Lunes, 11 de abril de 2016
M1 norte
Lo primero en lo que se fijó fue en los adhesivos que bordeaban la luneta del coche y recubrían el parachoques:
«Toca el pito si estás cachonda».
«No me sigas, me he perdido.»
«Cuando conduces como yo, más te vale creer en Dios.»
«Tengo el claxon estropeado. Atento a mi dedo.»
«Los hombres de verdad aman a Jesucristo.»
Vaya batiburrillo de mensajes. Aunque una cosa quedaba meridianamente clara: el conductor era un capullo. Gabe habría apostado lo que fuera a que llevaba una camiseta con un eslogan y tenía en la oficina una foto de un mono con las manos en la cabeza y el letrero: «No es necesario estar loco para trabajar aquí, pero ayuda».
Le sorprendía que el tipo pudiera ver algo entre tantas pegatinas. Por otro lado, al menos proporcionaba material de lectura a la gente durante los atascos. Como aquel en el que se encontraban atrapados en ese instante. Una larga fila de vehículos avanzaba a paso de tortuga a causa de las obras en la autopista; daba la sensación de que se habían iniciado en algún momento del siglo anterior y que durarían hasta bien entrado el milenio siguiente.
Gabe suspiró y tamborileó con los dedos sobre el volante, como si así pudiera aligerar el tráfico o hacer que apareciera una máquina del tiempo. Ya casi iba con retraso. No del todo. Aún no. Todavía estaba dentro de los límites de lo posible que llegara a casa a tiempo. Pero no albergaba muchas esperanzas. De hecho, las esperanzas lo habían abandonado cerca de la salida 19, como a todos los conductores lo bastante espabilados para confiarse a su GPS y tomar un desvío por una carretera comarcal.
Lo más frustrante era que ese día había conseguido salir a buena hora. Habría podido llegar sin problemas a las seis y media, a tiempo para la cena y para acostar a Izzy, como le había prometido —prometido de verdad— a Jenny que haría esa noche.
«Una vez por semana, nada más. Es todo lo que te pido. Una noche en la que cenemos juntos, tú le leas a tu hija un cuento en la cama y finjamos que somos una familia normal y feliz.»
Eso le había dolido. Ella quería hacerle daño.
Por supuesto, Gabe habría podido replicar que era él quien había preparado a Izzy para el colegio por la mañana, mientras Jenny salía pitando para reunirse con un cliente. Era él quien había consolado a su hija y le había aplicado crema antiséptica en el mentón cuando el temperamental gato de la familia (adoptado por Jenny) la había arañado.
Pero no le ha dicho nada, porque ambos sabían que eso no compensaba todas las ocasiones perdidas, los momentos en que él no había estado allí. Jenny era una mujer bastante razonable, pero en lo que a asuntos familiares se refería, tenía los límites bien marcados. Si alguien los traspasaba, ella tardaba mucho tiempo en dejarlo volver al redil.
Era una las cosas que él amaba de ella: su devoción inquebrantable hacia su hija. La madre de Gabe había sido más devota del vodka barato, y él nunca había conocido a su padre. Juró que él sería distinto, que siempre estaría al lado de su pequeña.
Y sin embargo allí estaba, atrapado en la autopista, con muchos números de llegar tarde. Otra vez. Jenny no se lo perdonaría. No quería pensar demasiado en las posibles consecuencias.
Había intentado llamarla, pero había saltado el buzón de voz. Ahora le quedaba menos de un uno por ciento de batería en el móvil, que se apagaría en cualquier momento, y justo ese día, como no podía ser de otra manera, Gabe se había dejado el cargador en casa. No podía hacer otra cosa que permanecer sentado, luchando contra el impulso de pisar el acelerador a fondo y llevarse por delante los demás vehículos, tabaleando sobre el volante con agresividad mientras contemplaba al puto don Pegatinas que tenía delante.
Muchos de los adhesivos parecían viejos, pues estaban descoloridos y arrugados. Por otro lado, era un coche antiguo. Un Cortina, o algo por el estilo. Estaba pintado con un espray de aquel color tan de moda en los años setenta: una especie de dorado sucio. Plátano mohoso. Crepúsculo contaminado. Sol moribundo.
El inestable tubo de escape escupía de forma intermitente un turbio humo gris. El parachoques entero estaba salpicado de herrumbre. Gabe no alcanzaba a ver el distintivo de la marca. Seguramente se le había caído, junto con media matrícula. Solo quedaban las letras «T», «N», y parte de un número que podía ser un 6 o un 8. Frunció el ceño. Estaba convencido de que aquello no era legal. Seguro que el cacharro de mierda no estaba ni en condiciones de circular, ni asegurado, ni en manos de un conductor cualificado. Más valía no acercarse demasiado.
Estaba planteándose cambiar de carril cuando el rostro de la niña apareció tras la luneta, justo en el centro del marco formado por los adhesivos medio despegados. Parecía tener unos cinco o seis años, cara redonda, mejillas sonrosadas y el fino cabello rubio recogido en dos coletas en lo alto de la cabeza.
Lo primero que le pasó a Gabe por la cabeza fue que ella debería llevar puesto el cinturón de seguridad.
Lo segundo que pensó fue: «Izzy».
La niña clavó la vista en él. Se le desorbitaron los ojos. Abrió la boca, dejando al descubierto el diente delantero que le faltaba. Gabe recordaba haberlo envuelto en un pañuelo de papel antes de colocarlo debajo de la almohada para que lo recogiera el Ratoncito Pérez.
Sus labios formaron la palabra «¡Papá!».
En ese momento, una mano procedente del asiento delantero la agarró del brazo y tiró de ella hacia abajo con brusquedad. Ella desapareció de la vista. Se esfumó. Ya no estaba.
Gabe se quedó contemplando el espacio vacío tras el parabrisas.
«Izzy.»
Imposible.
Su hija estaba en casa, con su madre. Probablemente viendo el Disney Channel mientras Jenny preparaba la cena. No podía ir en el asiento de atrás del coche de un desconocido, en dirección a Dios sabe dónde y sin el cinturón de seguridad abrochado.
Las pegatinas le impedían ver al conductor. A duras penas alcanzaba a vislumbrarle la cabeza por encima del «Toca el pito si estás cachonda». A la mierda. Tocó el claxon de todos modos. Luego hizo señales con las luces. Pareció que el cacharro aceleraba un poco. Las obras de la autopista terminaban unos metros más adelante, y las señales de ochenta kilómetros por hora cedían el paso a las que indicaban el límite de velocidad nacional.
