Mehri abrió los ojos. Estaba acostada sobre la pila de alfombras.

—¿Se parece a su padre? —preguntó.

El anciano Karimi, con el bebé en brazos, miró a su mujer.

—¿No lo sabe? —susurró.

—Lo presiente —dijo Fariba mirando a la chica.

Fariba era mucho más joven que su marido y la única amiga de Mehri.

—Yo creo que no lo sabe —insistió él.

—Calla ya. ¿Le estás dando esa friega como te he enseñado?

—Sí, sí.

Karimi friccionaba el pecho y la espalda del bebé.

—¿En qué lío nos hemos metido? Tú no dejes de frotar —le ordenó Fariba; luego sacó un trozo de carne de la nevera y lo echó en una sartén—. Es para la madre, no para ti —le dijo a su marido y volvió la vista hacia Mehri—. El día que puso los ojos en ese hombre se desgració la vida. Le ofrecí que se viniera a trabajar contigo, aquí en la panadería, aunque dijo que prefería casarse con él. Y ahora mira lo que ha pasado.

Al rato, Karimi preguntó de nuevo:

—Mujer, ¿y esta criatura por qué no llora?

—Porque tiene los ojos azules —dijo Fariba—. Y está maldita, como su madre.

Mehri, envuelta en una manta, llevaba horas recostada en la pared sin hacer el menor movimiento. Le daba vergüenza mirar a su amiga.

—¿No te advertí que no te casaras con él? ¿No te lo advertí? ¿Cuántas veces te dije que ese hombre te pegaría?

Finalmente, Fariba arrebujó a la criatura, se la apretó contra el pecho y se acercó a ella.

—¿No quieres tenerla en brazos?

Mehri no contestó.

—No puedes hacer como si no existiera. Es una niña, sí, pero tampoco es que sea una desgracia.

—Su padre me matará —repuso Mehri.

Karimi también estaba recostado en la pared, con la cara oculta detrás de un periódico. Le temblaban las manos. Las tenía doloridas de haberla ayudado en el parto, pero eso ahora le resultaba tan embarazoso que no se atrevía a mirarla ni de lejos.

—¿Sabes qué te digo, marido mío? Que si tuviéramos una radio no te haría falta leer el periódico. Si casi no puedes sujetarlo, hombre —le dijo Fariba—. Dicen que en la radio ponen muchas cosas interesantes. Seriales. Cómo me gustaría oír uno de esos seriales...

Fariba dio la espalda a Mehri y acercó una cerilla encendida al carbón de la estufa.

El anciano se bajó las gafas a la punta de la nariz y dobló el periódico.

—Bobadas —replicó—. Tú preocupándote por esa tontada de la radio cuando en los barrios del norte de Teherán la gente ya presume de televisores. Además, encima de que aprendí a leer por mi cuenta, ¿cómo no iba a leer el periódico, eh? En aquellos tiempos nadie sabía leer. Mi padre y mi madre tampoco. Yo era el único niño de estos andurriales que leía. Aprendí las letras yo solo y tú...

—¿Qué es un televisor? —preguntó Mehri, levantando la vista.

A la luz de la lumbre, entrevió el pelo de la criatura. Era castaño rojizo, como el del padre.

—Lo mismo que una pantalla de cine sólo que en pequeño —respondió Karimi sin mirarla—. Tan pequeño que cabe en una habitación. En el norte de Teherán se ven por todas partes. El otro día Mosadeq salió en una.

—¿Y qué hacía nuestro primer ministro en la televisión?

—Pues demostrar que estaba vivo. Habían intentado matarlo. Los sinvergüenzas de los británicos lo más seguro. —Karimi devolvió la atención a su periódico—. Malditos sean todos. Cuando no son los comunistas son los británicos, y si no, esos del turbante, que se creen tan buenos como Dios, o esos...

Fariba dejó caer bruscamente la hervidora sobre el fogón.

—La pobre casi se nos muere esta noche ¿y tú preocupándote de tus políticos?

—No me sermonees delante de ella —replicó Karimi—. Maldita sea, si es que ya nadie ama esta tierra. Aparte de él. Mosadeq es grande. ¡Grande! Lo que yo te diga...

Mehri cerró los ojos y se hizo la dormida.

—Esto es un asunto de mujeres —añadió el anciano, ya sin vehemencia, señalando con la cabeza hacia Mehri—. No querrás dar que hablar a los vecinos, ¿verdad? No podemos tenerla aquí.

—Tranquilo, señor Karimi —repuso Fariba—. Usted siga ahí sentadito tomando su té y leyendo su periódico. Bastante tiene con imaginar lo que su gran Mosadeq pensaría de usted.

En el transcurso de los dos días siguientes, Mehri se negó a tomar en brazos a la recién nacida, ni siquiera cuando el padre de la niña, Amir, se presentó delante de la panadería de Karimi y la emprendió a patadas con la puerta. Desde el balcón de arriba, Fariba le gritó que su hijo no era tal hijo, que era una niña como Dios manda.

—¡Pues bájela que la mate! —gritó Amir.

—Tienes que ponerle un nombre a esa criatura —dijo Fariba volviéndose hacia Mehri—. Ahora mismo.

Al caer el día, la criatura seguía sin nombre, y Amir, sentado a la puerta, esperando para matarla.

—Da voces a todo el que entra en la panadería. He tenido que darle leche en polvo, que lo sepas. No es bueno para ella —se quejaba Fariba sentada en el suelo, cubierto de alfombras persas, y meciendo a la niña en brazos.

Luego cambió de postura y apuró de un trago el resto de ginebra que le quedaba en el vasito de té. Cuando terminó, lo dejó caer bruscamente sobre la alfombra.

—Podríamos hablar con tu hermano.

—Mi hermano no me va a ayudar —replicó Mehri.

—Siempre dices eso, pero ¿cómo lo sabes? Y ese niñato de Amir antes mataría a su propia hija que soltar dinero por ella. ¿Cuentas con alguien más aparte de tu hermano?

—No.

Karimi entró en la habitación y se sentó al lado de su mujer.

—¿Todavía estás indispuesta, hija? —le preguntó a Mehri.

Su tono era amable pero fatigado. Conocía a la amiga de su mujer desde que ella tenía trece años, cinco menos que Fariba. No soportaba verla sufrir.

Mehri se tapó con el velo y bajó la mirada. Mordisqueó una esquina desgastada de la tela. Hacía semanas que aquel velo no se lavaba. A veces, cuando iba por la calle, se preguntaba si la gente lo olería.

Fariba abrió sus gruesas piernas y, con el bebé en brazos, se puso de pie.

—Mujer —dijo Karimi, levantándose a su vez—, deja a la niña y ven aquí.

La pareja entró cuchicheando en la habitación contigua. Mehri los escuchaba, o al menos oía retazos suficientes de la conversación como para atar cabos.

—No puedo hacer eso —oyó decir a Karimi.

—¿Estás dispuesto a correr con los gastos? —dijo Fariba.

—Ésta es mi casa. ¡No olvides cuál es tu sitio, mujer!

—Mehri es mi amiga y yo hago lo que quiero con mis amigas. Además, la conozco: estoy segura de que lo de su hermano es mentira.

—El Gobierno no moverá un dedo por una familia como la suya —dijo Karimi.

—Entonces que su gente cargue con ello —repuso Fariba—. Qué quieres que te diga, marido mío, si no fuera por las leyes...

