Hoy. 1 de agosto, Back Woods
6.30 horas
Las cosas aparecen de la nada. Tienes la mente en blanco y, de pronto, en el encuadre, una pera. Perfecta, verde, el rabito torcido, una sola hoja. Está en un cuenco de gres blanco, rodeada de limas, en el centro de una mesa de pícnic descolorida, en un viejo porche cubierto, a la orilla de un estanque, en lo profundo del bosque, junto al mar. Cerca del cuenco hay un candelabro de latón cubierto de gotas de cera fría y del polvo incrustado que resulta de pasar el invierno en una estantería sin acristalar. Platos de pasta a medio comer, una servilleta de lino sin desdoblar, posos de vino tinto en una botella, una tabla de cortar el pan, artesana, sin lijar, con el pan arrancado en vez de cortado. Abierto en la mesa hay un libro de poesía mohoso. El poema A una alondra, volando hacia el azul, vuelve a sonar en mi mente, doloroso, emocionante, mientras contemplo el bodegón de la cena de anoche. «El mundo debería oír lo que oigo yo ahora». Qué bien lo leyó él. «Para Anna». Nos quedamos todos hechizados, recordándola. A mí me bastaba con mirarlo a él para sentir la eternidad y ser feliz. Podía escucharlo, cerrar los ojos y percibir su respiración y sus palabras bañándome, una y otra vez, y otra más. No quiero hacer otra cosa.
Al otro lado de la mesa, la luz se atenúa al pasar a través de las mosquiteras antes de intensificarse sobre los árboles veteados, el azul puro del estanque, las sombras negrísimas de los tupelos de la orilla, donde a esta hora tan temprana aún no llega el sol. Examino medio centímetro de café reconcentrado y rancio en una taza sucia y considero bebérmelo. El aire es tan frío. Tirito debajo del albornoz gastado color lavanda, de mi madre, que me pongo cada verano cuando volvemos al campamento. Huele a ella, y a una inactividad manchada de excrementos de ratón. Es mi momento preferido en el Bosque. El estanque a primera hora de la mañana, antes que los demás se despierten. La luz del sol límpida, cortante como pedernal, el agua vigorizante, los chotacabras por fin en silencio.
Delante del porche, en la estrecha pasarela de madera, la arena se ha acumulado entre los listones. Habría que barrerla. Hay una escoba apoyada contra la puerta mosquitera del porche, mellándola, pero la ignoro y bajo por el caminito que conduce a nuestra playa. A mi espalda gimen los goznes de la puerta.
Dejo caer el albornoz al suelo y me quedo desnuda junto al agua. Al otro lado del estanque, más allá de la línea de pinos y robles arbustivos, el océano está furioso, ruge. Debe de transportar en su vientre una tormenta procedente de algún punto. Pero aquí, a orillas del estanque, el aire está callado como la miel. Espero, miro, escucho… el piar, el zumbido de pequeños insectos, un viento que agita los árboles con demasiada suavidad. Luego me meto hasta las rodillas y me sumerjo de cabeza en el agua helada. Nado hacia lo más hondo, más allá de los nenúfares, impulsada por la euforia, la libertad y la descarga adrenalínica de un pánico sin nombre. Tengo un poco de miedo a que suban de pronto tortugas de las profundidades a morder mis grandes pechos. O quizá las atraiga el olor a sexo cada vez que abro y cierro las piernas. De pronto me abruma la necesidad de volver a la seguridad de donde no cubre, donde pueda ver el fondo arenoso. Me gustaría ser más valiente. Pero también me gusta el miedo, la respiración atrapada en la garganta, el corazón acelerado mientras salgo del agua.
Escurro todo lo que puedo mi larga melena, cojo una toalla raída de la cuerda de tender que ha puesto mi madre entre dos pinos ralos, me tumbo en la arena caliente. Una libélula azul eléctrico se posa en mi pezón y se queda allí un instante antes de proseguir vuelo. Una hormiga trepa por las dunas saharianas que mi cuerpo acaba de crear en su camino.
Anoche por fin me lo follé. Después de tantos años de imaginarlo, de no saber si seguía deseándome. Y entonces hubo un momento en que tuve la certeza de que iba a pasar: toda esa cantidad de vino, la hermosa voz de Jonas al recitar la oda, mi marido Peter tumbado en el sofá aturdido por la grappa, mis tres hijos dormidos en la cabaña. Mi madre ya lavando platos con sus guantes de goma amarillos, sin atender a sus invitados. Una mirada que se prolongó un instante más de la cuenta. Me levanté de la ruidosa mesa, me quité las bragas en la despensa y las escondí detrás de la panera. Luego salí a la noche por la puerta de atrás. Esperé en la oscuridad, atenta a los ruidos de platos, agua, cristal, cubiertos entrechocando en el agua espumosa. Esperé. Deseé. Y de pronto ahí estaba, empujándome contra la pared de la casa, buscando debajo de mi vestido. «Te quiero», susurró. Cuando me penetró ahogué un grito. Y pensé: ya no hay marcha atrás. Se acabó arrepentirme de lo que no he hecho. Ahora solo me voy a arrepentir de lo que he hecho. Lo quiero, me odio; me quiero, lo odio. Es el final de una larga historia.
1966. Diciembre, Nueva York
Estoy chillando. Chillo y jadeo hasta que, por fin, mi madre se da cuenta de que algo no va bien. Me lleva corriendo a la consulta del médico imaginando que es la señorita Clavel de los libros de Madeline subiendo Park Avenue, aterrorizada, abrazando con fuerza a su hija de tres meses. Mi padre también corre, con el maletín en la mano, por Madison Avenue desde el edificio Fred F. French. Balbucea mentalmente, asustado de su propia impotencia, en esto como en todo lo demás. El médico les dice que no hay tiempo que perder —si esperan, la niña morirá— y me arranca de brazos de mi madre. En la mesa de operaciones, me raja el vientre como si fuera una sandía madura. Un tumor ha reptado alrededor de mis intestinos y, detrás de ese puño de hierro, se ha acumulado una porquería tóxica que llena mi diminuto cuerpo de veneno. La mierda siempre se acumula, la clave es sobrevivir a ella, pero eso es algo que no aprenderé hasta mucho más adelante.
Mientras el médico trabaja dentro de mí, me corta un ovario sin darse cuenta, tanta es su prisa por extirpar la muerte de la vida. Eso es algo que tampoco sabré hasta muchos años después. Cuando me entero, mi madre llora por mí por segunda vez. «Lo siento muchísimo —dice—. Debería haberle obligado a tener más cuidado…», como si hubiera estado en sus manos cambiar mi destino pero hubiera elegido no hacerlo.
Más tarde, en una cuna de hospital, con los brazos atados a ambos lados del cuerpo, chillo, lloro, viva, roja de rabia ante semejante injusticia. No dejan que mi madre me dé el pecho. Se queda sin leche. Pasa casi una semana hasta que liberan mis manos de los grilletes. «Habías sido una niñita feliz», dice mi padre. «A partir de ese momento —dice mi madre— ya no dejaste de chillar».
7.30 horas
Me pongo boca abajo, apoyo la cabeza en los antebrazos. Me encanta ese olor entre dulce y salado de mi piel después de tomar el sol, un olor a almendras tostadas, almizclado, como si me estuvieran ahumando. Desde el sendero que va de la casa principal a las cabañas de los dormitorios me llega el ruido de un portazo amortiguado. Alguien se ha levantado. Hojas secas que crujen bajo pisadas. Se abre la ducha al aire libre. Cañerías que reciben el nuevo día con un gemido. Suspiro, cojo el albornoz de la playa y vuelvo a la casa.
