Prólogo
FRANK
La música de Aerosmith se escuchaba por última vez en mi habitación mientras cerraba la maleta y la bajaba de la cama. Había metido solamente ropa y algunas pertenencias. No me gustaba la idea de mudarnos, y mucho menos a casa de gente a la que no conocía. Aunque se trataba de la prima de mi madrina, pensar que en esa casa sería acogido por la familia de Melina me hacía sentir bastante incómodo.
Tenía otra opción que me resultaba más tentadora: mi apartamento en la ciudad. Lo había alquilado un par de veces para lograr pagar la universidad, tras adquirirlo gracias a una pequeña herencia que me dejaron mis padres antes de morir. Era un lugar acogedor, solo necesitaba arreglarlo un poco si quería vivir solo.
Melina llamó a la puerta antes de asomar la cabeza y sonreír cuando se dio cuenta de que había seguido sus instrucciones de hacer la maleta. Nunca podía enojarme con ella. Era la única persona que se había hecho cargo de mí desde pequeño. Había crecido sin que me faltara nada, y a pesar de que no se lo demostrara, siempre le estaría agradecido.
—¿Ya lo tienes todo? —Entró a la habitación y miró a su alrededor.
—Estoy listo. —Dejé salir un suspiro, considerando aún la idea de irme a mi apartamento.
Melina pareció intuir mi indecisión.
—¿Qué es lo que pasa? —Caminó hacia mí y me llevó a sentar junto a ella en la cama—. Siempre te pones así de serio cuando algo no te gusta.
Esbocé una ligera sonrisa.
—Nunca te equivocas, madrina. —Mi sonrisa se desvaneció al mirar la maleta—. ¿No crees que ha llegado el momento de independizarme?
Frunció el ceño.
—No tienes que venir conmigo si no es lo que quieres, Frank. Sabes que eres libre de tomar tus propias decisiones —dijo con tristeza—. Entiendo que mudarte con personas que no conoces debe de ser muy frustrante e inapropiado, pero ya hace meses que sabes que esta casa estaba en venta.
—Lo sé, pero no puedo irme y dejarte sola.
—Lo dices como si se tratara de personas desconocidas para mí, pero no lo son, Frank —contestó con tranquilidad—. Rebeca es mi prima. Además, no estaremos viviendo con ellos mucho tiempo. Solo mientras encontramos otra casa.
Fue entonces cuando se me ocurrió una idea.
—Podríamos ir a vivir a mi apartamento. Es pequeño pero estaremos bien allí —dije con la esperanza de convencerla.
Melina negó con la cabeza.
—Queda lejos de la ciudad, y sabes que mi trabajo es repartir catálogos aquí en el centro.
—Pero yo podría llevarte y...
—Frank, decídete... —Tomó mi mano y me miró—. De los cambios drásticos siempre se aprende algo. Nunca sabrás si puede ser algo bueno o malo si no lo haces.
Se levantó y emprendió el camino hacia el pasillo. Reflexioné durante unos instantes: era consciente del cambio radical que suponía mudarnos, por ello mi primera opción había sido mi apartamento y llamar a mi mejor amigo Joel para que me ayudara a organizarme.
Pero ese plan se fue por la borda cuando Melina me mostró una foto de la familia Owens. Fue entonces cuando la vi a ella y sin dudarlo acepté el reto. Tenía que conocerla.
ALEXA
Odiaba levantarme temprano y más aún cuando el sol se colaba agresivamente por las cortinas de mi ventana. Gruñí al sentir la luz brillante en los ojos y me giré hacia el otro lado de la cama para seguir durmiendo, pero mi madre me interrumpió entrando a la habitación.
—Alexa, ya es hora de levantarse —empezó a decir mientras recogía un par de libros del suelo. Seguramente se cayeron anoche al quedarme dormida mientras trataba de seguir leyendo—. Cuida tus cosas, los libros no son tan baratos.
Me quejé cuando corrió las cortinas.
—¡Mamá! Para... —Me escondí debajo de las sábanas para taparme el rostro—. Estoy de vacaciones.
—Es una buena razón para disfrutar del día desde temprano. —Me removió tratando de hacerme cosquillas como si fuera una niña pequeña—. Vamos, despierta.
Dejé salir una media carcajada y fue la manera en que pude dejar el sueño de lado.
—¿A qué se debe tanta insistencia para que me levante? —pregunté ahogando un bostezo—. ¿Hemos de ir a visitar a algún familiar?
—De hecho, vienen a visitarnos a nosotros —dijo con cierta cautela.
Traté de recordar fechas importantes, ya que era el único motivo por el que nos visitaban nuestros tíos de Europa.
—¿De quién se trata?
—No los conoces aún. —Mamá sonrió—. Una prima mía ha vendido su casa y necesita un sitio donde vivir mientras encuentra una nueva. Serán solo un par de meses.
Asentí sin darle mucha importancia. Cogí el móvil para responder algunos mensajes de mi amiga Karina.
—Será agradable conocerla —dije finalmente.
—Melina tiene hijos gemelos de diez años, a ellos los conocerás cuando regresen del campamento —comenzó a decir—. Pero su ahijado sí se quedará con nosotros.
Envié el último mensaje y miré de reojo a mamá.
—Esperemos que no sea un niño demasiado revoltoso.
Mamá se rio pensando que yo estaba bromeando; es que me faltaba algo más por saber.
—Es un par de años mayor que tú, Alexa.
No sabía por qué, pero la idea de tener a un chico en mi casa me puso nerviosa de inmediato.
—¿Lo conoces? ¿Por qué dejas que un chico mayor que yo viva con nosotros?
—Alexa, tranquila —me dijo mamá soltando una risita—. Conocí a Frank cuando era un adolescente; es un buen chico.
Fruncí el ceño, insegura. Su nombre no me brindaba confianza, sabía que era absurdo, pero tenía el presentimiento de que todo sería diferente a partir de ahora. Y lo peor de todo era que, aunque mostrara mi desacuerdo, la decisión de mamá ya estaba tomada, y nada la haría cambiar de opinión.
1
Primera conversación
Mi padre asignó a Frank la habitación de la segunda planta, que está al lado de la mía. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba muy temprano y me lo encontraba la mayoría de las veces por el pasillo, nos mirábamos de reojo, pero después continuábamos nuestro camino.
Los primeros días, ambos nos tratábamos con indiferencia. Incluso nos evitábamos el uno al otro. Cada uno hacía su vida como si el otro no existiera, y eso no perjudicaba mi rutina cotidiana.
Mis padres trabajaban durante el día y parte de la tarde. Melina —la prima de mi madre— continuaba con sus servicios de catálogos desde casa. Así que yo pasaba prácticamente todo el día con Frank, el ahijado de Melina. A pesar de que no había mantenido ninguna conversación larga con él, por las miradas prepotentes que me lanzaba cada vez que me veía, sabía que era un chico arrogante y egocéntrico.
Una noche estuve despierta hasta las dos de la mañana. A excepción de un grillo que se escuchaba a lo lejos, el silencio era profundo. Me parecía extraño no poder conciliar el sueño, solía quedarme dormida sin ningún problema. Para matar el tiempo, me entretuve con el móvil, y fue entonces cuando vi el mensaje de Fernando. Con cierta emoción, me senté en la cama y leí el contenido:
Alexa, ¿cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.
Fernando fue mi novio durante algunos meses. Lo había conocido el primer día de universidad y me fue imposible no caer rendida a sus encantos. Era carismático y divertido. El problema es que mis padres, en especial papá, no estaban de acuerdo con que tuviera novio, a pesar de que ya tenía edad para ello.
Pero a mi padre le daba lo mismo que tuviera dieciocho años, él era bastante sobreprotector conmigo. Pensaba que, cuando salías con una persona, te ibas directo a la cama. Rompí con Fernando por esas y muchas razones que nos impedían continuar como pareja, pero no podía negar que aún seguía sintiendo algo por él.
