Entonces, todas las historias se contarán de otro modo, el futuro será impredecible, las fuerzas históricas cambiarán, de manos, de cuerpos, otro pensamiento aún no pensable transformará el funcionamiento de toda sociedad. De hecho, vivimos precisamente esta época en que la base conceptual de una cultura milenaria está siendo minada por millones de topos de una especie nunca conocida.

Cuando ellas despierten de entre los muertos, de entre las palabras, de entre las leyes.

HÉLÈNE CIXOUS

La novela no se edificó —ya desde el principio— en la imagen alejada del pasado absoluto, sino en la zona de contacto directo con esa contemporaneidad imperfecta. En su base está la experiencia personal y la libre ficción creadora.

MIJAÍL BAJTÍN

¿Qué pasa cuando el otro falta en la estructura del mundo? Sólo reina la brutal oposición del sol y de la tierra, de una luz insostenible y de un abismo oscuro […]

Mundo crudo y negro, sin potencialidades ni virtualidades: lo que se ha desmoronado es la categoría de lo posible.

GILLES DELEUZE

La auténtica historia, la que cuenta, la que importa, se suele escribir a partir de lo que falta.

ESTRELLA DE DIEGO

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faltar

De falta.

1. Dicho de una cualidad o de una circunstancia: No existir en lo que debiera tenerla.

2. Consumirse, acabar, fallecer.

3. Fallar (no responder como se espera).

4. No acudir a una cita u obligación.

5. Dicho de una persona o de una cosa: Estar ausente del lugar en que suele estar.

6. Dicho de una persona o de una cosa: No estar donde debería.

7. Dicho de una persona: No corresponder a lo que es, o no cumplir con lo que debe.

8. Dejar de asistir a alguien.

9. Tratar con desconsideración o sin el debido respeto a alguien.

10. Tener que transcurrir el tiempo que se indica para que se realice algo.

11. Carecer.

12. Eso faltaba, o faltaría: Expresión para rechazar una proposición.

13. Faltar poco para algo: Estar a punto de suceder algo o de acabar una acción.

14. No faltaba más: Expresión para rechazar una proposición por absurda o inadmisible. Pero también expresión para manifestar la disposición favorable al cumplimiento de lo que se ha requerido.

15. No faltaba más sino que: Expresión para encarecer lo extremadamente desagradable, extraño o increíble que sería algo.

Diccionario de la Real Academia Española

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BUSCANDO A DENNY
SIBERIA, C. 90.000 A.C.

LA EVIDENCIA DE UN ENCUENTRO

1

Nuestra historia comienza una tarde con niebla del mes de septiembre de 2015 en uno de los laboratorios del Instituto Max lanck de Antropología Evolutiva. Situado en la ciudad de Leipzig, en Alemania, se trata de uno de los centros de investigación más punteros del mundo en el estudio de la historia de la humanidad. Aquella tarde, en una sala del imponente edificio acristalado, una joven científica de origen francés llamada Viviane Slon se llevó la sorpresa de su vida.

«Debe de ser un error», murmuró impresionada mientras se retiraba las gafas y se restregaba los ojos varias veces antes de volver a mirar en el ordenador los resultados del análisis genético que acababa de realizar. Viviane estaba estudiando una muestra de ADN extraída del pequeño hueso de un individuo prehistórico encontrado en las cuevas de Denisova, en Siberia. Según sus cálculos, Denny —el nombre que le habían puesto a aquel antepasado que debía de tener unos trece años cuando murió— había desaparecido hacía aproximadamente noventa mil años. Viviane leyó los porcentajes de nuevo. Al parecer, Denny poseía prácticamente la misma proporción de ADN neandertal que denisovano. «Se habrán mezclado las pruebas, es imposible», se dijo temblando para sus adentros.

Para cualquier persona ajena al mundo de la paleogenética probablemente no resulte del todo evidente la razón por la que Viviane Slon estaba tan impresionada. Es incluso posible que nunca hasta ahora haya escuchado hablar de los denisovanos. Pero lo cierto es que la joven científica tenía motivos más que suficientes para estar emocionada, pues lo que estaba a punto de descubrir era la primera evidencia material jamás encontrada de un ser humano híbrido de primera generación. Si los resultados se confirmaban, los padres de Denny habían pertenecido a dos especies diferentes, la neandertal y la denisovana, que vivieron en Eurasia y desaparecieron hace decenas de miles de años.

¿Otras especies humanas? Es inevitable que al leer frases como esta, especialmente si no se tienen conocimientos de antropología o se han olvidado hace tiempo, la primera reacción sea de sorpresa. Los sapiens estamos tan acostumbrados a creernos los reyes de la creación que la idea de que el género Homo al que pertenecemos integre otras especies aparte de la nuestra —como los neandertales o los denisovanos— y forme parte de una familia animal variada y numerosa en la que nuestros parientes cercanos son primates resulta a menudo difícil de creer. La aceptamos en clase de ciencias, al visitar una cueva prehistórica o en un museo, pero el resto del tiempo asociamos estas ideas con la ciencia ficción. Sin embargo, el significado del término humano en realidad hace referencia a un conjunto de rasgos —como el tamaño del cráneo, el tipo de dientes o la capacidad de caminar sobre dos extremidades— que de hecho tenemos en común con otras especies desaparecidas.

