I. Primera impresión

Era ese momento del día en el que más deseaba ser capaz de dormir.

El instituto.

¿O sería «purgatorio» la palabra correcta? De existir siquiera alguna manera de expiar mis pecados, esto debería contar en alguna medida a la hora de hacer balance. No, no me acostumbraba al tedio; cada día se me antojaba más monótono aún que el anterior, si cabe.

Quizá se pudiera considerar esto mi modo de dormir, si el sueño se definiera como un estado inerte entre los periodos de actividad.

Tenía la mirada perdida en las grietas que recorrían el enlucido del rincón opuesto de la cafetería y me imaginaba que formaban unos dibujos que en realidad no estaban ahí. Esa era una de las maneras de bloquear la riada de voces que me farfullaban en la cabeza.

Eran varios los cientos de esas voces a las que hacía caso omiso por puro aburrimiento.

En cuanto a la mente humana, lo había oído todo ya, hasta la saciedad y un poco más. Hoy, lo que consumía el pensamiento de todo el mundo era el insignificante drama de la nueva incorporación al reducido cuerpo del alumnado. Qué poco bastaba para alterarlos. Había visto aquel nuevo rostro repetido en un pensamiento detrás de otro, desde todos los ángulos. Una chica humana normal y corriente. La expectación por su llegada era algo tan predecible que resultaba agotador: la misma reacción que obtendría uno al mostrarle un objeto brillante a un grupo de críos de dos años. La mitad de los miembros masculinos de aquel alumnado tan borreguil ya se imaginaban prendados de ella, tan solo porque era algo nuevo que les habían puesto delante. Hice un mayor esfuerzo por no prestarles atención.

Solo eran cuatro las voces que bloqueaba por cortesía más que por repulsión: las de mi familia, mis dos hermanos y mis dos hermanas, que ya estaban tan acostumbrados a la falta de intimidad en mi presencia que rara vez se preocupaban por ello. Yo les daba lo que estaba en mi mano. Intentaba no escuchar siempre que podía evitarlo.

Y, aun así, por mucho que lo intentara… lo sabía.

Rosalie, como de costumbre, estaba pensando en sí misma: su mente era como una charca de agua estancada que contenía muy pocas sorpresas. Había captado fugazmente un reflejo de su perfil en las gafas de alguien y ahora meditaba sobre su perfección. Nadie tenía el cabello de un tono más semejante al verdadero color del oro, nadie tenía una silueta que fuese un reloj de arena tan perfecto, nadie tenía el rostro como un óvalo tan simétrico e inmaculado. No se comparaba con los humanos que había allí; tal yuxtaposición habría resultado risible, absurda. Ella pensaba en otros como nosotros, ninguno de ellos a su altura.

Emmett, que solía mostrarse despreocupado, tenía el rostro fruncido en un gesto de frustración. Ahora mismo se estaba pasando una de esas manazas por los rizos de ébano y se retorcía los cabellos en el puño. Aún estaba que echaba humo por el combate de lucha que había perdido contra Jasper durante la noche. Tendría que recurrir a toda su limitada paciencia para ser capaz de aguantar hasta el final de la jornada escolar y organizar una revancha entonces. Nunca me sentía como un entrometido al escuchar los pensamientos de Emmett, porque él jamás pensaba nada que no pudiese decir en voz alta o poner en práctica. Es posible que solo me sintiese culpable leyéndoles el pensamiento a los demás porque sabía que ahí dentro habría cosas que ellos no deseaban que yo supiese. Si la mente de Rosalie era una charca de agua estancada, la de Emmett era un lago cristalino sin la menor sombra.

Y Jasper estaba… sufriendo. Contuve un suspiro.

Edward. Alice pronunció mi nombre mentalmente y captó mi atención de inmediato.

Era exactamente igual que si lo hubiera dicho en voz alta. Me alegraba de que mi nombre se hubiera ido pasando de moda en las últimas décadas: qué molesto había sido en el pasado; siempre que alguien pensaba en algún Edward, yo volvía la cabeza en un acto reflejo.

Ahora no la volví. A Alice y a mí se nos daban bien aquellas conversaciones privadas. Era raro que alguien nos descubriese. No aparté la mirada de las grietas del enlucido.

¿Cómo lo está llevando?, me preguntó.

Fruncí el ceño, un leve cambio en la colocación de los labios. Nada que nos delatase ante los demás. Bien podría estar frunciendo el ceño de puro aburrimiento.

Jasper llevaba demasiado tiempo inmóvil. No estaba interpretando los tics humanos tal y como debíamos hacerlo todos, en movimiento constante para no destacar, igual que Emmett se tiraba del pelo, Rosalie cruzaba las piernas hacia un lado y después hacia el otro, Alice daba unos toquecitos con la punta de los pies en el linóleo del suelo o yo me dedicaba a mover la cabeza para quedarme mirando los distintos dibujos en las paredes. Jasper parecía estar petrificado, con ese porte esbelto tan erguido, tanto que ni siquiera los cabellos color miel parecían reaccionar al aire que llegaba desde las rejillas de ventilación.

Los pensamientos de Alice adquirieron entonces un tono de alarma, y vi en su mente que estaba observando a Jasper con su visión periférica. ¿Hay algún peligro? Se adelantó y estudió el futuro inmediato, revolviendo entre aquellas visiones de monotonía en busca del origen de mi gesto fruncido. Incluso mientras lo hacía, no dejó de acordarse de colocar uno de los puños, tan pequeños, bajo el mentón afilado y parpadear con regularidad. Se apartó de los ojos un mechón de esos cabellos oscuros, cortos e irregulares.

Volví la cabeza muy despacio hacia la izquierda, como si me estuviese fijando en los ladrillos de la pared, suspiré y la giré hacia la derecha, de vuelta a las grietas del techo. Los demás asumirían que estaba interpretando el papel de humano. Solo Alice sabía que le estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza.

Se relajó. Me lo dirás, si la cosa se pone fea.

Moví únicamente los ojos, arriba hasta el techo y de nuevo hacia abajo.

Gracias por hacer esto.

Me alegré de no poder responderle en voz alta. ¿Qué le iba a decir? ¿«Un placer»? No lo era, precisamente. No disfrutaba aguzando el oído para captar los conflictos de Jasper. ¿De verdad era necesario hacer este tipo de experimentos? ¿No sería más seguro reconocer sin más que tal vez Jasper nunca iba a ser capaz de controlar su sed igual de bien que el resto de nosotros, en lugar de llevarlo hasta el límite? ¿Por qué arriesgarse a la catástrofe?

Habían pasado dos semanas desde nuestra última salida de caza. No es que fuese un intervalo de tiempo poco manejable para el resto de nosotros. Un tanto incómodo sí, de vez en cuando: si un humano se acercaba demasiado, si el viento soplaba en la dirección inadecuada. Aunque los humanos rara vez se acercaban demasiado. El instinto les decía lo que su pensamiento consciente jamás entendería: éramos un peligro que debían evitar.

Ahora mismo, Jasper era muy peligroso.

No sucedía con frecuencia, pero de tanto en tanto me sorprendía la inconsciencia de los humanos que teníamos a nuestro alrededor. Todos estábamos tan acostumbrados a ello que siempre nos lo esperábamos, pero en ocasiones parecía más llamativo de lo normal. Ninguno de ellos reparaba en nosotros, allí, pasando el rato en aquella sufrida mesa de la cafetería, a pesar de que una manada de tigres ocupando nuestro lugar sería menos letal que nosotros. Ellos no veían más allá de cinco personas de aspecto raro, lo bastante parecidas a seres humanos como para que colase. Costaba imaginarse lo de sobrevivir con unos sentidos tan increíblemente torpes.

En ese momento, una chica bajita se detuvo en el extremo de la mesa más cercana a la nuestra, para hablar con una amiga. Se quitó el pelo pajizo de la cara y se lo peinó con los dedos. Los conductos de la calefacción proyectaron su olor hacia nosotros. Estaba acostumbrado a lo que me hacía sentir aquel olor: el dolor seco en la garganta, el vacío del ansia en el estómago, la tensión automática en los músculos, el excesivo flujo de veneno en la boca.

Todo esto era bastante normal, y solía resultar sencillo no hacerle caso. Era más difícil justo ahora, con unas reacciones más fuertes, multiplicadas por dos, mientras observaba a Jasper.

Jasper estaba dejando volar la imaginación. Lo estaba visualizando: se imaginaba que se levantaba de su asiento junto a Alice y se acercaba a aquella chica bajita. Se inclinaría y se aproximaría más, como si fuera a susurrarle algo al oído, y dejaría que sus labios acariciasen el arco de su garganta. Se imaginaba el pulso de aquella chica bajo la frágil barrera de su piel y la sensación que tendría en su boca…

Le di un puntapié a su silla.

Me sostuvo la mirada, con sus ojos negros cargados de resentimiento por un instante, y, acto seguido, bajó la vista. Podía oír la batalla que libraban la vergüenza y la rebeldía en su cabeza.

—Lo siento —masculló Jasper.

Me encogí de hombros.

—No ibas a hacer nada —le murmuró Alice para calmar la desazón que sentía él—. He podido verlo.

Reprimí la mirada de extrañeza que delataría la mentira de Alice. Teníamos que mantenernos unidos, ella y yo, y no era fácil eso de ser los bichos raros entre los que ya eran de por sí unos bichos raros. Protegíamos mutuamente nuestros secretos.

—Sirve de ayuda pensar en ellos como personas —sugirió Alice con un tono de voz agudo y musical a una velocidad demasiado elevada como para que los oídos humanos lo entendiesen, de haber habido alguno lo bastante cerca como para oírlo—. Se llama Whitney. Tiene una hermana pequeña a la que adora. Su madre invitó a Esme a aquella fiesta en el jardín, ¿te acuerdas?

—Ya sé quién es —dijo Jasper cortante, y le dio la espalda para quedarse mirando por uno de los ventanucos colocados justo debajo de los aleros, a intervalos regulares por la sala alargada. Su tono de voz le puso fin a la conversación.

Tendría que salir de caza esta noche. Era ridículo arriesgarse de esta manera, tratar de poner a prueba su fortaleza, hacerle ganar resistencia. Jasper debería aceptar sus limitaciones y trabajar dentro de ellas.

Alice suspiró en silencio, se levantó, cogió su bandeja —su atrezo, por así decirlo— para llevársela y dejarlo en paz. Sabía reconocer el momento en que Jasper se hartaba de que ella le diese aquellos ánimos. Aunque Rosalie y Emmett eran más descarados con su relación, eran Jasper y Alice los que conocían todas y cada una de las necesidades del otro como si fueran las suyas. Como si ellos también pudieran leer la mente, pero solo la del otro.

Edward.

Reacción refleja. Me volví hacia el sonido de mi nombre, aunque nadie lo había pronunciado, tan solo pensado.

Durante medio segundo, me sostuvieron la mirada un par de ojos grandes, marrones como el chocolate, dispuestos en un rostro de piel pálida con forma de corazón. Reconocí esa cara, aunque no la había visto por mí mismo hasta entonces. Había estado muy presente en todas aquellas cabezas humanas en el día de hoy. La nueva alumna, Isabella Swan. La hija del jefe de policía del pueblo, a la que habían traído a vivir aquí por alguna cuestión relacionada con su custodia. Bella. Había corregido a todos los que la habían llamado por su nombre completo.

Aparté la mirada, aburrido. Tardé un segundo en percatarme de que no había sido ella quien había pensado en mi nombre.

Por supuesto que ya está coladita por los Cullen, oí que proseguía el primer pensamiento.

Entonces reconocí esa «voz».

Jessica Stanley: hacía tiempo que no me daba la lata con sus cotorreos interiores. Qué alivio había supuesto que por fin superase aquella fijación tan desencaminada. Resultaba prácticamente imposible escapar de esa manera suya tan constante y ridícula de soñar despierta. En aquella época, sentía el deseo de poder explicarle con exactitud lo que habría sucedido de haberle acercado lo más mínimo los labios… y los dientes que venían detrás. Eso habría acallado aquellas fantasías tan molestas. Pensar en su reacción casi me arrancó una sonrisa.

Para lo que le iba a servir a la chica, continuaba Jessica. La verdad es que ni siquiera es guapa. No sé por qué la mira tanto Eric… o Mike.

Mentalmente, la chica dio un respingo con aquel último nombre. Mike Newton, su nueva obsesión y un chico que por lo general gozaba de popularidad, se mostraba por completo indiferente ante ella. Al parecer, no tanto con la chica nueva. Otro crío que intentaba agarrar el objeto reluciente. Esto le dio un aire de maldad a los pensamientos de Jessica, que sin embargo se mostraba cordial de cara al exterior con la recién llegada mientras le explicaba lo que todo el mundo sabía sobre mi familia. La alumna nueva debía de haberle preguntado sobre nosotros.

Hoy me mira todo el mundo a mí también, pensó Jessica con suficiencia. ¿No es una suerte que Bella tenga dos clases conmigo? Seguro que Mike querrá preguntarme por ella…

Traté de bloquear aquella cháchara insulsa para que no se me metiera en la cabeza antes de que algo tan nimio y trivial me volviese loco.

—Jessica Stanley le está contando todos los trapos sucios del clan Cullen a esa chica nueva, Swan —le murmuré a Emmett a modo de distracción.

Se rio entre dientes. Espero que sea algo que merezca la pena, pensó él.

—Le ha puesto muy poca imaginación, la verdad. Apenas un atisbo de escándalo. Ni un ápice de terror. Me deja un poco decepcionado.

¿Y la chica nueva? ¿También se ha quedado decepcionada con el cotilleo?

Afiné el oído para escuchar lo que pensaba esa tal Bella, la chica nueva, sobre la historia de Jessica. ¿Qué veía ella cuando miraba a aquella familia de piel blanca como la tiza a la que todo el mundo evitaba?

Conocer su reacción formaba parte de mi responsabilidad. Yo hacía las veces de explorador —a falta de un término más adecuado— en mi familia. Para protegernos. Si alguien empezaba a sospechar alguna vez, yo podía advertir con antelación y facilitarnos una retirada sencilla. Alguna vez sucedía: algún humano de imaginación inquieta veía en nosotros a los personajes de un libro o de una película. Por lo general se equivocaban, pero era mejor marcharse a vivir a alguna otra parte que arriesgarse a que investigaran en profundidad. En alguna ocasión rara, extremadamente rara, alguien acertaba con sus fabulaciones. A esos no les dábamos la oportunidad de poner a prueba su hipótesis. Desaparecíamos, simplemente, para convertirnos en poco más que un terrorífico recuerdo.

Hacía décadas que no sucedía algo así.

No oía nada, por mucho que aplicara el oído justo al lado del punto donde continuaba manando a borbotones el frívolo monólogo interior de Jessica. Era como si no hubiera nadie sentado junto a ella. Qué curioso. ¿Se había movido la chica? No parecía probable, ya que Jessica seguía soltándole su parloteo. Alcé la mirada y sentí que perdía el equilibrio. Tener que comprobar mi «oído» extra… era algo que nunca me veía en la obligación de hacer.

Me vi de nuevo anclado a aquellos grandes ojos marrones. Estaba sentada justo en el mismo sitio donde se encontraba antes, y nos estaba mirando; algo natural, supuse, ya que Jessica continuaba deleitándola con los cotilleos del pueblo sobre la familia Cullen.

