Y tal fue aquel, de quien yo tengo que contar, el campeón de la verdadera Justicia, Artegal.
EDMUND SPENSER, La reina hada
—Eres un cornuallés de pura cepa —dijo Dave Polworth con fastidio—. Strike ni siquiera es tu verdadero apellido. En realidad, eres un Nancarrow. Ahora no irás a decirme que te consideras inglés, ¿verdad?
El Victory Inn estaba tan lleno aquella cálida noche de agosto que los clientes habían salido y se habían diseminado por los escalones de piedra del callejón que descendía hasta la bahía. Polworth y Strike estaban sentados a una mesa del rincón, tomándose unas cervezas para celebrar que Polworth cumplía treinta y nueve años. Llevaban veinte minutos discutiendo sobre nacionalismo córnico, pero a Strike le parecía que llevaban mucho más.
—¿Si me considero inglés? —caviló en voz alta—. No, seguramente me considero británico...
—Vete a la mierda —intervino Polworth, cada vez más malhumorado—. Eso es mentira. Sólo lo dices para cabrearme.
Físicamente, los dos amigos eran polos opuestos. Polworth era bajito y delgado como un jockey, tenía el cutis curtido y con arrugas prematuras, y su pelo, más bien escaso, dejaba entrever su bronceado cuero cabelludo. Llevaba una camiseta arrugada, como si la hubiese recogido del suelo o la hubiese sacado del cesto de la ropa sucia, y sus vaqueros tenían varios desgarrones. En el brazo izquierdo llevaba un tatuaje con la cruz de san Piran, blanca sobre fondo negro, y en la mano derecha tenía una profunda cicatriz, un pequeño recuerdo de su encuentro con un tiburón.
Su amigo Strike, en cambio, parecía un boxeador en baja forma —y, de hecho, lo era—: alto (metro noventa), con la nariz un poco torcida, y el pelo tupido, negro y rizado. No llevaba tatuajes y, aunque en su mentón siempre se apreciaba la sombra de una barba, tenía ese aire pulcro y bien planchado típico de los ex policías o los ex militares.
—Naciste aquí, ¿no? —insistió Polworth—. Pues entonces eres cornuallés.
—Lo malo es que, según ese patrón, tú eres de Birmingham.
—¡Vete a la mierda! —volvió a gritar Polworth sinceramente dolido—. Vivo aquí desde que tenía dos meses y mi madre es de Trevelyan. Es un tema de identidad, y eso se siente aquí. —Se dio una palmada en el pecho, a la altura del corazón—. La familia de mi madre lleva generaciones y generaciones en Cornualles.
—Ya, bueno, todo ese rollo de la sangre y el terruño nunca me ha...
—¿Te has enterado del último sondeo que han hecho? —repuso Polworth sin esperar a que Strike terminara la frase—. «¿Cuál es su origen étnico?», preguntaban, y la mitad, ¡la mitad!, señaló «cornuallés» en lugar de «inglés». Eso supone un aumento impresionante.
—Genial —replicó Strike—. ¿Y qué será lo siguiente? ¿Casillas para dumnones y romanos?
—Sigue usando ese tono de superioridad de mierda y verás cómo acabas —dijo Polworth—. Llevas demasiado tiempo en Londres, tío. No hay nada malo en estar orgulloso de ser de donde eres. No hay nada malo en que las comunidades quieran recuperar un poco del poder que les ha quitado Westminster. Los escoceses van a marcar el camino el año que viene. Ya lo verás. Ellos conseguirán la independencia y eso será el detonante. Los otros pueblos celtas de todo el país se pondrán en marcha... ¿Quieres otra? —añadió señalando la jarra vacía de su amigo.
Strike había ido al pub a relajarse un rato y a olvidarse de sus problemas, y no a que lo sermonearan sobre política córnica. La lealtad de Polworth a Mebyon Kernow, el partido nacionalista al que pertenecía desde los dieciséis años, parecía haber aumentado desde la última vez que Strike lo había visto, hacía ya más de un año. Dave era capaz de hacerlo reír como nadie, pero no toleraba las bromas sobre la independencia de Cornualles, un tema que para Strike tenía el mismo atractivo que los textiles para el hogar o la observación de trenes. Por un momento, estuvo a punto de contestarle que tenía que volver a casa de su tía, pero esa perspectiva era casi más deprimente que la invectiva de su viejo amigo contra los supermercados que se resistían a poner la cruz de san Piran en los productos de Cornualles.
—Sí, gracias —dijo finalmente, y tendió su jarra vacía a Dave, que se abrió paso hasta la barra, saludando a derecha e izquierda con la cabeza a sus numerosos conocidos.
Cuando se quedó solo en la mesa, Strike paseó distraído la mirada por el que siempre había considerado «su pub». Había cambiado a lo largo de los años, y aun así seguía reconociéndolo como el lugar donde se reunía de adolescente con sus amigos cornualleses. Tenía una sensación extraña: allí se sentía como en casa, pero también era un sitio en el que no encajaba en absoluto. Era como si lo excluyeran y, al mismo tiempo, lo aceptaran como uno más.
Su mirada siguió deslizándose al azar del suelo de madera a las litografías náuticas, hasta que se encontró mirando los grandes y anhelantes ojos de una mujer que estaba de pie junto a la barra con una amiga. Tenía el rostro alargado y pálido, y una melena corta de color castaño oscuro entreverada con algunas canas. Strike no la reconoció, pero ya se había fijado desde hacía un buen rato en que algunos clientes estiraban el cuello para verlo bien o intentaban atraer su mirada, así que sacó su teléfono móvil y fingió que escribía un mensaje.
Sus conocidos tenían la excusa perfecta para entablar conversación en cuanto él diera la más mínima señal de estar dispuesto a hablar, porque, al parecer, en Saint Mawes todos sabían que, hacía diez días, a su tía Joan le habían diagnosticado un cáncer de ovarios avanzado, y que él, su hermanastra Lucy y los tres hijos de ésta habían acudido de inmediato a casa de Joan y Ted para ofrecerles todo su apoyo. Strike llevaba una semana contestando preguntas, aceptando muestras de compasión y rechazando educadamente todo tipo de ofrecimientos de ayuda cada vez que salía de casa. Estaba harto de buscar nuevas formas de decir: «Sí, parece terminal» y «Sí, es una putada para todos».
Polworth regresó a la mesa con dos cervezas más.
—Aquí tienes, Diddy —dijo mientras se sentaba de nuevo en el taburete.
Ese viejo apodo no era, como mucha gente creía, una referencia irónica a la envergadura de Strike, sino que derivaba de «Didicoy», que significa «gitano» en córnico. Al oírlo, Strike se ablandó. Ese tipo de cosas le recordaban por qué su amistad con Polworth era la más duradera de su vida.
Treinta y cinco años atrás, Strike había llegado a la escuela primaria de Saint Mawes al comienzo del segundo trimestre; era demasiado alto para su edad, y su acento era muy distinto al del resto de los habitantes del pueblo. Pese a haber nacido en Cornualles, su madre se lo había llevado de allí en cuanto se recuperó del parto; se había largado de noche con el bebé en brazos, y había regresado a la vida de Londres que tanto amaba y que consistía en ir revoloteando de piso en piso —la mayoría de ellos ocupados— y de fiesta en fiesta. Cuando Strike tenía cuatro años, su madre regresó a Saint Mawes con su hijo y su hija recién nacida, Lucy, pero volvió a desaparecer de madrugada, sólo que esta vez no se llevó a los niños.
Strike nunca llegó a saber qué había escrito exactamente Leda en la nota que había dejado en la mesa de la cocina. Seguro que tenía algún problema con algún casero o algún novio, o quizá hubiese algún festival de música que no se quería perder: con dos críos a cuestas, no era fácil vivir como ella quería. Fuera cual fuese la razón de su prolongada ausencia, la cuñada de Leda, Joan, una mujer convencional y organizada —todo lo contrario que Leda, caótica y veleidosa—, se fue con Strike a comprarle un uniforme y lo matriculó en la escuela del pueblo.
Los otros niños de cuatro años se quedaron embobados cuando les presentaron al recién llegado, y algunos incluso se rieron un poco cuando la maestra dijo su nombre, Cormoran. Él estaba muy preocupado con eso de ir a la escuela: recordaba muy bien que su madre le había dicho que lo iba a educar ella misma en casa, pero cuando intentó explicarle a tío Ted que no creía que Leda aprobara que lo llevasen a la escuela, su tío, que por lo general era muy comprensivo, en esta ocasión se mostró tajante, así que de pronto Strike se encontró rodeado de desconocidos con un acento de lo más extraño. Aunque nunca había sido muy llorón, se sentó ante el viejo pupitre con un nudo del tamaño de una manzana en la garganta.
La razón concreta por la que Dave Polworth —el capo en miniatura de la clase— había decidido hacerse amigo del nuevo nunca tuvo una explicación satisfactoria, ni siquiera para Strike. No podía ser el miedo a su tamaño, porque los dos mejores amigos de Dave eran hijos de robustos pescadores, y Dave, además, era famoso por su ferocidad en las peleas, inversamente proporcional a su estatura. Fuera como fuese, al finalizar aquel primer día Polworth ya se había convertido en su amigo y protector, y se había encargado de recalcarles a sus compañeros de clase los motivos por los que Strike merecía todo su respeto: había nacido en Cornualles; era sobrino de Ted Nancarrow, miembro de la guardia costera del pueblo; no sabía dónde estaba su madre y él no tenía la culpa de que su forma de hablar fuera rara.
A pesar de lo enferma que estaba la tía de Strike, de lo mucho que le había gustado tener a su sobrino en casa una semana entera y de que era consciente de que se marcharía a la mañana siguiente, esa noche Joan prácticamente lo había empujado hasta la calle para que fuese a celebrar el cumpleaños del «Pequeño Dave». Joan daba muchísimo valor a los lazos que se conservaban a lo largo del tiempo, y estaba encantada de que Strike y Dave Polworth siguieran siendo amigos. Para ella, aquella amistad era una prueba de que no se había equivocado al matricular a su sobrino en la escuela del pueblo sin tener en cuenta las intenciones de su madre, y de que Cornualles era el verdadero hogar de Strike, por mucho que hubiera deambulado por el país y se hubiera instalado en Londres.
Polworth dio un gran trago a su cuarta cerveza y, tras volver un poco la cabeza y fulminar con la mirada a la mujer morena y a su amiga rubia, que seguían observando a Strike, dijo:
—Putos turistas...
—¿Y cómo te ganarías la vida sin ellos? —le preguntó Strike.
—No digas tonterías —se apresuró a decir Polworth— . Te - nemos un montón de turistas locales que son fieles y vuelven todos los años.
Polworth había dimitido no hacía mucho de su cargo de dirección en una empresa de ingeniería de Bristol para trabajar de jefe de jardinería de unos enormes jardines públicos en la costa de Saint Mawes. Era submarinista titulado y un experto surfista, y competía en las Iron Man; siempre había sido muy movido, y ya desde pequeño le encantaba la actividad física, y el trabajo de oficina no había conseguido amansarlo.
—Entonces, ¿no te arrepientes? —le preguntó Strike.
—¡Joder, claro que no! —dijo Polworth con fervor—. Necesitaba volver a ensuciarme las manos. Necesitaba salir al exterior. El año que viene cumpliré cuarenta tacos, tío. Era ahora o nunca.
Polworth había solicitado ese nuevo empleo sin contarle nada a su mujer. Cuando supo que iban a contratarlo, dejó su anterior trabajo y se fue a casa a anunciarle la noticia a su familia.
—Penny ya te ha perdonado, ¿no? —preguntó Strike.
—Bueno, todavía me pide el divorcio una vez a la semana —respondió Polworth con indiferencia—, pero era mejor presentarle los hechos consumados que discutir el asunto durante cinco años. Todo ha salido muy bien. A las niñas les encanta su nueva escuela, y la empresa de Penny la ha dejado trasladarse a la oficina de la capital. —Con eso, Polworth se refería a Truro, no a Londres—. Ella está contenta, lo que pasa es que no quiere reconocerlo.
Strike no dijo nada, pero no tenía muy claro que eso fuera verdad. Polworth tenía tendencia a ignorar los inconvenientes, y eso era algo que se sumaba a su amor por el riesgo y por las causas perdidas. En cualquier caso, Strike tenía bastante con sus propios problemas como para preocuparse por los de su amigo, así que levantó su cerveza y, confiando en que Polworth dejara de hablar de política, dijo:
—Bueno, pues muchas felicidades, colega.
—Salud —repuso Polworth, entrechocando su jarra con la de Strike—. Oye, ¿y qué opinas del Arsenal? ¿Crees que tiene opciones de clasificarse?
Strike se limitó a encogerse de hombros. Tenía miedo de que, si se ponían hablar sobre la posibilidad de que su equipo de fútbol londinense consiguiera una plaza en la Champions League, volviera a salir el tema de su debilitada lealtad a Cornualles.
—¿Y qué tal tu vida amorosa? —le preguntó Polworth, cambiando de tema.
—Inexistente —contestó Strike.
Polworth sonrió.
—Joanie siempre dice que acabarás liándote con tu socia. Con Robin.
—¿Ah, sí?
—Me lo contó todo hace un par de fines de semana, cuando fui a su casa a arreglarles el Sky Box.
—Eso no me lo habían contado. —Strike volvió a acercar su jarra a la de Polworth—. Un detalle, tío. Gracias por cuidar de ellos.
Si creía que iba a conseguir distraer a su amigo, se equivocaba.
—Los dos. Tanto ella como Ted —insistió Polworth—. Los dos están convencidos de que te liarás con Robin.
Y como Strike no decía nada, Polworth insistió:
—Entonces, ¿no hay nada entre vosotros?
—No.
—¿Y eso? —Polworth volvió a fruncir el ceño. Como sucedía con el tema de la independencia de Cornualles, Strike se negaba a adherirse a una causa obviamente deseable—. Es muy guapa. He visto fotos suyas en el periódico. Quizá no esté a la altura de Doña Berrinches —admitió. Ése era el apodo que le había puesto hacía tiempo a la ex novia de Strike—, pero, por otra parte, no está como una puta regadera, ¿no, Diddy?
Strike sonrió.
—Y a Lucy le cae bien —agregó Polworth—. Dice que formáis una pareja perfecta.
—¿Desde cuándo hablas tú con Lucy de mi vida amorosa? —preguntó Strike, esta vez sin tanta complacencia.
—Bueno, hace un mes vino con los críos a pasar el fin de semana y los invitamos a todos a una barbacoa.
Strike tomó un sorbo de cerveza y no dijo nada.
—Según ella, os lleváis fenomenal —añadió Polworth, observándolo.
—Sí, es verdad.
Polworth siguió mirándolo con las cejas arqueadas, expectante.
—Eso acabaría jodiéndolo todo —dijo Strike finalmente—. No voy a poner en peligro la agencia.
—Ya — repuso Polworth—. Pero ¿has tenido la tentación?
Hubo una breve pausa. Strike se esforzó en no mirar a la mujer morena y a su amiga; estaba convencido de que hablaban de él.
—Ha habido momentos en que se me ha pasado por la cabeza —confesó—. Pero ella está sufriendo bastante con el divorcio, ya nos pasamos media vida juntos y me gusta como socia.
Dada su antigua amistad, y teniendo en cuenta que ya habían discutido sobre política y que era el cumpleaños de Polworth, Strike estaba procurando no manifestar el más mínimo resentimiento ante aquella nueva línea de interrogatorio. Todas las personas casadas a las que conocía parecían desesperadas por arrastrar a los demás al matrimonio, sin importarles lo más mínimo que ellos fuesen un ejemplo pésimo para comenzar a hacer publicidad de esa institución. Los Polworth, por ejemplo, vivían en un estado permanente de mutua animosidad. Strike había oído más veces a Penny referirse a su marido como «ese gilipollas» que por su nombre, y Polworth deleitaba continuamente a sus amigos con detallados relatos de cómo se las había ingeniado para perseguir sus objetivos o dedicarse a sus intereses a expensas de su mujer o haciendo caso omiso de sus protestas. Ambos parecían más felices y relajados en compañía de personas de su mismo sexo, y en las escasas ocasiones en que Strike había estado con más gente en su casa, las reuniones siempre habían seguido el mismo patrón de segregación natural: las mujeres juntas en una parte de la casa, y los hombres en otra.
—¿Y qué pasará cuando Robin quiera tener hijos? —preguntó Polworth.
—Dudo que quiera tener hijos —contestó Strike—. Le gusta mucho su trabajo.
—Todas dicen lo mismo —dijo Polworth con desdén—. ¿Qué edad tiene ahora?
—Es diez años más joven que nosotros.
—Querrá tener hijos —le aseguró Polworth—. Todas quieren. Y antes que los hombres, porque el tiempo se les echa encima.
—Bueno, pues conmigo no va a ser, eso desde luego. Yo no quiero tener hijos. Además, a medida que me hago mayor, cada vez me veo menos casado.
—Yo pensaba como tú, tío —intervino Polworth—. Pero luego me di cuenta de que estaba equivocado. Ya te he contado lo que pasó, ¿verdad? Cómo acabé proponiéndole matrimonio a Penny.
—Me parece que no...
—¿Nunca te he contado todo el rollo de Tolstói? —Polworth parecía muy sorprendido por esa omisión.
Strike, que se disponía a tomar un trago, bajó la jarra y miró a su amigo con perplejidad. Desde la escuela primaria, Polworth, que poseía una mente sumamente aguda, pero despreciaba cualquier tipo de estudio al que no pudiera dar un uso práctico e inmediato, siempre había rehuido cualquier material impreso que fuera más allá de un manual técnico.
Polworth no interpretó correctamente la expresión de Strike.
—Tolstói, ya sabes... El escritor.
—Sí, ya lo sé —dijo Strike—. Pero ¿qué tiene que ver Tolstói con...?
—¿No te lo estoy contando? Era la segunda vez que cortaba con Penny. Estaba emperrada en que teníamos que comprometernos, y a mí no me apetecía. Pues un día estaba en un bar, contándole a mi amigo Chris que estaba harto de que Penny me diera la lata con que quería un anillo... ¿Te acuerdas de Chris? Aquel tipo alto que ceceaba. Lo conociste en el bautizo de Rozwyn.
»Total, que en la barra había un tío mayor que estaba bastante borracho. Iba solo y tenía pinta de marica: americana de pana, pelo perfectamente ondulado... En fin, que me estaba cabreando, la verdad, porque era evidente que tenía la oreja puesta en nuestra conversación, así que le pregunté que qué coño miraba, y el tío me mira a los ojos y me suelta: “Sólo puedes transportar una carga y usar las manos si te atas ese peso a la espalda. Si te casas, podrás volver a usar las manos. Si no te casas, nunca tendrás las manos libres para hacer nada más. Mira a Mazankov y a Krupov. Los dos arruinaron su carrera por culpa de las mujeres.”
»Pensé que Mazankov y Krupov debían de ser amigos suyos. Le pregunté por qué coño me contaba aquello, y entonces me dijo que era una cita de ese escritor, Tolstói.
»Nos pusimos a hablar, y te aseguro, Diddy, que aquella conversación me cambió la vida. Se me encendió la bombilla —dijo Polworth, señalando con un dedo por encima de su incipiente calva—. Aquel tío me hizo verlo claro. El gran dilema masculino, colega. Ya me ves a mí un jueves por la noche buscando dónde meterla y volviendo a casa solo otra vez, más pobre y muerto de aburrimiento que nunca; pensé en el dinero que llevaba gastado en perseguir a las tías y en lo coñazo que era todo eso, y me pregunté si quería estar viendo porno yo solo a los cuarenta, y me dije: de eso se trata. El matrimonio es para eso. ¿Voy a encontrar a alguien mejor que Penny? ¿Me gusta hablar de chorradas con las mujeres en los bares? Penny y yo nos llevamos bien. Podría ser mucho peor. Ella no está tan mal. Si me quedo con ella, tendré un agujero en casa esperándome todos los días, ¿no?
—Es una pena que Penny no te esté oyendo —dijo Strike—. Volvería a enamorarse de ti otra vez.
—Le estreché la mano a aquel estirado —siguió diciendo Polworth, ignorando el sarcasmo de Strike—. Hasta me hizo anotar el título del libro. Salí del bar, cogí un taxi, fui al piso de Penny y aporreé la puerta hasta que la desperté. Se puso furiosa. Creyó que había ido a su casa porque estaba borracho, no había encontrado nada mejor y quería echar un polvo. «No, so boba. He venido porque quiero casarme contigo», le solté.
»Por cierto, ¿sabes cómo se titula ese libro? —añadió Polworth—. Ana Karenina. —Apuró su cerveza—. Es una mierda, la verdad.
Strike se rió.
Polworth soltó un eructo y miró la hora. Sabía muy bien cuándo era el momento de largarse, y no tenía más tiempo para las despedidas interminables que para la literatura rusa.
—Me las piro, Diddy —dijo, poniéndose en pie—. Si llego antes de las once y media, me habré ganado una mamada de cumpleaños. Y eso es lo que importa, colega. Lo único que importa.
Strike, sonriente, aceptó el apretón de manos de su amigo. Polworth le pidió que le diera recuerdos a Joan e insistió en que lo llamara la próxima vez que bajara a Saint Mawes; luego salió del abarrotado pub y se perdió de vista.
Al corazón interiormente herido lo apacigua la esperanza de eso que es capaz de aliviar su dolor...
EDMUND SPENSER, La reina hada
Strike todavía estaba sonriendo por la historia que le había contado Polworth cuando reparó en que la mujer morena de la barra daba muestras de querer acercarse a hablar con él. Por lo visto, su compañera, rubia y con gafas, estaba aconsejándole que no lo hiciera, así que Strike se terminó la cerveza, cogió su cartera, comprobó que todavía tenía el paquete de cigarrillos en el bolsillo y, ayudándose de la pared que tenía al lado, se levantó y se aseguró de poder mantener el equilibrio antes de empezar a andar. A veces, después de cuatro cervezas, su pierna ortopédica no colaboraba mucho. Tras asegurarse de que no tendría problemas para sostenerse en pie, se dirigió hacia la salida, saludando con la cabeza y sonriendo a los pocos parroquianos a los que no podía ignorar sin ofenderlos, y salió a la oscura y húmeda calle sin que nadie lo importunara.
Los anchos e irregulares escalones que descendían hasta la bahía seguían ocupados por los clientes que habían salido a fumar y a beber. Strike sacó sus cigarrillos mientras se abría paso entre la gente.
Era una noche de agosto templada y todavía había turistas paseando por el pintoresco paseo marítimo. A Strike lo esperaba una caminata de quince minutos con un tramo de fuerte subida antes de llegar a la casa de sus tíos. Tuvo un antojo y torció a la derecha, cruzó la calle y se dirigió hacia el muro de piedra que separaba la terminal de ferris y el pequeño aparcamiento del mar. Se apoyó en él, encendió un cigarrillo y contempló el balanceo de las olas, de un color gris humo y plata, convirtiéndose en un turista más en la oscuridad. Allí podría fumarse un pitillo sin tener que contestar preguntas sobre el cáncer y retrasar un poco más el momento de regresar al incómodo sofá donde había dormido las seis noches pasadas.
A su llegada, Joan le había dicho que a él, el ex soldado soltero y sin hijos, no le importaría dormir en el salón «porque tú duermes en cualquier sitio». Se había negado a contemplar siquiera la posibilidad que Strike le había planteado por teléfono: que él se quedara en un bed and breakfast, en lugar de forzar tanto la capacidad de la casa. Strike iba poco de visita a casa de sus tíos —y menos aún coincidiendo con su hermana y sus sobrinos—, y Joan quería aprovechar al máximo su presencia y sentir que volvía a ser la persona que cuida y ayuda, por muy debilitada que estuviera por el primer ciclo de quimioterapia.
