cap-2

1

George March había escrito otro libro.

Era un volumen grueso, y la cubierta mostraba un óleo de la escuela holandesa en el que una joven sirvienta se tocaba el cuello con recato. La señora March pasó por delante de una de las librerías del barrio y, en el escaparate, vio una pirámide impresionante de ejemplares de tapa dura. El libro pronto sería proclamado la obra maestra de George March y, aunque ella no lo supiera, ya había empezado a ascender en todas las listas de los más vendidos y más sugeridos para clubes de lectura, se estaba agotando hasta en las librerías menos frecuentadas e inspiraba recomendaciones entusiastas entre grupos de amigos. «¿Has leído el último libro de George March?» se había convertido en la frase de moda para iniciar una conversación en los cócteles.

Se dirigía a su pastelería favorita, una tiendecita encantadora con un toldo rojo y un banco de madera blanqueada delante. Era un día frío, pero no desagradable, y la señora March se tomó su tiempo y contempló los árboles sin hojas que flanqueaban las calles, las flores de Pascua aterciopeladas que enmarcaban los escaparates, las vidas que se vislumbraban detrás de las ventanas de los edificios.

Cuando llegó a la pastelería, se miró en la puerta de cristal antes de abrirla y entrar; entonces la campanilla que colgaba del techo tintineó anunciando su presencia. El calor y el aliento de los cuerpos que había dentro, mezclados con el calor de los hornos del obrador, enseguida la sofocaron. Delante de la caja registradora se había formado una cola considerable que serpenteaba entre las escasas mesitas ocupadas por parejas y joviales hombres de negocios que tomaban café o desayunaban sin reparar en el ruido que hacían.

A la señora March se le aceleró el pulso, una señal que siempre acompañaba el nerviosismo y la aprensión que manifestaba justo antes de interactuar con alguien. Se puso en la cola, sonrió a los desconocidos que tenía alrededor y se quitó los guantes de cabritilla. Se los había regalado George por Navidad hacía dos años, y eran de un color poco habitual: verde menta. A ella jamás se le habría ocurrido comprarse una prenda de ese color, pues no se habría creído capaz de ponérsela; sin embargo, le entusiasmaba la idea de que los desconocidos, cuando la vieran con aquellos guantes, la tomaran por la clase de mujer despreocupada y segura de sí misma que no habría tenido ningún reparo en elegir un color tan atrevido.

George había comprado los guantes en Bloomingdale’s, lo que a ella siempre la había impresionado. Se imaginaba a George en el mostrador de los guantes, charlando con las aduladoras dependientas, en absoluto avergonzado de estar comprando en la sección de artículos femeninos. Una vez, ella había intentado comprarse lencería en Bloomingdale’s. Era un día de verano especialmente caluroso, y la blusa se le adhería a la espalda y a sus sandalias les costaba despegarse del pavimento. Parecía que hasta las aceras exudaran sudor.

Las mañanas de los días laborables, Bloomingdale’s atraía sobre todo a amas de casa adineradas, mujeres que se acercaban a los percheros con languidez, con una sonrisa de color rosa pastel pintada en los labios fruncidos; se diría que en realidad no querían estar allí, pero, ¡ay!, era inevitable, porque ¿qué podías hacer, francamente, sino probarte unas cuantas prendas y quizá comprarte dos o tres? A la señora March la intimidaba más aquella atmósfera que la que imperaba en los grandes almacenes a última hora de la tarde, cuando las mujeres trabajadoras se abalanzaban sobre los percheros sin un ápice de elegancia ni dignidad y pasaban las perchas a toda velocidad y sin molestarse en recoger la ropa que caía al suelo.

Esa mañana, en Bloomingdale’s, habían acompañado a la señora March a un amplio probador de color rosa. En un rincón había un diván de terciopelo junto a un teléfono privado que servía para llamar a las dependientas, a quienes ella se imaginaba riendo y susurrando detrás de la puerta. Todo lo que había en la salita, incluida la moqueta, era de un rosa cursi y empalagoso, como el aliento con olor a chicle de una niña de quince años. El sujetador que le habían escogido, que colgaba provocativamente de una percha forrada de seda en la puerta del probador, era suave y ligero y tenía un olor dulzón, y por todo eso recordaba a la nata montada. Pegó contra su cara una de las tiras de encaje y la olió, y se llevó una mano, indecisa, a la blusa, pero no se atrevió a desnudarse y probarse aquella prenda tan delicada.

Acabó comprándose la ropa interior en una tiendecita del centro regentada por una mujer coja y con muchos lunares que le acertó la talla de sujetador con una sola ojeada a su cuerpo completamente vestido. A la señora March le habían gustado los mimos de aquella mujer, que había elogiado su figura y, mejor aún, había criticado la de otras clientas sin reprimir sus exclamaciones de desánimo. Las otras mujeres que había en la tienda se habían quedado mirando la ropa sofisticada de la señora March con evidente anhelo. Ya nunca volvió a comprar en Bloomingdale’s.

