Prólogo

Desde pequeños, una de las primeras preguntas que nos hacemos es qué son esos puntos que podemos observar cada ­noche en el firmamento. No mucho tiempo después, aprendemos que son estrellas, como el Sol. Posiblemente, muchas de ellas tengan planetas a su alrededor. Alguno de esos mundos, en toda la inmensidad de la Vía Láctea, podría llegar a tener las condiciones necesarias para ser habitable. En su superficie podría haber criaturas, como tú y como yo, preguntándose si en otros lugares de la galaxia habrá seres como ellos...

Una vez que caemos en esa reflexión, una catarata de preguntas nos acompañará el resto de nuestra vida: ¿Estamos solos en el universo? ¿Hay vida en otros lugares del Sistema Solar? ¿Y en la Vía Láctea? ¿Cuántas civilizaciones existen en la ­galaxia? ¿Cuántas existen en el conjunto del universo observable? ¿Somos los primeros en aparecer en el universo? ¿Qué tecnología tendrán otras civilizaciones? ¿Cómo se comunicarán entre ellas? ¿Podrán viajar en naves espaciales a otras estrellas? ¿Serán capaces de expandirse por toda la galaxia y colonizar otros lugares? La avalancha de preguntas es imparable. Tiene mucho que ver con quiénes somos. El ser humano es curioso por naturaleza. Somos exploradores.

Por ello, no resulta sorprendente que, con el paso del tiempo, y con la Tierra virtualmente explorada hasta sus confines (salvo las profundidades de los océanos), nuestra vista vaya más allá de este pequeño planeta. A las reflexiones sobre cómo podrían ser esas otras criaturas inteligentes de la Vía Láctea, les siguen otras preguntas mucho más cercanas y menos ambiguas...

¿Podemos encontrar vida en otros lugares del universo? ¿Hay vida inteligente más allá de la Tierra? Si es así, ¿dónde están esas civilizaciones? ¿Podemos esperar contactar con ellos en algún momento? Y, si no es así, ¿por qué? Nuestro universo es favorable para la vida, como lo muestra el mismo hecho de que estemos aquí. ¿Por qué iba la Tierra a ser el único mundo habitado de la galaxia? Puede parecer extremadamente improbable. Sin embargo, hasta que se demuestre lo contrario, es cierto que solo conocemos un mundo ­habitado: el nuestro.

Arthur C. Clarke, un conocidísimo escritor británico, autor de la maravillosa Odisea en el espacio (a la que pertenecen obras como la legendaria 2001: una odisea en el espacio), nos dejó una frase que resume esta cuestión a las mil maravillas: «Hay dos posibilidades: o estamos solos en el universo, o no lo estamos. Ambas son igual de aterradoras».

No es simple retórica. Si estamos solos, por citar a otra gran figura del siglo XX, como lo fue el genial Carl Sagan, qué cantidad de espacio desaprovechado. Si no estamos solos, sin embargo, es posible que nuestra mente recuerde las advertencias de figuras como Stephen Hawking, que dudaba de si realmente era sabio enviar mensajes a otros lugares de la galaxia. ¿Y si allí fuera hubiese una civilización extremadamente agresiva y mucho más avanzada? Puede que solo estén esperando una señal, un indicio de nuestra existencia, o de cualquier otra civilización, para lanzarse a su búsqueda y poner fin a su breve existencia. O quizá, por el contrario, esos mensajes son la única forma que tenemos de hacer ­saber, a esas otras civilizaciones que pudiese haber en la ­galaxia, que estamos aquí. Que no están solos, que no estamos solos...

En estas páginas no descubrirás si hay vida en otros lugares de la galaxia. Simplemente, es algo que todavía no se puede afirmar. Pero descubrirás por qué se piensa que sí y por qué se piensa que no. También veremos cómo se está intentando encontrar la respuesta a esa gran pregunta, buscando vida en el Sistema Solar y en otros lugares de la galaxia. Hablaremos de cómo podrían ser esas civilizaciones, de cómo podríamos comunicarnos con ellas y de mucho más. Pero, al final del viaje, quizá descubras que la búsqueda de lo que podría haber en otros lugares es una gran ­herramienta para conocer mejor lo que tenemos aquí...

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Capítulo I

¿Por qué

estamos aquí?