Pensar en nosotros también sería lo natural.

Pero no oía ni un susurro.

Un rubor cálido le tiñó las mejillas de manera tentadora cuando bajó la vista y la apartó de la vergonzosa pifia de que te sorprendan mirando con descaro a un desconocido. Que Jasper siguiese mirando por la ventana era algo bueno. No me apetecía imaginarme el efecto que aquella acumulación de sangre accesible tendría sobre su capacidad de control.

El rostro de la chica mostraba sus emociones con la misma claridad que si las hubiera expresado en palabras: sorpresa al ir asimilando de forma inconsciente las señales de las sutiles diferencias entre su especie y la mía; curiosidad mientras escuchaba las historias que le contaba Jessica; y algo más… ¿Fascinación? No sería la primera vez. Éramos guapos para ellos, nuestras presas. Entonces, por último, la vergüenza.

Aun así, aunque sus pensamientos se mostraran con tanta claridad en sus extraños ojos —extraños por la profundidad que había en ellos—, no alcanzaba a oír más que silencio procedente del lugar donde ella se encontraba sentada. Solo… silencio.

Me sentí incómodo por un instante.

Jamás me había topado con algo así. ¿Me estaría pasando algo? Me sentía exactamente igual que siempre. Preocupado, escuché con mayor atención.

De repente, todas esas voces que había estado bloqueando me gritaban en la cabeza.

… pregunto qué música le gustará… podría mencionarle mi nuevo CD, a lo mejor…, pensaba Mike Newton, dos mesas más allá, concentrado en Bella Swan.

Fíjate en cómo la mira. ¿No le basta con tener a la mitad de las chicas del instituto esperando a que a él… Los pensamientos de Eric Yorkie eran cáusticos, y también giraban en torno a la chica.

… qué desagradable. Vamos, ni que fuera famosa o algo… Hasta Edward Cullen la mira fijamente… Lauren Mallory estaba tan celosa que bien podría tener la cara de un tono verde oscuro como el jade. Y Jessica, alardeando de su nueva mejor amiga. Menudo chiste… Los pensamientos de aquella chica continuaban exudando un rencor virulento.

… seguro que eso ya se lo ha preguntado todo el mundo. Pero me gustaría charlar con ella. ¿No hay algo más original que pudiera decirle?, musitaba Ashley Dowling.

… a lo mejor está en mi clase de Español…, esperaba June Richardson.

… una montaña de cosas que me quedan por hacer esta noche. Trigonometría y el examen de Lengua. Espero que mamá… Angela Weber, una chica muy callada cuyos pensamientos solían ser amables, era la única de la mesa que no estaba obsesionada con aquella tal Bella.

Podía escucharlos a todos, cada detalle insignificante que estuvieran pensando, conforme se les pasaba por la cabeza, pero no me llegaba nada procedente de aquella alumna nueva que tenía unos ojos tan engañosamente comunicativos.

Y, por supuesto, sí pude oír lo que dijo la chica al dirigirse a Jessica. No me hacía falta leer la mente para ser capaz de escuchar su voz baja y clara en la otra punta de la larga sala.

—¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —la oí preguntar mientras me lanzaba otra mirada a hurtadillas con el rabillo del ojo y la volvía a desviar de inmediato al ver que yo seguía observándola.

De haberme dado tiempo a hacerme la ilusión de que su voz me serviría para localizar con precisión sus pensamientos, habría sufrido una decepción inmediata. Por lo general, los pensamientos de la gente llegaban a mí con un timbre similar al de su voz física, pero aquella voz tímida y silenciosa no me resultaba conocida, no era la de ninguno de los centenares de pensamientos que rebotaban por la estancia, de eso estaba seguro. Era completamente nueva.

¡Ah, sí, buena suerte, idiota!, pensó Jessica antes de responder a la pregunta de la chica.

—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas del instituto le parece lo bastante guapa —resopló en voz baja.

Volví la cabeza para ocultar mi sonrisa. Jessica y sus compañeras de clase no tenían ni idea de lo afortunadas que eran de que ninguna de ellas me atrajese de un modo particular.

Sentí un impulso extraño por debajo de aquel humor efímero, un impulso que no terminaba de comprender con claridad. Tenía algo que ver con ese deje despiadado de los pensamientos de Jessica que la chica nueva desconocía… Sentía la extraña necesidad de interponerme entre ellas, de proteger a Bella Swan de las oscuras maquinaciones de la mente de Jessica. Qué sensación más rara. Tratando de sacar a la luz las motivaciones que había detrás de ese impulso, examiné una vez más a la chica nueva, ahora a través de los ojos de Jessica. Mi descaro al mirarla ya había llamado mucho la atención.

Quizá no fuese más que un instinto protector enterrado mucho tiempo atrás: el fuerte por el débil. De alguna manera, esta chica parecía más frágil que sus nuevos compañeros de clase. Tenía una piel tan translúcida que resultaba difícil creer que pudiese ofrecerle alguna clase de protección frente al mundo exterior. Podía ver el pulso rítmico de la sangre que le corría por las venas bajo aquella membrana pálida y clara… Aunque no debería concentrarme en eso. Se me daba muy bien aquella vida que había escogido, pero estaba tan sediento como Jasper, y carecía de sentido exponerse a la tentación.

La chica tenía una leve arruga en el entrecejo de la que no parecía ser consciente.

¡Aquello era increíblemente frustrante! No me costaba ver la presión que suponía para ella estar allí sentada, dar conversación a unos desconocidos, ser el centro de atención. Podía percibir su timidez en la postura de sus hombros, de aspecto frágil, ligeramente caídos, como si se esperase que la rechazaran en cualquier momento. Y, aun así, lo único que yo podía hacer era verla, sentirla e imaginar. No había más que silencio en aquella chica humana que no tenía nada de extraordinario. No podía oír nada. ¿Por qué?

—¿Nos vamos? —murmuró Rosalie, que interrumpió mi concentración.

Aparté la mente de la chica y sentí alivio. No deseaba continuar con aquella decepción: el fracaso era algo poco frecuente para mí, y aún más irritante que inusual. No quería fomentar ningún interés en sus pensamientos ocultos tan solo porque me fueran inaccesibles. No tenía la menor duda de que, cuando los descifrase —y encontraría la manera de hacerlo—, serían tan baladíes y tan triviales como los de cualquier otro ser humano. No merecería la pena el esfuerzo que tendría que emplear para llegar hasta ellos.

—Y bien, ¿la nueva nos tiene miedo ya? —preguntó Emmett, que aún esperaba mi respuesta a su anterior pregunta.

Me encogí de hombros. Emmett no tenía tanto interés como para insistirme en que le diera más información.

Nos levantamos de la mesa y nos marchamos de la cafetería.

Emmett, Rosalie y Jasper se hacían pasar por alumnos de último año; se marcharon camino de sus clases. Yo interpretaba un papel más joven que el suyo; me dirigí a mi clase de Biología de penúltimo año y me fui preparando mentalmente para el tedio. Dudaba mucho que el señor Banner, un hombre con un intelecto medio —en el mejor de los casos—, se las arreglara para ofrecer algo en su clase que pudiera sorprender a alguien que ostentaba dos títulos de Medicina.

En el aula, me acomodé en mi sitio y dejé que los libros —más atrezo: no había nada en ellos que no supiera ya— se desparramaran sobre la mesa. Era el único alumno que tenía una mesa entera para sí. Los humanos no eran tan listos como para ser conscientes de que me temían, pero su instinto innato de supervivencia bastaba para mantenerlos lejos.

La clase se fue llenando poco a poco, según iban entrando de vuelta de la comida. Me apoyé en el respaldo de la silla y aguardé a que pasara el tiempo. De nuevo, deseé ser capaz de dormir.

Dado que había estado pensando en la chica nueva, cuando Angela Weber la acompañó al cruzar la puerta, su nombre se entrometió en mi atención.

Bella parece tan tímida como yo. Seguro que hoy ha sido un día realmente duro para ella. Ojalá pudiera decirle algo…, pero lo más probable es que sonara estúpido.

¡Sí!, pensó Mike Newton, que se giró en su asiento para ver entrar a las chicas.

Seguía sin llegarme nada desde el lugar donde Bella Swan se encontraba de pie. El espacio vacío allá donde se suponía que debían estar sus pensamientos me desconcertaba y me incomodaba.

¿Y si lo perdía todo? ¿Y si esto solo era el primer síntoma de alguna clase de deterioro mental?

Con qué frecuencia había deseado ser capaz de escapar de aquel jaleo de voces, ser normal… hasta donde era posible para mí. Pero ahora me entraba el pánico con solo pensarlo. ¿Quién sería yo sin mis capacidades? Jamás había oído nada semejante. Iría a ver si Carlisle lo había oído alguna vez.

La chica recorrió el pasillo que tenía a mi lado y se dirigió hacia la mesa del profesor. Pobre, el único sitio disponible era el que había junto al mío. Automáticamente, despejé lo que sería su lado de la mesa y empujé mis libros para apilarlos. Dudaba de que se fuera a sentir muy cómoda allí. Le esperaba un largo semestre, al menos en aquella asignatura. Pero, bueno, quizá allí, sentado junto a ella, sería capaz de hacer salir sus pensamientos del escondite… No es que hubiera necesitado nunca la proximidad física, ni tampoco creía que hubiese nada que me fuera a parecer digno de escuchar.

Bella Swan pasó por delante de la corriente de aire caliente que soplaba en mi dirección desde el conducto de la calefacción.

Percibí su olor como la arremetida de un ariete, el estallido de una granada. No había una imagen lo bastante violenta para abarcar toda la fuerza de lo que me sucedió en ese momento.

Me transformé al instante. No me parecía en nada a aquel humano que había sido antaño. No quedaba ni rastro de los jirones de humanidad en los que había conseguido envolverme a lo largo de los años.

Era un depredador, y ella mi presa. No existía absolutamente nada más en el mundo salvo esa verdad.

No existía el aula llena de testigos: en mi imaginación, ya eran un daño colateral. El misterio de lo que pensaba ella había quedado en el olvido. Sus pensamientos no significaban nada, ya que no iba a seguir albergándolos durante mucho más tiempo.

Yo era un vampiro, y ella tenía la sangre más dulce que había olido en más de ochenta años.

Jamás me había imaginado que pudiera existir un aroma semejante. De haberlo sabido, hacía mucho tiempo que me habría dedicado a buscarlo. Habría escudriñado el planeta entero en busca de ella. Ya me imaginaba el sabor…

La sed me quemaba en la garganta como si la tuviera en llamas. Sentía la boca abrasada y reseca, y el flujo renovado de veneno no lograba disipar lo más mínimo esa sensación. Tenía un nudo en el estómago a causa del hambre que era un reflejo de la sed. Mis músculos se contrajeron para saltar.

No había transcurrido ni un solo segundo entero. La chica aún estaba dando el mismo paso que la había situado en la corriente de aire que venía hacia donde yo me encontraba.

Cuando tocó el suelo con el pie, sus ojos se deslizaron hacia mí, un movimiento que ella pretendía claramente que pasara desapercibido. Su mirada se cruzó con la mía, y me vi reflejado en el espejo de sus ojos.

El impacto del rostro que vi allí le salvó la vida durante unos instantes bien peliagudos.

Ella no facilitó las cosas. Cuando procesó la expresión de mi rostro, la sangre le volvió a inundar las mejillas y le puso la piel del color más delicioso que había visto jamás. Su olor era un denso manto de niebla en mi cerebro. A duras penas era capaz de lograr que mis pensamientos lo atravesaran. Rugían mis instintos, se resistían al control, incoherentes.

Aceleró el paso entonces, como si comprendiese la necesidad de escapar. Las prisas la entorpecieron: se le enganchó el pie, se tropezó hacia delante y estuvo a punto de caer sobre la chica que estaba sentada delante de mí. Vulnerable, débil. Incluso más de lo habitual para un humano.

Intenté concentrarme en la cara que había visto en sus ojos, un rostro que reconocía con repugnancia. El semblante del monstruo que había en mi interior: aquel rostro al que había rechazado gracias a décadas de esfuerzo y de una disciplina sin fisuras. ¡Con qué facilidad volvía a salir ahora a la superficie!

De nuevo me vi envuelto en aquel olor, que dispersó mis pensamientos y estuvo a punto de tirarme de la silla.

No.

Me agarré con la mano a la mesa por debajo del borde al tratar de mantenerme en el asiento. La madera no estaba a la altura de aquella tarea, destrocé el puntal de la mesa y saqué la mano llena de una masa de astillas después de dejar la marca de los dedos tallada en la madera que había resistido en el sitio.

Destruir las pruebas. Esa era una norma fundamental. Pulvericé de inmediato los bordes de la silueta de mis dedos y no dejé más que un orificio irregular y un montón de virutas en el suelo, que desperdigué con el pie.

Destruir las pruebas. Daños colaterales…

Ya sabía lo que tenía que pasar ahora. La chica tendría que venir a sentarse a mi lado, y yo tendría que matarla.

No podría permitir que se marcharan los inocentes que se hallaban en el aula, otros dieciocho chicos y un hombre adulto, después de haber visto lo que no tardarían en ver.

Me estremecí ante la idea de lo que debía hacer. Incluso en los peores momentos, yo jamás había cometido aquella clase de atrocidad. Nunca había matado a inocentes. Y ahora planeaba masacrar a veinte de ellos de una tacada.

El rostro del monstruo en mi reflejo se estaba riendo de mí.

Aun cuando una parte de mí se apartaba temblorosa de él, había otra parte que estaba planificando lo que iba a suceder a continuación.

Si mataba primero a la chica, solo dispondría de unos quince o veinte segundos con ella antes de que reaccionaran los demás humanos del aula. Tal vez un poco más, si en un principio no se percataban de lo que estaba haciendo. A ella no le daría tiempo a gritar ni a sentir dolor; no me iba a ensañar al matarla. Al menos eso sí se lo podía conceder a aquella desconocida con una sangre tan horrorosamente apetecible.

Pero después tendría que impedir que el resto escapase. Las ventanas no serían un problema: eran demasiado pequeñas y estaban demasiado altas como para proporcionarle a nadie una vía de escape. Tan solo la puerta: bastaba con bloquearla y estarían atrapados.

Sería algo más lento y más difícil tratar de liquidarlos a todos en un estado de pánico y corriendo de aquí para allá, moviéndose en el caos. No era imposible, pero harían mucho más ruido. Daría tiempo a una gran cantidad de gritos. Alguien los oiría… y yo me vería obligado a matar a más inocentes en aquella hora tan luctuosa.

Y la sangre de la chica se enfriaría mientras yo mataba a los demás.

Aquel olor me castigaba, me cerraba la garganta con un dolor seco…

De modo que los testigos primero, entonces.

Tracé el plan mentalmente. Me encontraba en el medio del aula, en la fila más alejada del frente de la clase. Primero me ocuparía de mi lado derecho. Calculé que iría partiendo unos cuatro o cinco cuellos por segundo. Eso no sería ruidoso. El flanco derecho sería el afortunado: no me verían venir. Si daba la vuelta por delante y regresaba por el lado izquierdo, tardaría como mucho unos cinco segundos en poner fin a todas las vidas que había en aquella sala.