Así que el corpulento Strike, que habría dormido mucho mejor en un catre de campaña, se había acostado todas las noches sin protestar en el resbaladizo y rígido sofá con relleno de crin de caballo y tapicería de raso, y todas las mañanas lo habían despertado sus sobrinos, a los que cada día se les olvidaba que les habían pedido que no irrumpiesen en el salón hasta las ocho. Por lo menos, Jack tenía el detalle de disculparse en voz baja cuando se daba cuenta de que había despertado a su tío. El mayor, Luke, bajaba por la estrecha escalera gritando y haciendo un ruido infernal todas las mañanas, y se limitaba a reír como un tonto cuando pasaba al lado de Strike camino de la cocina.
Luke había roto unos auriculares nuevos de Strike, aunque el detective se había visto obligado a fingir que no tenía ninguna importancia. A su sobrino mayor también le había parecido divertido corretear por el jardín con la pierna ortopédica de Strike una mañana, y hacerle señas con ella a su tío desde el otro lado de la ventana. Cuando por fin se la devolvió, Strike, que tenía la vejiga a punto de explotar y no quería subir la empinada escalera a la pata coja para llegar al único cuarto de baño de la casa, le había soltado al niño una reprimenda que lo había dejado inusualmente dócil el resto del día.
Entretanto, cada mañana Joan le decía a Strike: «Has dormido bien...», sin ni una pizca de interrogación en el tono de voz. Joan siempre había tenido la habilidad de presionar con sutileza a los otros miembros de la familia para que le dijesen lo que ella quería oír. En la época en que Strike dormía en su propio despacho y se preparaba para afrontar una insolvencia inminente (una situación que no había compartido con sus tíos, eso había que reconocerlo), Joan le había dicho por teléfono con un sonsonete alegre: «Te va todo estupendamente», y a él le había parecido, como le pasaba siempre, que desmentir su optimista declaración habría resultado innecesariamente agresivo. Después de que le volaran la pierna en Afganistán, Joan, llorosa junto a su cama de hospital mientras él intentaba enfocar la mirada para verla a través de una niebla de morfina, le había dicho: «Pero ahora ya estás bien. No te duele.» Strike quería mucho a su tía, que había cuidado de él durante largos períodos de su infancia, pero ahora estar con ella mucho tiempo le producía una inevitable sensación de asfixia. Sus malabarismos dialécticos para negar o ignorar verdades incómodas lo fatigaban cada vez más.
Vio brillar algo en el agua, algo reluciente y plateado con un par de ojos negros como el azabache: una foca se movía perezosamente un poco más allá de donde estaba Strike. La vio maniobrar en el agua y se preguntó si la foca estaría viéndolo a él, y por alguna razón que no habría podido explicar, de pronto se puso a pensar en su socia de la agencia de detectives.
Era consciente de que no le había contado a Polworth toda la verdad sobre su relación con Robin Ellacott. Al fin y al cabo, eso no era asunto de nadie. Lo cierto era que sus sentimientos contenían matices y complicaciones que prefería no ponerse a examinar. Por ejemplo, cuando estaba solo, aburrido o triste, le daban ganas de oír la voz de Robin...
Miró la hora. Su socia se había tomado el día libre, pero había una remota posibilidad de que todavía estuviese despierta, y él tenía una excusa bastante buena para enviarle un mensaje: a Saul Morris, el nuevo colaborador externo de la agencia, todavía se le debían los gastos de ese mes, y Strike no había dejado instrucciones para solucionarlo. Si le escribía para comentarle lo de Morris, lo más probable era que Robin lo llamara para preguntarle cómo estaba Joan...
—Disculpe... —dijo tímidamente una voz detrás de él.
No necesitó darse la vuelta para saber que era la mujer morena del pub. Tenía acento de los home counties, y hablaba con aquella característica mezcla de disculpa y emoción que Strike solía detectar en quienes se le acercaban para felicitarlo por sus éxitos como detective.
—¿Sí? —contestó él, dándose la vuelta.
Iba acompañada de su amiga rubia. Aunque quizá eran algo más que amigas, pensó Strike. Las dos mujeres, que debían de rondar los cuarenta, parecían unidas por un vínculo difícil de definir. Ambas vestían vaqueros y camisa, y la rubia, sobre todo, tenía la delgadez y el rostro un poco curtido de quienes se pasan los fines de semana practicando senderismo o paseando en bicicleta. Muchos la habrían calificado de «guapa», pero sólo porque tenía un rostro proporcionado. Sin embargo, los pómulos prominentes y las gafas y el pelo recogido en una coleta le daban un aire un tanto severo.
La morena era de complexión más delgada. Sus ojos, grandes y grises, brillaban débilmente en su rostro alargado. Incluso en la penumbra, su expresión transmitía un apasionamiento, casi un fanatismo, que recordaba al de una mártir medieval.
—¿Es usted... Cormoran Strike? —preguntó.
—Sí —contestó él, casi con antipatía.
—¡Oh! —exclamó ella, y agitó brevemente una mano con nerviosismo—. Esto es tan... raro. Ya imagino que no le gusta que le... En fin, siento molestarlo, ya sé que está fuera de servicio, pero... —Soltó una risita nerviosa—. Me llamo Anna, por cierto. He pensado... —Inspiró hondo—. He pensado que a lo mejor podía hablarle de mi madre.
Strike no dijo nada.
—Ella... Ella desapareció —continuó Anna—. Se llama Margot Bamborough. Era médica de familia. Una noche terminó de trabajar, salió de su consulta y nadie ha vuelto a verla desde entonces.
—¿Ha llamado a la policía? —le preguntó Strike.
Anna soltó una risita extraña.
—Sí, sí, claro. Quiero decir... se lo conté... Y lo investigaron. Pero no averiguaron nada. Mi madre desapareció en mil novecientos setenta y cuatro.
El agua, oscura, acariciaba la piedra, y a Strike le pareció oír que la foca se destapaba los húmedos orificios nasales. Pasaron tres jóvenes borrachos tambaleándose camino de la terminal de ferris, y Cormoran se preguntó si sabrían que el último ferri había zarpado a las seis.
—Es que... —dijo la mujer, un tanto aturullada—. Bueno, la semana pasada fui a ver a una médium.
«Mierda», pensó Strike.
A lo largo de su carrera de detective se había tropezado en más de una ocasión con esos traficantes de percepciones paranormales, y lo único que sentía por ellos era desprecio: no eran más que chupópteros que sacaban el dinero a los ilusos y los desesperados, o al menos eso opinaba él.
Justo en ese momento, apareció una lancha cuyo motor hizo pedazos el silencio nocturno. Aquél debía de ser el vehículo que los tres chicos borrachos estaban esperando. Empezaron a reírse y a agarrarse unos a otros, preparándose para el mareo que se avecinaba.
—La médium me comentó que conocería a «un guía» —continuó Anna—. Me dijo: «Vas a descubrir lo que le sucedió a tu madre. Conocerás a un guía y debes seguirlo. Pronto verás claro el camino.» Por eso, cuando le hemos visto en el pub... ¡Cormoran Strike en el Victory...! Me ha parecido una coincidencia increíble y he pensado que... En fin, que tenía que hablar con usted.
La brisa alborotó ligeramente su pelo oscuro salpicado de canas. La rubia se acercó un poco más.
—Va, Anna, tenemos que irnos —dijo secamente.
Le puso un brazo alrededor de los hombros y Strike se fijó en que llevaba una alianza en el dedo.
—Perdone que lo hayamos molestado —le dijo a Strike.
Entonces, empujando con cuidado a su amiga, intentó llevársela, pero Anna se pasó el dorso de la mano por la nariz y murmuró:
—Lo siento. Me parece que he bebido demasiado...
—Espere.
Strike maldecía a menudo su incurable necesidad de saber, de ser incapaz de no rascarse cuando algo le picaba, sobre todo cuando estaba cansado y molesto como esa noche. Pero él había nacido precisamente en 1974, así que Margot Bamborough llevaba desaparecida el mismo tiempo que él llevaba vivo... No podía evitarlo: quería saber más.
—¿Están aquí de vacaciones?
—Sí —contestó la rubia—. Bueno, tenemos una segunda residencia en Falmouth, pero, de hecho, vivimos en Londres.
—Yo vuelvo a Londres mañana —dijo Strike. («¿Se puede saber qué coño estás haciendo?», le preguntó una vocecilla)—, pero supongo que por la mañana podría pasar un momento por Falmouth, si les va bien.
—¿En serio? —exclamó Anna. Strike no pudo ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, pero lo dedujo porque la mujer se las secó con una mano—. Eso sería genial, gracias... ¡Muchísimas gracias! Espere, le daré la dirección.
La rubia no mostró ningún entusiasmo ante la perspectiva de ver a Strike al día siguiente. Sin embargo, cuando vio que su amiga empezaba a rebuscar en su bolso, dijo:
—Déjalo, Anna. Tengo una tarjeta. —Se sacó la cartera del bolsillo de atrás y le entregó a Strike una tarjeta de visita que rezaba: «Dra. Kim Sullivan, psicóloga colegiada»; debajo había una dirección de Falmouth.
—Perfecto —repuso Strike, guardándosela en la cartera—. Bueno, pues las veo mañana...
—Yo tengo una videoconferencia de trabajo a primera hora —lo interrumpió Kim—. Acabaré sobre las doce. ¿Es demasiado tarde para usted?
La insinuación estaba clara: «No hablará con Anna sin que esté yo presente.»
—No, me va bien —contestó Strike—. Nos vemos allí a las doce.
—¡Muchísimas gracias! —repitió Anna.
Kim le tendió la mano a su amiga y las dos mujeres se marcharon. Strike las vio pasar por debajo de una farola y desaparecer un poco más adelante, y sólo entonces se volvió de nuevo hacia el mar. La lancha a la que se habían subido los tres jóvenes borrachos ya se había alejado. Parecía diminuta en la bahía que se extendía ante él, y el ruido del motor fue apagándose poco a poco hasta quedar reducido a un murmullo.
Olvidándose momentáneamente del mensaje que iba a enviarle a Robin, encendió otro cigarrillo, sacó el móvil y buscó a Margot Bamborough en Google.
Aparecieron dos fotografías. Una era un primer plano granulado de una mujer atractiva, con un rostro de facciones proporcionadas y ojos muy separados. Tenía el pelo rubio y ondulado, y lo llevaba peinado con raya en medio. Vestía una blusa de solapas largas, y debajo se adivinaba lo que parecía una camiseta de tirantes de punto.
La segunda fotografía era de la misma mujer, pero más joven, con el famoso corsé negro de las conejitas de Playboy complementado con los adornos de rigor: las orejitas negras, las medias del mismo color y la cola blanca. Sostenía una bandeja en la que aparentemente llevaba cigarrillos, y sonreía a la cámara. Detrás de ella, había otra joven sonriente con el mismo uniforme; tenía los dientes un poco salidos, pero era más exuberante que su esbelta amiga.
Strike fue bajando hasta que leyó un nombre famoso junto al de Margot:
... la joven doctora y madre, Margaret «Margot» Bamborough, cuya desaparición el 11 de octubre de 1974 compartía ciertos detalles con los secuestros de Vera Kenny y Gail Wrightman perpetrados por Creed.
Bamborough, que trabajaba en el Consultorio St. John’s de Clerkenwell, había quedado con una amiga suya en el pub Three Kings de esa localidad a las seis de la tarde, pero nunca llegó a su destino.
Varios testigos vieron circular una furgoneta blanca a gran velocidad por la zona más o menos a la misma hora en la que Bamborough supuestamente debería haber acudido a la cita.
El inspector Bill Talbot, que dirigió la investigación de la desaparición de Bamborough, estaba convencido desde el principio de que la joven doctora había sido víctima del asesino en serie que en esos días estaba prófugo en el sudeste del país. Sin embargo, no se halló ningún rastro de Bamborough en el sótano en el que Dennis Creed encerró, torturó y asesinó a otras siete mujeres.
Creed, cuya marca distintiva consistía en decapitar a sus víctimas...
Pero ahora de Britomart aquí se necesita las intrépidas aventuras y extraños hechos contar.
EDMUND SPENSER, La reina hada
Si el día hubiese transcurrido según lo planeado, en ese momento Robin Ellacott habría estado acurrucada en la cama de su piso de alquiler de Earl’s Court, relajada tras un buen baño caliente, con la colada hecha y empezando una nueva novela. Pero estaba sentada en su viejo Land Rover, tan agotada que tenía frío pese a que hacía una noche templada, con la misma la ropa que se había puesto a las cuatro y media de la madrugada, y observando la ventana iluminada de un Pizza Express de Torquay. En el retrovisor lateral se podía distinguir su palidez, sus azules ojos enrojecidos y el pelo rubio rojizo recogido bajo una boina de lana negra a la que ya le tocaba pasar por la lavadora.
De vez en cuando, Robin metía la mano en una bolsa de almendras que tenía a su lado, en el asiento del pasajero. Era muy fácil caer en una dieta a base de comida basura y chocolate cuando estabas haciendo vigilancia, y acabar picoteando más de lo necesario de puro aburrimiento. Ella intentaba comer sano a pesar de sus horarios estrambóticos, pero hacía rato que las almendras habían dejado de apetecerle, y se moría por un trocito de pizza pepperoni como la que estaba devorando una pareja con sobrepeso a la que veía a través de la ventana del restaurante. Se imaginaba perfectamente su sabor, a pesar de que dentro del Land Rover olía a mar, un olor que se mezclaba con el perpetuo pestazo a botas de agua y a perro mojado del vetusto tapizado de los asientos.
El objetivo de aquella vigilancia, a quien Strike y ella habían apodado «el Melenas» por el patético peluquín que llevaba, no estaba en ese momento a la vista. Había entrado en la pizzería hacía exactamente una hora y media con tres acompañantes, a uno de los cuales, un adolescente con un brazo enyesado, Robin alcanzaba a ver si estiraba el cuello e inclinaba la cabeza hacia el lado del asiento del pasajero. Lo hacía cada cinco minutos más o menos, para controlar el desarrollo de la comida de los cuatro comensales. La última vez que había mirado, les estaban llevando unos helados a la mesa. Ya no podían tardar mucho más.
Robin estaba luchando contra una sensación de abatimiento que sabía que, al menos en parte, se debía al agotamiento total, al entumecimiento de todo el cuerpo provocado por las horas que llevaba sentada en el coche y al hecho de haber perdido su anhelado día libre. Con Strike ausente de la agencia de manera forzosa durante toda una semana, ella llevaba veinte días seguidos trabajando sin descanso. Se suponía que aquella mañana su mejor colaborador externo, Sam Barclay, debería haber viajado a Escocia para ocuparse de la vigilancia del Melenas durante todo el día... Pero el Melenas no había volado a Glasgow como estaba previsto, sino que se había dirigido inesperadamente a Torquay, así que Robin no había tenido más remedio que seguirlo.
Había otras dos razones por las que estaba tan decaída, desde luego, y no tenía ningún inconveniente en reconocer una de ellas; sin embargo, cada vez que la otra ocupaba su pensamiento, Robin se enfadaba consigo misma.
La primera razón, la admisible, era su divorcio, que todavía estaba en curso y se volvía más y más conflictivo a medida que pasaban las semanas. Después de que Robin descubriera la aventura amorosa de su marido, con el que ya no convivía, habían tenido un último encuentro, frío y amargo, curiosamente también en un Pizza Express que había cerca de la oficina de Matthew, y allí habían acordado pedir un divorcio no contencioso tras una separación de dos años. Robin era demasiado honesta para no admitir que ella también tenía parte de responsabilidad en el fracaso de su relación. Matthew le había sido infiel, pero ella sabía que nunca se había entregado plenamente al matrimonio, que casi siempre había priorizado su trabajo y que, hacia el final, incluso había estado esperando que apareciera alguna razón para separarse. La aventura amorosa de su marido había sido una verdadera conmoción para ella, pero también un alivio.
Sin embargo, tras los doce meses que habían pasado desde que se comiera aquella pizza con Matthew, Robin había acabado dándose cuenta de que su ex marido no buscaba una solución no contenciosa. Por lo visto, consideraba que el fracaso de su matrimonio era tan sólo responsabilidad de Robin, y estaba decidido a hacerla pagar por su falta, tanto emocional como económicamente. La cuenta bancaria conjunta —donde estaba el dinero de la venta de su anterior vivienda— estaba congelada mientras los abogados discutían sobre qué era razonable que Robin esperara sacar de todo aquello, teniendo en cuenta que ella había ganado mucho menos que Matthew y que, según se insinuaba de manera clara en la última carta, se había casado con él con la única intención de obtener una posición económica que nunca habría podido alcanzar por sus propios medios.
Cada carta que Robin recibía del abogado de Matthew le producía más estrés, rabia y tristeza. Y no necesitaba que su propia abogada se lo dijera para saber que lo que Matthew se proponía era obligarla a gastarse un dinero que no tenía en negociaciones legales, hasta que se le acabaran la cuerda y los recursos y aceptara un acuerdo tan provechoso para él como fuese posible.
—Jamás había visto un divorcio sin hijos tan contencioso —le había comentado su abogada, y esas palabras no le habían procurado consuelo, precisamente.
Matthew seguía ocupando casi tanto espacio en la mente de Robin como cuando estaban casados. A pesar de la distancia física y el silencio que los separaba en su nueva vida, por completo divergente, Robin casi podía adivinar sus pensamientos. Él nunca había sabido encajar una derrota, tenía que ingeniárselas para salir ganador de aquel matrimonio vergonzosamente breve, y por lo visto pensaba hacerlo llevándose todo el dinero y estigmatizando a Robin como la única responsable del fracaso de su relación.
Toda aquella situación era más que suficiente para justificar su estado de ánimo, por supuesto, pero había otra razón, la inadmisible, en la que no conseguía dejar de pensar por mucho que le fastidiara.
Había sucedido el día anterior, en el despacho. Saul Morris, el último colaborador externo contratado por la agencia, todavía no había cobrado los gastos mensuales, así que, tras comprobar que el Melenas regresaba al domicilio conyugal de Windsor, Robin había pasado por Denmark Street para pagarle.
Morris llevaba seis semanas trabajando para la agencia. Era un ex agente de policía innegablemente apuesto, moreno y con unos esplendorosos ojos azules, aunque había algo en él que a Robin la sacaba de quicio: tenía la costumbre de suavizar la voz cuando hablaba con ella; hasta sus más prosaicas conversaciones estaban salpicadas de pícaros apartes y comentarios demasiado personales, y nunca dejaba escapar la ocasión de jugar con los dobles sentidos. Robin maldecía el día en que Morris había descubierto que ambos se estaban divorciando, porque, por lo visto, él creía que eso le abría nuevos territorios de intimidad.
Así que, al salir de Windsor, Robin confiaba en poder llegar al despacho antes de que se hubiese marchado Pat Chauncey, la nueva secretaria de la oficina, pero ya eran las seis y diez cuando subió la escalera y se encontró con Morris esperándola en el rellano, con la puerta cerrada con llave.
—Lo siento —se disculpó Robin—. Había mucho tráfico.
Sacó el dinero de la nueva caja fuerte y le pagó en efectivo, y luego, sin muchos escrúpulos, le dijo que tenía que irse a casa. Aun así, Morris se le pegó como una lapa y comenzó a contarle los últimos mensajes que le había enviado su ex a altas horas de la noche. Robin intentó actuar con una mezcla de educación y frialdad, hasta que sonó el teléfono de su antigua mesa. En otras circunstancias habría dejado que saltara el contestador, sin embargo estaba tan impaciente por cortar la cháchara de Morris que le dijo:
—Perdona, tengo que contestar. Buenas noches. —Y descolgó el auricular.
»Agencia Cormoran Strike. Hola, soy Robin.
—Hola, Robin —dijo una voz femenina ligeramente ronca—. ¿Está el jefe?
Teniendo en cuenta que Robin sólo había hablado una vez con Charlotte Campbell, y que de eso hacía ya tres años, quizá podría parecer sorprendente que reconociera al instante a la mujer que estaba al otro lado de la línea. Robin analizó las palabras de Charlotte hasta un extremo que casi podría parecer absurdo, y detectó en ellas cierto retintín, como si a Charlotte le hiciese gracia que fuera precisamente ella quien hubiera contestado al teléfono. La soltura con la que la había llamado por su nombre de pila y el hecho de que se hubiese referido a Strike como «el jefe» también daban pie a la reflexión.
—No, lo siento —contestó Robin. Cogió un bolígrafo, notando que se le aceleraba el corazón—. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
—Sí, ¿puedes pedirle que llame a Charlotte Campbell? Tengo una cosa para él. Ya sabe mi teléfono.
—Se lo diré —dijo Robin.
—Muchas gracias —repuso Charlotte con aquel tonillo irónico—. Que tengas un buen día.
Robin, obediente, escribió: «Ha llamado Charlotte Campbell, tiene una cosa para ti», y dejó la nota en la mesa de Strike.
Charlotte había sido la novia de Strike. Hacía tres años que habían roto su compromiso, el mismo día que Robin había ido por primera vez a trabajar a la agencia como empleada temporal. Si bien a Strike no le gustaba nada hablar de ese tema, Robin sabía que habían estado juntos dieciséis años («de forma intermitente», como Strike solía recalcar, porque la relación se había interrumpido varias veces antes de la separación definitiva), que Charlotte se había comprometido con su actual marido sólo dos semanas después de que Strike rompiera con ella, y que había tenido gemelos.
Sin embargo, eso no era lo único que Robin sabía, porque, después de dejar a Matthew, había pasado cinco semanas viviendo en la habitación de invitados de Nick e Ilsa Herbert, dos de los amigos más íntimos de Strike. Robin e Ilsa habían intimado durante aquellos días, y seguían viéndose regularmente para tomar una copa o un café. Ilsa confiaba en que algún día —a ser posible pronto— Strike y Robin se darían cuenta de que estaban «hechos el uno para el otro», y no se molestaba en ocultarlo. A pesar de que Robin le pedía cada dos por tres que desistiera de lanzarle indirectas en ese sentido y le aseguraba que Strike y ella estaban muy satisfechos con su amistad y su relación profesional, Ilsa seguía bromeando y mostrándose convencida de lo contrario.
Robin le tenía mucho cariño a Ilsa, pero hablaba muy en serio cuando le pedía a su nueva amiga que se olvidara de emparejarla con Strike. Le horrorizaba pensar que Cormoran pudiese creer que ella era cómplice de los continuos intentos de Ilsa de organizar encuentros entre las dos parejas, que cada vez se parecían más a citas dobles. Strike había declinado las dos últimas invitaciones de ese tipo que le habían propuesto y, si bien era cierto que la cantidad de trabajo que había en la agencia dificultaba cualquier tipo de vida social, Robin tenía la desagradable sospecha de que él sabía muy bien cuáles eran las verdaderas intenciones de Ilsa. Cuando repasaba su breve etapa de mujer casada, Robin estaba segura de no haber caído nunca en la mala costumbre de tratar a las personas solteras como ahora su amiga la trataba a ella: con absoluta falta de consideración por sus sentimientos y, a veces, con torpes intentos de organizarle su vida amorosa.
Por desgracia, una de las estrategias de Ilsa para sonsacarle a Robin detalles sobre su relación con Strike consistía en hablarle de Charlotte, y en esos casos Robin se sentía culpable, porque nunca cortaba la conversación, a pesar de que siempre se quedaba con la sensación de haberse atiborrado de comida basura: incómoda y lamentando no haber sido capaz de controlar sus ansias de saber más.
