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Inglaterra, 1837

Francis estaba exhausto, harto de todo. De sus obligaciones, del clima, de sus vecinos de siempre y de las fiestas a las que estaba obligado a asistir cuando estaba en casa. De la sofisticada gente de Londres, de las fiestas de la ciudad, de las debutantes, de las madres de las debutantes, de las amantes demandantes. De su cuñado. De su hermana —aunque a ella le perdonaba todo—. Pero, sobre todas las cosas, estaba cansado de su madre. Francis Laughton amaba a su madre y daría la vida por ella, pero últimamente se estaba convirtiendo en alguien intolerable.

Annabeth no dejaba de recordarle ni un solo día que necesitaba una esposa.

Por eso había vivido los últimos meses en la residencia solariega de Thornehill, junto a su hermana Emmie, su cuñado Joseph y su pequeño sobrino Jacob. Convivir con Joseph era mucho menos agotador que soportar a Annabeth y los que vivían en su casa, quienes habían convertido en hábito el hecho de mencionar por casualidad lo ansiosos que estaban por tener una nueva señora en la mansión, alguien que relevara a la condesa viuda de sus obligaciones. Aunque eso era cierto a medias, a Annabeth le encantaba dar órdenes y organizarlo todo, a todas horas.

Su cuñado no se había mostrado muy feliz al principio, pero había terminado por resignarse a que él no se iría pronto. Y eso mismo había sucedido: Francis había permanecido en Thornehill el último mes de embarazo de Emmie y un mes más después del nacimiento de Jacob.

Ahora se encontraba en la entrada de Beckford Manor, la recién heredada propiedad de su buen amigo Granville Winn, quien, al ser hijo segundo de un barón, había adquirido por sorpresa el título de vizconde por parte de un fallecido primo lejano. Fran tenía conocimientos, práctica y los amigos necesarios para ayudarlo a amoldarse a su nueva posición y, por supuesto, muchas ganas de retrasar el regreso a su propia casa.

Alejándose del carruaje en el que había llegado, caminó en dirección a la puerta de entrada mientras observaba los alrededores. No sabía si era impresión suya o si todo estaba un poco descuidado. Dejado... Rozando lo desastroso.

Golpeó la puerta con poca fuerza, temiendo que, si esta estaba en las mismas deplorables condiciones que el jardín delantero, pudiese llegar a caerse. Un joven abrió a los pocos segundos.

—Milord —saludó con una leve inclinación.

—Buenas tardes. —Sonrió—. Soy lord Welltonshire y estoy aquí para ver a lord Beckford.

—Por supuesto, milord. Adelante, por favor —musitó el muchacho, al que la librea le quedaba grande. ¿Sería el mayordomo? Se veía muy joven y, por la forma en la que actuaba, carecía de la experiencia y la preparación que debería tener para ser uno—. Lord Beckford está con su abogado en el despacho. Puede esperarlo en el salón blanco o, si lo desea, puede subir al cuarto que han dispuesto para usted.

—Prefiero el salón.

—El salón blanco, milord —indicó asintiendo y señaló con un brazo extendido hacia una puerta ancha, a un lado de donde se encontraban—. ¿Puedo ofrecerle algo más? ¿Té?, ¿galletas?

—Sería perfecto, gracias.

Fran cruzó el umbral de la ancha puerta del llamado salón blanco abstraído en sus pensamientos. Su madre repetía que era de muy mal gusto andar siempre tan distraído y desatento a todo, pero era algo que no podía evitar y que tampoco le había dado problemas en su vida. Sin prestar atención a nada, su mirada se paseó por los rincones a medida que se acercaba a los sillones que había en el centro del salón. Se sentó y estiró las piernas, dejándose caer por completo contra el respaldo. Y nada pudo impedir que un silbido de confort y desahogo escapara de sus labios cuando su cabeza estuvo bien cómoda sobre los almohadones traseros y, para disfrutarlo mejor, decidió que cerrar los ojos era una buena opción.

Los viajes en carruaje podían ser agotadores. Él prefería viajar a caballo, pero las circunstancias y el equipaje no se lo habían permitido. Y ni el coche más lujoso de Londres evitaba que fuese un suplicio pasar horas sentado. Sobre todo para alguien tan activo como él.

—¿Milord?

El conde abrió los ojos de golpe y estuvo a punto de caerse del sofá cuando vio la imagen que se presentó ante sus ojos. Sacudió la cabeza y pestañeó varias veces para asegurarse de que no estaba teniendo una pesadilla. Las cejas de la anciana, canosas al igual que su cabello, se alzaron en un gesto de censura y Fran no tuvo más opción que obligar a su cuerpo a terminar de reaccionar y ponerse de pie con agilidad.

—Usted parece un hombre bastante distinguido como para no poseer los modales básicos, señor.

Oh, por favor. Tenía que ser una broma pesada... ¿De dónde había salido esa mujer? ¿Era una de esas terribles bromas que le gustaba hacer a Granville?

—Mis disculpas, señora —musitó reuniendo paciencia. Se tomó un tiempo para examinar a la mujer, que, por las ropas viejas y gastadas, no podía ser más que una empleada—. ¿Puede explicarme de qué forma la he ofendido, por favor? El mayordomo me ha indicado que puedo esperar aquí a lord Beckford.

—Ese niño que juega a ser el mayordomo nunca tiene idea de nada, el muy zopenco —se quejó, y sacudió una mano en un gesto que Francis creyó divertido dada la escasa altura de la mujer—. Pero eso no lo excusa a usted de ser tan desconsiderado. Debería haber pedido permiso al entrar o, al menos, saludar. ¿No le han enseñado cómo actuar frente a una dama?

Sin remedio, los ojos de Francis quisieron desviarse en busca de la dama en cuestión. La anciana soltó un jadeo de desaprobación y negó con la cabeza. Él estaba desconcertado y seguía sin encontrar a la dama. Dudaba que esa mujer estuviese hablando de ella misma en tercera persona. ¿Y por qué lo trataba tan mal?

—Disculpe, señora... —No alcanzó a terminar la frase cuando una joven pareció materializarse casi en la otra punta de la sala. ¿Habría estado sentada en algún rincón y por eso no se había percatado de su presencia antes? ¿Cómo era posible?—. Oh, milady, disculpe.

Sonaba confundido, pero no podía evitarlo. La situación era tan extraña como la joven, quien se movía muy despacio, con la cabeza gacha; no era capaz de ver su rostro, lo que no hizo más que intrigarlo. La señora mayor se interpuso entre ambos cuando la muchacha estuvo a pocos pasos de él. No lo dejó acercarse más y volvió a dedicarle una mirada fulminante. ¿Y ahora qué había hecho mal? Contuvo un suspiro, acostumbrado a que las mujeres, léase su madre y su hermana, les gustara regañarle.

