La mayor parte de los momentos decisivos de la vida ocurren de forma inesperada; a veces pasan ante ti sin que te enteres hasta mucho más tarde, si es que llegas a hacerlo. La última vez que tu hijo es tan pequeño como para llevarlo en brazos. Una mirada de hastío intercambiada con un extraño que se convierte en tu mejor amigo de por vida. El trabajo de verano que solicitas sin pensarlo y en el que te quedas los veinte años siguientes. Ese tipo de cosas. Así que no soy para nada consciente de que uno de los momentos decisivos de mi vida está pasando ante mí cuando, el 14 de marzo de 2018 a las 18.47, me suena el móvil. En cambio, suelto un taco en voz baja, porque tengo un rulo de velcro atascado en el pelo y ya llego tarde.
—¿Hola?
No puedo evitarlo. Sonrío cuando activo el manos libres y Freddie me saluda medio a gritos para que lo oiga por encima del ruido de fondo de la carretera.
—Estoy aquí —digo en voz alta, con unas horquillas sujetas entre los dientes.
—Oye, Lyds, a Jonah se le ha averiado el coche, así que voy a desviarme y a recogerlo de camino al restaurante. No me retrasará mucho, diez minutos como máximo.
Me alegro de que no esté aquí para ver la cara que pongo. ¿Fue la princesa Diana la que pronunció la célebre frase de que había tres personas en su matrimonio? Lo entiendo, porque en el mío también las hay. Aunque en realidad todavía no estamos casados, pero nos queda muy poco. Freddie Hunter y yo estamos comprometidos y, es oficial, soy casi la chica más feliz del mundo. Remito a mi afirmación anterior para explicar por qué digo «casi» la más feliz: porque estoy yo, está Freddie y está el puñetero Jonah Jones.
Lo entiendo; yo no paso un solo día sin hablar con mi hermana, pero Elle no está siempre aquí, en nuestro sofá, bebiéndose nuestro té y exigiendo mi atención. Tampoco es que el mejor amigo de Freddie sea lo que se dice exigente. Jonah se toma las cosas con tanta calma que se pasa la mayor parte del tiempo en horizontal, y tampoco es que me caiga mal… Es solo que me caería mucho mejor si no lo viera tanto, ¿sabes? Esta noche, por ejemplo. Freddie ha invitado a Jonah a la cena y no se le ha ocurrido consultármelo a pesar de que es mi cumpleaños.
Escupo las horquillas, dejo de pelearme con el velcro y cojo el teléfono, molesta.
—Dios, Freddie, ¿de verdad tienes que ir? La reserva en Alfredo’s es a las ocho, y no nos guardarán la mesa si llegamos tarde.
Lo sé por una mala experiencia anterior: la cena de Navidad del trabajo se convirtió en un desastre cuando el minibús llegó a Alfredo’s diez minutos tarde y terminamos todos en el McDonald’s con nuestras mejores galas. Esta noche es mi cena de cumpleaños, y estoy casi segura de que mi madre no se llevará una gran impresión si le sirven un Big Mac en lugar de fetuccini con pollo.
—Relájate, Cenicienta, no llegarás tarde al baile. Te lo prometo.
Muy típico de Freddie. Nunca se toma la vida en serio, ni siquiera de vez en cuando, en aquellas ocasiones en las que sería bueno que lo hiciera. En su mundo, el tiempo es elástico, puede estirarlo para adaptarlo a sus necesidades… O, en este caso, para adaptarlo a las de Jonah.
—Vale —respondo resignada—. Pero no te despistes con la hora, por lo que más quieras.
—Entendido —dice cuando ya está subiendo el volumen de la radio del coche—. Cambio y corto.
El silencio invade el dormitorio y me pregunto si alguien se daría cuenta si me corto el mechón de pelo enmarañado en el rulo que ahora mismo me cuelga a un lado de la cabeza.
Y ahí estaba. El momento decisivo de mi vida, pasando como si nada ante mí a las 18.47 del 14 de marzo de 2018.
Freddie Hunter, también conocido como el gran amor de mi vida, murió hace cincuenta y seis días.
En un momento, estoy echando pestes porque llega tarde y va a fastidiarme la cena de cumpleaños, y al siguiente estoy intentando entender qué hacen dos agentes de policía uniformadas en mi salón, una de las cuales me sostiene la mano mientras habla. Miro fijamente su alianza de boda y luego mi anillo de compromiso.
—Freddie no puede estar muerto —digo—. Vamos a casarnos el año que viene.
Seguro que el hecho de que me cueste recordar con exactitud qué ocurrió a continuación es cosa del instinto de supervivencia. Recuerdo que me llevaron a urgencias en el coche de policía con la sirena puesta y que mi hermana me sujetó cuando me fallaron las piernas en el hospital. Recuerdo que le di la espalda a Jonah Jones cuando apareció en la sala de espera sin apenas un rasguño, con apenas una mano vendada y un apósito en el ojo. ¿Qué clase de injusticia es esta? Dos personas entran en un coche y solo una de ellas vuelve a salir. Recuerdo que yo llevaba puesta una blusa verde que me había comprado a propósito para la cena. La he donado a la tienda de segunda mano de una organización benéfica; no quiero que vuelva a rozarme el cuerpo nunca más.