Sabía, por ejemplo, lo de los numerosos ultimátums —«o el Ejército, o yo»—, lo de los dos intentos de suicidio («el de Arran no fue exactamente un intento de suicidio —le explicó Ilsa con mordacidad—, sino más bien pura manipulación») y lo de los diez días de ingreso forzado en una clínica psiquiátrica. Había oído que Ilsa incluso ponía títulos de serie B a sus episodios: «La noche del cuchillo del pan», «El incidente del vestido de encaje negro» o «La nota manchada de sangre». También sabía que, según Ilsa, Charlotte no estaba loca, sino que simplemente era mala, y que las peleas más violentas que habían tenido Ilsa y su marido, Nick, eran las que trataban sobre Charlotte, y que «a ésta le habría encantado saberlo», añadió su amiga.
Y ahora Charlotte había llamado a la oficina y le había pedido que Strike le devolviera la llamada, y Robin, sentada delante de un Pizza Express, agotada y hambrienta, cavilaba una vez más sobre aquella llamada, como quien tiene una llaga en la boca y no para de tocársela con la punta de la lengua.
Que Charlotte hubiese llamado a la agencia significaba que no sabía que Strike estaba en Cornualles con su tía, enferma terminal, y eso sugería que no mantenían mucho contacto. Por otra parte, el tonillo irónico de Charlotte parecía apuntar a la existencia de algún tipo de complicidad entre ella y Strike...
El móvil de Robin, que estaba en el asiento del pasajero, junto a la bolsa de almendras, emitió un zumbido. Lo cogió, contenta de tener algún tipo de distracción, y vio que acababa de recibir un mensaje de Strike.
¿Estás despierta?
Robin contestó:
No.
Tal como imaginaba, el móvil sonó inmediatamente.
—Me lo temía —dijo Strike sin más preámbulos—. Debes de estar hecha polvo. ¿Cuánto llevas detrás del Melenas? ¿Tres semanas seguidas?
—Todavía sigo detrás de él.
—¿Qué? —exclamó Strike, contrariado—. ¿Estás en Glasgow? ¿Dónde está Barclay?
—En Glasgow, donde tenía que estar. Pero el Melenas no ha cogido el avión. Ha venido en coche hasta Torquay y ahora mismo se está comiendo una pizza. Yo estoy fuera, delante del restaurante.
—¿Y qué demonios hace en Torquay si su amante está en Escocia?
—Visitar a su familia original... —contestó Robin, y lamentó no poder ver la cara de Strike cuando le dio el siguiente dato—: Es bígamo.
Su anuncio fue recibido con un silencio sepulcral.
—A las seis yo estaba delante de su casa de Windsor —continuó Robin—, dispuesta a seguirlo hasta Stansted, esperar a que tomara su vuelo y avisar a Barclay de que ya estaba en camino. Pero el Melenas no se dirigió al aeropuerto. En vez de eso, salió de su casa de manera precipitada y, con cara de pánico, condujo hasta un guardamuebles, entró con su maleta y salió con otra diferente y sin el tupé. Y entonces vino en coche hasta aquí.
»Me temo que nuestra clienta de Windsor está a punto de descubrir que no está legalmente casada —añadió—. El Melenas tiene una esposa en Torquay desde hace veinte años. He hablado con los vecinos, fingiendo que hacía una encuesta. Una de las mujeres que viven en su calle estuvo en su boda. Me ha dicho que viaja mucho por negocios, pero que es encantador y un padre ejemplar.
Hizo una pausa, y al ver que Strike seguía callado como una tumba, continuó con su explicación:
—Tiene dos chicos, ambos estudiantes y casi veinteañeros, y los dos clavaditos a su padre. Uno de ellos tuvo un accidente con la moto ayer mismo... Todo eso me lo ha contado la vecina, como puedes suponer. Lleva un brazo en cabestrillo y está bastante magullado. El Melenas debió de enterarse de lo del accidente y por eso se vino corriendo a Torquay, en lugar de ir a Escocia.
»Aquí el Melenas se llama Edward Campion, no John. He buscado un poco en internet, y resulta que John es su segundo nombre. Con su primera mujer y sus hijos vive en una casa muy bonita, con vistas al mar y un jardín enorme.
—Joder —musitó Strike—. Entonces, nuestra amiga embarazada de Glasgow...
—Es el menor de los problemas de la señora Campion de Windsor —dijo Robin—. Lleva una triple vida: tiene dos esposas y una amante.
—Y parece un babuino calvo... Bueno, eso me anima: los demás todavía tenemos esperanzas. ¿Y dices que ahora está cenando?
—Sí, una pizza, con la mujer y los chicos. Estoy aparcada fuera. Antes no he podido hacerle fotos con sus hijos, y quiero hacérselas, porque serán absolutamente reveladoras. Son Melenas en miniatura, igual que los dos de Windsor. ¿Dónde crees que les habrá contado que estaba?
—¿En una plataforma petrolífera? —especuló Strike—. ¿En el extranjero? ¿En Oriente Próximo? A lo mejor por eso se preocupa tanto por conservar el bronceado.
Robin suspiró.
—Nuestra clienta se va a quedar de piedra.
—Igual que la amante escocesa —dijo Strike—. Ese bebé va a nacer cualquier día de éstos.
—Tiene unos gustos muy consistentes —observó Robin—. Si las pusiéramos a todas en fila, la mujer de Torquay, la mujer de Windsor y la amante de Glasgow parecen la misma mujer a intervalos de veinte años.
—¿Dónde vas a dormir?
—En un Travelodge o en un bed and breakfast... —contestó Robin, sin poder reprimir un largo bostezo—. Eso suponiendo que encuentre alguna habitación libre en el pico de la temporada. Volvería directamente a Londres, no me importa conducir de noche, pero estoy agotada. Llevo despierta desde las cuatro, y ayer también fue un día matador.
—Nada de conducir ni de dormir en el coche —dijo Strike—. Busca una habitación.
—¿Cómo está Joan? —preguntó Robin—. Si quieres quedarte un poco más en Cornualles, nosotros podemos apañarnos.
—Como nos tiene a todos en casa, no para en todo el día. Ted está de acuerdo en que necesita un poco de tranquilidad. Hemos quedado en que volveré dentro de un par de semanas.
—Ya. ¿Y para qué me llamabas? ¿Para que te contara cómo iba lo del Melenas?
—Pues en realidad te llamaba por algo que me acaba de pasar. He salido del pub...
Con unas pocas frases sucintas, Strike le describió su encuentro con la hija de Margot Bamborough.
—Acabo de buscarla en internet —dijo—. Margaret Bamborough, doctora de veintinueve años, casada, con una hija de un año. Salió de su consultorio de Clerkenwell al terminar la jornada laboral y comentó que iba a tomar algo con una amiga antes de volver a casa. El pub estaba a sólo cinco minutos a pie. Su amiga la estuvo esperando, pero Margot nunca llegó, y nadie ha vuelto a verla desde entonces.
Hubo una pausa. Finalmente, Robin, que seguía sin apartar la vista de la ventana de la pizzería, preguntó:
—¿Y su hija cree que, casi cuatro décadas más tarde, vas a averiguar lo que le pasó?
—Por lo visto le ha dado mucho valor a la coincidencia de verme en ese pub justo después de que una médium le dijera que iba a conocer a un «guía».
—Ya veo... —dijo Robin—. Y después de tanto tiempo, ¿qué probabilidades crees que hay de averiguar lo que pasó?
—Entre pocas y ninguna —admitió Strike—. Por otra parte, es obvio que las personas no se evaporan sin más.
Robin se dio cuenta por su tono de que estaba rumiando interrogantes y posibilidades.
—¿Y vas a volver a ver a la hija mañana?
—No pierdo nada con ello, ¿no?
Robin no contestó.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo él, poniéndose un poco a la defensiva—. Clienta emocionalmente afectada que acude a una médium... candidata ideal para que se aprovechen de ella.
—Yo no he insinuado que tú tuvieses intención de aprovecharte de...
—Entonces no hay nada malo en que escuche su historia, ¿no es cierto? A diferencia de mucha gente, yo no aceptaría su dinero por nada. Y en cuanto descarte todas las líneas de investigación...
—Ya te conozco —lo cortó Robin—. Cuanto menos encuentras, más te interesa.
—Me parece que, si no obtuviese resultados en un período razonable, tendría que vérmelas con su pareja. Está casada con una psicó...
Robin lo interrumpió una vez más:
—Te llamo luego, Cormoran. —Y tirando el móvil al asiento del pasajero, cortó la llamada sin esperar a que Strike contestara.
El Melenas acababa de salir del restaurante seguido de su mujer y sus hijos. Caminaban tranquilamente, charlando y sonriendo. Se dirigieron hacia su vehículo, que estaba aparcado cinco coches más allá, por detrás del Land Rover de Robin. Ella los enfocó con la cámara y disparó varias veces a medida que la familia se acercaba.
Cuando pasaron al lado del Land Rover, Robin ya tenía la cámara en el regazo y, con la cabeza agachada, fingía que enviaba un mensaje con el móvil. Por el espejo retrovisor vio cómo la familia del Melenas se metía en el Range Rover y se dirigía hacia su casa junto al mar.
Robin volvió a bostezar, cogió el teléfono y llamó a Strike.
—¿Ya tienes todo lo que querías? —preguntó él.
—Sí. —Robin revisó las fotografías con una mano, mientras, con la otra, sostenía el teléfono—. Hay un par muy claras donde sale él con sus dos hijos. Madre mía, tiene unos genes muy potentes. Sus cuatro hijos tienen exactamente las mismas facciones.
Se guardó la cámara en el bolso.
—¿Te das cuenta de que sólo estoy a un par de horas de Saint Mawes?
—Casi tres —la corrigió Strike.
—Si quieres...
—Pero no vas a conducir hasta aquí para luego regresar a Londres. Acabas de decirme que estás agotada.
Aun así, Robin se dio cuenta de que a Strike le gustaba la idea. Él había bajado a Cornualles en tren, taxi y ferri; desde que había perdido una pierna, conducir muchas horas no le resultaba ni fácil ni especialmente agradable.
—Me gustaría conocer a esa tal Anna. Y luego podríamos volver juntos.
—Bueno, si estás segura... Eso sería genial —dijo Strike, mucho más animado—. Si aceptamos su caso, tendríamos que llevarlo entre los dos. Habrá que rebuscar muchísimo, porque es un caso sobreseído. Y por lo que cuentas, parece que esta noche has cerrado el caso Melenas.
—Sí —suspiró Robin—. Ya ha terminado todo, aunque he arruinado media docena de vidas.
—Tú no le has arruinado la vida a nadie —replicó Strike con ímpetu—. El que las ha arruinado ha sido él. Además, ¿qué crees que es mejor: que las tres mujeres se enteren ahora, o cuando él muera, con todo el follón que eso provocará?
—Sí, ya lo sé... —repuso Robin, volviendo a bostezar—. Entonces, ¿quieres que vaya directamente a casa de tus...?
Strike la interrumpió con un «no» rápido y firme.
—Anna y su compañera están en Falmouth. Te queda más cerca. Nos vemos allí.
—Vale —dijo Robin—. ¿A qué hora?
—¿Crees que podrás estar allí a las once y media?
—Sí, sin problemas.
—Te mando un mensaje cuando sepa dónde podemos quedar. Y ahora, duerme un poco.
Mientras giraba la llave del contacto, Robin se dio cuenta de que su estado de ánimo había mejorado considerablemente. Sin embargo, como si la estuviera observando un jurado hipercrítico formado por Ilsa, Matthew y Charlotte Campbell, entre otros, reprimió la sonrisa que se dibujaba en sus labios y maniobró para salir de donde estaba aparcada.
Concebidos por dos padres de una madre, aunque de contrarias naturalezas cada uno del otro...
EDMUND SPENSER, La reina hada
Al día siguiente, Strike se despertó un poco antes de las cinco, cuando la luz ya atravesaba las finas cortinas de Joan. El sofá relleno de crin de caballo le castigaba una parte diferente del cuerpo cada noche, y aquella mañana era como si le hubiesen pegado un puñetazo en un riñón. Cogió su móvil, miró la hora, decidió que estaba demasiado dolorido para volver a dormirse y se incorporó hasta quedar sentado.
Después de un minuto dedicado a desperezarse y a rascarse las axilas, mientras su vista se acostumbraba a las extrañas formas que surgían por todos los rincones de la penumbra del salón de Joan y Ted, volvió a buscar a Margot Bamborough en Google y, tras un somero examen de la fotografía de la risueña doctora de pelo ondulado y ojos muy separados, fue bajando por los resultados hasta que dio con el de una página web dedicada a asesinos en serie donde la mencionaban. Allí encontró un artículo muy largo que incluía varias fotografías de Dennis Creed a diversas edades: desde el bebé adorable de pelo rubio y rizado, hasta la foto policial de un hombre delgado, con labios blandos y sensuales y grandes gafas cuadradas.
Luego Strike buscó una librería online, donde encontró una biografía del asesino en serie publicada en 1985 y titulada El demonio de Paradise Park. Su autor era un respetado periodista de investigación ya fallecido. El rostro anodino de Creed aparecía en color en la cubierta, superpuesto a unas tenues imágenes en blanco y negro de las siete mujeres a las que se sabía que había torturado y asesinado. La cara de Margot Bamborough no estaba entre ellas. Strike encargó el libro de segunda mano, que le costó una libra, para que se lo enviaran a la agencia.
Volvió a poner el teléfono en el cargador, se colocó la pierna ortopédica, cogió los cigarrillos y el mechero, rodeó un desvencijado juego de mesas nido con un jarrón de flores secas encima y, procurando no tirar ningún plato ornamental de la pared, pasó por debajo de un arco y bajó los tres altos escalones que daban acceso a la cocina. Al pisar el viejo suelo de linóleo, que llevaba allí desde que él era niño, notó el frío en la planta de su único pie.
Después de prepararse una taza de té, salió por la puerta trasera en calzoncillos y camiseta para disfrutar del fresco de la mañana; se apoyó en la pared de la casa y, mientras respiraba aquel aire cargado de sal entre calada y calada del cigarrillo, comenzó a pensar en madres desaparecidas. Esos últimos diez días había pensado a menudo en Leda; Joan y ella eran polos opuestos.
«¿Ya has probado el tabaco, Cormy? —le había preguntado una vez, distraída, desde detrás de una nube de humo azulado que acababa de exhalar—. Es malo para la salud, pero, joder, me encanta.»
A veces la gente se preguntaba por qué los servicios sociales nunca habían intervenido en el caso de la familia de Leda Strike. La respuesta era que Leda nunca había permanecido en el mismo sitio el tiempo suficiente para que la detectaran. La mayoría de las veces, sus hijos sólo iban unas pocas semanas a una nueva escuela, hasta que a ella la invadía un repentino entusiasmo que la hacía marcharse a otra ciudad, a otra casa ocupada, a dormir en el suelo de casas de amigos o, en ocasiones, a alquilar su propio piso. Los únicos que sabían lo que pasaba, y los únicos que habrían podido llamar a los servicios sociales, eran Ted y Joan, el único elemento fijo de la vida de aquellos dos niños; pero ya fuese porque Ted temía perjudicar su relación con su díscola hermana, o porque Joan temía que los niños no se lo perdonaran, nunca llegaron a hacerlo.
Uno de los recuerdos más vívidos que Strike conservaba de su infancia era también una de las raras ocasiones en las que recordaba haber llorado, el día que Leda había regresado sin avisar, cuando él llevaba seis semanas del primer trimestre en la escuela primaria de Saint Mawes. Sorprendida y enojada al enterarse de que, en su ausencia, se habían tomado decisiones tan definitivas como matricular a su hijo en la escuela, se los había llevado a él y a su hermana directamente al ferri, y les había prometido que, cuando llegasen a Londres, les haría todo tipo de regalos. Strike se había puesto a berrear y había tratado de explicarle que Dave Polworth y él habían quedado para ir a explorar las cuevas de los contrabandistas ese fin de semana, unas cuevas que quizá sólo existieran en la imaginación de Dave, pero que no por eso eran menos reales para Strike.
—Ya irás a ver las cuevas —le había prometido Leda cuando ya estaban en el tren, camino de Londres, atiborrándose de golosinas—. Y te prometo que pronto volverás a ver a ese amigo tuyo, como se llame.
—Dave —había dicho Strike entre sollozos—. Se llama D-Dave.
«No pienses en eso», se dijo Strike, y encendió otro cigarrillo con la punta del primero.
—¡Stick, te vas a morir de frío si te quedas ahí fuera en calzoncillos!
Strike se dio la vuelta. Su hermana estaba en el umbral, envuelta en una bata de lana y con unas pantuflas de piel de carnero. Eran tan diferentes físicamente que la gente no podía creer que tuvieran algún parentesco, y aún menos que fuesen hermanastros. Lucy era menuda, rubia y de tez rosada, y se parecía mucho a su padre, un músico no tan famoso como el padre de Strike, aunque mucho más interesado en mantener contacto con su prole.
—Buenos días —dijo él, pero su hermana ya había desaparecido; poco después regresó con los pantalones, la camiseta, los zapatos y los calcetines de Strike.
—Pero si no hace frío, Luce...
—Vas a pillar una neumonía. ¡Vístete!
Al igual que Joan, Lucy confiaba plenamente en su propio criterio a la hora de decidir qué era lo mejor para sus seres queridos. Con mejor talante del que probablemente habría mostrado si no estuviese a punto de regresar a Londres, Strike cogió los pantalones y se los puso, en precario equilibrio y arriesgándose a caerse en el sendero de grava. Para cuando se había puesto el calcetín y el zapato en el pie de verdad, Lucy ya tenía preparadas dos tazas de té, una para cada uno.
—Yo tampoco podía dormir —dijo, pasándole la taza y sentándose en el banco de piedra.
Era la primera vez, desde hacía una semana, que estaban completamente solos. Lucy no se había separado ni un segundo de Joan, y se había empeñado en encargarse de las comidas y la limpieza mientras su tía, que consideraba inconcebible quedarse de brazos cruzados teniéndolos a todos allí, merodeaba protestando por toda la casa. En los pocos momentos en que no estaba presente Joan, solían estar los hijos de Lucy; Jack intentando hablar con Strike, y los otros dos, tratando de conseguir algo de su madre.
—Qué desastre, ¿no? —añadió Lucy con la vista fija más allá del césped y de los cuidados arriates de flores de Ted.
—Sí —coincidió Strike—. Pero crucemos los dedos. Si la quimio...
—La quimio no la curará. Lo único que hará será prolongar la ago...
Lucy sacudió la cabeza y se enjugó las lágrimas con un trozo de papel higiénico arrugado que se sacó del bolsillo de la bata.
—La he llamado dos veces por semana durante casi veinte años, Stick. Esta casa es como un segundo hogar para mis hijos. Joan es la única madre que he tenido...
Strike sabía que no debía morder el anzuelo, pero no pudo contenerse:
—Querrás decir aparte de nuestra verdadera madre.
—Leda nunca fue mi madre —replicó Lucy con frialdad. Strike jamás se lo había oído decir tan abiertamente, aunque su hermana lo había insinuado muchas veces—. Dejé de considerarla mi madre a los catorce años, y tal vez incluso antes. Mi madre es Joan.
Y como Strike no decía nada, añadió:
—Tú elegiste a Leda. Sé que quieres a Joan, pero nuestra relación con ella es por completo distinta.
—Nunca me lo había planteado como una competición —dijo Strike, sacando otro cigarrillo.
—¡Sólo te estoy contando cómo me siento!
«¡Y contándome cómo me siento yo!»
A lo largo de aquella semana de convivencia forzosa, a su hermana ya se le habían escapado algunos comentarios hirientes sobre la escasa frecuencia de las visitas de Strike a sus tíos, pero él se había mordido la lengua y había preferido no replicar. Su principal objetivo consistía en marcharse de aquella casa sin haber discutido con nadie.
—Yo odiaba que Leda viniera a buscarnos —dijo Lucy—. Tú, en cambio, siempre te alegrabas de irte con ella.
Strike se fijó en que Lucy exponía los hechos sin voluntad alguna de indagar en ellos, igual que su tía Joan.
—No siempre me alegraba de irme... —repuso Strike, acordándose de aquel día en el ferri, de Dave Polworth y de las cuevas de contrabandistas. Pero Lucy, por lo visto, sentía que su hermano intentaba arrebatarle algo.
—Lo único que digo es que tú perdiste a tu madre hace unos años, y que ahora... quizá yo pierda a la mía.
Volvió a enjugarse las lágrimas con el trozo de papel higiénico, que ya estaba empapado.
Strike siguió allí de pie, apoyado en la pared y fumando en silencio, con las lumbares doloridas y los ojos irritados de cansancio. Sabía que a Lucy le habría gustado extirpar a Leda para siempre de su memoria, y, a veces, cuando recordaba ciertas situaciones por las que su madre les había hecho pasar, la comprendía. Sin embargo, aquella mañana el fantasma de Leda parecía envolverlo como el humo de su cigarrillo. Casi podía oírla diciéndole a Lucy: «Llora, tesoro, llorar siempre ayuda»; y a él: «Dale un pitillo a tu madre, Cormy.»
No, él no podía odiarla.
—No puedo creer que anoche quedaras con Dave Polworth —dijo Lucy de pronto—. ¡Era la última noche que pasabas aquí!
—Joan prácticamente me echó de casa —replicó Strike, irritado—. Le tiene mucho cariño a Dave. Además, volveré dentro de un par de semanas.
—¿Ah, sí? —dijo Lucy, con lágrimas atrapadas en las pestañas—. ¿O estarás ocupado con algún caso y te olvidarás?
Strike lanzó una bocanada de humo hacia el cielo, cada vez más luminoso y con aquel azul mate que precede a la salida del sol. A lo lejos, hacia la derecha, apenas visible por encima de los tejados de las casas de la cuesta de Hillhead, la división entre el cielo y el mar empezaba a distinguirse en el horizonte.
—No —contestó—, no me olvidaré.
—Porque reaccionas bien en situaciones de crisis —repuso Lucy—, eso no lo negaré, pero por lo visto tienes problemas para mantener compromisos a largo plazo. Joan va a necesitar apoyo durante muchos meses, y no sólo cuando...
—Ya lo sé, Luce —la cortó Strike; no quería perder los estribos, pero se estaba poniendo de mal humor—. Aunque no lo creas, sé lo que es estar enfermo y sé lo que es una recuperación...
—Sí, bueno —dijo Lucy—, cuando Jack estuvo en el hospital te portaste fenomenal, pero cuando todo va bien parece que nada te importe.
—Me llevé a Jack hace dos semanas, ¿o ya no lo recuerdas?
—¡Pero fuiste incapaz de hacer el esfuerzo de venir a la fiesta de cumpleaños de Luke! Les había dicho a todos sus amigos que ibas a estar...
—Pues no debería haberlo hecho, porque te dije claramente por teléfono...
—Dijiste que lo intentarías.
—¡No, eso lo dijiste tú! —la corrigió Strike, cada vez más enojado pese a sus esfuerzos por contenerse—. Dijiste: «Pero si puedes, vendrás.» Y resulta que no pude. Yo te avisé de antemano y, si tú le dijiste otra cosa a Luke, yo no tengo la culpa de que...
—Te agradezco mucho que te lleves a Jack de vez en cuando —intervino Lucy, interrumpiéndolo una vez más—, pero ¿nunca se te ha ocurrido pensar que estaría bien que alguna vez también te llevaras a los otros dos? ¡Adam se puso a llorar cuando Jack llegó a casa y dijo que había estado en las War Rooms! Y luego vienes aquí —prosiguió Lucy, que parecía decidida a soltarlo todo— ¡y sólo le traes un regalo a Jack! ¿Y qué pasa con Luke y Adam?
