utilizado una cuchilla de afeitar para abrirse unos surcos profundos con forma de cruz en la piel. Cruces de distintos tamaños teñidas de un rojo intenso grabadas en el pecho y el abdomen. Algunas aún estaban húmedas y sangraban; otras estaban cubiertas de costras y supuraban grumos duros y rojos, como lágrimas coaguladas.
A Mariana se le revolvió el estómago. Creyó que iba a vomitar, pero se obligó a no apartar la mirada, por mucho que lo deseara. Aquello era sin duda un grito de auxilio con el que Henry trataba de llamar la atención, pero no solo eso: también era un ataque emocional, una agresión psicológica a sus sentidos. Henry por fin había conseguido sorprender a Mariana con la guardia bajada, había logrado alterarla, y lo odió por ello.
—¿Qué has hecho, Henry?
—No... No pude evitarlo. Tenía que hacerlo. Para que... lo vieras.
—Y ahora que ya lo he visto, ¿cómo crees que me hace sentir? No te imaginas hasta qué punto me altera. Quiero ayudarte, pero...
—Pero ¿qué? —se echó a reír—. ¿Qué te lo impide?
—El único momento en que puedo prestarte mi ayuda es durante las sesiones de grupo. Esta tarde has tenido esa oportunidad y la has desaprovechado. Todos podríamos haberte echado una mano, para eso estamos aq...
—No quiero su ayuda, te quiero a ti . Mariana, te necesito...
Sabía que debía convencerlo para que se fuera. No le correspondía a ella limpiarle las heridas, y Henry necesitaba atención médica. Debía mostrarse firme, tanto por él como por ella; sin embargo, no se vio con fuerzas para echarlo y, como ya le había ocurrido en otras ocasiones, la empatía se impuso al sentido común.
—Espera... Espera un minuto.
Se acercó al aparador, abrió un cajón y revolvió dentro. Sacó un botiquín de primeros auxilios. Estaba a punto de abrirlo cuando sonó el teléfono.
Miró el número. Era Zoe. Contestó.
—¿Zoe?
—¿Puedes hablar? Es importante.
—Dame un segundo. Te llamo ahora mismo —Mariana colgó, se volvió hacia Henry y le lanzó el botiquín—. Ten esto y límpiate. Ve a ver a tu médico si es necesario, ¿vale? Te llamaré mañana.
—¿Y ya está? Pero ¿qué psicóloga de mierda eres?
—Basta. Se acabó. Tienes que irte.
Haciendo caso omiso de sus protestas, Mariana acompañó a Henry a la salida sin vacilar y cerró la puerta tras él. Sintió el impulso de echar la llave, pero se contuvo.
Después fue a la cocina. Abrió la nevera y sacó una botella de sauvignon blanc.
Estaba conmocionada. Tenía que recomponerse antes de devolverle la llamada a Zoe. No quería agobiarla más de lo que estaba. Su relación había sufrido altibajos desde la muerte de Sebastian, y Mariana estaba decidida a restaurar el antiguo equilibrio. Respiró hondo para tranquilizarse. Se sirvió una buena copa de vino y la llamó.
Zoe contestó a la primera.
—¿Mariana?
Supo de inmediato que algo iba mal. Notó la tensión en la voz de Zoe, un apremio que asociaba con momentos de crisis. «Parece asustada», pensó, y sintió que se le aceleraba el pulso.
—Cariño, ¿va... va todo bien? ¿Qué pasa?
Zoe tardó unos segundos en contestar.
—Enciende la tele —pidió con un hilo de voz—. Pon las noticias.
Mariana alargó la mano hacia el mando a distancia.
Encendió el viejo y maltrecho televisor portátil que había sobre el microondas, una de las posesiones sagradas de Sebastian, comprado en sus tiempos de estudiante y que usaba para ver críquet y rugby mientras fingía que ayudaba a Mariana a preparar la comida durante el fin de semana. El cacharro funcionaba cuando le apetecía, y parpadeó unos instantes antes de cobrar vida.
Mariana puso el canal de noticias de la BBC. Un periodista de mediana edad informaba de un suceso. Estaba a la intemperie, pero oscurecía y resultaba difícil distinguir con claridad dónde; un campo, quizá, o un prado. Hablaba directamente a la cámara:
—... y ha sido hallado en Cambridge, en la reserva natural conocida como Paradise. Me encuentro junto al hombre que ha hecho el descubrimiento. ¿Podría decirnos qué ha ocurrido?