«Izzy.» Pisó el acelerador. Su coche era un Range Rover nuevo. Tiraba como una bestia. Aun así, el viejo y destartalado montón de chatarra que tenía delante se alejaba. Apretó el pedal con más fuerza. El velocímetro subió poco a poco, a ciento diez, ciento veinte, ciento treinta y cinco... Cuando empezaba a ganar terreno, el automóvil de delante se pasó de golpe al carril central y adelantó varios coches. Gabe lo siguió con un viraje brusco, cerrándole el paso a un camión de alto tonelaje. El estruendoso bocinazo estuvo a punto de dejarlo sordo. Él sentía que el corazón estaba a punto de reventarle el pecho como un puto alien.
El coche de delante zigzagueaba peligrosamente entre los demás vehículos. Gabe se vio acorralado por un Ford Focus, a un lado, y un Toyota, delante. Mierda. Echó una ojeada al retrovisor y se desvió al carril lento antes de colarse rápidamente delante del Toyota. En ese instante, un Jeep que se incorporaba desde el carril de adelantamiento le rozó el capó. Gabe frenó en seco. El conductor del Jeep puso las luces de emergencia y le mostró el dedo medio.
—¡Que te den, gilipollas de mierda!
El montón de chatarra, que le sacaba ya varios coches de ventaja, continuó serpenteando entre el tráfico hasta que las luces traseras desaparecieron a lo lejos. Gabe no podía seguirle el ritmo. Era demasiado peligroso.
Además, se dijo, sin duda se había confundido. Por fuerza. No podía tratarse de Izzy. Era imposible. ¿A santo de qué iría montada en ese coche? Se sentía cansado, estresado. Estaba oscuro. Debía de tratarse de una niñita que se parecía a Izzy. Una niñita que se le parecía un montón, que tenía la misma cabellera rubia recogida en coletas, la misma mella entre los dientes delanteros. Una niñita que lo había llamado «papá».
Más adelante una señal luminosa rezaba: «Estación de servicio: 800 metros». Podía parar allí y llamar a casa para quedarse más tranquilo. Pero ya iba a llegar tarde; más valía que siguiera adelante. Por otro lado, ¿qué importaría si se retrasaba unos minutos más? Se aproximaba a la salida. «¿Paso de largo? ¿La tomo? ¿Paso de largo? ¿La tomo? Izzy.» En el último momento, dio un volantazo a la izquierda y pisó las bandas sonoras blancas, provocando un concierto de bocinazos. Aceleró por la rampa y llegó a la estación de servicio.
Gabe casi nunca paraba en estaciones de servicio. Le parecían deprimentes, llenas de infelices que habrían preferido estar en otra parte.
Perdió unos minutos valiosos corriendo de un lado a otro entre los diversos establecimientos de alimentos en busca de un teléfono público, hasta que al fin encontró uno medio escondido cerca de los aseos. Un único aparato. Ya nadie usaba teléfonos públicos. Perdió varios minutos más buscando suelto hasta que cayó en la cuenta de que aceptaba pago con tarjeta. Se sacó la de débito de la cartera, la introdujo y marcó el número de casa.
Jenny nunca lo cogía al primer timbrazo. Siempre estaba ocupada haciendo algo con Izzy. A veces decía que le habría gustado tener ocho pares de manos. Él debería pasar más tiempo en casa, pensó. Echarle una mano.
—¿Diga?
Era la voz de una mujer, pero no de Jenny. La voz de una desconocida. ¿Se habría equivocado de número? No lo marcaba muy a menudo. Culpa de los móviles, también. Comprobó el número en la pantalla. Era el del teléfono fijo de su casa, sin asomo de duda.
—¿Diga? —repitió la voz—. ¿Es usted el señor Forman?
—Sí, soy el señor Forman. ¿Y usted quién coño es?
—Soy la inspectora de policía Maddock. —Una inspectora de policía. En su casa. Atendiendo su teléfono—. ¿Dónde está usted, señor Forman?
—En la M1. Es decir, en una estación de servicio. De camino de vuelta del trabajo.
Balbuceaba. Como si fuera culpable de algo. Aunque en realidad lo era, ¿no? Culpable de un montón de cosas.
—Tiene que volver a casa, señor Forman. Lo antes posible.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?
Una larga pausa. Un silencio denso, opresivo. Uno de aquellos silencios preñados de palabras sobrentendidas, pensó él. Palabras que estaban a punto de joderle la vida por completo.
—Se trata de su esposa... y de su hija.
Lunes, 18 de febrero de 2019
Estación de servicio de Newton Green,
salida 15 de la M1, 1.30 horas
El hombre delgado bebía café solo con mucho azúcar. Rara vez comía algo. En una o quizá dos ocasiones había pedido una tostada y, después de un par de mordiscos, la había dejado en el plato. Por su aspecto, a Katie le daba la impresión de que era alguien que estaba más próximo a la muerte de lo que sería normal a su edad. La ropa le colgaba del cuerpo como a un espantapájaros sin relleno. La delgadez extrema le había esculpido surcos profundos en el rostro, bajo los ojos y los pómulos. Sujetaba la taza de café con dedos largos y delicados, cuyos huesos se marcaban tanto que parecían a punto de rasgar la fina piel que los cubría.
De no ser porque sabía que no era así, Katie habría pensado que el hombre padecía una enfermedad terminal. Un cáncer. Su nana había muerto de eso, y en los últimos días presentaba una apariencia muy similar. Pero la enfermedad que lo aquejaba a él era de naturaleza distinta.
Cuando había empezado a frecuentar la estación de servicio, una o dos veces al mes, repartía octavillas. Incluso Katie le había cogido una. Fotos de una niña pequeña. «¿ME HAS VISTO?» Katie la había visto, por supuesto. Todo el mundo la había visto. La niña pequeña había aparecido en todos los informativos. Ella y su madre.
En aquella época, el hombre delgado aún abrigaba ciertas esperanzas. O algo parecido. Esperanzas insensatas que te devoran como una droga. Algunos no tienen nada más. Se aferran a ellas como a una pipa de crack a pesar de que saben que se han vuelto adictos a ellas. Dicen que el odio y la amargura destruyen a la gente. Se equivocan. Lo que destruye es la esperanza. Te devora por dentro como un parásito. Te deja colgando como un trozo de cebo sobre un tiburón. Pero la esperanza no te mata. No es de esa clase de enfermedades.
Al hombre delgado lo había consumido la esperanza. No le quedaba nada, salvo una gran cantidad de kilómetros recorridos y de puntos acumulados en la tarjeta de fidelidad de la cafetería.
Katie recogió su taza vacía y pasó un trapo por la mesa.
—¿Te traigo otro?
—¿También sirves las mesas?
—Solo para los clientes asiduos.
—Gracias, pero será mejor que me vaya.
—Vale. Nos vemos.
Él asintió de nuevo.
—Sí.
A esto se reducían sus conversaciones. Todas y cada una de ellas. Ella ni siquiera estaba segura de que él fuera consciente de que hablaba con la misma persona siempre que entraba en el establecimiento. Tenía la sensación de que él veía a la mayoría de la gente como un mero telón de fondo.