—Ted me llamó para contarme lo de Joan y salí corriendo. Hacía tiempo que tenía esas insignias guardadas para Jack, por eso las cogí.
—¿Y cómo crees que les sientan esas cosas a Luke y a Adam? ¡Están convencidos de que no te caen tan bien como Jack, evidentemente!
—Bueno, pues es la verdad —replicó Strike, que por fin había perdido la paciencia—. Adam es un quejica, y Luke, un completo gilipollas.
Apagó el cigarrillo aplastándolo contra la pared, lanzó la colilla hacia el seto y entró en la casa, dejando a Lucy con la boca abierta y jadeando como un pez varado en la playa.
Cuando entró en el oscuro salón tropezó con el juego de mesitas nido. El jarrón de flores secas se volcó y cayó sobre la moqueta estampada, y Strike aplastó sin querer los frágiles tallos y las quebradizas corolas, que quedaron reducidas a polvo bajo su pie ortopédico. Todavía estaba recogiendo con torpeza los restos del suelo cuando Lucy, emanando indignación materna, pasó a su lado en silencio y se dirigió a la puerta que daba a la escalera. Strike volvió a poner el jarrón, ahora vacío, encima de la mesita, esperó a que Lucy cerrara la puerta de su dormitorio, y entonces, furioso, subió al cuarto de baño.
Como no quería usar la ducha para no despertar a los demás, se limitó a orinar y a tirar de la cadena, y sólo entonces se acordó de lo ruidoso que era aquel váter. Mientras se lavaba lo mejor que podía con agua tibia y la cisterna se iba llenando con un ruido parecido al de una hormigonera, Strike pensó que sólo alguien que estuviese drogado conseguiría seguir durmiendo con aquel estruendo.
Y no se equivocaba: al abrir la puerta del cuarto de baño, se encontró cara a cara con Joan. La frente de su tía apenas le llegaba a la altura del pecho. Se fijó en su pelo, cano y escaso, y en los ojos, color azul nomeolvides, ahora sin brillo debido a la edad. Su bata guateada y con alamares tenía la dignidad ceremonial de una túnica kabuki.
—Buenos días —dijo Strike, intentando sonar alegre, aunque sólo consiguió aparentar una falsa afabilidad—. No te habré despertado, ¿verdad?
—No, no, ya llevaba un rato despierta. ¿Qué tal estaba Dave?
—Muy bien —contestó Strike efusivamente—. Encantado con su nuevo empleo.
—¿Y Penny y las niñas?
—Bueno, parece que están muy contentas de haber vuelto a Cornualles...
—Ah, me alegro mucho —afirmó Joan—. La madre de Dave temía que Penny no quisiera marcharse de Bristol.
—No, no, todo ha salido muy bien.
Se abrió la puerta del dormitorio que Joan tenía detrás. Luke, en pijama en el umbral, se frotaba los párpados.
—Me habéis despertado —protestó.
—¡Lo siento, tesoro! —dijo Joan.
—¿Puedo desayunar Coco Pops?
—Por supuesto que sí —contestó Joan con ternura.
Luke bajó la escalera a toda prisa, pisando tan fuerte como pudo para hacer el máximo ruido posible. Apenas hacía unos segundos que se había marchado cuando volvió corriendo hacia ellos, con una entusiasta expresión de júbilo en su pecosa cara.
—¡Abuelita, tío Cormoran ha roto tus flores!
«Mocoso de mierda...»
—Sí, lo siento. Las flores secas... —se excusó Strike—. Las he tirado sin querer, pero el jarrón no se ha roto.
—No te preocupes, no tiene ninguna importancia —dijo Joan, dirigiéndose hacia la escalera—. Voy a buscar el limpiamoquetas.
—No hace falta —se apresuró a decir Strike —, ya lo he...
—Todavía quedan trocitos por toda la moqueta —dijo Luke—. Los he pisado al ir hacia la cocina.
«¡Yo sí que te voy a pisar a ti bien pisado, gilipollas!»
Strike y Luke siguieron a Joan hasta el salón, donde el detective se empeñó en quitarle el limpiamoquetas a su tía, un artilugio arcaico y endeble que tenía desde la década de los setenta. Mientras Strike lo utilizaba como buenamente podía, Luke se quedó observándolo desde la puerta de la cocina, sonriendo y metiéndose un puñado tras otro de Coco Pops en la boca. Para cuando Strike hubo dejado la moqueta al gusto de Joan, Jack y Adam se habían unido al jolgorio matutino, igual que Lucy, que bajó al salón con gesto impasible y ya completamente vestida.
—¿Hoy podremos ir a la playa, mamá?
—¿Podremos bañarnos?
—¿Puedo salir en barca con el tío Ted?
—Siéntate —le dijo Strike a Joan—. Voy a traerte una taza de té.
Pero Lucy se le había adelantado. Le dio la taza a Joan, fulminó con la mirada a Strike y regresó a la cocina, contestando a las preguntas de sus hijos por el camino.
—¿Qué pasa? —preguntó Ted, que acababa de entrar en el salón, todavía en pijama y desconcertado por aquel ajetreo matutino.
En su día había sido casi tan alto como Strike, que se le parecía mucho. El pelo, tupido y rizado, ya se le había puesto completamente blanco, y tenía la cara muy bronceada y con profundas arrugas, pero aunque empezaba a ir un poco encorvado, seguía estando fuerte. El diagnóstico de Joan, sin embargo, le había asestado un duro golpe, y parecía que incluso lo hubiera afectado físicamente. Se lo veía tembloroso, un poco desorientado y vacilante.
—Estoy recogiendo mis cosas, Ted. —De pronto, Strike sentía un irrefrenable deseo de marcharse—. Intentaré llegar al primer ferri para coger uno de los primeros trenes.
—Ah —dijo Ted—. Entonces, ¿te vuelves a Londres?
—Sí —contestó el detective, metiendo su cargador del móvil y su desodorante en la bolsa de deporte, donde ya había guardado cuidadosamente el resto de sus objetos personales—. Pero volveré dentro de un par de semanas. Mantenme informado de todo, ¿vale?
—¡No puedes marcharte sin desayunar! —dijo Joan, muy consternada—. Voy a prepararte un sándwich...
—Nunca tomo nada tan temprano —mintió Strike—. Me he preparado una taza de té, y ya comeré algo en el tren... Díselo tú —le dijo a Ted, porque Joan no había querido escucharlo y se había ido derecha a la cocina.
—¡Joanie! —gritó Ted—. ¡Que no quiere nada!
Strike cogió la chaqueta que había dejado colgada en el respaldo de una silla y llevó la bolsa de deporte al recibidor.
—Lo que tienes que hacer es volver a la cama —le sugirió a Joan cuando ella salió presurosa a despedirse de él—. No quería despertaros, de verdad. Descansa y cuídate, ¿vale? Deja que alguien más se ocupe de dirigir el pueblo durante unas semanitas.
—¿Cuándo piensas dejar de fumar? —replicó ella, compungida.
Strike puso los ojos en blanco, risueño, y la abrazó. Ella se aferró a él igual que lo había hecho cada vez que Leda esperaba impaciente junto a la puerta para llevárselo, y Strike la apretó entre sus brazos y volvió a sentir el dolor de la lealtad dividida, de ser a la vez terreno de batalla y trofeo, de tener que ponerles nombre a cosas incognoscibles e imposibles de catalogar.
—Adiós, Ted —dijo, abrazando también a su tío—. Os llamo cuando llegue a casa y os digo qué día volveré a pasarme.
—Habría podido llevarte en coche —se ofreció su tío Ted débilmente—. ¿Seguro que no quieres que te acompañe?
—Me gusta el ferri —mintió Strike. De hecho, le era casi imposible bajar por los irregulares escalones y llegar hasta el barco sin ayuda del barquero, pero como sabía que a sus tíos les gustaría, dijo—: Me recuerda a cuando éramos pequeños y nos llevabais de compras a Falmouth.
Lucy lo observaba, en apariencia despreocupada, por el hueco de la puerta del salón. Ni Luke ni Adam habían querido separarse de sus Coco Pops, pero Jack apareció en el diminuto recibidor casi sin aliento, y exclamó:
—¡Gracias por las insignias, tío Corm!
—De nada —dijo Strike, alborotándole el pelo al chico—. ¡Adiós, Luce! —gritó—. Hasta pronto, Jack —añadió.
Él poco respondió, mas en varonil corazón su poderosa indignación controló,
que no estaba aún tan oculta, sino alguna parte en su ceñudo rostro apareció...
EDMUND SPENSER, La reina hada
En el dormitorio del bed and breakfast donde Robin había pasado la noche apenas cabían una cama individual, una cómoda y un lavamanos desvencijado en un rincón.
El papel pintado con estampado de flores de color malva ya debía de parecer cutre en los años setenta; las sábanas estaban húmedas, y la persiana veneciana que tapaba parcialmente la ventana se caía a trozos.
Bajo la intensa luz de una única bombilla, apenas atenuada por la pantallita de mimbre, el reflejo de Robin en el espejo era el de una mujer agotada, desaliñada y con marcadas ojeras. Su mochila sólo contenía los artículos que se llevaba siempre a los trabajos de vigilancia: una boina de lana por si tenía que esconder su pelo, de un característico rubio rojizo, unas gafas de sol, una camiseta de recambio, una tarjeta de crédito y un par de documentos de identidad con nombres diferentes. La camiseta limpia que acababa de sacar de la mochila estaba muy arrugada, y necesitaba urgentemente lavarse el pelo, pero en el lavamanos ni siquiera había una pastilla de jabón. Tampoco tenía ni cepillo de dientes ni dentífrico, porque no había previsto que se vería obligada a pasar la noche fuera de casa.
A las ocho, Robin volvía a estar en la calle. Se detuvo en una farmacia y en un Sainsbury’s de Newton Abbott y compró, además de artículos de aseo básicos y champú seco, una botellita de colonia 4711 barata. Luego se lavó los dientes y se aseó lo mejor que pudo en el cuarto de baño del supermercado, y mientras se cepillaba el pelo recibió un mensaje de texto de Strike:
Quedamos en la cafetería Palacio Lounge. Está en The Moor, en el centro de Falmouth. Cualquiera te indicará cómo llegar.
A medida que conducía hacia el oeste, el paisaje iba volviéndose más verde y frondoso. Ella había nacido en Yorkshire, y en Torquay le había parecido increíble ver que crecían palmeras en suelo inglés. Aquellos caminos verdes y sinuosos, la exuberancia de la vegetación y el verdor casi subtropical eran toda una sorpresa para alguien que se había criado rodeada de suaves colinas y ondulados brezales. Y entonces, a su izquierda, empezó a ver los destellos de un mar de color mercurio, extenso y reluciente como una hoja de vidrio. Ahora el fuerte olor a sal se mezclaba con el olor a cítrico de la colonia que había comprado a toda prisa. A pesar de lo cansada que estaba, aquella espléndida mañana hizo que su ánimo mejorara, casi tanto como saber que Strike estaba esperándola al final del camino.
Llegó a Falmouth a las once y buscó un sitio donde aparcar. Las calles estaban abarrotadas de turistas, junto a las puertas de las tiendas se amontonaban los expositores de juguetes de playa, y los pubs estaban decorados con banderines y jardineras. Después de aparcar en el mismo The Moor —una amplia plaza de mercado ubicada en el centro de la ciudad—, pudo comprobar que, bajo aquellos chabacanos adornos veraniegos, Falmouth presumía de unos cuantos edificios espectaculares del siglo XIX. Y precisamente en uno de ellos estaba la cafetería y restaurante Palacio Lounge.
El local, cuyos altos techos y proporciones clásicas recordaban a un antiguo palacio de justicia, estaba decorado con un estilo extravagante pero comedido, que incluía un llamativo papel pintado con estampado de flores naranja, cientos de cuadros kitsch con marcos de colores pastel y un zorro disecado vestido de magistrado. La clientela, en la que predominaban estudiantes y familias, se sentaba en sillas de madera disparejas, y sus voces resonaban en el cavernoso espacio. Robin sólo tardó unos segundos en ver a Strike al fondo del local. Alto y malhumorado, no parecía nada cómodo sentado junto a un par de familias, cuyos numerosos hijos pequeños, la mayoría con ropa de estampado tie-dye, correteaban alrededor de las mesas.
Robin creyó intuir que Strike empezaba a pensar en levantarse justo cuando la vio caminar entre las mesas, pero, si realmente había sido así, al final acabó desistiendo. Sabía muy bien qué cara ponía él cuando le dolía la pierna: se le marcaban más las arrugas de alrededor de la boca, como si llevara un buen rato apretando la mandíbula. Si Robin se había visto cansada en el sucio espejo del bed and breakfast hacía tres horas, Strike parecía absolutamente hecho polvo: iba sin afeitar, lo que le daba un aspecto desaseado, y tenía unas ojeras casi azuladas.
—Buenos días —la saludó Strike, alzando la voz para hacerse oír por encima de los gritos de los alborozados chiquillos hippies—. ¿Has podido aparcar bien?
Robin se sentó ante él.
—Sí, aquí mismo, detrás de la esquina.
—He escogido este sitio porque he pensado que sería fácil de encontrar —dijo Strike a modo de disculpa.
Un crío chocó contra su mesa y el café de Strike se derramó en su plato salpicado de migas de cruasán. El niño siguió corriendo y ni siquiera se disculpó.
—¿Te apetece tomar algo?
—Un café me sentaría de maravilla —dijo Robin también en voz alta, porque los niños continuaban alborotando—. ¿Cómo va todo por Saint Mawes?
—Igual —contestó Strike.
—Lo siento mucho...
—¿Por qué? No es culpa tuya —masculló el detective.
Aquél no era el recibimiento que Robin esperaba después de haber conducido durante dos horas y media para ir a recogerlo. Su disgusto debió de notarse, porque Strike enseguida añadió:
—Gracias por venir. Ha sido un detalle... —Un camarero joven pasó por su lado sin fijarse en su mano levantada, y Strike añadió con enojo—: ¡No hagas como si no me vieras, idiota!
—Ya voy a pedir a la barra —dijo Robin—. De todas formas, quiero ir al lavabo.
Para cuando consiguió entrar y salir del lavabo y pedirle un café a un agobiado camarero, Robin empezó a notar una punzada de dolor en las sienes. Volvió a la mesa y encontró a Strike aún más furioso, porque los niños de las mesas de al lado chillaban todavía más fuerte que antes y seguían correteando alrededor de sus padres, quienes, ignorando por completo a sus hijos, se limitaban a hablar en voz cada vez más alta. A Robin le pasó por la cabeza la idea de darle a Strike el mensaje de Charlotte, pero lo descartó de inmediato.
En realidad, el principal motivo del mal humor de Strike era que le dolía el muñón de la pierna. Se había caído (porque, como se había recordado a sí mismo, era un inútil) al embarcar en el ferri de Falmouth. La hazaña había requerido un precario descenso por una escalera de peldaños de piedra gastados y sin pasamanos, y, a continuación, saltar al barco con la única ayuda de la mano del barquero. Strike pesaba cien kilos y no era fácil sujetarlo cuando perdía el equilibrio. Así que había resbalado y se había caído, y el resultado era que ahora le dolía horrores el muñón.
Robin sacó una caja de paracetamol de su bolso.
—Me duele la cabeza —dijo a modo de explicación, al ver la mirada interrogativa de Strike.
—¡No me sorprende, joder! —exclamó él en voz alta y mirando a los padres, que no le oyeron y siguieron gritándose unos a otros por encima de los estridentes chillidos de su prole.
Se planteó pedirle a Robin que le diera un par de comprimidos, pero pensó que, si lo hacía, daría pie a preguntas fastidiosas, y de eso ya había tenido bastante a lo largo de toda aquella semana, de modo que siguió sufriendo en silencio.
—¿Donde está nuestra clienta? —preguntó Robin después de tragarse los comprimidos con el café.
—A unos cinco minutos de aquí en coche, en un sitio llamado Wodehouse Terrace.
Justo en ese momento, la más pequeña de las niñas que correteaban sin cesar tropezó y se dio de morros contra el suelo de madera. Sus alaridos de dolor le taladraron los tímpanos a Robin.
—¡Oh, Daffy! —exclamó una de las madres, que también llevaba una camiseta de estampado tie-dye—. Pero ¿qué te ha pasado?
La niña tenía sangre en la boca. Su madre se agachó junto a la mesa y se puso a reprender a su hija a la vez que la tranquilizaba, mientras los hermanos y los amiguitos de la pequeña la observaban con avidez. Aquella misma mañana, los pasajeros del ferri lo habían mirado a él con una expresión parecida cuando se había caído en la cubierta.
—¡Tiene una pierna ortopédica! —les había gritado el barquero, en parte, sospechaba Strike, por si alguien atribuía aquella caída a su negligencia. Y esa afirmación no había aliviado en absoluto la vergüenza de Strike ni reducido el interés de sus compañeros de viaje.
—¿Nos vamos? —preguntó Robin, que ya se había puesto en pie.
—Sí, por favor —contestó él de inmediato, haciendo una mueca de dolor al levantarse y cogiendo su bolsa de deporte—. Malditos críos... —murmuró.
Y, cojeando, siguió a Robin hacia la puerta.
Bella Dama, un corazón de piedra lloraría los inmerecidos males y desgracias que tú expones.
EDMUND SPENSER, La reina hada
Wodehouse Terrace estaba en la ladera de una colina con amplias vistas a la bahía. Muchas casas habían reformado sus buhardillas, pero desde la calle pudieron apreciar que la de Anna y Kim era la que más había sido modificada, y tenía una especie de cajón de cristal cuadrado donde antes estaba el tejado.
—¿A qué se dedica Anna? —preguntó Robin mientras subían los escalones que conducían a la puerta principal, pintada de azul oscuro.
—Ni idea —dijo Strike—, pero su pareja es psicóloga. Me dio la impresión de que la idea de que se abriera una investigación no le hacía ninguna gracia.
Strike llamó al timbre. Oyeron pisadas sobre lo que parecía un suelo de madera, y ante la puerta apareció la doctora Sullivan, alta, rubia y descalza, en vaqueros y camiseta, con el sol reflejándose en sus gafas.
Miró al detective y luego a Robin, aparentemente sorprendida.
—Mi socia, Robin Ellacott —explicó Strike.
—Ah —dijo Kim, un tanto contrariada—. Supongo que se da cuenta de que esto sólo es una reunión... exploratoria.
—Robin estaba cerca de aquí ocupándose de otro caso, y pensé que...
—Si Anna prefiere hablar sólo con Cormoran, estaré encantada de esperar en el coche —repuso Robin educadamente.
—De acuerdo, a ver qué dice Anna.
Kim se apartó para dejarlos pasar y añadió:
—Está arriba, en el salón.
Era evidente que la casa había sido reformada de arriba abajo y con mucho gusto. Los materiales dominantes eran la madera blanqueada y el cristal.
El dormitorio, como pudo ver Robin porque la puerta estaba abierta, había sido trasladado a la planta baja, y también otra habitación que parecía un estudio. Arriba, en el cajón de cristal que habían visto desde la calle, se extendía una zona diáfana que incluía la cocina, el comedor y el salón, y que tenía unas vistas espectaculares al mar.
Anna estaba de pie junto a una moderna y reluciente máquina de café; llevaba un mono holgado de algodón, de color azul, y zapatillas de loneta blanca; a Robin le pareció un atuendo muy a la moda, y a Strike, sin ninguna gracia. Llevaba el pelo recogido, lo que revelaba la delicadeza de su nuca y sus hombros.
—Ah... ¡hola! —exclamó, sobresaltándose al verlos—. La cafetera estaba en marcha y no he oído la puerta.
—Annie —dijo Kim, que entró en la habitación detrás de Strike y Robin—, ésta es Robin Ellacott, la socia de... Cameron. Si prefieres hablar sólo con él, a ella no le importa...
—Cormoran —la corrigió Anna—. ¿La gente suele confundir tu nombre? —le preguntó a Strike.
—La mayoría de las veces —contestó él con una sonrisa—. Pero es que es un nombre absurdo.
Anna se rió.
—No me importa que te quedes —le dijo a Robin, dando dos pasos hacia ella con la mano extendida—. Me parece que también he leído algo sobre ti —añadió, y Robin fingió no darse cuenta de que Anna desviaba la mirada hacia la larga cicatriz que tenía en el antebrazo.
—Sentaos, por favor —repuso Kim, señalando el sofá de obra que rodeaba una mesita baja de metacrilato.
—¿Os apetece un café? —preguntó Anna.
Tanto Robin como Strike aceptaron el ofrecimiento, y justo en ese momento una gata ragdoll entró a paso lento en la habitación, pisando delicadamente los charcos de luz del suelo; tenía los ojos del mismo color azul claro que Joan, que estaba al otro lado de la bahía. Tras someter a Strike y a Robin a un escrutinio desapasionado, subió al sofá de un salto y sin ningún esfuerzo, y finalmente se sentó en el regazo de Strike.
—Por paradójico que pueda parecer —dijo Kim mientras llevaba una bandeja con tazas y galletas a la mesa—, Cagney adora a los hombres.
Strike y Robin sonrieron con diplomacia. Anna sirvió el café con una jarrita, y las dos mujeres se sentaron juntas, delante de Strike y de Robin; el sol les daba de lleno en la cara, hasta que Anna cogió un mando a distancia y bajó automáticamente las persianas color crema.
—Qué casa tan bonita —exclamó Robin, mirando a su alrededor.
Kim sonrió, orgullosa.
—Gracias. Todo el mérito es de Anna. —Le dio unas palmaditas en la rodilla a su compañera—. Es arquitecta.
Anna carraspeó.
—Quiero pedirte disculpas por cómo me comporté anoche —dijo mirando fijamente a Strike, con unos ojos de un extraño color plateado—. Había bebido más vino de la cuenta. Seguro que me tomaste por una chiflada.
—Si hubiese sido así, no estaría aquí ahora mismo —contestó Strike mientras acariciaba a la gata, que ronroneaba feliz.
—Pero seguro que te hiciste una idea equivocada de mí cuando mencioné a la médium... Kim ya me habrá dicho unas mil veces que esa visita fue una completa estupidez.
—Yo nunca he dicho eso en esos términos, Annie —repuso Kim en voz baja—. Lo único que digo es que eres una persona vulnerable. Eso es muy diferente.
—¿Puedo preguntarte qué te dijo la médium? —quiso saber Strike.
—¿Acaso importa? —replicó Kim, mirando a Strike con cierta desconfianza.
—No a efectos de la investigación —intervino Strike—, pero, teniendo en cuenta que ésa fue la razón por la que Anna decidió abordarme...
—Bueno, en realidad no me dijo nada útil... Y no es que yo creyera que... —Anna soltó una risita nerviosa, sacudió la cabeza y volvió empezar—. Ya sé que fue una estupidez. Últimamente... lo he pasado mal. Me fui de mi empresa, estoy a punto de cumplir cuarenta años, y... En fin, Kim se había ido a hacer un curso y yo... no sé, supongo que quería...
Agitó las manos como queriéndole quitar importancia, inspiró hondo y añadió:
—Sólo es una mujer normal y corriente que vive en Chiswick. Tenía la casa llena de ángeles... Ángeles de cerámica y de cristal, ya me entiendes... Y encima de la chimenea tenía uno enorme pintado sobre terciopelo. Según Kim... —Anna miró a su compañera, y Robin desvió la mirada hacia la psicóloga, que permanecía imperturbable—, la médium ya sabía quién era mi madre. Está convencida de que la buscó en Google antes de que yo llegara a su casa. Yo le había dado mi verdadero nombre. Cuando llegué, sólo le dije que mi madre había fallecido hacía muchos años, pero claro... —Volvió a hacer un ademán nervioso—. En realidad, no hay ninguna prueba de que mi madre esté muerta, eso es parte de... Pero bueno, le dije a la médium que había muerto, y que nadie había sido nunca claro conmigo respecto a lo que había pasado.