—Leyes aparte, ¿y con él qué hacemos?

—Con él, ya veremos más adelante. Si hace falta, le corto esa cabeza de panocha que tiene.

Mientras el panadero y su mujer seguían hablando, Mehri tomó en sus brazos a la recién nacida y salió por la puerta trasera. Bajo la nevada, se aflojó un poco el velo y se sacó el pezón, duro y renegrido. El pecho le dolió al contacto con el aire helado. Cuando llevó el pezón a los labios de la criatura, la leche se derramó. Mehri tenía frío, pero la piel del bebé estaba más fría aún. En el cielo, una nube ocultó la luna. Un manto de nieve empezaba a extenderse sobre la ciudad. Mehri notó la humedad de la sangre que le resbalaba por las piernas y dejaba un reguero de gotas tras de sí. Si Amir seguía el rastro, como un lobo solitario tras su presa, la encontraría.

Pero ella sabía muy bien cómo esquivarlo. De niña había mendigado por los barrios ricos del norte de Teherán, donde muy de vez en cuando le daban algo de comer. Casi siempre volvía a casa con las manos vacías, a diferencia de su hermano. Claro que él era hombre.

Cuando llegó a la avenida Pahlevi, que conectaba el sur con el norte de la ciudad y dividía mundos y existencias, le pareció muy distinta a como la recordaba: era una calle casi desierta, casi muda, donde los espectros hablaban mientras sus adinerados residentes llevaban un buen rato acostados. A la luz de las farolas, divisó las cuestas nevadas que ascendían hacia la cordillera de Elburz, a veinte kilómetros de distancia. De niña soñaba con alcanzar aquellas cumbres. Extendería los brazos y llegaría volando hasta ellas, igual que el ave fénix en las leyendas de la antigüedad. Entonces también solía preguntarse si se divisarían los secretos de la ciudad desde aquellas alturas. Si, al otro lado de los valles, la gente de la montaña respiraba con más libertad. Solía imaginarse a los ricos disfrutando de sus meriendas campestres al pie de las montañas y en las riberas de los ríos.

Al cabo de tres horas de caminata, llegó a un punto indeterminado del centro de la ciudad. Le temblaban las piernas. Sus músculos golpeaban contra el hueso una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, al ritmo de tambores de guerra, causándole un dolor atroz. Tenía todo el cuerpo dolorido. El sexo lo que más. ¿Y si la niña se le caía de los brazos?, se preguntó. ¿Se congelaría y serviría de mensaje de advertencia para las generaciones futuras? Ojo con nacer, ojo con vivir, ojo si vienes a este mundo y no eres deseada. ¿Y si el bebé se le caía y se le partía el cráneo en mil pedazos? ¿Se le romperían también todos los huesos del cuerpo? ¿O haría igual que en el parto y su instinto se impondría sobre todas las cosas y se quedaría a la fuerza en este mundo?

A medida que avanzaba, la ciudad se desplegaba ante ella. Construcciones y autopistas se sucedían ante sus ojos dejando a la vista el mundo de los privilegiados. Allí, en el centro de Teherán, los edificios eran más altos y de cerca parecían inmensos, tanto como las montañas que los enmarcaban. A un lado de la calle se alzaba el edificio más grande que había visto en su vida. Y sobre sus muros, la imagen de un señor de edad avanzada: el primer ministro, Mosadeq. Mehri lo reconoció. Todo el mundo sabía ya qué cara tenía. Se quedó observándolo un rato y luego continuó su camino, entre los vehículos aparcados y el escaso tráfico que circulaba silenciosamente de madrugada. Incluso los vehículos habían cambiado desde la última vez que había estado en aquella zona, pensó. Eran más aerodinámicos y de colores llamativos.

Las calles y las aceras se fueron ensanchando. Hacía tanto frío que le dolían los dedos de los pies. El bebé estaba extrañamente silencioso, como si intuyera lo que su madre se proponía hacer. Mehri se palpó los muslos doloridos metiendo la mano como pudo bajo las tres capas del velo: una por devoción, otra por cultura y la tercera por abrigo. Agarró un puñado de nieve haciendo un cuenco con la mano, la deslizó por debajo del velo hasta llegar a la zona del desgarro y trató de limpiar la mancha, pero sólo consiguió que le escociera más todavía al contacto con el frío. Sacó los dedos manchados de sangre. Le metió de nuevo el pezón en la boca al bebé, pero la criatura seguía resistiéndose a mamar.

Anduvo sin parar durante una hora hasta que llegó a un cruce importante. En los márgenes de la calzada se veían briznas de hierba asomando sobre la nieve. Mehri miró a su alrededor. Allí todo era nuevo, todo era moderno.

El cruce se abría a cuatro caminos. Podía darse la vuelta y regresar andando al sur, enfilar rumbo al norte, o quedarse allí, en las calles que se bifurcaban en dirección este y oeste. Al oeste divisó una vez más la imagen del anciano presidente, en esta ocasión impresa en las hojas de periódico pegadas en los muros de ladrillo. La calle al este era más estrecha, flanqueada por pequeños árboles que habían perdido las hojas con la llegada del invierno. Uno de ellos parecía distinto. Era una morera; un árbol que Mehri recordaba de su infancia. De niños, ella y su hermano se pasaban horas y horas recolectando frutos de un árbol como aquél. Recogían miles de moras blancas, las guardaban en latas y luego las dejaban secar. Las que ya estaban dulces las vendían. Al caer la noche habían sacado lo suficiente para comer, a veces incluso podían comprar carne con la que fortalecer los músculos.

Mehri nunca se había imaginado en el papel de madre. Nunca había creído que viviría tanto. La vida, sin embargo, se le había echado encima, la había arrollado, había crecido en sus órganos, entre sus músculos y sus venas, mes tras mes, hasta estallar de sus entrañas con la forma de aquel ser que ahora sostenía en los brazos. Mehri anhelaba abrazar a aquella niña, besarla incluso. Pero se limitó a acariciar la corteza de la morera y palpar sus ranuras. El bebé lloriqueó por primera vez, como si protestara, como suplicando clemencia.

Mehri siguió andando. Vio otra morera y, a su lado, la entrada a un callejón. Del callejón emanaba un intenso hedor a podredumbre. Se tapó la cara con el velo y se adentró en él. Había bolsas de papel llenas de basura apiladas a ambos lados. Con el bebé en un brazo, avanzó entre las dos hileras, buscando el lugar idóneo. No sentía emoción alguna. Había perdido la noción del tiempo. Cuando la dejó en el suelo, la criatura apenas se movió. Madre e hija se quedaron inmóviles unos minutos. La luz de la luna iluminó el rostro de la niña, y por primera vez Mehri la miró directamente a los ojos. Eran del mismo color que los suyos, como había observado Fariba. Mehri se agachó y le acarició las mejillas, el mentón y la frente. Bajo la luz de la luna, vio que le había manchado la cara con los dedos ensangrentados. Pero eso ya no tenía remedio.

Finalmente, se levantó y se fue por donde había llegado. Se marchó lejos de allí; tan lejos que ni a la luz de la luna habría visto a su hija de nuevo.

Los camiones retumbaban por la carretera de grava en la quietud de la noche, bullían como una hilera de hormigas; sus gruesas lonas impermeables se agitaban, los motores rugían y las ruedas levantaban una polvareda que enturbiaba el frío aire de febrero. Behruz Bakhtiar cerró los ojos. Una capa de mugre le cubría el rostro huesudo. A la luz de la luna vio pasar cuatro camiones de ocho ruedas cargados de reclutas llegados de provincias.

