Quienes creían que la guerra empezaría pronto se habían cansado de esperar hacía tiempo, y el señor Jules, antes que nadie. Más de seis meses después del reclutamiento general, el dueño de La Petite Bohème, descorazonado, había dejado de creerlo. Durante el servicio, Louise incluso lo había oído afirmar que, en realidad, «nadie había creído en esa guerra». Según él, aquel conflicto no era más que una inmensa transacción diplomática a escala europea, con unos discursos patrióticos espectaculares y anuncios grandilocuentes, una partida de ajedrez gigantesca en la que el reclutamiento general sólo había sido un aspaviento más. Sí, habían provocado unos cuantos muertos aquí y allá —«¡más de los que dicen, seguro!»—, como en la revuelta en el Sarre, en septiembre, que les había costado la vida a doscientos o trescientos hombres, pero, vaya, «¡eso no es una guerra!», exclamaba asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Las máscaras de gas que habían recibido en otoño, olvidadas ya en un rincón del mostrador, se habían convertido en motivo de burla en las viñetas humorísticas. La gente bajaba a los refugios con resignación, como si cumpliera un ritual bastante inútil, ante las alertas sin aviones, en una guerra sin combates que se hacía eterna. Lo único tangible era el enemigo, el de siempre, el mismo al que se quería destripar por tercera vez en medio siglo, aunque éste tampoco parecía dispuesto a lanzarse de cabeza a la batalla. De hecho, en primavera, el Estado Mayor había permitido a los soldados del frente... (y aquí, el señor Jules se cambiaba el trapo de mano y apuntaba al cielo con el índice para recalcar lo disparatado de la situación) ¡cultivar huertos! «Maldita sea...», suspiraba.
Así que el inicio de las hostilidades, aunque se produjera en el norte de Europa, demasiado lejos para su gusto, le devolvió la confianza. «Con la tunda que le están dando los Aliados a Hitler en la zona de Narvik, esto no va a durar mucho», aseguraba a quien quisiera escucharlo. Y como, en su opinión, aquello era asunto concluido, pudo volver a concentrarse en sus motivos de descontento favoritos: la inflación, la censura de los periódicos, los días sin aperitivo, el escondite de los exentos especiales, el autoritarismo de los jefes de manzana (y sobre todo del carcamal de Froberville), los horarios del toque de queda, el precio del carbón... Nada le parecía bien, salvo la estrategia del general Gamelin, que consideraba imparable.
—Si vienen, será por Bélgica, eso ya se sabe. ¡Y ya os digo yo que allí los están esperando!
Louise, que llevaba unos platos de puerros a la vinagreta y de pies de cerdo, se percató de la mueca dubitativa de un parroquiano, que murmuró:
—Eso de que se sabe...
—¡Hombre, a ver! —ladró el señor Jules, acercándose de nuevo a la barra—. ¿Por dónde van a venir, si no? —Y con una mano hizo una barrera con las hueveras individuales en las que servían los huevos duros—. Aquí están las Ardenas. ¡Infranqueables! —Con el trapo húmedo, trazó un arco grande—. Aquí, la línea Maginot. ¡Infranqueable! Así que ¿por dónde quieres que vengan? ¡No queda más que Bélgica! —Acabada su demostración, se replegó una vez más hacia la cocina, refunfuñando—: ¡Para saber eso no hace falta ser general, joder!
Louise no oyó el resto de la conversación, porque lo que la tenía preocupada no eran los aspavientos estratégicos del señor Jules, sino el doctor.
Lo llamaban así, «el doctor», desde hacía veinte años, el tiempo que llevaba sentándose cada sábado a la misma mesa, cerca del ventanal. Nunca había intercambiado con Louise más que unas palabras, siempre muy educadas, buenos días, buenas tardes. Llegaba hacia las doce del mediodía y se sentaba allí con su periódico. Aunque sólo pedía el postre del día, Louise se empeñaba en tomar nota de su pedido, que él le confirmaba con una voz suave y tranquila, «el pastel de cerezas, sí, perfecto».
Leía las noticias, miraba a la calle, comía, se terminaba la jarra de agua y, hacia las dos, en el momento en que Louise hacía caja, se levantaba, doblaba el Paris-Soir, lo colocaba en una esquina de la mesa, dejaba la propina en el platillo, se despedía y salía del restaurante. El doctor nunca había variado aquel pequeño ritual, ni siquiera en septiembre, cuando el café-restaurante se convirtió en un caos tras el reclutamiento general (ese día, el señor Jules se había mostrado tan en forma que daban ganas de confiarle la dirección del Estado Mayor).
Y de repente, cuatro semanas atrás, cuando Louise le llevó la crema quemada con anís, el doctor le sonrió, se inclinó hacia ella y le hizo aquella petición.
Si se hubiera tratado de una proposición deshonesta, Louise habría dejado el plato en la mesa, hubiera abofeteado al doctor y habría seguido trabajando tan tranquila, y el señor Jules habría perdido a su cliente más antiguo. Pero no fue eso. Le pidió algo sexual, sí, desde luego, pero fue... Cómo explicarlo...
—Me gustaría verla desnuda —había dicho él con calma—. Sólo una vez. Únicamente para mirarla, nada más.
Louise, que se había quedado sin respiración, no supo qué responder. Se puso roja como si hubiera hecho algo malo y abrió la boca para decir algo, pero no fue capaz de pronunciar una sola palabra. El doctor ya había vuelto a enfrascarse en el periódico, y Louise se preguntó si lo había soñado.
Durante el resto del servicio no hizo más que pensar en aquella propuesta extraña, pasando de la perplejidad a la indignación, pero sintiendo que, de algún modo, ya era un poco tarde, que debería haberse plantado inmediatamente ante la mesa y, con los brazos en jarras y alzando la voz, haberlo puesto en evidencia ante los clientes. La furia crecía en su interior, y el plato que se le escapó de las manos y se hizo añicos en el embaldosado fue el detonante. Entró en la sala como una exhalación.
El doctor se había ido.
Su periódico estaba doblado en el borde de la mesa.
Louise lo cogió con rabia y lo tiró a la basura.
—Pero bueno, Louise, ¿qué mosca te ha picado? —le preguntó el señor Jules, que consideraba el Paris-Soir del doctor y los paraguas olvidados como botín de guerra.
Luego recuperó el diario y lo alisó con la palma de la mano, mirando a su empleada con perplejidad.
Louise era una adolescente cuando había empezado a atender mesas los sábados en el café La Petite Bohème, cuyo propietario y cocinero era el señor Jules. Su jefe era un hombre grueso y de movimientos lentos, con la nariz grande, una jungla de pelos en las orejas, la barbilla un poco retraída y un bigote entrecano estilo morsa. Llevaba a todas horas unas zapatillas de paño de edad indefinida, y nadie podía jactarse de haberle visto nunca la cabeza desnuda, pues la llevaba permanentemente cubierta con una boina negra y redonda. Cocinaba para una treintena de clientes. «¡Cocina parisina!», decía alzando el índice, porque eso quería dejarlo claro. Y menú único, «como en casa; si quieren elegir, no tienen más que cruzar la calle». Su actividad estaba rodeada de cierto misterio. Nadie comprendía cómo era posible que aquel hombre pesado y lento, que parecía estar detrás de la barra constantemente, consiguiera hacer tantas comidas de tal calidad. El restaurante siempre se llenaba. El señor Jules habría podido abrir por las noches y los domingos, e incluso ampliar el negocio, pero siempre se había negado: «Cuando abres la puerta demasiado, nunca sabes quién puede entrar —decía, para añadir acto seguido—: Sé de lo que hablo», frase enigmática que quedaba suspendida en el aire como una profecía.
Había sido él quien, en su día, el mismo año en que su mujer, de la que ya nadie se acordaba, se había fugado con el hijo del carbonero de la rue Marcadet, le había pedido a Louise que lo ayudara con el comedor. Lo que había empezado como un favor entre vecinos se había ido prolongando durante los años que ella estudiaba en la Escuela de Magisterio. Luego, como la destinaron muy cerca de allí, en la escuela municipal de la rue Damrémont, Louise decidió no cambiar ninguna de sus costumbres. El señor Jules le pagaba en mano, generalmente redondeando la cantidad hasta la decena superior, lo que hacía refunfuñando, como si ella se lo hubiera reclamado y él lo hiciera contra su voluntad.
En cuanto al doctor, Louise tenía la sensación de conocerlo de toda la vida. Así que, si encontraba tan inmoral que quisiera verla desnuda, era sobre todo porque la había visto crecer. En cierto modo, su petición le parecía incestuosa. A lo que se añadía que acababa de perder a su madre. ¿Se le propone algo así a una huérfana? En realidad, ya habían pasado siete meses desde la muerte de la señora Belmont, y seis desde que su hija había abandonado el luto. Ante la debilidad del argumento, Louise se limitó a hacer una mueca.
Preguntándose qué podía imaginarse un hombre de su edad para querer verla desnuda, Louise se quitó la ropa y se colocó delante del espejo de cuerpo entero de su habitación. Tenía treinta años, el vientre plano y un triángulo de suave vello castaño claro. Se puso de perfil. Nunca le habían gustado sus pechos, que le parecían demasiado pequeños, pero estaba orgullosa de su culo. Tenía el rostro triangular de su madre, los pómulos altos, los ojos, de un azul luminoso, y unos labios bonitos, un poco abultados. Paradójicamente, esos labios carnosos eran lo primero que veía la gente, pese a que Louise nunca había sido una chica sonriente, ni tampoco charlatana, ni siquiera de niña. En el barrio, siempre habían achacado su seriedad a las desgracias que había sufrido: la muerte de su padre en 1916, la de su tío un año después y las depresiones de su madre, que se pasaba la mayor parte del tiempo detrás de la ventana, mirando el patio. El primer hombre que se había fijado en Louise había sido un antiguo combatiente de la Gran Guerra al que un trozo de obús le había arrancado la mitad de la cara. Una infancia preciosa, vaya.