Entonces sus ojos se posaron sobre la muchacha, que se había aproximado. Él era un apasionado en cuanto al sexo contrario se refería, y le gustaba apreciar la belleza de una mujer, aunque fuese de lejos. Su pasado y los errores de su padre, que lo perseguían en cada momento de su vida, le habían enseñado a valorarlas y estimarlas por sobre todas las cosas. A causa de sus viajes, había conocido a muchas mujeres diferentes, todas ellas especiales a su manera, pero la que tenía frente a él era, sin duda alguna, una belleza inglesa. La mitad de su cabello dorado estaba recogido y la otra caía por detrás de su espalda, con unos mechones por delante. Su vestido no era gran cosa, más bien parecía viejo y alejado de la moda impuesta en Londres, de un color verde agua y con poco vuelo.

Caminó hacia ella, se plantó delante e ignoró la mirada de desaprobación de la anciana. ¿Por qué no lo miraba? Deseaba ver sus ojos, pero ella se negaba a levantar la vista o lo temía.

—Soy Francis Laughton, lord Welltonshire, milady.

—Lord Welltonshire. —Asintió la mujer mayor—. Le presento a lady Melanie Hefferman. Y yo soy la señora Hargraves.

El conde esbozó su mejor sonrisa y dio un paso adelante, sin amilanarse por la que debía de ser la carabina de la chica.

—Lady Melanie —musitó.

Tomó su mano con lentitud para besarla apenas. No usaba guantes y su piel tersa estaba fría. Si ella no la hubiese retirado tan rápido, habría podido comprobar que estaba temblando, pero no tuvo más opción que quedarse con la duda. La joven realizó una breve reverencia y esperó de pie con las manos cruzadas por delante, la cabeza alzada y la vista fija en algún punto de su chaqueta.

Era preciosa, muy hermosa. A pesar de que sus grandes ojos celestes no brillaran y se mostraran apagados, perdidos, Francis no pudo evitar ser capturado como un niño. Ella sería un éxito en Londres, sin duda. Se preguntó por qué no la había visto antes. ¿Habrían coincidido en alguna fiesta y no la había reconocido? ¿O es que jamás se habían cruzado? La primera opción era improbable, la recordaría, así que se inclinó por la segunda.

Fue a decir algo más cuando una voz conocida llamó la atención de todos.

—¡Francis! —exclamó Granville entrando en la sala. Siempre lo llamaba por su nombre de pila. En lo posible, Francis prefería que no le recordasen de quién era hijo.

Se dieron unas palmadas en la espalda a modo de saludo, y su amigo se percató de la presencia de las mujeres. La señora Hargraves volvió a ponerse en posición de ataque, o eso le pareció a Fran.

Muy bien, se daban por enterados de que protegía a la muchacha, pero ¿era necesario estar tan a la defensiva?

—Señora Hargraves, lady Melanie —saludó Gran con una mueca en el rostro: un intento de sonrisa que no llegaba a ser tal.

—Milord, nosotras nos retiramos. Cenaremos en la habitación, si no le molesta.

El hombre asintió, despreocupado.

—Como ustedes deseen.

Y sin más, se fueron.

Francis las contempló mientras se marchaban, viendo cómo se alejaban hasta desaparecer de su vista. Y fue entonces cuando reparó en que no había oído la voz de lady Melanie ni una sola vez.

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Granville lo invitó a seguirlo a su despacho para poder intercambiar unas palabras antes de la cena, en la que, de nuevo, solo estarían ellos dos. Ese detalle no lo habría molestado de no ser por la intriga que le había causado aquella joven. No estaba acostumbrado a las mujeres que hablaban poco, mucho menos a las que no hablaban en absoluto. Solían pelearse por llamar su atención, y ella, que lo había tenido por completo disponible, no lo había ni mirado.

Dejó el tema de lado y observó a su amigo abrir la puerta del despacho. Gran era un excelente compañero, aunque estaba un poco perdido en la vida. Era bueno que con esa inesperada herencia adquiriese algunas obligaciones y se viese obligado a ser responsable si no quería problemas.

—Tenía ganas de verte, Gran. ¿O debo decir lord Beckford?

El aludido hizo una mueca.

—Todavía no me acabo de acostumbrar a que me llamen así.

—Pues hazlo —dijo dándole una palmada en la espalda, y caminó por la habitación, inspeccionándola—. Aparte de las ventajas obvias, esto tiene un beneficio precioso. Tienes un hogar, es tuyo y nadie puede quitártelo. Si los abogados así lo anunciaron, no tienes por qué preocuparte. Ya no vas a depender de nadie.

Granville soltó una risa.

—Mi madre me ha enviado una carta esta mañana. Es increíble lo rápido que vuelan las noticias. Según ella y mi padre, dada mi nueva posición, debería traerme a alguno de mis hermanos menores y encargarme de su educación.

Francis, que estaba examinando las botellas de whisky, volvió la cabeza para mirarlo.

—¿Y lo harás?

—No lo sé. Quiero decir, son mis hermanos, ¿no? Sé que mi padre solo ve esto como una salida para reducir sus gastos, pero los niños no tienen la culpa. Aunque antes de tomar cualquier decisión, tengo que comprobar cómo están las finanzas aquí.

—¿Has sacado alguna conclusión desde que llegaste? —inquirió Francis sentándose detrás del escritorio—. Por lo que pude ver afuera, me pareció que todo está un poco descuidado. ¿No hay suficientes sirvientes?

—Has conocido a mi inusual mayordomo, tan joven. Tuve que elegirlo porque cuando llegué no había ninguno, al parecer el otro renunció hace tiempo. Además, están la cocinera, algunas doncellas y varios hombres en la casa y en el establo. Por último, la horrible señora Hargraves, pero ella no cuenta, solo se ocupa de lady Melanie.

¡Eso tenía que ser!

—¿Quién es lady Melanie?

Francis se descubrió más interesado en el tema que antes.

—¿No te lo conté en la carta? Creí haberlo mencionado. Lady Melanie era la hija del vizconde anterior al último. Parece que murió hace algo más de un año.

—Así que, como parte de la herencia, te has ganado una mujer —concluyó Francis, divertido.

Beckford formó una mueca de contrariedad.

—Ni lo menciones. Ya la has conocido. Es muy bella, difícil de pasar desapercibida, pero es peor que todos los habitantes de este lugar juntos. Y no tengo idea de qué hacer con ella. El abogado me aconsejó buscarle un esposo lo más pronto posible. Tiene una buena dote, es joven y hermosa, pero no ha sido presentada en sociedad, no conoce a nadie. Estoy seguro de que no ha salido de esta casa en mucho mucho tiempo.