Sería el tiempo suficiente para que Bella Swan viese, fugazmente, lo que se le venía encima. El tiempo suficiente para que sintiese miedo. El tiempo suficiente, quizá —si es que el aturdimiento no la congelaba en el sitio—, para que ella sí gritara, un grito suave que no haría que viniese nadie corriendo.

Respiré hondo, y aquel olor fue como una llamarada que me corría por las venas resecas y me ardía en el pecho para consumir cualquier impulso mejor del que yo fuese capaz.

La chica estaba girando justo ahora. En unos segundos, estaría sentada apenas a unos centímetros de mí.

El monstruo se regocijaba en mis pensamientos.

Alguien cerró de golpe una carpeta a mi izquierda. No levanté la mirada para ver cuál de aquellos malhadados humanos había sido, pero el movimiento envió una bocanada de aire ordinario y sin olores que pasó flotando por delante de mi cara.

Logré pensar con claridad por un breve segundo. En ese valioso instante, vi dos rostros en mi cabeza, uno junto al otro.

Uno era el mío, o lo había sido: ese monstruo de ojos rojos que había matado a tanta gente que ya había dejado de contarlos. Asesinatos justificados, racionalizados. Había sido un asesino de asesinos, asesino de otros monstruos menos poderosos. Aquello era un complejo de dios, eso lo reconocía: decidir quién merecía una sentencia de muerte. Era un compromiso conmigo mismo. Me había alimentado de sangre humana, pero solo conforme a la más laxa de las definiciones. Teniendo en cuenta sus diversos y oscuros pasatiempos, mis víctimas eran poco más humanas que yo.

El otro semblante era el de Carlisle.

No había el menor parecido entre ambos rostros. Eran el día más luminoso y la noche más oscura.

Tampoco había razones para que existiese tal parecido. Carlisle no era mi padre en el sentido biológico más básico. No teníamos ningún rasgo en común. La similitud en el color de piel era producto de lo que éramos: todo vampiro tenía una palidez cadavérica. La semejanza en el color de los ojos era otra cuestión: el reflejo de una elección mutua.

Y, aun así, aunque no hubiera base ninguna para encontrar un parecido, me imaginaba que mi rostro había comenzado a ser un reflejo del suyo —en cierta medida— en los últimos setenta y tantos años en que yo había abrazado la misma decisión que él y había seguido sus pasos. Mis rasgos no habían cambiado, pero a mí me daba la sensación de que una parte de su sabiduría había dejado huella en mi semblante, que se podía hallar un rastro de su compasión en la postura de mis labios y que en la frente se me veía de forma obvia algún eco de su paciencia.

Todos aquellos avances tan minúsculos se perdían en el rostro del monstruo. En unos breves instantes, en mí no quedaría nada que reflejara los años que había pasado con mi creador, mi mentor, mi padre en todos los aspectos relevantes. Los ojos me brillarían rojos como los de un demonio; todo parecido se perdería para siempre.

En mis pensamientos, la mirada amable de Carlisle no me juzgaba. Sabía que él me perdonaría por aquel horrible acto. Porque me quería. Porque él pensaba que yo era mejor de lo que era.

Bella Swan se sentó en la silla a mi lado con movimientos rígidos y torpes —el miedo, sin duda—, y el olor de su sangre brotó en una inevitable nube a mi alrededor.

Iba a demostrarle a mi padre que se equivocaba sobre mí. La desolación de aquel hecho me dolía tanto como la llamarada en mi garganta.

Me incliné hacia atrás para apartarme de ella por pura repugnancia, asqueado ante aquel monstruo que ansiaba liquidarla.

¿Por qué había tenido que venir aquí esta chica? ¿Por qué había tenido que existir? ¿Por qué había tenido que estropear ese pequeño remanso de paz que tenía yo en aquella existencia mía sin vida? ¿Por qué había tenido que nacer siquiera aquel ser humano tan exasperante? Sería mi ruina.

Aparté la cara de ella en el instante en que me invadió un odio repentino, fiero e irracional.

¡Yo no quería ser ese monstruo! ¡No quería matar a toda aquella clase de críos inofensivos! ¡No quería perder todo lo que había logrado a lo largo de una vida de sacrificio y abnegación!

No lo haría.

Ella no me podía obligar.

El problema era el olor. Ese aroma de su sangre, tan tentador que resultaba espantoso. Ojalá hubiera alguna forma de resistirlo… Ojalá me aclarase la mente otra bocanada de aire fresco.

Bella Swan se echó el pelo —largo, denso y de color caoba— hacia el lado en que yo me encontraba.

¿Estaba loca?

No, no llegó ninguna bocanada de aire en mi ayuda. Pero tampoco tenía por qué respirar.

Contuve el flujo de aire hacia los pulmones. El alivio fue instantáneo, pero incompleto. Aún tenía el recuerdo de su olor en la cabeza, su sabor en el fondo de la lengua. No sería capaz de resistir ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Todas y cada una de las vidas del aula estaban en peligro mientras la chica y yo estuviéramos juntos en ella. Tenía que huir. Quería salir corriendo, alejarme del calor de su cuerpo junto al mío y del extenuante dolor de la quemazón, pero, si desbloqueaba los músculos para moverme, aunque solo fuera para ponerme en pie, tampoco estaba seguro al cien por cien de que no me abalanzaría a cometer la masacre que ya había planeado.

Aunque quizá sí pudiera resistir durante una hora. ¿Bastaría una hora para recuperar el control y moverme sin atacar? Lo dudé, y después me obligué a comprometerme. Yo me encargaría de que bastase. Solo el tiempo justo para salir de aquella aula llena de víctimas, unas víctimas que tal vez no tenían que serlo si yo era capaz de aguantar durante una breve hora.

Qué sensación tan incómoda, el no respirar. Mi cuerpo no necesitaba el oxígeno, pero era algo que iba en contra de mis instintos. En los momentos de estrés me guiaba por el olfato más que por cualquier otro de mis sentidos. Era la orientación en la caza, la primera advertencia en caso de peligro. No era frecuente que me cruzase con algo tan peligroso como yo mismo, pero el instinto de supervivencia era tan fuerte en mi especie como lo era en un humano medio.

Incómoda, pero manejable. Más soportable que olerla a ella y no clavarle los colmillos en esa piel tan fina, delgada y transparente hasta llegar al cálido, húmedo latir de…

¡Una hora! Solo una hora. No debía pensar en el olor, en el sabor.

La chica, silenciosa, mantenía el cabello entre los dos, inclinada hacia delante de tal modo que le caía en cascada sobre la carpeta. No podía verle la cara para intentar interpretar las emociones en esos ojos tan limpios y profundos. ¿Estaba tratando de ocultármelos? ¿Por miedo? ¿Timidez? ¿Para guardar sus secretos?

Mi anterior irritación al haberme visto obstaculizado por sus pensamientos mudos palidecía y se empequeñecía en comparación con la necesidad —y el odio— que ahora me poseía. Porque odiaba a esa chica tan frágil que tenía a mi lado, la odiaba con todo el fervor con el que me aferraba a mi antiguo yo, al amor de mi familia, a mi sueño de ser algo mejor de lo que era. Odiarla, odiar la manera en que me hacía sentir… ayudaba un poco. Sí, la irritación que había sentido antes era débil, pero eso también ayudaba un poco. Me aferré a cualquier pensamiento que me distrajese de imaginarme a qué sabría ella…

Odio e irritación. Impaciencia. ¿Es que no iba a pasar nunca aquella hora?

Y cuando terminase aquella hora… la chica saldría del aula. ¿Y qué haría yo?

Si era capaz de controlar al monstruo, hacerle ver que la espera merecería la pena… podría presentarme. Hola, me llamo Edward Cullen. ¿Me permites que te acompañe a tu siguiente clase?

Ella diría que sí. Eso sería lo cortés. Aunque ya me tuviese miedo, como seguramente hacía, seguiría los convencionalismos y caminaría a mi lado. Resultaría bastante sencillo conducirla en la dirección que no era. Una pequeña extensión del bosque se estiraba como un dedo para tocar el rincón del fondo del aparcamiento. Podría decirle que se me había olvidado algún libro en el coche…

¿Se percataría alguien de que yo había sido la última persona con la que la habían visto? Estaba lloviendo, como de costumbre. Dos chubasqueros de color oscuro que se apartaban del resto del mundo tampoco despertarían demasiado interés ni me delatarían.

Salvo que yo no era el único alumno que estaba hoy pendiente de ella, por mucho que ninguno de los demás la percibiese de un modo tan abrasador como yo. Mike Newton, en particular, se fijaba en cada mínimo cambio en la posición del cuerpo de la chica mientras ella jugueteaba con el pelo allí sentada: se la veía incómoda tan cerca de mí, exactamente igual que lo estaría cualquiera, tal y como yo lo había esperado justo antes de que su olor aniquilase toda preocupación generosa por mi parte. Mike Newton se percataría si la chica saliese del aula conmigo.

Si podía aguantar una hora, ¿podría aguantar dos?

Me resistí al dolor de la quemazón.

La chica volvería a casa y se la encontraría vacía. El jefe de policía Swan tenía una jornada de ocho horas. Yo conocía su casa, igual que conocía todas las demás en este pueblo tan pequeño, apartada y protegida por la espesura del bosque a su espalda, sin vecinos cercanos. Aun en caso de que le diera tiempo a gritar —que no le daría—, no habría nadie que la oyese.

Esa sería la manera responsable de encargarse de esto. Había pasado más de siete décadas sin la sangre humana; si contenía la respiración, podría aguantar dos horas. Y cuando la tuviera a solas, no habría ninguna posibilidad de hacer daño a nadie más. Ni tampoco habría razón ninguna para acabar a toda prisa con semejante experiencia, añadió el monstruo en mi cabeza.

Era falaz pensar que el hecho de salvar a los diecinueve humanos de aquella aula con esfuerzo y paciencia haría que fuese un poco menos monstruo cuando matase a aquella inocente chica.

Aunque la odiaba, era plenamente consciente de que el odio era injusto. Sabía que mi odio, en realidad, era hacia mí mismo, y nos odiaría aún más a los dos cuando ella estuviese muerta.

Así fue como logré llegar al final de la hora: imaginándome las mejores maneras de matarla. Intenté evitar imaginarme el acto en sí. Eso habría sido excesivo para mí, así que me dediqué a planificar la estrategia y nada más.

En una ocasión, ya casi hacia el final, la chica me lanzó una mirada a través del muro fluido de sus cabellos. Sentí cómo ardía en mí y salía al exterior aquel odio injustificado al mirarla a los ojos, al ver el reflejo de aquello en su mirada aterrorizada. La sangre le tiñó la mejilla antes de que ella pudiese volver a ocultarse detrás del pelo, y estuve a punto de venirme abajo.

Pero sonó la campana, y qué tópico, pero nos salvó a los dos. A ella de la muerte. A mí, por unos breves instantes, de ser esa criatura de pesadilla que tanto temía y detestaba.

Ahora tenía que ponerme en movimiento.

Aun concentrando toda mi atención en la más simple de las acciones, no pude caminar tan despacio como debería; salí disparado del aula. De haber habido alguien mirándome, podría haber sospechado que había algo raro en mi salida. Nadie me estaba prestando atención; todos los pensamientos seguían dándole vueltas a aquella chica nueva que estaba condenada a morir dentro de poco más de una hora.

Me oculté en mi coche.

No me gustaba pensar en mí como alguien que necesitaba esconderse. Qué cobarde sonaba aquello. Pero ya no me quedaba la suficiente disciplina como para seguir rodeado de humanos. Concentrar tanto mis esfuerzos en no matar a uno de ellos me dejaba sin recursos para resistirme a los demás. Qué desperdicio sería eso. Si cediese ante el monstruo, ya podría hacer al menos que la derrota mereciese la pena.

Puse un CD que solía tranquilizarme, aunque ahora me servía de poco. No, lo que más me ayudaba era el aire fresco y húmedo que entraba con la llovizna por las ventanillas abiertas. Aunque recordaba el olor de la sangre de Bella Swan con perfecta claridad, inhalar aquel aire fresco era como hacerme un lavado del interior del cuerpo para desinfectarme de él.

Volvía a estar cuerdo. Otra vez era capaz de pensar. Y podía luchar de nuevo. Podía combatir aquello que no deseaba ser.

No tenía que ir a su casa. No tenía que matarla. Obviamente, yo era una criatura racional, con capacidad para pensar, y tenía la posibilidad de elegir. Siempre había elección.

No me había sentido así en el aula…, pero ahora estaba lejos de ella.

No tenía por qué decepcionar a mi padre. No tenía por qué causarle estrés a mi madre, ni darle preocupaciones… o provocarle dolor. Sí, aquello haría daño también a mi madre adoptiva, que era tan dulce, tan tierna y cariñosa. Provocarle dolor a alguien como Esme era algo verdaderamente inexcusable.

Tal vez, si evitara a esa chica con mucho, muchísimo cuidado, no haría falta que mi vida cambiase. Tenía las cosas ordenadas a mi gusto. ¿Por qué iba a permitir que una humana exasperante y deliciosa que no era nadie lo echara a perder?

Qué paradójico que hubiese querido proteger a esa misma humana de la triste amenaza sin mordiente que eran los retorcidos pensamientos de Jessica Stanley. Yo era la última persona que jamás se postularía como protector de Isabella Swan. Esa chica jamás necesitaría que la protegieran de algo con más ahínco que de mí.

¿Dónde estaba Alice? Me lo pregunté de repente. ¿Acaso no me había visto matar a la tal Swan en multitud de maneras? ¿Por qué no había acudido en mi ayuda, a impedírmelo o a limpiar las pruebas, lo que correspondiese? ¿Tan absorta estaba vigilando los problemas de Jasper que había pasado por alto esta posibilidad mucho más horrible? ¿O es que yo era más fuerte de lo que pensaba? ¿De verdad no le habría hecho nada a esa chica?

No, yo sabía que eso no era cierto. Alice tenía que estar muy centrada en Jasper.

Busqué en la dirección en la que sabía que estaría mi hermana, en el edificio de menor tamaño que se utilizaba para las clases de Lengua. No tardé en localizar su «voz», tan conocida para mí. Y no me equivocaba. Tenía todos sus pensamientos volcados en Jasper, observando sus pequeñas decisiones con minucioso escrutinio.

Deseaba poder pedirle consejo, pero, al mismo tiempo, me alegraba de que ella no supiera de lo que yo era capaz. Sentí otro ardor en el cuerpo: el de la llama de la vergüenza. No quería que lo supiera ninguno de ellos.

Si podía evitar a Bella Swan, si me las arreglaba para ser capaz de no matarla —no había terminado de pensar aquello y el monstruo ya se retorcía y rechinaba los dientes de frustración—, entonces no tendría por qué saberlo nadie. Si pudiese mantenerme lejos de su olor…

No había razón para no intentarlo, al menos. Tomar una buena decisión. Tratar de ser lo que Carlisle pensaba que era.

Prácticamente había terminado la última hora de clase. Decidí poner en práctica de inmediato mi nuevo plan, mejor que quedarme ahí sentado en el aparcamiento, por donde ella podría pasar y echar a perder mis esfuerzos. Otra vez sentí ese odio injusto hacia la chica.