La pregunta iba dirigida a alguien fuera de cámara, por lo que esta se volvió para encuadrar a un tipo de sesenta y tantos años, de cara rubicunda, corta estatura y gesto nervioso, que empezó a parpadear cuando lo deslumbró el foco. Habló entre titubeos.
—Ha sido hace unas horas... Siempre saco al perro a las cuatro, así que debía de ser más o menos por entonces, puede que a las cuatro y cuarto o y veinte. Lo he llevado al río, por el sendero... Paseábamos por Paradise y... —se trabó y dejó la frase en el aire. Lo intentó de nuevo—: Ha sido el perro, que ha desaparecido entre las hierbas altas de la zona pantanosa. Lo he llamado, pero no venía. He pensado que habría encontrado un pájaro o un zorro o algo así, así que he ido a echar un vistazo. Me he adentrado entre los árboles... hasta la orilla del pantano, junto al agua... Y allí, allí estaba...
El hombre mudó de expresión, adoptó una mirada que Mariana conocía muy bien. «Ha visto algo horrible —pensó—. No quiero oírlo. No quiero saber de qué se trata».
Pero el hombre prosiguió, implacable, apresurado, como si necesitara quitárselo de encima:
—Era una chica... No podía tener más de veinte años. Pelirroja, con el pelo largo. Bueno, creo que era pelirroja. Había sangre por todas partes, muchísima... —se le fue apagando la voz y el periodista lo animó a seguir.
—¿Estaba muerta?
—Eso es —el hombre asintió—. La habían apuñalado. Muchas veces. Y... la cara... Dios, qué horror... Los ojos... Tenía los ojos abiertos..., fijos..., miraba...
Se interrumpió, asaltado por las lágrimas. «Está conmocionado —pensó Mariana—. No tendrían que entrevistarlo, alguien debería parar esto».
En efecto, en ese momento, comprendiendo que quizá se habían excedido, el reportero cortó la entrevista y la cámara volvió a enfocarlo a él.
—Noticia de última hora desde Cambridge: la policía está investigando el hallazgo de un cadáver. Se cree que la víctima del ataque con ensañamiento es una joven de veintipocos años...
Mariana apagó el televisor. Seguía mirando la pantalla, aturdida, incapaz de moverse, cuando recordó que continuaba con el teléfono en la mano. Se lo llevó a la oreja.
—¿Zoe? ¿Sigues ahí?
—Creo... Creo que es Tara.
—¿Qué?
Tara era una amiga íntima de Zoe. Iban juntas al Saint Christopher’s College de la Universidad de Cambridge. Mariana vaciló, no quería parecer angustiada.
—¿Por qué dices eso?
—La descripción concuerda con Tara... Y nadie la ha visto... Al menos desde ayer. No hago más que preguntarle a todo el mundo y... Estoy muy asustada, no sé qué hacer...
—Despacio. ¿Cuándo fue la última vez que viste a Tara?
—Anoche —Zoe guardó silencio un segundo—. Mariana, estaba... Estaba tan rara que yo...
—¿A qué te refieres con «rara»?
—Decía cosas... Tonterías.
—Tonterías ¿en qué sentido?
La chica hizo una nueva pausa, tras la que contestó con un susurro.
—Ahora no puedo explicártelo. Pero vendrás, ¿verdad?
—Claro que iré. Pero, Zoe, escucha: ¿has hablado con el colegio? Tienes que informarlos, tienes que contárselo al decano.
—No sé qué decirles.
—Diles lo que acabas de contarme a mí. Que estás preocupada por ella. Ellos se pondrán en contacto con la policía y con los padres de Tara...
—¿Con sus padres? Pero... ¿y si me equivoco?
—Estoy segura de que te equivocas —dijo Mariana con mucha más seguridad de la que sentía—. Estoy convencida de que Tara está bien, pero tenemos que salir de dudas. Lo entiendes, ¿no? ¿Quieres que los llame yo?
—No, no, no pasa nada... Ya lo hago yo.
—Bien. Luego vete a la cama, ¿vale? Estaré allí a primera hora.
