El tiempo no es una línea, sino una dimensión, como las dimensiones del espacio. Si el espacio se puede curvar, también se puede curvar el tiempo, y si dispusiéramos de los conocimientos necesarios y pudiéramos desplazarnos a mayor velocidad que la luz, podríamos viajar hacia atrás en el tiempo y existir en dos lugares a la vez.
Fue mi hermano Stephen quien me dijo eso, en la época en que se ponía aquel jersey granate deshilachado para estudiar y pasaba muchas horas cabeza abajo a fin de que la sangre le fluyera hacia el cerebro y se lo irrigara. Yo no comprendí qué quería decir, pero quizá él tampoco lo explicó muy bien. Por aquel entonces ya había empezado a distanciarse de la imprecisión de las palabras.
Aun así, desde ese momento empecé a entender el tiempo como algo con forma, algo visible, como una serie de transparencias líquidas superpuestas. El tiempo no se observa volviendo la vista atrás, sino más bien buceando por él como si fuera agua. A veces sale a la superficie una cosa, a veces otra, a veces nada. Nada desaparece.
—Según Stephen el tiempo no es lineal —digo.
Cordelia levanta las cejas con un gesto de exasperación, como me imaginaba que haría.
—¿Y? —contesta.
La respuesta nos complace a ambas. Pone en su sitio al tiempo, así como a Stephen, que nos llama «las adolescentes», como si él mismo no fuera un adolescente también.
Cordelia y yo vamos de camino al centro en tranvía, como tenemos por costumbre cada sábado de invierno. El ambiente en el vagón es bochornoso, cargado de aire viciado y olor a lana. Cordelia, sentada con aire desenvuelto, me da un codazo de vez en cuando, mientras mira descaradamente a los demás viajeros con sus ojos gris verdoso, impenetrables y refulgentes como el metal. Es capaz de sostenerle la mirada a cualquiera, y yo no le voy a la zaga. Somos invulnerables, destellamos, tenemos trece años.
Vestimos con abrigos largos de lana atados a la cintura, las solapas del cuello levantadas a imagen de las estrellas de cine, botas de goma con el forro doblado por fuera y calcetines gruesos de hombre. En los bolsillos van embutidos los pañuelos con que nuestras madres nos obligan a cubrirnos la cabeza, pero de los que nos desprendemos en cuanto las perdemos de vista. A nosotras esos tocados nos parecen ridículos. Lucimos boquitas agresivas, pintadas de rojo carmín, brillante como esmalte de uñas. Cordelia y yo nos tenemos por amigas.
En el tranvía siempre viajan señoras mayores, o nosotras las vemos mayores. Las hay de diversos tipos. Algunas visten con aire respetable: abrigos sastre de espiguilla y guantes a juego, sombreros pulcros y recatados con garbosas plumitas que caen airosamente hacia un lado. Otras, más pobres y con aspecto de forasteras, se envuelven la cabeza y los hombros con pañoletas oscuras. Otras son corpulentas, regordetas, y llevan la boca prieta y altanera y bolsas de la compra colgando de los brazos como guirnaldas; a éstas las asociamos a saldos y sótanos de liquidaciones. Cordelia distingue a la legua el tejido de mala calidad.
—Tela de gabardina. Pobretona —dice.
Luego están las que no se han resignado, las que todavía tienen pretensiones de glamur. De éstas hay pocas, pero destacan. Lucen conjuntos de color escarlata o morado, pendientes largos y sombreros que parecen sacados del camerino de un teatro. Las combinaciones les asoman por debajo de la falda, combinaciones de tonos provocativos, inusuales. Todo lo que no sea blanco resulta provocativo. Se tiñen el pelo de rubio pajizo o azul pálido o, lo que aún contrasta más llamativamente con su cutis apergaminado, de un negro mate como el de los viejos abrigos de piel. Se pintarrajean labios excesivos, con el carmín emborronado, y se perfilan los ojos de cualquier manera, con trazos gruesos alrededor de las pestañas. Éstas son las más dadas a hablar solas. Hay una que repite una y otra vez «mona vestida de seda, mona vestida de seda», como una cantinela, y otra que nos hinca el paraguas en las piernas y dice «en cueros vivos».
Éste es el tipo que más nos gusta. Irradian cierta alegría, tienen capacidad de inventiva, no les importa el qué dirán. Esas señoras han escapado, aunque ni Cordelia ni yo tenemos muy claro de qué. Hemos dado en creer que su peculiar vestimenta, sus muletillas verbales, son fruto de una elección, y que llegado el momento también nosotras tendremos libertad para escoger.
—Yo seré así —dice Cordelia—. Pero tendré una de esas perritas pequinesas chillonas, y echaré a los niños que se cuelen en mi jardín. Y una vara de pastor tendré.
—Pues yo tendré una iguana como mascota —digo—, y siempre iré vestida de color guinda.
La palabra «guinda» ha entrado hace poco en mi vocabulario.
Ahora pienso: ¿y si resulta que llevaban esas fachas sólo porque no se veían bien? Puede que obedeciera simplemente a eso: a problemas de vista. Yo misma los sufro ahora: si me acerco demasiado al espejo me veo borrosa, si me alejo demasiado no puedo apreciar los detalles. Quién sabe qué caras estaré componiendo, qué obras abstractas me estaré pintando en la cara... Incluso cuando he conseguido ajustar debidamente la distancia, varío. Soy una mujer en transición; unos días parezco una treintañera extenuada; otros, una cincuentona vivaracha. Depende mucho de la luz, y de lo que fuerces la vista al mirarte.
Ahora frecuento restaurantes de color rosa, que resultan más favorecedores para la tez. En los amarillos una se ve amarilla. No lo digo en broma, son cosas que tengo en cuenta. Esto de la vanidad empieza a ser un engorro; no me extraña que las mujeres acaben por renunciar a ella. Pero yo todavía no he llegado a ese punto.
Últimamente me he pillado alguna vez tarareando en voz alta o andando por la calle con la boca entreabierta, babeando un poco. Sólo un poco; aunque puede que sea el principio del fin, la grieta que terminará abriéndose en la pared, más adelante, pero ¿abriéndose a qué? ¿A qué vistas de brillante excentricidad o de locura?
Yo estas cosas no se las contaría a nadie, Cordelia aparte. Pero ¿a qué Cordelia? ¿A la que he evocado, esa de las botas con forro polar y las solapas levantadas o a la Cordelia de antes, o a la de después? Nunca somos sólo una persona, nadie.
Si volviera a encontrarme con Cordelia, ¿qué le contaría de mí? ¿La verdad o lo que fuera que me hiciera quedar en buen lugar?
Probablemente lo segundo. Sigo teniendo esa necesidad.
Hace mucho tiempo que no la veo. No es que esperara hacerlo, pero, ahora que estoy aquí de vuelta, rara es la calle por la que paso sin atisbarla de refilón, doblando una esquina, entrando por una puerta. Huelga decir que esos fragmentos de su persona —un hombro, un rastro beige, pelo de camello, una cara de perfil, una pierna por detrás— corresponden a mujeres que, vistas de cuerpo entero, no son Cordelia.
Ignoro qué aspecto tendrá ahora. ¿Estará gorda, se le habrá descolgado el pecho, le habrán salido pelillos blancos en las comisuras de la boca? Eso lo dudo mucho: Cordelia se los depilaría. ¿Llevará gafas con monturas modernas, se habrá operado los párpados, se teñirá o se pondrá mechas? Muy probable todo ello: ambas hemos alcanzado esa edad fronteriza, esa tierra de nadie donde todavía se puede creer en la efectividad de tales trucos siempre que se evite la luz directa.
Imagino a Cordelia observándose las bolsas incipientes bajo los ojos, el cutis, de cerca, flácido y arrugado como la piel de los codos. Suspira, se aplica la crema con unas palmaditas, una crema apropiada. Cordelia sabría muy bien cuál es la apropiada. Se revisa las manos, que empiezan a encogerse, a deformarse, al igual que las mías. Los dedos cada vez más sarmentosos, los labios cada vez más marchitos; el esbozo de una papada bajando por el mentón, cada vez más visible en el cristal oscuro de las ventanillas del metro. Nadie más advierte esas cosas todavía, a menos que se fije mucho; pero Cordelia y yo solemos fijarnos mucho.
Deja caer la toalla de baño, que es verde, de un verde mar apagado a tono con sus ojos, se mira por detrás, observa en el espejo los pliegues de piel que caen sobre su cintura como el cuello de un perro, las nalgas que cuelgan como buches de pavo y, al volverse, el helecho reseco del pelo. Me la imagino en chándal, verde mar también, haciendo ejercicio en algún gimnasio, sudando a chorros. Sé lo que me diría al respecto, al respecto de todo esto. Cómo nos reímos aquel día las dos, con qué repugnancia y qué goce, al descubrir la cera que sus hermanas mayores usaban para depilarse, solidificada en un cacito, repleta de cerdas. Lo esperpéntico del cuerpo siempre tuvo fascinación para ella.