Louise era una chica bonita que nunca se lo había creído. «Las hay a montones más guapas que yo», se repetía. Había tenido éxito con los chicos, pero «todas las chicas lo tienen, eso no significa nada». Como maestra, no paraba de rechazar las insinuaciones de compañeros y directores, incluso de padres de alumnos, que intentaban tocarle el culo en los pasillos, lo que no tenía nada de extraordinario, pasaba en todas partes. Nunca le habían faltado pretendientes. Y entre ellos estaba Armand. Cinco años. Cuidado, que eran novios formales. Louise no era de las que dan que hablar a los vecinos. Su fiesta de compromiso había sido todo un acontecimiento. Muy sensatamente, la señora Belmont había dejado en manos de la madre de Armand la organización del convite, el vino de honor, la bendición... Más de sesenta invitados, entre ellos el señor Jules, que apareció enfundado en un frac que le quedaba demasiado justo, salvo el pantalón, que tenía que subirse constantemente, como cuando salía de su cocina (más tarde, Louise se enteró de que lo había alquilado en una tienda de vestuario y decorados de teatro); iba calzado con unos zapatos de charol que le hacían piececillos de mujer china y presumía de su generosidad, porque ese día había cerrado para cederles el comedor. A Louise todo aquello la traía sin cuidado, lo único que quería era irse a la cama con Armand para que le diera un hijo. Que nunca llegó.
La cosa se eternizaba. En el barrio nadie lo entendía, y muchos vecinos miraban a los novios con ojos suspicaces, torvos: tres años juntos, sin casarse... ¿Dónde se había visto eso? Armand le había pedido matrimonio y seguía insistiendo, pero Louise esperaba a que le desapareciera la regla para dar el sí, y la respuesta se fue posponiendo un mes tras otro. La mayoría de las chicas rezaban para no quedarse preñadas antes de casarse; con Louise era al revés: sin niño, no había boda. Pero el niño no llegaba.
Louise hizo un último intento a la desesperada. Si no podían tener hijos, irían al orfanato, porque si algo no faltaba eran niños abandonados. Armand se lo tomó como un insulto a su virilidad. «¿Y por qué no recogemos al perro que husmea en la basura? ¡Él también es un necesitado!», le soltó. La discusión se envenenó, como de costumbre: se peleaban como un matrimonio. Pero el día que ella sacó el tema de la adopción, Armand, furioso, se fue a su casa y ya no volvió.
Louise se sintió aliviada, porque pensaba que la culpa era de él. Y en el barrio, ¡menudo revuelo se armó con la ruptura! «Pero ¡bueno! ¡¿Y si la chica no quiere?! —gritaba el señor Jules—. ¡¿Qué pretenden, casarla a la fuerza?!» Aunque luego se la llevaba aparte: «A ver, ¿cuántos años tienes, Louise? Armand no está mal, ¿qué más quieres? —Pero lo decía con voz suave, casi titubeante, y añadía—: ¡Un niño, un niño! ¡Pues ya llegará! ¡Esas cosas necesitan su tiempo! —Y se volvía a la cocina—. Sólo falta que se me corte la bechamel...»
De Armand, lo que más echaba de menos era el hijo que no le había dado. Lo que hasta entonces sólo había sido un deseo insatisfecho se convirtió en una obsesión. Louise empezó a desear un hijo a cualquier precio, fuera el que fuese, aunque la hiciera infeliz. La imagen de un bebé en un cochecito le encogía el corazón. Se maldecía, se odiaba, se despertaba sobresaltada en plena noche convencida de haber oído el llanto de un niño, se levantaba de la cama a toda prisa, corría hasta el pasillo chocando con los muebles y abría la puerta. «Sólo es un sueño, Louise», le decía su madre, que la abrazaba y la acompañaba de vuelta a la cama, como si aún fuera una niña.
En la casa se respiraba tanta tristeza como en un cementerio. Louise, que al principio había cerrado con llave la puerta de la habitación que pensaba arreglar para el niño, acabó durmiendo en ella, tendida en el suelo con una simple manta y a escondidas de su madre, que aun así se daba cuenta de todo.
La señora Belmont, afligida por la obsesión de su hija, la estrechaba a menudo contra el pecho y le acariciaba el pelo, diciéndole que lo comprendía, pero que en la vida había otras cosas aparte de los hijos. Para ella, que había sido madre, era fácil decirlo...
—Es muy injusto —admitía Jeanne Belmont—, pero... puede que la naturaleza quiera que antes le encuentres un padre a ese niño.
Era una visión ingenua, todo ese rollo de la Madre Naturaleza y las monsergas con que le habían dado la lata en el colegio...
—Sí, ya sé que todo eso te saca de quicio. Lo que quiero decir es que... Bueno, que a veces es mejor hacer las cosas en el orden debido, eso es todo. Encontrar al hombre y después...
—Pero ¡si ya tenía uno!
—Seguramente no era el ideal.
Así que Louise empezó a buscarse amantes. A escondidas. Se acostó aquí y allá con hombres que no eran de su barrio ni su escuela. Si un chico le guiñaba el ojo en el autobús, ella respondía tan discretamente como lo permitía la moral. A los dos días, estaba tumbada boca arriba, concentrada en las grietas del techo, soltando grititos. Y al siguiente, empezaba a esperar la próxima regla. «Dejaré que me haga lo que quiera», se repetía pensando en aquel niño, como si el sacrificio de su cuerpo fuera a facilitar la llegada de la criatura. Había contraído una enfermedad crónica, Louise se daba perfecta cuenta: estaba obsesionada.
Había vuelto a ir a la iglesia para encender velas, se había confesado de pecados inexistentes para merecer la redención, soñaba que daba el pecho. Cuando uno de sus amantes le atrapaba un pezón con los labios, se echaba a llorar. Los habría abofeteado a todos. Recogió un gatito de la calle y se alegró de tener que limpiar por su culpa; se pasaba el tiempo fregando, frotando, ventilando. Era un animal egoísta que engordó rápidamente, un ser exigente, justo lo que necesitaba Louise para expiar el pecado imaginario que creía haber cometido por ser estéril. Jeanne Belmont decía que aquel gato era una maldición, pero no hizo nada para echarlo.
Agotada por aquella huida hacia delante, Louise se decidió a ir al médico. El veredicto llegó: imposible, un problema en las trompas a consecuencia de repetidas salpingitis, no había nada que hacer. Casualmente, el gato murió atropellado esa misma tarde delante de La Petite Bohème. «¡Ya era hora!», dijo el señor Jules.
Louise dejó de frecuentar al otro sexo y se volvió irascible. Por la noche se golpeaba la cabeza contra la pared. Empezó a odiarse. Se miraba al espejo y veía aparecer en su rostro tics imperceptibles, descubría en sí misma el semblante amargo, nervioso, irritable y tenso de las mujeres en las que late la frustración de no haber tenido hijos. A su alrededor veía a otras, como su compañera Edmonde, o la señora Croizet, la estanquera, a las que les traía sin cuidado no haber tenido hijos. Ella, en cambio, se sentía humillada.
Su cólera contenida asustaba a los hombres. Los clientes del restaurante, que antes no se reprimían, ya no se atrevían a rozarse con ella entre las mesas. Se mostraba fría, distante. En la escuela, la llamaban «la Gioconda» a sus espaldas, y no precisamente con cariño. Para castigar su feminidad y hacerse más inaccesible, se cortó el pelo muy corto. Pero la paradoja se acentuó aún más, porque con aquel corte estaba más guapa que nunca. A veces temía coger tirria a los niños, acabar como la señora Guénot, la loca que sacaba a la pizarra a los chicos rebeldes y les bajaba los pantalones, y que dejaba a las chicas desobedientes de cara a la pared durante los recreos, hasta que se orinaban encima.
Desnuda frente al espejo, Louise no paraba de dar vueltas a todas esas ideas. Quizá porque ahora sus relaciones con los hombres eran inexistentes, comprendió de pronto que, por muy inmoral que fuera, la petición del doctor la había halagado.
Aun así, el sábado siguiente se sintió aliviada. Probablemente también él había comprendido que la situación era absurda, y no repitió su petición. Le sonrió con amabilidad, le dio las gracias por el postre y la jarra de agua y se enfrascó en el Paris-Soir, como siempre. Louise, que en realidad nunca se había fijado mucho en él, aprovechó para observarlo. Si la semana anterior no había reaccionado al instante, era porque en el doctor no había nada sospechoso ni inquietante. Un rostro marcado por las arrugas, alargado y cansado. Le echaba unos setenta, pero nunca había sido muy buena calculando la edad de la gente, se equivocaba a menudo. Mucho tiempo después, recordaría que había visto en él algo etrusco. El adjetivo la había desconcertado, no lo usaba con frecuencia. Quería decir «romano», por la nariz, grande y un poco aguileña.
El señor Jules, exaltado por el rumor de que la propaganda comunista podría ser castigada en breve con la pena de muerte, proponía ampliar el debate («Yo mandaría a la guillotina también a sus abogados... ¡Hombre, es verdad!»). Louise estaba atendiendo una mesa cercana cuando el doctor se levantó para marcharse.
—Por supuesto, le pagaré, ya me dirá cuánto quiere. E insisto: lo único que deseo es mirar, nada más, no tema.
Se abrochó el último botón del gabán, se puso el sombrero, sonrió y se marchó tranquilamente, tras hacerle un leve gesto con la mano al señor Jules, que en ese momento la había tomado con la huida de Maurice Thorez («¡Ese animal estará en Moscú! ¡Al paredón lo mandaba yo!»). Sorprendida por aquel nuevo envite, que ya no esperaba, a Louise no se le cayó la bandeja de milagro. El señor Jules alzó la vista.
—¿Pasa algo, Louise?
Durante la semana siguiente, su indignación se reavivó. ¡Se iba a enterar aquel carcamal! Esperó a que llegara el sábado con una impaciencia enrabietada, pero, cuando el doctor entró en el restaurante, lo vio tan mayor, tan frágil... Mientras atendía las mesas, buscó una explicación, el motivo por el que su furia se hubiera desvanecido de esa manera. Y era simplemente que el doctor se mostraba seguro de sí mismo. A ella la petición la había turbado, pero él parecía no haber dudado un solo instante. Sonrió, pidió el postre del día, leyó el periódico, pagó y, en el momento de marcharse...