»Entonces la mujer se puso... En fin, ya sabéis, supongo que entró en trance, como suele decirse —continuó Anna, un poco abochornada—, y me dijo que la gente creía que me estaba protegiendo por mi propio bien, pero que ya era hora de que supiese la verdad, y que pronto conocería a «un guía» que me conduciría hasta ella. Y añadió: «Tu madre está muy orgullosa de ti», y «Te vigila constantemente», y cosas así... Supongo que es lo que dice siempre. Y entonces, al final, dijo: «Yace en un lugar sagrado.»
—¿«Yace en un lugar sagrado»? —repitió Strike.
—Sí. Debió de pensar que sería reconfortante para mí, pero yo no soy creyente. El hecho de que mi madre descanse en lugar sagrado o no, suponiendo que esté enterrada, claro, no es mi principal preocupación, ni mucho menos.
—¿Te importa que tome notas? —le preguntó Strike.
Sacó un bloc y un bolígrafo que Cagney, la gata, creyó que eran para su diversión personal. Intentó quitarle el bolígrafo a Strike mientras él anotaba la fecha.
—Ven aquí, tonta —dijo Kim, y se levantó para coger a la gata y dejarla en el tibio suelo de madera.
—Volvamos al principio —continuó Strike—. Debías de ser muy joven cuando tu madre desapareció, ¿no?
—Tenía poco más de un año —contestó Anna—. No conservo ningún recuerdo de ella. En la casa donde crecí no había ninguna fotografía de ella. Tardé mucho en enterarme de qué había pasado. Entonces no había internet, evidentemente... En fin, sea como sea, mi madre mantuvo su apellido después de casarse, y yo me llamo Anna Phipps, que es el apellido de mi padre, así que si alguien hubiese mencionado a «Margot Bamborough» cuando tenía once años, yo no la habría relacionado conmigo para nada.
»Estaba convencida de que Cynthia era mi madre... Era mi niñera —aclaró—. Es una prima tercera de mi padre, y bastante más joven que él, pero también se apellida Phipps, y yo daba por hecho que éramos una familia normal y corriente. No sé... ¿Por qué iba a pensar otra cosa?
»Lo que sí recuerdo es que, cuando ya había empezado a ir a la escuela, comencé a preguntarme por qué llamaba “Cyn” a Cyn, en lugar de “mamá”. Pero entonces mi padre y Cyn decidieron casarse, y me dijeron que, si quería, ya podía llamarla “mamá”, y yo pensé: “Claro, antes tenía que llamarla por su nombre porque no estaban casados.” Cuando somos pequeños intentamos entender las cosas como podemos, ¿no? Con una lógica un tanto extraña.
»Más tarde, a los siete u ocho años, una niña de la escuela me dijo: “Ésa no es tu madre de verdad. Tu madre de verdad desapareció.” Sonaba tan descabellado que ni siquiera se lo comenté a mi padre o a Cyn. Lo escondí en un rincón de mi mente, pero creo que, de un modo inconsciente, intuía que acababan de darme la respuesta a algunas cosas extrañas que yo había visto y que nunca me habían explicado.
»No supe lo que había ocurrido hasta que cumplí los once. Para entonces, muchos compañeros de clase me habían dado alguna que otra pista, en plan “Tu madre de verdad se fugó” y cosas de ese tipo. Hasta que un día un niño sumamente cruel me dijo: “A tu madre la mató un hombre y luego le cortó la cabeza.”
»Cuando llegué a casa, le conté a mi padre lo que me había dicho aquel niño. Yo esperaba que se riera, que dijera que eso era ridículo, que aquel niño era despreciable... Pero mi padre se puso pálido y no dijo nada.
»Esa misma noche, cuando ya estaba a punto de acostarme, él y Cynthia me pidieron que bajara al salón y me contaron la verdad...
»Y todo lo que yo creía saber se derrumbó —dijo Anna en voz baja—. ¿A quién se le ocurre pensar que una cosa así pueda haber pasado en su propia familia? Yo adoraba a Cyn. De hecho, me llevaba mejor con ella que con mi padre, la verdad. Y entonces me enteré de que no era mi madre y de que los dos me habían mentido... Porque me habían mentido, aunque fuese por omisión...
»Me contaron que una noche mi madre había salido del consultorio médico y que había desaparecido. La última persona que la había visto con vida había sido la recepcionista. Dijo que iba al pub, que estaba a cinco minutos a pie, en la misma calle, donde la esperaba su mejor amiga. Al ver que mi madre no llegaba, su amiga, Oonagh Kennedy, que ya había esperado una hora, pensó que debía de haberse olvidado de que habían quedado. Llamó a casa de mis padres. Mi madre no estaba. Mi padre llamó al consultorio, pero ya habían cerrado. Anocheció y mi madre no volvió a casa. Y entonces mi padre llamó a la policía.
»Investigaron durante meses y meses. Nada. Nadie la había visto, no encontraron ninguna pista... O al menos eso fue lo que me dijeron mi padre y Cyn, porque después he leído cosas que contradicen esa versión.
»Les pregunté dónde estaban los padres de mi madre, y me contestaron que habían fallecido. Luego comprobé que era cierto. Mi abuelo había muerto de un infarto un par de años después de que mi madre desapareciera, y mi abuela, de una embolia un año más tarde. Mi madre era hija única, así que no había más parientes a los que pudiese buscar para que me hablaran de ella.
»Recuerdo que aquella misma noche le pregunté a mi padre si tenía fotografías, y me dijo que las había tirado todas. Pero un par de semanas después de aquella conversación, Cyn me dio unas cuantas. Me pidió que no se lo contara a mi padre, que las escondiera. Y así lo hice: tenía una funda de pijama con forma de conejito, y allí fue donde guardé las fotografías de mi madre durante años.
—¿Te explicaron tu padre y tu madrastra lo que creían que podía haberle ocurrido a tu madre? —preguntó Strike.
—¿Te refieres a Dennis Creed? —dijo Anna—. Sí, pero no me dieron detalles. Me dijeron que existía la posibilidad de que la hubiese matado un «hombre muy malo». No tuvieron más remedio, después de lo que me había dicho aquel compañero de clase.
»Era terrible pensar que pudiese haberla matado Creed... No tardé mucho en averiguar su nombre, los niños de la escuela se encargaron de ponerme al día. Empecé a tener pesadillas en las que veía a mi madre decapitada. A veces la veía entrar en mi dormitorio por la noche. En ocasiones soñaba que encontraba su cabeza en mi cajón de los juguetes.
»Estaba muy enfadada con mi padre y con Cyn —comentó Anna, retorciéndose los dedos—. Estaba enfadada porque no me lo habían contado, evidentemente... Pero también empecé a preguntarme qué más podían haberme ocultado, si estarían implicados en la desaparición de mi madre, si habrían querido quitársela de encima para poder casarse... Me fui un poco por el mal camino, empecé a faltar a clase... Un fin de semana me escapé y la policía me devolvió a casa. Mi padre estaba furioso. Obviamente, viéndolo en retrospectiva... después de lo que le había pasado a mi madre... es lógico que, si de pronto desaparecía yo, aunque sólo fuese por unas horas...
»Les hice la vida imposible, la verdad —explicó Anna, compungida—. Pero debo reconocer el mérito de Cyn, que siempre estuvo a mi lado. No se rindió nunca. Mi padre y ella ya tenían hijos propios por aquel entonces... Tengo un hermano y una hermana pequeños, y hacíamos terapia familiar, nos íbamos de vacaciones y llevábamos a cabo actividades para estrechar los vínculos afectivos... Y todo eso lo organizaba Cyn, porque mi padre, desde luego, habría preferido no hacerlo. Cuando alguien mencionaba a mi madre, se ofendía y se enfadaba mucho. Recuerdo que me gritaba: me preguntaba si no me daba cuenta de lo terrible que era para él sacar aquel tema una y otra vez, y cómo me imaginaba que se sentía.
»Cuando cumplí los quince, intenté buscar a la amiga de mi madre, Oonagh, la chica con la que se suponía que había quedado en el pub la noche de su desaparición. Las dos habían sido conejitas de Playboy —dijo Anna, esbozando una sonrisa—, pero entonces eso yo no lo sabía. Encontré a Oonagh en Wolverhampton, y se emocionó mucho al saber que era la hija de su amiga. Tuvimos un par de conversaciones telefónicas maravillosas. Me contó muchas cosas que yo estaba deseando saber: me habló de su sentido del humor; me explicó que era adicta al chocolate y que era una fan incondicional de Joni Mitchell; me dijo qué perfume usaba... Rive Gauche... Recuerdo que al día siguiente me gasté todo el dinero de mi cumpleaños en una botellita... Cuando hablaba con Oonagh, mi madre se hacía más real que cuando miraba sus fotografías o cuando mi padre y Cyn me contaban cosas de ella.
»Pero mi padre descubrió que había hablado con Oonagh y se enfadó mucho. Me obligó a darle su número de teléfono, la llamó y la acusó de animarme a desafiarlo. Le dijo que yo tenía problemas, que estaba haciendo terapia y que lo último que necesitaba era que viniera gente a “remover” la historia. También me prohibió que usara Rive Gauche. Decía que no soportaba aquel olor.
»Así que no llegué a conocer a Oonagh, y luego, a los veintitantos, cuando intenté volver a contactar con ella, no conseguí encontrarla. Por lo que sé, es posible que hubiera fallecido.
»Empecé la universidad, me fui de casa y comencé a leer todo lo que encontraba sobre Dennis Creed. Volvieron las pesadillas, pero seguía sin averiguar nada de lo que había pasado... Por lo visto, la persona que estuvo a cargo de la investigación de la desaparición de mi madre, un inspector llamado Bill Talbot, siempre creyó que la había matado Creed. Talbot ya debe de estar muerto; de todas formas, estaba a punto de jubilarse...
»Entonces, unos años después de terminar la universidad, tuve la brillante idea de montar una página web —prosiguió Anna—. En esa época tenía una novia que sabía mucho de informática, y ella me ayudó a hacerlo todo... —Hizo una pausa y suspiró—. Fui muy ingenua. En aquella web explicaba quién era, y pedí que cualquiera que tuviese información sobre mi madre se pusiera en contacto conmigo.
»Ya puedes imaginar lo que pasó. Salieron teorías de todo tipo: videntes que me indicaban dónde tenía que cavar; gente que me aseguraba que la había matado mi padre; otros que decían que yo no era la hija de Margot, que sólo buscaba dinero y publicidad... Y también mensajes mezquinos que decían que probablemente mi madre se había fugado con un amante o algo peor. Me llamaron un par de periodistas. Uno publicó un artículo espantoso sobre nuestra familia en el Daily Express; contactaron con mi padre, y eso le hizo mucho daño a nuestra relación...
»La verdad es que, desde entonces, estamos fatal —añadió Anna con tristeza—. Cuando le dije que soy lesbiana, me dio la impresión de que pensaba que sólo lo hacía para fastidiarlo. Además, en los últimos años, Cyn se ha puesto un poco más de su lado. Siempre me dice: “También le debo lealtad a tu padre, Anna.” Y así estamos —concluyó.
Hubo un breve silencio.
—Debe de ser terrible para ti, Anna —dijo Robin.
—Sí —coincidió Kim, que volvió a ponerle una mano en la rodilla a su pareja—, y comprendo que Anna quiera solucionarlo, desde luego. Pero ¿es realista? —preguntó, desviando la mirada de Robin a Strike—. Y lo digo sin ningún ánimo de ofenderos a ninguno de los dos: ¿es realista pensar que, después de tanto tiempo, podáis conseguir lo que nunca consiguió la policía?
—¿Realista? —intervino Strike—. No.
Robin vio que Anna bajaba la mirada y que, de pronto, sus grandes ojos se llenaban de lágrimas. Sintió una inmensa lástima por aquella mujer, pero al mismo tiempo respetaba la sinceridad de Strike, que también parecía haber impresionado a la escéptica Kim.
—La verdad es ésta —continuó Strike, y, por discreción, miró sus notas hasta que Anna terminó de enjugarse las lágrimas con el dorso de la mano—. Creo que tenemos posibilidades de acceder al antiguo expediente policial, porque disponemos de buenos contactos en la Metropolitana. Podemos revisar las pruebas y visitar a los testigos en los casos en que eso sea posible; es decir, podemos asegurarnos de que todo se ha comprobado dos veces.
»Pero lo más probable es que, después de tanto tiempo, no descubramos nada que no descubriera la policía en su día, y entonces nos enfrentaríamos a dos grandes obstáculos. En primer lugar, cero pruebas forenses. Si lo he entendido bien, nunca se encontró ningún rastro de tu madre, ¿verdad? Ni prendas de ropa, ni tarjeta de autobús, nada.
—Así es —murmuró Anna.
—En segundo lugar, como tú misma acabas de señalar, es probable que muchas de las personas que tenían relación con ella o que presenciaron algo aquella noche hayan fallecido.
—Lo sé —dijo Anna, y una lágrima reluciente resbaló por su mejilla y cayó en la mesa de metacrilato. Kim se inclinó hacia su compañera y le puso un brazo sobre los hombros—. Tal vez sea porque ya he cumplido los cuarenta... —dijo entre sollozos—, pero no soporto pensar que me moriré sin saber qué le pasó.
—Lo entiendo —saltó Strike—, pero no quiero prometerte algo que es probable que no pueda cumplir.
—En todos estos años ¿nunca ha habido ninguna nueva pista, ningún nuevo hallazgo? —intervino Robin.
Fue Kim quien contestó. Parecía conmovida por la abierta aflicción de su compañera, y siguió abrazándola.
—Que nosotras sepamos, no, ¿verdad, Annie? Pero si la policía hubiese recibido cualquier información relevante, probablemente se la habría comunicado a Roy, el padre de Anna. Y en ese caso estoy segura de que él no nos lo hubiese contado.
—Mi padre sigue actuando como si nada hubiese pasado. Es su forma de gestionarlo —añadió Anna, enjugándose las lágrimas—. Para él, es como si mi madre nunca hubiese existido... Aunque hay un gran inconveniente para él: si ella no hubiese existido, yo no estaría aquí.
»Aunque parezca mentira —prosiguió—, lo que más me atormenta es que mi madre se largara por voluntad propia para no regresar jamás, que nunca se interesara por cómo me iban las cosas y que no nos dijera dónde estaba. No soporto pensar en esa posibilidad... Mi abuela paterna, por la que nunca he sentido ningún cariño porque era una de las mujeres más crueles que jamás he conocido, ya se encargó de decirme que ella siempre había creído que mi madre nos había dejado atrás. Que no le gustaban el papel de esposa ni el de madre. No os imagináis cómo me dolía eso, pensar que mi madre había sido capaz de dejar que todos nos torturásemos preguntándonos qué le había pasado, y que jamás se hubiese preocupado por comprobar si su hija estaba bien...
»Si la hubiese matado Dennis Creed —continuó—, sería terrible, horroroso, pero todo habría terminado. Podría llorar su muerte sin tener que vivir con la posibilidad de que esté por ahí, en algún sitio, viviendo con otro nombre, y sin importarle lo que haya sido de todos nosotros.
Hubo un breve silencio. Strike y Robin tomaron un sorbo de café, Anna se sonó la nariz y Kim se levantó y fue a la zona de la cocina a buscar un rollo de papel para su mujer.
Entonces entró otra gata ragdoll en la amplia sala. Miró desdeñosamente a los cuatro humanos y, a continuación, se tumbó y se estiró en un charco de luz.
—Ésa es Lacey —dijo Kim mientras Anna volvía a enjugarse las lágrimas—. No le gusta la gente. Ni siquiera nosotras le gustamos.
Strike y Robin rieron otra vez con educación.
—¿Cómo funcionaría esto, suponiendo que siguiéramos adelante? —preguntó Kim de pronto—. ¿Cuál es la tarifa?
—Suelo facturar las horas que dedico al caso —le contestó Strike—. Recibiríais una factura mensual pormenorizada. Puedo enviaros nuestras tarifas por correo electrónico —añadió—, porque supongo que querréis hablarlo las dos tranquilamente antes de tomar una decisión.
—Sí, desde luego —dijo Kim. Sin embargo, mientras le daba su dirección de correo electrónico a Strike, volvió a mirar con gesto de preocupación a Anna, que estaba cabizbaja y seguía llevándose el papel de cocina a los párpados a intervalos regulares.
El muñón de Strike protestó al tener que soportar otra vez su peso después de tan poco rato sentado, pero no había mucho más de que hablar, sobre todo porque Anna se había sumido en un lloroso silencio.
Lamentando haber dejado el plato de galletas sin tocar, Strike estrechó la fría mano de la arquitecta.
—Gracias de todos modos... —susurró Anna, y él tuvo la sensación de que la había decepcionado, de que ella confiaba en que Strike le prometiera averiguar la verdad, de que esperaba que le jurara por su honor hacer eso que nadie había logrado hacer.
Kim los acompañó hasta la puerta.
—Os llamaremos luego —dijo—. Esta tarde. ¿Os parece bien?
—Sí, estupendo. Cuando queráis —contestó Strike.
Robin volvió la cabeza cuando Strike y ella ya descendían por los escalones del soleado jardín que conducían hasta la calle, y vio que Kim los miraba con una expresión extraña, como si hubiese encontrado algo inesperado en aquellos dos visitantes. Al encontrarse su mirada con la de Robin, Kim sonrió de forma mecánica y cerró la puerta de color azul.
Mucho así viajaron de amistosa manera, a través de tierras desérticas y también bien edificadas...
EDMUND SPENSER, La reina hada
Strike salió de Falmouth mucho más animado, lo que Robin atribuyó, sobre todo, a la posibilidad de que les encargaran un nuevo caso. Había comprobado que no había problema sin resolver que no atrajera la atención del detective, independientemente de lo que pudiera estar sucediendo en ese momento en su vida privada.
Robin, en parte, tenía razón: la historia de Anna había despertado el interés de Strike, pero lo que más lo animaba era la perspectiva de no tener que cargar el peso sobre la prótesis durante unas horas, así como el hecho de que cada minuto que pasaba lo alejara un poco más de su hermana. Bajó la ventanilla, dejando entrar el tonificante aire marino en el viejo Land Rover; encendió un cigarrillo, echó el humo procurando que no le llegara a Robin y preguntó:
—¿Has visto mucho a Morris mientras yo he estado fuera?
—Lo vi ayer —contestó Robin—. Le di su cheque de los gastos mensuales.
—Ah, estupendo... Pensaba recordarte que teníamos eso pendiente. ¿Qué opinas de él? Barclay dice que hace bien su trabajo, pero que habla demasiado en el coche.
—Sí —contestó Robin sin comprometerse—, le gusta hablar, es verdad.
—Y Hutchins dice que es un poco zalamero... —insistió Strike, tanteando con sutileza.
Ya se había fijado en que Morris reservaba un tono especial para hablar con Robin. Además, Hutchins le había informado de que su nuevo colaborador externo le había preguntado si Robin tenía pareja.
—Ajá —dijo Robin—. Bueno, la verdad es que no he tenido suficiente contacto con él como para formarme una opinión.
Teniendo en cuenta el nivel de estrés que Strike manejaba últimamente y la cantidad de trabajo que la agencia se esforzaba en cubrir, Robin había decidido no criticar a su última incorporación. Necesitaban a una persona más, y Morris, al menos, sabía hacer su trabajo.
—A Pat le gusta —añadió con cierta picardía, y se alegró cuando, con el rabillo del ojo, vio que Strike la miraba con el ceño fruncido.
—¡Menuda recomendación!
—No seas tan duro —sentenció Robin.
—¿Te das cuenta de que dentro de una semana será más difícil despedirla? Su período de prueba está a punto de terminar.
—Yo no quiero despedirla —repuso Robin—. Creo que es estupenda.
—Ah, muy bien. Pero si nos causa problemas, será responsabilidad tuya.
—¿Y eso por qué? —protestó Robin—. La decisión de contratarla la tomamos conjuntamente. Tú eras el que estaba harto de empleadas temporales.
—Y tú fuiste la que dijo que «quizá no sería mala idea contratar a una secretaria más tradicional» y que «no debíamos descartarla por su edad».
—Sé muy bien lo que dije, y me reafirmo en lo de la edad. Necesitamos a alguien que entienda una hoja de cálculo, una persona organizada, pero tú dijiste que...
—No quería que me acusaras de discriminación por edad.
—Sea como sea, fuiste tú quien le ofreció el empleo —puntualizó Robin con firmeza, zanjando la discusión.
—No sé en qué demonios estaría pensando —masculló Strike, tirando la ceniza por la ventanilla.
Patricia Chauncey tenía cincuenta y seis años y aparentaba sesenta y cinco. Era muy delgada, con rasgos simiescos, la piel muy arrugada y el pelo de un negro inverosímil; en la oficina vapeaba constantemente, y en cuanto pisaba la calle al final de la jornada laboral, podías verla dándole intensas caladas a un Superking. Tenía una voz tan grave y áspera que, por teléfono, a menudo la confundían con Strike. Ocupaba la misma mesa de recepción que antes había ocupado Robin, y se encargaba de contestar al teléfono y de hacer el trabajo administrativo de la agencia, ahora que Robin había pasado a dedicarse exclusivamente a la investigación.
La relación de Strike y Pat había sido complicada desde el principio, lo que tenía un tanto desconcertada a Robin, porque a ella le caían bien los dos. Robin estaba acostumbrada a los episodios de mal humor intermitentes de Strike y tendía a ofrecerle el beneficio de la duda, sobre todo cuando sospechaba que le dolía la pierna. Pat, en cambio, no tenía ningún escrúpulo en soltarle frases como «¡Todavía no se ha muerto nadie por dar las gracias!» si Strike no expresaba suficiente gratitud cuando ella le pasaba los mensajes telefónicos. Era obvio que Patricia Chauncey no sentía admiración alguna por el ahora famoso detective, a diferencia de las empleadas temporales que habían tenido a lo largo del último año —a una incluso la habían despedido de inmediato cuando Strike se dio cuenta de que lo grababa disimuladamente con el móvil desde la recepción—, pero la actitud de la nueva secretaria hacía pensar que su única meta era encontrar algo que desacreditara a Strike, y no había podido disimular cierta satisfacción al enterarse de que la abolladura de uno de los armarios archivadores era producto del puñetazo que un día le había dado el detective.
Por otra parte, el archivo estaba al día, las cuentas en orden, todos los recibos muy bien clasificados, ninguna llamada quedaba sin contestar, Strike y Robin recibían todos sus mensajes con precisión, nunca se les acababan las bolsitas de té ni la leche, y Pat no había llegado tarde ni una sola vez, hiciera el tiempo que hiciese y con independencia de que hubiera o no retrasos en el metro.
También era obvio que Pat sentía debilidad por Morris, a quien había convertido en destinatario de la mayoría de sus desacostumbradas sonrisas. A Morris nunca se le olvidaba homenajear a Pat con sus cautivadores ojos azules antes de dirigir la atención hacia Robin, y la secretaria ya estaba alerta ante la posibilidad de que surgiera un romance entre sus dos compañeros de trabajo más jóvenes.
