
La noche en que el Eterno Emperador de Akidavia nació por decimoséptima vez, el cielo estaba claro y las dos lunas brillaban con fuerza, aunque ninguna lucía llena. Era una de aquellas raras noches en las que la constelación de las Hilanderas era completamente visible desde todos los confines del imperio, pero esta circunstancia no tenía ningún significado especial.
El Emperador podía renacer en cualquier lugar de Akidavia, siempre treinta y tres días después de su última muerte. Durante el período intermedio entre una encarnación y la siguiente, conocido como la Larga Noche, todo el imperio estaba de luto. Sus súbditos ayunaban, se cubrían la cabeza y tenían prohibido reír y cantar. El tiempo de las celebraciones solo comenzaba cuando el Consejo proclamaba oficialmente el renacimiento de aquel que habría de gobernarlos durante cientos de años antes de morir de nuevo y reiniciar el ciclo.
Durante la Larga Noche, el imperio akidavo era especialmente vulnerable, de modo que los zaldrim, los guerreros enmascarados del ejército, patrullaban sus fronteras sin descanso para protegerlas de cualquier amenaza exterior. No obstante, Akidavia era cada vez más extensa. Durante el reinado del decimosexto Emperador había sumado dos provincias más, expandiendo sus límites y dilatando el tiempo que se tardaba en alcanzarlos desde la Ciudad Imperial de Armonía, el corazón de la nación.
Por otro lado, dado que Su Divinidad podía renacer en cualquier rincón del imperio y este continuaba ampliándose, podría darse la circunstancia de que aquellos que debían recibirlo no llegasen a tiempo de asistir a su retorno. Las crónicas relataban que esto había sucedido dos veces desde que se tenían registros. La primera, cuando el Augur cometió un error al señalar el lugar en el mapa y, como consecuencia, la novena Emperatriz nació sin protocolo hasta que el Consejo logró localizarla por fin, dos semanas después. La segunda, cuando una tormenta hizo naufragar el barco en el que viajaba la comitiva, incluyendo al Augur, que era el único que sabía con certeza a dónde se dirigían; por esta razón, el decimocuarto Emperador nació y creció ignorado por el mundo en alguna provincia remota, mientras en el corazón del imperio estallaba una revuelta que el ejército tardó varios meses en sofocar. Aquel Emperador no llegó a reinar, porque nunca lo encontraron; solo se tuvo noticia de su muerte prematura catorce años después de su nacimiento, pues fue entonces cuando el siguiente Augur anunció el advenimiento de una nueva encarnación.
En esta ocasión, el nuevo Augur había señalado en el mapa un punto en la provincia de Gratitud, en el continente meridional del imperio. No era la más alejada de la Ciudad Imperial, pero aun así requería una travesía en barco, y las aguas eran traicioneras en aquella época del año.
Por todo ello, y tal como habían previsto, el viaje resultó largo y complicado, hasta el punto de que, cuando la comitiva llegó por fin a su destino, sus integrantes no estaban seguros de haberlo alcanzado a tiempo. Según sus cálculos, aquel era el día en que debía renacer Su Divinidad, pero ya hacía rato que se había puesto el sol.
Se detuvieron en lo alto de una loma a contemplar la pequeña aldea que se extendía a sus pies. A pesar de lo tardío de la hora, desde lejos podía verse una casa que tenía la lumbre encendida.
—Es posible que hayamos llegado a tiempo, después de todo —murmuró el Consejero Kunavamastedal, esperanzado.
—También es posible que nos hayamos perdido —rezongó la Consejera Kalinamanteni, lanzando una mirada irritada hacia el Augur.
Este bajó la vista, abochornado. Sunodavindu era muy joven para ser Augur, pero su predecesor había fallecido apenas un par de años atrás, y él había resultado ser el más aventajado de entre sus discípulos. La mayoría de los Augures se preparaban durante toda la vida para un reto que nunca llegarían a afrontar, pues solo nacía un nuevo Emperador cada mil años aproximadamente. El decimosexto Emperador había llegado a cumplir ochocientos cuarenta y siete. El pobre Sunodavindu había dado por sentado que podría contar con varias décadas para prepararse antes de tener que predecir su renacimiento, y, además, existía la nada remota posibilidad de que ni siquiera le tocase a él, sino a alguno de los discípulos a los que adiestraría cuando llegase el momento.
—Las... las señales parecían claras, excelencia —farfulló.
—Pero este sitio es tan... pequeño y provinciano —se quejó la Consejera.
—El Eterno Emperador no hace distinciones —le recordó Kunavamastedal con severidad—. Para él, cualquier hogar del imperio es digno de acogerlo.
Ella arrugó la nariz y se envolvió aún más en su capa. La ligera túnica que vestía debajo no la protegía bien del frío y la humedad que eran habituales en aquella región.
—Acabemos, pues —murmuró—. Si Su Divinidad ha renacido en una de esas... de esas... sucias chabolas, cuanto antes lo devolvamos al palacio, mejor.
El Consejero optó por no responder a eso. Se volvió hacia el zaldrim, que se alzaba serio y circunspecto sobre su caballo, y le hizo una seña de asentimiento con la cabeza.
Los cuatro descendieron por la senda que conducía hasta la aldea. Guiaron a sus monturas a lo largo de la calle principal, pero no hallaron a nadie. Todas las contraventanas estaban firmemente cerradas, como correspondía al duelo debido a la Larga Noche, que se observaba incluso en rincones remotos como aquel.
La Consejera detuvo su caballo, sin embargo, al localizar a un niño de unos siete años que los espiaba tras una esquina, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué haces ahí, muchacho?
Él dio un respingo y se echó a temblar.
—Nada..., no estoy haciendo nada, señora... Ya me iba... Solo había salido a... a...
Enrojeció. Había salido a aliviar la vejiga, y lo había hecho a aquellas horas porque el hambre causada por el ayuno no lo dejaba dormir, pero no sabía cómo decirlo con palabras que no resultasen demasiado groseras.
—¿Cómo te llamas, chico? —preguntó entonces el Consejero, tratando de tranquilizarlo.
—Reku, señor.
—¿Sabes si alguna de las mujeres de la aldea ha dado hoy a luz?
—¿Cómo?
—Que si ha tenido un bebé.
—Yo... no sé, creo que..., creo que Noli estaba a punto, pero...
Los Consejeros cruzaron una mirada radiante.
—Excelente —aprobó Kunavamastedal, satisfecho—. ¿Podrías indicarnos dónde vive Noli?
Reku inspiró hondo, aún impresionado. No entendía qué era lo que estaba pasando, ni había visto jamás a personajes tan elegantes y distinguidos como aquellos visitantes, con sus ropajes coloridos y sus singulares peinados. Sin duda debía de estar soñando. Eso, o los forasteros estaban muy perdidos y habían llegado a su pueblo por error.
Pero les señaló cuál era el camino hasta la casa de Noli, que vivía a las afueras de la aldea. Antes de volver grupas, el hombre que parecía ser el líder le ordenó:
—Avisa al alcalde de que estamos aquí.
Reku parpadeó.
—¿El... alcalde? Pero ahora... estará durmiendo..., señor —se apresuró a añadir.
No obstante, ellos no se habían detenido a escuchar sus objeciones. Seguros, al parecer, de que el niño cumpliría sus órdenes por inadecuadas que estas parecieran, los visitantes se alejaban ya por el camino que les había indicado.
Reku, sin embargo, dudaba. Aún no estaba del todo seguro de que aquello no fuese más que un extraño sueño. ¿Y si iba y despertaba al alcalde, lo acompañaba hasta la casa de Noli y resultaba que los forasteros no estaban allí? O, peor aún... ¿Y si el alcalde lo reprendía por estar levantado a aquellas horas y lo enviaba de vuelta a casa sin que él pudiera contarle lo que estaba pasando?
Reku no lo pensó mucho más. Para avisar al alcalde siempre habría tiempo, se dijo. Entretanto, quizá sería buena idea averiguar quiénes eran aquellas personas y para qué buscaban a Noli.
Sentía especial curiosidad, además, por el gigante encapuchado que no había hablado en ningún momento. Había algo extraño en él y, si era real y no un sueño, Reku no pensaba volverse a la cama sin echarle un buen vistazo.
El Augur, el zaldrim y los dos Consejeros se detuvieron ante la puerta de la casa de Noli, indecisos. Se oía trasiego en el interior: gritos y sollozos, y una voz femenina, suave pero autoritaria, que daba instrucciones en el idioma local.
Lo cierto era que, a pesar de que habían estudiado a conciencia los tratados, las crónicas y los protocolos, ninguno de ellos se había visto jamás en una situación semejante, y se sentían fuera de lugar. Kalinamanteni volvió a mirar al Augur.
—Si te has equivocado...
—Excelencia —protestó Sunodavindu—, repasé los cálculos y los mapas una docena de veces antes de emprender el viaje...
Un llanto infantil interrumpió sus disquisiciones. Kalinamanteni se cubrió la boca con las manos, emocionada.
—¿Es... Su Divinidad? —susurró.
Dio un paso al frente, dispuesta a entrar en la casa, pero la puerta se abrió de golpe ante ella, sobresaltándola.
Una mujer anciana se asomó con gesto malhumorado y les echó un largo vistazo antes de preguntar en lengua común, con un acento atroz:
—¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué buscáis aquí?
Kalinamanteni se envaró, ofendida.
—Somos... —empezó, pero Kunavamastedal la interrumpió con un gesto.
—Déjame hablar a mí —pidió, y ella asintió, reticente.
El Consejero se aclaró la garganta, elaborando mentalmente lo que iba a decir. Existía un discurso protocolario que, por descontado, había aprendido de memoria. Pero las dudas de su compañera habían sembrado la incertidumbre también en su corazón. ¿Y si, después de todo, el Augur se había equivocado? ¿No sería mejor realizar las pruebas pertinentes para asegurarse de que el recién nacido era, en efecto, Su Divinidad, antes de revelar las razones de su presencia en aquella aldea?
—Venimos a ver al bebé que acaba de nacer —informó a la mujer, que supuso que debía de ser la partera—. Hemos de hablar con su madre. ¿Podemos pasar?
Ella volvió a mirarlos con suspicacia.
—Todos, no —ordenó—. Puede entrar solamente uno.
Kunavamastedal abrió la boca para deslizar alguna objeción, pero se rindió ante la evidencia de que la casa parecía demasiado pequeña para acoger a la comitiva al completo. Se volvió hacia sus compañeros.
—Esperad aquí —dijo, y le hizo un gesto de asentimiento a la partera.
