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San José, Costa Rica, mayo de 1953

Empieza a atardecer: crepúsculo, nubes de insectos que se estrellan en su cara con el viento de la marcha. Entrecierra los ojos, y aun así, cuando tuerce en dirección a casa, alejándose del río verde, la reconoce: es María. Está en los escalones y parece inquieta. En un momento dado incluso se da unos golpecitos en el brazo.

Y él advierte algo más: parece estar esperándolo.

—¡Don José, correo para usted! —exclama cuando él apaga el motor de la motocicleta—. De Alemania, en la escalera —añade cuando pasa junto a ella. Él ralentiza el paso.

Hace tres meses que no le escribe a su hermano, que se lo reprocha: «Siempre nos hemos esforzado por seguir en contacto.»

—¿Quiere pasar un momento? Tengo limonada fría.

La carta de Carl tendrá que esperar.

Entran en la sala llena de muebles oscuros, ella enciende el ventilador de techo y se levanta un aire con olor a polvo. La jaulita de pájaros que cuelga de una viga empieza a columpiarse con violencia: la ardilla que está dentro lleva días intentando salir. María la atrapó en el jardín. «Con mis propias manos», dice en español. La cola peluda se agita como el pincel de un pintor frenético.

—¿Cuándo vas a soltarla?

Ella lo mira sorprendida.

—Me gustan los animales: los caballos, los perros, las ardillas...

—Pero ahí sólo puede dar vueltas en círculo, debes de estar volviéndola tarumba.

Ella se ríe de la expresión que él ha usado en español: «volviéndola tarumba», y se reclina en el sillón. Su cuerpo tiene la forma de un barrilete: no tiene cintura, aunque sí cinco hijos, todos casados. Lleva puesta la camisa de su difunto marido, alto y cuadrado. Él sabe que está sola. Allí las noches parecen ya­cer entre oscuros algodones. No hay luz en ninguna parte, sólo calor que flota sobre la casa y calor prisionero entre los muros.

Él le cuenta que ha sobrevolado Santa Bárbara porque tienen que trazar la carretera que van a construir el año próximo, de ahí el encuentro con los ingenieros.

—Las carreteras son muy importantes —le dice ella—, aquí hay demasiado polvo.

Mientras hablan, la oscuridad cae por completo. Él ya nunca habla de Alemania.

—Ahora el país está partido en dos, ¿no? —le preguntó ella, insegura, en una ocasión. ¡Claro que sabía que había ha­bido una guerra en Europa!

—Una guerra mundial —la corrigió él.

—Hay tantas guerras... —respondió ella: también allí había habido muchas guerras.

Él se levanta cuando su vaso ya está vacío y, fuera, a la luz de la luna, busca el camino hacia la escalera. Al pasar, coge el gran sobre marrón.

Arriba el calor se acumula. Ocupa una habitación con una pequeña galería con vistas a la selva. No puede quejarse: Dörsam lo ha arreglado todo, incluso le ha conseguido el puesto en el Instituto Geográfico.

Enciende el ventilador, abre la ventana y el resonante chirrido de las cigarras se le viene encima. Allí no hay muchos sonidos diferenciados. Es una región en la que domina el verde de las plantaciones y la selva virgen. A ve­ces se oye el traqueteo de un camión en la carretera de San José, o el chico del pan, que pasa pedaleando en dirección a la última casa del pueblo y hace sonar el timbre de la bicicleta.

Cuando rasga el sobre, le cae en las manos una revista que se abre sola por las páginas en las que Carl ha metido su carta... y ve su propio rostro.

Esa foto se había publicado ya en todas partes, incluso en The New York Times: él, delante de su estación de radio y a su lado, en otra silla, Princess, ambos mirando a la cámara. Cualquiera que la vea diría que hay algo que no encaja, con la perra o con él, porque parecen de la misma estatura.

Querido Josef (¿o debería decir «don José»? ¡A todos nos hace mucha gracia tu nuevo nombre!):

La revista Stern ha publicado un reportaje sobre tu caso, o más bien sobre las actividades del servicio secreto alemán en América. Será una serie, así que iré enviándote las cinco entregas que faltan conforme vayan saliendo.

Nada más por el momento. Te escribo pronto.

Saludos de Edith y los niños.

Carl

P. S. Palomita se ha mudado a su propia habitación en la planta baja. ¡Ya es toda una señorita!

Josef pone la revista abierta sobre la mesa y acerca la lámpara. Luego recorre línea tras línea con la vista; no lee: busca su nombre, pero no lo encuentra en ningún sitio.

Vuelve al principio y esta vez lee de verdad: se trata de la historia que él ya conoce, aunque ahora desde el punto de vista de los alemanes («Vaterlandsliebe», el «amor a la patria»). La narran como una novela policiaca, como si fuera un mero entretenimiento: «¡FBI! ¡Queda usted detenido! ¿Por qué no confiesa de una vez? Si lo hace, quizá pueda ahorrarse cosas peores.»

No lo sorprende que Carl suene tan alegre, casi entusiasta, pero esa historia no es un mero entretenimiento: es su vida.

Más tarde, en la cama, mira los anuncios:

«Ya sea en pasteles o pastas, ¡use leche condensada Glücks­klee!»

«¡Los polvos adelgazantes Heumann también son para usted!»

«Champú Schauma... ¡mucha espuma en cada baño!»

«¡Disfrute más de sus viajes y de su tiempo libre con pastillas estimulantes Halloo!»

Parece que a Alemania vuelve a irle bien.