—Es un encanto —le había dicho a Robin la semana anterior, después de que Morris llamara y diera su posición para que pudiesen decirle a Barclay, que estaba temporalmente ilocalizable, dónde tenía que relevarlo en la vigilancia de su caso más importante—. Eso tienes que reconocérselo.
—Yo no tengo que reconocerle nada —había replicado Robin, un tanto molesta.
Ya tenía suficiente con que Ilsa la importunara en su tiempo libre con preguntas sobre Strike; sólo le faltaba que ahora Pat hiciese lo mismo con respecto a Morris durante las horas de trabajo.
—Tienes razón —le había contestado Pat, impertérrita—. Haz que se lo gane...
Strike dio la última calada al cigarrillo y lo apagó en la lata que Robin guardaba para ese propósito en la guantera.
—Bueno, has liquidado el caso Melenas... Buen trabajo.
—Gracias —dijo Robin—. Pero esto va a saltar a la prensa. La bigamia siempre es noticia.
—Sí —coincidió Strike—. Sea como sea, será peor para él que para nosotros, aunque vale la pena que intentemos desvincularnos en la medida de lo posible. Hablaré con la señora Campion de Windsor. Así que ahora nos quedan... —Fue contando con los dedos a medida que decía los nombres—: Déjà Vu, Danzarín, Postalitas y el Perla.
En la agencia habían adoptado la costumbre de asignarles apodos a sus objetivos y a sus clientes, sobre todo para evitar mencionar sus verdaderos nombres en público o en los correos electrónicos. Déjà Vu era un cliente antiguo de la agencia que había vuelto a aparecer después de tantear a otros detectives privados y no quedar satisfecho con ellos. Strike y Robin ya habían investigado a dos de sus novias. Por lo visto, era sumamente desafortunado en el amor, un hombre cuyas parejas —atraídas en principio por su potente saldo bancario— parecían incapaces de serle fieles. Con el tiempo, Strike y Robin habían llegado a la conclusión de que el hombre obtenía una misteriosa satisfacción emocional o sexual del hecho de que lo engañaran, y que les estaba pagando para que le consiguieran unas pruebas que, lejos de disgustarlo, le proporcionaban placer. En cuanto obtenía las pruebas fotográficas de la traición de su novia, se enfrentaba a ella, se la sacaba de encima y se buscaba otra, y volvía a repetirse el mismo patrón. En esta ocasión estaba saliendo con una glamurosa modelo que, por el momento, para gran —y mal disimulada— decepción de Déjà Vu, parecía serle fiel.
Danzarín —ese apodo tan poco original se lo había puesto Morris— era un bailarín de veinticuatro años que tenía un lío con una mujer de treinta y nueve, dos veces divorciada, cuyas características más destacadas eran su historial de consumo de drogas y su enorme fondo fiduciario. El padre de la vividora había contratado a la agencia para que averiguara todo lo posible sobre los orígenes y los antecedentes de Danzarín, por si hubiese algo que pudiera utilizar para alejar a su hija de él.
Postalitas era, por el momento, un auténtico misterio. Un hombre del tiempo de cierta cadena de televisión, de mediana edad y, en opinión de Robin, muy poco atractivo, había acudido a la agencia después de que la policía le asegurara que no podía hacer nada respecto a las postales que habían empezado a llegar a su lugar de trabajo y, lo que era más preocupante, que también le habían dejado en el buzón de su casa de madrugada. Las postales no contenían amenaza alguna; de hecho, en la mayoría de ellas había poco más que algún que otro comentario banal sobre la corbata con la que había aparecido el hombre del tiempo en su programa, y, sin embargo, daban testimonio de que alguien sabía mucho más sobre los movimientos y la vida privada de aquel hombre de lo que un desconocido debería saber. También llamaba la atención el empleo de postales, pues en la actualidad era mucho más fácil acosar a alguien en las redes sociales. Andy Hutchins, otro colaborador externo de la agencia, ya llevaba dos semanas enteras aparcando enfrente de la casa del hombre del tiempo todas las noches, pero Postalitas todavía no había hecho acto de presencia.
Y, por último, estaba el interesante —y más lucrativo— caso del Perla: un joven banquero de inversiones cuyo rápido ascenso en su empresa había generado un previsible resentimiento entre sus menos afortunados colegas. Esas suspicacias se habían convertido en sospecha en toda regla cuando lo habían ascendido a segundo al mando, pasando por delante de tres candidatos sin duda mucho mejor cualificados. Ahora, saber qué influencia tenía concretamente el Perla sobre el consejero delegado (a quien en la agencia llamaban Jefe del Perla o JP) no sólo les interesaba a los subordinados del Perla, sino también a un par de recelosos miembros del consejo de administración, que se habían reunido con Strike en un oscuro bar de la City para exponerle sus inquietudes. Por el momento, la estrategia de Strike consistía en tratar de averiguar algo más sobre el Perla a través de su secretaria personal, y con ese fin le habían asignado a Morris la tarea de darle conversación al salir del trabajo, sin revelarle su verdadero nombre ni su ocupación, pero tratando de valorar hasta dónde llegaba su lealtad al Perla.
—¿Tienes que estar en Londres a alguna hora concreta? —preguntó Strike tras un breve silencio.
—No —dijo Robin—. ¿Por qué?
—¿Te importa que paremos a comer algo? Es que no he desayunado.
Robin dijo que no le importaba, pese a que recordaba perfectamente el plato lleno de migas de cruasán que el detective tenía delante cuando ella había llegado al Palacio Lounge. Strike, por lo visto, le adivinó el pensamiento.
—Un cruasán no cuenta. Es casi todo aire.
Robin se rió.
Para cuando llegaron a la salida de la estación de servicio Cornwall Services, la atmósfera entre los dos se había vuelto casi alegre a pesar de lo cansados que estaban. Sin olvidar su decisión de comer más sano, Robin atacó su ensalada, mientras Strike le enviaba a Kim Sullivan el formulario con la tarifa tras darle un par de satisfactorios bocados a su sándwich de bistec con queso.
—Esta mañana he discutido con Lucy —dijo de pronto.
Robin supuso que la discusión había sido importante, pues de otro modo Strike no la habría mencionado.
—A las cinco, en el jardín, mientras me fumaba un cigarrillo tranquilamente.
—Un poco temprano para ponerse a discutir... —comentó Robin mientras pinchaba hojas de lechuga con el tenedor sin mucho entusiasmo.
—Bueno, resulta que los dos participamos en el concurso «Quién quiere más a Joan». Yo ni siquiera sabía que me había apuntado.
Dio un par de bocados más sin decir nada, y luego continuó:
—He acabado diciéndole que pienso que Adam es un quejica y Luke, un gilipollas.
Robin, que en ese momento estaba bebiendo agua, se atragantó de golpe. Varios clientes de las mesas cercanas se volvieron mientras Robin tosía y jadeaba. Cogió una servilleta de papel de la mesa para secarse la barbilla y enjugarse las lágrimas y, con un hilo de voz, preguntó:
—Pero... ¿por qué le has dicho algo así?
—Porque Adam es un quejica y Luke, un gilipollas.
Robin, que seguía tosiendo para sacar el agua que tenía en la tráquea, rió con lágrimas en los ojos, pero sacudió la cabeza.
—Joder, Cormoran... —dijo cuando por fin logró articular las palabras.
—Tú no te has pasado una semana entera con ellos. Luke me rompió los auriculares nuevos, cogió mi pierna ortopédica y se puso a correr por el jardín, el muy cabrón. Y luego Lucy me echa en cara que trate con favoritismo a Jack... ¡Pues claro que lo trato con favoritismo! ¡Es el único decente!
—Sí, pero de ahí a decirle a su madre que...
—Sí, eso ya lo sé —la cortó Strike—. La llamaré y le pediré perdón. —Hubo una breve pausa—. Pero, joder —gruñó—, ¿por qué tengo que llevármelos a los tres juntos? A los otros dos les importa un cuerno todo lo militar. «Adam se puso a llorar cuando volvisteis de las War Rooms...» ¡Los cojones! Lo que pasa es que a ese desgraciado no le gustó que yo le hubiese comprado un regalo a Jack. Si fuera por Lucy, tendría que llevármelos de excursión a los tres cada fin de semana, y ellos elegirían por turnos. Iríamos al zoo y a los putos karts, y se echaría a perder todo lo bueno que compartimos Jack y yo... Jack me cae bien —continuó Strike, que casi parecía sorprendido de sí mismo—. Nos interesan las mismas cosas. ¿A qué viene esa obsesión por tratarlos a todos igual? Yo creo que darte cuenta de que nadie te debe nada es una buena lección vital. Por el simple hecho de ser familia no obtienes cosas automáticamente.
»Pero, vale, si lo que quiere es que les compre regalos a los otros dos —dibujó un marco con las manos—, «Intenta no ser tan gilipollas». Lo haré imprimir en una placa para que Luke se la cuelgue en la pared de su dormitorio.
Compraron algunas cosas para picar por el camino y volvieron al coche. Cuando se incorporaron de nuevo a la autopista, Strike se disculpó por no poder turnarse con Robin para conducir. El viejo Land Rover era un reto inasumible para su pierna ortopédica.
—No te preocupes. A mí no me importa... ¿De qué te ríes? —añadió al ver que Strike sonreía por algo que había encontrado en la bolsa de la comida.
—Fresas inglesas —dijo él.
—¿Y eso qué tiene de cómico?
Le explicó lo furioso que estaba Dave Polworth porque en las etiquetas de los productos de Cornualles no figuraba su origen, y la inmensa satisfacción que le producía saber que cada vez más lugareños se identificaban como cornualleses en lugar de como ingleses.
—La teoría de la identidad social es muy interesante —comentó Robin—. Y la teoría de la autocategorización, también. Las estudié en la universidad. No sólo tienen repercusiones en la gente, sino también en los negocios. No sabes hasta qué punto...
Siguió hablando animadamente un par de minutos, y entonces, al mirar hacia el lado, se dio cuenta de que Strike se había quedado dormido. Robin vio que estaba pálido de agotamiento, así que decidió no ofenderse y se quedó callada. Aparte de algún débil ronquido de vez en cuando, Strike no volvió a comunicarse con ella hasta que, en las afueras de Swindon, se despertó de repente.
—Mierda... —dijo de pronto, pasándose el dorso de la mano por los labios—. Lo siento... ¿Cuánto rato he dormido?
—Unas tres horas.
—Joder, lo siento —repitió, y de inmediato cogió un cigarrillo—. He dormido como el culo en el sofá más incómodo del mundo, y los niños me han despertado al amanecer todos los días. ¿Te apetece algo de la bolsa?
—Sí —contestó Robin, pasando olímpicamente del régimen. Necesitaba algo tonificante de forma urgente—. Chocolate. Inglés o cornuallés, no me importa.
—Lo siento —dijo Strike por tercera vez—, me estabas hablando de una teoría sociológica o algo así, ¿no?
Robin sonrió.
—Creo que te has quedado dormido cuando empezaba a explicarte mi fascinante aplicación de la teoría de la identidad social al oficio de detective.
—¿Y cuál es? —preguntó Strike, con ánimo de compensar la falta de educación que había cometido unas horas atrás.
A pesar de que era del todo consciente de que ésa era la razón por la que le había hecho la pregunta, Robin se lo explicó:
—Básicamente, tendemos a clasificar a los demás y a nosotros mismos en distintas categorías, y muchas veces eso conduce a una sobreestimación de afinidades entre los miembros de determinado grupo, y, al mismo tiempo, a una subestimación de las afinidades entre los miembros de distintos grupos.
—¿Con eso quieres decir que no todos los cornualleses son rudos y buena gente, y que no todos los ingleses son gilipollas y pretenciosos? —preguntó Strike mientras desenvolvía una chocolatina Yorkie y se la ponía en la mano a Robin—. Pues lo dudo mucho, pero se lo comentaré a Polworth la próxima vez que lo vea, a ver qué opina.
Strike pasó de las fresas, que habían sido idea de Robin, abrió una lata de Coca-Cola, y se la bebió mientras fumaba y veía cómo el cielo se teñía de un rojo sangre a medida que se acercaban a Londres.
—Dennis Creed todavía vive, ¿lo sabías? —dijo mirando por la ventanilla la mancha borrosa de los árboles—. Esta mañana lo he buscado en internet.
—¿Dónde está? —preguntó Robin.
—En Broadmoor. Al principio lo llevaron a Wakefield, luego a Belmarsh, y en el noventa y cinco lo trasladaron a Broadmoor.
—¿Cuál fue el diagnóstico psiquiátrico?
—Polémico. En el juicio, los psiquiatras no se pusieron de acuerdo sobre si estaba cuerdo o no. Por lo visto, tenía un cociente intelectual muy alto. Al final, el jurado decidió que era perfectamente consciente de que lo que estaba haciendo era incorrecto, y de ahí que acabara en prisión y no en un hospital. Pero después debió de mostrar síntomas que requirieron tratamiento médico.
»Aunque he leído muy poco —continuó—, entiendo por qué el inspector encargado de la investigación pensó que Margot Bamborough podía ser otra víctima de Creed. Según cuentan, vieron una pequeña furgoneta blanca circulando a gran velocidad por la zona, alrededor de la hora a la que se supone que ella se dirigía al Three Kings... Creed había utilizado una furgoneta para llevar a cabo los otros secuestros —aclaró Strike, en respuesta a la mirada interrogativa de Robin.
Las farolas de la autopista se encendieron antes de que Robin, masticando aún el último trozo de Yorkie, dijera: «Yace en un lugar sagrado.»
Strike se rió mientras soltaba una bocanada de humo.
—La típica chorrada de médium.
—¿Tú crees?
—Pues claro, de eso estoy jodidamente seguro —dijo Strike—. Resulta muy práctico eso de que la gente sólo pueda hablar en clave desde el otro barrio. Venga ya.
—Vale, vale... Sólo pensaba en voz alta.
—Además, si uno se empeña, puede considerar «sagrado» casi cualquier sitio. Clerkenwell, por ejemplo, la zona donde desapareció Margot Bamborough, está llena de connotaciones religiosas. Monjes o algo así, no sé. ¿Y sabes dónde vivía Dennis Creed en el setenta y cuatro?
—No.
—En Paradise Park, Islington.
—¡Vaya! —exclamó Robin—. Entonces, ¿crees que la médium sabía quién era la madre de Anna?
—Si yo me dedicara a ese negocio, te aseguro que buscaría el nombre de mis clientes en Google antes de la primera cita. Podría ser un mero detalle para reconfortarla, como comentó Anna. Una insinuación de que su madre había tenido un entierro decente. Por muy dura que hubiese sido su muerte, ésta quedaría purificada por el hecho de que sus restos reposaran en un lugar sagrado. Creed reconoció que había esparcido fragmentos de huesos por Paradise Park, por cierto. Los tiraba en los parterres de flores.
En el coche hacía calor, pero Robin sintió un escalofrío.
—Morbosos de mierda... —masculló Strike.
—¿Quiénes?
—Los médiums, los videntes... Todos esos estafadores que se aprovechan de la gente.
—¿No has pensado nunca que algunos creen realmente en lo que hacen? ¿No te has planteado que es posible que reciban mensajes del más allá?
—Lo que pienso es que el mundo está lleno de chalados, y que cuanto menos los recompensemos por sus chaladuras, mucho mejor para todos.
El móvil sonó en el bolsillo de Strike. Lo cogió.
—Cormoran Strike.
—Ah, hola. Soy Anna Phipps. Kim está aquí, a mi lado.
Strike conectó el altavoz del teléfono.
—Espero que nos oigáis bien... —dijo, alzando la voz para hacerse oír por encima del traqueteo del Land Rover—. Todavía estamos en el coche.
—Sí, se oye mucho ruido —comentó Anna.
Robin giró suavemente el volante y desaceleró en el arcén.
—Espera, voy a parar...
—Ah, mucho mejor —repuso Anna cuando Robin apagó el motor—. Bueno, Kim y yo hemos estado hablando de todo esto, y hemos decidido contrataros.
Robin se llevó una alegría.
—Muy bien —dijo Strike—. Estamos muy interesados en ayudaros, si podemos.
—Pero, por razones psicológicas y... bueno, también económicas —añadió Kim—, nos gustaría ponerle un plazo a la investigación, porque si la policía no ha resuelto este caso en casi cuarenta años... No sé, podríais pasaros cuarenta años más buscando y no encontrar nada, ¿no?
—Sí, es cierto... —dijo Strike—. Entonces...
—Hemos pensado proponeros un año —dijo Anna, que parecía un tanto inquieta—. ¿Creéis que es razonable?
—Es lo que os habría propuesto yo —contestó Strike—. Sinceramente, en menos de doce meses dudo que podamos averiguar mucho.
—¿Necesitáis algo más de mí antes de empezar? —preguntó Anna. Ahora sonaba nerviosa e ilusionada a la vez.
—Seguro que se me ocurre algo —afirmó Strike mientras sacaba su bloc para comprobar un nombre—, pero estaría bien poder hablar con tu padre y con Cynthia.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Strike y Robin se miraron.
—Me parece que eso va a ser imposible —contestó Anna—. Lo siento, pero si mi padre se enterase de lo que estoy haciendo, jamás me lo perdonaría.
—¿Y Cynthia?
—Verás —ahora era Kim la que hablaba—, el padre de Anna ha estado enfermo últimamente. Cynthia es la más razonable de los dos respecto a este tema, pero, tal como están las cosas, ella no haría nada que pudiese disgustar a Roy.
—Bueno, no importa —dijo Strike, mirando a Robin y arqueando las cejas—. Por el momento, nuestra prioridad es conseguir el expediente policial. Entretanto, os enviaremos el contrato por correo electrónico. Lo imprimís, lo firmáis y nos lo enviáis, y nos ponemos en marcha.
—Gracias —respondió Anna
Y con un breve retraso, Kim añadió:
—De acuerdo.
Y colgaron.
—Vaya, vaya... —murmuró Strike—. Nuestro primer caso sobreseído. Esto puede ser muy interesante...
—Y tenemos todo un año —añadió Robin mientras volvía a incorporarse a la autopista.
—Y si les hacemos creer que tenemos alguna pista, ampliarán el plazo...
—Eres muy optimista —sentenció Robin con sorna—. Kim está dispuesta a darnos un año para poder decirle a Anna que ya lo han intentado todo. Me juego cinco libras ahora mismo a que no nos amplían el plazo ni un solo día.
Strike le tendió la mano.
—Acepto la apuesta. Si encontramos la más mínima pista, Anna querrá seguirla hasta el final.
Pasaron el resto del trayecto hablando de las cuatro investigaciones que la agencia tenía en marcha, una conversación que duró hasta que llegaron a la esquina de Denmark Road, donde Strike se apeó del coche.
—Cormoran —dijo Robin mientras él cogía su bolsa del asiento trasero del Land Rover—, encima de la mesa tienes un mensaje de Charlotte Campbell. Llamó ayer y me pidió que la llamaras. Comentó que tenía algo para ti.
Strike se quedó mirando a Robin un momento con gesto inescrutable.
—Vale. Gracias. Bueno, nos vemos mañana. Ah, no —se corrigió al instante—. Tienes el día libre. Pásalo bien.
Cerró la portezuela trasera y fue cojeando hacia la oficina, cabizbajo y con la bolsa colgada del hombro, y Robin, que estaba agotada, se quedó sin saber si Strike quería o no eso que Charlotte Campbell tenía para él.
Luego venía el otoño todo en amarillo vestido...
EDMUND SPENSER
La reina hada
Gran cantidad de cosas terribles de ese siniestro libro leyó...
EDMUND SPENSER, La reina hada
Cuando Strike y Robin le dieron la noticia de que su marido era bígamo, la mujer a la que ahora llamaban «La segunda señora de Melenas», pálida, permaneció en silencio durante un par de minutos. En su pequeña pero acogedora casa del centro de Windsor reinaba la tranquilidad aquel martes por la mañana; su hijo y su hija ya estaban en la escuela, y ella había limpiado antes de que llegaran los detectives: el salón olía a Pledge, y había marcas de la aspiradora en la moqueta. Encima de la mesita de centro, de madera muy pulida, había diez fotografías del Melenas en Torquay, sin el peluquín, riendo al salir de la pizzería con aquellos dos chicos adolescentes que tanto se parecían al hijo y la hija, más pequeños, que tenía en Windsor. Iba abrazado a una mujer sonriente que habría podido ser la hermana mayor de la clienta de los detectives.
Robin, que se acordaba perfectamente de cómo se había sentido cuando el pendiente de diamante de Sarah Shadlock se había caído de su cama de matrimonio, se imaginó el grado de dolor, humillación y vergüenza que se ocultaban tras aquel rostro impertérrito. Strike estaba soltándole el clásico discurso solidario, pero Robin se habría jugado todo su saldo bancario a que la señora de Melenas ya no estaba oyendo ni una sola palabra, y comprendió que no se equivocaba cuando, de repente, la mujer se levantó temblando de tal forma que Strike también se puso en pie, sin terminar la frase que estaba diciendo, por si tenía que sujetar a su clienta. Sin embargo, ella pasó a su lado con paso inseguro y salió del salón. Poco después oyeron que se abría la puerta de la calle y, a través de las cortinas, vieron a su clienta con un palo de golf en la mano acercándose a grandes zancadas a un Audi Q3 rojo que estaba aparcado enfrente de la casa.
—¡Oh, mierda! —exclamó Robin.
Cuando llegaron a su lado, la segunda señora de Melenas ya había destrozado el parabrisas y había hecho varias abolladuras en el techo del coche. Habían aparecido varios vecinos en las ventanas, que miraban la escena embobados, y un par de pomeranias ladraban frenéticos detrás del cristal de la casa de enfrente. Cuando Strike le quitó el hierro cuatro de la mano, la señora de Melenas lo insultó y forcejeó con él, intentando recuperar el palo y, por último, rompió a llorar.
Robin rodeó a su clienta con un brazo y, con firmeza, la dirigió hacia la casa. Strike las siguió con el palo de golf en la mano, y, ya en la cocina, Robin le dijo que preparara un café bien fuerte y que buscara una botella de coñac. Siguiendo los consejos de Robin, la señora de Melenas llamó por teléfono a su hermano y le pidió que acudiera enseguida, pero cuando colgó y empezó a buscar el número del Melenas en su teléfono, Robin se lo arrebató de las cuidadas manos.
—¡Devuélvamelo! —le ordenó la esposa del Melenas con los ojos desorbitados y dispuesta a todo—. ¡El muy hijo de puta...! ¡El muy hijo de puta...! Quiero hablar con él. ¡Devuélvamelo!
—No se lo recomiendo —dijo Strike mientras le ponía delante el café y el coñac—. Él ya ha demostrado que es todo un experto en ocultarle dinero y bienes. Lo que usted necesita es un abogado, y de los buenos.
Se quedaron con ella hasta que llegó su hermano, un ejecutivo de recursos humanos trajeado. Al tipo no le había hecho ninguna gracia que lo hicieran salir del trabajo antes de hora, y le costó tanto entender lo que le estaban explicando que Strike se puso casi colérico y Robin consideró necesario intervenir para evitar una pelea.
—Joder... —masculló Strike cuando ya estaban en el coche camino de Londres—. ¡Estaba casado con otra cuando se casó con su hermana, ¿tanto cuesta entenderlo?!
—Pues sí —replicó Robin un poco brusca—. La gente no espera encontrarse en situaciones así.
—¿Crees que me han oído cuando les he pedido que no les hablen de nosotros a la prensa?
—No —contestó Robin.
Y acertó. Un buen día, dos semanas después de la visita a Windsor, vieron que varios tabloides publicaban artículos sobre el Melenas y sus tres mujeres; en las páginas interiores de todos ellos aparecían fotografías de Strike, y en uno, su nombre en los titulares. Strike ya era noticia por sí solo, y emparejar al famoso detective y al ricachón bajito y calvo que se las había ingeniado para tener dos familias y una amante era una tentación irresistible para los periodistas.
