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Cuando mis padres se divorciaron, dejé de ser su única hija para convertirme en una maleta que se podían pasar cada vez que querían. Con mi madre convivía entre semana y con mi padre, el fin de semana.

El apartamento de mi padre era muy diferente a la enorme casa donde vivíamos todos juntos. Estaba cerca del centro, pero no era muy grande: dos dormitorios, una cocina y un pequeño comedor. Compartir cuarto de baño no entraba en mis planes y menos cuando disfrutaba de uno propio.

Miré la habitación donde dormiría. Tenía una pequeña cama al lado de la ventana y un escritorio que ocupaba el poco espacio restante que quedaba. Se podía pasar perfectamente... pero me seguía faltando espacio.

—¿Qué te parece tu nueva habitación?

Intenté sonreír.

—Está bien —dije, sentándome en la cama.

Él se colocó bien las redondeadas gafas y, con una sonrisa, me pasó una bola de cristal.

—Es un regalo.

—Papá...

Intenté callarlo, pero él insistió en seguir hablando.

—No quiero que pienses que estoy comprando tu cariño. Desde que tu madre y yo nos hemos divorciado, te sentimos alejada de nosotros. —No solo parecía triste, el tono de su voz lo confirmaba—. Te queremos.

Por supuesto que mis padres me querían. No tenía nada que ver que ellos se hubieran divorciado para que dudara de su amor hacia mí. El problema era otro: extrañaba a mi familia. Los tres unidos como siempre.

—¿Qué es? —pregunté curiosa.

—Es una bola de cristal que compré en Suiza. Sé que te encanta coleccionarlas. —La cogí con cuidado. Temía que se resbalara de entre mis dedos y se rompiera. Era preciosa. Amaba la Navidad, y aquellas magníficas bolas de cristal me traían bonitos recuerdos—. Esta noche tengo que trabajar. Me han cambiado el turno en el hospital.

—No te preocupes. —Estaba acostumbrada a quedarme sola alguna que otra noche los fines de semana. Su trabajo era importante y lo entendía perfectamente. No tenía intención de coger una rabieta—. Comeré cualquier cosa o llamaré a la pizzería más cercana que haya, papá.

Asintió con la cabeza y, casi sonriendo de felicidad, cerró la puerta dejándome refugiada en un agradable silencio. La maleta cayó a mis pies. El aire fresco que se colaba por la ventana me invitó a levantarme de la cama. Todo parecía normal a través de esa ventana. Había un patio de luces y los vecinos no eran ruidosos, lo que era de agradecer. Pero algo extraño llamó mi atención: había un chico delante de mi habitación.

En su apartamento no había cortinas que lo ocultaran de los demás y pude ver que su habitación era más grande que la mía. Lentamente se acercó hasta la ventana.

Y entonces pasó algo que nunca habría esperado.

¡Se desnudó!

El chico empezó a quitarse la ropa delante de mis ojos, incluso estando yo allí parada, llamando su atención. Nerviosa, tragué saliva, pero no me aparté en ningún momento (ni retrocedí unos pasos).

Hasta que sus ojos me miraron y, como una estúpida, me escondí, huyendo del momento incómodo que acababa de vivir.

Cuando mi padre se marchó del apartamento, salí de mi habitación para olvidar el pequeño encuentro que había tenido con uno de los vecinos más jóvenes que probablemente vivían en ese edificio. Seguramente el chico pensó que era una acosadora, una lunática o una desesperada que mataba su tiempo espiando a sus vecinos.

Sacudí la cabeza esperando que me hubiera ignorado.

Cogí una bandeja con comida y la metí en el microondas a una temperatura baja (no quería quemar esas cuatro albóndigas que había).

El timbre sonó de repente.

Sonreí. Estaba convencida de que mi padre se había olvidado de nuevo las llaves del coche. Era un despiste que tenía desde que era jovencito. Dando saltos por el comedor, me acerqué hasta la puerta y la abrí.

—Papá —dije sin mirarle a los ojos—. ¿Las llaves...

Se hizo un silencio y me ahogué en mis propias palabras.

No era mi padre.

—Hola —saludó—, soy el vecino...

Le cerré la puerta en las narices. El vecino desnudo estaba delante de mi puerta.

¡Socorro!

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Los golpes siguieron resonando en la puerta de la entrada. Aquel chico no se daba por vencido y menos después de haberle cerrado la puerta sin decir nada. Sentí cómo mis mejillas ardían, cómo el tono de mi piel cambiaba en segundos. Me asusté y todo porque lo había visto desnudo.

No era culpa mía, el culpable era él.

—¿Q-qué q-quieres? —tartamudeé como una estúpida.

El corazón cada vez me iba más rápido.

Por un momento pensé que él no me había escuchado, pero sí que me oyó. Estaba convencida de que había pegado sus labios a la puerta para que el sonido de su voz terminara llegando a mis oídos.

—Presentarme —soltó una risa que a cualquier chica le gustaría oír—. Mi nombre es Ethan. Encantado.

Pensé qué le iba a decir.

—Igualmente —dije muy rápido.

—¿No vas a decirme tu nombre?

Alcé los hombros, pero no podía ver mi gesto. Así que respondí:

—Freya.

—Original y bonito.

Me entraron ganas de reír. Era tan directo como mentiroso.

—¿Me dejas entrar?

—¡No! —Al parecer estaba loco—. Tengo cosas que hacer... —No le di explicaciones—. ¡Adiós!

—Espera. —Siguió en el mismo sitio, en el pasillo de la planta, hablando solo y mirando a una puerta cerrada—. ¿Puedo preguntarte qué hacías en la ventana?

Si seguía preguntándome estupideces estaba convencida de que moriría. Vivir con mi padre era todo un reto, pero no sabía que tendría sus raras consecuencias, como por ejemplo soportar a un nudista como vecino.

Estaba siendo amable, pero a la vez muy testarudo. No quería hablar con él, deseaba que Ethan desapareciera. Cerré los ojos y, cansada de tener los labios cerrados, respondí:

—Solo contemplaba la noche.

Ethan volvió a reír.

—Estabas vigilándome. —Me lo imaginé con una sonrisa traviesa—. ¿Te gusta lo que has visto?

—¡¿Qué?! —grité alterada.

—Digo... ¿Si te gusta lo que has vist...

Lo había entendido perfectamente.

—Por supuesto que no —gruñí—. ¿Qué pregunta tan estúpida es esa?

—Una cualquiera. —Jugó con el pomo de la puerta—. Así que te gusta observar a los hombres cuando están desnudos.

—¡No! —¿Estaba loco o a qué estaba jugando?

Él solo sabía reír descaradamente, burlándose de mí.

—¡Márchate o llamaré a la policía!

—Pensé que nos llevaríamos bien. —Estaba como un cencerro—. ¿Crees que nos volveremos a ver?

Negué con la cabeza incluso cuando Ethan no podía verme.

—¿Es que eres sordo? ¡Vete!