Ahora, en la cola de la pastelería, miró los guantes de cabritilla que acababa de quitarse, y luego se miró las uñas, y quedó consternada al ver que las tenía secas y partidas. Volvió a ponerse los guantes y, al levantar la cabeza, se dio cuenta de que alguien se le había colado. Convencida de que debía de tratarse de un error, intentó discernir si aquella mujer solo había ido a saludar a alguien que ya estaba en la cola, pero no: la mujer estaba plantada delante de ella en silencio. Nerviosa, la señora March trató de decidir si debía confrontar a la mujer con lo ocurrido. Colarse era de muy mala educación, si es que esa había sido su intención, pero ¿y si se equivocaba? Así que no dijo nada y se mordió la cara interna de las mejillas (un hábito compulsivo que había heredado de su madre) hasta que la mujer pagó y se marchó y le llegó el turno a la señora March.

Desde su lado del mostrador, sonrió a Patricia, la dependienta de mejillas coloradas y melena rizada y frondosa que llevaba la tienda. Patricia le caía bien: la veía como a una especie de mesonera rolliza y malhablada pero amable; el clásico personaje que protegería a una pandilla de humildes huérfanos en una novela de Dickens.

—¡Aquí llega la mujer más elegante del barrio! —dijo Patricia al ver acercarse a la señora March, que le sonrió y se dio la vuelta para comprobar si alguien lo había oído—. ¿Lo de siempre, tesoro?

—Sí, pan de aceitunas negras y... Bueno, sí —dijo—: hoy también me llevaré dos cajas de macarons, por favor. De las grandes.

Patricia rebuscó detrás del mostrador, agitando su gran mata de rizos de un lado a otro mientras completaba el pedido. La señora March sacó la cartera sin dejar de sonreír, complacida por el halago de Patricia, y acarició con la yema de los dedos las protuberancias de la piel de avestruz.

—Estoy leyendo el libro de su marido —dijo Patricia; estaba agachada detrás del mostrador y se había perdido momentáneamente de vista—. Me lo compré hace dos días y casi lo he terminado. No puedo parar. Me encanta. ¡Es buenísimo!

La señora March se acercó un poco más y se apoyó en el expositor de cristal lleno de magdalenas de todo tipo y tartas de queso, esforzándose para oírla a pesar del bullicio.

—Oh —dijo; esa conversación la había pillado desprevenida—. Ay, me alegro de saberlo. Seguro que George también se alegra de saberlo.

—Anoche se lo estuve contando a mi hermana: conozco a la mujer del autor, le dije, ¡qué orgullosa debe de estar!

—Ah, bueno, sí, aunque como ya ha escrito muchos libros...

—Pero es la primera vez que se inspira en usted para crear a un personaje, ¿no?

La señora March, que seguía hurgando en su cartera, sintió un repentino entumecimiento. Se le puso la cara rígida al mismo tiempo que se le descuajaban las tripas, hasta tal punto que temió que se le escapara algo. Patricia, ajena a todo eso, dejó el pedido encima del mostrador y preparó la cuenta.

—Pues... —dijo la señora March, que sentía un débil dolor en el pecho—. ¿A qué se refiere?

—A la... protagonista. —Patricia sonrió.

La señora March parpadeó y se quedó boquiabierta, incapaz de contestar. Sus pensamientos se adherían al interior de su cráneo pese a la fuerza con que tiraba de ellos, como si hubiesen quedado atrapados en alquitrán.

Patricia frunció el ceño ante aquel silencio.

—Quizá me equivoque, por supuesto, pero... Se parecen las dos tanto que pensaba... Bueno, no sé, yo cuando leo me la imagino a usted.

—Pero ¿la protagonista no es...? —La señora March se inclinó hacia delante y, con un hilo de voz, dijo—: ¿No es una prostituta?

Patricia soltó una sonora y afable carcajada.

—¿Una prostituta con la que nadie quiere acostarse? —añadió la señora March.

—Bueno, sí, pero eso es parte de su encanto. —Cuando vio el semblante de la señora March, a Patricia se le borró la sonrisa de los labios—. Bueno —continuó—, no es eso, es más bien... cómo dice las cosas, incluso sus gestos, o su forma de vestir, ¿no?

La señora March se miró el largo abrigo de pieles, los tobillos enfundados en medias y los lustrados mocasines con borlas, y luego volvió a mirar a Patricia.

—Pero es una mujer horrible —dijo—. Es fea y estúpida. Es todo lo que yo nunca querría ser.

Expresó aquel desmentido con ímpetu un tanto excesivo, y la rechoncha cara de la pastelera amasó un gesto de sorpresa.

—Ah, bueno, yo creía que... —Arrugó la frente y negó con la cabeza, y la señora March la despreció por su expresión de desconcierto, que le pareció propia de una imbécil—. Entonces seguro que estoy equivocada. No me haga caso, en realidad leo poquísimo, ¡qué voy a saber yo! —Compuso una alegre sonrisa, como si eso lo arreglara todo—. ¿Nada más, tesoro?

La señora March tragó saliva, asqueada, y miró las bolsas de papel marrón que había encima del mostrador y que contenían su pan de aceitunas, las magdalenas de su desayuno y los macarons que había pedido para la fiesta que iba a dar en su casa al día siguiente: una reunión íntima y refinada para celebrar la publicación del último libro de George en compañía de sus amigos más cercanos (o al menos, los más importantes). Se apartó del mostrador furtivamente, cabizbaja y mirando los guantes que sujetaba con sus feas manos, y se sorprendió al descubrir que había vuelto a quitárselos.

—Esto..., creo que se me ha olvidado una cosa —dijo, y retrocedió unos pasos.

