En el apartamento había tantas plantas que le decíamos la selva.

El edificio parecía salido de una vieja película futurista. Formas planas, volados, mucho gris, grandes espacios abiertos, ventanales. El apartamento era dúplex y el ventanal de la sala se alzaba desde el suelo hasta el cielorraso, que allí era del alto de las dos plantas. Abajo tenía piso de granito negro con vetas blancas. Arriba, de granito blanco con vetas negras. La escalera era de tubos de acero negro y gradas de tablas pulidas. Una escalera desnuda, llena de huecos. Arriba el corredor era abierto a la sala, como un balcón, con barandas de tubos iguales a los de la escalera. Desde allí se contemplaba la selva, abajo, esparcida por todas partes.

Había plantas en el suelo, en las mesas, encima del equipo de sonido y el bifé, entre los muebles, en plataformas de hierro forjado, y materas de barro, colgadas de las paredes y el techo, en las primeras gradas y en los sitios que no se alcanzaban a ver desde el segundo piso: la cocina, el patio de ropas y el baño de las visitas. Había de todos los tipos. De sol, de sombra y de agua. Unas pocas, los anturios rojos y las garzas blancas, tenían flores. Las demás eran verdes. Helechos lisos y rizados, matas con hojas rayadas, manchadas, coloridas, palmeras, arbustos, árboles enormes que se daban bien en materas y delicadas hierbas que cabían en mi mano de niña.

A veces, al caminar por el apartamento, me daba la impresión de que las plantas se estiraban para tocarme con sus hojas como dedos, y que a las más grandes, en un bosque detrás del sofá de tres puestos, les gustaba envolver a las personas que allí se sentaban o asustarlas con un roce.

En la calle había dos guayacanes que cubrían la vista del balcón y la sala. En las temporadas de lluvia perdían las hojas y se cargaban de flores rosadas. Los pájaros saltaban de los guayacanes al balcón. Los picaflores y los sirirís, los más atrevidos, se asomaban a curiosear al comedor. Las mariposas iban sin miedo del comedor a la sala. A veces, por la noche, se metía un murciélago que volaba bajo y como si no supiera para dónde. Mi mamá y yo gritábamos. Mi papá agarraba una escoba y se quedaba en la mitad de la selva, quieto, hasta que el murciélago salía por donde había entrado.

Por las tardes un viento fresco bajaba de las montañas y atravesaba Cali. Despertaba a los guayacanes, entraba por las ventanas abiertas y sacudía también las plantas de adentro. El alboroto que se armaba era igual al de la gente en un concierto. Al atardecer mi mamá las regaba. El agua llenaba las materas, se filtraba por la tierra, salía por los huecos y caía en los platos de barro con el sonido de un riachuelo.

Me encantaba correr por la selva, que las plantas me acariciaran, quedarme en el medio, cerrar los ojos y escucharlas. El hilo del agua, los susurros del aire, las ramas nerviosas y agitadas. Me encantaba subir corriendo la escalera y mirarla desde el segundo piso, lo mismo que desde el borde de un precipicio, las gradas como si fueran el barranco fracturado. Nuestra selva, rica y salvaje, allá abajo.

Mi mamá siempre estaba en la casa. Ella no quería ser como mi abuela. Me lo dijo toda la vida.

Mi abuela dormía hasta la media mañana y mi mamá se iba al colegio sin verla. Por las tardes jugaba lulo con las amigas y cuando mi mamá volvía del colegio, de cinco días no estaba cuatro. El día que estaba era porque le correspondía atender el juego en la casa. Ocho señoras en la mesa del comedor fumando, riendo, tirando las cartas y comiendo pandebonos. Mi abuela ni miraba a mi mamá.

Una vez, en el club, ella oyó cuando una señora le preguntó a mi abuela por qué no había tenido más hijos.

—Ay, mija —dijo mi abuela—, si hubiera podido evitarlo, tampoco habría tenido a esta.