—Lo haré, pero prométeme algo... —Seguía con un juego en el que yo no entraba—. La próxima vez que me observes cuando esté desnudo... no te sonrojes. El calor que desprende tu cuerpo sería capaz de encender un bosque entero.

Y con su maldita risa salió del pasillo.

«¡Estúpido Ethan!» Se había dado cuenta de que mis ojos lo observaron durante un largo rato.

¿Qué pasaría después? Ni siquiera estaba preparada para encontrármelo por el edificio. No quería salir y solo quedaban unas horas para que mi padre me enseñara los alrededores. ¿Volvería a verlo?

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—¡Freya! —escuché cómo mi padre gritaba una vez más mi nombre.

Después de una noche inquieta no tenía ganas de levantarme de la cama. Mi padre siguió insistiendo y yo, de vez en cuando, asomaba la cabeza por entre las sábanas y me negaba por completo a pisar el suelo de la cocina para desayunar algo.

Pasé demasiado calor ya que, tras el susto de conocer a Ethan, cerré las ventanas en pleno verano. Sí, porque estábamos casi en julio, cuando el calor era más insoportable. Me negué a abrirlas por miedo a volver a verlo... desnudo. «Desnudo.» Esa era una palabra que le sentaba muy bien a aquel chico...

Pesadamente me giré hacia un lado y me quedé muy cerca de la ventana. Estaba muriéndome deshidratada y pensé que beber me salvaría la vida.

—¡Papá! ¿Me puedes traer un vaso de agua?

Él no respondió.

—¿Papá? —soné más calmada.

Moví las piernas y, cuando conseguí salir de la cama, me calcé con unas zapatillas de estar por casa algo llamativas. El corto pijama se amoldó a mi cuerpo y mi alocado cabello seguía alborotado, pero no le di demasiada importancia.

La puerta de la habitación estaba abierta, así que sin pensarlo dos veces asomé la cabeza en busca de mi padre, que me había despertado un par de veces a las ocho de la mañana de un domingo y que parecía haber desaparecido sin dar señales de vida.

Sobre la barra americana había unos cuantos muffins recién comprados. Me serví un poco de café en mi taza favorita, con un poco de leche templada.

Por el sonido del baño deduje que alguien estaba dentro. Reí, mi padre era un maniático de la higiene, solía ducharse dos o tres veces después del trabajo.

—Acaba ya —dije con la boca llena— o me terminaré yo sola el desayuno.

Él siguió sin responder.

Por suerte mi teléfono móvil sonó.

Atendí la llamada.

—¿Hola? —contesté adormilada.

—¡Freya! —gritó Ginger—. ¿Es cierto que estarás con tu padre todo el verano?

—Sí, desde el divorcio de mis padres no he podido pasar un tiempo con él. Además, solo quedan unos meses para terminar el instituto. —Le di un mordisco más a mi desayuno—. Cuando empiece la universidad ya no viviré con ninguno de los dos.

—Tienes razón —convino mi amiga.

—Tengo ganas de verte... —le dije.

—¿Crees que podríamos quedar?

—Por supuesto —reí—. Tengo que contarte muchas cosas.

—¿Como cuáles? —curioseó.

—Tengo un vecino muy extrañooo —alargué la última vocal—. Va desnudo por su apartamento. Es sexy, pero se nota que es un imbécil de los pies a la cabeza.

Ambas reímos.

—¿Cuántos años crees que tiene?

—Veinteañero —afirmé—. El problema es que me ha descubierto mirándolo. ¡Te prometo que fue un accidente! Lo vi desnudo.

—¡¿Qué?! ¿Entonces es muy sexy?

—Sí. —Agaché la cabeza avergonzada—. Después de eso, vino corriendo a presentarse. Y descaradamente me dijo que podía hacerlo en más de una ocasión.

—¿El qué?

Ella estaba más nerviosa que yo.

—Verle desnudo.

—¿Está loco? —rio.

—Imagino que sí. —Lamí mis dedos, que estaban cubiertos de chocolate.

El sonido del agua fue disminuyendo. Parecía que mi padre se había dado cuenta de que estaba charlando por teléfono y también de que hablaba de nuestro vecino.

En voz baja la cité para que viniera a rescatarme de la aburrida tarde que tenía por delante.

—¡Espera! —gritó exageradamente, tal como era ella.

—¿Qué, Ginger?

—¿Por qué no quedas con él?

—Ni loca —me carcajeé—. Bueno he de dejarte, luego te llamo.

Al finalizar la llamada noté que unas gotas de agua cayeron en mis mejillas.

Lentamente alcé la cabeza, en busca de los ojos de mi padre. Y me encontré con unos ojos azules, llamativos, grandes, que estaban muy abiertos observando mis movimientos y no eran los de mi padre.

Su oscuro cabello estaba húmedo por la ducha que se tomó en mi casa. Allí estaba mi vecino, únicamente con una toalla alrededor de su cintura y, una vez más, desnudo.

Pero ¿es que aquel estúpido no sabía que existía la ropa?

—Hola —saludó Ethan.

Yo no hice lo mismo.

—¡Ah!

No, no saludé, solo grité asustada.

Primero me lo encontraba sin ropa en su apartamento, aunque yo fui la culpable. Segundo, era sospechoso que viniera a presentarse a mi propio hogar al darse cuenta de que lo había visto con sus partes al aire y sin nada que lo cubriera.

Tercero, aquel idiota por segunda vez estaba desnudo y en el apartamento de mi padre.

Teoría; estaba loco, así que solo me quedaba gritar.

—¡Socorro! ¡Socorro! —Tenía la esperanza de que mi padre saliera de su habitación.

No lo hizo.

Él enarcó una ceja, confuso, esperando a que mi mano estrechara la suya o mi mejilla lo tocara para darle un beso. Mis gritos aumentaron.

—¿Qué te pasa?

Confirmado, era idiota.

Nadie se colaba en una casa y preguntaba «¿Qué te pasa?».

—No te acerques a mí —le amenacé.

—Deja que te lo explique. —Intentó sonreír dulcemente, pero para mí solo era un pervertido.

Cuando lo tuve más cerca de mi cuerpo, mis dedos se aferraron a lo primero que encontré. Tiré y salí corriendo por todo el comedor dando vueltas alrededor del sofá.

Ethan me seguía desnudo, así que grité más fuerte.

—¡Papá! ¡Socorro!

El chico seguía detrás de mí, corriendo más rápido.

—¡Papá!

Dios mío, mi padre no aparecía.

—Pero ¿por qué corres? —No era lógica esa pregunta y menos cuando me seguía sin nada que cubriera su vara masculina... en otras palabras, su pene.

—¡Déjame en paz, pervertido!

—Dame la toalla y dejaré de correr detrás de ti.

Y Ethan fue más rápido que yo. Me cogió del brazo y cuando sentí sus dedos tocando mi piel, me moví bruscamente provocando que me cayera encima.

Estaba encima de mí, sin nada, desnudo y mojado por el agua.

Hice algo más.

Gritar desesperadamente mientras su mirada me observaba sin pestañear.

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—Cariño, ya estoy aquí. He bajado un momento a por el periódico.

