PRÓLOGO

Desde arriba, a la distancia, podía distinguirse un pequeño círculo trazado en el suelo arcilloso. No era un círculo perfecto: el borde zigzagueaba, había tramos más gruesos y más estrechos, y zonas en las que desaparecía del todo. Además, no estaba vacío.

En el centro había una lápida de un metro de altura. Cien años de arena, viento y sol la habían desgastado, pero seguía allí, perfectamente erguida. Estaba orientada al oeste, hacia el desierto, cosa rara en una zona donde el oeste casi nunca era la primera opción.

El nombre de quien yacía debajo se había desvanecido hacía tiempo. Para los habitantes de la zona —sesenta y cinco personas, aparte de las cien mil cabezas de ganado— era simplemente «el ganadero», y aquel lugar, «la tumba del ganadero». Nunca había sido un cementerio: el ganadero había muerto allí, y allí lo habían enterrado, y en más de un siglo no se le había sumado nadie.

El visitante que pasara las manos por la piedra gastada sentiría unas muescas en las que reconocería fragmentos de una fecha: un uno, un ocho y tal vez un nueve, mil ochocientos noventa y algo. Debajo, vería tres palabras, las únicas todavía legibles, quizá por estar mejor resguardadas de los elementos, o porque las cincelaron con más cuidado o por considerar que esa inscripción era aún más importante que el nombre del difunto. Decía: «QUE SE PERDIÓ.»

Podían pasar meses, hasta un año entero, sin que una sola persona apareciera por ahí, y mucho menos se detuviera a leer la inscripción desvaída o volviera los ojos entornados hacia el oeste, donde se ponía el sol. Ni siquiera el ganado se quedaba mucho tiempo. Por norma general, el suelo era árido, salvo un mes al año, cuando lo cubrían las aguas turbias de la crecida. Las vacas preferían vagar por el norte, donde había mejor pasto y los árboles daban sombra.

De ahí que la tumba estuviera casi siempre sola, junto a una delgada cerca de tres alambres para el ganado. La cerca se extendía una decena de kilómetros al este, hasta una carretera, y varios cientos al oeste, hasta el desierto, donde el horizonte era tan plano que parecía posible percibir la curvatura de la Tierra. Era un territorio de espejismos, en el que los escasos arbolillos que se alzaban a lo lejos temblaban y flotaban sobre lagos inexistentes.

Al norte y al sur de la cerca había dos haciendas solitarias; digamos que eran vecinas, aunque estaban a tres horas de distancia. Desde la tumba como tal no se veía la carretera que conducía al este, si es que cabía calificar como tal aquella ancha pista de tierra que podía pasar días en silencio, sin que un solo vehículo la recorriera.

La pista iba a dar a la localidad de Balamara —una sola calle, en realidad—, la cual abastecía, por decirlo de algún modo, a una población dispersa que, de reunirse, casi habría cabido en una sala grande. Mil quinientos kilómetros más al este quedaban Brisbane y la costa.

A lo largo del año, en días convenidos, un helicóptero hacía vibrar el cielo por encima de la tumba. Los pilotos trabajaban desde el aire, valiéndose del ruido y el movimiento para dirigir el ganado por terrenos del tamaño de un pequeño país europeo. En ese momento, sin embargo, el cielo se cernía vacío e imponente.

Más tarde —demasiado tarde— el helicóptero pasaría volando deliberadamente cerca del suelo, lentamente, y distinguiría el centelleo del metal del coche. Al piloto, la tumba, situada algo más lejos, sólo le llamaría la atención por casualidad, mientras trazaba círculos en busca de un lugar apropiado para aterrizar.

No vería el círculo dibujado en la tierra; lo que le llamaría la atención sería el destello de tela azul contra el rojo del suelo: una camisa de trabajo desabrochada y mal puesta. Hacía días que se alcanzaban máximas de cuarenta y cinco grados: la piel que se hallaba al descubierto estaba agrietada por el sol.

Más tarde, los que estaban en tierra verían las huellas y alzarían la vista hacia el lejano horizonte, intentando no pensar en quién podía haberlas dejado.

La lápida proyectaba una pequeña sombra escurridiza —la única a la vista—, que crecía y se encogía al girar, como un reloj de sol. El hombre de la camisa azul había intentado seguir esa sombra, primero a gatas, luego arrastrándose. Había intentado encogerse para caber en aquella sombra, en muchos momentos adoptando posturas extrañas, arañando y pateando el suelo a medida que lo invadían el miedo y la sed.

La caída de la noche le concedió un respiro, hasta que el sol volvió a salir y reanudó su espantosa rotación. El segundo día, con el sol cada vez más alto en el cielo, la vuelta ya no fue tan larga, pero no porque el hombre no se esforzara: persiguió la sombra hasta que ya no pudo más.

Al círculo dibujado en la tierra le faltaba muy poco para cerrarse y completar las veinticuatro horas, cuando por fin el ganadero tuvo compañía. Mientras el planeta giraba y la sombra seguía avanzando, el hombre yacía inmóvil en el centro de una tumba polvorienta bajo un cielo monstruoso.

Capítulo 1

1

Nathan Bright no veía nada, hasta que de repente lo vio todo.

Había subido la pendiente con las manos aferradas al volante para que el abrupto terreno no le arrebatara el control del coche y, de pronto, lo tuvo todo ante sus ojos. Visible, pero a varios kilómetros todavía, que le dieron demasiados minutos para asimilar la imagen que se iba ensanchando en su campo visual. Miró de reojo el asiento del copiloto.

Estuvo tentado de decir «No mires», pero no se molestó. No tenía sentido. Era imposible no fijarse.

Aun así, detuvo el coche más lejos de la cerca de lo estrictamente necesario. Echó el freno de mano, sin apagar el motor, para no desconectar el aire acondicionado. Uno y otro protestaban con chirridos discordantes contra el calor de Queensland en diciembre.

—Quédate en el coche —dijo.

—Pero...

Dio un portazo sin escuchar el resto. Cuando llegó a la cerca, separó los alambres de arriba y pasó de su lado al de sus hermanos.

