Hombre de las Nieves se despierta antes del amanecer y permanece tendido, inmóvil, mientras escucha cómo sube la marea, una ola tras otra pasando por encima de las diversas barricadas, chis chas, chis chas, el ritmo del corazón. Cuánto le gustaría creer que todavía está dormido.
En el horizonte, hacia el este, se levanta una neblina gris, iluminada ahora con un resplandor mortecino y rosáceo. Qué raro que ese color aún parezca delicado. Las torres de la costa recortan sus siluetas oscuras contra ella y se elevan de manera inverosímil contra el rosa y el azul pálido de la bahía. Los graznidos de las aves que allí anidan y el batir lejano del mar contra los falsos escollos, que en realidad son piezas oxidadas de coches y ladrillos amontonados y cascotes varios, suenan casi como el ruido del tráfico en un día festivo.
Por pura costumbre mira el reloj de acero inoxidable, con su gastada cadena de aluminio, aún reluciente aunque ya no funcione. Ahora es su único talismán y lo que le muestra es una esfera muda: las cero horas. Esa ausencia de tiempo oficial le produce un escalofrío de terror. Nadie, en ninguna parte, sabe qué hora es.
Cálmate, se dice. Respira hondo unas cuantas veces y se rasca las picaduras, se frota alrededor, no en los sitios que más le escuecen, con cuidado de no arrancarse ninguna costra: sólo faltaría que se le infectara. Baja la vista en busca de algún resquicio de vida salvaje, pero todo está tranquilo, ni rastro de escamas o colas. Mano izquierda, pie derecho, mano derecha, pie izquierdo, va bajando del árbol. Tras sacudirse las ramitas y las cortezas, se envuelve con la sábana sucia como si fuera una toga. La noche anterior colgó de una rama la gorra de béisbol de los Red Sox —una réplica auténtica— para ponerla a buen recaudo, y ahora mira en el interior, sacude una araña y se la pone.
Se aleja un par de metros hacia la izquierda y mea contra los arbustos. «Espabilad», les dice a los saltamontes que se alejan brincando tras el impacto. Luego se dirige al otro lado del árbol, lejos de su meadero habitual, y se pone a rebuscar en el escondrijo que ha improvisado con unos bloques de hormigón envueltos en tela metálica, para que las ratas y los ratones no puedan entrar. Allí mantiene ocultos unos mangos en una bolsa de plástico bien atada, una lata de salchichas vegetarianas de cóctel de la marca Sveltana, una muy preciada botella de whisky medio llena —no, más bien queda un tercio— y una barrita energética con sabor a chocolate rapiñada de un parque de caravanas, dura y pegajosa en el interior de su envoltorio. No se decide a comérsela; tal vez sea la última que encuentre. También guarda un abrelatas y, aunque no sabe para qué, un picahielos; y seis botellas de cerveza vacías, que conserva por razones sentimentales y también para almacenar agua. Además de sus gafas de sol, que se pone. Les falta un cristal, pero mejor eso que nada.
Desata la bolsa de plástico: sólo le queda un mango. Curioso, creía que había más. Las hormigas se han colado dentro, aunque apretó el nudo con todas sus fuerzas, y ya le están subiendo por los brazos; hormigas de las negras y también de esas pequeñas y amarillas, que son aún peores. Sorprende lo fuerte que llegan a morder, sobre todo las amarillas. Se las sacude de encima.
—El estricto cumplimiento de las rutinas diarias redunda en el mantenimiento de la moral y en la preservación de la cordura —dice en voz alta.
Tiene la sensación de estar citando la frase de algún libro, algún precepto obsoleto y cargado de sentido común escrito para ayudar a los colonos europeos al mando de alguna plantación. No recuerda haberlo leído, pero eso no significa nada. Tiene muchos espacios en blanco en lo que le queda de cerebro, donde antes se alojaba su memoria. Plantaciones de caucho, de café, de yute (¿qué era el yute?). Les habrían recomendado que se pusieran salacots para protegerse del sol, que se vistieran para la cena, que se abstuvieran de violar a las nativas. No habrían dicho «violar», claro. Que se abstuvieran de confraternizar con las lugareñas. O, dicho de otro modo...
Pero está seguro de que no se abstenían. Nueve de cada diez veces, no.
—En vista de los atenuantes... —dice.
Se descubre de pie, con la boca abierta, intentando recordar el resto de la frase. Se sienta en el suelo y empieza a comer el mango.
Por la playa blanca —coral molido y huesos rotos— camina un grupo de niños. Seguro que han estado nadando, aún siguen mojados y brillantes. Deberían ir con más cuidado, quién sabe qué infesta la bahía, pero ellos son imprudentes, no como Hombre de las Nieves, que no metería un pie en el agua ni de noche, cuando el sol ya no puede hacerle daño. Corrección: mucho menos de noche.
Los mira con envidia, ¿o es nostalgia? No, no puede ser eso: de niño nunca se bañó en el mar, nunca corrió desnudo por la playa. Los niños escrutan el terreno, se agachan, recogen desechos que las olas arrastran a la orilla; luego deliberan, se quedan con algunos artículos, descartan otros; sus tesoros van a parar a un saco medio roto. Tarde o temprano —de eso no cabe duda— lo descubrirán allí sentado con su sábana hecha jirones, rodeándose las piernas con un brazo y sorbiendo el mango a la sombra de los árboles, porque el sol cae a plomo. Para los niños —que tienen la piel gruesa, resistente a los rayos ultravioleta—, él es una criatura de la penumbra, del anochecer.
Aquí vienen.
—¡Hombre de las Nieves, oh, Hombre de las Nieves! —gritan como en una letanía.
Nunca se acercan demasiado. ¿Es porque lo respetan, como le gustaría creer, o porque apesta?
(Apesta, eso lo sabe de sobra: es fétido, pestilente, hiede como una morsa —grasienta, salada, con olor a pescado—; nunca ha olido una, pero ha visto fotos.)
—Oh, Hombre de las Nieves, ¿qué hemos encontrado? —canturrean mientras abren el saco.
Extraen varios objetos, los levantan como ofreciéndoselos para que se los compre: un tapacubos, la tecla de un piano, un trozo de botella de gaseosa color verde claro pulida por el mar. Un frasco vacío de pastillas GozzaPluss; una caja de ChickenDeli de DeliCachesen, también vacía. El ratón de un ordenador, o más bien sus restos machacados, colgando de una cola de cable en espiral.
Hombre de las Nieves tiene ganas de llorar. ¿Qué puede decirles? No hay manera de explicarles qué son esos curiosos artículos, o qué eran. Pero seguro que ya han adivinado qué les va a decir, porque siempre repite lo mismo.
—Son cosas de antes. —Habla con voz amable pero distante, a medio camino entre la de un pedagogo, un adivino y un tío benévolo. Ése debería ser su tono.
—¿Y son malas? ¿Hacen daño?
A veces encuentran latas de aceite para motor, disolventes cáusticos, botellas de plástico llenas de lejía. Bombas trampa del pasado. Lo consideran un experto en accidentes potenciales: líquidos abrasivos, vapores tóxicos, polvos venenosos. Dolores de diversos tipos.
—Éstas no —les dice—. Éstas no son peligrosas.
Al oírlo pierden el interés, dejan el saco colgando, pero no se van: se quedan allí de pie, mirándolo. Peinar la playa es sólo una excusa. Básicamente, lo que quieren es observarlo, porque es muy distinto a ellos. Con bastante frecuencia le piden que se quite un segundo las gafas de sol: quieren comprobar si de verdad tiene dos ojos, o si tiene tres.
—Hombre de las Nieves, oh, Hombre de las Nieves —entonan, menos para él que para sí mismos.
Para ellos, su nombre no es más que un sonido. No saben qué significa, nunca han visto la nieve.
Una de las reglas de Crake era que no se podía escoger ningún nombre si no era posible demostrar la existencia de su equivalente físico, aunque fuera sólo disecado, aunque fuera sólo el esqueleto. Ni unicornios, ni grifos, ni mantícoras o basiliscos. Pero esas reglas ya no están vigentes, y a Hombre de las Nieves le ha supuesto un placer agridulce adoptar ese dudoso apelativo. El Abominable Hombre de las Nieves, que existe y no existe, que se vislumbra entre las ventiscas, hombre con aspecto simiesco o simio con aspecto humano, clandestino, esquivo, conocido sólo a través de rumores y por unas huellas que se alejan. Las tribus de las montañas aseguraban que le daban caza y lo mataban cuando tenían la ocasión. Se decía que lo hervían, que lo asaban, que celebraban banquetes especiales; más emocionantes, suponía, porque en ellos se rozaba el canibalismo.
