La idea de regresar a Alemania me inquietó desde el momento en que acepté la invitación. Después de todo, habían pasado tantos años desde la última visita que era imposible presagiar qué recuerdos se despertarían una vez allí.
Corría la primavera de 1988, año en que la palabra perestroika se incorporó al lenguaje común, y yo me encontraba sentado en el bar del hotel Savoy de la Fasanenstrasse pensando en mi sexagésimo sexto cumpleaños, para el que faltaban apenas unas pocas semanas. Delante, sobre la mesa, tenía una botella de riesling que me habían servido en una copa que, según informaba una nota en el menú, se había modelado con la forma del seno izquierdo de María Antonieta. Era un vino delicioso, uno de los más caros de la extensa carta del hotel, pero no me sentía culpable por haberlo pedido; al fin y al cabo, mi editor había insistido en que no me privase de nada. De todos modos, no estaba acostumbrado a ese derroche de generosidad. Mi carrera literaria, que constaba de seis novelas cortas y un desacertado volumen de poesía en treinta y cinco años, nunca había sido exitosa. Ninguno de mis libros había atraído a muchos lectores, a pesar de haber recibido reseñas generalmente positivas, ni despertado demasiado interés en el ámbito literario internacional. Sin embargo, para mi gran sorpresa, el otoño del año anterior me habían otorgado un importante galardón por mi sexta novela, Pavor. Después de ganar El Premio, el libro se vendió bastante bien y se tradujo a numerosos idiomas. La indiferencia con que acostumbraba a recibirse mi obra fue rápidamente reemplazada por admiración y estudios críticos, mientras los suplementos literarios se peleaban por adjudicarse mi redescubrimiento. Pronto empezaron a llegarme invitaciones para asistir a festivales literarios y realizar giras promocionales en el extranjero. Uno de esos actos, una serie de lecturas programadas a lo largo de un mes en la Literaturhaus, se celebraba en Berlín, mi ciudad de nacimiento, aunque allí no me sentía en casa.
Me había criado cerca del Tiergarten, donde jugaba a la sombra de las estatuas de aristócratas prusianos. De pequeño, me encantaba ir al zoológico y fantasear con que algún día trabajaría allí de cuidador. A los dieciséis años estuve en ese mismo lugar junto a algunos amigos de las Hitlerjugend, todos con nuestros brazaletes con la esvástica, y aplaudí efusivamente cuando destaparon el monumento a Bismarck, una estatua de Begas que hasta entonces había estado frente al Reichstag y que habían trasladado al centro del parque como parte de los planes de Hitler para la creación de la Welthaupstadt Germania. Un año más tarde, solo en el Unter den Linden, vi desfilar a miles de soldados de la Wehrmacht tras la exitosa anexión de Polonia. Y diez meses después, me encontraba en la tercera fila de una manifestación en el Lustgarten, rodeado de soldados de mi edad, cuando saludé y juré lealtad al Führer, que nos arengaba desde una tarima erigida delante de la catedral del Reich de los Mil Años.
Finalmente dejé mi tierra natal en 1946 tras ser aceptado en la Universidad de Cambridge, donde estudié Literatura Inglesa, antes de pasar unos años difíciles como profesor en una escuela de primaria de la zona, donde los niños, cuyas familias habían quedado traumatizadas y diezmadas después de cuatro décadas de conflictos armados e inestables reconciliaciones entre ambos países, se burlaban de mi acento. Sin embargo, una vez terminado el doctorado, obtuve una plaza en el claustro docente del King’s College, donde mis colegas me trataban como a una especie de fenómeno curioso, un individuo que había sido arrancado de las filas de una generación teutónica homicida y adoptado por una noble institución británica que, tras la victoria, estaba dispuesta a mostrarse magnánima. En menos de una década me recompensaron con una cátedra, y la seguridad y respetabilidad que conllevaba ese título me hizo sentir a salvo por primera vez desde mi infancia, convencido de que había conseguido un hogar y un puesto de trabajo para toda la vida.
No obstante, cuando me presentaban a gente nueva, a los padres de mis alumnos, por ejemplo, o a un benefactor que estuviera de visita, mis colegas siempre subrayaban que yo era «también escritor», comentario que me desconcertaba y avergonzaba a partes iguales. Por supuesto que esperaba poseer algún atisbo de talento y anhelaba llegar a un número más amplio de lectores, pero mi respuesta habitual a la inevitable pregunta de «¿Puede ser que conozca alguno de sus libros?» era «Probablemente no». Luego solían preguntarme el título de alguna de mis novelas, a lo que yo accedía anticipando mi humillación y observando sus expresiones vacías mientras las enumeraba por orden cronológico.
Esa noche, la noche de la que hablo, el acto en la Literaturhaus, donde había participado en una entrevista pública con un periodista del Die Zeit, no había salido bien. Como me sentía incómodo expresándome en alemán, un idioma que prácticamente no hablaba desde que me había instalado en Inglaterra hacía ya más de cuarenta años, los organizadores habían contratado a un actor para que leyera en voz alta un capítulo de la novela. Cuando le señalé el fragmento que había escogido, el actor negó con la cabeza y exigió que se le permitiera leer uno del penúltimo capítulo. Me opuse, por supuesto, ya que la parte que él proponía revelaba información que en principio debía ser una sorpresa para el lector. No, insistí, cada vez más irritado por la arrogancia de aquel Hamlet de tres al cuarto, que, al fin y al cabo, había sido contratado para levantarse, leer el fragmento y hacer mutis por el foro. No, le dije, alzando la voz. Eso no. Lea esto.
El actor se ofendió mucho. Por lo visto preparaba sus lecturas en público siguiendo un método tan riguroso que cualquiera diría que se disponía a subir al escenario del Schaubühne. Me pareció exagerado y así se lo hice saber, lo que provocó algunas protestas airadas de los asistentes que me alteraron profundamente. Por fin, accedió a leer lo que yo le pedía, pero lo hizo sin gracia, y me bastó mi oxidado alemán para darme cuenta de que su lectura era deslavazada, carente del dramatismo necesario para conectar con el público. Más tarde, de camino al hotel, muy afectado y desilusionado por todo ese asunto, me entraron unas ganas terribles de volver a casa.
Ya me había fijado en aquel chico, un joven de unos veintidós años que se encargaba de servir las mesas, porque además de guapísimo me había parecido que me miraba mientras me tomaba mi copa de vino. Me pasó por la cabeza la asombrosa posibilidad de que se sintiera atraído por mí, aun sabiendo que semejante idea era absurda. Yo era un viejo, después de todo, y nunca había sido especialmente atractivo, ni siquiera a su edad, cuando la mayoría de la gente cuenta con el magnetismo de la juventud para compensar sus carencias físicas. Desde el éxito de Pavor y mi consiguiente ascenso al rango de celebridad literaria, los periódicos me describían invariablemente como «un hombre de rostro curtido» o «ajado por los golpes de la vida», aunque, a Dios gracias, ignoraban lo duros que habían sido esos golpes. De todas maneras, esos comentarios no me resultaban hirientes, y no sólo porque carecía de vanidad, sino también porque hacía mucho tiempo que había renunciado al amor. Los anhelos que me habían asediado y casi aniquilado durante mi juventud fueron disminuyendo con el transcurso de los años, aunque nadie conquistó mi virginidad, y el alivio que acompañó ese progresivo exilio de la lujuria podría compararse con el haber sido desencadenado de un caballo salvaje que por fin corriera libremente por la pradera. Esto, además, fue muy ventajoso para mí, a la hora de enfrentarme a ese interminable torrente de chicos guapos que desfilaba por las aulas del King’s College año tras año, a pesar de que algunos coqueteaban descaradamente conmigo con la esperanza de obtener mejores calificaciones, pues me volví por completo indiferente a sus encantos. Jamás albergué fantasías vulgares ni sentimientos embarazosos hacia ellos, y siempre los traté con una actitud entre bondadosa y distante. No tenía favoritos ni protegidos, y nunca di motivos para que se me atribuyeran intereses impuros en el marco de mis obligaciones pedagógicas. De modo que fue una tremenda sorpresa verme contemplando a aquel joven camarero con un deseo tan intenso.