Junto a la tumba del ganadero había otro cuatro por cuatro, también en punto muerto, y seguro que con el aire acondicionado también a tope. Justo cuando Nathan franqueaba la cerca, se abrió la puerta del conductor y salió su hermano pequeño.

—Buenas —dijo Bub una vez que Nathan se hubo acercado lo suficiente para oírlo.

—Buenas.

Se reunieron al lado de la lápida. Nathan sabía que en algún momento tendría que bajar la vista, pero habló para retrasarlo.

—¿Cuánto llevas...?

Oyó movimiento a su espalda.

—¡Eh, que te quedes en el puñetero coche! —dijo, señalando con el dedo.

La distancia lo obligó a gritar con una brusquedad involuntaria. Hizo otro intento:

—Quédate en el coche.

No sonó mucho mejor, pero al menos su hijo le hizo caso.

—No me acordaba de que estabas con Xander —dijo Bub.

—Sí.

Nathan esperó hasta que oyó el chasquido de la puerta del coche al cerrarse. Detrás del parabrisas, la silueta de Xander, con dieciséis años cumplidos, ya era más de hombre que de niño. Se volvió de nuevo hacia su hermano. Hacia el que tenía delante, para ser exactos. Al tercero, el mediano, Cameron Bright, lo tenían a sus pies, junto a la lápida. Por suerte lo habían tapado con una lona descolorida.

Nathan hizo otro intento.

—¿Cuánto llevas aquí?

Como de costumbre, Bub pensó un momento antes de contestar. Debajo del ala del sombrero tenía los párpados ligeramente contraídos, y las palabras le salieron algo más despacio de lo normal.

—Desde ayer, justo antes de que se hiciera de noche.

—¿No viene el tío Harry?

Otra pausa, seguida de una negación con la cabeza.

—¿Dónde está? ¿En casa, con mamá?

—Y con Ilse y las niñas —dijo Bub—. Se ofreció, pero le dije que ya estabas de camino.

—Supongo que es mejor que haya alguien con mamá. ¿Has tenido algún problema?

Por fin Nathan miró el bulto a sus pies. Algo así atraía a los carroñeros.

—¿Te refieres a los dingos?

—Sí, tío.

¿A qué si no? Tampoco había muchas más opciones.

—He tenido que pegar un par de tiros.

Bub se rascó la clavícula, y Nathan vio el borde de la estrella del oeste de su tatuaje de la Cruz del Sur.

—Pero no ha sido nada.

—Vale. Bien.

Nathan reconoció la frustración que solía sentir al hablar con Bub. Lástima que no estuviera Cameron para suavizar las cosas. Al darse cuenta de por qué no estaba, notó una fuerte punzada debajo de las costillas. Se obligó a respirar hondo, llenándose la garganta y los pulmones de aire caliente. Aquello era difícil para todos.

Bub iba sin afeitar, tenía los ojos rojos y la cara desencajada, la misma que debía de tener él, supuso Nathan. Se parecían un poco, aunque no mucho. El parentesco resultaba más evidente con Cameron en medio, haciendo de puente en más de un sentido. Bub parecía cansado y, como siempre últimamente, mayor de lo que recordaba Nathan. Se llevaban doce años, y aún se sorprendía un poco de ver a su hermano rozando los treinta en lugar de en pañales.

Se puso en cuclillas al lado de la lona, ajada por la intemperie y remetida por los bordes, como una sábana.

—¿Has mirado?

—No, me dijeron que no tocase nada.

Nathan no se lo creyó. Fue por el tono, o quizá por la disposición de la parte superior de la lona. Acercó una mano y, como cabía esperar, Bub carraspeó.

—No lo hagas, Nate. Es terrible.

A Bub nunca se le había dado bien mentir. Nathan retiró la mano y se levantó.

—¿Qué le ha pasado?

—Ni idea. Sólo sé lo que dijeron por la radio.

—Ah, sí, lo oí a medias.

Nathan evitó un poco la mirada de Bub, que cambió de postura.

—Tío, creí que le habías prometido a mamá que la mantendrías encendida.

Nathan no contestó. Bub tampoco quiso insistir. Nathan se volvió hacia sus propias tierras, al otro lado de la cerca. Vio a Xander en el coche, inquieto en el asiento del pasajero. Llevaban una semana de viaje por el límite sur de la propiedad, trabajando de día y acampando de noche. La noche anterior se disponían a recoger las herramientas cuando pasó un helicóptero en vuelo rasante, haciendo vibrar el aire, un pájaro negro contra los últimos estertores índigo del día.

—¿Qué hace volando tan tarde? —había preguntado Xander, con los ojos entornados hacia el cielo.

Nathan no había contestado. Volar de noche era una elección peligrosa y mala señal. Algo pasaba. Encendieron la radio, pero para entonces ya era demasiado tarde.

Nathan miró a Bub.

—No, oí bastante, pero de ahí a entenderlo...

A Bub le tembló el mentón sin afeitar. «Bienvenido al club.»

—No sé qué ha pasado, tío —repitió.

—Vale, tranquilo, cuéntame lo que sepas.

Nathan intentó disimular su impaciencia. La noche anterior, mientras oscurecía, había hablado por la radio con Bub para decirle que se acercaría a primera hora. Tenía mil preguntas más, pero no le había hecho ninguna. Hablaban en una frecuencia abierta que podía sintonizar cualquiera que quisiera escuchar.

—¿Cuándo salió Cam de casa? —dijo al ver que Bub no sabía por dónde empezar.

—Anteayer por la mañana, según Harry. Sobre las ocho.

—O sea, el miércoles.

—Sí, supongo que sí, aunque yo no lo vi, porque salí el martes.

—¿Adónde?

—A echar un vistazo a un par de pozos del prado norte. Pensaba acampar y al día siguiente, el miércoles, reunirme con Cam en Lehmann’s Hill.

—¿Para qué?

—Para arreglar el repetidor.

«Más bien para que lo arreglase Cam», pensó Nathan. A lo sumo, Bub le habría acercado la llave inglesa. También era por seguridad. Lehmann’s Hill quedaba en el límite oeste de la propiedad, a cuatro horas en coche de la casa. Si el repetidor no funcionaba, tampoco habría contacto radiofónico de largo alcance.

—¿Y qué pasó? —preguntó Nathan.

Bub no apartaba la vista de la lona.