No sería Behruz quien los subiría al cuartel en su camión, como hacía habitualmente. Esa noche era la primera de las cuatro jornadas libres que tenía por delante. Lo que haría sería sacar un cigarrillo, encenderlo con la última cerilla que llevaba en el bolsillo y bajar andando por la montaña rojiza, donde la tierra se mezclaba con la nieve, para atravesar a buen paso la ciudad de norte a sur hasta llegar a casa. Aquél era su Teherán, y él su guardián secreto, el ángel posado en la cumbre que contaba los edificios, los árboles, las farolas y los transeúntes, que pululaban como insectos por las calles sin darse cuenta de que los vigilaban.

Qué rara es la gente, pensó Behruz, con el cigarrillo entre los delgados labios. Y emprendió el descenso de la montaña y la posterior caminata a través de la ciudad tal como tenía previsto, tal como llevaba ansiando todo el día.

Bajaba ágilmente por las laderas y de vez en cuando daba una calada al cigarrillo. Silbaba cuando le venía en gana. Había hecho aquel trayecto infinidad de veces, desde el día que había aprendido a subir conduciendo a la montaña. ¿Qué edad tendría entonces, diecisiete? Ya había cumplido los treinta y tres, así que habían transcurrido dieciséis años. Si multiplicaba sus días libres por dieciséis, eso significaba que había subido y bajado las laderas de Darakeh unas cuatro mil veces.

Claro que, de vez en cuando, el general de turno le daba permiso para bajar en camión y así ahorrarse las tres horas de caminata. Al principio de su vida conyugal, el general al mando, además de animarlo a bajar conduciendo, lo dejaba salir antes de hora para que pudiera atender sus deberes maritales, no sin recordarle lo vieja que era su flamante esposa. «¿Tú crees que esa mujer tuya va a poder con un joven lozano como tú?», le decía el general.

Behruz se había casado con Zahra a los diecinueve años, por insistencia de su padre. «El Profeta era un niño y tomó en matrimonio a una mujer de cuarenta años», le dijo su padre. Zahra, sin embargo, no estaba casada con ningún profeta. A sus treinta y seis años, seguía soltera y tenía un hijo, Ahmad, de la misma edad que su prometido. Ahmad no había asistido a la boda. Aquella noche, cuando un recién casado Behruz le preguntó a su esposa dónde estaba su hijo, Zahra respondió: «Perdido en alguna cárcel.» Y luego se abalanzó sobre él.

Cuando entró a trabajar de conductor para el ejército, Behruz era más locuaz y los soldados lo apreciaban. Se sinceraban con él y le contaban cosas de sus vidas en las granjas o aldeas, y si eran de Teherán, le hablaban de sus estudios y sus novias. El único que nunca le había abierto su corazón era un miembro de la familia real, un primo del rey. Pero el caso de aquel chico era distinto, e incluso le habían prohibido mirarlo a los ojos.

Behruz había aprendido a conducir con dieciséis años porque carecía de fuerza para la lucha o de cabeza para los libros. Su padre le había enseñado lo básico. Podría haberse dedicado a la venta ambulante de pan como su padre o trabajado en los yacimientos de petróleo como sus tíos, pero cuando le sugirió a su padre esa posibilidad, el hombre le arreó tal bofetada que Behruz se pasó días viendo las estrellas. Y nunca más se volvió a hablar del tema.

Ese día, mientras bajaba de la montaña, la tierra rojiza que pisaban sus botas seguía helada. Hacía tres noches del temporal, pero la nieve había cuajado y cubría el camino. El descenso no fue tan arduo como había imaginado. Bajó Darakeh en un santiamén y en nada se plantó en el extremo norte de la avenida Pahlevi, donde las calzadas estaban empedradas y las casas tenían solera. Había oído decir que el padre del rey había vivido en una de ellas.

Pasó junto a un coche viejo aparcado en la calle y hurgó en los bolsillos por si le quedaba algo de tabaco, pero no encontró nada. Un hombre iba caminando hacia él.

—¿Le importaría darme un cigarrillo? —dijo Behruz.

Había aprendido a tratar a los demás con cortesía, como se solía hacer en aquellos barrios. El hombre sacó un cigarrillo del paquete. Behruz tomó el pitillo y se lo metió entre los labios. El otro le tendió un mechero, y la llama parpadeó en la leve brisa.

—Gracias —dijo, e hizo ademán de continuar su camino.

—¿Y el dinero? —preguntó el hombre.

Él no contestó.

—¿Y el dinero? —insistió.

—¿Quiere que le pague por darme fuego?

—¿Usted qué cree?

Incómodo, Behruz se registró los bolsillos.

—Era broma, tonto.

El individuo se alejó entre risas.

Behruz apretó el paso y atajó por callejones secundarios. Sabía que se encontraba en algún punto del céntrico barrio de Youssef-Abad. Normalmente solía tomar la avenida principal, pero esa noche le apetecía cambiar. Las aguas residuales bajaban en torrente por los canales del alcantarillado, pero había moreras en flor flanqueando las calles. Aquel barrio era uno de sus favoritos. Le gustaban los pequeños comercios, el cine y los cafés, locales antiguos pero frecuentados por gente adinerada.

Estaba embobado mirando los rótulos en la fachada del cine cuando oyó el lamento: sonaba como un gato maullando de dolor. Se aproximó al lugar de donde creyó que provenía el sonido, pero el agua que borboteaba por las alcantarillas no le permitió localizarlo. Cruzó y se adentró en otra bocacalle: nada. Siguió recorriendo un callejón tras otro, saltando los canales de las alcantarillas. Cuanto más infructuosa resultaba la búsqueda, más crecía su urgencia. Sólo contaba con la ayuda de la luna. Ninguna vivienda de los alrededores estaba iluminada; era como si el resto del mundo durmiera.

Finalmente llegó a una morera rodeada de pilas de bolsas de basura. Una jauría de perros callejeros levantó la cabeza hacia él, y Behruz se los imaginó despedazando miembro a miembro al pequeño ser que había emitido aquel lamento.

Agarró un palo del suelo y se abalanzó contra ellos. Pero no se movieron. ¿Cuánto tiempo llevaban allí? Al acercarse, los perros se sentaron y se quedaron observándolo tranquilamente. Al final, se agachó y tomó en brazos a la criatura. Los perros le olisquearon los pies, se dieron la vuelta y se marcharon.

Behruz enfiló a toda prisa hacia la periferia de la ciudad; dejó a un lado los edificios deshabitados ocupados ilegalmente por los pobres y las pilas de cartón donde dormían los todavía más pobres. ¿Cuánto tiempo llevaría sin comer aquella criatura? Las tiendas todavía estaban cerradas, pero seguro que su mujer había comprado leche, pensó con desesperación.

El bebé no parecía tener más de tres días. A él empezaba a dolerle la cabeza. Las estrellas daban vueltas en el cielo. Por fin, no a mucha distancia, vislumbró el contorno difuso de su casa.