Después de servirme otra copa de vino, cogí la cartera de cuero, que había dejado a los pies de la silla, y saqué la agenda y dos libros: una edición en inglés de Pavor y una copia anticipada de la novela de un viejo amigo que iba a publicarse al cabo de unos pocos meses. Reanudé la lectura donde la había dejado, tal vez a un tercio del libro, pero me resultaba imposible concentrarme. No estaba acostumbrado a ese problema y miré a mi alrededor para analizar las causas. El bar no era particularmente ruidoso. En realidad no había ninguna razón que explicara mi falta de concentración. Y entonces, cuando el joven camarero pasó a mi lado y dejó en el aire una dulce y embriagadora estela de transpiración juvenil, me percaté de que la causa de mi distracción era él. Aquel infame se me había metido en la cabeza y se negaba a abandonar el sitio que había ocupado. Hice a un lado la novela y me limité a observarlo mientras él retiraba los platos de una mesa cercana. La limpió con una toalla húmeda, volvió a colocar los posavasos y encendió una vela votiva.
Llevaba el típico uniforme del Savoy: pantalones oscuros, camisa blanca y un elegante chaleco granate con la insignia del hotel. Era de estatura media y complexión normal; tenía la piel increíblemente tersa, como si aún no hubiera conocido el roce de una hoja de afeitar, los labios rojos y carnosos, las cejas espesas y una mata de pelo rebelde, dispuesta a enfrentarse con la resolución de trescientos espartanos en el paso de las Termópilas ante cualquier peine que intentara domarla. Me recordaba al joven Minniti del retrato de Caravaggio, un cuadro que siempre había admirado. Sin embargo, por encima de todo desprendía una inconfundible fogosidad juvenil, una poderosa combinación de vitalidad e impulso sexual, y me pregunté a qué dedicaría su tiempo cuando no estaba trabajando en el Savoy. Daba la impresión de ser un muchacho bueno, decente y amable. Y eso que aún no habíamos cruzado ni una palabra.
Traté de volver a mi libro, pero a esas alturas ya había perdido el hilo, de modo que saqué la agenda para recordarme lo que me depararían los meses siguientes. Tenía programado un viaje de promoción a Copenhague y otro a Roma. Un festival en Madrid y una serie de entrevistas en París. Una invitación a Nueva York y otra para que participara en una serie de lecturas públicas comentadas en Ámsterdam. Obviamente, entre viaje y viaje regresaría a Cambridge, a pesar de que la universidad me había dado un permiso de un año par que pudiera ocuparme de esas inesperadas oportunidades promocionales.
Una voz aburrida interrumpió mis fantasías y me preguntó si quería algo más en un tono insolente. Irritado, levanté la mirada y me encontré con el colega mayor de edad del joven, un hombre con exceso de peso y abultadas ojeras oscuras. Miré la botella medio vacía: ¿en serio me había bebido una botella de riesling yo solo? Negué con la cabeza diciéndome que era hora de acostarme.
—Pero, dígame, el chico que me atendió antes, ¿sigue por aquí? —le pregunté esperando no ponerme en ridículo con mi entusiasmo—. Quería darle las gracias.
—Ha terminado su turno hace diez minutos —me contestó—. Supongo que ya se habrá marchado.
Procuré que no se me notara la desilusión. Hacía tanto que no sentía una atracción tan poderosa e inesperada por una persona que no sabía cómo encajar la frustración. No sabía bien qué quería de él, pero, por otra parte, ¿qué desea uno de la Mona Lisa o del David, más allá de permanecer en silencio ante su presencia y apreciar su enigmática belleza? Iba a volver a mi país la tarde del día siguiente, de modo que ni siquiera podía planear otra subrepticia visita al bar por la noche. Se había acabado; nunca volvería a verlo.
Dejé escapar una especie de suspiro y hasta podría haberme reído de mi estupidez, pero ya no me quedaba risa en mi fuero interno, sólo nostalgia y arrepentimiento. La soledad que había soportado durante toda mi vida hacía muchos años que había dejado de ser dolorosa, pero de pronto había asomado y una antigua pena ya olvidada reclamaba mi atención. Recordé a Oskar Gött y el único año que duró nuestra relación. Si cerraba los ojos seguía viendo su cara, la sonrisa cómplice, los ojos azul oscuro y su espalda arqueada mientras yacía dormido en la casa de huéspedes de Potsdam aquel fin de semana en que fuimos de excursión en bicicleta. Si me concentraba, podía revivir el nerviosismo que había sentido ante la posibilidad de que se despertara y descubriera mi indecencia.
Y entonces, para mi sorpresa, volvieron a interrumpirme. Levanté la mirada y me encontré con el camarero joven, que se había puesto unos vaqueros oscuros, una camisa deportiva con dos botones desabrochados y una chaqueta de piel con el cuello de pelo. Tenía una gorra de lana en las manos.
—Perdón por molestarlo —dijo, y detecté inmediatamente que no era alemán, como había supuesto, sino inglés. Su voz revelaba el acento de Yorkshire o del Distrito de los Lagos—. Usted es Erich Ackermann, ¿verdad?
—Así es —respondí, sorprendido de que conociera mi nombre.
—¿Puedo estrecharle la mano? —dijo, y me tendió la mano.
—Por supuesto —accedí, un poco desconcertado por ese giro de los acontecimientos—. Pero no nos conocemos, ¿verdad?
Tenía la palma suave y me di cuenta de lo cuidadosamente recortadas que llevaba las uñas. Un tipo maniático, pensé. Lucía un anillo liso de plata en el dedo medio de la mano derecha.
—No, pero soy un gran admirador suyo —contestó—. He leído todos sus libros. Los leí antes de que saliera Pavor, así que no es que acabe de subirme al carro.
—Muy amable —contesté tratando de disimular mi alegría—. Hay muy poca gente como usted.
—Muy poca gente se interesa por el arte —replicó.
—Eso es cierto —concedí—. Pero la falta de público nunca debería suponer un freno para un artista.
—Incluso he leído su libro de poemas —añadió él, y yo hice una mueca de disgusto.
—No valen nada.
—No estoy de acuerdo —dijo, y a continuación citó un verso, lo que hizo que levantara las manos y le rogara que se detuviera.
Entonces él sonrió y se echó a reír exhibiendo unos dientes maravillosamente blancos. Una ligera arruga apareció debajo de sus ojos. Qué guapo era.
—¿Y usted cómo se llama? —le pregunté, encantado de tener una oportunidad para contemplarlo.
—Maurice. Maurice Swift.
—Un placer conocerlo, Maurice. Me alegra saber que todavía hay jóvenes que se interesan por la literatura.
—Era lo que quería estudiar en la universidad —me explicó—. Pero mis padres no tenían dinero para mandarme allí. Ésa es la razón por la que vine a Berlín. Para alejarme de ellos y ganarme la vida.
Su tono tenía un deje de amargura, pero se detuvo antes de seguir. Me sorprendió lo dramático que se había puesto y la rapidez con que lo había hecho.
—Estaba pensando si me permitiría invitarlo a una copa —continuó—. Me gustaría mucho hacerle algunas preguntas sobre su trabajo.