En cuanto aquí concierne, el caso es que se ha acortado el nombre. Es sólo Hombre de las Nieves, y lo de abominable se lo guarda para él, es su envoltura de pelo secreta.
Tras unos instantes de duda, los críos se acuclillan en semicírculo, niños y niñas juntos. Un par de los más pequeños aún andan mascando el desayuno, y el zumo verde se les escurre por la barbilla. Resulta descorazonador lo mucho que se ensucia uno sin espejos. Sin embargo, esos niños y niñas siguen siendo tremendamente atractivos, desnudos todos, perfectos todos, todos con un color de piel distinto —chocolate, rosa, té, mantequilla, nata, miel—, pero todos con los ojos verdes. Del gusto de Crake.
Miran a Hombre de las Nieves expectantes. Esperan que les hable, pero hoy no está de humor. Como mucho les permitirá ver las gafas de sol de cerca, o les mostrará su reloj reluciente y estropeado, o la gorra de béisbol. La gorra les gusta, pero no entienden para qué sirve —pelo de quita y pon que no es pelo—, pero él aún no se ha inventado ninguna historia para explicárselo.
Se quedan un rato callados, observando, pensando, hasta que el mayor se levanta.
—Hombre de las Nieves, por favor, cuéntanos qué es ese musgo que te crece en la cara.
Los demás se unen al coro.
—¡Sí, por favor, cuéntanoslo, por favor! —Nada de codazos, nada de risitas; lo preguntan en serio.
—Plumas —les dice.
Esa pregunta se la repiten al menos una vez por semana y él siempre responde lo mismo. Aunque hace muy poco tiempo —¿dos meses, tres?, ha perdido la cuenta— han acumulado ya un volumen considerable de leyendas, de conjeturas sobre él: «Hombre de las Nieves era un pájaro, pero se olvidó de volar y se le cayó el resto de las plumas, por eso tiene frío y necesita una segunda piel y ha de taparse. No: tiene frío porque come peces, y los peces son fríos. No: se tapa porque le falta lo que tienen los hombres y no quiere que lo veamos. Por eso no quiere nadar. Hombre de las Nieves tiene arrugas porque antes vivía debajo del agua y se le arrugó la piel. Hombre de las Nieves está triste porque los que eran como él se fueron volando por encima del mar y ahora está solo.»
—Yo también quiero plumas —dice el más joven.
Una esperanza vana: los Hijos de Crake no tendrán barba. A Crake le pareció que no había razón para ello; además, le molestaba tener que afeitarse, así que las había suprimido. Aunque la de Hombre de las Nieves no, claro: demasiado tarde para él.
Enseguida todos vuelven a la carga a la vez.
—Hombre de las Nieves, Hombre de las Nieves, por favor, ¿podemos tener plumas nosotros también?
—No —responde.
—¿Por qué no? ¿Por qué no? —canturrean los dos más pequeños.
—Un momento, que se lo pregunto a Crake. —Levanta el reloj al cielo, lo hace girar en la muñeca y se lo acerca a la oreja, como si escuchara. Los niños siguen extasiados todos sus movimientos—. No. Crake dice que no podéis. Nada de plumas. Y ahora, a tomar viento.
—¿Tomar viento? ¿Tomar viento? —Se miran unos a otros y lo miran a él. Ha cometido un error, ha dicho una cosa nueva, algo imposible de explicar. Para ellos esa expresión no tiene ninguna connotación negativa—. ¿Qué es «tomar viento»?
—¡Que os vayáis!
Agita la sábana hacia ellos y se dispersan corriendo por la playa. Todavía no están seguros de si deben temerle, ni hasta qué punto. No se sabe que haya hecho daño a ningún niño, pero no lo tienen controlado del todo. Lo que pueda llegar a hacer es un misterio.
—Ahora estoy solo —dice en voz alta—, solo, completamente solo. Solo en el ancho, ancho mar. —Un recorte más en el ardiente álbum de recortes de su cabeza.
Corrección: en la orilla.
Siente la necesidad de oír otra voz humana, una voz plenamente humana, como la suya. A veces se ríe como una hiena o ruge como un león: su idea de hiena, su idea de león. De niño veía viejos DVD de esas criaturas: documentales sobre comportamiento animal en los que se los veía copulando, rugiendo o haciendo la digestión, y a las madres lamiendo a sus cachorros. ¿Por qué le inspiraban tanta calma?
O gruñe y chilla como un cerdón, o aúlla como un loberro, «¡arú, arú!». A veces, al anochecer, camina de un lado a otro sobre la arena, arrojando piedras al mar y gritando: «¡Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda!» Luego se siente mejor.
Se pone en pie y levanta los brazos para estirarse un poco, y se le cae la sábana. Observa consternado su propio cuerpo: la piel mugrienta y cubierta de picaduras, los mechones de pelo entrecanos, las uñas de los pies más gruesas y amarillentas. Desnudo como vino al mundo, aunque no es que recuerde nada de eso. Muchos acontecimientos importantes suceden sin tenerlo a uno en cuenta, sin que uno esté en disposición de presenciarlos: el nacimiento y la muerte, por ejemplo. O el abandono momentáneo que conlleva el sexo.
—En eso ni pienses —se dice. El sexo es como el alcohol, no conviene empezar a darle vueltas al tema tan temprano.
Él se cuidaba mucho, iba a correr, al gimnasio. Ahora se le marcan las costillas, se está echando a perder. No ingiere suficiente proteína animal. Una voz de mujer le dice dulcemente al oído: «¡Qué culito!» No es Oryx, es otra. Oryx ya no se muestra muy comunicativa.
—Di algo, cualquier cosa —le implora. Ella puede oírle; necesita creer que puede oírle pero que lo está sometiendo a un tratamiento silencioso—. ¿Qué quieres que haga? —le pide—. Ya sabes que yo...
«¡Qué abdominales!», lo interrumpe la voz, que ha regresado. «Cariño, túmbate.» ¿Quién es? Alguna puta a la que debió de pagar. Corrección: una profesional experta en artes sexuales. Artista del trapecio, contorsionista, con lentejuelas pegadas a la piel como escamas de pez. Odia esos ecos. Los santos los oían, los eremitas enloquecidos infestados de piojos en sus cuevas y en sus desiertos. Pronto empezará a ver bellas diablesas que intentarán seducirlo, que se humedecerán los labios, con los pezones muy rojos y las lenguas rosadas y brillantes. De las olas surgirán sirenas, más allá de las torres semiderruidas, y él oirá sus hermosos cantos y acudirá nadando a su llamada y se lo comerán los tiburones. Criaturas con cabeza y pechos de mujer y garras de águila caerán en picado sobre él, y él las recibirá con los brazos abiertos y será el fin. Quemasesos.
O aún peor: alguna chica a quien conoce, o a quien conocía, se acercará a él caminando entre los árboles y se alegrará de verlo, pero estará hecha de aire. Incluso eso agradecería con tal de tener un poco de compañía.
Escruta el horizonte, con el ojo cubierto por el cristal oscuro: nada. El mar es un metal candente; el cielo, de un azul desteñido, excepto en el hueco quemado por el sol. Qué vacío está todo. Agua, arena, cielo, árboles, fragmentos del pasado. Nadie que pueda oírlo.
—¡Crake! —vocea—. ¡Gilipollas! ¡Tonto del culo!
Escucha. El agua salada vuelve a resbalarle por la cara. Nunca sabe cuándo le va a pasar y no consigue detenerla. Respira a bocanadas, como si una mano gigante le presionara el pecho: apretar, soltar, apretar. Pánico absurdo.
—¡Esto es cosa tuya! —le grita al mar.
No hay respuesta, y tampoco le extraña. Sólo las olas, chis chas, chis chas. Se limpia la cara con el puño: la mugre, las lágrimas, los mocos, las barbas descuidadas y el jugo pegajoso del mango.
