1

El viaje ha sido largo. Oír a mamá hablar de lo mucho que puedo aprender de Beth en el tiempo que pase en Londres es tan agotador...

¡Hipócrita! Como si no supiera que ella solo trata de evitar el tema de su viaje con Francis. Por supuesto que lo hace, no quiere oír la verdad sobre esto: me está abandonando.

Y he estado encerrada en este maldito carruaje por tantas horas que creo que me voy a marchitar. Y Francis, mi queridísimo hermano, no está siendo de mucha ayuda. Oh, ya sé que no debo blasfemar, pero a veces es muy liberador.

No ha querido detenerse más que una vez y sé muy bien que es porque tiene prisa para tomar ese barco e irse al continente.

Y él se habría ahorrado todas mis quejas si tan solo me hubiese dejado traer mi montura para seguir con el viaje cuando tuviera la necesidad de tomar un poco de aire. Pero no, sus palabras exactas fueron: «Las damas en el carruaje, donde deben estar». ¡Tan solo era una sugerencia! Una amable sugerencia por mi parte, nada egoísta.

Amo a mi hermano, pero esto es demasiado injusto.

—Deja ese cuaderno, Emmeline. Te dije que no escribieras en el camino, puedes manchar de tinta tu vestido —ordenó su madre—. Ya estamos aquí.

«Gracias a Dios», pensó, pero no lo dijo. Un minuto más sentada y no estaba segura de si podría levantarse alguna vez. Sopló un poco el cuaderno para secar la tinta y lo cerró para así poder mirar hacia fuera.

Mientras ellos se acercaban cada vez más, los criados salían a recibirla y se acomodaban alrededor de una mujer y un hombre; creyó que podrían ser Elizabeth, su prima, y su esposo Sebastian.

—Recuerda comportarte, Emmeline, por favor. Sé respetuosa, no te metas en líos ni causes problemas y, sobre todo —enfatizó estas últimas palabras haciendo una pausa—, cierra la boca cuando sea necesario.

Emmie soltó una risa al ver la severa expresión de su madre.

—No tengo diez años, madre. Sé lo que tengo que hacer.

Annabeth besó su frente y elevó una plegaria en nombre de su problemática hija.

Emmie admiró la construcción que tenía enfrente, hacía al menos cinco o seis años que no visitaba ese lugar, no recordaba cuán hermoso e imponente era. La familia de su madre era adinerada y a veces olvidaba cuánto. Y no es que ellos no tuviesen recursos, pero siempre habían preferido ser un poco más discretos al respecto.

Además, estaba el hecho de que ellos no poseían una gran mansión en la ciudad, o en las cercanías de esta, solo su casa veraniega, ahora perteneciente a su hermano, el conde de Welltonshire, junto con el resto de las propiedades que había heredado de su padre, de las cuales Emmeline no tenía mucho conocimiento.

No necesitaban una casa en Londres, después de la muerte de su esposo, la condesa viuda había preferido llevar una vida tranquila y solo visitaba la ciudad de forma esporádica. Las temporadas ajetreadas habían terminado para ella y Francis había decidido comprar una pequeña residencia de soltero para cuando tenía que asistir a las sesiones del Parlamento durante la temporada.

Pero los Whitemore eran diferentes, el duque de Harsburn, su tío, era dueño de una fortuna inmensa con un título mucho más poderoso y respetado. Y luego estaba su primogénito, el marqués de Thornehill, quien con dos años menos que Francis, era doblemente acaudalado y solicitado.

Sacudió su vestido de viaje, se apartó los mechones de cabello que habían volado hasta su rostro y entonces miró hacia esas dos personas que lucían bastante diferente de los criados. De cerca, reconoció a Elizabeth y sonrió al ver que no tenía una barriga enorme como ella había imaginado. En silencio, de nuevo volvió a darle las gracias a Dios, aún tenía tiempo para divertirse un poco antes de ser confinada dentro de esa casa con una mujer embarazada o tener que salir obligatoriamente con una viuda aburrida y recta como carabina.

Su prima no había cambiado mucho en esos años. Seguía siendo divina, su cabello rubio estaba semirrecogido hacia un costado con un broche celeste agua que hacía juego con sus ojos.

Se acercó casi corriendo y abrió los brazos.

—Elizabeth —dijo cerrándolos alrededor de ella—. Estoy tan feliz de verte... Es un gran alivio comprobar que tu embarazo todavía no es visible. Me preocupaba mucho que no pudiésemos hacer nada juntas.

Su madre, detrás, miró al cielo. Si así iba a comenzar con su promesa de mantener la boca cerrada y comportarse...

—Emmie —rio Beth, tomándola de las manos—. Has crecido tanto, querida... Te has convertido en una damita muy hermosa. ¿Cómo ibas a creer que te traería aquí para mantenerte encerrada? Con tantos caballeros allí afuera... —murmuró cómplice—. Y hablando de hombres, este es mi esposo, Sebastian Greene.

Ella se volvió hacia él.