—Acepto encantado —dije fascinado ante la idea de pasar un rato con él—. Por favor, Maurice, siéntese. Pero insisto en que las consumiciones se carguen a mi habitación. De ninguna manera permitiré que pague usted.
Él miró a su alrededor y negó con la cabeza.
—No se me permite beber aquí —dijo—. Los empleados del hotel tenemos prohibido socializar dentro de las instalaciones. Si me descubren, me despedirán. De hecho, ni siquiera debería estar hablando con usted.
—Ah —dije, deposité la copa sobre la mesa y consulté mi reloj. Acababan de dar las diez; faltaba bastante para que cerraran los bares—. Bueno, en ese caso, tal vez podríamos ir a algún otro sitio, ¿no? No me gustaría causarle problemas.
—Sería maravilloso —respondió él—. Durante el descanso de esta tarde he escuchado su entrevista unos veinte minutos. Tenía la esperanza de oírlo hablar, pero había un actor leyendo Pavor. No me ha parecido que lo hiciera muy bien, la verdad.
—Se ha enfadado porque le he pedido que leyera un fragmento que no le gustaba.
—Pero la novela es suya —observó Maurice frunciendo el ceño—. No era asunto suyo, ¿no?
—Yo pensaba lo mismo —respondí—. Pero él tenía una idea diferente.
—Bueno, la cuestión es que cuando me he marchado para volver aquí él seguía leyendo, así que no he podido escucharlo responder el turno de preguntas, y yo tenía muchas preguntas que hacerle. Aunque es cierto que usted parecía muy contrariado, señor Ackermann.
Me reí.
—Digamos que no fue una velada del todo agradable —admití—. Aunque ahora ha mejorado considerablemente. Y, por favor, llámeme Erich.
—No podría.
—Pero insisto.
—Erich, pues —repitió él en voz baja, paladeando el nombre con una expresión que me pareció nerviosa. Tal vez fuera mi ego o mis reavivados deseos o una combinación de ambos, pero de pronto me sentía absolutamente feliz percibiendo esa corriente de veneración que salía de sus labios y llegaba a mis oídos—. ¿Está seguro de que quiere salir? —me preguntó—. No querría importunarlo. ¿No se encuentra demasiado cansado?
—Para nada —dije, aunque en realidad estaba agotado por haber tenido que coger un vuelo tan temprano y por la decepcionante velada que había soportado—. Por favor, indíqueme el camino. Me atrevería a decir que usted conoce la ciudad mejor que yo.
Me incorporé y me maldije por el ligero gemido que se me escapó mientras mis extremidades se adaptaban a estar de pie nuevamente y, sin pensarlo, me apoyé un instante en su antebrazo. Sentí su músculo duro y tenso al apretarlo.
—¿Adónde vamos? —pregunté, y él mencionó un bar al otro lado del Tiergarten, cerca de la Puerta de Brandemburgo.
Por un momento vacilé, porque eso significaba acercarme a las ruinas del Reichstag, un lugar que no tenía ningunas ganas de visitar, pero asentí. No podía arriesgarme a que él cambiara de idea.
—No está lejos —señaló, tal vez percibiendo mi reticencia—. Diez minutos si cogemos un taxi. Y suele estar bastante tranquilo a esta hora. Podremos hablar sin tener que gritar por encima del ruido.
—Espléndido —dije—. Adelante.
Mientras cruzábamos las puertas del hotel, él pronunció la frase que por lo general más temo oír, pero que en ese momento, inexplicablemente, generó oleadas de excitación en mi cuerpo.
—Yo también soy escritor —dijo sonando un poco avergonzado ante esa revelación, como si hubiera admitido que albergaba el deseo de viajar a la luna—. O al menos lo intento.
Mi visita a Dinamarca estaba programada para principios de abril y se prolongaría tres días, durante los que habría varias entrevistas de prensa y una lectura pública en la Biblioteca Real la última noche. La editorial danesa me ofreció una noche extra de hotel para que pudiera visitar un poco la ciudad. Acepté y reservé otra habitación, que correría a mi cargo, para Maurice, que había accedido a acompañarme con el nebuloso cargo de asistente personal. Deseoso de que las habitaciones fueran contiguas, mandé una solicitud cuidadosamente redactada al hotel con dos semanas de antelación. De ese modo tendría cerca a mi joven amigo en caso de que lo necesitara, me dije para mis adentros. Ésa sería una de las muchas mentiras que me diría a lo largo del año que duró nuestra relación.
Al final de la velada que habíamos compartido en Berlín seis semanas antes, le había dado a Maurice mi dirección y le había propuesto que mantuviéramos el contacto. Así pues, al regresar a la universidad nunca perdí la esperanza de recibir noticias suyas, pero no llegaron nunca. Empecé a temer que hubiera perdido el papelito en el que le había anotado mis señas, o que el correo hubiera extraviado sus cartas. Me planteé iniciar yo mismo la correspondencia, enviándole una carta al Savoy a su atención, pero cada borrador que escribía sonaba más trágico que el anterior, así que lo dejé estar. Por fin, después de casi un mes de silencio, me resigné a la idea de que nunca más volvería a saber de él, pero, con un grácil sentido poético de la oportunidad, ese mismo día llegó un gran sobre con el nombre de «Maurice Swift» y una dirección de Berlín escritos en el dorso.
En la carta se disculpaba por haber tardado tanto en ponerse en contacto conmigo, aduciendo que no estaba seguro de si debía aprovechar mi ofrecimiento de leer su obra, o si mi propuesta no había sido más que un gesto cortés después de demasiadas copas de vino. De todas maneras, adjuntaba un cuento, «El espejo», y me pedía que le echara un vistazo, suplicándome que no tuviera miedo de herir sus sentimientos.
Por supuesto que yo no albergaba ninguna intención de incumplir mi palabra, pero, para desilusión mía, su cuento no era gran cosa. El personaje principal, obvio alter ego del autor, se describía como un hombre tímido y autodestructivo, torpe en sus relaciones con las chicas y propenso a mantener relaciones sexuales desastrosas. Aun así, el relato traslucía cierta vanidad, pues era evidente que todos los que se cruzaban en el camino del protagonista lo consideraban absolutamente encantador. Sin embargo, a pesar de la trivialidad de la trama, la escritura era impresionante. Era evidente que su autor se había esforzado en esculpir cada frase y yo me aferré a ese hecho como prueba de que Maurice tenía talento. Llegué a la conclusión de que, si la historia no fuera tan aburrida, el relato sería publicable.
De todas maneras, para no parecer demasiado ansioso, y recordando lo mucho que él había tardado en escribirme, esperé tres interminables días antes de responderle con una crítica cuidadosa y considerada de la obra. En ella me inclinaba hacia el elogio, al tiempo que mencionaba algún que otro fragmento que creía que podía ganar mucho si se pulía un poco. En la posdata mencioné el viaje a Copenhague y le comenté que, como yo ya empezaba a tener una edad y esos trayectos podían ser agotadores, tal vez él quisiera acompañarme. «Te daría una idea de cómo es la vida de un escritor. Naturalmente, yo cubriré todos tus gastos y además te pagaré un estipendio a cambio de las pequeñas tareas de las que tal vez necesite que te ocupes durante el viaje», le dije esperando que fuera suficiente incentivo.