Strike sólo había testificado en juicios relevantes con una barba tupida que le crecía convenientemente deprisa cuando lo necesitaba, y la fotografía que más a menudo utilizaba la prensa era una en la que aparecía con uniforme. No obstante, le costaba mucho trabajo pasar inadvertido —algo que era imprescindible para la profesión que había elegido—, y que fueran a fastidiarlo a su oficina para pedirle declaraciones era un inconveniente que quería evitar. La tormenta de publicidad empeoró cuando las dos señoras de Melenas formaron una alianza de ataque y derribo contra su marido. Por lo visto le tomaron gusto a la publicidad, porque no sólo concedieron una entrevista las dos juntas a una revista femenina, sino que también aparecieron en varios programas de televisión matinales para hablar del engaño que habían sufrido, de su conmoción, de la amistad que había surgido entre ellas dos, de su intención de hacer que el Melenas se arrepintiera de haberlas conocido... Y, por supuesto, para lanzarle una advertencia discretamente velada a la amante embarazada de Glasgow (quien, por sorpresa, parecía dispuesta a apoyar al Melenas), insinuando que, si creía que al Melenas le iba a quedar un solo penique en el bolsillo una vez que sus dos esposas hubiesen acabado con él, estaba muy equivocada.
El mes de septiembre se había mostrado hasta el momento frío e inestable. Strike llamó a Lucy para disculparse por haber sido grosero respecto a sus hijos, pero ella seguía ofendida a pesar de sus disculpas, sin duda porque él se había limitado a mostrarse arrepentido por haber expresado su opinión en voz alta, pero sin retractarse de sus palabras. Cormoran se alegró mucho cuando su hermana le dijo que, ahora que habían empezado el curso escolar, los chicos tenían compromisos deportivos los fines de semana. Eso significaba que la próxima vez que fuese a Saint Mawes no tendría que dormir en el sofá, y que podría dedicarles toda su atención a sus tíos sin tener que enfrentarse a la presencia de Lucy, siempre tensa y acusadora.
Aunque ya estaba muy debilitada por la quimioterapia, su tía estaba deseando cocinar para Strike, como siempre. Era doloroso verla arrastrarse por la cocina, pero no había manera de que se sentara, ni siquiera cuando Ted se lo suplicaba. El sábado por la noche, cuando Joan ya se había acostado, su tío se derrumbó y lloró sobre el hombro de Strike. En otros tiempos, Ted siempre había sido un imperturbable e invulnerable bastión para su sobrino, y Strike, que por lo general se dormía en cualquier sitio, permaneció despierto hasta las dos de la madrugada, escudriñando una oscuridad mucho más insondable que la de las noches londinenses y preguntándose si debía quedarse unos días más, y odiándose a sí mismo por decidir que no debía sentirse culpable por regresar a Londres.
La verdad era que en la agencia había tanto trabajo que por lo que se sentía culpable era por haberles dejado toda la carga a Robin y a sus colaboradores externos, y haberse ido a pasar un fin de semana largo a Cornualles. Además de los cinco casos abiertos que llevaba la agencia, Robin y él tenían que hacer malabarismos para gestionar todo el papeleo que conllevaba la ampliación de personal, y, por si fuera poco, negociar una prórroga de un año del alquiler de la oficina con el promotor que había comprado su edificio. También estaban intentando —de momento sin mucha suerte— convencer a uno de los contactos que la agencia tenía en la policía para que buscara y les entregara el expediente de cuarenta años de antigüedad sobre la desaparición de Margot Bamborough. Morris era ex policía de la Metropolitana, igual que Andy Hutchins, el colaborador externo que llevaba más tiempo con ellos —un tipo callado de carácter taciturno cuya esclerosis múltiple, afortunadamente, permanecía en estado latente—, y los dos habían intentado también que antiguos compañeros les devolvieran algún que otro favor, aunque por el momento las respuestas a las peticiones de la agencia habían ido del «seguramente se lo han comido los ratones» al «joder, Strike, que tengo mucho trabajo».
Una tarde de lluvia, mientras seguía al Perla por la City tratando de disimular la cojera y maldiciendo por lo bajo al segundo vendedor ambulante de paraguas baratos que se había interpuesto en su camino, a Strike le sonó el móvil. Dio por hecho que había surgido algún otro problema que tendría que solucionar, y el interlocutor lo pilló desprevenido cuando dijo:
—Hola, Strike. Soy George Layborn. He oído que estás revisando el caso Bamborough, ¿es cierto?
Strike sólo había visto al inspector Layborn una vez, y si bien había sido en el contexto de un caso en el que Strike y Robin le habían proporcionado ayuda material a la Metropolitana, el detective no consideraba que su relación fuese lo bastante estrecha como para pedirle ayuda a Layborn para hacerse con el expediente Bamborough.
—Hola, George. Sí, has oído bien —contestó Strike mientras veía entrar al Perla en una vinoteca.
—Mira, si te interesa, podría hacerte un hueco mañana por la tarde. ¿A las seis en el Feathers te parece bien? —preguntó Layborn.
Strike le pidió a Barclay que lo sustituyera y, al día siguiente, fue al pub que estaba cerca de Scotland Yard, donde encontró al inspector esperándolo en la barra. Layborn, un tipo de mediana edad, panzudo y de pelo canoso, pidió dos jarras de London Pride, y, a continuación, fueron a sentarse a una mesa de un rincón.
—Mi viejo trabajó en el caso Bamborough a las órdenes de Bill Talbot —le dijo Layborn a Strike—. Me lo contó todo. ¿Tú qué tienes?
—Nada. He estado revisando noticias de prensa de la época y tratando de localizar a algunas de las personas que trabajaban en el consultorio de donde la víctima salió la última noche. No puedo hacer mucho más hasta que vea el expediente policial, pero por el momento nadie ha podido echarme un cable con eso.
Layborn, que en su anterior encuentro había demostrado que dominaba un rico y elaborado vocabulario soez, estaba curiosamente comedido esa noche.
—La investigación del caso Bamborough fue un puto desastre —dijo en voz baja—. ¿Alguien te ha hablado ya de Talbot?
—No.
—Se le fue la olla. Sufrió una verdadera crisis nerviosa. Antes de ocuparse de ese caso ya había empezado a estar un poco raro, pero ya sabes, eran los años setenta, y lo de ocuparse de la salud mental del personal era para maricas. Ojo, que Talbot había sido un buen policía en su momento. Un par de agentes detectaron que tenía un comportamiento un tanto extraño, pero cuando se lo notificaron a sus superiores inmediatos, los mandaron a paseo.
»Llevaba seis meses al frente del caso Bamborough cuando, un buen día, su mujer llamó a una ambulancia de madrugada y lo hizo ingresar en un centro psiquiátrico. Talbot cobró su pensión, pero ya era demasiado tarde para solucionar el caso. Murió hará unos diez años, y tengo entendido que nunca superó el hecho de haber fracasado en esa investigación. Cuando se recuperó, estaba muy avergonzado por cómo se había comportado.
—¿Por qué? ¿Qué había hecho?
—Creyó demasiado en su propia intuición, no recogió las pruebas debidamente y no le interesaban los testigos que no corroboraban su teoría...
—Que se basaba en el hecho de que la había secuestrado Creed, ¿no?
—Exacto —confirmó Layborn—. Aunque por entonces a Creed todavía lo llamaban el Carnicero de Essex, porque se deshizo de los dos primeros cadáveres en los bosques de Epping y Chigwell. —Layborn tomó un gran sorbo de cerveza—. El cadáver de Jackie Aylett lo encontraron casi todo en un contenedor industrial. Ese tío es un animal. Un auténtico animal.
—¿Quién sustituyó a Talbot?
—Un tal Lawson, Ken Lawson —respondió Layborn—, pero habían pasado seis meses, se habían perdido muchas pruebas y tuvo que cargar con una auténtica chapuza. Y por si eso fuera poco, Margot Bamborough no escogió un buen momento —añadió Layborn—. ¿Sabes qué pasó un mes después de su desaparición?
—¿Qué?
—Pues que lord Lucan desapareció. Ya me contarás cómo mantienes a una médica de familia en primera plana después de que maten a palos a la niñera de un par de la realeza y de que él desaparezca misteriosamente. Ya habían utilizado las fotografías en las que Bamborough salía trabajando de conejita de Playboy... Sabías que había trabajado de conejita de Playboy, ¿no?
—Sí, sí —contestó Strike.
—Por lo visto, eso la ayudó a pagarse la carrera de Medicina —dijo Layborn—, pero según mi padre, a la familia no le gustó nada que sacaran eso a la luz. Les fastidió, a pesar de que aquellas fotografías le dieron un poco más de visibilidad al caso, la verdad. Las cosas funcionan así, ya sabes.
—¿Qué creía tu padre que le había pasado a Bamborough? —preguntó Strike.
—Pues mira, que es probable que Talbot tuviera razón y se la hubiera cargado Creed. Nada parecía indicar que la doctora tuviese intención de desaparecer: su pasaporte seguía en casa, no había hecho ninguna maleta, no faltaba ninguna prenda de ropa, tenía un empleo fijo, un buen sueldo y, además, tenía una hija pequeña.
—Ya. Aun así, no debió de ser fácil secuestrar a una mujer sana y en buena forma física de veintinueve años en medio de una calle concurrida sin que nadie viera nada...
—Cierto —concedió Layborn—. Además, Creed solía llevárselas cuando estaban borrachas. Pero ten en cuenta que era una noche oscura y lluviosa. Creed ya se había aprovechado de circunstancias parecidas otras veces. Y sabía engatusar a las mujeres y ganarse su simpatía. Un par de ellas entraron en su piso por su propia voluntad.
—Vieron una furgoneta como la de Creed pasar a toda velocidad por aquella zona, ¿no es así?
—Sí. De todos modos, por lo que me contó mi padre, eso nunca se comprobó bien. Talbot no quería descubrir que era alguien que tenía prisa por llegar a su casa para cenar. Se omitieron muchas comprobaciones rutinarias. Por ejemplo: recuerdo que había por ahí un ex novio de Bamborough. Yo no digo que la matara ese tío, pero mi padre me dijo que Talbot se pasó la mitad del interrogatorio tratando de averiguar dónde había estado ese ex novio la noche que atacaron a Helen Wardrop.
—¿A quién?
—Era una prostituta. Creed intentó secuestrarla en el setenta y tres. A veces fallaba, ¿sabes? En el setenta y uno, Peggy Hiskett consiguió librarse de él y le dio una descripción a la policía, aunque eso no sirvió de gran cosa. Dijo que era moreno y fornido, porque entonces él llevaba una peluca y un abrigo acolchado de mujer que abultaba mucho.
»Al final lo atraparon gracias a Melody Bower, una cantante de cabaret. Se parecía mucho a Diana Ross. Creed se puso a charlar con ella en una parada de autobús, se ofreció a llevarla a su casa y, cuando ella le dijo que no, intentó meterla a la fuerza en su furgoneta. La tal Melody logró escapar, le dio a la policía una descripción acertada y les dijo que él había comentado que vivía cerca de Paradise Park. Hacia el final, Creed empezó a cometer errores. Su arrogancia acabó con él.
—Sabes mucho del caso, George.
—Bueno, sí... Mi padre fue uno de los primeros que entraron en el sótano de Creed después de su detención. Nunca habló de lo que había visto allí dentro, y eso que había sido testigo de verdaderas matanzas de bandas mafiosas y de todo lo que puedas llegar a imaginar... Creed nunca ha admitido que había matado a Bamborough, pero eso no significa que no lo hiciera. Ese malnacido quiere dejarnos a todos con la duda cuando se vaya a la tumba. Es un hijo de la gran puta. Ha jugado con las familias de sus víctimas reconocidas durante años. Le gusta insinuar que mató a más mujeres, pero sin dar detalles. Un periodista lo entrevistó a principios de los años ochenta, pero fue la última vez que dejaron que alguien hablara con él. El Ministerio de Justicia se plantó. Creed utiliza la publicidad para atormentar a las familias de las víctimas. Es el único poder que le queda.
Layborn se terminó la cerveza y miró la hora.
—Haré lo que pueda respecto a ese expediente. A mi viejo le habría gustado que te echara un cable. Lo que pasó con aquel caso le dejó muy mal sabor de boca.
Cuando Strike regresó a su ático, el viento era más fuerte. Los cristales de las ventanas, salpicados de lluvia, temblaban en sus marcos mientras el detective revisaba meticulosamente los recibos que tenía en la cartera para guardar los que debía entregarle al contable.
A las nueve, después de comerse la cena que se preparó en la cocina de un único fogón, se tumbó en la cama y cogió la biografía de segunda mano de Dennis Creed, titulada El demonio de Paradise Park. Hacía un mes que la había encargado, y llevaba todo ese tiempo sin abrir en su mesilla de noche. Tras desabrocharse el botón de los pantalones para dar cabida a la enorme ración de espaguetis que acababa de zamparse, soltó un eructo fuerte y satisfactorio, encendió un cigarrillo, se tumbó sobre las almohadas y abrió el libro por el principio, donde una cronología resumía el largo historial de violaciones y asesinatos de Creed.
| 1937 Nacido en Greenwell Terrace, Mile End. |
| 1954 Abril: entra en el servicio militar. Noviembre: viola a la colegiala de 15 años Vicky Hornchurch. Es condenado a dos años en un correccional. |
| 1955-61 Diversos empleos temporales, tanto manuales como de oficina. Frecuenta prostíbulos. |
| 1961 Julio: viola y tortura a la dependienta de 22 años Sheila Gaskins. Condenado a cinco años en la cárcel de Pentonville. |
| 1968 Abril: secuestra, viola, tortura y asesina a la colegiala de 16 años Geraldine Christie. |
| 1969 Septiembre: secuestra, viola, tortura y asesina a la secretaria de 29 años, madre de un hijo, Jackie Aylett. La prensa le pone el apodo del Carnicero de Essex. |
| 1970 Enero: se instala a vivir en el sótano de Violet Cooper, en Liverpool Road, cerca de Paradise Park. Consigue un empleo de repartidor en una lavandería. Febrero: secuestra a la celadora escolar de 31 años Vera Kenny, madre de tres hijos. La encierra tres semanas en el sótano, donde la viola, tortura y asesina. Noviembre: secuestra a la agente inmobiliaria de 28 años Noreen Sturrock. La encierra cuatro semanas en el sótano, donde la viola, tortura y asesina. |
| 1971 Agosto: no consigue secuestrar a la farmacéutica de 34 años Peggy Hiskett. |
| 1972 Septiembre: secuestra a Gail Wrightman, desempleada de treinta años. La encierra en el sótano, la viola y la tortura. |
| 1973 Enero: asesina a Wrightman. Diciembre: fracasa en su intento de secuestrar a la prostituta de 32 años Helen Wardrop, madre de un hijo. |
| 1974 Septiembre: secuestra a la peluquera de 27 años Susan Meyer. La encierra en el sótano. La viola y la tortura. |
| 1975 Febrero: secuestra a la estudiante de doctorado de 23 años Andrea Hooton. Hooton y Meyer coinciden cuatro semanas encerradas en el sótano. Marzo: asesina a Susan. Abril: asesina a Andrea. |
| 1976 25 de enero: intenta secuestrar a la cantante de cabaret de 26 años Melody Bower. 31 de enero: la casera Violet Cooper reconoce a Creed gracias a la descripción de Bower y al re>trato robot. 2 de febrero: Creed es arrestado. |
Strike pasó la página y leyó en diagonal la introducción, que incluía la única entrevista concedida por la madre de Creed, Agnes Waite.
[...] Empezó diciéndome que la fecha del certificado de nacimiento de Creed era falsa:
«Pone que nació el 20 de diciembre, ¿verdad? —me dijo—. Pues no es cierto. Nació el 19 de noviembre por la noche. Él mintió cuando fue a registrar el nacimiento, porque el día que tendríamos que haberlo hecho estábamos fuera.»
«Él» era el padrastro de Agnes, William Awdry, un hombre famoso en la zona por su carácter violento.
«Me quitó al bebé de los brazos nada más parirlo y dijo que iba a matarlo, que iba a ahogarlo en la letrina del patio. Yo le supliqué que no lo hiciera. Le supliqué que dejara vivir al bebé. Hasta ese momento, yo no sabía si quería que el bebé viviera o muriera, pero en cuanto los ves y los abrazas... Y Dennis era muy fuerte, se notaba que quería vivir.
»Todo eso duró semanas: Awdry no dejaba de amenazarme con matar al bebé. Pero entonces los vecinos ya habían oído llorar al pequeño, y seguramente también habían oído las amenazas de Awdry, así que comprendió que ya no podía ocultarlo: había esperado demasiado. Y entonces fue a registrar el nacimiento, pero mintió con lo de la fecha, para que nadie le preguntara por qué había tardado tanto en ir. No había nadie que pudiese decir que el niño había nacido antes, nadie que pudiera contradecirlo. Nunca tuve una comadrona, ni una enfermera, ni nada.»
En muchas ocasiones, Creed me escribía respuestas más largas de las que me daba durante las breves entrevistas cara a cara. Meses después, me envió esta carta sobre quién creía él que podía ser su padre:
«Veía a mi presunto abuelastro mirándome desde el espejo. El parecido aumentaba a medida que yo crecía. Tenía sus ojos, sus orejas, su piel amarillenta, su cuello largo... Él era más corpulento que yo, más masculino, y creo que, en parte, me despreciaba porque no le gustaba ver sus propias facciones en un niño débil y poco viril. No soportaba la vulnerabilidad...»
«Sí, claro que Dennis era hijo suyo —me dijo Agnes—. [Awdry] empezó a violarme cuando yo tenía trece años. No me dejaban salir, nunca había tenido novio. Cuando mi madre se dio cuenta de que estaba preñada, Awdry le dijo que me había escapado de casa para ver a alguien. ¿Qué iba a decir? Y mi madre se lo creyó. O al menos fingió que se lo creía.»
Agnes se escapó de la abarrotada casa de su padrastro antes de que Dennis cumpliera dos años, cuando ella tenía dieciséis.
«Quería llevarme a Dennis, pero me fui de madrugada y no podía arriesgarme a hacer ruido, así que me fui sin él. No tenía adónde ir, ni trabajo, ni dinero... Sólo tenía un novio que me dijo que cuidaría de mí.»
Sólo volvió a ver a su primer hijo en dos ocasiones más. Cuando se enteró de que William Awdry cumplía una sentencia de cárcel de nueve meses por agresión, volvió a casa de su madre con la esperanza de poder llevarse a Dennis.
«Pensaba decirle a Bert [su primer marido] que era mi sobrino, porque Bert no sabía nada de todo ese lío. Pero Dennis no se acordaba de mí, o al menos eso me pareció. No quería soltar a mi madre, no quería hablar conmigo, y mi madre me dijo que ya era demasiado tarde y que, si tanto lo quería, no debería haberlo abandonado. Así que me marché sin él una vez más.»
La última vez que Agnes vio a su hijo en persona fue el día que se acercó a su escuela y lo llamó desde el otro lado de la valla para que fuera a hablar con ella. Aunque por aquel entonces sólo tenía cinco años, en nuestra segunda entrevista Creed me aseguró que recordaba perfectamente aquel último encuentro.
«Era una mujer menuda, flaca y feúcha que iba vestida como una puta —me dijo—. No era como las madres de los otros niños. Se notaba que no era una persona respetable. Yo no quería que los otros niños me viesen hablar con ella. Me dijo que era mi madre y yo le dije que eso era mentira, aunque en el fondo sabía que era verdad. Me alejé corriendo.»
«No quiso saber nada de mí —declaró Agnes—. Después de ese día, me rendí. No quería volver a esa casa si Awdry estaba allí. Al menos, Dennis iba a la escuela... Y llevaba ropa limpia.
»Pensaba mucho en él, me preguntaba qué haría —continuó—. Es lógico. Las madres llevamos a nuestros hijos dentro. Los hombres no entienden lo que eso significa... Sí, pensaba mucho en él, pero me fui a vivir al norte con Bert, y él encontró trabajo en Correos y nunca volví a Londres, ni siquiera cuando murió mi madre, porque Awdry me había advertido de que, si volvía a acercarme por allí, me echaría a patadas.»
Cuando le dije a Agnes que había conocido a Dennis una semana antes de ir a visitarla a ella a Romford, no mostró mucha curiosidad.
«Dicen que es muy listo, ¿verdad?»
Le dije que sí, mucho, sin ninguna duda. Eso era en lo único en lo que estaban de acuerdo todos sus psiquiatras. Sus carceleros me habían contado que leía muchísimo, sobre todo libros de psicología.
«No sé de quién lo habrá heredado. De mí no, desde luego... Lo leí todo en los periódicos. Lo vi en las noticias de la tele y me enteré de todo lo que había hecho. Terrible. Espantoso. ¿Qué puede llevar a una persona a hacer esas cosas?
»Cuando terminó el juicio, me acordé del día en que lo traje al mundo, ahí desnudo y manchado de sangre, en el suelo de linóleo; y también de mi padrastro, allí de pie, amenazando con ahogarlo, y le juro —dijo Agnes Waite— que me arrepiento de habérselo impedido.»
Strike apagó el cigarrillo y cogió la lata de Tennent’s que estaba al lado del cenicero. Una débil lluvia golpeaba los cristales de las ventanas; se saltó unas páginas del libro y volvió a detenerse hacia la mitad del capítulo dos:
[...] la abuela, Ena, no quiso o no pudo proteger al miembro más joven de la familia de los castigos de su marido, cada vez más sádicos.
Awdry obtenía una extraña satisfacción humillando a Dennis por seguir mojando la cama. Solía vaciar un cubo de agua en las sábanas del niño y luego lo obligaba a dormir en la cama mojada. Creed recordaba muy bien las ocasiones en que Awdry lo obligó a ir andando hasta la tienda de la esquina sin vestir, con el pantalón de pijama mojado, a comprarle cigarrillos.
«Me refugiaba en la fantasía —me escribió Creed más adelante—. Dentro de mi mundo, yo era completamente libre y feliz. Pero ya entonces había accesorios en el mundo real que me gustaba incorporar a mi vida secreta. Objetos que adquirían poder totémico en mis fantasías.»
A los doce años, Dennis ya había descubierto los placeres del voyerismo.
«Me excitaba mucho —escribió después de nuestra tercera entrevista— espiar a mujeres que no sabían que las estaban observando. Lo hacía con mis hermanas, pero también me acercaba sigilosamente a las ventanas iluminadas. Si tenía suerte, veía a mujeres o niñas desnudándose, arreglándose la ropa o incluso desnudas. Lo que me excitaba no eran sólo los aspectos sexuales obvios, sino también la sensación de poder. Sentía que, al ser testigo de esos momentos que ellas creían privados y ocultos, les robaba parte de su esencia.»
Pronto pasó a robar la ropa interior femenina de los tendederos de las casas vecinas, e incluso la de su abuela Ena. Le gustaba ponérsela sin que nadie se enterara y masturbarse con ella.
Strike bostezó, se saltó unas cuantas páginas más y se detuvo en un pasaje del capítulo cuatro:
[...] era un empleado muy discreto de la oficina de clasificación de Fleetwood Electric, pero una noche, al salir con sus colegas a tomar algo con ellos, los sorprendió a todos cuando se enfundó el abrigo de una compañera de trabajo y se puso a imitar a la cantante Kay Starr.