Caminé deprisa —demasiado deprisa, pero no había testigos— y crucé el diminuto campus hasta las oficinas.

Aquello estaba desierto salvo por la recepcionista, que no se percató de mi entrada silenciosa.

—¿Señora Cope?

La mujer del pelo rojo tan poco natural alzó la mirada y se sorprendió. Siempre se quedaban fuera de juego con aquellos pequeños detalles que se escapaban a su comprensión, por muchas veces que hubieran visto ya a alguno de nosotros.

—Oh —exclamó un tanto aturullada. Se alisó la camisa. Tonta, pensó. Es tan joven que casi podría ser mi hijo—. Hola, Edward. ¿Qué puedo hacer por ti? —Aleteó las pestañas detrás de las gruesas gafas.

Qué incómodo. Pero yo sabía ser un encanto cuando quería serlo. Era sencillo, ya que tenía la posibilidad de saber al instante cómo se tomaban cualquier tono o gesto.

Me incliné hacia delante y correspondí a su mirada como si estuviera clavando los ojos en los suyos, pardos y planos. La mujer ya tenía el pensamiento agitado. Esto debería ser simple.

—Me preguntaba si me podría ayudar con el horario que tengo —le dije con esa voz suave que me reservaba para no asustar a los humanos.

Oí cómo se le aceleraba el ritmo de los latidos del corazón.

—Por supuesto, Edward. ¿Qué puedo hacer por ti? —Demasiado joven, demasiado joven, se decía con un canturreo. Se equivocaba, desde luego. Era más mayor que su abuelo.

—Me preguntaba si podría cambiar mi clase de Biología por otra de ciencias de último año, ¿Física, quizá?

—¿Hay algún problema con el señor Banner, Edward?

—En absoluto, es solo que ya he estudiado todas esas materias…

—En ese instituto de enseñanza acelerada al que fuisteis todos vosotros en Alaska. Ya. —Frunció los labios mientras lo valoraba. Deberían estar todos en la universidad. He oído cómo se quejan los profesores. Todos con una media de diez, perfecta, jamás vacilan al responder, ni un solo fallo en un examen. El señor Varner prefiere creer que copian en Trigonometría antes que pensar que pueda haber un alumno más listo que él. Seguro que su madre les da clases en casa…—. Lo cierto, Edward, es que la clase de Física está bastante llena ya. El señor Banner odia tener más de veinticinco alumnos en clase…

—No le causaría ningún problema.

Desde luego que no. Jamás, alguien tan perfecto como un Cullen.

—Ya lo sé, Edward, pero es que no hay asientos suficientes tal y como…

—¿Puedo dejar de ir a esa clase, entonces? Aprovecharía el tiempo para estudiar por mi cuenta.

—¿Dejar Biología? —Se quedó boquiabierta. Menuda locura. ¿Tan difícil es aguantar sentado en una asignatura que ya dominas? Tiene que haber algún problema con el señor Banner—. No conseguirás los créditos suficientes para graduarte.

—Lo recuperaré el año que viene.

—Quizá deberías hablar con tus padres al respecto.

Se abrió la puerta a mi espalda, pero quienquiera que fuese no estaba pensando en mí, así que hice caso omiso del recién llegado y me concentré en la señora Cope. Me incliné hacia ella un poco más y le clavé los ojos como si la estuviese mirando con mayor intensidad. Esto funcionaría mejor si hoy los hubiera tenido dorados en vez de negros. El negro aterrorizaba a la gente, tal y como debería.

Mi error de cálculo afectó a la mujer, que retrocedió de un respingo, confundida por el conflicto de sus instintos.

—¿Señora Cope? Por favor —murmuré con una voz tan sedosa y cautivadora como podía ser, y sus reparos momentáneos se mitigaron—. ¿No hay ningún otro departamento al que me pueda trasladar? Estoy seguro de que tiene que haber alguna plaza libre en alguna parte. No puede ser que Biología en la sexta hora sea la única opción…

Sonreí a la recepcionista con cuidado de no mostrar tanto los dientes como para volver a asustarla y dejé que el gesto me suavizara la expresión de la cara.

El pulso se le aceleró. Demasiado joven, se repetía ella, frenética.

—Bueno, tal vez pueda hablar con Bob… Con el señor Banner, quiero decir. Podría ver si…

Bastó un segundo para cambiarlo todo: el ambiente en la sala, mi objetivo allí, la razón por la que me inclinaba hacia la mujer pelirroja… Lo que había tenido un fin concreto, ahora tenía otro.

Un segundo fue lo que tardó Samantha Wells en entrar, dejar un parte por impuntualidad firmado en el cesto junto a la puerta y volver a salir corriendo, con prisas por marcharse del instituto. Recibí una ráfaga repentina de aire y me di cuenta de por qué no me había interrumpido con sus pensamientos la primera persona que había entrado en la sala.

Me di la vuelta, a pesar de que no me hacía falta para estar seguro.

Bella Swan tenía la espalda apoyada en la pared junto a la puerta y una hoja de papel agarrada con fuerza en las manos. Los ojos se le agrandaron aún más al contemplar la ferocidad de mi mirada inhumana.

El olor de su sangre saturaba cada partícula de aire en aquella estancia minúscula y sofocante. Sentí una llamarada en la garganta.

De nuevo, el monstruo me fulminaba con la mirada desde el espejo de sus ojos, la máscara del mal.

Mi mano vaciló en el aire, sobre el mostrador. No tendría ni que girarme para alargar el brazo y estamparle la cabeza a la señora Cope contra su mesa con la fuerza suficiente para matarla. Dos vidas mejor que veinte. Un trueque.

El monstruo aguardaba inquieto, hambriento, a que lo hiciese.

Pero siempre había elección… Tenía que haberla.

Interrumpí el movimiento de mis pulmones y me fijé la imagen del rostro de Carlisle delante de los ojos. Me volví para mirar a la señora Cope y oí su sorpresa interior ante el cambio en mi expresión. Retrocedió ante mí, pero su temor no se concretó en palabras coherentes.

Recurrí a todo el autocontrol que había aprendido a dominar en mis décadas de abnegación y modulé una voz tersa e inalterada. En los pulmones me quedaba el aire justo para hablar una sola vez más, con palabras aceleradas.

—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Me di la vuelta y me abalancé para salir de la sala al tiempo que trataba de no percibir el calor de la sangre templada en el cuerpo de la chica al pasar a escasos centímetros de ella.

Me desplacé demasiado rápido durante todo el camino hasta el coche, y no me detuve hasta que lo alcancé. La mayoría de los humanos ya se habían marchado, así que no quedaban muchos testigos. Oí a un alumno de segundo año —D. J. Garrett— que se percató, pero lo dejó pasar…

¿De dónde ha salido Cullen? Es como si hubiera aparecido de la nada… Ya estoy otra vez con la imaginación. Mamá siempre me dice…

Al meterme en mi Volvo, los demás ya estaban allí. Intenté controlar la respiración, pero inspiraba cada bocanada de aire fresco como si me hubiera estado asfixiando.

—¿Edward? —me preguntó Alice con un tono de alarma en la voz.

Me limité a hacerle un gesto negativo con la cabeza.

—¿Qué demonios te ha pasado? —quiso saber Emmett, que se distrajo por un instante del hecho de que Jasper no estuviese de humor para su revancha.

En lugar de responder, metí la marcha atrás. Tenía que salir de aquel aparcamiento antes de que Bella Swan pudiera seguirme también hasta allí. Mi propio demonio particular, que me atormentaba… Di la vuelta al coche y aceleré. Alcancé los sesenta y cinco por hora antes del salir del aparcamiento. Ya en la carretera, lo puse a ciento diez antes del primer recodo.

Sin mirarlos, ya sabía que Emmett, Rosalie y Jasper se habían girado para mirar a Alice. Ella se encogió de hombros. No podía ver lo que había sucedido, únicamente lo que iba a pasar.

Y ahora estaba mirando hacia el futuro por mí. Los dos procesamos lo que ella estaba viendo mentalmente, y los dos nos quedamos sorprendidos.

—¿Te marchas? —susurró Alice.

Los demás me miraron a mí entonces.

—¿Me marcho? —mascullé enseñando los dientes.

Entonces lo vio, cuando me flaqueó la determinación y surgió otra posibilidad que le dio un giro más tenebroso a mi futuro.

—Oh.

Bella Swan, muerta. Mis ojos, de un rojo vivo y deslumbrante gracias a la sangre fresca. La búsqueda que vendría después. El tiempo medido que aguardaríamos antes de que fuera seguro para nosotros el alejarnos de Forks y volver a empezar…

—Oh —volvió a decir.

La imagen se volvió más específica. Vi el interior de la casa del jefe Swan por primera vez, vi a Bella en una pequeña cocina con armarios amarillos, dándome la espalda mientras yo la acechaba entre las sombras y dejaba que su olor me llevara hasta ella…

—¡Basta! —rugí, incapaz de continuar soportándolo.

—Lo siento —susurró Alice.

El monstruo se regocijaba.

Y la visión en la mente de Alice volvió a transformarse. Una carretera desierta en la noche, los árboles que la flanqueaban cubiertos de nieve, pasando veloces a más de trescientos kilómetros por hora.

—Te echaré de menos —dijo Alice—, por breve que sea el tiempo que estés fuera.

Emmett y Rosalie cruzaron una mirada de aprensión.

Ya casi habíamos llegado al desvío del largo camino de entrada que llevaba hasta nuestra casa.

—Déjanos aquí —me indicó Alice—. Deberías ser tú quien se lo cuente a Carlisle.

Asentí, y el coche se detuvo de repente con un chirrido.

Emmett, Rosalie y Jasper se bajaron en silencio; ya le pedirían a Alice que les diera explicaciones cuando yo me hubiese ido. Alice me tocó en el hombro.

—Harás lo correcto —murmuró. Esta vez no era una visión, sino una orden—. Esa chica es la única familia que tiene Charlie Swan. Eso también lo mataría a él.

—Sí —le dije, coincidiendo solo con la última parte.

Se bajó para unirse al resto, con las cejas fruncidas en una expresión de inquietud. Se desvanecieron en el bosque y los perdí de vista antes de dar media vuelta al coche.

Ya sabía que las visiones en la mente de Alice se convertirían en fogonazos como los de una luz estroboscópica mientras yo regresaba a Forks a ciento cuarenta por hora. No sabía muy bien adónde iba. ¿A despedirme de mi padre? ¿O a abrazar al monstruo que llevaba en mi interior? La carretera volaba bajo los neumáticos.

cap-2

2. Libro abierto

Me recosté sobre el montículo de nieve, tan blando, y dejé que aquel polvo seco se amoldara alrededor del peso de mi cuerpo. Se me había enfriado la piel para igualar la temperatura del aire que me rodeaba, y por debajo de ella sentía las minúsculas partículas de hielo como un manto de terciopelo.

En lo alto, el cielo estaba despejado, reluciente con unas estrellas que brillaban azuladas en algunos lugares y amarillentas en otros, luceros que creaban majestuosas formas en espiral contra el negro telón de fondo del vacío del universo: una imagen sobrecogedora. De una belleza exquisita. O, más bien, debería haber sido exquisita. Lo habría sido, de haber podido verla realmente.

No estaba mejorando. Seis días habían pasado ya, seis días que llevaba escondido aquí, en estos parajes inhóspitos de Denali, pero no estaba más cerca de sentirme liberado de lo que había estado en cualquier otro instante desde la primera vez en que capté su olor.

Al clavar la mirada en aquel cielo tachonado, era como si hubiese un obstáculo entre su belleza y mis ojos. Aquel obstáculo era un rostro, una cara humana simple y anodina, pero no me veía ni mucho menos capaz de quitármela de la cabeza.

Oí los pensamientos que se acercaban antes de percibir las pisadas que venían con ellos. El sonido del movimiento era poco más que un débil susurro sobre la nieve en polvo.

No me sorprendía que Tanya me hubiera seguido hasta aquí. Ya sabía que se habría pasado los últimos días meditando sobre esta conversación inminente, aplazándola hasta estar segura de qué era exactamente lo que quería decir.

Surgió de un brinco a unos sesenta metros; saltó sobre la punta de un saliente de roca negra y mantuvo el equilibrio sin apoyar los talones, con los pies descalzos.

La piel de Tanya se veía plateada a la luz de las estrellas, y en sus rizos largos y rubios había un brillo pálido, casi rosado con ese matiz de fresa. El ámbar de sus ojos resplandeció al localizarme allí, semienterrado en la nieve, y sus labios carnosos se fueron estirando poco a poco en una sonrisa.

Exquisita. Si de verdad hubiera sido capaz de verla. Suspiré.

No se había vestido para los ojos de los humanos; tan solo llevaba una leve camisola de algodón con tirantes y pantalones cortos. Agazapada sobre un promontorio de roca, tocó la piedra con las yemas de los dedos y su cuerpo se contrajo.

Bomba va, pensó.

Se lanzó por los aires. Su silueta se convirtió en una sombra oscura que se retorcía en unos elegantes giros entre el cielo estrellado y yo. Se hizo un ovillo en el preciso instante en que iba a impactar contra el montículo de nieve que había a mi lado.

Me sepultó en una ventisca de nieve. Las estrellas se apagaron, y me quedé enterrado bien hondo en el suave tacto de los cristales de hielo.

Volví a suspirar, inhalé el hielo, pero no me moví para desenterrarme. La negrura bajo la nieve no estropeaba ni mejoraba el panorama. Seguía viendo el mismo rostro.

—¿Edward?

Acto seguido, la nieve volaba de nuevo mientras Tanya me desenterraba veloz. Me retiró el hielo de la piel sin llegar a mirarme a los ojos.

—Perdona —murmuró—. Era una broma.

—Lo sé. Ha tenido gracia.

Se le curvaron hacia abajo las comisuras de los labios.

—Irina y Kate dicen que debería dejarte en paz. Creen que te estoy dando la lata.

—Ni mucho menos —le garanticé—. Al contrario, soy yo quien está siendo grosero, espantosamente grosero. Lo lamento mucho.

Te vas a casa, ¿verdad?, pensó.

—Pues… no lo he decidido aún…, no del todo.

Pero no te vas a quedar aquí. Ahora había un deje nostálgico en su pensamiento.

—No. No parece que esté… sirviendo de ayuda.

Frunció los labios en un mohín.

—Es por mi culpa, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

Tanya no había hecho que las cosas me resultaran más fáciles, desde luego, pero el único y verdadero impedimento era ese rostro que me perseguía.

No seas tan caballeroso.

Le sonreí.

Te estoy incomodando, se acusó.

—No.

Arqueó una ceja con tal expresión de incredulidad que me tuve que echar a reír. Una carcajada breve seguida de otro suspiro.

—Vale —reconocí—. Un poquito.

Ella también suspiró y apoyó el mentón en las manos.

—Eres mil veces más encantadora que las estrellas, Tanya. Pero, por supuesto, tú ya eres muy consciente de ello. No permitas que mi tozudez te haga perder confianza —le dije, y me eché a reír ante la improbabilidad de que eso ocurriera.

—No estoy acostumbrada a que me rechacen —masculló, y sacó el labio inferior en un mohín muy atractivo.