Behruz llevaba tres horas en el cuarto de estar de su casa intentando dar de comer al bebé. Había despertado a un vecino para pedirle leche, pero el bebé la había vomitado casi toda. Llenó de nuevo el capuchón de su bolígrafo en el cuenco de leche que tenía en el suelo. Llevó el minúsculo receptáculo a los labios del bebé, con cuidado de no inclinarlo demasiado. La leche se derramó sobre los labios de la criatura, pero en la boca apenas entraron unas gotas, y Behruz le limpió la cara con el revés del meñique. Volvería a intentarlo en un rato.

Zahra estaba durmiendo. Su hijo, Ahmad, excarcelado tan sólo dos días antes, había dejado las botas sucias sobre la mesa de la cocina. Lo habían mandado a la cárcel por cortarle los dedos a una persona, y Behruz estaba convencido de que volvería a las andadas.

Por la mañana, se le cerraban los ojos. Contempló la salida del sol por la ventana que daba al norte. Los rayos reptaban por el suelo en dirección a él. En el dormitorio, su mujer seguía profundamente dormida. Él se levantó, entró en la habitación y se quedó de pie junto a ella, con el bebé en el pecho. Zahra estaba arrebujada bajo las mantas. Tenía la tez clara y el pelo, liso y fino, en verano adquiría una tonalidad castaño claro. Últimamente le había dado por rizárselo con unos rulos pequeños de plástico.

Behruz regresó al cuarto de estar y dejó a la criatura en el suelo, con mucho cuidado. Luego se dirigió sigilosamente al dormitorio de nuevo.

—Tenemos que hablar —susurró.

Zahra se tapó los ojos protegiéndose de la luz del sol.

—Ah, ya estás en casa. Pensaba que ibas a pasarte la noche matándote a opio.

—Ven conmigo —dijo sacándola de la cama.

En el cuarto de estar, la criatura sacudía brazos y piernas y se rebullía como un insecto panza arriba.

—Creo que tiene hambre —dijo Behruz—. Le he dado un poco de leche, pero apenas ha tomado nada. Creo que necesita succionarla.

Zahra retrocedió ante la criatura.

—¿De dónde la has sacado? ¿En que lío nos has metido ahora? —le espetó secamente.

Behruz tomó al bebé en brazos.

—Qué va —replicó—. Me la encontré en un callejón, rodeada de basura. En Youssef-Abad.

—Eso está en la zona norte —dijo Zahra—. ¿Qué hacías tú con esa gente? Escúchame bien lo que te digo: deja ahora mismo a esa criatura donde la encontraste y que la escoria de su gente la recoja.

—Estaba rodeada de perros. No sé qué pretendían, pero...

—Sácala de mi casa. Y ya sé que vas por ahí haciendo cosas feas. A mí nunca me tocas, ¡ni que estuviera en llamas y tuvieras miedo de quemarte! Pero todos los hombres sois iguales. A alguien debes de estar tocando. —Agarró la carita del bebé—. Pero ¿tú te has fijado en los ojos? ¡Si son azules! Juro por el imán Husseín que has metido a un demonio de ojos azules en mi casa.

—Son verdes —replicó Behruz.

—No. Tienen algo de azul. Ha metido usted al diablo en casa, señor Bakhtiar.

Behruz se quedó en silencio escuchando mientras Zahra regresaba al dormitorio sin dejar de darle voces. Catorce años juntos y la ira de su mujer no había hecho sino empeorar. Miró al bebé. Zahra tenía razón: había un tinte azul en aquellos ojos. No se le ocurría cómo consolar a aquella criatura. Con lo fácil que le parecía de pequeño... Entonces jugaba a que acunaba a su bebé y le daba el pecho, igual que hacían las niñas del barrio. Aunque siempre con mucho cuidado de que su padre no se enterara. Ahora, sin embargo, esa criatura era real y lo único que se le ocurría era hablarle, dirigirse a ella de persona a persona. No de persona a muñeca ni de dueño a esclava. Eso haría, lo que todos los seres humanos habían hecho toda la vida, desde que el mundo es mundo.

—¿Quieres que te cuente un cuento? —le susurró a la pequeña, que tenía los arrugados párpados firmemente cerrados, como si se negara a encararse al mundo—. ¿Quieres que te cuente la historia del árbol de Tuba?

Y empezó a narrar la historia, confiando en ahogar con su voz los gritos de Zahra.

—Más allá de las nubes y el cielo, allá en lo más alto, hay un árbol, el árbol de Tuba. De sus raíces mana leche, vino y miel.

—¡Maldito sea el día en que me casé con un niño! —gritó Zahra desde la habitación contigua.

—Leche para alimentarte —prosiguió Behruz—, miel para endulzarte y vino para llevarte al país de los sueños.

Zahra gritó más fuerte.

—¡¿Se creía usted mi salvador, señor Bakhtiar? Pues no ha conseguido más que prolongar el infierno!

Él levantó al bebé, se lo acercó a los labios y le susurró al oído:

—El árbol de Tuba pertenece a los huérfanos del cielo, pues no existe nada más importante en el mundo, pequeña.

Interrumpió un momento el relato y aguzó el oído, pero Zahra había dado por terminada su invectiva. La pequeña había abierto los ojos, pero se estaba quedando dormida otra vez.

—Tú me cantaste desde aquel callejón —le susurró— y oí tu canción. Pero aunque yo no te hubiera oído y nadie te hubiera salvado, el árbol de Tuba habría estado esperándote y te habría acogido de todos modos.

Behruz calló y pensó si había hecho bien en salvar a la pequeña al fin y al cabo. Pero puesto que la había salvado y la había obligado a quedarse en esta cosa llamada vida, debía hacer algo más.

—A mí me encantaba la música, ¿sabes? De pequeño —dijo, y le metió el meñique al bebé en la boca para que succionara—. Cantaba a escondidas para que mi padre no se enterara. Arias sobre todo. ¿Sabes qué es un aria? Es como un pequeño cuento, como un grito en la noche. Si cantas un aria, el mundo entero sabrá que estás ahí. Sabrá de tus sueños y tus secretos; de tus penas y tus amores.

Behruz oyó que Zahra arrojaba una almohada contra la pared del dormitorio y calló. Al rato, como no la oía, prosiguió.

—Te llamaré Aria, por todas las penas y todos los amores del mundo —dijo—. Será como si nunca te hubieran abandonado. Y cuando abras la boca para hablar, todo el mundo sabrá quién eres.

Primera parte. Zahra

PRIMERA PARTE

Zahra

1958-1959

Capítulo 1

1

La muñeca estaba medio enterrada en el jardín, con la cabeza girada hacia Aria como si estuviera esperando a que la rescatara del lecho de juncos. Aun de lejos, se fijó en que tenía los ojos del mismo color que ella. Se echó al suelo boca abajo y alargó el brazo para cogerla. Pero no pudo; era pequeña para su edad. Cualquier otra niña de cinco años habría alcanzado esa muñeca, pensó. Luego se miró el vestido que su padre le había regalado el mes pasado y ya se le había descolorido. Si seguía arrastrándose por el suelo todavía se lo estropearía más y le iba a caer un buen rapapolvo.

Cuando por fin logró tirar del cuerpo de madera, un párpado entornado de la muñeca se abrió del todo con la sacudida. Aria le guiñó el ojo a su vez. Luego reculó a rastras por el parterre, con la muñeca pegada al pecho. De puntillas, espió por la ventana que daba al jardín. Zahra debía de andar por allí dentro y si la veía con esas pintas la tomaría con ella otra vez.