Uno de los compañeros de Creed, que pidió permanecer en el anonimato, hizo estas declaraciones a la prensa después de que la policía arrestara a su colega:
«El pequeño Dennis se puso a cantar a voz en grito “Wheel of Fortune” con el abrigo de Jenny. [...] Algunos empleados, los de más edad, se sintieron incómodos. Un par de ellos incluso pensaron que Dennis debía de ser... ya sabe, maricón. Sin embargo, los más jóvenes lo aplaudimos por su descaro. Después de aquel día, se mostró un poco más extrovertido.»
Sin embargo, la fantasía secreta de Creed no era dedicarse al teatro amateur ni a cantar en los bares. Sin que nadie sospechara nada al ver a aquel chico de dieciséis años un poco ebrio en el escenario, sus elaboradas fantasías se tornaban cada vez más sádicas.
Sus colegas de Fleetwood Electric se quedaron horrorizados cuando detuvieron al «pequeño Dennis» por violar y torturar a Sheila Gaskins, de veintidós años, una dependienta a la que había seguido al bajarse de un autobús nocturno. Gaskins, que sobrevivió al asalto sólo porque a Creed lo asustó un vigilante nocturno que oyó ruidos al final de un callejón, pudo presentar pruebas contra él.
Creed fue condenado a cinco años y cumplió la condena en la cárcel de Pentonville. Fue la última vez que se dejó llevar por un impulso repentino.
Cormoran hizo una pausa para encender otro cigarrillo y se saltó diez capítulos del libro, hasta que le llamó la atención un nombre conocido.
[...] la doctora Margot Bamborough, del consultorio médico de Clerkenwell, el 11 de octubre de 1974.
El inspector Bill Talbot, que dirigió la investigación, enseguida detectó sospechosas similitudes entre la desaparición de la joven médica y las de Vera Kenny y Gail Wrightman.
Tanto a Kenny como a Wrightman las habían secuestrado durante una noche lluviosa, cuando los paraguas y los parabrisas mojados dificultaban la visibilidad de posibles testigos. La noche en que desapareció Margot Bamborough cayó un fuerte aguacero.
Poco antes del secuestro de Kenny y de Wrightman, se había visto por la zona una pequeña furgoneta blanca con la matrícula presuntamente falsificada. Tres testigos afirmaron que la noche en que desapareció Bamborough una furgoneta pequeña y blanca de características similares pasó a toda velocidad cerca del consultorio en el que trabajaba la doctora.
Aún más relevante fue el relato de un testigo ocular, un conductor que vio a dos mujeres en la calle: una parecía débil o enferma y la otra la ayudaba a sostenerse. Talbot enseguida relacionó ese detalle con lo ocurrido con Vera Kenny —a la que habían visto borracha metiéndose en una furgoneta acompañada por la que parecía ser otra mujer—, y con el testimonio de Peggy Hiskett, que había denunciado el acoso de un hombre vestido de mujer que, en una parada de autobús solitaria, había intentado convencerla para compartir con él una botella de cerveza, y que había empezado a ponerse agresivo justo antes de que, por suerte, la mujer consiguiera llamar la atención de un coche que pasaba.
Convencido de que Bamborough había sido víctima del ahora apodado Carnicero de Essex, Talbot [...].
El móvil empezó a sonar, y Strike lo buscó a tientas, procurando no perder el punto, y contestó sin mirar quién era.
—Strike.
—Hola, Bluey —dijo una mujer con voz suave.
Strike dejó el libro abierto, boca abajo, encima de la cama. Hubo una pausa, durante la cual pudo oír perfectamente la respiración de Charlotte.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo —respondió ella.
—¿De qué?
—No lo sé —contestó ella, soltando una risita—. Elige tú.
Strike conocía muy bien aquel estado de ánimo. Charlotte se había bebido media botella de vino, o quizá se había tomado un par de whiskies. Había un punto de embriaguez —quizá ni siquiera de embriaguez, sino un mero ablandamiento inducido por el alcohol— en el que surgía una Charlotte adorable, incluso graciosa, lejos todavía de su versión más combativa o sensiblera.
Hacia el final de su relación, cuando su honradez innata lo obligaba a enfrentarse a la realidad y a hacerse preguntas difíciles, Strike se había preguntado en más de una ocasión si iba a ser realista o sano estar casado con una mujer que estaba siempre un poco borracha.
—No me has devuelto la llamada —repuso Charlotte al ver que Strike no decía nada—. Le dejé un mensaje a tu Robin. ¿No te lo ha dado?
—Sí, sí me lo ha dado.
—Pero no me has llamado.
—¿Qué quieres, Charlotte?
La parte cuerda de su cerebro le aconsejaba cortar la llamada de inmediato, pero aun así siguió con el teléfono pegado a la oreja, a la escucha, a la espera. Charlotte había sido como una droga para él durante mucho tiempo. Una droga o una enfermedad.
—Interesante... —afirmó Charlotte, un tanto imprecisa—. Creía que quizá no te daría el mensaje.
Strike no dijo nada.
—¿Ya os habéis liado? Es bastante guapa. Y está siempre ahí. Disponible. Todo muy cómo...
—¿Por qué has llamado, Charlotte?
—Ya te lo he dicho, quería hablar contigo. ¿Sabes qué día es hoy? El primer cumpleaños de los gemelos. Ha venido toda la familia Ross a hacerles carantoñas. Éste es el primer momento que tengo para mí sola en todo el día.
Strike ya sabía que Charlotte había tenido gemelos, por supuesto. El nacimiento se había anunciado en The Times, porque su ex novia se había casado con el hijo de una familia de aristócratas que anunciaba de forma rutinaria los nacimientos, las bodas y las defunciones en la prensa. Aunque en realidad Strike no se había enterado de la noticia por el periódico. Había sido Ilsa quien se la había dado, y él había recordado inmediatamente las palabras que le había dicho Charlotte, hacía ya más de un año, en la mesa de un restaurante al que había conseguido llevarlo con engaños.
«Lo único que me ayuda a soportar este embarazo es pensar que, en cuanto los tenga, podré marcharme.»
Pero los niños habían sido prematuros, y Charlotte no los había abandonado.
«Las madres llevamos a nuestros hijos dentro. Los hombres no entienden lo que eso significa.»
El año anterior, Strike había recibido dos llamadas parecidas, ambas a altas horas de la noche. La primera la había cortado al cabo de pocos segundos, porque Robin estaba intentando hablar con él. La segunda la había cortado Charlotte bruscamente pasados unos minutos.
—Nadie pensaba que sobrevivirían, ¿lo sabías? —le susurró Charlotte—. Es... un milagro.
—Si es el cumpleaños de tus hijos, seguro que estás muy ocupada —dijo Strike—. Buenas noches, Char...
—No te vayas —rogó ella, adoptando de pronto un tono apremiante—. No te vayas, por favor.
«Cuelga de una vez», le dijo una vocecilla a Strike. Pero no lo hizo.
—Están profundamente dormidos. Ellos no saben que es su cumpleaños, todo esto es una chorrada. ¿Por qué voy a celebrar el aniversario de aquella jodida pesadilla? Fue horrible, tuvieron que abrirme...
—Tengo que dejarte, Charlotte. Tengo cosas que hacer.
—Por favor, Bluey —imploró ella—. Me siento tan desgraciada... No puedes imaginarte la mierda de vida que...
—Eres una mujer casada con dos hijos —la cortó él sin piedad—, y yo no soy ninguna consejera sentimental. Hay teléfonos de emergencia a los que puedes llamar si lo necesitas. Buenas noches, Charlotte.
Y cortó la llamada.
La lluvia era ahora más intensa y tamborileaba en las oscuras ventanas del ático. Strike miró el libro que había dejado encima de la cama. La cara de Dennis Creed se veía invertida en la portada, y vistos del revés, sus ojos, de pestañas finas, producían un efecto turbador: parecía que estuviesen vivos.
Strike volvió a coger el libro y siguió leyendo.
Justo Sir, por amistad dejadme ahora rogaros, que como yo antes ya me aventuré por vuestra causa, y las heridas perduran que sufrí en la batalla, vos me devolváis ahora justo pago.
EDMUND SPENSER, La reina hada
Cuando llegó el cumpleaños de Robin, George Layborn todavía no había conseguido hacerse con el expediente Bamborough.
Por primera vez en su vida, Robin no sintió ni un ápice de ilusión cuando despertó aquella mañana del 9 de octubre y recordó qué día era. Más bien todo lo contrario. Ese día cumplía veintinueve años, una cifra con connotaciones delicadas. El número veintinueve no marcaba un hito, sino una escala: «próxima parada, los TREINTA». Allí sola, tumbada en la cama de matrimonio de su habitación alquilada, Robin recordó lo que su prima favorita, Katie, había dicho durante una de las últimas visitas de Robin a su casa, mientras ayudaba al hijo de dos años de su prima a hacer monstruos de plastilina para montarlos en su camión volquete.
—Es como si viajaras en la dirección opuesta al resto de nosotros.
Entonces Katie vio algo en el rostro de Robin que la hizo arrepentirse de sus palabras, y se apresuró a añadir:
—¡Pero no lo digo en un sentido negativo! Pareces muy feliz... ¡Bueno, muy libre, la verdad! —exclamó con vacía insinceridad—, a veces te envidio muchísimo.
Robin no se había arrepentido ni un segundo de haber puesto fin a un matrimonio que, en su última etapa, la había hecho muy desgraciada. Todavía podía evocar aquel estado de ánimo —que, por suerte, no había vuelto a experimentar desde entonces—, aquella sensación de que el color había desaparecido por completo de su entorno. Y no era un entorno feo, precisamente: la casa del marino mercante de Deptford donde había vivido con Matthew hasta que por fin se separaron era preciosa y, sin embargo, recordaba muy pocos detalles de ella, lo cual era un poco extraño. Lo único que recordaba con claridad era el desánimo que había sentido entre aquellas paredes, los sentimientos incesantes de culpa y miedo, y el horror incipiente que acompañaba sus sospechas de que se había encadenado a un hombre que no le gustaba y con el que no tenía casi nada en común.
Con todo, los joviales calificativos de «feliz» y «libre» que había empleado Katie para describir su vida actual no eran del todo acertados. Robin llevaba ya unos cuantos años viendo cómo Strike priorizaba su vida profesional sobre todo lo demás —de hecho, después del diagnóstico de Joan, era la primera vez que lo había visto redistribuir sus tareas y dejar que otro asunto se convirtiera en su principal preocupación—, y últimamente también ella sentía que su trabajo, que le producía una gran satisfacción y al que dedicaba casi toda su atención, la absorbía por completo. Por fin estaba haciendo lo que siempre había querido desde la primera vez que entró por la puerta de cristal de la oficina de Strike, y ahora entendía el riesgo de soledad que comportaba tener una única pasión y tan fascinante.
Al principio, tener toda la cama para ella sola le había proporcionado un gran placer: no había nadie enfurruñado dándole la espalda, nadie quejándose de que no aportaba suficiente económicamente o rezongando sobre sus aspiraciones de ascenso, nadie pidiéndole unas relaciones sexuales que se habían convertido en una obligación más que en un placer. Sin embargo, a pesar de que no echaba de menos a Matthew en absoluto, Robin era del todo consciente de que llegaría un momento —y, si era del todo sincera consigo misma, tenía que reconocer que ese momento quizá ya había llegado— en el que la falta de contacto físico, de cariño, o incluso de sexo, un elemento que para Robin era más complicado que para muchas mujeres, dejaría de ser una bendición para convertirse en una grave ausencia en su vida.
Y entonces ¿qué? ¿Haría lo mismo que Strike, tener una sucesión de amantes relegadas firmemente a un segundo plano, por detrás del trabajo? En cuanto lo pensó, empezó a preguntarse —como había hecho casi todos los días desde entonces— si su socio le habría devuelto la llamada a Charlotte Campbell. Exasperada consigo misma, retiró las sábanas y, haciendo caso omiso de los paquetes que había encima de su cómoda, se metió en la ducha.
Su nueva vivienda de Finborough Road ocupaba los dos pisos superiores de una casa adosada con planta baja y tres plantas. Los dormitorios y el cuarto de baño estaban en el tercer piso, y la zona común, en el cuarto. El salón daba a una pequeña terraza en la que al viejo teckel de pelo duro del propietario, Wolfgang, le gustaba tumbarse cuando hacía sol.
Robin, que no se hacía ilusiones respecto a las propiedades disponibles en Londres para mujeres solteras con un sueldo medio —sobre todo si tenían que pagar honorarios de abogados—, se consideraba inmensamente afortunada de poder vivir en un piso limpio, cuidado y decorado con buen gusto, con una habitación de matrimonio para ella sola y un compañero de piso, el casero, que le caía bien. Max Priestwood era un actor de cuarenta y dos años que, para mantener la casa, necesitaba tener un inquilino. Era gay, y la madre de Robin lo habría descrito como «de un guapo basto»: alto y de espaldas anchas, con una tupida melena rubia oscura y unos ojos grises que siempre denotaban cansancio. Era un viejo amigo de Ilsa, que había ido a la universidad con su hermano pequeño.
A pesar de que Ilsa le había asegurado infinidad de veces que Max era «absolutamente adorable», Robin se había pasado los primeros meses en la casa preguntándose si se habría equivocado al irse a vivir con él, porque Max parecía sumido en una melancolía perpetua. Robin hacía todo lo posible para ser una buena compañera de piso: era muy limpia y ordenada, nunca ponía la música demasiado alta ni cocinaba platos que olieran mucho; le hacía caso a Wolfgang y siempre se acordaba de darle de comer cuando Max no podía hacerlo; se encargaba de que nunca faltara detergente para la ropa o papel higiénico, y se esforzaba en ser educada y alegre cuando coincidía con Max, aunque él casi nunca sonreía y, el día que llegó Robin, incluso le había dado la impresión de que le costaba horrores hablar con ella. Al principio, aunque sintiéndose un poco paranoica, Robin hasta llegó a preguntarse si Ilsa habría presionado demasiado a Max para que la aceptara como inquilina.
Con los meses, la conversación se había vuelto un poco más fluida, aunque su casero no era muy hablador. A veces Robin agradecía su tendencia a responder con monosílabos, porque cuando llegaba después de un turno de doce horas de vigilancia, cansada y entumecida, con mil preocupaciones y la cabeza a punto de estallar, lo último que le apetecía era ponerse a charlar, pero en las pocas ocasiones en que le habría apetecido subir a la zona común —un espacio diáfano— para estar un rato con Max, siempre había acabado retirándose a su dormitorio por temor a invadir su espacio privado.
Robin sospechaba que el principal motivo del bajo estado anímico de Max era su prolongada situación de desempleo. Hacía ya cuatro meses que no tenía trabajo, desde que había terminado la obra de teatro del West End en la que había interpretado un pequeño papel, y Robin enseguida se dio cuenta de que era mejor no preguntarle si tenía prevista alguna audición. A veces, parecía que el simple hecho de comentarle «¿Qué tal te ha ido el día?» sonara a crítica. Sabía que, antes de que ella llegara, Max había compartido el apartamento con un novio con el que había mantenido una larga relación, y que casualmente también se llamaba Matthew. Robin no conocía los detalles de la separación de Max, salvo que su Matthew le había cedido su mitad de la vivienda voluntariamente, lo que ella consideraba una notable muestra de generosidad si lo comparaba con el comportamiento de su ex marido.
Después de ducharse, Robin se puso una bata y volvió a su dormitorio para enfrentarse a los paquetes que habían ido llegando por correo los últimos días, y que no había querido abrir hasta esa mañana. Sospechó que su madre era quien había comprado los aceites de baño de aromaterapia que, en teoría, le regalaba su hermano Martin; que su cuñada veterinaria —que estaba esperando el primer sobrino o sobrina de Robin— había escogido el suéter hecho a mano, muy del estilo de Jenny, y que su hermano Jonathan tenía novia nueva, y que ésta, probablemente, había elegido los pendientes largos. Luego, un poco más deprimida que antes de abrir los regalos, se vistió de negro de pies a cabeza, un atuendo que le permitiría pasarse el día haciendo tareas administrativas en la oficina, tener una reunión informal con el hombre del tiempo al que acosaba Postalitas y, a última hora, tomar una copa y celebrar su cumpleaños con Ilsa y Vanessa, su amiga policía. Ilsa le había sugerido que invitara a Strike, y Robin le había dicho que prefería que quedaran sólo las chicas, porque, siempre que podía, evitaba ponérselo fácil a Ilsa en sus intentos de emparejarlos.
Estaba a punto de salir de su habitación cuando se fijó en el ejemplar de El demonio de Paradise Park que, como Strike, había comprado por internet. Su libro estaba un poco más manoseado que el del detective y había tardado más en llegar, pero todavía no había leído casi nada. Por la noche llegaba tan cansada que apenas le quedaban fuerzas para dejarse caer en la cama, y, además, lo poco que había leído ya le había provocado una ligera recurrencia de las secuelas psicológicas que arrastraba desde que, una noche, la apuñalaran en el brazo. Esa mañana, sin embargo, se lo metió en el bolso para hojearlo en el metro.
Mientras se dirigía a pie a la estación, recibió un mensaje de texto de su madre: le deseaba un feliz cumpleaños y le pedía que abriera el correo electrónico. Robin lo abrió y vio que sus padres le habían enviado un vale de Selfridges por valor de ciento cincuenta libras. El regalo le venía de perlas, porque Robin se había quedado prácticamente sin saldo después de pagar a su abogada, el alquiler y otros gastos básicos, y no podía permitirse ningún capricho.
Se sentó en un rincón del vagón y, un poco más animada, sacó El demonio de Paradise Park de su bolso y lo abrió por donde lo había dejado.
La extraña coincidencia de la primera línea le produjo un estremecimiento.
Capítulo 5
Aunque él no lo supiera, Dennis Creed salió de la cárcel el día de su vigésimo noveno cumpleaños real, el 19 de noviembre de 1966. Su abuela, Ena, había muerto mientras él cumplía sentencia en Brixton y estaba completamente descartado que se fuera a vivir con su abuelastro. No tenía ningún amigo íntimo a quien recurrir y, como era de esperar, ninguna de las personas que tal vez habrían estado dispuestas a echarle una mano antes de su segunda condena por violación mostró prisa alguna por verlo ni por ayudarlo. Creed pasó su primera noche en libertad en un albergue cerca de King’s Cross.
Tras una semana durmiendo en albergues o en los bancos de algún que otro parque, Creed se las ingenió para conseguir una habitación individual en una pensión. Pasó los cuatro años siguientes viviendo en una serie de cuartuchos y haciendo trabajos temporales que cobraba en metálico, con períodos en los que vivía como un sintecho. Más tarde admitió que en esa época frecuentaba muchos prostíbulos, pero en 1968 mató a su primera víctima.
La colegiala Geraldine Christie volvía a su casa [...].
Robin se saltó una página y media. No le apetecía nada comenzar a leer los detalles del sufrimiento que Creed le había causado a Geraldine Christie.
[...] hasta que finalmente, en 1970, Creed consiguió una vivienda permanente en el sótano de la pensión regentada por Violet Cooper, una ex ayudante de camerino de cincuenta años que, como la abuela de Creed, era una alcohólica incipiente. Esa casa, que más tarde sería demolida, se hizo tristemente célebre en su momento como la «cámara de torturas» de Creed. Se trataba de un edificio alto y estrecho de ladrillo sucio de Liverpool Road, cerca de Paradise Park.
Creed le presentó a Cooper referencias falsificadas que ella no se molestó en comprobar, y le contó que lo habían despedido hacía poco de un bar, pero que un amigo suyo le había ofrecido trabajo en un restaurante cercano. En el juicio, cuando el abogado defensor de Creed le preguntó por qué no había tenido ningún reparo en alquilarle una habitación a un desempleado sin domicilio fijo, Cooper contestó que ella era «tierna de corazón» y que Creed le había parecido «un chico adorable, un poco desorientado y triste».
La decisión de alquilarle a Dennis Creed primero una habitación y luego todo el sótano le salió muy cara a Violet Cooper: a pesar de que durante el juicio insistió en que no tenía ni idea de lo que estaba pasando en el sótano de su pensión, desde entonces la sospecha y el oprobio siempre han ido unidos a su nombre. Ahora ha adoptado una nueva identidad que me comprometí a no revelar.
«Creí que era mariquita —dice Cooper—. Había conocido a algunos en el teatro. La verdad es que sentía lástima por él.»
Cooper, una mujer rolliza con las huellas del tiempo y la bebida en el rostro, admitió sin reparos que Creed y ella enseguida se hicieron muy amigos. A lo largo de nuestra conversación, a veces daba la impresión de que se olvidaba de que el joven «Den», que había pasado muchas veladas con ella en el salón de «arriba», ambos un poco borrachos, poniendo su colección de discos y cantando, era el asesino en serie que vivía en el sótano de su casa.
«Cuando lo condenaron le escribí una carta —comenta Cooper—. Le dije: “Si alguna vez sentiste algo por mí, si nuestra amistad era auténtica, dime si mataste a esas mujeres. Ya no tienes nada que perder, Den”, y añadí: “y, en cambio, mucha gente lo agradecería”.»
En su respuesta, sin embargo, Creed no admitió nada.
«Está enfermo. Entonces lo comprendí. En su carta había copiado la letra de una vieja canción de Rosemary Clooney que solíamos cantar juntos, Come On-A My House. La conoce, ¿no? “Come on-a my house, my house, I’m-a gonna give you candy...”[1] Entonces me di cuenta de que me odiaba tanto como a todas esas otras mujeres. Se burlaba de mí, eso es lo que hacía.»
Sin embargo, anteriormente, en 1970, cuando acababa de instalarse en el sótano de la casa de Cooper, Creed se había esforzado mucho para entablar amistad con su casera, quien admite que Creed enseguida se convirtió en una mezcla de hijo y confidente. Violet convenció a su amiga Beryl Gould, que regentaba una lavandería, para que le diera un trabajo de repartidor al joven Den, y eso le permitió utilizar la furgoneta que no tardaría en aparecer en la prensa [...].
Veinte minutos después de subir al tren, Robin se apeó en Leicester Square, y cuando salió a la calle el móvil le vibró en el bolsillo. Lo cogió y vio que acababa de recibir un mensaje de Strike. Se apartó de la multitud que salía de la estación y lo abrió.
Noticias: he encontrado a Dinesh Gupta, el médico que trabajaba con Margot en el consultorio de Clerkenwell en 1974. Tiene más de ochenta años, pero parece que está en sus cabales y dice que me recibirá encantado esta tarde en su casa de Amersham. Ahora mismo estoy viendo desayunar a Danzarín en el Soho. Voy a pedirle a Barclay que me sustituya a la hora de comer y me iré directamente a ver a Gupta. ¿Puedes aplazar tu reunión con el hombre del tiempo y acompañarme?
A Robin se le cayó el alma a los pies. Ya había tenido que cambiar la cita con el hombre del tiempo una vez, y le parecía injusto volver a hacerlo, sobre todo avisándolo con tan poca antelación. Y, sin embargo, le habría gustado conocer al doctor Dinesh Gupta.
No puedo cambiarle la cita otra vez. Ya me contarás cómo ha ido, escribió.
Tienes razón, contestó Strike.
Robin se quedó observando la pantalla del móvil unos segundos más. El año anterior, a Strike se le había olvidado que era su cumpleaños; se había dado cuenta una semana más tarde y le había regalado flores. Como a Robin le había parecido que se sentía culpable por aquel descuido, creyó que anotaría la fecha o que quizá se pondría una alerta en el móvil para no volver a cometer el mismo error. Pero no apareció ningún «¡Por cierto, feliz cumpleaños!», así que se guardó el móvil en el bolsillo y, sin sonreír, siguió andando hacia la oficina.