PRÓLOGO
No agarres una estrella de mar del brazo
¿Sabíais que más del ochenta por ciento del océano sigue sin explorar? ¡OCHENTA, AMIGOS! Es muy posible que en este momento una sirena y un calamar gigante estén zampando macarrones de macroalgas y preguntándose cuándo vamos a ponernos las pilas y a descubrir que la Atlántida solo fue un parque temático que no salió como debía. ¿Quién sabe?
Nadie puede decirlo con seguridad, porque desconocemos gran parte del océano. Y a mí me da pavor lo desconocido, de modo que no hace falta que diga que me da un pavor terrible el océano. Puede que todo empezase cuando, a los diez años, agarré una estrella de mar de uno de sus brazos... y no tardé en encontrarme sujetando un apéndice bamboleante. En aquel entonces no sabía que los brazos de las estrellas de mar se podían regenerar. Creía que era una asesina. Me postré de rodillas y grité horrorizada. (¡YO TE MALDIGO, FUERZA DESCOMUNAL! ¡TANTA INOCENCIA... ARRASADA! ¿ESO SIGNIFICA QUE PUEDO SALTARME PARA SIEMPRE LA CLASE DE GIMNASIA?)
Sin embargo, cuanto más pavor me da algo, más suelo obsesionarme con ello. Y desde ese funesto encuentro con la estrella de mar, el océano, con sus extraños habitantes —exacto, me refiero a vosotros, los distintos equinodermos y ofiuroideos—, ha ejercido una gran fascinación para mí como un lugar de poder desconocido, belleza inimaginable y potencial sin explotar.
La última descendiente refleja todas las facetas de ese asombro y ese pavor por el océano.
Si os apetece leer una historia que os acelere el corazón, os deje sin aliento con las numerosas peripecias de su trama y os obligue a echar el resto para acompañar a un elenco de personajes que incluye rollitos de canela adorables, ingeniosos y es posible que sanguinarios (ah, y una criatura gigante de las profundidades que en realidad solo necesita amor), en las siguientes páginas encontraréis todo eso y más. Nuestra historia empieza con dos institutos enfrentados y un episodio catastrófico que hace embarcar a la clase de estudiantes de primer año de la selecta Academia Harding-Pencroft en una peligrosísima misión para desenterrar un secreto tecnológico capaz de transformar el mundo. Yo estuve en vilo en todo momento mientras la tripulación vivía aventuras en ingenios de tecnología punta, enigmas en las profundidades marinas y la clase de tácticas militares que por algún motivo me hacen sentir más lista pese a haberme pasado la mayor parte del tiempo en una cómoda burbuja.
No se me ocurre mejor capitana para dirigir esta aventura acuática que la formidable Ana Dakkar. Ana es todo lo que yo deseaba ser a los quince años. Valiente, brillante, un prodigio de los idiomas, amiga de un delfín llamado Sócrates y —lo más importante para una fantasiosa Rosh adolescente— poseedora de un legado ancestral que es el material del que están hechas las leyendas.
Resulta que Ana es una de las últimas descendientes del capitán Nemo, y ahí es cuando todo se complica. Como la última de los Dakkar, Ana no solo tiene que lidiar con una herencia que podría transformar la manera en que el mundo entero entiende la tecnología, sino que también tiene que enfrentarse a preguntas más generales como qué deuda tienen los demás con nosotros y qué deuda tenemos nosotros con los demás. Es fácil tomar las decisiones correctas cuando todo el mundo te mira, pero cuando estás en las profundidades del mar, donde el sol no puede alcanzarte, podrías acabar haciendo algo que nunca habías imaginado...
Para mí, esta historia es como el propio océano. Emocionante y aterradora a partes iguales y, lo mires por donde lo mires, una auténtica pasada. ¡Que os divirtáis! Y no comáis muchos rollitos de canela.

INTRODUCCIÓN
Mi viaje submarino empezó en Bolonia, la ciudad italiana sin mar, en 2008. Me encontraba allí con motivo de una feria de literatura infantil, justo antes de la fecha de publicación de La batalla del laberinto y The 39 Clues: El laberinto de huesos. Estaba cenando en el sótano de un restaurante con unos catorce directivos de Disney Publishing cuando el presidente del departamento se volvió hacia mí y me dijo: «Rick, ¿hay alguna propiedad intelectual de Disney sobre la que te apetecería escribir?». Yo no dudé en contestar: Veinte mil leguas de viaje submarino. He tardado doce años en estar listo para escribirla, pero mi versión de esa historia se encuentra ahora en vuestras manos.

¿Quién es el capitán Nemo? (No, el pez animado no).
En caso de que no conozcas al capitán Nemo original, se trata de un personaje creado por el escritor francés Julio Verne en el siglo XIX. Verne escribió sobre él en dos novelas, Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La isla misteriosa (1875), en las que Nemo está al mando del submarino más avanzado del mundo, el Nautilus.
El capitán Nemo era inteligente, culto, cortés y tremendamente rico. También era irascible, malhumorado y peligroso. Imaginaos una combinación de Bruce Wayne, Tony Stark y Lex Luthor. Conocido antes como príncipe Dakkar, Nemo había luchado contra el gobierno colonial británico en India. Los británicos tomaron represalias y mataron a su esposa e hijos. Esa es en esencia la historia del origen de Dakkar como supervillano/superhéroe. El príncipe adoptó el nombre de Nemo, que en latín significa «nadie». (Para los fans de la mitología griega, se trata de un guiño/referencia a Odiseo, que le dijo al cíclope Polifemo que se llamaba Nadie). Nemo dedicó el resto de su vida a aterrorizar a las potencias europeas coloniales en alta mar, hundiendo y saqueando sus barcos y haciéndoles temer al imparable «monstruo marino» que era el Nautilus.
¿Quién no desearía tener semejante poder? De niño, cada vez que me tiraba a un lago o incluso a una piscina, me gustaba imaginarme que era el capitán Nemo. Podía hundir barcos enemigos con impunidad, viajar por todo el mundo sin que nadie se enterase, explorar profundidades que nadie ha visitado y descubrir ruinas fabulosas y tesoros de un valor incalculable. Podía sumergirme en mi reino secreto y no volver nunca al mundo de la superficie (que de todas formas era horrible). Cuando acabé escribiendo sobre Percy Jackson, el hijo de Poseidón, podéis tener por seguro que mis fantasías sobre el capitán Nemo y el Nautilus influyeron mucho en que Percy fuese un semidiós del mar.