Las dos señoras soltaron la carcajada. Mi mamá acababa de salir de la piscina y chorreaba agua. Sintió, me dijo, que le abrían el pecho para meterle una mano y arrancarle el corazón.

Mi abuelo llegaba del trabajo al final de la tarde. Abrazaba a mi mamá, le hacía cosquillas, le preguntaba por su día. Por lo demás, ella creció al cuidado de las empleadas que se sucedían en el tiempo, pues a mi abuela no le gustaba ninguna.

En nuestra casa las empleadas tampoco duraban.

Yesenia venía de la selva amazónica. Tenía diecinueve años, el pelo liso hasta la cintura y los rasgos bruscos de las estatuas de piedra de San Agustín. Nos entendimos desde el primer día.

Mi colegio quedaba a unas pocas cuadras de nuestro edificio. Yesenia me llevaba caminando por las mañanas y por las tardes me esperaba a la salida. Por el camino me hablaba de su tierra. Las frutas, los animales, los ríos más anchos que cualquier avenida.

—Ese —decía señalando al río Cali— no es un río, sino una quebrada.

Una tarde llegamos directo a su cuarto. Un cuartico con baño y un ventanuco junto a la cocina. Nos sentamos en la cama, una frente a la otra. Habíamos descubierto que no conocía las canciones ni los juegos de manos. Le estaba enseñando mi favorito, el de las muñecas de París. En cada paso se equivocaba y nos reventábamos de la risa. Mi mamá apareció en la puerta.

—Claudia, hacé el favor de subir.

Estaba serísima.

—¿Qué pasó?

—Que subás, dije.

—Estamos jugando.

—No me hagás repetir.

Miré a Yesenia. Ella, con los ojos, me dijo que obedeciera. Me paré y salí. Mi mamá agarró mi maleta del suelo. Subimos, entramos a mi cuarto y cerró la puerta.

—Nunca más te quiero ver en confianzas con ella.

—¿Con Yesenia?

—Con ninguna empleada.

—¿Por qué?

—Porque es la empleada, niña.

—¿Y eso qué?

—Que uno se encariña con ellas y luego ellas se van.

—Yesenia no tiene a nadie en Cali. Se puede quedar con nosotros para siempre.

—Ay, Claudia, no seás tan ingenua.

A los pocos días Yesenia se fue sin despedirse, mientras yo estaba en el colegio.

Mi mamá me dijo que la habían llamado de Leticia y tuvo que volver con su familia. Yo sospechaba que esa no era la verdad, pero mamá se ranchó en su versión.

A continuación llegó Lucila, una señora mayor del Cauca que no se metía conmigo para nada y fue la empleada que más tiempo estuvo con nosotros.

Mi mamá hacía sus trabajos de ama de casa por las mañanas, cuando yo estaba en el colegio. Las compras, las diligencias, los pagos. Al mediodía recogía a mi papá en el supermercado y almorzaban juntos en la casa. Por la tarde él se llevaba el carro al trabajo y ella se quedaba en la casa a esperarme.

Al regresar del colegio la encontraba en la cama con una revista. Le gustaban las ¡Hola!, las Vanidades y las Cosmopolitan. En ellas leía sobre la vida de las mujeres famosas. Los artículos traían grandes fotos a color con las casas, los yates y las fiestas. Yo almorzaba y ella pasaba las páginas. Yo hacía las tareas y ella pasaba las páginas. A las cuatro empezaba la programación en el único canal de TV y, mientras yo veía Plaza Sésamo, ella pasaba las páginas.

Una vez mi mamá me contó que poco antes de terminar el bachillerato esperó a que mi abuelo llegara del trabajo para decirle que quería estudiar en la universidad. Estaban en el cuarto de mis abuelos. Él se quitó la guayabera, la dejó caer al piso y quedó en camisilla. Grande, peludo, con la barriga redonda y templada. Un oso. Entonces la miró con unos ojos raros que ella no le conocía.