Puede que la pregunta más compleja que nos podamos hacer tenga tan solo tres palabras... ¿Por qué existimos? No me refiero, en este caso, a cuál es el propósito de nuestra existencia como individuos. Tampoco a la presencia de nuestra especie (en cuyo caso podríamos decir que nuestro papel, sim­plemente, es el de asegurar su perpetuidad). Es necesario ir un paso más allá. ¿Por qué hay vida en el universo? Tras esa pregunta se esconde una maraña de posibilidades, a cuál más compleja. Algunas son tan intrigantes como desconcertantes: si nuestro universo es habitable, y tiene las características necesarias para serlo, debe haber otros universos que, por definición, no lo sean.

En este contexto, nuestra presencia es simplemente una inevitabilidad. Es decir, existimos porque el universo es favorable para la vida. Otros universos, incapaces de ofrecer condiciones óptimas para la aparición de formas de vida, nunca tendrán criaturas que se puedan hacer esas mismas preguntas. Eso, claro está, suponiendo que realmente puedan existir otros universos. La idea del multiverso ofrece muchas respuestas a algunas de las preguntas más complejas, pero solo es una hipótesis. Es decir, no tenemos forma alguna de demostrar que realmente puedan existir esos otros universos. Quizás en el futuro se encuentre alguna, pero hoy en día no es así.

Tampoco el propósito de este libro es adentrarse en la cosmología para hablar de las diferentes posibilidades que permitirían plantear que nuestro universo podría no ser el único. En este contexto, en realidad, podemos conformarnos con la idea de que, al menos en teoría, podría haber otros universos además del nuestro. Suponiendo que esa hipótesis fuese correcta, querría decir que estamos aquí porque en otros universos la vida no tiene posibilidad alguna de surgir. Por extensión, podría haber muchos otros universos (infinitos, tal vez, plantearían algunos) que también sean aptos para la vida.

Si dejamos a un lado ese marco de posibilidades, nos enfrentamos a un hecho para el cual no parece haber una respuesta obvia, pero que nos lleva a plantear preguntas para las que podemos intentar ofrecer soluciones. Está claro que, al margen del motivo (ya sea por mero azar o porque realmente formamos parte de un multiverso, en el que hay universos habitables e inhabitables), estamos aquí. La vida comenzó en la Tierra hace unos 3500 millones de años. Pero la pregunta que nos interesa va un paso más allá. ¿Pudo aparecer antes? Es decir, ¿somos el primer planeta habitado en la historia del universo? ¿Cuándo pudo aparecer el primer mundo habitado? ¿Y el primer planeta rocoso que ofreciese las condiciones apropiadas?

Nos remontaremos al Big Bang. Hace 13 800 millones de años, el universo comenzó su andadura. Ya solo en su primer segundo, experimentó cambios profundos. Su tamaño se expandió desde algo inferior a un átomo a algo superior a decenas de años-luz. Las interacciones fundamentales (o las fuerzas de la naturaleza, como se las denomina popularmente) se separaron y se convirtieron en las cuatro que conocemos: la interacción nuclear fuerte, la interacción nuclear débil, el electromagnetismo y la gravedad. Además, en los primeros minutos de su existencia, se formaron los primeros elementos del universo: hidrógeno, helio y pequeñas cantidades de litio.

Las primeras estrellas, por tanto, solo pudieron formarse dependiendo de estos elementos. Fueron estrellas muchísimo más masivas que el Sol, que vivieron vidas muy breves, de apenas unos pocos millones de años, y formaron en su interior elementos más pesados. Allí, en el interior de aquellos gigantescos hornos estelares, en un lapso extremadamente breve en la escala astronómica, se formaron ­ele­mentos más pesados e imprescindibles para la vida: oxígeno, nitrógeno, carbono, hierro...

Poco a poco, desde el punto de vista de la variedad de elementos disponibles, el universo se fue enriqueciendo. Esas primeras estrellas (y galaxias) debieron formarse, aproximadamente, cuando el cosmos tenía entre 150 y 200 millones de años. Por eso, podemos estimar nuestro punto de partida, como muy pronto, en algún momento posterior, cuando la cantidad de elementos más pesados fue lo suficientemente alta como para que se pudiesen dar las con­diciones necesarias para la formación de la vida.

A eso deberemos sumarle la necesidad de tener un planeta en la zona habitable de una estrella. A grandes rasgos, y de forma muy simplificada, la zona habitable indica la franja, alrededor de una estrella, en la que un planeta podría tener agua líquida. Si abandonamos esa franja y nos acercamos todavía más a la estrella, la temperatura será demasiado alta. Si nos alejamos, la temperatura será demasiado baja. Este razonamiento es aplicable a cualquier tipo de estrella, y, por tanto, nos sirve incluso con astros que vivieron miles de millones de años antes de que se formase nuestro Sol.