Para ser sincero, las novelas de Verne me parecían un poco lentas cuando era niño. Pero me gustaban mucho las viejas ediciones de Classics Illustrated de mi tío, y me encantó la versión cinematográfica de Veinte mil leguas de viaje submarino producida por Disney, incluso las partes ridículas como cuando Kirk Douglas canta y baila, y el calamar de goma gigante que ataca el barco. No comprendí lo ricas y complejas que eran las historias originales hasta que fui mayor. Nemo era todavía más interesante de lo que me había imaginado. Y empecé a ver pequeños huecos en la narración en los que Verne había dejado espacio para una posible secuela...

¿Por qué el capitán Nemo sigue siendo importante?
Verne fue uno de los primeros escritores de ciencia ficción. Desde la perspectiva del siglo XXI, puede costarnos apreciar lo revolucionarias que fueron sus ideas, pero Verne imaginó tecnologías que no existirían hasta cientos de años después. ¿Un submarino autosuficiente que podía dar la vuelta al mundo sin parar y no tener que atracar para abastecerse? ¡Imposible! En 1870, los submarinos todavía eran inventos recientes: peligrosas latas que tenían más posibilidades de explotar y matar a todas las personas a bordo que de completar un viaje alrededor del mundo. Verne también escribió La vuelta al mundo en ochenta días en una época en que realizar ese viaje tan rápido era impensable, y Viaje al centro de la Tierra, una proeza que sigue estando fuera del alcance de la tecnología humana, aunque ¿quién sabe si dejará de estarlo algún día?
La mejor ciencia ficción puede determinar la forma en que los humanos ven su futuro. Julio Verne lo hizo mejor que nadie. En el siglo XIX, propuso cosas que podían ser posibles, y los humanos aceptaron el reto. Cuando la gente habla de lo rápido que un avión o un barco pueden dar la vuelta al mundo, siguen usando La vuelta al mundo en ochenta días como punto de referencia. Hubo una época en que ochenta días suponían un viaje increíblemente corto para circunnavegar el globo. Ahora podemos hacerlo en menos de ochenta horas por aire, y menos de cuarenta días por mar.
Viaje al centro de la Tierra ha movido a generaciones de espeleólogos a explorar los sistemas de cuevas de la Tierra y ha animado a los geoingenieros a averiguar cómo funcionan sus distintas capas.
El capitán Nemo, por otra parte, concienció a la humanidad de la importancia que los océanos tendrían para el futuro del planeta. Sabemos que la mayor parte de la Tierra está cubierta de agua, y que un ochenta por ciento de los océanos siguen sin explorar. Descubrir cómo aprovechar la energía del mar, y vivir de esa energía a medida que el clima cambia, puede ser decisivo para la supervivencia humana. Verne planteó todo eso en sus libros.
Nemo y su tripulación pueden vivir de forma autosuficiente sin tener que tocar tierra firme. El mar satisface todas sus necesidades. En Veinte mil leguas, Nemo le dice a Aronnax que el Nautilus es totalmente eléctrico y que extrae la energía del mar. En La isla misteriosa, Cyrus Harding especula que cuando el carbón se agote, los humanos aprenderán a obtener energía del abundante hidrógeno del océano. Ese es un objetivo que en la actualidad el ser humano todavía trata de alcanzar, y uno de los motivos por los que decidí que Nemo debía de haber desentrañado el secreto de la fusión fría.
En Veinte mil leguas, la tripulación de Nemo usa unos fusiles eléctricos que son más efectivos y elegantes que las armas corrientes. Disponen de una riqueza prácticamente ilimitada gracias a las muchas embarcaciones naufragadas que han saqueado. Han descubierto los secretos de la agricultura subacuática, de modo que la comida nunca es un problema para ellos. Y lo más importante, tienen libertad. No dependen de las leyes de ningún país. Si eso es algo bueno o malo, supongo que depende de lo que opines de Nemo.
La importancia del mar y de imaginar nuevos avances tecnológicos son muy buenas razones para seguir leyendo a Julio Verne. Pero hay un elemento más crucial para tener en cuenta. Verne decidió que el capitán Nemo fuese un príncipe indio cuyo pueblo había padecido el colonialismo europeo. Su personaje aborda temas que son igual de serios hoy que en la época victoriana. ¿Cómo hallar una plataforma de expresión y poder cuando la sociedad te niega esos privilegios? ¿Cómo combatir la injusticia? ¿Quién escribe los libros de historia y decide quiénes fueron los «buenos» y los «malos»? Nemo es un prófugo, un rebelde, un genio, un científico, un explorador, un pirata, un caballero, un «arcángel de venganza». Es un hombre complicado, y eso hace de él un material de lectura muy divertido. Me fascinaba la idea de trasladar su legado al siglo XXI y considerar a qué se enfrentarían sus descendientes tantos años después.
¿Qué haríais vosotros si tuvieseis el poder del Nautilus a vuestro alcance? Espero que La última descendiente os anime a pensar vuestras propias aventuras, como Julio Verne me animó a mí. Preparaos para la inmersión. ¡Vamos a sumergirnos muy hondo!



ACADEMIA HARDING-PENCROFT
CASA DELFÍN
comunicaciones, exploración, criptografía,
contrainteligencia
CASA TIBURÓN
mando, combate, sistemas armamentísticos, logística
CASA CEFALÓPODO
ingeniería, mecánica aplicada, innovación, sistemas defensivos
CASA ORCA
medicina, psicología, educación, biología marina,
memoria colectiva
LA CLASE DE PRIMER AÑO
DE HARDING-PENCROFT
CASA DELFÍN
Ana Dakkar, monitora
Lee-Ann Best
Virgil Esparza
Halimah Nasser
Jack Wu
CASA TIBURÓN
Gemini Twain, monitor
Dru Cardenas
Cooper Dunne
Kiya Jensen
Eloise McManus
CASA CEFALÓPODO
Tia Romero, monitora
Robbie Barr
Nelinha da Silva
Meadow Newman
Kay Ramsay
CASA ORCA
Franklin Couch, monitor
Ester Harding
Linzi Huang
Rhys Morrow
Brigid Salter

CAPÍTULO 1
Con los días desastrosos pasa una cosa.
Empiezan como otro cualquiera. No te das cuenta de que tu mundo está a punto de explotar en un millón de pedazos hasta que es demasiado tarde.
El último viernes de mi primer año de secundaria en la academia me desperté en mi habitación de la residencia a las cinco de la mañana como siempre. Me levanté sin hacer ruido para no molestar a mis compañeras de cuarto, me puse el biquini y me fui al mar.
Me encanta el campus a primeras horas de la mañana. Las fachadas de hormigón blanco de los edificios se tiñen de rosa y turquesa con la luz del amanecer. En el césped del patio interior solo hay gaviotas y ardillas que libran su guerra eterna por las migajas que los estudiantes hemos dejado. El aire huele a sal marina, eucalipto y rollitos de canela recién hechos en la cafetería. La brisa fresca del sur de California me pone la piel de gallina en los brazos y las piernas. En momentos como este, me cuesta creer la suerte que tengo de estudiar en la Academia Harding-Pencroft.