Imagino que me la encuentro de improviso. Tal vez vestida con un abrigo viejo y estropeado y un gorrito de ganchillo al estilo de esas fundas cubreteteras, sentada en el bordillo de una acera, con dos bolsas de plástico al lado que contienen sus únicas pertenencias, mascullando para sí. «¡Cordelia! ¿No me reconoces?», saludo. Y Cordelia me reconoce, pero hace como si no. Se levanta y se aleja arrastrando los pies hinchados, las botas de goma por cuyos agujeros asoman unos calcetines viejos, lanzando ojeadas hacia atrás.
Hay cierta satisfacción en esa fantasía, y más en otras peores. Observo desde una ventana, o quizá desde un balcón, que ofrece mejor vista, cómo abajo en la acera un hombre persigue a Cordelia, le da alcance, le asesta un puñetazo en las costillas —con la cara no me atrevo— y la tira al suelo. Pero no puedo seguir.
Mejor salto a una carpa de oxígeno. Cordelia está inconsciente. Me han avisado, demasiado tarde, para que acuda a su lecho en el hospital. Hay flores, de un olor nauseabundo, que se amustian en un jarrón, tubos que le entran por la nariz y los brazos, el sonido de una respiración agónica. Le tomo la mano. Tiene la cara abotagada, blanca, como una galleta cruda, y cercos amarillentos bajo los ojos cerrados. Los párpados no se le mueven, pero advierto una leve agitación en los dedos, ¿o son imaginaciones mías? Me quedo sentada a su vera y me planteo arrancarle los tubos de los brazos y el enchufe de la pared. No hay actividad cerebral, dicen los médicos. ¿Estoy llorando? ¿Y quién me habría avisado para que acudiera?
Mejor aún: un pulmón de acero. Nunca he visto un pulmón de acero, pero en los periódicos venían imágenes de niños metidos dentro de pulmones de acero, en los tiempos en que todavía se contraía la polio. Esas imágenes —el cilíndrico pulmón de acero, como un gigantesco rollito metálico de salchicha, la cabeza asomando por uno de sus extremos, siempre la de una niña, con el pelo esparcido sobre la almohada, los ojos grandes, nocturnos— me fascinaban, más que las historias de los niños que se alejaban patinando por la delgada capa de hielo y perecían ahogados bajo ella, o las de aquellos otros que jugaban en las vías del tren y el convoy les amputaba brazos y piernas. La polio podías contraerla sin saber cómo ni dónde, podías acabar en un pulmón de acero sin saber por qué. Por algo que habías respirado o comido, o por tocar dinero infectado por otras manos. Nunca se sabía.
Los pulmones de acero se utilizaban para meternos miedo, y como pretexto para impedirnos hacer lo que deseábamos. En verano, nada de piscinas municipales ni aglomeraciones. «¿Quieres pasar el resto de tu vida en un pulmón de acero?», nos decían. Pregunta absurda donde las haya, aunque para mí esa vida, con la inercia y la lástima que conllevaba, no dejaba de tener su atractivo.
Me imagino, pues, a Cordelia dentro de un pulmón de acero, con el fuelle de la respiración asistida, como en un acordeón. Alrededor se oye un estertor mecánico. Está plenamente consciente, pero no puede moverse ni hablar. Entro en su habitación, me muevo, hablo. Nuestras miradas se encuentran.
Cordelia tiene que vivir en alguna parte. Puede que a poco más de un kilómetro de donde yo estoy alojada, puede que incluso en la manzana de al lado. Aunque, a fin de cuentas, quién sabe cómo reaccionaría si me topara con ella, en el metro por ejemplo, sentada en el asiento de enfrente, o esperando en el andén leyendo los letreros publicitarios. Nos imagino allí de pie a las dos, una al lado de la otra, contemplando una gran boca roja que se cierra sobre una chocolatina, y yo me vuelvo hacia ella y le digo: «Cordelia, soy yo, Elaine.» ¿Se volvería a mirarme, haría algún aspaviento? ¿Se haría la loca?
¿Me haría yo la loca si se diera la ocasión? ¿O me acercaría y, sin mediar palabra, la estrecharía entre mis brazos? O la agarraría por los hombros y la sacudiría una y otra vez.
Tengo la sensación de que llevo horas andando, bajando por esta cuesta que lleva al centro, por donde ya no circulan los tranvías. Está cayendo el sol, con uno de esos atardeceres que la ciudad nos depara en otoño, como de aguada gris, como polvo líquido. Al menos el tiempo sigue resultándome familiar.
Ahora he llegado al lugar donde solíamos apearnos del tranvía y pisábamos la nieve fangosa que en enero se acumulaba junto al bordillo, azotadas por el viento áspero y cortante que soplaba desde el lago y se colaba entre aquellos edificios anodinos de techumbre plana que a nosotras entonces nos parecían el colmo de lo urbanita. Pero esta parte de la ciudad ya no es plana ni anodina, ni cutre con pretensiones. Ahora los letreros de neón con rótulos en cursiva decoran las rehabilitadas fachadas de ladrillo, y hay mucha ornamentación en latón, mucha propiedad inmueble, mucho dinero. Un poco más adelante se alzan altas torres rectangulares, forradas de cristal, iluminadas, como lápidas enormes de luz fría. Activos congelados.
Aunque yo no me fijo mucho en esas torres, ni en los transeúntes que pasan por mi lado con su vestimenta a la última: prendas de importación, cuero artesanal, ante, de todo. No, voy con la vista puesta en la acera, como un rastreador.
Siento un nudo en la garganta, un dolor a lo largo de la mandíbula. Me ha dado otra vez por morderme la piel de los dedos. Hay sangre, hay un gusto que recuerdo. Sabe a polo de naranja, a bola de chicle, a regaliz rojo, a pelos mordisqueados, a hielo sucio.
Estoy acostada en el suelo, sobre un futón, tapada con un edredón nórdico. «Futón, edredón nórdico»: hasta ese punto hemos llegado. Me pregunto si Stephen llegó a saber de futones y nórdicos. Seguramente no. Seguramente, de haberte oído mencionar la palabra «futón», te habría mirado como si él fuera sordo o tú deficiente mental. La dimensión futoniana era ajena a su mundo.
Cuando no existían los futones ni los nórdicos, un cucurucho de helado costaba cinco centavos. Ahora, con un poco de suerte, cuesta un dólar, y encima no es tan grande como entonces. A fin de cuentas, ésa es la diferencia entre el entonces y el ahora: noventa y cinco centavos.
Estoy en el ecuador de mi vida. Lo veo como un lugar, como si me hallara en medio de un río, de un puente, con medio camino por delante y medio por detrás. A estas alturas se supone que debería haber acumulado cosas: posesiones, responsabilidades, éxitos, experiencia y sabiduría. Que debería ser una persona de peso.
Sin embargo, desde que he vuelto aquí no me siento más pesada, sino más ligera; como si me liberase de materia, como si perdiera moléculas, calcio de los huesos, células sanguíneas; como si estuviera encogiéndome, llenándome de aire frío o de una nieve que cae suavemente.
Pese a toda esta ligereza no me elevo, sino que desciendo. O más bien tiran de mí hacia abajo, penetro en las capas de este lugar como si atravesara fango licuado.
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El caso es que detesto esta ciudad. Hace tanto tiempo que la detesto que apenas recuerdo haber experimentado otro sentimiento hacia ella.
En otro tiempo se llevaba decir lo muermo que era. Primer premio: una semana en Toronto; segundo premio: dos semanas en Toronto; Toronto la Buena, Toronto la Conservadora, donde no se servía vino en domingo. Todo el que vivía aquí la tachaba de eso: de provinciana, de engreída, de aburrida. Calificándola así, demostrabas que reconocías tales características pero no contribuías a ellas.
Ahora toca decir lo mucho que ha cambiado. «Una ciudad de talla mundial», ésa es la frase con que la describen hoy día las revistas, haciendo uso y abuso de la expresión. Con tantos restaurantes exóticos, y el teatro y las boutiques. Como Nueva York, según parece, pero sin basura ni atracos. Antes la gente de Toronto solía irse de fin de semana a Buffalo, los hombres para ver las revistas musicales y beber cerveza a deshora, las mujeres para hacer compras; luego volvían con ínfulas y borrachos, vestidos con varias capas de ropa para pasarla de contrabando por la aduana. Hoy en día, en fin de semana, la circulación va en sentido contrario.
Yo nunca he dado crédito a ninguna de las dos versiones: ni la del muermo, ni la del cosmopolitismo. Para mí Toronto nunca fue un muermo. No es un término que describa aquella desdicha, ni aquel hechizo.
Además, tampoco creo que haya cambiado. Ayer, cuando venía del aeropuerto en el taxi, mientras circulábamos entre aquellas fábricas y almacenes pulcros y rectilíneos que en otro tiempo fueron pulcras y rectilíneas granjas, entre kilómetros y kilómetros de prudencia y utilitarismo, y luego por el centro de la ciudad, con todo su oropel, sus marquesinas a la europea y su pavimento empedrado, me di cuenta de que sigue siendo la misma. Bajo el relumbrón y la ostentación se esconde la ciudad de siempre, calle tras calle de caserones de ladrillo rojo, con esas columnas en los porches delanteros que recuerdan los rabillos blanquecinos de las setas venenosas y esas ventanas intrigantes, vigilantes. Una ciudad malévola, rencorosa, vengativa, implacable.
Cuando sueño con esta ciudad, siempre me veo perdida.