Esta vez respondió casi de inmediato con un entusiasta «sí» y acto seguido me encargué de los preparativos. Sin embargo, la semana previa a nuestra partida, empecé a sentirme cada vez más inquieto ante la idea de volver a verlo, preocupado por la posibilidad de que esa breve y encantadora velada en Berlín se convirtiera en una situación incómoda cuando intentáramos revivirla durante cuatro largos días en Dinamarca. Pero estaba equivocado: Maurice se mostró bien dispuesto y amable desde el primer momento, y si se dio cuenta de mis miradas intensas, fue lo bastante cortés como para no decir nada. Mis ojos captaban los detalles más nimios: los dos botones desabrochados de la camisa, que dejaban al descubierto la piel de su torso y la cavidad que se abría entre sus pectorales, un surco que yo me moría por explorar; el modo en que los pantalones se le subían ligeramente cuando cruzaba las piernas y el embriagador tobillo que descubrían, porque Maurice jamás usaba calcetines, una afectación que me parecía ridícula y erótica por igual; la manera en que se lamía los labios cuando llegaba la comida y el hecho de que jamás saciara el apetito, igual que un jornalero tras un largo día de faena. Yo tomaba nota de esas observaciones; más aún, las escribía, las memorizaba, dejaba descansar los negativos en el cerebro para revelarlos posteriormente, y, mientras él hablaba, me limitaba a observarlo, sintiéndome rejuvenecido sólo por su presencia en mi vida, mientras intentaba no pensar en el dolor que sentiría cuando él, inevitablemente, volviera a marcharse.
El último día, le propuse ir a visitar el castillo de Frederiksborg con la vaga excusa de que estaba planeando escribir una novela histórica basada en el incendio de 1859 y el papel de la cervecería Carlsberg en la reconstrucción del edificio. Él accedió y, cumpliendo a la perfección el rol de asistente, reservó dos billetes de tren de primera clase y tomó algunas notas sobre la historia y la arquitectura del castillo que compartió conmigo durante el trayecto. Después de pasar unas horas muy agradables examinando los tesoros de palacio y paseándonos por sus jardines, encontramos un pequeño restaurante en las cercanías y entramos. Sentados a una mesa en un rincón, pedimos un par de pintas de cerveza local y unas bandejas de albóndigas.
—Esto es lo que siempre había soñado —exclamó Maurice mirando entusiasmado a su alrededor con sus ojos azules, vivaces y despiertos—. Ser un escritor profesional y viajar a otros países para promocionar mi obra o emprender una investigación para la siguiente novela. ¿No te gustaría abandonar la enseñanza y dedicarte a escribir a tiempo completo? Ahora probablemente podrías hacerlo, supongo, después del éxito de Pavor.
—No —dije negando con la cabeza—. Cambridge me ha proporcionado un hogar y una rutina durante más de cuarenta años, cosas que valoro muchísimo. Jamás podría abandonar la escritura, forma parte de mí, pero tampoco quiero jubilarme de la docencia.
Maurice sacó una libreta, una Leuchtturm 1917 azul pálido con páginas numeradas y una banda elástica, de su bolsa y empezó a tomar notas. Era una costumbre que había adoptado desde nuestras primeras conversaciones en Copenhague y que me halagaba inmensamente.
—¿Qué? —le pregunté sonriendo—. ¿He dicho algo particularmente sabio?
—Un hogar y una rutina —repitió él, sin levantar la mirada, garabateando furiosamente—. Y además estoy apuntando algo relacionado con el equilibrio. Me da la impresión de que has alcanzado un buen equilibrio entre la vida laboral y la artística. Tal vez yo necesite lo mismo. Servir mesas no me proporciona mucho estímulo intelectual.
—Pero sin duda te sirve para pagar el alquiler —respondí—. De todas maneras, no puedes escribir todo el tiempo. La vida es algo más que historias y palabras.
—No, para mí no —repuso él.
—Eso es porque eres joven y ésta es la vida que siempre has soñado. Pero una vez que la alcances tal vez descubras que hay otras cosas igualmente importantes. La compañía, por ejemplo. El amor.
—¿Siempre has querido escribir? —me preguntó.
—Sí —contesté—. De niño estaba obsesionado con los artículos de papelería. Había una tienda maravillosa cerca de casa y me gastaba todos mis ahorros en papel bonito y tinta para las plumas. Mi abuelo era historiador y a partir de mi quinto cumpleaños me regaló una pluma estilográfica cada año. Esas plumas son un verdadero tesoro; todavía las conservo todas, menos una.
—¿La perdiste?
—No —respondí—. Se la regalé a un amigo hace muchos años. El resto las guardo en mis habitaciones de la universidad. Me recuerdan a mi niñez, antes de la guerra, la época más feliz de mi vida.
—¿Y dónde vivías de niño?
—Donde nos conocimos. En Berlín.
—Perdóname —me dijo Maurice frunciendo un poco el ceño—. Pero ¿no eres judío?
—Depende de cómo definas esa palabra.
—¿Combatiste en la guerra?
—No precisamente. Trabajé como oficinista en la sede de la Wehrmacht, en Berlín. He sido bastante claro al respecto.
—Sí, pero sigo sin entenderlo.
Contemplé por la ventana a los turistas que cruzaban el Møntportvejen en dirección al castillo.
—Mis padres eran alemanes —dije volviéndome hacia él—. Pero el padre de mi madre era judío. De modo que, por sangre, podría decirse que tengo un cuarto de judío, pero, por supuesto, los judíos no se miden por fracciones. Había una palabra que se usaba en aquella época: mischling. Me topé con ese término por primera vez en 1935, con las Leyes de Núremberg, donde se estipulaba que quienes tenían sólo un abuelo judío eran mischling de segundo grado, o personas mixtas, y podían ser ciudadanos del Reich. Los mischling de segundo grado, en su mayoría, no sufrieron persecuciones.
—¿Y los mischling de primer grado? —preguntó él.
—Eran los que tenían dos abuelos judíos. Algo mucho más peligroso.
—Debes de haber conocido a algunos.
Sentí un dolor agudo en el pecho.
—Uno. Al menos que yo supiera. Una chica.
—¿Amiga tuya?
Negué con la cabeza.
—En realidad, no. Una conocida, nada más.
—Pero, si no te importa que te lo pregunte, si tú eras un cuarto judío, ¿no te daba vergüenza trabajar para los nazis?
—Claro que sí —respondí—. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¿Negarme? Me habrían fusilado. O me habrían mandado al campo de concentración. Y, al igual que tú, quería ser escritor y para ser escritor tenía que mantenerme con vida. Mi hermano Georg también trabajó para ellos. Dime, Maurice, ¿tú qué habrías hecho en mi lugar?
—¿Tienes un hermano?
Negué con la cabeza.
—Murió muy joven —le expliqué—. Perdimos el contacto después de la guerra, cuando me marché de Alemania. Pocos años más tarde recibí una carta bastante seca de su esposa en la que me contaba que había muerto en un accidente de tranvía y poco más. Si quieres que te diga la verdad, cualquiera que haya vivido en esa época no puede sino sentir vergüenza por sus actos en mayor o menor grado.
—Pero tú jamás has escrito nada al respecto —dijo él—. Y tampoco has mencionado esa época en las entrevistas.
—No —reconocí—. Pero, por favor, hablemos de otra cosa. Preferiría no hurgar en el pasado. Mejor cuéntame de ti. De tu familia.
—No hay mucho que decir —respondió él con un suspiro, y me di cuenta de que habría preferido seguir hablando de mí—. Mi padre es criador de cerdos y mi madre ama de casa. Tengo cinco hermanas y un hermano mayor. Soy el más joven de todos y la oveja negra.
—¿Por qué?