—Que llegué tarde. Habíamos quedado sobre la una, pero se me atascó el coche y no llegué a Lehmann’s hasta un par de horas después.

Nathan dejó que continuara.

—Cam no estaba —prosiguió Bub—. Me planteé que se hubiera marchado, pero al ver que el repetidor seguía estropeado di por hecho que no. Probé a llamarlo por la radio, pero como no contestaba esperé un poco y me fui hacia la pista, pensando que nos encontraríamos.

—Pero no.

—Qué va. Seguí probando con la radio, pero nada, ni rastro. —Bub frunció el ceño—. Estuve conduciendo una hora, más o menos, pero al final tuve que parar, porque aún no había llegado a la pista y estaba a punto de hacerse de noche.

Los ojos de Bub buscaron un gesto tranquilizador por debajo del ala del sombrero. Nathan asintió con la cabeza.

—Poco más podías hacer.

Era verdad. En Lehmann’s Hill, la noche era un manto negro sin resquicios. Conduciendo a oscuras, la única duda era si el coche se estamparía contra una roca o una vaca, o se saldría de la carretera dando vueltas de campana. En ese caso, Nathan habría tenido a dos hermanos debajo de la lona.

—Pero ¿estabas preocupado? —preguntó, aunque adivinaba la respuesta.

Bub se encogió de hombros.

—Sí y no, ya me entiendes.

—Ya.

Nathan lo entendía, sí. Vivían en una tierra de extremos, y en más de un sentido. La gente estaba o muy bien o fatal. Apenas había término medio. Además, Cam no era un turista. Sabía defenderse, lo cual significaba que podía haberlo pillado la noche a media hora de carretera, sin cobertura, pero igual estaba tan a gusto en su saco de dormir, disfrutando de una cerveza recién sacada de la nevera que llevaba en el maletero. O no.

—Nadie contestaba a la radio —decía Bub—. Es que en esta época del año no hay nadie allí arriba, y con el condenado repetidor estropeado...

Gruñó de frustración.

—Entonces, ¿qué hiciste?

—Me puse en camino al amanecer, pero pasaron siglos hasta que alguien contestó.

—¿Cuánto?

—No sé. —Bub titubeó—. Calculo que una media hora para llegar a la pista, y luego otra hora. Encima no eran más que dos de esos aprendices idiotas que tienen en Atherton. Tardaron la vida en pasarme al condenado capataz.

—En Atherton sólo contratan a inútiles —dijo Nathan, pensando en la propiedad que lindaba al noreste con la suya y cuya superficie venía a ser del tamaño de Sídney.

Lo dicho, la llevaban unos inútiles, pero no dejaba de ser la mejor opción para contactar con alguien en la zona.

—¿Y dieron ellos la alarma?

—Sí, aunque para entonces...

Bub enmudeció.

Para entonces hacía alrededor de veinticuatro horas, según los cálculos de Nathan, que nadie había visto ni tenido noticias de su hermano. La búsqueda había entrado en fase de emergencia antes de empezar siquiera. El protocolo dictaba informar a todas las propiedades de la zona, así que todos arrimaron el hombro, aunque para lo que servía... Con esas distancias estaban muy lejos los unos de los otros y podían tardar mucho en sumar su hombro al del resto.

—¿Lo vio el piloto?

—Sí —contestó Bub—, al final, sí.

—¿Lo conoces?

—Qué va, trabaja por su cuenta cerca de Adelaida. Esta temporada ha estado trabajando en Atherton. Lo localizó un poli por la frecuencia de vuelo y le dijo que hiciera una pasada para comprobar las carreteras.

—¿Glenn?

—No. Otro. De la centralita de la policía o algo así.

—Vale —dijo Nathan.

Había sido una suerte que el piloto lo hubiera visto, porque la tumba del ganadero quedaba a doscientos kilómetros de Lehmann’s Hill y de la zona principal de búsqueda.

—¿Cuándo dio el aviso?

—A media tarde. Vaya, que la mayoría ni siquiera habían llegado a Lehmann’s Hill. Por la zona sólo andábamos Harry y yo, pero como yo estaba una hora más cerca, más o menos, dije que ya me acercaría.

—¿Y seguro que Cam estaba muerto?

—Eso dijo el piloto. Por lo que contó, debía de llevar unas horas muerto, aunque un poli le pidió por la radio que realizara todas las comprobaciones. —Bub hizo una mueca—. Cuando llegué casi se había puesto el sol. El del helicóptero había tapado a Cam, como le habían pedido, pero estaba deseando irse. No quería quedarse sin luz y tener que pasar aquí la noche.

«Normal», pensó Nathan. Él tampoco habría querido quedarse. Se sintió mal porque le hubiera tocado a Bub.

—Pero ¿qué hacía Cam aquí si habíais quedado en Lehmann’s Hill?

—No lo sé. Harry dijo que había dejado anotado en la agenda que iba a Lehmann’s.

—¿Nada más?

—No que Harry me comentara.

Nathan pensó en la agenda en cuestión. Sabía dónde estaba, al lado del teléfono, junto a la puerta trasera de la casa que había pertenecido a su padre y después había pasado a ser de Cameron. Nathan se había criado allí, de modo que la había usado muchas veces, tantas como había dejado de usarla, por olvido o pereza, o porque no quería que nadie supiera adónde iba o porque no encontraba un bolígrafo.

Sintiendo todo el peso del calor en la nuca, miró su reloj. Una fina capa de polvo rojo cubría la esfera digital. Pasó el pulgar.

—¿A qué hora está previsto que lleguen?

Se refería a la policía y a los servicios médicos. A dos personas para ser más exactos, uno de cada profesión. Equipos no había, no en esa zona.

—No estoy seguro, pero vienen de camino.

Lo cual tampoco significaba que estuviesen al caer. Nathan volvió a mirar la lona y las marcas en el polvo.

—¿Parecía herido?

—Creo que no. Al menos no me dio esa impresión. Sólo parecía cosa del calor y la sed.

Con la cabeza gacha, Bub tocó el borde del círculo de polvo con la punta de la bota. Ninguno de los dos hermanos lo mencionó. Sabían lo que significaba. Habían visto trazos parecidos hechos por animales moribundos. De repente, Nathan pensó algo que hizo que mirara a su alrededor.