Despierta entre las sábanas sudadas bajo una luz tímida y grisácea. El sol aún no ha salido, pero tiene que moverse por la habitación para encontrar una corriente de aire mínimamente fresca. Por las noches deja todas las puertas y ventanas abiertas de par en par y aun así la temperatura no baja.

Sale a la galería y se agarra a la baranda de hierro. No está fría, pero sí fresca.

Mira las palmeras mansas y flácidas: en vez de los rascacielos de Nueva York, en vez de las ruinas alemanas y la pampa argentina, ahora está rodeado de esos gigantes verdes. Lo asedian y acechan. Se oye un fino clac, un leve chasquido, cuando sus hojas entrechocan.

Un poco más allá, el río verde, que esa mañana parece de cristal de tan quieto. La superficie refleja las hojas de las palmeras y los racimos de plátanos. Allí no hay nada más. Más tarde se vestirá e irá al Instituto Geográfico. Sobrevolará Alajuela. Están cartografiando Costa Rica trozo a trozo: carreteras, montañas, ríos, lagos... Han recibido maquinaria nueva, pero falta personal cualificado. Acogen a la gente como él con los brazos abiertos. Dörsam llegará el mes que viene desde Buenos Aires. ¿Tendrá algo que ver con el reportaje del Stern?

En Buenos Aires los alemanes fumaban unos puros gruesos y mareantes, y hablaban de la conspiración contra Alemania y del Gobierno en el exilio que pronto destituiría a la marioneta de los estadounidenses que era Adenauer. Cómo no. Era como una canción de borrachos entonada una y otra vez: ya nadie prestaba atención a la letra. Lo invitaban al club de ajedrez y a los bailes del Club Unión, pero él procuraba mantenerse al margen, y cuando llegó la oportunidad de trabajar en San José la aceptó de inmediato.

Dörsam aparecerá pronto por allí.

María lava sus camisas y pantalones en un lavadero de piedra que está a la sombra de un árbol, pero aun así procura hacerlo por la mañana, cuando el calor todavía no aprieta. Él ve
su espalda avanzar y retroceder: frota con tanta energía que su ropa está cada vez más desgastada. Aunque hay que reconocer que es ropa vieja, la mayor parte de Carl: ropa alemana. Ha llevado los calzoncillos de Carl por Europa, el Norte de África y Sudamérica: aunque su hermano no haya podido sa­lir de Alemania, sus calzoncillos han recorrido el mundo. Tiene que hablar con María: su ropa se ve cada vez más desgastada, pero ¿cómo planteárselo? No quiere ofenderla. Ella plancha sus camisas, limpia su habitación, lo trata de «don» aunque apenas tenga cincuenta años y sea demasiado joven para esa clase de formalidades. Nunca se queja, ni siquiera cuando él se deja tirados por el suelo los mapas y las fotos del Instituto. Limpia a conciencia; incluso ha conseguido juntar sus viejos calcetines grises con sus parejas originales. Él se lleva bien con ella y ella le da su espacio: apenas una pequeña charla alguna que otra tarde, nada más. No quiere tener que mudarse otra vez, ¡cuántas veces no ha llegado a algún sitio y ha tenido que fingir que se sentía como en casa!

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Neuss, Alemania, junio de 1949

El ojo izquierdo no acompaña al otro: es un ojo de cristal. Llevaba un cuarto de siglo sin ver esos ojos, por eso lo había olvidado.

Se dan un abrazo breve, no muy cariñoso, más bien solemne. Pese al calor, Carl lleva traje y un guardapolvo blanco de tendero encima.

—¡Cómo has adelgazado! —exclama—. ¡Y nosotros que pensábamos que en América se vive a lo grande!

Josef sonríe y sigue a su hermano a la casa de ladrillo rojo que ya había visto en fotos de antes de la guerra. Es estrecha y alta, aunque parece algo torcida. Carl le había escrito en una carta que le había salido barata pese a que no se la habían confiscado a un judío. Carl rechazaba ese tipo de negocios («No pueden salir bien»).

Suben las escaleras. Carl se peina hacia atrás los cabellos canos que aún le quedan; se le forman ricitos en la nuca. Se detiene delante de la puerta.

—¡Tenemos tanto de que hablar! ¡Tanto tiempo que recuperar! Le he comentado a Edith que ojalá te quedes un poco más.

—¿Eso quiere decir que no voy a quedarme mucho tiempo? —pregunta Josef guiñando un ojo, pero al ver la mirada de Carl se arrepiente de haber hecho esa broma.

—No, quiere decir lo que he dicho —responde el otro mientras le sostiene la puerta de la casa. Dentro huele a friegasuelos y a bizcocho.

»Edith ha hecho un pastel. Ha salido a comprar, pero ya no tardará.

Josef deja su bolsa de viaje encima de una silla y advierte que Carl ha seguido su mano con la vista.

—¿No traes nada más?

—Sólo esto. —Como su hermano no dice nada, Josef vuelve a levantar la bolsa y Carl la coge y se la lleva a la estancia contigua, una especie de salón con cortinas de terciopelo marrón, muebles oscuros de época, paisajes al óleo, papel pintado con un efectista estampado de gotas...

—Lo hemos salvado todo de la guerra —aclara Carl, porque esta vez es Josef quien no dice nada: no consigue forzarse a hacer ningún halago; más bien siente una oleada de dolor e intenta sobreponerse—. Sígueme —añade su hermano en voz baja—, dormirás en el cuartito de atrás.