—Hombre de las Nieves, Hombre de las Nieves —repite—, piérdete un rato.
Érase una vez que Hombre de las Nieves no era Hombre de las Nieves. Se llamaba Jimmy. Y en aquel entonces era un buen chico.
El primer recuerdo completo de Jimmy era una hoguera enorme. Debía de tener cinco años, tal vez seis. Llevaba unas botas de agua rojas con la cara de un pato sonriente en las punteras; lo recuerda porque después de ver la hoguera había tenido que pasar calzado con ellas por un recipiente lleno de desinfectante. Le habían dicho que ese desinfectante era venenoso y que no podía chapotear, y él estaba preocupado por si el veneno se les metía a los patos en los ojos y les hacía daño. Le habían dicho que los patos eran como los dibujos, que no eran de verdad y que no tenían sentimientos, pero él no acababa de creérselo.
Así que digamos que cinco y medio, piensa Hombre de las Nieves. Algo así.
Tal vez era octubre, o si no, noviembre; en esa época las hojas aún cambiaban de color, y aquéllas eran rojas y anaranjadas. El suelo estaba embarrado —debía de estar en un campo— y lloviznaba. La hoguera era una enorme pira de vacas, ovejas y cerdos. Sobresalían las patas, rectas y agarrotadas; las habían rociado de gasolina y las llamas crecían y salían disparadas amarillas y blancas y rojas y naranja, y el olor a carne quemada impregnaba el aire. Era como el de la barbacoa que hacía su padre en el patio, pero mucho más intenso, mezclado con el olor de la gasolinera y con el hedor a pelo chamuscado.
Jimmy sabía cómo olía el pelo chamuscado porque se había cortado un mechón con unas tijeras de manicura y le había prendido fuego con el encendedor de su madre. El pelo se había quemado, retorciéndose como una nidada de gusanos negros, así que se había cortado un poco más y había repetido la operación. Cuando lo pillaron, tenía el flequillo a trasquilones. Para justificarse, aseguró que se trataba de un experimento.
Su padre se había reído, pero su madre no. Al menos (había dicho su padre) Jimmy había tenido la sensatez de cortarse el pelo antes de prenderle fuego. Su madre dijo que por suerte no había quemado toda la casa. Luego discutieron por el encendedor, que no habría estado ahí (señaló su padre) si su madre no fumara. Su madre replicó que todos los niños eran pirómanos en potencia, y que de no haber encontrado el encendedor, habría usado las cerillas.
Una vez iniciada la discusión, Jimmy respiró aliviado, porque sabía que no lo castigarían: le bastaba con permanecer en silencio y no tardarían en olvidar el motivo inicial de la pelea, aunque a la vez se sentía culpable por lo que había provocado. Sabía que todo acabaría con un portazo. Se acurrucó en la silla, cada vez más diminuto, mientras las palabras iban y venían por encima de su cabeza, y al final la puerta se cerró con estrépito —esa vez fue su madre—, agitando el aire. El aire siempre se movía con los portazos, un ligero soplido, buuff, justo en las orejas.
—No te preocupes, colega —le dijo su padre—. Las mujeres se calientan a la mínima. Ya se le pasará. Vamos a tomar helado.
Y eso es lo que habían hecho, se habían comido el de frambuesa en los cuencos de cereales que tenían unos pájaros azules y rojos y estaban hechos a mano en México y no se podían meter en el lavavajillas, y Jimmy se lo comió todo para demostrarle a su padre que no pasaba nada.
Las mujeres y sus cambios de ánimo —cómo les hierve la sangre, y su frialdad—, que vienen y van bajo el paisaje florido, almizclado y de climatología variable que se extendía en el interior de su ropa, misterioso, drástico, incontrolable. Así era como su padre veía las cosas. En cambio, la temperatura corporal de los hombres nunca se comentaba; ni siquiera se mencionaba, no cuando él era pequeño, menos cuando su padre decía que «enfriara esos humos». ¿Por qué no se hablaba de eso? ¿Por qué no se hablaba de los calentones de los hombres? Él tenía sus propias teorías al respecto.
Al día siguiente, su padre lo llevó a cortarse el pelo a un sitio con la foto de una chica guapa y de labios carnosos en el escaparate: llevaba una camiseta negra que le dejaba un hombro al aire, con una mirada maliciosa y oscura de rímel corrido en los ojos y el pelo cardado, como púas. En el interior, el suelo se hallaba cubierto de mechones y rizos; lo estaban barriendo a golpes de escoba. Para empezar, cubrieron a Jimmy con una capa negra, y él se negó a llevarla porque parecía un babero y eso era cosa de bebés, pero el peluquero se rió y le dijo que eso no era un babero, que dónde se había visto a un bebé con babero negro. Así que a Jimmy le pareció bien y le cortaron el pelo muy corto para disimular los trasquilones, que tal vez era lo que él había querido desde el principio: llevar el pelo más corto. Luego sacaron una pasta de un bote y le pusieron un poco para que le quedara el cabello de punta. Olía a piel de naranja. Sonrió al verse en el espejo, luego arrugó la frente y arqueó las cejas.
—Un chico duro —dijo el peluquero, dirigiendo un gesto al padre de Jimmy—. Vaya una fiera. —Sacudió el pelo cortado, que fue a parar al suelo, con el resto, y acto seguido le quitó la capa negra con una floritura y bajó a Jimmy del sillón.
Delante de la hoguera, a Jimmy le preocupaban los animales, porque los estaban quemando y seguro que eso tenía que dolerles. No, le dijo su padre, estaban muertos, eran como los filetes y las salchichas, sólo que conservaban la piel.
Y la cabeza, pensó Jimmy. Los filetes no tenían cabeza, la cabeza cambiaba mucho las cosas: pensó que podía ver la mirada de reproche que le dirigían los animales con sus ojos quemados. En cierta medida, todo aquello —la hoguera y el olor a quemado, pero en especial los animales ardiendo, sufriendo— era culpa suya, porque no había hecho nada por rescatarlos. Al mismo tiempo, la hoguera se le antojaba bonita, luminosa como un árbol de Navidad, pero un árbol de Navidad en llamas. Esperaba que de un momento a otro se produjera una explosión, como en la tele.
El padre de Jimmy estaba a su lado, lo tenía agarrado de la mano.
—Cógeme en brazos —le pidió él.
Su padre dio por sentado que quería que lo consolara, y eso hizo: lo levantó y lo abrazó. Aunque Jimmy también quería ver mejor.
—Es la manera de ponerle punto final —dijo el padre de Jimmy, no a él, sino a un hombre que estaba con ellos—. Una vez que se propaga.
Parecía de mal humor, igual que el hombre cuando respondió:
—Dicen que lo han metido a propósito.
—No me extrañaría nada.
—¿Puedo quedarme con un cuerno de vaca? —preguntó Jimmy. No veía por qué había que desperdiciarlos. En realidad, deseaba pedir dos, pero le pareció que tal vez fuera tentar la suerte.
—No —respondió su padre—. Esta vez no, colega. —Le dio una palmada en la pierna.
—Encarecen los precios con la matanza de su propio ganado —apuntó el hombre.
—Vaya si es una matanza —dijo el padre de Jimmy con tono asqueado—. Pero también puede haber sido sólo un pirado. Un fanático o algo así, nunca se sabe.
—¿Por qué no? —insistió Jimmy. Nadie quería los cuernos. En esta ocasión, su padre no le hizo caso.
—La cuestión es: ¿cómo lo han conseguido? Yo creía que los nuestros nos tenían aquí encerrados a cal y canto.
—Yo también. Bastante aflojamos ya. ¿Y a qué se dedican ellos? No les pagamos para que duerman.
—A lo mejor ha habido soborno —dijo el padre de Jimmy—. Van a comprobar las transferencias bancarias, aunque habría que ser muy estúpido para meter ese dinero en el banco. Da igual, rodarán cabezas.
—Mirarán con lupa, y no me gustaría estar en su pellejo —coincidió el hombre—. De fuera, ¿quién entra aquí?
—Los de mantenimiento. Los de las camionetas de reparto.
—De todas esas tareas debería encargarse gente de aquí.