—O podrías casarte tú con ella —sugirió el conde.

—Oh, no. Ella me odia.

—¡Vaya! —Rio levantándose de la silla—. Qué rápido lo has conseguido. ¿Qué le has hecho en el poco tiempo que has estado aquí?

—Nada. —Se defendió levantando las manos—. Lo juro, pero desde que llegué, apenas me mira, y créeme que no miento cuando digo que no conozco su voz. Y esa maldita mujer que no se separa de ella no lo facilita nada. Pero no hablemos más de eso, cielo santo, me explota la cabeza con solo recordarlo.

—Los inconvenientes siempre son inesperados, Gran. Siempre habrá problemas en temas como estos.

Las cejas castañas del nuevo vizconde se alzaron y le apuntó con un dedo desde el sitio donde se encontraba.

—No vas a darme un sermón, ¿verdad? Eres muy joven para eso. ¿O es que te afectó pasar tanto tiempo con Thornehill?

Francis soltó una carcajada.

—Que Dios no lo permita. No me malinterpretes —dijo con más seriedad—, es muy bueno con mi hermana y su hijo. Si lo vieras, es increíble lo que el amor puede hacerle a un hombre.

Los ojos marrones de Granville reflejaron puro terror al oír sus palabras, lo que a Francis le trajo una nueva idea a la mente. Él sabía que tendría que casarse en algún momento, a pesar de rehuir a su madre o a quienquiera que se lo recordara. Comprendía sus responsabilidades y las cumpliría... en algún momento. Sin embargo, Granville nunca había tenido que preocuparse por eso. Era el segundo hijo, su hermano mayor heredaría el título de la familia, no tenía responsabilidades para con ellos. Aunque ahora, si no quería que su título pasara a manos desconocidas o a algún pariente lejano, sí las tendría.

Lo miró con una sonrisa que a Gran le dio escalofríos.

—¿Qué?

—Solo pensaba... —empezó a decir poniéndose de pie— en tu futuro.

—¿Mi futuro? ¿Qué hay de divertido en eso?

—Que tú también tendrás que casarte pronto, amigo mío. Al final, tendrás que cumplir con tus obligaciones, como el hombre honesto que eres.

Después de cenar y beber una copa mientras discutían acerca del estado de las tierras, Francis subió a dormir. No había vuelto a ver a la misteriosa joven y, cuando cerró la puerta del cuarto que le habían asignado, supo que no tendría oportunidad de volver a hacerlo esa noche.

El día siguiente amaneció soleado, podía apreciarse por la ventana de su habitación. Emmeline diría que era un día perfecto, y él estaba de acuerdo con ello. Caminó por el pasillo de la segunda planta, con tanta lentitud como si de forma inconsciente esperase encontrar algo o... a alguien. Pero no encontró nada.

El joven mayordomo, que salía del comedor cuando él se disponía a entrar, lo miró sorprendido, como si no lo estuviera esperando.

Fran sonrió de todas formas.

—¿Lord Beckford ya ha bajado?

El muchacho pestañeó.

—¿Lord Beckford? —preguntó extrañado e intentó ocultarlo aclarándose la garganta al percatarse de su error—. Oh, lord Beckford no suele desayunar a esta hora, milord.

Francis no necesitaba preguntar, ya podía imaginarlo, pero lo hizo de todos modos:

—¿Por qué?

—El señor duerme hasta el mediodía, milord. Ha dejado claro que no le gusta ser molestado a menos que sea de suma importancia.

—Por supuesto —asintió apretando los labios—. Bueno, yo sí voy a desayunar —agregó encaminándose hacia la sala de donde había salido el mayordomo.

«¡Qué agradable!», pensó en el camino. Su primer día como invitado y ya lo había abandonado. ¿Cómo podía dejarlo solo toda la mañana? ¿No se suponía que recorrerían los terrenos? ¿Cuándo sería eso? Oh, sin duda Granville no cambiaría nunca.

Y casi le ocurrió de nuevo. Tan perdido en sus pensamientos como se encontraba, estuvo a punto de ignorar a las mujeres que se encontraban desayunando en la mesa.

—¡Oh! Mis disculpas, milady, señora.

—¿De nuevo va a decir que no nos ha visto, milord? —se quejó la anciana, mordaz.

—La verdad es que eso es exactamente lo que...

—¿Dónde han quedado los caballeros? —exclamó y levantó ambas manos.

El conde alzó la barbilla.

—Interrumpir a alguien cuando está hablando también es algo muy grosero, señora. ¿No cree?

Su voz no pretendía ser dura, más bien estaba ofuscado por la forma en la que ella se esforzaba en catalogarlo. Él no era ningún grosero y jamás había sido acusado de faltarle el respeto a ninguna mujer, se consideraba un caballero en todos los sentidos.

Dejó a la quejosa señora de lado y se concentró en la más joven, que ahora sí estaba mirándolo con los ojos abiertos como platos, atisbando al mismo tiempo hacia su dama de compañía. Parecía asombrada. Con pasos largos y firmes rodeó la mesa para poder llegar junto a la silla en la que ella se ubicaba e hizo una pequeña venia antes de hablar.

—Buenos días, lady Melanie, es un placer volver a verla. Lamento si mi actitud de hace un momento y también la de anoche le ha causado algún disgusto, no era mi intención ofenderla.

Ella asintió, pero no dijo nada. Francis comenzó a desesperarse. ¿No era eso incluso más grosero que su continua actitud distraída? Trató de conservar la calma, quizá no veía hombres muy a menudo y la intimidaban. Estiró un brazo, tomó su mano y depositó un tibio beso en la piel helada. ¿Por qué estaba tan fría? Con disimulo estudió su vestido con mayor detenimiento que la noche anterior. Además, la luz del día le permitía una mejor visión de todo.

Esa ropa estaba gastada y descolorida, no mucho mejor que la que la señora Hargraves llevaba puesta. Bien, tal vez la de la anciana estaba mejor. ¿Cómo era eso posible? De pronto, la idea de que ella hubiese sido presentada en la Temporada de Londres le pareció ridícula. Si no podía permitirse un vestido mejor que el de la servidumbre, no era factible que hubiese tenido la oportunidad de codearse con la alta sociedad en la ciudad, o siquiera llegar hasta allí.

—¿No le molesta si me uno a la mesa con usted? Parece que mi amigo no es un muy buen madrugador.

La señora Hargraves se adelantó a contestar:

—No sería muy adecuado que desayunaran los dos solos. Pero no se preocupe, lady Melanie puede terminar en su cuarto.