Suponiendo que sobreviva a las pruebas de este fin de semana, claro. Puede que suspenda y caiga en desgracia o que muera atrapada en una red en el fondo de una carrera de obstáculos submarina. Pero, qué queréis que os diga, sigue siendo mejor que acabar el trimestre resolviendo tropecientos problemas en un examen tipo test.
Sigo el sendero de grava que lleva al mar.
Cien metros por detrás del edificio de guerra naval, los acantilados descienden al Pacífico. Mucho más abajo, la espuma blanca envuelve el mar azul metálico. Las olas rugen y reverberan alrededor de la curva de la bahía como los ronquidos de un gigante.
Mi hermano, Dev, me espera en el borde del acantilado.
—Llegas tarde, Ana Banana.
Sabe que no soporto que me llame así.
—A que te tiro —le advierto.
—Inténtalo.
Cuando Dev sonríe, entrecierra un ojo más que el otro, como si no pudiese compensar la presión de un oído. A las demás chicas les parece adorable. A mí no me convencen. Tiene el pelo moreno de punta en la parte de delante como un erizo de mar. Según él, es su «estilo». Yo creo que es porque duerme con una almohada encima de la cara.
Como siempre, lleva su traje de neopreno negro de la academia con el logotipo plateado de los Tiburones en la parte de delante, que indica la casa a la que pertenece. Dev cree que estoy loca por bucear en biquini. En muchos aspectos, es un chico duro. Pero cuando tiene que aguantar temperaturas bajas, es como un bebé.
Hacemos los estiramientos de antes de la inmersión. Este sitio es uno de los pocos puntos de la costa de California donde puedes hacer buceo libre sin acabar hecho papilla contra las rocas de debajo. Los acantilados son escarpados y caen a plomo en las profundidades de la bahía.
A esta hora de la mañana se respira silencio y tranquilidad. A pesar de las responsabilidades de Dev como capitán de su casa, siempre saca tiempo para nuestro ritual matutino. Lo adoro por detalles como ese.
—¿Qué le has traído hoy a Sócrates? —pregunto.
Dev señala cerca de él. Dos calamares muertos relucen en la hierba. Como estudiante de último año, Dev tiene acceso a la comida de los animales del acuario. Eso quiere decir que puede sacar a escondidas regalitos para nuestro amigo de la bahía. Los calamares miden unos treinta centímetros de la cola a los tentáculos: viscosos, plateados y marrones como aluminio oxidado. Loligo opalescens. Calamar de mercado de California. Ciclo vital de seis a nueve meses.
No puedo desconectar el flujo de información. Nuestro profesor de biología marina, el señor Farez, nos ha entrenado demasiado bien. Aprendes a memorizar los detalles porque todo, literalmente todo, puede salir en sus exámenes.
Sócrates tiene otro nombre para el Loligo opalescens. Él lo llama «desayuno».
—Estupendo. —Agarro los calamares, fríos aún de la nevera, y le doy uno a Dev—. ¿Estás listo?
—Oye, antes de que nos tiremos... —Su expresión se vuelve seria—. Quiero darte una cosa...
No sé si dice la verdad o no, pero siempre pico cuando quiere distraerme. En cuanto ha captado mi atención, se vuelve y se lanza del acantilado.
Suelto un juramento.
—Serás...
El que salta primero tiene más oportunidades de encontrar antes a Sócrates.
Tomo aire profundamente y salto detrás de él.
El subidón de tirarse de un acantilado no tiene comparación. Caigo en picado una distancia equivalente a diez pisos, con el viento y la adrenalina rugiéndome en los oídos, y atravieso el agua helada.
Me gusta la impresión: el frío repentino, el escozor del agua salada en los cortes y arañazos de la piel. (Si eres estudiante de HP y no tienes cortes ni arañazos, es que no has estado haciendo bien los ejercicios de combate).
Me zambullo a través de un banco de gallinetas rojizas: docenas de macarras naranja y blanco que parecen peces koi en versión punk-rock. Pero no son tan duros como aparentan y se dispersan prorrumpiendo en... ¡CÓRCHOLIS! Diez metros por debajo de mí, veo el remolino brillante de la estela de burbujas de Dev. Lo sigo hacia abajo.
Mi récord de apnea estática está en cinco minutos. Evidentemente, no puedo contener la respiración tanto cuando hago esfuerzo, pero de todas formas estoy en mi salsa. En la superficie, Dev tiene la ventaja de la fuerza y la velocidad. Bajo el agua, yo tengo a mi favor el aguante y la agilidad. Al menos eso me digo a mí misma.
Mi hermano flota encima del fondo arenoso del mar cruzado de piernas como si llevase allí horas meditando. Tiene el calamar escondido a la espalda porque Sócrates ha llegado y le está frotando el hocico contra el pecho como diciendo: «Vamos, sé que tienes algo para mí».
Sócrates es un animal precioso. Y no lo digo solo porque pertenezco a la Casa Delfín. Es un joven delfín mular macho, de dos metros setenta y cinco de largo, con la piel gris azulada y una raya oscura marcada en la aleta dorsal. Sé que en realidad no sonríe. Su larga boca picuda simplemente tiene esa forma. Aun así, me parece monísimo.
Dev saca el calamar. Sócrates lo atrapa y se lo traga entero. Dev me sonríe, y una burbuja le sale de los labios. Su expresión dice: «Ja, ja. Este delfín me prefiere a mí».
Le ofrezco a Sócrates mi calamar. Él está encantado de repetir. Deja que le rasque la cabeza, que es lisa y tirante como un globo de agua, y luego le froto las aletas pectorales. (Los delfines no pueden resistirse a que les froten las aletas pectorales).
Entonces hace algo que yo no espero. Corcovea y me empuja la mano hacia arriba con el rostro en un gesto que he llegado a interpretar como «¡Venga!» o «¡Deprisa!». Se desvía y se va nadando, y la estela de su cola me sacude la cara.
Me quedo mirando hasta que desaparece en la penumbra. Espero a que dé la vuelta, pero no lo hace.
No lo entiendo.
Normalmente no come y se va corriendo. Le gusta quedarse. Los delfines son sociables por naturaleza. La mayoría de los días nos sigue hasta la superficie y salta sobre nuestras cabezas, o juega al escondite, o nos acribilla a silbidos y chasquidos que parecen preguntas. Por eso lo llamamos Sócrates. Él nunca da respuestas; solo hace preguntas.
En cambio, hoy parecía agitado... casi preocupado.