La voz de mi padre alertó a Ethan, ya que el chico giró sobre su cuerpo pegado al suelo y, con un tirón rápido me quitó la toalla que tenía entre mis dedos. Cuando pasaron unos segundos me di cuenta de lo estúpida que había sido. La culpable de que él no llevara nada era yo.

Se levantó del suelo con la misma sonrisa con la que se presentó y avanzó tranquilamente como si aquel fuera su apartamento. Mi padre cada vez estaba más cerca; sus pasos eran fuertes y continuos. Yo seguí tumbada en el suelo. Estaba en estado de shock.

—Veo que vosotros dos ya os habéis conocido —dijo con tranquilidad.

Otro padre normal habría golpeado al intruso que había asustado a su pequeña. El mío... el mío era así de simpático, amable y cariñoso. Le estrechó la mano a Ethan y con un movimiento de cabeza lo invitó a que nos acompañara en el desayuno.

Pero él rechazó la invitación.

—Gracias, señor Harrison, no quiero molestar. —Me miró por encima del hombro.

¿Solo yo estaba deseando ver cómo desaparecía de nuestro comedor?

—No molestas, Ethan. —Le dio unas palmadas en la espalda. Al parecer yo era la única demente que lo veía con una toalla cubriéndole poco—. Vamos, cariño, levántate del suelo. —Volvió a mirar al joven—. Estas adolescentes... hacen cosas muy raras.

Entre risas se sentaron alrededor de la barra americana.

Lentamente me puse de pie con el ceño fruncido. No era posible, mi padre parecía que admiraba a aquel extraño chico y que a mí me ignoraba por completo. Con los brazos cruzados me quedé detrás de él, queriendo llamar su atención.

—Así que tú eres Freya. —Maldita sonrisa—. Tu padre me ha hablado mucho de ti.

—¿En serio?

Le saqué la lengua en un descuido, burlándome de él.

—Sí, conocí a Ethan hace un par de semanas. Me ayudó bastante con la mudanza.

—Ha sido un placer, señor.

—No me llames «señor». —Cada vez lo veía más como a un hijo—. John. Llámame John.

Ambos me miraron a mí.

—No me lo puedo creer. —Estaba alucinando.

Sacudí la cabeza con la esperanza de que se tratara de un sueño. Quería despertar.

—Este chico estaba desnudo en nuestro apartamento... ¿y tú lo invitas a desayunar?

Intenté quitarle mi taza favorita, pero sus carnosos labios la tocaron.

Me reprendí yo misma por pensar que era sexy.

—Tú me has quitado la toalla —se defendió—. Además, ha sido tu padre quien me ha invitado a que me dé un baño, ya que en mi apartamento están de reformas.

—Cierto —lo apoyó él.

—¿A qué te dedicas, Ethan? —le pregunté.

La curiosidad me mataba.

Lo miré tan fijamente que él terminó por ponerse nervioso.

—Lo digo porque veo que te gusta mostrar demasiado tu cu... —Callé al ver la mirada que me lanzó mi padre. No le gustaba que atacara a los «invitados» con preguntas incómodas.

—Soy estudiante. Estoy en segundo año de carrera en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte. —Seguía devorando mi desayuno—. Y por las tardes trabajo en una cafetería.

Estaba segura de que mentía.

—¿Sabes una cosa, pequeña? —Gruñí al oír que me llamaba «pequeña»—. Cuando tenía cinco años tuve un perro llamado Fleya —soltó entre risas—. Tu nombre es más bonito.

Mi padre lo acompañó con más carcajadas.

—La verdad es que ese nombre lo eligió su madre. Por la diosa Freya. —Qué forma tan rara tenía de defenderme—. Pero es cierto; he oído que hay animales que se llaman...

—¡Papá! —grité.

—Lo siento, hija.

Mi padre se levantó de la mesa y fue en busca del periódico que había comprado, dejándonos a los dos a solas. Su mirada me ponía nerviosa, pero por una parte me daba fuerzas para enfrentarme a él.

—¿Te crees divertido?

—¿Tú te crees inteligente?

—Más que tú —me di por vencida.

Ethan se levantó de la mesa y, al ver que mi padre estaba sentado en el sofá leyendo el periódico, se quitó la toalla para lanzarla sobre mi cabello limpio. Aguanté las ganas de gritar una vez más y, malhumorada, me moví del taburete hasta quedar delante de la puerta. Allí estaba él, otra vez sin nada.

—¿Quieres saber dónde trabajo?

No me interesaba su vida, ¿no?

—A las nueve en Poom’s. —Me guiñó un ojo—. Te estaré esperando, enana.

—¡Imbécil!

Y con aquella risa tan peculiar, salió de mi apartamento mostrando su fuerte cuerpo. Lo peor de todo es que estaba convencida de que terminaría asistiendo a ese lugar con mi mejor amiga.

«No eres esa clase de chico, Ethan. Tú escondes algo.»

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—¿Estás preparada?

Miré una vez más a mi amiga. Ambas nos encontrábamos bajando las escaleras del edificio donde pasaría las vacaciones de verano. Con un vestido poco llamativo y el cabello recogido para resaltar el suave maquillaje, descendí aceleradamente con los tacones bajos que había elegido para esa noche.

Ni siquiera sabíamos dónde tomaríamos algo. Ese día ella cumplía dieciocho años, pero yo seguía siendo menor de edad. Así que nada de copas.

Mientras paseábamos por la calle, entre la multitud de gente recordé la invitación de Ethan y me di cuenta de que estábamos cada vez más cerca del lugar que había nombrado. No le conté nada a Ginger. De momento era un pequeño secreto; incómodo, pero seguía siendo un secreto.

Ese chico era extraño. Sabía cómo ganarse la atención de las personas, e incluso el respeto, ya que con mi padre lo había conseguido.

Entorné los ojos ante la luz fuerte y llamativa de un enorme cartel. Junto al nombre del club sobresalía una pierna que se movía de un lado a otro. Estábamos delante del local donde trabajaba mi vecino.

Tragué saliva, algo asustada. Era una reacción estúpida, porque él no me iba a ver y mucho menos si seguía afuera escondiéndome.

—Mejor sigamos un poco más. —Intenté tirar del brazo de mi amiga, pero ella se detuvo y se cruzó de brazos.

—Pareces asustada.

—¡¿Yo?! —Reí nerviosamente—. Tonterías.

Seguí mirando a un lado, no quería posar mis ojos ante la enorme puerta que te invitaba a pasar a un lugar donde los camareros terminaban desnudándose.

Un joven atractivo salió con unos folletos entre sus manos. Cantando una canción se acercó hasta nosotras, dejándonos ver su enorme sonrisa y el encanto que lo acompañaba.

—Hola, chicas. —Nos guiñó un ojo—. ¿Queréis tomar algo? Tenemos dos por uno en copas para todas las chicas guapas.

Me reí ante su técnica de marketing.

—No, gracias —dije.

—¡Vale! —Ginger se perdió en los ojos negros del «camarero»—. ¿Has visto qué guapo es?

Asentí y ante un descuido cerré la puerta que había abierto el chico.