Nuestro campamento tiene un edificio principal, la «Casa Grande», y cuatro cabañas para dormir repartidas a lo largo de un sendero alfombrado de agujas de pino que abraza la ribera del estanque. Pequeñas cabañas de listones, todas con tejado a dos aguas para que no se acumule la nieve, un tragaluz, ventanales alargados a los dos lados. Clásicas, rústicas, sin florituras. Justo como debería ser una cabaña de Nueva Inglaterra. Entre el sendero y el estanque hay una delgada pantalla de árboles —clethras en flor, rododendros y arándanos silvestres— que nos protege de las miradas curiosas de los pescadores y de los nadadores demasiado entusiastas que consiguen llegar hasta nuestra orilla desde la pequeña zona de baño pública de la orilla contraria. No se les permite pisar nuestra propiedad, pero en ocasiones vadean hasta un metro y medio de distancia de la pantalla de árboles, sin darse cuenta de que están invadiendo nuestras vidas.
Por otro camino distinto, detrás de las cabañas, está la vieja caseta de baño. Pintura descascarillada, un lavabo de esmalte oxidado salpicado de manchas beis de polillas muertas atraídas por la luz del techo durante la noche; una bañera de patas que lleva allí desde que mi abuelo construyó el campamento; una ducha al aire libre, con las tuberías de agua fría y caliente sujetas a un tupelo y el agua que va a parar directamente al suelo y discurre como un arroyo por el sendero arenoso.
La Casa Grande es una sola habitación —cuarto de estar y cocina con una despensa aparte—, hecha de hormigón y tela asfáltica. Suelos de madera, gruesas vigas, una enorme chimenea de piedra. Los días de lluvia cerramos puertas y ventanas y nos sentamos a oír el fuego chisporrotear, nos obligamos a jugar al Monopoly. Pero donde de verdad hacemos vida, donde leemos, comemos y discutimos y envejecemos juntos es en el porche cubierto, tan amplio como la casa, que da al estanque. Nuestro campamento no está acondicionado para el invierno. No tendría sentido. Para finales de septiembre, cuando el clima se vuelve frío y las casas de veraneo están ya cerradas, el Bosque es un lugar solitario; hermoso todavía en la luz más severa, pero solemne y sepulcral. Nadie quiere estar allí una vez empiezan a caer las hojas. Sin embargo, cuando estalla de nuevo el verano y los bosques están frondosos, y las garzas vuelven para anidar y vadean las aguas brillantes del estanque, no hay en el mundo otro lugar igual.
En cuanto pongo un pie en el porche me asalta un anhelo, una descarga caprichosa en el plexo solar que es como la nostalgia del hogar. Sé que debería limpiar la mesa antes de que lleguen los demás para desayunar, pero quiero memorizar su aspecto, revivir la noche de ayer miga a miga, plato a plato, grabarla con un baño de ácido en mi cerebro. Paso los dedos por una mancha morada de vino en el mantel de lino blanco, me llevo la copa de Jonas a los labios y busco su sabor en ella. Cierro los ojos y recuerdo la leve presión de su muslo contra el mío debajo de la mesa. Antes de estar segura de que me deseaba. Cuando yo me preguntaba, sin respiración, si su gesto era accidental o intencionado.
En la habitación principal todo está exactamente igual que ha estado siempre: sartenes colgadas de la pared sobre el fogón, espátulas en ganchos para tazas, un tarro lleno de cucharas de madera, una lista borrosa de números de teléfono clavada con una chincheta a una estantería, dos sillas de director de cine delante de la chimenea. Todo está igual y, sin embargo, cuando cruzo la cocina en dirección a la despensa, tengo la sensación de caminar por una habitación distinta, más nítida, como si el aire mismo acabara de despertar de un sueño profundo. Salgo por la puerta de la despensa, inspecciono la pared de hormigón. No se nota nada. No hay huellas, no hay pruebas. Pero fue ahí, estuvimos ahí, incrustándonos el uno al otro para siempre. Restregándonos, silenciosos, desesperados. De pronto me acuerdo de mis bragas escondidas detrás de la panera y me las estoy poniendo debajo del albornoz cuando aparece mi madre.
—Qué madrugadora, Elle. ¿Hay café?
Una acusación.
—Iba a hacerlo ahora.
—Que no sea demasiado fuerte. No me gusta el expreso ese que preparas. Sí, ya sé. Ya sé que a ti te parece mejor —dice con una voz artificial, burlona, que me saca de quicio.
—Muy bien.
Esta mañana no tengo ganas de discutir.
Mi madre se instala en el sofá del porche. No es más que un colchón duro de crin de caballo cubierto con una vieja tela gris, pero es el rincón más codiciado de la casa. Desde él se puede mirar el estanque, tomar café, leer un libro recostado en cojines del año de la polca con fundas de algodón moteadas de óxido. ¿Quién habría imaginado que incluso la tela se oxida con el tiempo?
Muy propio de mi madre agenciarse el mejor sitio.
Lleva el pelo, rubio rojizo, ahora veteado de gris, recogido en un moño distraído y mal hecho. Su viejo camisón de guinga está deshilachado. Y aun así se las arregla para parecer imponente, como el mascarón de proa de una goleta de la Nueva Inglaterra del siglo XVIII, hermosa y serena, ornada de laureles y perlas, marcando el rumbo.
—Voy a tomarme un café y luego recojo la mesa —digo.
—Si tú recoges la mesa, yo friego el resto de los platos —responde—. Mmm. Gracias —cuando le doy una taza de café—. ¿Qué tal estaba el agua?
—Perfecta. Fría.
La lección más valiosa que me ha dado nunca mi madre: hay dos cosas en la vida de las que una nunca se arrepiente: tener un hijo e ir a nadar. Incluso en los días más fríos de principios de junio, mientras miro hacia el salobre Atlántico, odiando a las focas que sacan del agua sus cabezas feas y deformes y atraen a los tiburones blancos hasta aquí, oigo su voz en mi cabeza, apremiándome a zambullirme.
—Espero que hayas tendido la toalla en la cuerda. No quiero encontrarme con otro montón de toallas mojadas hoy. Díselo a los niños.
—Está tendida.
—Porque si tú no quieres pegarles un grito, lo haré yo.
—Yo me ocupo.
—Y tienen que barrer la cabaña. Está hecha un desastre. Y no lo hagas tú, Elle. Esos niños están totalmente malcriados. Ya son lo bastante mayores para…
Con una bolsa de basura en una mano y la taza de café en la otra, salgo por la puerta de atrás y dejo que la letanía de mi madre se disipe en el viento.
Su peor consejo: «Tú, a lo Botticelli». Sé igual que Venus saliendo de la concha, los labios cerrados con modestia, recatada incluso en su desnudez. Eso me aconsejó mi madre cuando me fui a vivir con Peter. El mensaje llegó en una postal desvaída que había comprado años atrás en la tienda de regalos de los Uffizi. «Querida Eleanor, me gusta mucho tu Peter. Por favor, haz un esfuerzo por no ser tan difícil todo el tiempo. Mantén la boca cerrada y pon cara de misteriosa. A lo Botticelli. Con cariño de mamá».
Tiro la basura en el cubo, le pongo la tapa y ajusto bien la cuerda elástica que lo protege de los mapaches. Son criaturas inteligentes, con esos dedos largos y ágiles. Ositos humanoides más listos y más desagradables de lo que parecen. Llevamos años en guerra con ellos.
—¿Te has acordado de ajustar la cuerda, Elle? —dice mi madre.
—Pues claro.
Sonrío con recato y empiezo a recoger platos.
1969. Nueva York
Pronto aparecerá mi padre. Estoy escondida, acurrucada detrás del mueble bar a medida que separa nuestro cuarto de estar del vestíbulo de entrada. El mueble está dividido en cuadrados. En uno están los licores, en el otro el fonógrafo, en otro la colección de discos de mi padre, unos pocos libros de arte de gran tamaño, copas de martini, una coctelera plateada. La sección de las botellas de licor está abierta por los lados, como una ventana. Miro por entre las botellas, hipnotizada por la neblina de topacio: el whisky, el bourbon, el ron. Tengo tres años. A mi lado están los preciados elepés y singles de mi padre. Paso el dedo por los lomos, me gusta el ruido que hago, aspiro el olor a cartulina gastada, estoy atenta al timbre de la puerta. Por fin llega mi padre y no tengo paciencia suficiente para seguir escondida. Salgo disparada por el pasillo, me lanzo a su abrazo de oso.