—He oído que ésa es la idea, pero parece que este bicho es nuevo. Tenemos la huella biológica.
—A esto pueden jugar dos —señaló el hombre.
—A esto pueden jugar los que quieran —dijo el padre de Jimmy.
—¿Por qué quemaban las vacas y las ovejas? —preguntó Jimmy a su padre al día siguiente.
Estaban desayunando los tres juntos, así que debía de ser domingo. Era el día en que sus padres desayunaban con él.
El padre de Jimmy estaba bebiendo su segundo café. Mientras, tomaba notas en una página llena de números.
—Han tenido que quemarlos para que no se propague. —No alzó la vista; estaba enfrascado tecleando en la calculadora y anotando cosas con un lápiz.
—¿Que no se propague qué?
—La enfermedad.
—¿Qué es una enfermedad?
—Una enfermedad es como cuando tienes tos —le explicó su madre.
—Y si tengo tos, ¿me quemarán?
—Casi seguro —respondió su padre mientras pasaba una página.
A Jimmy aquello le dio miedo, porque la semana anterior había tenido tos, y podía volver a tenerla en cualquier momento. De hecho, ya le ardía la garganta. Ya se veía con el pelo en llamas, no sólo un mechón o dos encima de un plato, sino todo, aún pegado a la cabeza. No quería que lo echaran a una montaña de vacas y cerdos. Empezó a llorar.
—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? —dijo su madre—. Es demasiado pequeño.
—Otra vez el malo de papá —protestó su padre—. Era broma, chico. Sí, ya sabes, una broma, ja, ja, ja.
—No entiende ese tipo de bromas.
—Claro que las entiende, ¿verdad que sí, Jimmy?
—Sí —dijo Jimmy entre pucheros.
—Oye, no interrumpas a papá —intervino su madre—. Papá está pensando, que para eso le pagan. Ahora mismo no tiene tiempo para ti.
Su padre soltó el lápiz.
—¡Demonios! ¿Es que no puedes darme ni un respiro?
Su madre hundió el cigarrillo en la taza de café a medio beber.
—Ven, Jimmy, vamos a dar un paseo.
Tiró de él, llevándolo de una muñeca, y cerró la puerta trasera con excesivo cuidado. Ni siquiera se pusieron los abrigos. Ni abrigos ni gorros. Ella iba en bata y zapatillas de andar por casa y caminaba con la cabeza gacha, despeinada, bajo el cielo gris y el viento gélido. Rodearon la casa, cruzando a paso ligero el césped mojado, cogidos de la mano. Jimmy notaba que algo con una garra de hierro tiraba de él por aguas profundas. Se sentía zarandeado, como si todo estuviera a punto de desmembrarse y salir disparado, pero al mismo tiempo se sentía eufórico. Miraba las zapatillas de su madre: ya estaban manchadas de tierra mojada. Si a él le pasara eso con las suyas, seguro que se metía en un buen lío.
Poco a poco fueron bajando el ritmo hasta detenerse por completo, y entonces su madre empezó a hablarle en un tono muy tranquilo, como la locutora de los programas infantiles de la tele, lo que implicaba que estaba furiosa. Le dijo que las enfermedades eran invisibles porque eran muy pequeñas. Volaban por el aire o se escondían en el agua o en los deditos sucios de los niños; por eso no debía meterse los dedos en la nariz y luego en la boca, y por eso había que lavarse las manos después de ir al baño y había que secarse bien...
—Ya lo sé —dijo Jimmy—. ¿Puedo entrar? Tengo frío.
Su madre fingió que no le oía. La enfermedad, prosiguió sin abandonar el tono pausado y enfático, la enfermedad se te metía en el cuerpo y te cambiaba por dentro: te modificaba, célula a célula, y eso hacía que las células se estropearan. Y como todos estábamos hechos de unas células pequeñitas que trabajaban juntas para que nos mantuviéramos con vida, si muchas células se ponían enfermas, entonces podíamos...
—Tener tos —completó Jimmy—. ¡Podría darme la tos ahora mismo! —Hizo como que tosía.
—Da igual —le dijo su madre.
Muchas veces intentaba explicarle cosas, pero al final se rendía. Ésos eran los peores momentos para los dos. Él se le resistía, fingía no entender hasta cuando entendía, se hacía el tonto, pero no quería que ella lo diera por imposible. Deseaba que fuera valiente, que lo intentara de nuevo, que derribara el muro que él había levantado entre los dos, que insistiera.
—Cuéntame más cosas de esas células pequeñitas —le imploró en el tono más lastimero que encontró—. ¡Cuéntamelo!
—Hoy no —dijo ella—. Vamos a entrar.
El padre de Jimmy trabajaba en Granjas OrganInc. Era genógrafo, uno de los mejores en su campo. Había realizado algunos de los estudios claves para la obtención del mapa del proteoma cuando aún estaba cursando el posgrado, y posteriormente había participado en la creación del Ratón Matusalén, que formaba parte de la Operación Inmortalidad. Después, ya en Granjas OrganInc, había sido uno de los más destacados artífices del Proyecto Cerdón, junto con un equipo de expertos en trasplantes y de microbiólogos dedicados a combatir las infecciones mediante la creación de híbridos mejorados. «Cerdón» era sólo un apodo; el nombre científico era Sus multiorganifer, pero todo el mundo los llamaba «cerdones». Algunas veces, aunque no muchas, en vez de Granjas OrganInc decían Granjas Organ-Oink. En realidad, aquel complejo no tenía nada que ver con las granjas de las películas.
El objetivo del Proyecto Cerdón consistía en crear una amplia gama de tejidos humanos totalmente fiables alojados en cerdos transgénicos modificados: órganos aptos para trasplantes, que evitarían el rechazo, pero que también serían capaces de defenderse de los ataques de microbios y virus oportunistas, de los que cada año surgían nuevas cepas. Se les había incorporado un gen de crecimiento rápido para que los riñones, los hígados y los corazones maduraran antes, y ahora estaban perfeccionando una variedad de cerdón con cinco o seis riñones. Así, a ese animal-vivero se le extraerían los riñones sobrantes sin sacrificarlo, para que siguiera viviendo y regenerando más órganos, de la misma manera que a una langosta le volvía a crecer otra pinza cuando perdía una. El propósito era rebajar costes, porque alimentar y cuidar de un cerdón era bastante caro, y Granjas OrganInc había invertido mucho dinero.
Todo eso se lo explicaron a Jimmy cuando fue lo bastante mayor para entenderlo.
Lo bastante mayor, piensa Hombre de las Nieves mientras se rasca, no las picaduras de los insectos directamente, sino la hinchazón que las rodea. Qué idea tan absurda. ¿Lo bastante mayor para qué? ¿Para beber, para follar, para no ser tan ingenuo? ¿Qué imbécil se encargaba de tomar aquellas decisiones? Por ejemplo, el mismo Hombre de las Nieves no es lo bastante mayor como para poder enfrentarse a esta, esta..., ¿cómo llamarla?... Esta situación. Nunca será lo bastante mayor, ningún ser humano en su sano juicio podría ser jamás...
«Cada uno de nosotros debe transitar el sendero que se abre frente a cada cual», dice la voz de su cabeza, que esta vez es de hombre y le habla con el tono de un gurú de medio pelo, «y cada sendero es único. No es la naturaleza del propio sendero lo que debe preocupar al que busca, sino la gracia, la fortaleza y la paciencia con la que todos y cada uno de nosotros sigue el en ocasiones desafiante...».
—A la mierda —dice Hombre de las Nieves.
Debe de ser de uno de esos libros baratos de autoayuda, nirvana para tontos. Aunque tiene la molesta sensación de que el autor de semejante perla tal vez sea él mismo.
En días más felices, claro. Oh, sí, muchísimo más felices.
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Los órganos de los cerdones podían crearse a medida, empleando células de donantes concretos, y congelarse hasta el momento en que fueran necesarios. Era mucho más barato que encargar un clon para disponer de repuestos —todavía quedaban algunos cabos por atar en ese campo, según contaba su padre—, o que tener un par de niños listos para la cosecha escondidos en algún huerto ilegal de bebés. En los folletos y materiales publicitarios de Granjas OrganInc, de papel satinado y cuidados textos, se subrayaba la eficacia del uso de cerdones y los beneficios comparativos para la salud. Además, a fin de aplacar la posible aprensión, se aseguraba que ninguno de los difuntos cerdones se destinaba a la producción de beicon o salchichas: a nadie le apetece comerse un animal cuyas células, al menos parte de ellas, podían ser idénticas a las de uno.