—No quiero entrar. Vámonos.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta el lugar. —Me mordí el labio—. Por favor.

—¡Oh, vamos! Te lo suplico, Freya, es mi cumpleaños.

Una voz me sorprendió.

—Sí, tu amiga tiene razón. —Era el chico que había conseguido convencer a Ginger—. En Poom’s os cuidaremos muy bien.

Volvió a guiñar el ojo y llegué a pensar que tenía un tic nervioso.

Al sentirme obligada a hacer algo que no quería, entré con los labios apretados y los brazos cruzados en el famoso club donde Ethan, mi encantador vecino, trabajaba para supuestamente pagarse la carrera universitaria.

Me adentré casi con la cabeza baja, dejando que el poco flequillo que tenía ocultara parte de mi rostro.

Otro camarero se acercó a nosotras y, con la misma simpatía que todos, nos guio hasta una mesa donde podríamos tomar unas cuantas copas por un precio bajo. Nerviosa, escondí mi carnet de identificación.

—Ahora que me acuerdo —Ginger tuvo el impulso de alzar el brazo, pero se detuvo—, ibas a hablarme de tu vecino, ¿no?

—¿V-vecino? —Ella asintió—. ¡Qué va!

—Estás muy rara, Freya.

—No lo estoy. —Cogí el folleto y me cubrí con él.

De repente las luces del lugar se apagaron, dejando un foco que iluminaba solo una parte del escenario. Podía sentir cómo las piernas me temblaban y, como si fuera una cría de cinco años reviviendo momentos felices, pensé en Ethan.

Apreté los dientes esperando que la imagen se esfumara de mi cabeza, cuando de repente una voz que conocía a la perfección resonó en mis oídos.

—Buenas noches. —Ethan estaba delante de mí. Se inclinó de tal manera que su traje se apretó en sus fuertes brazos—. Veo que has venido —susurró en mi oído.

—No estoy aquí por ti. —Por suerte, Ginger estaba mirando al escenario, atónita ante los bailes de los camareros que se habían subido a él.

—¿Crees que soy estúpido? —Su risa volvió a sonar de nuevo—. Está bien, mocosa. —Lo miré—. No te importará que saque a tu amiga ahí arriba, ¿verdad?

—¡¿Qué?!

Llamé la atención de ella.

Ethan caminó peligrosamente por detrás de mi asiento y, con su seguridad de siempre, usó la misma técnica que le llevó a ganarse el respeto de mi padre. Cogió la mano de mi mejor amiga y, con su estúpida sonrisa, la levantó del asiento para llevársela con él.

En ningún momento rompió el contacto visual. Los enormes ojos de Ethan se clavaron en los míos, y me miró por encima de su hombro, consciente de que eso me enfurecería.

¿Pensaba que estaba celosa?

Cogió a Ginger por la cintura y la subió al escenario. A ella la trataba como a una princesa mientras que a mí me sacaba de mis casillas.

La música empezó a sonar y el espectáculo dio comienzo.

Sus labios se movieron y leí en ellos lo que dijo: «¿Podré besarla después del baile?».

Mi vecino se giró y sus dedos volaron hasta los blancos botones de su camisa. Iba a volver a verlo sin nada, pero en esa ocasión estaba muy lejos de mí.

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Nadie dio importancia al ritmo de la música, solo se centraron en lo sexy que podía llegar a ser el bailarín.

Las luces siguieron apagándose y encendiéndose cada vez que Ethan movía su cuerpo. Bailó alrededor de una pequeña silla, donde Ginger se lo estaba pasando realmente bien el día de su cumpleaños. Un grupo de mujeres —que eran más o menos de la edad de mi madre— se alzaron de sus asientos para aplaudir más fuerte y gritar un par de cosas.

—¡Quítatelo todo!

No solo gritaban las que estaban cerca del escenario, también las que se hallaban al fondo del local, justo donde yo estaba.

Mis dedos golpearon una y otra vez la mesa. No me estaba divirtiendo, ni siquiera sonreía, y mucho menos disfruté del baile. Solo seguí mirándolo a los ojos, al igual que él, que siguió en cada momento buscándome con sus azulados ojos.

Algo me molestó. No podía moverme, necesitaba salir del lugar sin llamar la atención de Ginger. Pero aquella acción me etiquetaría como la peor amiga del año.

El camarero que repartía los folletos en la calle se acercó sonriente y alegre por haber captado la atención de dos futuras clientas.

—¿Qué quieres tomar?

Su pajarita era llamativa.

—Nada —respondí.

Seguí mirando el número.

—A la primera copa invita la casa. —No se dio cuenta de que no quería hablar con él—. ¿Algo con vodka? ¿Quizá algo más dulce?

—Te he dicho que no quiero nada. —Apreté los labios para finalizar la conversación.

El chico silbó y con una risa abandonó la mesa.

Los gritos siguieron aumentando, y todo porque Ethan se había quedado en ropa interior.

«Que novedad... —pensé—. Yo vi más.»

Ginger siguió sentada en la silla, con una mano a cada lado de la cintura del bailarín, y de repente pasó. Él hizo lo que me había advertido.

Sus labios sostuvieron una fresa, se inclinó hacia delante y se la pasó con un beso a la chica del cumpleaños. Mi amiga lentamente la saboreó junto a él, besándose sin darse cuenta de que las mujeres que estaban de pie reclamando un poco de la atención de mi vecino la odiarían por tener aquel privilegio.

Ginger bajó con una estúpida sonrisa y se limpió los labios con el dedo.

—¡Oh, Dios mío! —gritó cuando se sentó a mi lado—. Nunca lo había pasado tan bien.

Nerviosa cogí el único vaso de agua que había en la mesa.

—Genial. —Cogí algo de aire—. ¿Nos podemos ir?

—¿Ahora?

—Sí —respondí. Era lógico.

No estaba cómoda en aquel «club».

—¿Por qué no me has dicho que es tu vecino?

—¡¿Qué?! —Alcé un poco más la voz cuando la música retumbó en mis oídos—. No te he escuchado.

—¿Por qué no me has dicho que es tu vecino? —Silencio—. Él me acaba de decir: «Cuida de mi vecina, es un poco tímida».

—¿Ha dicho eso? —Era estúpido.

Ginger rio.

—Quiere que te cuide.

—¡Que le den! —dije buscándolo con la mirada.

—Tengo la sensación de que te gusta.

—No me gusta —gruñí.

La cumpleañera alzó el brazo, chasqueó los dedos y en unos segundos de nada un sexy camarero con un pantalón negro ceñido a sus piernas se acercó para atenderla.

—¿Qué te sirvo?

—Un sex on the beach, con mucho vodka.

Quedé anonadada.

—Este lugar te está cambiando. —Empujé su brazo para llamar su atención.

—Eres tú, que estás muy nerviosa. —Intentó ser graciosa, pero no lo consiguió—. Entiendo que es por ese chico. —Lo buscó pero no lo encontró—. Bebemos algo y nos marchamos, ¿vale?

Asentí con la cabeza.