—¿Lo ha pensado? —le preguntó con voz suave—. ¿Cuánto quiere?
Louise miró al señor Jules y se avergonzó por cuchichear de aquel modo con el viejo doctor junto a la puerta del café.
—Diez mil francos —le soltó, como si lo insultara, y se puso roja.
Era una barbaridad, una cifra inaceptable.
El doctor asintió con una expresión que parecía decir: «Comprendo», se abotonó el gabán y se puso el sombrero.
—De acuerdo.
Y se marchó.
—¿Pasa algo con el doctor? —le preguntó el señor Jules.
—No. ¿Por qué?
Un gesto vago. No, por nada.
Lo elevado de la suma la asustó. Cuando acabó el servicio, se imaginó haciendo una lista de las cosas que podría comprarse con diez mil francos. Comprendió que iba a aceptar que un hombre le pagara por desnudarse. Era una puta. Aquella constatación le sentó bien. Estaba en consonancia con la idea que tenía de sí misma. En otros momentos, para tranquilizarse, se decía que mostrarse desnuda de aquel modo no era mucho peor que hacerlo en la consulta del médico. Una compañera de la escuela posaba en una academia de pintura; al parecer, sólo era aburrido, lo que más temía era coger frío.
Y diez mil francos... No, imposible, no podía ser sólo por desnudarse. Querría algo más. Por ese precio, podía conseguir... Pero Louise no tenía ni la menor idea de lo que un hombre podía exigir por semejante cantidad.
Tal vez el doctor había llegado a esa misma conclusión, porque no volvió a sacar el tema. Pasó un sábado. Otro. El tercero. ¿Habría pedido demasiado dinero?, se preguntó Louise. ¿Se habría buscado el doctor una chica más complaciente? Se sintió ofendida. Se sorprendió dejándole el plato en la mesa con cierta brusquedad, emitiendo un ruidito gutural cuando se dirigía a ella y, en definitiva, comportándose como el tipo de camarera a la que habría odiado si la clienta hubiera sido ella.
Estaba acabando el servicio y pasándole el trapo a una mesa. Desde allí, veía la fachada de su casa en el Pers, el pequeño callejón sin salida. En la esquina, descubrió al doctor, que estaba fumando con la actitud de alguien que espera sin impacientarse.
Louise se entretuvo todo lo que pudo, pero, por mucho que uno la alargue, toda tarea tiene su final. Se puso el abrigo y salió. En parte esperaba que el doctor se hubiera cansado, aunque sabía que no sería así.
Llegó a su altura. Él le sonrió amablemente. A Louise le pareció más pequeño que en el restaurante.
—¿Dónde preferiría hacerlo, Louise? ¿En su casa? ¿En la mía?
En casa de él desde luego que no. Demasiado arriesgado.
Y en la suya, tampoco. ¿Qué pensarían los vecinos? Casi no tenía, pero era una cuestión de principios. Así que ni hablar.
Él propuso un hotel. Sonaba a casa de citas. Louise aceptó.
El doctor debía de haberlo imaginado, porque le tendió una hoja de cuaderno.
—¿Le parece bien este viernes? ¿Hacia las seis? Reservaré a nombre de Thirion. Lo he escrito en el papel —dijo, y volvió a meterse las manos en los bolsillos—. Gracias por aceptar —añadió.
Louise se quedó unos instantes con la hoja en la mano. Luego se la guardó en el bolso y se dirigió a su casa.
• • •
Aquella semana fue un calvario.
¿Iría, no iría? Cambiaba de opinión diez veces al día, veinte por la noche. ¿Y si, a pesar de todo, la cosa acababa mal? La dirección era de un establecimiento del decimocuarto distrito, el Hôtel d’Aragon. El jueves se acercó a verlo. Estaba justo delante cuando sonaron las sirenas. Una alerta. Buscó con la mirada un lugar en el que refugiarse.
—Venga...
Los clientes salían del hotel en fila india, andando con paso cansino e irritado. Una anciana la cogió del brazo: «Es ahí, la puerta de al lado.» Una escalera bajaba al sótano. Encendieron velas. A nadie le extrañó que Louise no llevara una máscara antigás colgada en bandolera, la mitad de los presentes no la tenía. Debía de ser un hotel a media pensión, porque todos se conocían. Al principio la miraban, pero luego un hombre con una barriga que le sobresalía del pantalón sacó una baraja, y una pareja joven, un damero, y todos se olvidaron de ella... Excepto la dueña del hotel, una mujer de edad indefinida con cara de pájaro y un pelo sospechosamente negro que invitaba a pensar en una peluca. Tenía los ojos duros, de un gris acerado, y el cuerpo, flaco y endeble, envuelto en una mantilla —cuando se había sentado, Louise había adivinado sus puntiagudas rodillas bajo la tela de la bata—, y era la única que seguía mirándola con insistencia: estaba claro que allí no se veían caras nuevas con frecuencia. La alerta no duró mucho. Volvieron a subir.
—Las señoras primero —dijo el hombre grueso.
Probablemente lo decía siempre, sin duda porque eso hacía que se sintiera un caballero.
Nadie había hablado con ella, así que Louise le dio las gracias a la dueña y salió. La mujer se la quedó mirando mientras se alejaba. Louise sintió su mirada, pero, cuando se volvió, la calle estaba vacía.
Al día siguiente, las horas pasaron a una velocidad increíble. Había decidido no ir, pero, cuando llegó a casa después de la escuela, se arregló. Y a las cinco y media, con el miedo en el cuerpo, salió de nuevo.
Cuando ya estaba fuera, volvió sobre sus pasos, abrió un cajón de la cocina, cogió un cuchillo para la carne y se lo metió en el bolso.
En la recepción del hotel, la dueña la reconoció y mostró sorpresa.
—Thirion —se limitó a decir Louise.
La anciana le tendió una llave y le señaló la escalera.
—La trescientos once. En el tercero.
Louise tenía ganas de vomitar.
Todo estaba tranquilo, en silencio. Nunca había estado en un hotel, no era el tipo de lugar al que iban los Belmont, era un sitio para ricos, vaya, para los otros, para los que tenían vacaciones o vivían del aire. «Hotel» era una palabra exótica para ella, sinónima de «palacio» o, según como la pronunciaras, de «burdel», dos lugares que ningún Belmont habría visitado. Pero allí estaba Louise, subiendo las escaleras. La alfombra del pasillo estaba raída pero limpia. Jadeando por el esfuerzo, permaneció un buen rato delante de la puerta, reuniendo el valor para llamar. Oyó ruido en algún sitio, se asustó, asió el pomo, lo hizo girar y entró.
El doctor estaba sentado en la cama con el gabán puesto, como en una sala de espera. Se lo veía tranquilo. A Louise le pareció terriblemente viejo, y supo que no tendría necesidad de usar el cuchillo.
—Buenas tardes, Louise.
Su voz era suave. Louise no supo qué decir. Se le había formado un nudo en la garganta.
En la habitación sólo había una cama, una mesita, una silla y una cómoda, en la que vio un sobre abultado. El doctor se limitó a dejar flotar sobre sus labios una sonrisa afectuosa y a inclinar ligeramente la cabeza, como para tranquilizarla. Pero Louise ya no estaba asustada.
Por el camino, había tomado varias decisiones. Primero, le diría que sólo iba a hacer lo que habían acordado; nada de tocarla, si era para eso, se marcharía al instante. Luego contaría el dinero; no estaba dispuesta a que la engañaran... Pero ahora, en aquella habitación tan pequeña, comprendió que el guión que había elaborado era innecesario, que todo iba a desarrollarse de un modo sencillo, pausado.
Louise se balanceaba de un pie a otro y, como no pasaba nada, lanzó una mirada al sobre en busca de un incentivo; dio un paso atrás, colgó el abrigo en el perchero de la puerta, se descalzó y, tras una breve vacilación, se quitó el vestido cruzando los brazos por encima de la cabeza.
Le habría gustado que él la ayudara, que le dijera qué hacer. En la habitación reinaba un silencio denso, opresivo. Por un instante, temió desfallecer. Si se desmayaba, ¿se aprovecharía de su indefensión?
Ella estaba de pie, y él, sentado, pero esa posición no le otorgaba a Louise ninguna ventaja. La verdadera fuerza del anciano era la pasividad.
Se limitaba a mirarla, a esperar.
Permanecía con las manos metidas en los bolsillos del gabán, como si tuviera frío, cuando era ella quien estaba en paños menores.
Para tranquilizarse, Louise buscó los rasgos familiares del cliente al que conocía, pero no los encontró.
Después de un par de minutos de incomodidad que se le hicieron largos, como aún había algo que hacer, se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador.
La mirada del anciano ascendió hasta su pecho como atraída por una luz, y, aunque sus facciones no se movieron, Louise creyó descubrir en su rostro una especie de emoción. Ella misma se miró los pechos y los rosados pezones, con una vaga sensación de dolor.
Tenía ganas de que aquello acabara de una vez. Con decisión, se quitó las bragas y las dejó caer al suelo. Como no sabía qué hacer con las manos, las entrelazó en la espalda.
Los ojos del anciano descendieron lentamente en una caricia muy suave y se detuvieron en su bajo vientre. Pasaron unos segundos muy largos. Era imposible adivinar lo que sentía. Sobre su rostro, y sobre toda su persona, flotaba algo indefinible e infinitamente triste.
Louise intuyó que debía volverse. Aunque quizá lo hizo empujada por la necesidad de escapar de una situación que tenía algo de desgarrador.
Giró sobre el pie izquierdo y, durante unos instantes, clavó los ojos en el grabado de una marina levemente torcida que adornaba la pared encima de la cómoda. Creyó sentir la mirada del doctor en las nalgas.
Un último escrúpulo le hizo temer que extendiera la mano e intentara tocarla. Se volvió.