Aparte de todo esto, tengo una vida de verdad, lógicamente. A veces me cuesta creerlo, porque no parece la clase de vida que podría haberme permitido, o merecido. A esto se le suma otra de mis creencias: que todas las personas de mi edad son adultas mientras que yo sólo finjo serlo.
Vivo en una casa, con cortinas en las ventanas y jardín, en la Columbia Británica; es decir, lo más lejos que pude de Toronto sin ahogarme en el mar. La irrealidad de aquel paisaje me estimula: las montañas de tarjeta postal, en su variante con puesta de sol y mensaje cursi, las casitas que se dirían construidas por los Siete Enanitos en los años treinta, las babosas gigantes, desmesuradas para lo que corresponde a su especie. Allí hasta la lluvia es desmesurada, ni verosímil parece. Supongo que para quienes han crecido en esas tierras todas estas cosas son tan reales, y tan opresivas, como lo es para mí esta ciudad. Pero los días buenos aún tengo la sensación de estar de vacaciones, de evasión. Y los días malos no reparo en eso, ni en casi nada.
Tengo un marido, no es el primero, que se llama Ben. No es artista ni nada que se le parezca, lo que es de agradecer. Lleva una agencia de viajes, especializada en México, por lo que a sus muchas virtudes hay que añadir los vuelos baratos a Yucatán. A la agencia se debe que no me haya acompañado en este viaje; los meses previos a las fiestas navideñas son de mucho movimiento en el sector.
También tengo dos hijas, ya mayores. Se llaman Sarah y Anne, dos nombres normales, juiciosos. Una de ellas pronto será médico, la otra es contable. Opciones, ambas, juiciosas también. Yo soy muy partidaria de las opciones juiciosas, tan opuestas a muchas de las mías. Y también de ponerles nombres juiciosos a los niños, porque véase si no lo que le pasó a Cordelia.
Paralelamente a mi vida real, tengo una carrera profesional que tal vez no pueda describirse como real del todo. Soy pintora. Incluso lo consigné tal cual en el pasaporte, en un arranque de chulería, al observar que la alternativa habría sido «ama de casa». No me pega haberme dedicado a esto; hay días que todavía me sonroja. La gente respetable no se hace pintora; eso sólo es propio de gente engolada, pretenciosa, teatrera. La denominación de «artista» me avergüenza; prefiero «pintora», porque eso sí suena a un trabajo como es debido. Hacerse llamar «artista» es cosa de chabacanos y zánganos, como bien diría buena parte de este país. Si te declaras pintora, la gente te mira raro. A menos, claro está, que tu temática sea la naturaleza o que ganes dinero a espuertas. Pero yo sólo gano lo suficiente para suscitar la envidia de otros pintores, no como para mandar a todo quisqui a hacer gárgaras.
Dicho esto, la mayor parte del tiempo me siento exultante, y creo haber escapado de una buena.
A mi profesión se debe que ahora me halle aquí, tumbada en este futón, bajo este nórdico: me han organizado una retrospectiva, la primera de mi carrera. La galería se llama Sub-Versions, uno de esos juegos de palabras que me encantaban antes de que se pusieran tan de moda. Debería estar contenta con esta retrospectiva, pero tengo sentimientos encontrados; no me gusta reconocer que ya soy lo bastante mayor y lo bastante reconocida como para merecer algo así, aun cuando tenga lugar en una galería alternativa regentada por un puñado de mujeres. Me parece inverosímil, y de mal agüero: primero la retrospectiva y luego la morgue. Pero también estoy mosqueada porque no me la haya organizado la Galería de Arte de Ontario. Allí se decantan más por los varones, extranjeros y difuntos.
El nórdico se encuentra en un estudio que es propiedad de mi primer marido, Jon. Es curioso que tenga aquí ese edredón si su casa no es ésta. Hasta el momento me he abstenido de hurgar en el armario del baño, a la búsqueda de horquillas y desodorantes femeninos, como habría hecho en otro tiempo. Ya no es asunto de mi incumbencia, que busque las horquillas su acorazada esposa.
Quizá sea un poco tonto alojarse aquí, demasiado retrospectivo quizá. Pero Jon y yo hemos seguido en contacto por Sarah, que también es su hija, y una vez superada la fase de los gritos y los platos rotos optamos por mantener cierta amistad, a distancia, que siempre resulta más fácil que de cerca. Fue él quien me ofreció alojarme aquí, al enterarse de la retrospectiva. Me dijo que en Toronto los hoteles, incluso los de segunda categoría, se están poniendo abusivos. Sub-Versions se habría hecho cargo de los gastos, pero eso no se lo mencioné. Me desagrada la pulcritud de los hoteles, las bañeras limpias como una patena. Me desagrada oír el eco de mi voz en la habitación, sobre todo por la noche. Prefiero el desbarajuste, el desorden y la suciedad particular de las personas como yo, de las personas como Jon. Pasajeras y nómadas.
El estudio de Jon se encuentra en la parte baja de King Street, cerca del lago. Antes era un barrio al que no iba nadie, una zona de almacenes destartalados, camiones atronadores y callejones sospechosos. Ahora tiene otro caché. Está plagado de artistas; de hecho, la primera oleada de artistas ya está casi de retirada, y los rótulos de latón, los conductos de la calefacción rojo brillante y los bufetes de abogados se están adueñando del barrio. El estudio de Jon, situado en el quinto y último piso de uno de esos almacenes, en su estado actual tiene los días contados. Los rieles de luces empiezan a extenderse por los techos, en las plantas inferiores están arrancando el antiguo suelo de linóleo, con su olor a ozonopino mezclado con vagos efluvios a vómito y orines ya rancios, y se están lijando los tablones que había debajo. Sé todo esto porque subo andando los cinco pisos; todavía no hay ascensor.
Jon me dejó la llave en un sobre, debajo del felpudo, y una nota en la que ponía «Con mis mejores deseos», lo cual es indicativo de hasta qué punto se ha ablandado, o dulcificado. Los parabienes no formaban parte de su estilo. Ahora se encuentra de viaje en Los Ángeles, adonde ha ido para montar un asesinato con una motosierra, pero volverá antes de que se inaugure mi exposición.
La última vez que lo vi fue hace cuatro años, en la ceremonia de graduación de Sarah. Tomó un vuelo para venir a la costa, por suerte sin su mujercita, que no me tiene mucho aprecio. Aunque no nos conocemos personalmente, estoy enterada de lo poco que me aprecia. Durante la ceremonia, las peroratas de rigor y el subsiguiente té con pastas, cumplimos con nuestro papel de padres adultos y responsables. Sacamos a cenar a las dos niñas y nos portamos como es debido. Incluso nos vestimos para darle gusto a Sarah: yo me puse un conjunto, con zapatos a juego inclusive, y Jon un traje con corbata y todo. Le dije que parecía un enterrador.
Pero al día siguiente nos fuimos a comer de extranjis los dos solos, y pillamos una trompa de aquí te espero. Esa palabra, «trompa», que está a punto de quedar obsoleta, me indica qué clase de velada fue aquélla. Una retrospectiva, eso es lo que fue. Y sigo considerando que fue una salida de extranjis, por mucho que Ben estuviera al corriente, como es natural. Aunque a él nunca se le ocurriría salir a comer por ahí con su primera mujer.
—Siempre has dicho que lo vuestro fue un desastre —me dijo Ben, perplejo.
—Y es verdad —afirmé—. Fue un horror.
—¿Entonces para qué comer con él?
—Es difícil de explicar —contesté, aunque puede que no sea tan difícil.
Puede que lo que hemos vivido Jon y yo guarde bastante parecido con un accidente de tráfico, pero lo hemos vivido juntos. Somos supervivientes, el uno del otro. Hemos sido tiburones el uno para el otro, pero también botes salvavidas. Y eso cuenta.
En otro tiempo, Jon se dedicaba a hacer montajes. Usaba trozos de madera y cuero que recogía de los cubos de basura o bien destrozaba cosas —violines, objetos de cristal— y luego pegaba las piezas en el estado que hubieran adoptado al romperse; patrones fragmentados, los llamaba él. Hubo un tiempo en que envolvía troncos de árbol con cintas adhesivas de colores a los que luego les sacaba fotos, y otro en el que hizo una réplica de una barra de pan enmohecida que respiraba con la ayuda de un pequeño motor eléctrico. El moho lo hizo con pelos cortados, tanto suyos como de sus amigos. Creo que incluso hay pelos míos en aquella barra, porque un día lo pillé birlándolos de mi cepillo.
Ahora hace efectos especiales para películas, lo que sufraga sus hábitos artísticos. Hay obras suyas a medio terminar desperdigadas por todo el estudio. En la mesa de trabajo donde tiene las pinturas, colas, navajas y alicates, hay una mano y un brazo, de resina sintética, con arterias que asoman como gusanos por la sección amputada y correas para atarse el artilugio al cuerpo. Hay también piernas y pies de yeso colocados en vertical sobre el suelo, a modo de paragüeros estilo pata de elefante; de uno asoma un paraguas. También hay parte de una cara, con la piel ennegrecida y ajada, hecha a medida del verdadero rostro del actor. Un monstruo, deformado por otros, dispuesto para la venganza.