Sin embargo, conforme fue transcurriendo el tiempo y se fue comprobando que los acuíferos costeros se volvían salobres y que el casquete polar ártico se fundía y las vastas tundras se llenaban de metano y la sequía en las praderas continentales se agravaba y las estepas asiáticas se convertían en dunas de arena y era más difícil encontrar carne, algunas personas empezaron a albergar dudas. Dentro mismo de Granjas OrganInc, resultaba sospechosa la frecuencia con que el menú de la cantina ofrecía bocadillos de beicon y de jamón y pastel de cerdo. Oficialmente el comedor se llamaba André’s Bistro, aunque los habituales lo conocían como Gruñidos. Cuando Jimmy comía allí con su padre, cosa que pasaba cuando su madre se sentía desbordada, los hombres y mujeres de las mesas vecinas hacían bromas de mal gusto.
—Otra vez pastel de cerdón —decían—. Tortitas de cerdón, palomitas de cerdón. ¡Vamos, Jimmy, a comer!
Eso a él le afectaba; no estaba seguro de qué podía comer cada quién. No quería comer cerdones, porque los veía como criaturas demasiado parecidas a él mismo. A ellos tampoco les pedían su opinión al respecto.
—No les hagas ni caso, cielo —decía Ramona—. Sólo te están tomando el pelo, ¿sabes?
Ramona era una de las técnicas del laboratorio de su padre y muchas veces comían los tres juntos. Era joven, más joven que su padre e incluso que su madre; se parecía un poco a la chica del escaparate de la barbería, con el mismo tipo de boca carnosa y los ojos muy grandes y muy maquillados, aunque ella sonreía mucho y no llevaba el pelo de punta. Lo tenía liso y oscuro. El de la madre de Jimmy era, como ella misma decía, «rubio sucio». («No lo bastante sucio», decía su padre. «Eh, que es broma, es broma, ¡no me mates!»)
Ramona siempre pedía ensalada.
—¿Cómo está Sharon? —le preguntó al padre de Jimmy con los ojos muy abiertos y la expresión solemne, como tantas veces. Sharon era la madre de Jimmy.
—Ni frío ni calor —respondió él.
—Vaya, lo siento.
—Sí, es un problema. Estoy empezando a preocuparme un poco.
Jimmy miró a Ramona mientras ella comía. Se metía trocitos muy pequeños en la boca, y conseguía masticar la lechuga sin hacer ruido. Y también las zanahorias. Era increíble. Como si pudiera licuar esos alimentos duros y crujientes en su interior y aspirarlos, como el mosquito extraterrestre de algún DVD.
—A lo mejor tendría que, no sé, ¿ir a que la viera alguien? —Arqueó las cejas, preocupada. Llevaba sombra de ojos malva en los párpados, un poco más de la cuenta, y se le veían como cuarteados—. Hoy en día hacen maravillas, hay un montón de pastillas nuevas.
En teoría, Ramona era un genio de la tecnología, pero hablaba como una de esas chicas que anunciaban champú en la tele. No es que fuera tonta, decía su padre, es que no quería malgastar su poder neuronal construyendo frases largas. Había muchas personas como ella en Granjas OrganInc, y no todas eran mujeres. «Eso es porque son de ciencias, no de letras», explicaba su padre. Jimmy ya sabía que él no era de ciencias.
—No creas que no se lo he propuesto. He preguntado por ahí, he localizado al mejor especialista, he concertado una cita, pero nada, no quiere ir —dijo el padre de Jimmy bajando la vista—. Tiene sus ideas.
—Es una lástima, la verdad. Una verdadera pena. O sea, ¡era una mujer tan inteligente!
—Bueno, y aún lo es —replicó el padre de Jimmy—. La inteligencia le sale por las orejas.
—Pero, no sé, antes era tan...
A Ramona se le deslizó el tenedor entre los dedos y los dos se quedaron mirándose fijamente, el uno al otro, como si buscaran el adjetivo perfecto para describir cómo era antes la madre de Jimmy. Pero entonces se percataron de que Jimmy los estaba escuchando y concentraron su atención en él como si le proyectaran unos rayos extraterrestres demasiado brillantes.
—Bueno, Jimmy, cielo, ¿cómo te va el colegio?
—Come, colega, no te dejes las cortezas, a ver si te sale un poco de pelo en el pecho.
—¿Puedo ir a ver a los cerdones? —preguntó.
Para que les cupieran todos esos órganos sobrantes, los cerdones eran mucho más grandes y gordos que los cerdos normales. Los tenían en unos edificios especiales, rodeados de medidas de seguridad: el secuestro de un cerdón y de su altamente perfeccionado material genético por parte de una organización rival habría sido un desastre. Cuando Jimmy iba a verlos tenía que ponerse mascarilla y un biotraje que le quedaba demasiado grande, además de lavarse las manos con un jabón desinfectante. Le gustaban sobre todo los cerdones pequeños, esas camadas de doce animalitos puestos en fila, engullendo leche. Cerdoncitos. Ésos eran una monada, pero los adultos daban un poco de miedo, con esas narices chatas y esos ojos rosados y diminutos, de pestañas blancas. Lo miraban como si lo vieran, como si realmente lo vieran y, quién sabe, tuvieran pensado hacer algo con él más adelante.
—Cerdones bonachones, cerdones bonachones —les cantó para que se calmaran, asomándose un poco a la pocilga.
Nada más limpiarlas, las pocilgas no olían tan mal. Se alegraba de no vivir en uno de esos cubículos, porque habría tenido que estar todo el día tirado entre cacas y pises. Los cerdones no contaban con un baño y se lo hacían todo en cualquier parte; a Jimmy le causaba cierta sensación de vergüenza, aunque hacía mucho que él no mojaba la cama, o eso creía.
—No te caigas dentro —le advirtió su padre—. Te comerían en menos de un minuto.
—No es verdad —replicó Jimmy.
Porque soy amigo suyo, pensaba. Porque les canto. Ojalá tuviera un palo largo para darles con él; no para hacerles daño, sólo para que corrieran un poco. Se pasaban demasiado rato sin hacer nada.
Cuando Jimmy era muy pequeño, habían vivido en una casa de madera de estilo inglés, en uno de los módulos: había fotos de él en el porche, metido en un capazo, con las fechas y todo; su madre las había ordenado en un álbum en una época en que aún se molestaba en hacer esas cosas. Ahora vivían en una casa grande de estilo georgiano con piscina cubierta y un minigimnasio. Los muebles se llamaban «réplicas». Jimmy ya era bastante mayor cuando reparó en lo que significaba esa palabra: se suponía que en alguna parte había un original de cada artículo «replicado». O que en su día lo hubo. O algo.
La casa, la piscina, los muebles, todo pertenecía al complejo de Granjas OrganInc, donde vivían los gerifaltes, y al que progresivamente se iban incorporando los ejecutivos medios y los científicos adjuntos. El padre de Jimmy opinaba que era mejor así, porque de ese modo no era necesario desplazarse desde los módulos para ir al trabajo. A pesar de los pasillos esterilizados de los transportes públicos y de los trenes de alta velocidad, cruzar la ciudad siempre entrañaba cierto riesgo.
Jimmy nunca había estado en la ciudad, sólo la había visto en la tele: carteles y más carteles y anuncios luminosos y filas de edificios, altos y bajos; calles larguísimas y sucias, incontables vehículos de todo tipo, algunos de ellos expulsando nubes de humo por detrás; miles de personas que se apresuraban, que coreaban consignas, que provocaban disturbios. También había otras ciudades, cerca y lejos. Algunas tenían barrios mejores, decía su padre, eran casi como los complejos, con altos muros alrededor de las casas, pero ésos no salían en la tele.