El cuarto está amueblado con un sofá, un sillón y un escritorio. Tampoco allí hay teléfono, y tiene que llamar a Dörsam.

—Edith te preparará la cama en el sofá. ¿Qué te parece, podrás dormir aquí?

—Claro, tengo todo lo necesario.

—¡Es obra de Edith! Es un ama de casa competente, cosa nada fácil de encontrar.

La palabra «competente» aparecía siempre en sus cartas: parecía la única palabra que se le ocurría cuando se trataba de su esposa Edith. Él la había visto en fotos: una hermosa mujer de pelo oscuro y ojos de asombro. Tiene la sospecha de que puede ser un poco más alta que su hermano, quien tenía la costumbre de ponerse de puntillas para las fotos.

Carl le ofrece un vaso de agua y él bebe sin dejar de mirar cómo se mueve de aquí para allá mientras le habla de su comercio mayorista de jabón. El negocio va cada vez mejor. Él se limita a animarlo haciéndole preguntas:

—¿Los clientes están de acuerdo en que el nuevo detergente en polvo es mejor?

—Sí, ya se lo he dicho al fabricante. ¿Sabes que Paul tiene ya trece años? Me ayuda en el negocio por las tardes, y el año que viene vamos a sacarlo del colegio para que pueda trabajar a jornada completa. —Se detiene un momento y endereza un cuadro en la pared—. Enseguida conocerás a los ni­ños. Cuando se enteraron de que su tío de América estaba en el país me pidieron que los dejara saltarse las clases, ¡nunca olvidarán el chocolate que les enviaste!

En aquellos treinta paquetes había mucho más que chocolate:

Paquete 1: café, manteca y mantequilla, leche en polvo, huevo en polvo, jabón de baño y jabón de afeitar, tabaco, cigarrillos, agujas e hilo, aspirinas, sacarina, caldo Maggi, chocolate, pimienta, nuez moscada, clavo y varios ovillos de lana.

Paquete 2: Copos de avena, harina, azúcar, almidón, arroz, gelatina, vendas, aspirinas, levadura en polvo, chocolate, hilo, cinta adhesiva, agujas, lana, tabaco, peines, calcetines y hojas de afeitar.

Paquete 3: Lentejas, tabaco, chocolate, manteca, azúcar, tocino, miel, café, pimienta y gelatina.

Paquete 4: Harina de trigo, café, leche condensada, miel, harina para repostería, jabón, tabaco, chocolate, cigarrillos y aceite para las ensaladas.

Paquete 5: Café, azúcar, leche condensada, manteca, cacao, chocolate, hojas de afeitar, cordones, extracto de vainilla, hilo y agujas.

Etcétera.

El dinero que estaba destinado a su abogado, 600dólares, había acabado utilizándose para comprar lo que llevaban todos aquellos paquetes, treinta, enviados a través de una agencia, entre 1946 y 1949. De todos modos, su caso era de­sesperado.

Carl toma asiento en el sillón orejero y acaricia pensativo una zona ya gastada por el roce.

—Hemos salido de lo peor, pero el invierno del cuarenta y siete fue durísimo: comedores sociales, refugios para indigentes... Alguno de los vecinos incluso quemó el piano en la estufa. Y al verano siguiente hubo granizadas e inundaciones; la cosecha se perdió por completo. En tiempos así uno tiene que apretar los dientes, renunciar, hacer sacrificios, ahorrar... ¿no?

Carl lo mira a los ojos, inquisitivo, y el silencio se mece entre ellos como un columpio. Josef debería interrumpirlo con sus explicaciones: aclarar por qué vuelve de la opulenta América como un pobre diablo. No sólo está sin blanca, sino directamente en números rojos. Vuelve a sentir un leve dolor en el pecho.

El crujir de las tablas los libera: ambos miran hacia la puerta. Ha llegado una mujer.

—Bueno —dice Carl—, ya habrá tiempo para hablar de todo esto con calma. Primero, deja que te presente a Edith.

Es delgada. La primera impresión es que es delgada; después uno se da cuenta de que es hermosa. Una belleza ligeramente ascética, como una virgen. Si estuviera un poco mejor alimentada, podría trabajar como modelo, aunque él sabe que no puede decirle algo así. Ella le tiende la mano, rígida y recatada. Él se la estrecha y, en vez de soltarla de inmediato, la mece un poco. ¿Pensarán que es una costumbre americana? Vuelve a estrechársela y entonces hace algo de lo que él mismo se sorprende: se lleva la mano de Edith a los labios y la besa.

—¡Vaya, el chico ha aprendido modales! —exclama Carl.

Edith se ruboriza y Josef también.

—¿Tenéis hambre? —pregunta ella—. He hecho bizcocho de cerezas. ¿O prefieres otra cosa, Josef? —Él nota que ella tiene que hacer un esfuerzo para hablar, que se vuelve hacia la puerta para ocultar el rostro.

—El bizcocho me parece estupendo —le responde mirando su estrecha espalda.

—Tiene acento, ¿lo notas, Edith? ¡Suenas como un americano! —dice Carl riendo.

—¡El café estará listo dentro de diez minutos! —exclama Edith desde la cocina.

Cuando Carl se levanta, aprieta fugazmente el hombro de Josef; un apretón breve, pero fuerte, como si quisiera decir: «Ahora estás aquí: todo está en orden.» «Estás aquí», así era antes: sencillamente estaban ahí; y ahora, durante un bre­ve instante, de pronto vuelve a ser como antes. Luego Josef se levanta y sigue a su hermano a la cocina.