—Ya lo creo que no —admití y, con muy poco éxito, intenté bloquear sus pensamientos mientras ella repasaba fugazmente los recuerdos de sus miles de satisfactorias conquistas.

Fundamentalmente, Tanya prefería a los hombres humanos: por un lado, había mucho más donde elegir, pero además tenían la ventaja añadida de ser blanditos y estar calientes. Y siempre dispuestos, por descontado.

—Súcubo —bromeé con la esperanza de interrumpir la secuencia de imágenes que se le pasaba por la cabeza.

Me sonrió enseñando los dientes.

—El primero y auténtico.

Al contrario que Carlisle, Tanya y sus hermanas habían tardado mucho en descubrir la conciencia. Al final, fue ese encaprichamiento con los hombres humanos lo que las volvió en contra de las masacres. Ahora, sus amantes… sobrevivían.

—Cuando apareciste por aquí —dijo Tanya muy despacio—, pensé que…

Yo ya sabía lo que había pensado, y tendría que haberme imaginado que se sentiría de ese modo, pero en ese momento yo tampoco me encontraba en las mejores condiciones para pensar de forma analítica.

—Pensaste que había cambiado de opinión.

—Sí. —Torció el gesto.

—No me puedo sentir peor por haber jugado con tus expectativas, Tanya. No pretendía hacerlo… Actué sin pensar y me marché… con muchas prisas.

—Y supongo que no me vas a contar por qué, ¿no?

Me incorporé y me crucé de brazos, con los hombros rígidos.

—Preferiría no hablar de ello. Te ruego que disculpes mis reservas.

Volvió a guardar silencio, aún a vueltas con sus conjeturas. No le hice caso e intenté sin el menor éxito admirar las estrellas.

Se rindió tras esos instantes de silencio, y sus pensamientos tomaron una nueva dirección.

Si te marchas, Edward, ¿adónde irás? ¿Volverás con Carlisle?

—No lo creo —susurré.

¿Adónde iba a ir? No se me ocurría un solo lugar en todo el planeta que tuviese algo de interés para mí. No había nada que quisiera ver ni hacer, porque, fuera donde fuese, no estaría yendo a ninguna parte: tan solo estaría huyendo de otra.

Odiaba eso. ¿Cuándo me había convertido en semejante cobarde?

Tanya me rodeó con esos brazos suyos tan esbeltos. Me puse en tensión, pero no me resistí a su tacto. No había en ella más pretensión que la del consuelo de una amiga. Principalmente.

—Yo creo que sí vas a volver —me dijo, y en su voz se filtró poco más que un leve rastro del acento ruso que había perdido tanto tiempo atrás—. Da igual lo que sea… o quien sea… que te atormenta. Lo afrontarás de cara. Tú eres de esos.

En sus pensamientos había tanta certeza como en sus palabras. Traté de abrazar esa imagen de mí que tenía ella, la de ese yo que afrontaba las cosas. Era agradable volver a pensar en mí de ese modo. Yo jamás había puesto en duda mi coraje, mi capacidad para plantarle cara a las dificultades, antes de esa horrible hora de clase de Biología en un instituto hacía muy poco.

Le di un beso en la mejilla y me aparté de inmediato, en el instante en que ella se retorció y giró la cara hacia la mía. Se lamentó de mi velocidad con una sonrisa.

—Gracias, Tanya, me hacía falta oírlo.

Sus pensamientos se volvieron petulantes.

—De nada, supongo. Edward, ojalá fueras más razonable con ciertas cosas.

—Lo siento, Tanya. Ya sabes que eres demasiado buena para mí. Es que… no he dado aún con lo que estoy buscando.

—Bueno, si te marchas antes de que nos volvamos a ver…, adiós, Edward.

—Adiós, Tanya. —Pude verlo en cuanto dije aquellas palabras. Me vi marchándome, siendo lo bastante fuerte como para regresar al único sitio donde quería estar—. Gracias otra vez.

Se puso en pie con un movimiento ágil y veloz, y al momento ya se alejaba corriendo como un fantasma por la nieve, tan rápido que no daba tiempo a que se le hundiesen los pies. No dejó huellas a su paso. No echó la vista atrás. Mi rechazo le molestaba más de lo que había reconocido antes, incluso mentalmente. No querría volver a verme antes de que me marchase.

Un gesto de tristeza se apoderó de mis labios. No me gustaba hacerle daño a Tanya, por mucho que sus sentimientos no fuesen profundos, difícilmente puros y, en cualquier caso, nada a lo que yo pudiese corresponder. Aun así, me hacía sentir muy poco caballeroso.

Apoyé el mentón en las rodillas y volví a alzar la mirada a las estrellas a pesar de que sentía unas ansias repentinas de ponerme en camino. Sabía que Alice me vería regresando a casa, que se lo contaría a los demás. Aquello iba a darles una alegría: en especial a Carlisle y a Esme. Pero me quedé mirando las estrellas un instante más, tratando de ver más allá de aquel rostro que tenía en la cabeza. Entre aquellos luceros resplandecientes del cielo y yo, un par de ojos marrones como el chocolate se preguntaban desconcertados por el motivo de mis actos, como si me preguntaran a mí qué implicaciones tenía para ella esta decisión. Por supuesto, no podía tener la certeza de que esa fuera en realidad la información que buscaban sus ojos curiosos. No podía oír sus pensamientos ni en mi propia imaginación. Los ojos de Bella Swan seguían interrogándome, y yo me seguía perdiendo una vista despejada de las estrellas. Me rendí con un profundo suspiro y me levanté. Si echaba a correr, estaría de vuelta en el coche de Carlisle en menos de una hora.

Con las prisas por ver a mi familia —y el fuerte deseo de ser el Edward que afrontaba las cosas de cara— atravesé a toda velocidad el campo nevado sin dejar huellas.

—Todo va a ir bien —suspiró Alice, que tenía la mirada perdida.

Jasper la acompañaba, guiándola con una mano apoyada con delicadeza en el codo de ella, mientras entrábamos todos juntos como una piña en la deslucida cafetería.

Rosalie y Emmett iban delante; Emmett, con el aspecto ridículo de un guardaespaldas en territorio enemigo. Rose también parecía cautelosa, aunque mucho más irritada que protectora.

—Por supuesto que sí —gruñí.

La conducta de mis hermanos era absurda. De no haber tenido la certeza de que sería capaz de manejar aquel momento, me habría quedado en casa.

Había nevado la noche anterior, y Emmett y Jasper no habían tenido reparos en aprovecharse de mi distracción para bombardearme con bolas de nieve medio derretida; cuando se aburrieron de la ausencia de respuesta por mi parte, se volvieron el uno contra el otro. Después de una mañana normal o incluso entretenida como la que habíamos tenido, el repentino cambio a esta vigilancia exagerada habría resultado cómico de no ser tan irritante.

—No ha llegado aún, pero desde donde va a entrar… no estará en la dirección del aire, si nos quedamos donde siempre.

—Desde luego que nos vamos a sentar donde siempre. Déjalo ya, Alice. Me estás crispando los nervios. Voy a estar perfectamente bien.

Parpadeó una vez mientras Jasper la ayudaba a colocarse en su asiento, y sus ojos por fin se concentraron en mí.

—Mmm —dijo como si sonara sorprendida—. Parece que estás bien.

—Por supuesto que lo estoy —mascullé.

Odiaba ser el centro de sus preocupaciones. Sentí una repentina empatía hacia Jasper, al recordar todas aquellas veces en que habíamos estado encima de él para protegerlo. Él cruzó una breve mirada conmigo y sonrió de oreja a oreja.

Es molesto, ¿a que sí?

Lo fulminé con la mirada.

¿No era apenas la semana pasada cuando aquella sala deslucida y alargada me había parecido terriblemente aburrida, cuando estar allí era como un sopor, como entrar en coma?

Hoy tenía los nervios en máxima tensión: como las cuerdas de un piano, tan tirantes como para sonar con la presión más leve. Tenía los sentidos hiperalerta; escudriñaba cada sonido, cada imagen, cada movimiento del aire que me rozaba la piel, cada pensamiento. En especial los pensamientos. Solo había un sentido que mantenía cerrado a cal y canto, que me negaba a utilizar. El olfato, por supuesto. No respiraba.

Me esperaba oír algo más sobre los Cullen en los pensamientos que iba cribando. Había permanecido a la espera todo el día, en busca de cualquier nueva amistad a la que Bella Swan se pudiera haber confiado, tratando de ver qué dirección tomaban ahora los cotilleos. Pero no había nada. Nadie se fijó en los cinco vampiros de la cafetería en particular, exactamente igual que antes de que llegara esa chica. Varios de los humanos que estaban allí continuaban pensando en ella, exactamente los mismos pensamientos que la semana anterior. En lugar de encontrarlo insoportablemente aburrido, ahora me fascinaba.

¿Es que la chica no le había dicho nada a nadie sobre mí?

Era imposible que no se hubiese fijado en mi mirada oscura y asesina. La había visto reaccionar ante ella. Seguro, la había traumatizado. Estaba convencido de que se lo habría mencionado a alguien, que tal vez incluso hubiese exagerado el relato para mejorarlo un poco. Que habría puesto en mis labios alguna frase amenazadora.

Además, también me había oído intentar zafarme de la clase de Biología que compartíamos. Después de verme la expresión de la cara, tuvo que haberse preguntado si sería ella la causa. Una chica normal se habría dedicado a preguntar por ahí, habría comparado su experiencia con la de otras chicas y habría buscado una base común que explicara mi conducta de tal modo que ella no se sintiera señalada. Los humanos y su constante desesperación por sentirse normales, por integrarse, por no desentonar respecto de todos los que tienen a su alrededor, como un anodino rebaño de ovejas. Esa necesidad era especialmente fuerte durante los inseguros años de la adolescencia. Esta chica no iba a ser una excepción.

Sin embargo, nadie en absoluto reparó en nosotros allí sentados, en nuestra mesa de siempre. Bella debía de ser excepcionalmente tímida si no se había confiado a nadie. Quizá hubiese hablado con su padre; tal vez esa fuese su relación más estrecha…, aunque parecía poco probable, dado el poco tiempo que había pasado con él a lo largo de su vida. Estaría más unida a su madre. Aun así, yo tendría que pasar cerca del jefe Swan en algún momento no muy lejano y escuchar lo que estaba pensando.

—¿Alguna novedad? —preguntó Jasper.

Me concentré y permití que aquellos enjambres que formaban los pensamientos me invadieran la mente una vez más. No había nada que destacase; nadie estaba pensando en nosotros. Pese a la inquietud que había sentido en un principio, no parecía que les sucediera nada a mis capacidades, al margen de la chica silenciosa. Al regresar, había comentado con Carlisle mis preocupaciones, pero, hasta donde él sabía, nuestras aptitudes solo se hacían más fuertes con la práctica. Nunca se atrofiaban.

Jasper aguardaba impaciente.

—Nada. Será que… la chica no ha dicho una palabra.

Todos arquearon las cejas al oír aquella noticia.

—A lo mejor es que no das tanto miedo como tú crees —dijo Emmett entre risas—. Estoy seguro de que yo la habría asustado un poquito mejor.

Lo miré y puse los ojos en blanco.

—Me pregunto por qué… —Emmett seguía desconcertado con mi revelación acerca del inusual silencio de la chica.

—Ya hemos hablado de eso. No lo sé.

—Ya viene —murmuró entonces Alice, y el cuerpo se me quedó paralizado—. Intenta parecer humano.

—¿Humano, dices? —preguntó Emmett.

Levantó el puño derecho y giró los dedos para mostrar la bola de nieve que se había guardado en la palma de la mano. No se había derretido; la comprimió en un bloque irregular de hielo. Tenía los ojos puestos en Jasper, pero vi hacia dónde se dirigían sus pensamientos. Y Alice también, por supuesto. Cuando de repente le tiró a ella el trozo de hielo, Alice lo desvió con un simple manotazo. El hielo salió disparado y cruzó toda la cafetería, demasiado rápido como para ser visible a ojos de los humanos, y se hizo añicos con un fuerte crujido contra la pared de ladrillo, que también se agrietó.

Todos los que se encontraban en ese rincón de la sala volvieron la cabeza para ver los fragmentos de hielo en el suelo, y, acto seguido, la volvieron hacia el otro lado en busca del culpable. No buscaron más allá de unas mesas de distancia. Nadie nos miraba a nosotros.

—Sí, Emmett, muy humano —dijo Rosalie en tono mordaz—. Ya que estás, ¿por qué no atraviesas la pared de un puñetazo?

—Sería más impresionante si lo hicieras tú, preciosa.

Traté de prestarles atención y de no perder la sonrisa, como si estuviera tomando parte en sus bromas. No me permití una sola mirada a la fila de gente donde sabía que se encontraba ella. Pero eso era lo único que estaba escuchando.

Podía oír la impaciencia de Jessica con la chica nueva, que también parecía distraída, inmóvil en la fila que avanzaba. En los pensamientos de Jessica, vi que las mejillas de Bella Swan volvían a teñirse de sangre con un vivo color rosado.

Cogí aire en bocanadas cortas y poco profundas, preparado para dejar de respirar en caso de que su olor tocara el aire a mi alrededor.

Mike Newton estaba con las dos chicas. Oí las dos voces del chico, la mental y la verbal, cuando le preguntó a Jessica qué era lo que le pasaba a Bella. Qué mal gusto, la manera que tenía de envolver sus pensamientos en torno a ella, el parpadeo de unas fantasías ya establecidas que le nublaban la mente al chaval mientras la veía sorprenderse y alzar la mirada de su ensoñación como si se hubiera olvidado de que él estaba allí.

—Nada —oí decir a Bella en esa voz clara y callada: era como el tañido de una campana sobre el murmullo de fondo de la cafetería, aunque me daba cuenta de que se debía a la gran atención con que yo la estaba escuchando—. Hoy solo quiero un refresco —prosiguió mientras avanzaba para recuperar el ritmo de la fila.

No pude evitar echar un vistazo fugaz en su dirección. La chica tenía los ojos clavados en el suelo, la sangre le abandonaba poco a poco la cara. Aparté la mirada enseguida, hacia Emmett, que se rio de mi sonrisa afligida.

Se te ha puesto mala cara, hermanito.

Recompuse el gesto para que mi expresión pareciese natural y desenfadada.

Jessica preguntaba en voz alta por la falta de apetito de la otra chica.

—¿Es que no tienes hambre?

—La verdad es que estoy un poco mareada. —Hablaba en una voz más baja, pero aún bastante clara.

¿Por qué me molestaba la preocupación protectora que de pronto emanaban los pensamientos de Mike Newton? ¿Qué importancia tenía que hubiese en ellos un aire posesivo? Si Mike Newton sentía una inquietud innecesaria por ella, eso no era asunto mío. Tal vez fuera ese el modo en que todo el mundo respondía ante ella. ¿No había querido protegerla yo también, de manera instintiva? Antes de haber querido matarla, quiero decir…

Pero ¿de verdad estaba enferma la chica?

Era complicado juzgarlo: parecía tan delicada con esa piel translúcida… Entonces caí en la cuenta de que me estaba preocupando, exactamente igual que hacía aquel tarado, ese chaval, y me obligué a no pensar en la salud de la chica.

