Filiaciones

CLAN DEL TRUENO

Líder

ESTRELLA DE FUEGO: gato de un intenso color rojizo.

Lugarteniente

ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos ámbar.

Curandero

GLAYO: gato atigrado de color gris.

Guerreros

(gatos y gatas sin crías)

LÁTIGO GRIS: gato gris de pelo largo.

MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.

TORMENTA DE ARENA: gata de color melado claro

y ojos verdes.

FRONDE DORADO: gato atigrado marrón dorado.

ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.

NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo y ojos azules.

CENTELLA: gata blanca con manchas canela.

ESPIRNARDO: gato atigrado marrón dorado.

Aprendiza: GABARDETA

ESQUIRUELA: gata de color rojizo oscuro y ojos verdes.

HOJARASCA ACUÁTICA: gata atigrada de color marrón

claro y de ojos ámbar (antigua curandera).

ZANCUDO: gato negro de largas patas, con la barriga

marrón y los ojos ámbar.

BETULÓN: gato atigrado marrón claro.

BAYO: gato de color tostado.

PINTA: pequeña gata gris y blanca.

Aprendiza: FLORINA

RATONERO: gato gris y blanco.

Aprendiz: abejorro

CARBONERA: gata atigrada de color gris.

LEONADO: gato atigrado dorado de ojos ámbar.

RAPOSO: gato atigrado rojizo.

NUBE ALBINA: gata blanca.

ROSELLA: gata parda.

TORDO: gato blanco y negro.

ROSADA: gata de color tostado oscuro.

MILI: gata atigrada de color gris.

Aprendices

(de más de seis lunas de edad,

se entrenan para convertirse en guerreros)

GABARDETA: gata de color marrón oscuro.

FLORINA: gata parda y blanca.

ABEJORRO: gato de color gris muy claro

con rayas negras.

Reinas

(gatas embarazadas

o al cuidado de crías pequeñas)

FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras,

de ojos verde claro.

DALIA: gata de pelo largo y color tostado,

procedente del cercado de los caballos.

CANDEAL: gata blanca de ojos verdes, madre de dos cachorritas, hijas de Betulón: Pequeña Tórtola (de color gris)

y Pequeña Espinela (atigrada gris y blanca).

Veteranos

(antiguos guerreros y reinas, ya retirados)

RABO LARGO: gato atigrado, de color claro con rayas

muy oscuras, retirado anticipadamente

por problemas de vista.

MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

PUMA: gato viejo, rechoncho y de hocico gris.

En otro tiempo, un solitario.

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CLAN DE LA SOMBRA

Líder

ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes

patas negras como el azabache.

Lugarteniente

BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.

Curandero

CIRRO: gato atigrado muy pequeño.

Aprendiz: ROSERO (gato rojizo)

Guerreros

ROBLEDO: pequeño gato marrón.

Aprendiz: ZARPA DE HURÓN (gato atigrado marrón oscuro)

SERBAL: gato rojizo.

CHAMUSCADO: gato negro.

SAPERO: gato marrón oscuro.

POMA: gata de color marrón moteado.

GRAJO: gato negro y blanco.

LOMO RAJADO: gato marrón con una larga cicatriz

en el lomo.

Aprendiza: PINOSA (gata negra)

AGUZANIEVES: gata de un blanco inmaculado.

TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.

Aprendiz: CHIRLERO (gato rojizo)

OLIVA: gata parda.

RAPAZ: gato atigrado de color marrón claro.

TOPERA: gata gris de zarpas negras.

CARBÓN: gato gris oscuro.

MANTO RUANO: gato moteado de color marrón y rojizo.

CORAZÓN DE TIGRE: gato atigrado marrón oscuro.

CANELA: gata de color marrón claro.

Reinas

PELOSA: gata atigrada de pelo largo que apunta

en todas direcciones.

YEDRA: gata blanca, negra y parda.

Veteranos

CEDRO: gato gris oscuro.

AMAPOLA: gata atigrada marrón claro

de patas muy largas.

CRÓTALO: gato marrón oscuro de cola rayada.

ESPUMOSA: gata blanca de pelo largo,

ciega de un ojo.

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Líder

ESTRELLA DE BITOTES: gato atigrado

de color marrón.

Lugarteniente

PERLADA: gata gris.

Curandero

AZOR: gato gris moteado.

Guerreros

CORVINO PLUMOSO: gato gris oscuro.

CÁRABO: gato atigrado de color marrón claro.

Aprendiz: PARDINO (gato de color marrón claro).

COLA BLANCA: pequeña gata blanca.

NUBE NEGRA: gata negra.

GENISTA: gata de color blanco y gris muy claro,

de ojos azules.

TURÓN: gato rojizo de patas blancas.

LEBRÓN: gato marrón y blanco.

HOJOSO: gato atigrado oscuro de ojos ámbar.

HORMIGUERO: gato marrón con una oreja negra.

RESCOLDO: gato gris con dos patas oscuras.

COLA BRECINA: gata atigrada de color marrón claro

y ojos azules.

Aprendiza: ZARPA DE RETAMA (gata blanca y gris).

VENTOLERO: gato negro de ojos ámbar.

Aprendiz: PLOMIZO (gato grande de color gris claro).

CAÑAMERA: gata atigrada de color marrón claro.

FOSCA: gata de color gris oscuro.

CARA SOLEADA: gata parda con una gran mancha blanca

en la frente.

Veteranos

MANTO TRENZADO: gato atigrado gris oscuro.

OREJA PARTIDA: gato atigrado.