No puede apartar la mirada de Edith, quien lleva un vestido floreado que, cuando se levanta, se le enreda entre las piernas. Tiene el pelo ondulado y se peina de un modo un tanto pasado de moda. Él, al menos, hace mucho que no ve a una mujer peinada así. Es tímida y a la vez segura de sí misma; esto último se nota cuando sirve y recoge la mesa, porque lo hace de una manera casi abrupta.

Comen un bizcocho medio rancio, pero con muchas cerezas («Nos falta mantequilla y azúcar», explica Edith). Los hijos, niño y niña, están muy callados: parecen amedrentados por la situación.

Cuando él va a tumbarse en el sofá, es incapaz de recordar sus caras, aunque sí se acuerda de que el niño parpadeaba nerviosamente: debe de ser un tic. Carl le ha susurrado: «¡Para ya!», amenazando con darle una colleja, pero el chico no ha dejado de hacerlo.

Él se queda dormido un momento, pero lo despierta la voz de su hermano:

—¡Deja eso, que entra el calor! ¡Cierra la puerta!

Luego oye la suave voz de Edith defendiendo a su hija, y después, de nuevo, los gritos de Carl:

—¡Entonces, si le gusta tanto el sol, que se vaya a la calle!

Los gritos de Carl: lleva veinticinco años sin oír hablar a su hermano y ahora suena idéntico a su padre.

Cuando se separaron, veinticinco años atrás, la herida aún estaba fresca: acababan de extirparle el ojo después del accidente laboral. En aquel entonces Carl no había querido darles mayor información. Los compañeros de la fundición les hablaron de «un grito aislado y luego un alarido interminable», pero Carl, que estaba en el hospital, se limitó a guardar silencio, un silencio que contenía un mudo reproche, ya fuera a la vida misma o a las leyes de inmigración de Estados Unidos: aquel ojo perdido significaba, en primer lugar, que
le negarían el permiso de entrada. Los dos hermanos habían aprendido inglés juntos, pero en Ellis Island le pintarían una «X» de tiza en el hombro a Carl y lo devolverían a Europa.

En sus primeras cartas Josef se limitó a contar lo dura que era la vida de los inmigrantes, lo poco queridos que eran los alemanes, lo difícil que era la situación laboral, lo elevado de los alquileres... y lo peor es que era cierto.

Por la noche, se sientan a la gran mesa del comedor y Edith les sirve una sopa de verduras mientras les explica, como justificándose, que «todo es del huerto». Carl, entretanto, contempla la jarra de cerveza que sostiene en la mano, y que contiene agua.

—Dentro de unos días tendremos que ir a apuntarte a la oficina, Josef.

—Creo que ya saben que estoy aquí —responde él con una sonrisa torcida, enseñando un poquito los dientes por el lado izquierdo y entornando los ojos: es la sonrisa especial de Joe, pero enseguida nota que esa sonrisa no encaja allí: que corresponde al pasado.

—Es por la cartilla de racionamiento —le explica Carl—: tienen que comprobar quién eres. —Levanta la jarra de cerveza y da un trago sin dejar de mirarlo.

—¿Josef? —Edith le ofrece más sopa. Él asiente, y ella le sirve. Ahora percibe con claridad su olor: es el mismo olor a jabón de Marsella de toda la familia, pero con un matiz que sólo le pertenece a ella y que, si se pudiera tocar, sería suave como el terciopelo.

—¿Nunca has pensado en casarte? —le pregunta de repente Carl.

—Pensarlo, sí.

—Pero ¿aún no has encontrado a la mujer adecuada?

—Quizá incluso la encontré, pero algo se interpuso.

Carl asiente y no pregunta nada más. Ahora vendría el turno de Josef, pero él no sabe cómo hablarle de un amor que, según los parámetros de su hermano, habría sido completamente absurdo e incluso dañino.

—¿Te gusta? —le pregunta Edith.

—Mucho, gracias —dice sin titubear, y sonríe.

¿Le gusta? La comida siempre ha sido importante para él, incluso muy importante: a veces, al comer, ha tenido auténticas experiencias, como si los aromas revelaran ángulos muertos de su carácter, como si una especia inusual, por ejemplo, pudiese despertar algo en su cerebro.

—¿Sabes cómo te llamaba mamá cuando te fuiste?

—No, ¿cómo?

—¡Jö!

Josef no lo entiende, pero sonríe, y Edith también: parece entender.

—Le escribiste que en América te llamaban Joe y ella vino corriendo con tu carta y me dijo: «¡Ahora nuestro Josef se llama Jö!» Yo le aclaré que Joe se pronuncia «dscho»; es así, ¿no?

Josef asiente. La anécdota le parece divertida, pero también le duele. Sigue comiendo, pero se siente cada vez más cansado; le parece perfecto que Carl se ponga a hablar con Edith de sus cosas: una mesa que hay que cambiar de sitio, un armario del sótano que hay que reparar y barnizar... La hija de ambos se lo queda mirando y él le pregunta en voz baja:

How are you, my Little Dove?

«¿Cómo estás, Palomita mía?»

Ella sonríe y murmura:

Fine, thank you.

Y luego sigue mirándolo.

Se van a dormir temprano. En el huso horario de Estados Unidos aún es primera hora de la tarde, pero se alegra de poder retirarse. Encima de la almohada encuentra un pijama plegado con esmero, una toalla y un cepillo de dientes. Su vida ha quedado atrás, pero le resulta fácil hacer como si siguiera teniendo una: no tiene más que seguir el juego cuyas reglas ha inventado Carl, quien le hacía mil preguntas en sus cartas y, cuando él no respondía, se apresuraba a retirarlas diciendo que él, desde luego, no tenía idea del contexto político americano.