El divorcio no está firmado, pero casi. Para eso tendrán que cruzar la frontera hasta Juárez. El final llegará mientras mi hermana mayor Anna y yo esperamos pacientemente, sentadas al borde de una fuente octogonal de azulejo mexicano en el vestíbulo de un hotel, fascinadas por las carpas doradas que nadan alrededor de una isla de frondosas plantas tropicales con hojas oscuras que hay en el centro. Muchos años después, mi madre me cuenta que aquella mañana llamó a mi padre con los papeles del divorcio en la mano y dijo: «He cambiado de opinión. No lo hagamos». Y mi padre, aunque el divorcio había sido enteramente idea de ella y a pesar de que tenía el corazón roto, dijo: «No, ya que estamos, terminémoslo, Wallace». «Ya que estamos»: tres palabras que lo cambiaron todo. Pero en aquel momento, mientras daba de comer a los peces migas de mi madalena y golpeaba con los talones los azulejos mexicanos, no tenía ni idea de que la espada sobre mi cabeza pendía solo de un hilo. De que las cosas podrían haber sido de otra manera.
No obstante, todavía no hemos llegado a México. De momento mi padre simula estar alegre y sigue enamorado de mi madre.
—¡Eleanor! —Me coge en brazos—. ¿Cómo está mi ratita?
Me río y me aferro a él con algo cercano a la desesperación y mis tirabuzones rubios lo ciegan cuando pego mi cara a la suya.
—¡Papá! —Anna llega embistiendo igual que un toro, enfadada porque yo he llegado primero, y me aparta de los brazos de mi padre de un empujón.
Tiene dos años más que yo y por tanto más derecho. Mi padre no parece darse cuenta. Solo le importa su necesidad de ser amado. Me abro de nuevo camino hasta él a base de codazos.
Mi madre grita desde algún rincón de nuestro cetrino apartamento de antes de la guerra.
—Henry, ¿quieres una copa? Estoy haciendo chuletas de cerdo.
—Sí, por favor —grita mi padre a modo de respuesta, como si nada entre los dos hubiera cambiado.
Pero sus ojos son tristes.
8.15 horas
—Un éxito lo de anoche, ¿no? —dice mi madre desde detrás de una gastada novela de Dumas.
—Desde luego.
—Jonas tenía buen aspecto.
Mis manos se tensan alrededor del montón de platos que sostengo.
—Jonas siempre tiene buen aspecto, mamá.
Pelo negro tupido que se puede coger a puñados, ojos verde pálido, piel bruñida por la savia y los pinos, una criatura silvestre, el hombre más hermoso de la tierra.
Mi madre bosteza. Es lo que la delata. Siempre bosteza antes de decir algo desagradable.
—No está mal. A la que no soporto es a su madre. Es una santurrona.
—Es verdad.
—Como si fuera la única mujer en el mundo que recicla. ¡Y Gina! Después de tantos años sigo sin entender en qué estaba pensando Jonas cuando se casó con ella.
—¿En que es joven? ¿Guapísima? ¿En que los dos son artistas?
—Querrás decir que era joven —dice mi madre—. Y esa manía que tiene de presumir de escote. Siempre pavoneándose como si fuera el no va más. Salta a la vista que nadie le ha enseñado las virtudes de la modestia.
—Sí que es raro —respondo de camino a la cocina a dejar los platos—. Autoestima. Debió de tener unos padres que la apoyaban.
—Bueno, pues a mí me resulta muy poco atractivo —replica mamá—. ¿Hay zumo de naranja?
Cojo un vaso limpio del escurreplatos, voy a la nevera.
—De hecho —continúo desde la cocina—, esa es probablemente la razón de que Jonas se enamorara de ella. Debió de resultarle de lo más exótica después de esas mujeres neuróticas con las que creció. Como encontrarte un pavo real en pleno bosque.
—Es de Delaware —dice mi madre, como si eso zanjara el asunto—. Nadie es de Delaware.
—Exacto —contesto mientras le ofrezco un vaso de zumo—. Es exótica.
Pero lo cierto es que nunca he sido capaz de mirar a Gina sin pensar: «¿A esa ha elegido? ¿Eso es lo que quería?». Evoco a Gina: ese cuerpo menudo, perfecto y afilado como un aguijón; raíces estudiadamente negras en una melena rubia oxigenada. Todo apunta a que el lavado a la piedra vuelve a estar de moda.
Mi madre bosteza otra vez.
—Bueno, me reconocerás que no es ninguna lumbreras.
—¿Hubo alguien en la cena que te cayera bien?
—Solo estoy siendo sincera.
—Pues no hace falta. Gina es familia mía.
—Solo porque no te queda otro remedio. Está casada con tu mejor amigo. Habéis sido como agua y aceite desde el primer día.
—Eso no es así en absoluto. Siempre me ha caído bien Gina. Puede que no tengamos muchas cosas en común, pero la respeto. Y Jonas la quiere.
—Lo que tú digas —contesta mi madre con una sonrisita de superioridad.
—Ay, Dios mío.
Es posible que tenga que matarla.
—¿No le tiraste una vez una copa de vino tinto a la cara?
—No, mamá. No le tiré una copa de vino a la cara. Tropecé en una fiesta y la salpiqué con mi copa de vino.
—Jonas y tú estuvisteis hablando toda la noche. ¿De qué hablabais?
—Pues no sé. De cosas.
—Estaba loco por ti cuando erais jóvenes. Creo que le rompiste el corazón cuando te casaste con Peter.
—No digas ridiculeces. Era prácticamente un niño.
—Creo que se trató de algo más que eso. Pobre criatura.
Esto lo dice distraídamente, mientras vuelve a su libro. Es una suerte que no me esté mirando porque, en este momento, sé que mi cara lo expresa todo.
Fuera, el agua del estanque está completamente inmóvil. Un pez salta y deja un rastro de círculos concéntricos. Los miro disiparse poco a poco hasta que el agua los reabsorbe, como si no hubiera pasado nada.
8.45 horas
Cuando la mesa está limpia y los platos apilados junto al fregadero, espero a que mi madre decida que es el momento de levantarse e irse a nadar como cada mañana… y me deje sola diez minutos. Necesito ordenar mis ideas. Necesito aclararme. Peter se despertará enseguida. Los niños se despertarán. Estoy ávida de tiempo para mí. Pero mi madre me tiende la taza de café.
—Anda, sé un ángel y sírveme media tacita más.
Se le ha subido el camisón y desde donde estoy le veo todo. Mi madre opina que dormir con bragas es malo para la salud. «Hay que ventilar eso por la noche», nos decía cuando éramos pequeñas. Por supuesto, ni Anna ni yo le hacíamos caso. La idea misma nos parecía vergonzosa, sucia. Solo pensar que nuestra madre tuviera vagina nos repelía, y peor aún era pensar que dormía con ella al aire.
—Debería dejarla —dice mi madre.
—¿A quién?
—A Gina. Es aburridísima. Casi me quedo dormida en la mesa oyéndola parlotear. Que «hace» arte. ¿No me digas? Como si nos importara. —Bosteza, antes de añadir—: Todavía no han tenido hijos. Así que ni siquiera es un matrimonio de verdad. A Jonas más le valdría escapar mientras pueda.
—Eso es una tontería. Claro que están casados —salto yo, pero mientras hablo estoy pensando: «¿Me estará leyendo la mente?».
—No sé por qué te pones tan a la defensiva, Elle. Ni que fuera tu marido.