—Oh —fue lo primero que dijo y no se estaba refiriendo a lo guapo que era, ni a sus brillantes ojos marrones o su preciosa sonrisa, sino a su altura—. Oh —repitió—, es usted muy alto, señor. —Se volvió hacia su prima de nuevo y se inclinó para susurrarle, aunque su definición de susurro no era muy acertada—. ¿Cómo haces para besarlo, Beth? ¿Tienes que subirte en un banco? ¿O él se pone de rodillas?

Todos a su alrededor, incluso Francis, soltaron una risa; todos excepto, por supuesto, su madre, que parecía estar a punto de desmayarse.

—Oh, siempre tan ocurrente —respondió Beth, y se acercó un poco a su oído—. Te mostraría cómo lo hago ahora mismo, pero no quiero que tu madre te saque de aquí antes de que puedas entrar al salón.

Emmie la miró entre asombrada y curiosa. Quizá no estaría tan mal pasar un tiempo allí.

—Bienvenida, lady Emmeline —dijo Sebastian y se inclinó para besar su mano, como sería lo correcto para cualquier persona. Pero ella era distinta, ni de lejos esa era la forma de saludar a la familia, por más lejana que fuese. Así que lo abrazó aprovechando que estaba casi a su altura.

—Gracias —contestó luego, cuando su hermano, tomándola por los hombros, la impulsó hacia atrás.

—Creí que habíamos hablado de comportarnos, Emmeline —siseó Francis y ella solo rodó los ojos. Él no era una persona extremadamente recta y controladora como la condesa viuda, sino más bien del tipo encantador, simpático y arrebatador, pero era, con mucho, más sensato que su hermana menor y sabía cuándo tenía que comportarse como dictaban las normas.

Emmie se detuvo a observar a todas las personas reunidas allí en busca de alguien más que luciera diferente, pero no lo encontró.

Volvió a mirar a Beth, quien estaba ahora de espaldas a ella, mirando hacia la puerta principal. La imitó, justo en el momento en el que veía salir a un hombre, quizá de la altura de su hermano, tan solo unos centímetros más alto que ella, y vestido con las ropas propias de un rey o príncipe al menos. Prolijo y perfecto.

Tenía que ser él, se dijo.

Solo que no lo recordaba como el hombre que evidentemente era ahora, sino como un joven que no dejaba de pelear, discutir y competir con Francis por cualquier mínima tontería.

Annabeth apoyó una mano en la espalda de ella, pero Emmie se adelantó a hablar e imitar su voz.

—Compórtate —dijo en su lugar antes de dejar escapar una risita.

Los criados que estaban cerca sonrieron con disimulo e inmediatamente le tomaron cariño a esa jovencita tan particular. No era la niña malcriada que todos esperaban.

Joseph caminó hasta ellos, haciendo que un silencio duro cayera sobre todos con su sola presencia, algo que no pasó desapercibido para Emmie, que arrugó la frente enseguida.

Anna tomó la iniciativa antes de que su hija cometiera alguna locura una vez más.

—Excelencia. —Lady Welltonshire hizo una pequeña reverencia con una moderada sonrisa en cuanto se detuvo delante de ellos—. Muchas gracias por recibir a Emmeline por este tiempo.

—No es molestia —contestó el marqués, tomando su mano para depositarle un beso en el dorso—. Puede estar tranquila —expresó con voz grave, pero sin mover más músculos de la cara que los necesarios para hablar.

Emmeline pudo sentir a su hermano tensarse detrás de ella cuando tuvo que estrecharle la mano.

Sin mediar palabra.

—Vaya modales, lord Welltonshire —murmuró por lo bajo, pero debido al silencio mortal que los rodeaba, y que pocas veces recordaba el significado de lo que era susurrar, todo el mundo pudo escucharla.

Cualquier chica normal se habría desmayado de vergüenza o, al menos, sonrojado de pies a cabeza. Pero nada de eso le sucedió a ella.

Joseph, asombrado, levantó una de sus cejas casi rubias y recién allí se percató de su presencia entre ellos.

Cuando al fin tuvo sus ojos sobre ella, Emmeline sonrió y abrió la boca haciendo temblar a su madre.

—Buenos días, excelencia. —Hizo una minúscula reverencia levantando la falda de su vestido y volvió a acomodarse. Y justo cuando su madre iba a respirar aliviada, agregó—: Gracias por dejar que me quede mientras mi madre y mi hermano se van a recorrer todos esos lugares increíbles sin mí porque a mi edad es mucho más importante hallar un marido que visitar Roma —recitó—. Prometo intentar no meterme en problemas, pero debería saber que no soy muy buena en eso, excelencia —advirtió y dio un paso hacia delante mientras Annabeth trataba de detenerla imaginando lo que haría a continuación.

Pero de nada sirvieron sus esfuerzos.

Emmeline abrazó a Joseph y depositó un beso en su mejilla dejándolo anonadado cuando se alejó tan rápido como llegó.