Desde ese día horrible, me he devanado los sesos innumerables veces intentando acordarme de todas y cada una de las palabras de la última conversación que mantuve con Freddie, y lo único que recuerdo es que le gruñí por ir con la hora justa para llegar al restaurante. Y luego llegan los otros pensamientos. ¿Iba demasiado deprisa por complacerme? ¿El accidente fue culpa mía? Dios, ojalá le hubiera dicho que lo amo. Si hubiera sabido que era la última vez que iba a hablar con él, lo habría hecho, sin duda. Desde que ocurrió, en ocasiones he deseado que hubiera vivido el tiempo justo para mantener otra conversación con él. Pero tampoco estoy segura de si mi corazón lo habría soportado. Quizá sea mejor que la última vez que haces algo trascendental pase inadvertida ante ti: la última vez que mi madre me recogió en la puerta del colegio y sentí su mano tranquilizadora alrededor de la mía, más pequeña; la última vez que mi padre se acordó de mi cumpleaños.
¿Sabes qué fue lo último que me dijo Freddie mientras tomaba un desvío a toda prisa el día de mi vigésimo octavo cumpleaños? «Cambio y corto.» Era una costumbre, algo que llevaba años haciendo, unas palabras tontas que ahora se han convertido en una de las frases más importantes de mi vida.
De todas formas, supongo que fue muy típico de Freddie marcharse con una frase así. Tenía una sed de vida insaciable, una actitud ligera combinada con una vena competitiva despiadada; era divertido pero letal, por así decirlo. Nunca he conocido a nadie con tal don para la frase adecuada. Tiene —tenía— la capacidad de hacer que los demás creyeran que se habían salido con la suya cuando en realidad era él quien había conseguido justo lo que quería. Inició su carrera en el mundo de la publicidad y enseguida ascendió como un meteoro, con la mira puesta siempre en su siguiente objetivo. Es —era— la lumbrera de la pareja, del que siempre se supo que iba a ser alguien o a hacer algo en la vida que lograra que la gente recordara su nombre mucho después de que se hubiera marchado.
Y joder que si se ha marchado, su coche se empotró contra un roble, y yo me siento como si me hubieran cortado en dos y me hubiesen hecho un nudo en la tráquea. Es como si no consiguiera que se me llenaran los pulmones de aire; me falta la respiración y siempre estoy al borde de un ataque de pánico.
El médico por fin me ha dado algo para ayudarme a dormir. Después de que mi madre le gritara ayer en el salón, cuento con suministros para alrededor de un mes de una pastilla nueva que él no tenía nada claro si recetarme, porque opina que el duelo debe «pasarse de manera consciente para poder emerger de él». Y no me estoy inventando esta mierda; me dijo esas palabras exactas hace un par de semanas, antes de dejarme con las manos vacías para volverse a su casa con su esposa y sus hijos, que están vivitos y coleando.
Vivir a la vuelta de la esquina de la casa de mi madre es a un tiempo una bendición y una maldición, dependiendo del momento. Por ejemplo, cuando hace su famoso guiso de pollo y nos trae una cazuela que todavía conserva el calor de la cocina, o cuando me está esperando al final de la calle una mañana fría de noviembre para llevarme al trabajo en coche: en esos momentos nuestra proximidad es una bendición. Otras veces, como cuando estoy en la cama viendo doble y con resaca, y se presenta en mi habitación como si pensara que todavía tengo diecisiete años, o cuando llevo un par de días sin recoger y me mira por encima del hombro como si su hija fuera una de esas personas que acumulan de todo y necesitase una intervención psicológica como las de los programas de telerrealidad: entonces nuestra proximidad es una maldición. Igual que cuando intento llorar en privado con las cortinas del salón todavía cerradas a las tres de la tarde y el mismo pijama que llevaba puesto cuando vino a visitarme ayer y anteayer, o cuando me prepara tés que me olvidaré de beber y sándwiches que esconderé al fondo de la nevera cuando ella esté arriba limpiando el baño o salga a tirar la basura.
Lo entiendo, claro. Es muy protectora conmigo, sobre todo en este momento. Prácticamente hizo temblar de miedo al médico cuando este volvió a dudar de si recetarme las pastillas para dormir. El caso es que yo tampoco estoy muy segura de atiborrarme de somníferos, aunque solo Dios sabe lo atractiva que me resulta la idea del olvido. No sé por qué meto a Dios en esto. Freddie es, era y siempre habría sido un ateo estridente, y yo, en el mejor de los casos, soy ambivalente, así que no creo que Dios haya tenido mucho que ver con que me hayan metido en un ensayo clínico para personas que acaban de perder a un ser querido. Seguro que el médico recomendó que me uniera al ensayo clínico del fármaco porque mi madre le pedía el Valium más fuerte, y estas pastillas nuevas se están promocionando como una opción más suave y holística. Si te soy del todo sincera, me da igual lo que sean; soy oficialmente el conejillo de Indias más triste y cansado del mundo.