—Gracias, Mariana. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Mariana colgó. El vino blanco que se había servido seguía en la encimera, intacto. Tomó la copa y la apuró de un trago.
Le temblaba la mano cuando la alargó hacia la botella y se sirvió otra.
Mariana subió al dormitorio y empezó a preparar una pequeña bolsa de viaje, por si tenía que quedarse una o dos noches en Cambridge.
Intentó poner freno a sus pensamientos, pero era difícil, la invadía una angustia asfixiante. Ahí fuera, en alguna parte, había un hombre —presuntamente se trataba de un hombre, dada la violencia extrema de la agresión— que estaba muy enfermo y había asesinado a una joven de manera espantosa. Una joven que quizá vivía a tan solo unos metros de donde dormía su adorada Zoe.
La posibilidad de que la víctima hubiera podido ser su sobrina era una idea que Mariana trataba de apartar de su mente, aunque no conseguía reprimirla por completo. La invadió un miedo tan intenso como solo había sentido en otra ocasión: el día que murió Sebastian. Una sensación de impotencia, de desvalimiento, una horrible incapacidad para proteger a quienes amas.
Se miró la mano derecha. No podía detener el temblor. La cerró en un puño y apretó con fuerza. No lo permitiría, no se derrumbaría. Ahora no. Conservaría la calma. Se centraría.
Zoe la necesitaba, eso era lo único que importaba.
Ojalá Sebastian estuviera allí, él sabría qué hacer. No dudaría, no aplazaría las decisiones, no estaría preparando una bolsa de viaje; él habría cogido las llaves y habría salido corriendo por la puerta nada más colgar el teléfono. Eso habría hecho Sebastian. ¿Por qué ella no?
«Porque eres una cobarde», pensó.
Esa era la verdad. Ojalá tuviera la fuerza de Sebastian, un poco de su valentía. «Vamos, cariño —lo imaginaba diciendo—, dame la mano y nos enfrentaremos juntos a esos cabrones».
Mariana se metió en la cama y le dio vueltas mientras esperaba conciliar el sueño. Por primera vez en cerca de un año, no dedicó sus últimos pensamientos de la vigilia a su marido muerto.
Por el contrario, se dedicó a cavilar sobre otro hombre, sobre la imprecisa figura armada con un cuchillo que se había ensañado de aquel modo con esa pobre chica. Mariana estuvo especulando sobre él mientras se le cerraban los párpados. Le intrigaba. Se preguntó qué estaría haciendo en esos momentos, dónde se encontraría...
Y qué le pasaría por la cabeza.
7 de octubre
Una vez que matas a otro ser humano, ya no hay vuelta atrás.
Ahora lo entiendo. Ahora entiendo que me he convertido en una persona completamente distinta.
Supongo que es un poco como nacer de nuevo. Aunque no se trata de un nacimiento cualquiera, sino de una metamorfosis. Lo que surge de las cenizas no es un fénix, sino una criatura más inquietante: deforme, incapaz de volar, un depredador que usa sus garras para mutilar y desgarrar.
Mientras escribo esto, siento que tengo el control. Ahora, en este momento, estoy tranquilo, y cuerdo.
Pero no soy el único que habita en mi interior.
Es solo cuestión de tiempo que el otro yo aparezca, sediento de sangre, desquiciado y en busca de venganza. Y no descansará hasta encontrarla.
Soy dos personas en una sola mente. Una parte de mí guarda mis secretos; él es el único que conoce la verdad, pero está prisionero, encerrado, sedado, no tiene voz. Solo encuentra una salida cuando su carcelero se distrae un instante. Cuando estoy borracho, o somnoliento, intenta hablar. Pero no es fácil. La comunicación se produce a trompicones, es un plan de fuga en clave de un prisionero de guerra. Cuando se acerca demasiado, un guardia desbarata el mensaje. Se alza un muro. Me quedo en blanco. Los recuerdos que tanto anhelo se desvanecen.
Sin embargo, no voy a rendirme. No puedo. No sé cómo, pero me abriré camino a través de la bruma y la oscuridad y llegaré a él, a mi mitad cuerda. La mitad que no quiere hacer daño a la gente. Puede contarme muchas cosas. Cosas que necesito saber. Cómo y por qué he acabado así, tan lejos de quien quería ser, tan lleno de odio y rabia, tan retorcido por dentro...