—¿Dónde están todas sus cosas?

—El sombrero, debajo de la lona. No llevaba nada más.

—¿Cómo que nada?

—Según el piloto, no. Le pidieron que se fijase bien y que hiciera fotos, pero no vio nada más.

—Pero... —Nathan volvió a inspeccionar el suelo—. ¿Nada de nada? ¿Ni una botella de agua vacía?

—Creo que no.

—¿Has mirado bien?

—Mira tú, tío, que para algo tienes ojos.

—Pero...

—No lo sé, ¿vale? No tengo respuestas. Para de hacerme preguntas.

—Bueno, vale. —Nathan respiró hondo—. Pero el coche sí que lo encontró, ¿verdad? El piloto, digo.

—Sí.

—¿Y dónde está?

Ya no se molestó en disimular su frustración. Como decía su padre: «Sacarás más lógica de las vacas que del puñetero Bub.»

—Cerca de la carretera.

Nathan se lo quedó mirando.

—¿Qué carretera?

—¿Cuántas hay? La nuestra. De este lado del límite, un poco más al norte de tu reja para el ganado. Tío, que lo dijeron todo por la radio.

—No puede ser. Eso está a diez kilómetros.

—Yo diría que ocho, pero sí.

Se produjo un largo silencio. El sol ya estaba muy alto, y el recuadro de sombra de la lápida se había reducido a la mínima expresión.

—O sea, que Cam salió del coche.

A los pies de Nathan, la Tierra osciló muy levemente sobre su eje. Negó con la cabeza al ver la cara que ponía su hermano pequeño.

—Perdona, ya lo sé, no lo sabes, es sólo que...

Miró detrás de Bub, al horizonte, lejano y estático. El único movimiento que veía era el del pecho de su hermano, que subía y bajaba con la respiración.

—¿Te has acercado a verlo? —preguntó finalmente.

—No.

Le pareció que esa vez decía la verdad. Echó un vistazo por encima del hombro. Xander era un bulto negro encorvado en su asiento.

—Vamos.

Capítulo 2

2

Al final fueron nueve kilómetros.

Nathan tenía su cuatro por cuatro al otro lado de la cerca, de modo que la cruzó de nuevo y abrió la puerta del pasajero. Xander alzó la vista, listo para hacer preguntas, pero Nathan levantó una mano.

—Ya te lo explicaré. Venga, que vamos a buscar el coche del tío Cam.

—¿A buscarlo? ¿Dónde está?

Xander frunció el ceño. Después de una semana, el corte de pelo de alumno de colegio privado empezaba a verse algo desgreñado, y la barba incipiente en el mentón lo hacía parecer mayor.

—Cerca de la carretera. Conduce Bub.

—¿Perdona? ¿De vuestra carretera?

—Eso parece.

—Pero... ¿qué...?

—No sé, ya veremos.

Xander abrió y cerró la boca. Luego bajó del cuatro por cuatro sin hacer más comentarios y siguió a su padre al otro lado de la cerca. De camino al coche de Bub, lanzó una mirada a la lona y rodeó respetuosamente la lápida.

—Hola, Bub.

—Buenas, chavalín. Bueno, ya no tan chavalín, ¿eh?

—No, supongo que no.

—¿Qué tal por Brisbane?

Nathan vio que su hijo se quedaba callado. La respuesta estaba clara: «Mejor que por aquí.»

—Bien, gracias —prefirió contestar Xander—. Siento lo de Cameron.

—Ya. Bueno, no es culpa tuya, tío.

Bub abrió la puerta de su coche.

—Venga, arriba.

Xander se quedó mirando la tumba.

—¿Y lo...?

—¿Lo qué? —contestó Bub ya al volante.

—¿Lo dejamos así?

—Han dicho que no lo toquemos.

Xander puso cara de consternación.

—No, si no iba a tocarlo. Sólo pensaba que igual uno de nosotros debería...

La mirada de incomprensión de Bub lo hizo vacilar.

—Da igual.

Nathan percibió la blandura urbana de Xander al desnudo, como una capa de piel nueva. Le habían suavizado las aristas a base de conversaciones llenas de matices, café extranjero e informativos matinales. No se las habían cincelado y lijado hasta hacer callo. Xander pensaba antes de hablar y sopesaba con antelación las consecuencias de sus actos. Nathan pensó que en líneas generales eso no era malo, pero que dependía de dónde estuvieras. Abrió la puerta del coche.

—Creo que no hace falta. —Subió—. Venga, vamos.

Xander se sentó en la parte posterior sin discutir, aunque no parecía convencido. Dentro se estaba fresco y había poca luz. La radio permanecía muda en su soporte.

Nathan se volvió hacia su hermano.

—¿Vas a seguir la cerca?

—Sí, creo que es lo más rápido.

Bub observó a Xander por el retrovisor, aguzando la vista.

—Agárrate bien. Voy a hacer lo que pueda, pero tiene pinta de que habrá bastantes baches.

—Vale.

Nadie habló mientras Bub se concentraba en el terreno que tenía delante de las ruedas, aferrándose al control que intentaban robarle las pendientes bruscas y las zonas escondidas de tierra blanda. La tumba desapareció enseguida cuando subieron una cuesta. Nathan advirtió que Xander se agarraba con más fuerza al asiento trasero. Se volvió y se quedó mirando la cerca que separaba su propiedad de la de sus hermanos. El alambre se perdía de vista en ambas direcciones. No veía el final. Cuando pasaron por una zona donde los postes parecían sueltos, tomó nota mentalmente para comentárselo a Cam, pero luego, con otro sobresalto, se acordó de lo que había ocurrido.

Bub fue reduciendo la velocidad a medida que se acercaban al borde de las tierras de Cameron. Un promontorio natural paralelo al límite oriental de las propiedades de Cam y Nathan impedía ver la carretera por delante. Del lado de Nathan era poco más que una duna; en el de Cameron, en cambio, había un afloramiento rocoso que había logrado capear unos cuantos milenios y que al atardecer emitía un resplandor rojo, como si tuviera luz propia. En ese momento era de un marrón apagado.

—¿Dónde está el coche? —preguntó Nathan.