Jon me confesó que no estaba seguro de que dedicarse a desmembrar cuerpos a hachazos fuera muy apropiado. Es demasiado violento, no contribuye a la bondad del ser humano. En su vejez le ha dado por creer en la bondad del ser humano, lo que es un cambio, desde luego; incluso he encontrado algunas tisanas en el armario de la cocina. Él asegura que preferiría dedicarse a crear simpáticos animalitos para programas infantiles. Sin embargo, de algo hay que comer, como él dice, y la verdad es que hay más demanda de extremidades amputadas.
Ojalá Jon estuviera aquí, o Ben, o cualquier hombre conocido. Cada vez tengo menos apetencia de extraños. Antes me habría atraído la excitación, el riesgo; ahora sólo pienso en el lío, el engorro. En la siempre imposible tarea de quitarse la ropa con gracia y elegancia; en qué voy a inventarme para decir después, sin que se me disparen antiguas resonancias en la cabeza. Peor aún, en el encuentro con otro conjunto de peculiaridades: las uñas de los pies, los orificios del oído, los pelillos de la nariz. Puede que a estas edades uno regrese al pudor que sentía en la infancia.
Me despego del nórdico, con la sensación de no haber pegado ojo. Hurgo en el surtido de tisanas que Jon tiene en su cocinita americana —Bruma de Limón, Trueno del Alba—, y acabo decantándome por un nocivo café, bien cargado, estimulante. De pronto me encuentro en medio de la sala, y no tengo idea de cómo he llegado hasta allí. Un pequeño salto temporal, una pequeña interferencia en la pantalla, probablemente el jet lag: duermes a deshora, te levantas atontado. O quizá un alzhéimer precoz.
Me siento delante de la ventana, me tomo el café, me mordisqueo la piel de los dedos y contemplo la calle, cinco plantas más abajo. Desde esta perspectiva los transeúntes parecen aplastados, como niños deformes. Alrededor hay almacenes cuadrangulares de techo plano, y detrás de ellos la explanada ferroviaria donde los trenes solían efectuar sus maniobras para cambiar de vía, en otro tiempo el único entretenimiento que ofrecían los domingos. Más allá se extiende el lago Ontario, un cero al principio y un cero al final, gris pizarra y rebosante de venenos. Incluso la lluvia que viene de allí es carcinógena.
Me aseo en el minúsculo y grasiento cuarto de baño de Jon y resisto el impulso de abrir el armarito. Hay huellas de dedos por todas partes y las paredes están pintadas de un blanco mugriento, que no es la luz más favorecedora precisamente. Jon no se sentiría artista sin cierto nivel de mugre alrededor. Entrecierro los ojos para mirarme en el espejo y retocarme la cara: con las lentillas puestas me veo demasiado cerca, y sin ellas demasiado lejos. Me he acostumbrado a llevar a cabo este ritual del espejo con una lentilla en la boca, vítrea y delgada como los restos de un caramelo de limón chupeteado. Podría atragantarme con ella en un descuido, una muerte nada digna. Debería comprarme unas bifocales. Pero entonces parecería una abuelita chismosa.
Me pongo el chándal azul celeste, con el que me disfrazo cuando no voy de artista, y bajo los cuatro tramos de escalera intentando darme aires de mujer enérgica y resuelta. Podría ser una ejecutiva que ha salido a correr, o la directora de un banco que se ha tomado el día libre. Me encamino hacia el norte y luego giro hacia el este, por Queen Street, otra zona por donde tampoco acostumbrábamos a ir nunca. Se rumoreaba que allí se daban cita los borrachos más zarrapastrosos, quienes al parecer le daban al alcohol de farmacia, dormían en cabinas telefónicas y te vomitaban encima de los zapatos cuando ibas en el tranvía. Ahora, en cambio, todo son galerías de arte, librerías y boutiques con atuendos negros y calzados estrambóticos, las tendencias más radicales.
Decido darme una vuelta por la galería, que aún no he visto porque todo se ha organizado por teléfono y correspondencia. No tengo intención de entrar y darme a conocer, todavía no. Sólo quiero verla por fuera. Pasaré por delante y echaré un vistazo de refilón, haciendo como que soy un ama de casa, una turista o alguien que está mirando escaparates. Las galerías de arte son lugares que imponen, lugares donde se evalúa, se juzga. Tengo que ir preparada.
Pero antes de llegar a la galería me encuentro ante un muro de madera contrachapada que oculta un derribo. En él han pintado con espray, desafiando a la ultralimpia Toronto: «O Bacon o yo, nena.» Y debajo: «¿De qué Bacon estamos hablando y dónde lo encuentro?» Al lado de la pintada hay un cartel. Bueno, un folleto más que un cartel, de una agresiva tonalidad violeta, con letras negras ribeteadas en verde. RISLEY EN RETROSPECTIVA, pone; el apellido a secas, como si se tratara de un chico. Pero se trata de mi apellido y también de mi cara, más o menos. Es la foto que envié a la galería; sólo que ahora luzco bigote.
El que me pintó ese bigote sabía lo que hacía. El o la; nada impide que fuera una mujer. Es un bigote ancho y tupido con las puntas hacia arriba, caballeresco, acompañado de una elegante perilla. A tono con mi pelo.
Supongo que ese bigote debería molestarme. ¿Es un garabato sin mala intención, o lleva implícita una protesta, una agresión? ¿Pretende ser una pintada al estilo del icónico «Kilroy estuvo aquí» o más bien un «Anda y que te den»? Recuerdo que yo misma pintaba bigotes así, y la maldad que ponía en ellos, el deseo de ridiculizar, de degradar, pero también la sensación de poder. La intención era desfigurar, ultrajar el rostro del otro. Si fuera más joven, me lo tomaría a mal.
Pero como no lo soy, observo el bigote y pienso: «Pues está bastante bien.» Ese bigote es una especie de disfraz. Lo observo desde distintos ángulos, como sopesando la posibilidad de comprarme uno postizo. Proyecta una imagen distinta. Pienso en los hombres y su vello facial, en la de posibilidades que tienen siempre a su alcance para enmascararse y ocultarse. Pienso en los hombres bigotudos y en lo desnudos que deben de sentirse con eso afeitado... lo disminuidos. Hay mucha gente por ahí que estaría mejor con bigote.
Luego, de repente, me siento maravillada. Finalmente, he conseguido tener una cara a la que merece la pena pintarle un bigote, que lo está pidiendo a gritos. Una cara pública, una cara que merece ser desfigurada. Es un avance. Al fin y al cabo, he conseguido ser alguien, no sé quién, pero alguien.
Me pregunto si Cordelia verá este cartel. Si me reconocerá, pese al bigote. Puede que se presente en la inauguración. Entrará por la puerta y yo me volveré, vestida de negro como buena pintora, con aire triunfal y una copa de un vino no del todo peleón en la mano. No derramaré ni una sola gota.
Antes de que nos trasladáramos a Toronto yo era feliz.
Hasta entonces nunca habíamos vivido en un sitio fijo; o habíamos vivido en tantos que era difícil retenerlos en la memoria. Pasábamos gran parte del tiempo viajando en nuestro Studebaker, un automóvil achaparrado y grande como una barcaza, por carreteras secundarias o autovías del norte, bordeando lago tras lago, montaña tras montaña, con rayas blancas en el centro de la calzada y postes telefónicos a los lados, unos altos y otros más bajos, cuyos cables parecían moverse arriba y abajo.
Voy sentada sola en la parte trasera del coche, entre maletas, cajas de cartón con comida, abrigos y ese olor a tintorería y gasóleo que desprende la tapicería de los asientos. Mi hermano Stephen va sentado delante, junto a la ventanilla entreabierta. Huele a caramelos de menta Life Savers; pero por debajo de ese olor detecto el suyo habitual, a lápices de madera de cedro y arena húmeda. A veces Stephen vomita en bolsas de papel, o en la cuneta cuando mi padre para el coche a tiempo. Stephen se marea y yo no, por eso tiene que ir delante. Es su único punto débil, que yo sepa.
Desde mi apretujado mirador trasero, dispongo de una buena panorámica de las orejas de mi familia. Las de mi padre, que asoman bajo el ala del viejo sombrero de fieltro que siempre se pone para que no le caigan ramitas, resina y orugas en el pelo, son grandes, blandas, con los lóbulos largos; como las de los gnomos, o como las de esos personajes secundarios que salen en las historietas de Mickey Mouse que parecen perros y son de color carne. Las de mi madre, como lleva el pelo recogido a los lados con pasadores, se ven perfectamente desde atrás. Sus orejas son estrechas, con los bordes superiores frágiles, como las asas de las tacitas de porcelana, aunque ella no es una mujer frágil. Las de mi hermano son redondas, como orejones de albaricoque, o como las orejas de esos extraterrestres con la cabeza ovalada y la tez verdosa que él pinta con sus lápices de colores. Alrededor de sus redondas orejas, por encima de ellas y sobre la nuca, le caen unos espesos mechones de pelo lacio y color castaño claro. Stephen no soporta que le corten el pelo.
Cuando vamos en coche me resulta difícil susurrarle al oído. De todos modos, mi hermano no me puede contestar, porque tiene que fijar la vista en el horizonte o en las rayas blancas de la carretera que viene hacia nosotros ondeando como una marea, lentamente, ola tras ola.