En esos segundos, el tiempo pareció correr a cámara lenta para todos. Nadie podía creer lo que la muchacha había hecho.

—En serio —repitió ajena a la conmoción que había causado—. Estoy muy agradecida, primo.

Sin mucho que poder agregar, y sin salir él tampoco de la sorpresa, Joseph asintió.

—Es... bueno verla de nuevo, lady Emmeline —pronunció con esa voz tan masculina.

Ella ladeó la cabeza y alzó las cejas.

—¿Lady Emmeline? —repitió incrédula y divertida. Sacudió la cabeza de un lado a otro en una negación—. Es Emmie —aclaró levantando un dedo—. Deja el «lady» para los extraños, nosotros no lo somos, ¿no? Y Emmeline es muy... aburrido. Y como aprenderás pronto, no soy una persona aburrida.

Anna jadeó con horror, lista para tomar a su hija de la mano y salir de allí. Pero Joseph solo volvió a asentir y acodó el brazo para conducirla dentro, algo que Emmeline aceptó con gusto. Lo ideal habría sido que Joseph le ofreciera el brazo a la condesa, pero, anonadado como estaba, no se había detenido a pensar en nada.

—Entonces... —susurró mientras caminaba y observaba con atención las paredes de ese pasillo tan poco iluminado. Aun así, parecían los pasillos de un palacio que ella todavía no conocía. Había algunas pinturas colgadas, un espejo gigante y varias mesitas con adornos que no alcanzaba a ver ante la falta de luz y por lo rápido que estaban avanzando—. ¿Cómo has estado, Joseph? Voy a llamarte así, si no te molesta. Es un nombre bonito, y sería agotador tener que estar diciéndote, «milord», «excelencia»... todo el tiempo —indicó curvando los labios hacia arriba—. En fin, ¿de qué hablábamos? Oh, sí, ¿cómo has estado?

—Bien —contestó, extrañado por la pregunta. No quería preguntar qué tal estaba ella porque veía venir un aluvión de palabras, pero por cortesía estaba obligado a hacerlo—. ¿Y tú?

«Qué alivio.» Por un segundo, Emmie creyó que no diría más que «bien».

—Bueno, no tengo una respuesta tan concisa como la tuya, pero creo que ahora estoy feliz de estar aquí, si hubiese sabido que Beth no estaba casi a punto de dar a luz, no habría armado el escándalo que armé antes de salir de nuestra casa. Creí que iba a marchitarme sin ver el sol cuidando a tu hermana, y tampoco es que pudiese hacer mucho, porque no tengo idea de cómo cuidar a una persona embarazada, pero ahora que sé que no es así, me arrepiento de haber atrasado el viaje. —Inhaló recuperando el aire—. Lamento el atraso también, Joseph, me disculpo. Es por eso por lo que estás molesto, ¿no?

Él volvió levemente la cabeza, todavía más confundido.

—No estoy enojado, Emmeline.

Fue a aclarar que parecía todo lo contrario, cuando Joseph se detuvo en una amplia sala e hizo una seña para que se adentrara. ¿Allí iba a vivir? No tenía ojos suficientes para apreciarlo todo: las paredes color amarillo opaco llenas de pinturas y retratos, el piano tan bello en una esquina junto a un ventanal, las lámparas que parecían de oro y esa araña que colgaba del altísimo techo y estaba hecha para ser admirada.

—Debes de estar cansada... —comenzó a decir el marqués y ella lo interrumpió:

—No irás a decirme que puedo sentarme, ¿cierto? He pasado unas interminables horas en el carruaje.

Elizabeth se metió entre ambos con los ojos abiertos como platos y ofreció otra propuesta:

—Te llevaré a conocer tu habitación, Emmie. Te va a encantar.

Bueno, entonces, no todo es tan malo. Elizabeth y yo vamos a poder hacer todo lo que sea que puede hacerse en este lugar y Sebastian no parece del tipo de hombres que quiera interferir en todo lo que hace su esposa, así que supongo que con eso tendrá que bastarme para ser feliz por un tiempo.

Y mi habitación es increíble; Beth dijo que es la mejor de toda la casa, después de la de Joseph, por supuesto. El señor de la casa...

Joseph Whitemore, o como todos lo llaman, el marqués de Thornehill, es un hombre de pocas palabras, puedo asegurártelo. Es todo un caballero, sí, pero hay algo en él que parece oscuro. No es así como lo recordaba; creo, sinceramente, que lo único que hay igual en él son su cabello y sus ojos. Hermosos y perfectos, por supuesto. No es rubio como Beth, sino un tono más oscuro y sus ojos son verdosos y brillantes. Es alto, pero no como Sebastian; un poco más fácil de besar, asumo.

¿Y por qué todos parecen temerlo? El silencio que cayó sobre todos nosotros cuando notaron que se acercaba fue, la verdad, aterrador. Y sabes cuánto me asusta el silencio.