La mujer le dio bruscamente la espalda y volvió a entrar en la casa, renqueando. El Consejero dudó un momento, pero finalmente la siguió.
La puerta se cerró tras él.
Reku los observaba desde lejos, prudentemente escondido. Vio al visitante de más edad entrar en la casa de Noli junto a Laya, la partera, y lo vio salir un rato después. El niño se deslizó hacia ellos en silencio, entre las sombras, y se ocultó tras un muro cercano para escuchar lo que decían. Hablaban en la lengua del imperio, que Reku entendía bien, porque era el idioma en el que se impartían las clases en la escuela. Con todo, los forasteros tenían un acento extraño, casi cantarín, y empleaban un vocabulario muy por encima del nivel del niño.
—Nos vamos —anunció el hombre—. Haremos... —utilizó una palabra que Reku no conocía— en otra parte. Cuanto antes nos marchemos de aquí, mejor.
La mujer no parecía muy conforme.
—Pero los... y la... —Habló tan deprisa que el niño apenas entendió lo que decía—. ¿Y qué le vamos a decir al alcalde?
—Nada —decretó el hombre—. No debe saber que hemos venido.
Se mostraba nervioso de pronto, y con ganas de irse de allí cuanto antes. Reku frunció el ceño, convencido de que no lo había oído bien. Después de todo, ¿no le había pedido el forastero que avisara al alcalde?
—¿Y la partera? —preguntó el joven, inquieto.
—Ella no lo contará. Y tampoco la madre.
La mujer respondió algo, pero Reku no la oyó. Alarmado al ver que, en efecto, iban a marcharse sin que él llegase a entender lo que estaba sucediendo, se arriesgó a asomarse por detrás del muro.
Los extranjeros le daban la espalda, ocupados en desatar las riendas de los caballos. El cuarto miembro de la comitiva, sin embargo, pareció sentir su presencia, porque se volvió bruscamente hacia él, haciendo ondear su capa en torno a su robusta figura. Sus ojos centelleaban con un brillo rojizo en la oscuridad, y cuando se clavaron en Reku, el niño se sintió tan horrorizado que ni siquiera tuvo voz para gritar.
Había oído hablar de los zaldrim, el temible batallón de élite del ejército imperial, pero nunca había visto de cerca a uno de ellos. Sabía que aquellos formidables luchadores poseían poderes inexplicables, y que eran precisamente las máscaras que ocultaban sus rostros lo que los convertía en algo casi sobrehumano. Pero no estaba preparado para vislumbrar la diabólica ferocidad que retrataba aquel antifaz, de colores estridentes e inquietantes iridiscencias que resplandecían como fuegos fatuos en la oscuridad.
El zaldrim entornó los ojos —Reku pudo apreciar perfectamente que lo hacía, a pesar de que llevaba el rostro cubierto— y dio un paso al frente.
El niño retrocedió por instinto y tropezó con sus propios pies. Aterrorizado, se incorporó como pudo, dio media vuelta y echó a correr sin mirar atrás.
No se detuvo hasta que se halló de nuevo en su cama, oculto bajo la manta. Cuando pudo dejar de temblar, recordó de pronto el encargo del forastero de mayor edad.
Después pensó que, de todas formas, el propio visitante parecía haber cambiado de opinión al respecto, así que probablemente no valía la pena molestar al alcalde por eso.
Un poco más aliviado, cerró los ojos y se propuso firmemente olvidar todo lo que había visto aquella noche. Y si en los años siguientes su memoria llegaba a jugarle alguna mala pasada, él estaría dispuesto a jurar por el Eterno Emperador que todo aquello no había sido más que un extraño sueño.

Día 147, año 16 de la era de Vintanelalandali
Los aroiman, antiguos habitantes de la provincia de Prudencia, dividían las vidas humanas en tres etapas. Durante la primera, que llamaban la etapa del polluelo, el ser humano depende de otros para su seguridad y bienestar, pues no es capaz de valerse por sí mismo. En la segunda, la etapa del tigre, se vuelve libre y autónomo; no depende de nadie y establece relaciones con otros en plano de igualdad, pero tampoco tiene a nadie a su cargo. Por el contrario, la tercera etapa, la de la hormiga, se caracteriza por la responsabilidad: el ser humano es adulto y maduro, pero no es libre, pues debe cuidar y proteger a otras personas que están atravesando la fase del polluelo. Esto les sucede a aquellos que tienen hijos, pero también a quienes tienen a su cargo ancianos o enfermos.
Porque las tres etapas no son sucesivas, y no se desarrollan por igual en cada persona. Los hay que pasan de la etapa del polluelo a la de la hormiga, porque tienen hijos muy pronto; serán tigres cuando sus hijos se independicen, o seguirán siendo hormigas el resto de sus vidas, cuidando de sus nietos o de familiares de mayor edad. Muchos pasan por las tres etapas, pero regresan a la del polluelo cuando envejecen y ya no pueden valerse por sí mismos. Otros son tigres la mayor parte de su vida y nunca asumen mayores responsabilidades. Cada vida humana es diferente.
A pesar de ello, los aroiman elegían siempre a sus líderes entre aquellas personas que habían atravesado la etapa de la hormiga en algún momento de sus vidas. Consideraban que solo aquellos que sabían lo que implicaba que la vida de otras personas dependiese de ellos estaban preparados para asumir la responsabilidad de gobernar su comunidad.
Yo cumpliré dieciséis años la próxima primavera y soy lo que los aroiman denominarían «un polluelo». Y lo seré durante el resto de mi vida, que estará siempre guiada por lo que dictan las normas, las leyes y los protocolos. Nunca podré decidir nada por mí misma. Jamás se me permitirá salir del recinto de este palacio.
Y, no obstante, las vidas de los veinte millones de habitantes del imperio de Akidavia dependen de mí. Personas a las que ni siquiera tendré la oportunidad de conocer. Personas que solo me conocerán por los retratos oficiales que se repartirán en los próximos años por todo el imperio.
Me llamo Vintanelalandali, soy la Emperatriz de Akidavia y estoy destinada a vivir mil años.

Kelan aguardaba su turno en la cola, intentando fingir una calma que no sentía en absoluto. La caravana del reparto del grano visitaba su aldea todos los años a finales de verano, y él había acompañado a su padre a la cita desde que tenía memoria, aunque aquella era la primera vez que lo hacía solo. A su alrededor, sus vecinos charlaban animadamente, pero Kelan prefería mantenerse en segundo plano.
—¡Ya viene! ¡Ya viene! —exclamó entonces un niño, y todos prestaron atención.
Kelan estiró el cuello y comprobó que, en efecto, los caballos que tiraban del carro cargado con los sacos de cereal estaban entrando ya en la plaza. Hubo un murmullo de excitación en la fila, pero todos se mantuvieron en su lugar.
El alcalde Yibazun se adelantó para recibir al funcionario imperial. Este bajó del carro con gesto cansado, pero se las arregló para componer una sonrisa cordial.
Kelan observó a los dos hombres mientras examinaban la documentación que traía el funcionario para comprobar que todo estaba en orden. Inspiró hondo. El año anterior, su padre había presentado una solicitud para que subiesen su asignación, así que en teoría debían recibir dos sacos y no solo uno. Pero, dado que no habían obtenido respuesta por parte de la administración, ignoraban si habían aceptado o no su petición.
—Kelan.
El chico dio un ligero respingo y se volvió hacia la persona que le había hablado, un hombre de barba castaña y expresión tranquila y amable.
—Hola, Darak.
—¿Qué haces aquí solo? ¿Y tu padre?
—Se rompió la pierna hace unos días —respondió él—. Puede caminar con muletas, pero le cuesta mucho, y de todos modos no sería capaz de cargar los sacos.
—Entiendo. —Darak frunció el ceño, pensativo—. No podrá salir al bosque, entonces.
—Lo estoy haciendo yo en su lugar. No conozco todas sus rutas, pero puedo traer leña y caza, y también hierbas medicinales y frutos. Es temporada de avellanas.
—Ya veo. Precisamente quería hablar con tu padre porque me hace falta madera en la carpintería. Él sabe dónde encontrar los mejores nogales.
—Se lo comentaré.
La fila se movió por fin, y Kelan empujó su carretilla con cierta torpeza, golpeando sin querer las piernas de la persona que estaba delante.
—Perdón.
—Mira por dónde vas, renacuajo.
—Ya he dicho que lo siento —replicó él, molesto.
El otro se volvió para mirarlo. Se trataba de Reku, un joven varios años mayor que él. Por lo general solían ignorarse el uno al otro, aunque, por alguna razón que Kelan desconocía, en los últimos tiempos Reku había empezado a burlarse de él y a ponerlo en ridículo siempre que tenía ocasión.
—¿A dónde vas con eso? —le preguntó con una sonrisita de suficiencia—. ¿Crees que no serás capaz de cargar con el saco tú solo, niño del bosque?
«Ya empezamos», se dijo Kelan. Sabía que lo más efectivo a la hora de tratar con Reku era la indiferencia, pero no pudo evitar responder:
—Dos sacos. Nos corresponden dos sacos, no uno.
—Eso será cuando cuentes en el censo como hombre adulto, Kelan. Porque de momento sigues siendo un crío.
Él desvió la mirada y apretó los dientes. Reku no solo lo superaba en edad, sino también en fuerza y en altura. Kelan era listo y rápido, y sabía moverse por el bosque con el sigilo del zorro y trepar por los árboles como una ardilla, pero eso nunca le había bastado para ganarle una pelea a Reku.
Por fortuna, no tuvo que pensar más en cómo debía reaccionar ante la afrenta, porque el otro chico ya no le hacía caso. Había llegado su turno, y él y sus hermanos avanzaban hacia el carro del cereal. Kelan observó, sin embargo, que no parecía muy interesado en el proceso. Mientras su hermano mayor respondía a las preguntas del funcionario, Reku trataba de entablar conversación con Muna, la hija del alcalde Yibazun. Pero ella estaba concentrada en su labor como ayudante de su padre y apenas le prestaba atención.
Frustrado, Reku murmuró unas palabras de despedida y se reunió de nuevo con sus hermanos, que cargaban ya con los sacos de cereal. Kelan los contó: nada menos que seis costales, repartidos sobre los hombros de los cuatro muchachos. Reku formaba parte de una familia numerosa.
El alcalde lo llamó por fin, y Kelan empujó la carretilla, con el corazón latiéndole con fuerza. Reku se despidió de él con un gesto burlón, que el chico decidió ignorar. Se detuvo ante el funcionario y lo miró esperanzado. Pero él tenía la vista fija en sus documentos.
—¿Nombre? —le preguntó.
—Kelan, señor.