El doctor acababa de sacarse una pistola del bolsillo, y se disparó en la cabeza.
Encontraron a Louise desnuda, ovillada en el suelo y sacudida por unos temblores espasmódicos. El anciano seguía en la cama, tumbado sobre un costado con los pies a unos centímetros del suelo. Hubiera parecido que se había abandonado a un breve sueño de no ser porque, debido tal vez a la sorpresa de ver que Louise se volvía hacia él justo en el instante de apretar el gatillo, había bajado el arma y se había volado la mitad de la cara. Una mancha de sangre se extendía por la colcha.
Avisaron a la policía. Uno de los huéspedes apareció como una exhalación en la habitación en la que estaba Louise. Encontró a una chica en cueros. ¿Cómo la cogía? ¿De las axilas? ¿De las piernas? En la pequeña estancia flotaba un fuerte olor a pólvora quemada, pero lo que impresionaba era toda aquella sangre, que también cubría a la joven de los pies a la cabeza.
Procurando no mirar hacia la cama, se agachó junto a ella y le puso una mano en el hombro. Lo tenía tan helado que parecía que fuera de mármol, pero se agitaba convulsivamente, como una sábana restallando al viento.
La cogió por debajo de los brazos lo mejor que pudo y, utilizando toda su fuerza para que no se desplomara, consiguió ponerla de pie.
—Vamos —le decía—, ya está...
Louise desvió la mirada hacia el anciano tendido en la cama.
Aún respiraba. Abría y cerraba los párpados, y miraba el techo como si hubiera oído un ruido y se preguntara de dónde procedía.
En ese instante, Louise enloqueció. Soltó un alarido estremecedor y empezó a sacudirse como una bruja a la que hubieran metido en un saco con un gato rabioso. Salió corriendo de la habitación y se lanzó escaleras abajo.
En el vestíbulo reinaba el caos. Los clientes y los vecinos, alertados por el disparo, vieron aparecer a Louise, que iba desnuda, dando gritos y empujando a todo el mundo.
Se abalanzó hacia la puerta del hotel.
Y en dos zancadas, se plantó en el bulevar de Montparnasse y echó a correr.
Lo que vieron los transeúntes no fue una chica desnuda, sino una aparición con el cuerpo ensangrentado y los ojos extraviados que zigzagueaba y daba traspiés. Los conductores se preguntaban si no se precipitaría a la calzada en cualquier momento y se arrojaría bajo sus ruedas; los coches reducían la velocidad, los autobuses frenaban, un hombre silbó desde una plataforma, las bocinas atronaron... Pero Louise no oía nada, avanzaba a trompicones con los pies descalzos, y las personas que se cruzaban con ella se quedaban petrificadas. No paraba de agitar los brazos, como si ahuyentara unas nubes imaginarias de insectos, mientras seguía una trayectoria ondulante por la acera: pasaba rozando un escaparate, sorteaba una parada de autobús, tropezaba... A su alrededor, la gente se apartaba, nadie sabía qué hacer...
Todo el bulevar estaba sobrecogido. ¿Quién es?, preguntó alguien. Una chiflada, ha debido de escaparse de algún sitio, habría que detenerla... Sin embargo, Louise ya había pasado y se dirigía hacia la encrucijada de Montparnasse. Todavía hacía bastante frío, y su cuerpo empezó a cubrirse de círculos azulados. Tenía cara de loca, y parecía que sus ojos estaban a punto de salirse de las órbitas.
En la acera, una anciana menuda que llevaba un turbante como los de las porteras la vio acercarse y pensó al instante en su nieta, que tendría la misma edad.
—Se detuvo de pronto, como si no supiera hacia dónde ir. Sin pensarlo dos veces, me quité el abrigo y se lo eché sobre los hombros. Me miró y se derrumbó allí mismo, delante de mí, como un pelele. Yo no sabía cómo sujetarla, menos mal que había gente cerca para ayudarme. La pobrecita estaba helada...
La aglomeración atrajo a las fuerzas del orden: un guardia dejó la bicicleta en la acera y se abrió paso a codazos entre la gente que se arremolinaba y cuchicheaba.
Vio a una joven sentada en el suelo que estaba limpiándose la cara con un brazo manchado de sangre y jadeando como si estuviera de parto; se adivinaba que iba desnuda bajo el abrigo.
Louise alzó los ojos y vio la gorra de plato y, luego, el uniforme.
Era una criminal, acudían a detenerla.
Asustada, miró a su alrededor.
Como en un flashback, volvió a oír el disparo y a oler la pólvora. Una cortina de sangre cayó del cielo y la aisló del resto del mundo.
Alzando los brazos, soltó un alarido.
Y se desmayó.
Alineados en hileras de veinte, aquellos filtros enormes parecían toneles de acero inoxidable. Pero su inofensivo aspecto de lecheras grandes no tranquilizaba en absoluto a Gabriel, para quien aquellos artefactos ideados para proteger de un ataque con gas de combate no eran más que centinelas inquietos y petrificados. Vista de cerca, la línea Maginot, formada por cientos de fuertes subterráneos y búnkeres destinados a hacer frente a una eventual invasión alemana, parecía tremendamente vulnerable. El mismo Mayenberg, una de las obras más importantes de la línea de defensa, tenía debilidades de viejo: su población militar, a salvo de las balas y los obuses, podía perecer asfixiada en su totalidad.
—¡¿Cómo usted por aquí, mi sargento?! —exclamó el soldado de guardia, burlón.
Gabriel se secó las palmas de las manos en el pantalón. Tenía treinta años, el pelo castaño y unos ojos redondos que le daban una expresión de sorpresa perpetua.
—Pasaba por aquí...
—Claro —respondió el soldado, alejándose.
Veía «pasar» al joven sargento primero en cada uno de sus turnos de guardia.
Gabriel no podía evitar ir a ver los filtros para comprobar que seguían allí. El cabo primero Landrade le había explicado que el sistema que permitía detectar el óxido de carbono y el hidruro de arsénico era rudimentario y demasiado simple.
—En realidad, todo dependerá del olfato de los centinelas. Habrá que confiar en que no estén resfriados, eso es todo.
Raoul Landrade pertenecía al Cuerpo de Ingenieros y era técnico en electricidad. Daba las malas noticias y divulgaba los rumores tóxicos con una precisión teñida de fatalismo. Y como sabía lo mucho que inquietaba a Gabriel el peligro de sufrir un ataque químico, no perdía ocasión de informarlo de todo lo que averiguaba. Cualquiera habría dicho que lo hacía a propósito. Como el día anterior, por ejemplo:
—Prevén recargar los filtros a medida que se saturen, pero déjame decirte algo: nunca los recargarán lo bastante deprisa como para proteger todo el fuerte. Eso lo sé yo.
El tal Landrade era un tipo curioso, con aquel mechón que le caía sobre la frente como una coma rubia, casi pelirroja, aquella boca con las comisuras caídas y aquellos labios finos como el filo de una navaja. A Gabriel le daba un poco de miedo. Compañero de dormitorio desde hacía casi cuatro meses, había acabado encarnando la aprensión que le inspiraba el Mayenberg desde su llegada. Aquel gigantesco fuerte subterráneo le había parecido una especie de monstruo amenazador con las fauces abiertas y listas para devorar todo lo que el Estado Mayor le enviara en sacrificio.
Allí dentro vivían más de novecientos soldados, que recorrían sin cesar los kilómetros de galerías enterradas bajo miles de metros cúbicos de hormigón, en medio del ruido incesante de los grupos electrógenos y las chapas de hierro, que resonaban como alaridos de condenados, y del olor a gasoil mezclado con una humedad endémica. Cuando entrabas en el Mayenberg, la luz del día se difuminaba a unos metros delante de ti, dejando adivinar el largo y tenebroso corredor por el que circulaba, con un estrépito espantoso, el tren que llevaba a los búnkeres de combate, listos para lanzar obuses de ciento cuarenta y cinco milímetros a veinticinco kilómetros a la redonda cuando el enemigo hereditario se dignara aparecer. Entretanto, las cajas de munición se habían ordenado, apilado, abierto, clasificado, movido, comprobado... Nadie sabía qué más se podía hacer. El tren, al que llamaban «el metro», ya sólo se utilizaba para transportar las ollas noruegas en las que se calentaba la sopa. Los soldados recordaban las órdenes que los exhortaban a «resistir en su puesto sin pensar en replegarse, incluso aunque estuvieran rodeados, incluso aunque estuvieran totalmente aislados y sin esperanza de socorro próximo, hasta agotar la munición», pero hacía tiempo que nadie imaginaba qué circunstancia podría llevarlos a tal extremo. Mientras esperaban para morir por la patria, se morían de asco.
Gabriel no le tenía miedo a la guerra —en realidad, allí nadie se lo tenía, porque la línea Maginot se consideraba inexpugnable—, pero a duras penas soportaba el confinamiento en aquella atmósfera asfixiante que, junto con los turnos de guardia, las mesas plegables a lo largo de los pasillos, los exiguos dormitorios y las reservas de agua potable, recordaba a las condiciones de vida de un submarino.
Echaba de menos la luz. Como el resto de los hombres, sólo la disfrutaba durante tres horas diarias, eran las órdenes. Fuera, mezclaban hormigón, porque las obras no estaban acabadas, o desenrollaban kilómetros de alambre de espino para retrasar el avance de los carros enemigos, salvo en las zonas en las que éste pudiera molestar a los campesinos o invadiera los huertos (tal vez pensaran que el respeto por las actividades agrícolas o el gusto por la fruta y la verdura inducirían al enemigo a sortear dichas zonas). También les hacían colocar traviesas ferroviarias. Cuando la única excavadora con la que contaban estaba trabajando en otro sitio o la máquina que instalaba los raíles volvía a averiarse, recurrían a los zapapicos, pensados para trabajar en arena. Si conseguían colocar dos raíles en todo el turno, ya podían darse por satisfechos.
En el tiempo sobrante, criaban gallinas y conejos. La cría a pequeña escala de cerdos había merecido incluso una página en el periódico regional.