La gente del complejo sólo iba a la ciudad cuando ya no le quedaba más remedio, y nunca sola. Llamaban a las ciudades «plebillas». A pesar de los documentos de identidad con las huellas dactilares que ahora llevaba todo el mundo, la seguridad pública en las plebillas era un coladero; en ellas acechaba gente salida de vete a saber dónde y que era capaz de cualquier cosa, por no hablar de la escoria: los drogadictos, los atracadores, los pobres, los locos. Así que era mejor que todos los empleados de Granjas OrganInc vivieran juntos en el mismo sitio, con medidas de seguridad a prueba de bomba.
Más allá de los muros y las puertas y los focos de Granjas OrganInc, el mundo era impredecible. En el interior, todo seguía siendo como cuando el padre de Jimmy era niño, antes de que las cosas se pusieran tan feas, según sus propias palabras. La madre de Jimmy opinaba que allí todo era artificial, como un parque temático, que lo de antes era imposible de recrear, pero el padre de Jimmy decía que qué sentido tenía criticarlo. Se podía andar sin miedo, ¿no? Salir a montar en bicicleta, sentarse en la terraza de una cafetería, comprarse un cucurucho de helado. Jimmy sabía que su padre tenía razón, porque él mismo había hecho todas esas cosas.
Aun así, los de SegurMort —esos a los que el padre de Jimmy llamaba «los nuestros»— debían estar en constante alerta. Al haber tanto en juego, resultaba imposible saber qué serían capaces de hacer los del otro bando. Los del otro bando, o los de los otros bandos, porque no había un único enemigo al que mantener muy bien vigilado. Había otras empresas, otros países, otras facciones y otras bandas. Había demasiado hardware suelto, sostenía su padre. Demasiado hardware, demasiado software, demasiadas bioformas hostiles, demasiadas armas de todo tipo. Y demasiada envidia y fanatismo, y demasiada mala fe.
Mucho tiempo atrás, en la época de los caballeros y los dragones, los reyes y los duques vivían en castillos, con sus altas murallas y sus puentes levadizos y sus almenas desde donde lanzaban brea caliente a los enemigos, contaba el padre de Jimmy. Y los complejos eran más o menos lo mismo. Los castillos estaban hechos para que tú y tus amigos vivierais sanos y salvos en el interior, y para que los otros tuvieran que quedarse fuera.
—Entonces, ¿nosotros somos los reyes y los duques? —preguntó Jimmy.
—Desde luego que sí —le respondió su padre entre risas.
La madre de Jimmy también había trabajado para Granjas OrganInc. Así fue como se conocieron sus padres: trabajaban en el mismo módulo, en el mismo proyecto. Su madre era microbióloga. Estudiaba las proteínas de las bioformas perjudiciales para los cerdones y modificaba sus receptores para impedir el enlace con los receptores de las células de éstos, o, en su defecto, intervenía en el desarrollo de sustancias que actuaran como inhibidoras.
—Es muy fácil —le decía a Jimmy cuando le daba por explicarle cosas—. Los microbios y los virus malos quieren entrar por las puertas de las células y comerse a los cerdones desde dentro. El trabajo de mamá consistía en hacer candados para las puertas.
En la pantalla del ordenador le enseñaba a Jimmy imágenes de las células, de los microbios, de los microbios atacando a las células, infectándolas y penetrándolas, primeros planos de las proteínas, imágenes de los medicamentos que en otro tiempo se había dedicado a probar. Aquellas imágenes se parecían a los paquetes de caramelos del supermercado, cajas transparentes llenas de caramelos redondos, o cajas transparentes llenas de pastillas de goma, o cajas transparentes llenas de cintas largas de regaliz. Las células eran como esas cajas transparentes, con tapas que se podían levantar.
—¿Y por qué ya no haces los candados para las puertas? —le preguntó Jimmy.
—Porque quería quedarme en casa contigo —respondió ella, mirándolo desde las alturas y dándole una calada al cigarrillo.
—¿Y qué les pasará a los cerdones? —Él se alarmó—. Les entrarán los microbios. —No quería que a sus amigos animales los reventaran para abrirlos, como a las células infectadas.
—Ahora otras personas se ocupan de eso —afirmó su madre sin la menor sombra de preocupación.
Lo dejaba jugar con las imágenes del ordenador, y cuando Jimmy aprendió a manejar los programas, planeaba guerras con ellas: células contra microbios. Su madre le decía que si se le borraba información del ordenador, no pasaba nada, porque todo aquel material ya era viejo. Aunque algunos días —los días en que se la veía activa y resuelta, con objetivos, con ganas—, era ella misma la que se ponía a tontear con los mandos. A él le gustaba verla en esos momentos en los que parecía divertirse. Además, en esas ocasiones se mostraba cariñosa. Era como una madre de verdad, y él como un hijo de verdad. Pero ese estado de ánimo no duraba mucho.
¿Cuándo había dejado de trabajar en el laboratorio? Cuando Jimmy empezó a ir todo el día a la escuela de OrganInc, en primero. Lo cual era absurdo, porque si lo que quería era quedarse en casa para estar con Jimmy, ¿por qué se había decidido precisamente cuando él ya no estaba? Jimmy nunca había llegado a comprender los motivos, y cuando le explicaron aquello por primera vez, era tan joven que ni se lo planteó. Lo único que sabía era que habían despedido a Dolores, la interna filipina, y que él la había echado mucho de menos. Lo llamaba Jim-Jim y sonreía y se reía y le cocía el huevo del desayuno como a él le gustaba, y le cantaba canciones y lo mimaba. Pero Dolores tenía que irse, porque ahora la mamá de verdad de Jimmy estaría siempre en casa —eso se lo vendieron como una gran cosa—, y nadie necesita dos mamás, ¿no?
Pues sí, sí se necesitan, piensa Hombre de las Nieves. Se necesitan mucho.
Hombre de las Nieves conserva una imagen muy clara de su madre —de la madre de Jimmy— sentada a la mesa de la cocina, aún en bata cuando él llegaba del colegio a la hora de comer. Tenía delante una taza de café que no había probado; miraba por la ventana y fumaba. La bata era morada, color que aún ahora lo pone nervioso. Lo normal era que cuando él llegaba la comida no estuviera lista y tuviera que preparársela él mismo. Su madre sólo le daba instrucciones con voz queda. («La leche está en la nevera. A la derecha. No, a la derecha. ¿No sabes dónde tienes la mano derecha?») Parecía cansada; tal vez estaba cansada de él. O tal vez estaba enferma.
—¿Estás infectada? —le preguntó un día.
—¿Qué quieres decir, Jimmy?
—Como las células.
—Ah, ya. No, no estoy infectada —le dijo entonces—. Bueno, quizá sí —añadió tras una pausa, pero lo retiró cuando vio que Jimmy empezaba a hacer pucheros.
Más que nada, lo que él había deseado era hacerla reír, que se pusiera contenta, como le parecía recordar haberla visto. Le contaba anécdotas graciosas que habían pasado en el colegio, o historias que intentaba que sonaran divertidas o que simplemente se inventaba. («Carrie Johnston se ha hecho caca en el suelo.») Se ponía a correr por toda la habitación bizqueando y chillando como un mono, truco que le daba resultado con varias de las niñas de su clase y con casi todos los niños. Se ponía mantequilla de cacahuete en la nariz e intentaba lamérsela con la punta de la lengua. La mayoría de las veces, esas acciones sólo lograban irritar a su madre —«Eso no tiene gracia, es asqueroso», «Para, Jimmy, me estás dando dolor de cabeza»—, aunque de cuando en cuando conseguía arrancarle una sonrisa, o algo más. Nunca sabía qué le daría resultado.
Muy de vez en cuando le esperaba una comida de verdad, tan elaborada y extravagante que lo inquietaba, ya que ¿cuál era el motivo de celebración? Salvamanteles, servilleta de papel —de colores, igual que en las fiestas—, el bocadillo de mantequilla de cacahuete y mermelada, su preferido, pero con pan redondo y sin tapar; una cara de mantequilla de cacahuete con una sonrisa de mermelada. Su madre iba muy bien vestida, con la sonrisa de pintalabios como un reflejo de la de mermelada, y prestaba mucha atención a sus tontas historias, y lo miraba de frente con sus ojos tan azules. En esos momentos a Jimmy le recordaba a un fregadero de porcelana: limpio, brillante, duro.