—¡De ninguna manera! ¿Cómo piensa que voy a dejar que eso suceda? Es su casa, por favor. Además, señora, no estamos solos. Usted está aquí, y estamos en el campo, se supone que se puede ser más permisivo, ¿no?

La mujer hizo una mueca, aunque no pudo contrariarlo. Estaba en lo cierto y todos lo sabían, así que tomó asiento al otro lado de la mesa, frente a Melanie, y le sonrió. Ella bajó la cabeza y miró su plato para concentrarse en la comida. Francis suspiró, aun así, no iba a resignarse.

La misma señora que la noche anterior les había servido la cena entró con una bandeja en la que traía un abundante desayuno, el cual colocó frente a él.

—Oh, muchas gracias, tiene un aspecto delicioso. ¿Le molestaría si le pido un favor, señora Johas?

—Por supuesto que no, milord. ¿Qué desea? —contestó mucho más amable y solícita que la que los miraba desde un rincón con desconfianza.

—Necesito que prepare un balde lleno de agua fría. Lo más fría posible.

Con la frente arrugada, al igual que el resto de las personas que estaban dentro de la habitación, ella se atrevió a preguntar:

—¿Quiere que le preparemos un baño en su cuarto, milord?

—Oh, no —aclaró riendo—. No es para mí, usted solo téngalo preparada. Cuando acabe aquí, pasaré a buscarlo yo mismo por la cocina.

Dejó a todas con la incógnita, y no dijo ni una palabra más al respecto, aunque estaba seguro de que muy pronto se enterarían de sus planes.

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Francis tomó el pesado balde de agua y subió con él por la escalera, bajo la atenta mirada de todos los sirvientes y hasta de lady Melanie y la señora Hargraves, quienes habían llegado hasta ahí cuando él se adelantó a subir. Asintió con la cabeza y les sonrió. En el fugaz segundo en que se volvió a mirarlas, pudo ver cómo Melanie respondía frunciendo el entrecejo y retrocediendo. Bueno, ya tendría tiempo para estudiarla más tarde. Ahora iba a divertirse un poco y a comenzar a hacer el trabajo que lo había llevado a ese lugar.

Dejó la cubeta en la puerta y contempló a Granville un segundo, antes de sonreír con burla. Suspiró y se acercó a él. No se molestó en procurar no hacer ruido, puesto que creía que, si a Gran no lo despertaban sus propios ronquidos, nada más lo haría. Levantó el balde, caminó hasta la cama y le arrojó todo el contenido directamente sobre la cabeza. Granville comenzó a moverse al cabo de un par de segundos. Fran lo esperaba, lo conocía muy bien desde niños y, por lo que veía, no había cambiado. Cualquier otro habría saltado en el instante en que hubiera sentido caer el líquido casi congelado sobre él, pero Gran no.

Se apoyó sobre una de las columnas de la cama de dosel y aguardó. Granville rezongó y dio vueltas hasta que terminó por sentarse en el lecho, confundido, mirando a su alrededor, sin entender.

—¿No crees que es un poco tarde para que un caballero siga durmiendo? Incluso las damas se levantan antes que tú.

—Te dije que aún no me he acostumbrado a mi nueva posición. ¿Qué me has hecho? —Levantó las manos y miró la cama empapada—. Todo está mojado, Francis. Ya no puedo dormir aquí hasta que no se seque. ¡Y el colchón! Los sirvientes van a odiarte.

Francis solo respondió a lo primero y descartó lo demás.

—Bueno, pues es hora de que comiences a acostumbrarte a tu nueva posición, para eso estoy aquí. Y ayudarte es exactamente lo que estoy haciendo ahora. —Chasqueó los dedos y dio media vuelta—. Te espero en el establo en media hora, vamos a recorrer los alrededores.

—Tenemos toda la tarde.

El conde se giró un poco para mirarlo.

—Tengo otros planes para la tarde, así que date prisa.

Francis festejó su victoria durante el resto de la mañana. Había logrado su objetivo y esperaba tener la misma suerte por la tarde.

No llegaron a tiempo a la hora del almuerzo, y lamentó no haber podido encontrarse con la misteriosa lady. Francis sabía que con las mujeres había que ser pacientes, y él era muy bueno en eso, lo que no entendía era por qué se molestaba en averiguar más sobre ella. ¿Qué tenía que lo había atraído tanto desde el primer segundo? Era hermosa, sí, mas eso nunca le había importado demasiado. La que él creía la causa de que ella se adueñara de sus pensamientos era el aura misteriosa que la envolvía. Un Laughton no podía dejarse vencer por una intriga, le resultaba imposible dejar de perseguirla y desmantelarla. Y ella no sería la excepción. Ya comenzaba a quedarle claro.

Durante su recorrido con Granville, habían visitado la parte de las tierras que estaban incluidas dentro de la dote de la joven. Eran vastas y productivas, cualquier hombre se casaría por mucho menos sin fijarse en las particularidades de la muchacha que venía con tal tesoro. Además, lady Melanie era apetecible a la vista y parecía tener los modales adecuados. Sería un negocio perfecto, aunque ni Gran ni Francis pensaban de esa manera, incluso si era por motivos diferentes. Granville no pensaba en casarse en absoluto y jamás lo haría con alguien a quien le costara tanto llevarse a la cama.

Sabía dónde estaba ella. La había visto desde la ventana de su habitación y se había dado prisa en cambiarse y bajar antes de que comenzara a moverse. Salió por la puerta de la cocina y descubrió que había tenido suerte. Ella todavía estaba allí, sentada sobre el césped y leyendo un libro.

Oh, bien. Ya sabía algo más.

Sonrió con suficiencia y se dispuso a acercarse y saludar. Estaba a punto de dar un paso cuando oyó a alguien aclararse la garganta detrás de él. Gimió, frustrado, y se giró sobre los talones.

—Oh —dejó escapar un suspiro de alivio—. Buenas tardes, señora.

Para su fortuna, no era la arrugada señora Hargraves, sino la cocinera.

—¿Busca algo, milord?

—No. Pensaba acercarme a lady Melanie y hacerle compañía un rato.

Al conde le pareció advertir un destello de desconfianza en la mirada que recibió. Creyó que también lo regañaría, aunque quizá era un poco más sensata y no se atrevería a enfrentarse a él como la otra mujer. Y acertó en lo segundo, pues la cocinera solo asintió y apretó los labios sin abrir la boca.

—¿Cree que a lady Melanie le complacerá compartir su tiempo conmigo? —preguntó solo para probar si podía averiguar algo.

—No soy nadie para decirlo, milord.

—Lady Melanie parece muy reservada, ¿no es cierto?

—Lo es, señor.