¿O me estoy engañando? ¿Y si siempre he sido así y no quiero reconocerlo?
No, me niego a creer eso.
Al fin y al cabo, todo el mundo puede erigirse en héroe de su propia historia. Así que tengo derecho a ser el héroe de la mía. Aunque no lo sea.
Yo soy el villano.
A la mañana siguiente, Mariana creyó ver a Henry al salir de casa.
Estaba en la acera de enfrente, tratando de ocultarse detrás de un árbol.
Pero cuando se fijó mejor, no había nadie. Decidió que debía de haberlo imaginado; y, aunque no fuera así, tenía cosas más importantes de las que preocuparse en esos momentos. Apartó a Henry de su mente y fue en metro hasta King’s Cross.
En la estación, tomó el tren rápido que iba a Cambridge. Era un día soleado, con un luminoso cielo azul en el que apenas se divisaban unos jirones de nubes blancas. Iba sentada junto a la ventanilla, contemplando el paisaje, mientras el tren dejaba atrás setos verdes y campos de trigo dorados, que se mecían en la brisa como un mar amarillo.
Mariana agradecía que el sol le diera en la cara; temblaba, pero de angustia, no de frío. No paraba de darle vueltas y más vueltas a lo que había ocurrido, y no sabía nada de Zoe desde la noche anterior. Le había enviado un mensaje esa mañana, aunque aún no había recibido respuesta.
Quizá era una falsa alarma, ¿y si su sobrina se equivocaba?
Mariana deseaba que fuera así, de todo corazón, y no solo porque conocía a Tara en persona: la joven había pasado un fin de semana en su casa de Londres, unos meses antes de que Sebastian muriera. Aun así, la preocupación por Tara se debía, principalmente y de manera egoísta, a cómo podía afectar aquel asunto a Zoe.
Su sobrina había tenido una adolescencia difícil por muchos motivos, pero había conseguido superarla. Más que eso; según Sebastian, la había «vencido con todos los honores». Al final le habían ofrecido una plaza para estudiar Literatura Inglesa en la Universidad de Cambridge, donde había hecho amistad con Tara. Mariana pensaba que perder a su amiga, y en unas circunstancias tan indescriptiblemente espantosas, podría afectar a Zoe de un modo irreversible.
No sabía por qué, pero continuaba dándole vueltas a la conversación telefónica que habían mantenido. Había algo que le preocupaba.
Aunque no lograba determinar qué.
¿Quizá el tono de Zoe? Tenía la sensación de que le ocultaba algo. ¿El leve titubeo, incluso las evasivas cuando le había preguntado por las «tonterías» que decía Tara?
«Ahora no puedo explicártelo.»
¿Por qué no?
¿Qué le había dicho Tara?
«Puede que no sea nada —pensó Mariana—. Basta, déjalo ya». Quedaba casi una hora de viaje, no podía pasársela así, volviéndose loca. Estaría hecha un manojo de nervios cuando llegase. Tenía que distraerse.
Metió la mano en el bolso y sacó una revista: British Journal of Psychiatry . La hojeó, pero era incapaz de concentrarse en los artículos.
No podía evitar que sus pensamientos regresaran a Sebastian. La idea de pisar Cambridge de nuevo sin él la acongojaba. No había vuelto allí desde su muerte.
Iban a menudo para ver a Zoe, y Mariana conservaba recuerdos entrañables de aquellas visitas: como el día que la acompañaron al Saint Christopher’s College y la ayudaron a deshacer el equipaje y a instalarse. Había sido uno de los momentos más felices que habían pasado juntos, sintiéndose como los padres orgullosos de su hijita adoptiva, a la que tanto querían.
Zoe parecía tan pequeña y vulnerable cuando se dispusieron a partir... A la hora de la despedida, Mariana vio que Sebastian la miraba con muchísimo cariño, con un amor teñido de preocupación, como si se tratara de su propia hija, cosa que en cierto modo era. Cuando salieron del cuarto de Zoe, decidieron quedarse un poco más en Cambridge y fueron a pasear junto al río, del brazo, como solían hacer cuando eran jóvenes. Los dos habían estudiado allí, y tanto la universidad como la ciudad de Cambridge estaban íntimamente relacionadas con su historia de amor.
Fue allí donde se conocieron, cuando Mariana tenía diecinueve años.