Me quedé contemplando el mensaje, no sabía si contestar o simplemente tratar de dormir. Estaba debatiéndome conmigo misma cuando el móvil comenzó a vibrar. Era una llamada entrante de él y de ninguna manera iba a rechazarlo. Retiré las sábanas, encendí la lámpara y me levanté para atender la llamada.
—¿Hola? —El tono de mi voz era bajo y discreto.
—Alexa, ¿estás en casa?
Su pregunta me confundió un poco, quiero decir, ¿en dónde iba a estar a las dos de la madrugada? No había hecho planes con Karina, mi mejor amiga.
—Sí, ¿por qué? —contesté finalmente.
—Estaba dando vueltas con el coche y se me ha ocurrido acercarme a tu casa. Tengo muchas ganas de verte.
Sorprendida por su respuesta, salí de la habitación procurando no hacer ruido con la puerta.
Manteniendo a Fernando en la línea telefónica, bajé las escaleras y me dirigí a la sala. Observé a través de la ventana y logré ver su auto al otro lado de la calle. Yo también tenía ganas de verlo a él. Habían pasado varias semanas desde que lo vi por última vez, había sido exactamente después de que comenzaran las vacaciones.
—Si mis padres se enteran de lo que voy hacer, me castigarán —murmuré, poniendo en riesgo la confianza que me tenían.
Nos les gustaría nada saber que yo salía en medio de la noche para ver a mi exnovio; pero aun así, me iba a arriesgar.
Me contestó con palabras que no logré entender porque una sombra detrás de mí me llamó la atención. Me volví y mis labios se entreabrieron cuando vi al intruso bajando las escaleras. Estábamos prácticamente a oscuras, pero pude ver que solo llevaba puestos unos bóxeres negros y me fue imposible ignorar la firmeza de los músculos que adornaban sus bíceps, sus pectorales y su abdomen.
Cuando nuestros ojos se encontraron, me di cuenta de que me miraba con cierta intriga y curiosidad. Rápidamente colgué y solté el aire que estaba conteniendo.
—¿Necesitas algo? —dije con amabilidad tratando de ocultar el nerviosismo que sentía.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —inquirió con autoridad, como si tuviera todo el derecho a preguntarme algo así.
Eso me molestó y perdí la poca paciencia que tenía con él.
—No te importa —lo esquivé, dispuesta a volver a mi habitación.
—¿Tus padres saben que un auto te está esperando afuera?
Me giré hacia él con la intención de mentir. Podía aparentar indiferencia, pero me percaté de que estaba mirando por la ventana.
—No sé de qué me hablas —repliqué, pasando saliva.
Esperaba que no continuara con el tema, pero en ese instante mi móvil volvió a vibrar. Era imposible que Frank no se diera cuenta de ello porque la luz de la pantalla me delataba. Sería estúpido tratar de disimular.
—El chico del coche te está llamando —dijo con tono de burla.
Ignorando su comentario, contesté la llamada, dándole la espalda para que no pudiera escucharme.
—Hablamos mañana, ¿de acuerdo? —susurré y me quedé esperando la respuesta de Fernando, pero nunca llegó.
En cuestión de segundos la mano de Frank apareció en mi campo de visión y me arrebató el teléfono, haciéndose cargo él mismo mientras yo asimilaba lo que estaba pasando.
—Sí, por ahora no puede atenderte. Será mejor que no la molestes —cortó la llamada y pacientemente, me entregó el móvil. Me dedicó una leve sonrisa, satisfecho por mi reacción y subió las escaleras.
—¿Cuál es tu problema? —le pregunté manteniendo un tono de voz bajo mientras lo seguía.
Me ignoró y, cuando estuvimos en la segunda planta, cerró la puerta de su habitación. Por poco no me golpeé el rostro con ella.
¿Qué diablos le sucedía? ¿Quién se creía que era para tomar decisiones por mí e ignorarme de esa forma?
Con la rabia fluyendo por mis venas, regresé a mi cuarto e intenté dormir. Si me quedaba despierta, podría acabar armando un escándalo para exigirle a Frank una explicación. Y hacer eso suponía despertar a mis padres y por lo tanto ser descubierta; sin duda se enterarían de que había estado a punto de salir de noche con Fernando.
2
¡Odioso!
Al día siguiente, me mataban los nervios mientras desayunaba. Esperaba que a Frank no se le ocurriera comentar algo sobre anoche delante de mis padres. Los castigos de mi padre eran estrictos y un tanto crueles, no serviría de nada rebelarme, porque siempre decía que mientras viviera bajo su techo debía obedecer y respetar las reglas de la casa.
Despejé mis pensamientos y me dediqué a terminar mis cereales mientras mis padres hablaban de negocios. Suspiré con cansancio. Escucharlos era peor que escuchar una misa. Podía dormirme de nuevo mientras los oía. Desgraciadamente no pude evitar notar las miradas que me lanzaba Frank desde el otro lado de la mesa. Había estado ignorando su presencia, pero cuanto más lo intentaba más me miraba. Sabía que en cualquier momento abriría su estúpida boca y me acusaría de haber estado a punto de salir a la calle en plena noche.
El sonido del teléfono fijo me sobresaltó, era la oportunidad perfecta para salir de la cocina. Estaba a punto de levantarme, pero mi madre se adelantó y se dirigió a la sala.
Aceptando mi derrota, me removí en mi lugar y escuché a Frank reír entre dientes. Sabía perfectamente que estaba buscando un pretexto para evitar sus miradas acusadoras y ahora se burlaba de mí por no lograrlo.
Quería gritarle que era un completo imbécil, pero me contuve. No iba a darle el gusto de que viera cuánto me irritaba, no después de lo de anoche.
—La llamada es para ti, Alexa —dijo mamá cuando regresó a la cocina, y luego se sentó al lado de mi padre y retomó la conversación.
Con una sonrisa triunfadora, me puse de pie y miré a Frank por encima de mi hombro antes de dirigirme a la sala. Su expresión divertida fue reemplazada por un gesto serio y en parte molesto. No podía sentirme más afortunada.
Ya en la sala, atendí la llamada. Era Fernando y tuve que explicarle por qué no había contestado sus mensajes después de que Frank me arrebatara el móvil y lo usara como si fuera suyo. Fernando entendió la situación y comenzó a burlarse, haciendo que me partiera de risa. Sabía que mis carcajadas llegaban hasta la cocina, pero no me importaba en absoluto.
Después de que Fernando me invitara a una fiesta el sábado, terminamos la conversación. Sin ganas de volver a la cocina, comencé a dirigirme a las escaleras cuando escuché que Frank me llamaba. Me volví y vi que se me acercaba. Se detuvo frente a mí y se cruzó de brazos, mirándome con el ceño fruncido.
¿Ahora qué le pasaba?
—¿Qué quieres? —pregunté de mala manera.
—No irás a esa fiesta.
¡Ja! Su comentario me dejó claro que había estado escuchando mi conversación con Fernando, ¡pero no me podía creer que me estuviera prohibiendo salir!
—¿Qué? —pregunté confundida.
—Ya me has oído —dijo, manteniendo una postura firme.
—No, repítelo —le exigí.
Necesitaba confirmar que había oído bien.
—Que no irás a esa fiesta —respondió, haciendo énfasis en el «no».
Estaba furiosa, pero, sorprendentemente, lo único que quería hacer en ese momento era reír sin parar. En primer lugar, no iba a permitir que él me prohibiera nada. No tenía la autoridad para hacerlo.
—Sí, claro, lo que tú digas —contesté con tranquilidad y me giré, conteniendo la risa mientras emprendía camino a mi habitación.
Estaba lavándome los dientes cuando comenzó a sonar mi móvil. Inmediatamente pensé en Fernando, pero una vez que leí el mensaje, sentí cómo la ira corría por mis venas.
Ya veremos si tus padres te dan permiso para ir a esa fiesta después de que les cuente que estabas a punto de escaparte anoche y por si no tienes registrado mi número, soy Frank.