—Derecho —todavía se atrevió a decir mi mamá.

A mi abuelo se le brotaron las venas de la garganta y con su voz más gruesa le dijo que lo que hacían las señoritas decentes era casarse y que cuál universidad ni Derecho ni qué ocho cuartos. La voz terrible retumbando como por un megáfono, casi la oí, mientras mi mamá, chiquitica, retrocedía.

Menos de un mes después a él le dio un infarto y se murió.

En el estudio teníamos una pared con retratos familiares.

El de mis abuelos maternos era una foto en blanco y negro, con marco de plata. Fue tomada en el club, en la última fiesta de fin de año que pasaron juntos. Alrededor caían serpentinas y la gente llevaba sombreros de papel y cornetas. Mis abuelos estaban separándose del abrazo. Se reían. Él, gigantesco, de esmoquin, con gafas bifocales y un trago en la mano. Los pelos no se le alcanzaban a ver, pero yo sabía, por otras fotos y por mi mamá, que le brotaban por todos lados. Las mangas de la camisa, la espalda, la nariz y hasta las orejas. Mi abuela tenía un vestido elegante de espalda descubierta, una pitillera entre los dedos y el pelo corto abombado. Era larga y flaca, una lombriz erguida. Al lado de él se veía diminuta.

La Bella y la Bestia, siempre pensé, aunque mi mamá defendía a su papá diciendo que él no era ninguna bestia, sino un oso de peluche que solo se puso bravo aquella vez.

Mi abuelo trabajó toda la vida en el departamento comercial de una fábrica de electrodomésticos. Tenía grandes clientes, un buen salario y comisiones por cada venta. Tras su muerte ya no hubo comisiones y la pensión que le quedó a mi abuela era una fracción del salario.

Mi abuela y mi mamá tuvieron que vender el carro, la acción del club y la casa de San Fernando. Se mudaron a un apartamento de alquiler en el centro. Despidieron a las empleadas del servicio y contrataron una por días. Dejaron de ir a la peluquería y aprendieron a hacerse ellas mismas las uñas y los peinados. El de mi abuela era un enredijo que elaboraba con la peineta y medio tarro de laca hasta que el pelo le quedaba inflado en lo alto. Abandonó el juego de lulo, pues era costoso atender a ocho señoras cuando le tocaba el turno en su casa, y se dedicó a la canasta, que se jugaba con cuatro.

Mi mamá, recién graduada del colegio, se hizo voluntaria en el hospital San Juan de Dios, una actividad que mi abuelo hubiera aprobado.

El San Juan de Dios era un hospital de caridad. Yo nunca lo vi por dentro y lo imaginaba sucio y tenebroso, con las paredes manchadas de sangre y los enfermos moribundos quejándose en los pasillos. Un día que lo dije en voz alta, mi mamá se rio. En realidad, contó, era amplio y luminoso, con paredes blancas y jardines interiores. Una construcción de mil setecientos bien cuidada por las monjas que lo administraban.

Allí conoció a mi papá.

El retrato de mis abuelos paternos tenía forma oval y marco de bronce calado. Ellos vivieron en una época anterior a la de mis abuelos maternos, que en mi mente infantil veía oscura, como los colores del retrato.

Era un óleo del día de su boda, copiado de una foto de estudio, con el fondo marrón y los detalles opacos. Lo único luminoso era la novia. Una niña de dieciséis años. Estaba sentada en una silla de madera. El vestido la cubría del cuello a los zapatos. Tenía mantilla, una sonrisa recatada y un rosario en las manos. Parecía que estuviera recibiendo la confirmación y que el novio fuera su papá. Él estaba de pie, con una mano sobre su hombro, como un viejo poste de madera. Un hombre seco, calvo, de traje gris y lentes gruesos.