«Sin duda, esta es una historia de persistencia», pensó Viviane meses más tarde al preparar de nuevo el laboratorio para repetir la extracción de muestras del diminuto hueso. Sus colegas de Oxford y Mánchester habían tenido que examinar nada menos que 1.227 restos fósiles, todos ellos procedentes de Denisova, antes de encontrar uno que hubiera pertenecido a un ser humano y no a un animal, como las hienas, viejas y astutas moradoras de las cuevas. Y ese uno que le habían enviado como si fuera una reliquia era el pequeño fragmento óseo de apenas 2,5 cm que había pertenecido a Denny y del que ahora trataba de obtener una nueva muestra genética para repetir los análisis.

Puso extremo cuidado en seguir todos los protocolos y evitar así posibles errores. Antes de llevarse la sorpresa de su vida, incapaz de imaginar ni por asomo que pudiera ser las dos cosas al mismo tiempo, su propósito inicial simplemente había sido averiguar si el ADN de aquel individuo coincidía con las variantes neandertal o con la denisovana, pues en las cuevas se habían encontrado restos fósiles de ambas. Además, quizá tenía curiosidad por conocer el sexo, lo que también revelaría el análisis genético, para así poder imaginarse mejor cuál habría sido el aspecto de Denny.

Ya era hora de saber si Denny había sido un niño o una niña prehistórico.

Mientras esperaba los nuevos resultados, la imaginación de Viviane Slon viajó hasta el macizo de Altái, al sur de Siberia, onde se encuentran las grutas de Denisova, llamadas así en homenaje a Denís, un ermitaño que las ocupó durante el siglo xviii. En sus inmediaciones habría vivido el pequeño o la pequeña Denny. Aquel lugar silencioso, situado cerca del río Anui, tenía sin duda algo especial, magnético. Los fragmentos óseos que, como el suyo, se habían encontrado en las cuevas los últimos años escondían verdaderos tesoros en su interior que podían ayudar a responder a una de nuestras más viejas preguntas: ¿de dónde venimos? Durante los siguientes tres años, Slon repitió la prueba hasta seis veces. Y en todas las ocasiones el resultado fue idéntico. Tenía que ser real. Denny había sido una niña mitad neandertal, mitad denisovana. ¿Qué podía significar?

2

La respuesta a esta pregunta era demasiado emocionante para pronunciarla en voz alta y por eso, aquella tarde de septiembre de 2015, al comienzo de la investigación, Slon prefirió guardar celosamente el secreto. Un híbrido de primera generación. Cada vez que lo pensaba podía sentir las mariposas en el estómago y le temblaban las manos. El hallazgo era, sencillamente, el sueño de cualquier investigador dedicado a la prehistoria. Con poco más de treinta años, al comienzo de su carrera, había descubierto por azar un hecho capaz de cambiar nuestra comprensión de los orígenes de las que faltaban la humanidad y abrir la puerta a nuevas interpretaciones sobre nuestro pasado remoto.

Además, suponía una prueba indiscutible de que su mentor, Svante Pääbo, uno de los padres de la paleogenética, estaba en lo cierto al defender la teoría de que los sapiens habían convivido con otras especies humanas hoy desaparecidas, como los neandertales o los denisovanos, y que se habían cruzado entre ellas más a menudo de lo que habíamos imaginado.

Lo cierto es que aquel huesecito volvía poroso el concepto mismo de especie, pues tradicionalmente se había pensado que uno de los rasgos que definía y separaba a las especies entre sí era justamente el hecho de no poder tener descendencia fértil. La existencia de Denny cuestionaba esta creencia. Y es que, antes de que fuera posible aplicar los avances de la biología molecular a la paleontología, la hipótesis más frecuente era que el Homo sapiens había evolucionado sin mezclarse con otras especies. Es más, en el imaginario popular, en el que convergen ficciones y relatos mitológicos, el sapiens aparece a menudo como si fuera una especie única que hubiera ido evolucionando en línea recta desde nuestros ancestros africanos, quienes por otro lado se parecen sospechosamente a los padres bíblicos, Adán y Eva.

Como explica Yuval Noah Harari en su obra Sapiens, este tipo de imágenes fantasiosas evidencian lo mucho que nos resistimos a aceptar mentalmente que hace cien mil años convivieran en el planeta hasta seis especies humanas conocidas y que todas ellas hubieran evolucionado a partir de un género anterior de simios llamados Australopithecus. Hace unos dos millones de años algunos de ellos dejaron África y, en Europa, Asia o en otras regiones, como la isla de Flores en Indonesia, evolucionaron en las distintas especies humanas conocidas. En la propia África evolucionó el Homo sapiens y, mucho tiempo después, hace unos setenta mil años, salió de su tierra natal y se extendió por todo el mundo. Entre las demás especies, los parientes más cercanos de estos sapiens modernos, nuestra especie, eran los denisovanos y los neandertales, a quienes durante mucho tiempo los científicos consideraron muy inferiores, menos inteligentes y avanzados que los sapiens, como si fueran unos hermanos extravagantes de los que avergonzarse. De ahí que costara creer que se hubieran cruzado.

Este era el modelo explicativo que Svante Pääbo, el mentor de Viviane Slon, se había propuesto derrumbar. Y para ello fue siguiendo las huellas de los neandertales hasta dar con ellos. Con su ayuda, quería desmentir el mito del sapiens como hijo único de la creación. Así, en la última década había encabezado desde el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva el proyecto que secuenció su ADN; al comparar su genoma con el de humanos actuales de diferentes partes del mundo el resultado fue impresionante y muy polémico: los sapiens modernos les debían alrededor del 2 por ciento de su genética. Es decir, según afirmaba Pääbo, los sapiens que salieron de África hace aproximadamente setenta mil años se encontraron en Europa occidental con los corpulentos neandertales y, lejos de pasar de largo sin rozarse, se habían mirado a los ojos y se habían mezclado. Es posible que incluso se comunicaran entre ellos, si bien también es probable que a menudo se sintieran lost in translation al faltarles un lenguaje común. Aunque los neandertales se acabaran extinguiendo —acontecimiento envuelto de gran misterio— hasta cierto punto aquellos antepasados aún vivían genéticamente en los humanos actuales.