—Es que me parece una estupidez lo que dices. —Abro la nevera y la cierro de golpe, me echo con furia leche en el café—. ¿Así que si no hay hijos no es un matrimonio? ¿Cómo puedes decir una cosa así?
—Tengo derecho a opinar —contesta con esa voz tranquila diseñada para ponerme nerviosa.
—Hay muchos matrimonios que no tienen hijos.
—Ajá.
—Por Dios. A tu cuñada le hicieron una doble mastectomía. ¿Quiere eso decir que no es mujer?
Mi madre me mira inexpresiva.
—Hay que ver cómo te pones. —Se levanta del sofá—. Me voy a nadar. Tú deberías volver a la cama y empezar el día otra vez.
Tengo ganas de abofetearla, pero lo que hago es decir:
—Querían tener hijos.
—Dios sabrá por qué.
Deja que la puerta mosquitera se cierre de golpe al salir.
1970. Octubre, Nueva York
Mi madre nos ha mandado al apartamento de su amante, enfrente del nuestro, a jugar con sus hijos mientras su mujer nos cuida. Están intentando decidir si él debe o no dejar a su mujer. Yo soy algo mayor ya, no lo bastante para entender nada de lo que ocurre, pero sí para que me parezca raro mirar por el patio que separa nuestro apartamento y el del señor Dancy y verlo abrazar a mi madre.
En la cocina estrecha y alargada, el hijo de dos años del señor Dancy está sentado en su trona jugando con táperes. La señora Dancy tiene la vista fija en una cucaracha preñada que se ha tumbado patas arriba en el umbral de la puerta que separa la cocina del comedor. Cucarachas diminutas salen de ella y desaparecen enseguida por las grietas del suelo de parqué. Anna sale de un dormitorio del fondo con Blythe, la hija de los Dancy. Anna está llorando. Blythe le ha cortado todo el flequillo con unas tijeras de manualidades. La frente de Anna está ahora enmarcada por una media luna irregular de pelo castaño oscuro muy corto. La sonrisa petulante, triunfal de Blythe me trae a la cabeza sándwiches de mayonesa. Su madre no parece enterarse de nada. Sigue con la vista fija en la explosión del insecto, por la mejilla le rueda una lágrima.
8.50 horas
Me siento en el sofá, acomodándome en el hueco caliente que ha dejado mi madre al levantarse. En la playita de la orilla contraria del estanque ya empieza a haber gente. Suelen ser veraneantes que vienen de alquiler, turistas que se han adentrado en el bosque y han descubierto este rincón idílico. «Intrusos», pienso, irritada.
Cuando éramos jóvenes, todos los de Back Woods nos conocíamos. Las fiestas eran cada día en una casa: mujeres descalzas con muumuus hawaianos, hombres apuestos con pantalones de algodón blancos con los bajos enrollados, gin-tonics, galletas saladas baratas, cheddar marca Kraft, enjambres de mosquitos y Cutter (por fin un insecticida que funcionaba). Las carreteras de arena que atravesaban el bosque estaban moteadas con la luz del sol que se filtraba por entre los pinos y las tsugas. Cuando íbamos andando a la playa levantábamos polvo rojo de arcilla cargado del olor del verano: seco, tostado, persistente, dulce. En medio de la carretera crecían el barrón y la hiedra venenosa. Pero sabíamos lo que teníamos que evitar. Cuando pasaban coches, aminoraban la marcha, nos ofrecían llevarnos en los estribos o sentados en el capó. A nadie se le ocurrió nunca que pudiéramos caernos, terminar debajo de las ruedas. A nadie le preocupaba que sus hijos murieran succionados por las fuertes corrientes del océano. Corríamos libres, nos bañábamos en los estanques glaciares de agua dulce que salpicaban el Bosque. Los llamábamos estanques, pero en realidad eran lagos, algunos profundos y anchos, otros someros y límpidos, viejas reliquias de la Edad del Hielo, cuando los glaciares se retiraron y dejaron inmensos bloques de hielo lo bastante pesados para, al derretirse, hollar la corteza terrestre en forma de profundas cuencas talladas en el paisaje, marmitas llenas de agua purísima. En nuestro bosque había nueve estanques. Nadábamos en todos, cruzábamos a propiedades vecinas para llegar hasta pequeñas calas de arena, trepábamos por troncos de árboles caídos para tirarnos al agua. Bomba va. Nadie nos vigilaba. Todo el mundo respetaba las servidumbres de paso: pequeños senderos umbríos que conducían a las verjas traseras de viejas casas de Cape Cod, construidas cuando se trazaron los primeros caminos de tierra, erguidas en calveros serenos preservados por la nieve, la brisa marina y los veranos calurosos. Y berros arrancados de un arroyo, el arroyo de otro, los berros de otro.
En el lado de la bahía, el cabo era bucólico, más civilizado. Arbustos de arándano, ciruelos y rododendros se extendían por las colinas bajas. Pero aquí, en el lado del océano, era salvaje. Olas que rompían con violencia y dunas tan grandes que podías bajar corriendo desde una gran altura y ver el suelo acercarse velozmente hacia ti antes de aterrizar de bruces en la arena caliente. Por entonces, ninguno de los amigos de mi madre se quejaba, como hacen ahora, acusando a los niños de erosionar las dunas solo por jugar en ellas, como si sus pequeñas pisadas pudieran competir con las duras tormentas de invierno que engullen la tierra a ávidos mordiscos.
Por la noche, sentados alrededor de una fogata, adultos y niños comían hamburguesas crujientes por la arena, cubiertas de kétchup y pepinillos, servidas en mesas de madera de deriva. Nuestros padres bebían ginebra en tarros de mermelada y desaparecían en la oscuridad que había más allá del resplandor del fuego para besar a sus amantes entre el barrón.
Con el tiempo empezaron a cerrarse las puertas. Aparecieron letreros de PROPIEDAD PRIVADA. Los hijos de los primeros pobladores —los artistas, arquitectos e intelectuales que habían colonizado el lugar— empezaron a pelearse por pasar tiempo en Cape Cod. Surgieron disputas por exceso de ruido en los estanques, por quién tenía más derecho a amar este paraje. Los perros empezaron a dormir en casetas. Hoy, incluso las playas están invadidas por letreros de NO PASAR: hay amplias áreas acordonadas para proteger a las aves que anidan. Los frailecillos silbadores son las únicas criaturas con libertad de circulación. Pero sigue siendo mi bosque, mi estanque. El lugar al que llevo viniendo cincuenta años, todos los veranos de mi vida. El lugar en el que Jonas y yo nos conocimos.
Desde el sofá del porche veo a mi madre nadar el kilómetro y medio que mide el estanque. Los movimientos uniformes, los brazos que cortan el agua con una perfección casi mecánica. Mi madre nunca levanta la vista mientras nada. Es como si tuviera un sexto sentido que le dice a dónde va, igual que una ballena migratoria siguiendo una ruta ancestral. Me pregunto ahora, como tantas veces antes, si su sonar percibirá algo más que cantos de ballena. «Debería dejarla», ha dicho. ¿Es eso lo que quiero? Gina y Jonas son nuestros más viejos amigos. Hemos pasado casi todos los veranos de nuestra vida adulta con ellos: hemos abierto ostras para bebérnoslas vivas directamente de la concha; hemos mirado la luna llena subir desde el mar mientras oíamos a Gina quejarse de que la luna le agravaba el dolor menstrual; hemos rezado por que los pescadores del lugar se decidieran a sacrificar las focas del puerto; hemos quemado pavos de Acción de Gracias; hemos discutido sobre Woody Allen. Joder, pero si Gina es madrina de mi hija Maddy. ¿Y si Jonas dejara a Gina? ¿Podría yo traicionarla así? Pero ya lo he hecho. Anoche me follé a su marido. Y solo de pensarlo me dan ganas de repetir. Un temblor mercúrico me recorre de la cabeza a los pies.