Su padre llevaba una semana fuera, trabajando en los cuarteles y campamentos militares. Lo que significaba que Aria sólo comía una vez al día porque según decía Zahra una cría como ella no necesitaba más. Aunque a veces, cuando la veía distraída, le sisaba comida de la mesa.

La pequeña se puso a dar brincos por el patio agarrada a su muñeca. Esquivaba los cañones imaginarios que apuntaban entre las rendijas de los adoquines. Cuando los cañones lanzaban fuego por la boca, daba un gran salto. Luego corrió hasta la fuente del patio para beber. La pila de hormigón que rodeaba el caño era pequeña, y en verano, si hacía mucho calor, a Aria le gustaba meterse dentro a jugar. Pero los vecinos, que hacían tandas para lavar los platos en la fuente, no lo veían con buenos ojos. Cuando Zahra se enteró de que hacía eso, le dio una paliza a modo de escarmiento. Ese día, sin embargo, Aria tenía otro objetivo: lavar su muñeca nueva. Hizo como si Bobó se la hubiera regalado. Aria lo llamaba Bobó, no babá, como los demás niños a sus padres.

Se arrodilló junto a la pila, le quitó el vestido sucio a la muñeca y lo metió en el agua. Lo dejó en remojo un buen rato mientras le peinaba con los dedos la maraña apelmazada de pelo. Cuando terminó, la secó con la tela de su propio vestido, por donde estaba menos sucio. Luego sacó el vestido del agua. Se le habían quedado unos pétalos pegados entre los pliegues. Aria restregó la tela como había visto hacer a Zahra cuando lavaba la ropa. Una vez limpio, vistió a la muñeca y, con sumo cuidado, la puso a secar sobre la hierba que crecía en torno a la pila. Luego se echó a su lado y se quedó dormida. Tumbada al sol, soñó que una mujer le decía que había tenido mucha suerte de encontrarse con aquella muñeca y que, si quería ser una verdadera guerrera, debía olvidarse del hambre. Aria durmió a pierna suelta y soñó con otras cosas también, con leones en el desierto y nómadas en la montaña.

Despertó con los tirones de pelo de Zahra, con tal sobresalto que ni siquiera lloró. Luego le soltó un bofetón con el dorso de la mano, a sabiendas de que así hacía más daño. La mejilla le sangró: le había hecho un corte con la alianza.

Al otro lado del patio, un vecino, el señor Jahanpur, había presenciado la escena desde su balcón. Entró en su casa dando un portazo y luego salió de nuevo al balcón, pero esta vez con un megáfono.

—Señora... señora, tenga piedad, por lo que más quiera. Le advierto que no...

—¡Métase en sus cosas, mierdoso! —exclamó Zahra.

El señor Jahanpur volvió a intentarlo, a voz en grito por el megáfono.

—¡Señora, ésa no es forma de comportarse!

Zahra dejó de pegar a la niña.

—Oiga, salvador de mierda, sepa usted que la zarrapastrosa esta es hija mía. Hago lo que me da la gana con ella.

—Señora, se le va la mano, ya se lo dije la última vez. La niña sólo estaba jugando. La estaba mirando.

—Entonces encima de imbécil es usted un pervertido —replicó Zahra—. Y deje ya ese chisme, que se va a enterar todo el vecindario.

El señor Jahanpur se quedó en silencio mientras ella metía a rastras en casa a Aria, que daba patadas al aire resistiéndose.

—¡Al balcón! —exclamó Zahra, empujando a la niña hacia allí de malos modos—. Y te quedas sin desayunar, sin comer y sin nada de nada.

—¡Me da igual porque no quiero comer nada!

Zahra cerró con llave la puerta del balcón.

Desde su atalaya, la pequeña vio al señor Jahanpur en el patio, arrodillado junto al jardín donde ella había estado jugando minutos antes. Tenía los brazos a la espalda y curioseaba entre el lecho de juncos. Luego levantó la vista hacia el piso de Aria.

—¡Este espacio es de todos, bruta! —exclamó refiriéndose a Zahra—. No es sólo suyo.

El señor Jahanpur se inclinó hacia delante para arrancar un junco y justo en ese momento Aria vio a su hijo de pie detrás de él. Después de merodear un rato alrededor de su padre, el niño fue andando tranquilamente hasta la fuente y se agachó en el cerco de hierba donde Aria había dejado su muñeca. La agarró y corrió con ella al interior de su casa, seguido por su padre.

—¡Dígale que me devuelva mi muñeca! —exigió Aria al señor Jahanpur.

Pero el señor Jahanpur no contestó.

Ya casi se había hecho de noche cuando un ruido despertó a Aria.

—¡Despierta! —gritó con apremio una voz.

La niña se restregó los ojos y metió la cabeza entre las rejas del balcón.

—¿Quién eres? —preguntó—. No te veo.

—Aquí abajo.

Una figura entró en el haz de luz de la luna. Era el hijo del vecino.

—Vivo delante de tu casa —dijo—. Esa que está ahí en la cocina es mi madre.

Señaló hacia el piso de enfrente del de Aria. En la ventana se veía a una mujer inclinada sobre un puchero humeante.

—¿Y a mí qué? Devuélveme mi muñeca. He visto que te la llevabas.

—Ya sabía que era tuya. Me la he llevado adrede para devolvértela luego. He visto que tu madre te pegaba. ¿Le has atizado tú también? Mi babá dice que si un día me da una paliza así, tengo permiso para pegarle yo también.

—Devuélveme mi muñeca.

—Espera. Necesito que me ayudes con una cosa. ¿Ves ese árbol grande que tienes ahí delante?

El niño señaló hacia un gran cerezo que se alzaba casi en el centro del patio. Las ramas eran tan largas que rozaban el balcón del piso de Aria.

—¿Qué pasa con el árbol? —dijo ella.

—¿Llegas a las ramas desde donde estás? Es que se me ha quedado la pelota ahí atascada —aclaró.

—No. Primero dame la muñeca.

—No puedo. Tendría que lanzártela y tan alto no llego. Pero mi babá dice que un día seré tan fuerte como él. ¿Quieres ver mis músculos?

—A la porra tus músculos —replicó Aria—. Y mi Bobó también tiene mucha fuerza.

—¿Qué es un «Bobó»?

—Tú también tienes uno, tonto —saltó ella—. Mi padre.

—Entonces ¿por qué lo llamas Bobó?

Aria se inclinó sobre el balcón.

—¿No tienes que ir a la escuela mañana?

—Anda, sólo tienes que sacudir un poco las ramas —dijo el niño—. Y la pelota se caerá.

—No puedo hablar contigo. Me van a castigar por tu culpa.

—Mira, si me ayudas a bajar esa pelota, mañana después de clase te traigo un regalo y te devuelvo la muñeca.

—No me hacen falta regalos —protestó ella.

El niño se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y torció el gesto.

—Te odio —dijo alzando la voz—. Eres una mocosa tonta.

—No soy una mocosa. Soy muy muy mayor —contestó ella y, al ver que su vecino no replicaba, añadió—: Tengo cinco años. Cuando nieve cumpliré los seis.

—Mira, sacude esas ramas, haz el favor. Me duele el cuello de levantar la cabeza para hablar contigo.

Aria se acercó un poco más a las rejas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—¿Y tú? —dijo el niño.

—Yo te lo he preguntado primero.

—Kamran.

—Nunca había oído ese nombre.