El descubrimiento de los denisovanos también había sido muy emocionante. En 2010, el propio Pääbo había sorprendido al mundo entero con los resultados arrojados por el análisis genético de un diminuto trozo de hueso parecido al de Denny y encontrado también en las cuevas siberianas de Denisova. Pertenecía a una especie por aquel entonces desconocida del género homo. Un nuevo pariente de los sapiens y los neandertales. Un hermano aún más misterioso que estos últimos, pues lo único que había dejado eran algunos huesos y dientes hallados en aquellas oscuras cuevas, en las montañas de Altái. No sabemos casi nada sobre quiénes eran ni cómo desaparecieron. En todo caso, como explica Yuval Noah Harari, también se encontraron trazas de su ADN en el genoma de humanos actuales melanesios y aborígenes australianos. Otro misterioso ancestro que aún vivía genéticamente en los sapiens modernos.

Pero Denny —pensaba Viviane Slon minutos antes de que comenzara a sonar su teléfono tres años después de aquella tarde con niebla de 2015 y ya no parara de hacerlo en varios días— era mucho más que una traza. Era la evidencia del encuentro entre una humana neandertal y uno denisovano. Y de que había nacido una niña. Ahí estaba ella —el huesecito triunfal con miles de años de antigüedad— para evidenciar que los humanos modernos no llegaban hasta nosotros pisando fuerte y siguiendo una línea recta desde África como si fueran llaneros solitarios. Sin duda este había sido un modelo explicativo masculino y vertical. ¡Siempre se habían mezclado! Veníamos del cruce y la diversidad. En definitiva, los humanos habíamos estado menos solos y aislados de lo que creíamos y Denny permitía imaginar en femenino un pasado multiespecie colorido y en movimiento.

3

La noticia saltó a la prensa internacional el 22 de agosto de 2018. Una joven paleontóloga francesa del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva había descubierto la primera descendiente directa de dos especies distintas. La prestigiosa revista Nature acababa de publicar los resultados del pionero estudio.10 Habían pasado justo dos años desde la polémica suscitada por el coleccionable sin mujeres. Aunque apenas habían transcurrido veinticuatro meses desde entonces, parecían siglos. Aquello era antes del tsunami Trump, del movimiento #MeToo y del último 8 de marzo.

Denny era el descubrimiento de otra época y, a los hombres y mujeres que esta vez leyeron la noticia, no se les escapó el poderoso valor simbólico que también convocaba el titular. Una mujer joven de simpático rostro firmaba el artículo que difundía los resultados del descubrimiento. Además, en un ejercicio de hermosa simetría, el destino había querido que el individuo clasificado como Denisova 11 perteneciera también al sexo femenino. En otras palabras, en aquel diminuto hueso encontrado en la cueva siberiana también había quedado marcado otro encuentro, otro cruce, el de las vidas de Viviane Slon y Denny.

La historia parecía sacada de Blade Runner 2049, una película de ciencia ficción dirigida por Denis Villeneuve que se había estrenado unos meses antes del descubrimiento de Denny y que continuaba la obra de culto dirigida por Ridley Scott en 1982. Viviane Slon recordaba a la solitaria doctora Ana Stelline, representada por la actriz Carla Juri, una científica que se dedicaba al diseño e implante de recuerdos en un inmaculado laboratorio. Para sorpresa del espectador y de K —el personaje masculino dominado por fantasías narcisistas representado por Ryan Gosling— era ella quien resultaba ser la hija y no el hijo de Rick Deckard, el mítico personaje de la novela de Philip K. Dick llevado a la pantalla por Harrison Ford, y Rachel, la replicante encarnada por Mary Sean Young. También en la película dirigida por Villeneuve era esencial el análisis genético para que se produjese el descubrimiento y, al igual que en nuestra historia, el nacimiento de Ana parecía imposible, pues se creía que las replicantes no podían tener hijos.

La distancia que separaba a la pareja formada por Viviane Slon y Denny de los dos personajes que protagonizaron otro de los acontecimientos más impactantes y conocidos de la arqueología contemporánea era enorme. Sucedió la madrugada del 29 de noviembre de 1974, cuando el paleontólogo Donald Johanson, acompañado de uno de sus estudiantes, paró el Land Rover que conducía en las inmediaciones de un nuevo yacimiento que quería mostrarle, ubicado en el valle de Awash, en la región de Afar, a unos doscientos kilómetros de Adís-Abeba, en Etiopía. Al regresar por un camino distinto, a Johanson le pareció distinguir claramente los restos del brazo de un homínido. Estaba a punto de hacer historia. Tres semanas después finalizaba la excavación con resultados asombrosos. Habían logrado reconstruir un esqueleto casi completo de un único individuo que había vivido hacía más de tres millones de años. La bautizaron Lucy porque la noche del descubrimiento, incapaces de irse a dormir, escucharon sin parar la canción de los Beatles «Lucy in the Sky with Diamonds»... Y porque era un acontecimiento alucinante.