Recuerda que, en una de las que él le envió muy al principio, en 1946, tuvo que explicarle que Ellis Island funcionaba como un campo de internamiento para extranjeros enemigos.

«¿Extranjeros enemigos?»

«Ya te lo explicaré en detalle más adelante.»

La habitación da al sur, de ahí el calor. Incluso allí se percibe el olor del puro que Carl se ha fumado después de la cena: es un olor áspero, como de orines.

Abre la ventana y no puede evitar sorprenderse cuando oye el tren. Apenas dos noches antes estaba en su cama, siempre húmeda por la brisa del mar, oyendo rugir los remolcadores a vapor que pasaban delante de la isla y sufriendo el tedio de la prisión que suponía una vida en la que no podía decidir nada y donde el tiempo lo penetraba todo. Porque allí no tenían nada más que tiempo: el tiempo era su castigo. Pero los cuatro años anteriores en Sandstone, Minnesota, habían sido aún peores: en una cárcel auténtica con criminales auténticos.

Allá arriba, en Minnesota, parecía como si siempre fuera invierno. Además, todo el mundo tenía que ir a paso rápido, él incluido: no podían detenerse («Don’t stop. Move!») porque, en cuanto alguien lo hacía, empezaban las peleas.

Carl no sabe nada de Sandstone: en Alemania estaban ocupados con la guerra y no pareció sorprenderse de que él también guardara silencio durante cinco años.

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Neuss, junio de 1949

El ruido lo despierta: oye gritos desde el otro lado de la pared.

—¿Cómo es posible, es que ese chico no tiene cerebro?

Ahora se trata del hijo.

El reloj marca las 6.30 h. Para el «yo» que ha tenido que dejar en América no es más que la medianoche, de modo que decide darse la vuelta y seguir durmiendo. Poco después lo despierta una música de opereta. Carl canta siguiendo la melodía, aunque sólo las partes más pegadizas. Edith le dice que baje la voz y el otro le contesta que está en su casa y puede hacer lo que le dé la gana, pero la radio deja de sonar y luego la puerta se cierra.

Cuando se despierta por tercera vez el reloj marca las diez y el sol entra con fuerza por la ventana. Oye de nuevo la voz de Carl y, en las breves pausas que hace, la de Edith. Se levanta del sofá y va a la cocina. Carl se vuelve hacia él y se interrumpe en mitad de una frase.

—Bueno, ¿ha dormido bien el señor?

—Voy seis horas por detrás de vosotros.

La mirada de Carl revela que no lo ha entendido.

—El desfase horario: para mí ahora estamos en mitad de la noche.

—Toma, aún no lo he probado. —Carl le tiende una taza de café y él bebe para no ofender a su hermano.

»En serio, Josef, si no hubiéramos tenido café no habría podido dirigir el negocio. Necesito el café, ¡lo necesito más que ninguna otra cosa!

Se lo queda mirando fijamente.

—¿No vas a vestirte?

—Voy vestido.

—Con un pijama sudado. ¡Estamos en la cocina, querido hermano!

Edith se da la vuelta y remueve una cacerola.

—Te pido disculpas —dice Josef.

—Edith te ha dejado ropa en tu cuarto. Ven, te la enseñaré —y, mientras lo dice, empuja a Josef fuera de la cocina.

En la habitación, en efecto, hay un pantalón de traje, una camisa blanca, una chaqueta y una muda de ropa interior. Está claro que es ropa de Carl. Miden lo mismo: 1,63, así que debería valerle todo.

Carl mira por la ventana mientras él se quita el pijama. El pantalón le queda un poquito ancho: tiene que ajustar el cinturón hasta el último agujero. Cuando se está abotonando la camisa oye la voz de su hermano como desde muy lejos:

—Cuenta.

—¿Qué?

—¿Por qué has venido tan de repente? ¿Cómo has podido subirte sin más a un avión que te ha traído de Nueva York a Fráncfort, de dónde has sacado el dinero?

—El FBI puede hacer esas cosas, Carl.

Ha creído que esa referencia lo intimidaría, pero Carl pregunta:

—¿El FBI? ¿Qué es eso?

—Es la policía federal americana.

Empieza a remangarse, pero se detiene y vuelve a de­senrollar las mangas: es probable que a su hermano le parezca tan impropio ir remangado como estar en pijama en la co­cina.

—¿Has cometido algún delito? —oye que le pregunta.

—Después de que Alemania le declarara la guerra a Estados Unidos en 1941, el mero hecho de ser alemán ya era un delito.

Se abotona la manga izquierda y luego la derecha bajo la atenta mirada de Carl. Al parecer, espera información.

—En Ellis Island sólo quedaban cinco alemanes, yo entre ellos, más un par de italianos y un japonés: siete extranjeros enemigos, y a los americanos no les apetecía mantener la isla en funcionamiento sólo para nosotros.

Carl asiente y mira hacia la puerta; Edith lo está llamando.

—La clientela espera. —Al marcharse le da una palmada en el hombro: es como si lo marcara.

Intenta deducir algo de los pasos de Carl. La radio se enciende en la cocina: un hombre canta algo sobre el rojo sol de Capri, un pescador y el mar. Entre una cosa y otra, oye decir a Carl:

—Todo muy misterioso.

Poco después la puerta de la casa se cierra y él va a la co­cina a ver a Edith.