Lo que hasta ese momento había sido un ruido de fondo intenso pero inofensivo parecía haberse reducido a una serie de susurros conspirativos. Se dio la vuelta para identificar a los culpables. En una de las mesas, una mujer que sonreía se quedó mirándola.

—Lo siento, tengo que ir a ver si...

La señora March dejó sus bolsas abandonadas en el mostrador y se dirigió a la salida, cruzando varias veces la serpenteante cola; los murmullos de la gente resonaban en sus oídos, notaba su aliento cálido y de olor mantecoso en la piel, sus cuerpos casi se apretaban contra ella. Haciendo un esfuerzo desesperado, se impulsó hacia la puerta y salió a la calle, donde el aire frío le envolvió los pulmones y le impidió respirar. Se sujetó a un árbol cercano. Cuando la campanilla de la puerta tintineó detrás de ella, la señora March se apresuró a cruzar la calle, y no quiso volverse por si era Patricia quien había salido de la tienda. No quiso volverse por si no lo era.

2

La señora March echó a andar ligera por la calle, sin ningún objetivo aparente y sin tomar su ruta habitual (aunque, de haberla tomado, tampoco habría sido exactamente la habitual, puesto que no llevaba consigo el pan de aceitunas ni las magdalenas del desayuno). Todavía había tiempo de reemplazar los macarons por otra cosa antes de la fiesta. Y si no, podía enviar a Martha a comprarlos más tarde. Al fin y al cabo, Patricia y Martha no se conocían, aunque si Martha pedía exactamente los mismos productos, Patricia quizá sospechara. «No puedo enviar a Martha allí, es demasiado arriesgado», dijo en voz alta, y un hombre que pasaba por su lado dio un leve respingo.

Resultaría extraño no volver a ver a Patricia, quien, desde hacía años, había sido una presencia constante en su vida. Desde luego, esa mañana no se había imaginado, cuando se ponía las medias y escogía la falda granate que entonaba con su blusa con volantes de color marfil, que aquel sería el último día que la vería. Si alguien se lo hubiese dicho, se habría reído. Patricia acabaría reparando en que aquel había sido el último día que se habían visto, y quizá también analizara los detalles de su último encuentro (qué llevaba puesto, qué había dicho y hecho) y pensara que parecía imposible.

Tal vez no fuese tan dramático que Patricia hubiese actuado de forma tan irreflexiva. Sí, su comentario había sido desafortunado, pero, francamente, Patricia era la única persona que había encontrado algún paralelismo entre ella y aquella mujer. «Aquel “personaje” —se corrigió—. Ni siquiera es real. Seguramente está “basado” en alguna persona real, pero... George jamás... No, ¿verdad?».

Se metió, desesperada, en una calle más bulliciosa, llena de peatones y bocinazos de coches. Una mujer le sonrió con complicidad desde una valla publicitaria: la miraba arqueando las cejas, igual que la mujer de la pastelería. ELLA NO SABÍA NADA, rezaba el anuncio, y la señora March se detuvo tan en seco que otro peatón chocó con ella. Tras una serie de profusas disculpas, decidió que necesitaba sentarse, así que entró en el primer local que encontró.

Era una cafetería diminuta, insulsa y muy poco acogedora. La pintura del techo tenía desconchones, en las mesas se veía el rastro de la bayeta con que las habían limpiado a toda prisa y el pomo de la puerta de los lavabos estaba rayado, como si hubiesen intentado forzarlo. Solo había dos clientes, y no podía decirse que fueran muy glamurosos. La señora March se quedó encogida junto a la entrada, esperando a que le indicaran dónde sentarse, aunque sabía que los locales como aquel no funcionaban así. Se quitó los guantes verde menta y, mientras los inspeccionaba, recordó los desagradables y recientes sucesos y se sintió como si la deslumbraran los destellos de los faros de un coche. Las palabras de Patricia. El libro de George. Ella.

Lo bochornoso del asunto era que ella no había leído el libro. Apenas había hojeado un borrador el año anterior, nada más. Los tiempos en que leía los manuscritos de George sentada en una silla de mimbre, descalza, mientras chupaba gajos de naranja en el antiguo piso de él ya habían quedado atrás, irreconocibles desde su presente gris y contaminado. Tenía una vaga idea sobre el libro, por supuesto (sabía de qué trataba y conocía al personaje de la prostituta gorda y patética), pero no se había parado a pensar más en él. En retrospectiva, se dio cuenta de que la protagonista y la trama, muy realista y desagradablemente explícita, le habían repugnado tanto que no había querido continuar. «Sus gestos», murmuró. Volvió a mirarse las uñas. Se preguntó si ese sería uno de los supuestos gestos que la delataban.

—Buenos días, señora. ¿Viene usted sola?

Miró al camarero: llevaba un delantal negro que le pareció un tanto lúgubre para una cafetería.

—Yo... No, no vengo sola...

—Entonces ¿una mesa para dos?

—Bueno, no estoy segura. La persona a la que espero quizá no pueda venir. Sí, de momento digamos que para dos. ¿Esa de ahí? —Señaló una mesa pegada a la pared, la que estaba más cerca de los lavabos.

—Como quiera. ¿Va a esperar a que llegue su acompañante, o prefiere que le tome nota?

La señora March creyó detectar una sombra de incredulidad en la sonrisita del camarero.