Verás, Freddie y yo tenemos una cama fabulosa. No te lo vas a creer, pero los del Savoy estaban subastando a un precio tirado todas las del hotel para poner unas nuevas y, madre mía, esta cama es una isla de la fantasía de proporciones épicas. Al principio la gente enarcaba las cejas: «¿Vais a compraros una cama de segunda mano?». «¿Por qué querríais hacer algo así?», dijo mi madre, tan horrorizada como si fuéramos a comprarnos un catre desechado por el refugio para personas sin hogar del barrio. Estaba claro que esos escépticos nunca se habían alojado en el Savoy. En realidad yo tampoco, pero había visto en la tele algo acerca de sus camas hechas a mano y sabía muy bien lo que estaba comprando. Y así fue como llegamos a ser los dueños de la cama más cómoda en un radio de ciento cincuenta kilómetros, en la que Freddie y yo nos hemos zampado innumerables desayunos de domingo por la mañana, hemos reído y llorado, y hemos hecho el amor de corazón y con ternura.
Cuando, unos días después del accidente, mi madre me dijo que me había cambiado las sábanas, sin querer me provocó una repentina crisis nerviosa. Me vi como desde lejos, arañando la puerta de la lavadora, llorando a lágrima viva mientras las sábanas daban vueltas entre la espuma, mientras los últimos restos de la piel y del olor de Freddie se iban por el desagüe.
Mi madre estaba fuera de sí, intentando levantarme del suelo, llamando a mi hermana para que viniese a ayudar. Terminamos las tres acurrucadas en el suelo de madera de la cocina, mirando las sábanas, todas llorando porque es una puñetera injusticia que Freddie ya no esté aquí.
No he vuelto a acostarme en la cama desde entonces. De hecho, no creo que haya vuelto a dormir como es debido desde entonces. Solo dormito de vez en cuando: con la cabeza apoyada en la mesa junto al desayuno intacto, acurrucada en el sofá bajo el abrigo de invierno de Freddie o incluso de pie, recostada contra el frigorífico.
—Vamos, Lyds —dice ahora mi hermana al tiempo que me sacude el hombro con suavidad—. Subiré contigo.
Miro el reloj de pared, un poco desorientada porque era en pleno día cuando he cerrado los ojos, pero ahora está lo bastante oscuro para que alguien, supongo que Elle, haya encendido las lámparas. Es típico de ella mostrarse así de atenta. Siempre la he considerado una versión mejorada de mí. Nos parecemos físicamente en lo que se refiere a la altura y la estructura ósea, pero ella es la oscuridad de mi luz; en el pelo, en los ojos. También es más buena que yo, más de lo que le convendría, gran parte del tiempo. Lleva aquí casi toda la tarde… Mi madre debe de haber elaborado una lista de turnos para asegurarse de que nunca me quede sola más de una o dos horas. Seguro que la tiene colgada en un costado de la nevera, justo al lado de la lista de la compra que va confeccionando a lo largo de toda la semana y del diario de comidas que rellena para sus clases de adelgazamiento. Cómo le gustan las listas, a mi madre.
—¿Subir adónde? —digo tras sentarme más erguida, evaluando el vaso de agua y el bote de pastillas que sostiene Elle.
—A la cama —responde ella con un dejo acerado en la voz.
—Estoy bien aquí —murmuro, aunque en realidad nuestro sofá no es muy cómodo para dormir—. Ni siquiera es la hora de acostarse. Podemos ver… —Agito la mano hacia el televisor, situado en una esquina, e intento recordar el nombre de alguna telenovela. Suspiro, molesta porque mi cerebro cansado no sea capaz de acordarse de ninguna—. Ya sabes, esa del pub, los hombres calvos y los gritos.
Sonríe y pone los ojos en blanco.
—Te refieres a EastEnders.
—Esa misma —digo distraída mientras recorro la habitación con la mirada en busca del mando a distancia para encender el televisor.
—Ya habrá terminado. Además, llevas por lo menos cinco años sin ver EastEnders —replica, pues no piensa picar.
Esbozo una mueca.
—Sí la he visto. Está… está esa mujer de los pendientes largos y… y la que interpreta Barbara Windsor. —Levanto la barbilla.
Elle niega con la cabeza.
—Las dos muertas —dice.
«Pobrecitas —pienso—, y pobrecitas familias.»
Elle me tiende la mano.
—Es hora de irse a la cama, Lydia —dice en tono dulce y firme, más de enfermera que de hermana.
Noto el escozor de las lágrimas calientes en la parte posterior de las retinas.
—No creo que pueda.
—Sí puedes —dice, decidida y con la mano aún estirada—. ¿Qué vas a hacer si no? ¿Dormir en el sofá el resto de tu vida?