En el límite de mi campo visual, las luces azules de la red de seguridad se extienden a través de la boca de la bahía: un rombo reluciente al que me he acostumbrado durante los dos últimos años. Mientras observo, las luces se apagan y vuelven a encenderse. Nunca las he visto hacer eso.
Miro a Dev. Él no parece haberse fijado. Señala hacia arriba. «Te echo una carrera».
Se impulsa con los pies hacia la superficie y me deja en medio de una nube de arena.
Yo quiero quedarme más rato. Tengo curiosidad por saber si las luces vuelven a apagarse o si Sócrates regresa. Pero me arden los pulmones. Sigo a Dev de mala gana.
Después de reunirme con él en la superficie y recobrar el aliento, le pregunto si ha visto la red parpadear.
Él me mira entornando los ojos.
—¿Estás segura de que no estabas desmayándote?
Le salpico la cara.
—Hablo en serio. Deberíamos decírselo a alguien.
Dev se seca el agua de los ojos. Sigue mostrándose escéptico.
Para ser sincera, nunca he entendido por qué tenemos una barrera electrónica submarina de última generación en la boca de la bahía. Ya sé que está diseñada para proteger la vida marina impidiendo pasar a intrusos como cazadores furtivos, submarinistas no profesionales y bromistas como nuestro rival, el Instituto Land. Pero me parece exagerado, incluso para un centro del que salen los mejores científicos marinos y cadetes navales del mundo. No sé exactamente cómo funciona la red, pero lo que sí sé es que no tiene que parpadear.
Dev debe de haber visto que estoy preocupada de verdad.
—Está bien —dice—. Daré parte.
—Además, Sócrates se ha comportado de forma rara.
—Un delfín que se comporta de forma rara. Vale, también daré parte de eso.
—Podría hacerlo yo, pero como tú siempre dices, solo soy una humilde novata. En cambio, tú eres el capitán grande y poderoso de los Tiburones...
Él me devuelve la salpicadura.
—Si ya has acabado con el rollo paranoico, tengo algo para ti de verdad. —Saca una cadena reluciente del cinturón de buceo—. Feliz cumpleaños adelantado, Ana.
Me da el collar: una perla negra engastada en oro. Tardo un segundo en comprender lo que me ha regalado. Se me hace un nudo en la garganta.
—¿Es la de mamá?
Apenas puedo pronunciar la palabra.
La perla era el elemento central del mangalsutra de mi madre, su collar nupcial. También es lo único que nos queda de ella.
Dev sonríe, aunque su mirada tiene ese aire melancólico tan familiar.
—He hecho engarzar la perla en otro collar. La semana que viene cumplirás quince años. Ella querría que la llevases.
Es lo más bonito que ha hecho por mí en toda mi vida. Voy a echarme a llorar.
—Pero ¿por qué no has esperado a la semana que viene?
—Hoy te marchas a hacer las pruebas. Quería que tuvieras la perla para que te dé suerte... por si, no sé, metes la pata hasta el fondo o algo por el estilo.
Desde luego sabe aguarle a una la fiesta.
—Cierra esa boca —le digo.
Él ríe.
—Es broma, claro. Lo harás estupendamente. Todo lo haces estupendamente, Ana. Solo ten cuidado, ¿vale?
Noto que me ruborizo. No sé qué hacer con todo ese cariño y afecto.
—Vaya... es un collar precioso. Gracias.
—De nada.
Él se queda mirando al horizonte con un asomo de preocupación en sus ojos marrón oscuro. Tal vez está pensando en la red de seguridad, o está nervioso de verdad por las pruebas a las que me voy a someter ese fin de semana. O tal vez está pensando en lo que pasó hace dos años, cuando nuestros padres sobrevolaron ese horizonte por última vez.
—Venga. —Sonríe de nuevo de forma tranquilizadora, como ha hecho tantas veces por mí—. Vamos a llegar tarde al desayuno.
Siempre con hambre y siempre en movimiento, mi hermano: el perfecto capitán Tiburón.
Se dirige nadando a la orilla.
Miro la perla negra de mi madre: el talismán que tenía que proporcionarle una vida larga y protegerla del mal. Por desgracia para ella y para mi padre, no sirvió para ninguna de las dos cosas. Oteo el horizonte preguntándome adónde ha ido Sócrates y qué trataba de decirme.
Acto seguido me voy nadando detrás de mi hermano porque de repente no quiero estar sola en el agua.

CAPÍTULO 2
En la cafetería me zampo un revuelto de tofu y alga nori: delicioso como siempre. Luego me voy corriendo a la residencia a por la mochila.
Los estudiantes de primero de secundaria vivimos en la segunda planta del edificio Shakelton, encima de los alumnos de octavo. Nuestros cuartos no son tan espaciosos como las habitaciones de los estudiantes de segundo o de tercer año del edificio Cousteau. Y no son para nada tan agradables como las suites de los estudiantes de último año del edificio Zheng He, pero están a años luz de los barracones estrechos que compartimos en octavo durante nuestro «año de carnada» en HP.
Supongo que debería aclarar las cosas. Harding-Pencroft es un instituto que consta de cinco cursos. Nos dividimos en cuatro casas en función de los resultados que obtuvimos en las pruebas de aptitud. Nos referimos a la academia como HP para abreviar. Y, sí, hemos oído toda clase de chistes sobre Harry Potter. Gracias de todas formas.
Cuando llego a mi habitación, mis compañeras están histéricas.
Nelinha mete herramientas, ropa de sobra y cosméticos en su mochila. Ester clasifica frenéticamente fichas. Tiene unos doce montones de tarjetas, todas organizadas por colores, etiquetadas y subrayadas. Su perro, Top, ladra y da brincos como un juguete saltador peludo.
Es el caos de siempre, pero no puedo evitar sonreír. Adoro a mi equipo. Por suerte, las habitaciones no se asignan por casas, o nunca habría podido desconectar y relajarme con mis mejores amigas.
—Nena, no te pases con el equipaje —le dice Nelinha a Ester, mientras mete más llaves de tubo y rímel en su mochila. (Nelinha llama «nena» a todo el mundo. Ella es así).
—Necesito mis fichas —protesta Ester—. Y galletas para Top.
«¡Guau!», asiente Top, esforzándose al máximo por tocar el techo con el hocico.
Nelinha me mira encogiéndose de hombros. «¿Qué se le va a hacer?».
Hoy luce un look a lo Rosie la Remachadora. Lleva su exuberante pelo castaño recogido con un pañuelo verde. Viste una camisa vaquera de manga corta con los faldones anudados en su cintura morena. Sus pantalones caqui a media pierna están permanentemente manchados de grasa de máquinas, pero su maquillaje, como siempre, está perfecto. Nelinha podría arrastrarse por la bomba del acuario o arreglar el motor de un barco y conseguir estar elegante.