Ocurrió por casualidad. Nada debía haberlo propiciado, ya que no compartían ni colegio universitario ni asignaturas: Sebastian era estudiante de Economía, y Mariana de Literatura Inglesa. Le asustaba la facilidad con que podrían no haberse cruzado siquiera. ¿Y entonces qué? ¿Cómo habría sido su vida? ¿Mejor... o peor?
Últimamente no hacía más que repasar sus recuerdos una y otra vez, rebuscaba en el pasado intentando formarse una imagen clara de él, trataba de entender y contextualizar el viaje que habían hecho juntos. Quería recordar las pequeñas cosas que hacían, recreaba conversaciones olvidadas, imaginaba qué habría dicho o hecho Sebastian en cada momento. Sin embargo, no estaba segura de cuánto de lo que recordaba era real; cuanto más tiempo le dedicaba a los recuerdos, mayor era la sensación de que Sebastian estaba convirtiéndose en un mito. Ahora era todo espíritu, todo historia.
Mariana tenía dieciocho años cuando se trasladó a Inglaterra, un país que había idealizado desde su infancia. Algo quizá inevitable, a causa de todo lo relacionado con él que su británica madre había dejado en aquella casa de Atenas: librerías y estantes repartidos por todas las habitaciones, una pequeña biblioteca abarrotada de libros en inglés —novelas, obras de teatro, poesía—, transportados hasta allí de manera misteriosa antes de que Mariana naciera.
Imaginaba con cariño la llegada de su madre a Atenas: cargada de arcones y maletas llenos de libros en lugar de ropa. Y en su ausencia, la solitaria niña recurría a las lecturas de su madre en busca de consuelo y compañía. Durante las largas tardes de verano, Mariana aprendió a amar el tacto de los libros, el olor del papel, la sensación al pasar una página. Se sentaba en el columpio oxidado, a la sombra, dando mordiscos a una manzana verde y crujiente, o a un melocotón demasiado maduro, y se perdía en la historia.
A través de esos relatos se enamoró de cierta imagen de Inglaterra y de todo lo inglés, de un país que muy probablemente nunca había existido más allá de las páginas de aquellos libros: una Inglaterra de cálidas lluvias veraniegas, vegetación impregnada de rocío y manzanos en flor; de ríos sinuosos y sauces llorones, y de pubs rurales con chimeneas en las que ardía un fuego vivo. La Inglaterra de Los Cinco, de Peter Pan y Wendy; del rey Arturo y Camelot; de Cumbres borrascosas y Jane Austen, Shakespeare... y Tennyson.
Fue allí donde Sebastian entró en la historia de Mariana, cuando apenas era una niña. Como todos los héroes que se precien, su presencia se hizo notar mucho antes de su aparición. Mariana aún no sabía qué aspecto tenía aquel héroe romántico de su imaginación, pero estaba convencida de que existía.
Estaba allí fuera y algún día lo encontraría.
Diez años después, cuando llegó a Cambridge para cursar sus estudios, todo era tan bello, tan de ensueño, que tuvo la sensación de haber entrado en un cuento de hadas, en una ciudad encantada de un poema de Tennyson, y se convenció de que él debía estar allí, en ese lugar mágico donde encontraría el amor.
Sin embargo, la triste realidad le demostró que Cambridge no era ningún cuento, solo un lugar como cualquier otro. El problema de la tendencia de Mariana a dar rienda suelta a la imaginación —como descubrió años después en terapia— era que ya formaba parte de ella. En el colegio, donde le había costado encajar, deambulaba por los pasillos durante los descansos, solitaria e inquieta como un fantasma, y se veía atraída hacia la biblioteca, donde se sentía a gusto, donde hallaba un refugio. Y el mismo patrón volvió a repetirse como alumna del Saint Christopher’s College: Mariana pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca, donde trabó amistad con algunos estudiantes, pocos, tan tímidos y volcados en los libros como ella. Ese año no atrajo la atención de ningún chico de su curso y nadie la invitó a salir.