A Katie le habían contado que aquella no era la única cafetería que frecuentaba, ni tampoco la única estación de servicio. Los empleados iban de acá para allá y charlaban entre sí. También los agentes de policía que acudían a menudo. Corría el rumor de que el hombre se pasaba el día y la noche yendo y viniendo por la autopista y parando en las estaciones de servicio, en busca del coche que se había llevado a su niña. En busca de su hija desaparecida.
Katie esperaba que no fuera cierto. Esperaba que el hombre delgado encontrara la paz algún día. No solo por su propio bien. Había algo en él, en su silenciosa desesperación, que le ponía los nervios a flor de piel. Y, sobre todo, esperaba que un día, cuando entrara a trabajar, él no estuviera allí, y ella jamás tuviera que volver a pensar en él.
A Gabe nunca le había gustado conducir de noche. Los faros cegadores de los coches que circulaban en dirección contraria. Las zonas no iluminadas de la autopista donde la calzada parecía fundirse ante él con la nada infinita. Era como adentrarse en un agujero negro. Siempre lo desorientaba. La oscuridad le confería un aspecto distinto a todo. Las distancias cambiaban, las formas se desfiguraban.
En los últimos días (y noches), aquella era la hora a la que se sentía más cómodo. Arrellanado en el asiento del conductor, escuchando música ambiental y relajante. Esa noche, Laurie Anderson. Strange Angels. Era el álbum que ponía más a menudo. Tenía una cualidad etérea y singular que le removía por dentro. Encajaba a la perfección con sus trayectos de un lado a otro sobre el negro asfalto.
Unas veces imaginaba que navegaba por un río profundo y oscuro. Otras, que flotaba en el espacio hacia la negrura eterna. Resultaban curiosos los pensamientos que se colaban como sonámbulos en la cabeza a altas horas de la noche, cuando el cerebro debía estar a salvo, en cama. Sin embargo, aunque dejaba vagar la mente, mantenía en todo momento los ojos fijos en la carretera, vigilantes, alerta.
Gabe apenas dormía. Le costaba conciliar el sueño. Esta era una de las razones por las que conducía. Cuando decidía tomarse un descanso, más porque creía que le convenía que porque estuviera cansado, paraba en una de las estaciones de servicio que había llegado a conocer tan bien.
Se sabía de memoria todas las que había a uno y otro lado de la M1, los servicios que ofrecían, la puntuación de cada una y las distancias entre ellas. Suponía que era lo más parecido a un hogar. Resultaba irónico, considerando cuánto las detestaba antes. Cuando quería algo más que otra taza de café solo, aparcaba la autocaravana en una de las áreas para vehículos pesados y se tumbaba en la parte de atrás durante un par de horas. A menudo le daba rabia estar perdiendo el tiempo, sin hacer nada, sin buscar. Sin embargo, aunque su mente permanecía siempre activa, sus ojos, sus muñecas y sus piernas necesitaban reposo. En ocasiones, cuando se levantaba del asiento del conductor, se sentía como un neandertal encorvado que intentaba ponerse erguido por primera vez en la vida. Así que se obligaba a cerrar los ojos e intentaba tumbarse cuan largo era (metro noventa) en el interior de la caravana durante un máximo de ciento veinte minutos cada veinticuatro horas. Después enfilaba de nuevo la carretera.
Llevaba consigo todo lo que necesitaba: artículos de aseo personal, algunas mudas de ropa. De vez en cuando salía de la autopista y entraba en alguna ciudad para acercarse a la lavandería. No le gustaban esas excursiones. Le recordaban la vida cotidiana normal de la mayoría de la gente, que iba a comprar, trabajaba, se juntaba para tomar un café o llevaba a los niños al cole. Eran cosas que él ya no hacía. Cosas que había perdido o a las que había renunciado.
En la autopista, en las estaciones de servicio, la vida normal quedaba en suspenso. Todo el mundo estaba de paso, en un punto intermedio entre su origen y su destino. Ni en un lugar ni en otro. Era un poco como el purgatorio.
Gabe siempre tenía a mano el teléfono y el portátil, junto con dos cargadores y varias baterías de repuesto (jamás volvería a cometer ese error). Cuando no estaba al volante, se dedicaba a tomar café, a leer por encima las noticias —por si acaso había surgido alguna novedad— y a consultar las páginas web sobre personas desaparecidas.
En general eran tablones de anuncios, poco más. Publicaban mensajes dirigidos a los desaparecidos, actualizaban la información sobre cada caso y celebraban actos para concienciar a la gente. Todo con la esperanza desesperada de que alguien en alguna parte viera algo y se pusiera en contacto con ellos.
Gabe los escudriñaba religiosamente. Pero, con el tiempo, empezó a afectarle aquella mezcla de esperanza y desesperación; ver las mismas fotografías una y otra vez, los rostros de personas que habían desaparecido hacía años, décadas, capturados con el destello de un flash. Sus peinados estaban cada vez más pasados de moda y sus sonrisas cada vez más congeladas conforme se sucedían cumpleaños y Navidades en su ausencia.
También aparecían rostros nuevos, casi a diario. Todavía conservaban un halo de vida. Gabe se imaginaba que aún quedaba un hueco en sus almohadas, que un cepillo de dientes permanecía fijo en su soporte, que la ropa en el armario aún olía a limpio y no a moho o a naftalina.
Pero esto acabaría por ocurrir, como con los demás. El tiempo seguiría transcurriendo sin ellos. El resto del mundo continuaría avanzando hacia su destino. Solo sus seres queridos se quedarían en el andén, incapaces de marcharse, de abandonar la vigilia.
Estar desaparecido no es lo mismo que estar muerto. En cierto modo, es peor. La muerte reviste un carácter definitivo. Nos permite llorar la pérdida, celebrar actos en memoria del difunto, encender velas y colocar flores. Decir adiós.
Estar desaparecido es como estar en el limbo. La persona se encuentra atrapada en un paraje extraño y sombrío donde la esperanza brilla con luz tenue en el horizonte, y la angustia y la desesperación sobrevuelan en círculos, como buitres.
Su móvil comenzó a vibrar en el soporte del salpicadero. Gabe echó un vistazo a la pantalla. El nombre que aparecía en ella le erizó el vello de la nuca.
Cuando uno pasaba suficiente tiempo navegando por los afluentes del país a altas horas de la noche, acababa por encontrarse con otros seres nocturnos. Otros vampiros. Camioneros y transportistas de larga distancia, policías, sanitarios, personal de servicio. Como la camarera rubia. Lo había atendido esa noche también. Se la veía maja, pero siempre parecía agotada. Él se imaginaba que había estado casada, pero el marido la había dejado. Ahora trabajaba de noche para poder estar con sus hijos durante el día.
Era algo que Gabe hacía a menudo con la gente: se inventaba historias sobre ellos, como si fueran personajes de una novela. A algunos se les calaba enseguida. Con otros se tardaba un poco más. Y había otros cuya naturaleza no se podía descifrar ni en un millón de vidas.