Mi abuela, esa niña, no había cumplido los veinte cuando murió dando a luz a mi papá. Vivían en la finca cafetera de mi abuelo. Él se fue para Cali. Destruido por la pérdida, pensaba yo. Un hombre triste que no podía hacerse cargo de nadie. El recién nacido y su hermana, mi tía Amelia, que tenía dos años, quedaron en la finca al cuidado de una hermana de la fallecida.

Mi tía Amelia y mi papá se criaron en la finca. Llegada la hora, su tía los matriculó en la escuela de la vereda con los hijos de los campesinos y los trabajadores. En segundo de primaria, cuando los zapatos se les quedaron pequeños, la tía les cortó las puntas con un cuchillo y ellos se iban a estudiar con los dedos asomando por el agujero.

—¿Eran pobres?

La pregunta se la hice a mi tía, quien fue la que me contó la historia.

—Qué va. La finca era próspera.

—¿Por qué no les compraron zapatos nuevos?

—Quién sabe —dijo, hizo una pausa y al cabo añadió—: mi papá nunca nos visitaba.

—¿Estaría triste por la muerte de tu mamá?

—Seguro.

La tía de ellos enfermó. Los médicos no pudieron hacer nada y, cuando murió, los niños fueron enviados a Cali con su papá. Él vendió la finca cafetera y fundó el supermercado.

Mi tía y mi papá vivieron con mi abuelo hasta que se hicieron adultos. A él le dio enfisema, pues se fumaba dos cajetillas diarias, y murió mucho antes de mi tiempo. Entonces ellos heredaron el supermercado.

Mi tía Amelia se enteraba de los asuntos del supermercado, pero no iba a trabajar. Se la pasaba en su apartamento, en batola, fumando y, por las tardes, con una copa de vino. Tenía batolas de todos los estilos y colores. Mexicanas, guajiras, indias, con teñidos hippies y bordados de Cartago.

Cada vez que se acercaba su cumpleaños o la Navidad, mi mamá se quejaba porque no sabía qué regalarle. Al final le compraba una batola. Mi tía la recibía con una emoción que no parecía fingida diciendo que le encantaba, que de ese tipo no tenía o que justo de ese color le hacía falta.

Mi papá era el administrador del supermercado. Nunca tomaba vacaciones. Descansaba cuando el supermercado cerraba, los domingos y los festivos. Llegaba de primero por las mañanas, salía de último y a veces le tocaba recibir pedidos atrasados en medio de la noche. Los sábados, después de cerrar, iba al hospital San Juan de Dios a donar un mercado para los enfermos.

Mi mamá estaba en la despensa, abriendo espacio para los nuevos alimentos, cuando mi papá llegó. Ella no se fijó en él. En cambio, él quedó tan impresionado que fue a preguntarle a la monja encargada quién era ella. Esa monja, contaba mi mamá, era ancha y bajita. El muñón de un árbol talado, la imaginaba yo, con el hábito marrón anchándose hacia abajo.

—La nueva voluntaria —le dijo a mi papá—. Se llama Claudia.

Él y la monja se quedaron mirando a mi mamá.

—Y está soltera —añadió.

Tal vez eso fue lo que le dio valentía. Mi papá esperó hasta que mi mamá terminó el turno. Se le acercó, se presentó y ofreció llevarla a su casa. Ella, que tenía diecinueve años, lo miró de arriba abajo y vio a un cuarentón.

—No, gracias —dijo.

Mi papá no se dio por vencido. Llegaba al hospital con bombones de chocolate, pistachos o alguna otra delicia comprada en La Cristalina, una tienda donde vendían productos importados. Mi mamá rechazaba los regalos.

—Jorge —le dijo un día—, ¿usted nunca se va a cansar?

—No.

Ella se rio.

—Le traje galletas danesas de mantequilla.

Venían en una lata grande y mi mamá no se pudo resistir. La agarró.

—¿Hoy sí la puedo llevar a su casa?