Para Gabriel, lo más duro eran los regresos: penetrar de nuevo en las entrañas del fuerte le provocaba palpitaciones.
La amenaza de un ataque químico lo atormentaba. El gas mostaza, capaz de atravesar la ropa y las máscaras, causaba quemaduras en los ojos, la epidermis, las mucosas... Le había confesado su persistente inquietud al oficial médico, un hombre cansado, blanco como un inodoro y siniestro como un enterrador, que lo encontraba todo normal porque allí nada se parecía a nada, ni la espera interminable de no se sabía qué, ni el tipo de vida que llevaban. «Nadie está bien —afirmaba con desánimo repartiendo aspirinas a diestro y siniestro—. Vuelva a verme», añadía, porque le gustaba la compañía. Dos o tres veces por semana, Gabriel lo machacaba al ajedrez, algo que a aquel tipo le daba igual, porque le gustaba perder. El sargento primero se había acostumbrado a jugar con el oficial médico a lo largo del verano anterior, cuando, a pesar de no estar enfermo, le costaba adaptarse a las condiciones de vida e iba a buscar un poco de consuelo a la enfermería. En esa época, la humedad rondaba el cien por cien, y Gabriel experimentaba una constante sensación de asfixia. La temperatura en el interior del fuerte era insoportable, y aunque no llegaban a sudar, sentían el cuerpo húmedo permanentemente, las sábanas estaban mojadas y frías, el uniforme pesaba más de lo habitual, la ropa interior no se secaba y las taquillas individuales olían a moho. La condensación en los dormitorios rozaba la saturación. A eso se añadía el continuo runrún de los generadores y del sistema de ventilación, que empezaba a funcionar a las cuatro de la madrugada. Para Gabriel, que siempre había tenido el sueño ligero, aquel fuerte era el infierno.
Los hombres se morían de aburrimiento, hacían las tareas remoloneando, vigilaban de mala gana las puertas destinadas a amortiguar la onda expansiva de las bombas enemigas, cuando llegaran, y, como la disciplina se había relajado considerablemente, entre turnos de guardia mataban el tiempo en la cantina (los oficiales, que no se quedaban atrás, hacían la vista gorda tras su puerta, abierta día y noche). Los hombres llegaban de sitios muy lejanos. No era raro que, ya caída la noche, se presentaran soldados de los batallones ingleses o escoceses, estacionados a varias decenas de kilómetros, ni que hubiera que llamar a las ambulancias para llevarlos de vuelta cuando estaban demasiado borrachos.
Allí era donde había empezado a oficiar el cabo primero Raoul Landrade. Gabriel no sabía cómo era en la vida civil, pero en el Mayenberg se había impuesto rápidamente como el traficante principal, el epicentro de todos los trapicheos. Lo llevaba en la sangre. Para él, la vida era un vivero inagotable de amaños y chanchullos.
Había debutado en el Mayenberg como trilero. No necesitaba más que una caja de cartón puesta boca abajo y dos cubiletes para hacer aparecer y desaparecer una nuez, una canica o un guijarro, todo le valía. Tenía tal habilidad para hacerte creer que estabas en lo cierto que era muy difícil resistirse a las ganas de señalar la carta o el cubilete ganadores. El aburrimiento y la inactividad le habían atraído un número creciente de aficionados. Su reputación se había extendido incluso por las unidades exteriores, que solían odiar a los soldados del Mayenberg por considerarlos unos privilegiados. Todos recibían con entusiasmo al cabo primero, cuyas brillantes actuaciones fascinaban a toda la escala de la jerarquía. Su habilidad como trilero iba acompañada de una táctica extremadamente persuasiva: sólo te dejaba apostar cantidades ridículas. Te jugabas uno o dos francos y perdías con una sonrisa, pero, a ese ritmo, no era extraño que Raoul ganara trescientos francos al día. El resto del tiempo, se dedicaba a hacer chanchullos con las cervecerías de los alrededores, con algunos suboficiales de Intendencia y con los camareros de la cantina. Y salía a ligar. Algunos decían que tenía una amiguita en la ciudad, otros aseguraban que sencillamente se iba de putas. Sea como fuere, cuando desaparecía siempre volvía con una gran sonrisa, y uno nunca sabía a qué se debía.
A veces llegaba a pagar a compañeros necesitados de dinero para que le hicieran los turnos de guardia en la central eléctrica. Con la connivencia de los mandos, por supuesto. De esa forma conseguía tiempo libre y se dedicaba a trapichear con el aprovisionamiento de la cantina, donde había organizado un sofisticado y opaco sistema de bonificación con la entrega de los barriles, con cobro de comisiones y gratificaciones compartidas sobre las ventas y las compras, gracias al cual se llevaba un porcentaje de los cuatrocientos cincuenta litros de cerveza que se consumían a diario en el Mayenberg.
A Landrade, sin embargo, le interesaban todos los sectores. Había invadido discretamente las cocinas, de las que también obtenía beneficios, y presumía de poder abastecer de todo lo que le faltaba a Intendencia, lo que era cierto. Proporcionaba productos selectos a los oficiales y mejoraba el menú habitual de los soldados, cansados de comer ternera dos veces al día. A medida que el ejército caía en la rutina y las tropas se hundían en el aburrimiento, él iba entregando hamacas, cajas, vajilla, colchones, mantas, revistas, cámaras fotográficas... Necesitaras lo que necesitases, Raoul Landrade te lo conseguía. El invierno anterior había suministrado estufas suplementarias y cuchillos de sierra en cantidades industriales (todo estaba helado, el vino se servía en porciones sólidas). A continuación, ofreció unos aparatos antihumedad cuya eficacia era prácticamente nula, pero que vendió como rosquillas. Los dulces, el chocolate, los mazapanes, los caramelos ácidos y las golosinas también tenían mucho éxito, sobre todo entre los suboficiales. La administración concedía a cada soldado de tropa una ración de aguardiente en el desayuno y un cuartillo largo de vino en cada comida. El morapio y el alcohol entraban en el fuerte en cantidades colosales, y las existencias se renovaban a una velocidad increíble. Gracias a un discreto sistema de succión, Landrade llevaba a cabo extracciones generosas, que revendía a bajo precio a los bares y restaurantes de la zona, a los agricultores y a los jornaleros extranjeros. Si la guerra duraba otro año, el cabo primero Landrade podría comprar el Mayenberg.
Gabriel pasó a comprobar que el relevo se había realizado sin novedad. Profesor de matemáticas en la vida civil y destinado a transmisiones, recibía y cursaba las llamadas procedentes del exterior. En su departamento, la guerra se reducía a dar instrucciones sobre las obras exteriores y a la concesión de permisos, cuya frecuencia había alcanzado un nivel inaudito. Gabriel había calculado que más de la mitad de los oficiales habían estado ausentes en las mismas fechas. Si los alemanes hubieran elegido ese momento para atacar, habrían dejado atrás el Mayenberg en dos días y llegado a París en tres semanas...
Gabriel volvió a su dormitorio, en el que había dos literas. Su cama, una de las superiores, estaba frente a la del cabo primero Landrade. Debajo dormía Ambresac, un tipo de cejas enmarañadas y pendencieras, y grandes manos de labriego, gruñón como él solo. Y al otro lado, Chabrier, que con su cuerpo escuchimizado e inquieto y su cara puntiaguda recordaba a una comadreja. Cuando le hablabas, te miraba como si te hubiera soltado un chiste y estuviera esperando tu reacción. Esa mirada fija resultaba tan desasosegante que la mayoría de la gente acababa por soltar una risita incómoda. Chabrier se había ganado cierta fama de gracioso sin necesidad de demostrar que lo era. Y, junto con Ambresac, actuaba como adlátere de Raoul Landrade. Aquel dormitorio era, de hecho, el cuartel general del cabo primero. Como Gabriel nunca había querido mezclarse en los tejemanejes que se tramaban allí, cuando entraba solía hacerse un silencio bastante violento. Ese ambiente nocivo era unas veces la causa y otras la consecuencia de los pequeños incidentes que salpicaban la vida cuartelaria. Unas semanas atrás, Paul Lucien Legrand, un soldado de la unidad, se había quejado del robo de un anillo con sus iniciales, que, desafortunadamente, daban pie a que lo llamaran Pelele. Sus intentos de defenderse de los burlones con los puños causaban más risas que alarma, pero nadie podía evitar la confusa sensación de que el hacinamiento acababa llevando a la disputa, la irritación y el vicio. No es que hubiera muchos robos, pero, al fin y al cabo, se decían, un anillo de oro no es un objeto cualquiera, y eso sin tener en cuenta su valor sentimental.
Cuando entró Gabriel, Raoul estaba sentado en su litera, haciendo números.
—Llegas en buen momento —dijo—. Estoy con un cálculo de caudal de aire y volumen, pero no me sale.
Intentaba determinar el rendimiento de una serie de máquinas. Gabriel le cogió el lápiz. El resultado era 0,13.
—¡Mierda! —exclamó Raoul, pasmado.
—¿Qué pasa?
—Nada, que tenía una duda sobre los grupos electrógenos que necesitaremos para filtrar el aire. Si nos atacan con gases de combate, ya sabes... —explicó, y, ante el silencio inquieto de Gabriel, añadió—: Los muy capullos eligieron motores de dos tiempos. Así que, como serán insuficientes, habrá que sobrealimentarlos. Y el resultado será... Bueno, será ése.
Gabriel se sintió palidecer.
Repitió los cálculos febrilmente. Otra vez 0,13. En caso de ataque, el aire que filtrara la central eléctrica apenas bastaría para purificar... la propia central. El resto del fuerte subterráneo estaría indefenso.
Raoul dobló el papel con un gesto fatalista.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, pero de todas formas... —dijo.
Gabriel sabía que ya no se podía cambiar la instalación. Pasara lo que pasase, harían la guerra con compresores de dos tiempos.
—Nosotros nos refugiaremos en la Fábrica —continuó el cabo primero—, pero vosotros, los de Transmisiones...