Sabía que su madre esperaba que advirtiera lo mucho que se había esforzado en preparar la comida, de modo que él también se esforzaba. «¡Qué bien! ¡Mi favorito!», decía mientras ponía los ojos en blanco y se frotaba el estómago en una caricatura del hambriento, exagerando mucho. Conseguía lo que quería, porque ella se echaba a reír.
Al ir haciéndose mayor y menos ingenuo, descubrió que, si no lograba su aprobación, al menos podía conseguir alguna reacción, la que fuera. Cualquier cosa era mejor que esa voz apagada, esos ojos extraviados, cansados, que miraban por la ventana.
—¿Puedo tener un gato? —empezaba.
—No, Jimmy, no puedes tener un gato. Ya lo hemos discutido. Los gatos transmiten enfermedades que son malas para los cerdones.
—A ti eso te da lo mismo —decía con voz taimada.
Una calada al cigarrillo.
—Pero a otra gente sí le importa.
—¿Puedo tener un perro, entonces?
—No, perros tampoco. ¿Por qué no vas a tu habitación a entretenerte un rato?
—¿Y un loro?
—No. Y ya basta. —En realidad no le escuchaba.
—¿Puedo tener nada?
—No.
—¿Ah, no? Pues si no puedo tener nada, entonces he de tener algo. ¿Qué he de tener?
—Jimmy, a veces eres un dolor de muelas, ¿lo sabías?
—¿Puedo tener una hermanita?
—¡No!
—Pues un hermanito, por favor.
—¡Si digo que no, es que no! ¿No me has oído?
—¿Por qué no?
Aquélla era la clave, el desencadenante. Ella empezaba a llorar y se levantaba y salía de la cocina dando un portazo, buuff; o empezaba a llorar y se abrazaba a él; o lanzaba la taza de café a la otra punta y se ponía a gritar: «¡Qué mierda, todo es una mierda, no hay remedio!» Hasta podía darle una guantada, y luego se echaba a llorar y lo abrazaba. También podía ser cualquier combinación de todas esas cosas.
A veces era sólo el llanto, con la cabeza apoyada en los brazos. Se agitaba, le faltaba el aire, se atragantaba, sollozaba. En esos casos él no sabía cómo actuar. La quería muchísimo cuando la hacía enfadar, o cuando ella lo hacía enfadar a él: en esos momentos apenas sabía quién era quién. Le daba unas palmaditas, manteniéndose lo más lejos posible, como se hace con los perros que no se conocen, estirando mucho el brazo mientras decía: «Lo siento, lo siento.» Y lo sentía, pero había algo más: también se recreaba, se felicitaba a sí mismo por haber logrado suscitar esa reacción.
También estaba asustado. Siempre se hallaba al filo de la navaja: ¿había ido demasiado lejos? Y, en ese caso, ¿qué sería lo siguiente?
El mediodía es lo peor, la luz cegadora y la humedad. Hacia las once, Hombre de las Nieves regresa al bosque para alejarse del mar, porque los rayos dañinos rebotan en la superficie del agua y lo alcanzan aunque esté a cubierto del cielo, y se pone rojo y le salen ampollas. Le iría muy bien un tubo de crema solar con factor de protección elevado, si pudiera encontrarlo.
Durante la primera semana, cuando tenía más energía, se había construido una especie de toldo con ramas caídas y un rollo de cinta adhesiva y una cubierta de plástico que había encontrado en el maletero de un coche accidentado. Entonces aún tenía la navaja, pero la había perdido una semana después, ¿o habían sido dos? Debía ser más riguroso con la cuenta del tiempo. La navaja era una de esas suizas de dos filos, con punzón, sierra en miniatura, una lima y un sacacorchos. Y unas tijeritas, que había usado para cortarse las uñas de los pies y también la cinta adhesiva. Siente haberlas perdido.
Cuando cumplió los nueve años, su padre le regaló una de esas navajas. Su padre siempre le regalaba herramientas, intentaba convertirlo en una persona más práctica. En opinión de su padre, Jimmy no era capaz ni de clavar un clavo. «¿Y qué? ¿Para qué quiero clavar un clavo?», dice la voz en la cabeza de Hombre de las Nieves, que esta vez es la de un humorista. «Los clavos prefiero echarlos, no clavarlos.»
—Cállate —dice Hombre de las Nieves.
—¿Y tú le diste un dólar? —le había preguntado Oryx cuando él le contó lo de la navaja suiza.
—No, ¿por qué?
—Tienes que dar dinero a quien te regala una navaja. Para que la mala suerte no te corte. No me gustaría que te cortara la mala suerte, Jimmy.
—Y eso, ¿quién te lo ha contado?
—Ah, alguien —había respondido Oryx. «Alguien» desempeñaba un papel muy importante en su vida.
—¿Qué alguien?
Jimmy odiaba a ese ser sin rostro, sin ojos, burlón, todo manos y polla, ahora singular, ahora plural, ahora multitudinario, pero Oryx le había acercado mucho los labios al oído y le estaba susurrando «Oh, oh, alguien», y reía al mismo tiempo, así él ni siquiera pudo concentrarse en su odio antiguo y absurdo.
Durante el breve periodo que duró el toldo, había dormido en una cama plegable que había sacado a rastras de un bungaló situado a poco menos de un kilómetro, una estructura metálica con somier de muelles y un colchón de espuma. La primera noche lo habían atacado las hormigas, así que había llenado cuatro latas con agua y había metido las patas de la cama dentro. Las hormigas lo habían dejado en paz, pero debajo de la lona el calor y el vapor se condensaban, y estaba muy incómodo; de noche, al nivel del mar, sin un soplo de aire, la humedad parecía alcanzar el cien por cien: su respiración empañaba el plástico.
Los mofaches también le molestaban: rebuscaban entre las hojas, le olisqueaban los pies y husmeaban a su alrededor como si ya fuera carroña. Una mañana se despertó y vio a tres cerdones mirándolo a través del plástico. Uno era macho; le pareció distinguir el punto brillante de un colmillo blanco. En teoría los cerdones no tenían colmillos, pero ahora que se habían asilvestrado, tal vez habían retrocedido en la cadena evolutiva, un proceso que, dados sus genes de desarrollo precoz, sería más acelerado. Les había gritado y hecho aspavientos, y habían huido corriendo, pero ¿quién sabía lo que podían hacerle la próxima vez que aparecieran por allí? Ellos o los loberros; tarde o temprano advertirían que ya no tenía el pulverizador, se había deshecho de él cuando se le terminaron las balas virtuales. Qué tontería no haber cogido un cargador de repuesto: un error, como el de haber instalado la zona de descanso en el suelo.
Así que se había trasladado al árbol. Allí arriba no llegaban los cerdones ni los loberros, y muy pocos mofaches, pues preferían el sotobosque. Se había construido una tosca plataforma entre las ramas principales con tablas de madera y cinta adhesiva. No le quedó mal, siempre se le había dado bien eso de juntar cosas, mejor de lo que su padre habría admitido. Al principio subió el colchón de espuma, pero tuvo que tirarlo cuando empezó a llenarse de moho y a oler de forma sospechosa a sopa de tomate.
La cubierta de plástico del toldo se rompió durante una tormenta especialmente violenta. Sin embargo, la estructura de la cama aún sigue en su sitio; todavía puede usarla a mediodía. Se ha dado cuenta de que si se tumba en ella boca arriba, con los brazos extendidos y sin sábana, como un santo a punto de que lo asen a la parrilla, es mejor que si lo hace en el suelo: al menos se le airea todo el cuerpo.
De la nada le llega una palabra: mesozoico. La ve, la oye, pero no la capta. No es capaz de incorporarle nada. Últimamente eso le pasa con cierta frecuencia, esa disolución del significado; las entradas de sus cuidadas listas de vocabulario van a la deriva y se pierden en el espacio.
—Es por el calor —se dice—. Cuando llueva estaré bien.
Suda tanto que casi oye la transpiración; las gotas le surcan el cuerpo, aunque a veces resultan ser insectos. Al parecer, atrae a los escarabajos; a los escarabajos, a las moscas, a las abejas, como si fuera carne muerta o alguna de esas flores de olor pestilente.
Lo mejor de las horas del mediodía es que al menos no tiene hambre. Con sólo pensar en la comida se le revuelve el estómago, como una tarta de chocolate en una sauna. Ojalá pudiera refrescarse sacando la lengua.