A pesar de todo, no me gustaba observarla a través de los pensamientos de Mike. Pasé a los de Jessica y me fijé al detalle mientras ellos tres elegían una mesa donde sentarse. Por suerte, se sentaron con los acompañantes habituales de Jessica, en una de las primeras mesas de la sala. No estaba en la dirección de la corriente de aire, tal y como me había prometido mi hermana.

Alice me dio un golpe con el codo. No va a tardar en mirar. Actúa como un humano.

Apreté los dientes detrás de la sonrisa.

—Relájate, Edward —dijo Emmett—. En serio. Pongamos que matas a un humano. Ni que eso fuera el fin del mundo.

—Qué sabrás tú —murmuré.

Emmett se echó a reír.

—Tienes que aprender a superar las cosas, como hago yo. La eternidad es mucho tiempo para estar regodeándose en la culpa.

En ese preciso instante, Alice cogió un trozo de hielo más pequeño que había estado escondiendo y se lo lanzó a la cara a un desprevenido Emmett.

Emmett parpadeó, sorprendido, y sonrió con anticipación.

—Tú te lo has buscado —dijo. Se inclinó sobre la mesa y sacudió hacia Alice el cabello escarchado de hielo, que se estaba derritiendo en el calor de la sala y salió disparado formando un chaparrón medio helado, medio líquido.

—¡Eh! —se quejó Rose conforme Alice y ella retrocedían ante el diluvio.

Alice se echó a reír, y todos nos unimos a ella. Pude ver en la mente de Alice cómo había orquestado aquello en el instante perfecto, y supe que la chica —debería dejar de pensar en ella como «la chica», como si fuera la única en el mundo—… que Bella nos estaría viendo jugar y reír, tan felices y humanos, envueltos en una idealidad tan poco realista como la de un cuadro de Norman Rockwell.

Alice continuó riéndose y levantó su bandeja a modo de escudo. La chica —Bella— aún estaría mirándonos.

… otra vez mirando a los Cullen, pensó alguien. Me llamó la atención.

Miré de forma refleja hacia aquella llamada involuntaria y no me costó reconocer la voz en el momento en que mis ojos dieron con su destino: la estaba escuchando mucho hoy.

No obstante, mis ojos dejaron atrás a Jessica y se centraron en la penetrante mirada de la chica.

Bajó la cabeza enseguida y se volvió a esconder tras su densa melena.

¿En qué estaba pensando? Más que apagarse, la frustración parecía estar haciéndose más aguda conforme pasaba el tiempo. Con incertidumbre, ya que no había hecho aquello nunca, intenté explorar con la mente el silencio que la envolvía. Mi sentido extra del oído siempre había funcionado con naturalidad, sin pedirlo; nunca había tenido que esforzarme. Pero me concentré, traté de abrir una brecha en aquella coraza que la rodeaba, fuera lo que fuese.

Nada salvo silencio.

¿Qué le pasa a esta?, pensó Jessica como si se hiciera eco de mi propia irritación.

—Edward Cullen te está mirando —susurró al oído de Swan, y añadió una risa tonta: no había ni rastro de aquel fastidio celoso en su tono de voz.

Jessica parecía de lo más hábil simulando la amistad.

Yo también aguardaba —demasiado absorto— la respuesta de la chica.

—No parece enojado, ¿verdad?

De modo que sí había advertido mi reacción desbocada de la semana anterior. Por supuesto que sí.

La pregunta desconcertó a Jessica. Vi mis propias facciones en sus pensamientos mientras ella comprobaba la expresión de mi rostro, pero no correspondí a su mirada. Seguía concentrado en la chica, tratando de oír algo. Semejante concentración no parecía servir de la menor ayuda.

—No —le dijo Jess, y supe que había deseado poder decirle que sí: cómo le dolía aquello, que yo la mirase, aunque no había ningún indicio de ello en su voz—. ¿Debería estarlo?

—Creo que no soy de su agrado —contestó la chica en un suspiro, y bajó la cabeza sobre el brazo, como si de pronto estuviese cansada.

Intenté comprender aquel movimiento, pero no pude hacer más que suposiciones. Quizá sí estuviera cansada.

—A los Cullen no les gusta nadie —la tranquilizó Jess—. Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para que les guste. —Antes nunca lo hacían. Sus pensamientos eran un rezongar quejumbroso—. Pero te sigue mirando.

—No lo mires —dijo la chica, inquieta, y levantó la cabeza del brazo para asegurarse de que Jessica obedecía la orden.

Jessica soltó una risita, pero hizo lo que le habían pedido.

La chica no dejó de mirar a la mesa durante el resto de la hora. Pensé que se trataba de algo intencionado, aunque, por supuesto, no podía estar seguro. Era como si deseara mirarme. Su cuerpo se desplazaba un tanto hacia mí, el mentón comenzaba a girarse, y entonces ella reparaba en lo que estaba haciendo, respiraba hondo y miraba fijamente a quien estuviese hablando.

Ignoré la mayor parte de los pensamientos que rodeaban a la chica, ya que —por ahora— no eran sobre ella. Mike Newton estaba planeando una guerra de bolas de nieve en el aparcamiento después de clase, como si no se diera cuenta de que la nieve ya se había transformado en lluvia. El tenue sonido de los copos al posarse en el tejado se había convertido en el repiqueteo más habitual de las gotas de lluvia. ¿De verdad era incapaz de oír semejante cambio? A mí me parecía ruidoso.

Al finalizar el descanso del almuerzo, permanecí en mi sitio. Los humanos salieron en fila, y me sorprendí tratando de distinguir el sonido de los pasos de la chica entre el resto, como si en ellos hubiera algo importante o inusual. Menuda estupidez.

Mi familia tampoco se movió para marcharse. Aguardaron a ver qué hacía yo.

¿Iría a clase y me sentaría junto a la chica, donde podría oler el aroma tan increíblemente intenso de su sangre y sentir la calidez de su pulso en el aire en contacto con mi piel? ¿Era lo bastante fuerte para hacer eso? ¿O ya había tenido suficiente por un día?

Este momento ya lo habíamos discutido en familia, desde todos los ángulos posibles. A Carlisle no le parecía bien correr el riesgo, pero no iba a imponer su voluntad sobre la mía. Jasper lo desaprobaba casi tanto como Carlisle, pero por temor a quedar al descubierto, más que por cualquier consideración hacia la humanidad. Rosalie solo se preocupaba por el modo en que influiría en su vida. Alice veía tantos futuros tenebrosos y en conflicto que sus visiones acababan siendo de una inutilidad atípica. Esme no me consideraba capaz de hacer ningún mal, y Emmett solo quería comparar la situación con las historias de sus propias experiencias con otros olores particularmente apetecibles. Arrastró a Jasper hacia aquellas retrospectivas, aunque la historia de este con el autocontrol era tan breve e irregular que ni siquiera se veía en condiciones de asegurar que hubiera pasado alguna vez por una lucha similar. Emmett, por el contrario, sí tenía memoria de dos incidentes de ese corte, y sus recuerdos no resultaban muy alentadores. Pero era mucho más joven por aquel entonces, no tan experto en el autocontrol. Sin duda, yo era más fuerte que eso.

—Creo… que va a ir bien —dijo una Alice dubitativa—. Has tomado una decisión. Creo que aguantarás hasta el final de la clase.

Pero Alice conocía bien lo rápido que podía cambiar una decisión.

—¿Por qué forzar las cosas, Edward? —preguntó Jasper. Aunque mi hermano no deseara jactarse de que ahora yo fuese el débil, pude percibir que lo hacía, solo un poco—. Vete a casa. Tómatelo con calma.

—¿Por qué hacer una montaña de esto? —discrepó Emmett—. O la mata o no la mata, pero, bueno, también podría acabar de una vez con el tema, de una forma u otra.

—No quiero irme a vivir a otro sitio todavía —se quejó Rosalie—. No quiero volver a empezar. Ya casi hemos terminado el instituto, Emmett. Por fin.

Me sentía dividido a partes iguales en aquella decisión. Quería, ardía en deseos de afrontar aquello en vez de volver a salir huyendo, pero tampoco quería forzarme en exceso. La semana anterior había sido un error que Jasper pasara tanto tiempo sin salir de caza; ¿no era esto también un error sin sentido?

No quería desarraigar a mi familia. Ninguno de ellos me lo iba a agradecer.

Pero deseaba ir a clase de Biología. Me di cuenta de que deseaba volver a ver su rostro.

Eso fue lo que tomó la decisión por mí. Esa curiosidad. Estaba enfadado conmigo mismo por sentirla. ¿No me había prometido ya que no permitiría que el silencio de la mente de aquella chica me provocara un desmesurado interés en ella? Y, aun así, aquí estaba yo, con el interés más desmesurado.

Quería saber qué estaba pensando. Tenía su mente vedada, pero sus ojos estaban abiertos de par en par. Quizá sí pudiese leerlos.

—No, Rose, creo que va a ir bien de verdad —dijo Alice—. Se está… confirmando. Estoy segura al noventa y tres por ciento de que no va a pasar nada malo si Edward va a clase. —Me miró, inquisitiva, preguntándose qué habría cambiado en mis pensamientos para hacer que sus visiones del futuro se volviesen más firmes.

¿Bastaría la curiosidad para mantener con vida a Bella Swan?

Aun así, Emmett tenía razón: ¿por qué no acabar de una vez con esto, en un sentido u otro? Afrontaría la tentación de cara.

—Marchaos a clase —les ordené, y me aparté de la mesa.

Me di la vuelta y me alejé de ellos con paso decidido y sin mirar atrás. Podía oír la preocupación de Alice, la censura de Jasper, la aprobación de Emmett y la irritación de Rosalie, que seguían mis pasos.

Respiré muy hondo una última vez en la puerta del aula y contuve el aire en los pulmones al entrar en aquella estancia tan reducida y cálida.

No llegaba tarde. El señor Banner aún estaba preparando el laboratorio de hoy. La chica estaba ya sentada en mi… en nuestra mesa, de nuevo con la cabeza gacha, sin levantar la vista de la carpeta en la que estaba garabateando. Examiné el dibujo mientras me aproximaba, interesado incluso en la más trivial de las creaciones de su mente, pero no tenía ningún significado. Un simple garabato al azar con unos círculos dentro de otros círculos. ¿Quizá no estaba concentrada en el dibujo, sino pensando en otra cosa?

Separé mi silla con una rudeza innecesaria y dejé que raspara sobre el linóleo: los humanos siempre se sentían más cómodos cuando alguien anunciaba su acercamiento con un ruido.

Supe que lo había oído; no levantó la vista, pero la mano le vaciló en uno de los círculos que estaba pintando, y este le quedó desigual.

¿Por qué no miraba? Lo más probable es que estuviera muerta de miedo. Tenía que asegurarme de dejarle ahora una impresión distinta, conseguir que pensara que la otra vez se había imaginado cosas raras.

—Hola —le dije en esa voz baja que utilizaba cuando quería que los humanos se sintiesen más cómodos, y le ofrecí una sonrisa cortés de tal forma que los labios no dejaran ver los dientes.

Entonces sí miró, con esos grandes ojos marrones sorprendidos y llenos de preguntas mudas. Era la misma expresión que me había estado obstaculizando la vista durante la semana pasada.

Tenía los ojos de un color como el del chocolate con leche, pero con una claridad más comparable a la del té muy cargado, profundos, transparentes, con unas pintas diminutas en verde ágata y el dorado del caramelo cerca de las pupilas… Y al mirar fijamente en la extraña profundidad de esos ojos marrones, reparé en que el odio se había evaporado, ese odio que por alguna razón me había imaginado que se merecía aquella chica por el simple hecho de existir. Ahora que había dejado de respirar, que no percibía su olor, me costaba creer que alguien tan vulnerable pudiera ser merecedor de semejante odio alguna vez.

Se le empezaron a sonrojar las mejillas, y no dijo nada.

Mantuve la mirada en sus ojos, concentrado únicamente en aquellas profundidades tan inquisitivas, e intenté hacer caso omiso del apetecible tono de su piel. Había cogido suficiente aire para hablar un rato más sin volver a respirar.

—Me llamo Edward Cullen —le dije, aunque ella ya lo sabía. Ese era el modo educado de comenzar—. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Bella Swan.

Pareció confusa: volvía a tener una pequeña arruga entre los ojos. Tardó medio segundo más de lo que debería en responder.

—¿Cómo sabes mi nombre? —quiso saber, y la voz se le quebró apenas un poco.

Debía de haberla aterrorizado de verdad, y eso hizo que me sintiera culpable. Me reí con delicadeza: sabía que ese sonido lograba que los humanos se sintieran más cómodos.

—Creo que todo el mundo sabe tu nombre. —Sin duda, tenía que haberse dado cuenta de que se había convertido en el centro de atención de este lugar tan monótono—. El pueblo entero te esperaba.

Frunció el ceño como si aquella información fuese algo desagradable. Siendo tan tímida como parecía ser, supuse que eso le sonaría como algo malo. La mayoría de los humanos sentían lo contrario. Aunque no querían destacar del rebaño, al mismo tiempo ansiaban que su uniformidad personal fuera el centro de todas las miradas.

—No, no —dijo ella—. Me refiero a que me has llamado Bella.

—¿Prefieres Isabella? —le pregunté perplejo; no era capaz de ver hacia dónde se dirigía aquella pregunta.

No lo entendía. La chica había dejado claras sus preferencias muchas veces en su primer día. ¿Tan incomprensibles eran todos los seres humanos sin el contexto mental que me servía de orientación? Cuánto debía de depender de ese sentido extra. ¿Iría completamente a ciegas sin él?

—No, me gusta Bella —me respondió al tiempo que ladeaba la cabeza en un ligero ángulo. La expresión de su cara, si es que yo la estaba interpretando en condiciones, no se decidía entre la confusión y la vergüenza—. Pero creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Isabella a mis espaldas, porque todos me llaman Isabella. —La piel se le sonrojó en un rosado más oscuro.

—Oh —exclamé, y de inmediato aparté la mirada de su rostro.

Me acababa de percatar del sentido de sus preguntas: había cometido un desliz, un error. De no haber estado escuchando a todo el mundo en aquel primer día, de entrada me habría dirigido a ella por su nombre completo. Ella había notado la diferencia.

Sentí una punzada de inquietud. Había captado mi descuido con enorme rapidez. Muy astuta, en especial para alguien que supuestamente estaba aterrorizada por mi proximidad.

Sin embargo, yo tenía otros problemas más trascendentes que cualquier sospecha sobre mí que aquella chica pudiese guardar bajo llave dentro de la cabeza.

Me había quedado sin aire. Si quería decirle algo más, tendría que respirar.

Evitar hablar iba a ser difícil. Por desgracia para ella, el hecho de compartir mesa la convertía en mi compañera de laboratorio, y hoy tendríamos que trabajar juntos. Parecería extraño —e incomprensiblemente maleducado— que la ignorase mientras hacíamos el ejercicio del laboratorio. Serviría para generarle más sospechas, más temores.

Me aparté de ella tanto como pude sin moverme de la silla y volví la cabeza hacia el pasillo. Me preparé, bloqueé los músculos y, respirando solo por la boca, cogí una rápida bocanada de aire que me llenó el pecho.

¡Ah!

Qué dolor tan intenso, como tragarse un carbón incandescente. Aun sin olerla, podía percibir su sabor en la lengua. Las ansias fueron igual de fuertes que en el primer instante en que había captado su olor la semana pasada.