¿Quizá no era lo bastante atractiva? Morena y con unos impresionantes ojos oscuros, se parecía mucho más a su padre que a su madre. Años después, Sebastian le repetiría a menudo lo hermosa que era, pero ella nunca lo dio por bueno. Sospechaba que, en el caso de serlo, todo el mérito era de Sebastian, pues solo se abría como una flor al calor que él desprendía. Aunque eso vendría luego; al principio, de adolescente, su aspecto le generaba mucha inseguridad, y las feas gafas de cristales de culo de botella que se veía obligada a llevar desde los diez años por culpa de su miopía tampoco ayudaban. Empezó a ponerse lentillas a los quince, preguntándose si así conseguiría verse o sentirse diferente. Se miraba al espejo y estudiaba su reflejo tratando de distinguirse con claridad, pero en vano. Nunca estaba satisfecha del todo con lo que veía. Ya a esa edad, Mariana era levemente consciente de que el atractivo estaba relacionado con el mundo interior, con una confianza interna de la que carecía.
No obstante, igual que los personajes de ficción que adoraba, creía en el amor. A pesar de aquellos dos primeros trimestres tan poco propicios en la universidad, se negó a abandonar la esperanza.
Igual que Cenicienta, esperó al baile.
El baile del Saint Christopher’s College se celebraba en los Backs, los amplios jardines que descendían hasta la orilla del río, donde levantaban unas carpas en las que la gente podía comer y beber, escuchar música y bailar. Mariana había quedado con unos amigos, pero no los encontraba entre la multitud. Había necesitado de todo su valor para ir sola al baile, y ya estaba arrepintiéndose. Permaneció junto a la orilla, sintiéndose completamente fuera de lugar entre aquellas chicas preciosas con vestidos de fiesta y esos jóvenes de etiqueta, que rebosaban sofisticación y seguridad. Lo que sentía, su tristeza y su timidez, no casaba con el ambiente de diversión que la rodeaba. Era evidente que su lugar estaba allí, en los márgenes, contemplando la vida desde la periferia; se había equivocado al imaginar que alguna vez podría cambiar eso. Decidió rendirse y regresar a su habitación.
En ese momento, oyó una zambullida.
Miró a su alrededor. Hubo más chapoteos, además de risas y gritos. Cerca, en el río, unos chicos estaban haciendo el tonto en botes de remos y bateas, y uno de ellos había perdido el equilibrio y había caído al agua.
Mariana vio que el joven daba manotazos y emergía a la superficie. El chico nadó hasta la orilla y salió del río como una extraña criatura mítica, un semidiós nacido de las aguas. Solo tenía diecinueve años, pero parecía un hombre, no un crío. Era alto, musculoso y estaba empapado; la camisa y los pantalones se le pegaban al cuerpo, y el cabello rubio, a la cara, impidiéndole ver nada. Levantó una mano, se apartó el pelo, miró a su alrededor... y vio a Mariana.
Ese primer instante en que se miraron... fue extraño, eterno. El tiempo pareció ralentizarse, aplanarse y estirarse. Mariana estaba embelesada, cautivada por su mirada, era incapaz de apartar los ojos. La sensación resultaba chocante; como si reconociera a alguien, alguien a quien conocía íntimamente, y no pudiera ubicar dónde o cuándo habían perdido el contacto.
El joven hizo oídos sordos a las llamadas burlonas de sus amigos y se acercó a ella con una sonrisa inquisitiva y radiante.
—Hola —dijo—. Me llamo Sebastian.
Y eso fue todo.
«Estaba escrito», que decían los griegos. Lo cual significaba que sus destinos quedaron ligados a partir de entonces, sin más. Mirando atrás, Mariana a menudo trataba de rememorar hasta el último detalle de esa primera noche profética: de qué habían hablado, cuánto tiempo habían bailado, cuándo se habían besado. Pero, por mucho que lo intentaba, los pormenores se le escurrían entre los dedos como granos de arena. Lo único que recordaba era que estaban besándose cuando salió el sol, y que a partir de entonces fueron inseparables.
Pasaron su primer verano juntos, en Cambridge, tres meses envueltos en los brazos del otro, sin preocuparse del mundo exterior. El tiempo se detenía en ese lugar eterno donde siempre hacía sol y ellos pasaban los días haciendo el amor; o disfrutando de largos pícnics en los Backs, borrachos; o en el río, navegando bajo puentes de piedra y dejando atrás sauces llorones y vacas que pastaban en campo abierto. Sebastian, de pie en la parte trasera de la embarcación, se encargaba de la batea y hundía la pértiga en el lecho del río para impulsarlos mientras Mariana, achispada por el alcohol, dibujaba surcos con los dedos en el agua y contemplaba los cisnes que pasaban deslizándose junto a ellos. Aunque entonces no lo sabía, estaba tan profundamente enamorada de Sebastian que ya no habría vuelta atrás.