Abre mucho los ojos cuando ve la perla negra en la base de mi cuello.
—¡Qué bonito! ¿De dónde ha salido?
—Es el regalo de cumpleaños adelantado de Dev —contesto—. Era... de nuestra madre.
Sus labios forman una O. Mis compañeras de cuarto conocen todas las tragedias de mi familia. Entre Nelinha, Ester y yo, nuestra habitación es una de las mayores productoras de tragedias del mundo.
—Mira por dónde —dice—, tengo una falda y una blusa que le pegan perfectamente.
Nelinha es ideal para compartir ropa y maquillaje. Tenemos más o menos la misma talla y coincidimos en el tono de piel —ella es parda brasileña; mis antepasados son indios bundeli—, de modo que me viene de fábula cuando tengo un baile de la academia o un sábado de permiso en la ciudad. Pero hoy no es uno de esos días.
—Nelinha, vamos a pasar el fin de semana en un barco —le recuerdo.
—Ya, ya —asiente la chica, que se ha maquillado solo para el trayecto en autobús hasta el barco—. Pero cuando volvamos. ¡Por ejemplo, para la fiesta de fin de año!
Ester mete una última bolsa de galletas de perro en su petate.
—BUENO —anuncia.
Se da la vuelta examinando la habitación para comprobar si se ha olvidado algo. Lleva su camiseta azul de la Casa Orca y su pantalón corto con estampado de flores por encima de un bañador de una pieza. Tiene la cara colorada. Su cabello rubio ensortijado apunta en tres direcciones distintas. He visto fotos de ella cuando era bebé: mofletes rollizos pellizcables, grandes ojos azules y una expresión de sorpresa en plan «¿Qué pinto en este universo?». La verdad es que no ha cambiado mucho.
—¡ESTOY LISTA! —decide.
—Baja el volumen, nena —dice Nelinha.
—Perdón —se disculpa Ester—. ¡Vámonos! ¡Perderemos el autobús!
Ester no soporta llegar tarde. Es una de las tribulaciones que se supone que Top le ayuda a controlar. Nunca he entendido cómo Top puede hacer que alguien se sienta menos inquieto, pero es uno de los animales de apoyo emocional más monos que puedes encontrar. Un tercio jack russell, un tercio yorkie, un tercio torbellino.
Me olfatea la mano mientras sigue a Ester fuera del cuarto. Puede que no me haya quitado todo el jugo de calamar de debajo de las uñas.
Agarro la mochila que preparé anoche. No llevo gran cosa: una muda, un traje de neopreno, un cuchillo de submarinismo y un reloj de buceo. Ninguna de nosotras sabe en qué consistirán las pruebas del fin de semana. La mayor parte serán bajo el agua (menuda sorpresa), pero los estudiantes de cursos superiores se niegan a concretarnos más. Incluso Dev. Se toman el juramento de secreto muy en serio. Qué rabia.
Corro para alcanzar a mis amigas.
Para llegar al patio interior tenemos que bajar por la escalera y atravesar el ala de octavo. Durante mucho tiempo, ese detalle me pareció un engorroso fallo de diseño. Entonces me di cuenta de que debieron de distribuir así los dormitorios a propósito. De esa forma, la carnada tiene que apartarse de nuestro camino varias veces al día y mirarnos a los estudiantes de primer año con expresiones de temor y asombro. Por nuestra parte, cada vez que pasamos podemos pensar: «Por muy inexpertos que seamos, por lo menos no somos estos pobres pringados». Todos parecen muy menudos, muy jóvenes y muy asustados. Me pregunto si nosotros teníamos esa pinta el año pasado. A lo mejor los estudiantes de cursos superiores siguen viéndonos así. Me imagino a Dev riendo.
En el exterior, hace un bonito día y cada vez calienta más. Mientras cruzamos el campus corriendo, pienso en todas las clases que me perderé por culpa de la excursión.
El gimnasio: seis muros de escalada; dos circuitos de cuerdas; salas de yoga calientes y frías; canchas de baloncesto, ráquetbol, vóleibol y puéntingbol (mi favorito). Pero los viernes toca artes marciales. Me pasaría la mañana siendo lanzada contra una pared en los combates de malaa yuddha. No puedo decir que vaya a echarlo de menos.
El acuario: el centro de investigación privado más grande del mundo, según me han dicho, con mayor variedad de especies marinas que la bahía de Monterrey, Chimelong o Atlanta. Contamos con unidades de rescate y rehabilitación para tortugas laúd, nutrias y leones marinos (mis preciosas criaturitas, todos ellos), pero hoy me tocaba fregar el tanque de las anguilas, así que ¡hasta luego!
El natatorio: tres piscinas, incluido el Agujero Azul, lo bastante grande y profundo para llevar a cabo simulaciones submarinas. Solo hay una piscina más grande en el mundo, y es de la NASA. Me encantan las clases de buceo en piscina cubierta, pero donde esté el mar abierto, que se quite todo.
Por último, pasamos por delante del edificio Verne, el ala de investigación de «categoría oro». No tengo ni idea de lo que se cuece allí. No se nos permite entrar hasta que estemos en cursos superiores. La fachada dorada de Verne destaca entre los edificios blancos del campus como un diente de oro. Sus puertas de cristal oscuro siempre parecen burlarse de mí. «Si fueses lo bastante guay, como tu hermano, podrías entrar. JA, JA, JA, JA».
Cabría pensar que de los cuarenta estudiantes de último año, alguno estaría dispuesto a dejar caer algún cotilleo jugoso sobre las clases de categoría oro, pero no. Como ya he dicho, su cumplimiento del deber de secreto es absoluto y desesperante. Sinceramente, no sé si yo podré tener la boca cerrada tanto tiempo cuando me llegue el momento, pero no tendré que hacer frente a ese problema hasta dentro de unos años.
En el patio principal, los estudiantes de último año descansan en la hierba. Ya han terminado las clases y solo les queda presentarse a los exámenes finales y graduarse. Luego les esperan universidades importantes y carreras prometedoras. No veo a Dev, pero su novia, Amelia Leahy, la capitana de mi casa, me saluda con la mano desde el otro lado del césped. «Buena suerte», dice con gestos.
«Gracias», le contesto por señas.
«La necesitaré», me digo.
No debería preocuparme demasiado. Nuestra clase ya ha quedado reducida a veinte alumnos: el número máximo permitido para pasar de curso. Perdimos a diez estudiantes en nuestro año de carnaza. Otros cuatro en lo que llevamos de año. Teóricamente, todos los demás podríamos sobrevivir a la selección. Además, mi familia ha asistido a HP durante generaciones. Y yo soy la monitora de primer año de la Casa Delfín. Tendría que fastidiarla mucho para que me echasen...