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CLAN DEL RÍO

Líder

ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada

con insólitas manchas doradas.

Lugarteniente

VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.

Curandera

ALA DE MARIPOSA: gata atigrada dorada

de ojos ámbar.

Aprendiza: BLIMA (gata atigrada de color gris)

Guerreros

JUNCAL: gato negro.

Aprendiz: LOBEZNO (gato atigrado

de color marrón oscuro).

TORRENTERO: gato atigrado de color gris oscuro.

BOIRA: gata atigrada gris claro.

Aprendiza: NEBLINA (gata atigrada gris claro).

AJENJO: gato atigrado de color gris claro.

NÍVEA: gata blanca de ojos azules.

PALOMERA: gata de color gris oscuro.

Aprendiza: ZARPA PICAZA (gata blanca y marrón).

GUIJO: gato gris moteado.

Aprendiz: CARRICERO (gato atigrado marrón claro).

MALVOSO: gato atigrado marrón claro.

PARDAL: gato pardo y blanco.

BICHERO: gato atigrado marrón y blanco.

PÉTALO: gata blanca y gris.

MATOJO: gato de color marrón claro.

NUTRIA: gata marrón oscuro.

Aprendiz: SOPLO (gato blanco y gris).

CHUBASCO: gato moteado de color gris azulado.

Reinas

VESPERTINA: gata atigrada marrón.

MUSGOSA: gata parda de ojos azules.

Veteranos

PRIETO: gato negro grisáceo.

MUSGAÑO: pequeño gato atigrado de color marrón.

FLOR ALBINA: gata gris muy claro.

ROANA: gata gris moteada.

SALTÓN: gato blanco y canela.

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GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES

HUMAZO: musculoso gato de color blanco

y gris que vive en un granero

junto al cercado de los caballos.

PELUSA: pequeña gata blanca y gris que vive

en el cercado de los caballos.

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OTROS ANIMALES

MEDIANOCHE: tejona observadora

de las estrellas que vive junto al mar.

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Prólogo

El agua caía por el borde de una roca que formaba una curva suave, y luego descendía rugiendo por una sima. Muy abajo, espumeaba estruendosamente en una poza. Los rayos del sol poniente creaban una miríada de arcoíris que danzaban atrapados en el agua en suspensión.

Había tres gatos sentados al borde del río, a poca distancia de la cascada. Miraban a una gata que se acercaba a ellos con delicadeza por el tupido musgo que cubría la ribera. Una luz estelar centelleaba en sus zarpas y se reflejaba en su pelaje gris azulado.

La recién llegada se detuvo y con su gélida mirada azul recorrió a los gatos que la aguardaban.

— En el nombre de todos los clanes, ¿por qué habéis elegido este lugar para reunirnos? — les soltó, irritada, sacudiendo una de las patas delanteras —. Está demasiado mojado, y apenas puedo oír mis propios pensamientos.

Otra gata, de pelo gris y enmarañado, se levantó y se volvió hacia ella.

— Deja ya de quejarte, Estrella Azul. Elegí este lugar precisamente porque es húmedo y ruidoso. Tengo que contaros ciertas cosas que no quiero que nadie más escuche.

Un atigrado dorado le hizo una señal con la cola.

— Ven a sentarte a mi lado, Estrella Azul. Justo aquí hay un espacio seco.

La gata fue a sentarse a su lado mientras soltaba un resoplido desdeñoso.

— Si esto está seco, Corazón de León, entonces yo soy un ratón. — Y volviéndose hacia la gata gris, añadió —: Bueno, Fauces Amarillas, ¿qué ocurre?

— La profecía no se ha cumplido. Los tres están juntos por fin, pero dos de los gatos podrían no reconocer al tercero.

—¿Estás segura de que esta vez tenemos a los verdaderos tres? — preguntó Estrella Azul con cierta aspereza.

— Ya sabes que sí — dijo una preciosa gata de color carey, que inclinó levemente la cabeza ante la que había sido la líder de su clan —. ¿Acaso no tuvimos todos el mismo sueño la noche que nació la tercera?

Estrella Azul agitó la punta de la cola.

— Tal vez tengas razón, Jaspeada, pero es que han salido mal tantas cosas que ya resulta difícil confiar en nada.

— Por supuesto que Jaspeada tiene razón — dijo Fauces Amarillas, sacudiendo las orejas —. Pero si Glayo y Leonado no reconocen a la tercera, podría haber más problemas. Quiero enviarles una señal.

—¡¿Qué?! — exclamó Estrella Azul, que se puso en pie y movió la cola de forma imperiosa, como si aún tuviese autoridad sobre la vieja curandera —. ¿Acaso has olvidado que la profecía ni siquiera es nuestra? Podría ser peligroso entrometernos. Yo creo que deberíamos dejar que todo siga su curso.

Jaspeada parpadeó, confundida.

—¿Peligroso?

— Bueno, supongo que ninguno de vosotros creerá que es buena idea que en los clanes haya gatos más poderosos que las estrellas, ¿no? — preguntó Estrella Azul, mirando a los demás, desafiante —. Más poderosos que nosotros, sus antepasados guerreros.

Movió la cola en un gesto que abarcaba a los demás compañeros de su clan, que se hallaban en aquel hermoso bosque rebosante de presas.

—¿Qué pasará con el Clan del Trueno si...? — intentó proseguir.

— Ten fe, Estrella Azul — la interrumpió Corazón de León con delicadeza —. Son gatos buenos y leales.

—¡Eso mismo pensábamos de Carrasca! — replicó la gata.