Bub casi había detenido el vehículo y permanecía muy atento al parabrisas. Xander se dio media vuelta para mirar por dónde habían llegado.

—En este lado no hay nada —afirmó Nathan, intentando ver algo a través del polvo del cristal—. ¿El piloto qué dijo exactamente?

—Iba sin GPS, o sea que... —Bub se encogió de hombros. No era de mucha ayuda—. Aunque dijo que por las rocas, hacia el norte —añadió, cambiando de marcha—. Iré hasta la carretera, a ver qué vemos.

Siguió la pista estrecha que unía extraoficialmente el prado con la carretera, sin alejarse de la cerca. Pasaron por un hueco entre las rocas, con una sacudida y un chirrido del motor, y de golpe se encontraron al otro lado de la elevación rocosa. En la pista sin asfaltar no había nada.

—¿Hacia el norte, tú crees? —preguntó Nathan.

Bub asintió con la cabeza. Las ruedas levantaron una nube de polvo, y Nathan oyó que la aceleración apedreaba la carrocería. La carretera se extendía ante ellos como una cinta sucia. A la izquierda se erguía la pared de roca, que al cabo de pocas horas taparía el sol por el oeste.

Un minuto después, Bub frenó delante de un tajo que apenas se percibía en la roca. No había indicadores. Los pocos habitantes de la zona se conocían todas las pistas secundarias, y a los turistas esporádicos no se los animaba a explorarlas. Bub avanzó con el coche por el hueco, entre las rocas altas, y salió al otro lado. Desde aquel mirador, el afloramiento rocoso era una cuesta suave que, tras alcanzar su altura máxima, bajaba con brusquedad hacia la carretera.

Frenó y dejó el motor en marcha. Nathan abrió su puerta y bajó. Se había levantado viento. Notó que el polvo le penetraba la piel y se le metía entre las pestañas. Fue volviéndose lentamente, hasta dar una vuelta completa. Vio rocas, y la cerca, empequeñecida por la distancia. Nada más, aparte del horizonte. Subió de nuevo.

—Prueba más arriba.

Regresaron a la carretera. Poco después, Bub cruzó otra brecha, e hicieron lo mismo: detenerse y echar un vistazo a su alrededor. Nada. Cuando Nathan ya casi había perdido la esperanza y abría la puerta para sentarse de nuevo, oyó unos golpes suaves en la ventanilla. Era Xander, que decía algo al tiempo que señalaba con el dedo.

—¿Qué es eso?

Nathan se asomó al interior.

—Eso de allí. En la parte iluminada.

Xander estaba señalando la pendiente, hacia la carretera. Con el sol de cara, Nathan no distinguía nada. Se agachó para alinear su visión con la de su hijo, y entonces lo vio: lejos, en la cima rocosa de un afloramiento, se atisbaba un brillo de metal sucio.

• • •

La puerta del conductor estaba abierta, aunque no del todo, lo justo para que bajara un hombre.

Después de que Xander avistara el reflejo del coche, Bub había vuelto a la carretera para dirigirse a la siguiente pista escondida y detenerse de nuevo al otro lado. Desde ahí era imposible pasar por alto el Land Cruiser. Estaba aparcado en la pequeña meseta que coronaba la ladera de roca, con el morro orientado hacia la pendiente escarpada que bajaba hasta la carretera.

De acuerdo tácito, Bub aparcó y subieron a pie. Cuando llegaron se quedaron los tres al lado del coche de Cameron, con las corrientes de aire sacudiéndoles la ropa.

Nathan rodeó el cuatro por cuatro y, por segunda vez esa mañana, experimentó una especie de vuelco, como si algo se saliera de su eje. Por fuera, el coche se veía de lo más normal. Estaba sucio, descascarillado por las piedras, pero no advirtió nada raro. Sin embargo, sintió un cosquilleo frío y desagradable en la base del cuello.

No había nada extraño, lo cual de por sí ya era rarísimo. Se dio cuenta de que lo mínimo que había esperado era encontrarlo atascado en la arena, volcado, aplastado contra una roca o hecho un amasijo de metal serrado. Esperaba fugas de vapor o aceite, llamas, el capó abierto o las cuatro ruedas desinfladas como sacos de goma. No sabía qué exactamente, pero algo esperaba; en todo caso, más de lo que había. Algo similar a una explicación.

Se puso en cuclillas para examinar las ruedas. Sobre la piedra dura se apoyaban firmemente cuatro neumáticos en buen estado. Abrió el capó y pasó la mano por las piezas fundamentales. Todo en su sitio, a primera vista. Al otro lado de la ventanilla, las agujas del salpicadero indicaban que los dos depósitos —el principal y el de reserva— estaban llenos, o casi. Oyó un ruido, levantó la cabeza y vio que Bub estaba abriendo las puertas traseras del Land Cruiser. Xander y él inspeccionaban la gran zona de carga con cara rara. Nathan rodeó el vehículo para ir con ellos.

No faltaba de nada. Varios litros de agua se mecían suavemente en botellas que aún estaban sin abrir, junto a bastantes latas de atún y de judías. Una buena colección, como para subsistir durante una semana o más. Nathan abrió con un dedo la pequeña nevera que podía alimentarse con la electricidad del coche. Dentro había más botellas de agua, varios sándwiches envueltos que empezaban a resecarse por los bordes y un pack de seis cervezas de graduación media. También había otras cosas: combustible de repuesto en un bidón, dos neumáticos de recambio atados con correas, una pala y un botiquín de primeros auxilios. Lo típico, en definitiva. Nathan sabía que si abrían su coche encontrarían exactamente lo mismo. Y supuso que en el de Bub también. Un kit básico de supervivencia para el clima más duro de Australia. Era impensable salir de casa sin él.

—Las llaves están aquí.

Xander se había asomado por la puerta del conductor. Cuando Nathan se acercó a él se dio cuenta de que sus hombros ya quedaban a la misma altura.

Sobre todas las superficies se había depositado una fina capa de polvo rojo. Bajo esa pátina, Nathan vio las llaves encima del asiento, al final de una cuerda negra enrollada con esmero.