Esta vez ella no fue capaz de decirle que no.

A mi abuela le encantó ese hombre caballeroso que tenía un buen patrimonio y practicaba la caridad cristiana donando mercados al hospital.

—Es un viejo —le hizo ver mi mamá.

—¿No es que te gustaban mayores?

Era verdad. Mi mamá no soportaba a los muchachos de su edad, según ella, unos estúpidos que se la pasaban haciendo cabriolas en la piscina del club.

—Tampoco tan mayores —aclaró.

Mi abuela puso los ojos en blanco:

—A vos nadie te entiende, Claudia.

El lunes, cuando llegó del hospital, mi mamá encontró en su casa a las señoras del juego de canasta. Las envolvía una nube de humo de cigarrillo y estaban comiéndose las galletas danesas de mantequilla. Cuatro amas de casa con peinados grandes como globos de fiesta y largas uñas pintadas que les servían para barajar y arrastrar las cartas sobre la mesa.

Hacía un calor horrible, contaba mi mamá. Un calor horrible de esos en Cali, pensaba yo, que era como si nos aplastara. Las señoras le mostraron una silla y ella se sentó. Aída de Solanilla tomó una galleta y la saboreó.

—A los cuarenta —habló después de tragar— un hombre no está viejo sino en la flor de la vida.

—Me lleva veintiún años —dijo mi mamá.

Solita de Vélez, con las uñas moradas y un falso lunar pintado encima de la boca, aplastó su cigarrillo en el cenicero rebosante de colillas con huellas de pintalabios.

—Esa diferencia es una ventaja —dijo.

A ella, explicó, el marido le llevaba dieciocho años, a Lola de Aparicio veinte, a Miti de Villalobos, que no estaba presente, pero era una amiga de los tiempos del juego de lulo, veinticinco, y las tres podían decir que sus matrimonios eran todo lo bueno que llega a ser un matrimonio, mejores incluso que los de parejas de la misma edad, ambos jóvenes y por eso arrebatados.

Las señoras se giraron hacia mi mamá. Ella alegó que ese señor tenía gafas de culo de botella, era calvo, bajito y demasiado flaco.

—Jorge es muy bien puesto —la contradijo Aída de Solanilla—. Yo siempre lo veo en el supermercado. Usa ropa de marca y bien planchada.

Mi mamá no podía negarlo.

—Casi no habla —dijo.

—Ay, no, mijita —contestó Lola de Aparicio abriendo su abanico español—, una no puede ir por la vida buscándoles peros a todos los hombres que encuentra porque luego se queda sola.

Mi abuela y las demás señoras asintieron mientras miraban a mi mamá. El calor horrible, pude sentirlo, igual a una soga en su garganta.

En tiempos de mi mamá era costumbre que los padres de la novia corrieran con los gastos de la boda. Mi papá, para alivio y felicidad de mi abuela, no permitió que ella pusiera ni un peso y dejó que mi mamá la planeara según sus deseos.

Ella no quiso fiestas, nada más la ceremonia en la iglesia. Su vestido era blanco, aunque no necesariamente de novia, un vestido a la rodilla, sin velos ni adornos, y llevaba el pelo en una moña sencilla, con una peineta de florecitas. Mi papá iba de sacoleva, idéntico a su papá, solo que más calvo y más viejo.

La foto de mis papás en la pared del estudio era en blanco y negro, montada sobre un bastidor de madera. Estaban en el altar. El cura, la mesa y el cristo al fondo. Los novios, delante, cara a cara, en el intercambio de las argollas. Él sonreía radiante. Ella, porque tenía los ojos gachos, parecía triste, pero era que estaba concentrada en ponerle la argolla.

A los quince días mi abuela murió de un derrame cerebral.