—Porque todos mis hermanos se quedaron en el pueblo y se casaron con alguien del lugar. Y hacen exactamente lo que se espera de ellos. Son ganaderos, mineros, maestros. Ninguno ha viajado jamás, ni siquiera han salido de Yorkshire. Pero yo siempre quería más. Ansiaba ver mundo y conocer gente interesante. Mi padre decía que yo tenía delirios de grandeza, pero yo no creo en esas cosas. Yo quiero…
Se detuvo y negó con la cabeza, luego miró su copa con expresión avergonzada.
—Termina lo que ibas a decir —insistí, y me incliné hacia él. Si hubiera sido más valiente, tal vez le habría cogido la mano—. ¿Tú quieres qué?
—Quiero triunfar —contestó, y tal vez yo debería haber percibido la fuerte resolución de su voz y asustarme—. Es lo único que me importa. Haré lo que haga falta para conseguirlo.
—Pues claro —dije, y me eché hacia atrás en mi asiento—. Los hombres jóvenes siempre quieren conquistar el mundo. Es el impulso alejandrino.
—Algunos piensan que está mal ser ambicioso —continuó él—. Mi padre siempre dice que soñar con medrar genera frustración. Pero a ti tu trabajo te hace feliz, ¿verdad?
—En efecto —admití—. Inmensamente.
—¿Y tú nunca…? —Hizo una pausa momentánea, como si dudara en formular una pregunta demasiado personal—. ¿Nunca te has casado?
Bebí un sorbo de cerveza y decidí que no tenía por qué mentir. Si íbamos a entablar una amistad, era importante que fuera sincero desde el principio.
—Seguro que te has dado cuenta de que soy homosexual —señalé mirándolo a los ojos, y dijo mucho en su favor el hecho de que no apartara la mirada.
—Me parecía —respondió—. Pero no estaba seguro. No es un asunto que aparezca en ninguno de tus libros. Y jamás lo has reconocido públicamente.
—No tengo ningún interés en hablar sobre mi vida privada con la prensa o en una sala llena de extraños —le expliqué—. Y, como ya sabes, no escribo sobre el amor. Es un asunto que he evitado escrupulosamente en toda mi carrera.
—No, siempre has escrito sobre la soledad.
—Exacto. Pero no debes pensar que mi escritura tiene algo de autobiográfica. Que uno sea homosexual no significa que se sienta solo. —Él no respondió y percibí una tensión en el aire que me desconcertó—. Espero que no te incomode que hable de ello.
—En lo más mínimo —me aseguró—. Estamos en 1988, después de todo. No tengo ningún problema con estas cosas. Mi mejor amigo de Harrogate, Henry Rowe, era gay. De hecho, uno de mis primeros cuentos trataba sobre él. Esas etiquetas no significan nada para mí.
—Ya veo —dije, sin saber qué había querido decir exactamente con eso. ¿Estaba dándome a entender que no discriminaba a sus amigos según su sexualidad o que él mismo estaba dispuesto a tener relaciones íntimas con personas de cualquier género?—. ¿Y piensas que tu amigo estaba enamorado de ti? Es posible, desde luego. Eres muy guapo.
Él se sonrojó un poco pero no respondió a mi pregunta.
—¿Alguna vez lo has intentado? —me preguntó—. Con una chica, quiero decir. Aunque no debería hacerte esta pregunta, ¿verdad? No es de mi incumbencia.
—No pasa nada —dije—. Y no, nunca lo he intentado. No habría funcionado. Tal vez a ti te ocurra lo mismo con los chicos…
Él se encogió de hombros y me di cuenta de que lo estaba presionando demasiado. Tenía que contenerme si no quería espantarlo.
—No es algo a lo que le haya dado muchas vueltas, la verdad —respondió—. En mi vida desearía estar abierto a todo. Lo único que sé con seguridad es que me gustaría tener un hijo.
—¿En serio? —pregunté, sorprendido por esa revelación—. Es un deseo curioso en alguien tan joven.
—Siempre lo he querido —insistió—. Creo que sería un buen padre. Y hablando de mis cuentos —añadió, un poco avergonzado por traer el tema a colación, aunque era inevitable que habláramos de ello en algún momento. Yo había leído dos o tres relatos más desde nuestra llegada a Copenhague, y lamentablemente me habían causado la misma impresión que «El espejo». Sin duda estaban bien escritos, pero eran flojos—. Son de aficionado, ya lo sé, pero…
—No —lo interrumpí—. «Aficionado» sería una palabra equivocada. Pero es la obra de una persona que todavía tiene que encontrar su voz. Si leyeras algunos cuentos que escribí a tu edad, te preguntarías cómo me atreví a intentar abrirme camino en la literatura. —Hice una pausa y me obligué a hablar con sinceridad. En nuestra relación ya había cierto engaño, pero con el asunto de la escritura tenía que ser honesto con él—. El hecho es que tienes talento, Maurice.
—Gracias.
—Se nota que piensas bien las palabras antes de escribirlas en la página, y tu dominio del lenguaje me impresiona. El problema está en las historias propiamente dichas, ¿me entiendes? En el contenido. Es allí donde reside el quid de la cuestión.
—¿Te refieres a que son aburridas?
—Ésa sería una calificación demasiado severa —dije—. Pero a veces me parecen historias que ya he leído. Y casi puedo imaginar los libros que tienes en la estantería. Es como si los espíritus de los autores que admiras se metieran por las rendijas de las casas de tus personajes. Hace falta mucho talento para escribir tan bien como tú, pero, en definitiva, si la historia que cuentas no es interesante, si el lector no se siente cautivado por la lectura, entonces, sencillamente, el relato no funciona.
Él bajó la mirada hacia la mesa y asintió. Me di cuenta de que estaba abatido, pero yo le había dicho la verdad y él necesitaba oírla. Al menos le debía eso.
—Tienes razón, por supuesto —dijo él por fin—. Las tramas no se me dan muy bien, ése es el problema. Me parece que todas las historias del universo ya se han contado.
—Pero eso no es cierto —insistí—. Hay una reserva infinita de historias para cualquiera que posea imaginación.
—A veces pienso que me iría mejor como músico. De los que escriben la letra pero dejan que sea otro el que componga la melodía. Tal vez carezco de oído musical.
—Eres demasiado joven para calificar tus puntos débiles de fracasos —repuse—. Cuanto más leas, cuanto más escribas, más ideas se te ocurrirán. Te caerán encima de la cabeza como confeti y tu único problema será decidir cuáles coges y cuáles dejas caer al suelo.
—Y tú —preguntó él volviendo a levantar la mirada—. ¿Cómo lo haces? Tus historias son siempre tan originales…
—No estoy seguro —admití—. La verdad es que las invento sobre la marcha.
—¿En serio? —preguntó él riendo—. ¿Tan sencillo es?
—Sí. Mira, estamos aquí, en Copenhague. Hay historias por todas partes. Piensa en ese castillo. En la gente que lo visita. Piensa en nosotros, dos personas relativamente desconocidas, aquí sentadas y conversando. Tu pluma es excepcional y no hará más que mejorar con el tiempo. Así que tienes que centrarte en las historias. Cuando encuentres una, cuando la oigas, aprópiatela y tendrás el mundo a tus pies. Ése es el mejor consejo que puedo darte. Incluso en ese hotel tuyo de Berlín. Toda esa gente que viene y va. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué secretos ocultan?
—La mayoría sólo son ricos de vacaciones —dijo él.
—No —insistí—. Todos guardan secretos. Todos tenemos algo en nuestro pasado que no queremos que se sepa. La próxima vez que estés en el vestíbulo del hotel observa a la gente y pregúntate: ¿qué es lo que cada una de estas personas preferiría que yo no supiera sobre su vida? Y allí encontrarás tu historia. Un hotel puede ser un sitio fascinante. Cientos de personas reunidas en un solo edificio, y cada una de ellas desesperada por mantener su privacidad.