Ahora tengo que despedirme de madre, ni siquiera va a quedarse a pasar la noche. Tiene demasiada prisa para comenzar el viaje de sus sueños... sin mí.

Y yo, bueno, creo que tendré que esperar algo que ilumine este lugar y le dé un poco de emoción.

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2

La mañana despertó a Emmie con un sol radiante y el sonido de sus nuevas doncellas, dos por falta de una, rondando por toda la habitación sin saber cómo despertarla, miedosas de provocar la ira en su nueva ama. No sabían a qué se enfrentarían: proviniendo de la familia de la que venía, no era fácil de decir.

Emmie abrió los ojos y bostezó contemplándolas con el ceño fruncido.

—Buenos días —saludó con un tono interrogativo en la voz.

Las dos muchachas hicieron una leve inclinación imperfecta.

—Buenos días, lady Emmeline —contestaron casi al unísono.

—Estamos para ayudarla, milady, hemos sido asignadas como sus doncellas mientras permanezca aquí.

—Oh. —Se limitó a decir Emmie mientras pensaba en la suya, que se había quedado en casa debido a su reciente casamiento. Al parecer todo el mundo se embarazaba en el momento menos apropiado—. Bueno —murmuró saltando de la cama—, eso es maravilloso... ¿Pueden llamarme solo Emmie, por favor? Las formalidades me hacen sentir incómoda. ¿Cuáles son sus nombres?

—Jen —dijo una de ellas, con apariencia de ser la mayor—. Y ella es Kat.

Las dos tenían el rostro lleno de pecas y el cabello de un dorado con tonos rojizos a la luz del sol. Jen era más alta y su postura, al lado de Kat, le indicó a Emmeline quién era la más dominante de las dos.

—¿Son hermanas? —indagó mientras se quitaba el camisón y lo arrojaba a la cama.

—Sí, milady. Toda nuestra familia trabaja aquí, siempre lo ha hecho —respondió Kat esta vez—. Todos están felices de tener a alguien más a quien servir, aparte de a su excelencia y a la señora Elizabeth.

—Aunque no servimos a la señora Elizabeth exactamente desde que ella y el señor Sebastian se han trasladado al hogar de él.

Emmie le había oído decir a Elizabeth que ella ahora vivía con su esposo en la casa que Joseph le había asignado cuando lo convirtió en el administrador de la propiedad. Era una pequeña residencia, a un par de kilómetros de allí, que podían ser recorridos a caballo o en carruaje en apenas unos minutos. Y se suponía que Beth debía actuar como una especie de carabina, pero Emmie no creía que pudiese hacerlo viviendo en otra casa. Y lo más normal habría sido que ella misma se hubiese trasladado a la casa de su prima, pero no sentía el más mínimo deseo de molestar a los recién casados. Además, no parecía que fuera a necesitar mucha vigilancia para estar con Joseph, si es que realmente lo vería estando allí. Él parecía del tipo de los que siempre están ocupados y trabajando.

—¿Es que no tienen ayuda?

—Bueno, sí la tienen, pero nadie más que ellos dos, el ama de llaves y el mayordomo viven realmente allí. Algunos criados van por turnos durante el día. Pero dado que ambos pasan la mayor parte del tiempo aquí, tampoco los necesitan demasiado —contó Jen.

Emmeline no sabía cómo sentirse al respecto y se guardó su opinión para compartirla con su cuaderno más tarde y deliberar acerca del asunto.

—Ahora, si nos permite, la ayudaremos a prepararse para bajar a desayunar.

Todo estaba tan silencioso que, cuando se acercó al comedor, como le habían indicado las dos jóvenes, pensó que iba a hallarse sola.

Pero se sorprendió al ver que en la mesa había tres personas más que voltearon a verla cuando entró.

—Buenos días —saludó aliviada al verlos allí.

Joseph, por supuesto, estaba sentado en la silla a la cabeza de la mesa y a su derecha estaba Beth con Sebastian a su lado. Ambos hombres se pusieron de pie para recibirla y volvieron a su lugar cuando el mayordomo la ayudó a acomodarse en la silla.

Había un plato vacío a la izquierda del hombre en la punta, por lo que ella asumió que ese era su lugar.

—Buenos días, Emmie. ¿Cómo has dormido? —preguntó la mujer de cabello rubio y sonrisa deslumbrante. Sus ojos celestes eran brillantes, según Emmie, de un brillante bondadoso, que demostraba su felicidad.

—Bien, Beth. Gracias —respondió con simpleza, aunque esa no había sido la verdad. Pero a veces las mentiras piadosas que no hacían más que alegrar a otros no eran malas. Después de todo, decir que no había dormido bien no era algo tan importante como para alarmar a nadie.

Ella rara vez lograba dormir con tranquilidad. Sus pesadillas eran horrorosas y tan reales que siempre conseguían asustarla, aunque era consciente de que no era más que un sueño.

—¿Has conocido a tus doncellas? —inquirió Sebastian—. Estaban bastante nerviosas por conocerte. Están muy felices porque tu prima las ha escogido a ellas, son buenas chicas, puedes tener confianza, Emmeline.