—Hummm..., no te tengo en la lista. ¿Eres mayor de edad?
—Vengo en nombre de mi padre, Dugan. Se ha... se ha roto una pierna y por eso no ha podido venir hoy.
—Aaah, ya veo. Dugan, sí. —El funcionario hizo una marca en el papel—. ¡Un saco! —anunció a los costaleros, y a Kelan se le cayó el alma a los pies.
—Pero... pero solicitamos... —El hombre alzó la mirada para observarlo por encima de los anteojos, y el muchacho tragó saliva—. Señor —se corrigió—, solicitamos recibir dos sacos otra vez, y nunca nos respondieron...
—¿Otra vez? —El funcionario revisó sus notas—. Veo que tu familia lleva cinco años recibiendo un solo saco, muchacho.
—Sí, desde que murió mi madre. Pero ya no soy un niño, y el invierno pasado fuimos muy justos de grano, así que...
—¿Pasasteis hambre? —interrumpió el funcionario con brusquedad—. Ningún ciudadano pasa hambre en el imperio de Akidavia.
Kelan reflexionó un momento. No, no habían llegado a ese extremo, porque su padre era capaz de encontrar caza en el bosque incluso en invierno. Pero sí habían tenido que apretarse el cinturón. Desde entonces, Kelan había crecido un palmo más, y su apetito había aumentado en consecuencia.
—No hemos pasado hambre, pero...
—¿Qué edad tienes?
Kelan tragó saliva.
—Voy... voy a cumplir dieciséis años, señor.
—Entonces os corresponden dos sacos a partir del año que viene.
—Sí, pero... el invierno es muy largo y nos preguntábamos...
El funcionario alzó la mano para hacerlo callar y miró a su alrededor.
—¿Alguien me puede facilitar el padrón de este muchacho? —demandó.
El alcalde estaba conversando con algunos de los vecinos de la fila, así que fue Muna quien se apresuró a buscar el documento en el cartapacio que había dejado sobre el taburete.
—Aquí lo tenéis, señor.
Le entregó el papel mientras le dirigía a Kelan una sonrisa alentadora. Pero él no se dio cuenta, porque mantenía la vista baja.
El funcionario se ajustó los anteojos para examinar la información.
—Vamos a ver... «Kelan, hijo de Dugan y Noli» —leyó—. Oh. Naciste durante la Larga Noche —comentó, y lo miró con cierta lástima.
Kelan sintió que enrojecía.
—Así es, señor.
Oficialmente, el imperio honraba a las personas nacidas en el intervalo entre un Emperador y el siguiente, porque cualquiera de ellas podría haber sido su encarnación. Pero la realidad era que, especialmente en las zonas rurales, los niños de la Larga Noche eran símbolo de mala suerte. Porque podrían haber sido la encarnación del Eterno Emperador, pero no lo eran. Y porque, para colmo, habían nacido cuando todo el imperio estaba de luto, cuando más vulnerable era, cuando no lo guiaba la luz de Su Divinidad. Había una historia que hablaba incluso de un monstruo que nacería en la Larga Noche y derrocaría al Eterno Emperador, pero pocos se atrevían a relatarla. No estaba recogida en los volúmenes oficiales de Fábulas, Cuentos y Leyendas que se leían en las escuelas y, de todos modos, a nadie le gustaba.
—Según esto —prosiguió el funcionario—, todavía te quedan varios meses para cumplir la mayoría de edad.
—Lo sé, pero seré adulto antes de la próxima cosecha, y nos preguntábamos si quizá podríamos contar este invierno con...
—El año que viene recibirás dos sacos, muchacho.
—Pero...
—Es la ley.
Kelan agachó la cabeza, con las orejas ardiéndole. Muna le dirigió una mirada apenada.
—Lo siento —murmuró, pero él solo sacudió la cabeza.
Contempló el saco que el costalero dejó caer sobre su carretilla. Tal vez podría haberlo cargado a hombros, como hacían todos los hombres de la aldea, pero tenía que reconocer que no estaba seguro de poder llegar a casa con aquel peso a cuestas. Había crecido en el último año, sí, pero aún le faltaba terminar de desarrollarse.
Suspiró. Estaba claro que aún no era adulto, así que quizá el funcionario tuviese razón después de todo.
Empujó la carretilla con dificultad. Tenía una rueda torcida y le resultaba complicado maniobrar con el peso del saco. La giró con esfuerzo hacia la derecha para internarse por una calle lateral.
Pasó cerca de Reku y sus hermanos, que se habían detenido junto al abrevadero para charlar con un grupo de muchachas. Siguió su camino sin dirigirles una sola mirada, pero entonces un pie surgió de improviso del grupo, golpeó la rueda delantera de la carretilla y le hizo perder el control.
Aunque Kelan trató desesperadamente de enderezarla, la carretilla volcó, vencida por el peso del saco, que cayó sobre el suelo polvoriento.
—Mira por dónde vas, renacuajo —dijo Reku a sus espaldas, y las chicas se rieron.
Kelan inspiró hondo y apretó los puños. Los hermanos de Reku fingían que no habían visto nada, pero si los dos chicos se enzarzaban en una pelea, intervendrían sin dudarlo, y Kelan sabía muy bien a quién apoyarían.
Por otro lado, tenía cosas más importantes de las que preocuparse: el saco se había abierto, y parte de su preciada carga se había desparramado por el suelo.
Kelan masculló una maldición y se inclinó para recogerlo. Enderezó el saco y empezó a devolver el grano a puñados al interior.
Alguien se inclinó para ayudarlo. Kelan alzó la mirada y vio que se trataba de Muna.
—Lo ha hecho a propósito —dijo la chica—. Lo he visto.
Kelan se encogió de hombros.
—Ya —se limitó a responder.
—¿Qué haces, Muna? —intervino Reku, claramente molesto—. Si es torpe, que lo asuma. Así aprenderá a tener más cuidado.
Muna se levantó y se encaró con él.
—¿No te da vergüenza? —le espetó—. Él nunca se mete contigo, pero tú no dejas de molestarlo. ¿Qué es lo que te pasa?
Reku enrojeció y dio un paso atrás, contrariado. Sus hermanos observaban la escena con curiosidad, sin intervenir. Las chicas habían empezado a murmurar.
—Y tú, ¿por qué lo defiendes? —protestó—. ¿Es que el chico del bosque no es capaz de hablar por sí mismo?
Muna no supo qué responder. Los dos se volvieron hacia Kelan, que había devuelto el saco a la carretilla y trataba de enderezarla, ajeno a la conversación. Al darse cuenta de que lo observaban, les dirigió una mirada cargada de hastío.
—Dejadme en paz —replicó—. Los dos.
Muna se sonrojó levemente, pero no dijo nada. Reku esbozó una sonrisita de suficiencia.
Kelan les dio la espalda y empujó la carretilla por el callejón. A su espalda, aún oyó decir al chico:
—¿Lo ves, Muna? No vale la pena.
Sacudió la cabeza. Kelan y Muna tenían la misma edad y habían asistido juntos a la escuela, pero no tenían mucha relación en realidad. Él era «el chico del bosque», el niño de la Larga Noche, y ella era la hija del alcalde. Nunca habían jugado juntos cuando eran pequeños, y tampoco eran amigos. De hecho, si tenía que ser sincero, incluso le sorprendía que Muna supiese su nombre.
«Bueno, al fin y al cabo, es un pueblo pequeño», pensó.

Día 152, año 16 de la era de Vintanelalandali
Me llamo Vintanelalandali.
Vintanelalandali.
Vintanelalandali.
Me costó mucho aprender a pronunciar mi propio nombre cuando era niña. A pesar de todos los esfuerzos de la maestra Mindaleva para que articulase todas y cada una de las sílabas, me trababa constantemente y me quedaba sin aire a mitad, cuando no se me olvidaba alguna parte. Cuando me atreví a sugerirle a la maestra que me llamase simplemente «Vinta», se mostró escandalizada.
Entonces yo no lo sabía, pero el nombre de cada akidavo indica su posición social. Cuanto más largo es tu nombre, más importante eres.
Me llamo Vintanelalandali, y no hay nadie en todo el imperio que tenga un nombre tan largo como el mío. Por eso la maestra Mindaleva nunca me permitió acortarlo.
Pero ella tampoco pronuncia mi nombre completo. Como todo el mundo en el palacio, suele dirigirse a mí como «Divinidad».
Nací en la provincia de Integridad hace casi dieciséis años. En realidad, esta es mi vida número diecisiete; mi alma lleva existiendo en el mundo desde hace trece milenios, probablemente más, porque mis primeras encarnaciones hollaron la tierra en los Tiempos Incivilizados, anteriores al imperio. Sería extremadamente útil que recordase todo lo que aprendí en mis vidas anteriores, que conservase la memoria de todas mis experiencias, de toda la sabiduría que debería haber acumulado a lo largo de miles de años de existencia. Pero lo cierto es que no es así. Cuando renazco, para mí es siempre la primera vez.
Por eso adopto un nombre diferente en cada encarnación. Por eso debo dedicar los primeros años de cada vida a estudiar lo que hicieron, dijeron o pensaron mis encarnaciones pasadas. A recuperar todos mis conocimientos acerca del imperio que debo regir. A volver a aprender todas las normas, leyes y protocolos que regulan el uso de mi poder, por el bien de Akidavia.
Así que paso la mayor parte del tiempo en la gran biblioteca imperial, que consta de cinco plantas y atesora todo el saber de nuestra nación. Hay una sección entera dedicada a las memorias de mis predecesores, y la visito a menudo. Cuando comprendí el sentido de mi existencia y la tarea que tenía entre manos, empecé a sentir curiosidad por aquellos que habían regido el imperio antes que yo. Y he aprendido mucho estudiando sus diarios, aunque me producen una sensación extraña. Porque, al no conservar los recuerdos de las vidas pasadas, cada encarnación es una nueva experiencia y modela el carácter del Eterno Emperador de forma diferente. También yo tengo mi propia personalidad, y aun así fui cada uno de ellos en algún momento de mi existencia. Es una contradicción que todavía estoy intentando asimilar.
Por ejemplo, me gustaría saber qué llevó a Karanuvidalastan, el quinto Emperador, a transformarse en el sangriento tirano que aterrorizó al mundo durante casi dos mil años. Pero él no dejó memorias escritas, y aún no he decidido si me siento decepcionada o aliviada al respecto.
Sí sé que los abusos de Karanuvidalastan llevaron a sus sucesivas encarnaciones a elaborar leyes cada vez más severas y restrictivas para limitar el poder del Emperador, hasta el punto de que hoy en día el gobierno descansa en gran medida en el Consejo Imperial. Ellos han estado dirigiendo Akidavia desde que renací, porque en sus primeros años ningún Emperador está capacitado para hacerlo.