—Hola, esposa mía. —Peter me besa en la nuca.
—Hola, tú. —Me sobresalto. Intento aparentar normalidad.
—Te encuentro muy pensativa —dice.
—Hay café.
—Estupendo. —Busca en el bolsillo de su camisa y saca sus cigarrillos. Enciende uno. Se sienta en el sofá a mi lado. Me encanta cómo asoman sus largas piernas por debajo del gastado bañador hawaiano. Juveniles—. No me puedo creer que me dejaras durmiendo en el sofá anoche.
—Estabas agotado.
—Debió de ser el jet lag.
—No sabes cómo te entiendo —le digo poniendo los ojos en blanco—. A mí esa hora de diferencia entre Memphis y aquí me mata.
—Pues es verdad. Esta mañana no podía ni levantarme. El reloj decía que eran las nueve, pero te juro que me sentía como si fueran las ocho.
—Qué raro.
—Bebí demasiado.
—Eso es un eufemismo.
—¿Hice alguna tontería?
—¿Aparte de negarte a leer el poema de Shelley para Anna y ponerte a discutir sobre cuáqueros?
—Bueno, todo el mundo coincide en que básicamente son unos fascistas —dice—. Personas de lo más violentas.
—Mira que eres tonto. —Le beso la mejilla adorable, rasposa—. Tienes que afeitarte.
Se ajusta las gafas en la nariz, se pasa una mano por el pelo rubio rizado, ahora encanecido en las sienes, en un intento por peinarlo un poco. Mi marido es un hombre guapo. No hermoso, sino atractivo a la manera de las estrellas de las películas antiguas. Alto. Elegante. Británico. Un periodista respetado. De esos hombres que están sexis con traje. Un Atticus Finch. Paciente, pero temible cuando se enfada. Sabe guardar un secreto. No se le escapa una. Ahora mismo me mira como si se notara que huelo a sexo.
—¿Dónde están los chicos?
Peter coge una de las conchas de gran tamaño alineadas en el antepecho de la ventana de mosquitera, le da la vuelta y apaga el cigarrillo en el hueco.
—Los he dejado dormir. Mi madre odia que hagas eso.
Le quito la concha, la llevo a la cocina, tiro la colilla a la basura y la enjuago. Mi madre casi ha llegado a la orilla opuesta.
—Dios, qué bien nada esa mujer —dice Peter.
La única persona que he visto ganar a mi madre en una carrera de natación es Anna. Anna no cruzaba el estanque a nado. Lo cruzaba volando. Nos dejaba a todos atrás. Sigo con la mirada un águila pescadora que surca el cielo seguida de un pajarillo negro. El viento agita los nenúfares en la superficie del estanque. Suspiran, exhalan.
9.15 horas
Peter está en la cocina haciendo huevos revueltos. Huelo la cebolla frita desde el porche. En la encimera tiene lonchas de beicon, ahumado con madera de manzano, escurriendo en un trozo de papel de cocina. Nada como unos huevos con beicon para la resaca. De hecho, nada mejor que el beicon en general. Manjar de dioses. Igual que la rúcula, el aceite de oliva virgen y las berenjenas encurtidas marca Patak’s. Los alimentos que me llevaría a una isla desierta. Eso y pasta. He fantaseado a menudo con sobrevivir sola en una isla desierta. Sobre cómo me alimentaría de peces, construiría una casa en un árbol en un promontorio a salvo de los animales salvajes; me pondría muy en forma. En mi fantasía siempre hay una colección de las Obras completas de Shakespeare que ha aparecido no se sabe cómo en la playa y, al no tener otra manera de pasar el tiempo, me leo (con interés) hasta la última línea. Las circunstancias me obligan, por fin, a ser la mejor versión de mí misma, ese supuesto yo potencial. Mis otras fantasías eran la cárcel o el ejército, un lugar en el que no tuviera elección, donde cada segundo de mis días estuviera reglado, donde el fracaso no fuera una opción. Autodidactismo, cien flexiones y pequeñas porciones de galletas secas con agua fresca; esos eran mis sueños de infancia. Jonas no apareció en ellos hasta más tarde.
Entro en la cocina y cojo un trozo de beicon. Peter me aparta la mano de un cachete.
—No se toca.
Echa queso rallado en los huevos, muele pimienta.
—¿Por qué usas la sartén honda? —Odio cómo cocinan los huevos los británicos. Si es que está clarísimo: una sartén antiadherente y mantequilla en cantidad. Este método absurdo, caldoso, de cocinar a fuego lento me deja una sartén imposible de limpiar. Me tocará tenerla dos días en remojo—. Grrr. —gruño, pinchándole con una espátula.
Peter tiene la camisa llena de salpicaduras de aceite.
—Que te den, preciosa. Los huevos los estoy haciendo yo. —Va hasta la panera y coge una rebanada de pan—. Tuesta esto, por favor.
Noto que me pongo colorada, el ataque repentino de calor al pensar en mis bragas arrugadas detrás de la panera, un gurruño de encaje negro, la desnudez debajo de la falda, la forma en que su dedo trazó una línea ascendente en mi muslo.
—¿Hola? Tierra llamando a Elle.
En la tostadora de mi madre caben dos rebanadas a la vez. Quema el pan por un lado y por el otro lo deja crudo. Pongo el horno en grill y empiezo a repartir pan sobre un papel de hacer galletas. Cojo una barra de mantequilla sin saber muy bien si ponérsela antes o después.
—¿Cuánto falta?
—Ocho minutos —dice Peter—. Como mucho doce. Ve a levantar a los chicos.
—Deberíamos esperar a mamá.
—Los huevos se quedarán secos.
Miro hacia el estanque.
—Ya solo le falta la mitad del camino de vuelta.
—Que no se hubiera ido.
—Vale. Cuando se enfade hablas tú con ella.
Cuando algo ofende a mi madre, se asegura de que todos los que están cerca sufren también. Pero a Peter sus numeritos se la pelan. Se limita a reírse de ella, le dice que deje de portarse como una tarada y, por algún motivo, mi madre se lo tolera.
1952. Nueva York
Mi madre tenía ocho años cuando su madre, Nanette Saltonstall, se casó por segunda vez. Nanette era una dama de la alta sociedad neoyorquina, egoísta y bella, famosa por sus labios carnosos y crueles. De niña, mi abuela Nanette había sido rica, su padre banquero la había mimado. Pero el crac del 29 lo trastocó todo. Su familia cambió una mansión de la Quinta Avenida por un oscuro apartamento largo y estrecho en Yorkville, donde el único lujo que mi bisabuelo George Saltonstall seguía permitiéndose era un martini de vodka mezclado con una cucharilla larga de plata de ley en una coctelera de cristal a las seis de la tarde. La belleza de la hija mayor era la única moneda de cambio que les quedaba: Nanette se casaría con un hombre rico y salvaría a la familia. Ese era el plan. Pero lo que hizo mi abuela fue irse a París y enamorarse de mi abuelo, Amory Cushing, bostoniano de rancio abolengo pero también escultor pobre. Su única fortuna era una vieja casona en Cape Cod a orillas de un recóndito lago glaciar en los bosques de Massachusetts. Tanto la casa como el lago los había heredado de un tío lejano.