—Emmie, Sebastian. —Lo corrigió—. Y sí, son adorables, creo que nos llevaremos muy bien.

Se giró hacia Joseph esperando alguna intervención, pero él parecía ignorar a las demás personas en la habitación, concentrado en cortar lo que fuese que tuviera en el plato. Tenía la espalda recta y parecía pensar en algo más mientras llevaba a cabo ese trabajo.

Elizabeth y Sebastian se miraron. Para ellos no era nada nuevo que Joseph no estuviese prestándoles atención, pero Emmeline parecía haber tomado eso como un insulto. Quisieron reír, pero lo ocultaron, era gracioso ver cómo los ojos de la chica se ampliaban con cada segundo que pasaba sin que él siquiera la mirase.

Entonces, sin poder resignarse, volvió a hablar en voz más alta que antes.

—Buenos días, excelencia —remarcó su tratamiento enfatizándolo con ímpetu.

Él se detuvo y levantó la vista para encontrarse con su sonrisa.

Arrugó la frente.

—Buenos días, Emmeline —contestó en respuesta.

Ella quiso preguntar si tenía problemas de audición, pero se contuvo. Sería algo parecido a una grosería y no lo conocía lo suficiente como para saber cómo reaccionaría. En cambio, se limitó a seguir la charla ahora que había captado su atención.

—¿Cómo estás, Joseph?

Y allí estaba de nuevo esa pregunta, pensó él.

—Bien, ¿cómo estás tú?

Y esa respuesta, pensó ella entrecerrando los ojos. ¿Es que se estaba burlando?

—Espléndida. Es un día hermoso, ¿no crees? —continuó.

Joseph alzó las cejas por un instante fugaz.

—Supongo —murmuró.

Beth se cubrió la boca con la servilleta blanca al ver cómo el pecho de su prima se elevaba, moviendo el corsé ante esa simple palabra. Era obvio que quería obtener algo más que una respuesta tan parca. Annabeth le había explicado antes de marcharse el día anterior lo que ella consideraba el terrible defecto de su hija. O, más bien, los terribles defectos:

Emmie no podía seguir indicaciones acerca de nada.

Emmie no era buena manteniendo el correcto comportamiento de una señorita de su clase.

Emmie no era capaz de dejar de hablar.

Cualesquiera de esas cosas, o quizá todas, eran la constante causa por la que ella tampoco podía permanecer un minuto sin meterse en problemas.

—En el cielo no hay una sola nube. Diría que es un día perfecto, ¿no crees? —Se aseguró de estirar una mano y posarla sobre su brazo para hacerle entender que estaba hablando con él, así no podría fingir que no estaba escuchándola. A ella le daba igual que fuese un poquitín indecoroso, también debería serlo ignorar de esa forma a alguien que solo trataba de interesarse por él. Su madre, por supuesto, ya estaría regañándola y deshaciéndose en disculpas con el marqués. Quizá era bueno tenerla lejos por un tiempo—. ¿O eres una persona de las que prefiere la lluvia? —Los ojos de él se dirigieron primero a la manga de su camisa, donde estaban apoyados los dedos de la chica, y luego a su rostro—. Porque yo, particularmente, encuentro encantadores ambos tipos de días, cada uno tiene magia a su propia manera. ¿Qué te parece?

Incluso el sirviente que se hallaba parado al lado de la puerta bajó la cabeza mientras luchaba por contener la risa ante la expresión del marqués causada por tantas palabras.

—A mí... —comenzó— me da igual.

«Sí», decidió él. Esa tenía que ser una buena respuesta, que zanjara el tema y la hiciera retroceder.

—Eso no puede ser cierto —insistió Emmie y miró a su prima—. Yo creo que Beth adora los días como estos, recuerdo cómo te gustaba recoger flores en el prado cuando éramos pequeñas, y, Sebastian, intuyo que también son tus favoritos, luces como un implacable jinete. —Sonrió—. Y creo que son pocos a los que les gusta cabalgar bajo la lluvia pesada y fría durante horas, ¿no es cierto?

—Muy cierto —coincidió este.

—Pero luego estás tú... —Se volvió de nuevo hacia el señor de la casa—. No puedo comprenderte todavía, no eres tan transparente como ellos. Entonces, cuéntame: ¿qué prefieres?

—Para mí solo son días, uno igual a otro. Siempre hay trabajo que hacer, reuniones a las que asistir... —respondió después de inspirar profundamente.

Ella arrugó la nariz.

—Eso es muy triste. Quizá es porque no has disfrutado por completo ninguno de los dos días. Deberías intentarlo. —Sonrió y le dio un apretón a su mano antes de alejarla—. ¿Sabes?, siempre puedes contar con mi compañía. Estaría encantada, y si tienes alguna aventura, también estoy dispuesta. Amo las aventuras, sobre todo si incluyen pasar tiempo al aire libre.