Éste es el momento en que más brilla el sol: el cenit, lo llamaban. Hombre de las Nieves está tumbado en la parrilla de la cama, en esa sombra líquida, entregado al calor. «¡Pongamos que estamos de vacaciones!» Esta vez es la voz de una maestra de escuela, dicharachera, condescendiente, la señorita Stratton-llámame-Sally, la del culo gordo. «Pongamos esto, pongamos lo otro.» Se pasaban los primeros tres años de colegio diciéndote que fingieras esto o que fingieras aquello, y el resto de cursos castigándote si lo hacías. «Pongamos que estoy aquí contigo, con el culo gordo y todo, a punto de chuparte la polla hasta dejarte seco.»
¿Alguna sacudida, por mínima que sea? Baja la mirada: nada. Sally Stratton se desvanece, por suerte. Tiene que encontrar más y mejores maneras de ocupar su tiempo. «Su tiempo», qué idea tan absurda, como si le hubieran dado una caja de tiempo que le perteneciera sólo a él, llena hasta el borde con horas y minutos, que pudiera gastar como si se tratara de dinero. El problema es que la caja está agujereada y el tiempo se le escapa, haga lo que haga con él.
Podría dedicarse a tallar madera, por ejemplo. Hacerse un ajedrez, jugar partidas consigo mismo. Antes jugaba con Crake, si bien en el ordenador, no con piezas de ajedrez auténticas. Casi siempre ganaba Crake. Tiene que haber alguna otra navaja en alguna parte; si se pusiera a ello, si hurgara y rebuscara entre los restos, seguro que encontraría una. Ahora que se le ha ocurrido la idea, le extraña no haberlo pensado antes.
Se deja arrastrar de vuelta hasta esas ocasiones a la salida del colegio, con Crake. Al principio todo era bastante inocente. Tal vez jugaban a Extintatón o a alguno de los otros: 3-D Waco, Hordas Bárbaras, Osama Relámpago. Todos usaban estrategias paralelas: tenías que ver hacia dónde te dirigías antes de llegar, pero también hacia dónde se dirigía el rival. A Crake ese tipo de juegos se le daban bien porque era un genio del salto lateral, aunque a veces Jimmy ganaba al Osama Relámpago, siempre que Crake fuera con los infieles, claro.
No podía tallar esos juegos en madera, qué va. Tendría que ser un ajedrez.
O podía llevar un diario, anotar sus impresiones. Seguro que había montañas de papel en muchos sitios, en espacios cerrados que no habían sufrido un incendio y en los que no entraba el agua; y bolígrafos y lápices: los ha visto en sus expediciones, pero no se ha molestado en recoger ninguno. Tal vez debiera emular a los capitanes del pasado: la nave se iba a pique durante una tormenta, y el capitán en su camarote, condenado a una muerte segura, escribía sin perder los nervios en el cuaderno de bitácora. Salía en las películas. O esos náufragos en islas desiertas que llevaban diarios y no fallaban ni un solo día, con listas de víveres, anotaciones sobre el clima, actividades intrascendentes: que si se habían cosido un botón, que si habían devorado una almeja.
Él también es una especie de náufrago. Podría confeccionar listas, eso otorgaría a su vida cierta estructura.
No obstante, incluso un náufrago da por supuesto a un lector futuro, alguien que más adelante aparezca por ahí y encuentre su esqueleto y su libreta y conozca cuál fue su destino. Para Hombre de las Nieves resulta imposible presuponer nada. No habrá ningún futuro lector, porque los crakers no saben leer. Todo lector imaginable pertenece al pasado.
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Un ciempiés se está descolgando por una hebra, gira despacio como un trapecista, en espirales que lo acercan a su pecho. Es de un verde apetitoso, irreal, como una pastilla de goma, y está cubierto de una pelusilla brillante. Al mirarlo, siente un repentino e inexplicable arrebato de ternura y alegría. Es único, piensa. Nunca habrá ningún otro ciempiés como éste, nunca habrá un momento como éste, una conjunción como ésta.
Son sentimientos que le sobrevienen sin motivo, destellos de felicidad irracional. Seguramente se debe a la falta de vitaminas.
El ciempiés se detiene, explora el aire con su cabeza roma. Sus ojos inmensos, opacos, se parecen al frontal de un casco antidisturbios. Tal vez lo esté oliendo a él, captando su aura química. «No estamos aquí para jugar, para soñar, para pasar el rato», le dice. «Tenemos trabajo que hacer y cargas que levantar.»
Bueno, ¿de qué cisterna neuronal en proceso de atrofia le ha llegado eso? De la asignatura de Aptitudes Vitales, en el instituto. El profesor era un tipo desgalichado, un neocón rebotado de los vertiginosos tiempos de la legendaria burbuja de las puntocom, allá por la prehistoria. Llevaba una coleta greñuda que no lograba disimular su progresiva calvicie, y una chaqueta de piel de imitación; tenía un piercing de oro en la nariz, hinchada y porosa, y les hablaba de cuestiones como la autoestima, el individualismo y el arriesgarse en un tono desesperanzado que parecía denotar que ni él mismo creía en ellas. De vez en cuando se sacaba de la manga alguna máxima antediluviana y la envolvía de ácida ironía, aunque con ello no lograba reducir el nivel medio de aburrimiento; o decía: «Yo podría haber sido un buen competidor», y les dedicaba a los alumnos una mirada elocuente, como si en aquellas palabras hubiera algún significado más profundo que supuestamente debían captar.
En la asignatura de Aptitudes Vitales les enseñaban a llevar la contabilidad por ordenador, a manejar las pantallas táctiles de los bancos, a cocinar con microondas sin que se reventara el huevo, a rellenar solicitudes de pisos para este o aquel módulo, o formularios de empleo para este o aquel complejo, a investigar sobre los aspectos hereditarios de la familia, a negociar los propios contratos de matrimonio y divorcio, a buscar pareja de forma responsable, a usar condones para evitar la propagación de bioformas de transmisión sexual. Los alumnos no prestaban demasiada atención: o eran cosas que ya sabían o no les interesaba aprenderlas. Para ellos, esa clase era como una hora de recreo. «No estamos aquí para jugar, para soñar, para pasar el rato. Estamos aquí para aprender Aptitudes Vitales.»
—Da igual —dice Hombre de las Nieves.
En vez de en el ajedrez o el diario, también podía concentrarse en sus condiciones de vida. En ese aspecto había lugar para introducir mejoras, mucho lugar. De entrada, más alimentos. ¿Por qué no se documentaba sobre el consumo de raíces y de frutos silvestres, sobre la fabricación de trampas para alimañas, sobre la ingesta de serpientes? ¿Por qué había perdido tanto tiempo?
«¡Cariño, no te castigues así!», le susurra al oído una voz triste de mujer.
Si encontrara una cueva, una cueva agradable de techo alto y bien ventilada y a poder ser con agua, estaría bastante mejor. Es verdad, hay un arroyo a menos de medio kilómetro; incluso se ensancha en un punto y forma una charca. Al principio acudía allí para refrescarse, aunque temía la presencia de crakers chapoteando o descansando en la orilla, y los niños le harían la vida imposible para que se bañara, y no le gustaba que lo vieran sin la sábana. Comparado con ellos, es demasiado raro; se siente deforme a su lado. Y a pesar de que no haya gente, siempre pueden aparecer animales: loberros, cerdones, lincetas. Los lugares con agua atraen a los carnívoros. Se quedan allí tumbados, al acecho. Se abalanzan sobre sus presas. No resulta muy acogedor.
Van congregándose las nubes y el cielo se oscurece. A través de los árboles no ve gran cosa, pero nota que la luz ha cambiado. Se queda amodorrado y sueña con Oryx, que flota boca arriba en una piscina, con un vestido que parece estar confeccionado con delicados pétalos de papel blanco. Se extienden a su alrededor, se expanden y se contraen como los velos de una medusa. La piscina está pintada de un rosa intenso. Ella le sonríe y mueve un poco los brazos para mantenerse a flote, y él sabe que los dos corren un serio peligro. Entonces se oye una explosión sorda, como si la puerta de una gran cámara se cerrara.