El abuelo Amory construyó nuestro campamento durante el breve periodo en que mi abuela y él estuvieron enamorados. Eligió un tramo largo y estrecho de costa, oculto de su casa por una curva pronunciada del terreno. Su idea era alquilar las cabañas en verano y sacar así un dinero extra para sustentar a su joven y glamurosa mujer y a sus dos hijos pequeños. Por fuera, las cabañas eran construcciones sólidas en estilo colonial de Nueva Inglaterra, con tejado a dos aguas, hechas para resistir innumerables duros inviernos, tormentas y generaciones de ruidosas familias. Pero mi abuelo andaba corto de fondos, de manera que para las paredes y los techos interiores usó cartón prensado, barato y práctico, y le puso al campamento el apodo de «El Palacio de Papel». Con lo que no contó fue con que mi abuela le abandonaría antes de que le diera tiempo a terminar de construirlo. Tampoco con que el cartón prensado es un manjar para los ratones, que roían agujeros en las paredes cada invierno y daban de comer el cartón regurgitado, como si fuera muesli, a las crías minúsculas que parían dentro de cajones de escritorio. Cada verano la persona que abre el campamento tiene que vaciar nidos de ratón en el bosque. Lo cierto es que no se puede culpar a los pobres animales; los inviernos en el cabo son duros, como tuvieron ocasión de comprobar los Padres Peregrinos. Pero el pis de ratón tiene un hedor caliente y siempre he odiado sus aterrorizados chillidos de consternación al caer de los cajones de madera a los matorrales.
Después de divorciarse de mi abuelo, mi abuela Nanette estuvo unos meses viajando por Europa, tomando el sol en topless en Cadaqués, bebiendo jerez frío con hombres casados, mientras mi madre y su hermano pequeño, Austin, esperaban en vestíbulos de hoteles. Cuando se quedó sin dinero, Nanette decidió que era hora de volver a casa y hacer lo que sus padres siempre habían querido que hiciera. De manera que se casó con un banquero, Jim. Era un tipo que parecía cumplir los requisitos. Había estudiado en Andover y Princeton. Le compró a Nanette un apartamento con vistas a Central Park y un gato siamés de pelo largo. Mamá y Austin se matricularon en un elegante colegio privado de Manhattan donde los alumnos de primer curso tenían que llevar chaqueta y corbata y mamá aprendió a hablar francés y hacer tarta Alaska.
La semana antes de cumplir nueve años, mi madre hizo su primera mamada. Primero miró mientras el pequeño Austin, de seis años, con manos diminutas y temblorosas, sujetaba el pene de su padrastro hasta que se puso duro. Jim les dijo que aquello era de lo más natural, y ¿no querían hacerle feliz? La peor parte, dijo mi madre cuando se decidió a contarme la historia, fue la eyaculación blanca y pegajosa. Es posible que el resto lo hubiera soportado. Eso y que odiaba el tacto caliente del pene, el ligero olor a orina. Jim los amenazó con usar la violencia si se lo contaban a su madre. Aun así se lo contaron, pero ella los acusó de mentir. Nanette no tenía adonde ir, no tenía dinero propio. Cuando encontró a su marido follándose a la niñera en el cuarto de servicio le dijo que no fuera ordinario y cerró la puerta.
Un sábado Nanette volvió a casa temprano de una comida en el club. Su amiga Maude tenía jaqueca y a mi abuela no le apetecía ir sola a ver la colección Frick. El apartamento estaba vacío a excepción del gato, que se le enroscó en los tobillos nada más entrar por la puerta y arqueó el lomo con gesto seductor. Mi abuela dejó su abrigo de piel en el banco de la entrada, se quitó los tacones y fue por el pasillo hasta su dormitorio. Jim estaba sentado en una butaca de respaldo alto con los pantalones bajados hasta los tobillos. Mi madre estaba arrodillada delante de él. Mi abuela fue hasta ellos y le dio un bofetón a su hija.
Esto me lo contó mi madre cuando yo tenía diecisiete años. Yo estaba furiosa porque le había dado dinero a Anna para que se comprara un brillo de labios nuevo en Gimbels mientras yo me quedaba en casa haciendo tareas. «Por el amor de Dios, Elle —dijo mientras yo fregaba platos en la cocina, hecha una furia—. Tienes que lavar un plato… te quedas sin brillo de labios… A mí me tocaba hacer mamadas a mi padrastro mientras Austin solo tenía que masturbarlo. ¿Qué quieres que te diga? La vida es injusta».
9.20 horas
Lo extraño es, pienso ahora mientras recorro el sendero en dirección a la cabaña de los niños, que mi madre perdió el respeto por las mujeres, pero no por los hombres. La perversión de su padrastro era una realidad cruel, pero lo que despertó su hostilidad fue la traición pusilánime de su madre. En el mundo de mi madre, los hombres son quienes merecen respeto. Ella cree en el techo de cristal. Peter es incapaz de hacer nada mal. «Si quieres hacer feliz a Peter cuando vuelve a casa del trabajo —me aconsejó hace años—, coge una blusa limpia, ponte el diafragma y sonríe».
A lo Botticelli.
1971. Abril, Nueva York
El señor Dancy tiene la mirada fija en una pequeña bañera cuadrada del cuarto de baño de servicio que hay junto a la cocina sin luz natural de nuestro apartamento. La señora Dancy se ha mudado del edificio. El señor Dancy nos visita a menudo, con las mangas de la camisa enrolladas dejando ver unos brazos musculosos. Los grifos esmaltados que cierra ahora llevan escritas las letras F y C. El viejo desagüe de latón cromado brilla debajo del agua fría. En la bañera nada un caimán diminuto. El señor Dancy se lo compró a sus hijos en Chinatown como animal de compañía. Le dijeron que era una especie que no crecería más de treinta centímetros. Ahora sabe que lo estafaron. El caimán no es más que una cría. Pronto crecerá hasta ser peligroso. Incluso aquí, en esta bañerita, sus ojos tienen un brillo amenazador. Sumerjo un palillo chino de madera y lo miro atacarlo con pequeños mordiscos asustados e inútiles.
—Dame el palillo —dice Anna inclinándose peligrosamente sobre el agua—. ¡Dámelo!
Su trenza larga de pelo oscuro roza la superficie del agua igual que un cebo.
Le doy el palillo y pincha al animal. El señor Dancy mira y se acaricia el poblado bigote color tofe. Al cabo de un rato saca la cría de caimán del agua por la cola y la sostiene encima de la taza del váter. El animal se retuerce en el aire e intenta morderle la muñeca. Miro fascinada cómo lo deja caer y tira de la cadena.
—No podíamos quedárnoslo —dice—. Habría crecido hasta convertirse en un monstruo.
—Carl. —Mi madre habla desde algún rincón del apartamento—. ¿Quieres una copa? Ya casi está la cena.
1971. Junio, Nueva York
Es la primera semana que Anna y yo pasamos en el apartamento nuevo de nuestro padre. Es un piso cochambroso en un edificio sin ascensor en Astor Place, pero él hace que parezca exótico y aventurero. El aire está cargado, caliente, no hay aire acondicionado —la instalación eléctrica es demasiado vieja—, pero nos ha instalado nuestro propio ventilador. Y nos promete que en cuanto cobre nos comprará a cada una una Muñeca Internacional. Yo quiero la de Holanda. Nos promete cosas maravillosas que con el tiempo aprenderemos a no esperar. «A partir de ahora seremos solo los tres, mis dos chicas y yo». Saltamos en nuestra nueva cama nido, bailamos con música de los Monkees y comemos yogures de arándanos marca Dannon. Si sigues dando vueltas para que suba la fruta del fondo, el yogur se oscurece cada vez más, nos dice mi padre mientras pone las noticias de la noche en la televisión.
El lunes por la mañana, nuestro padre se viste pulcramente con un traje azul de Brooks Brothers de raya diplomática y zapatos Oxford a los que saca el máximo brillo con una gamuza. Huele a Old Spice y espuma de afeitar. Se mira en el espejo del recibidor, se hace la raya con un peinecito de carey, se ajusta la corbata de modo que el nudo quede justo entre los picos del cuello almidonado, se saca los puños, centra los gemelos de oro. «De joven, vuestro padre llamaba la atención de lo guapo que era —nos cuenta mi madre—. Lo llamaban la más guapa del baile cuando jugaba al fútbol en Yale. Ese juego absurdo le estropeó las rodillas».