—¿Tan malo sería?
Se coloca a mi lado y me coge la mano, con las pastillas en el regazo.
—La verdad es que sí, Lyds —dice—. Si no fueras tú sino Freddie quien se hubiera quedado aquí solo, querrías que durmiera bien, ¿no?
Asiento, abatida. Por supuesto que querría.
—De hecho, lo perseguirías sin descanso hasta que se fuera a la cama —continúa mientras me acaricia los nudillos con el pulgar, y estoy a punto de ahogarme con el nudo de lágrimas permanente a través del cual llevo intentando respirar desde el día en que Freddie murió.
La veo agitar el bote hasta que una pastillita de color rosa fluorescente le cae en la palma de la mano. ¿Bastará con eso para arreglarme? ¿Unas cuantas semanas de sueño reparador y estaré fresca como una rosa y lista para empezar de nuevo?
Elle me sostiene la mirada, inquebrantable, y las lágrimas me resbalan por las mejillas cuando me doy cuenta de lo destrozada que estoy: lo más emocional y físicamente decaída que puedo llegar a encontrarme. O al menos eso espero, porque no creo que sobreviva si puedo hundirme todavía más. Cojo la pastilla con los dedos temblorosos, me la meto en la boca y me la trago. Ya en la puerta de mi dormitorio, me vuelvo hacia Elle.
—Tengo que hacerlo sola —susurro.
Me aparta el pelo lacio de los ojos.
—¿Estás segura? —Me escudriña el rostro con los ojos oscuros—. Puedo quedarme contigo hasta que te duermas, si quieres.
Me sorbo la nariz, con la vista clavada en el suelo y llorando como de costumbre.
—Ya lo sé —digo, y le agarro una mano y se la aprieto con fuerza—. Pero creo que me vendría mejor…
No soy capaz de dar con las palabras que necesito. No sé si es porque me está haciendo efecto la pastilla o porque, sencillamente, no existen las palabras adecuadas.
Elle asiente con la cabeza.
—Estaré abajo si me necesitas, ¿vale? No pienso irme a ninguna parte.
Cierro los dedos alrededor del pomo. He mantenido la puerta cerrada desde el día en que mi madre cambió las sábanas, no quería siquiera vislumbrar por accidente esa cama tan impoluta camino del baño. La he convertido en un lugar extraño en mi cabeza, en un sitio tan vedado como un escenario del crimen precintado con cinta amarilla.
—No es más que una cama —susurro, y abro la puerta empujándola con suavidad.
No hay ninguna cinta amarilla que me impida el paso ni monstruos bajo la cama. Pero tampoco hay un Freddie Hunter, y eso me rompe el corazón de mil maneras distintas.
—No es más que una cama —repite Elle con voz tranquilizadora a mi espalda—. Un lugar donde descansar.
Sin embargo, está mintiendo. Ambas sabemos que es muchísimo más que eso. Esta habitación, mía y de Freddie, fue una de las principales razones por las que compramos la casa. Espaciosa, llena de luz durante el día gracias a las amplias ventanas de guillotina y al suelo de color miel, sobre el que, en las noches claras de verano, se proyectan los rayos brillantes de la luz de la luna.
Alguien, cabe suponer que Elle, ha entrado antes para encender la lámpara de mi lado de la cama, un estanque de luz suave para darme la bienvenida a pesar de que el sol todavía no se ha puesto del todo. También me ha abierto la cama; parece más un hotel que una habitación. El olor que predomina aquí dentro cuando cierro la puerta es el de la ropa de cama recién recogida del tendedero. Ni rastro de mi perfume mezclado con la loción para después del afeitado de Freddie, ni camisas arrugadas tras un día en la oficina tiradas de cualquier manera sobre el sillón, ni zapatos abandonados antes de poder llegar siquiera hasta el fondo del armario. Está limpia como una patena. Me siento como una visitante en mi propia vida.
—No es más que una cama —susurro de nuevo al sentarme en el borde del colchón.
Cierro los ojos mientras me tumbo y me acurruco en mi lado bajo la colcha.
Gastamos más de lo que deberíamos en unas sábanas dignas de nuestra cama del Savoy: de algodón blanco y con un número de hilos superior al de las de la mayoría de los hoteles en los que me he alojado. Mientras mi cuerpo se desliza entre ellas, advierto que ya están calientes. Elle, mi encantadora hermana, ha colocado bajo la ropa una bolsa de agua caliente para eliminar el frío de la ropa limpia. Mi cama, nuestra cama, me acoge como un viejo amigo al que me siento culpable por haber abandonado.
Me tiendo en mi lado del colchón, con el cuerpo dolorido por la pena y los brazos extendidos para encontrarlo, como siempre. Luego empujo la bolsa de agua caliente hacia su lado para que caldee las sábanas antes de trasladarme y tumbarme allí, estrechando el calor de la bolsa contra mi pecho con los dos brazos. Entierro la cara húmeda en su almohada y lloro como un animal herido, un ruido tan extraño como incontrolable.