Al principio los recién casados vivieron en un apartamento de alquiler. La casa de mi abuelo era demasiado grande para mi tía Amelia y la vendieron. Con el dinero compraron dos apartamentos. Uno pequeño para mi tía, a unas cuadras del supermercado, que quedaba al pie de la montaña, en la portada al mar, a la entrada de un barrio tradicional, con casonas viejas y edificios nuevos. El otro, para mis papás, muy cerca, en el barrio gemelo al otro lado del río.

Los anteriores dueños del apartamento de mis papás dejaron olvidada una planta en el balcón. Una cinta de hojas largas, con franjas blancas en los bordes. Tenía las puntas quemadas y los colores marchitos. Mi abuela había tenido una de esas en la casa de San Fernando, antes de que mi abuelo se muriera y ella y mi mamá tuvieran que cambiar de vida. Mi mamá, que aún estaba de duelo por la muerte de ellos, la adoptó.

Las puertas entre el comedor y el balcón eran plegables, de vidrio, con marcos de madera. Mi mamá puso la cinta adentro. Le daba agua, la trasplantó a una matera grande, le echó tierra nueva. Ella nunca se había encargado de un ser vivo y la emocionó que la planta reverdeciera.

Doña Imelda, la cajera del supermercado, al ver su alegría, le dio el piecito de una hoja rota. Mi mamá lo sembró en una matera de barro que puso en la mesa de centro. La hoja rota se desbordó hacia el suelo. Entonces mi papá le llevó un culantrillo y mi tía Amelia, por su cumpleaños, un árbol de sombrilla.

Poco a poco el apartamento se fue llenando de plantas hasta convertirse en la selva. Siempre pensé que la selva eran los muertos de mi mamá. Sus muertos renacidos.

Mi recuerdo más antiguo es en la escalera. Yo frente a una reja de seguridad a prueba de niños y la escalera larga y rota, un despeñadero imposible hacia el maravilloso mundo verde del primer piso.

Mi segundo recuerdo es en la cama de mis papás. Mi mamá y yo, ella con su revista y yo dando brincos.

—Mamamamamamamama.

De pronto el estallido:

—¡Carajo, niña! ¡¿No te podés estar quieta?!

O quizás este recuerdo sea anterior al de la escalera y si lo siento más nuevo es porque lo viví muchas veces. Mi mamá en la cama con su revista y yo alzándole la camisa para hacerle burbujas en la barriga.

—¡¿Tenés que estar encima de mí todo el tiempo?!

Yo dándole besitos en el brazo.

—¡Dejame en paz aunque sea un minuto, Claudia, por Dios!

Mirándola, mientras ella se peinaba en el tocador. Su pelo largo y liso de color chocolate, un pelo que daban ganas de acariciar.

—¿Por qué no te vas para tu cuarto?

Yo, una niña grande, subiéndome en su cama al terminar las tareas.

—Hola, mamá.

Ella levantándose con evidente molestia para dejarme con la revista abierta sobre la cama.

—¿Por qué no seguiste trabajando en el hospital? —le pregunté.

—Porque me casé.

—¿Y casada no pensaste ir a la universidad?

Iba a decir algo, pero se calló.

—¿Mi papá no te dejó?

—No es eso.

—¿Entonces?

—Ni siquiera le pregunté.

—¿Ya no querías?

—Me hubiera gustado, sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Cerró la revista. Era una ¡Hola! En la portada, Carolina de Mónaco con un vestido strapless de fiesta y joyas reales de rubíes y diamantes.

—Porque naciste vos.

Se levantó y salió al corredor. La seguí.

—¿Por qué no tuviste más hijos?

—¿Otro embarazo? ¿Otro parto? ¿Un bebé llorando? Uy, no. A mí déjenme tranquila. Además, con vos ya se me dañó el cuerpo más que suficiente.

—¿Si hubieras podido evitarlo no me habrías tenido?

Se detuvo y me miró.

—Ay, Claudia, yo no soy como mi mamá.