—Es muy callada —prosiguió un tanto exasperado, y cuando ella asintió de nuevo, sin decir nada, se mordió la lengua para contenerse.

Se despidió y retomó el camino que había interrumpido antes. Se tomó su tiempo para observarla: llevaba el mismo vestido que le había visto por la mañana y a plena luz del sol se veía más desgastado aún. ¿Cómo era posible que no tuviese nada mejor que ponerse? Tenía un cabello precioso y una tez blanca de apariencia sedosa que la convertían en un ángel que parecía estar rodeado de un halo de luz.

Inhaló antes de hablar, aunque sabía que ella ya se había percatado de su presencia y pretendía fingir que no era así. Lo supo porque notó el momento justo en el que se puso rígida y dejó de prestar atención al libro que tenía entre sus manos.

—Lady Melanie —musitó de forma natural y lo más educada que pudo.

Ella alzó la cabeza.

Como antes, Francis no pudo despegar la vista de esos ojos tan hermosos que lo atrapaban sin remedio. No esperaba que le contestara, pero aun así se sorprendió al ver que ni decía nada ni tenía intención de hacerlo. Solo se quedó mirándolo con cierto temor y recelo.

—Esta casa tiene un jardín muy hermoso, y es un bello día para pasarlo al aire libre, ¿no cree?

La joven apretó los labios y asintió. Francis contuvo la respiración para no suspirar, ella seguía sin apartar la mirada, preparada para huir. Era como un pequeño ciervo a punto de ser cazado. ¿Es que tenía que aplicar la estrategia de su hermana de «Si tú no hablas, yo puedo hacerlo por los dos»? Quería reírse, pero solo conseguiría quedar como un loco. Era algo en lo que Emmie era una experta. No dudaba que utilizara esa táctica con su esposo bastante a menudo.

—Disfruta la lectura, ¿eh? —dijo al fin, poniéndose de cuclillas para estar a su altura. Tocó la tapa del libro para ver de qué se trataba. Sonrió con cariño y ladeó la cabeza mientras se acomodaba sentándose a su lado—. Austen, por supuesto. Mi hermana me hizo comprarle hasta la última publicación. Insistió tanto que terminé leyendo algunas de sus novelas, y no, no me avergüenza admitirlo.

Melanie cerró el libro y dejó de mirarlo. Centró su vista en algún punto alejado del suelo, manteniendo la cabeza gacha.

—No es muy conversadora, ¿verdad? ¿Es así con todo el mundo o solo con los que no le agradan?

La joven giró apenas la cabeza y Francis, que no dejaba de contemplarla, la atrapó antes de que se percatara y la apartara.

—Granville piensa que lo odia por algún motivo. No sé qué impresión le ha dado, o le hemos dado, milady. Pero sepa que Gran es un buen hombre y que está dispuesto a hacer lo que sea mejor para este lugar, no tenga reservas en pedirle cualquier cosa que necesite. No sé cómo era el anterior vizconde y la impresión que le dejó, pero...

No pudo terminar de hablar. Una sombra se proyectó sobre ambos y él no tardó en darse cuenta de quién era. Por supuesto, ya había pasado mucho tiempo sin que esa mujer apareciera, tendría que haberlo imaginado.

—¿Necesita algo, milord?

—No, gracias, señora Hargraves. —La sonrisa que le dirigió fue con la misma actitud con la que ella se la tomó. Un desafío.

Francis esperaba que le hiciera un comentario mordaz para alejarlo de su protegida. No pensaba moverse hasta que le indicaran que lo hiciera; no iba a irse de allí si no se lo pedían. El desafío, por lo tanto, no era solo para la mujer mayor, sino también para Melanie.

Se volvió, pendiente de alguna reacción por su parte, ya no esperaba que abriera la boca y salieran palabras de ella, sin embargo, sí esperaba alguna reacción de algún tipo. Las jóvenes de su edad pestañeaban y sonreían como bobas cuando no estaban parloteando sin parar sobre la más mínima cosa que veían u oían. Todo les llamaba la atención, y por más tímidas que fuesen o se mostraran, eran cien veces más vivaces que esa muchacha tan apagada que estaba a su lado. Seguía preguntándose por qué le importaba, por qué tenía que inmiscuirse en su vida. No era asunto suyo. Había accedido a ayudar a Gran, pero preocuparse por Melanie no tenía por qué entrar en el trato. Ella no era parte del arreglo. Si al vizconde no le importaba, a él tendría que preocuparle menos. No obstante, cuando algo se le metía en la cabeza, le era imposible olvidarse de ello. En especial, con ese presentimiento que tenía desde la noche anterior y mucho más desde que había podido mirarla a los ojos por la mañana.

Había dolor en ellos.

Un tipo profundo de dolor. Y si había algo que Francis entendía muy bien, era el dolor y el sufrimiento.

—Es hora de que lady Melanie suba a su habitación a leer. Ya ha pasado demasiado tiempo al sol. No es bueno para su piel.

Para variar, Melanie pareció estar de acuerdo y obedeció sin dudar. Le entregó el libro a la anciana que estiraba el brazo para tomarlo y se dispuso a levantarse. El conde fue más rápido. De un salto se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla. Melanie no tuvo más opción que aceptarla.

Había estado al sol, ¿cómo era posible que siguiera así de fría y temblorosa? Dios, se veía tan débil que deseaba poder cubrirla con su cuerpo y pasarle fuerzas, protegerla de lo que fuese que le afectaba. ¿Estaría enferma? Aunque, claro, eso no justificaba su actitud. No lo entendía; no la entendía.

—¿Se encuentra bien, milady? Está helada. —Se inclinó para encontrar sus ojos y le dio un apretón en la mano que aún tenía sujeta.

Con el ceño fruncido, observó cómo ella buscaba ayuda en la señora Hargraves.

—Estará bien en cuanto llegue a su habitación, lord Welltonshire. Si es tan amable y nos permite marcharnos, eso será pronto —refunfuñó.

Esta vez no le sonrió, ni con burla ni con amabilidad. Francis la fulminó con la mirada y decidió que lo mejor era ignorarla si no quería que lo sacara de sus casillas.

—Permítame que la acompañe, milady. Me sentiré más tranquilo si me aseguro de que llegue bien a su habitación.

No iba a obtener un no por respuesta, y como sabía que ella no iba a contestar, dobló el brazo y se lo ofreció. Melanie pareció pensarlo y después de unos segundos asintió. Con vacilación, lo tomó por el brazo que le ofrecía, Fran le cubrió la mano con la suya e hizo que comenzara a caminar a su lado. Mantuvo un paso lento y vigilante. La no tan feliz dama de compañía iba detrás de ellos y se mantuvo casi pisándole los talones durante todo el camino. Aprovechó ese tiempo para estudiar a Melanie al detalle.