Me cojo del faldón de la chaqueta de su traje mientras bajamos por la escalera rechinante y mal iluminada. Llevo el pelo todo enredado. Nadie me ha recordado que me peine. Tengo un cosquilleo nervioso en el estómago. Hoy es nuestro primer día en el campamento de día Triumph. Anna y yo vamos a ir en el autobús solas. Las dos llevamos puesto el uniforme del campamento: pantalones cortos azul marino y camisetas blancas con la palabra TRIUMPH en la parte delantera. En la de atrás dice: «Todas las niñas son campeonas».
—Hay muy pocas niñas en el mundo que tienen la suerte de poder llevar una camiseta como esa —nos dice mi padre.
De camino al autobús, para en Chock full o’Nuts y nos compra sándwiches de queso crema en pan de dátiles y de frutos secos para el almuerzo. No quiero que mi padre se enfade conmigo, pero las lágrimas aparecen solas, me traicionan. Odio el queso crema, digo, cuando me pregunta qué me pasa. Me dice que está seguro de que me gustará y me da la bolsa de papel. Me doy cuenta de que está irritado y eso me preocupa. Cuando nos deja en el autobús del campamento, le suplico que no me obligue a ir. No puede estar en dos sitios a la vez, dice. Tiene que ganarse la vida. Escribir reseñas de libros. Tiene a Time-Life esperando. Pero estará allí esperándonos cuando vuelva el autobús. Y el campamento me va a encantar, promete.
Mientras el autobús se incorpora al tráfico de la Sexta Avenida lo veo hacerse cada vez más pequeño. Arranco un trozo de papel de la esquina de la bolsa con mi almuerzo y lo mastico hasta hacer una bola. ¿Qué pasará si necesito hacer pis? ¿Cómo sabré dónde ir? Quiero ganar una escarapela en natación, pero no me dejan meterme donde cubre. Anna se ha puesto a charlar con la niñita sentada a su lado, sin hacerme ni caso, y se come la mitad del sándwich antes de que el autobús llegue a Westchester.
El campamento de día Triumph está a orillas de un lago. Desde el autobús vemos campos de béisbol, un prado cubierto de enormes dianas de dardos, un tipi gigante. El conductor se detiene detrás de una larga cola de autobuses amarillos. El aparcamiento es un mar de niñas. Todas llevan la misma camiseta de Triumph.
Mis monitoras se presentan como June y Pia. Las dos llevan camisetas con la palabra TRIUMPH, pero las suyas son rojo intenso.
—¡Bienvenidas, chicas de cinco a siete años! Para las que sois nuevas: cuando nos necesitéis, buscad las camisetas rojas —dice June—. Que levanten la mano las que estuvieron en Triumph el año pasado.
La mayoría de las niñas de mi grupo levantan la mano.
—¡Entonces ya sois unas campeonas! Pero lo primero es lo primero. Os vamos a llevar a los casilleros para que dejéis el almuerzo. Estamos en Little Arrow.
Nos hace formar una cola detrás de ella y nos conduce hacia un gran edificio marrón. Pia va al final de la cola.
—Para asegurarnos de que ninguna se despista. Regla número uno: nunca, jamás, os separéis de vuestro grupo. Pero, si os separáis, no os mováis. Sentaos y esperad. Una de nosotras vendrá a recogeros —nos dice Pia.
En el borde de cada casillero hay un trozo de cinta adhesiva con nuestro nombre y fecha de cumpleaños escritos en rotulador. «Eleanor Bishop, 17 de septiembre de 1966». Me muerdo el dedo. Ahora todas sabrán que ni siquiera he cumplido los cinco y no querrán jugar conmigo. Barbara Duffy tiene el casillero al lado del mío. Tiene siete años y una fiambrera de Los Beatles.
—¡Coged vuestras mochilas! —dice June—. Vamos a ir a hacer pis y luego nos pondremos el bañador. ¿Alguna sabe flotar con la cabeza fuera del agua? Esa es el aula de arte —señala cuando pasamos junto a una habitación que huele a papel de manualidades y pegamento.
El vestuario está dividido en pequeños cubículos con cortinas. Me meto en uno y corro la cortina. Ya estoy en bragas cuando me doy cuenta de que a mi padre se le ha olvidado meterme un bañador. Para cuando estoy otra vez vestida, todas se han ido al lago. Me siento en el banco de madera.
June y Pia no se enteran de que no estoy hasta la hora del almuerzo, cuando hacen recuento. Desde el vestuario las oigo llamarme una y otra vez. Suena un silbato, penetrante y alarmado.
—Todo el mundo fuera del agua —oigo gritar a un vigilante de la playa—. ¡Ya!
Yo sigo sentada en silencio esperando a que alguien venga a buscarme.
9.22 horas
Las escaleras de la cabaña, tres tablones viejos de madera de pino sujetos con riostras que llevan amenazando con pudrirse desde antes de que yo naciera, se comban bajo mi peso. Aporreo la puerta de los chicos. Es una de esas puertas de marco metálico con mosquitera y cristales que pueden subirse, bajarse y, con un chasquido satisfactorio, cerrarse. Mis tres hijos duermen bien arropados y el suelo pintado de amarillo brillante está cubierto de toallas mojadas y bañadores. Mi madre tiene razón. Son unos cerdos.
—¡Vamos! ¡A desayunar! —Llamo con fuerza a la puerta—. Arriba todo el mundo.
Jack, mi hijo mayor, se da la vuelta, me mira con frío desdén y se tapa la cabeza con la manta de lana rasposa. Lo hemos obligado a dormir con los pequeños unas cuantas noches mientras mi madre fumiga su cabaña, que tiene hormigas carpinteras. Diecisiete años es una edad atroz.
Los dos más pequeños salen de sus capullos con ojos soñolientos y pestañean a la luz del sol.
—Cinco minutos más —gime Maddy—. Ni siquiera tengo hambre.
Madeline tiene diez años. Es tan impresionantemente guapa como mi madre. Pero, a diferencia de la mayoría de las mujeres de nuestra familia, es menuda y delicada, con esa tez clara de las bellezas británicas, los ojos grises de Peter y la melena tupida y oscura de Anna. Cada vez que la miro me pregunto cómo ha podido salir de mí una criatura así.
Finn sale de la cama con sus calzoncillos adorablemente caídos, se frota la arena de los ojos. Dios, cómo lo quiero. Tiene pequeñas marcas en las mejillas de las arrugas de la almohada. No tiene más que nueve años, casi sigue siendo un niño pequeño. Pero pronto también él me tratará con total desprecio. Cuando nació Jack miré a la criatura diminuta que tenía en brazos, agarrada a mi pecho, perfecta como un lechón; le besé los párpados y dije: «Te quiero muchísimo y algún día, haga lo que haga, me odiarás. Al menos durante un tiempo». Son cosas de la vida.
—Muy bien, cariños míos. Venid o no, como queráis. Pero vuestro padre está haciendo huevos y ya sabéis lo que significa eso.
—Una pesadilla total y la cocina hecha un puto desastre —contesta Jack.
—Exacto. —Bajo las escaleras—. ¡Esa lengua! —digo sin volverme mientras bajo las escaleras.
Espero a que la puerta de mi cabaña se cierre detrás de mí antes de permitirme soltar la respiración que llevo conteniendo desde que Peter me sobresaltó en el porche. La normalidad de nuestra habitación me resulta insólita: ropa colgada de perchas metálicas antediluvianas en una barra de madera. La cómoda de roble con el cajón inferior que se atasca cada vez que llueve. La cama en la que hemos dormido Peter y yo tantos años, acurrucados igual que helechos, o entreverados de sudor, sexo y besos, su olor agridulce. Ha dejado la cama sin hacer.
