
A lo largo de mi camino espiritual me he encontrado con muchos obstáculos y retos, pero me aventuro a decir que el mayor de todos ha sido el formar parte de una cultura desconectada del entorno natural. Como personas que hemos crecido en sociedad, es inevitable que estemos impregnadas de los sesgos, creencias y tabúes de la misma sin ser muchas veces conscientes de ello, y esto es algo de lo que tampoco los practicantes de sendas espirituales ligadas a la naturaleza nos libramos. Afectan a todos los aspectos de nuestra vida, incluida nuestra concepción espiritual y nuestra relación con la naturaleza, y muchos de estos sesgos suponen actualmente un serio conflicto para el entorno.
Sin embargo, si bien partimos de ahí, no estamos condenados a perpetuarlos para siempre: tenemos la capacidad de discernir, de idear una realidad mejor, evolucionar hacia ella y ser aquellos que promovamos el cambio. Para ello, quiero comenzar este libro con una breve reflexión que me hizo plantear hasta qué punto nuestra práctica espiritual está influenciada por sesgos culturales que no nos permiten ser consecuentes con nuestra ética y creencias más profundas. Una reflexión que me hizo preguntarme: «¿Estoy en el camino que quiero estar? ¿Conozco en realidad algo de la naturaleza?».
Abriendo esta reflexión, uno de los principales problemas que tenemos en las sociedades occidentales hoy en día es la enorme instrumentalización que llevamos a cabo del entorno natural. Esta es una práctica que no solo se sustenta en el distanciamiento de la obtención directa de nuestros recursos, sino que encaja desde aún más atrás en un sustrato cultural judeocristiano que parte de que la naturaleza fue creada para el uso y servicio del ser humano. Al poner al hombre como centro de la creación y hacerlo jerárquicamente superior e independiente del resto, el resultado es el mismo que ya hemos visto repetidamente a lo largo de toda la historia: la falta de empatía que lleva a considerar que el colectivo tenido por inferior no es persona, no siente, no tiene inquietudes propias o ni siquiera tiene alma, lo que permite y justifica el abuso. La voracidad del consumismo hoy en día dispara la explotación del medio a niveles insostenibles, haciéndonos creer que todo es adquirible con dinero, todo está para servirnos y todo es descartable cuando nos aburrimos de ello. Esto es algo que, tristemente, también se puede ver en corrientes espirituales y esotéricas occidentales modernas que por otro lado se inspiran en la naturaleza, y es necesario traer el tema sobre la mesa para formar una comunidad en la que podamos hallar respaldo e impulsar un prisma más respetuoso.
Otro sesgo cultural muy común que puede limitar nuestra senda espiritual y nuestra relación con el medio natural es el proceso de demonización que han sufrido algunos de sus elementos. La demonización es la proyección de los miedos y las frustraciones de la comunidad en algo externo para evitar asumir su propia responsabilidad sobre ello. Es, sobre todo, una enorme herramienta de manipulación: el uso del miedo inculcado en lo más profundo de cada individuo para controlar las acciones de toda la comunidad, pues al fin y al cabo, nadie quiere acercarse, conocer o abogar por aquello a lo que se hace responsable del mal. Es por ese motivo que lo que demonizamos contiene muchas veces en sí mismo algo que aquellos que ejercen el poder no quieren que veamos, porque supondría un desafío al orden establecido; no por nada el árbol prohibido del Edén era el del conocimiento del bien y el mal, del cual no se debía comer por miedo a la muerte.