— No volveremos a equivocarnos, Estrella Azul — maulló Fauces Amarillas —. Tenemos que confiar en la profecía, venga de donde venga. Y también tenemos que confiar en nuestros compañeros de clan.

Jaspeada abrió la boca para hablar, pero se volvió de golpe al oír que algo se movía entre la vegetación, a unos zorros de distancia arroyo arriba. Unos segundos después apareció una gata de color plateado, que corrió hacia ellos envuelta en luz estelar.

—¡Plumosa! — exclamó Estrella Azul —. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Nos espiabas?

— Ahora todos somos compañeros del mismo clan — le recordó la antigua guerrera del Clan del Río —. Imaginaba por qué os habíais reunido, y...

— Esto es asunto del Clan del Trueno, Plumosa — la cortó Fauces Amarillas, mostrando levemente sus colmillos afilados.

—¡No, de eso nada! Glayo y Leonado también son miembros del Clan del Viento, aunque sólo sea en parte, teniendo en cuenta que son hijos de Corvino Plumoso. — Sus ojos se llenaron de congoja —. Me importa mucho lo que les pase... Tengo que cuidar de ellos. Y lamento tanto como vosotros lo que le ha sucedido a Carrasca.

Jaspeada la acarició con la cola.

— Plumosa tiene razón. Dejemos que se quede.

Fauces Amarillas se encogió de hombros.

— Glayo y Leonado no son tus hijos, Plumosa — le advirtió con una dulzura inesperada —. Podemos aconsejarles y guiarlos, pero al final ellos elegirán su propio camino.

— Eso es lo que hacen todos los hijos, Fauces Amarillas — dijo Estrella Azul.

Durante unos segundos, la expresión de Fauces Amarillas se ensombreció, y sus ojos ámbar se quedaron clavados en la distancia, como si estuviera viendo toda una vida de recuerdos dolorosos dibujados en el cielo. El sol empezaba a deslizarse tras el horizonte, y las nubes escarlata iban tomando un color añil. En la poza de debajo de la cascada la espuma alborotada lanzaba unos destellos pálidos a las zonas de sombra.

— Bueno, ¿y qué hacemos ahora? — preguntó Corazón de León —. Fauces Amarillas, tú has propuesto enviarles una señal.

— Yo sigo pensando que no deberíamos involucrarnos — insistió Estrella Azul, antes de que la vieja curandera pudiese responder —. La tercera ya es fuerte e inteligente, aunque aún no sabemos cuál será su poder especial. Si de verdad es ella la que esperamos, ¿no lo averiguará todo por sí misma?

—¡No podemos quedarnos sentados sin hacer nada! — protestó Plumosa, hundiendo las garras en la tierra mojada —. Esos jóvenes gatos necesitan nuestra ayuda.

— Yo también lo creo — coincidió Corazón de León, moviendo la cola hacia la gata plateada —. Si hubiéramos intervenido más... — continuó, lanzándole una mirada a Estrella Azul —, a lo mejor no habríamos perdido a Carrasca.

A Estrella Azul se le erizó el pelo del cuello.

— Carrasca tomó sus propias decisiones. Esos gatos tienen que vivir su vida. Nadie puede hacerlo por ellos.

— No, pero podemos guiarlos — maulló Jaspeada —. Yo estoy de acuerdo con Fauces Amarillas. Creo que deberíamos enviarles una señal.

— Veo que estáis decididos — suspiró Estrella Azul, dejando que se le alisara el pelo del cuello —. Muy bien, haced lo que os parezca.

— Les enviaré un augurio... — dijo Fauces Amarillas, inclinando la cabeza.

Durante unos segundos, todos los demás pudieron ver que, más allá de su pelo apelmazado y sus modales bruscos, se agazapaba la profunda sabiduría de la curandera que había sido en el pasado.

— Un augurio procedente de las estrellas.

—¿Y a quién se lo enviarás? — le preguntó Estrella Azul —. ¿A Leonado o a Glayo?

La vieja gata se volvió hacia su antigua líder de clan; sus ojos ámbar centellearon a la luz del final del día.

— A ninguno de los dos — respondió —. Se lo mandaré a la tercera.

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1

La luna llena flotaba en un cielo sin nubes, proyectando unas sombras negras y densas por toda la isla. Las hojas del Gran Roble susurraban bajo una brisa tórrida. Sentado entre Acedera y Látigo Gris, Leonado sentía que no lograba coger aire suficiente.

— Creía que por la noche se estaría más fresco — refunfuñó.

— Lo sé — suspiró Látigo Gris, incómodo, cambiando de postura sobre el suelo seco y polvoriento —. En esta estación hace más y más calor cada vez. Ni siquiera soy capaz de recordar cuándo fue el último día que llovió.

Leonado estiró el cuello para mirar a su hermano por encima de las cabezas de los demás. Glayo estaba sentado con los curanderos. Estrella de Bigotes acababa de anunciar la muerte de Cascarón, y Azor, el nuevo curandero del Clan del Viento, parecía bastante nervioso: era la primera vez que representaba a su clan.

— Glayo dice que el Clan Estelar no le ha mandado ninguna señal sobre la sequía — le susurró Leonado a Látigo Gris —. Me pregunto si alguno de los otros curanderos...

Se interrumpió cuando Estrella de Fuego, el líder del Clan del Trueno, se levantó en la rama en la que se había sentado a esperar su turno. La líder del Clan del Río, Estrella Leopardina, lo miró desde la rama de más abajo, donde se había acomodado. Estrella de Bigotes, el líder del Clan del Viento, se hallaba en una horcadura, unas colas más arriba, mientras que el líder del Clan de la Sombra, Estrella Negra, se distinguía tan sólo por el brillo de sus ojos entre las hojas, por encima de Estrella de Bigotes.