—Ah, sí —dijo—, puedo pedir por las dos.

—Muy bien, señora.

La señora March se acordaba de la primera vez que la habían llamado «señora» (o, para ser exactos, «madame»): no estaba preparada, se quedó desconcertada y le dolió como un bofetón. A punto de cumplir treinta años, había acompañado a George a París en uno de sus viajes de promoción. Aquella mañana, sola en la suite del hotel (George había ido a firmar libros), encargó un desayuno de lujo: cruasanes, chocolate caliente, creps con mantequilla y azúcar. Cuando el camarero entró con el carrito, ella lo recibió con un albornoz que le iba enorme, con el pelo todavía mojado de la ducha y con el maquillaje corrido. Se preocupó al pensar que debía de estar demasiado provocativa, demasiado sensual, con los labios un poco hinchados después de habérselos frotado con la toalla de rizo para borrar los rastros del vino de la noche anterior. Sin embargo, cuando le dio las gracias al camarero (un joven larguirucho, casi un adolescente, con quemaduras de sol en el cuello) y le tendió la propina, él dijo: «Gracias, madame», y salió de la habitación. Así, sin más. No la había encontrado ni remotamente deseable. De hecho, lo más probable era que la mera noción de su cuerpo desnudo le hubiese resultado repugnante, y, aunque ella no era lo bastante mayor para ser su madre, seguramente a él sí se lo había parecido.

Ahora, el camarero del delantal negro se detuvo a su lado, a cierta distancia, rascándose distraído una costra que tenía en la muñeca.

—¿Qué le apetece tomar, señora?

Después de pedir dos cafés (un expreso para ella y un café con leche para su acompañante imaginaria), inspiró hondo y volvió a pensar en el tema del día. Johanna: así se llamaba la protagonista, recordó. «Johanna». Lo pronunció en voz baja. Nunca se había fijado mucho en el nombre, nunca se había cuestionado por qué George había elegido precisamente ese nombre para ese personaje en particular. Ella no conocía a ninguna Johanna, nunca había conocido a ninguna. Se preguntó si George sí. Confiaba en que así fuera, pues eso indicaría casi con total certeza que aquella caricatura monstruosa no estaba inspirada en absoluto en ella.

Mientras se tomaba el expreso a pequeños sorbos, recordó (y eso le hizo sentir lástima de sí misma) cómo había apoyado a George en los inicios de su carrera: lo escuchaba, asentía a cuanto él decía, no se quejaba por nada. Y eso pese a saber que escribiendo no se ganaba dinero. George lo decía a menudo, a modo de disculpa, igual que el padre de ella (aunque sin el tono de disculpa). En aquellos tiempos, George la llevaba a su pequeño y barato restaurante italiano favorito, donde todas las noches los camareros recitaban de memoria el menú, siempre diferente, siempre nuevo. Allí, sentados a una mesa sin mantel, con una vela en una botella de vino parpadeando entre los dos, George le hablaba de su última historia, su última idea, como si él también tuviese un menú nuevo todas las noches. A ella la maravillaba el sincero interés que aquel respetable profesor universitario mostraba, aparentemente, por sus opiniones. Como no quería gafarlo con su personalidad, sonreía y asentía y lo adulaba. Todo por él, por su George.

¿Qué había hecho para merecer semejante humillación? Ahora el mundo entero la miraría con otros ojos. George la conocía muy bien; tal vez hubiese dado por hecho que ella no leería el libro. Era una maniobra arriesgada. Pero no, concluyó con desdén: tampoco la conocía tan bien. Johanna (ya se la imaginaba claramente, sentada a su lado en la pequeña cafetería, sudada y con algún diente faltante, con granos en el escote y una existencia mísera) no podía compararse con ella. Se planteó irrumpir en todas las librerías de la ciudad, comprar todos los ejemplares, destruirlos de la manera que fuera (quemándolos en una hoguera enorme una noche gélida de diciembre), pero eso, evidentemente, era una locura.

Tamborileó con los dedos en la mesa, miró la hora en su reloj de pulsera aunque sin registrarla e, incapaz de seguir soportando la ansiedad, decidió regresar a casa y leer el libro. George tenía varios ejemplares en su despacho, y no volvería hasta la noche.

Pagó los cafés y se disculpó en nombre de su amiga ausente, Johanna, cuyo café con leche se enfriaba, intacto y ya sin espuma, en la mesa. El camarero del delantal negro no le prestó atención cuando abandonó el local, con las medias arrugadas alrededor de los tobillos como si fruncieran el ceño ante la perspectiva de salir al frío.

De vuelta a casa, la señora March pasó por delante de una tienda de ropa donde dos dependientas desvestían a uno de los maniquíes del escaparate. Las dos mujeres tiraban de la ropa del muñeco con saña: una le quitó el sombrero y el chal mientras la otra le arrancaba el vestido, dejando al aire un pecho liso y sin pezón. El maniquí miraba al frente con unos ojos azules tan vívidos, con unas pestañas tan negras y con una expresión tan triste y desdichada que la señora March sintió la necesidad de desviar la mirada.

3

El señor y la señora March vivían en un piso muy agradable del Upper East Side de Nueva York; en la entrada del edificio había una marquesina de color verde oscuro donde figuraba la dirección —«Diez Cuarenta y Nueve»— en cursiva, con la primera letra de las tres palabras en mayúscula, como si se tratase del título de un libro o una película.