—Desde luego hay peores trabajos para un aspirante a escritor, es cierto —dijo él—. Pero termino muy agotado. Y no escribo tanto como debería. Me muero de ganas de dejar los cuentos y empezar una novela. Solamente tengo que encontrar el tema.
—El amor —dije—. El tema siempre es el amor.
—Para ti no —replicó él.
—Pero ¿qué es la soledad, sino la falta de amor? —señalé—. Me pregunto… —añadí tras una breve pausa, temiendo precipitarme al mencionar un asunto al que no dejaba de darle vueltas desde nuestra primera noche en Copenhague. Algunas veces la veía como una idea maravillosa y otras me daba pavor ponerme en ridículo—. Como te he dicho, en los próximos meses voy a viajar bastante.
—Sí.
—La cuestión es, Maurice, que viajar me agota mucho y detesto la idea de cenar con desconocidos noche tras noche. Además, a veces me cuesta gestionar las habitaciones de hotel y los billetes de tren, por no hablar de otros asuntos, como pedir que me laven la ropa, anotar los gastos reembolsables y cosas así. He pensado que en los próximos meses me vendría muy bien contar con un acompañante. Un asistente, por decirlo de alguna manera. Alguien que se ocupe del trabajo que has hecho tú estos últimos días.
—Ya veo —dijo, y noté el entusiasmo que le había despertado el giro de la conversación.
—¿Estarías dispuesto a considerarlo? —pregunté.
—¡Nada me gustaría más!
—Por supuesto —agregué—, entre viaje y viaje podrías regresar a Berlín, pero si habláramos de, por ejemplo, un empleo de seis meses, entonces te proporcionaría un estipendio que te garantizara un mínimo de seguridad financiera durante todo ese período. Podrías dejar el Savoy o, si lo prefirieses, seguir allí y encontrar un alojamiento mejor. Eso deberías decidirlo tú.
Mencioné una cifra, que era más que generosa y en realidad más cuantiosa de lo que podía permitirme, pero estaba desesperado por que me contestara que sí. Sellamos el pacto con un apretón de manos y me sentí más feliz de lo que me había sentido en años. Como si hubiera ganado El Premio por segunda vez.
—Gracias —soltó él, loco de alegría—. Eres realmente amable.
—Gracias a ti —dije, y eran las palabras más sinceras que había pronunciado desde que desembarcamos del avión.
En Roma, por supuesto, hablamos de Dios, después de que Maurice comentara que se había criado como anglicano y que tenía un apego sentimental a la fe de su infancia.
—¿Y tú? ¿Eres religioso? —me preguntó.
—Bueno, estoy seguro de que recordarás que pasé los años treinta y cuarenta en Alemania, por lo que no tuve más remedio que ser ateo.
—¿Y antes de esa época?
—Ha pasado tanto tiempo que ni me acuerdo. Pero si tienes sentimientos religiosos, supongo que Roma es el lugar perfecto. —Respiré hondo y sopesé la idea de introducir un nuevo personaje en nuestra conversación, alguien que había representado un papel crucial en mi vida—. En el pasado tenía un amigo. Se llamaba Oskar Gött. La gran ilusión de su vida era venir a este sitio. Había leído un libro sobre las catacumbas y deseaba visitarlas.
—¿Y lo logró?
—No —dije negando con la cabeza—. Murió poco después de que empezara la guerra.
—¿Cómo murió?
—Fusilado.
Maurice asintió y yo me detuve delante de un banco, me senté, cerré los ojos e incliné la cabeza hacia atrás, dejando que el sol del mediodía me calentara la piel. Noté que él se sentaba a mi lado y el suave contacto de su pierna contra la mía. Alguien que pasara por allí podría habernos tomado por padre e hijo. De hecho, ya nos había pasado unas noches antes, al registrarnos en el hotel, de nuevo en habitaciones contiguas debido a mi insistencia, y el malentendido me había alterado más de lo esperable, aunque Maurice se había echado a reír.
—Tú me recuerdas a él —dije por fin—. A Oskar, quiero decir. Tienes rasgos parecidos. Una cara redonda y alegre, ojos azul brillante y ese mechón negro indomable que te cae sobre la frente.
—Háblame de él —me pidió—. ¿Era muy amigo tuyo?
Titubeé. Esa historia de mi vida la había guardado bajo llave durante décadas y jamás se la había contado a nadie. Pero ahora, mientras permanecía sentado en aquel banco del parque de la Caffarella, la compañía de ese chico de veintidós años me incitaba a revelar mis secretos de la manera más autodestructiva imaginable. Anhelaba confiar en él, relatarle mi historia.
Empecé por contarle que Oskar y yo nos habíamos conocido a principios de 1939, poco después de mi decimoséptimo cumpleaños, en el café Nachmittag, cerca del Volkspark am Weinbergsweg de Berlín.
Oskar, que tenía unos meses menos que yo, también era camarero. Trabajaba con sus padres, que desde hacía varios años regentaban un pequeño restaurante al norte de la ciudad. Yo no solía ir solo a esa clase de sitios, sin embargo ese día rompió a llover cuando volvía a casa y entré para refugiarme. Me senté junto a la ventana y pedí una taza de café con una rebanada de Stollen. Reparé en un libro que estaba sobre el alféizar: era una novela de aventuras que me gustaba mucho y que había leído varias veces. Ese ejemplar; sin embargo, era el triple de grueso que el que yo tenía en casa; cuando lo cogí y lo abrí por la primera página descubrí que la cubierta era falsa. Alguien había quitado la cubierta del libro original y la había reemplazado por otra menos polémica.
Antes de que pudiera preguntarme por el motivo de tan estrafalario trueque, un chico salió precipitadamente de la cocina y se detuvo delante de mi mesa. A continuación se apartó el pelo de la frente con una mano y puso cara de desesperación. Enseguida me percaté de lo nervioso que estaba, pero, al mismo tiempo y de un modo mucho más intenso, sentí un nudo en el estómago que nunca había notado hasta entonces.
Por supuesto que era consciente de mi homosexualidad desde hacía mucho y que, con diecisiete años, la atracción física no me resultaba una sensación extraña. Durante un tiempo había intentado que me gustaran las chicas, pero fue en vano y pronto perdí el interés por perseguir un objetivo tan infructuoso. A esas alturas ya sabía que mi condición de homosexual era algo que nunca podría cambiar, pero a la vez sabía que siempre tendría que ocultarla. Después de todo, un año antes Himmler había pronunciado un discurso en el que había equiparado lo personal con lo público; yo había escuchado sus palabras en nuestra radio, sin entender por qué había caído esa maldición sobre mi cabeza. Himmler había declarado que había que librarse de los homosexuales —«igual que de las malas hierbas, que arrancamos, amontonamos y quemamos»— y corrían rumores de que algunos homosexuales conocidos habían sido enviados a campos de concentración o fusilados. Eso, por supuesto, me aterrorizaba. De modo que decidí fingir desinterés por todas las cuestiones sexuales, convertirme en una especie de eunuco entre mis amigos, y no dejar traslucir la más mínima insinuación de deseo. Jamás contaba chistes obscenos y cuando los escuchaba fingía no entenderlos. Imaginaba que, en caso de necesidad, algún día podría buscarme una esposa y representar el papel de marido, pero me prometí que ésa sería la última solución a la que recurriría para mantenerme con vida.
—Mi libro —dijo el chico tendiendo una mano en mi dirección—. Lo estaba buscando.
—Has cambiado la cubierta —respondí—. ¿Puedo saber por qué?
Él se mordió los labios inquieto y recorrió la sala con la mirada. A pesar de la lluvia, las mesas más cercanas estaban vacías.