—Lo tendré en cuenta, Emmeline —comentó esperando que eso la conformara y dejara de obligarlo a prestarle atención.

Ella curvó los labios con satisfacción.

—Bien —festejó—. Oh, y llámame Emmie, ya te lo dije —le recordó con dulzura—. Al menos en casa, por favor. Cuando me llamas Emmeline, parece como si te estuviese molestando o si me regañaras. Es lo que Francis siempre hace y no me gusta.

Él asintió y ella dudó que hubiese prestado la menor atención. Entonces, si quería ser escuchada, tenía que concentrarse en llamar su atención y obligarlo a atender durante todo el tiempo.

Si eso no era ser grosero, no tenía ni idea de qué lo sería.

Emmeline comenzó a subir las escaleras después de desayunar, pero se detuvo al escuchar que su prima la llamaba y la esperó al pie de la escalera.

—¿Sí, Beth? —preguntó—. ¿Necesitas ayuda? —Abrió los ojos de par en par—. ¿Te estás sintiendo mal?

Ella negó con la cabeza, riendo.

—Emmie —aclaró—, es muy pronto para eso, y solo para que dejes de preocuparte, tú no tienes que cuidarme de esa forma, tu madre te ha dado toda la información errónea. No estás aquí para acompañar a una mujer enferma, relájate. No es tu responsabilidad, ni tu obligación ayudarme en nada.

—Oh, pero a mí no me molestaría ayudar.

—Ya lo sé.

—Es solo que no sabría qué hacer —agregó.

—No pienses en ello, si algún día necesitas ayudar a alguien, tú misma encontrarás la forma de hacerlo, aunque no tengas ni idea. Confío en ti y en toda tu astucia para hacerlo. Ahora, quería hablarte de otra cosa, de mi hermano, para ser más exactas.

Emmie rodó los ojos.

—Oh, ese idiota —susurró para sorpresa de la mujer. Había que ser muy audaz para llamar de esa forma a un hombre de la importancia del marqués y mucho más en su casa, pero Emmeline parecía no reparar en ese tipo de cosas—. Es muy grosero, Beth, no entiendo cómo siquiera pueden estar emparentados. ¿Es que me odia para ignorarme de ese modo?

Ella de verdad parecía apenada y Elizabeth sintió unas inmensas ganas de darle un golpe a su hermano.

—No es así, Emmie. Joseph es así. No es solo contigo, por favor, no lo tomes como algo personal. Por si no lo notaste, ni a Sebastian ni a mí nos ha dirigido la palabra durante todo el desayuno, lo único que dijo antes de que llegaras fue «buen día». No es exactamente un gran conversador.

Emmeline parecía desorientada.

—¿Cómo alguien puede ser así? ¿Y has escuchado lo que dijo? Todos los días le dan igual, no puede ser posible. —Sacudió la cabeza con desaprobación.

—Oh, bueno, Joseph es un poco... particular. Pero es un buen hombre, ya lo notarás en este tiempo, créeme. Y si necesitas ayuda, no dudes en pedírsela. ¿De acuerdo?

Ella asintió sin estar muy de acuerdo. No solía juzgar a las personas sin conocerlas, pero lo poco que había visto de él hasta ahora no era muy alentador.

¿Que no es un gran conversador? ¿Y que es una persona bastante particular? Eso es poco decir, y entiendo a Beth por querer defenderlo, pero sigo pensando que hay algo mal en Joseph. Honestamente, ¿quién puede estar tan callado?

Yo no, al menos.

Quizá mamá lo consideraría el hijo perfecto, siempre con sus quejas acerca de la cantidad de palabras que pueden salir de mi boca en un minuto...

Y todavía no puedo creer que considere que todos los días son iguales. ¿Qué clase de persona dice eso? Nada tan poco profundo como eso.

En fin, creo que he encontrado mi próximo desafío. Y ni siquiera tuve que buscarlo... Voy a descubrir qué hay en el corazón de ese hombre, porque finalmente creo haber descubierto algo acerca de las incógnitas de este lugar.

El mayor misterio de todos es simplemente él, lord Thornehill, Joseph Whitemore.

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3

—Yo no creo que deba ponerse ese vestido. No van a aprobarlo —susurró Jen al ver a Emmie enfundada en un vestido demasiado sencillo para una joven de alta cuna. En realidad, esa parecía la vestimenta de una de ellas, o de cualquier criada de la cocina, con una tela un poco más costosa y quizá tan solo un poco más cuidada y limpia.

Esa era la razón por la que había subido a su habitación tras desayunar.

—Es lo que siempre uso cuando estoy en casa —argumentó—. No soy como mamá o Beth, que pueden usar esos pesados vestidos todo el tiempo. A mí me gusta poder correr y moverme. También tengo pantalones si quiero montar.

Los ojos de Kat se abrieron de par en par.

—¿Usa pantalones como un hombre?

—Es mucho más cómodo si quieres montar. Tienes que probarlo, es más divertido así. Puedes moverte mucho más, y estoy segura de que el caballo lo agradece.