Cuando llegue el momento habrá responsabilidades que tendré que asumir. Y el momento debería estar cerca, porque en unos meses cumpliré dieciséis años.
Pero contemplo mi imagen en el espejo todos los días y sigo sin reconocer en ella a una Emperatriz de Akidavia.

Kelan empujó la carretilla hasta el patio de la casa. Su padre estaba sentado junto a la puerta, con la pierna entablillada bien estirada, y tallaba algo en un trozo de madera. Alzó la cabeza sonriendo al oírlo llegar, pero se le apagó la mirada cuando vio el saco solitario en la carretilla.
—¿No recibieron nuestra petición? —preguntó.
Kelan se dejó caer a su lado en el banco.
—No lo sé. Dicen que, de todos modos, no he cumplido la mayoría de edad, así que solo nos corresponde un saco. El año que viene serán dos.
—Oh —murmuró Dugan—. Entonces ¿por qué no nos contestaron?
—Ni idea. Probablemente tenían cosas más importantes que hacer. —Kelan se estiró y cerró los ojos para sentir el sol crepuscular en la cara—. ¿Cómo se las arreglaba la familia de Reku cuando sus hijos eran pequeños? —preguntó de pronto—. Solo tenemos derecho a un saco por adulto, pero los niños comen también.
—Tienen cerdos —le recordó su padre—. Eso ayuda mucho. Si crías tus propios animales, no tienes que preocuparte si no encuentras caza en el bosque durante el invierno.
Kelan abrió los ojos.
—Nosotros podríamos hacerlo también.
Dugan desvió la mirada, incómodo.
—Necesitaríamos un permiso del alcalde.
—Podemos solicitarlo. Podemos construir un corral detrás de casa. No estoy diciendo que le compremos lechones al padre de Reku, pero Yavi tiene gallinas, y quizá podríamos...
—Los animales requieren cuidados, Kelan. Hay que estar en casa para atenderlos, y nosotros pasamos mucho tiempo fuera.
El muchacho guardó silencio. Aquel asunto había sido una fuente frecuente de discusiones cuando su madre vivía. Dugan solía ausentarse a menudo durante días para explorar el bosque o visitar las aldeas vecinas. Cuando regresaba, nunca lo hacía con las manos vacías; llenaba la despensa con lo que había cazado y recolectado en el bosque, y traía también víveres y utensilios que había intercambiado en otros pueblos. Nunca habían pasado necesidad, pero Kelan empezaba a sospechar que podrían vivir de forma más desahogada si su padre hubiese escogido un oficio más convencional.
—Darak necesita madera de nogal —recordó de pronto.
Dugan asintió.
—Ah, sí. Conozco un buen lugar. Aunque no podrá ser pronto, me temo —suspiró, echando un vistazo apenado a su pierna entablillada.
—Yo puedo ir a talar, si me dices dónde es —se ofreció Kelan.
Pero su padre lo miró dubitativo.
—Talar un nogal robusto no es cualquier cosa, hijo.
Kelan resopló. Era un buen leñador, pero aún le faltaba fuerza. Se miró los brazos, frustrado.
—¿Me crecerán los músculos de golpe cuando alcance la mayoría de edad?
Nada más preguntarlo se dio cuenta de lo infantil que había sonado. Su padre se rio.
—Serías el primero al que le pasa —comentó—. Nadie se vuelve adulto de la noche a la mañana.
—Entonces ¿por qué la diferencia entre un saco de cereal o dos depende tanto de una fecha en concreto?
—Porque en algún punto tenían que poner el límite, supongo.
Kelan frunció el ceño, pensativo.
—La Emperatriz también cumplirá pronto la mayoría de edad, ¿verdad?
Dugan alzó la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué preguntas eso ahora?
—Porque nacimos en la misma fecha. Solo me preguntaba... cómo será para ella.
Dugan sacudió la cabeza.
—Bueno, seguro que no tiene que preocuparse por recibir un saco más de grano —comentó—. No tiene sentido compararse con ella.
—No lo hago —respondió Kelan al punto.
Pero lo cierto era que no podía evitarlo. Tampoco era culpa suya, en realidad. Cuando vivía, su madre mencionaba aquella coincidencia a menudo. «Naciste durante la Larga Noche, igual que la Emperatriz», le recordaba. «No hay muchos niños que puedan decir eso.»
Así que Kelan había crecido pensando que la fecha de su nacimiento lo convertía de algún modo en alguien especial. Al empezar la escuela, sin embargo, el maestro y sus compañeros lo habían puesto rápidamente en su lugar. Había sido tan humillante para él que nunca había vuelto a mencionar en público las circunstancias de su nacimiento.
Aunque Reku solía recordárselo de vez en cuando, pero solo para subrayar, básicamente, que no era nadie importante.
—Ve a guardar el grano en el cobertizo —ordenó su padre—. Conseguiremos que dure todo el invierno.
El chico se levantó para seguir sus instrucciones. Dugan no había mencionado el hecho de que el saco estaba abierto, y Kelan se lo agradeció interiormente.
Porque sabía que se había dado cuenta. A su padre nunca se le escapaban ese tipo de detalles.

Día 183, año 16 de la era de Vintanelalandali
Intento escribir a menudo en este diario, pero mis estudios me mantienen muy ocupada. No obstante, mi mente no deja de pensar. Y estoy descubriendo que me sienta bien poner esos pensamientos por escrito. Me ayuda a organizar mis ideas y a comprender qué es realmente importante.
Todos los días cruzo la gran galería para ir a la biblioteca. Los retratos de mis vidas pasadas me contemplan desde las paredes. A veces me detengo y les devuelvo la mirada. Me llama especialmente la atención Ayanimadelanti, la décima Emperatriz, que a los trece años ya tenía el cabello blanco como la nieve. Lo comparo con el mío, de color castaño rojizo, y me pregunto por qué tarda tanto en cambiar.
—No sufráis, Divinidad —me dice Zaralane mientras me peina; como de costumbre, parece leer mi rostro como si fuera un libro abierto—. Mi abuela siempre decía que vuestra anterior encarnación no encaneció hasta bien entrados los diecisiete.
Zaralane no es una más entre las sirvientas que me atienden a diario. Ella es mi doncella de compañía, mi amiga, prácticamente mi hermana, porque hemos crecido juntas. En realidad, cepillarme el cabello no entra dentro de sus obligaciones, pero ella lo hace con gusto o, al menos, eso dice. Y aunque charlamos muy a menudo, es precisamente en esos momentos cuando suelo sentirme más inclinada a compartir confidencias con ella.
No obstante, en los últimos tiempos soy consciente de que también Zaralane examina mi cabello con atención al cepillarlo, buscando la señal más evidente de que mis dos poderes están despertando por fin.
Quizá no debería impacientarme. Tal vez debería dejar de comparar mi cabello color cobre con las espléndidas melenas blancas de los retratos de la galería. Pero no puedo evitarlo.
Todo está relacionado. El cambio de color en mi pelo, el primer retrato oficial, los primeros actos públicos, los primeros Juicios. Una cadena de acontecimientos que cambiará mi rutina para el resto de esta vida. Podré contemplar por primera vez otros rostros diferentes a los que veo diariamente en el palacio, y eso me produce emoción y alegría.
Seré la encargada de ejecutar la ley del imperio, y eso me causa una profunda inquietud.
Y todo comienza con un mechón blanco.

Kelan nunca atravesaba la aldea si podía evitarlo. Para ir al bosque no lo necesitaba, y cuando quería visitar el mercado que se celebraba en el pueblo vecino daba un rodeo por las afueras, aunque tardase un poco más. Así se ahorraba encuentros indeseados.
No era que la gente de la aldea lo tratase mal. Todos solían ser amables con él, pero Kelan detectaba cierta conmiseración en sus palabras. Había sido así desde que podía recordar, pero se había acentuado a partir de la muerte de su madre.
No le gustaba que lo mirasen con lástima. Lo hacía sentir incómodo, como si fuese peor que los demás, y nunca había llegado a descubrir exactamente por qué. Podía ser debido al oficio de su padre, a la muerte de su madre, al hecho de haber nacido durante la Larga Noche o a las tres cosas a la vez. El caso era que no importaba, porque ninguna de aquellas circunstancias era realmente culpa suya, ni podía hacer nada para cambiarlas.
Aquella mañana, sin embargo, no había tenido más remedio que adentrarse en el pueblo. Lucía el sol, por fin, después de una semana de intensas lluvias que habían complicado mucho sus expediciones por el bosque. Esperaba que el buen tiempo se mantuviese durante unos días para recuperar las horas perdidas, pero entretanto necesitaba llenar la despensa de alguna manera.
Se detuvo ante el portón de la casa de Yavi, que vivía en la plaza central del pueblo. Le daba un poco de vergüenza presentarse allí, porque siempre recurría a ella cuando las cosas iban mal. Pero se debía a que había sido buena amiga de su madre, la recordaba con afecto y no solía fallarle.
Golpeó el portón con los nudillos, un poco nervioso. Las gallinas cacarearon con más intensidad, y desde el patio sonó la voz de Yavi:
—¡Un momento, ahora mismo voy!
El portón se abrió con un chirrido, y el rostro redondo y colorado de Yavi se iluminó con una sonrisa al ver al muchacho.
—Kelan. Qué agradable sorpresa. ¿Has venido a buscar huevos?
Él asintió sin una palabra.
—Bien, veamos qué traes.
Kelan vaciló un momento antes de mostrarle el interior de su zurrón. Un puñado de setas y varias nueces mohosas era todo lo que se adivinaba en su interior.
Yavi alzó la cabeza para mirarlo, perpleja.
—Ha sido..., ha sido una mala semana —balbuceó Kelan—. Ha llovido mucho, los senderos están embarrados, los torrentes se han desbordado y...
—Tu padre sigue sin poder caminar, ¿verdad? —Yavi lo comprendió.
Kelan desvió la mirada con la cara ardiéndole de vergüenza. A Dugan nunca lo habían detenido cosas tales como la lluvia, la nieve o el granizo. Cuando, el primer día de tormenta, Kelan había regresado a casa empapado hasta los huesos y con las manos vacías, su padre no había hecho ningún comentario; pero a la mañana siguiente, mientras Kelan aún dormía, se había calado el sombrero, se había colgado el zurrón al hombro y había salido de casa apoyado en sus muletas, desafiando a la lluvia.