Su forma de caminar, erguida, recta, como toda una dama. Su respiración pausada y profunda, que demostraba que estaba nerviosa, pero que intentaba parecer lo más indiferente posible. Y no pudo evitar reparar en otras cosas que no tenían nada que ver con sus planes. Por ejemplo, el aroma que desprendía, jazmín, definitivamente. O lo suave que era su piel, la cual, aunque helada, parecía la de un bebé.

Subieron las escaleras y se mantuvo atento, cuidando que ella no perdiera el equilibrio. Pero eso no sucedió, se fue calmando y dejó de temblar. Cuando llegaron a una puerta en el piso de arriba y ella se detuvo, asumió que ese era su destino. Estaba a cuatro habitaciones de la que él ocupaba; lo tendría presente en el futuro, podía ser información muy valiosa, sobre todo si quería investigar más sobre la joven.

—Aquí es, milord. —Indicó la anciana abriendo la puerta. Esperó allí, como una invitación clara a que se marchara.

Él asintió y se colocó frente a Melanie. Le habría gustado que ella le asegurase con palabras que estaba bien o que le dijera cómo se sentía. No se conocían, pero nadie tenía por qué estar tan solo en el mundo, sin alguien que se preocupase de ella, aparte de una mujer a la que le pagaban por ello. Era necesario un amigo, por lo menos.

—Si necesita algo, no dude en pedirme ayuda, ¿de acuerdo? No importa lo que sea, solo pídamelo. O pídaselo a Granville, él también le ayudará encantado. O si quiere verlo de otro modo, tiene la obligación de encargarse de su bienestar. Lo que sea, pequeño o grande, Melanie. —Se animó a tutearla; con suerte eso llamaría su atención un poco más—. No estás sola.

Querida Emmie:

Ya estoy cómodamente alojado en la nueva propiedad de Granville. El viaje estuvo bien, sin problemas.

Francis dejó la pluma a un lado y releyó lo que había escrito hasta el momento. Si le enviaba eso, Emmeline se pondría furiosa o se preocuparía. Quizá hasta mandaría a Joseph para comprobar que se encontraba bien. Solían ser muy comunicativos entre ellos, él exigía detalles para asegurarse de que estaba bien y no tenía dificultades con su esposo ni con nadie, ella a cambio pedía lo mismo.

Así que después de pensarlo con detenimiento, acompañando la tarea con un trago de whisky escocés que había encontrado en un mueble del cuarto, volvió a tomar la pluma y prosiguió:

Es un lugar extraño. Hay muchos misterios que estoy seguro de que a ti te encantaría resolver.

Por ejemplo, las inusuales condiciones en las que el antiguo vizconde falleció. Según Gran, el servicio sabe más de lo que aparenta, lo que no es una noticia. No conocía al hombre ni tengo muchos datos sobre él como para hacerme una idea.

Y también hay una mujer, una joven. Oh, Emmie, ella es el misterio más grande que he hallado aquí. Hay algo en ella, y espero poder descubrirlo antes de marcharme.

¿Cómo estás tú? ¿Cómo está mi sobrino?

Escríbeme a esta dirección, estaré por los alrededores un tiempo.

Te quiere,

FRANCIS

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¿En serio? ¿Cómo puedes decirme algo como eso y dejarme con la intriga? ¿Qué pasa con los detalles? ¿Desde cuándo mi hermano se ha convertido en un holgazán que no puede redactar una carta decente?

Primero, sé honesto, tú jamás me dejarías embarcarme en una aventura como esa para resolver todos los misterios, no me ilusiones.

Tienes que hablarme más de esa mujer. Para empezar, ¿de dónde salió la misteriosa joven? ¿Qué hace en esa casa? ¿Es una dama acaso? Por favor, dime que no es una amante francesa de tu amigo. ¿O Granville era el que prefería las italianas? En fin, por favor, dime que no te has interesado en una mujer de esa clase. ¿Y qué hay del misterio en sí? ¿Por qué crees que es misteriosa? No seas cruel y cuéntame un poco más. Sé específico.

Mi pequeño está bien, creciendo cada día, fuerte y sano. Tan precioso como su padre. Y como su tío, claro. Yo estoy perfecta, y muy feliz. Siempre seré feliz con Joseph, no tienes por qué preocuparte. Él nos cuida a ambos con mucha dedicación, tú lo sabes.

Espero ansiosa tu próxima carta, Fran. Sé que estarás ocupado, pero estás obligado a contármelo todo.

Te quiere muchísimo,

EMMIE

El conde dejó la carta de su hermana sobre la mesilla de té que tenía junto al sofá en donde había pasado la última media hora leyendo y releyéndola. Emmie, como siempre, se mostraba ansiosa por tener más información y conocer más detalles. Él, por su lado, buscaba en cada palabra, letra y trazo alguna señal de que mentía y algo andaba mal. Así de desconfiado y en exceso protector era con ella. Siempre lo sería, nunca cambiaría en eso. Emmeline era la persona a la que más amaba en la vida, y a pesar de haber comprobado con sus ojos y sentido la honestidad de Joseph en cuanto al amor y la devoción que le profesaba, le resultaba difícil desprenderse del temor a que alguien la lastimara. Que la historia se repitiera.

Como de costumbre, no halló nada. Se guardó la carta en un bolsillo de la chaqueta y se puso de pie. Había dejado a Granville y su abogado debatiendo algunos temas y confiaba en que su amigo hubiese seguido los consejos que le había dado. Porque eso era todo lo que haría por él; le daría consejos, pero no tomaría decisiones por él. Gran tenía que madurar y tomar las riendas de la misma forma en la que él lo había hecho a muy corta edad. Y había sido difícil. Tras la muerte del antiguo conde, había tenido que cargar con responsabilidades para las que por entonces aún no estaba preparado. Claro que tanto él como su madre y el resto de las personas que vivían en la casa habían preferido mil veces eso a tener que pasar un día más en presencia de aquel cruel y despiadado hombre. Todos le habían ayudado, pero habría deseado tener un amigo o una ayuda para atravesar el proceso.

Se encaminó hacia el despacho con la intención de averiguar si el abogado se había marchado y tuvo su respuesta en cuanto se acercó a la puerta semiabierta y vio a su amigo solo, perdido en una laguna de papeles y libros.

—¿Qué tal te fue? —preguntó asomándose.

El vizconde sonrió al verlo y se puso de pie.

—Oh, pasa, pasa. Todo ha ido muy bien. Gracias a ti, si no me hubieses asesorado antes, me habría perdido por completo. No sé cómo voy a agradecerte todo lo que estás haciendo, Francis. ¿Por qué todo en la vida tiene que ser tan complicado? ¡Y tanto papeleo!