— Como todos los demás clanes, el Clan del Trueno está preocupado por el calor — empezó Estrella de Fuego —. Pero de momento nos las arreglamos. Dos de nuestros aprendices se han convertido en guerreros y han recibido sus nuevos nombres: Tordo y Rosada.

Leonado se incorporó de un salto.

—¡Tordo! ¡Rosada! — aulló.

El resto de los miembros del Clan del Trueno se le unieron, junto con varios gatos del Clan del Viento y el Clan de la Sombra, pero Leonado se dio cuenta de que los guerreros del Clan del Río guardaban silencio y los miraban con hostilidad.

«¿Qué mosca les ha picado?», se preguntó. Era de ser muy mezquino que un clan entero se negara a vitorear a un nuevo guerrero en una Asamblea. Agitó las orejas. No lo olvidaría la próxima vez que Estrella Leopardina anunciara nombramientos en el Clan del Río.

Los dos nuevos guerreros del Clan del Trueno bajaron la cabeza, avergonzados, aunque los ojos les brillaban de emoción por el recibimiento de los clanes. Nimbo Blanco, que había sido el mentor de Tordo, no cabía en sí de satisfacción, mientras que Esquiruela, la mentora de Rosada, contempló a los jóvenes con los ojos relucientes.

— Todavía me sorprende que Estrella de Fuego escogiera a Esquiruela como mentora — masculló Leonado para sí mismo —. Después de tanto tiempo mintiendo, asegurando que éramos sus hijos...

— Estrella de Fuego sabe lo que hace — le respondió Látigo Gris, que había oído su crítica —. Confía en Esquiruela, y quiere demostrarles a todos que es una buena guerrera y un miembro valioso del Clan del Trueno.

— Sí, supongo que tienes razón...

Leonado parpadeó, abatido. Había querido y respetado mucho a Esquiruela cuando creía que era su madre, pero ahora sentía un vacío que lo helaba cuando la miraba. Lo había traicionado, tanto a él como a sus hermanos. Y era una traición demasiado profunda como para que pudiera perdonarla, ¿o no?

— Si ya has terminado... — maulló Estrella Leopardina por encima de los últimos vítores, poniéndose en pie y mirando ceñuda a Estrella de Fuego —. El Clan del Río tiene que informar de algo.

Estrella de Fuego inclinó la cabeza con educación ante la líder del Clan del Río y dio un paso atrás para volver a sentarse con la cola enroscada alrededor de las patas.

— Adelante.

Estrella Leopardina fue la última en hablar en la Asamblea. Leonado había visto cómo sacudía la cola nerviosamente mientras sus colegas informaban sobre sus clanes. En ese momento, la gata recorrió a los congregados en el claro con una mirada penetrante y erizando el pelo del cuello con rabia.

—¡Ladrones de presas! — bufó.

—¡¿Qué?! — Leonado dio un salto.

Su grito de sorpresa se perdió en el clamor de las protestas de otros gatos del Clan del Trueno, el Clan del Viento y el Clan de la Sombra.

Estrella Leopardina los miró desde lo alto enseñando los colmillos, sin hacer el menor intento de calmar los ánimos. Leonado levantó instintivamente la vista hacia el cielo, pero no había nubes que cubrieran la luna. El Clan Estelar no estaba mostrando el menor disgusto por aquella acusación tan indignante. «¡Como si los otros clanes les quisiéramos robar sus peces viscosos y malolientes!», pensó el joven guerrero.

De pronto reparó en lo flaca que estaba la líder del Clan del Río; los huesos se le marcaban afilados debajo del pelaje moteado. Los demás guerreros de su clan estaban igual, más enflaquecidos aún que los gatos del Clan del Trueno y el Clan de la Sombra... Y más todavía que los miembros del Clan del Viento, que parecían escuálidos incluso cuando estaban bien alimentados.

— Están pasando hambre... — murmuró.

— Todos estamos pasando hambre — contestó Látigo Gris.

Leonado suspiró, resignado. Lo que decía el guerrero gris era cierto. En el Clan del Trueno se habían visto obligados a cazar y entrenar al amanecer y al atardecer para evitar el calor abrasador de las horas centrales del día. Los momentos más calurosos los pasaban durmiendo bajo la preciada sombra que se formaba al pie de los muros de la hondonada rocosa. Por una vez, los clanes estaban en paz, aunque el joven guerrero sospechaba que eso se debía sólo a que todos se encontraban demasiado débiles para luchar, y a que ninguno tenía presas por las que valiera la pena combatir.

Estrella de Fuego se puso en pie de nuevo, alzando la cola para pedir silencio. Los aullidos fueron apagándose poco a poco, y los gatos volvieron a sentarse, lanzando miradas furiosas a la líder del Clan del Río.

— Estoy seguro de que tienes buenas razones para acusarnos a todos de esa forma — maulló Estrella de Fuego cuando se hizo de nuevo el silencio —. ¿Podrías explicarte?

Estrella Leopardina sacudió la cola.

— Habéis estado robando peces del lago. Todos vosotros — gruñó —. Y esos peces pertenecen al Clan del Río.

— De eso nada — contestó Estrella Negra, asomando la cabeza entre las hojas —. El lago bordea los territorios de los cuatro clanes. Tenemos el mismo derecho que vosotros a cazar los peces que hay en él.