—Dámelo, por favor —me pidió bajando la voz. Asentí y se lo entregué—. No se lo contarás a nadie, ¿verdad?
—No. No es asunto mío y, por otra parte, yo también he leído este libro. En mi casa, por supuesto. En mi dormitorio. Con las cortinas corridas. ¿No te da miedo leerlo en público?
—Por supuesto. Por eso le cambié la cubierta. Casi me desmayo cuando me he dado cuenta de que lo había dejado aquí. Si lo hubiera encontrado la persona equivocada, podría haberme metido en un buen lío.
El título del libro era Los Buddenbrook, y ambos sabíamos que seis años antes su autor, Thomas Mann, había huido de Alemania para instalarse en Suiza. También sabíamos que todos sus libros estaban prohibidos y que habían declarado a Mann enemigo del Reich. Desde su hogar en Zúrich, Mann no había perdido la oportunidad de expresar el desprecio que le merecían el Führer y el partido nazi, y aunque casi todos sus artículos habían sido censurados, algunos habían aparecido en publicaciones clandestinas y sus ideas se habían difundido entre la población, que en su mayoría se había mostrado indiferente.
—Siéntate, si quieres —lo invité señalando la silla que tenía delante—. Me gustaría saber qué te ha parecido.
—No puedo —respondió él mirando de reojo el mostrador, donde un hombre mayor, que supuse sería su padre, nos observaba con actitud recelosa—. Todavía faltan dos horas para que termine mi turno. Nunca habías venido por aquí, ¿verdad?
—He entrado para refugiarme de la lluvia.
Él asintió y me pareció que no sabía qué decir a continuación; finalmente levantó la novela y me sonrió con reconocimiento.
—Gracias —dijo, se dio la vuelta y un instante después había desaparecido en la cocina.
Aunque nuestra conversación había sido muy breve, no podía sacarme de la cabeza a aquel chico, de modo que tres días después volví al café, esta vez casi dos horas más tarde que la anterior, con la esperanza de que le faltara poco para terminar su turno. Cuando salió de la cocina, me reconoció y me saludó con la mano, al parecer contento de volver a verme.
—¿Ya has terminado el libro? —le pregunté cuando se acercó.
—Anoche —dijo—. Ahora estoy leyendo a Dickens. Historia de dos ciudades. Supongo que a Dickens no se le pueden poner peros.
—Yo no estaría tan seguro —contesté intentando parecer despreocupado—. Hoy en día todo el mundo pone peros a cualquier cosa. ¿Quieres sentarte conmigo hoy? —añadí, pero una vez más, para mi gran desilusión, él negó con la cabeza.
—A mi padre no le gusta que me siente con mis amigos —explicó—. Le incomoda tener que servirnos. Pero ¿y si vamos a otro sitio? ¿Conoces la taberna Böttcher? No está lejos. A unas pocas calles.
—Por supuesto —dije—. ¿Cómo te llamas, por cierto?
—Oskar Gött. ¿Y tú?
—Erich Ackermann.
—Nos vemos en la Böttcher a las cinco en punto. ¿Te gusta la cerveza, Erich?
—Sí.
—Entonces te invitaré a una cerveza. Será mi manera de agradecerte que hayas guardado el secreto.
Salí del Nachmittag y di un paseo por el barrio mientras observaba cómo las agujas del reloj avanzaban lentamente hacia la hora señalada. Cuando por fin llegó el momento, caminé entusiasmado en dirección al bar, que estaba enfrente de la jefatura de las Schutzstaffel, donde un soldado alto, delgado y pelirrojo, claramente diferente del ario típico, montaba guardia con un rifle colgado al hombro. Sentí sus ojos sobre mi espalda cuando crucé la calle a la carrera y abrí las puertas de la cervecería de un empujón. Al entrar recorrí el local con la mirada y sonreí al ver a Oskar sentado a una mesa en un rincón, dibujando en un cuaderno.
En esa época, los primeros meses de 1939, la mayoría de la gente pensaba que la guerra era inminente. Más allá de lo que dijeran o hicieran los británicos, parecía claro que el Führer deseaba un conflicto armado, consciente de que sólo una guerra a gran escala podría convertir Alemania en la mayor potencia mundial. Para los jóvenes de mi edad, esos pronósticos eran espantosos. Habíamos sido testigos de los efectos de la última guerra en nuestros padres —es decir, aquellos que todavía teníamos padres— y no nos hacía ninguna gracia que nuestras vidas siguieran el mismo camino. De modo que tal vez no sea extraño que el primer pensamiento que me cruzó por la cabeza al ver a Oskar en la Böttcher fue que había que evitar la guerra a toda costa, no fuera que alguien tan hermoso como él cayera por la indiscriminada brutalidad del campo de batalla.
—Oskar —dije.
Me senté y él cerró el cuaderno y le puso encima el carboncillo.
—¡Amigo mío! —exclamó con una sonrisa, y yo, nervioso, tragué saliva.
Nunca había conocido a nadie cuya presencia me hipnotizara hasta tal punto. Pedimos dos cervezas y brindamos. Él me contó que odiaba trabajar en el café porque su padre era un animal, pero que estaba ahorrando dinero para viajar y ver mundo.
—Me gustaría ser artista —afirmó—. Y para eso hay que ir a París. ¿Has estado allí alguna vez?
—No. Jamás he salido de Berlín.
—También me gustaría conocer Londres. Y Roma. Una vez leí un libro sobre las catacumbas y desde entonces estoy fascinado por ellas.
En ningún momento hablamos de la posibilidad de una guerra. En aquella época había dos tipos de jóvenes en Alemania: los que estaban impacientes por que empezaran las hostilidades y los que hacíamos como que no iba a pasar nada, como si, ignorando los hechos, fuéramos a ahogar al belicoso bebé en su cuna.
—Estabas dibujando cuando he entrado —dije señalando su cuaderno de bocetos con la cabeza—. ¿Me dejas ver tus dibujos?
Negó con la cabeza y sonrió mientras un ligero rubor le coloreaba las mejillas.
—No. En cualquier caso no son dibujos, sino sólo garabatos. ¿Sabes? Para pasar el tiempo. En casa tengo algunos lienzos, ésa es mi verdadera obra. Pinto al óleo, sobre todo. Sin embargo, últimamente estoy muy poco inspirado. Pinto paisajes, cuencos de frutas y retratos de grandes edificios y luego intento venderlos en los mercados callejeros. Pero me gustaría pintar algo que nadie haya pintado jamás. Eso o algo familiar, pero de un modo nada familiar, para que la gente pueda observar ese objeto desde un ángulo inesperado. ¿Entiendes lo que quiero decir, Erich? Me oigo hablar y temo que mis ideas te parezcan ridículas.
—Para nada —dije imaginando a Oskar convertido en un gran pintor—. A mí también me gustaría ser artista algún día.
—¿Tú también pintas?
—¡No! —exclamé, y me eché a reír—, apenas puedo dibujar una línea recta. Pero escribo un poco. De momento sólo cuentos. Quizá algún día escriba una novela. Yo tampoco he encontrado mi tema aún, pero espero que surja en algún momento.
—¿Me dejarías leer alguno de tus cuentos?
—Sólo si tú me muestras alguno de tus cuadros.
Luego hablamos de otras cosas. De nuestras respectivas escuelas y compañeros de clase, de qué temas nos interesaban y qué temas no. Y, como solía ocurrir en aquella época, acabamos hablando del Führer y de nuestros encuentros semanales en las Hitlerjugend. Pertenecíamos a divisiones diferentes y, si bien a los dos nos entusiasmaban los ejercicios de campaña, ambos coincidíamos en que durante las clases doctrinarias nos moríamos de aburrimiento. Los dos habíamos asistido a las Marchas de la Juventud de Núremberg, desde que nos habíamos graduado en la Deutsches Jungvolk, y las masas allí reunidas y el espantoso ruido del patriotismo retrógrado hacían que la atmósfera nos resultara opresiva.