En cierto sentido se convirtieron el uno en el otro, se unieron como dos gotas de mercurio.
Eso no quería decir que no fueran distintos. En contraste con la educación privilegiada que había recibido Mariana, Sebastian había crecido en un hogar muy humilde. Sus padres estaban divorciados y no se sentía unido a ninguno de los dos. Consideraba que no le habían dado la base para un buen porvenir y que debía labrarse su propio camino, desde abajo. Decía que, en muchos sentidos, se sentía identificado con el padre de Mariana y con sus ansias de triunfar. A Sebastian también le importaba el dinero porque, a diferencia de ella, él nunca lo había tenido, de manera que lo respetaba, y estaba decidido a ganarse bien la vida en la ciudad, «para poder construir algo seguro para nosotros y nuestro futuro... y para nuestros hijos».
Así hablaba con solo veinte años, con una madurez que sonaba ridícula a su edad. Y con la inocencia de dar por sentado que pasarían el resto de la vida juntos. En esa época solo hablaban del futuro, lo planeaban sin descanso y sin mencionar jamás el pasado y los años infelices que habían precedido a su encuentro. En muchos sentidos, las vidas de Mariana y Sebastian empezaron cuando se conocieron, en ese primer instante en que se miraron, en la orilla del río. Mariana creía que su amor sería eterno. Que no moriría jamás...
Mirando atrás, ¿no había algo sacrílego en ese convencimiento? ¿Una especie de soberbia?
Tal vez.
Porque allí estaba, sola, en el tren, en ese viaje que habían hecho juntos miles de veces en distintos momentos de sus vidas, no siempre del mismo humor —casi siempre felices, aunque en ocasiones no—, hablando, leyendo o durmiendo, con la cabeza de ella apoyada en el hombro de él. Esos eran los momentos, normales y corrientes, que daría cualquier cosa por recuperar.
Prácticamente lo imaginaba allí, en el vagón, sentado a su lado. Casi estaba segura de que, si miraba por la ventanilla, vería su rostro reflejado en el cristal, junto al de ella, superpuesto en el paisaje.
Sin embargo, Mariana vio una cara distinta.
El rostro de un hombre que la estudiaba con atención.
Parpadeó, incómoda. Volvió la cabeza y lo miró con disimulo. Estaba sentado frente a ella, comiendo una manzana, y le sonrió.
El hombre no dejaba de mirarla... Aunque llamarlo «hombre», se dijo Mariana, era más bien generoso.
Por su aspecto, parecía haber cumplido apenas veinte años: tenía un rostro infantil, el pelo castaño y rizado, y un montón de pecas que salpicaban sus mejillas barbilampiñas, cosa que le daba un aire más juvenil aún.
Era alto y muy delgado, llevaba una americana de pana oscura, una camisa blanca arrugada y una bufanda universitaria con los colores azul, rojo y blanco. Sus ojos marrones, en parte camuflados tras unas anticuadas gafas de montura metálica, rebosaban inteligencia y curiosidad, y contemplaban a Mariana con evidente interés.
—Hola, ¿qué tal? —dijo.
Ella se lo quedó mirando, algo desconcertada.
—¿Nos... nos conocemos?
El joven sonrió.
—Todavía no, pero eso espero.
Mariana no dijo nada y miró hacia otro lado. Tras una breve pausa, el chico volvió a intentarlo:
—¿Te apetece? —le acercó una bolsa de papel marrón, grande, repleta de fruta: uvas, plátanos y manzanas—. Coge lo que quieras —le ofreció—. ¿Un plátano?
Ella sonrió con educación. Pensó que tenía una voz bonita, pero movió la cabeza de lado a lado.
—No, gracias.
—¿Estás segura?
—Del todo.
Mariana volvió la cara para mirar el paisaje con la esperanza de poner fin a la charla. El reflejo de él seguía en la ventanilla, y entonces vio que se encogía de hombros, decepcionado. Por lo visto, el joven no controlaba del todo sus largas extremidades, porque acabó volcando la taza que llevaba y vertió su contenido. Parte del té se derramó en la mesa, pero la mayoría cayó en su regazo.