Kelan lo había encontrado un poco más tarde tirado en el camino. Había resbalado sobre el suelo húmedo y no había podido levantarse por sí mismo. El chico lo había llevado de vuelta a casa y, tras una tensa conversación, Dugan había acabado por reconocer, a regañadientes, que tendría que quedarse en casa hasta recuperarse por completo.
—Las cosas mejorarán con el buen tiempo —murmuró Kelan—. Seguro.
Pero no parecía muy convencido. Yavi se quedó mirándolo un momento y después sonrió.
—Espera aquí —le dijo.
Cerró el portón. Kelan aguardó en la calle, inquieto. Vislumbró una figura que salía de la casa del alcalde, y con el rabillo del ojo reconoció a Muna. Le dio la espalda discretamente, fingiendo que no la había visto.
Yavi abrió de nuevo instantes después. Portaba una cesta con no menos de una docena de huevos, y Kelan la miró, dubitativo. Yavi echó un vistazo rápido por encima del hombro y dijo en voz baja:
—Llévatelos todos. No hace falta que me des nada ahora. Ya me traerás algo a cambio más adelante, setas, caza o bayas, cuando sea temporada.
—Pero...
Se oyó una voz masculina llamando a Yavi desde el interior de la casa, y ella volvió a mirar hacia atrás con nerviosismo.
—Vamos, llévatelos —le urgió.
Y Kelan comprendió entonces que probablemente su marido no aprobaría aquel regalo. Estuvo a punto de rechazarlo, pero los huevos tenían muy buen aspecto, y realmente había sido una semana muy complicada.
Tomó una decisión. En lugar de agarrar la cesta, cogió cuatro huevos y se los guardó en el zurrón.
—Con esto será suficiente. Muchas gracias, Yavi.
Ella lo miró dubitativa.
—¿Estás seguro?
Kelan asintió.
—Los pagaré, te lo prometo.
—No es necesario que... —empezó ella, pero de nuevo se oyó la voz de su marido:
—¿Yavi? ¿Con quién estás hablando?
—Vamos, vete —urgió ella, y Kelan asintió, le dio las gracias otra vez y dio media vuelta para marcharse.
Apenas había avanzado unos pasos cuando se tropezó con Muna.
—Hola, Kelan —dijo ella.
El chico había olvidado que estaba allí. Se volvió hacia la casa de Yavi, pero el portón se había cerrado ya tras él. Miró de nuevo a Muna y esbozó una sonrisa incómoda.
—Hola —respondió.
—Hacía tiempo que no te veía —prosiguió ella—. Desde el día del reparto del grano. —Kelan no contestó, por lo que Muna añadió—: ¿Va todo bien?
—Sí..., sí, todo bien.
—¿Cómo está tu padre?
—Haciendo reposo todavía. Pero no tardará en volver a caminar, espero.
Muna sonrió.
—Eso está bien. Deséale una pronta recuperación de mi parte, por favor.
—Claro.
A Kelan no le gustaba que Muna fuese amable con él, aunque no sabía explicar por qué. Estaba bastante seguro de que era sincera. Sin embargo, también tenía la sensación de que la chica trataba de construir unos puentes que en realidad ninguno de los dos podría cruzar nunca.
Había sido así desde que ya no se veían todos los días en el colegio, como si ella hubiese desarrollado de pronto un especial interés por mantener el contacto con él. Kelan no comprendía por qué y no se sentía del todo cómodo con aquellos intentos de acercamiento, por lo que no solía responder a ellos. De hecho, era consciente de que ella podría haberle retirado la palabra mucho tiempo atrás, decepcionada por su actitud. Sin embargo, y a pesar de todos sus desaires, Muna siempre se acercaba a saludarlo e incluso salía en su defensa cuando se metían con él.
La mirada de Kelan se desvió hacia el lugar donde, un par de semanas atrás, Reku había hecho volcar su carretilla tras el reparto de grano.
Muna se dio cuenta.
—¿Todavía estás molesto por lo de la carretilla? Reku es un idiota; no sé por qué la ha tomado contigo, pero no tiene razón en nada de lo que dice sobre ti.
Kelan no tenía el menor interés en saber lo que Reku decía sobre él. Por otro lado, acababa de ver algo que le había llamado la atención.
Necesitaba estudiarlo de cerca, de modo que se alejó de Muna sin darle explicaciones y se inclinó junto a la pared del callejón.
Allí, justo al pie del muro, habían germinado tres brotes verdes.
Kelan frunció el ceño y los acarició con la yema del dedo. Había otras plantas que crecían a ambos lados del callejón o incluso entre los ladrillos de la pared, pero estas eran diferentes. Pasó los dedos por la tierra de la que habían nacido los brotes, pensativo.
—¿Qué estás mirando? —La voz de Muna a su espalda lo sobresaltó—. ¿Qué hay ahí?
—Aquí es donde volcó mi carretilla —explicó él, aún concentrado en las plantas—. Recogimos todo el cereal que pudimos, pero... creo que quedaron algunos granos.
—¿Y? ¿Qué quieres decir?
Kelan se apartó un poco para mostrarle lo que había descubierto.
—Creo que algunas de esas semillas han germinado, Muna.
Ella contempló los brotes con cierta incredulidad y luego se volvió hacia el chico para mirarlo.
—Eso no es posible —dijo sin más—. Todo el mundo sabe que en Gratitud no puede crecer el cereal. Lo aprendimos en la escuela, ¿no te acuerdas?
—Sí, lo sé. Nuestro clima es demasiado duro para el cereal, hace mucho frío en invierno y llueve demasiado en otoño y primavera —recordó él—. Y tenemos demasiadas montañas, y el cereal crece mejor en llanuras bien soleadas.
—Y por eso es propio de las provincias interiores, de clima más seco —completó ella—: Respeto, Lealtad, Integridad y, por supuesto, Armonía. Allí se cultiva y cosecha para todo el imperio.
Kelan no contestó. De nuevo, sus dedos rozaron los pequeños tallos verdes.
—Eso no puede ser cereal, Kelan —insistió Muna—. Ha de ser otro tipo de planta.
El chico se puso por fin en pie.
—Tal vez —murmuró, pero sus pensamientos estaban lejos de allí—. Tal vez —repitió—. Hasta la vista, Muna.
Y dio media vuelta y se alejó sin más por el callejón.
Muna no se molestó en tratar de detenerlo; se quedó mirándolo un momento y exhaló un suspiro apenado.

Día 190, año 16 de la era de Vintanelalandali
Hoy he concedido audiencia al Consejo. Es una curiosa forma de expresarlo, ya que en realidad es el Consejo el que me concede audiencia a mí. La maestra Mindaleva me ha acompañado hasta la Sala de las Deliberaciones, donde hoy se encontraban cuatro de los seis Consejeros. El Consejero Viyatenisgani me ha puesto al día del estado de las finanzas del imperio, y he pedido a Mindaleva que tomase nota de todo para estudiarlo con calma. El Consejero Kunavamastedal ha sonreído y ha dicho que no era necesario, pero creo que Viyatenisgani no estaba de acuerdo.
En realidad, no tiene ningún sentido que muestre tanto interés por los asuntos del imperio porque todavía no he sido entronizada, y cuando eso suceda tampoco podré decidir gran cosa de todos modos. Pero Viyatenisgani se comporta como si mi cabello fuese a cambiar de color mañana mismo. La maestra Mindaleva dice que se debe a que está impaciente por servirme, puesto que entró en el Consejo cuando yo era apenas un bebé. Casi todos los demás, en cambio, estaban ya aquí con el decimosexto Emperador. Es decir, me conocen de mi anterior encarnación, aunque yo no los recordaba a ellos cuando renací. Supongo que por eso entienden que tengo mucho tiempo por delante para ponerme al día.
Sé que Kunavamastedal me observa con indulgencia. Es consciente de mis esfuerzos por aprender y mejorar, y parece convencido de que estaré a la altura de mi responsabilidad como Emperatriz. Es reconfortante contar con su confianza.
Sin embargo, tengo la sensación de que la Consejera Kalinamanteni no me aprecia del mismo modo. Durante un tiempo me pregunté a menudo si era culpa mía, si había hecho algo que mereciese su desaprobación y, en tal caso, cómo podía arreglarlo. Era importante para mí, porque Kalinamanteni, como responsable de los asuntos del palacio, es la Consejera con la que trato más a menudo.
Más tarde comprendí que ella ya estaba en el Consejo cuando regía mi anterior encarnación. Así que busqué en la biblioteca los diarios de Ulayanamivandu, el decimosexto Emperador, para tratar de descubrir cómo era su relación con los Consejeros. Pero, aunque menciona a Kalinamanteni a menudo, no pude averiguar si había existido alguna desavenencia entre ellos en el pasado.
Zaralane dice que la Consejera es estricta con todo el mundo y que solo quiere lo mejor para mí. Puede que tenga razón y que yo esté viendo animadversión donde solo hay severidad.
Por otro lado, es la primera vez que los Consejeros asisten a un período de transición entre un Emperador y otro. Puede que mis encarnaciones vivan mil años, pero las vidas humanas corrientes son mucho más cortas. Los miembros del Consejo pasaron de servir a un Emperador de ochocientos años, que ya regía Akidavia cuando ellos nacieron, a inclinarse ante un bebé recién nacido. Y es posible que no todos lo hayan asimilado igual. Los diarios de mis predecesores están repletos de anécdotas similares, de personas que los conocían de su anterior encarnación y se mostraban decepcionadas porque el nuevo Emperador no se comportaba igual que el antiguo.
Es difícil asumir las expectativas que deposita la gente en nosotros. Puede que el Eterno Emperador lleve muchos milenios hollando el mundo, pero para nosotros cada renacer sigue siendo el primero.

Kelan no volvió a mencionar a nadie el asunto de los brotes de la plaza, y ni siquiera lo comentó con su padre. Pero en los días siguientes no dejó de darle vueltas mientras una idea germinaba en su mente y crecía poco a poco, alimentada por las largas horas de soledad en el bosque.
Aquella idea, sin embargo, tenía que luchar contra otras más antiguas que ya habitaban en su cabeza y que la contradecían, tratando de menospreciarla o de minimizarla.
Pero, por alguna razón, la idea siempre salía triunfante y se volvía un poco más poderosa después de cada contienda.
«Todo el mundo sabe que el cereal no crece tan al sur.»
«Pero el grano brotó.»
«Probablemente no crecerá más. Y por supuesto no llegará a espigar, este clima no le favorece.»
«Pero brotó. Al pie de un muro, tras una semana de lluvia intensa. Y sin nadie que lo cuidara. Quizá este cereal sea más resistente de lo que pensamos.»