«La Fábrica» era la central eléctrica. A Gabriel se le había secado la garganta. Era absurdo. Aunque la guerra empezara, nada indicaba que los alemanes fueran a atacar con gases. Aun así, Gabriel tenía la sensación de que esa posibilidad era muy real.
—Si la cosa se pone fea, podrías... venir con nosotros...
Gabriel alzó la cabeza.
—Tenemos un código para llamar a la puerta sur de la Fábrica. Si lo usas, te abrirán.
—¿Y cuál es ese código?
Raoul adoptó una expresión cautelosa.
—Toma y daca, compañero.
Gabriel no acababa de ver qué podía ofrecerle él.
—Información. En Transmisiones estáis al tanto de todos los movimientos de Intendencia, lo que sale de los almacenes y entra en ellos, todo lo que compra y recibe el Mayenberg. Si supiéramos esas cosas, nos las arreglaríamos mejor, ¿comprendes? Podríamos prepararnos.
Raoul le estaba proponiendo claramente que participara en el tinglado que había montado a cambio de una entrada para la puerta sur de la Fábrica en caso de ataque.
—No puedo, eso es... confidencial. Es secreto. —Buscó la palabra exacta—. Sería traición.
Era ridículo. Raoul soltó una carcajada.
—¿Me estás diciendo que la entrega de ternera en conserva es un secreto de Defensa? ¡Pues bonito Estado Mayor tenemos!
Desplegó el papel en el que Gabriel había hecho sus cálculos y se lo puso en la palma de la mano.
—Toma, para que tengas algo que leer cuando llegues a la puerta sur de la Fábrica —le dijo, y se marchó dejándolo solo con su preocupación.
A Landrade siempre lo seguía una especie de vibración turbia, como el aroma inquietante que dejan flotando tras de sí ciertas plantas.
Aquella conversación había dejado a Gabriel con el alma en vilo.
Tres semanas después, en las duchas, oyó a Ambresac y Chabrier hablar de una «prueba con lanzallamas» que se había realizado en las tomas de aire de los búnkeres.
—Una catástrofe —aseguró el primero.
—Lo sé —respondió el segundo—. Parece ser que el hollín ha atascado los filtros. El búnker se ha ahumado en un visto y no visto.
Gabriel no pudo evitar sonreír. Los secuaces de Landrade eran unos actores pésimos. Aquella conversación, supuestamente espontánea, no tenía otro fin que reforzar su miedo. Pero consiguió justo lo contrario.
Hasta la tarde, cuando el oficial médico le confirmó mientras jugaban al ajedrez que habían estado realizando pruebas. La respiración de Gabriel se aceleró y su ritmo cardíaco se disparó.
—¿Cómo que pruebas?
El matasanos miraba el tablero y hablaba como para sí mismo.
—No han sido concluyentes, es verdad —masculló, adelantando con prudencia uno de sus caballos—. Así que ahora hablan de hacer ejercicios. A gran escala, esta vez. Será un desastre monumental, pero jurarán que todo va bien, que el sistema está a punto. Después de eso, no me extrañaría que organizaran una misa especial. La necesitarán. Y nosotros, también.
Mirando al vacío, Gabriel adelantó la reina.
—Mate... —anunció con un hilo de voz.
El doctor recogió el juego, contento con el resultado.
Y Gabriel volvió a su dormitorio tambaleándose ligeramente.
• • •
Pasaron los días. El cabo primero Landrade iba y venía por los pasillos, más ajetreado que nunca.
«Deberías pensártelo», le decía de vez en cuando al cruzarse con él.
Gabriel esperó a que el comandante diera la orden de realizar los ejercicios, pero nada. Hasta que, de improviso, a las cinco y media de la madrugada del 27 de abril, las sirenas empezaron a aullar.
¿Eran los ejercicios, que habían cogido desprevenida a la tropa, o se trataba de una ofensiva alemana?
Gabriel se levantó de la cama hecho un manojo de nervios.
Los pasillos retumbaban ya con el ruido amplificado de los centenares de soldados que corrían hacia sus puestos de combate. Las órdenes volaban. Raoul Landrade y sus acólitos salieron del dormitorio abrochándose los cinturones, mientras Gabriel, que iba pisándoles los talones, se abotonaba la guerrera. Los soldados que pasaban a la carrera, la repentina irrupción del tren, que lo obligó a pegarse a la pared del túnel subterráneo, el ruido de las sirenas y el traqueteo de las cajas de munición, los gritos aquí y allá... todo contribuía a desorientarlo. No podía dejar de pensar que realmente se trataba de una ofensiva de los alemanes.
Gabriel corría detrás de sus compañeros de dormitorio, que lo habían dejado atrás, jadeando cada vez más. Las piernas le temblaban, aún no había conseguido abotonarse la guerrera y se retorcía para lograrlo. A unos quince metros delante de él, vio que el cabo primero Landrade torcía a la izquierda. Corrió más deprisa y giró a su vez, pero al instante vio a una muchedumbre que retrocedía gritando, con Landrade a la cabeza, seguida por una nube opaca que avanzaba como una ola y de la que salían soldados despavoridos y tambaleantes.
Por un instante, Gabriel se quedó petrificado.
Se suponía que los gases alemanes eran invisibles. De un rincón oscuro de su cerebro surgió la idea de que esa nube blanca era otra cosa. ¿Un gas que aún no conocían? Mientras pensaba en ello, el humo lo envolvió y le llenó los pulmones. Tosió y, desorientado, giró varias veces sobre sí mismo. Los soldados que pasaban por su lado ya no eran más que siluetas vagas, todo el mundo gritaba. ¡Por aquí! ¡Hacia la salida! ¡No, por el pasillo norte!
Gabriel avanzaba en medio de aquella niebla densa que le irritaba los ojos, se tambaleaba, chocaba, recibía empujones. El humo se volvía más denso a medida que el pasillo se estrechaba, apenas había espacio suficiente para que pasaran dos hombres. De pronto, en el cruce de dos túneles, una corriente de aire dispersó el humo. Y regresó la claridad, aunque las lágrimas seguían nublándole la vista.
¿Estaba a salvo?
Se dio la vuelta y allí mismo, a su lado, inmóvil cerca del muro, vio al cabo primero Landrade, que señalaba una cavidad excavada en la pared como las que había cada treinta metros. La mayoría eran simples refugios que ofrecían protección al paso del tren, pero algunas daban acceso a pequeñas estancias que se utilizaban para almacenar material. Como ésa en concreto, cuya puerta de hierro permanecía entreabierta. ¿Estaban cerca de la central eléctrica? Gabriel creía encontrarse en el extremo opuesto... Con el antebrazo sobre la nariz y los ojos llenos de lágrimas, el cabo primero Landrade le hacía señas para que entrara. Gabriel se volvió. La nube de humo blanco había reanudado su avance y, como empujada por un viento súbito, iba invadiendo el túnel a gran velocidad. De ella emergían puñados de soldados llorosos que tosían y gritaban, doblándose por la cintura y buscando una salida.
—¡Por aquí! —rugió Landrade, señalando la puerta entreabierta.
Sin pensárselo más, Gabriel dio dos pasos y entró. Estaba bastante oscuro. En el techo, una sola lámpara iluminaba aquel almacén minúsculo de herramientas. La pesada puerta de hierro se cerró estrepitosamente detrás de él.
Raoul no lo había seguido. Lo había encerrado.
Gabriel se abalanzó sobre la puerta e intentó abrirla, pero la manija giraba floja. Golpeó la hoja con la palma de la mano. De pronto, se detuvo. Por el resquicio inferior y por entre los goznes del lateral, el humo blanco comenzaba a filtrarse, como si lo aspiraran desde el interior de la estancia.
Gabriel gritó y aporreó de nuevo la puerta.
La capa de niebla densa entraba a una velocidad increíble, como el agua de una inundación. Empezaba a faltarle el aire.
Sacudido por un ataque de tos que le revolvió el estómago y lo dobló por la mitad, Gabriel cayó de rodillas al suelo.
Sentía que el pecho estaba a punto de estallarle, el humo lo ahogaba, le parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas...
Ya no veía más que a unos centímetros de distancia. Entre dos espasmos, se miró las manos, que tenía abiertas ante él. Estaban llenas de sangre.
Escupía sangre.
—Belmont, ¿verdad? —preguntó el juez Le Poittevin.
En la cama del hospital, Louise se veía tan menuda que parecía una adolescente.
—¿Y dice usted que no es una prostituta?
El juez se pasaba el día limpiándose las gafas con una gamuza. Para sus colegas y colaboradores, para los secretarios judiciales y los abogados, ese gesto era un auténtico lenguaje. En esos momentos, la mano que frotaba las lentes expresaba con toda claridad sus dudas sobre aquel particular.
—Por lo menos, no está fichada —respondió el policía.
—Una ocasional... —murmuró su señoría mientras se volvía a poner las gafas.
Había exigido que le proporcionaran una silla recta, era muy quisquilloso en cuestión de asientos. Se inclinó hacia la chica, que estaba dormida. Guapa. Pelo corto, pero, aun así, guapa. El juez entendía de chicas, veía desfilar un montón por su despacho del Palacio de Justicia, por no hablar de las que sobaba en el burdel de la rue Sainte-Victoire. Una enfermera ponía orden en la habitación. Irritado por el ruido, se volvió bruscamente hacia ella y la fusiló con la mirada. La chica se limitó a mirarlo con desprecio y siguió como si tal cosa. El juez soltó un suspiro exasperado: ¡dichosas mujeres! Luego, se volvió de nuevo hacia Louise, dudó, extendió una mano y le tocó el hombro. Su pulgar se deslizó suavemente por la piel de la joven. Caliente. Suave. La chica no estaba nada mal. Pero de ahí a pegarse un tiro en la cabeza... Con el pulgar recorría el hombro de Louise con un movimiento lento y repetido.
—¿Ha terminado?
Su señoría retiró la mano como si acabara de quemarse. La enfermera, que sostenía una palangana como si fuera un bebé, estaba ahora erguida junto al pequeño juez, que palideció.