Como el Samaritano, por ejemplo.
«Dnd estás?», decía el mensaje de texto.
En circunstancias normales, Gabe no soportaba las abreviaturas, ni siquiera en los mensajes de texto —algo que le venía de cuando trabajaba como redactor creativo—, pero al Samaritano se lo perdonaba, por varias razones.
Pulsó el icono del micrófono en la pantalla del teléfono.
—Entre Newton Green y Watford Gap —dijo. Las palabras aparecieron escritas como mensaje. Gabe lo envió.
Al momento, recibió la respuesta: «Nos vemos en Barton Marsh, salida 14. T mando indicacns».
Barton Marsh. Un pueblo situado a las afueras de Northampton. No era muy bonito. Estaba a cincuenta minutos de distancia, por lo menos.
—¿Por qué?
La respuesta constaba de solo tres palabras. Palabras que Gabe llevaba casi tres años esperando oír. Unas palabras que lo aterraban.
«Lo he encontrado.»
Estación de servicio de Tibshelf,
salidas 28-29 de la M1
Fran tomó un sorbo de su café. Al menos, suponía que era café. Es lo que ponía en la carta. Tenía pinta de café. Despedía un olor vagamente parecido al del café. Pero sabía a mierda. Ella agitó otro sobre de azúcar. El cuarto. Al otro lado de la pegajosa mesa de plástico, Alice, desganada, jugueteaba con una tostada de aspecto soso que solo salía un poco mejor parada que el café en lo que a cumplir con el código de comercio se refiere.
—¿Te lo vas a comer? —le preguntó Fran.
—No —respondió Alice con aire ausente.
—No me extraña —comentó Fran, dedicándole una sonrisa comprensiva; el esfuerzo ocasionó que le dolieran las mejillas..., al menos ahora conjuntaban con los ojos y la cabeza.
El resplandor de los fluorescentes le había empeorado la jaqueca. No había probado bocado desde la mañana del día anterior. Aunque el estómago no le pedía comida, le palpitaba la cabeza por la falta de alimento y sueño. En parte por eso había decidido parar a tomar un café y comer algo. Ja, ja, y una mierda. No habían conseguido ni lo uno ni lo otro. Se lo tenía bien merecido. Apartó de sí la taza de café.
—¿Tienes que ir al baño antes de irnos?
Alice sacudió la cabeza, pero cambió de idea.
—¿Vamos muy lejos?
Buena pregunta. ¿Iban muy lejos? ¿Cuán lejos sería suficiente? No tenía la menor idea, pero no quería decírselo a Alice. Se suponía que ella era quien mandaba, quien había trazado un plan. No podía confesarle a Alice que simplemente estaba conduciendo lo más deprisa que se atrevía, intentando poner la mayor distancia posible entre ellas y su último domicilio.
—Bueno, es un trayecto largo, pero habrá muchas otras estaciones de servicio por el camino.
Hasta que abandonaran la autopista, claro. Entonces la única opción sería parar en alguna pequeña área de descanso.
Alice puso mala cara.
—Creo que mejor voy ahora —dijo con el mismo entusiasmo que si Fran le hubiera propuesto que entrara en la jaula de un león devorador de carne humana.
—¿Quieres que te acompañe?
Alice vaciló de nuevo. Adolecía, entre otras cosas, de fobia a los aseos públicos. Sin embargo, a sus casi ocho años, tenía una fobia incluso más grande a comportarse como un bebé.
—No, no hace falta.
—¿Seguro?
Alice asintió y, con una adusta determinación que la hacía parecer mucho mayor, se levantó de su asiento. Tras otro breve momento de vacilación, se inclinó sobre la mesa para coger su bolsa, una pequeña mochila rosa con flores moradas estampadas. Alice no iba a ninguna parte sin ella, ni siquiera al lavabo. Se oyó un cascabeleo y un repiqueteo cuando se lo colgó del hombro.
Fran se esforzó por no fruncir el ceño, por no dejar que el miedo se asomara a su rostro. Alzó la taza de café y fingió que bebía de ella mientras Alice se alejaba, con el cabello castaño largo recogido en la coronilla en una cola de caballo, los vaqueros remetidos en las Ugg de imitación y el escuálido cuerpo arrebujado en el largo abrigo de lana gruesa.
La recorrió una oleada de amor primigenio. A veces le ocurría así, de repente. Podía resultar aterrador, el amor que se le profesaba a un hijo. Desde el primer instante en que se sujetaba esa cabecita blanda y pegajosa entre los brazos, todo cambiaba. Se pasaba a vivir en un estado de asombro y terror perpetuos; asombro por haber creado algo tan increíble, terror por la posibilidad de que alguien se lo arrebatara en cualquier momento. La vida se antojaba más frágil y llena de peligros que nunca.
Las únicas ocasiones en que no había que preocuparse por ellos, pensó, era mientras dormían. Era entonces cuando se suponía que estaban a salvo, bien arropados en su cama. El problema era que Alice no dormía en su cama. No siempre. Alice podía quedarse dormida en cualquier parte, a cualquier hora; camino del colegio, en el parque, en el aseo de señoras. En un momento estaba despierta y, al momento siguiente, como un tronco. Daba miedo.
Pero no tanto como cuando se despertaba.
Fran pensó en la mochila. En ese cascabeleo continuo. El pánico revoloteaba en su pecho como una polilla oscura.
Alice contemplaba el símbolo del lavabo de señoras: una mujer con una falda triangular. Unos años atrás, creía que significaba que no se podía entrar con pantalón. En ese momento no quería entrar. El miedo le atenazaba la tripa, lo que naturalmente aumentaba sus ganas de hacer pis.
Lo que la atemorizaba no eran los aseos, ni siquiera los ruidosos secadores de manos (aunque antes le daban un poco de miedo). Era otra cosa. Algo difícil de evitar en cualquier baño, pero sobre todo en los aseos públicos, con aquellas hileras de lavabos y rincones inesperados.
Los espejos. A Alice no le gustaban los espejos. La asustaban desde que era muy pequeña. Uno de sus primeros recuerdos era de un día que, después de jugar a arreglarse, había subido las escaleras para mirarse en el espejo grande que su mamá tenía en su habitación. Se había quedado parada delante de él, espléndida con su vestido de Elsa... y de pronto se había puesto a gritar.
No todos los espejos representaban un problema. Algunos eran seguros. Ella no sabía por qué. No podía explicarlo, como tampoco podía explicar por qué otros resultaban peligrosos. Los espejos que entrañaban más riesgo eran aquellos con los que no estaba familiarizada. Los que no conocía. Era en esos espejos donde veía cosas; eran esos espejos los que podían hacer que sufriera una caída.
«Todo irá bien —se aseguró a sí misma—. Mantén la vista baja. No mires para arriba.»