— Especialmente ahora — añadió Estrella de Bigotes —. Todos estamos sufriendo a causa de la sequía. Las presas escasean en los cuatro territorios. Si no comemos peces, moriremos de hambre.

Leonado se quedó mirando atónito a los dos líderes. ¿De verdad el Clan del Viento y el Clan de la Sombra estaban pasando tanta hambre que tenían que añadir peces a sus montones de la carne fresca? Las cosas les debían de ir realmente mal para llegar a ese extremo.

— Pero ¡nos estáis perjudicando! — insistió Estrella Leopardina —. El Clan del Río no come otra clase de presas, así que los peces deberían ser para nosotros.

—¡Eso es ridículo! — saltó Esquiruela, sacudiendo la cola —. ¿Estás diciendo que el Clan del Río no puede comer ninguna otra presa? ¿Acaso tus guerreros son tan incompetentes que no pueden cazar siquiera un ratón?

— Esquiruela... — Zarzoso, el lugarteniente del Clan del Trueno, la cortó con tono autoritario desde donde estaba, entre las raíces del roble junto a los demás lugartenientes —, aquí no puedes hablar. — Se incorporó, se volvió hacia Estrella Leopardina y añadió —: Aun así, mi compañera de clan tiene razón.

Leonado se estremeció al oír el tono de Zarzoso, y no pudo evitar sentir una oleada de compasión por Esquiruela, que se sentó de nuevo, cabizbaja, como una cachorrita a la que su mentor hubiera reñido en público. Habían pasado ya seis lunas, dos estaciones enteras, pero Zarzoso aún no había podido perdonar a la que fue su pareja por haberse hecho pasar por la madre de los hijos de su hermana, Hojarasca Acuática, y por haberle hecho creer a él que era el padre. Leonado aún se sentía aturdido cuando recordaba que Esquiruela y Zarzoso no eran sus verdaderos padres. Él y su hermano, Glayo, eran hijos de la antigua curandera del Clan del Trueno, Hojarasca Acuática, y de Corvino Plumoso, un guerrero del Clan del Viento. Desde que la verdad había salido a la luz, Zarzoso y Esquiruela apenas habían cruzado palabra, y, aunque el lugarteniente jamás castigaba a la guerrera encargándole las tareas más duras o enviándola con las patrullas más peligrosas, se aseguraba de que sus caminos no se cruzaran en el desempeño de sus respectivas obligaciones.

Que Esquiruela les hubiera mentido era bastante malo de por sí, pero todo se había torcido cuando se había visto obligada a confesar. Contó la verdad en un intento desesperado por salvar a sus hijos de la furia asesina de Cenizo, que la odiaba desde que lo había rechazado para emparejarse con Zarzoso, muchas lunas antes de que Leonado y sus hermanos fueran siquiera engendrados. La hermana de Leonado y Glayo, Carrasca, había matado a Cenizo para impedir que desvelara el secreto en una Asamblea. Luego, la propia Carrasca había desaparecido tras un hundimiento de tierra al tratar de huir por los túneles para empezar una nueva vida. Ahora, los dos hermanos tenían que aceptar que eran mestizos, que tenían sangre de dos clanes, y que su padre, Corvino Plumoso, no quería saber nada de ellos. Y, por si eso fuera poco, debían seguir soportando miradas recelosas de algunos de sus compañeros de clan, lo que hacía que a Leonado le ardiera la piel de rabia.

«¡Como si fuéramos a volvernos desleales de repente por haber descubierto que nuestro padre es un guerrero del Clan del Viento! ¿Quién querría unirse a esos escuálidos engullidores de conejos?»

Leonado miró a Glayo, preguntándose si él estaría pensando lo mismo. Los ciegos ojos azules de su hermano estaban vueltos hacia Zarzoso, y sus orejas alerta, pero era difícil saber qué le pasaba por la cabeza. Para alivio de Leonado, los demás gatos parecían demasiado concentrados en las palabras de Estrella Leopardina como para prestar atención a las desavenencias entre Zarzoso y Esquiruela.

— Los peces del lago pertenecen al Clan del Río — continuó Estrella Leopardina, con una voz aguda como el viento cuando pasa entre los juncos —. Cualquier gato que intente apoderarse de ellos sentirá nuestras garras. A partir de ahora, ordenaré a nuestras patrullas fronterizas que incluyan todo el perímetro que rodea el agua.

—¡No puedes hacer eso! — Estrella Negra se abrió paso entre las hojas para saltar a una rama más baja, desde donde le lanzó una mirada amenazante —. Los territorios nunca han incluido el lago.

Leonado pensó en cómo era antes el lago, con el agua lamiendo suavemente las riberas herbosas, y con sólo unas franjas estrechas de arena y guijarros a lo largo de la orilla. Ahora se había alejado hacia el centro, dejando unas extensiones de barro muy anchas que se secaban y se agrietaban bajo el implacable sol de la estación de la hoja verde. ¿Qué pretendía Estrella Leopardina? ¿Acaso estaba reclamando esos espacios áridos como territorio del Clan del Río?

— Como una patrulla del Clan del Río ponga una sola pata en nuestro territorio — gruñó Estrella de Bigotes, mostrando los colmillos —, deseará no haberlo hecho.

— Estrella Leopardina, escucha. — Estrella de Fuego estaba haciendo un esfuerzo por mantener la calma, aunque se le empezaba a erizar el pelo del cuello y el lomo —. Si sigues por ese camino, vas a provocar una guerra. Y muchos gatos saldrán heridos. ¿No crees que tenemos ya bastantes problemas?