Eso ya sí que era más raro, le susurró una vocecita. Pero no el hecho de que hubiera dejado las llaves en el coche. En realidad, Nathan no conocía a nadie en toda la zona que no lo hiciera: visualizó sus propias llaves tiradas de cualquier manera en el suelo del todoterreno, aparcado cerca de la tumba. Y sabía que las de Bub estarían colgando de la palanca del intermitente de su coche, al pie de la cuesta. Nathan no recordaba haber visto nunca a Cameron sacando las llaves de su vehículo. Aunque tampoco enrollándolas y dejándolas en algún sitio con tanta precisión.

—Tal vez tuvo una avería. —Bub no lo dijo muy convencido.

Nathan no contestó. Siguió mirando las llaves. De repente estaba levantando una mano.

—Papá, no, que no podemos tocar...

El gesto hizo que el polvo trazara unas formas delicadas al girar en el aire. Cuando cerró los dedos alrededor de las llaves, haciendo caso omiso de su hijo, supo lo que estaba a punto de ocurrir y se quedó helado.

Se sentó, introdujo la llave en el contacto y la giró. No encontró ninguna resistencia, el metal se deslizó con suavidad. Sintió las vibraciones del motor, que se puso en marcha con un rugido que a continuación se convirtió en un ronroneo. Y rompió con fuerza el silencio.

Echó un vistazo a Xander, pero éste ya no lo miraba a él. Con el ceño fruncido, y haciendo pantalla con la mano, seguía algo en la distancia, más allá del coche. Nathan se volvió para ver qué era. Lejos, hacia el sur, se desplazaba una densa nube de polvo. Alguien se dirigía hacia ellos.

Capítulo 3

3

Por segunda vez ese día, Nathan estaba al lado de la tumba del ganadero, desde donde vio que el vehículo se acercaba y frenaba poco antes de llegar.

Era un cuatro por cuatro con neumáticos industriales y una barra parachoques delantera, como casi todos los coches de la zona, con la diferencia de que éste llevaba detrás una camilla. Delante y en los lados, las señales reflectantes de la ambulancia brillaban bajo el sol.

Nathan, Bub y Xander se habían quedado en el saliente de roca, junto al Land Cruiser de Cameron hasta que la nube de polvo procedente del sur había cobrado forma; en ese momento, sin decir nada, habían bajado para volver en coche a la tumba y esperar.

Al ver que la ambulancia se detenía y que el enfermero levantaba la mano, Nathan sintió alivio por primera vez en toda la mañana. Por fin un poco de ayuda.

Steve Fitzgerald era un hombre enjuto y fuerte, de cincuenta y pocos años, que de vez en cuando contaba anécdotas de sus períodos de servicio con la Cruz Roja. Pasaba la mitad del año en Afganistán, Siria, Ruanda y sitios por el estilo, y la otra como responsable de una clínica en Balamara. En una ocasión había comentado que le gustaban los retos, y a Nathan le había parecido que se quedaba corto. Salió de la ambulancia con un policía que Nathan no conocía.

—¿Dónde está Glenn? —preguntó enseguida.

El poli puso mala cara.

Steve tardó un poco en contestar. Miró la tumba y la lona, y negó con la cabeza.

—Madre mía. Pobre Cameron. —Se agachó, pero no tocó nada—. Glenn anda liado desde ayer en Haddon Corner. Una familia con niños pequeños se quedó atascada en la arena con el coche de alquiler, pero no sabían darnos su localización exacta. Ya los ha encontrado, aunque no volverá hasta mañana.

—¿Mañana?

—Bueno, sólo tiene dos manos.

—Mierda.

Era verdad. El sargento Glenn McKenna mantenía él solo la ley y el orden en una zona del tamaño de Victoria. A veces estaba cerca, y otras, no, pero al menos conocía bien el terreno. Nathan se fijó en el poli nuevo. Ya estaba quemado por el sol y parecía apenas mayor que Xander.

—Y a ti ¿de dónde te han traído? —le preguntó.

—De St. Helens. Esta mañana. Soy el sargento Ludlow.

—¿Hiciste la instrucción en St. Helens?

—No. —Ludlow vaciló—. En Brisbane.

—¿En la ciudad? ¡Por Dios! —Nathan se dio cuenta de que estaba siendo maleducado, pero le dio igual—. ¿Y cuánto llevas en St. Helens?

—Un mes.

—Genial.

Esta vez percibió que incluso Bub suspiraba. Miró a Steve, que estaba descargando el instrumental.

—Igual es mejor que esperemos a que vuelva Glenn.

—Vosotros esperad lo que queráis —dijo Steve sin molestarse—, pero el sargento Ludlow y yo nos vamos a ocupar de esto ahora mismo.

Nathan miró a Bub a los ojos. Nada, no reaccionaba.

—Vale, vale —dijo—. Perdona, tío, no es nada personal, es que...

—Lo entiendo —respondió Ludlow—. Pero es que o era yo o nadie.

Se instaló un silencio incómodo, de duda entre las dos opciones.

—Pero, tranquilo, obviamente haré todo lo que pueda por tu hermano —añadió el sargento.

De repente, Nathan se sintió un poco idiota.

—Claro, claro. Gracias por venir desde tan lejos.

El atisbo de alivio en la cara del poli hizo que se sintiera aún peor. Tras hacer las presentaciones adecuadamente, esperó a que el sargento sacara una cámara de su bolsa.

—Voy a...

Ludlow señaló el objetivo y después la tumba. Todos se apartaron para dejarle hacer fotos de la lona y los alrededores desde todos los ángulos. Cuando se levantó, tenía polvo en las rodillas y la camisa.

—Todo tuyo —le dijo al enfermero.

Steve se arrodilló al lado de la tumba y retiró el borde de la lona, pero de una manera que impedía ver lo que había debajo. Nathan se lo agradeció profundamente. Bub se alejó hacia su coche y se apoyó en el lado donde no daba el sol, con la vista clavada en el suelo mientras el sargento echaba una ojeada a las fotos que acababa de hacer.

Nathan y Xander se habían quedado bastante cerca del enfermero. Nathan no tuvo más remedio que pensar que Cam no habría estado muy contento. Cameron y Steve Fitzgerald nunca habían hecho muy buenas migas. Justo entonces Steve levantó la vista, como si le estuviesen pitando los oídos.