—Mierda.
Se levantó de un salto y sacó un pañuelo de papel del bolsillo para empapar el charco de té de la mesa. También intentó secarse a toquecitos la mancha de los pantalones.
—Lo siento mucho. No te he salpicado, ¿verdad? —se dirigió a Mariana con expresión compungida.
—No.
—Menos mal.
Se sentó de nuevo, aunque ella notaba que no dejaba de mirarla.
—¿Eres... estudiante? —preguntó el joven.
—No —ella negó con la cabeza.
—Ah. ¿Trabajas en Cambridge?
—No —volvió a negar con un gesto.
—Entonces... ¿estás de turismo?
—No.
—Hmmm... —arrugó la frente, a todas luces perplejo.
Se produjo un silencio, y al final Mariana se rindió.
—Voy a ver a alguien —explicó—. A mi sobrina.
—Ah, eres... tía —parecía aliviado al haber conseguido catalogarla. Sonrió—. Yo me estoy sacando el doctorado —comentó por iniciativa propia al ver que Mariana no iba a preguntar—. Soy matemático. Bueno, en realidad físico teórico.
Se interrumpió y se quitó las gafas para limpiarlas con un pañuelo de papel. Parecía muy desnudo sin ellas. Fue entonces cuando Mariana, por primera vez, reparó en que era guapo. O que lo sería en cuanto su rostro madurara un poco más.
Volvió a ponerse las gafas y la observó.
—Me llamo Frederick, por cierto. O Fred. ¿Y tú?
A Mariana no le apetecía decirle su nombre. Probablemente porque le había dado la impresión —halagadora pero también incómoda— de que intentaba ligar con ella. Aparte de la obviedad de que el chico era demasiado joven, tampoco estaba preparada. Nunca lo estaría; solo con pensarlo se sentía culpable de una horrible traición.
—Me llamo... Mariana —contestó con educado envaramiento.
—Ah, qué nombre más bonito.
Fred siguió hablando con la esperanza de entablar una conversación, pero las respuestas de ella eran cada vez más monosilábicas. Por dentro, Mariana no dejaba de contar los minutos para poder escapar.
Cuando llegaron a Cambridge, intentó escabullirse y desaparecer entre el gentío, pero Fred la atrapó al salir de la estación, ya en la calle.
—¿Puedo acompañarte a la ciudad? Vas en autobús, ¿no?
—Prefiero ir a pie.
—Estupendo, tengo ahí la bici, así que puedo ir andando contigo. O, si te apetece, te llevo yo —la miró con los ojos llenos de esperanza.
Mariana, a su pesar, sintió lástima por él, pero decidió hablarle con más firmeza.
—Prefiero ir sola. Si no te importa.
—Claro... Claro, ya veo. Tal vez... ¿un café en otro momento? ¿O una copa? ¿Esta noche?
Ella fingió que miraba el reloj.
—No me quedaré aquí tanto tiempo.
—Bueno, entonces, ¿me das tu número de teléfono? —se ruborizó y las pecas de las mejillas adoptaron un tono rojo vivo—. ¿Te parece muy...?
Mariana negó con la cabeza.
—Creo que no...
—¿No?
—No —ella apartó la mirada, incómoda—. Lo siento, es que...
—No lo sientas. No me desanimas. Volveremos a vernos pronto.
Hubo algo en su tono que la irritó un poco.
—Lo dudo mucho.
—Uy, ya lo creo que sí. Es un presentimiento. Tengo un don para estas cosas, ¿sabes? Me viene de familia: clarividencia, premoniciones. Veo cosas que otros no ven.
Fred sonrió y bajó a la calzada. Un ciclista viró bruscamente para esquivarlo.
—¡Cuidado! —exclamó Mariana, tocándole el brazo.
El ciclista insultó a Fred al pasar de largo.
—Lo siento —se disculpó—. Soy un poco torpe, me temo.
—Solo un poco —Mariana sonrió—. Adiós, Fred.
—Hasta la próxima, Mariana.
El chico se fue hacia la hilera de bicicletas aparcadas. Ella lo miró mientras montaba en una y se alejaba, despidiéndose con la mano antes de doblar la esquina y desaparecer.
Mariana soltó un suspiro de alivio y echó a andar hacia la ciudad.