— Estrella de Fuego tiene razón — murmuró Acedera al oído de Leonado —. Deberíamos intentar ayudarnos unos a otros, en lugar de ir por ahí erizando el pelo para provocar una pelea.

Estrella Leopardina se agazapó, como si pretendiera saltar sobre los demás líderes, gruñendo y desenvainando las uñas.

«¡Estamos en plena tregua! — pensó Leonado, con los ojos desorbitados por la angustia —. ¿Cuándo se ha visto que los líderes de los clanes se ataquen unos a otros en una Asamblea? ¡Esto no puede ser!»

Estrella de Fuego se había puesto tenso, preparado por si Estrella Leopardina se abalanzaba sobre él, pero la líder saltó al suelo con un bufido furioso y ondeó la cola para que sus guerreros la siguieran.

—¡Manteneos lejos de nuestros peces! — bufó de nuevo la gata, guiando a los suyos hacia los arbustos que rodeaban el claro para salir de la isla por el árbol puente.

Los miembros de su clan fueron tras ella, lanzando miradas hostiles a los gatos de los otros clanes cuando pasaron junto a ellos. Una vez que hubieron desaparecido, brotaron los murmullos y las especulaciones, pero entonces la voz de Estrella de Fuego resonó con autoridad por encima del ruido:

—¡La Asamblea ha terminado! Debemos regresar a nuestros territorios hasta la próxima luna llena. ¡Que el Clan Estelar ilumine nuestro camino!

• • •

Leonado caminaba justo por detrás de su líder. Los gatos del Clan del Trueno estaban bordeando el lago de regreso a su territorio, y el agua era apenas visible, poco más que un destello plateado en la distancia. La pálida luz de la luna se reflejaba en la superficie del barro reseco, y el joven guerrero arrugó la nariz por el olor a peces putrefactos: «¡Si sus presas apestan igual, el Clan del Río puede quedárselas todas!».

Delante de él, Zarzoso caminaba junto a Estrella de Fuego, con Manto Polvoroso y Fronda al otro lado del líder.

—¿Qué vamos a hacer? — preguntó el lugarteniente —. Estrella Leopardina es muy capaz de enviar patrullas al lago. ¿Qué pasará si las encontramos en nuestro territorio?

Estrella de Fuego agitó las orejas.

— Tenemos que lidiar con esto con mucha precaución — maulló —. ¿El fondo del lago es nuestro territorio? Jamás se nos habría ocurrido reclamarlo cuando estaba cubierto de agua.

Manto Polvoroso soltó un bufido.

— Si la tierra seca bordea nuestro territorio, entonces ahora es nuestra. El Clan del Río no tiene ningún derecho a cazar ni a patrullar por esa zona.

— Pero parecen muertos de hambre... — maulló Fronda con delicadeza —. Y además, en el Clan del Trueno nunca hemos comido peces del lago. ¿No podemos dejar que se queden con ellos?

Manto Polvoroso tocó la oreja de su pareja con el hocico.

— Las presas escasean también para nosotros — le recordó.

— No atacaremos a los guerreros del Clan del Río — decidió Estrella de Fuego —. No, a menos que traspasen las marcas olorosas de nuestro territorio, a tres colas de distancia desde la orilla, como acordamos al llegar aquí. Zarzoso, asegúrate de que las patrullas lo entienden cuando las organices mañana.

— Por supuesto, Estrella de Fuego — respondió el lugarteniente, moviendo la cola.

Leonado sintió que un hormigueo le recorría la piel. Aunque respetaba la opinión de Estrella de Fuego porque era el líder del Clan del Trueno, no estaba seguro de que esta vez hubiese tomado la decisión correcta. «¿El Clan del Río no pensará que somos débiles si les permitimos patrullar por nuestro lado del lago?»

Pegó un salto al notar que alguien lo tocaba, y al volverse vio que Glayo lo había alcanzado.

— Estrella Leopardina tiene abejas en el cerebro — sentenció su hermano —. Jamás se saldrá con la suya. Antes o después, volarán los zarpazos.

— Lo sé — respondió Leonado, y llevado por la curiosidad, añadió —: En la Asamblea he oído que algunos gatos del Clan de la Sombra decían que Estrella Leopardina ha perdido dos vidas hace poco. ¿Eso es cierto?

Glayo asintió.

— Sí.

— Pues no lo ha hecho público — comentó el guerrero.

Glayo se detuvo y le lanzó una mirada de una inteligencia tan penetrante que a Leonado le costó creer que sus brillantes ojos azules no pudieran ver nada.

— Venga, Leonado. ¿Desde cuándo anuncian los líderes de un clan que han perdido una vida? Eso les haría parecer débiles. Los gatos no tienen por qué saber cuántas vidas le quedan a su líder.

— Ya, supongo que tienes razón — admitió Leonado, echando a andar de nuevo.

— Estrella Leopardina perdió una vida por una herida que acabó infectándosele — continuó Glayo —. Y justo después de eso contrajo una enfermedad que le provocaba una sed terrible y que la dejó muy débil. Ni siquiera podía ir andando hasta el arroyo a beber.

—¿Ala de Mariposa y Blima te han contado todo eso? — le preguntó Leonado, consciente de que los curanderos se lo contaban casi todo, sin pensar en las rivalidades entre los clanes, que impedían a los guerreros hablar demasiado de esas cosas.

— Qué más da cómo lo haya averiguado — contestó su hermano —. Lo sé, y punto.