Ester, Nelinha y yo casi somos las primeras en llegar al autobús. Pero como no podía ser de otra manera, Gemini Twain se nos ha adelantado. Está delante de la puerta con su carpeta, listo para pasar lista y echar a todo el que necesite que lo echen.
El monitor Tiburón es alto, moreno y desgarbado. Todo el mundo lo llama Spider-Man a sus espaldas porque se parece a Miles Morales de Un nuevo universo. Pero él no mola tanto. Hemos acordado una tregua desde el año pasado, pero sigue sin caerme bien.
—Nelinha da Silva. —Marca el nombre pero no la mira a los ojos—. Ester Harding. Monitora Ana Dakkar. Bienvenidas a bordo.
Lo dice como si el autobús lanzadera fuese un acorazado.
Le dedico una pequeña inclinación.
—Gracias, monitor.
Le tiembla un ojo. Todo lo que hago parece molestarle. Por mí no hay problema. El tío hizo llorar a Nelinha en nuestro año de carnaza. Nunca se lo perdonaré.
Bernie es hoy nuestro chófer. Es un jubilado de la marina muy simpático. Tiene una sonrisa teñida por el café, pelo canoso y manos nudosas como las raíces de un árbol.
El doctor Hewett está sentado a su lado repasando el programa del día. Como siempre, Hewett está pálido, sudoroso y desaliñado. Huele a bolas de alcanfor. Imparte la asignatura que menos me gusta de todas, ciencia marina teórica, o CMT. La mayoría de nosotros la llamamos «caray, menudo tostón». A veces sustituimos la última palabra por otras menos amables.
Hewett es muy estricto, de modo que no promete nada bueno de cara a las pruebas. Mis amigas y yo nos sentamos en la parte de atrás del autobús, lo más lejos posible de él.
En cuanto los veinte alumnos estamos a bordo, el vehículo se pone en marcha.
En la entrada principal, los paramilitares armados se despiden de nosotros con la mano y sonríen como diciendo: «¡Que paséis un buen día, chicos! ¡No la palméis!». Supongo que la mayoría de los institutos de secundaria no tienen tanta seguridad ni los pequeños drones de vigilancia que dan vueltas continuamente al campus. Pero es curioso lo rápido que una se acostumbra.
Cuando salimos a la autopista 1, vuelvo la vista al campus: una deslumbrante colección de edificios como terrones de azúcar encaramados en lo alto del acantilado por encima de la bahía.
Me invade una sensación familiar: «No puedo creer que esté estudiando aquí». Entonces me acuerdo de que no tengo más remedio que estudiar aquí. Después de lo que les pasó a nuestros padres, es el único hogar que Dev y yo tenemos en el mundo.
Me pregunto por qué no he visto a Dev en el desayuno. ¿Qué le habrán dicho los de seguridad cuando les informó de que la luz de la red de vigilancia parpadeaba? Probablemente no sea nada, como él pensaba.
Aun así, me aferro a la perla negra que cuelga en la base de mi garganta.
Me acuerdo de las últimas palabras que mi madre me dijo: «Volveremos antes de que te enteres». Luego ella y mi padre desaparecieron para siempre.

CAPÍTULO 3
—Estudiantes de primer año.
El doctor Hewett pronuncia las palabras como un insulto.
Está en el pasillo apoyado con una mano en el respaldo del asiento. Respira fuerte por el micrófono del autobús.
—Las pruebas de este fin de semana serán muy distintas de lo que ustedes esperan.
La frase nos llama la atención. Todo el mundo clava los ojos en Hewett.
El profesor tiene forma de campana de buceo: unos hombros estrechos que acaban en una cintura ancha, donde lleva la camisa medio por fuera del pantalón holgado. El pelo canoso alborotado y los ojos tristes y llorosos le dan un aire a Albert Einstein después de una noche haciendo cálculos fallidos.
Ester revuelve sus fichas a mi lado. Top tiene la cabeza apoyada en su regazo. Menea suavemente la cola contra mi muslo.
—Dentro de treinta minutos —prosigue Hewett— llegaremos a San Alejandro.
Espera a que nuestros murmullos se vayan apagando. Nosotros asociamos San Alejandro con compras, películas y sesiones de karaoke los sábados por la noche, no con exámenes de final de curso. Pero supongo que tiene lógica que empecemos allí. El barco de la academia suele estar atracado en el puerto.
—Iremos directos a los muelles —continúa Hewett—. Sin desvíos ni excursiones para comprar refrescos. Y dejarán los móviles apagados.
Unos cuantos chicos gruñen. Harding-Pencroft controla estrictamente todas las comunicaciones a través de la intranet del centro. El campus es un área sin cobertura. ¿Quieres buscar en internet los hábitos reproductivos de la medusa? No hay problema. ¿Quieres ver YouTube? Buena suerte.
Los profesores dicen que es para que nos concentremos en los estudios. Yo sospecho que es otra medida de seguridad, como la red submarina o los guardias armados, o los drones de vigilancia. No lo entiendo, pero es la realidad.
Lo habitual es que cuando llegamos a la ciudad somos como ganado deshidratado en un abrevadero. Vamos en desbandada al primer local con wifi gratis y nos empapamos.
—Cuando estemos en el mar les daré nuevas instrucciones —anuncia Hewett—. De momento, basta con decir que hoy descubrirán qué es realmente la academia. Y la academia descubrirá si ustedes pueden sobrevivir a sus requerimientos.
Quiero pensar que Hewett solo trata de asustarnos. El problema es que él nunca amenaza a la ligera. Si dice que tendremos deberes extras para el fin de semana, los tenemos. Si predice que el noventa por ciento de nosotros suspenderá el próximo examen, lo suspendemos.
Ciencia marina teórica debería ser una asignatura de relleno divertida. Nos pasamos la mayoría del tiempo elucubrando cómo será la tecnología marina dentro de cien o doscientos años. O qué habría pasado si la ciencia hubiese seguido otro rumbo. ¿Y si Leonardo da Vinci hubiese hecho más por desarrollar el sonar cuando lo descubrió en 1490? ¿Y si los planos del «barco buceador» de Drebbel no se hubiesen perdido en el siglo XVII, o si el submarino a vapor de propulsión anaeróbica de Monturiol no se hubiese desguazado por falta de financiación en 1867? ¿Tendríamos hoy una tecnología más avanzada?
Es interesante pensar en ello, pero también... ¿no muy práctico? Hewett se comporta como si sus preguntas tuviesen respuestas correctas. Pero es solo teoría. ¿Cómo puedes poner un notable bajo a alguien solo porque sus conjeturas son distintas de las tuyas?