El edificio, cada una de cuyas pequeñas y cuadradas ventanas tenía su pequeño y cuadrado aparato de aire acondicionado, estaba vigilado en ese momento por el conserje de día, quien, rígido con su uniforme, saludó educadamente a la señora March cuando la vio entrar en el vestíbulo. «Cortés pero desdeñoso», pensó la señora March. Siempre tenía la impresión de que el conserje la despreciaba, y seguramente también al resto de los vecinos del edificio. ¿Cómo no iba a despreciarlos si él estaba allí para servirlos y adaptarse a su estilo de vida, mientras que a ellos, que vivían rodeados de lujos, jamás se les había ocurrido intentar averiguar nada sobre él? Aunque ahora, afligida, pensó que a lo mejor los otros sí hubiesen hecho algún esfuerzo para conocerlo. Tal vez el hecho de que ella nunca le hubiese preguntado nada mínimamente personal, de que después de tantos años nunca se hubiese fijado en si llevaba alianza o tenía dibujos infantiles colgados en su mostrador explicaba que el conserje siempre se mostrase tan circunspecto con ella. Qué inadecuada e indigna debía de encontrarla, sobre todo al compararla con las otras vecinas del edificio, algunas de ellas bailarinas retiradas, exmodelos y herederas de grandes fortunas.

Cruzó el vestíbulo, que ya estaba decorado con motivos navideños, como todos los años. En el rincón que quedaba más cerca de la puerta había un árbol de Navidad adornado con estrellas y barras de caramelo nada religiosos (ni coro de ángeles ni rústico nacimiento), y guirnaldas de abeto artificial colgadas sobre el espejo. Al pasar por delante miró su reflejo; le pareció poco satisfactorio, como de costumbre, e intentó ahuecarse un poco el peinado.

Cuando entró en el ascensor, un artilugio lujoso y muy ornamentado, miró hacia atrás por si había alguien más que quería utilizarlo. Interactuar con los vecinos era agotador, y los posteriores comentarios de rigor sobre el estado de la nación, el estado del edificio o, el horror de los horrores, el tiempo... Ese día no habría podido soportarlo, sencillamente. Menos que ningún otro día.

El interior del ascensor, todo de espejo, reveló a varias señoras March, y todas la miraban alarmadas. Les dio la espalda y se concentró en los botones numerados que iban iluminándose a medida que el ascensor se acercaba al sexto piso. Cerró los ojos, suspiró e hizo un esfuerzo para centrarse.

Su nerviosismo desapareció cuando llegó ante la puerta con el número 606. Siempre había pensado que era un número precioso, un número redondo. Después de un día tan malo, se habría sentido mucho peor si el número de la puerta de su casa hubiese sido el 123, por ejemplo, o algún otro igual de desconcertante.

Al abrir la puerta, la recibió una corriente de aire (Martha debía de estar aireando el salón); recorrió el pasillo a toda prisa, decidida a evitar a la asistenta a toda costa. Se metió en su dormitorio, donde se oía, a través de la pared, la vertiginosa música de jazz que tenían puesta los vecinos. Las paredes eran vergonzosamente delgadas para tratarse de un piso tan lujoso, y la señora March se preguntó, y ya iban unas cuantas veces, por qué no habían puesto remedio a aquello cuando hicieron las primeras obras. Quizá por entonces todavía no se había dado cuenta.

Se quitó el abrigo y los guantes como si se desprendiera de una armadura, y entonces se descalzó y salió al pasillo, pisando con cuidado por el parquet, siempre dispuesto a delatar su presencia con sus crujidos. Se quedó quieta unos segundos, iluminada únicamente por la perezosa luz natural que entraba en el pasillo a través de la puerta abierta de su dormitorio. Las otras puertas del pasillo estaban cerradas, incluida la del despacho de George. Se dirigió de puntillas allí. Una voz, seguramente la de Martha, la llamó desde el salón justo cuando ella se colaba dentro y cerraba la puerta con suavidad.

Como si esperase ser recibida por un público que aplaudiera su patetismo y su estupidez, casi le sorprendió no encontrar otra cosa que papel pintado toile de Jouy rojo oscuro con escenas chinas, estanterías llenas de libros y sublimes cuadros abstractos. En el fondo, la señora March estaba convencida de que a George el arte moderno lo confundía tanto como a ella, por mucho que ambos se declararan entusiastas. Contra la pared había un gran sofá Chesterfield de piel: estaba cubierto con unas sábanas con estampado de cachemira, salpicado de migas y tenía varias quemaduras que George le había hecho con sus puros. A veces George dormía allí cuando tenía una racha de inspiración.

Las ventanas daban a una pared de ladrillo bastante deprimente. George no soportaba las distracciones cuando escribía, e incluso aquella vista tan anodina debía de parecerle un engorro, porque había colocado su escritorio de espaldas a ella, orientado hacia la puerta.

La señora March se acercó al escritorio con aprensión. Nunca se había sentido lo bastante segura de sí misma para entrar sola en aquella habitación, y mucho menos para hacer lo que se disponía a hacer. Su madre lo llamaba «fisgonear».