Cuelgo el albornoz en un clavo oxidado que hace de gancho. Junto a él hay un espejo envejecido por medio siglo de humedad y heladas. Siempre he agradecido lo tenue de su reflejo, sus manchas. Puedo mirarme a través de una capa de azogue moteada que tapa mis bultos e imperfecciones, la cicatriz irregular que tengo en la barbilla desde que nos entraron a robar en casa a Peter y a mí; la otra larga y delgada que divide mi vientre, aún visible después de cincuenta años; la pequeña y blanca debajo de ella.
Jack llegó enseguida. Pero, después de Jack, nada. No importaba lo mucho que lo intentáramos, en qué postura, con las piernas levantadas, bajadas, relajada o en tensión, debajo o encima. Nada. Al principio pensé que era por Jack. Que algo se había desgarrado en mi interior durante el parto. O quizá lo quería demasiado para compartirlo. Al final, el médico me hizo un pequeño corte encima de la pelvis, me metió una cámara y hurgó en busca de respuestas.
—Bueno, jovencita —dijo cuando desperté de la anestesia—. Alguien le hizo un buen estropicio cuando era pequeña. Hay tanto tejido cicatricial que aquello parece un espagueti western. Y, lo que es peor, de paso el cirujano se las arregló para cortarle el ovario izquierdo. Pero hay una buena noticia —añadió cuando me eché a llorar—. En la trompa sana había un bloqueo, tenía tejido cicatricial adherido. Detrás se estaban amontonando óvulos. Lo he limpiado.
Maddy nació un año después. Y Finn once meses más tarde.
—Felicidades —nos dijo el médico a Peter y a mí cuando yo estaba tumbada en la camilla—. Van a tener gemelos irlandeses[1].
—¿Cómo que gemelos irlandeses? —exclamó Peter—. Eso no puede ser.
—Claro que puede ser —dijo el médico.
—Bueno —dijo Peter—. Pues, si es así, voy a localizar al irlandés borracho que se folló a mi mujer y a tirarlo al mar desde el precipicio más alto de Kilkenny.
—Kilkenny no da al mar —dijo el médico—. Estuve allí en un torneo de golf hace unos años.
Me sitúo delante del trozo intacto más grande de espejo y observo mi cuerpo desnudo, lo evalúo, busco algo en su apariencia que delate la verdad, el pánico en mi interior, el hambre, el arrepentimiento, el deseo jadeante de más. Pero lo único que veo es la mentira.
—¡Ya está el desayuno! —grita Peter desde la Casa Grande—. ¡Daos prisa!
Me pongo el bañador, cojo un pareo y voy corriendo a llamar otra vez a la puerta de los niños. Cuando estoy casi en la Casa Grande, me recompongo, aflojo el paso. No es propio de mí obedecer con tanta presteza, como Peter muy bien sabe. Me abro paso entre unos espesos arbustos hasta la orilla mojada, hundo los dedos de los pies en la arena húmeda. En el estanque, el pataleo rítmico de mi madre deja una estela blanca. El agua azulea. Pronto incluso el marrón verdoso de las aguas someras reflejará el cielo. Durante esas pocas horas al menos, los gobios y las percas que nadan en círculo vigilando sus nidos serán invisibles. Lo que hay debajo se nos ocultará.
1972. Junio, Back Woods
Corro en mi camisón de algodón por el estrecho sendero del bosque que une nuestro campamento con la casa del abuelo Amory. El sendero sigue la forma del terreno y se eleva y rodea el contorno desigual del estanque. Lo hizo mi padre para unir las dos propiedades cuando empezó a salir con mi madre. El abuelito Amory lo llama el «sendero del Intelectual» porque da vueltas y vueltas sin ir nunca al grano. Allí donde el sendero se acerca a la casa de mi abuelo, hay una pendiente inclinada. La bajo corriendo con cuidado de no golpearme los dedos de los pies en los tocones de los arbustos que cortó mi padre. Esos muñones antipáticos son el único otro legado de mi padre en este lugar.
Paso de puntillas junto a la ventana del dormitorio de mi abuelo con cuidado de no molestarlo y luego corro hasta el final del embarcadero de madera. Me siento, dejo que los pies se hundan en el agua, me rasco la barriga, hago lo posible por quedarme completamente quieta. Unas burbujas microscópicas me envuelven los pies de espuma carbonatada. Pronto vendrán. Quieta. No te muevas. Deja que tus pies sean señuelos. Y entonces el rápido movimiento desde las sombras. Su valor puede más que su miedo y por fin noto una pequeña sensación de succión. Uno a uno los peces luna me besan los pies, arrancan pequeños fragmentos de piel muerta y las migas de suelo del bosque que se me han adherido a las plantas. Me encantan los peces luna. Son del color del agua del estanque, con lomos moteados y labios adorables y fruncidos. Cada mañana les doy un desayuno de pies frescos.
Cuando vuelvo a casa, mi madre y el señor Dancy siguen en la cama. Su cabaña tiene un gran ventanal que da al estanque. Entro corriendo sin llamar, me pongo a dar saltos en el blando colchón con los pies húmedos llenos de arena. Cada vez que aterrizo, el camisón se me levanta.
—Fuera —gruñe el señor Dancy medio dormido—. Wallace, por Dios.
Por la ventana veo en el agua a Anna y a su mejor amiga de los veranos, Peggy, salpicándose mutuamente. Peggy tiene pelo y pecas color naranja.
—¿Qué es eso? —Mi madre me señala la tripa—. ¡Estate quieta!
Dejo de saltar, me subo el camisón y le dejo que me examine la barriga. La tengo cubierta de puntitos rojos.
—Vaya por Dios —dice—. Varicela. ¿Cómo puede ser? Será mejor que vaya a ver a Anna.
—Me pica —comento, y salto de la cama.
—Quédate aquí —ordena mi madre—. Voy a por la loción de calamina.
—Quiero bañarme.
—No salgas de esta habitación. No quiero que contagies a Peggy.
Esquivo a mi madre y echo a correr hacia la puerta.
El señor Dancy me coge con fuerza del brazo.
—Ya has oído a tu madre.
Intento soltarme, pero solo consigo que me sujete más fuerte.
—Carl, para. Le estás haciendo daño —dice mi madre.
—Hay que meterla en cintura.
—Por favor —insiste mamá—. Tiene cinco años.
—No me digas cómo tengo que hacer mi trabajo.
—Claro que no —responde mamá, conciliadora.
El señor Dancy aparta las mantas y empieza a vestirse.
—Para tratar con mocosas maleducadas, prefiero pasar tiempo con mis propios hijos.
—¿Qué haces? —El tono de voz de mi madre es tenso, agudo.
—Te veo en la ciudad. Este sitio me pone nervioso.
—Por favor, Carl.
La puerta se cierra de golpe detrás de él.
—Ni se te ocurra moverte —dice mamá—. Como te vea fuera de esta habitación te vas a arrepentir.
Y sale corriendo detrás de él.
Me siento en la cama y miro cómo Anna se pone unas gafas de bucear y un tubo. Se agacha en la orilla del agua, de espaldas al estanque, moja las gafas en él, las vacía, escupe en ellas. Detrás de ella, Peggy camina hacia la parte que cubre. A cada paso que da desaparecen más centímetros de ella. Arranca un motor de coche. Oigo gritar a mi madre, su voz cada vez más tenue a medida que se aleja por el camino de entrada detrás del coche del señor Dancy. Miro desaparecer la coleta pelirroja de Peggy. Ahora solo tiene la cabeza por encima del agua y flota, incorpórea. Ahora solo la coronilla, igual que el caparazón de una tortuga. Ahora no es más que un rastro de burbujas. Imagino los peces chupadores besándola con suavidad. Ya no hay burbujas. Espero a que Peggy reaparezca. Golpeo el cristal para llamar la atención de Anna. Sé que me oye, pero no se molesta en mirar. Golpeo de nuevo, esta vez más fuerte. Anna me saca la lengua, se sienta en la arena para ponerse sus aletas color amarillo.