Abrí la boca, sin emitir ningún sonido y volví a leer el mensaje. No entendía su comportamiento. Lancé el móvil a la cama y tomé un libro con la esperanza de distraerme. Me iba a volver loca con sus exigencias y sus amenazas.
3
Tratos con Frank
La rabia surgía de nuevo cada vez que leía el mensaje. No lograba entender por qué Frank insistía en hacerme la vida imposible. Maldito el día en que mis padres les ofrecieron nuestra casa.
Desde luego, Melina no estaba incluida en mi lista negra, era una persona amigable y solidaria, y tampoco sus dos hijos, a los que ni siquiera había tratado, y que tal vez no llegaría a conocer, pues estarían de campamento hasta que terminaran las vacaciones.
El problema aquí era Frank, que parecía disfrutar con cada detalle que me hacía enojar. Con un gruñido, eliminé el mensaje. El estómago se me revolvía al imaginarlo escribir el texto con una sonrisa de satisfacción.
¡Argh!
Tomé una respiración profunda en un intento de guardar la compostura, pero la verdad es que no me ayudó en nada. Las ganas de golpear su sexy rostro cada vez me resultaban más tentadoras, pero eso conllevaría problemas con mis padres, castigos, discusiones, etc., así que descarté esa opción por el momento.
Sin perder más tiempo, caminé hasta la puerta de su habitación, que como siempre permanecía cerrada. Pensé en llamar, pero al final consideré que no era merecedor de tal gentileza. Decidida, giré el pomo de la puerta y agradecí que no tuviera el pestillo puesto. No quería llamar y esperar a que se dignara a abrirme, ya que seguramente me ignoraría al imaginar que iba dispuesta a discutir con él.
En el instante en que abrí la puerta un aroma masculino se apoderó de mis fosas nasales. Era la primera vez que entraba en su habitación. Me había dicho a mí misma que no pondría un pie en ella, pero debido a las circunstancias no tenía otra opción. Ignorando mi sentimiento de culpa por irrumpir así en su cuarto, examiné discretamente el interior.
Sinceramente, había imaginado que todo estaría hecho un desastre o, por lo menos, que tendría un aspecto parecido al de un contenedor de basura, el tipo de habitación adecuada para chicos como él. Pero ¿quién iba a imaginar que el lugar estaría impecable? Por un momento pensé que no era su habitación, pero no tuve más remedio que aceptar la realidad.
Sabía que las paredes eran de un color oscuro, un color que hubiera podido darle un aspecto espeluznante y tenebroso al cuarto, pero que, en lugar de ello, hacía que resultara cálido e, incluso, acogedor. Las cortinas se hallaban delicadamente corridas, permitiendo la entrada de la luz natural y el pequeño tocador estaba, para mi sorpresa, ordenado. Todos los frascos de perfume y loción que alcanzaba a ver estaban perfectamente alineados.
Lo que me faltaba: además de idiota, era un obsesivo compulsivo del orden. Ni siquiera había ropa tirada por el suelo ni nada parecido. Esperaba ver el suelo lleno de manchas o con revistas esparcidas y ese tipo de cosas, pero estaba impoluto, y la cama perfectamente hecha con sábanas de poliéster azul marino.
Diablos, este chico tenía su cuarto más limpio y ordenado que el mío. No me juzguen, un poco de desorden no dañaba a nadie. Dicen que lo perfecto es aburrido, ¿no?
El intruso estaba sentado en el borde de la cama, con las manos descansando sobre sus rodillas, mientras sostenía el control de un videojuego y sus dedos se movían rápidamente sobre las teclas. Estaba tan concentrado que no notó mi presencia hasta pasados unos cuantos segundos. Cuando finalmente giró la cabeza hacia mi dirección, me miró de reojo y logré ver una sonrisa formándose en su rostro antes de devolver su atención al videojuego.
Arqueé las cejas ridículamente. ¿En serio? Yo había esperado que me abroncara por entrar sin permiso en su habitación.
—¿Y bien? —empecé a decir, ocultando la ira en mi voz.
Tenía que mostrarme amable y paciente.
—¿Y bien qué? —contestó, sin apartar la mirada de la pantalla.
Genial, ahora se hacía el desentendido. Sabía exactamente a qué había ido y no entendía por qué tenía que recordárselo.
—No te hagas el inocente, sabes muy bien a qué me refiero —recalqué, esperando a que dejara de comportarse como un idiota.
—Te agradecería que me lo recordaras, tengo muy mala memoria —dijo, mostrando un total desinterés.
Suspiré con frustración. No iba a soportar una conversación con este estúpido que se comportaba como un niño pequeño.
Descaradamente, me acerqué a él y le arrebaté el maldito mando del videojuego. Nuestras manos se rozaron por un milisegundo, un roce que me hizo sentir un ligero cosquilleo. Tiré el control hacia el otro lado de la habitación y su expresión cambió radicalmente cuando en la pantalla apareció un gran y deslumbrante «Game Over». Felicidad y más felicidad. Se lo merecía por no prestarme atención.
Se levantó. La expresión de su rostro había cambiado por completo. Su ceño fruncido, la línea recta de sus labios y la furia de sus ojos no me hacían presagiar nada bueno.
—¿Sabes lo que acabas de hacer? ¡Estaba en el nivel ochenta y cinco! —exclamó, aún asimilando mi gesto inmaduro.
—No me importa —dije y me crucé de brazos, tratando de adoptar una postura intimidante—. Ahora, dime, ¿quién diablos te crees que eres para tomar decisiones por mí?
—Tendré que empezar la partida de nuevo —dijo entre dientes, mientras recogía el control que se encontraba en un rincón.
—¿Has oído lo que acabo de decir?
«Juro por todos los santos que si sigue ignorándome agarraré la consola y se la tiraré por la ventana», pensé.
—Creo que me debes un favor, ¿no crees? —comentó, pasando de molesto a divertido.
—¿De qué hablas? —sabía exactamente de qué estaba hablando, pero no iba a admitir que me estaba cubriendo un posible castigo.
—No les he dicho a tus padres que estuviste a punto de escaparte, pero, como te dije en mi mensaje, si vas a esa fiesta, se lo diré...
Lo odiaba, lo odiaba tanto que no sabía si podría soportarlo mucho más tiempo.
—¿Por qué haces esto? Yo no te he hecho nada para que me fastidies de esa manera —dije irritada.
Había aceptado su presencia en casa y no decía nada cuando él llegaba a altas horas de la noche para evitar este tipo de confrontaciones. Pero él se había declarado mi enemigo, y yo no pensaba mostrarme débil ante él. No mientras pudiera.
—Iré a esa fiesta, te guste o no.
—Estás advertida, cariño. Puedes ir si así lo deseas, pero recuerda que diré lo que sé —aseguró sonriendo.
Sus palabras me causaron un dolor de cabeza repentino. Por el tono de su voz me di cuenta de que hablaba en serio; no estaba bromeando en absoluto.
Diablos, ¿ahora qué? No podía dejarme vencer tan fácilmente. Estaba decidida a ir a esa fiesta a pesar de sus amenazas, pero eso no era lo que me preocupaba. Temía el castigo que vendría después, podría ser de un mes, dos meses, o de tres meses a un año sin salir... Mi padre se tomaba muy en serio la indisciplina.
—¿Qué tengo que hacer para que te quedes callado? —pregunté, sintiéndome fatal por estar a su merced.
—Hagamos un trato —dijo, tomándome por sorpresa. De ninguna manera iba acceder si se trataba de algo desagradable. Se acercó a mí hasta estar justo enfrente y me miró detenidamente—. Irás a esa fiesta solo si yo voy contigo.
Involuntariamente, se me escapó una breve carcajada. No era una propuesta difícil, comparada con las que yo había temido que se le pudieran ocurrir, pero ¿no le bastaba con estar molestándome literalmente todo el día? Unos minutos de su presencia eran suficientes para querer asesinarlo, así que estar con él en el mismo lugar durante horas sería una tortura.