—Sólo tienes cinco años. Ya tendrás tiempo.

—Yo me llamo Aria.

—¿Aria? —Kamran rió—. Eso es un nombre de niño.

—Pues no soy un niño.

—Bueno, pues no eres un niño, pero ¿me vas a ayudar o qué?

—A lo mejor. —Al mirar abajo, entre las rejas, la cara y los labios del niño, observó algo raro—. ¿Te ha pegado tu padre?

—No —respondió Kamran.

—¿Por qué tienes el labio partido? ¿Te has caído?

Kamran parecía avergonzado.

—No, es... es... de nacimiento. Tengo la boca un poco del revés.

—¿Del revés? ¿Puedo llamarte «niño del revés»?

—No, no puedes —respondió Kamran.

—Bueno. Aunque tienes que traerme el regalo que me has prometido. —Se acercó al árbol hasta casi rozar las ramas, pero no las alcanzaba—. ¡No puedo! —gritó Aria.

—Apóyate en la parte de abajo de la reja —sugirió Kamran.

Ella hizo lo que le decía y estiró el cuerpo todo lo que pudo.

—¡Ya tengo una!

—Sacúdela todo lo fuerte que puedas.

Aria sacudió la rama y oyó el sonido de la pelota al rebotar en el suelo. El niño la cogió y salió corriendo.

—¡No se olvide de mi muñeca, señor Kamran! ¡Niño con la boca del revés y los labios aplastados! —gritó a la oscuridad.

Kamran sujetó con fuerza la pelota. Con el pie, corrió hacia un lado la puerta de metal que daba al piso de sus padres, subió a su habitación a toda prisa y escondió la pelota debajo de la cama. Al regresar al piso de abajo se detuvo un momento ante la ventana por la que hacía meses que espiaba a la niña de los Bakhtiar, desde que la habían dejado salir al jardín a jugar. Le dolía que se hubiese fijado en su labio leporino, aunque tarde o temprano todo el mundo se fijaba. Menos mal que se le había ocurrido lanzar la pelota al árbol, así por fin había podido hablar con ella. Y no era tan rara como él pensaba. Casi era simpática incluso. Lo raro era ese nombre de niño que le habían puesto: Aria. Él sabía muy bien qué significaba esa palabra. Se lo dijo su padre una vez: la raza iraní. Pero ese nombre sólo se les ponía a los niños.

En la cocina, su madre estaba dándole el pecho a su hermana pequeña, que ya tenía dos años. Kamran abrió la nevera. Dentro no había más que pan.

—No toques —advirtió su madre—. Es la cena.

Kamran se sentó a la mesa y observó a su hermanita mamando del pecho de su madre.

—¿Qué hacías con esa niña? —preguntó su madre.

—Jugar —respondió Kamran.

—Es una bastarda. Aléjate de ella.

—Tiene padre y madre —replicó Kamran.

—Pero no son sus padres de verdad. Es una niña abandonada. Recogida de la calle. Y encima con los ojos azules; eso quiere decir que lleva el demonio dentro. Aléjate de ella o el dyinn vendrá a tu cama por la noche. Una vez Janum Kokab, la vecina de más abajo, recogió a una niña de la calle y luego se le murió la familia entera, hasta el gato. Y esta niña encima tiene los ojos azules. Peor todavía.

—Son verdes —replicó Kamran—. Creo.

—¿Desde cuándo ves a oscuras, hijo? Los niños endemoniados vienen de los dyinns, ¿y qué hacen los dyinns?

—Nos engañan —respondió Kamran.

—Eso es. Así que no te dejes engañar. Esa niña no te contará más que mentiras. Eso lo juraría hasta el Profeta, que la paz sea con él.

—Donde tú vivías de pequeña ¿había dyinns? —preguntó Kamran.

—En Yazd no teníamos más que polvo, dyinns y judíos. Y los templos del fuego, donde los seguidores de Zoroastro hacen sus brujerías. Los dyinns, brujerías; los judíos, brujerías; los zoroastrianos, brujerías. Me apuesto lo que quieras a que esa niña de ojos azules es judía o hija de dyinns.

—Hay niños de mi escuela que dicen que los dyinns no existen. Que son cuentos que se inventa la gente de pueblo.

—Yazd no es ningún pueblo. Antiguamente era la capital del mundo. Y si no sabes que esta tierra la creó un dyinn, no sé yo qué habrás aprendido.

Su madre se aflojó el pañuelo de la cabeza y Kamran se quedó mirando el diente cariado que le asomaba entre los labios. El de al lado ya se le había caído. Cuando pierda el podrido, pensó Kamran, parecerá una de esas desgraciadas que van por las calles.

—Los niños de mi escuela dicen que si bebes leche se te ponen los dientes bonitos —dijo Kamran.

—La leche es para los recién nacidos —replicó su madre.

—¿Babá podría traernos leche esta noche? —le preguntó Kamran.

—Dime qué hora pone —dijo su madre alargando el brazo en el que llevaba el reloj de pulsera.

—Está parado —observó Kamran—. No le has echado cuerda.

—Se dice «dado» cuerda —lo corrigió ella.

—Bueno, pues dado cuerda. Pero no sé para qué quieres un reloj de pulsera si no sabes leer la hora.

Su madre agitó la muñeca. El reloj le quedaba demasiado holgado.

—Fue un regalo de bodas de tu padre. A lo mejor tú me podrías enseñar a leer la hora. Como un buen hijo, ¿no?

Kamran oyó pasos en la puerta y se volvió.

—Ahora ve a ayudar a Kazem —le dijo su madre, volviéndose hacia la pequeña.

Kazem era el padre de Kamran. Se hacía llamar por el nombre de soltera de su madre, Kazemi, pero en Yazd todo el mundo lo había llamado siempre Kazem, desde que era niño. Cuando la madre de Kamran se casó con él, se le quedó el nombre. Pero Kamran sólo llamaba Kazem a su padre cuando sentía lástima de él.

El hombre llegó cargado con dos bolsas llenas de cosas. Kamran las cogió, las dejó en el suelo y vació el contenido. En una había trapos y dos botes de leche. En la otra, dos panes y tres manzanas podridas.

—¿Eso es todo? —le preguntó Kamran.

—Por esta noche —respondió Kazem y levantó una mano para mostrársela a la madre de Kamran: estaba envuelta en una venda sanguinolenta.

—¡Ay! ¿Qué has hecho, marido mío?

Kazem se sentó en el sofá. Al hacerlo, se levantó polvo y lo hizo toser.

—¿Que qué he hecho? A ver cómo os lo cuento. Ven aquí, hijo.

Kazem se quitó el vendaje y dejó al descubierto un dedo machacado, amoratado y tumefacto. Le tendió la venda a Kamran.

—Verás, hijo, he hecho una tontería. Los ladrillos tienen que colocarse uno encima de otro, pero no exactamente encima. Se trabaja a capas, ¿entiendes? El ladrillo de arriba se centra en medio de otros dos de la hilada de abajo. Capa de mortero, capa de ladrillo, plop, pones otro ladrillo nuevo encima, plop. Todo muy rápido: mortero, ladrillo, mortero, ladrillo. Y si te pasas de rápido, el pobre dedo se te queda así.

Kazem levantó el dedo y se rió al ver la cara horrorizada de su hijo. Le alborotó el pelo con la mano. Cuando se reía, Kazem resollaba, de tanto fumar y por tanto polvo de ladrillo en los pulmones.