Y luego, poco a poco, se atenúa. Mi ritmo cardíaco comienza a estabilizarse y mis extremidades se convierten en plomo pesado. Estoy calentita, resguardada y, por primera vez en cincuenta y seis días, no estoy perdida sin Freddie. No lo estoy, porque, mientras me cuelo bajo los faldones del sueño, casi siento la solidez de su peso combando el colchón, su cuerpo acurrucado junto al mío y su respiración estable contra mi cuello. Sálvame de estas aguas oscuras e inexploradas, Freddie Hunter. Lo estrecho contra mí y lo inhalo mientras me sumo en un sueño profundo y pacífico.
¿Sabes esos momentos de dicha al amanecer, esas mañanas de verano en las que el sol se levanta antes que tú, y te despiertas a medias y luego vuelves a quedarte dormida, feliz de contar con unas horas más? Me doy la vuelta y encuentro a Freddie todavía aquí, conmigo, y el alivio es tan profundo que lo único que soy capaz de hacer es mantenerme perfectamente inmóvil e intentar acompasar el ritmo de mi respiración al de la suya. Son las cuatro de la mañana, demasiado temprano para levantarse, así que vuelvo a cerrar los ojos; creo que nunca he conocido un consuelo tan absoluto. La cama caldeada por nuestros cuerpos arrebujados, la media luz dorada previa al amanecer, la música apagada del canto de los pájaros. Por favor, que no abandone este sueño.
Antes de abrir los ojos por segunda vez, ya sé que se ha ido. La cama está más fría, la luz del sol de las seis de la mañana es más cruda y el canto de los pájaros suena como el chirrido de unas uñas en la pizarra. Freddie estaba aquí, sé que estaba aquí. Hundo la cabeza en la almohada y cierro los ojos con todas mis fuerzas en busca de la oscuridad detrás de mis párpados para dormirme de nuevo. Si consigo hacerlo, a lo mejor vuelvo a encontrarlo.
El pánico comienza a bullirme en las entrañas; cuanto más intento relajarme, más se me activa el cerebro, preparándose para el día que le espera, lleno de pensamientos oscuros y sentimientos desesperados con los que no tengo ni idea de cómo lidiar. Y entonces el corazón se me estremece como si lo hubieran forzado a arrancar con unas pinzas tras quedarse sin batería, porque lo recuerdo: ahora tengo pastillas para dormir. Somníferos rosas ideados para dejarme fuera de combate. Estiro los brazos hacia el bote que ha dejado Elle en mi mesilla de noche y lo agarro con las dos manos, aliviada. Luego quito la tapa y me trago uno.
—Buenos días, Lyds. —Freddie se da la vuelta y me besa en la frente. Siento el peso de su brazo sobre los hombros cuando el despertador nos informa de que son las siete de la mañana—. Hoy no quiero salir a jugar. ¿Nos quedamos en la cama? Yo llamo a tu trabajo si tú llamas al mío.
Dice algo por el estilo casi todas las mañanas y durante un par de minutos siempre fingimos contemplar la idea.
—¿Traerás el desayuno a la cama? —murmuro mientras le rodeo el cuerpo cálido con un brazo y hundo la cara en el vello suave de su pecho.
Freddie posee una solidez que adoro, una presencia física imponente gracias a su altura y sus anchos hombros. A veces sus compañeros de trabajo subestiman su inteligencia para los negocios porque tiene la constitución típica de un jugador de rugby, y él está encantado de aprovecharse de ello. Es competitivo hasta la médula.
—Sí, siempre que quieras desayunar a mediodía. —Oigo la risa al otro lado de su esternón mientras me acaricia la nuca.
—Me parece bien —digo, y cierro los ojos y lo inhalo profundamente.
Permanecemos así unos minutos perezosos y exquisitos, abrazados, medio dormidos, conscientes de que tenemos que levantarnos pronto. Pero remoloneamos, porque estos son los momentos que importan, los que hacen que seamos Freddie y yo contra el mundo. Estos instantes son los cimientos sobre los que se erige nuestro amor, una capa invisible sobre nuestros hombros cuando estamos ahí fuera, en el mundo, ocupándonos de nuestros asuntos. Freddie nunca devuelve la mirada de interés a la despampanante chica que espera el tren de las 7.47 en el andén 4, y yo nunca permito que Leon, el camarero de la cafetería en la que a veces me compro la comida, cruce la línea que separa las bromas del coqueteo, aunque su atractivo sea digno del de una estrella de cine y me escriba cosas graciosas en la taza de café.
Estoy llorando. Tardo unos segundos en saber por qué, y luego lo recuerdo y trago grandes bocanadas de aire, como quien sale a la superficie tras hundirse en aguas profundas.
Freddie se sobresalta y se incorpora apoyándose en un codo para mirarme; me agarra el hombro con expresión de preocupación.