Como la tecnología disponible y la antigüedad de los restos encontrados no permitían realizar análisis genéticos, el equipo encabezado por Johanson tuvo que atribuir el sexo estudiando directamente el esqueleto fosilizado. La altura (1,05 m) y la anatomía de la pelvis le empujaron a concluir que, sin duda, se trataba de una mujer. Lucy era la antepasada más remota de la que se tenía noticia, la madre de la humanidad, una maravillosa Australopithecus afarensis, el ancestro más antiguo y asombroso jamás hallado hasta ese momento. La fama que adquirió el intrépido paleontólogo americano fue inmediata y perdura hasta nuestros días. Tanto es así que, en Estados Unidos, todavía hoy, Johanson es apodado como «The Lucy Man», El hombre de Lucy.

Y, sin embargo, una sombra de duda empañó desde el principio el espectacular descubrimiento. ¿Era Lucy verdaderamente una mujer? ¿Cómo podía deducirse solo por su estatura si no existían restos tan completos de un homínido masculino con el que establecer la comparación? ¿Acaso los hombres Australopithecus no podían ser bajitos?, preguntaron enseguida las feministas.12 Faltaban evidencias. En cuanto a la anatomía de la pelvis, modificada evolutivamente para permitir que cupiera el cráneo durante el parto, ¿podía afirmarse que ya cumplía esta función en una época en la que la capacidad craneal medía menos de 500 cm3?

No sería la primera vez que la arqueología patinaba estrepitosamente al atribuir el sexo a un fósil.14 Origen y mujer eran una buena combinación, sobre todo en una época como los setenta, ávida por conocer cómo era «la mujer prehistórica», una gran desconocida, y el doctor Johanson sin duda salía muy favorecido en las fotografías de la época ofreciendo fascinantes explicaciones a lo Indiana Jones sobre el hallazgo. Sin embargo, preguntaron algunas voces disconformes, ¿no se había bautizado a Lucy demasiado rápido? ¿No respondía la atribución sexual a un sesgo arqueológico?15 Si el descubrimiento se hubiera producido hoy, y se repitiera la puesta en escena con las fotografías del paleontólogo revelando todos los secretos del pequeño esqueleto, tal vez habrían circulado memes en las redes sociales acusando al doctor Johanson, «The Lucy Man», de hacer un mansplaining.

Denny, qué duda cabe, era el descubrimiento de otra época. Y la evidencia de otro encuentro. Uno que hablaba de cruces y no de orígenes, de sucesoras y no de parientes. Y lo habían hecho posible dos mujeres a las que separaban más de noventa mil años de distancia. Una de ellas no era ya más que un pequeño y misterioso hueso; la otra trataba de leer en él una de las páginas que faltaban en el libro de nuestra historia.

EN EL FONDO DE LA CUEVA

4

El hallazgo de Denny despertó todo tipo de elucubraciones. ¿Se habrían enamorado sus padres durante un inesperado encuentro entre ambas especies? ¿Estábamos ante una historia de sexo híbrido a lo Rick Deckard y Rachel en Blade Runner 2049, perfecta para una nueva generación de millennials? ¿O su nacimiento sería el fruto de una violación? ¿O tal vez formaría parte de algún intercambio entre los dos misteriosos grupos humanos? ¿Por qué apareció en la cueva? ¿Vivía allí junto a otros miembros de su clan para protegerse de las frías temperaturas? ¿O su cuerpo habría sido devorado por una astuta hiena en un rincón oscuro y silencioso? ¿Fue una niña especial aceptada por su clan o las diferencias físicas derivadas de su condición híbrida constituyeron un obstáculo para su integración?

Denny no solo nos dejó un pequeño hueso sino también un montón de preguntas a las que es imposible responder a ciencia cierta. La prehistoria es una disciplina que avanza a partir de hipótesis y modelos explicativos, no de verdades incontestables, pues la escasez de materiales y documentos impide realizar interpretaciones definitivas. En el caso de Denny es aún más complejo econstruir su vida, pues además de ser el primer híbrido hallado de primera generación, por el lado paterno es denisovana, una especie de la que no sabemos gran cosa. En otras palabras, la niña híbrida es una gran desconocida y, probablemente, lo siga siendo siempre.

En este sentido, Denny es un buen símbolo de la mujer prehistórica en general, «la mitad invisible de la humanidad», en palabras de la historiadora de la ciencia Claudine Cohen.16 Desde su fundación como disciplina, la prehistoria ha proyectado una y otra vez esquemas mentales sesgados al plantear la pregunta —por otro lado muy delicada— sobre nuestros orígenes. Como denunciaron Margaret Conkey y Janet Spector en 1984, existe el viejo error de asimilar el género Homo con el hombre, masculino singular, y a este último con la Humanidad. El resultado es que no solo se imagina a nuestras antepasadas desde esquemas de pensamiento androcéntricos sino que, además, la diferencia sexual ha tendido a borrarse literalmente dada la dificultad de atribuir un sexo a los pocos recuerdos —herramientas, pinturas, fósiles— que nos han dejado.