Me tomé un momento para considerar las ventajas de la situación, que más bien parecía un chantaje.
Ventajas:
1. Frank no les diría a mis padres que estuve a punto de escaparme con Fernando y me libraría de cualquier castigo, así que, en cierto modo, no estaba mal...
2. Me encontraría con Fernando y esta vez no me estaría escondiendo.
3. Karina, mi mejor amiga, estaría en la fiesta.
4. Me divertiría.
Realmente, las ventajas eran más que geniales, y la única desventaja era que tendría que soportar la presencia de Frank, así que no podía hacer otra cosa que aceptar.
De alguna forma sabía que esto no acabaría bien. Intuía que, aunque intentara divertirme y distraerme, Frank haría todo lo posible para que no lo consiguiera, pero, sinceramente, prefería sacrificarme un poco con tal de ver a Karina y a Fernando. Además, aunque fuera por unas horas, estaría en paz, después de los días que había pasado soportando a solas a ese idiota que había invadido mi casa.
—¿Aceptas o no?
Parpadeé, y volví a la realidad enfocando el rostro impaciente de Frank.
—Está bien, irás conmigo —dije, dejando salir un suspiro.
Asintió y sonrió con orgullo por haber logrado lo que quería.
Regresé a mi habitación. Faltaban dos días para el sábado, y me sentía más nerviosa que emocionada con la perspectiva de la fiesta. Con Frank se podía esperar cualquier cosa. Rogaba para que no se le ocurriera ninguna tontería, porque, de lo contrario, me arrepentiría de haber aceptado su propuesta.
4
Sentimientos confusos
Los días fueron pasando lentamente y, para ser honesta, fueron los más relajados desde que Frank se había instalado en casa. Tras aceptar su misterioso trato, no volví a cruzar una palabra con él. De hecho, no lo veía como solía hacerlo. No es que me gustara estar viéndolo durante todo el día, pero su ausencia me sorprendió.
Salía a correr por las mañanas y por las tardes se iba con alguno de sus amigos. Volvía muy tarde, algunas veces al amanecer, pero nadie le decía nada. Me pregunté cuántos años tendría para que tuviera esa libertad de volver a casa a la hora que se le antojaba. Debía de tener veinte por lo menos, pero, aun así, pensé que, estando en nuestra casa, debería de mostrar un poco más de consideración hacia nosotros. Pero parecía que yo era la única que se mortificaba con ese tema, ya que Melina —que era la responsable de Frank— no le llamaba la atención.
Sabía con certeza que, si fuera yo la que llegara a esas horas, mi padre ya me habría inscrito en una escuela de monjas para que aprendiera a comportarme adecuadamente. Me parecía muy injusto que a Frank le permitieran salir hasta tan tarde solo por el hecho de que era un chico.
El sábado por la mañana inicié el día con una deliciosa ducha y luego bajé feliz por las escaleras y me dirigí a la cocina. Mi alegría se debía a lo bien que me sentía por no estar siendo molestada constantemente por el intruso. Era como si él por fin se hubiera rendido, pero, a pesar de mi inmensa felicidad, me sentía algo insegura: sabía que tenía que seguir alerta a cualquier comentario o movimiento de Frank. Ese chico era como un felino, y en cualquier momento podía atacar, tomando a su víctima desprevenida.
Me preparé un delicioso desayuno con huevos fritos, tocino, fruta y té. Después de todo no era mala cocinera. Es verdad que tenía que aprender a cocinar más cosas, pero desde luego no tendría que sobrevivir solo a base de cereales y comidas rápidas. Como les pasa a los personajes de los Sims, las personas no solo podemos alimentarnos con tentempiés y pizzas.
En ese instante, Frank entró a la cocina. Casi me atraganto. Diablos, a pesar de que iba vestido de manera informal, estaba guapísimo. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, shorts negros que le llegaban por debajo de la rodilla y unas zapatillas deportivas con las que seguro que podría correr carreras olímpicas. Me ponía nerviosa. Tenía que admitir que se veía sexy a pesar de que su rostro estuviera sudado y enrojecido. Me parecía una locura pensar que las gotas de sudor que caían por su frente formaran parte de su atractivo.
Me miró de reojo mientras tomaba un vaso de agua. Sabía que lo estaba admirando. Sonrió por encima del vaso. Intenté ignorarlo, pero mi mirada parecía estar en mi contra, porque viajaba hacia él todo el rato para admirar sus bíceps. Afortunadamente, salió de la cocina y pude volver a respirar con normalidad. Tenía que acostumbrarme a verlo todos los días y esperaba poder lograrlo, porque mis hormonas se despertaban cuando estaba cerca.
Por la tarde, estaba descansando después de haber limpiado mi cuarto. Creo que me sentí un poco mal al ver que la habitación de Frank estaba más ordenada que la mía, pero ya he dicho por qué no pensaba convertirme en una adicta a la limpieza: la perfección es aburrida.
Mientras estaba leyendo, me acordé de que no había pedido permiso a mis padres para ir a la fiesta de esa noche. Me golpeé la frente y cerré el libro. Nada más faltaba que no me dejaran ir por no haberles avisado con tiempo.
Mis padres no estaban, lo que me pareció un tanto desconcertante. Generalmente se quedaban los sábados en casa. Pero no había señales de ellos ni tampoco de Melina. La habitación de la planta baja estaba vacía. Busqué en el jardín y en la cocina, pero no tuve éxito. Fui a la sala y me dirigí directamente al garaje. El coche de mis padres no estaba, los llamé al móvil pero ninguno contestó. Tenía que esperar a que regresaran.
Eran la seis de la tarde; si por alguna razón no llegaban antes de las nueve, tenía que despedirme de las cuatro ventajas que había contemplado para aceptar el trato de Frank. Suspiré y apoyé mi frente contra el vidrio. Quería ir a esa fiesta.
—¿Buscas a alguien?
Me giré sobresaltada, y me encontré con Frank, que estaba sentado en el sofá.
—¿Sabes adónde han ido mis padres? —pregunté, con una mano en mi pecho. Me había dado un susto de muerte.
—A Melina le quedaban unos catálogos por entregar y la han acompañado —contestó.
—Oh...
Esperaba que volvieran a tiempo.
—¿Para qué los buscabas? —preguntó, poniéndose de pie.
—Ese no es asunto tuyo —dije, y comencé a caminar hacia las escaleras.
—No les has pedido permiso para ir a la fiesta, ¿verdad?
Me detuve y me giré hacia él, preguntándome cómo diablos lo sabía.
—No, aún no.
—Tuviste dos largos días para hacerlo —arqueó las cejas.
—Olvidé decirles. —Me encogí de hombros y aparenté indiferencia, pero por dentro estaba ansiosa.
—Oh, claro, tal vez porque te has pasado todo el tiempo mirándome. —Sonrió, disfrutando de mi reacción. Me había quedado atónita.
—No te miro todo el tiempo —repliqué, intentando convencerme de ello.
—Ah, ¿no? ¿Y qué me dices de ayer? —Frunció el ceño, fingiendo estar confundido—. Estuviste mirándome desde la ventana de tu habitación mientras hacía abdominales en el jardín.
¿Qué podía decir? Mentir no era una salida convincente. Sí, estuve mirándolo obsesivamente hasta que terminó. Pero fue una coincidencia. Cuando abrí las cortinas, ahí estaba, recostado en el césped haciendo sus ejercicios con el torso desnudo. No había sido culpa mía, y tampoco iba a perderme algo así.
No quedó otra que callarme y seguir subiendo las escaleras. Pude escuchar su risa, y me fue imposible evitar que mis mejillas ardieran. Él había sabido que yo lo estaba mirando mientras hacía abdominales y, aun así, continuó haciéndolas.
Entré en la habitación y cerré la puerta bruscamente. Idiota, retrasado, estúpido, demente. Las palabras aparecieron en mi mente cuando pensé en él.