—Lyds, ¿qué pasa? —Su voz es apremiante, dispuesta a ayudar, a aliviar cualquier dolor que sienta.
No puedo respirar; el aire me abrasa el pecho.
—Estás muerto.
Pronuncio las espantosas palabras en un sollozo y escudriño su rostro amado en busca de signos delatores del accidente. No hay nada, ni un solo indicio de la devastadora lesión craneal que le costó la vida. Tiene los ojos de un azul inusual, tan oscuros que pueden confundirse con el marrón si no estás tan cerca como para fijarte de verdad. A veces se pone unas gafas de montura negra para las reuniones de trabajo con clientes importantes, sin graduar, una ilusión de debilidad donde no la hay. Ahora lo miro a esos ojos con fijeza y le acaricio con la mano la incipiente barba rubia del mentón.
Una risa suave brota de su interior y el alivio le inunda los ojos.
—Pero mira que eres tonta. —Me abraza con más fuerza—. Lo has soñado, eso es todo.
Oh, cómo me gustaría que fuera verdad. Niego con la cabeza, así que me coge la mano y se la lleva al corazón.
—Estoy bien —insiste—. Siéntelo, el corazón me late y todo eso.
Es cierto. Presiono lo suficiente para notarlo saltar bajo la palma de la mano y, aun así, sé que no está latiendo, no de verdad. No puede ser. Ahora me cubre la mano con la suya, ya no se ríe porque advierte lo angustiada que estoy. No lo entiende, por supuesto. ¿Cómo iba a poder hacerlo? Este Freddie no es real, pero, Dios, esto tampoco se parece a ningún otro sueño que haya tenido. Estoy despierta mientras duermo. Siento el calor de su cuerpo. Percibo el olor de la loción para después del afeitado en su piel. Noto el sabor de mis lágrimas cuando se agacha y me besa con ternura. No puedo parar de llorar. Intento no respirar hondo mientras lo abrazo, por si está hecho de humo y sale volando si exhalo demasiado fuerte.
—Es solo una pesadilla, nada más —susurra, y me acaricia la espalda. Me deja llorarlo porque no puede hacer otra cosa.
Si él supiera que esto es más bien lo contrario… Las pesadillas vienen cuando esperas con impaciencia la llegada de tu novio el día de tu cumpleaños, con tu familia ya reunida a la mesa de un restaurante del centro.
—Te echo de menos. Te echo muchísimo de menos —digo entre lágrimas.
Soy incapaz de mantener una sola extremidad quieta, así que me estrecha entre sus brazos, esta vez con mucha fuerza, y me dice que me ama y que está bien, que los dos estamos bien.
—Vamos a llegar tarde al trabajo —dice con delicadeza al cabo de unos minutos.
Permanezco quieta, con los ojos cerrados, intentando memorizar el tacto de sus brazos a mi alrededor para cuando me despierte.
—Quedémonos aquí —susurro—. Quedémonos aquí para siempre, Freddie.
Me desliza una mano en el pelo y me echa la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos.
—Ojalá pudiera —dice con el rastro de una sonrisa en los labios—. Pero ya sabes que no, esta mañana tengo que presidir la reunión con los de PodGods.
Me está recordando algo de lo que no sé nada.
—¿Los de PodGods?
Arquea las cejas.
—¿Los de las cápsulas de café? ¿No te acuerdas de que te conté que en la primera reunión se presentaron todos con camisetas y gorras de béisbol verde fosforito con el logo de la empresa?
—¿Cómo iba a olvidarlos? —digo, pese a que no tengo ni idea de lo que está hablando.
Se desenreda de mí y me da un beso en la mejilla.
—Quédate en casa —me dice con aire preocupado—. Nunca te tomas un día libre, ¿por qué no lo haces hoy? Te traeré una taza de té.
No discuto con él. Al fin y al cabo, llevo cincuenta y seis días sin ir a trabajar.
Mi vida ha estado entrelazada con la de Freddie Hunter desde la primera vez que me besó y se insufló en mi ADN una tarde de finales de verano. Las cosas llevaban un tiempo fraguándose entre nosotros, acumulándose como el vapor en un motor: su asiento siempre al lado del mío en la cafetería del instituto para robarme el helado, coqueteos lanzados de un lado a otro de la clase como si fuera un partido de tenis. Empezó a volver a casa por el mismo camino que Jonah y yo a pesar de que así se desviaba de su ruta, por lo general inventándose alguna excusa tonta acerca de tener que recoger algo para su madre o de visitar a su abuela. Cuando Jonah cogió la varicela y tuvo que quedarse en casa una o dos semanas, no me quedó escapatoria. Todavía siento mariposas de nostalgia en el estómago solo de pensarlo: Freddie me regaló un anillo con una flor de plástico amarillo, de esos que vienen en las bolsas sorpresa, y luego me besó sentado en el muro de delante de la casa de mis vecinos.
—¿No estará tu abuela preocupada por ti? —le pregunté después de los cinco minutos más emocionantes de mi vida.