Cuando ella lo ve, se pone un delantal y se inclina sobre una cacerola.

—Seguro que tienes hambre. Voy a prepararte unos huevos: nuestras gallinas se han portado bien.

Lleva el vestido del día anterior. Se le pega al vientre, como si sudara por el ombligo.

Él no puede apartar la mirada.

Edith es más alta que Carl: eso le llamó la atención la noche pasada. Seguro que mide metro setenta, así que también es más alta que él. Parece sumida en la contemplación de los huevos, que emiten un leve toc, toc cuando entrechocan en el agua hirviendo.

Por fin se vuelve hacia él. Titubea un momento y luego empieza a poner la mesa con mucho ímpetu (platos, salero, un cesto de pan...) y deja con elegante énfasis una cucharilla junto al plato.

Aun así hay cierta turbación en sus movimientos: un hombre extraño en su cocina. Y da la casualidad de que ese extraño es él; de pronto ambos lo tienen muy claro.

—Carl se alegró mucho cuando supo de ti de repente, después de la guerra. Siempre era un verdadero placer recibir tus cartas.

—Sus cartas también significaban mucho para mí —le contesta él—: me recordaban que tenía una familia. —Piensa en las frases con las que Carl procuraba animarlo, y ante las que a veces sólo podía sonreír. Aun así eran de su hermano, y no tiene otro: dependía de esas frases, de esa andrajosa caligrafía sobre el sucio papel de posguerra, que la pluma siempre había agujereado aquí y allá.

—Si necesitas algo, estoy en el cuarto de lavado.

Él tiene la boca llena de huevo y sólo puede asentir. No tiene mucha hambre porque, para su «yo» estadounidense, apenas son las seis de la mañana, pero quiere adaptarse.

Después del desayuno busca la dirección de Dörsam en su agenda, se sienta al escritorio, coge papel de carta y escribe:

Estimado señor Dörsam:

Estoy en Neuss, en casa de mi hermano. ¿Dónde podríamos vernos?

Respetuosamente,

Josef Klein (Joe)

Encuentra un sobre y unos sellos y escribe la dirección de Carl en el remite. Pero luego dobla la carta en pliegues muy pequeños y se la guarda en el bolsillo del pantalón.

El «cuarto de lavado» al que se ha referido Edith no puede ser otra cosa que el baño que hay bajando las escaleras. Como no se le ocurre nada mejor que hacer, va a verla. La encuentra arrodillada delante de la bañera.

Carraspea y ella se vuelve para mirarlo por encima del hombro. Tiene el rostro sudoroso y mechones de pelo oscuro pegados a las sienes.

—¿Puedo ayudarte?

—Lavar la ropa no es cosa de hombres.

—Tampoco de mujeres.

Ella sigue frotando como si él no hubiera dicho nada, pero él no se rinde.

—Un chico iba a recoger mi ropa una vez a la semana y me la devolvía al día siguiente limpia y planchada.

Ella sigue frotando.

—Y no era caro, nada del otro mundo.

Una vez más, lamenta lo que ha dicho. Sale en silencio del baño. Poco después está en la calle.

No hay aceras, los niños juegan a las canicas entre los escombros o en la tierra nivelada por las pisadas de la gente. El aire huele a polvo y a mondas de patata.

Lleva la carta doblada en el bolsillo del pantalón. Un par de calles más allá contempla el montón de escombros de una casa derruida. Cuando está seguro de que nadie lo observa se arriesga a meterse entre las ruinas, se pone en cuclillas y excava un hoyo con las manos. Le prende fuego a la carta y espera a que se desintegre en negras pavesas. Al volver a la calle se sacude los pantalones.

En la estación, desde donde pensaba llamar a Dörsam, hay funcionarios del Gobierno controlando las maletas y bolsas de viaje. Da media vuelta y regresa al edificio de ladrillo de la Sternstrasse.

La casa proyecta una sombra azul. En la parte más al norte del terreno hay un cobertizo y, a su lado, un gallinero del que brotan cacareos y aleteos: sonidos extraños que sin embargo lo tranquilizan. Se sienta en un banco del jardín y espera.

Se le da bien esperar: no ha hecho otra cosa durante ocho años.

Cierra los ojos, abrumado por una tristeza que tiene algo que ver con Carl, con su mirada esquiva. Le gustaría tranquilizarlo, darle unas palmaditas en la espalda y decirle: «Relax, let’s have a good time» («tranquilo, concentrémonos en pasarlo bien»).

Alguien lo sacude por el brazo. Seguro que se ha quedado dormido.

—Si vas a quedarte mucho tiempo con nosotros, tienes que registrarte, por ley. Me podría caer una buena si dejo vivir aquí a alguien que no está registrado.

Josef alza la vista un tanto aturdido y ve mecerse los visillos de la ventana de la cocina.

—No tengo papeles.

—¿No tienes papeles?

Josef niega con la cabeza.

Carl abre la boca para decir algo, pero luego lanza un suspiro y da unos pasos por el jardín hasta el cobertizo con actitud reflexiva, mirando fugazmente a su hermano.

—Si pudieras ayudarme a cambiar la mesa de sitio te lo agradecería —le pide.

Carl no enciende la luz, aunque el interior del cobertizo está en penumbra. Josef necesita un momento para que sus ojos se acostumbren a la oscuridad, pero luego distingue varias estanterías llenas de cajas de detergente, frascos y pastillas de jabón. Están ordenadas, pero aun así dan cierta impresión de caos, quizá por el fuerte olor a medicina, a lavanda, limón y pasta de dientes.