No era por Ethan, o quizá sí. Me acababa de dar cuenta de que habíamos comenzado una guerra donde ninguno de los dos ganaría. Primero había conseguido a mi padre y después a mi mejor amiga.

La dejé tomándose su cóctel y, con el abrigo en la mano, me levanté para dirigirme al baño de mujeres. Los bailes no finalizaron.

Al principio pensé que serían escandalosos, pero todos los chicos terminaban quedándose en ropa interior, no iban más allá.

—Llevas más de dos horas aquí —se carcajeó—, pensé que durarías menos.

Asomó la cabeza de un camerino.

El cuarto de baño estaba cerca, pero me quedé quieta para escuchar su voz.

—Es por Ginger, se lo está pasando muy bien.

—¿Cuántos años tenéis? —preguntó curioso, ya que en realidad no nos conocíamos bien.

—Ella dieciocho, yo uno menos.

Ethan abrió sus ojos asustado.

—Eres menor de edad. —Apretó sus dedos alrededor de mi muñeca y me atrajo hacia él—. ¿Cómo has entrado aquí?

—El chico que estaba en la entrada... como Ginger le ha dicho que cumplía dieciocho años, habrá pensado que yo también era mayor de edad.

La puerta del camerino se cerró detrás de mí una vez entré en él.

—Me visto y te llevo a casa.

Llevaba puesto un albornoz.

—No puedo dejarla sola aquí. —Quise abrir la puerta.

Ethan me lo impidió.

—¡Y yo no puedo permitir que tú estés aquí! ¡Tu padre me matará!

Reí mentalmente. Mi padre lo admiraba.

—Que no me voy a ningún sitio contigo, ¿entendido?

Levantó la cabeza cuando empezó a ponerse unos vaqueros rotos a la altura de las rodillas. Caminó en silencio, con su enorme sonrisa que dejaba ver sus perfectos dientes blancos. Retrocedí al tenerlo tan cerca, hasta que choqué con la puerta donde estaba mi libertad.

El descubierto pecho de mi vecino pronto buscó el mío para acomodarse sin darse cuenta de que podía volver a gritar. Pero no era una estúpida, era lo suficientemente mayor para defenderme verbalmente y sin gritar como una niña pequeña.

Y por una extraña razón sus labios cada vez estaban más cerca.

—Ni se te ocurra. —Intenté levantar el brazo, pero no lo conseguía.

Ethan no pestañeó.

—¿Crees que te voy a besar? —Es lo que había hecho con Ginger—. No quiero que me malinterpretes, Freya. Eres mi vecina, la que me observa a través de la ventana de su habitación. Eres graciosa, pero solo tienes diecisiete años, y yo veintidós. —No entendía nada—. Además —recogió uno de los mechones de mi cabello que ocultaban mi ojo derecho—, tengo novia.

La palabra «novia» se repitió en mi cabeza, una y otra vez.

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7

En pocos minutos llegamos al apartamento de mi padre. Ginger estiró el brazo de una manera graciosa —aunque era más bien por todas las copas que se había tomado— y con una sonrisa paró a un taxi para que la llevara hasta su casa.

Le insistí en más de una ocasión en que podía quedarse en el pequeño apartamento de papá, pero ella se negó, acompañando su negativa con un «estoy muy cansada».

Me despedí de mi mejor amiga y, antes de adentrarme en el portal, escuché de fondo una canción:

—¡Cumpleaños feliz, cumpleaaaaaaños feliz... te deseamos todos... cumpleaaaaaaños feliz!

«Pobre taxista», pensé.

Riendo en voz baja subí los escalones lo más rápido posible. El teléfono se me escurría de entre los dedos, y al percatarme de que el reloj digital marcaba la una de la madrugada, me di cuenta de que tenía un problema.

Sin hacer demasiado ruido, abrí con mucho cuidado la puerta. La cerré con éxito e incluso llegué hasta mi habitación sin despertar a mi padre.

Sí, mi padre era de aquellos hombres que seguían protegiendo demasiado a sus hijas. Tanto que el toque de queda empezaba a las once de la noche, a pesar de que yo ya tenía diecisiete años. ¡Como para llegar a casa a aquella hora!

Pero no tenía remedio, no cuando seguía viviendo con mis padres, y me quedaban unos meses para ser mayor de edad.

Me quité el vestido y antes de ponerme el pijama asomé la cabeza por la ventana. Curiosa, busqué la ventana de una habitación, pero vi que las luces estaban apagadas.

Refunfuñé sin motivo. Él tenía novia y, además, no era la clase de chico que solía gustarme. Su trabajo ya debía de ser un problema para su novia, así que no quería ni imaginar los encontronazos que yo tendría con él en un futuro.

Reí. Estaba pensando en él demasiado.

Él... ¿Por qué «él» cuando su nombre era perfecto?

«¡Nooo!», grité mentalmente. No era sexy. Nadie en el siglo xxi se llamaba Ethan.

Aquello fue gracioso y con la sonrisa propia de una chica de mi edad me tumbé en la cama para dormir y caer en los brazos de Morfeo.

Al día siguiente todo parecía estar más calmado. Me removí entre las sábanas y, antes de levantarme, me arreglé el cabello sin ningún motivo. Extraño, y más cuando mis piernas me guiaron una vez más hasta la ventana.

¿Qué me estaba pasando?

Allí solo había hombres mayores y chicos que se desnudaban para llamar la atención.

Giré un poco el cuello hasta encontrarme con el pequeño espejo que mi padre había colgado cerca de la estantería de libros.

—Eres una pervertida —susurré.

—¡No! —me respondí yo sola.

—Claro que lo eres. —Me había vuelto loca—. Ethan tiene razón.

—No la tiene.

Si mi padre me hubiera encontrado hablando sola, habría terminado en un loquero como Leonardo DiCaprio en Shutter Island.

—Sí que la tiene, porque desde que has llegado, solo lo estás buscando.

Abrí la mano y, sin pensarlo, intenté abofetearme para quitarme todas esas ideas y, sobre todo, conseguir que el lado malo de Freya desapareciera. Pero mi padre golpeteó la puerta a tiempo.

—¿Estás bien?

¿Acaso lo estaba?

—Sí, papá. Ahora salgo a desayunar contigo, dame dos minutos.

—Vale. —Pero seguía en la puerta—. Pero ¿seguro que estás bien?

—Que sí. —Me había descubierto.

Dejé la locura a un lado y, con el pijama puesto, salí al comedor. De nuevo había bajado a comprar el desayuno. Unas semanas más con mi padre y terminaría engordando más de cinco kilos. Tenía dos opciones: caer ante la tentación de los muffins o aprender a preparar tostadas con mantequilla y un poco de mermelada. Seguramente no era difícil, pero me había acostumbrado a que mis padres me lo hicieran todo.

Me senté a su lado, y sin decir nada él saltó.

—¿A qué hora llegaste anoche?

Tragué el batido con dificultad.

—¿Q-q-qué? —Le quité importancia—. Pronto.

—¿Y qué hora es pronto?