Leonado contuvo un estremecimiento. Aunque sabía que los poderes de Glayo procedían de la profecía, seguía molestándole que recorriera senderos que ningún otro gato, ni siquiera otros curanderos, jamás habían recorrido. Glayo sabía cosas sin que nadie se las contara... ni siquiera el Clan Estelar. Podía pasearse por los sueños de otros gatos y descubrir sus secretos más ocultos.

— Supongo que por eso Estrella Leopardina se ha puesto tan pesada con lo de los peces — murmuró el joven guerrero, dejando a un lado su inquietud —. Quiere demostrarle a su clan que todavía es fuerte.

— Pues se está equivocando — sentenció Glayo —. Debería saber que no puede obligar a los demás clanes a seguir sus órdenes. El Clan del Río acabará peor de lo que está si no se limita a intentar salir adelante durante la sequía en su propio territorio, como hacemos los demás.

Estaban acercándose al arroyo que marcaba la frontera entre el Clan del Viento y el Clan del Trueno. El cauce de agua, que en la pasada estación de la hoja nueva desembocaba en el lago borboteando veloz, había quedado reducido a un hilillo de limo verde que era muy fácil sortear de un salto. Leonado respiró aliviado al internarse en la vegetación del otro lado, bajo los familiares árboles de su territorio.

— Quizá todo quede en nada — maulló esperanzado —. A lo mejor Estrella Leopardina entra en razón después de lo que le han dicho los demás líderes en la Asamblea.

Glayo soltó un resoplido desdeñoso.

— Los erizos volarán antes de que Estrella Leopardina entre en razón. Lo único que resolverá nuestro problema es que el lago se llene de nuevo.

Leonado avanzaba entre la hierba alta y abundante, y las patas se le hundían en el agua a cada paso. Una brisa fresca le alborotaba el pelo. En cualquier momento podía bajar la cabeza y beber tanto como quisiera, aliviando la sed que lo quemaba por dentro como una espina. Un campañol salió de repente del macizo de juncos que tenía delante, pero antes de que el joven pudiera saltar sobre él, algo duro se le clavó en el costado. Se despertó y se descubrió en su lecho de la guarida de los guerreros, con Nimbo Blanco plantado ante él. Notó el pelaje pegajoso y que el aire olía a polvo.

— Despierta de una vez — le dijo el guerrero blanco, clavándole de nuevo la zarpa —. ¿Qué eres, un lirón?

—¿No podrías haber esperado un poco más? — se quejó Leonado —. Estaba teniendo un sueño realmente fantástico...

— Así ahora puedes salir en una patrulla de agua realmente fantástica — replicó Nimbo Blanco sin mostrar la más mínima compasión.

Desde que los arroyos que alimentaban el lago se habían secado, la única fuente de agua era la charca poco profunda y salobre que había en medio del lecho del lago. Las patrullas se acercaban allí varias veces al día a recoger agua, aparte de para cazar y vigilar las fronteras, como de costumbre. Las noches de la estación de la hoja verde parecían más cortas que nunca, y todos los gatos estaban agotados por las tareas extra.

Leonado abrió la boca en un bostezo enorme.

— De acuerdo, vamos allá.

Siguió a Nimbo Blanco fuera de la guarida, mientras se sacudía trocitos de musgo del pelo. Con la primera luz del alba, el cielo estaba claro y, aunque el sol no había salido aún, el aire ya era denso y caliente. Leonado se lamentó para sus adentros ante la sola idea de tener que sufrir otro día seco y abrasador.

Pinta estaba sentada junto a la guarida con su aprendiza, Florina, con Bayo y Nube Albina, y todos se pusieron en pie en cuanto Nimbo Blanco apareció con Leonado. Ninguno de ellos había asistido a la Asamblea de la noche anterior, pero, por la cara que ponían, el joven guerrero supo que ya se habían enterado de las amenazas de Estrella Leopardina.

— Vámonos — les ordenó Nimbo Blanco, al tiempo que les hacía una señal con la cola en dirección al túnel de espinos.

Mientras Leonado recorría el bosque tras el guerrero blanco, oyó como Bayo fanfarroneaba con Nube Albina:

— Será mejor que el Clan del Río no se meta con nosotros cuando lleguemos al lago. Yo les enseñaré a esos gatos a no tocarme las narices.

Nube Albina murmuró una respuesta que Leonado no logró oír. «Bayo se cree el mejor — pensó —. Pero es una insensatez ir buscando problemas cuando ninguno de nosotros está lo bastante fuerte para combatir.»

Por suerte, Nimbo Blanco condujo a la patrulla al pie de un roble enorme, donde les ordenó que recogieran musgo para empaparlo de agua en el lago. Con la boca llena de bolas verdes y esponjosas, Bayo no pudo seguir contándole a Nube Albina lo magnífico que era como guerrero.

Cuando llegaron al lago, Nimbo Blanco se detuvo brevemente en la orilla, observando el fondo lacustre. La ribera, atravesada de grietas irregulares, estaba seca y polvorienta. Más allá, la superficie del agua reflejaba la pálida luz del amanecer. Mientras intentaba distinguir dónde terminaba el barro y empezaba el agua, Leonado vio las figuras minúsculas de cuatro gatos en mitad del cieno. Dejó en el suelo su fardo de musgo y olfateó el aire; el tenue olor del Clan del Río flotó hasta él, mezclado con la ya familiar pestilencia de los peces muertos.

— Ahora escuchad — maulló Nimbo Blanco, tras dejar su carga de musgo —. El Clan del Río no puede poner pegas a que recojamos agua, y Estrella de Fuego ya ha dicho que no quiere peleas. ¿Lo has entendido, Bayo? — añadió, mirando con dureza al joven guerrero.