Respiró hondo y abrió la puerta. El olor empalagoso a ambientador y a desinfectante acre le formó un nudo en la garganta y le provocó unas ligeras náuseas. No había nadie más en los aseos, lo que resultaba un poco extraño, aunque, por otro lado, era temprano y había poca actividad en la estación de servicio.
Sin despegar los ojos del suelo, Alice se dirigió a paso veloz al retrete más cercano y cerró la puerta. Tras sentarse en el inodoro, hizo un pis rápido, se limpió a toda prisa, tiró de la cadena y salió de nuevo, intentando mantener la mirada baja en todo momento. Ahora venía lo difícil. Ahora tenía que acercarse a la pila y lavarse las manos.
Casi lo consiguió. Pero el dispensador de jabón no funcionaba. Apretó una y otra vez y entonces alzó la vista. No pudo evitarlo. O tal vez había algo en aquel brillo prohibido que la atraía, como una puerta ligeramente entornada que incitaba a abrirla de par en par para ver qué había al otro lado.
Vislumbró su reflejo. Aunque en realidad no era suyo. De hecho, ni siquiera se trataba de un reflejo. Era una niña parecida a ella, pero unos años mayor. A diferencia de Alice, que era morena de ojos azules, la otra chica era pálida, casi albina, con cabello blanco y unos ojos que semejaban canicas de un gris lechoso.
—Alisss.
Incluso su voz sonaba descolorida e insustancial, como si se la llevara la brisa.
—Ahora no. Vete.
—Chsss. Chsss. Tranquiiila.
—Déjame en paz.
—Te necesssiiito.
—No puedo.
—Necesito que dueeermas.
—No. No tengo...
Pero antes de que sus labios pudieran formar la palabra «sueño», los párpados de Alice se cerraron de golpe y ella se desplomó.
«Lo he encontrado.»
¿De verdad era posible, después de tanto tiempo? Además, Gabe tenía muy claro lo que el Samaritano no había dicho. Había dicho «Lo he encontrado», no «La he encontrado». A menos que estuviera ocultándole la verdad a Gabe para protegerlo. Pero entonces, ¿por qué le había pedido que fuera hasta allí? Esas palabras encerraban algo más. Lo intuía. Una mentira por omisión. «Lo he encontrado.» ¿Y?
Siguiendo los nombres de lugares extraños, que miraba con ojos entornados, conducía la autocaravana por carreteras que se le antojaban demasiado estrechas y tortuosas. Gabe siempre experimentaba una dislocación momentánea cuando salía de la autopista. Era como cortar una cuerda de seguridad. Como seccionar un cordón umbilical. Como precipitarse en el vacío sin paracaídas.
El pánico le arañaba el subconsciente con garras febriles. Pánico ante la posibilidad de que se hubiera cruzado con ella sin darse cuenta, dejando que se le escurriera entre los dedos. Una vez más. Un pánico irracional, absurdo. Pero no podía evitarlo. La autopista, esa era su única pista. El lugar donde la había visto por última vez. El lugar donde la había perdido.
Se supone que un padre está dispuesto a hacer cualquier cosa por su hijo. Lo que sea. Y él acababa de ver desaparecer a su hija. Había dejado escapar aquellas luces traseras. Se habían esfumado. Desvanecido sin dejar rastro. Él había recreado ese momento en su mente una y otra vez. Ojalá hubiera reaccionado de otra manera. Ojalá no hubiera abandonado la carretera. Ojalá hubiera seguido a aquel viejo cacharro de mierda. Ojalá, ojalá.
«La maravillosa clarividencia a posteriori.» Pero en realidad no tenía nada de maravillosa. Era una timadora de tres al cuarto. Una presentadora de un concurso con un vestido de lamé dorado y un peinado hortera que te enseña en tono burlón lo que podrías haber ganado:
«Si hubiera sido usted más rápido y valiente, si se hubiera esforzado más, si no fuera tan cobarde. Pero démosle un aplauso, señoras y señores. Ha sido un gran concursante. Aunque no deja de ser un perdedor. Un puto fracasado.»
Agarrando el volante con más fuerza, echó un vistazo al reloj: las 2.47 de la madrugada. El cielo aún era una franja de terciopelo de un negro intenso perforada por unos cuantos puntos de luz diminutos. Faltaba un buen rato para que el amanecer la arrastrara hacia un lado. A mediados de febrero, eso tardaría unas tres horas en ocurrir, por lo menos.
Gabe se alegraba de ello. Prefería la oscuridad. Le gustaba más esa época del año. En octubre, los días empezaban a hacerse más cortos, lo que suponía tanto un alivio como un fastidio para él. Las largas horas de verano ocasionaban que saliera más gente a la autopista: familias apretujadas en sus coches que se dirigían a sus destinos vacacionales. Unos rostros sonrientes, emocionados y contentos. Otros, sudorosos, vociferantes, agotados. Gabe veía a Izzy en todos ellos.
En una o dos ocasiones, al principio, él había estado a punto de echar a correr tras un par de niñas pequeñas, convencido de que eran ella. Ambas veces se había percatado de su error justo a tiempo para no hacer el ridículo (o recibir un puñetazo en la cara de un padre furioso). Se había ahorrado la humillación, pero no una decepción que le había desgarrado las entrañas.
Cuando llegó octubre, las hordas de familias se habían disuelto para volver al colegio y el trabajo, a los desplazamientos rutinarios. Sin embargo, cedieron paso a otros acontecimientos, otras celebraciones: Halloween, la Noche de Guy Fawkes. Al parecer, durante todo el año se realizaban festividades concebidas para evitar que los solitarios se olvidaran de su soledad. Sin hijos, con los ojos iluminados por los destellos y centelleos de los fuegos artificiales. Sin una media naranja a la que abrazar y arrimarse para combatir el frío del otoño.
La Navidad era la peor festividad, la más invasiva. Uno podía evadirse de las demás celebraciones en las carreteras, la autopista, las estaciones de servicio, al menos en buena parte. En cambio, la Navidad —la puñetera Navidad— lo invadía todo, y cada año empezaba un poco antes.
Hasta las estaciones de servicio hacían intentos cutres de poner adornos y árboles de Navidad torcidos, con cajas vacías y mal envueltas debajo. Las tiendas se llenaban de baratijas navideñas para quien se dirigiera a una cena familiar y se hubiera olvidado de comprarle un regalo a la tita Edna. Y luego estaban los villancicos. Eso lo llevaba más allá del borde de la locura. Tener que escuchar una y otra vez la misma docena de villancicos, que ni siquiera eran los originales, sino unas versiones irritantemente malas. Después del primer año, se había comprado unos auriculares muy caros con cancelación de ruido para aislarse de ellos y escuchar su propia selección de canciones más sensibleras y menos alegres.