Durante unos momentos, solo oí los autos que transitaban en el exterior. Tal vez, de tanto reírse, a Frank le había dado un infarto o se había ahogado en su propia saliva y ahora estaba tirado en medio de la sala, agonizando. Bien, no hacía falta ser tan bestia. Al cabo de unos segundos de silencio, escuché que llamaban a mi puerta. La abrí y me lo encontré en perfectas condiciones, apoyado en el marco de la puerta.
—Solo para avisarte... Ayer le dije a tus padres que te invitaría a salir esta noche y les pareció bien.
Me quedé mirándolo, procesando su comentario. Era muy amable de su parte haber pedido permiso a mis padres, porque parecía que no volverían hasta dentro de unas horas, pero luego reflexioné.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —cuestioné, entrecerrando los ojos.
Alzó los hombros y luego me mostró su móvil.
—Llama a tus padres, no me ofenderé por quedar como un tonto.
Estuve a punto de tomar el teléfono, pero decidí darle la oportunidad.
—De acuerdo, te creo. Pero debes tener claro que el que me invitó a salir fue Fernando.
—Imagino que así se llama el tipo que estaba esperándote en su auto la otra noche, ¿no? —dijo con amargura—. Bueno, sea como sea, nos iremos a las nueve.
Eran las ocho y media de la noche, mis padres todavía no daban señales de regresar. Pensé en llamarlos de nuevo, pero me calmé cuando recordé que tenía su permiso para salir. Se lo hubiera agradecido a Frank si no fuera por su actitud despectiva.
Debido a que no era un evento formal, decidí ponerme un vestido azul cielo de tirantes que me llegaba por encima de las rodillas. Me ondulé el pelo, dejándolo suelto y lo combiné con un maquillaje moderado, unas cuantas capas de rímel y un gloss rojizo. Listo. Cogí el bolso de mano y fui a la sala, donde Frank estaba esperándome.
Llevaba un pantalón de mezclilla azul fuerte y unas botas negras y una camiseta roja que se le ajustaba a los brazos y hombros. Llevaba su pelo castaño despeinado salvajemente. Nuestras miradas se conectaron y me encogí. Se tomó su tiempo para inspeccionarme de arriba abajo.
—Estás muy guapa, Alexa.
Entendía su asombro: desde que llegó solo me había visto con pijama, tejanos y blusas normales.
Para evitar que se extendiera en sus halagos y que yo le dijera algo como: «Y tú tienes un aspecto de lo más sexy», salimos de casa, y él me siguió.
Cuando entramos en el club, ignoré su presencia en el mismo instante en que vi a Fernando y a Karina. Él estaba guapísimo con su pelo rubio y sus hipnotizadores ojos verdes. Karina llevaba un vestido corto rojo que se le ajustaba al cuerpo. Tenía una personalidad atrevida y extrovertida; la verdad es que la admiraba por atreverse a usar algo tan provocativo.
—Por Dios, ¿ese chico es el que está viviendo un tiempo en tu casa? —preguntó Karina, señalando a Frank, que estaba mirando a su alrededor despreocupadamente.
—Sí, es un arrogante —respondí, arrugando la nariz.
—Es un arrogante muy sexy —comentó asintiendo hacia él.
Sacudí la cabeza y cambié de tema. No quería pasar la noche convenciendo a mi amiga de que Frank era un idiota con patas.
Conseguimos una mesa, y Fernando se sentó a mi lado. Karina no perdió el tiempo y se fue con un chico que la invitó a bailar. Fernando me dijo que tenía muchas ganas de que empezaran las clases para poder vernos como antes, aunque odiaba la universidad. «¿Y quién no?», pensé. ¿Cómo no ibas a odiarla si te encargaban kilos de proyectos y te pasabas la vida estudiando para tediosos exámenes? Pero, bueno, todo eso era un sacrificio para obtener un título y poder ganarte la vida en un futuro.
Cuando Karina volvió, comenzó a hacerme preguntas sobre Frank. Fastidiada, le hice un resumen de las últimas dos semanas de su estancia. Y, como la típica amiga, me dijo que era mi oportunidad de tener un rollo con él, pero me negué a pensar en eso. Mi objetivo era totalmente el contrario.
La noche se fue prolongando. Bailé como nunca. ¡Cuánto había echado de menos reír y gritar mientras sonaba alguna canción del momento! Una vez que la música pasó a un ritmo lento, regresamos a nuestra mesa para descansar. El chico que había estado bailando con Karina, Drake se llamaba, se sentó a su lado y comenzaron a hablar.
Miraba a mi alrededor, esperando a que Fernando volviera con las bebidas, cuando localicé a Frank en una de las mesas del rincón del local. Una ligera rabia se apoderó de mí al ver que estaba acompañado. Una chica rubia estaba pegado a él y le rodeaba el cuello con los brazos.
¿Qué diablos me sucedía? ¿Por qué de repente sentía que empezaba a hervirme la sangre? No podía estar celosa por un egocéntrico como él. No tenía que sentir envidia de esa chica al ver cómo Frank le sonreía y le susurraba algo al oído. No y no. Debía de ser un estúpido truco de mis hormonas que trataban de confundirme. Sí, debía de ser eso.
Por lo menos tenía buen gusto; la chica era bonita, pero la exageración de maquillaje decepcionaba. Y sobre su atuendo, bueno, estaba cerca de estar desnuda. Su diminuto vestido era aún más corto que el de Karina. Se veía tan empalagosa. Reía falsamente como una réplica de Barbie mientras jugueteaba con la camisa de Frank.
Sin previo aviso, la mirada de Frank se encontró con la mía y nos quedamos conectados un instante, a pesar de las personas que cruzaban. Una sombra apareció frente a mí, interrumpiendo el contacto visual. Era Fernando dejando las bebidas en nuestra mesa y, por un momento, quise hacerlo a un lado.
—¿Quieres bailar conmigo? —dijo él, regalándome una de sus mejores sonrisas.
Asentí y tomé su mano sin protestar. Llegamos a la pista. Había parejas moviéndose de un lado a otro, siguiendo el ritmo lento y suave de la música. Mis brazos rodearon su cuello, mientras Fernando colocaba sus manos en mis caderas y me atraía hacia él. Seguimos el compás de la canción, imitando los movimientos de los demás. Miré por encima de su hombro y «accidentalmente» la vista se fue hacia donde estaba Frank. Fruncí el ceño cuando me di cuenta de que la rubia estaba sola. Supuse que se había aburrido de ella y ahora estaba con otra.
El pensamiento fue descartado cuando lo encontré en otra mesa, conversando con varios chicos. Reconocí a uno de ellos, era el que a veces venía a buscarlo cuando Melina usaba su SUV. Recordé que ella mencionó su nombre, Joel. Sin perder el ritmo de la melodía, noté que Joel se inclinó hacia Frank para decirle algo que me resultaba imposible oír, pero que pude adivinar fácilmente, porque justo en ese momento se volvió hacia mí, y la sonrisa de su rostro fue desapareciendo mientras nos miraba.
—¿Ese es Frank?
Aparté la vista y miré a Fernando.
—Sí —me limité a decir, y pude observar la frialdad en sus ojos.
Los miré alternativamente y me percaté de que se estaban fulminando con la mirada. Conocía a Fernando y sabía que en cualquier momento se acercaría a Frank para preguntarle si tenía algún problema, y eso era algo que podía acabar mal. Así que, cuando la canción terminó, aproveché para llevarlo de vuelta a la mesa, y acabar con el intercambio de dagas asesinas entre esos dos.
—No sabía que se llamaba Frank —murmuró mientras tomaba asiento a mi lado.
—¿Lo conoces?
Me miró, dudando, y luego sonrió sin mostrar los dientes.
—Lo he visto un par de veces, eso es todo —contestó, encogiéndose de hombros.
Las preguntas curiosas comenzaron a invadir mi mente. ¿En qué lugares lo había visto? ¿Qué sabía de Frank? ¿Por qué su voz adoptó un tono amargo al hablar de él? ¿Por qué ambos se miraban con tanto odio como si hubiera algo personal entre ellos? No tenía respuestas, pero las encontraría.