Como ya hemos visto, cuando leemos que hace unos setenta mil años una banda de aventureros sapiens salieron de África «a invadir el mundo»18 y se extendieron desde Oriente Próximo por Europa y Asia, tendemos a imaginar una horda de hombres, aunque el sentido común nos diga que ellas forzosamente tuvieron que acompañarlos. ¿O es que se reprodujeron entre sí? Es difícil ver mujeres cuando se nos cuenta que, de algún modo, se las apañaron para llegar a Australia por mar hace unos cuarenta y cinco mil años, arramplando con la fauna y la flora autóctona desde el momento en que dejaron su huella en la arena de la playa en la que desembarcaron.19 O que grupos nómadas cruzaron a América por el estrecho de Bering. Y, sin embargo, allí fueron con ellos. Ocurre lo mismo cuando pensamos que hace cuatrocientos mil años los humanos ya cazaban y cien mil años después ya usaban el fuego de forma cotidiana. O, dando un salto temporal de gigante, cuando leemos que hace treinta mil años los humanos modernos —muy semejantes a nosotros— ya habían inventado las lámparas de aceite, las barcas y las flechas. El mundo que proyectan estas fotografías en blanco y negro es, en definitiva, lejano y masculino.

Dependientes de los hombres y limitadas a su función reproductora, las mujeres como Denny o sus hermanas neandertales y sapiens casi siempre han sido imaginadas como un cero a la izquierda en lo que respecta a su contribución a la evolución humana. Hasta Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, veía a nuestras antepasadas prehistóricas como «juguetes de oscuras fuerzas pasivas», encerradas en el fondo de una gruta y dedicadas exclusivamente al «inútil o incluso inoportuno»20 trabajo del parto y la crianza, que ni siquiera consideraba verdaderas actividades humanas sino alienantes funciones naturales sin proyección alguna. Las mujeres prehistóricas como Denny carecían para Beauvoir de trascendencia existencial y no había en sus tareas ningún motivo para enorgullecerse. «Los trabajos domésticos a los que se consagra, porque son los únicos que puede conciliar con las cargas de la maternidad, la encierran en la repetición y en la inmanencia; se reproducen día tras día en forma idéntica que se perpetúa casi sin cambios de siglo en siglo; no producen nada nuevo».21 El caso del hombre le parecía distinto, pues a diferencia de mujeres como Denny o su madre neandertal, para Simone de Beauvoir, ellos no estaban condenados a sufrir pasivamente su «destino biológico».

Y, sin embargo, pensó Viviane Slon cuando confirmó el sexo, la edad y la condición híbrida de Denny, la niña «sobrevivió a la infancia, lo que significa que alguien tuvo que cuidarla».22 Esta otra fotografía, en la que vemos a una hija que necesitó el apoyo del grupo para crecer sin duda refleja un mundo más colorido en el que la mitad de la humanidad no es invisible. Como se podía leer en otra de las pancartas que levantaban mis estudiantes de literatura el 8 de marzo de 2018: «Sin Hermione, Harry Potter habría muerto en el primer libro».

5

Más que su «inoportuna» costumbre de dar a luz, lo que sin duda ha mantenido tanto tiempo a las mujeres en el fondo de la cueva prehistórica es el empeño que han mostrado muchos investigadores para que permanezcan allí, a oscuras y en silencio. Hasta los años setenta del siglo pasado, momento en el que se produjo una eclosión feminista en la paleonto-antropología, el modelo desde el que se explicaba el proceso de hominización era escandalosamente androcéntrico. Es cierto que Charles Darwin dio un buen baño de humildad a las fantasías verticales de llanero solitario que se hacía el ser humano al mostrarle en El origen de las especies por medio de la selección natural, publicada en 1859, que solo era una especie animal entre otras. Sin embargo, Darwin no fue tan humilde al expresar su parecer respecto a la posición que ocupaban los hombres en la guerra de los sexos.

Así, en otra obra pionera de 1871, El origen del Hombre y la selección en relación al sexo, situó el cráneo de las mujeres en una posición intermedia entre el de un niño y un hombre.23 Este último, escribió sin que tengamos constancia de que se sonrojase, «es más valiente, combativo y vigoroso, y posee un genio más inventivo». Pero además, añadió unas páginas después, el hombre también es superior mentalmente, como podría probarse rápidamente si hiciéramos una lista en la que se reflejasen los nombres de todas las personas que han destacado escribiendo poesía, componiendo música o creando obras de arte.24 Como vemos, explica Marylène Patou-Mathis en su libro El hombre prehistórico es también una mujer, la prehistoria, fundada en el siglo xix, es una disciplina que proyectó los prejuicios de la sociedad victoriana sobre sus representaciones de la mujer y la familia. Debajo de la insistencia de Darwin en presentar la inferioridad de la mujer como un hecho científico podemos percibir el latido de las posturas antifeministas de su época que buscaban excluir a las mujeres del espacio público y relegarlas a la esfera doméstica.25 «Quizá todos venimos de los simios», podemos imaginar que concedieron los contemporáneos victorianos de Darwin, «pero entre nosotros y las damas deben mantenerse las distancias».

Con estos antecedentes poco alentadores no sorprende que, casi un siglo más tarde, en los años cincuenta del siglo xx, se siguiera creyendo que la contribución de las mujeres en materia evolutiva había sido prácticamente nula. Sobre todo respecto a la gran hazaña que, empezaba a creerse, había puesto a nuestros abuelos en el camino correcto hacia la hominización: la caza. Efectivamente, durante aquellos años cincuenta álgidos en la construcción de la conservadora «mística de la feminidad», en palabras de Betty Friedan,26 la escuela norteamericana de antropología encabezada por Sherwood Washburn propuso un modelo explicativo de la hominización que trataba de superar la antropología racista de las décadas anteriores. En ese contexto, la caza —una actividad común a todos los hombres con independencia del color de su piel— pasó a desempeñar un papel clave.