En fin, ojalá el coronel Apesh, nuestro profesor de tácticas militares, nos acompañase en la excursión. O el profesor Kind, nuestro profesor de educación física. Hewett apenas puede arrastrar los pies unos metros sin quedarse sin aire. No sé cómo va a juzgar unas pruebas submarinas que me imagino que serán muy intensas desde el punto de vista físico.
El profesor cede el micrófono a Gemini Twain. Gem ha elaborado las tareas de nuestro grupo para el fin de semana. Nos dividiremos en cinco equipos de cuatro personas, con un miembro de cada casa. Pero primero tiene que explicarnos unas cuantas normas.
Cómo no. Es tan Tiburón... Podrías ponerlo al mando de un equipo de fútbol infantil y tendría delirios de grandeza. Antes de acabar la semana tendría a los niños desfilando perfectamente sincronizados. Entonces declararía la guerra a un equipo infantil vecino.
Recita de un tirón una lista de reglas. Me distraigo. Miro por la ventanilla.
La autopista serpentea de curva en curva pegada a los acantilados. Tan pronto solo se ven árboles como se puede seguir el litoral entero hasta HP. Cuando la academia está a plena vista, diviso algo raro en la bahía. Una fina estela se dirige al pie de los acantilados, justo donde Dev y yo hemos estado buceando esta mañana. No veo qué la origina. No hay ningún barco. Se mueve demasiado rápido y demasiado recto para ser un animal marino. Algo submarino a propulsión.
Vuelvo a notar en la boca del estómago como si cayese en picado.
La estela se divide en tres. Parece un tridente cuyas puntas corren a pinchar la costa debajo de la academia.
—¡Eh! —les digo a mis amigas—. ¡Eh, mirad!
Cuando Ester y Nelinha se acercan a la ventanilla, árboles y acantilados nos tapan la vista.
—¿Qué era? —pregunta Nelinha.
Entonces la onda expansiva nos alcanza. El autobús da bandazos. Caen rocas a la carretera.
—¡Terremoto!
Gem suelta el micrófono y se agarra al respaldo del asiento más próximo para no perder el equilibrio. El doctor Hewett se ve arrojado con fuerza contra la ventanilla.
Se abren grietas en el asfalto mientras patinamos hacia el quitamiedos. Los veinte alumnos, estudiantes bien adiestrados, chillamos como niños de guardería.
Bernie logra recuperar el control del autobús.
Reduce la velocidad buscando un sitio en el que parar. Cuando doblamos la curva, aparece HP, solo que ahora...
Ester grita, y Top empieza a gemir en su regazo. Nelinha pega las manos al cristal.
—No. No puede ser. No.
—¡Para, Bernie! —grito—. ¡Para aquí!
Bernie sale a un apartadero: uno de los miradores donde los turistas pueden hacer bonitas fotos del Pacífico. Desde allí se ve claramente HP, pero el paisaje no tiene ahora nada de bonito.
Los chicos gritan. Pegan la cara a las ventanillas. Se me revuelven las entrañas de incredulidad.
Una segunda onda explosiva nos alcanza. Observamos horrorizados cómo otro enorme pedazo de tierra se hunde en la bahía llevándose hasta el último de los bonitos terrones de azúcar con él.
Me abro paso a empujones por el pasillo. Aporreo las puertas hasta que Bernie las abre. Corro al borde del acantilado y me agarro al frío quitamiedos de acero.
Me sorprendo mascullando oraciones desesperadas.
—Adoramos al señor Shiva, el de los tres ojos, que nutre a todos los seres. Que nos libere de la muerte...
Pero no hay liberación.
Mi hermano estaba en ese campus. Además de otras ciento cincuenta personas y un acuario lleno de animales marinos. Dos kilómetros cuadrados y medio de la costa de California se han desplomado al mar.
La Academia Harding-Pencroft ha desaparecido.

CAPÍTULO 4
Algunos de mis compañeros lloran detrás del quitamiedos. Otros se abrazan entre ellos. Otros buscan desesperadamente cobertura con el móvil, tratando de enviar mensajes a sus amigos o de llamar para pedir ayuda. Eloise McManus da alaridos y lanza piedras al mar. Cooper Dunne se pasea de un lado a otro como un león enjaulado dando patadas a los neumáticos delanteros y traseros del autobús.
Nelinha tiene rastros de rímel en las mejillas que parecen lluvia sucia. Está de pie en actitud protectora al lado de Ester, que se encuentra sentada de piernas cruzadas en la grava, sollozando contra el pelo marrón y blanco de Top.
Gemini Twain dice lo que todos estamos pensando:
—Es imposible.
Agita los brazos señalando a donde antes estaba nuestra academia.
—¡Imposible!
Yo no estoy allí presente. Floto a unos quince centímetros por encima de mi cuerpo. Noto que el corazón me martillea en el pecho, pero es un latido apagado y lejano, como una música que viniese de la habitación de abajo. Mis emociones están envueltas en gasa. Me parpadea la vista en el límite de mi campo visual.
Me doy cuenta de que me estoy disociando. He hablado del tema con el asesor del colegio, el doctor Francis. Ya me ha pasado antes, cuando me dieron la noticia de la muerte de mis padres. Ahora Dev se ha ido. El doctor Francis se ha ido. La capitana de mi casa, Amelia. El doctor Farez. El coronel Apesh. El doctor Kind. Las crías de nutria que tuve en brazos ayer mismo en el acuario. La simpática mujer de la cafetería, Saanvi, que siempre me sonreía y a veces preparaba gujiyas rellenas de coco casi tan buenas como las de mi madre. Todo el mundo de HP... No puede estar pasando.
Trato de controlar la respiración. Trato de afianzarme en mi cuerpo, pero siento que me distancio y me evaporo.
El doctor Hewett se aleja del autobús. Se enjuga la cara con un pañuelo. Bernie lo sigue arrastrando un gran baúl negro de transporte. Los dos hombres conversan en voz baja.
Leo los labios de Hewett. No puedo evitarlo. Soy una Delfín. Mi entrenamiento se centra en la comunicación. Recabar información. Descifrar códigos. Distingo las palabras «ataque» y «Land».
«Ayuda de dentro», responde Bernie.
Debo de haber entendido mal. Hewett no puede referirse al Instituto Land. Nuestros centros siempre han sido rivales, pero esto no es una broma como que ellos tiren huevos a nuestro yate o nosotros les robemos su tiburón blanco. Esto es una matanza. ¿Y qué ha querido decir Bernie con «ayuda de dentro»?
Aspiro. Retengo la conmoción y la comprimo en mi diafragma como hago con el oxígeno antes de bucear a pulmón.
—He visto el ataque —digo.