—Una vez lo vi —me contó Oskar inclinándose un poco hacia delante y bajando la voz—. Hace un año, tal vez menos. Estaba saliendo de la Hauptbahnhof cuando apareció una caravana de coches por la Lüneburger Strasse y todos se pararon a mirar. Su coche, un Grosser Mercedes negro, pasó a mi lado, él volvió la cabeza justo en el momento en que yo estaba mirando en su dirección y me vio. Choqué los talones y lo saludé levantando la mano derecha, luego me desprecié por ello.
Me recliné en el asiento sin dar crédito a lo que acababa de oír. ¿Lo había entendido bien? ¿Había reconocido que se despreciaba a sí mismo por haber saludado al Führer?
—Me parece que te has quedado impresionado —continuó él en tono nervioso. Se había asustado. La gente no se atrevía a manifestar en voz alta ese tipo de cosas, por mucho que las creyera, y aún menos delante de una persona a la que se acababa de conocer y de la que por lo tanto no podías fiarte.
—Un poco —admití—. Entonces, no crees en él, ¿no es cierto?
—Me da miedo —respondió Oskar, y yo lo entendí, porque a mí también me daba miedo.
Además mi hermano y yo éramos judíos, o al menos un cuarto judíos, y la persecución de los judíos ya había empezado. Hacía ya tres años que los habían despojado de la nacionalidad y yo había oído hablar de al menos dos parejas que no habían podido casarse después de que se promulgara la ley que prohibía a los judíos contraer matrimonio con alemanes no judíos. Hacía apenas cuatro meses que un judío de mi edad le había disparado a un diplomático nazi en la embajada alemana de París. Unos días más tarde, las SS causaron estragos en la ciudad como represalia, destruyendo tiendas judías y sinagogas, profanando cementerios y arrestando a decenas de miles de personas para deportarlas a los campos de concentración. Esa noche, cuando volvía a casa corriendo, ansioso por escapar de la violencia, presencié cómo un oficial mataba a golpes a un anciano, luego vi a otro anciano que salía de una joyería con la cara ensangrentada, después de que hubieran hecho trizas el cristal del escaparate de su tienda, y cerca de casa vi cómo un Sturmbannführer de las SS violaba a una chica mientras su colega empujaba a su padre contra la pared y lo obligaba a mirar. Yo no había sufrido ninguna agresión parecida porque no compartía ninguno de los típicos rasgos físicos de los judíos, no pertenecía a una familia practicante y tampoco vivíamos con otros judíos ni asistíamos a la sinagoga. Pero aun así mi hermano y yo éramos mischling.
—Dicen que restituirá la antigua grandeza de Alemania —señalé en tono precavido.
—Y tal vez lo consiga —admitió Oskar—. Posee carisma, es cierto, así como una gran capacidad para enardecer a las multitudes. La gente lo apoya, por ahora. Les ha contagiado su odio. Exige lealtad absoluta y cualquiera que se atreva a criticarlo pierde su puesto. Creo que terminará creando un gran ejército, pero ¿cuál será el resultado?
—Un Reich de mil años —respondí—. Al menos, eso es lo que él asegura.
—¿Es eso lo que quieres?
—Yo lo único que quiero es vivir en paz —afirmé—. Leer libros y tal vez algún día escribirlos. El futuro de la patria no me interesa.
Él sonrió, alargó la mano por encima de la mesa y la colocó sobre la mía en lo que sin duda consideraba un gesto fraternal, si bien me provocó chispas de electricidad. Ningún chico me había tocado de ese modo.
—Yo deseo lo mismo —dijo—. Sólo que con la pintura.
—¿Crees que yo también podría encontrar la inspiración en París? —pregunté.
—¿Para tu novela? ¡Claro! Allí han vivido grandes escritores. Hugo, Hemingway, Fitzgerald. Muchos clásicos de la literatura se han escrito en esa ciudad. Estimula la creatividad. Al menos, eso he oído.
Nos imaginé a los dos compartiendo una buhardilla de algún edificio antiguo y decrépito cerca de Notre Dame, él pintando en su estudio, yo escribiendo en mi despacho, y los dos fundiéndonos en un abrazo cada noche en el dormitorio. La idea era demasiado maravillosa para expresarla con palabras. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo y ponerme en ridículo, él se incorporó y se excusó para ir al baño. En cuanto se fue no pude resistir la curiosidad y cogí su cuaderno para echar un vistazo. Me dije que tenía que dejarlo en paz, que no podía invadir de esa forma su privacidad, pero aun así abrí la primera página. Era un cuaderno nuevo y sólo tenía un dibujo. Al verlo sentí que me daba un vuelco el corazón y me sumía en una profunda desilusión. Se trataba del boceto de una joven de perfil, con una melena oscura, muy hermosa, sentada en una otomana de espaldas al artista. Apoyaba la mano derecha en la mejilla y estaba desnuda. En el lado izquierdo del dibujo alcanzaba a verse una insinuación de pecho y había algo en sus ojos que sugería deseo. Me pregunté si sería una criatura de su imaginación o una chica que había posado para él con todo el descaro, y si fuera así, ¿se trataba de su amante? Cerré el cuaderno, lo devolví a su sitio y le coloqué el carboncillo encima. Cuando él volvió minutos después, me dijo que me veía apesadumbrado y que la única manera de solucionarlo era que nos quedáramos bebiendo en ese sitio hasta que se nos acabara el dinero, sugerencia a la que accedí de inmediato.
—¿Sabía que habías mirado su dibujo? —me preguntó Maurice, y yo me estremecí al pasar tan de repente de un Berlín perdido a una Roma actual.
—No —respondí—. Creo que si me hubiera visto se habría decepcionado tanto que allí habría terminado nuestra incipiente amistad. En cualquier caso, nos pusimos bastante achispados y al final de la velada yo estaba seguro de que me había enamorado de él, pero cada vez que miraba el cuaderno sentía que ese amor era imposible y entonces bebía más para calmar el dolor.
Eché un vistazo a mi reloj. Había llegado la hora de volver al hotel, de modo que nos pusimos en pie y hablamos de otras cosas durante el camino. Luego me quedé un rato sentado solo en el bar, perdido en mis pensamientos, y cuando Maurice volvió para hacerme compañía, se había dado una ducha, olía a jabón y tenía el pelo un poco húmedo, lo que me llenó de alegría. Charlamos un poco más sobre su escritura y él me agradeció el estipendio que le había asignado, porque había podido mudarse a un apartamento pequeño más próximo al Savoy, donde escribir le resultaba más fácil.
Más tarde, de camino a nuestros dormitorios, Maurice se detuvo en el pasillo, delante de mi puerta, y yo me acerqué para darle la mano y desearle buenas noches, pero de pronto se inclinó y me abrazó. Como un actor novato perdido en un escenario, no supe qué hacer, si dejar los brazos colgando o devolverle el abrazo. Inspiré su perfume y mis labios, cerca de su cuello, anhelaron encontrar un lugar donde posarse. Pero, antes de que pudiera abochornarme aún más, se apartó.
—Tus consejos me ayudan mucho, Erich —declaró—. Tengo suerte de poder aprender contigo. Espero que sepas que estoy muy agradecido.
Con esas palabras se marchó, y yo entré en mi habitación, consciente de que no iba a pegar ojo en varias horas.