El entorno natural no está libre de demonización: todo aquello que se negó a ser despojado de su esencia salvaje, todo lo no domesticable (y que, por lo tanto, podía hacer que los demás se negaran a ser domesticados), fue desprovisto de la cara amable de su dualidad: los espíritus naturales y dioses paganos se tornaron en horribles demonios para dirigir a la población hacia la nueva religión, las plantas tóxicas y enteógenas, valiosísimas en la medicina y la espiritualidad popular, se volvieron venenos y ungüentos infames. Los muertos, espíritus que propiciaban la fertilidad de la tierra, se convirtieron en ánimas del purgatorio castigadas por sus pecados o en simples ilusiones fantásticas para que encajaran en la lógica del dogma establecido. Es evidente que aunque la pátina religiosa se haya desvanecido considerablemente, las creencias y los tabúes producidos por la demonización de estos y muchos otros elementos siguen presentes en nuestra sociedad. De hecho, esta demonización no tiene por qué provenir de una élite religiosa, ni tampoco de muchos siglos atrás: el racionalismo actual demoniza el pensamiento mágico, relegando lo espiritual a la credulidad, la estupidez o la incultura y estigmatizando otras formas de ver, comprender y relacionarse con el mundo que nos rodea.
Esto liga también directamente con el tabú de la muerte, que en la sociedad occidental es tan temida como silenciada. No queremos verla ni queremos sentirla cerca, hasta un punto de desvinculación en el que hemos dejado de ser conscientes de que la muerte nos da la vida y de que cada día en que existimos contribuimos a ella. No por nada muchas deidades agrarias de la antigüedad como Perséfone o Saturno eran también divinidades del más allá, y es que la muerte es la gran proveedora, la que todo lo da y todo lo quita. Sin embargo, hoy se busca mirar siempre hacia la luz y el positivismo, y todo lo que remita a la muerte y los muertos, a la destrucción y a la parte más oscura de la dualidad, que al fin y al cabo es la base inevitable que sustenta que esa luz pueda existir, sigue siendo temido e invisibilizado.
En contraposición al miedo y la demonización, otro sesgo muy común causado por el distanciamiento del entorno natural es la idealización e infantilización de la naturaleza. Tan solo hay que ver la evolución de la concepción de los seres feéricos a lo largo de la historia conforme nos separábamos del entorno silvestre: pasaron de ser espíritus del territorio de los cuales dependía la supervivencia de la comunidad a hadas y duendes graciosos e inofensivos. En el momento en que ya no estamos a su merced y no interactuamos con ellos en nuestro día a día, olvidamos su poder y la naturaleza nos parece un lugar bucólico y amable. Por supuesto, tiene una cara amable: una que provee, que nos enseña y que nos permite vivir. Más amable es aún considerando que le hemos limado las garras, eliminando a nuestros posibles depredadores y arrancando de nuestro entorno sus venenos. Y aún con esas, la naturaleza sigue siendo también implacable y oscura, como demanda el equilibrio de la existencia, y deberemos tener esto muy presente en el momento en que deseemos regresar a ella física y espiritualmente.
Todas estas reflexiones a lo largo de mis años como pagana y practicante del Arte son las que poco a poco han impulsado mi práctica hacia una que hoy siento más madura, sostenible y acorde a mis principios. Por supuesto, jamás diré que dicha evolución ha llegado a su fin, y espero seguir en este proceso de transmutación y cambio el resto de mi vida, buscando siempre la forma de mejorar. Es nacido de mi propia senda y como parte de mi trabajo con el territorio que ofrezco este libro con la esperanza de que proporcione un apoyo a aquellos que transitan o deseen transitar la suya propia también, contribuyendo a una relación más sana, respetuosa y equitativa con el entorno y con la naturaleza que lo compone.
Para emprender este camino, necesitaremos quitarnos la ropa y la piel, impregnada de todos nuestros sesgos y tabúes. Deberemos correr hacia lo salvaje, hacia las entrañas del bosque y las profundidades del mar, allí donde no ha llegado la mano civilizadora del hombre y los espíritus moran, oscuros y agrestes. Solo entre ellos aprenderemos su lengua, comprenderemos sus misterios y hallaremos la forma de recuperar nuestro lugar a su lado. Solo siendo un poco más tierra, viento y animal, y un poco menos humanos.
Cuando regresemos de este viaje quizá comprendamos que aquella piel que dejamos al comienzo se nos ha quedado pequeña, pero ya no nos hace falta. Habremos formado una nueva, una que nos permita tomar nuestra forma humana cuando volvamos a casa, pero también albergar en ella a todos los espíritus que están a nuestro lado. Una piel compartida, una piel con mil formas y una piel que nos recordará siempre que somos territorio.