«Si fuese así, cultivaríamos cereal en la provincia de Gratitud, y también en Franqueza y en Compasión, incluso en las islas Fortaleza. Y no lo hacemos.»
«Puede que a nadie se le haya ocurrido antes.»
«Y a ti se te ha ocurrido porque, por supuesto, eres más listo y más sabio que todos los demás.»
Este fue un duro golpe para la idea novedosa, que permaneció unas horas en silencio. Pero después volvió a la carga.
«A lo mejor podría intentar plantar algunas semillas», sugirió. «No muchas, solo para ver si crecen o no. En un pedazo de tierra bien soleado, resguardado y apartado del camino, para que nadie lo pisotee.»
«Solo tenemos un saco de cereal para todo el invierno. No deberías malgastarlo.»
«Sería solo un puñado, nadie lo notaría. Y si las plantas crecen y espigan, podríamos sembrar más el año que viene. Toda la gente del pueblo podría hacerlo. Si cultivamos nuestro propio cereal, no tendrán que traer los sacos desde otras partes del imperio.»
«Y no se le ha ocurrido a nadie antes porque...»
«No lo sé. No niego que vaya a ser difícil o que conlleve problemas, pero si no sabemos qué problemas son exactamente, nunca encontraremos la manera de solucionarlos.»
«El cereal se cultiva en las provincias interiores, de largos días soleados, amplias llanuras y suelo fértil. Y aun así, con todo a favor, hay años en los que la cosecha no es buena, o se echa a perder del todo.»
«Y sigue habiendo grano para todo el imperio porque el excedente de las buenas cosechas se guarda en silos para cuando hay escasez. Nosotros podríamos hacer algo parecido. No necesitamos producir cereal para todo un imperio, solo para la aldea.»
La nueva idea se había vuelto tan poderosa que los viejos prejuicios tardaron un poco en responder esta vez.
«A padre no le va a gustar», dijeron por fin. «No quiere tener animales porque eso nos obligaría a quedarnos en casa todo el tiempo para cuidarlos. Una plantación no es muy diferente.»
La idea novedosa vaciló un instante.
«No sería una plantación en realidad, solo un pequeño huerto. Mucha gente en la aldea los tiene. Además, padre no tiene por qué enterarse.»
«No puedes hacerlo a sus espaldas.»
«Es la mejor opción, porque sé que no le parecerá buena idea. Además, si resulta que al final las plantas no crecen, de todos modos no habrá nada que discutir. En cambio, si consigo que crezcan y produzcan grano, todo podría ser muy diferente.»
«¿No se lo vas a contar a nadie?»
«No, al menos hasta que demuestre que tengo razón.»
«No la tienes. Si sigues adelante, harás el ridículo y todos se burlarán de ti por haberte creído más listo que nadie.»
«Déjame probarlo. Nadie se enterará.»
Y los viejos prejuicios se rindieron por fin.
«Bueno. De todos modos, es una idea estúpida y no va a funcionar.»

Día 199, año 16 de la era de Vintanelalandali
Llevo guantes desde que me alcanza la memoria. Mis anteriores encarnaciones los llevaban también. Es una costumbre que se remonta a tiempos muy remotos, aunque originariamente el Eterno Emperador solo empezaba a usarlos como parte de su indumentaria habitual el día de su entronización. Fue Ayanimadelanti, al parecer, quien impuso la norma de que debía llevar guantes desde el mismo día de su renacimiento y hasta el momento de su muerte, porque sus poderes despertaron antes de lo que nadie esperaba, causaron un grave incidente en palacio y ella se sintió tan culpable que decidió que aquel error no debía volver a repetirse.
Así que tengo las manos siempre cubiertas. Estreno guantes cada día, y cada par es aún más bello y exquisito que el anterior, pero no se me permite conservarlos. En su día pregunté a la Consejera Kalinamanteni por las razones de semejante despilfarro, y me explicó que en la provincia de Generosidad hay toda una industria especializada en el tejido de guantes para el Emperador. Parece ser que todas las familias tienen una o varias mujeres que dedican su tiempo en exclusiva a esta tarea, y para ellos es un gran honor que yo lleve sus guantes por un día, porque de este modo me sienten más cercana a ellos. Le dije entonces a la Consejera que deseaba viajar a Generosidad y visitar sus talleres después de mi entronización, pero ella me miró con severidad y me recordó que la Emperatriz no salía jamás del palacio.
Así que nunca podré conocer en persona a las tejedoras de guantes de Generosidad, ni a los habitantes de Confianza, Obediencia, Compasión, Alegría y el resto de las provincias exteriores. Tampoco se me permitirá visitar provincias más cercanas, como Dignidad, Lealtad o Valentía. Ni tan siquiera podré recorrer Armonía, que es el corazón del imperio akidavo, donde se alza la Ciudad Imperial.
Ya lo sabía, por descontado. Lo sé desde que, de niña, empecé a explorar las dependencias del palacio y a preguntar qué había más allá de sus muros. Cuando descubrí que no se me permitiría traspasarlos jamás, me encerré en mi habitación y pasé allí varios días llorando, negándome a comer y sin querer hablar con nadie. Los sirvientes no sabían qué hacer, y la pobre Zaralane se llevó un gran disgusto porque creía, por alguna razón que ya no recuerdo, que había sido ella la causante de mi berrinche.
También los Consejeros estaban desconcertados. Acostumbrados a tratar con un Emperador que atesoraba la sabiduría y la experiencia de ochocientos años, no sabían cómo lidiar ahora con una niña obstinada y caprichosa.
Fue el Consejero Kunavamastedal quien logró por fin hacerme salir de mi enfurruñamiento. Cuando entró en la habitación pensé que me reprendería, que me diría que lo había decepcionado, que aquel no era un comportamiento propio de una Emperatriz de Akidavia. Pero solo suspiró, sacudió la cabeza y dijo:
—Él me advirtió de que pasaría esto.
Saqué la cabeza de debajo de los almohadones.
—¿Él? —repetí.
—Vuestro predecesor. Ulayanamivandu, el decimosexto Emperador de Akidavia.
En aquella época no me gustaba oír hablar de él. Decían que yo era su encarnación, pero no lo recordaba. Sentía que no me parecía en nada a él y tenía miedo de que me obligasen a dejar de ser yo misma para convertirme en aquel anciano de los retratos. (Eso fue antes de descubrir que uno de los muchachos de la galería era el propio Ulayanamivandu en la época de su entronización. Debo admitir que era bastante atractivo por entonces; pero, naturalmente, ni siquiera un Emperador tiene el mismo aspecto con diecisiete años que con ochocientos.)
De todos modos, me volví para mirar al Consejero, aunque con cierta desconfianza.
—¿Acaso el Eterno Emperador puede ver el futuro? —pregunté—. ¿Es otro de los poderes que despertarán en mí cuando mi cabello se vuelva blanco?
Kunavamastedal sonrió.
—No, pero Ulayanamivandu tenía buena memoria —respondió—. Y es de admirar, teniendo en cuenta la gran cantidad de recuerdos que se acumulaban en su cabeza después de vivir ocho siglos.
Me senté sobre la cama, pensativa.
—A lo mejor es por eso por lo que olvidamos nuestra vida anterior cada vez que renacemos —comenté—. Porque, si tuviésemos que conservar tantos recuerdos, nos reventaría la cabeza.
Kunavamastedal se rio de buena gana. Creo que ese fue el día en que me di cuenta de que, a pesar de todo, le caía bien.
—No tuve la posibilidad de conocer a Ulayanamivandu cuando tenía vuestra edad —comentó—. De hecho, cuando yo nací él era ya muy anciano.
El Consejero decía estas cosas a menudo, para asegurarse de que poco a poco yo me iba haciendo a la idea de que, aunque en mis primeros años crecería como una niña normal, no lo era en absoluto. Por aquel entonces me costaba mucho imaginarlo, porque Kunavamastedal era muy viejo desde mi punto de vista. Pero él insistía en que debía comprender lo que implicaba la extraordinaria longevidad imperial.
Nunca me contó, sin embargo, la consecuencia más obvia: que acabaré viendo morir, tarde o temprano, a todas las personas a las que conozco. A Kunavamastedal, a Kalinamanteni, a la maestra Mindaleva, a Zaralane, a todos los demás. Y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, y a los hijos de los hijos de sus hijos. Todos ellos abandonarán mi vida, uno tras otro, y solo yo permaneceré aquí para recordarlos. Hasta que llegue mi turno también y los olvide cuando vuelva a nacer.
No obstante, aquella era la primera vez que Kunavamastedal mencionaba que mi predecesor hubiese sido niño alguna vez. Lo miré con curiosidad.
—¿Ulayanamivandu... tuvo mi edad?
—Hace ochocientos cuarenta y siete años, sí —asintió el Consejero—. Y recordaba que para él también había sido complicado crecer en el palacio imperial y comprender que no era un niño como los otros. También quería salir a explorar y a conocer el mundo exterior, y se enfadó mucho cuando se lo prohibieron.
Lo miré con cierta desconfianza. Todavía me resistía a admitir que yo pudiese tener algo que ver con «el viejo», como lo llamaba para mí misma.
—Y por eso pudo vaticinar que esto sucedería —concluyó el Consejero—. Porque ya ha sucedido en otras ocasiones, cada vez que Su Divinidad ha renacido entre nosotros.
No dije nada, pero aparté la vista, aún un poco enfurruñada. Kunavamastedal añadió:
—«Tened paciencia conmigo cuando renazca», me dijo. «Porque habré de aprenderlo todo de nuevo. Pero acabaré por ponerme al día, y Akidavia recuperará a su Emperador.» Emperatriz, en este caso —matizó con una sonrisa.
—Pero no puedo salir —refunfuñé con obstinación.
—Cierto, no podéis salir. Hay una buena razón, y con el tiempo acabaréis por descubrirla. Entretanto, permitidme señalar que el palacio imperial es inmenso y aún guarda muchos secretos. Estoy bastante seguro, por ejemplo, de que nunca habéis visitado los invernaderos del ala oeste.
Traté de fingir desgana, pero lo cierto era que había despertado mi curiosidad.
—¿Qué hay ahí? ¿Plantas?
—Las flores más hermosas de los rincones más remotos del imperio, Divinidad. También hay un pequeño jardín con animales exóticos que podría ser de vuestro interés.
Momentos más tarde salía de mi habitación de la mano del Consejero, olvidada ya la pataleta.
Desde entonces he intentado rebelarme alguna vez contra la norma que me impide salir. Pero lo cierto es que, pese a lo mucho que desearía poder viajar por todo el imperio y tener la oportunidad de contemplarlo con mis propios ojos, tampoco he insistido demasiado: un comentario aquí, una pregunta allá..., para tantear los límites y nada más.