Casi siempre encontramos las carreteras desiertas, porque estamos en guerra, aunque de vez en cuando pasa algún camión cargado de troncos o maderos recién serrados que deja atrás una estela de aroma a serrín. A la hora de comer, paramos al lado de la carretera, extendemos una lona impermeable entre las delicadas siemprevivas blancas y las adelfillas púrpura, y comemos lo que mamá nos prepara: pan con sardinas o pan con queso o, si no hemos encontrado otra cosa, pan con melaza o pan con mermelada. La carne y el queso escasean, están racionados. Eso quiere decir que hay que llevar una cartilla de racionamiento en la que se pegan cupones de colores.
Papá enciende una pequeña hoguera y pone agua a hervir para el té en un cazo de metal. Después de comer, desaparecemos entre los arbustos, uno detrás de otro, con unas hojitas de papel higiénico en el bolsillo. En ocasiones encontramos restos de papel higiénico tirados por el suelo, desintegrándose entre los helechos y la hojarasca, pero raras veces pasa. Yo me acuclillo, aguzando el oído no sea que me asalte un oso por detrás, y las hojas de áster me pinchan en los muslos; luego cubro el papel con un montón de ramitas, cortezas y helechos secos. Papá dice que hay que procurar dejarlo todo como si nadie hubiera pasado por allí.
Papá se adentra en el bosque, cargado con su hacha, una mochila y una caja grande de madera que lleva colgada al hombro con una correa. Levanta la vista y observa las copas de los árboles, una tras otra, antes de decidirse. Luego extiende una loneta en el suelo y rodea con ella el tronco del árbol escogido. Abre la caja de madera, que está repleta de frasquitos dispuestos en hileras. Sacude el tronco del árbol con el revés del hacha. El árbol tiembla y cae una lluvia de ramitas y orugas que rebotan sobre su sombrero de fieltro gris y van a parar a la lona. Stephen y yo nos ponemos en cuclillas y recogemos las orugas, que son de rayas azules y tienen un tacto aterciopelado y frío, como el hocico de un perro. Las metemos en los frasquitos de muestra, que llevan alcohol turbio dentro, y nos quedamos mirando cómo se retuercen y se hunden en el líquido.
Mi padre contempla la colección de orugas como si las hubiera criado él mismo. Examina las hojas roídas. «Una señora plaga», observa. Está feliz, es más joven que yo en la actualidad.
Llevo el olor a alcohol impregnado en los dedos, frío y lejano, penetrante, como un alfilerazo. Huele a palanganas esmaltadas de blanco. Cuando por las noches levanto la vista para contemplar las estrellas, frías, blancas y nítidas, pienso que deben de oler igual.
Al final del día paramos otra vez y montamos la tienda, una lona recia con palos de madera. Nuestros sacos de dormir son de color caqui, gruesos, amazacotados, y al tacto siempre parecen un poco húmedos. Debajo siempre ponemos esterillas impermeables y unas colchonetas que cuando las hinchas te mareas y te dejan en la nariz y la boca un sabor como a bota de agua enmohecida o a neumático arrumbado en un garaje. Comemos alrededor de la hoguera, y la lumbre se aviva a medida que a los árboles les crecen las sombras, como ramas más oscuras. Luego entramos a gatas en la tienda y nos desnudamos dentro de los sacos; la linterna dibuja un círculo en la lona, un anillo borroso en torno a otro más oscuro, como una diana. La tienda huele a alquitrán, a guata, a papel de estraza impregnado de grasa de queso y a hierba aplastada. Por las mañanas la maleza de fuera está cubierta de rocío.
A veces dormimos en moteles, pero sólo cuando se nos echa la noche encima y ya es tarde para buscar un sitio donde montar la tienda. Los moteles siempre están en lugares remotos, enmarcados en la espesura del bosque, y sus luces parpadean en la oscuridad uniforme de la noche como las de los barcos o los oasis. Delante tienen surtidores de gasolina, grandes como personas, con redondos discos en lo alto iluminados como pálidas lunas o halos pero sin cabeza. En cada disco hay pintada una concha o una estrella, una hoja de arce naranja, una rosa blanca. Los moteles y las gasolineras suelen estar desiertos o cerrados; como la gasolina está racionada, la gente no viaja si no es por necesidad.
A veces también nos alojamos en cabañas que son propiedad de otras personas o del gobierno, o en refugios de leñadores abandonados, o montamos dos tiendas, una para dormir y otra para las provisiones. En invierno nos instalamos en pueblos o ciudades del norte: Sault Ste. Marie, North Bay o Sudbury, en pisos que en realidad son la planta superior de la casa de alguien, por lo que tenemos que ir con cuidado al pisar el suelo de madera para no hacer ruido. Sacamos los muebles del guardamuebles. Siempre son los mismos, pero siempre se nos hacen extraños.
Esos pisos tienen váteres con cisterna, blancos e inquietantes, donde las cosas desaparecen al instante, haciendo mucho ruido. Nada más llegar a esas ciudades, mi hermano y yo vamos mucho al baño y echamos cosas en el váter, como macarrones, por ejemplo, para ver cómo desaparecen. Hay sirenas antiaéreas, y cuando suenan corremos las cortinas y apagamos las luces, aunque mamá dice que la guerra nunca llegará hasta aquí. La guerra se cuela a través de la radio, lejana y crepitante, de las voces de Londres que se desvanecen entre interferencias. Nuestros padres escuchan recelosos, aprietan los labios: puede que estemos perdiendo.
Mi hermano no lo cree así. Dice que nosotros estamos en el bando de los buenos y que por consiguiente se ganará. Colecciona los cromos ilustrados con aviones de caza que vienen en los paquetes de cigarrillos y se sabe los nombres de todos.
Mi hermano tiene un martillo, unos trozos de madera y su propia navaja. Talla y martillea: está haciendo un fusil. Clava dos trozos de madera en ángulo recto y fija el gatillo con otro clavo. Tiene varios fusiles de madera del estilo, y también puñales y espadas, con las hojas pintadas de sangre con lápiz rojo. En algunas la sangre es de color naranja porque en su momento se le gastó el rojo. Canta:
Coming in on a wing and a prayer,
Coming in on a wing and a prayer,
Though there’s one motor gone
We can still carry on,
Coming in on a wing and a prayer.
Él la canta alegremente, pero yo creo que es una canción triste, porque aunque he visto las imágenes de esos aviones en los cromos no entiendo cómo se sostienen en el aire volando sólo «con un ala y una oración», como dice la letra. Para mí que los aviones vuelan igual que los pájaros, y un pájaro no puede volar con una sola ala. Eso mismo le he oído decir a mi padre en invierno antes de cenar, cuando se sienta a la mesa con otros hombres y levanta la copa: «Con una sola ala es imposible volar.» O sea que en realidad esa oración que se menciona en la letra no sirve de nada.
Stephen me da un fusil y una navaja y jugamos a la guerra. Es su juego favorito.
Mientras papá y mamá montan la tienda, encienden la hoguera o preparan la comida, nosotros nos escabullimos y, escondidos detrás de los árboles y los matorrales, nos apuntamos entre el follaje. Yo soy soldado de infantería, lo que significa que tengo que hacer lo que él ordene. Me hace señales con la mano para que avance, me indica que retroceda, me manda agachar la cabeza para que el enemigo no me la vuele en pedazos.
—Estás muerta —dice.
—Qué va.
—Que sí, que estás muerta. Te han dado. Al suelo.
No hay discusión que valga, puesto que él puede ver al enemigo y yo no. Así que me toca tumbarme en el suelo enfangado, reclinada en un tocón para no mojarme del todo, hasta que me llega el momento de resucitar.
A veces, en lugar de jugar a la guerra, hacemos batidas de caza por el bosque y levantamos los troncos y las piedras para ver qué hay debajo. Lo que hay son hormigas, gusanos y escarabajos, ranas y sapos, culebras y, con un poco de suerte, incluso salamandras. No tocamos nada de lo que encontramos. Sabemos que esas criaturas morirían si las metiéramos en un frasco y las dejásemos por casualidad al sol en la ventanilla trasera del coche, como ya nos ha pasado alguna vez. Así que nos conformamos con mirarlas, con observar cómo las hormigas esconden despavoridas sus larvas en forma de píldora y las culebras salen en tropel hacia la espesura. Luego dejamos los troncos tal como estaban, a menos que necesitemos algo de lo que hemos descubierto para pescar.
De vez en cuando nos peleamos. Nunca gano esas peleas: Stephen es más grande e implacable, y yo tengo más ganas de jugar con él que él conmigo. Nos peleamos siempre entre susurros o procurando que no nos vean, porque si nos pillan, nos castigan a los dos. Por eso nunca nos chivamos el uno del otro. Sabemos por experiencia que las satisfacciones que procura la traición no valen mucho la pena.
Al ser furtivas, esas peleas tienen un atractivo añadido. El aliciente son las palabrotas que tenemos prohibido pronunciar, como «culo», por ejemplo, la conspiración, la complicidad. Nos pegamos pisotones, nos damos pellizcos en los brazos, con cuidado de que el rictus de dolor no nos delate, leales el uno al otro pese a la indignación.
¿Cuánto tiempo estuvimos viviendo así, como nómadas en los confines de la guerra?