Pasó los dedos por la mesa como habría hecho una persona invidente, movió las plumas con las iniciales grabadas, levantó la tapa de un tarro de porcelana y toqueteó su contenido (puros y cajas de cerillas). Su mirada se posó en la esquina de un recorte de periódico que sobresalía de una libreta. Tiró suavemente de él. Una joven hermosa sonrió a la señora March desde la fotografía en blanco y negro de un anuario. Tenía el pelo largo y castaño oscuro, hoyuelos en las mejillas y la sonrisa natural de quien no posa para la cámara. SYLVIA GIBBLER SIGUE DESAPARECIDA, SE BARAJA LA POSIBILIDAD DE SU MUERTE, informaba el titular. Qué raro, pensó la señora March, que George hubiese guardado un recorte de un asunto tan siniestro. Se le retorcieron las tripas. Recordaba vagamente que Sylvia Gibbler había salido en todos los periódicos tras desaparecer de su pueblo natal, en Maine. De eso hacía ya varias semanas. «Documentación para un libro», se dijo, y volvió a meter el artículo en la libreta.

Por fin encontró lo que buscaba (su mirada descubrió los colores llamativos y barrocos de la cubierta antes de que su cerebro los procesara) en el borde del escritorio. En el suelo, junto a una de las patas, también había una caja llena.

Cogió el pesado volumen y las yemas de sus dedos dejaron huellas oleosas en la sobrecubierta satinada. Su textura la desconcertó: era extrañamente lisa, como la piel de la serpiente que en una ocasión le habían obligado a acariciar en la clase de ciencias naturales. Abrió el libro despacio, cohibida, y buscó la dedicatoria. Pasó de la portada al primer capítulo, y luego volvió a la portada. No encontraba la dedicatoria. Eso era extraño, porque George la incluía en todas sus novelas. A ella también le había dedicado uno de sus libros, años atrás. Cuando se publicó la novela, le pidió a George que, cuando se la regalase a sus amigos, firmase en aquella página para que aquel detalle no pasara inadvertido.

Pasó unas hojas más y, con frustración, aceptó que no había dedicatoria. Abrió el libro al azar y el lomo crujió un poco. Leyó deprisa, superficialmente, pero de todos modos entendió lo que leía; las palabras eran tan hermosas y tan suaves que resbalaban de las páginas, derretidas como si fuesen mantequilla.

La prostituta de Nantes. Una desgraciada: débil, feúcha, aborrecible, patética, malquerida y antipática. La descripción física de Johanna bien podría coincidir con la suya, aunque sus facciones eran tan corrientes que no habría sabido discernir si el parecido era intencionado. Siempre llevaba abrigo de pieles, se protegía las ásperas manos con guantes (la señora March avanzó unas cuantas páginas en busca de alguna referencia al color; si resultaba que eran verde menta, se moriría allí mismo); planchaba y perfumaba sus enaguas a menudo (aunque raramente se las veían, pues sus clientes, que solo le pagaban porque les daba pena, nunca la tocaban). Y por último, un destino inevitable, de pauperismo y miseria, una muerte digna de una ópera italiana, heridas abiertas que rezumaban y ensuciaban el pelo de visón...

Algo tan feo descrito de forma tan hermosa... Para atraparte, sin duda, para animarte a seguir leyendo y, poco a poco, seducirte hasta que coincidieras con aquel retrato deplorable. Y el mundo entero lo sabría, o peor aún, lo supondría. Todos verían su interior, la más malvada de las violaciones.

Tuvo una corazonada aterradora: buscó a toda prisa la página de los agradecimientos del grueso volumen y repasó los nombres —editor, agente, profesores de historia de Francia, madre, padre («siempre en nuestros corazones y nuestras plegarias»)— hasta llegar a la última línea: «Y por último, a la más importante: mi esposa, una fuente constante de inspiración».

La señora March se llevó las manos al pecho; respiraba agitadamente y se dio cuenta de que le habían brotado las lágrimas en medio de convulsivos jadeos. Entonces agitó el libro, lo golpeó contra la mesa, lo abrió por la fotografía del autor de la solapa, le arañó los ojos a George, separó la tripa de las cubiertas y arrancó puñados de páginas, que revolotearon por la habitación como si fuesen plumas.

No se dio cuenta realmente de lo que había hecho hasta que la última de aquellas páginas voladoras llegó al suelo. En ese mismo instante dio un grito ahogado.

—Oh, no —dijo en voz alta—. Oh, no, oh, no, oh, no...

Juntó las manos y se las retorció como hacía a veces cuando estaba nerviosa. Algo que ahora sabía, irreversiblemente, que también hacía Johanna.

Sustituyó el libro que había destrozado por otro de la caja que estaba en el suelo y lo puso con cuidado encima del escritorio; entonces se subió la falda y se bajó las medias. Se dobló por la cintura (el pelo en la cara, la nariz goteando) y se las quitó, primero un pie y luego el otro, haciendo equilibrios. Después se arrodilló en el suelo y lo metió todo dentro de las medias (páginas enteras, trozos de papel y los restos de las cubiertas); lo envolvió bien e hizo un nudo con la tela brillante de las medias para que no se escapara nada, aunque quedó un paquete bastante voluminoso. Era la única forma, se dijo, de transportar aquellas pruebas de forma segura hasta la basura de la cocina (donde a George nunca se le ocurriría mirar).

Echó un último vistazo al despacho antes de salir con el mismo sigilo con que había entrado.