5
Traidor
Con tantas preguntas dándome vueltas en la cabeza, comencé a marearme. O tal vez el whisky estaba empezando a hacerme efecto, o bien estaba comportándome como una paranoica. Quería seguir interrogando a Fernando sobre Frank, pero por las muecas que hizo cuando traté de retomar el tema entendí que no le apetecía hablar de él.
—¿Me has echado de menos? —me preguntó de repente.
La nostalgia se instaló en mi sistema al recordar las horas que pasábamos en su rancho cabalgando y dando de comer a los pocos animales que tenía, mientras charlábamos. Tenía que verlo a escondidas, ya que mi padre prohibió que él viniera a verme a casa, sin darle la oportunidad de conocerlo.
Dejé escapar un suspiro.
—Claro que sí —dije con una sonrisa.
Acercó su silla y me tomó de las manos.
—Todos estos meses sin verte han sido una tortura —susurró ásperamente, provocando que un estremecimiento recorriera mi espina dorsal.
Miré su rostro. Él observaba mis labios con atención. Su mirada se intensificó cuando los humedecí. Se inclinó hacia mí y sentí su respiración mientras percibía su perfume. Mi pulso se aceleró al darme cuenta de que iba a besarme. Cerré los ojos, sintiendo sus labios rozar los míos, cuando fuimos interrumpidos por alguien que carraspeó exageradamente a nuestro lado.
«Karina, ahora no», pensé. Siempre intervenía en los momentos más inoportunos.
Levanté la vista y tuve que parpadear varias veces para asegurarme de que no estaba viendo visiones ni me estaba imaginando algo que no era. Pasaron unos segundos hasta que confirmé que, en efecto, no me estaba volviendo loca: realmente era Frank. Estaba cruzado de brazos, mirándonos con el ceño fruncido.
—Es hora de irnos —dijo de mala manera.
¿Cuál era su problema? Pudo haber elegido otro momento para interrumpir, pero obviamente estuvo esperando la situación perfecta para arruinarme la noche.
—¿No puedes esperar unos minutos? —imploré entre dientes. No quería alterarme.
—No, a menos que quieras volver caminando a casa —espetó, retándome con la mirada.
—Puedo llevarla —intervino Fernando, poniéndose de pie.
—¡De ninguna manera! —exclamó Frank, sacudiendo la cabeza.
—Si tienes mucha prisa, puedes irte —dije al tiempo que me ponía de pie—. Ya has oído que Fernando puede llevarme a casa.
—Viniste conmigo y te irás conmigo —afirmó, mirando de reojo a Fernando.
Una parte de mí quería rebelarse y dejarle las cosas claras. Pero no quería montar una escena en medio de la fiesta. Además sería sospechoso para mis padres que llegara con alguien distinto a casa, cuando se suponía que había salido con Frank.
—Está bien.
—Te espero fuera —dijo. Se despidió de Fernando con una sonrisa triunfadora y salió del club.
—¿Estás segura de que quieres irte? —preguntó este, desilusionado.
—Sí, ya es tarde.
Asintió tranquilamente y me besó en la mejilla.
—Te llamo luego —terminó diciendo.
Le dije que no era necesario que me acompañara hasta la puerta y, después de despedirme de Karina, salí al aire fresco de la noche.
Durante el trayecto a casa permanecimos en silencio. Frank me miraba de reojo y yo no sabía si estaba molesto. Aunque no sé por qué me preocupaba su estado de ánimo; era absurdo estresarme por eso.
—No puedo creer que estuvieras a punto de besar a ese tipo —dijo con amargura.
—Es algo que a ti no debe importarte —respondí irritada, mientras miraba por la ventanilla.
—¿Tanta confianza le tienes que le ibas a permitir que te llevara a casa? —me preguntó, ignorando lo que yo acababa de decirle.
—Sí —contesté de la manera más cortante que pude.
—Si te hubiera dejado con él, ahora ya estarías en su cama.
Me volví hacia él frunciendo el ceño. ¿Cómo se atrevía a insultarme?
—No soy tan fácil como la chica oxigenada con la que estabas —solté sin procesar antes la interpretación que podía hacer de mi comentario.
El SUV se detuvo detrás del coche de mis padres, avisándome de que habíamos llegado. Me quité el cinturón y él apagó el motor para luego mirarme arqueando la ceja.
—¿Estás celosa? —me preguntó sonriendo con arrogancia.
Puse los ojos en blanco, bajé del coche y me dirigí hacia la puerta. No estaba celosa, no me sentía de esa manera. Frank había malinterpretado lo que le había dicho. Mientras buscaba las llaves de casa en mi bolso, escuché su risita. Lo miré y suspiré, molesta al ver esa sonrisa en su cara que me hacía querer golpearlo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté, sacando el llavero.
—Me disculpo por adelantado —dijo un poco dolido.
Negué con la cabeza ante su idiotez. ¿Qué podría suceder ahora para que necesitara mi perdón?
Al entrar en casa, me percaté de que la luz de la sala estaba encendida y eso no era una buena señal. Mis padres y Melina estaban sentados en el sofá, y nos miraron como si llevaran horas esperando nuestro regreso. Esto no pintaba nada bien. El ambiente se volvió tensó de repente. Melina se despidió cordialmente antes de retirarse. Mi padre, que estaba cruzado de brazos, mirándome acusadoramente, se levantó.
—¿Dónde estabas? —su pregunta me tomó totalmente por sorpresa.
Frank me dijo que le había comentado lo de la fiesta y que él había estado de acuerdo en que fuéramos juntos... Ay, no... ¿Y si me había mentido? «Que no sea lo que estoy pensando», rogué.
—¿A qué te refieres? —dije, después de unos segundos de silencio.
—¿Por qué saliste de casa sin permiso? —Su enfado era evidente por el tono de su voz.
—Pero... —En ese instante, confirmé mis sospechas. Me volví y miré a Frank—. Me habías dicho que mis padres me dejaban salir...
Se me quedó mirando durante unos segundos, intentando buscar una respuesta. Respiró profundamente y miró a mi padre.
—Ella me dijo que ustedes le habían dado permiso para salir.
Me congelé al escucharlo. Abrí la boca, sin articular palabra. No salía de mi asombro.
—No es culpa tuya, Frank —comentó mamá, ajustándose el cinturón de su bata—. Terminaremos esta conversación en una hora más adecuada.
—Pero eso no es cierto —dije balbuceando—. Les llamé para tener el permiso para salir, pero Frank me dijo que...
—Esto no se va a volver a repetir, Alexa —me advirtió mi padre, antes de que él y mi madre salieran de la sala.
La rabia comenzaba a fluir por mi cuerpo y las palabras se me agolpaban en la garganta, pero seguía desconcertada. Apreté los dientes, conteniendo mi rabia. Levanté la barbilla, evitando mostrar debilidad y caminé hacia las escaleras. Antes de subir el primer escalón, me giré hacia Frank, que continuaba mirándome sin ninguna expresión.
—Traidor —susurré con desprecio y me dirigí a la habitación.
6
Perdonado por ahora
Desperté bruscamente al escuchar golpes llamando detrás de la puerta. Me froté los ojos, miré el reloj de la cómoda y gemí al ver que eran las siete y media de la mañana. Despertarse un domingo a esa hora lo consideraba innecesario. Con pereza, me levanté y, tras reunir la fuerza necesaria, giré el pomo. Me encontré con Frank, vestido solo con un pantalón de pijama. Tras observarlo discretamente, fruncí el ceño y me crucé de brazos. Tenía que recordar que no llevaba sujetador.
—¿Qué quieres?
No me apetecía nada verlo después de lo que me había hecho.
—Tu madre está esperándote en la cocina.
Se mantuvo serio mientras me observaba. Pensé que iba a disculparse por haberme traicionado, pero, en vez de eso, se fue.
Suspirando, me dirigí al cuarto de baño y me lavé la cara, alejando cualquier residuo del sueño. Al llegar a la cocina, mamá estaba sentada con los antebrazos apoyados en la barra mientras leía una revista de recetas.