Todo el mundo está demasiado distraído para oírme.
Lo repito más fuerte.
—HE VISTO EL ATAQUE.
El grupo se queda en silencio. El doctor Hewett me mira con ojos de miope.
Gem deja de pasearse de un lado a otro, y no me gusta la mirada asesina que me lanza. Cierra los puños.
—¿Cómo que «ataque»?
—Ha sido una especie de torpedo —digo—. Al menos eso me ha parecido.
Describo la estela que he visto dirigirse a los acantilados y cómo se ha dividido en tres partes justo antes de hacer impacto.
—No puede ser —dice Kiya Jensen, otra Tiburón—. La red estaba conectada. Cualquier cosa que entrase habría sido neutralizada.
Me tiemblan las piernas.
—Esta mañana Dev y yo...
El dolor me burbujea en la garganta y amenaza con ahogarme.
Oh, Dios, Dev. Su sonrisa de mirada bizca. Sus pícaros ojos marrones. Su ridículo pelo aplastado con la almohada. Viéndolo cada día, podía aferrarme al recuerdo de cómo era nuestro padre. Podía decirme que nuestros padres no se habían ido del todo. Pero ahora...
Todos me miran fijamente. Están esperando, ansiosos por comprender. Me obligo a continuar. Describo el extraño parpadeo de las luces de la red que vi.
—Dev iba a informar —digo—. Es probable que estuviera en la oficina de seguridad justo cuando...
Señalo al norte. No me fuerzo a mirar otra vez, pero puedo percibir el gran agujero en el paisaje donde antes estaba Harding-Pencroft. Es como un dolor sordo en la mandíbula donde han sacado un diente.
—¿Un torpedo? —Tia Romero, la monitora de la Casa Cefalópodo, niega con la cabeza—. Incluso con múltiples cabezas explosivas, es imposible que un solo misil cause esa clase de daños. Para provocar un desprendimiento de tierras de esa magnitud...
Mira a sus compañeros de la Casa Cefalópodo. Se ponen a susurrar entre ellos. Los Cefalópodos son especialistas en resolver problemas. Es a lo que se dedican, como yo a leer labios. Si vacías una caja de Lego delante de ellos y les dices que construyan un superordenador operativo con las piezas, no descansarán hasta haber dado con una solución. Solo Nelinha permanece al margen, cuidando en silencio de Ester.
—No importa cómo haya pasado —decide Gem—. Tenemos que volver para buscar supervivientes.
—Estoy de acuerdo —asiento.
Cualquier otro día, esa habría sido una noticia histórica. Gem y yo no hemos estado de acuerdo en nada desde que entramos en HP hace casi dos años.
Él asiente seriamente con la cabeza.
—Que todo el mundo vuelva al...
—No.
El doctor Hewett avanza cojeando, sosteniendo contra el pecho su tableta con un brazo. Las manchas de sudor han empapado su camisa. Su tez tiene color de natillas congeladas.
Detrás de él, Bernie se arrodilla y abre el baúl. Dentro, acolchados con espuma, hay un montón de drones plateados del tamaño de colibríes.
Hewett toca la pantalla del panel de control. Los drones se encienden zumbando. Se elevan de sus cunas de espuma, se reúnen en lo alto formando un enjambre de luces azules y hélices diminutas, y se van volando siguiendo la costa en dirección a HP.
—Los drones inspeccionarán el terreno. —A Hewett le tiembla la voz de rabia, o de pena, o de las dos cosas—. Pero no esperen encontrar supervivientes. El Instituto Land ha lanzado un ataque preventivo. Pretenden eliminarnos. Hace dos años que temo un ataque como este.
Toco la perla negra que me cuelga de la garganta.
¿Por qué Hewett habla del IL y HP como si fuesen países soberanos? El Instituto Land no podría destruir una parte del litoral de California y matar a más de cien personas así como así.
Top me da en la pierna con la cola. Sepulta la cabeza en el regazo de Ester pidiendo afecto, tratando de sacarla del rincón oscuro en el que se ha metido.
—Doctor Hewett... —A Franklin Couch, monitor de la Casa Orca, parece que le va a dar un patatús—. Podría haber amigos nuestros heridos allí. Gente enterrada en escombros. Tenemos una obligación...
—¡NO se hable más! —grita Hewett.
De repente, vuelvo a estar en mi primera clase de CMT, cuando Daniel Lekowski —que suspendió más tarde ese mismo año— se atrevió a preguntar de qué servía la ciencia marina teórica. Me acuerdo del miedo que puede dar Hewett cuando se enfada.
Bernie se queda detrás del profesor. No dice nada, pero su presencia parece reducir el nivel de ira de Hewett a DEFCON 5.
—Seguiremos hasta San Alejandro —dice en tono más calmado—. Escúchenme atentamente todos. Puede que ustedes sean lo único que queda de Harding-Pencroft. No podemos fallar. Se cancelan las pruebas. Aprenderán todo lo que necesiten saber en servicio. Desde este instante, estamos en guerra.
Veinte estudiantes lo miran fijamente. Parecen tan asustados como yo me siento. Sí, nos han adiestrado en tácticas militares. Muchos graduados de HP entran en las mejores escuelas navales del mundo: Annapolis, Kuznetsov, Dalian, Ezhimala. Pero nosotros no somos infantes de marina ni miembros de las Fuerzas de Operaciones Especiales de la Marina. Por lo menos aún. Ni siquiera somos graduados. Somos unos críos.
—Seguiremos hasta los muelles —anuncia Hewett—. Cuando estemos a salvo en el mar, les daré más instrucciones. Mientras tanto, Gemini Twain...
—Señor.
Gemini da un paso adelante. Está listo para recibir órdenes, para que lo pongan al cargo de nuestra clase. A los Tiburones los entrenan para el mando militar.
—¿Hay armas guardadas en la bodega del autobús? —pregunta Hewett.
—Sí, señor.
—Arme a su equipo —ordena Hewett—. Las armas a punto hasta nuevo aviso.
Gem chasquea los dedos. Los otros cuatro Tiburones corren a por los estuches de las armas.
La noción de la realidad me devuelve a mi cuerpo. Cuando a los Tiburones les dejan armarse es que tenemos problemas muy graves.
—Monitor Twain —continúa Hewett—. Tiene un nuevo cometido.
A Gem le brillan los ojos.
—Entiendo, señor.
—No —dice Hewett—. Estoy seguro de que no lo entiende. A partir de este momento, es usted responsable de una vida por encima de todas las demás. No se separará de ella. La protegerá con su último aliento. Se asegurará de que sigue con vida, pase lo que pase.
Gem pone cara de confundido.
—Ejem... ¿señor?
Hewett me señala.
—Ana Dakkar debe sobrevivir.