De regreso, un poco temblorosa, fue apoyándose en la pared del pasillo; pasó por delante del salón (hizo una mueca al oír el arrastrar de una silla) y llegó al paraíso frío y alicatado de la cocina.

El cubo de basura estaba escondido detrás de los faldones de debajo del fregadero. La señora March lo sacó con cierta dificultad y metió los restos del libro, envueltos en las medias, debajo de una caja de dulces grasienta. Se enderezó, triunfante, justo en el momento en que Martha entraba por la puerta.

—Ah —dijo la asistenta, sorprendida de encontrarla allí.

Hacía ya mucho, habían forjado un acuerdo tácito según el cual la señora March le cedía a ella la cocina, y mientras estaban las dos en el piso, realizaban una complicada danza de elusión. De puntillas, se esquivaban la una a la otra, y circulaban por las habitaciones como si participaran en un elaborado juego de las sillas, sin llegar a encontrarse nunca en el mismo sitio. O al menos, eso era lo que hacía la señora March.

—¿Todo bien, señora March?

—Ah, sí —repuso ella, casi sin aliento—. Estaba pensando que esta noche podríamos hacer pasta para cenar. Ese plato que le gusta a George, con salchichas.

—Bueno, el caso es que nos faltan muchos ingredientes. Y pasta para cenar... Yo no se lo aconsejaría, señora March. Y menos después de la empanada de pollo de anoche.

Martha tenía unos cincuenta años; era ancha de espaldas, y siempre llevaba el pelo recogido en un pequeño moño, tan apretado que debía de dolerle; tenía la cara un poco pecosa y no se maquillaba, y sus ojos, azules y con el borde de los párpados de un rosa intenso, transmitían una paciencia infinita. En realidad, la señora March le tenía bastante miedo. Concretamente, temía que Martha deseara mandar, o mejor dicho, que supiera que en aquella casa era ella la que mandaba, y que debería ser la señora March quien se ocupara de la limpieza.

—Yo le aconsejaría que esta noche hiciera el pez espada —dijo Martha.

—Sí, puede ser —dijo la señora March—, pero como a George le gusta tanto esa pasta...

Martha dio un paso hacia ella. ¡Qué enorme era!

—De verdad, yo dejaría la pasta para la semana que viene, señora March.

La señora March tragó saliva y asintió. Martha sonrió con gravedad, casi con gesto consolador, y la señora March se retiró de la cocina con la esperanza de que no se hubiese fijado en sus pantorrillas desnudas.

4

Esa noche, cuando se reunieron para la cena, la señora March se dedicó a observar a George. Entró en el comedor mirándose los zapatos y rascándose la barbilla, distraído. Ella se puso tiesa, con la sonrisa en los labios, preparada para cuando él le dirigiese la primera mirada. Pero George no levantó la cabeza mientras asía el respaldo de la silla y se sentaba, y la sonrisa se borró de los labios de la señora March.

Cenaron en el pequeño comedor, que conectaba con el salón mediante unas cristaleras correderas. Los nocturnos de Chopin sonaban de fondo. La mesa estaba puesta con un gusto exquisito, una costumbre que a la señora March le había inculcado su madre a fuerza de repetirle una y otra vez que un matrimonio sano se construía de fuera hacia dentro, y no al revés. El marido, al llegar a casa del trabajo, debía encontrar a una esposa bien arreglada y una casa limpia y ordenada de la que él pudiese enorgullecerse. Todo lo demás surgiría a partir de eso. Su madre hacía hincapié en que si ella no podía ser una buena ama de casa, tendría que contratar los servicios de alguien que sí lo fuera. Así pues, había enseñado a Martha cómo debía poner la mesa todos los días para comer y para cenar: con los candelabros de plata, las servilletas con las iniciales bordadas, el pan de aceitunas negras en su cestito de plata y el vino en el decantador. Todo ello estaba dispuesto sobre el mantel de lino bordado que había pertenecido a la abuela de la señora March (y que formaba parte de un ajuar que su madre se había mostrado muy reacia a entregarle, ya que iba a casarse con un hombre divorciado y, para colmo, en una ceremonia civil).

Ese era el patrón por defecto, incluso cuando la señora March comía sola, lo que sucedía a menudo. Cuando George estaba enfrascado en su trabajo, escribir libros, solo comía los sándwiches que Martha le llevaba a su despacho. También se ausentaba para ir de gira promocional, asistir a congresos o reunirse con su agente o su editor en cenas gourmet o largas comidas. En esas ocasiones, la señora March seguía poniendo música de Chopin, y seguía utilizando las bandejas de plata y la vajilla buena, y bebía vino en copas de cristal labrado bajo la atenta mirada de los retratos al óleo victorianos que decoraban el comedor.

El señor y la señora March apenas hablaban. A George parecía tranquilizarlo el silencio. Ella lo miró de reojo: su barriga sobresalía bajo el cárdigan de un gris insulso, y la barba le crecía de forma irregular a lo largo del mentón. George hacía ruido al masticar la comida, aunque mantenía la boca cerrada. Ella oía partirse los espárragos entre sus dientes, cómo se enjuagaba ligeramente con el vino antes de tragárselo, y veía la saliva en las comisuras de sus labios cuando los separaba. Todo eso le daba dentera, por no hablar de cómo de vez en cuando, en el momento más inesperado, se sorbía ruidosamente la nariz. Él la sorprendió mirándolo y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

—¿Todo listo para la fiesta de mañana? —preguntó George.