En el escritorio hay un teléfono: más tarde puede llamar a Dörsam desde allí.

—¿Josef, puedes venir? —La voz de su hermano le llega desde un despacho trasero—. No pesa, pero es muy grande —añade mientras se disponen a trasladar la mesa poniéndola de lado.

—¿Quieres que vaya yo de espaldas? —sugiere Josef, porque siente a su hermano titubear al otro lado de la mesa.

—No, déjame a mí —responde ásperamente Carl, y cruza la puerta de espaldas hasta que sus manos topan con el marco y no puede seguir avanzando. Josef se queda callado.

—Es demasiado ancha —dice el otro, y lanza un suspiro.

—Sostén el tablero por debajo para que tus manos no se interpongan.

Carl se ríe.

—¡Claro, por Dios!

Ya en el jardín Carl insiste en que puede aguantar yendo de espaldas hasta la puerta de la casa y, cuando por fin llegan hasta allí, se seca la frente con un pañuelo.

—Gracias por la ayuda.

—No hay de qué.

Carl parece dudar, luego respira hondo y agrega:

—Escuchábamos Radio Londres.

—¿Radio Londres? —repite Josef.

—«La emisora del enemigo.» Si me hubieran descubierto, habría terminado en la cárcel... o algo peor.

Josef asiente.

—Siempre estuvimos informados de lo que pasaba realmente en este país; ¿la prensa americana también ofrecía información crítica?

—Sí, siempre, siempre.

Carl asiente, aparentemente satisfecho con el resultado de la conversación.

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Neuss, junio de 1949

Le encantaría hablar con Carl y Edith de su vida como hombre libre en Nueva York, pero ninguno de los dos le pregunta nada. ¿Les preocupa que pueda contarles cosas cuestionables o indecentes? No puede evitar sonreír: también es posible que no lo consideren capaz de contar nada interesante. Suele hacer lo que se espera de él, no le gusta llamar la atención; a lo mejor eso lo hace parecer insignificante. Nunca se le ha dado bien contar las cosas que realmente le importan.

Lauren se sorprendió de que apenas tuviera libros.

—Sí tengo: de radioaficionados —le respondió él señalando con timidez el montoncito. Al final ella encontró una explicación:

—¿Sabes por qué no eres lector? Porque no necesitas desdoblarte.

¿A qué se refería?

—Siempre estás enteramente donde estás, y te basta con eso.

—Parece que a ti también.

Ella se echó a reír ruidosamente: reía como una niña.

—Y Thoreau, ¿eh? —preguntó él.

—Tú y tu Thoreau.

En aquellos tiempos ella aún era amable.

Más tarde le confesó que no había entendido a Thoreau, mientras que, para él, Walden era uno de esos libros que bastan para una vida entera. La vida de Thoreau en su cabaña en el bosque lo llenaba de nostalgia. Le gustaba leer sobre la felicidad de hallarse en medio de la naturaleza, y a veces percibía la ciudad como un lugar lleno de árboles y montañas: un paisaje hecho de piedra y geometría cuyo tamaño le permitía a uno desaparecer dentro de él.

Lauren le preguntó si había leído a otros poetas trascendentalistas estadounidenses como Emerson o Whitman, pero él no los conocía ni de nombre, y la palabra «trascendentalista» lo dejó bastante confundido.

Las palabras de Thoreau penetraban sin resistencia en su interior, y gracias a Thoreau sabía lo que él mismo pensaba. Eso era suficiente. La mayoría de las veces hablar acerca de algo simplemente significaba que no lo entendías en absoluto. Su frase favorita era: «La riqueza de una persona puede medirse por las cosas de las que es capaz de prescindir.»

Naturalmente, podía contarles muchas cosas: que había visto actuar en directo a Duke Ellington en el Cotton Club, que su médico se apellidaba Weinrebe («vid») o que ya no iba a la iglesia y a nadie le importaba. Que era libre porque allí había demasiadas personas de todo tipo como para tomarse nada demasiado en serio.

Había vivido en uno de los edificios menos bonitos de East Harlem: un cajón de ladrillo sin la menor gracia; pero, como vivía en el último piso, no había tenido problema para fijar su antena de radio en el techo. Le gustaba la zona porque no tenía nada destacable y, por tanto, nadie se sentía obligado a dárselas de nada. Él iba y venía por las calles sin sentir, como al principio, que las amenazadoras torres lo miraban con sorna; más bien era como si velaran por él de un modo paternal.

Su único lujo era su estación de radio, y quizá también Princess, una pastor alemán que se pasaba el día esperando pacientemente a que él volviera de la imprenta por las tardes.

La llevaba a diario a un descampado lleno de malas hierbas, no lejos del río Harlem, para que hiciera sus necesidades entre restos de muros cubiertos de matojos y neumáticos viejos. Allí siempre olía un poco a podrido y estancado, lo que ponía a Princess en un estado de gran excitación: tenía que olfatearlo todo. Luego iban a comprar y, en Lexington Avenue, se abrían paso entre los niños que jugaban a saltar a la comba, a la pelota, a las canicas... Acariciaban a Princess y la llamaban por su nombre, y ella, con la boca abierta, parecía sonreír.