Sí, había terminado. Cerró otra vez el expediente.
Durante los días siguientes, los médicos se opusieron firmemente a que la interrogaran en profundidad. La diligencia tuvo que posponerse una semana.
En esta ocasión, Louise estaba despierta, por decirlo así. Como no podían empezar hasta que el policía le llevara la silla recta, el juez se limitó a sacar brillo a las gafas escrutando a Louise, que, sentada en la cama con los brazos cruzados sobre el pecho como si quisiera protegerse, miraba al vacío. No había comido casi nada.
La silla llegó al fin, el juez la examinó, se dignó ocuparla, abrió el expediente sobre las rodillas y, aunque incómodo por la presencia de la enfermera, que seguía allí plantada como un perro guardián, se embarcó en los antecedentes de los hechos. El policía se apoyó en la pared, frente a la cama de Louise.
—Se llama usted Suzanne Adrienne Louise Belmont. Nacida el...
De vez en cuando, Le Poittevin alzaba los ojos hacia la chica, que no pestañeaba, como si la cosa no fuera con ella. De pronto, el juez se interrumpió y movió una mano ante el rostro de Louise, que siguió sin reaccionar. Su señoría se volvió hacia la enfermera.
—¿Está segura de que comprende lo que le dicen?
—Hasta ahora sólo ha dicho unas cuantas frases incoherentes —le susurró al oído la mujer—. El médico habla de confusión mental. Seguramente habrá que llamar a un especialista.
—Pues si encima está loca, tenemos para rato —gruñó el juez, y volvió a concentrarse en el expediente.
—¿Ha muerto?
Sorprendido, Le Poittevin alzó la cabeza hacia Louise, que lo miraba directamente a los ojos. Se quedó impresionado.
—Esto... El doctor Thirion... sólo sobrevivió un día... —Y tras dudar un momento, añadió—: Señorita. —Acto seguido, humillado por semejante concesión ante una chica como aquélla, exclamó enrabietado—: ¡Y en el estado en que se encontraba es lo mejor que podía pasarle, se lo aseguro!
Louise miró al policía y después a la enfermera, y, como si siguiera sin entenderlo, declaró:
—Me ofreció dinero por verme completamente desnuda.
—¡Eso es prostitución! —anunció su señoría en tono triunfal.
Estaba contento, ya podía calificar los hechos. Escribió en el expediente con una letra pequeña y apretada, acorde con su carácter, y siguió leyendo. Louise tuvo que explicar de qué conocía al doctor Thirion.
—En realidad, no lo conocía...
El juez soltó una risita seca.
—¡Vaya! Entonces, ¿se desnuda usted ante el primero con el que se cruza?
Y, volviéndose hacia el policía, se golpeó el muslo con la palma de la mano, como diciendo: «Es increíble, ¿ha oído eso?»
Louise le habló del restaurante, del servicio de los sábados y los domingos, de los hábitos del doctor...
—Verificaremos todo eso con el dueño —replicó Le Poittevin. E inclinándose hacia el expediente, masculló—: Veremos si ese establecimiento ampara a otras ocasionales... —Y como no había mucho que rascar por ese lado, su señoría abordó los hechos que le interesaban realmente—. Bien, entonces, una vez en la habitación, ¿qué hizo usted?
A ojos de Louise, la verdad era tan simple, tan clara, que no sabía cómo expresarla con palabras. Se había desnudado, eso era todo.
—¿Le pidió el dinero?
—No. Estaba allí, sobre la cómoda.
—¡Así que lo contó! ¡Una mujer no se desnuda para un hombre sin haber contado el dinero! Vamos, digo yo, ¿no? Yo no lo sé...
Se volvió hacia un lado y hacia el otro, fingiendo buscar una respuesta, pero se le puso la cara roja como un tomate.
—¡Bueno, y luego ¿qué?!
Cada vez estaba más exasperado.
—Me desnudé, eso es todo.
—¡Ya! Un hombre no suelta quince mil francos sólo por ver desnuda a una chica, eso no se sostiene.
Louise creía recordar que habían pactado diez mil, no quince, pero ya no estaba segura.
—Y eso es lo que quiero entender. ¿A qué se comprometió exactamente por semejante cantidad?
El policía y la enfermera no acababan de ver adónde quería llegar el juez, pero los movimientos de sus dedos sobre los cristales de las gafas evidenciaban un nerviosismo que se parecía bastante a la excitación. Era bastante penoso.
—Porque, vaya, una cantidad así... ¡Es como para preguntárselo!
El ritmo de sus dedos se aceleró sobre las lentes. Por un instante, su señoría miró los pechos de Louise, que palpitaban bajo la tela del camisón.
—¡Quince mil francos no son moco de pavo!
La conversación estaba en un punto muerto. El juez volvió a zambullirse en el expediente, del que emergió con una sonrisa feroz. Las huellas, la posición del cuerpo, el impacto, todo demostraba que el doctor Thirion se había disparado a la cabeza, pero quedaba una base de acusación que le encantaba:
—¡Escándalo público!
Louise lo miró fijamente.
—¡Pues sí, señorita! Si le parece normal pasearse completamente desnuda por el bulevar de Montparnasse, mejor para usted, pero que sepa que, para las personas decentes, eso es...
—¡No me paseé!
Lo dijo casi con un grito que la hizo temblar de los pies a la cabeza. El juez sacó pecho.
—¿Ah, no? Entonces, ¿qué hacía en el bulevar completamente desnuda? ¿Recados? ¡Ja, ja, ja, ja!
Se puso a reír, y se volvió de nuevo hacia el policía y la enfermera, pero sus rostros permanecían impasibles. Daba igual. Llevado por el júbilo, continuó el interrogatorio con un tono de voz cada vez más alto, como si estuviera a punto de ponerse a cantar.
—Es muy poco frecuente que el escándalo público lo cometa una mujer joven deseosa de mostrar sus...
El juez cogió precipitadamente las gafas, que no se le cayeron de milagro.
—... de mostrar a todo el mundo sus...
Tenía los dedos blancos de tanto apretar la montura.
—... de dar un espectáculo enseñando sus...
La montura se partió en dos.
Le Poittevin miró las dos mitades con ternura, como después de un buen coito. Luego abrió el estuche y las guardó con cuidado, diciendo en un tono soñador:
—Su carrera en la enseñanza pública ha terminado, señorita. Una vez condenada, la expulsarán.
—Thirion, sí, lo recuerdo —dijo Louise.
El giro fue tan abrupto que Le Poittevin estuvo a punto de soltar el estuche.
—Eso es. Joseph Eugène Thirion —farfulló el juez—. Bulevar Auberjon, 67, en Neuilly-sur-Seine.
Louise se limitó a asentir levemente. Desconcertado, el juez cerró el expediente. Le habría gustado tanto que la chica se hubiera echado a llorar... ¡Ay, cómo habría disfrutado si aquel interrogatorio lo hubiera llevado a cabo en su despacho! Se levantó de la silla, disgustado.
Cualquier otra persona habría querido saber qué iba a ocurrir a partir de entonces, pero Louise no hizo ninguna pregunta. El juez, decepcionado, salió sin despedirse de nadie.
Louise permaneció en el hospital tres días más. Siguió sin apenas probar bocado.
Un policía le llevó la resolución judicial a la habitación cuando se disponía a abandonarla. Confirmaba el suicidio y descartaba el cargo de prostitución.
La enfermera se había quedado inmóvil, mirándola con la cabeza ligeramente inclinada y una sonrisa un poco triste en los labios. Como el policía, no olvidaba que la chica seguía estando acusada de escándalo público, lo que podía costarle el puesto de maestra. Ninguno de los dos sabía qué decir.
Louise dio unos pasos hacia la puerta. Había llegado al hospital completamente desnuda. Nadie sabía qué había sido de su ropa, que se había quedado en la habitación del Hôtel d’Aragon, salvo quizá la policía y el secretario judicial. Así que la enfermera había recurrido a sus compañeras para reunir un conjunto bastante heterogéneo: una falda de lana demasiado larga, una blusa azul, un chaleco violeta, un abrigo con el cuello y las solapas de piel sintética... Louise parecía recién salida de un ropavejero.
—¡Es usted muy amable! —había exclamado mirándose la ropa, como si hubiera hecho un descubrimiento inesperado.
El policía y la enfermera la vieron alejarse con el paso cansado y mecánico de quien va a arrojarse al Sena.
En lugar de eso, Louise se puso en camino hacia el callejón Pers. Dudó unos instantes cuando, desde la esquina, vio la puerta de La Petite Bohème, pero finalmente bajó la mirada, avivó el paso y regresó a casa.
Construida tras la guerra de 1870, la casa del número 9 de aquel callejón sin salida dejaba adivinar una antigua opulencia burguesa; era el tipo de vivienda que encarga un rentista o un comerciante retirado de los negocios. Los padres de Louise se habían instalado en ella en 1908, el año que se habían casado. La familia Belmont no era tan numerosa como para ocuparla por entero, pero Adrien Belmont era un hombre emprendedor que esperaba una descendencia abundante. Sin embargo, el destino no le había sonreído: tan sólo había tenido una hija, Louise, tras lo cual había muerto en 1916 en la vertiente este del barranco de Vignes.
En otros tiempos, antes de casarse, Jeanne Belmont, la madre de Louise, había tenido sus ambiciones. Había completado la escuela primaria superior y obtenido el diploma elemental, algo que en la época pocas mujeres podían decir. Sus padres y sus profesores creían que acabaría siendo enfermera o secretaria en el ayuntamiento, pero a los diecisiete años decidió repentinamente dejar de estudiar. Como prefería las tareas domésticas a la fábrica, se metió a sirvienta, una sirvienta que sabía leer y pasaba el plumero como en las páginas de Octave Mirbeau. Su marido no podía aceptar que su mujer trabajara, para él era una cuestión de honor. Sin embargo, tras su repentina muerte, Jeanne tuvo que volver a limpiar, con la esperanza de conservar para Louise la casa del callejón Pers, que era lo único que tenían.