—Buenos días —dije algo cohibida, y me senté frente a ella. Levantó la vista, cerró la revista y se cruzó de brazos. Seguía enfadada.
—Ayer no terminamos la discusión, pero me imagino que ya sabes el castigo que tendrás.
Sí, lo sabía.
—Todo es culpa de Frank —susurré, frunciendo los labios.
—Alexa, ya eres muy mayor para culpar a otras personas de lo que tú haces. —Me miró como si hubiera cometido un asesinato, tampoco era para tanto.
—Pero, mamá...
—No he terminado —me interrumpió, levantando la mano. Yo puse los ojos en blanco—. Tu padre me dijo que esta vez seré yo quien decida el castigo. —La miré, sintiéndome aliviada al ver que me libraba de tener que escuchar los sermones de mi padre.
—¿Cuál será el castigo? —pregunté, nerviosa.
—Harás los quehaceres de la casa, y no me refiero superficialmente —empezó a decir—. Comenzarás por la cocina y luego seguirás por la sala, el baño, las habitaciones y terminarás en el jardín, al que, por cierto, le hace falta una buena limpieza.
—¿Hablas en serio?
Obviamente, esto era mucho mejor que tener prohibido salir durante meses, pero odiaba convertirme en ama de casa, la verdad.
—Ah, también harás la compra cuando termines.
Se levantó, abrió un cajón y colocó una hoja de papel en la mesa. Lo tomé sigilosamente y leí el contenido, suspiré por la enorme lista de cosas que había que comprar.
—¿Eso es todo? —pregunté, confundida. Imaginaba que iba a decir algo peor, como cuidar a los niños de la vecina o acudir a servicios comunitarios.
—¿Crees que no es suficiente? —Arrugó la frente, dispuesta a agregar otro castigo.
—Sí, es suficiente —afirmé antes de que cambiara de opinión.
—Bien, y por favor que no se vuelva a repetir, ¿de acuerdo?
Asentí, mordiéndome el labio. Había temido un castigo peor, pero no me parecía justo que yo tuviera que pagar por la mentira de Frank. Aun así, decidí no insistir en acusarlo, no quería acabar limpiando la casa durante todo un año.
—¿Papá aún duerme? —pregunté, cambiando el tema.
—Sí, después de lo que nos hiciste trasnochar anoche, es comprensible, ¿no crees?
Me miró de reojo mientras se preparaba un café. Pensaba que era la culpable, y, bueno, lo era, pero Frank también debería haber sido castigado. Me levanté y saqué del armario el último paquete de cereales que quedaba.
—En una hora iremos a casa de un amigo de tu padre a desayunar. —Dio un sorbo a su bebida caliente y tomó asiento, luego abrió de nuevo la revista de recetas.
—¿Melina y Frank irán con ustedes? —pregunté, deseando escuchar un «sí».
—Melina nos acompañará —respondió.
Dejé de agregar los cereales de maíz que caían en mi plato.
—¿Y Frank? —pregunté, simulando indiferencia, y la miré.
—No quiere venir con nosotros. —Se encogió los hombros.
Sentí que se me revolvía el estómago. Eso significaba que lo habían invitado y que se había negado a ir. Diablos.
—¿A qué hora estarán de vuelta? —pregunté, haciendo esfuerzos para aparentar tranquilidad.
—Ya sabes lo mucho que le gusta hablar a tu padre —comentó con fastidio—. Luego iremos a recoger unos catálogos que Melina tiene pendientes, y haremos una visita rápida a Helen.
Me soplé el flequillo. Nunca debías entablar una conversación con papá a menos que tuvieras libres las siguientes tres horas del día. Y jamás debías visitar a tía Helen si tenías prisa. Una «visita rápida» a tía Helen era más bien un «prepárate para ser interrogada, mimada, aconsejada y criticada durante horas». No la odiaba, de hecho, era buena dando consejos, pero me ponían muy nerviosa las preguntas extremadamente personales que hacía.
—Si tenemos suerte, regresaremos antes de la cena —dijo mi madre notando mi frustración. Le lancé una mirada escéptica que expresaba: «Sabes que la tía Helen no permitirá que se vayan sin cenar»—. Bien, tal vez después de las diez.
Asentí, resignada y abrí el refrigerador. Cogí la leche y la agregué al plato de cereales. En ese instante, Frank apareció en la cocina con atuendo deportivo. Evitando salivar, tomé asiento y lo observé con el rabillo del ojo. Se desplazó hacia la despensa y comenzó a sacudir la caja de cereales que yo había dejado vacía.
—Lo siento, me serví los últimos. —Sonreí mientras colocaba el plato en la mesa.
Entrecerró los ojos y me dedicó una sonrisa ladeada antes de tirar la caja a la basura. Volví mi atención a los cereales, sintiéndome satisfecha por haberle fastidiado el desayuno.
—No te preocupes, Frank. He anotado los cereales en la lista para cuando vayan a comprar luego —escuché a mamá, y me detuve con la cuchara a medio camino hacia mi boca. Iba a ir sola, no necesitaba que él me acompañara.
—¿Qué?
—Frank te ayudará con la compra —me aclaró mi madre con total normalidad.
—Puedo hacerlo sola —me quejé. No quería ni respirar siquiera el mismo aire que Frank.
— ¿No pensarás ir caminando hasta el centro comercial? —me preguntó él.
Me volví para mirarlo y tuve que hacer un esfuerzo para no hacerle la peineta.
—Puedes ir sola si quieres, Alexa —dijo mamá—. Pero cuando termines de hacer la limpieza de toda la casa, lo último que querrás hacer será caminar.
—Puedo hacer las compras antes —repliqué de inmediato.
—No —sacudió la cabeza—. Por las mañanas no hay descuentos.
Me había olvidado de que mi madre era aficionada a ahorrar siempre que se pudiera.
—Vaaale... —respondí, hastiada.
—Entonces, yo te llevaré —concluyó Frank alegremente, y mostró su perfecta dentadura mientras se preparaba un sándwich.
Benditos sean los cereales y sándwiches que hacían nuestros desayunos más fáciles y rápidos.
Frank se sentó al lado de mamá, de forma que quedó frente a mí. Empecé a percibir un cosquilleo, sintiéndome acosada por un par de ojos castaños. Levanté la vista de mis cereales y lo encontré mirándome con detenimiento. Miré a mi madre por un momento para averiguar si era consciente de nuestro juego de miradas, pero ella estaba tan concentrada en su revista que no se percataba de lo que ocurría a su alrededor. Volví la vista hacia Frank, que seguía observándome mientras masticaba lentamente. Mi pulso se aceleró cuando sus ojos se posaron en mis labios y se quedaron ahí un tiempo.
Desvié la mirada, deseando que el rubor de mis mejillas no me delatara. Como la cobarde que soy, me levanté y salí a paso veloz de la cocina, sintiendo la mirada de Frank clavada en mi espalda o tal vez en mi trasero. Una vez en la habitación, me miré al espejo. Mi cara estaba roja como un tomate. No había duda de que él habría notado mi turbación; ¡estúpidas hormonas!
Después de leer un rato, bajé a la sala cuando me di cuenta de que mis padres y Melina estaban a punto de irse. Me encontré a papá, que se detuvo al verme, y me regañé mentalmente por haber salido de mi habitación.
—Ya me ha dicho tu madre lo que tienes que hacer —dijo.
Sabía que no estaba de acuerdo con el castigo que mamá me había puesto, él hubiera elegido algo que me hubiera hecho aprender la lección.
—En un rato comenzaré a limpiar...
Me miró por un momento y luego negó con la cabeza, arrepintiéndose de haber delegado en mi madre.
—Será la última vez que le pido a tu madre que decida ella tu castigo —dijo, y seguidamente cogió las llaves y salió por la puerta principal.
Cuando ya se hubieron ido, me topé con Frank, que bajaba las escaleras.