—Si tan solo eso fuese lo más complicado, Granville —murmuró con una sonrisa triste.

—Hay cosas peores, lo sé. En fin, además de tratar todos los temas que tú y yo habíamos comentado, estuvimos discutiendo sobre mi carga extra. Me preguntó cuáles eran mis planes.

—¿De qué estamos hablando?

Granville alzó las cejas.

—De lady Melanie, ¿de qué si no?

—Oh, Granville —protestó—, ¿cómo puedes referirte a ella de esa forma? Es una mujer, una dama, una persona.

Gran bufó.

—Ah, vamos, había olvidado con quién estoy tratando, el defensor de los débiles.

El conde le dedicó una dura mirada y Gran retrocedió con las manos en alto.

—Solo bromeaba, lo siento. Sabes que no lo digo con maldad, es solo que esa joven me exaspera. Ya has visto cómo en estos últimos tres días nos ha evitado hasta el cansancio. Ni siquiera quiere bajar a cenar o a almorzar con nosotros. Eso es bastante grosero, si me lo preguntas.

—La señora Hargraves dijo que lady Melanie no se encuentra bien últimamente. La verdad es que creo que tendríamos que conseguirle un médico.

—¿Es que no la oíste cuando yo le ofrecí llamar a uno? —se quejó Granville, y abrió los ojos de par en par, señalándose a sí mismo—. Me dijo que no era necesario, que ella podía hacerse cargo. Lo que creo es que solo es una excusa para no tener que vernos. O quizá para no tener que verme a mí, ya te lo dije, no soy de su agrado.

—Lady Melanie tampoco ha hablado conmigo. Pero hace unos días me la encontré en el jardín y noté que algo le pasa. Sus manos están demasiado frías, y siempre está temblando. ¿No lo has notado?

Al fin algo pareció encender la conciencia de Granville, quien frunció el ceño y bajó la cabeza.

—No le he prestado tanta atención como para notarlo —confesó dejándose caer en el sillón de detrás del escritorio.

Francis decidió retomar el tema antes de olvidarlo.

—¿Qué hablasteis sobre ella con el abogado?

—¡Sí, es verdad! Me ha preguntado qué pensaba hacer con ella. Al parecer, mi predecesor nunca se mostró dispuesto a tocar ese tema. O bien no le interesaba en absoluto o no quería dejarla ir. Ahora está interesado en si yo voy a hacer lo mismo o si me voy a preocupar por el futuro de la joven.

—Por supuesto que le dijiste que vas a optar por la segunda opción, como corresponde. Pero la pregunta aquí es, ¿cómo vas a empezar?

Con un ademán de su mano le restó importancia, y con una sonrisa le demostró que ya tenía un plan al respecto.

—Tiene que casarse, Francis. Yo no voy a tomarla como esposa como sugirió ese hombre, por mucho que valgan las tierras de su dote o lo conveniente y fácil que sea. Así que se me ha ocurrido una idea. Dime si te parece sensata.

—Soy todo oídos —comentó atento.

—Una fiesta —declaró—. Entre vecinos, claro. La esposa del vicario me ofreció ayuda para lo que necesitara cuando la conocí. Diremos que quiero conocer a mis vecinos y le comentaré mi idea de forma discreta para que ella pueda encontrar a los candidatos más adecuados y hacer que vengan. Entonces podemos dedicarnos a observar y considerar a los que creamos que ella aceptaría.

—¿Y crees que esa mujer es de confianza?

—Es la esposa del vicario, Fran. Debería serlo. Conoce a todos, tiene la posición adecuada para tratar con todo el mundo. Y parecía honesta y amable, como su marido. No perdemos nada intentándolo, ¿no?

No, eso era cierto. Sin embargo, Francis tenía el presentimiento de que esa fiesta no sería más que una pérdida de tiempo. Aunque sí sería de mucha ayuda en su pequeña investigación. Tal vez le daría algunas de las respuestas que estaba buscando.

Después de dejar a su amigo regocijarse por lo que creía que era el plan perfecto, pensó que cuanto antes informara a lady Melanie acerca de la velada que se estaba planeando, más se lo agradecería ella. Tenía el presentimiento de que no estaba habituada a ese tipo de reuniones. Y tampoco el servicio de la casa, aunque ese trabajo se lo dejaría a Granville. Otra de las cuestiones que debía aprender era el correcto manejo del servicio, una responsabilidad que no tenía que tomarse a la ligera. El completo orden de su hogar, y posiblemente de su vida, dependía en gran parte de eso.

Optó por recorrer el piso inferior esperando encontrarla en algún sitio, y así lo hizo. Era, en cierta forma, predecible. No pasaba todo el día en su cuarto, pero buscaba evitarlos, tanto a él como al vizconde. Desde hacía días no la veía en el jardín, donde se habían encontrado por última vez, ni tampoco a la hora del desayuno. Ella se había dado cuenta de que él no se perdía esa comida y, por lo tanto, la fatídica señora Hargraves le subía el desayuno a su habitación. Así que tampoco podía estudiarla entonces.

En esa ocasión la halló en la misma sala en la que la había visto por primera vez. La puerta estaba entornada, pero no cerrada. La vio al pasar con sigilo; aun así, al oír voces decidió quedarse escondido. No era muy propio del caballero que era, mas dejaría de considerarse inteligente si dejaba pasar esa oportunidad servida en bandeja de plata.

—Tienes que pensar que va a llegar el punto en el que alguno de los hombres pierda la paciencia, Melanie. Tienes que ser más fuerte e inteligente. Debemos tener cuidado, el conde no es de los que se rinden fácilmente, puedo notarlo. —Escuchó decir a la anciana.

¡Estaban hablando de él! Eso era interesante.

—Sabes que no puedo —escuchó como respuesta.

Era una voz distinta a la que había reconocido. Y por lo que dijo y por la forma en que lo hizo, Francis estuvo seguro de quién era la dueña. Era igual a como la había imaginado, incluso cuando no sabía si ella tenía la capacidad de hablar.

Había sido casi un susurro, suave y dulce. Aguardó a que continuase, ávido de más, pero la joven no añadió nada. Lo único que pudo oír fue el áspero sonido que salía de la boca de la anciana.

—Niña, niña, niña —murmuró con tono agotado y suspiró.

¿De qué iría todo eso? Más dudas se plantearon en su mente y reforzaron la idea de quitarle la máscara a lady Melanie Hefferman. Aunque el miedo que ella sentía había sido patente en esa charla íntima también, lo que demostraba que no era solo una actuación.