—No es nada —dijo—. Todo se cura.

—¿Puedes trabajar? —preguntó Kamran.

—No te preocupes —le dijo su padre—. Uno de esos botes de leche es para ti. Bébetela. Mi niño bonito ha de tener dientes bonitos.

Le alborotó el pelo de nuevo y fue a la cocina. Le dio un beso a la pequeña, que se había quedado dormida al pecho de su madre.

—El otro bote es para ti —le indicó a su mujer—. No quiero protestas. El dinero ya vendrá. Me voy a acostar.

—Tu hijo ha estado jugando esta noche con esa niña endemoniada —señaló su madre.

—No digas eso, mamá. —Kamran se volvió a su padre, suplicándole—: Me ha devuelto la pelota.

—¿Estamos seguros de que es un dyinn? —dijo Kazem.

—Es una bastarda endemoniada recogida de la calle —le contestó la madre.

—Entonces yo que tú tendría cuidado con esa pelota a partir de ahora, hijo. Quién sabe qué maldición le habrá echado.

Kazem se rió y le hizo un guiño, pero Kamran no supo interpretar si su padre bromeaba, o si, en efecto, Aria era hija de un dyinn.

Capítulo 2

2

El nuevo recluta metió la cabeza en el cubo. El agua destelló sobre su tez morena, le resbaló por el cuello y desapareció bajo el recio uniforme de algodón. Behruz creía conocer a todos los nuevos, pero por alguna razón ése se le había escapado. El joven volvió a hundir la cabeza en el agua y se mojó todo el pelo. El regimiento acababa de terminar la carrera de la tarde.

Behruz apagó el cigarrillo y se acercó al recluta.

—¿Toalla? —dijo y le lanzó una sin aguardar respuesta.

—Gracias —contestó el recluta, a sabiendas de que ninguno de sus compañeros tenía toalla—. ¿Tengo enchufe o qué? —añadió y se echó a reír.

—He visto su insignia de capitán.

Behruz encendió otro cigarrillo y se lo ofreció.

—No fumo. Pero gracias.

—Es mayor que los demás, pero todavía joven para ser capitán... —Dio una calada y al inhalar se le entornaron los cargados párpados. Se rascó la barba incipiente, exhaló el humo y le tendió la mano—. Me llamo Behruz.

—Y yo Ramin.

—Encantado de conocerlo, capitán.

El joven se echó a reír.

—No me trates de usted. Llámame Ramin. ¿Eres el cocinero?

Behruz exhaló otra bocanada de humo.

—De vez en cuando, pero más que nada soy chófer.

—Ah, es verdad. Creo que fuiste tú quien nos subió.

—No te vi en la trasera del camión con los demás.

—Subí con los generales —aclaró Ramin—. Con el «nos» me refería a mis hombres. Pareces demasiado joven para ser chófer. ¿Por qué no llevas uniforme como los demás? Seguro que te manejarías perfectamente con el fusil.

Él negó con la cabeza.

—Ya hace mucho que soy chófer. ¿Vas a estar un tiempo aquí destinado?

—Todo el que me permitan. —Se pasó la toalla por el cuello de nuevo—. Estoy haciendo el servicio militar. Me iré pronto de aquí. Tengo cosas más importantes que hacer.

Behruz asintió.

—Mi tienda es esa de ahí. La pequeña que está al lado del barracón grande. —Señaló hacia un altozano donde se había levantado el campamento—. Si algún día estás aburrido, pasa a saludarme.

Ramin sonrió y dejó al descubierto una dentadura perfecta. Parecía una estrella de cine.

—¿Nada más llegar y te instalan en un palacete? —dijo Behruz—. La gente pensará que le has hecho un favor a alguien.

Ramin rió de nuevo.

—No está mal para un chico de veintidós años. Y recién salido de la universidad.

El joven no hizo ningún comentario. Behruz apagó el cigarrillo entre los pies de ambos.

—Gracias por la toalla —dijo Ramin devolviéndosela.

—Quédatela. Me voy a preparar la cena.

Behrouz le dio una palmadita en el hombro y se alejó.

Durante la cena, lo buscó con la mirada pero no lo vio. Cuando la mayoría de los soldados habían regresado a sus literas, llenó un plato con arroz y estofado de berenjena. En la oscuridad, encontró su tienda.

—¿Capitán? —dijo en voz baja.

Hacía frío, le temblaban las manos y se le derramó un poco el guiso. Oyó movimiento de papeles y un cajón que se cerraba.

—Ahora voy —contestó Ramin.

Un momento después abría la cremallera de su tienda. Tenía la cara sudorosa. Behruz apartó la lona.

—Para ti —le dijo.

—Pasa. Seguro que con el humo de tu cigarrillo sabe mejor.

—Lo siento —se disculpó Behruz y arrojó la colilla al exterior.

—Era broma. En serio. Es muy amable por tu parte.

—Me ha parecido que no ibas a llegar a tiempo para la cena y he pensado que...

—Pero que muy amable —insistió Ramin—. Siéntate.

Señaló hacia el camastro con las sábanas perfectamente ajustadas que estaba en la cabecera de la tienda, pero Behruz optó por una silla cercana. El joven se sentó en la cama, con el plato sobre las rodillas. Instantes después lo dejó a un lado, se acercó a su escritorio, abrió el cajón y volvió a cerrarlo.

Behruz sonrió.

—No, nada, es que... Es que no quiero que se caigan las cosas. ¿Lo has hecho tú? —preguntó Ramin oliendo el estofado.

Él asintió con la cabeza.

—Delicioso, delicioso.

Pero se quedó mirando fijamente el plato y Behruz se preguntó de qué tenía tanto miedo.

Por la mañana, Behruz buscó otra vez al joven capitán. Pero no lo vio, ni entonces ni durante el resto del día. Por la noche se saltó la cena y se metió en su tienda, que compartía con otros cinco soldados. Tumbado en la cama, agarró el libro que guardaba debajo de la almohada y se lo llevó al pecho.

Ciro, uno de sus compañeros de dormitorio, le tiró una gorra.

—Bakhtiar, ¿sólo sabes abrazar libros?

Los demás, que acababan de llegar de la cantina, se echaron a reír.

Behruz se caló la gorra.

—Ya lo he leído —dijo—. Sólo estaba pensando en él.

—¡Pero si éste no sabe leer ni las señales de tráfico! —replicó Ciro.

Los demás rieron de nuevo.

Behruz alcanzó su paquete de tabaco, sacudió la cajetilla para sacar un cigarrillo y se lo encendió.

—¿Desde cuándo se puede fumar dentro de la tienda? —protestó Ciro—. No sabía que hubieran cambiado las reglas.

—Yo sí puedo. Vosotros sois una pandilla de idiotas que no sabéis coger un cigarrillo sin la ayuda de vuestra mamaíta.

—Ciro ha tenido niñera. Los demás, mamaítas —corrigió un compañero.

La delantera de la tienda se abrió y entró Ramin. Behruz apagó el cigarrillo. Los demás se cuadraron.

El capitán se echó a reír.

—Descansen, caballeros. ¿Me da un cigarrillo, Behruz?

Él le tendió el paquete. Ramin se metió un pitillo en la boca y esperó a que le diera fuego.

—¿Es eso cierto, señor Ciro? —Levantó la vista y dio una calada—. ¿Ha tenido usted niñera?