—¿Y tú qué? ¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Sí? ¿Todo bien? Bueno, menos por esto, claro. —Steve se dirigió a él en un tono amistoso, pero con cierto dejo profesional.

No se lo preguntaba para dar conversación.

—Yo estoy bien. El que ha pasado aquí toda la noche es Bub.

—Ya lo sé, pero hacía tiempo que no te veía. —Tampoco eso lo decía por decir—. Te saltaste la cita en la clínica.

—Avisé por teléfono.

—Ya, pero la cuestión era que vinieses.

—Lo siento. —Nathan se encogió de hombros—. Tenía trabajo.

—Pero ¿estás bien?

—Sí, ya te lo he dicho.

Nathan miró a Steve como diciéndole «Delante del crío, no», pero ya era demasiado tarde. Pilló a Xander mirándolo de reojo. Después de un rato que se le hizo muy largo, Steve se sacudió el polvo de las manos y se apoyó en los talones.

—Bueno... —Hizo señas al sargento y a Bub para que se acercaran—. Ayer estuve hablando con el piloto, y la verdad es que no hay muchas sorpresas. Deshidratación, diría yo. Para estar seguros tendremos que mandarlo a St. Helens a que le practiquen la autopsia; tratándose de un hombre relativamente joven y sano, y de una muerte inesperada, querrán examinarlo, pero todo encaja. —Steve levantó la vista—. ¿Qué hacía aquí?

—No estamos seguros —dijo Nathan.

El sargento Ludlow estaba hojeando un cuaderno.

—Esto... —Miró a Bub—. En principio tú y él habíais quedado el miércoles, ¿verdad?

—Sí.

El sargento esperó a que continuara pero, al toparse con la mirada fija de Bub, la piel quemada se le enrojeció aún más.

—¿Podrías contarme qué ocurrió?

A Bub se le notó en la cara que estaba un poco sorprendido, pero le contó lo mismo que a Nathan, entre titubeos y mucha ayuda por parte del sargento. Sin embargo, aquella nueva versión era muy inconexa, y ni siquiera Nathan pudo evitar fruncir el ceño de perplejidad al oír algunas partes. El sargento Ludlow continuó escribiendo como un poseso hasta mucho después de que Bub terminara de hablar. Luego retrocedió una página y releyó sus palabras.

—¿Por qué llegaste tarde? —lo preguntó como de pasada, como si se le acabara de ocurrir.

Nathan, sin embargo, estaba convencido de que hacía minutos que le daba vueltas. De repente, al mirar la piel quemada y los ojos del poli, que los tenía muy abiertos, se preguntó si lo habría juzgado mal.

Bub parpadeó.

—¿Qué?

—Que por qué no llegaste a Lehmann’s Hill a la hora a la que habías quedado con tu hermano.

—Ah, es que tuve dos pinchazos.

—¿Pinchazos?

—Sí.

—¿Dos?

—Sí.

—Qué mala suerte. —El sargento sonreía, aunque su tono había cambiado un poco.

—Puede pasar —se apresuró a decir Nathan, aliviado al ver que Steve lo confirmaba con un gesto de la cabeza—. Tampoco es tan raro. Entre el calor y las piedras... es muy fácil pinchar, y muchas veces incluso en dos ocasiones. Y en esta época del año se tardan unos cuarenta y cinco minutos en cambiar una rueda, por no decir una hora. —Se interrumpió al darse cuenta de que se estaba yendo por las ramas.

El sargento Ludlow seguía mirando a Bub.

—¿Es eso lo que pasó?

Para alivio de Nathan, Bub asintió sin abrir la boca. El sargento lo observó por encima del cuaderno y luego garabateó algunas palabras más. Pese a lo sincera que parecía su expresión, Nathan volvió a percibir que su hermano escondía algo. Miró de reojo el coche de Bub. Era cierto que las dos ruedas delanteras parecían más nuevas. Pilló a Xander haciendo lo mismo, y ambos apartaron la vista enseguida.

Finalmente, el sargento desvió su atención de Bub hacia Steve.

—¿Alguna idea sobre la hora de la muerte?

—A lo largo de la mañana de ayer. Teniendo en cuenta la temperatura, y la falta de sombra y agua, me sorprendería mucho que hubiera durado más de veinticuatro horas. Seguro que la autopsia nos dirá más.

—No parece mucho tiempo. —El sargento Ludlow frunció el ceño—. ¿Cuántos años tenía, treinta y largos?

—Cuarenta exactos —dijo Nathan.

—Otros habrían durado menos —dijo Steve—. Puede que haya pecado un poco de optimista al calcular veinticuatro horas.

Ludlow se concentró de nuevo en los hermanos.

—¿A qué distancia estamos de la casa de Cameron?

—A pie, a unos quince kilómetros en línea recta hacia el noroeste —dijo Nathan—. Si vas en coche, desde aquí tienes que seguir la pista de tierra hacia el oeste, y después hacia el norte, a menos que quieras acabar atascado en la arena, o sea que serán más de treinta kilómetros. La ruta más segura son otros diez kilómetros: primero hacia el este desde aquí hasta las rocas, y luego hacia el norte por la carretera.

Las rocas y la carretera donde habían encontrado el coche de Cam. Nathan y Bub intercambiaron miradas. Ludlow se dio cuenta.

—O sea que ¿incluso el camino más corto son unas cuantas horas a pie? —preguntó.

—Con este tiempo, a pie no se puede ir —dijo Steve con la voz amortiguada mientras miraba de nuevo debajo de la lona—. Fue donde se equivocaron los tres técnicos aquellos que se quedaron atascados en Atherton hace unos años. ¿Te acuerdas, Bub? Tú participaste en la búsqueda, ¿no?

Bub asintió.

—¿Qué edad tenían? ¿Unos veinticinco? —continuó Steve—. Intentaron volver caminando e hicieron siete kilómetros, si es que llegaron. Al cabo de seis horas habían muerto dos.

—¿Por aquí qué más hay? —Ludlow se aproximó a la cerca y apoyó las manos en el alambre—. ¿Las tierras del otro lado son las tuyas? —le preguntó a Nathan.

—Sí.