Gabe odiaba la Navidad. Cualquiera que haya perdido a un ser querido la odia. La Navidad incrementa tu dolor hasta el nivel once. Se mofa de tu pérdida con cada abeto relumbrante y cada nota de The First Noel. Te recuerda que no hay descanso, no hay tregua. Tu angustia es incesante, e incluso si consigues apartarla de ti como una caja de adornos, siempre regresa. Reaparece cada año, tan familiar como el fantasma putrefacto de Jacob Marley.
Cuanto más lejos quedaba la Navidad, más tranquilo se sentía. Pero no contento. Gabe nunca estaba contento. Sospechaba que esa vía emocional ya estaba cerrada para él. Pero había alcanzado cierta resignación, no a que Izzy hubiera desaparecido, sino al hecho de que ahora su vida era así: cruel, triste, cansada, dura. Pero estaba conforme con eso. Hasta que la encontrara. Costara lo que costara.
Un letrero amarillo surgió de las tinieblas más adelante: BARTON MARSH: 3 KILÓMETROS. Siguiente salida a la derecha. Un semáforo con flecha. Puso el intermitente y giró. Laurie Anderson cantaba sobre Hansel y Gretel, que habían crecido y se habían hartado el uno del otro. Los finales felices no existían, pensó Gabe.
La curva lo llevó a una carretera comarcal aún más angosta y tortuosa. No había farolas, solo algunos ojos de gato esporádicos que le dedicaban guiños desde el medio de la calzada. Su teléfono tintineó al recibir un mensaje.
«Cuánto te falta?»
«3 km.»
«Has pasado una granja?»
«No.»
«Cuando la pases, busca un área de descanso. Aparca. Sigue un sendero por el bosque.»
«Vale.»
«Un sendero por el bosque», pensó.
Le picaba el cuero cabelludo. Por un momento, se preguntó qué había llevado al Samaritano a un paraje tan apartado. Acto seguido decidió que prefería no saberlo.
Se obligó a concentrarse de nuevo en la carretera. A su izquierda, un letrero emergió de la penumbra: GRANJA OLD MEADOWS. En efecto, solo unos metros más adelante, a la derecha, avistó un área de descanso, con la señal de «P» casi oculta por el follaje de los árboles.
Paró detrás del único otro coche que estaba aparcado allí, un BMW negro. Tenía unos años, y la matrícula medio tapada por el barro, no lo suficiente para llamar la atención de la policía, pero lo justo para que costara leerla a primera vista. Tanto la luneta como las ventanillas traseras estaban tintadas, pero Gabe dudaba que fuera para mayor comodidad de los pasajeros.
Después de apagar el motor de la caravana, cuyos fuertes resoplidos debieron de oírse desde la casa de labranza, abrió la guantera y sacó una linterna pequeña. Acto seguido, cogió su gruesa parka del asiento del copiloto y se la puso. Bajó del vehículo y cerró con llave, aunque seguramente no hacía falta. Estaba remoloneando. Dando largas al momento que tanto temía.
«Un sendero por el bosque.»
Gabe dudaba que algo bueno pudiera salir de seguir un sendero para internarse en el bosque, de noche y a solas.
Encendió la linterna y echó a andar.
Ocho minutos. Fran consultó su reloj. Alice tardaba más de la cuenta en volver. Incluso teniendo en cuenta su fobia a los baños, ocho minutos eran demasiados. Fran agarró su bolso y apartó su silla de la mesa.
Caminó a toda prisa por el pasillo principal, que estaba casi desierto a aquella hora de la mañana. Se cruzó con un hombre de aspecto aburrido que limpiaba, embutido en un uniforme varias tallas por debajo de lo que correspondía a su corpachón. Pasó por delante de la tienda de libros y revistas W. H. Smith y las máquinas recreativas, donde —incluso a esa hora, y seguramente hasta que las ranas criaran pelo— estaba sentado un tipo solitario y triste, pulsando los centelleantes botones de una tragaperras. Tras torcer una esquina, entró en el aseo de señoras.
—¡Alice!
La niña yacía en el suelo, enroscada en posición fetal, frente a la hilera de lavabos. Tenía el cabello sobre la cara y aún sujetaba la mochila con los dedos laxos de una mano. Se le había pegado un trocito de papel higiénico a la suela de una bota.
—Mierda. —Fran se puso de rodillas y le apartó el pelo negro del rostro. Alice respiraba de forma superficial pero regular. Cuando perdía el conocimiento, su respiración se volvía tan lenta que a menudo Fran se temía lo peor. Sin embargo, en aquel momento, mientras le acunaba la cabeza sobre el regazo, notó que se le estabilizaba. «Ya falta poco —pensó—. Vamos...»
Alice abrió los ojos despacio. Fran esperó, mirándola, mientras la chiquilla parpadeaba para despejar las brumas del aturdimiento. Aunque solo había estado inconsciente unos minutos, Alice se sumía con rapidez en el sueño más profundo, allí donde moraban las auténticas pesadillas. «Aquí hay monstruos.»
Fran sabía un par de cosas sobre esas pesadillas.
—Estoy aquí, cielo. Estoy aquí —le dijo en tono tranquilizador.
—Lo siento. Me...
—No pasa nada. ¿Estás bien?
Pestañeando, Alice se incorporó con la ayuda de Fran. La niña, aún adormilada, paseó la vista alrededor.
—¿Un baño?
—Sí.
Era lo habitual. Baños, probadores..., cualquier lugar donde hubiera espejos. Al principio, Fran creía que el miedo de Alice a los espejos era irracional, pero en realidad ningún miedo lo es. Para la persona que lo padece, tiene todo el sentido del mundo. Ella había llegado a comprenderlo mejor. Al parecer, había algo en los espejos que activaba el trastorno de Alice. Pero eso no era todo.
Se oyeron unos pasos que doblaban la esquina. Fran se volvió. Una mujer con un traje de comercial arrugado, zapatos con tacón de aguja gastados y demasiada sombra de ojos entró en los aseos. Tras echar un breve vistazo a Fran y Alice, pasó de largo y se detuvo ante los espejos, con el ceño fruncido.
Fran siguió la dirección de su mirada. Había estado tan centrada en Alice que hasta ese momento no se había percatado de que uno de los espejos de encima de los lavabos estaba roto. Había finos trocitos de vidrio desparramados por el suelo, cerca de ellas.
La mujer chasqueó la lengua.
—¡Hay que ver, la gente! —Volvió la vista hacia Fran y Alice—. ¿Se encuentra bien tu hija?
Fran forzó una sonrisa.
—Sí, gracias. Ha pegado un resbalón, eso es todo. Estamos bien.
—Vale. —La mujer asintió y, esbozando una sonrisa breve y cansada, abrió la puerta de un cubículo.
Seguramente se sentía aliviada por no tener que ayudar. Como la mayoría de las personas. Fingían estar dispuestos a tomarse molestias por los demás, pero en realidad nadie quería. Todos vivimos en nuestras fortalezas personales de egocentrismo.