Tras la guerra, Jeanne Belmont se hundió en las arenas movedizas de la depresión. Su salud siguió la trayectoria de la casa, que, a falta de reformas, se iba deteriorando año tras año. Abandonó el servicio doméstico y no lo retomó. El médico de cabecera habló de menopausia, anemia y, más tarde, de neurastenia. Cambiaba de opinión como de camisa. La señora Belmont se pasaba la mayor parte del día mirando por la ventana. Hacía la comida —casi siempre cocinaba lo mismo— y se interesaba por su hija. Primero por sus estudios, luego por la obtención de su diploma, después por su trabajo y, al final, cuando Louise obtuvo su plaza de maestra y dejó de necesitarla, ya no se interesó por nada. De puro ligera, se volvió inmaterial. Su salud empeoró repentinamente en la primavera de 1939. Cuando volvía de la escuela, Louise solía encontrársela en la cama. Sin quitarse el abrigo, se sentaba junto a ella y le cogía la mano.
—¿Cómo te encuentras?
—Me siento fatigada —respondía la señora Belmont con una sonrisa triste.
Louise le preparaba caldo de verduras.
Una mañana de junio, al entrar en su habitación, se la encontró muerta. Tenía cincuenta y dos años. Ni siquiera pudieron despedirse.
Desde entonces, en la vida de Louise todo se había deslizado pendiente abajo de un modo imperceptible. Estaba sola, su juventud se había derretido como un sorbete, la señora Belmont había dejado este mundo y la casa no era más que la sombra de lo que había sido en sus buenos tiempos. Pasados los años, estaba tan destartalada que, cuando se marcharon sus antiguos inquilinos, no llegaron otros a sustituirlos. Louise había decidido venderla a cualquier precio para empezar una vida nueva lejos de allí, pero el notario que liquidó la herencia le entregó cien mil francos legados por aquellos únicos inquilinos, que se habían encariñado con ella cuando aún era una niña y habían querido asegurarle un porvenir, a los que se añadieron otros veinticuatro mil, correspondientes a los intereses de ese dinero durante los veinte años en los que, sin decir nada, la señora Belmont, mediante inversiones acertadas, se había esforzado en rentabilizar. Eso no convertía a Louise en una mujer rica, pero sí le permitía conservar la casa y reformarla.
Así que llamó a un encargado de obra y negoció los costes metro a metro. Quedaron en verse un día a la salida de la escuela para cerrar el trato, pero, a media tarde, los vendedores de periódicos de la rue Damrémont empezaron a pregonar que se había declarado la guerra y decretado el reclutamiento general. El albañil no se presentó. La renovación de la casa tendría que esperar tiempos mejores.
A su regreso del hospital, Louise se quedó un buen rato en el patio contemplando lo que, en su día, había servido de almacén a su padre, y que la señora Belmont había alquilado por un precio irrisorio, aunque lo cierto era que no habría podido pedir más porque carecía de cualquier comodidad. En lo que acababa de ocurrirle había algo insólito, increíble, algo que la devolvía a la época en que vivían allí los dos hombres que le habían dejado aquel dinero. La casita había permanecido desocupada. Cada dos o tres años a lo sumo, Louise se armaba de valor para limpiar, ventilar y tirar las cosas de las que no se había deshecho la última vez. En la gran sala del primer piso, de techo bajo pero con ventanales, ya no quedaban más que la estufa de carbón, un biombo tapizado con una tela que representaba unos corderos y unas pastoras hilando con rueca, y un diván ridículo de estilo vagamente Directorio, todo él dorados y festones, cuyo único brazo —era un mueble para zurdos— imitaba el cuello de un cisne de pecho abombado. Louise, nadie sabía por qué, se había empeñado en restaurarlo, pero luego lo había dejado abandonado allí, como en un desván.
Mirando el pequeño edificio, el patio de tierra batida y la casa, Louise vio en aquel decorado, como si acabara de descubrirlo, una metáfora de su vida, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Con un nudo en la garganta, dio unos pasos y, temiendo que las piernas dejaran de sostenerla, se sentó en la escalera de madera carcomida que llevaba al cobertizo y que nunca utilizaba sin aprensión. La estremecedora imagen de la cara destrozada del doctor Thirion se superpuso a la del antiguo combatiente que, con su compañero de armas, había hallado refugio allí en otros tiempos.
Aquel joven, Édouard Péricourt, usaba máscaras para ocultar el rostro, cuya parte inferior le había arrancado un trozo de obús. Louise tenía diez años. Cuando volvía de la escuela, solía subir para amasar con él pasta de papel, pegarle perlas y cintas o pintarla. Había decenas de máscaras colgadas de las paredes, una para cada estado de ánimo. En esa época, Louise ya era muy callada y se limitaba a escuchar la respiración ronca y sibilante de Édouard. Le gustaban sus manos —que él posaba en sus delgados hombros— y le encantaban sus ojos: tenía los ojos más bonitos que se pudiera imaginar, Louise nunca había visto otros iguales. Entre el antiguo combatiente mutilado de veinticinco años y la niña huérfana de padre nació un amor tranquilo y duradero, habida cuenta de que eso también puede ocurrir entre seres humanos completamente distintos.
El suicidio del doctor había reabierto una herida que Louise creía cerrada. Un día, Édouard la abandonó.
Con su camarada, Albert Maillard, se había lanzado a la venta de monumentos funerarios falsos y habían ganado una fortuna.
Qué escándalo había causado aquello...
Tuvieron que huir. Louise se volvió hacia Édouard y, como el primer día, recorrió con el índice la herida abierta de su rostro, la carne hinchada y rojiza, como una mucosa al descubierto...
—¿Volverás para despedirte de mí? —le preguntó.
Édouard respondió con la cabeza: «Sí, claro que sí.» Eso quería decir que no.
Al día siguiente, Albert, su compañero, un antiguo contable al que Louise siempre había visto temblar como una hoja y secarse las manos húmedas en el pantalón, consiguió huir con una joven sirvienta y una fortuna en billetes de banco.
En cuanto a Édouard, se quedó y se arrojó bajo las ruedas de un coche.
Para él, la venta de los monumentos funerarios falsos nunca había sido más que un entreacto.
Más adelante, Louise descubrió lo complicada que había sido la historia de aquel pobre chico.
Y en ese momento comprendía que, desde entonces, su vida no había avanzado ni retrocedido un centímetro. Simplemente había envejecido: tenía treinta años. Sus lágrimas volvieron a brotar pero con más fuerza.
En el buzón, encontró una carta de la escuela en la que le preguntaban el motivo de su ausencia. Por toda explicación, respondió que volvería al trabajo al cabo de unos días. Escribir esa simple nota la dejó agotada. Se acostó y durmió dieciséis horas seguidas.
Después de tirar lo que se había podrido en la fresquera, tuvo que salir a hacer algunas compras. Para evitar La Petite Bohème, esperó a que el autobús pasara por delante del restaurante y la ocultara.
Hacía más de una semana que no leía ni escuchaba las noticias. Pero viendo que los parisinos se dedicaban a sus ocupaciones, se adivinaba que en el frente no había ocurrido gran cosa. Y lo poco que contaban los periódicos era más bien tranquilizador. Los alemanes pasaban por una situación difícil: estaban bloqueados en Noruega, donde habían retrocedido ciento veinte kilómetros ante los Aliados en la zona de Levanger, y habían sufrido «un triple revés ante los torpederos franceses» en el mar del Norte. Realmente, no había nada de que preocuparse. Detrás de la barra, el señor Jules debía de estar celebrando ruidosamente la clarividente estrategia del general Gamelin, y pronosticando la tunda que recibirían los alemanes si se atrevían a «visitarnos».
A Louise le costaba interesarse por la actualidad, pero se agarraba a ella para obstaculizar la imagen que le asaltaba la mente en cuanto no la tenía ocupada: la cara del doctor Thirion, medio arrancada por el disparo.
La justicia había renunciado a comprender por qué la había elegido a ella para hacer algo así, cuando habría podido ir a cualquier burdel. Con frecuencia, aquel asunto la despertaba en mitad de la noche. Intentaba asociar la cara del cliente de los sábados al apellido «Thirion», pero nunca lo conseguía. El juez había dicho que vivía en Neuilly. ¡¿A quién se le ocurriría desplazarse todos los sábados hasta el decimoctavo distrito para comer?! ¿Es que no había restaurantes en su barrio? El señor Jules decía que el doctor era cliente de La Petite Bohème desde hacía veinte años, lo que, viniendo de él, no era un cumplido. No tenía ningún problema en admitir que uno podía estar cocinando durante treinta años en el mismo establecimiento, pero que alguien fuera a comer a él durante casi el mismo tiempo le resultaba incomprensible. Lo que le asombraba no era la fidelidad de aquel cliente, sino su falta de conversación.
—Si todos fueran como él, sería como cocinar para los trapenses.
En realidad, el doctor nunca le había gustado.
Intentando recordar lo poco que sabía de él, a Louise se le fue la noche acurrucada en la butaca del salón, tratando en vano de conciliar el sueño.
Como la comida que tenía en casa desaparecía a ojos vistas, al día siguiente volvió a salir. Aquel mes de mayo no empezaba tan mal, se dijo. Un sol primerizo y tímido le acarició las mejillas e hizo que se sintiera más ligera. Por miedo a las preguntas de los vecinos y los tenderos, se alejó de su barrio para comprar alimentos, y la caminata la revitalizó.
La tregua no duró mucho. Al regresar a casa, la esperaba una carta. El juez Le Poittevin la convocaba el jueves 9 de mayo a las catorce horas por un «asunto de su interés».
Aterrada, buscó el documento que le había entregado la policía poco antes de salir del hospital, en el que se la informaba con toda claridad de que el caso estaba archivado y no había ningún cargo contra ella. En aquel asunto, bastante absurdo de por sí, aquella citación no tenía el menor sentido. Todavía con el abrigo puesto, Louise se derrumbó en la butaca del salón, sin aliento.