—Pues... creo que sí. —Añadió una pizca de incertidumbre a su respuesta, como si no estuviese completamente segura de que tenía controlados los preparativos. Como si no se hubiese arriesgado a sufrir un colapso nervioso irreparable de no haberlos tenido controlados. Entonces, como de pasada, mientras se servía de la bandeja otro trozo del pez espada que había cocinado Martha, añadió—: ¿Cómo va tu novela? ¿Hay noticias?

George tragó al tiempo que se daba unos toquecitos en los labios con la servilleta, lo que la señora March interpretó como el anuncio de una revelación.

—Muy bien —contestó él—. Mira, creo que podría ser la mejor que he escrito hasta ahora. O, como mínimo, la que tenga más éxito. Al menos eso es lo que afirma Zelda.

Zelda era la agente de George. Fumadora compulsiva, con la voz áspera y debilidad por los peinados rectangulares y los pintalabios de tonos marrón. Una mujer para quien sonreír consistía en enseñar los dientes. La señora March dudaba de que Zelda, que siempre iba acompañada de un rebaño de ayudantes esforzados, se hubiese leído ni una sola novela de George. O al menos, no de principio a fin.

—Qué maravilla, querido —le dijo a George—. ¿Y quieres... —con cautela— que la lea? —Oía a Martha, que estaba cenando en la cocina; el ruido de los cubiertos contra el plato resonaba por el pasillo y llegaba hasta el comedor.

George se encogió de hombros.

—Ya sabes que siempre me encanta saber tu opinión. Pero en este caso no podría cambiar nada, porque la novela ya está en las librerías.

—Claro, tienes razón. No, no la leeré. No tendría sentido.

—No, yo no he dicho eso.

—Ya, ya lo sé —dijo la señora March suavizando el tono—. Tarde o temprano la leeré, por supuesto. Cuando haya terminado la que estoy leyendo ahora. Ya sabes que no soporto leer dos libros a la vez. No puedo concentrarme del todo en ninguno y empiezo a mezclar las cosas...

Notó algo en la mano y miró hacia abajo. George, con ánimo de tranquilizarla, había posado una mano sobre la suya.

—La leerás cuando te apetezca leerla —dijo él con tono afable.

Ella se relajó un poco, pero no quiso abandonar el tema, porque sabía que después la carcomería, así que añadió:

—Bueno, ya leí un poco.

—Ya lo sé.

—Era muy... gráfica.

—Sí. En esa época las cosas funcionaban así. Me documenté muy bien, ya lo sabes.

Sí, ella lo sabía: los viajes a Nantes, las reuniones con los historiadores de la Bibliothèque Universitaire, los libros que amables expertos de todos los rincones del mundo le enviaban por correo: ella había sido testigo de todo un año dedicado a la investigación. Y sin embargo, no había prestado atención, pues nunca había sospechado que pudiese ser víctima de semejante traición. Frunció los labios y se preparó para formular la última pregunta.

—¿También te documentaste sobre... las prostitutas?

—Claro que sí —afirmó él—. Me documenté sobre todo.

George siguió comiendo despreocupadamente, y la señora March respiró hondo. A lo mejor Patricia se había equivocado. A lo mejor la prostituta de Nantes, la desdichada Johanna, no estaba basada en ella. ¡A lo mejor, se planteó con repentino deleite, estaba basada en la madre de George! La señora March sofocó una risita de satisfacción.

Después de cenar se despidieron de Martha, que esperaba junto a la puerta, ya sin el uniforme, con un bolso cuadrado color aceituna colgado de la muñeca. Cuando se hubo marchado, cerraron la puerta con llave; George regresó a su despacho y la señora March se retiró al dormitorio, donde la esperaban las sábanas recién cambiadas, su camisón blanco de franela y la edición de tapa dura de Rebecca en la mesilla de noche.

Se recostó en la almohada y suspiró con una sensación de alivio que confundió con satisfacción. Sujetó la novela con cuidado, procurando que las yemas de sus dedos no tocasen el papel para no mancharlo de crema de manos, pero al pasar una página deslizó el pulgar por la hoja, y la palabra cobardía se emborronó hasta quedar ilegible. Miró, taciturna, los libros que se amontonaban en la mesilla de noche de George. Siempre había envidiado aquella relación tan íntima que George tenía con los libros: cómo los tocaba, garabateaba en ellos, los doblaba, arrugaba las páginas sin ningún reparo. Daba la impresión de que los conocía completamente, y de que hallaba en ellos algo que ella no encontraba por mucho que lo intentase.

Volvió a su libro, decidida a seguir leyendo. Al poco rato vio que le costaba concentrarse (se puso a pensar en invitados que la intimidaban y en posibles fallos del catering, y esos pensamientos la interrumpían a cada frase, rebosaban por cada espacio en blanco), así que se tomó unas pastillas que le habían vendido sin receta un par de semanas antes. El farmacéutico le había asegurado que eran muy flojas; estaban hechas a base de hierbas, pero cumplieron su función, y no tardó en sumirse en un sueño profundo, y ni siquiera se enteró de cuándo llegó George a la cama, ni de si había llegado.