Mi cumpleaños caía durante las vacaciones largas, el día de la Independencia, cuando había desfiles y la gente estaba fuera de la ciudad, en sus fincas o en la playa. No podíamos más que celebrarlo en familia y fuimos a un restaurante.

Mi mamá, igual que cada año, recordó el embarazo. Su gran barriga, los pies hinchados, que cada cinco minutos le daban ganas de ir al baño, no podía dormir y le costaba pararse de la cama. Los dolores le empezaron al almuerzo. Eran la cosa más horrible que hubiera sentido. Mi papá la llevó a la clínica y allí sufrió toda la tarde, toda la noche, toda la mañana del día siguiente, toda una nueva tarde, sintiendo que se iba a morir, y otra noche completa hasta la madrugada.

—Salió morada. Horrorosa. Me la pusieron en el pecho y yo, temblando y llorando, pensé: ¿mi esfuerzo fue para esto?

A mi mamá le salió una risa tan grande que se le vio el paladar, hondo y cruzado como el torso de una persona desnutrida.

—La bebé más fea de la clínica —dijo mi papá.

Él y mi tía Amelia también se reían mostrando la lengua, los dientes, la comida a medio masticar.

—La otra bebé que nació ese día sí era linda —dijo ella.

La última foto en la pared del estudio era del día de mi nacimiento. Un rectángulo como el de la foto de mis abuelos maternos, en blanco y negro, con marco de plata.

Mi mamá, en la cama de la clínica conmigo en brazos, no reflejaba ningún sufrimiento. Tenía el peinado a punto, los ojos delineados, los labios con brillo y una sonrisa. Mi tía y mi papá, de pie, a cada lado de la cama, también sonreían. Ella llevaba un vestido de arabescos de mangas campana y el pelo en hongo con una voluta a la altura del mentón. Él, las patillas largas y la calva un poco menos vacía. Yo era un bulto envuelto en cobijas. Una cosa chiquita de pelos negros y ojos hinchados.

—¿Todavía soy fea?

Estábamos en el estudio. Mi papá leía el periódico en su silla reclinable. Mi mamá podaba el bonsái, la única planta en el segundo piso.

—¿De qué estás hablando? —dijo ella, como si no supiera.

—Hoy se burlaron de lo fea que era cuando nací.

—Todos los recién nacidos son feos.

—Mi tía dijo que la otra bebé sí era linda.

Mi papá soltó la risa.

—No te riás —chillé, y a mi mamá—: ¿todavía soy fea?

Ella dejó las tijeras. Se acercó y se agachó para quedar a mi altura.

—Sos linda.

—Decime la verdad.

—Claudia, hay mujeres a las que el encanto no les sale sino de grandes, cuando se desarrollan. A tu edad yo también era chiquita, flaquita, morenita. ¿No me has visto en los álbumes?

Sí que la había visto, pero eso no me servía de nada porque lo único que ella y yo teníamos igual era el nombre. El resto lo saqué de mi papá. Todo el mundo lo decía, éramos idénticos.

—¿Acaso no conocés la historia del patito feo? —dijo, y fue peor.

El cumpleaños de mi papá, diez días después del mío, fue la última vez que estuvimos los cuatro solos, mi tía Amelia, mis papás y yo. Lo celebramos en nuestro apartamento. La selva decorada con serpentinas, un letrero grande hecho por mí y una torta de naranja preparada por mi tía. Mi mamá y yo le regalamos un radio nuevo para su oficina. Mi tía le pasó una caja envuelta en papel plateado de Zas, un almacén del centro comercial. Adentro venía una fina camisa italiana de color azul claro.

Al poco tiempo mi tía se fue de viaje a Europa. Asumimos que iba en un tour con dos viejas amigas del colegio, como cuando se fue a Suramérica o a las ruinas mayas. A mi mamá sí se le hizo raro que no quisiera que la lleváramos ni la fuéramos a buscar al aeropuerto, pero ni de lejos imaginó la verdadera razón.