Entraba con la perrita en el mercado y compraba salmonetes, que le entregaban envueltos en papel de periódico, luego iba a por Corn Flakes al súper y a por pastel de judías (una especialidad de los negros musulmanes de Nueva York) al Idrie’s. En el cruce, un poli negro con gafas de sol y guantes blancos dirigía el tráfico, el carnicero asomaba por el escaparate de su negocio entre dos mitades de ternera que se bamboleaban ligeramente colgadas de los ganchos y el sombrerero italiano se fumaba un cigarrillo bajo la marquesina. Si tenía suerte se cruzaba con una bailarina de algún club cercano y podía intuir bajo el abrigo sus minúsculas braguitas cubiertas de lentejuelas. En casa ponía a Ethel Waters (Stormy Weather, Georgia on my mind...), a quien había visto en una ocasión (alta, con mucha clase) en Lexington Avenue y, aunque ya era una estrella, le había devuelto la sonrisa.

Su amigo Arthur le propuso un día construir una estación de radio y se pusieron a ello durante varias semanas, leyéndose libros el uno al otro. Untaron de parafina un cilindro de cartón, hicieron una bobina enrollando alambre de cobre, dibujaron diagramas electrónicos, cortaron cables. La habitación olía a aceite y a metal quemado, tenían un montón de tornillos, cables y cinta aislante encima de la mesa y Arthur se retorcía el bigote pelirrojo a lo Charlie Chaplin cuando de repente (nunca lo olvidará) brotó un sonido tenue, ululante, algo chillón. Giraron el dial y oyeron algo parecido al viento y al repiqueteo de la lluvia, y cuando siguieron girándolo se oyeron sonidos que él no había oído nunca antes: sonidos electrónicos, sibilantes, resbaladizos, chispeantes, acogedores que le provocaron un cosquilleo, una sensación de felicidad. Luego empezaron las voces, que crujían como la hojarasca en invierno:

CQ, CQ...

Y la voz trémula de un hombre que cantaba Sally of my Dreams.

Se miraron el uno al otro como si hubieran visto a Dios manifestarse.

—Hay voces por todas partes.

—Ahora es posible contar todo lo que realmente pasa en el mundo; en algún momento dejará de haber secretos.

El rostro de Arthur resplandecía: acababa de ingresar en un grupo que luchaba contra la injusticia social y defendía los valores cristianos. Era hijo de inmigrantes irlandeses, pero no creyente; sólo creía en la amistad... y en la ética alemana del trabajo. En ese sentido se había equivocado con él, como averiguó bien pronto, pero aun así lo dejó trabajar en la imprenta y vivir en su apartamento varios años, hasta que se casó y él se tuvo que mudar a East Harlem, donde de todas maneras iba a visitarlo con frecuencia (pese a la prohibición, en esa zona se servía alcohol) para quejarse de la vida conyugal.

—Mi mujer critica todo lo que hago. Por lo visto, ni siquiera soy capaz de cortar bien el aguacate: por el centro en lugar de a lo largo. Habría sido mejor que me casara contigo.

—¿Sabías que en California han intentado llamarlos «peras cocodrilo» en vez de «aguacates»?

—¿En serio?

—Por la cáscara, pero la cosa no ha cuajado.

—Claro, qué nombre tan idiota.

En cuanto las calles se aquietaban un poco empezaba a oír voces dentro de casa: estaba amaneciendo en Sudáfrica, había habido una tormenta en México, habían aparecido peces muertos a la orilla del mar en Helsinki... Se enteraba de que en Perth soplaba un viento moderado del noroeste, o que el río Amarillo se había desbordado.

Era bueno con el morse. Oía el tu, tu-tú bailarín entre los gritos de los vecinos y el ruido de la calle. Al principio cogía papel y lápiz para apuntar las señales y después transcribir los mensajes, pero enseguida comenzó a hacerlo mentalmente, y con el tiempo empezó a reconocer a algunos transmisores por sus titubeos y peculiares equivocaciones, o por su ritmo galopante: cada uno tenía su propia caligrafía.

Necesitó un año entero para adquirir confianza y decidirse a hablar sin tener a nadie delante, a hablar de sí mismo: a enviar al mundo, a la aventura, algo de sí mismo. Y entonces descubrió cuán liberador resultaba. Nadie lo veía, nadie sabía nada sobre él: si era alto o bajo, si vivía en una casa con jardín en Brooklyn o en un apartamento de alquiler en Harlem.

Ser sólo una voz en todas partes, en todo momento. Inicialmente creyó que esa exquisita circunstancia bastaba para protegerlo del mal, como una magia. Sin embargo, con la Depresión las reglas válidas para todos volvieron a imponerse: había fuerzas mayores que su vida interior.

Arthur tuvo que cerrar temporalmente la imprenta. A veces se encontraban en el comedor público cerca de Bryant Park. Él encontró un empleo mal pagado de repartidor de octavillas para una gran casa de muebles. Fue un auténtico paso atrás, después de haberse dedicado a imprimir octavillas, pero el trabajo le gustaba. Cuando cogía el ritmo y aquello se parecía más a un sueño que a un trabajo de verdad, perdía la noción del tiempo. Levantaba la tapa de los buzones con el dedo medio y metía la octavilla sujeta con el índice y el pulgar, dejándose una mano libre para el cigarrillo. La ciudad se convirtió en un animal de bocas hambrientas a las que él tenía que alimentar. Cuando la situación económica mejoró un poco, prácticamente había ido a todas las casas al menos una vez, pero aún no podía enviarle dinero a su madre, apenas escribirle que se mantenía a flote. Su madre le preguntaba si no había pensado en volver: en Alemania había empezado una nueva era, Alemania revivía. No, nunca: Nueva York era su ciudad, y más después de haberla alimentado.