Lo medité bien. Mi padre solía irse a dormir a las diez cuando no trabajaba, así que ahí tenía mi respuesta.

—A las once menos cuarto.

Se carcajeó de mí, al igual que cuando Ethan dijo que su perro de la infancia se llamaba igual que yo.

Enarcó una ceja y con la taza en sus labios movió la cabeza dándome a entender que estaba preguntando lo mismo de nuevo.

—Estaba despierto.

Mis ojos se abrieron más que los de la niña de El exorcista.

—Papá...

Intenté parecer inocente.

No lo conseguí.

—Castigada.

—¿Por qué? No he hecho nada malo.

—Hay normas, Freya, y las tienes que cumplir.

—Nunca he desobedecido, por una noche no pasa nada. —Crucé los brazos.

—Ni hablar, el castigo seguirá en pie, es lo que tu madre haría.

—Pero mamá...

Me interrumpió.

—Te lo volveré a decir por si no está claro. —Se levantó del asiento—. CASTIGADA.

Y cuando acabó de deletrear la palabra que más odiábamos los adolescentes, se marchó a su trabajo cerrando la única puerta de salida. Estaba encerrada en un apartamento donde no había diversión ni tampoco ADSL.

Si alguna vez dije que mi padre era enrollado, en ese instante lo retiré por mentirosa.

Recogí todo lo que había quedado en la barra y, cansada, volví a estirarme en el sofá.

Era un día perfecto para salir y tomar el sol, o para comprar cualquier modelito que me gustara. Pero no podía, estaba encerrada.

A las once de la mañana solo había noticias, así que apagué el televisor justo cuando la puerta se abrió.

Estaba segura de que había ablandado el corazón de mi «querido» padre.

—Lo siento... —Intenté poner cara de ángel, pero de repente me convertí en un demonio—. ¿Qué haces aquí?

—Gruñes como un perrito.

Golpeé a Ethan en el brazo.

—¿Quién te ha dado las llaves?

—Tu padre —dijo con normalidad pasando por mi lado y acomodándose en el sofá—. Estás castigada, te cuidaré un par de horas hasta que él llegue.

Cogió mi refresco y se lo bebió de un trago.

—¡Quita los pies del jarrón!

—¿Es un jarrón? —Ethan bajó las piernas—. Qué feo.

—Tan feo como tú. —Le señalé con el dedo.

—Quieres decir guapo, sexy, alto, fuerte, con los ojos azules, veinteañero... vamos, un tío cañón, ¿no? —Sonrió de aquella manera con la que se ganaba el cariño de todo el mundo menos el mío.

—Si fueras un cañón ya te hubiera lanzado. Quiero librarme de ti y no puedo.

Ethan golpeó el otro lado del sofá.

—Venga, enana, ven y siéntate aquí. —Me guiñó un ojo—. Es la hora de los dibujos animados.

—Yo no veo dibujos animados.

Él abrió los labios sorprendido.

—¿En serio?

—¡Sí!

No solo estaba castigada sin poder salir, también me iba a quedar con mi vecino, que en realidad era un stripper.

—¡Enana! —me llamó cuando dejé el mundo para aislarme en mis pensamientos.

Lo miré mal.

—Mi nombre es Freya.

—Lo sé. —Sonrió—. ¿Te molesta que venga mi novia?

¿Había dicho «novia» de nuevo?

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8

Miré a Ethan una vez más antes de responder. Él seguía a mi lado, con una sonrisa que lo decía todo. Era un descarado, un chico que no quería tener en mi vida, pero allí estaba, de brazos cruzados, marcando sus músculos en la horrible camiseta que había elegido aquella mañana.

Mi silencio pareció incomodarle, ya que meneó la cabeza en más de una ocasión perdiéndose en mis ojos color avellana. No reaccioné, seguí pensando en su pregunta. Por supuesto que la respuesta era clara, pero no podía hablar, mis labios estaban sellados.

Quería gritar: «¡No, imbécil, esta es mi casa!».

Y, sin embargo, estaba callada, mirando su abdomen.

El contacto de los dedos de Ethan no me sobresaltó. Cuidadosamente los arrastró por mi cabello, capturando un largo mechón y colocándolo detrás de mi oreja a la vez que acariciaba mis mejillas.

Sorprendente. Extraño. El muy maldito era sexy. E incluso podía decir que era un imbécil al que le gustaba coquetear con todas.

Abrí exageradamente los ojos y me aferré a mi cabello castaño.

Desperté, el milagro sucedió. Lentamente entreabrí mis labios, aparté su mano de mi rostro y me dispuse a gritar cuando el timbre sonó y me interrumpió.

¡Ding, dong!

No esperaba a nadie y tampoco le había dado permiso a él para que invitara a su novia.

Él caminó con tranquilidad por el apartamento, como si se tratara del suyo. Lo seguí sin hacer demasiado ruido, dejando que mis zapatos pisaran sus pasos. Nos quedamos delante de la puerta, y Ethan abrió con una sonrisa amplia, perfecta y llamativa.

Una chica de cabello rubio y mechas californianas rosas asomó su pequeña cabeza al interior. Se asombró al encontrarse con él y gritó con tantas fuerzas que estuvo a punto de matarme. Empujó la puerta con la mano y, sin decir nada más (y ni siquiera saludar), saltó hasta cruzar las piernas alrededor de la cintura de su novio.

Temblé al decir la palabra «novio», pero lo eran. Él era su novio.

—¡Hola, amorcito!

Ethan le respondió.

—¡Hola, terroncito de azúcar! —La besó.

Era la cosa más cursi que había escuchado en mi vida.

Me toqué la frente, esperando que el dolor de cabeza no se manifestara, pero lo hizo. Apreté la mandíbula, e incluso mis uñas se clavaron en la palma de la mano estropeando el esmalte.

Ellos dos siguieron besándose sin darse cuenta de que yo estaba allí.

Pero ¿qué estaba haciendo? Yo vivía allí, mandaba allí.

—¿Os queréis ir a un maldito hotel? —Fastidié el «dulce» beso—. Me están dando ganas de tirarme por la ventana. Gracias.

Agradecí cuando Ethan la bajó de su cuerpo.

—Qué mal educado soy —«e imbécil»—, os voy a presentar.

Resoplé.

—Freya, te presento a Effie. —Intentó cogerme de la mano, pero me aparté—. Effie, ella es Freya, la pequeña que cuido.

¿Que cuida?

¿Había escuchado bien?

—Tú no me cuidas —gruñí una vez más.

—Claro que sí —intentó sonar convincente.

—¡No! —grité.

Él siguió alzando más la voz.

—¡Sí!

La discusión podía durar horas y Effie solo nos miraba con una sonrisa graciosa.

Pero, de pronto, lo entendí todo. Su novia no sabía que era stripper, así que se aferró a una mentira en la que me involucraba.

Vendetta para Ethan.

Cogió con fuerza mi mano, apretando sus dedos alrededor de ella.

Lo miré seriamente, estaba perdiendo y no se daba cuenta. Me atrajo hacia él, dejándome a un lado de su cuerpo, pasó el brazo por encima de mis hombros y, con la mano sobre mi cabeza, la movió enérgicamente alborotándome el cabello recogido.