La mujer de los tacones gastados y sombra de ojos seguramente se olvidaría de ellas antes de lavarse las manos y recogerse en los pliegues de su propia vida, su propia rutina, sus propios problemas.
O tal vez no. Tal vez se acordaría de la mujer y la niña que había visto en el suelo de los aseos. Tal vez se lo mencionaría a alguien, a un amigo o compañero de trabajo, a algún conocido de internet.
Tenían que ponerse en marcha.
—Vamos, cariño. —Se puso de pie y tomó a Alice del brazo para levantarla con cuidado—. ¿Puedes andar?
—Estoy bien. Solo me he caído.
Alice recogió su mochila —clic, clic, clac— y se la echó al hombro. Se encaminaron hacia la puerta. Alice se detuvo por unos instantes.
—Espera.
Dio media vuelta.
—¿Qué? —dijo Fran entre dientes.
Alice se acercó a los lavabos haciendo crujir los vidrios al pisarlos. Fran echó una ojeada nerviosa a la puerta cerrada del cubículo y después la siguió. Su propio reflejo fragmentado le devolvió la mirada desde los restos del espejo roto. Tenía un agujero negro en el centro. Le costaba reconocer a aquella extraña entre los trozos astillados. Apartó la vista y la bajó hacia el lavabo.
Junto al sumidero había un guijarro demasiado grande para irse por el desagüe, por más que Fran sintiera el deseo infantil de intentar meterlo por allí.
Alice lo cogió y se lo guardó en la mochila, junto a los demás. Fran no trató de impedírselo. No podía interferir en aquel ritual, aunque no supiera en qué consistía, ni de dónde procedía la piedrecilla.
La primera había aparecido hacía cerca de un año. Alice, que acababa de sufrir uno de sus episodios, yacía hecha un ovillo en el suelo del salón. Cuando volvió en sí, veinte minutos después, Fran advirtió que sostenía algo en la mano.
—¿Qué es eso? —le preguntó con curiosidad.
—Una piedrita. Me la he traído de allí.
—¿De dónde?
Alice sonrió, y un escalofrío de miedo le bajó a Fran por el espinazo.
—De la playa.
Desde entonces, cada vez que a Alice le daba un ataque, despertaba con un guijarro en la mano. Fran había intentado encontrar una explicación racional. A lo mejor Alice recogía las piedrecitas en algún sitio, las escondía y luego, cuando recuperaba el conocimiento, las cogía por medio de un hábil juego de manos. Era una explicación racional, pero no muy convincente.
Así que, ¿de dónde diablos salían esas cosas?
Se oyó que la mujer tiraba de la cadena.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Fran en tono enérgico.
Cuando llegaron a la puerta, volvió la mirada atrás. Había algo más en el espejo que no le gustaba. El agujero del centro. Que hubiera vidrios desperdigados por todo el suelo, pero apenas ninguno en el lavabo.
¿Había lanzado Alice el guijarro contra el espejo?
Pero cuando alguien rompe un espejo, los trozos de vidrio caen directamente hacia abajo. No salen disparados hacia delante.
Eso solo ocurriría si alguien arrojara un objeto a través del espejo.
Desde el otro lado.
Ella duerme. Una chica pálida en una habitación blanca. Los enfermeros la atienden con regularidad. Aunque no se encuentra en un hospital, recibe los mejores cuidados las veinticuatro horas del día. Los enfermeros están bien pagados y no se les pide mucho, solo que le den la vuelta a la joven, la laven y procuren mantenerla cómoda. Por lo demás, todo está monitorizado por máquinas.
A pesar de ello, el personal cambia a menudo. La mayoría se queda solo unos meses antes de buscar otro trabajo. Por lo general llegan a la conclusión de que el trabajo no les plantea suficientes retos. Necesitan más variedad, más estímulos.
Pero se equivocan.
Miriam es la empleada más veterana, pues ha trabajado allí desde el principio. Desde antes del principio, de hecho. Lo bastante para haber establecido un vínculo con la muchacha. Tal vez por eso continúa allí, a pesar de todo.
Todo comenzó un par de años atrás. Fue entonces cuando ocurrió por primera vez. Ella estaba en la planta de abajo, preparándose un té, cuando oyó una sola nota, tocada en un piano. Una única vez. ¿Podía haber despertado la chica? Imposible. Por otro lado, de vez en cuando se producía algún milagro.
Subió la escalera a toda prisa y entró en la habitación de la muchacha. Al parecer, todo estaba como siempre. La joven durmiente dormía. Las máquinas runruneaban: todos los valores eran normales. Miriam se acercó al piano. Una capa de polvo cubría las teclas. Estaban intactas.
Lo achacó todo a su imaginación. Una semana después, sucedió otra vez. Y luego, otra. Cada pocas semanas, la misma nota sonaba con fuerza desde la habitación de la chica. Nunca se sabía a qué hora del día o de la noche volvería a pasar.
Algunos empleados empezaron a hacer conjeturas sobre fantasmas, poltergeist o telequinesis. Miriam no quería ni oír hablar de estas tonterías. Sin embargo, no se le ocurría una explicación mejor, así que siguió ocupándose de su trabajo, intentando no pensar siquiera en ello.
Esa noche, cuando sonó la nota, se dirigió con paso cansino a la habitación de la muchacha. Echó un vistazo al piano y a las máquinas. Luego se quedó de pie junto a la joven durmiente y contempló su blanco rostro, su espesa cabellera rubio platino. Todo seguía igual. Le acarició el delgado brazo y dejó caer su mano sobre las sábanas. Arrugó el entrecejo. Notó en ellas una aspereza como de tierra. Eso no tenía sentido, acababan de cambiarlas. ¿Cómo podían haberse ensuciado?
Deslizó la palma sobre las sábanas, la alzó y se frotó los dedos entre sí.
No era suciedad.
Era arena.
El sendero era angosto y lodoso. Estaba flanqueado por tupidas arboledas. A Gabe, el paseo no le habría parecido especialmente pintoresco o agradable en un día de verano, menos aún en la oscuridad absoluta y el frío glacial de una noche de febrero.
Los retorcidos troncos de los árboles habían echado abajo las desvencijadas cercas de ambos lados. En algunas partes, las tortuosas ramas se juntaban en lo alto y se entrelazaban como dedos de amantes, sarmentosas como los nudillos de un boxeador.
Reprimió un estremecimiento. A veces maldecía su condición de escritor. O más bien de exescritor, pensó. Aunque, por otro lado, ¿de verdad podía alguien dejar de serlo? Como si fuera un alcohólico, el ansia siempre estaba allí.
De niño soñaba con escribir novelas, como sus ídolos Stephen King y James Herbert. Sin embargo, el hecho de criarse en una pequeña población turística costera venida a menos, sin padre y con una madre que se gastaba casi todo el dinero del paro en el pub, le había borrado la idea de la cabeza enseguida.