Las otras muchachas se miraron confundidas. Ya sabían que lady Emmie estaba un poco loca, pero no imaginaban que tanto.

—¿Y cree que su excelencia lo aprobará? —insistió Jen—. No estoy segura de que vaya a agradarle verla vestida de esta forma.

—Mucho menos con pantalones —agregó la más pequeña—. No creo que deba hacerlo enfadar tan pronto.

Emmeline soltó una carcajada y les devolvió la mirada.

—¿Qué creen que puede decir Joseph? ¿Alzará las cejas? ¿Asentirá? ¿O dirá «bien» de alguna forma aterradora? No es que lo haya visto hacer u oído decir mucho más.

—No debería subestimar al marqués, lady Emmeline. Él puede enojarse, y mucho. No es algo que quiera ver.

Ella suspiró. Con eso no iban a convencerla de que se cambiara de ropa ni de que se hiciera algún peinado elaborado como ellas deseaban. Beth no le había dicho nada acerca de salir ese día, así que se dedicaría a terminar de descansar del viaje y recorrer la casa y los alrededores. Había visto unos preciosos jardines desde su ventana que estaban esperándola por ella.

Se giró haciendo que todo su cabello castaño y largo casi hasta la cintura se arremolinara a su alrededor. No iba a recogerlo, dos pinzas que sujetaran algunos mechones hacia atrás era todo lo que consentiría.

Bajó las escaleras dando brincos, disfrutando de sus zapatos suaves y planos. Oh, eso era vida. Se sentía libre de aquella forma.

Pero hasta ahí había llegado su suerte, se dijo cuando vio a Joseph parado al final de la escalera en una conversación con Sebastian y un criado al que parecían estar dándoles indicaciones.

Pensó en retroceder y regresar a su cuarto hasta que ellos se marcharan, pero Emmeline Laughton no era ninguna cobarde.

Continuó como venía bajando y se paró al lado de ellos en cuanto estuvo en el piso de abajo.

—Caballeros —dijo con voz cantarina.

Al mismo tiempo, los tres se volvieron hacia ella, interrumpiendo lo que estaban hablando.

Sebastian apretó los labios, no lo suficientemente rápido como para que Emmie no notara cómo él reía.

—¿Qué le pasó a tus vestidos que has tenido que pedirle prestada ropa a tus doncellas, Emmie? —preguntó divertido.

Ella se relajó sin saber porque había estado nerviosa antes.

—Esta es mi ropa, Sebastian. —Levantó los brazos—. Me gusta estar cómoda mientras estoy en casa. No te molesta, ¿verdad? ¿Crees que Beth estará de acuerdo? Mi madre siempre se queja, pero para ella todo lo que yo hago es una calamidad.

—No lo creo, Emmie. Es algo nuevo, pero te sienta muy bien. Aunque no creo que haya nada que pueda hacer que no te veas maravillosa, ¿no?

Ella sonrió ampliamente por el cumplido.

—Gracias —pronunció atrapando a Joseph justo cuando rodaba los ojos. Oh, algo nuevo—. ¿No apruebas como me veo, milord? —preguntó con tristeza fingida. Sebastian también dirigió su mirada dura hacia él esperando la respuesta.

—Puedes vestirte como quieras —contestó el aludido.

—Pero no te gusta —susurró encogiéndose de hombros—. Iré a cambiarme. —Estuvo a punto de girarse cuando él volvió a hablar:

—No, Emmeline. Estás bien así.

Ella volvió a su usual expresión de felicidad.

—¿De verdad?

Joseph asintió.

Emmie soltó un gritito de alegría y lo abrazó con fuerza. Oh, los hombres eran tan predecibles... No era una manipuladora, pero a veces ser mujer tenía sus beneficios. Y más cuando ellos eran unos reales caballeros.

—¡Gracias, gracias! Oh, eres un ángel.

Sebastian soltó una carcajada ruidosa, el empleado bajó la cabeza para no hacer lo mismo.

—Eres la primera persona a la que escucho decir eso, Emmie. Beth tiene razón cuando dice lo ocurrente que eres, ¿no es cierto?

Ella sacudió la cabeza un poco confundida y se despidió dirigiéndose hacia un pasillo que no tenía ni idea de adónde la conduciría, lo que hacía que se sintiera más emocionada.

Sebastian esperó a perderla de vista para soltar un silbido.

—Creo que ni siquiera Beth te ha abrazado tanto en tan poco tiempo —dijo a su reciente nuevo hermano.

Joseph no respondió, pero Sebastian supo que estaba de acuerdo y eso lo tenía desconcertado.

Emmie recorrió un poco el jardín y juntó flores del prado durante gran parte de la mañana y luego se dedicó a conocer al resto de las personas que trabajaban en la casa, incluso a los encargados de los establos, mientras daba vueltas por todos lados.

¿Y quién iba a decir que el tiempo hasta el almuerzo pasaría tan rápido?