Odiaba que fuera más alto que yo, no podía defenderme ante aquel ataque.

—Siéntate, nosotros venimos ahora. —Se inclinó para darle un beso.

Él intentó llevarme con él.

Yo, mientras tanto, solo miré a su novia.

—Si tardamos más de cinco minutos —la señalé con el dedo—, llama a la policía. Tu novio está loc...

Ethan saltó.

—Pero ¡qué graciosa es mi Freya! —Soltó una carcajada.

E hizo lo que nunca esperaría. Me cogió entre sus brazos y me alzó del suelo, desapareciendo conmigo delante de su novia.

La habitación más cercana era la mía, así que con un movimiento de codo abrió el pomo sin ningún problema y ambos entramos en ella.

La situación era muy extraña y mis cuerdas vocales estaban preparadas.

Cuando me dejó en el suelo me alejé todo lo posible de él, caminando hacia atrás y, apoyándome contra la ventana, lo miré de lejos, perdiendo el contacto físico.

—Tienes que hacerme un favor.

Levanté la mano y le saqué el dedo corazón.

—Freya... —insistió.

—Tú no eres mi amigo —espeté.

—Lo sé. —Puso los ojos en blanco—. Soy el chico que te gusta.

Mi corazón latió muy rápido.

—¡Serás creído! Hazme un favor y desaparece de mi habitación. —«Espera, no solo de la habitación»—. ¡De mi vida!

—Ayúdame.

Tenía cerca la mesilla de noche, así que alcancé el primer cajón y de ahí saqué unas cuantas monedas que le tiré al suelo.

—Quédate el cambio, no hace falta que bailes desnudo delante de mí.

—No quiero dinero. —Ethan estaba muy serio.

—Pues no te puedo ayudar en nada más.

—Sí que puedes.

Estaba muy convencido de ello.

—Effie no sabe cómo me pago la carrera. —Sus ojos azules brillaron con fuerza incluso cuando una nube ocultó el sol—. No puedo decirle que soy...

—¿Stripper? —pregunté casi riendo—. Y de los peores.

—De los mejores —me discutió—. Había pensado que tú podías ayudarme.

—Ni en broma.

Intenté pasar por su lado para huir, pero apoyó su mano sobre mi vientre para retenerme. Cada vez lo tenía más cerca, y no me gustaba.

Quería aire, mucho aire. Había olvidado respirar.

¡Maldición!

—Si me ayudas —bajó lentamente su rostro hasta el mío—, yo podría ayudarte a ti.

¡¿Qué?!

Y cuando me di cuenta de a qué se refería, sus labios se acercaron a los míos peligrosamente.

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9

¿Por qué contra más sexis eran los chicos, más estúpidos conseguían ser?

Su oscuro cabello cayó con gracia hasta la azulada mirada que estaba fija en la mía. Parpadeé sin comprender lo que me estaba sucediendo. ¿Acaso había sucumbido ante el encanto de Ethan? No podía ser como los demás, y mucho menos como mi padre, que lo idolatraba por cuatro tontos favores que le había hecho.

Alargué mi mano, movimiento que agradecí, ya que ciertas partes de mi cuerpo se bloquearon al quedarme mirando esos enormes ojos. Necesitaba ladear la cabeza para romper el contacto visual, pero no lo conseguí.

Grité con todas las fuerzas que me quedaban, pero solo fue mentalmente.

Sonreí al tocar algo, y él pensó que estaba encantada de tenerlo tan cerca. Los dedos de la mano izquierda despertaron, dejándome un extraño hormigueo que erizó el vello de mi cuerpo.

—Apártate de mi lado... —amenacé con claridad.

Él solo siguió avanzando en un camino que empezó a arder.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Freya? —preguntó con esa sonrisa que destacaba por encima de las demás—. No tienes que preocuparte por nada. Tú me haces un favor, y yo a ti otro.

La enorme mano de Ethan presionó con un poco más de fuerza sobre mi vientre, y entonces mi cuerpo se sacudió de una forma que llegó a preocuparme. Mis ojos se abrieron exageradamente, y di un salto al sentir la caricia de sus dedos en mi piel.

No era débil, él lo sabía, estaba conociéndome. Lentamente, pero ambos sabíamos cómo acabaría todo; en odio.

—He dicho —lo apunté con el arma que utilizaría para defenderme— que te apartes de mi lado. No eres sordo, Ethan, así que hazlo.

Puso su mano alrededor de la mía.

—¿Vas a atacarme?

Solo asentí con la cabeza.

Parecía que en cualquier momento me fallarían las fuerzas, pero no fue así. Cerré los ojos como si de alguna forma los suyos me debilitaran y lo apunté una vez más sin hacer caso del fuerte suspiro que salió de aquellos carnosos y rosados labios.

Durante unos segundos el pulso me tembló, y cuando la claridad del día abrió mis párpados, me vi con las pequeñas tijeras señalando su entrepierna.

Ethan tenía que estar asustado, pero no lo estaba. Su risa resonó en mis oídos, helando mi sangre y volviendo a ponerme nerviosa.

—Te la cortaré como no te alejes de mí.

—¿Vas a cortarme eso? —Él mismo tampoco lo dijo. Solo le echó el ojo a los estrechos pantalones que llevaba—. ¿Estás segura?

Dije que sí.

—No volverás a tener sexo con tu novia si vuelves a tocarme.

—¿Vuelves a pensar en mí desnudo? —La locura de mi vecino volvió—. ¿Imaginas situaciones ardientes para que tu cuerpo queme?

—¡Cállate! —grité.

—Eres tú quien ha hablado de sexo. Y, además, piensas en tocarme. —Bajó su mirada, lentamente, sin prisa—. Vamos, Freya, hazlo.

Apretó su mano alrededor de mi muñeca, intentando controlar cualquier movimiento que le hiriera. Sentí cómo sus cálidos dedos me acariciaban. Debería estar temblando, pero la única que temblaba era yo.

—¿Quieres que me baje los pantalones para facilitarte el trabajo?

—¡¿Qué?! —Había escuchado bien, pero necesitaba salir del estado de shock.

La otra mano libre de él intentó aferrarse a la metalizada cremallera de los pantalones. En cualquier momento era capaz de bajarla y quedarse desnudo como en ocasiones anteriores. El problema era que ahora estábamos solos. Bueno, en mi habitación, ya que su novia seguía en el comedor.

Aquella chica era estúpida. ¿Quién dejaba que su novio se encerrara en una habitación con otra chica? Solo ella, alguien tan rubia como ella.

Un sonido ahogó uno de mis gritos.

—Estoy ayudándote, enana —estaba bajándose la cremallera—, solo ayudándote.

¡Maldición! Otra vez desnudo, no, otra vez no.

—Detente.

Él sacudió la cabeza.

—Tú eres quien quiere cortar. —Se relamió los labios. ¿Por qué diablos se lamía los labios y se acercaba hasta mi boca mientras se bajaba los pantalones con la otra mano?—. Cortar. Un corte rápido en algo tan grande.