Hoy hemos hecho un viaje muy largo, ya es tarde cuando nos ponemos a instalar la tienda. Estamos cerca de la carretera, junto a un lago sin nombre de orillas recortadas. Los árboles que lo rodean están duplicados en el agua, las hojas de los chopos amarillean camino del otoño. El sol se esconde, con una puesta prolongada, fría y remolona, primero rosa flamenco, luego salmón, luego el increíble rojo brillante de la mercromina. La luz rosada se posa sobre la superficie, temblorosa, y luego se difumina hasta desaparecer. Es una noche clara, sin luna, con infinidad de estrellas asépticas. Se ve la Vía Láctea con toda nitidez, y eso augura mal tiempo.
Nosotros no prestamos atención a nada de eso, porque Stephen me está enseñando a ver en la oscuridad, como hacen los comandos. «Quién sabe cuándo podría serte útil», dice. No vale usar la linterna; hay que quedarse muy quieto, en la oscuridad, y esperar hasta que los ojos se acostumbran a la falta de luz. Luego van surgiendo los contornos de las cosas, grisáceos, parpadeantes, inconsistentes, como si se condensaran en el aire. Stephen me dice que avance paso a paso, manteniendo el equilibrio primero con un pie y luego con el otro, poniendo cuidado de no pisar ninguna ramita. Y que respire sin hacer ruido. «Si te oyen, estás perdida», susurra.
Se agazapa a mi lado, su silueta recortada contra el lago, como una mancha de agua más oscura. Capto el fulgor de un ojo, y de pronto Stephen se esfuma. Es una jugarreta de las suyas.
Sé que se ha ido sigilosamente hacia el fuego, a espiar a mis padres, que reverberan como llamas, entre sombras, los rostros borrosos.
Me he quedado sola con el latido de mi corazón y mi resuello. Pero tiene razón Stephen: ahora ya veo en la oscuridad.
Así son mis imágenes de los muertos.
Celebro mi octavo cumpleaños en un motel. Me regalan una Kodak Brownie, que es una cámara con una funda rígida y rectangular negra que tiene un asa arriba y un agujero detrás para mirar.
La primera foto que se toma con esa cámara es un retrato mío. Estoy apoyada en la puerta de la cabaña del motel. La puerta que tengo detrás es blanca y está cerrada; se ve el número, de metal: un 9. Llevo unos pantalones que me hacen bolsas en las rodillas y un chaquetón que me está corto de mangas. Y debajo del chaquetón —lo sé aun sin verlo en la foto—, un jersey a rayas marrones y amarillas heredado de mi hermano. Gran parte de la ropa que llevaba entonces la heredaba de él. Se me ve una tez blanquísima, por la sobreexposición de la foto, y la cabeza inclinada hacia un lado. Las muñecas, sin manoplas, me cuelgan desmadejadas. Parece uno de aquellos retratos antiguos de los inmigrantes. Da la impresión de que me han colocado delante de la puerta y me han hecho posar muy quieta.
¿Cómo era yo entonces? ¿Qué quería? Es difícil recordarlo. ¿Quería una cámara para mi cumpleaños? Probablemente no, aunque me gustó que me la regalaran.
Lo que quiero son más tarjetas de esas que vienen en las cajas de cereales Nabisco; unas tarjetas grises con ilustraciones que se colorean, se recortan y se doblan para hacer las casas de una ciudad. También quiero limpiapipas. Tenemos un libro, Pasatiempos para días lluviosos, en el que te enseñan cómo hacer un walkie-talkie con dos latas y un trozo de cordel, una barca que se propulsa echándole aceite lubricante por un agujerito, una cómoda para tus muñecas con cajitas de cerillas, y también cómo hacer animales —un perro, una oveja, un camello— con limpiapipas. La barca y la cómoda no me dicen nada, sólo me interesan los limpiapipas. Nunca he visto ninguno en realidad.
Quiero el papel de plata que viene en los paquetes de cigarrillos. Tengo ya varias láminas, pero necesito más. Mis padres no fuman, así que me veo obligada a recogerlas por ahí, en los alrededores de las gasolineras, entre la maleza que hay cerca de los moteles. Tengo la costumbre de buscarlas por el suelo. Cuando encuentro alguna, la limpio, la aliso y la guardo entre las páginas de mi libro de lectura escolar. No sé qué haré con ellas cuando tenga bastantes, pero seguro que alguna maravilla.
Quiero un globo. Ahora que ha terminado la guerra están volviendo los globos. Un invierno que yo estaba enferma con paperas, mi madre encontró uno en el fondo de su baúl de viaje. Seguramente lo había puesto a buen recaudo allí dentro antes de la guerra, intuyendo quizá que tardarían tiempo en volver a verse. Mamá me infló aquel globo. Era azul, translúcido, redondo, era mi luna particular. Pero como la goma estaba vieja y medio podrida, explotó casi al instante, y me quedé destrozada. Pero quiero otro globo, uno que no se rompa.
Quiero amigos o, mejor dicho, amigas. Sé que existen porque he leído acerca de ellas en los libros, pero nunca he tenido ninguna porque nunca he residido en el mismo sitio el tiempo suficiente.
Casi siempre hace frío y está nublado, con ese cielo bajo y metálico propio de finales de otoño; o bien llueve y no podemos salir de la cabaña. Este motel es muy parecido a otros donde solemos alojarnos: una hilera de cabañas construidas con materiales endebles, enlazadas por ristras de luces navideñas, amarillas, azules o verdes. Las llaman «alojamientos independientes», lo que significa que dentro hay alguna especie de fogón, algún cacharro de cocina, una hervidora de agua y una mesa con un mantel de hule. El suelo de nuestro alojamiento independiente es de baldosas de linóleo, con un descolorido estampado de flores. Las toallas son finas y ridículas, y las sábanas tienen rodales desgastados en el centro, por el roce de otros cuerpos. Hay una lámina enmarcada con una imagen invernal del bosque y otra con una bandada de patos volando. Algunos moteles tienen letrinas fuera, pero en éste hay un váter auténtico, aunque maloliente, y una bañera.
Hace ya semanas que estamos alojados aquí, pero no es lo normal: nunca solemos pasar más de una noche en el mismo motel. Comemos puré de guisantes en lata, que calentamos en un cazo abollado sobre la cocinita de dos fogones, rebanadas de pan con melaza y pedazos de queso. Ahora que ha terminado la guerra es más fácil encontrar queso. Nos vestimos con ropa de abrigo incluso dentro de la cabaña y por la noche dormimos con los calcetines puestos, porque estos alojamientos con sus finas paredes de una sola capa están hechos para veraneantes. El agua caliente no sale sino tibia, y mamá la calienta en la hervidora y la vierte en la bañera para que nos lavemos. «Sólo para quitaros la roña», suele decir.
Por las mañanas desayunamos con una manta echada sobre los hombros. A veces nos sale vaho por la boca, incluso dentro de la cabaña. Todo esto es muy atípico, y casi parece que estemos de vacaciones. No sólo porque no vayamos a clase, porque al fin y al cabo nunca hemos ido a una escuela más de tres o cuatro meses seguidos. Hace ya ocho meses que no piso ninguna y sólo tengo un recuerdo vago y pasajero de cómo era.
Por la mañana hacemos los deberes en nuestros respectivos cuadernos. Mamá nos indica qué páginas nos tocan. Luego leemos los libros de lectura obligatoria. El mío trata de dos niños que viven en una casa blanca con cortinas de volantes, un jardín delantero y una valla de madera. El padre se va a trabajar, la madre luce un vestido con un delantal encima y los niños juegan a la pelota en el jardín con su perro y su gato. Nada de lo que se cuenta en esas historias tiene que ver con mi vida. No hay tiendas de campaña ni carreteras, nadie hace pis entre los arbustos, no hay moteles ni lagos. Tampoco hay guerra. Los niños siempre van muy aseados, y la pequeña, que se llama Jane, lleva vestidos bonitos y zapatos de charol con trabillas.
Esos libros tienen un atractivo exótico para mí. Cuando Stephen y yo nos ponemos a dibujar con nuestros lápices de colores, él pinta guerras, guerras normales y guerras galácticas. De los lápices rojo, amarillo y naranja ya sólo le quedan los cabos, de tanto pintar explosiones, y el dorado y el plateado ya los tiene en las últimas también, porque son los que usa para el acero brillante de la carrocería de los tanques y las naves espaciales, y para los cascos y esas armas suyas tan historiadas. Yo, en cambio, dibujo niñas. Las pinto con vestimenta a la antigua usanza, con falda larga, corpiños y mangas abullonadas, o con vestidos como los de Jane y grandes lazos en la cabeza. Así es como yo me imagino a las demás niñas, elegantes y refinadas. No me he parado a pensar qué les diría si algún día conociera a una de ellas. Hasta ahí no he llegado todavía.
Después de cenar nos toca lavar los platos; «el cacharreo», lo llama mamá. Mi hermano y yo reñimos entre susurros y monosílabos disputándonos el turno de lavar, porque secarlos con un trapo húmedo no es tan apetecible como meter las manos en el agua calentita. Hundimos los platos y vasos en el agua de la palangana y los bombardeamos con las cucharas y los cuchillos exclamando en voz baja: «¡Bomba va!» La idea es apuntar todo lo cerca que se pueda pero sin llegar a darles de verdad. Son platos de prestado. Mamá se pone de los nervios cuando nos ve hacer eso y si se le crispan acaba lavándolos ella misma, lo que pretende ser una reprimenda.