—Lo dudo. Vive en Bournemouth —respondió, y ambos nos echamos a reír, porque eso estaba a ciento cincuenta kilómetros de distancia por lo menos.
Y eso fue todo, me convertí en la chica de Freddie Hunter, entonces y para siempre. A la mañana siguiente, me metió una chocolatina en el bolso junto con una nota que decía que me acompañaría a casa. Si hubiera venido de otra persona, quizá me habría resultado posesivo; mi tierno corazón de adolescente no vio más que una franqueza emocionante.
Ahora lo veo moverse con decisión, camino del baño para abrir el grifo de la ducha, hacia el armario para descolgar una camisa blanca y limpia.
—No quiero gafarlo, pero creo que los tengo en el bote —dice, y responde enseguida a una llamada de trabajo.
Saca la ropa interior del cajón con el móvil sujeto bajo la barbilla. Observo sus movimientos cotidianos, le contesto con una sonrisa trémula cuando me mira poniendo los ojos en blanco porque quiere que quienquiera que lo esté llamando termine de una vez.
Él desaparece en el baño, y yo me incorporo y aparto la colcha cuando oigo que el agua comienza a caerle por el cuerpo.
—¿Qué me está pasando? —susurro. Apoyo los pies en el suelo, sentada en el borde de la cama como un paciente de hospital tras una operación a corazón abierto. Porque así es como me siento. Como si me hubieran abierto el pecho y me masajearan el corazón para que volviera a funcionar—. No creo en los cuentos de hadas ni en las habichuelas mágicas —murmuro, y me muerdo el labio inferior, tembloroso, con fuerza suficiente para saborear la sangre, metálica y fuerte.
Freddie sale del baño envuelto en una nube de vapor, metiéndose la camisa por dentro de los pantalones mientras se los abrocha.
—Tengo que irme. —Tiende la mano hacia su móvil—. Si enciendo el hervidor, ¿te encargas tú misma de preparar el té? Si me doy prisa, llego al tren.
Elegimos esta casa precisamente para estos casos, las mañanas en que vamos tarde y agradecemos tener una estación a la vuelta de la esquina. El trabajo de Freddie en el centro de Birmingham le exige mucho tiempo, así que cuanto menos se sumara en el trayecto, mejor. Yo tardo menos en llegar al ayuntamiento: diez minutos y estoy en el aparcamiento del trabajo. Me encanta nuestro edificio protegido, me recuerda a algo sacado de un cuento infantil. Se cree que es la estructura más antigua de la localidad y se alza, con su entramado de madera y encorvado, al final de la calle principal. Es similar a gran parte de la arquitectura que se encuentra a lo largo de la céntrica calle; nuestro pueblo de Shropshire es antiguo y se enorgullece muchísimo de haber aparecido en el Libro Domesday, una especie de censo manuscrito que se completó a principios del siglo XI por encargo de Guillermo el Conquistador. Criarse en una comunidad tan unida tiene numerosas ventajas; muchas familias llevan aquí desde hace generaciones, de la cuna a la tumba. Es fácil pasar por alto el valor de algo así, agobiarse por el hecho de que todo el mundo conozca los asuntos de los demás, pero también hay cierta riqueza y consuelo en ello, en especial cuando alguien está en apuros.
Sin embargo, no fue solo la ubicación lo que nos hizo enamorarnos de la casa. La vimos a primera hora de la mañana de un fin de semana de primavera, con el sol a la altura perfecta para resaltar la piedra dorada y la profundidad de la ventana en mirador. Se encuentra en medio de una hilera de casas adosadas, y decorarla terminó siendo una pesadilla, porque no tiene ni una pared o puerta recta. «No hace sino aumentar su encanto», argumentaba yo cada vez que Freddie se golpeaba la cabeza con la viga baja y expuesta de la cocina. Me gusta pensar que la decoración tiene ecos de la casita de Kate Winslet en la película The Holiday (Vacaciones): todo suelos de madera natural y un desorden acogedor. Es un estilo que he cultivado con esmero en mercadillos y rastros, reprimido de manera ocasional por la preferencia de Freddie por cosas más modernas. Se trata de una batalla que siempre estuvo dispuesto a perder: a mi ojo de urraca le encantan las cosas bonitas, y Pinterest se me da de miedo.
Hace un par de días, tras obligarme a vestirme y acercarme a la licorería a por reservas de vino, se me ocurrió que no quería volver a casa. Es la primera vez que he sentido algo así por la casa desde la mañana en que recogimos las llaves, y se me rompió otro pedazo de corazón al darme cuenta de que mi hogar ya no era mi hogar. Jamás se me habría pasado por la cabeza la idea de vender la casa, pero en ese momento me sentí desconectada y eché a andar en la dirección contraria; tuve que dar dos vueltas al parque infantil antes de poder enfrentarme a regresar. Y entonces, por curioso que resulte, una vez dentro de nuevo, no quise volver a salir. Soy un amasijo de contradicciones, no me extraña que mi familia se muera de preocupación por mí.