¡¿Grande?!

Ni siquiera había cumplido la mayoría de edad para morir tan joven de un infarto.

—¿Preparada para verla de nuevo?

Estaba jugando, en el fondo lo sabía. No era capaz de desnudarse delante de mí, no cuando aguantaba unas tijeras que podrían acabar con su enorme miembro.

¡No! No era enorme.

Me mordí el labio ante mis pensamientos. Él invadía mi cabeza.

Maldito. Al infierno con Ethan.

—No eres capaz —provoqué.

Así que, sorprendido, volvió a arrimarse hasta mi oído.

—¿Estás segura?

Tragué saliva.

—Muy segura. No te tengo miedo, no eres capaz de arriesgarte a que te corte lo que tienes entre las piernas. Lo necesitas, ¿recuerdas?

Un punto para Freya.

—Me da igual perderla. ¿Y sabes por qué? —Apartó la mano de mi muñeca y tocó mi mejilla dulcemente como si en algún momento fuera a romperme—. Porque eso significaría que me tocarías con tu propia mano.

Quería gritar y no podía.

O llorar, lo mejor era llorar. Comportarme como una pequeña niña asustada en busca de los brazos de su padre, de los que la salvarían de imbéciles como Ethan. Pero mi padre no estaba, y la habitación, la pequeña habitación, estaba cerrada.

Y la estúpida novia de él mirando la televisión. Estaba convencida de que si esa chica escuchaba gemidos, no sería capaz de levantarse y mirar qué estaba sucediendo.

¡Un momento! ¿Gemidos?

—¡No! —grité sofocada.

—¿Qué te pasa? —se preocupó de repente.

Mi corazón latía muy fuerte, me estaba quedando sin aire. Lo que estaba claro es que prefería morir antes de que él me hiciera el boca a boca. Pensar en su lengua moviéndose sobre mis labios me asqueaba. ¿Y desde cuándo en un boca a boca había lengua?

Él estaba sacando el lado más pervertido de una chica de diecisiete años.

—No voy a tocarte —repetí—, solo a cortar como no te marches de mi casa.

—Tócame.

Mis labios se abrieron exageradamente.

—Eres un cerdo.

—Oing, oing —dijo gracioso—. Tócame.

—Vete.

Una vez más su mano quedó alrededor de la mía, apretando para acercarla hasta su entrepierna.

—Freya, pequeña e inocente Freya —casi tarareó una nueva canción con mi nombre—. ¿No podemos ser amigos?

—Tengo cientos de amigos chicos —en realidad solo en el instituto— y ninguno se desnuda.

—Ninguno está tan bueno como yo —se apuntó como el mejor y no lo era—. ¿Por qué eres tan fría conmigo? —susurró en mi oído—. Aunque en el fondo estás ardiendo. Mira tus ojos, cómo se cierran al oír mi voz.

Los abrí.

—Que te jodan, Ethan.

—De nuevo hablas de sexo. ¿Quieres sexo, Freya?

—¡Quiero que te marches!

¿Por qué era tan insistente?

Respiré todo el aire que él me permitía, necesitaba defenderme y atacarle incluso si se atrevía a hacer una barbaridad. Moví mis dedos para abrir las tijeras y, en ese momento, Ethan subió mi mano hasta sus labios, dejándola allí quieta, sintiendo su respiración entre mis dedos.

—¿Ibas a cortar de verdad, enana?

Asentí.

—No lo vas a hacer.

—Claro que sí —reí. Aparté la mano de su rostro, pero era demasiado tarde—. Suéltame.

—No. —En esa ocasión rio él—. ¿Crees que ibas a hacerme daño?

Solo necesitaba hacerle daño para apartar a un stripper de mi pequeña familia.

Entonces mi mundo se vino abajo cuando sacó la lengua y lamió el arma que debería de haberle hecho daño. La lamió como si se tratara de un caramelo sabroso. Y no solo chupó la cuchilla de las tijeras, también mis dedos.

—¡Asqueroso! —Eso solo le hizo reír.

—Míralas bien, Freya, son de plástico.

Miré las tijeras que tenía en la mano. Mierda, mierda y más mierda en el mundo. Tenía razón, eran las típicas tijeras que usaban los niños de cinco años.

Nunca le hubiera hecho daño.

—Esos son los pequeños detalles que tanto me gustan de ti. —Mi corazón latió con fuerza. Cuando intentó hablar de nuevo el sonido de su teléfono móvil lo calló—. Tengo que atender la llamada. Será un momento.

Giró sobre los talones dejándome sola.

En ese instante debí celebrarlo, pero no lo hice. ¿Por qué no salí corriendo?

Solo podía mirarlo a él, cómo hablaba por teléfono nervioso, moviéndose de un lado a otro y abriendo todos los cajones que se encontraba a su paso sin permiso.

Parecía que era su habitación en vez de la mía.

—Era del trabajo. Una despedida de solteras.

Me dio igual.

—¿Y a mí qué me cuentas?

—Cuida de Effie.

—No.

—Freya...

—¡No!

Y alcé más la voz cuando se entretuvo mirando mi ropa interior. Corrí sobre mis cómodas zapatillas y le golpeé en la palma de la mano cuando sostuvo entre sus dedos un pequeño sostén rosa.

Mis pechos eran pequeños comparados con los de su novia Barbie.

—¿Adónde vas? —pregunté cuando salió de la habitación.

Él solo se llevó las manos a ambos bolsillos de los pantalones. Buscó a su novia y se acercó a ella para darle un beso.

¿Por qué gruñí ante la imagen? Por mí podía dejarla sin respiración.

—Tengo que irme, cariño. Chad me ha llamado para que le ayude.

—Trabajas mucho, osito.

¿Osito? Menudos pastelosos estaban hechos. Era lo más cursi del mundo mundial.

Ni siquiera en Romeo y Julieta salían frases como aquellas.

—Lo sé. —Volvió a besarla—. Quédate con Freya, ella te acompañará esta tarde.

¡Odiaba a Ethan!

Era capaz de irse a trabajar y dejarme de niñera de su novia.

No, me negaba. Pero mis negaciones no servían de nada.

Él se acercó hasta mí y al tiempo que jugaba con mi cabello susurró:

—Solo serán unas horas, te lo recompensaré.

Luego lamió el lóbulo de mi oreja.

Yo le respondí con palabras.

—Le quemaré el pelo a tu novia, lo prometo.

Se carcajeó, le hacía gracia.

—Mientras pueda acostarme con ella, puedes hacerle lo que quieras.

Él fue quien habló de sexo.

Salió con una enorme sonrisa de oreja a oreja, dejándonos solas en el apartamento de mi padre.

Pero ¿que había hecho yo para tener tan mala suerte?

—¿Qué podemos hacer? —preguntó ella.

Era fácil. Destruir a Ethan y la única forma era que su novia lo dejara.

—Iremos a tomar algo —sonreí—, a un local llamado Poom’s.

El único sitio donde trabajaba Ethan, y desnudo.