Ni siquiera había notado que tenía que ir a la mesa cuando la llamaron mientras estaba a punto de ir a cambiarse, esta vez para ir a cabalgar en la montura que ella había considerado perfecta, aunque cuando la había visto no había nadie cerca para preguntar cuál era su nombre y si podría utilizarla.

Así que, posponiendo esa actividad, se dirigió a la mesa en la que había desayunado.

Solo estaban Beth y Sebastian allí, sentados, esperándola.

Su prima se quedó mirándola cuando entró.

—Te lo dije —murmuró su esposo.

—Oh, no me digas que no te gusta. —Emmie levantó las manos y miró su vestimenta.

Ella lo consideró.

—No es que no me guste, pero...

—¿No es apropiado? Por favor, por favor, Beth, no seas como mi madre —rogó sentándose en el mismo lugar que había ocupado antes—. Solo es para estar aquí, te prometo que, si alguien viene y si tú lo consideras necesario, correré a cambiarme.

—Bien —aceptó—. Si a ti te gusta, Emmie...

La muchacha vio cómo comenzaban a servir la comida.

—¿Joseph no se nos une? —preguntó viendo que no lo esperaban.

—No, ha salido, volverá más tarde. Iba a almorzar con alguien más.

—Oh, ¿tiene una novia? ¿O prometida?

La pareja rio con ganas.

—Nada parecido, Emmie, y no es porque no haya interesadas.

—¿Y por qué no, entonces? —quiso saber, sin poder apaciguar su apetito de información.

—Bueno, has conocido a mi hermano... ¿Eso no te dice nada? Ya te dije, no es así solo contigo. Pero mira, quizá esta noche puedas comprobarlo por ti misma. Hemos sido invitados a la fiesta de los Davenport, y Joseph tiene que ir. Ya ha rechazado suficientes invitaciones de esa familia.

—Entonces, ¿iremos todos? —Aplaudió emocionada. Su primera fiesta en la alta sociedad de Londres.

Elizabeth apretó los labios.

—No exactamente —murmuró—. Sebastian y yo no iremos. Mi relación con la señora Davenport no es la mejor, y la verdad es que prefiero evitarla si puedo. Después de todo, yo no tengo ninguna obligación de quedar bien con ellos.

La expresión de Emmie evidenció su decepción.

—Pero Joseph siempre puede llevar compañía —agregó—. Aceptó llevarte si tú quieres. El único problema es que, al no ir yo, te quedas sin carabina, y en tan poco tiempo no creo poder conseguir una.

Emmeline agitó una mano en el aire, restándole importancia a ese tema.

—Eso es lo de menos —farfulló—. Pero ¿Joseph y yo solos? —gimió sin poder creerlo—. ¿Qué se supone que voy a hacer yo con él en una fiesta? Quedarme durmiendo puede ser más divertido.

—Habrá muchas más personas, Emmie. Será increíble, te lo aseguro. Pero no estoy muy segura de qué hacer sin una carabina, apenas has llegado, y no sé cómo afectaría eso a tu reputación. Es impropio —murmuró pensativa.

—Joseph se encargará de aclarar eso, cariño —la calmó Sebastian—. Nadie se atrevería a desafiar a alguien como el marqués de Thornehill. Además, prácticamente son familia, no hay que dar explicaciones acerca de eso. Él te acompañaba a ti muchas veces cuando tu madre no podía hacerlo.

Pero Emmeline estaba más preocupada por otro tipo de cosas muy diferentes a su reputación y prácticamente no oyó el último comentario.

—¿Qué hay si Joseph no me deja bailar o moverme libremente y conocer a los demás? ¿Y si tengo que quedarme toda la noche sentada escuchando como hablan de... lo que sea que hablen los hombres aburridos como él?

—Eso no ocurrirá —le aseguraron, pero Emmeline no estaba convencida del todo.

Las personas que trabajan aquí son maravillosas, la mayoría al menos. No tengo ningún tipo de queja acerca de eso, la cocinera no se mostró muy contenta cuando le dije que me gustaría poder ayudar algún día a preparar la cena o algo parecido, pero encontraré la forma de convencerla. Lo hice una vez en mi casa, ¿por qué no podría conseguirlo ahora?

Ahora ese no es mi mayor problema.

La fiesta de esta noche. Beth dice que es una gran velada y, aunque no tolere a la señora Davenport, reconoce que sabe cómo organizar una buena noche.

Ella está muy emocionada, al contrario que yo. No creo que sea una buena idea ir con Joseph, él no parece de la clase de persona que es buena compañía en eventos como esos. O quizá, como dijo Kat siendo magníficamente optimista, me sorprenda y sirva para que pueda conocer más de él y desvelar el misterio que me he planteado que tiene.

Bueno, creo que es hora de prepararme, con las chicas hemos encontrado el vestido perfecto para mi primera noche fuera en Londres, las tres dijeron que voy a deslumbrar... Bien, yo solo espero sobrevivir.