Los vecinos del pueblo veían con suspicacia a quien albergaba aspiraciones. El trabajo duro y el éxito de los demás simplemente les recordaban sus fracasos y sus malas decisiones. Quienes luchaban con uñas y dientes por salir de allí no recibían apoyo, sino burlas. «Se te están subiendo un poco los humos, ¿no?» «A tomar viento, tú y tu título pijo.»
Él fingía que no le importaban los estudios cuando estaba con sus amigos, pero se pasaba noche tras noche en su habitación, empollando para los exámenes. Sacaba notas más que aceptables y, a pesar de que había estado a punto de echar por la borda sus sueños en la adolescencia, antes de empezar a acariciarlos, se le presentó una segunda oportunidad. Consiguió plaza como alumno en la escuela politécnica local y luego un empleo mal pagado en una pequeña agencia de publicidad. Justo antes de que empezara a trabajar, su madre murió. La comunidad entera asistió al funeral, pero nadie colaboró con un penique. Gabe tuvo que empeñar las pocas pertenencias que a ella le quedaban para pagar el ataúd.
Después de pasarse tres años escribiendo en serie prospectos de supositorios vaginales, le ofrecieron un puesto en una agencia grande de las Midlands. Mientras trabajaba en una campaña, conoció a una diseñadora gráfica externa que se llamaba Jenny. Se enamoraron, se casaron... y Jenny se quedó embarazada. Y comieron perdices.
Pero eso nunca ocurría en la vida real.
Él solía bromear diciendo que mentía para ganarse la vida. Ja, ja.
Nadie se imaginaba hasta qué punto esa broma reflejaba la realidad.
«Me gano la vida mintiendo. Vivo una mentira.»
Ante él, el camino se ensanchaba y los árboles eran cada vez más escasos hasta desaparecer. Gabe llegó a un terraplén estrecho. Una escuálida rodaja de luna flotaba en una extensión de agua tranquila. Un lago.
No era un lago grande. Medía unos diez metros de ancho y quince de largo. Al otro lado, estaba bordeado por más árboles. Ligeramente a la derecha, se alzaba la elevada cresta de una colina. Aislada. Oculta. Al igual que el sendero del bosque, no resultaba agradable a la vista. Una humedad fétida se respiraba en el aire. El terraplén descendía de forma abrupta, lleno de latas y viejas bolsas de plástico. La superficie del lago estaba cubierta de algas marrones.
Y, en el centro, sumergido a medias en el sucio líquido, había un coche.
Sin duda en algún momento había estado sumergido del todo, pero el último par de años había sido más seco de lo normal. Los niveles de agua nunca habían estado tan bajos. Poco a poco, el lago había ido retrocediendo hasta dejar al descubierto el coche. Eso explicaba la abundancia de latas y bolsas de supermercado varadas en el terraplén.
Gabe descendió hasta la orilla. Se le mojaron las puntas de las zapatillas. El vehículo estaba oxidado y envuelto en algas viscosas. En la oscuridad, parecía casi del mismo color que el agua. Pero Gabe alcanzó a vislumbrar algo en la luneta, apenas visible a la luz de su linterna:
«Toca el pit si est s c chonda».
«Te go el claxon est opeado. At nto a mi edo.»
Avanzó un paso más, sin importarle que se le empaparan los calcetines.
—¿Tengo razón o no? —dijo de pronto una voz.
—¡Hostia!
Giró sobre los talones. El Samaritano se encontraba detrás de él. Debía de haber salido de la espesura, o simplemente se había materializado en medio de una nube de humo. Las dos posibilidades le parecían factibles a Gabe.
El Samaritano era alto y delgado. Como de costumbre, iba vestido de negro. Vaqueros negros, chaqueta negra larga. Tenía la piel casi igual de oscura. La cabeza rapada relucía bajo la luna. Los dientes eran de un blanco radiante. Uno de ellos llevaba incrustada una piedra pequeña e iridiscente, como una perla. Cuando, en cierta ocasión, Gabe le había preguntado qué era, él había fruncido el ceño.
—Me la traje de un lugar que visité. La llevo siempre conmigo.
—¿Como un souvenir?
—Sí. Para que me recuerde que no vuelva nunca.
Esto había puesto fin a la conversación. Gabe sabía que no convenía hurgar más en el asunto.
Clavó la vista en el Samaritano.
—Por poco me matas de un infarto.
—Lo siento.
El Samaritano desplegó una sonrisa. No parecía arrepentido. Gabe no le echó la bronca por ello, del mismo modo que no le preguntó qué hacía allí, a la orilla de un lago, a las tantas de la noche.
—¿Es este el coche? —inquirió el Samaritano.
Casi todos los adhesivos se habían descolorado o despegado en parte. Medio vehículo se encontraba bajo el agua, y la matrícula brillaba por su ausencia. Pero Gabe lo supo.
—Este es el coche —asintió.
Lo recorrió una oleada de debilidad. Notó que se tambaleaba. Por un momento, creyó que iba a vomitar. «Este es el coche.» Por fin había pronunciado las palabras, después de tanto tiempo. No eran imaginaciones suyas. El coche era real. Existía. Estaba justo allí, delante de sus narices. Y si el coche era real...
—Ella no está dentro —aseguró el Samaritano.
Las náuseas remitieron. Izzy no había muerto en una ciénaga hedionda; el agua estancada no le había arrebatado su último aliento mientras ella arañaba las ventanillas, sin poder...
«Basta —se dijo—. Para de una puta vez.» Se pasó los dedos por el cabello y se frotó los ojos con furia, como si fuera posible desprenderse de los pensamientos negativos a fuerza de restregar. El Samaritano se limitaba a observarlo, aguardando a que se tranquilizara.
—Hay otra cosa que tienes que ver.
Pasó junto a él y se adentró caminando en el agua. En cierto modo, a Gabe no le habría sorprendido que hubiera comenzado a andar sin más sobre la superficie. O a lo mejor eso era cosa de otro hermano.
Cuando llegó hasta donde estaba el coche, volvió la mirada hacia Gabe.
—Te digo que tienes que ver esto.
Gabe no quería que volviera a pedírselo, así que echó a andar por el agua en pos del Samaritano. Aunque no estaba tan fría como imaginaba, se le puso la carne de gallina en los hombros y se le cortó la respiración. Apretando los dientes, se abrió paso entre las algas en descomposición, el agua turbia le lamía la entrepierna, el olor reptaba por sus fosas nasales y le revolvía el estómago.
Alcanzó el coche. El hedor era aún peor allí.
—¿Qué demonios...?
Por toda respuesta, el Samaritano extendió el largo brazo para accionar la apertura del herrumbroso maletero, que cedió con un chirrido. Lo abrió del todo con la mano.
Gabe echó un vistazo al interior.
Se volvió hacia el Samaritano.
Vomitó.