Bayo asintió de mala gana.

— Vale — masculló con la boca llena.

— Que no se te olvide.

Lanzándole una última mirada, Nimbo Blanco guió a su patrulla por el barro cuarteado, hacia la charca de agua que ahora les quedaba tan lejos.

Al principio notaron el suelo duro, pero, al ir acercándose más al agua, Leonado descubrió que las patas se le hundían con cada paso que daba.

— Esto es asqueroso — masculló, con la voz amortiguada por el musgo, mientras intentaba librarse de los grumos marrones y pegajosos —. Nunca conseguiré limpiarme esto.

Cuando se acercaron al borde del agua, vio que los gatos del Clan del Río se apiñaban para bloquearles el paso. Eran Juncal y Boira, con Nutria y su aprendiz, Soplo. Todos parecían enflaquecidos y exhaustos, pero sus ojos relucían con hostilidad y tenían el pelo erizado, como si estuviesen dispuestos a pelear por un par de colas de ratón.

Juncal dio un paso adelante.

—¿Habéis olvidado lo que Estrella Leopardina dijo anoche en la Asamblea? — maulló —. Los peces del lago pertenecen al Clan del Río.

— No hemos venido a por peces — contestó Nimbo Blanco con calma, tras dejar el musgo en el suelo —. Sólo queremos agua. No iréis a negárnosla también, ¿verdad?

—¿Es que no hay arroyos en vuestro territorio? — preguntó Boira.

— Se han secado, lo sabéis de sobra — respondió Nimbo Blanco, agitando la punta de la cola con irritación; al temperamental guerrero le estaba costando mucho controlarse —. Necesitamos agua.

— Y nos la llevaremos tanto si os gusta como si no — intervino Bayo, dejando caer su bola de musgo y dando un paso hacia ellos, desafiante.

Los cuatro gatos del Clan del Río sacaron las garras de inmediato.

— El lago nos pertenece — bufó Nutria.

A Florina se le desorbitaron los ojos por la angustia, y Pinta se colocó delante de ella. Leonado desenvainó las uñas a su vez, listo para saltar.

Nimbo Blanco se dio la vuelta para encararse con su patrulla.

—¡Mantén la boca cerrada! — le espetó a Bayo.

—¿Vas a dejar que nos hablen de esa manera? — replicó el joven guerrero —. A mí no me dan miedo, pero parece que a ti sí porque...

Nimbo Blanco avanzó hasta que su hocico tocó el de Bayo; sus ojos parecían dos trozos de hielo.

— Una palabra más, y te pasarás la próxima luna quitándoles garrapatas a los veteranos. ¿Entendido?

Leonado se quedó pasmado. En sus mejores días, Nimbo Blanco era bastante brusco, pero nunca lo había visto enfurecerse tanto con uno de sus compañeros de clan. De repente, recoger agua parecía lo más importante del mundo para él; y quizá lo fuera, con el clan consumido por la sed y más débil cada día. El joven guerrero se preguntó qué pasaría si el Clan del Río conseguía impedir que los demás clanes se acercaran al lago. ¿Acabarían muriendo?

Sin esperar una respuesta de Bayo, Nimbo Blanco se volvió de nuevo hacia los gatos del Clan del Río.

— Os pido disculpas por el comportamiento de mi guerrero — maulló con la voz tensa.

Leonado percibió el gran esfuerzo que estaba haciendo por mostrarse educado.

— Creo que le ha dado demasiado el sol. Ahora, agradecería mucho que nos permitierais recoger un poco de agua.

Juncal se los quedó mirando un segundo. Leonado sintió un cosquilleo en las zarpas, ansioso por batirse en combate. Nimbo Blanco les había dicho que estaban demasiado débiles para luchar, pero eso era porque no sabía que Leonado era uno de los tres, y que tenía el poder de pelear en las batallas más feroces sin sufrir un solo arañazo. «Aunque es cierto que ya tenemos bastantes problemas sin pelearnos entre nosotros...», pensó.

Al final, Juncal se apartó, haciendo un gesto con la cola a su patrulla para que siguiera su ejemplo.

— Podéis recoger agua, pero no toquéis los peces — gruñó.

«No hemos venido a por peces — pensó Leonado —. ¿Cuántas veces tendremos que repetíroslo?»

— Gracias.

Nimbo Blanco inclinó la cabeza y se acercó al borde del agua. Leonado lo siguió, consciente de las miradas hostiles que los gatos del Clan del Río les clavaban en la espalda mientras vigilaban sus movimientos. El joven sintió crecer su rabia de nuevo. «¡Esto es ridículo! ¿Acaso creen que puedo esconderme un pez debajo del pelo?»

Se percató de que sus compañeros también estaban furiosos. Nimbo Blanco agitaba la punta de la cola, y Bayo echaba chispas por los ojos, aunque tuvo la sensatez de no volver a abrir la boca. Las dos gatas habían erizado el pelo y lanzado miradas furibundas a la patrulla del Clan del Río cuando había pasado por su lado.

Leonado empapó el musgo en el lago y luego bebió un poco. El agua estaba caliente y sabía a tierra y a plantas acuáticas, y apenas sació la sed del joven. Se obligó a tragarla, haciendo una mueca cuando el líquido cenagoso le bajó por la garganta. El sol se había elevado, y sus rayos descendían despiadados y con crudeza por encima de las copas de los árboles. No había ni una sola nube en todo el cielo.

«¿Cuánto tiempo más podremos seguir así?»