Porque, en efecto, conozco muy bien las razones por las cuales la Emperatriz de Akidavia no debe abandonar el palacio jamás.

Detrás de la casa de Kelan y Dugan había un pequeño cobertizo. Lo utilizaban para almacenar víveres y herramientas diversas, aunque Kelan llevaba tiempo pensando que, si se librasen de todo lo que no utilizaban, quedaría casi vacío. Había, por ejemplo, un carro con el eje roto que estaba prácticamente destrozado, pero que nunca habían sacado de allí. También había varios toneles vacíos (o, al menos, Kelan esperaba que lo estuviesen, porque nada que pudiese quedar dentro podría ser ingerible a aquellas alturas), un par de cubos desfondados y un banco comido por la carcoma.
También había varios aperos de labranza colgados en una pared.
Kelan se detuvo frente a las herramientas y las contempló, pensativo. Reconoció un par de azadas y un rastrillo, pero las demás no sabía para qué servían. De todos modos, comprobó con decepción que estaban oxidadas, y la madera de los mangos se había podrido.
Sacudió la cabeza con un suspiro. Todo aquello había pertenecido a sus abuelos, al igual que la casa. Tenía recuerdos de su padre prometiendo a su madre que haría limpieza en el cobertizo en cuanto llegase el verano... Pero el buen tiempo traía también buena caza a los bosques, y al parecer Dugan nunca encontraba el momento apropiado para ponerse manos a la obra.
Kelan sospechaba que ya nunca lo haría. De hecho, el chico no recordaba la última vez que su padre había entrado en el cobertizo. Ahora, con la pierna entablillada, era todavía menos probable que apareciese por allí.
Entonces se le ocurrió una idea y avanzó hasta el fondo del cobertizo, por donde entraba un haz de luz solar. Alzó la cabeza hacia el techo. Mucho tiempo atrás, un rayo había impactado sobre el tejado; sus padres habían logrado apagar el fuego antes de que se extendiese al resto de la casa, pero el agujero seguía allí, porque era otra de las cosas que Dugan nunca había llegado a arreglar. Por aquel boquete entraba el sol a raudales, y también la lluvia. Su padre se había limitado a apartar a otro lado las cosas que guardaba en aquel rincón, para protegerlas de las inclemencias del tiempo.
Bajó la vista a los pies. El suelo estaba cubierto por tablones, pero podría retirarlos con facilidad. De hecho, comprobó con el corazón acelerado que algunas hierbas y matojos crecían entre la madera, buscando la luz del sol.
Inspiró hondo. No costaba nada intentarlo, pensó.
Tardó varios días en acondicionar aquel rincón del cobertizo. Retiró los tablones, rastrilló el suelo y acarreó tierra del exterior para formar otra capa más de mantillo, solo por si acaso. Lo regó todo abundantemente con agua y, cuando consideró que estaba preparado, birló un par de puñados de grano del saco y los sembró en su huerto secreto, separando bien las semillas unas de otras; después las cubrió de tierra y las regó bien otra vez.
Se acostumbró a visitar la plantación dos veces al día: a primera hora de la mañana, antes de salir al bosque, y por la tarde, cuando regresaba. Una vez hecho el trabajo inicial, ya no le quedaba más que esperar. Sabía que llevaría tiempo, sobre todo porque había sembrado en otoño, y cada vez entraba menos luz solar por el hueco del techo. Pero no podía evitar impacientarse. Se preguntaba si la tierra tenía suficiente agua, y regaba generosamente; después veía el suelo encharcado y temía haberse extralimitado. Lo cierto era que no tenía ni idea de si debía regar más o menos, de si sus semillas necesitaban sol o sombra... Porque la tierra continuaba muda, sin mostrar ni el brote más diminuto.
Casi todos sus vecinos tenían huertos en los que cultivaban diversos tipos de verduras y hortalizas, de modo que Kelan, que los había visto trabajar desde niño, tenía cierta idea de lo que debía hacer. Pero, por descontado, ninguno de ellos sembraba cereal, así que no tenía sentido tratar de tantearles al respecto. Temía, por otro lado, que se rieran de él si se atrevía a contarles lo que estaba intentando hacer.
Al cabo de unos días decidió volver a acercarse a la plaza y comprobó que los tallos verdes que había visto tiempo atrás seguían creciendo al pie del muro, con lentitud, pero con firmeza. Estudió el lugar. Parecía que recibían mucho sol, pero no podía estar seguro con respecto al agua. Kelan había descubierto los brotes después de varios días de intensas lluvias; desde entonces, sin embargo, solo habían podido contar con algún chaparrón ocasional.
De regreso al cobertizo, tomó una decisión. Trazó en el suelo del sembrado dos líneas de separación para crear tres zonas diferenciadas, y decidió que cada una de ellas recibiría una cantidad de agua diferente.
A pesar de todo, y de que visitaba el cobertizo todos los días, el cereal que había plantado no daba muestras de germinar.
Las viejas ideas volvieron a sembrarle la mente de dudas. ¿Y si estaba haciéndolo todo mal? ¿Y si era cierto que no podía cultivarse cereal en Gratitud? ¿Y si los tallos que crecían al abrigo del muro no habían nacido del grano que se le había caído, sino que se trataba de otra clase de planta?
El otoño seguía avanzando, los días se acortaban y el tiempo era cada vez más frío. Pero era buena época para cazar y, por otro lado, ahora que había dejado de llover, Kelan no estaba teniendo problemas para llenar el zurrón de setas y hongos de todas clases. De modo que él y su padre se las arreglaban con lo que el chico traía cada día, y ni siquiera necesitaban moler grano para hacer gachas o pan, por lo que podían reservarlo para los días más duros del invierno que estaba por llegar. Kelan incluso se pudo permitir el lujo de llevarle a Yavi una perdiz a cambio de los huevos que ella le había regalado tiempo atrás.
El muchacho estaba empezando a aceptar que sembrar cereal había sido una idea estúpida después de todo, y que tal vez podrían arreglárselas con un solo saco de grano todo el invierno, aunque en el fondo se sentía un poco decepcionado. Aun así, todos los días visitaba el cobertizo y regaba la tierra bajo el boquete del techo, cada vez con menos esperanzas de ver brotar algo allí.
Un buen día, sin embargo, detectó unos pequeños puntos claros entre los surcos. Pestañeó, temeroso de que su vista lo estuviese engañando. Pero los puntos seguían allí, de modo que se inclinó para examinarlos. Los acarició con suavidad, rozándolos apenas con la yema de los dedos. Se estremeció de emoción.
Había brotado. El grano que había plantado no había germinado en las amplias y soleadas praderas de Armonía o Lealtad, sino en un rincón de un cobertizo en Gratitud, una de las provincias meridionales, donde en teoría no se podía cultivar cereal.
Trató de calmarse. Quizá se estaba precipitando. Al fin y al cabo, que la semilla germinara no implicaba que fuese a crecer y madurar. Tal vez muriera a lo largo del invierno sin llegar a espigar. Quizá no tuviese fuerza suficiente o no generase bastante grano como para alimentar a nadie.
Kelan se incorporó y examinó su pequeña plantación con gesto crítico. Advirtió entonces que solo había brotes en una de las tres zonas, precisamente la que más riego había recibido. Tomó nota al respecto.
Cuando salió del cobertizo y se encaminó hacia el bosque, sonreía para sí. Aún era pronto para compartir su secreto con nadie, pero tenía la sensación de que, paso a paso, estaba avanzando en la buena dirección.

Día 245, año 16 de la era de Vintanelalandali
Estoy estudiando geografía antigua. Es una materia que encuentro fascinante, y es curioso, porque Oronavaniladal, mi duodécima encarnación, la detestaba con todas sus fuerzas. Al examinar los mapas antiguos, sin embargo, puedo comprender su frustración: el imperio akidavo estaba formado por muchos territorios diferentes, habitados por pueblos que hablaban idiomas distintos, y su toponimia podía resultar una pesadilla para los estudiosos. Esta es la razón por la cual Oronavaniladal decidió dividirlo en provincias y denominar cada una de ellas con nombres que pudiese recordar. Para ello eligió la lista de las virtudes que caracterizan a todo buen akidavo, y los emperadores y emperatrices sucesivos continuaron con la tradición, renombrando de esta manera cada nuevo territorio que conquistaban.
No obstante, los pueblos antiguos no se diluyeron por completo en el crisol del imperio. En la actualidad existen no menos de veintitrés lenguas autóctonas en Akidavia, aunque todo el mundo aprende el idioma imperial en la escuela, y de esta manera el comercio y las comunicaciones fluyen mucho mejor. En tiempos antiguos, un mayali de Confianza no habría logrado entenderse con un bei-bei de Obediencia, pero ahora cualquiera de ellos puede viajar por todo el imperio, aprovechando las calzadas que conectan todas las provincias, y comunicarse sin problemas con cualquier otro akidavo, independientemente de su origen.
Es responsabilidad del Eterno Emperador fortalecer todo aquello que nos une; pero pienso que también es importante recordar cómo eran las cosas antes y mantener un registro de las peculiaridades de cada provincia.
Esto es crucial en dos casos particulares: los drim, de Valentía, y los akidavu, de Armonía.
Solo los drim poseen la facultad de elaborar las extraordinarias máscaras que utiliza el ejército imperial de Akidavia. Y solo los más resistentes entre ellos son capaces de ponérselas sin perder la razón.
Por su parte, los akidavu son el linaje más arcaico de nuestra nación. Entre ellos nací por primera vez, hace casi diez mil años. Y, aunque ahora puedo reencarnarme en cualquier individuo de cualquier tribu del imperio, aún mantengo un vínculo especial con los poquísimos akidavu que quedan en Armonía. Porque solo ellos son capaces de predecir dónde y cuándo renaceré en cada ocasión.
De modo que la antigua tribu de los akidavu es en la actualidad la Orden de los Augures, y está dedicada por completo a fortalecer el lazo que los une a su Emperador para ser capaces de hallarlo una y otra vez, por remoto que sea el lugar de su renacimiento.
Hemos estudiado con profundidad a los drim y a los akidavu porque sobre ellos descansa gran parte de la fortaleza de nuestro imperio. Pero no puedo evitar preguntarme qué otras sorpresas ocultan mis gentes, de Paciencia a Humildad, de Alegría a Gratitud. Desearía poder recorrer todos los rincones de mi imperio, aprender las lenguas de sus habitantes, sus peculiaridades, sus costumbres. Si voy a vivir mil años, sin duda encontraría tiempo para todo ello. Y quizá descubriese algún conocimiento sorprendente o una virtud extraordinaria en alguna aldea perdida, como mi encarnación Rayinemagaloran encontró a los drim hace siete mil años, en una península remota y de difícil acceso que, con el tiempo, acabó por convertirse en la octava provincia del imperio.