—¿Lista para comenzar la limpieza? —preguntó cínicamente al pasar por mi lado. Puse los ojos en blanco e, intencionadamente, choqué mi hombro con el suyo mientras subía—. Salgo a correr; no me eches mucho de menos.
Lo miré por encima de mi hombro, y él me guiñó un ojo antes de marcharse.
Llevaba dos horas limpiando y ya comenzaba a estar harta. Me faltaba poco para acabar, ya había limpiado la cocina, la sala y las habitaciones de mis padres y de Melina. Gruñí y me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano. Salí de mi habitación y coloqué los productos de limpieza en el suelo. Suspiré y me senté, apoyando la espalda en la pared. Escuché el sonido de la puerta principal abrirse y cerrarse. Diablos. Tenía que evitar que Frank me viera de esta manera. No dudaría en burlarse.
Me levanté y recogí de nuevo lo que había dejado en el suelo, maldiciendo internamente cuando lo vi subiendo las escaleras. Por su aspecto, parecía agotado. Una vez que estuvo en la segunda planta, se detuvo para tomar unas bocanadas de aire. Me inspeccionó de arriba abajo y sonrió. Me miré a mí misma y, bueno, desde luego no estaba muy presentable, con los productos de limpieza en las manos y empapada en sudor, con la trenza medio deshecha y algún mechón de pelo pegado en mi rostro.
—Bonita camiseta —dijo, señalando el estampado que decía fuck you.
—Es una dedicatoria para ti —sonreí, orgullosa.
—Gracias por el detalle. —Entró en la habitación, y mi sonrisa se desvaneció en el momento en que cerró la puerta. Siempre que intentaba hacerlo sentir mal, él sacaba provecho de ello y lo usaba contra mí.
Con maldiciones y quejas, logré terminar de limpiar el baño y, después de tomarme un descanso de cinco minutos y refrescar mi garganta con agua fría, salí al jardín. Era lo último que me faltaba para concluir parte del castigo. Cuando crucé por la puerta corrediza, me asusté al ver el panorama. Había millones de hojas secas y ramas espinosas esparcidas por el césped. No entendía cómo un simple árbol podía causar tanto desorden.
Cerré los ojos por un momento y suspiré, buscando la paciencia necesaria para limpiar todo eso. Me lo merecía por confiar en Frank. Ojalá algún día le cayera un rayo en la cabeza por haberme traicionado. Me coloqué los enormes guantes de jardinero y, con una bolsa negra en una mano, comencé a recoger las hojas.
Mis esfuerzos parecían no tener éxito, ya llevaba tres bolsas llenas de hojas y aún me faltaba limpiar más de la mitad del jardín. Empezaba a dolerme la espalda y sentía un hormigueo en las piernas por estar tanto rato agachada. Me tomé un respiro y levanté la vista hacia las ventanas del segundo piso. Por alguna razón, mis ojos se posaron en la habitación del intruso, y ahí estaba, mirándome con una gran sonrisa.
Ignorando mis agujetas, me levanté y alcé el brazo para mostrarle el dedo medio con toda la intención. Sin dejar de sonreír, negó ligeramente con la cabeza y corrió la cortina.
—Estúpido —murmuré mientras volvía a mi labor.
Minutos después, cuando cerré la quinta bolsa y la coloqué junto a las demás, escuché la puerta corrediza y vi a Frank. Estaba recién duchado, mientras yo seguía sudando y sufriendo. Fruncí el ceño cuando observé el estampado de su camiseta. Era una chica anime en traje de baño y al lado se leía: you are so sexy. Si estaba refiriéndose a él, tenía que darle la razón. Aparté la vista y continué recogiendo hojas.
—No has limpiado mi habitación —lo escuché decir, sintiendo que caminaba hacia mí.
—Puedes hacerlo tú mismo —respondí, concentrada en lo que estaba haciendo.
—Dámelos —dijo bruscamente.
Lo miré, confundida. Esperaba que no estuviera proponiendo algo pervertido porque lo golpearía.
— ¿No me has oído? —suspiró, pasándose los dedos por su cabello reluciente—. Dámelos —repitió, pero esta vez señaló los guantes que yo llevaba puestos.
—Los estoy usando. —Escondí las manos detrás de la espalda.
Pretendía que recogiera las ramas con espinas sin protección y no lo iba a permitir.
—Bueno, si quieres que te ayude tengo que protegerme las manos —dijo mostrándolas.
¿Iba a ayudarme?
Bueno, no debía desaprovechar esa oportunidad. Me quité rápidamente los guantes y se los entregué. Se los colocó y le quedaron perfectamente, eran de su medida. Tomó la bolsa negra y comenzó a recoger las ramas espinosas en silencio.
—Gracias —susurré, sentándome en el césped. No tenía que haberle dado las gracias, pero la palabra salió involuntariamente de mi boca.
—No es nada —contestó sin mirarme—. Después de todo, también soy responsable de lo que pasó... —Podía tomarme ese comentario como una disculpa.
La siguiente hora y media me deleité observando a Frank, admirando la manera en la que sus bíceps se contraían cada vez que ponía sus brazos en movimiento. Tampoco perdí de vista los músculos de sus hombros y de su espalda, que se tensaban al agacharse y se relajaban al levantarse. Era una escultura humana en movimiento.
Los rayos del sol caían sobre su cabello castaño claro, dándole una apariencia dorada. Por un instante me pregunté qué se sentiría enterrando los dedos en su pelo. La tentación de ir a comprobarlo y explorar cada centímetro de su cuerpo era cada vez más insistente. ¿Qué me pasaba? Sacudí la cabeza, tratando de eliminar esos pensamientos de mi mente.
—Deja de mirarme —murmuró él, aún de espaldas a mí.
Inmediatamente me sonrojé y desvié la mirada al vacío. Es verdad que podemos sentir las miradas intensas de otras personas, así que supongo que eso era lo que le estaba pasando a él.
Tras tirar las bolsas a la basura, entramos en casa y nos dirigimos a la cocina. Apoyé la cabeza en la mesa y dejé los brazos estirados a los lados. Estaba agotada, sudada... Necesitaba una ducha urgente, pero tenía que esperar a que el calor del cuerpo disminuyera.
—Voy a morir del cansancio —me quejé, dejando salir un largo suspiro.
—No seas dramática, no ha sido para tanto —contestó él, que para nada parecía afectado.
Se acercó a la mesa y colocó una jarra de agua, junto con un par de vasos.
—¿Que no ha sido para tanto? —Levanté la cabeza y lo miré, arqueando las cejas—. Te recuerdo que estoy limpiando la casa desde las nueve de la mañana.
Su sonrisa se desvaneció y me miró durante unos segundos. Estaba segura de que quería decir algo. ¿Disculparse correctamente, tal vez? Tenía esa esperanza, pero todo se fue por la borda cuando bajó la mirada y sirvió agua en los vasos de vidrio. Era orgulloso o simplemente no quería decir que había tenido la culpa de todo. Me ofreció el vaso y, sin dudar, me bebí todo su contenido. Mi garganta agradeció la sensación del agua refrescante. En cuestión de segundos, volví a llenar el vaso y bebí de nuevo. Tenía muchísima sed.
Después de unos minutos de silencio, miradas correspondidas y sonrisas delatadoras, me levanté y puse la jarra de agua dentro del refrigerador casi vacío. Lo que me recordó que tenía que ir a comprar.
—Hemos de ir a hacer la compra —dije, cerrando la nevera.
—Tenemos que ducharnos primero —comentó, e imaginé algo que no era apto para mi mente. Se percató de mi expresión y sonrió maliciosamente—. Podemos hacerlo por separado, pero si quieres que nos duchemos juntos, te puedo asegurar que...
—Cállate —lo interrumpí, poniendo los ojos en blanco, y salí de la cocina.
—Estaba bromeando —lo escuché decir, divertido.
Sacudí la cabeza y reí mientras subía las escaleras. Comenzaba a agradarme ese lado de Frank.