Para cazar, razonaban los norteamericanos de los años cincuenta mientras ahuyentaban los fantasmas del nazismo, el hombre tuvo que desarrollar habilidades manuales e inventar herramientas; adquirir fuerza y precisión tanto para matar a la presa como para descuartizarla y transportarla de regreso a la cueva; aprender a descifrar huellas y a enfrentarse a animales de gran tamaño; y, sobre todo, tuvo que colaborar con otros hombres para que la hazaña tuviera éxito y para intercambiar las presas después. Dicha colaboración estrecha entre ellos, seguían razonando, les llevó a inventar el lenguaje. Y debían pensar que todo aquello se había llevado a cabo sin intervención alguna de las mujeres. O, por lo menos, ellas no aparecían en la foto.

Con tanto trabajo que hacer, ¿acaso no era comprensible que los hombres prehistóricos llegaran a la cueva tarde y terriblemente agotados?

6

Volviendo al pequeño hueso que nos dejó Denny, cabe preguntarse por qué desaparecieron las especies neandertal y denisovana a las que pertenecían sus padres. Lo cierto es que el misterio y el debate acompañan con frecuencia esta pregunta, a la que se ha dado respuesta a través de dos teorías fundamentales.27 La primera de ellas, defendida por científicos como Pääbo o Slon, dibuja un escenario en el que apiens y neandertales cooperaron y se entremezclaron. La parte occidental del continente europeo habría estado ocupada mayoritariamente por neandertales y la oriental seguramente por denisovanos, pero un hallazgo como el de Denny, en el que se evidencia dicho entrecruzamiento entre especies, revelaría que existieron zonas fronterizas de contacto, como Siberia. Los neandertales terminarían desapareciendo no porque los sapiens acabaran con ellos sino porque poseían una demografía, unos hábitos alimenticios y unas costumbres de interacción social —incluido el lenguaje complejo— diferentes a los de los sapiens, lo que les habría condenado a la progresiva extinción.

La segunda teoría es menos buenista, pues explicaría la desaparición de los padres de Denny como consecuencia del primer genocidio perpetrado por los aventureros sapiens llegados de África. Un genocidio de miles de años de duración, claro está, que tampoco sustituiría completamente la teoría del entrecruzamiento. Según este otro modelo explicativo, el encuentro entre especies habría sido violento y bestial, y la victoria de los sapiens les habría permitido heredar la tierra en exclusiva. No es extraño, entonces, que el resto de especies humanas que poblaban nuestro planeta dándole color y movimiento acabasen desapareciendo hace unos treinta mil años. Los sapiens se quedaron solos, más orgullosos de su verticalidad que nunca, pero también faltos de hermanas y hermanos de otras especies. Se convirtieron, definitivamente, en los hijos únicos de la creación.

El huesecito de Denny es capaz de contar aún más historias. Su localización en una cueva nos recuerda la importancia que tuvieron estos espacios para los humanos de los orígenes, sobre todo teniendo en cuenta que los inviernos eran más fríos que ahora. De hecho, es sorprendente que los sapiens lograran adaptarse y los neandertales y denisovanos se extinguieran, pues estos últimos estaban mucho más adaptados a las gélidas temperaturas que nuestros ancestros salidos de África. En las cuevas encontraron un espacio de protección que les permitía recuperar el aliento y guarecerse de los peligros. Allí dejaron sus huellas en forma de pinturas y allí, seguramente, practicaron rituales y conversaron alrededor del fuego.

Pero, quizá, la historia más novedosa que cuenta el descubrimiento de Viviane Slon es que, gracias a la ciencia, hoy podemos empezar a ver un poco mejor a esa «mitad invisible de la humanidad» a la que se refería Claudine Cohen.

Un ejemplo más de la tendencia a atribuir el sexo a los restos que se encontraban nos lleva a 1872, un año después de que Darwin situara a las mujeres en una posición intermedia entre los hombres y los niños, cuando fue descubierto en la cueva de Cavillon, en el yacimiento de Balzi Rossi, en Ventimiglia, Italia, cerca de la frontera con Francia, un fósil de Homo sapiens con una antigüedad de veinticuatro mil años. El cráneo estaba muy bien conservado y llamaba la atención por estar ricamente recubierto de conchas marinas, lo que parecía indicar su carácter noble. Fue bautizado como «Homme de Menton» y enseguida se convirtió en una reliquia muy valiosa, pues representaba un testimonio extraordinario para estudiar los ritos funerarios en el paleolítico. Sin embargo, un estudio anatómico más profundo realizado en 2016 concluyó que el Hombre de Menton en realidad era la Mujer de Menton y que la falsa atribución se debía al sesgo arqueológico. Del mismo modo que numerosas mujeres, como veremos más adelante, estudiaron, viajaron y lucharon travestidas, ¿cuántas otras damas, cabe preguntarse, deben dormir en nuestros museos como si fueran hombres? Aunque existen famosas excepciones, como «la dama roja de Paviland», hallada en 1823 y catalogada de este modo por el hecho de llevar un collar, o la ya mencionada Lucy, lo cierto es que aún hoy resulta difícil encontrar mujeres entre los pocos restos arqueológicos que las han sobrevivido. Para determinar el sexo de un fósil el procedimiento habitual sigue siendo el estudio de la pelvis o, si no ha perdurado, la comparación de los restos analizados con otros esqueletos que se conservan. Analizar el ADN, como hizo Viviane con el huesecito de Denny, es costoso y no siempre lo permite su estado de conservación.