REDESCUBRIENDO EL TERRITORIO
Para acortar la distancia que nos separa de la naturaleza es necesario el regreso a ella no solo desde el conocimiento teórico, sino desde la propia experiencia. Una experiencia que parte de reconocer de nuevo al territorio que nos rodea y a sus espíritus su legítima condición de seres de pleno derecho, con sus propias dinámicas y motivaciones y, sobre todo, con la capacidad de influir profundamente en nuestras propias vidas.
Esta concepción del entorno era evidente para aquellos que antaño habitaban y tejían sus actividades diarias alrededor del medio natural, e iba acompañada de un amplio conocimiento físico y espiritual del mismo. Recuperar esta perspectiva animista en la actualidad no solo nos permitirá conocer mejor el mundo natural físico, sino también disolver de nuevo la división entre la realidad tangible y la intangible y devolver a la naturaleza su tan denostada e invisibilizada dimensión espiritual, plural y completa en sí misma, y a nosotros nuestro lugar como parte de ella.
Es inevitable, entonces, partir de la comprensión del término territorio tal y como lo utilizamos en este libro. El territorio no solo se limita a designar un área geográfica, sino también a todo aquello que forma ese entorno a nivel físico, histórico y espiritual. El territorio es el suelo que pisamos y el medio que nos rodea en nuestro día a día, el lugar que nos es familiar o al que estamos ligados por infinitos posibles motivos: vivienda, trabajo, cultura, ancestralidad... El territorio no solo es tierra; es cada animal, planta, espíritu, roca y persona que habita en él. Es todas las tradiciones, las canciones y las costumbres que sus habitantes humanos tejieron en íntima relación con el medio durante siglos, cada leyenda, mito y creencia ligada a algún elemento del entorno. El territorio es también cada suceso que ha marcado su devenir: incendios, cambios en el clima, migraciones, guerras y agricultura y, por supuesto, es todo lo que no conocemos de él y de las relaciones entre sus miembros de las cuales no formamos parte, porque no es un expositor para que los humanos lo veamos todo.
El territorio siempre ha sido el que nos ha provisto de todo lo necesario para vivir y para morir: desde el alimento que crece en la tierra, el aire que respiramos, el sol, el agua o la medicina a los peligros, las enfermedades o la escasez de recursos viables para nosotros. De él proviene la inspiración que ha avivado el ingenio humano para su progreso, los medios para llevar a cabo sus ideas y las respuestas a sus inquietudes espirituales.
Al redescubrir nuestro propio territorio buscamos recuperar el saber de la tierra y restablecer los lazos que nos unen física y espiritualmente con ella. Buscamos contribuir a su bienestar, agradecerle todo lo que nos entrega y volver a abrazar nuestro lugar como parte del entorno, entendiendo que somos mucho más que un ser aislado. Con ello, ante nuestros ojos se abrirá un nuevo mundo que siempre ha estado ahí pero que no supimos ver, y llegarán a nosotros valiosísimos aprendizajes y recursos sin necesidad de que instrumentalicemos nuestro medio, porque sucederán de forma natural en una relación estrecha, sana y consolidada.
Cabe decir y reiterar que, pese a ello, no todo será agradable y bonito en este viaje. La naturaleza no está para complacernos, sino que tiende al equilibrio entre todos sus elementos, a veces en nuestro beneficio y otras en nuestro detrimento. Cruzar el cerco de nuestra zona segura traerá maravillosas recompensas, pero también nos hará sentir y comprender de mucho más cerca las sombras de la naturaleza: el miedo, el peligro, el dolor, la incertidumbre y la muerte. Muchas de ellas serán también nuestras propias sombras, y deberemos mirarlas a la cara y enfrentarlas para avanzar. Solo de esta forma nos acercaremos a conocer y vivir nuestro entorno, y será a través de ellas que aprenderemos las mayores lecciones.