Era nuestra casa, y ahora es mía, aunque no es que obtenga mucho placer de haberme quedado sin hipoteca a los veintiocho años, porque también me he quedado sin Freddie. En su momento, ambos tuvimos la sensación de que nuestro asesor financiero nos había engañado como a un par de tontos con el seguro de vida; la idea de que pudiera pasarnos algo a cualquiera de los dos antes de que la casa estuviera pagada parecía ridícula. Qué maravillosamente afortunados éramos de sentirnos tan seguros. Aparto mis pensamientos al advertir que estoy a punto de echarme a llorar otra vez. Freddie me mira con curiosidad.
—¿Ya estás bien? —me pregunta mientras me sujeta el mentón y me acaricia una mejilla con el pulgar. Asiento y vuelvo la cara para rozarle la palma de la mano con los labios cuando me besa la cabeza—. Esa es mi chica —susurra—. Te quiero.
Por indigno que sea, quiero aferrarme a él, rogarle que no me deje de nuevo, pero no lo hago. Si este va a ser mi último recuerdo de los dos, quiero que se selle alrededor de mi corazón por las razones correctas. Así que me levanto, lo agarro por las solapas de la chaqueta del traje y lo miro a los ojos azules, hermosos y familiares.
—Eres el amor de mi vida, Freddie Hunter. —Me obligo a pronunciar las palabras con claridad y sinceridad.
Agacha la cabeza y me besa.
—Te quiero más que a Keira Knightley. —Se ríe con suavidad al iniciar nuestro juego.
—Tanto, ¿eh? —digo con sorpresa, porque por lo general empezamos por lo más bajo y vamos subiendo, hasta Keira en su caso y Ryan Reynolds en el mío.
—Tanto —repite, y me lanza un beso mientras sale de la habitación.
El pánico me sube desde las entrañas, caliente y bilioso, y clavo los dedos de los pies en la madera del suelo para evitar salir corriendo tras él. Oigo sus pasos en la escalera, el ruido de la puerta de la calle al cerrarse y me acerco a toda prisa a la ventana del dormitorio para verlo dirigirse entre caminando y trotando hacia la esquina. Demasiado tarde, abro la ventana, forcejeando con las manijas viejas, y grito su nombre, aunque sé que no me oirá. ¿Por qué lo he dejado marcharse? ¿Y si no vuelvo a verlo nunca? Me agarro al alféizar, con la mirada clavada en su espalda, casi esperando que se esfume, pero no lo hace. Se limita a doblar la esquina, sumido en sus pensamientos, camino de no sé qué desayuno con un cliente de la empresa, de la chica del andén 4, de todos los lugares en los que yo no puedo estar.
Cuando me despierto, tengo la cara empapada y la boca recubierta de algo que sabe a sangre. Cojo mi teléfono y, al examinarme con detenimiento, advierto que me he mordido con saña el interior del labio inferior; veo las marcas que me he hecho con los dientes y que el labio se me ha hinchado como si me hubiera inyectado bótox de mala calidad. No es mi mejor cara. Sin duda Freddie habría encontrado divertido mi asombroso parecido con un pez globo.
Freddie. Cierro los ojos, resollando por lo hiperrealista del sueño o de lo que quiera que haya sido eso. Solo puedo compararlo con cuando entras en una tienda de electrónica y ves el modelo de televisor más nuevo y ostentoso, el que cuesta una pequeña fortuna. Los colores son más brillantes, los contornos más nítidos, el sonido más claro. Era en tecnicolor brillante, como ver una película en un cine IMAX. No, más bien como salir en una película en un cine IMAX. Resultaba demasiado real para no serlo. Freddie estaba vivo y se duchaba y llegaba tarde al trabajo y volvía a hacer chistes sobre Keira Knightley.
Me devano los sesos tratando de recordar si, antes de morir, mencionó un desayuno con un cliente de la empresa. Estoy segura de que no me había comentado nada; es como si Freddie hubiera seguido viviendo los últimos cincuenta y siete días detrás de un velo, ocupándose de sus asuntos cotidianos con toda la tranquilidad del mundo.
Una vez más, me abruma la urgencia de intentar dormirme de nuevo, de ir a buscarlo, de volver a esa vida en la que el corazón de Freddie continúa latiendo. Pero en ese mundo él ya está dándolo todo en la industria publicitaria, con los gemelos resplandecientes y una sonrisa en la cara. Para ser alguien que anoche ni siquiera quería meterse en la cama, ahora no tengo ningunas ganas de levantarme y afrontar el nuevo día. Tardo más de un cuarto de hora en convencerme de que salir de la habitación es una buena idea, aunque sea remotamente. Al final, llego a un acuerdo conmigo misma: si me levanto y paso el viernes, si me ducho, como y quizá incluso salgo de casa un rato, luego podré tomarme otra pastilla. Cenaré pronto, volveré a la cama y quizá, solo quizá, pueda pasar la noche con mi amor.