Enderezándose, dejó su faceta de espía y se introdujo en la sala después de llamar a la puerta. Esbozó su mejor sonrisa y se inclinó hacia ambas mujeres en modo de saludo.

—Buenas tardes, lady Melanie, señora Hargraves. Espero no molestar.

Oh, claro que lo hacía, solo que ninguna de las dos se detuvo a confirmarlo. La anciana podía ser muy impertinente, pero no era tonta, sabía cuándo le convenía callarse.

—Las estaba buscando por un motivo. Estuve con Granville hace unos minutos y me ha informado de sus planes para los próximos días. Planea organizar una fiesta con ayuda de la esposa del párroco. Aquí en la casa, por supuesto: una velada nocturna con cena y baile; solo eso, algo sencillo. Quiere conocer a sus nuevos vecinos.

Fran observó cómo las dos se miraron, y después la mujer de pelo gris tomó la palabra:

—En ese caso, asumo que la presencia de lady Melanie no será necesaria, milord. Con tales objetivos, no tiene sentido que vaya. Puede permanecer en su cuarto.

Francis fingió sorprenderse por su respuesta.

—¿Cómo puede pensar tal cosa? Lady Melanie es imprescindible. Además, ¿por qué iba a negarse el placer de disfrutar de una velada como esa? Asumo que hace muchísimo que no tiene la oportunidad de salir o de asistir a una fiesta. —Se dirigió directamente a Melanie—. Es en parte por consideración a usted, milady, que Granville la organiza. Si lo desea, también puede participar en los preparativos, estoy seguro de que puede ayudar a mi amigo en muchos aspectos. Todavía no logra acostumbrarse a su nueva posición.

Hablando y hablando, se sentó frente a ella en un sillón blanco. Estuvo tentado de preguntarle qué opinaba, aunque resistió el impulso. Quedaría como un tonto y la haría sentir incómoda. Y ello estaba lejos de ser lo que pretendía. Él deseaba obtener su confianza y ver cómo podía ayudarla. Aunque no fuese de su incumbencia, no había nadie más dispuesto a hacerlo, y no dejaría a ninguna persona desamparada si cabía en sus posibilidades brindar ayuda.

—Es usted muy amable, lord Welltonshire —musitó la señora Hargraves—, pero me temo que lady Melanie no está en condiciones de asistir a la fiesta.

—¿Por qué? —quiso saber, alarmado, mirando a una y luego a la otra—. ¿Está enferma? ¿Qué sucede?

—No, no. Es solo que hace tanto tiempo que Melanie no sale que no tiene nada adecuado para ponerse. En tan poco tiempo, sería imposible que consiguiera un vestido apropiado.

El conde miró con los ojos entrecerrados a la mujer, y buscó en su mirada algo que le dijera que eso era solo una excusa. Luego miró a la joven, vio su vestido desgastado y viejo, al igual que todos los que le había visto llevar, y cayó en la cuenta de que la anciana le estaba diciendo la verdad.

Melanie tenía el mentón bajo, tal vez avergonzada por el hecho de que su asistenta personal hubiese reconocido el estado de abandono en que sus tutores la habían tenido. Francis sonrió victorioso e hizo un ademán con la mano para restarle importancia.

—¿Ese es todo el problema? Puede solucionarse, señora. Esta misma tarde haré algunas averiguaciones y mañana por la mañana yo mismo las acompañaré a comprar lo necesario.

Ah, eso era algo que la señora Hargraves no se esperaba. Mientras que Melanie lo observó con atención y asombro, la anciana pareció molesta. ¿Es que acaso ella misma no había dicho que él no era de los que se rendía fácil?

—No creo que acepten un trabajo tan grande en tan corto plazo.

La sonrisa del hombre se agrandó aún más.

—Puedo ser muy convincente cuando quiero, señora. Usted no se preocupe por eso.

Melanie seguía mirándolo cuando volvió a concentrarse en ella. Tenía en sus manos un bordado en proceso, aunque en ese instante no estuviese prestándole la más mínima atención. Se inclinó hacia delante y estiró un brazo para rozar la tela blanca con un dedo y poder ver mejor el arte.

—La rosa de Tudor —comentó—. Es muy hermosa, tiene mucho talento, lady Melanie. Emmeline, mi hermana, odia bordar y lo hace bastante mal, no puede pasar mucho tiempo quieta, excepto cuando lee o escribe. Le he contado que tengo una hermana menor, ¿verdad? Sí, creo que sí.

Él ladeó la cabeza, apoyó la espalda en el sofá y colocó los brazos a los costados. Descubrió que la había hecho sonreír. ¡Otra novedad! Era preciosa, su sonrisa era tan bella como su voz y sus ojos. Era un placer haber apartado el miedo de su expresión.

—Estamos muy unidos, es más joven que yo, pero ya está casada y acaba de ser mamá. He estado en la casa solariega de su esposo antes de venir aquí. Me hizo entender que era hora de que los dejara a solas porque comenzaban a impacientarse con mi estadía tan prolongada.

Soltó una risa pensando en eso mismo, y en lo mucho que disfrutaba molestando al marqués.

—Se nota en su voz lo mucho que la aprecia, milord —dijo la anciana de forma aprobatoria.

—Así es. —Se volvió hacia ella para mirarla y luego devolvió su atención a la dama, esta vez muy serio—. Ella es lo más importante que tengo.

Se puso de pie, se plantó frente a Melanie y tomó su mano para besarla en los nudillos. No estaba tan fría, aunque aún le daba la impresión de que era más frágil que la de cualquier jovencita normal. Y, por lo general, todas eran muy débiles.

—Espero poder darles más noticias a la hora de la cena. Siempre es un placer verla, lady Melanie.

La soltó casi a regañadientes y se dispuso a marcharse, no sin antes despedirse de la señora Hargraves, quien ahora parecía verlo con otros ojos.

Qué día tan interesante, sus avances habían sido extraordinarios. Y tenía un buen presentimiento sobre lo que vendría.

Querida Emmeline:

Me temo que no tengo respuestas todavía, mi querida hermana. Pero no, ella no es ninguna amante francesa o italiana. Es una joven dama, hija del vizconde anterior al que Granville ha reemplazado, una serie de muertes misteriosas, si me lo preguntas, dos hombres en poco más de un año. Sí, es probable que te estés preguntando qué es lo que hace ella aquí, y lo harás aún más cuando te diga que tiene veinte años y no ha sido presentada en sociedad. Ni siquiera en la pequeña sociedad rural de los alrededores. ¿Por qué? Es lo que pretendo averiguar.

Te contaré mis avances en mi próxima carta. Espero ansiosamente tu respuesta como siempre.

Te quiere,

FRANCIS