En todo caso, los avances de la ciencia van haciendo posible que, poco a poco, a través de hallazgos a menudo azarosos como el de Denny, vayamos sacándolas a ellas del fondo de la cueva. Han pasado demasiado tiempo allí, a oscuras y en silencio. ¿Qué habrán estado haciendo ellas ahí metidas durante tanto tiempo?

A NADIE LE EXTRAÑA

7

El 21 de enero de 1980, el New Yorker publicó una viñeta cómica en la que podía verse dibujadas a cuatro mujeres en el interior de una cueva prehistórica. En la ilustración aparecían capturadas iluminadas por un fuego cercano, justo en el momento en el que se disponían a culminar una pintura rupestre. Debajo de la imagen, se leía una pregunta preñada de ironía: «¿A nadie le extraña que ninguno de los grandes pintores haya sido hombre?». La viñeta parecía ocultar una cita, «Anónimo era una mujer», escrita por Virginia Woolf en Una habitación propia.

Además, la ilustración parecía jugar también con la famosa frase de Linda Nochlin, célebre teórica del arte feminista, quien unos años antes, en 1971, había publicado un artículo titulado provocativamente «¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?»30 en el que ponía los puntos sobre las íes a una larga tradición de desprecio hacia el arte creado por mujeres; aunque la viñeta del New Yorker jugaba con estas referencias de un modo aparentemente contradictorio, pues justamente parecía criticar la exagerada exaltación de las feministas del arte creado por mujeres. En todo caso, lo que el ilustrador desde luego parecía sugerir era la importancia decisiva que desempeñan nuestros prejuicios a la hora de construir imágenes de la realidad. El hombre, o la mujer de la viñeta, se atribuye a sí mismo el origen del arte por la simple razón de que, como se ha visto que ocurre con la mayoría de objetos de la prehistoria, no existe forma de saber quién es el creador de las pinturas rupestres. La ignorancia pura y dura se traduce en sesgo arqueológico.

Y es que el «artista» ha sido durante mucho tiempo la imagen complementaria del «cazador», la otra mitad de un mismo símbolo vertical y masculino, el animal que se humaniza gracias a la compenetración entre la mano y el ojo. Si durante el día, pensaban aquellos antropólogos de los años cincuenta de la escuela de Washburn, el hombre prehistórico se internaba en el bosque acompañado de sus hermanos para cazar mamuts con sus armas de piedra, de vuelta a casa, en la profundidad de la cueva tan solo iluminada por el fuego, Viñeta del New Yorker, por Lee Lorenz dejaba inmortalizadas sus huellas para toda la eternidad a través de las pinturas de manos y animales. Desde que fueron descubiertas en el siglo xix, no se había puesto en cuestión que no fueran obra de artistas varones.31 Y, del mismo modo que solo imaginamos hombres en el barco que llevó a los aventureros sapiens hacia las playas vírgenes de Australia, en aquellos años solo era posible verlos a ellos pintando bisontes, ciervas y dejando la huella de la palma de sus manos en las paredes de las cuevas de todo el planeta.

Sin embargo, esta imagen del hombre prehistórico —cazador y artista— comenzó a resquebrajarse cuando, en los años setenta del siglo xx, la nueva generación de antropólogas feministas norteamericanas revisó los supuestos androcéntricos que subyacían a semejantes imágenes incuestionadas. De pronto, una disciplina dominada por hombres se vio sacudida por la energía de mujeres como Sally Linton, Adrienne Zihlman o Nancy Tanner, a quienes sí les extrañaba que sus antepasadas no aparecieran por ninguna parte. ¿Dónde estaban ellas? No parecía tan radical ni tan descabellado pensar que las mujeres también existieron hace miles de años y que eran tan numerosas como los hombres. ¿Alguien creía de verdad, razonaban por su parte, que nuestras abuelas estaban sentadas esperando a que llegaran con la comida? ¿Alguien recordaba que esto hubiera sucedido alguna vez? Y si no obtenían éxito en la caza, ¿no cenaban esa noche? Tenían sus dudas. Los presupuestos científicos, argüían, se tambaleaban en cuanto se tenían que enfrentar a genealogías culturales.

Por otro lado, barruntaba la antropóloga Sally Linton, aunque la caza pudiera explicar el origen del ser humano, ¿cómo explicaba su propio origen? Por no hablar de que se había dado demasiada importancia a las herramientas y armas inventadas por el hombre cazador y, en cambio, no se había prestado atención suficiente a los que seguramente fueron dos de los primeros inventos culturales de la humanidad, atribuibles a las mujeres, que habrían servido de base para la propia caza: los envases en los que habrían depositado los alimentos recolectados y los portabebés, en forma de rebozo o red, gracias a los cuales las mujeres se habrían podido desplazar con sus hijos a cuestas. En definitiva, como observaba la propia Linton, el modelo del hombre-cazador se derrumbaba solo con una pequeña maniobra epistemológica consistente en preguntarse qué podían estar haciendo en ese momento las mujeres.