Sin embargo, parece que por el momento tendré que conformarme con leer sobre ellos en los libros y las enciclopedias. Con esto me basta por ahora, porque aún tengo mucho que aprender. No obstante, me pregunto si no acabaré por aburrirme de estudiar sobre algo que jamás conoceré. Tal vez esto es lo que le sucedió a Oronavaniladal: puesto que se vio obligado a conocer su imperio a través de los mapas, decidió rehacer los mapas para transformar su imperio a través de ellos.
Me pregunto si lo consiguió, en realidad. Quisiera saber qué queda del mundo antiguo bajo la pátina de civilización del imperio akidavo, bajo sus calzadas y sus fronteras, bajo su idioma común, su hacienda y sus leyes.
Y si seré capaz de detectarlo estudiando los libros y examinando los mapas que otras personas trazaron miles de años atrás.

Los brotes del cobertizo se habían transformado en una suave alfombra de color verde. Kelan intentaba visitar la plantación a menudo, pero ahora debía andarse con mucho cuidado si quería mantenerla en secreto: su padre ya caminaba por sí mismo y, aunque todavía cojeaba un poco, eso no le impedía merodear por la casa y los alrededores, impaciente por recuperarse del todo.
El cereal crecía bien, pero a Kelan le había costado mucho llegar hasta ese punto. Primero había tenido problemas con el agua: había regado la tierra demasiado y las plantas habían estado a punto de ahogarse. Había tardado un poco en comprender que el cultivo no necesitaba la misma cantidad de agua en todas las fases del proceso.
En cuanto ajustó el riego, los brotes recuperaron su buen aspecto habitual; pero no tardaron en empezar a marchitarse sin que Kelan comprendiese por qué. Estuvo un par de días contemplando con impotencia la agonía de su plantación hasta que se dio cuenta de que en un extremo del sembrado los brotes estaban aguantando mejor. Tras examinarlo todo con atención y darle muchas vueltas al problema, detectó que aquella parte recibía más luz solar que el resto, y comprendió que había sido un error sembrar en un interior de cara al invierno. Había pensado que de aquel modo las plantas estarían más protegidas, pero lo cierto era que disfrutaban de menos horas de sol cuanto más avanzaba la estación. De modo que, después de pensarlo un rato, se decidió a agrandar el agujero del techo y a abrir un gran boquete en la pared que daba al este, rezando internamente al Eterno Emperador para que aquello fuese suficiente. El ruido que produjo al destrozar las tablas alertó a Dugan, que se acercó para averiguar qué estaba pasando.
—Tablones podridos —se le ocurrió decir a Kelan ante la mirada inquisitiva de su padre—. Te prometo que lo repararé.
—Bah —murmuró él con desgana—. No hay prisa.
Y no volvió a preguntar por el tema.
Kelan podía considerarse afortunado porque su padre prestase tan poca atención al cobertizo. Empezaba a pensar que no levantaría una ceja ni aunque le prendiese fuego.
Las modificaciones, por burdas que fuesen, parecieron sentar bien al sembrado. Perdió algunas plantas por el camino, pero las más fuertes siguieron creciendo lentamente. Todos los días, Kelan se preguntaba si había llegado por fin el momento de compartir su trabajo con la gente de la aldea. Y todos los días decidía esperar un poco más, por si acaso.
Pero llegó el invierno, con sus noches de nieve y sus mañanas de escarcha, y la plantación apenas se resintió. Kelan pasaba en el bosque todo el día, desde el amanecer hasta el crepúsculo, para aprovechar todas las horas de luz. A menudo regresaba con las manos vacías, y el contenido del saco de cereal de la despensa menguaba poco a poco. Kelan sabía que no aguantaría hasta la primavera, pero él y su padre nunca hablaban del tema.
Sin embargo, Dugan empezaba a estar de mejor humor. Ya volvía a caminar, aunque aún cojeaba un poco y avanzaba con lentitud, por lo que había decidido que esperaría a que los días fuesen más largos para regresar al bosque.
Entretanto, Kelan había aprendido mucho. Sus aptitudes como rastreador y cazador habían mejorado, espoleadas por el hambre que torturaba sus tripas durante las largas noches de invierno. Su vista se había agudizado, su oído se había afinado y hasta su olfato se había vuelto más sensible.
—Estás más alto —comentó un día Dugan, tras observarlo con detenimiento.
Kelan no respondió. Era probable que hubiese crecido en estatura, pero seguía siendo delgado y no particularmente fuerte. Tampoco había gran cosa que pudiese hacer, si no se alimentaba como era debido. Y, aunque sabía que las cosas acabarían por mejorar cuando llegase la primavera, una parte de él confiaba en que el secreto del cobertizo les proporcionaría a él y su padre una vida más desahogada.
Era consciente de que, si el cereal llegaba a madurar, el grano que pudiese cosechar apenas llegaría a llenar el fondo de una escudilla. Pero el objetivo de su plantación no era alimentarlos a ambos durante toda una estación, sino demostrar que era posible, para organizar algo a mayor escala más adelante, contando con la colaboración de otros vecinos del pueblo.
Cuanto más lo pensaba, más emocionado se sentía. Imaginaba un futuro en el que la aldea estaría rodeada de amplios campos de cereal dorándose al sol. Un futuro en el que podrían cosechar su propio grano sin depender del número de sacos que el imperio tuviese a bien entregarles. Un futuro en el que su ejemplo se extendería por toda Gratitud, y la provincia podría llegar a contarse entre las más prósperas de Akidavia.
Se moría de ganas de contárselo todo a su padre, y después al alcalde. Pero al final resolvió que aguardaría a que el cereal espigara para mostrarlo por fin al resto del mundo. Porque los viejos prejuicios seguían allí, agazapados en algún rincón de su mente, y la posibilidad de fracasar y hacer el ridículo delante de todos le resultaba insoportable.
Una mañana, sin embargo, sucedió algo que dio al traste con todos sus planes. El sol apenas asomaba aún por el horizonte, pero Kelan ya estaba en el cobertizo, supervisando la plantación antes de partir en su expedición diaria por el bosque. Retiró las malas hierbas que asomaban entre los tallos de cereal y, cuando se puso en pie, comprobó con satisfacción que las plantas ya casi le llegaban a la rodilla. Calculaba que, si nada se torcía, florecerían con la llegada de la primavera, y como muy tarde a principios del verano podría recoger la primera cosecha de cereal.
Dio media vuelta, aún con una sonrisa en los labios..., y se tropezó con Muna, que lo observaba con curiosidad.
—¿Kelan? —dijo ella.
Cuando el chico la miró con perplejidad, Muna se sonrojó levemente. Él pestañeó, sin terminar de asimilar su presencia en el cobertizo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, con más brusquedad de la que pretendía.
Ella vaciló.
—Hacía mucho que no sabía de ti, y me preguntaba... —Pareció insegura de pronto—. Lo siento, no pretendía molestar. Tu padre me ha dicho que podía encontrarte aquí, pero si prefieres...
Reparó de pronto en la plantación que crecía bajo el boquete del tejado, y abrió mucho los ojos. Kelan se movió para interponerse entre la muchacha y el cereal, pero Muna ya lo había visto.
—¿Tienes... un huerto aquí dentro? ¿No sería mejor cultivar al aire libre?
Kelan dudó. Podía echarla con cualquier excusa, pero lo cierto era que ardía en deseos de compartir aquel secreto con alguien, y Muna siempre se había portado bien con él.
De modo que respondió:
—Es que no se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mi padre. Después de todo, no estaba seguro de que fuese a funcionar. —Inspiró hondo, hizo una pausa y lo soltó—: Estoy cultivando cereal.
Ella lo miró con incredulidad.
—Me estás tomando el pelo.
—Para nada. ¿Recuerdas las plantas junto a la fuente? Sí que habían brotado del grano que se me cayó. Probé a sembrar un puñado y ya ves, está creciendo bien —concluyó con orgullo—. Perdí una parte al principio porque regué demasiado la tierra, y tuve que sacrificar otra parte porque tenía hongos, pero el resto ha salido adelante y estoy seguro de que llegará a madurar.
Muna seguía contemplándolo, sin terminar de comprender lo que le estaba explicando.
—Pero ¿por qué lo haces? El cereal viene de las provincias interiores, todo el mundo lo sabe.
Kelan procedió a contarle todo lo que había estado rumiando durante aquellos meses. La posibilidad de que cultivasen su propio cereal. De que ellos mismos lo sembrasen y lo cuidasen hasta verlo crecer y espigar. De que lo cosechasen y trillasen para que la aldea pudiese contar con grano propio sin tener que depender del cereal que enviaban desde el corazón del imperio.
—Eso es mucho trabajo —replicó Muna, moviendo la cabeza—. No le veo ningún sentido. El imperio nos proporciona el grano que necesitamos, así que... ¿por qué querríamos cultivarlo nosotros?
—Porque así no dependeríamos de la caravana del grano, Muna.
—¿Estás seguro? Parece que llevas mucho tiempo cuidando de tu huerto secreto y, sin embargo, lo que vayas a sacar de ahí no llenaría el fondo de uno de los sacos que reparte la Emperatriz.
—Eso es porque estoy aprendiendo —se defendió Kelan—, pero, si le dedicase tiempo y utilizase un terreno más amplio, si sembrase en primavera...
—¿Invertirías tu tiempo y tu grano en algo así? ¿Qué pasaría si, después de todo, consigues una cosecha mediocre? Tú y tu padre pasaríais hambre. El reparto de grano se hace precisamente para evitar esas cosas. Así, siempre recibimos lo que nos corresponde, aunque la cosecha haya sido mala, porque el imperio almacena el excedente de los años buenos para poder contar con él en los años malos.
Kelan resopló por lo bajo, pero no replicó. La expresión de Muna se suavizó.
—No pretendía molestarte —le dijo—. Es muy valiente por tu parte intentar una cosa así, a pesar de todos los problemas.
Kelan alzó la mirada hacia ella.
—Por favor, no digas nada a nadie todavía. Quiero esperar a que madure el cereal para ver cuánto grano puede producir, antes de mostrárselo a tu padre y al resto de la gente. Creo de verdad que puedo conseguirlo, pero si por cualquier motivo no funciona...
—Claro —asintió Muna enseguida—. No sé si saldrá algo útil de todo esto, pero supongo que no tiene nada de malo intentarlo.
Kelan sonrió.