Por la noche nos acostamos en la cama plegable con el colchón desfondado, gualdrapeados como sardinas en lata, porque así se supone que nos dormimos antes, y nos damos pataditas sigilosas bajo las mantas, o metemos un pie por la pernera del pijama del otro hasta ver dónde llegamos. De vez en cuando se ven pasar por la ventana los faros de un coche que va por la carretera, primero cruzan una pared, luego la otra, hasta que al final desaparecen. Se oye el ruido de un motor, luego el chasquido de los neumáticos sobre la carretera mojada. Luego, silencio.
No sé quién me tomó esa foto. Debió de ser mi hermano, porque mi madre se encuentra dentro de la cabaña, detrás de la puerta blanca, vestida con unos pantalones grises y una camisa de cuadros azul oscuro. Está metiendo la comida en unas cajas de cartón y la ropa en las maletas. Tiene una forma particular de hacer el equipaje; va recordándose los pormenores en voz alta, y no nos quiere ver por en medio.
Justo después de tomarse esa foto empieza a nevar. Copos pequeños y secos caen espaciados del duro cielo norteño de noviembre. Siempre hay una especie de silencio y lasitud en el ambiente antes de esas primeras nieves, la luz se va apagando y las últimas hojas de los arces cuelgan de las ramas como algas. Antes de que empezara a nevar estábamos adormilados. Ahora estamos exultantes.
Correteamos por delante del motel, calzados sólo con los zapatos de verano ya gastados, las palmas de las manos extendidas para recoger los copos que caen, la cabeza hacia atrás y la boca abierta para comernos la nieve. Si cuajara nos revolcaríamos en ella, como perros en el barro. Despierta en nosotros la misma exaltación. Pero mamá se asoma a la ventana y nos mira, luego mira la nieve, y nos manda entrar y secarnos los pies con esas ridículas toallas. Todo el calzado de invierno que teníamos se nos ha quedado pequeño. Mientras estamos dentro, los copos se transforman en aguanieve.
Papá deambula de un lado a otro, haciendo tintinear las llaves en el bolsillo. Él siempre quiere que las cosas sucedan antes de lo que suceden, y ahora lo que quiere es marcharse ya, pero mamá dice que hay que dar tiempo al tiempo. Salimos a la calle y la ayudamos a rascar el hielo incrustado en las ventanillas del coche, luego cargamos las cajas y finalmente nos apretujamos nosotros también en su interior y ponemos rumbo al sur. Sé que nos dirigimos hacia el sur por la luz del sol, que se filtra muy tenue entre las nubes, extrayendo destellos de los árboles helados, haciendo reverberar las capas de hielo en los márgenes de la carretera y dificultando la visibilidad.
Papá y mamá dicen que vamos a la casa nueva. Esta vez será verdaderamente nuestra, no alquilada. Está en una ciudad que se llama Toronto, un nombre que no me suena de nada. Pienso en la casa de mi cuaderno de lectura, toda blanca, con su valla de madera, su jardín y sus cortinas en las ventanas. Estoy deseando saber cómo será mi dormitorio.
Cuando por fin llegamos a la casa es ya media tarde. En un primer momento pienso que deben de haberse equivocado; pero no, es ésta seguro, porque mi padre ya está abriendo la puerta con una llave. La casa no está en una calle propiamente dicha, parece más bien un descampado. Es cuadrada, de una sola planta, con la fachada de ladrillo amarillo, y está rodeada de fango. Al lado hay un hoyo enorme y varios montículos de barro en derredor. Delante, la calle también está enfangada, sin asfaltar, y hay baches por todas partes. Unos bloques de hormigón sirven de pasarela para que podamos llegar hasta la puerta.
Dentro, el ambiente es aún más desolador. Bueno, hay puertas, ventanas y paredes, eso sí, y la caldera funciona. Hay un gran ventanal en la sala de estar, aunque da a una explanada que parece un mar de fango. El váter funciona y todo, aunque alrededor de la taza hay un cerco parduzco y varias colillas flotando en el interior; cuando abro el grifo del agua caliente, el chorro sale tibio y rojizo. Los suelos, sin embargo, no son de madera pulida, ni siquiera de linóleo. Están hechos de tablones anchos y rugosos, con rendijas por todas partes, grises por la capa de yeso que los cubre y llenos de salpicaduras blancas que parecen excrementos de pájaro. Sólo unas cuantas habitaciones tienen lámparas; en el resto no se ven más que cables colgando del centro del techo. En la cocina no hay encimeras, sólo el fregadero pelado, y tampoco fogones. Ni nada pintado. Todo está cubierto de una capa de polvo: las ventanas, las repisas de las ventanas, los apliques, el suelo. Hay moscas muertas por todas partes.
«Todos tendremos que arrimar el hombro», advierte mamá, o sea, que no vale quejarse. Nos toca apechugar con lo que hay, dice. Terminaremos la casa nosotros mismos, porque el encargado de la obra ha quebrado. Ha ahuecado el ala, aclara. Papá no parece tan animoso. Va de un lado a otro, escudriñando y toqueteándolo todo mientras masculla para sí y suelta silbiditos. «Qué hijo de su madre, qué hijo de su madre», va diciendo.
Mamá revuelve entre los bártulos del coche y extrae el hornillo, que coloca en el suelo de la cocina porque no hay mesa. Se pone a calentar un puré de guisantes. Mi hermano sale a la calle; sé que va a encaramarse al montículo de tierra que hay al lado, pero no tengo ánimos para seguirle.
Me lavo las manos en el agua rojiza del cuarto de baño. El lavabo está resquebrajado, lo que en este instante me parece la más deprimente de todas las fallas y carencias de la casa. Me miro en el espejo manchado de polvo. No hay ningún aplique, sólo una bombilla pelada en lo alto, con cuya luz se me ve la tez pálida y enfermiza, como con ojeras. Me froto los ojos; no estaría bien echarse a llorar. Pese a lo rudimentario de la casa, dentro hace demasiado calor, quizá porque todavía no me he quitado el abrigo. Me siento atrapada. Tengo ganas de volver al motel, a la carretera, a mi desarraigada vida de siempre, con toda la provisionalidad y la seguridad que conllevaba.
Las primeras noches dormimos en el suelo, cada uno en su saco, sobre su colchoneta hinchable. Luego empiezan a sacar camas de campaña plegables, que son unas lonas tensadas sobre un armazón metálico más estrecho en la base que en la cabecera, por lo que si te das la vuelta mientras duermes te caes al suelo con la cama encima. Yo me caigo una noche tras otra y me despierto tirada sobre los tablones rugosos y polvorientos sin saber dónde estoy, y sin mi hermano allí para burlarse de mí o mandarme callar porque duermo sola en la habitación. Al principio la idea de tener mi propio cuarto —un espacio vacío que decorar a mi gusto, ajeno a Stephen y a su ropa desperdigada por todas partes y sus rifles de madera—, me hizo mucha ilusión, pero ahora me siento sola. Nunca había dormido sola en una habitación.
Mientras Stephen y yo estamos en el colegio, cada día llegan cosas nuevas a casa: una cocina, una nevera, una mesita plegable con cuatro sillas para poder comer como la gente normal, sentados a una mesa y no con las piernas cruzadas sobre una esterilla desplegada frente a la chimenea. La chimenea funciona y todo; esa parte de la casa sí que está terminada. En ella quemamos restos de madera que sobraron de la obra.
En sus ratos libres, papá reforma el interior de la casa a golpe de martillo. Los suelos se van revistiendo poco a poco: listones estrechos de madera noble en la sala de estar, baldosas asfálticas en los dormitorios, que avanzan hilera tras hilera. Esto ya empieza a parecer una casa de verdad. Aunque tarda más de lo que yo quisiera: esta ciénaga de posguerra donde vivimos todavía está a años luz de las vallas de madera y los visillos blancos.
Estamos acostumbrados a ver a papá vestido con anoraks, sombreros viejos de fieltro gris, camisas de franela, abotonadas en los puños para evitar que las mosquitas negras se le suban por los brazos, y pantalones de tela gruesa remetidos en calcetines de lana. Salvo por los sombreros de fieltro, la vestimenta de mamá tampoco era muy distinta.
Ahora, sin embargo, papá viste con chaqueta y corbata, camisa blanca, abrigo de tweed y bufanda. Y lleva chanclos para proteger los zapatos en lugar de botas de cuero impermeabilizadas con grasa de cerdo. Las piernas de mamá de pronto han aparecido enfundadas en unas medias de nailon con costuras por detrás. Cuando sale se pinta los labios. Ahora tiene un abrigo con cuello de pelo gris y un sombrero con pluma que le alarga la nariz. Cada vez que se pone ese sombrero, se mira en el espejo y dice: «Parezco la bruja de Endor.»