Sin duda, las humanas de los orígenes recuperaron mucho tiempo perdido durante aquellos años convulsos gracias al empuje del feminismo. De considerarlas ceros a la izquierda se pasó al extremo contrario y se convirtieron en el principal agente de la evolución humana. El Movimiento de Liberación de la Mujer capitaneado por activistas como Gloria Steinem o teóricas como Betty Friedan lo impregnaba todo, incluidas sus investigaciones. Habían sido ellas —defendían Linton, Zihlman o Tanner— quienes recolectabanvegetales, semillas y pequeñas presas, lo que había supuesto un paso decisivo hacia la hominización, pues eran esas actividades y no la caza las que habían entrenado originalmente la compenetración entre la mano y el ojo. Eran ellas —añadían acaloradamente activistas socialistas como Evelyn Reed— quienes preparaban la comida para su consumo y conservaban las partes sobrantes para otro día. Tejían la ropa, fabricaban cazuelas de barro e inventaban la ciencia medicinal. Educaban a los niños y transmitían el conocimiento de una generación a otra. Como siempre. Y todo esto lo habían hecho porteando a sus hijos mientras mandaban a los hombres a que se entretuvieran cazando mamuts con sus amigos. Es más, eran ellas quienes, como sucedía en otras especies, seleccionaban sexualmente a sus compañeros. Habían sido ellas —insistían arqueólogas como Marija Gimbutas desempolvando el viejo mito del matriarcado primitivo formulado por Johann Jakob Bachofen en el siglo xix— las diosas ancestrales y las verdaderas dueñas del pasado y las cavernas. Las Venus paleolíticas de formas sugerentes serían el testimonio de esta religión universal y antiquísima que veneraba el sexo femenino y la maternidad por toda Europa.

Hoy nos resultan exageradas, superadas y a menudo poco científicas estas proclamas. Presentan una imagen tan sesgada e idealizada de los orígenes de la humanidad como el estereotipo del hombre cazador y artista. Sin embargo, gracias a estos trabajos pioneros desarrollados por las antropólogas feministas fue posible empezar a imaginar a las mujeres de la prehistoria. Ellas empezaron a ser visibles en el camino por el que un día nos aventuramos al salir de África, en el barco hacia Australia, en los rituales chamánicos y en las conversaciones que nacerían al abrigo del fuego. En palabras de Adrienne Zihlman, incluso se pudo empezar a sospechar que el rol de las mujeres también había supuesto más de una crisis hace millones de años.

Esta idea, además, venía a culminar otro cambio de perspectiva que se había ido fraguando entre Francia y Estados Unidos en las décadas anteriores y que tendría una repercusión tan colosal para los estudios de la mujer como el hallazgo de Lucy para la arqueología. O tal vez más. Se trata del concepto mismo de género, noción revolucionaria planteada por Simone de Beauvoir en El segundo sexo, publicada en 1949, para distinguirla del sexo biológico. Si Levi-Strauss había evidenciado la universalidad de las relaciones de parentesco, el ensayo de Beauvoir señalaba a su vez la importancia de las relaciones de género en las estructuras sociales humanas. «No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana». A través de estas pocas palabras se expresaba lo que ya las antropólogas Ruth Benedict y Margaret Mead habían planteado en los años treinta, a saber, que la educación y la cultura —y no la biología— eran la fuerza principal que moldea la personalidad humana. Así, El segundo sexo fue una obra decisiva para comprender que la condición femenina no implicaba ningún destino petrificado. De este modo, la contribución de Beauvoir fue esencial para empezar a imaginar otros destinos posibles para el sexo femenino.

Adrienne Zihlman

Margaret Mead

Efectivamente, de este modo fue posible imaginar a la mujer tejiendo cestas, haciendo collares, recolectando moluscos y bayas del bosque. Fue posible verla porteando a sus hijos —cuyo nacimiento habría espaciado hasta cuatro años gracias a las largas lactancias— y cuidando a los miembros más desvalidos del grupo. Y, por supuesto, fue posible imaginarla como pintora rupestre.

Y, de tanto imaginarla, un día se hizo realidad.

En 2013, Dean Snow, arqueólogo de la Universidad del Estado de Pensilvania, en Estados Unidos, un señor nada sospechoso de ser una feminista exaltada, publicó el resultado de su investigación sobre las pinturas de manos de las cuevas prehistóricas de El Castillo, en España, y de Gargas y Pech Merle, en Francia. El primer sorprendido era él. Según su estudio, el 75 por ciento habían sido realizadas por mujeres.36 La asombrosa cifra de pintoras había sido calculada a partir de un algoritmo basado en el índice de Manning, acuñado por John Manning en 2002, capaz de medir el dimorfismo sexual de las manos. Según este, la longitud relativa de los dedos de los hombres y las mujeres es diferente. Las mujeres tienden a tener los dedos índice y anular del mismo tamaño, mientras que los hombres suelen tener el anular ligeramente más largo que el índice. Dean Snow analizó treinta y dos huellas de manos. Y se encontró con que el dimorfismo sexual era aún más acusado en el Paleolítico superior que en la actualidad, hasta el punto de que se pudieran atribuir las pinturas a artistas de uno u otro sexo. Y, a la luz de las que habían sido analizadas, el número de pintoras era arrollador.

Aquel día Virginia Woolf soltó un acusador «ya os lo dije» mientras se removía en su tumba, situada debajo de un árbol en Rodmell, Sussex, donde yacen sus cenizas junto a las de su marido, Leonard Woolf.

Hoy el debate sigue abierto, tanto en lo que se refiere a las pinturas como a tantas otras cuestiones relativas a las mujeres de los orígenes. Es necesario continuar estudiándolas. Ya nos avisó Viviane Slon de que la nuestra era una historia en la que había que ser persistentes. Al igual que el pequeño hueso que nos dejó Denny y los implantes creados por la doctora Ana Stelline en Blade Runner 2049, las manos de las cuevas prehistóricas parecen decirnos «¡no nos olvidéis!», mientras se agitan a la luz del fuego, «¡nosotras también estuvimos aquí!».