Rechiné los dientes y traté de recobrar la compostura.

—Empezad —ordenó el señor Banner.

Tuve que hacer uso de todo el autocontrol, hasta la última brizna, que había logrado en setenta y cuatro años de duros esfuerzos para poder girarme de nuevo hacia la chica —que miraba a la mesa— y sonreír.

—¿Las damas primero, compañera? —le ofrecí.

Alzó la mirada hasta la expresión de mi rostro y se puso pálida. ¿Había algo fuera de lugar? Vi en sus ojos el reflejo de la compostura apta para seres humanos que solían adoptar mis facciones. ¿Otra vez estaba aterrada? No dijo nada.

—Puedo empezar yo si lo deseas —le dije en voz baja.

—No —me dijo, y su rostro volvió a pasar de la palidez al sonrojo—. Yo lo hago.

Fijé la mirada en el equipo sobre la mesa —el maltratado microscopio, la caja de placas— en lugar de observar cómo crecía y menguaba la sangre bajo aquella piel transparente. Volví a respirar rápido, entre dientes, e hice una mueca de dolor cuando el sabor me abrasó el interior de la garganta.

—Profase —dijo después de un rápido examen; fue a retirar la placa a pesar de que apenas la había estudiado.

—¿Te importa si lo miro? —De forma instintiva y estúpida, como si fuera uno de los suyos, extendí la mano para impedir que retirase la placa.

Por un segundo, la calidez de su piel se grabó al rojo vivo en la mía. Fue como un impulso eléctrico: el calor me recorrió los dedos y me subió por el brazo. Ella apartó la mano de golpe de debajo de la mía.

—Lo siento —dije entre dientes.

Ante la necesidad de encontrar algún sitio donde mirar, agarré el microscopio y me asomé un segundo por el ocular. Tenía razón.

—Profase —admití.

Me sentía demasiado alterado como para mirarla. Respiré tan silenciosamente como pude entre los dientes apretados, intenté no prestar atención a aquella sed tan abrasadora y me centré en el trabajo, que era de lo más simple; anoté la palabra en la línea adecuada de la hoja de laboratorio y cambié la primera placa por la siguiente.

¿En qué estaba pensando ahora? ¿Qué había sentido cuando le había rozado la mano? Debía de haber notado mi piel fría como el hielo: repulsiva. Normal que estuviese tan callada.

Observé la placa.

—Anafase —dije para mí al tiempo que lo anotaba en la segunda línea.

—¿Puedo? —preguntó.

Alcé la mirada, sorprendido al ver que aguardaba expectante, con una mano medio extendida hacia el microscopio. No parecía tener miedo. ¿De verdad pensaba que me había equivocado en la respuesta?

No pude evitar sonreír ante la expresión esperanzada que había en su rostro mientras le pasaba el microscopio deslizándolo sobre la mesa.

Miró por el ocular con un entusiasmo que no tardó en desvanecerse. Se le curvaron hacia abajo las comisuras de los labios.

—¿Me pasas la diapositiva número tres? —me preguntó sin apartar el ojo del microscopio, con la mano extendida.

Le dejé la siguiente placa en la mano con cuidado de mantener mi piel alejada de la suya esta vez. Estar allí sentado con ella era como sentarse al lado de una lámpara de calor. Con esa temperatura más elevada, mi cuerpo también empezaba a templarse.

Miró la placa solo unos instantes.

—Interfase —dijo de pasada, tal vez con un esfuerzo excesivo por sonar indiferente, y empujó el microscopio hacia mí.

No tocó el papel, sino que esperó a que yo escribiera la respuesta. Lo comprobé: ella volvía a estar en lo cierto.

Así llegamos al final, pronunciando una palabra cada vez y sin mirarnos a los ojos en ningún momento. Éramos los únicos que habían terminado: los demás de la clase lo estaban pasando mal con el ejercicio del laboratorio. A Mike Newton le costaba mantener la concentración: trataba de vigilarnos a Bella y a mí.

Ojalá se hubiera quedado dondequiera que se hubiese ido a pasar unos días, pensó Mike mientras me miraba con una expresión sulfurada. Interesante. No había reparado en que ese chaval me tuviese una especial animadversión. Aquello suponía una novedad, tan reciente como la llegada de la chica, al parecer. Aún más interesante: descubrí —para mi sorpresa— que el sentimiento era mutuo.

Volví a mirarla, divertido con el amplio abanico de estragos y trastornos que ella estaba sembrando en mi vida pese a su apariencia tan común y tan poco amenazadora.

No se trataba de que yo no fuese capaz de ver lo que le pasaba a Mike. La chica era en cierto modo guapa para ser humana, de una belleza inusual. Más que bello, su rostro era… inesperado. Ni mucho menos simétrico: la barbilla estrecha quedaba desequilibrada con esos pómulos tan anchos; unas tonalidades extremas: el contraste de una piel tan clara y el cabello tan oscuro; y después estaban esos ojos, demasiado grandes para su cara, rebosantes de secretos acallados…

Unos ojos que tenía de repente clavados en los míos.

Correspondí a su mirada e intenté adivinar aunque solo fuera uno de aquellos secretos.

—¿Te has puesto lentillas? —me preguntó de sopetón.

Qué pregunta tan extraña.

—No. —Casi me sonreí ante la idea de perfeccionar aún más mi vista.

—Vaya —balbució—. Te veo los ojos distintos.

De pronto sentí que una vez más me quedaba helado, al percatarme de que no era el único que estaba tratando de sonsacarle algún secreto al otro hoy.

Me encogí de hombros, agarrotado, y fijé la mirada al frente, hacia el lugar donde el profesor estaba haciendo sus rondas.

Por supuesto que me había cambiado algo en los ojos desde la última vez que ella se había quedado mirándolos. Con el fin de prepararme para la dura prueba de hoy, la tentación, me había pasado todo el fin de semana cazando, saciándome la sed tanto como fuera posible, en exceso, la verdad. Me había hartado de sangre de animales, aunque tampoco es que supusiera una gran diferencia a la hora de enfrentar el apabullante aroma que flotaba en el aire alrededor de aquella chica. Cuando le había lanzado aquella última mirada fulminante, mis ojos habían estado negros por la sed. Ahora, con el cuerpo nadando en sangre, tenía los ojos de un cálido tono dorado: un ámbar claro.

Otro desliz. De haber visto a qué se refería con su pregunta, le podría haber dicho que sí.

Me había tirado dos años sentándome rodeado de humanos en aquel instituto, y ella era la primera que me examinaba los ojos con la suficiente atención como para reparar en el cambio de color. Los demás, aunque admirasen la belleza de mi familia, solían mirar al suelo en cuanto les devolvíamos la mirada. Nos rehuían y bloqueaban los detalles de nuestra apariencia en un esfuerzo instintivo por evitar entenderlo. La ignorancia era una bendición para la mente humana.

¿Por qué tenía que ser justo ella quien viese tanto?

El señor Banner se acercó a nuestra mesa. Inhalé agradecido la bocanada de aire limpio que trajo consigo antes de que pudiera mezclarse con el olor de Bella.

—En fin, Edward —me dijo—. ¿No crees que deberías dejar que Isabella también mirase por el microscopio?

—Bella —lo corregí en un acto reflejo—. En realidad, ella ha identificado tres de las cinco diapositivas.

Los pensamientos del señor Banner estaban cargados de escepticismo cuando se volvió para mirar a la chica.

—¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio?

Absorto, observé cómo ella le sonreía con un ligero aire avergonzado.

—Con la raíz de una cebolla, no.

—¿Con una blástula de pescado blanco? —indagó el señor Banner.

—Sí.

El profesor se sorprendió ante aquello. El ejercicio de laboratorio de hoy era algo que había sacado de un curso de último año. Asintió pensativo hacia la chica.

—¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?

—Sí.

Avanzada, entonces, era inteligente para ser humana. No me sorprendió.

—Bueno —dijo el señor Banner, frunciendo los labios—, supongo que es bueno que ambos seáis compañeros de laboratorio.

Se dio la vuelta y se alejó murmurando para el cuello de su camisa: «Así, los demás tendrán la oportunidad de aprender algo por sí solos». Dudé que la chica hubiese podido oírlo. De nuevo se puso a garabatear círculos en la carpeta.

Por el momento, dos deslices en media hora. Una actuación de lo más pobre por mi parte. Aunque no tenía ni idea de lo que esa chica pensaba de mí —¿hasta dónde me temía?, ¿hasta dónde sospechaba?—, sabía que tendría que esforzarme más por dejarle una impresión distinta. Algo que mitigase sus recuerdos de nuestro último y violento encuentro.

—Es una lástima lo de la nieve, ¿no? —le dije repitiendo la cháchara intrascendente que había oído comentar ya a una decena de alumnos.

Un tema de conversación típico y aburrido. Hablar del tiempo: siempre seguro.

Me lanzó una mirada con una evidente duda en los ojos: una reacción nada normal ante unas palabras tan normales como las mías.

—En realidad, no.

Intenté reconducir de nuevo la conversación por caminos más que trillados. Ella venía de un sitio mucho más cálido y luminoso —en cierto modo, y a pesar de su palidez, su piel parecía un reflejo de eso—, y el frío debía de incomodarla. Mi roce gélido sin duda lo había hecho.

—A ti no te gusta el frío —supuse.

—Tampoco la humedad —reconoció.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks. —Quizá no deberías haber venido, me daban ganas de añadir. Quizá deberías regresar al lugar al que perteneces.

Sin embargo, no estaba seguro de desear aquello. Siempre recordaría el olor de su sangre: ¿qué me garantizaba que no acabaría yendo a buscarla? Además, si ella se marchaba, su mente seguiría siendo un misterio para siempre, un constante y molesto enigma.

—Ni te lo imaginas —dijo en voz baja, mirando con mala cara por encima de mi hombro durante un instante.

Sus respuestas nunca eran lo que yo me esperaba. Me provocaban el deseo de hacerle más preguntas.

—En tal caso, ¿por qué has venido aquí? —quise saber, y al instante fui consciente de que mi tono de voz había sido demasiado admonitorio, no lo bastante informal para aquella conversación. La pregunta había sonado indiscreta, grosera.

—Es… complicado.

Pestañeó y lo dejó en el aire, y yo estuve a punto de reventar de una curiosidad que, en aquel segundo, me quemó la garganta casi tanto como la sed. Lo cierto era que me estaba resultando ligeramente más sencillo respirar. El sufrimiento se iba haciendo más soportable a base de familiarizarme con ella.

—Creo que voy a poder seguirte —insistí.

Tal vez la simple cortesía la empujara a responder a mis preguntas mientras yo fuese lo bastante maleducado para formularlas.

En silencio, agachó la cabeza y se miró las manos. Aquel gesto me impacientó. Sentía deseos de ponerle la mano bajo el mentón y levantarle la cabeza para poder leerle la mirada. Pero, claro, no le volvería a rozar la piel en ningún caso.

Alzó la vista de repente. Fue un alivio tener la posibilidad de ver las emociones en sus ojos. Habló a la carrera, atropellándose con las palabras.

—Mi madre se ha casado.

Ah, esto sí que era de lo más humano, fácil de comprender. La pena le revoloteaba por el rostro y le devolvía aquella arruga en el entrecejo.

—No me parece tan complicado —le dije con una voz delicada sin necesidad de recurrir a mis artificios para que así fuera. Su abatimiento me hacía sentir una curiosa impotencia, el deseo de que hubiese algo que yo pudiera hacer para que se sintiera mejor. Un impulso extraño—. ¿Cuándo ha sucedido eso?

—El pasado mes de septiembre. —Exhaló con fuerza, pero no llegó a ser un suspiro, y me quedé de piedra cuando la calidez de su aliento me acarició el rostro.

—Pero él no te gusta —sugerí tras una breve pausa, aún tratando de obtener algo más de información.

—No, Phil es un buen tipo —me dijo para corregir mi suposición. La leve sombra de una sonrisa surgió en las comisuras de sus labios—. Demasiado joven, quizá, pero amable.

Aquello no cuadraba con la hipótesis que yo me había estado construyendo en la cabeza.

—¿Por qué no te has quedado con ellos? —Había un exceso de interés en mi voz; sonaba como si estuviera siendo un entrometido.

Y lo estaba siendo, reconozcámoslo.

—Phil viaja mucho. Es jugador de béisbol profesional. —La sonrisita se hizo más pronunciada; le hacía gracia que hubiera elegido aquella profesión.

Yo también sonreí, sin haberlo decidido. No estaba intentando que se sintiese cómoda. Su sonrisa acababa de provocarme el deseo de sonreír en respuesta… como quien comparte un secreto.

—¿Debería sonarme su nombre?

Repasé mentalmente las plantillas de todos los equipos profesionales de béisbol y me pregunté qué Phil sería el suyo.

—Probablemente no. No juega bien. —Otra sonrisa—. Solo compite en la liga menor. Pasa mucho tiempo fuera.

Las plantillas que tenía en la cabeza cambiaron al instante, y ya tenía tabulada una lista de posibilidades en menos de un segundo. Al mismo tiempo, me estaba imaginando la nueva hipótesis.

—Y tu madre te ha enviado aquí para poder viajar con él —le dije.

Al parecer, obtenía más información de ella haciendo conjeturas que formulando preguntas. Volvió a funcionar. Sacó el mentón y adoptó un repentino ademán de tozudez.

—No, ella no me ha enviado aquí —me dijo, y su voz sonó con un renovado aire de dureza. Mi conjetura la había disgustado, aunque me veía incapaz de entender por qué—. Fue cosa mía.

No lograba adivinar a qué se refería ni el origen de su resentimiento. Estaba absolutamente perdido.

Era imposible entender a esta chica, así de simple. No era como los demás humanos. Quizá el silencio de sus pensamientos y la fragancia de su olor no fuesen lo único inusual que había en ella.

—No lo entiendo —admití, y odiaba reconocerlo.

Suspiró y me miró a los ojos durante más tiempo del que la mayoría de los humanos normales era capaz de soportar.

—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero lo echaba mucho de menos —me explicó Bella muy despacio, con un tono de voz que se entristecía con cada palabra—. La separación la hacía desdichada, por lo que decidí que había llegado el momento de venir a vivir con Charlie.

El surco minúsculo en su entrecejo se hizo más profundo.

—Pero ahora tú eres desgraciada —murmuré.

Continué dándole voz a mis hipótesis con la esperanza de obtener información de sus refutaciones. Pero esta no parecía tan desencaminada.

—¿Y? —dijo ella, como si aquello fuese un aspecto que ni siquiera había que tener en cuenta.

Continué mirándola a los ojos, sintiendo que por fin tenía un primer y auténtico atisbo de su alma. En aquella sola palabra, vi el lugar en el que ella se situaba a sí misma entre sus prioridades. Al contrario que la mayoría de los humanos, sus propias necesidades se hallaban muy abajo en la lista.

Era una persona desinteresada.

Al comprender aquello, el misterio del ser que se ocultaba en aquella mente silenciosa comenzó a despejarse un poco.

—No parece demasiado justo —le dije, y me encogí de hombros para tratar de parecer natural.

Se echó a reír, pero no había ninguna diversión en aquel sonido.

—¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.

Sus palabras me dieron ganas de sonreír, aunque yo tampoco sentía ninguna auténtica diversión. Sí, yo sabía un poquito sobre las injusticias de la vida.

—Creo haberlo oído antes.

Me devolvió la mirada, de nuevo parecía confusa. Vacilante, desvió los ojos y los trajo de vuelta hacia los míos.

—Bueno, eso es todo —me dijo.

No iba a dejar que la conversación terminara así. Me preocupaba esa pequeña uve que tenía entre los ojos, un vestigio de su aflicción.

—Das el pego —le dije despacio, valorando aún mi siguiente hipótesis—, pero apostaría a que sufres más de lo que aparentas.

Torció el gesto, entrecerró los ojos, frunció los labios de medio lado y volvió a mirar hacia el frente de la clase. No le gustaba cuando acertaba con mis conjeturas. No era la típica mártir: no estaba buscando un público para su dolor.

—¿Me equivoco?

Dio un leve respingo, pero, más allá de eso, fingió que no me había escuchado.

Eso me hizo sonreír.

—Creo que no.

—¿Y a ti qué te importa? —quiso saber, aún con la mirada perdida.

—Muy buena pregunta —reconocí, más para mí que para ella.

Su juicio era mejor que el mío: su mirada iba al núcleo de las cosas mientras yo me las veía y me las deseaba dando vueltas por la periferia, buscando a ciegas entre las pistas. Los detalles de su más que humana vida no deberían importarme. No era correcto que me preocupase por lo que ella pensaba. Más allá de proteger a mi familia de las sospechas, los pensamientos humanos no eran significativos.

No estaba acostumbrado a ser el menos intuitivo en ningún dúo. Dependía demasiado de mi oído extra: estaba claro que no era tan perceptivo como yo mismo me creía.

La chica suspiró y clavó la vista en la parte frontal de la clase. Había algo cómico en su expresión frustrada. Toda aquella situación, toda aquella charla resultaba cómica. Nadie había estado jamás en mayor peligro ante mí que aquella pobre chica humana: en cualquier instante, distraído por mi ridícula entrega a la conversación, podría respirar por la nariz y atacarla antes de poder controlarme… Y ella estaba irritada porque no había contestado a su pregunta.

—¿Te molesto? —le pregunté con una sonrisa ante lo absurdo de todo aquello.

Me lanzó una mirada rápida, y fue como si sus ojos se quedaran atrapados en los míos.

—No exactamente —me dijo—. Estoy más molesta conmigo. Es fácil ver lo que pienso. Mi madre me dice que soy un libro abierto.

Frunció el ceño, contrariada.

Me quedé mirándola con asombro. Estaba molesta porque pensaba que era demasiado transparente para mí. Qué singular. Jamás me había costado tantos esfuerzos comprender a nadie en toda mi vida, o, más bien, existencia, ya que el término «vida» no era ni mucho menos el apropiado. Lo que yo hacía no era vivir, precisamente.

—Nada de eso —discrepé con una sensación extraña…, con cautela, como si allí hubiese algún peligro oculto que no alcanzaba a ver. Más allá del peligro evidente, algo más… De pronto estaba con los nervios a flor de piel, la premonición me inquietaba—. Me cuesta leerte el pensamiento.

—Ah, será que eres un buen lector de mentes —supuso, haciendo sus propias conjeturas, que, de nuevo, daban de lleno en el clavo.

—Por lo general, sí —reconocí.

Sonreí de oreja a oreja y permití que mis labios se retiraran para dejar expuestas las hileras de dientes brillantes y acerados que había detrás.

Fue una estupidez por mi parte, pero sentí una desesperación súbita e inesperada por hacerle llegar a la chica algún tipo de advertencia. Su cuerpo estaba más cerca de mí que antes, después de haber cambiado inconscientemente de postura en el transcurso de nuestra charla. Era como si no funcionaran con ella todas esas pequeñas señales, los detalles que bastaban para amedrentar al resto de la humanidad. ¿Por qué no retrocedía y se apartaba de mí aterrorizada? Sin duda, ya había visto lo bastante de mi lado oscuro como para percatarse del peligro.

No tuve la oportunidad de ver si mi advertencia había tenido el efecto que pretendía. El señor Banner llamó la atención de la clase en ese preciso momento, y ella apartó de mí la mirada de inmediato. La vi un tanto aliviada por la interrupción, así que tal vez sí lo hubiera entendido de forma inconsciente.

Confié en que así fuera.

Reconocí la fascinación que crecía en mi interior, por mucho que tratara de arrancarla de raíz. No me podía permitir encontrar interesante a Bella Swan. O, mejor dicho, era ella quien no se lo podía permitir. Ya estaba deseando disponer de otra oportunidad de hablar con ella. Quería saber más sobre su madre, sobre su vida antes de venir aquí, sobre su relación con su padre. Todos esos detalles insignificantes que le darían más cuerpo a su personaje. Sin embargo, cada segundo que pasaba con ella era un error, un riesgo que ella no debería tener que correr.

Distraída, se echó a un lado aquellos cabellos densos en el preciso instante en que yo me había permitido respirar otra vez. Una ola especialmente concentrada de su fragancia me impactó contra el fondo de la garganta.

Fue como el primer día: como el estallido de aquella granada. El dolor de la ardiente sequedad me provocó un mareo. De nuevo tuve que agarrarme a la mesa para mantenerme en la silla. Esta vez tuve un poco más de control, ligeramente. Al menos no rompí nada. El monstruo rugía dentro de mí, pero no disfrutó con mi dolor. Estaba muy bien atado. Por ahora.

Dejé de respirar por completo y me incliné para apartarme de la chica tanto como pude.

No, no me podía permitir que me fascinara. Cuanto más interesante la encontrara, más probable sería que la matase. Hoy ya había cometido dos pequeños deslices. ¿Cometería un tercero, uno que no fuese tan pequeño?

Salí volando del aula en cuanto sonó el timbre, y es probable que con ello arruinara cualquier impresión de cortesía que hubiese comenzado a construir en el transcurso de aquella hora. Ya en el exterior, volví a tomar una bocanada de aire fresco y húmedo como si fuese un bálsamo de sanación. Me apresuré a poner tanta distancia como fuese posible entre la chica y yo.

Emmett me esperaba ante la puerta de nuestra clase de Español. Por un instante, observó mi expresión desbocada.

¿Cómo ha ido?, preguntó cauteloso.

—No ha muerto nadie —dije entre dientes.

Algo es algo, supongo. Cuando he visto que Alice se largaba al final, he pensado que…

Mientras entrábamos en el aula, vi el recuerdo de Emmett de aquellos instantes que acababan de producirse, el panorama que él veía a través de la puerta abierta de su última clase: una Alice que empalidecía y cruzaba con brío el campus hacia el edificio de Ciencias. Sentí el recuerdo de su impulso de levantarse y unirse a ella, y después su decisión de quedarse. Si Alice necesitaba su ayuda, se la pediría.

Horrorizado y asqueado, cerré los ojos y me hundí en mi asiento.

—No me había percatado de que hubiera estado tan cerca. No pensaba que fuese a… No he visto que fuera tan malo —susurré.

No lo ha sido, me tranquilizó Emmett. No ha muerto nadie, ¿cierto?

—Cierto —dije entre dientes—. Esta vez no.

Quizá se vuelva más fácil.

—Claro.

O quizá la mates. Se encogió de hombros. Tampoco serías el primero que la lía. Nadie te iba a juzgar demasiado duro. Hay veces en que alguien huele mejor de la cuenta. Me impresiona que hayas aguantado tanto.

—No estás siendo de ayuda, Emmett.

Me repugnaba que él aceptara la idea de que mataría a la chica, la idea de que era algo en cierto modo inevitable. ¿Acaso tenía ella la culpa de oler tan bien?

Lo sé, cuando me pasó a mí… Se puso a recordar y me llevó con él medio siglo atrás, hasta un camino por el campo al anochecer, donde una mujer de mediana edad estaba descolgando las sábanas secas de una cuerda tendida entre dos manzanos. Yo ya lo había visto, el más intenso de sus dos encuentros, pero el recuerdo parecía especialmente vívido esta vez, quizá porque aún me dolía la garganta por el ardor de la última hora. Emmett recordaba el ambiente cargado del denso olor de las manzanas: había terminado la cosecha, y por el suelo se hallaba desperdigada la fruta que habían descartado, con la piel estropeada dejando escapar su fragancia en nubes densas. Aquel olor tenía de fondo el aroma de un campo de heno recién segado, muy armonioso. Rosalie le había pedido que hiciera un recado, y Emmett subía por el camino, casi con indiferencia ante la mujer. Sobre él, el cielo se teñía de violeta, anaranjado sobre las montañas del oeste. Habría continuado su ascenso por aquel serpenteante camino rural, y no habría habido motivo para recordar esa noche, de no haber sido porque una brisa nocturna se levantó de manera repentina y, al inflar las sábanas blancas como si fueran velas, le sopló a Emmett en la cara el perfume de la mujer.

—Ah —gruñí en voz baja; como si no me bastase con el recuerdo de mi propia sed.

Lo sé. No duré ni medio segundo. Ni siquiera me planteé la posibilidad de resistirme.

Su recuerdo se volvió demasiado explícito como para que yo pudiera soportarlo.

Me puse en pie de un salto, con los dientes muy apretados.

¿Estás bien, Edward?[1] —me preguntó la señora Goff, sorprendida ante mi movimiento repentino: pude ver mi rostro en su mente, y supe que tenía un aspecto que distaba mucho de estar bien.

Discúlpeme —musité conforme salía disparado hacia la puerta.

—Emmett, por favor, ¿puedes ayudar a tu hermano? —le rogó la profesora señalándome con un gesto de impotencia mientras yo salía volando del aula.

—Claro —le oí decir, y lo sentí justo a mi espalda.

Me siguió hasta el extremo opuesto del edificio, donde me alcanzó y me puso la mano en el hombro.

Se la aparté con una fuerza innecesaria. Habría hecho añicos los huesos de cualquier mano humana, y los del brazo unido a esa mano.

—Lo siento, Edward.

—Lo sé. —Respiraba hondo, en grandes bocanadas de aire con el fin de despejarme la cabeza y los pulmones.

—¿Tan malo es? —me preguntó al tiempo que trataba de no pensar en el olor y el sabor de su recuerdo, pero sin lograrlo en absoluto.

—Peor, Emmett, peor.

Guardó silencio un segundo.

Quizá…

—No, no sería mejor que acabara con esto de una vez. Vuelve a clase, Emmett. Quiero estar solo.

Se dio la vuelta sin mediar más palabra ni pensamiento y se alejó con rapidez. Le diría a la profesora de Español que me encontraba mal, que me había largado o que era un vampiro que había perdido el control de una forma muy peligrosa. ¿De verdad tenía importancia qué excusa pusiera? Era posible que yo no regresara. Era posible que tuviese que marcharme.

Regresé a mi coche a esperar a que terminaran las clases. A esconderme. Otra vez.

Tendría que haber dedicado ese tiempo a tomar decisiones o a tratar de reforzar mi determinación, pero, igual que un adicto, me descubrí rebuscando entre el murmullo de fondo que surgía de los edificios del instituto. Destacaban las voces conocidas, aunque ahora mismo no me interesaba escuchar las visiones de Alice ni las quejas de Rosalie. No me costó localizar a Jessica, pero la chica no estaba con ella, así que continué la búsqueda. Me llamaron la atención los pensamientos de Mike Newton, y por fin di con ella, en clase de Gimnasia con él. A Mike no le gustaba que yo hubiera hablado con ella hoy en clase de Biología. Andaba dándole vueltas a la respuesta que le había dado la chica cuando él le había sacado el tema.

La verdad es que nunca le he visto decirle a nadie más de una palabra aquí o allá. Por supuesto que se tenía que decidir a hablar con Bella. No me gusta cómo la mira. Aunque ella tampoco parecía demasiado emocionada con él. ¿Cómo me ha dicho antes? «A saber qué le pasaba el lunes». Algo así. No ha sonado como si le importase. No puede haber sido una verdadera conversación…

Se animó él solo con la idea de que Bella no se mostrara interesada en su charla conmigo. Aquello me irritó bastante, así que dejé de escuchar los pensamientos de Mike.

Puse un CD de música agresiva y subí el volumen hasta que ahogó las voces. Tuve que concentrarme mucho en la música para evitar que se me fuese el oído de nuevo a los pensamientos de Mike Newton con el fin de espiar a la pobre chica desprevenida.

Hice trampa varias veces cuando la hora llegó a su fin. Eso no era espiar, traté de convencerme a mí mismo. Solo me estaba preparando. Quería saber exactamente cuándo saldría ella del gimnasio, cuándo estaría en el aparcamiento. No deseaba que me pillara por sorpresa.

Cuando los alumnos empezaron a salir en fila por la puerta del gimnasio, me bajé del coche, aunque no estaba muy seguro de por qué lo hacía. Caía una lluvia fina: no le hice caso mientras me empapaba lentamente el pelo.

¿Deseaba que me viese allí? ¿Tenía la esperanza de que viniera a hablar conmigo? ¿Qué estaba haciendo yo?

No me moví, aunque intenté convencerme a mí mismo de que debía volver a meterme en el coche, consciente de que mi conducta era censurable. Mantuve los brazos cruzados y una respiración muy superficial cuando la vi venir caminando muy despacio en mi dirección, con los labios curvados hacia abajo en las comisuras. No me miró. Alzó la vista varias veces hacia las nubes con el gesto torcido, como si la hubiesen ofendido.

Sentí una decepción cuando la chica llegó a su coche antes de tener que pasar por delante del mío. ¿Me habría dicho algo? ¿Se lo habría dicho yo?

Se subió a una camioneta Chevy de un tono rojo descolorido, un mamotreto oxidado con más años que su padre. Vi que arrancaba el motor —aquel motor viejo rugía más fuerte que cualquiera de los vehículos del aparcamiento— y extendía las manos hacia la tobera de la calefacción. El frío le resultaba incómodo, no le gustaba. Se pasó los dedos por la densa cabellera y puso algunos mechones delante del chorro de aire caliente como si quisiera que se secaran. Me imaginé cómo olería en la cabina de esa camioneta y luego rápidamente aparté aquel pensamiento de mi cabeza.

La chica miró a su alrededor al prepararse para salir marcha atrás y, por fin, miró hacia mí. Lo hizo apenas durante medio segundo, y todo cuanto pude leer en sus ojos fue su sorpresa antes de que los apartase de golpe y acelerase marcha atrás. Se detuvo de nuevo con un frenazo cuando la parte trasera de la camioneta estuvo a escasos centímetros de colisionar con el coche de Nicole Casey.

Clavó la vista en el retrovisor, boquiabierta y horrorizada por lo poco que había faltado. Cuando el otro coche terminó de pasar por detrás de ella, comprobó dos veces todos los puntos ciegos y salió de la plaza de aparcamiento a paso de tortuga, con tal precaución que me hizo sonreír. Era como si se considerase «peligrosa» a sí misma en su camioneta destartalada.

La idea de que Bella Swan fuese peligrosa para alguien, condujera lo que condujese, me hizo reír cuando la chica pasó por delante de mí al volante de su camioneta, con la mirada al frente.