—¿Es posible que tu hermano esperara encontrarte?

Nathan vio que tanto Bub como Steve lo miraban.

—No.

—Pareces muy seguro.

—Porque lo estoy.

—Pero... —Ludlow volvió a abrir su cuaderno—. ¿Sabía Cameron que tu hijo y tú habíais salido a inspeccionar la cerca?

—Sí, siempre lo hago en esta época del año, pero no estábamos por la zona.

—¿Y eso Cameron lo tenía claro?

Se hizo un largo silencio.

—No.

Ludlow pasó la mano por el alambre superior y abrió la palma para observar el polvo.

—¿Se te ocurre alguna razón para que tu hermano tuviera que venir aquí?

—No sé por qué iba a tener que venir —dijo finalmente Nathan—, aunque conocía esto muy bien.

—¿Venía a menudo?

—Creo que ya no.

Nathan miró a Bub, que se encogió de hombros, y añadió:

—Antes sí.

—También es la única sombra que hay en varios kilómetros —intervino Steve—. Igual la buscó por instinto.

El sargento Ludlow reflexionó al respecto mientras contemplaba el bulto del suelo, inconfundiblemente humano, incluso debajo de la lona.

—De ánimo ¿cómo andaba tu hermano estas últimas semanas? —Lo preguntó con delicadeza.

Nathan tardó un poco en advertir que se dirigía a él.

—No lo sé. Llevaba unos meses sin verlo.

—¿Cuántos?

—Pues no lo sé... Unos cuatro. Fue cuando estuvimos arreglando las pistas, Bub, ¿te acuerdas?

Se dio cuenta de que ésa era la última vez que había visto a sus dos hermanos juntos. Bub puso cara de no saber de qué le hablaba.

—Cuatro meses —dijo Ludlow—. En agosto o septiembre, vaya.

—Seguramente un poco antes. —Nathan intentó pensar—. De hecho... Sí, hacía poco tiempo de aquel partido de rugby, el primero de la serie State of Origin, porque lo comentamos.

—Junio —dijeron Ludlow y Bub al unísono.

—Sí, supongo.

—Seis meses, entonces —dijo Ludlow.

—Supongo que sí. De vez en cuando hablábamos por la radio.

—¿A menudo?

—Bastante.

—¿No os habíais visto por alguna razón?

—No, por nada. Son casi tres horas de puerta a puerta, y todos tenemos mucho trabajo.

Se volvió hacia Bub en busca de ayuda, aunque no la recibió.

—¿Tú qué dices, que lo ves en casa cada día? —le preguntó.

Esperaba que su hermano se encogiera de hombros, pero vio que ponía cara de pensárselo, hasta que respiró hondo.

—Cam estaba un poco nervioso últimamente.

Nathan se lo quedó mirando, sorprendido. ¿Tan mal estaban las cosas que incluso a Bub le había llamado la atención?

—¿Nervioso en qué sentido? —preguntó Ludlow.

Esta vez, Bub sí se encogió de hombros. Parecía un poco tenso.

—No sé, el normal.

Se quedaron todos esperando, pero no dio muestras de tener nada más que añadir.

Ludlow consultó sus notas.

—¿Con quién más vivía Cameron en esta propiedad?

—Conmigo... —Bub, fue contando con los dedos—. Con mamá, Ilse, que es la mujer de Cam, sus dos hijas, el tío Harry...

—Harry Bledsoe —intervino Nathan—. No es nuestro tío de verdad. Es un amigo de la familia que trabaja en la propiedad desde antes de que nosotros tres naciéramos.

—O sea que ¿técnicamente es un empleado? —preguntó Ludlow.

—Técnicamente, sí, aunque nadie lo ve de ese modo —contestó Nathan.

Bub asintió con la cabeza.

—Ahora mismo también hay un par de mochileros.

—¿Y qué hacen? —preguntó Ludlow.

—Lo típico: trabajan en el campo, en la casa... Lo que sea. Los contrató Cam hace unos meses.

—¿Lo hacía a menudo, contratar a gente?

—Cuando le hacía falta —dijo Nathan—. A lo largo del año iban y venían trabajadores externos y peones en función de las necesidades. Glenn, el sargento McKenna, está al corriente.

Ludlow se limitó a anotar algo en su cuaderno.

Steve se levantó y se sacudió el polvo de las rodillas.

—Bueno, vale, me gustaría subirlo ya a la ambulancia. El sargento y yo podemos arreglárnoslas con la camilla, a menos que alguno de vosotros tenga ganas de ayudar...

Tanto Nathan como Bub negaron con la cabeza. Para Nathan fue un alivio. Sospechaba que habría acusado el peso de aquel bulto de por vida.

Steve volvió a ponerse en cuclillas.

—Voy a retirar del todo la lona. Lo digo por si queréis mirar hacia otra parte.

Nathan se dispuso a decirle algo a Xander, pero vio que el chico ya se estaba volviendo. «Los de ciudad son más blandos», pensó, aunque se alegró. Bub miraba fijamente el horizonte.

Nathan se lo pensó demasiado y al final se encontró con la decisión tomada. La lona resbaló cuando depositaron el cuerpo laxo de Cam en la camilla. Tenía razón Bub: herido no parecía, al menos en el sentido convencional. Sin embargo, el calor y la sed provocaban unos efectos terribles en las personas. Al perder el uso de la lógica, Cam se había empezado a quitar la ropa, y tenía la piel agrietada. Más allá de lo que hubiera estado pensando cuando aún seguía con vida, muerto no parecía muy tranquilo.

Nathan se quedó mirando fijamente la camilla hasta mucho después de que la hubieran subido a la ambulancia. El sargento Ludlow se volvió de nuevo hacia la tumba, sacudiéndose el polvo de las manos en los pantalones de manera inconsciente. De repente se quedó muy quieto. Luego dio un paso, para examinar el espacio que había ocupado Cameron. La tierra era arenosa y estaba salpicada de hierba reseca. El sargento se agachó.

—¿Qué pasa?

Nathan notó que por un lado se le acercaba Bub, y por el otro Xander, atentos a lo que señalaba Ludlow.

Cerca de la base de la lápida, donde el suelo había recibido el peso de la espalda de Cameron, había un agujero poco profundo.