Papá ha cambiado de trabajo: eso lo explica todo. Ahora ya no es un entomólogo forestal que investiga sobre el terreno, sino un profesor universitario. Los pestilentes tarros y frasquitos de muestras que antes te encontrabas desperdigados por doquier ahora ya no son tantos. En cambio, lo que hay esparcido por toda la casa son pilas de dibujos pintados con lápices de colores por sus alumnos. Dibujos de insectos. Saltamontes, gusanos del abeto, orugas del álamo y escarabajos xilófagos ilustrados a toda página; con sus partes claramente detalladas: mandíbulas, palpos, antenas, tórax, abdomen. Algunos están dibujados en sección, o sea, abiertos en dos para que se vea lo que tienen dentro: túneles, ramas, bulbos y delicados filamentos. Éstos son los que más me gustan.
Por la noche, mi padre se sienta en la butaca, con un tablero colocado al través sobre los dos reposabrazos, pone los dibujos encima y los corrige con un lápiz rojo. A veces, mientras los revisa, ríe entre dientes, mueve la cabeza de un lado a otro o chasquea la lengua. «Tonto», exclama, o «burro». Yo me quedo de pie observando los dibujos, detrás de su butaca, y él me explica que fulano ha puesto la cabeza donde tendrían que ir las patas, que zutano no ha dejado espacio para el corazón y mengano es incapaz de distinguir entre un macho y una hembra. Yo no juzgo los dibujos de ese modo; a mí me parecen buenos o malos según los colores.
Los sábados nos subimos al coche y papá nos lleva a su despacho. En realidad, se llama Departamento de Zoología, pero nosotros no lo llamamos así. Para nosotros es sólo el departamento.
El edificio es enorme. Siempre que vamos está casi desierto, porque es sábado; eso hace que parezca más grande aún. Está hecho de un ladrillo marrón oscuro ya muy deteriorado y se diría que tiene torretas en lo alto, pero no las tiene. La hiedra trepa por las paredes, sin hojas porque es invierno, y las cubre como un entramado de venas. Dentro hay pasillos largos de tarima, manchados y desgastados por el paso de las botas enfangadas de generaciones y generaciones de estudiantes, pero todavía pulidos. Hay escaleras, también de madera, que crujen cuando subimos por ellas, barandillas por las que tenemos prohibido deslizarnos y radiadores de hierro que hacen un ruido como de golpes metálicos y que tan pronto están helados como arden.
En la planta de arriba hay pasillos, que desembocan en otros pasillos, forrados de estanterías llenas de frascos con lagartijas muertas y ojos de buey en conserva. En una sala hay urnas con serpientes de un tamaño como nunca habíamos visto antes. Una es una boa constrictor inofensiva, y cuando el encargado está por allí, la saca y se la envuelve en el brazo para que veamos cómo el reptil estruja a sus víctimas antes de tragárselas. Nos deja acariciarla. Tiene la piel fresca y seca. En otras urnas hay serpientes de cascabel, y nos enseña cómo les extrae el veneno de los colmillos. Para hacerlo se pone un guante de cuero. Los colmillos son curvos y huecos por dentro, y el veneno que gotea por ellos es amarillo.
En esa misma sala, dentro de una alberca de hormigón llena de agua verdosa y espesa, hay unas tortugas enormes que se quedan inmóviles parpadeando o se encaraman a las rocas que les han instalado con andares lentos y pesados y te sisean si te acercas demasiado. En esta sala hace más calor y humedad que en las demás, porque las serpientes y las tortugas necesitan esa temperatura, y huele a almizcle. En otra sala hay una jaula de cristal llena de cucarachas africanas gigantes, blancas y tan venenosas que el encargado tiene que adormecerlas rociándolas con un gas cada vez que abre la jaula para darles de comer o sacar alguna.
Abajo en el sótano hay montones de estantes con ratas blancas y ratones negros, pero de una raza especial que no es salvaje. Comen bolitas de pienso de unas tolvas que hay dentro de las jaulas y beben de unas botellas provistas de cuentagotas. Dentro hay nidos de papel de periódico roído llenos de crías lampiñas con la piel rosácea. Corretean unas por encima de otras, duermen amontonadas y se olisquean con sus hocicos temblones. El encargado de darles de comer nos dice que si les metes un ratón extraño en la jaula, uno que tenga un olor que desconocen, distinto al suyo, lo matan a bocados.
El sótano huele que apesta a excrementos de ratón, y la tufarada se eleva por todo el edificio, más atenuada a medida que subes, mezclándose con el olor del detergente verde con que friegan los suelos y los demás olores, abrillantador, cera para los muebles, formaldehído y serpientes.
A nosotros nada de lo que contiene el departamento nos repele. Los detalles quizá no, pero en conjunto nos resulta familiar, aunque nunca habíamos visto tanto ratón junto, y el hedor y la abundancia de roedores nos tira de espaldas. Nos gustaría sacar las tortugas de la alberca y jugar con ellas, pero ni se nos ocurre porque sabemos que tienen malas pulgas y que pueden arrancarte los dedos de una dentellada. Mi hermano querría llevarse uno de esos ojos de buey que hay en los frascos: esas cosas siempre impresionan a los otros niños.
Hay salas de la planta de arriba que son laboratorios. Los laboratorios tienen techos altísimos y unas pizarras que ocupan toda la pared frontal. Contienen hileras y más hileras de pupitres grandes de madera oscura —parecen más mesas que pupitres—, con taburetes altos donde sentarse. En cada pupitre hay dos lámparas con pantalla de cristal verde y dos microscopios, de los antiguos, con tubos delgados de metal pesado y apliques de latón.
No es la primera vez que vemos un microscopio, pero nunca nos habíamos entretenido tanto con ninguno; podemos pasarnos horas y horas mirando por ellos sin cansarnos. A veces nos dejan portaobjetos para que observemos alas de mariposa, gusanos seccionados, o planarias teñidas de rosa y púrpura para que se distingan mejor sus partes. Otras veces metemos los dedos bajo las lentes y nos examinamos las uñas; las pálidas lúnulas curvadas como lomas bajo un cielo rosa oscuro, la cutícula, granulosa y ondulada como los márgenes de un desierto. O nos arrancamos pelos de la cabeza, duros y brillantes como las cerdas que crecen en la coraza quitinosa de los insectos, con raíces como minúsculos bulbos de cebolla, para observarlos.
Las costras nos entretienen mucho. Nos las arrancamos —el brazo o la pierna enteros no caben debajo del microscopio—, y graduamos el aumento al máximo. Las costras parecen pedruscos, con esos abultamientos y ese brillo como de sílice, o como de una especie de hongo. Si la costra la tenemos en un dedo, metemos el dedo debajo y observamos el punto por donde brota la sangre, rojo brillante, formando un botón redondo, como una baya. Luego nos chupamos la sangre. También observamos cera de los oídos o mocos o la pelusilla que se forma entre los dedos, pero siempre asegurándonos antes de que no haya nadie mirando; ya sabemos, sin necesidad de preguntárselo a nadie, que no lo verían con buenos ojos. Se supone que nuestra curiosidad debe tener sus límites, pero éstos nunca se han llegado a determinar.
Así nos entretenemos los sábados por la mañana, mientras papá atiende sus asuntos en el despacho y mamá hace la compra. Ella dice que así nos quitamos de en medio.
El departamento da a University Avenue, una calle ajardinada con varias estatuas verde cobrizo de hombres montados a caballo. Justo enfrente está el Parlamento de Ontario, otro edificio antiguo también y mugriento. Supongo que por dentro será como el departamento, lleno de largos pasillos que crujen y estanterías con lagartijas y ojos de buey en conserva.
Desde ese departamento vemos desfilar por primera vez la cabalgata de Santa Claus. Nunca en la vida habíamos visto una cabalgata. Se puede seguir por la radio, pero para verla como es debido lo mejor es abrigarse bien y quedarse de plantón en la acera, dando saltitos y frotándose las manos para no congelarse. Hay gente que se encarama a las estatuas de los caballos para verla mejor. Nosotros no tenemos necesidad de hacer nada de eso, porque podemos sentarnos en la repisa de la ventana de alguno de los laboratorios principales del departamento, aislados del frío exterior por un cristal polvoriento y con el aire caliente que desprende el radiador de hierro subiéndonos por las piernas.
Desde allí vemos pasar a la comitiva, disfrazada de copos de nieve, elfos, conejos, hadas de azúcar, extrañamente truncada porque la vemos desde arriba. Hay bandas de gaiteros con falda escocesa y una especie de pasteles gigantes que circulan sobre ruedas, con gente encima que agita la mano. Ha empezado a lloviznar. Abajo todos parecen muertos de frío.
Santa Claus va a la cola, y es más pequeño de lo que esperábamos. El cristal polvoriento que nos separa y las campanillas que suenan por el altavoz amortiguan lo que va diciendo; Santa se balancea adelante y atrás sobre un reno mecánico, empapado, lanzando besos a diestro y siniestro.
Yo sé que no es el Santa Claus auténtico, sino alguien que se ha disfrazado de él. Aun así, mi visión de Santa Claus ha cambiado, ha adquirido una nueva dimensión. A partir de ahora me costará imaginármelo sin evocar al mismo tiempo serpientes, tortugas, ojos en conserva, lagartijas flotando en sus frascos amarillentos, así como el olor envolvente, reverberante, rancio, viejo y tristón, pero a la vez reconfortante, a madera noble, cera para muebles, formaldehído y ratones en la distancia.