—No, señor —respondió Ciro—. Me crió mi abuela, señor.

—Ah, así que has tenido niñera y mamaíta.

Los demás rieron, pero Behruz no abrió la boca. Ramin lo miró a los ojos y luego se fijó en el libro que tenía sobre la cama.

—Así que le gusta leer, ¿eh?

—Hace como que le gusta, señor —intervino Ciro.

—Tú cierra el pico, malcriado —dijo Ramin, e insistió de nuevo—: ¿Entonces?

Behruz asintió con la cabeza.

—Y no cualquier clase de libro, por lo que veo.

Ramin examinó la cubierta y le guiñó un ojo.

—Tome. Le he traído la cena. —Le tendió una bolsa de papel—. Fumando como fuma más vale que se alimente bien.

—Gracias —dijo Behruz tenso, aceptando la bolsa.

—¿Se halla usted indispuesto quizá?

—No, es que esta noche no tenía apetito.

—Bien, pues le devuelvo el favor.

Ramin saludó con la cabeza a los demás soldados y salió de la tienda.

Behruz dejó la bolsa con la comida sobre la cama y se encendió otro cigarrillo. Le temblaban un poco las manos.

—Mira el enchufado. ¿Le estás poniendo el culo, Behruz? —soltó Ciro.

—Cabrón de mierda.

Ciro se tumbó en la cama y dobló los brazos debajo de la cabeza.

—Si es verdad que sabes leer esos libracos, ¿cómo es que nunca nos los lees?

—Como si tú pudieras entenderlos —replicó Pasha, un joven turco de Tabriz.

Behruz metió la comida debajo de la cama, se tumbó y se llevó el libro al pecho de nuevo. Examinó la cubierta e intentó descifrar las palabras. Llevaba un año intentándolo. Sabía exactamente qué clase de libro era, como también sabía que Ramin podría haberlo detenido por tenerlo en su posesión. Se llevó una mano al pecho para sentir el latido del corazón.

Aquella noche, tras varias horas en vela, Behruz salió de la tienda. El único que seguía despierto era Ciro.

—¿Adónde vas? —le preguntó.

—A ver dónde les dan las azotainas a los mocosos de pueblo como tú.

Cuando levantó la loneta y entró en la tienda de Ramin, se lo encontró sentado a su escritorio.

—A esto se le llama una visita temprana —dijo el joven sin levantar la vista.

Behruz hurgó en sus bolsillos y recordó que había olvidado el tabaco.

—¿Qué escribes?

—Un informe sobre libros prohibidos. Como el que tienes tú. —Lo miró y luego soltó una risotada—. Conque te gustan esas lecturas, ¿verdad? Si llega a pillarte otro, no hubieras salido tan bien parado.

Behruz asintió.

Ramin se levantó del escritorio y fue a su cama. Se sentó y se recostó contra el cabecero, con la espalda bien recta. A juzgar por cómo le quedaba el uniforme, debía de tener el cuerpo fuerte, musculado, pensó Behruz. Lo observó estirando sus largas piernas.

—Este lugar es muy distinto de donde tú vienes, ¿verdad? —dijo Behruz.

—No tanto. Hay tantos idiotas como allí.

—Me refiero a estos camastros, al rancho que comemos, al frío.

—A mí tu rancho me parece perfecto —dijo Ramin, y sonrió.

—Eres joven aún. Puede que cambies de opinión —dijo Behruz.

El joven capitán metió la mano debajo del colchón y sacó un libro.

—¿Quieres leerlo ahora? —Era el mismo que le había visto al chófer y, dando unas palmaditas sobre la cama, le dijo—: Vamos a verlo juntos. ¿Me lo lees en voz alta?

Behruz volvió a buscar el paquete de tabaco, a sabiendas de que no lo llevaba encima, y se sentó al borde de la cama, de espaldas a Ramin, que sostenía el libro por detrás de él.

Luego tomó el libro y pasó una página. Fue a abrir la boca, pero no le salió ni una palabra. Lo intentó de nuevo, pero las palabras impresas en la página no se formaban en sus labios como él siempre había soñado que harían.

—Me lo figuraba. No sabes leer, ¿verdad? —dijo Ramin, incorporándose y cogiendo de nuevo el libro—. ¿Por qué vas por ahí con ese libro si no sabes leer?

Behruz se rascó el cuello y se frotó la nuez. Al rato, sin volverse, dijo:

—Sé lo que pone ahí. Mi mujer me lo leía, hasta que un buen día se cansó.

—¿Estás casado? ¿Y tu mujer sabe leer y tú no?

Behruz percibió el movimiento de Ramin rebulléndose en la cama.

—Sigues sin responder a mi pregunta.

Confiando en encontrar la respuesta entre el silencio y las sombras, Behruz recorrió con la mirada la tienda en penumbra, pero al final sólo pudo agachar la cabeza.

—Mi mujer trabajó durante un tiempo para una familia. Le pagaron las clases. Lee un poco.

—¿Quieres que te enseñe? —preguntó Ramin.

Él no respondió.

—Sabes lo que me podría suceder si nos pillan, ¿verdad? No hay muchos capitanes que enseñen a leer a sus hombres y menos con libros que el sah teme. En un periquete tendríamos aquí a la policía secreta.

Se rió y Behruz entonces comprendió que Ramin estaba bromeando.

—Yo sólo he oído rumores —le dijo en voz baja—. Pero no hay que hacer caso de todo lo que uno oye. La gente tiende a exagerar, y por menos de nada convierte un latigazo en cien.

—Un latigazo es más que suficiente, y una ejecución también —afirmó Ramin ya con otro talante—. Yo que tú aprendería a leer todos los libros de esa lista para darle en las narices a esa escoria.

—Por algo nadie creyó al niño que gritaba «¡ahí viene el lobo!» —replicó Behruz.

—Dejémoslo —dijo el capitán e hizo que se diera la vuelta para mirarlo de frente—. ¿Quieres que te lea? Sí, venga. Debería ser yo quien te lo leyera.

Pero de pronto Ramin hizo algo inesperado: empezó a desabrocharse los botones de la camisa.

—Ayer no me acordé de lavarla. Apesta.

Empezaba a salir el sol. Ramin dejó que la camisa le resbalara por los hombros y cayera a su espalda.

—¿Te importa? —dijo entregándole la camisa a Behruz, que la tomó sin mirarlo a los ojos.

Luego se levantó de la cama, abrió un cajón y sacó una camisa limpia. Mientras la desdoblaba, los músculos de su espalda acompañaban sus movimientos. Behruz los fue nombrando uno por uno: dorsal, tríceps, trapecio.

—¿Haces ejercicio?

—¿Ejercicio, yo? Antes muerto —respondió Ramin—. Yo nunca he movido un dedo para nada, señor Behruz. Mi vida ha sido un canto a la indolencia, pero por ti trabajaré. Te leeré. Igual que hace tu mujer —añadió sonriente.

—Enséñame.

—¿Que te enseñe? He dicho que te leería. Mejor, ¿no?

—No, enséñame —dijo Behruz y se levantó a su vez.

—Está bien. Te leeré y te enseñaré. —Dejó caer la camisa que tenía en las manos—. Quizá me enseñes tú a mí también.

Se acercó a Behruz, le puso la mano sobre los ojos y con dos dedos le cerró los párpados.

—Sólo una vez —dijo y lo besó en los labios.