En este punto, es imprescindible aclarar que estamos hablando de vida como la que conocemos. ¿Podría haber otras formas de vida, con una base diferente? Es decir, que en lugar de carbono usen por ejemplo... ¿silicio? La teoría dice que sí, aunque hay matices que apuntan a que podría ser más complicado de lo que solemos imaginar. Lo importante, sin embargo, es que no podemos limitarnos a una hipótesis. Es necesario comenzar por algún lugar, y lo lógico es recurrir a aquello que ya sabemos que funciona. Es decir, a nuestro propio planeta y a la vida que podemos encontrar en él. Esto nos trae de nuevo a la zona habitable. El agua es un elemento imprescindible, así que necesitaremos tener un mundo que, como la Tierra, se encuentre a la distancia apropiada de su estrella como para que pueda tener agua en su superficie.

Hace ya unos cuantos años, el telescopio Hubble estudió el cúmulo globular Messier 4. Un cúmulo globular es una gigantesca agrupación de estrellas (en ocasiones incluso de millones de astros), como el cúmulo globular Omega Centauri, el más grande conocido, compuesto por estrellas muy viejas. Allí, el telescopio detectó un planeta similar a nuestro Júpiter, con 2,5 veces su masa. Un gigante gaseoso formado principalmente por hidrógeno. Pero aquel mundo es mucho más antiguo que el nuestro. Se determinó que, aproximadamente, tiene unos 13 000 millones de años. Es decir, antes de que el universo cumpliese 1000 millones de años, ya se estaban formando los primeros planetas. A lo largo del tiempo, los estudios se han sucedido dejándonos estimaciones incluso más rápidas. Es posible que los primeros planetas comen­zasen a formarse apenas 300 millones de años después del Big Bang.

Pero sus estrellas no serían lo suficientemente longevas como para que la vida surgiera. A fin de cuentas, estamos todavía en las primeras etapas del cosmos, en las cuales las estrellas habrían sido mucho más masivas que nuestro Sol y habrían tardado poco tiempo en vivir. Es una de las ironías del universo. Las estrellas más masivas tienen vidas más breves que las menos masivas. El Sol vivirá 10 000 millones de años, de principio a fin. Betelgeuse, una de las estrellas más populares del firmamento, mucho más masiva que la nuestra, vivirá apenas 10 millones de años. Próxima Centauri, por el contrario, una enana roja, con apenas una fracción de la masa de nuestra estrella, se estima que podría vivir en torno a unos 4 trillones de años. Muchísimo más que el astro que ilumina el Sistema Solar.

Dicho de otro modo, en las primeras etapas del universo tendríamos que esperar a que madurase lo suficiente para que se formasen estrellas menos masivas, más longevas. Se calcula que, aproximadamente, las primeras estrellas similares al Sol, con planetas parecidos a la Tierra a su alrededor y con una abundancia suficiente de elementos necesarios para la vida, debieron darse hacia los 2000 millones de años. En principio, no debería haber nada que impidiese, ya en aquel entonces, que la vida apareciese en algún planeta que reuniese las condiciones apropiadas. ¿Esto quiere decir que la vida existe en nuestro universo desde hace miles de millones de años y que debería haber planetas con una historia evolutiva muchísimo más larga que la nuestra?

Seguramente sintamos una enorme tentación de responder a esa pregunta con un rotundo sí. Pero cabe recordar que desconocemos cómo apareció la vida en la Tierra. Sabe­mos que nuestro Sistema Solar tiene 4500 millones de años. Es muchísimo más joven, en comparación, que sistemas estelares que aparecieron en la infancia del cosmos. También se ha observado que la vida apareció en nuestro planeta casi tan pronto como fue posible. Las evidencias más antiguas que se han encontrado apuntan a que la Tierra ya tenía vida hace unos 3500 millones de años. Hay motivos para creer que podría ser incluso anterior y que pudo aparecer hace más de 4000 millones de años. El inconveniente es que es el único planeta habitado que conocemos.

Por lo que nos encontramos con multitud de preguntas de las que no podemos extrapolar nada. Por ejemplo, ¿es habitual que la vida aparezca en un planeta habitable tan pronto como sea posible? Quizá sí, o quizá no. Si un planeta es habitable, ¿surgirá siempre la vida en él? Aquí podemos suponer que no parece ser el caso. En el Sistema Solar se ha planteado que tanto Venus como Marte fueron mundos ha­bi­­tables hace miles de millones de años. Ambos debieron tener, durante un tiempo al menos, condiciones muy similares a las de nuestro planeta.

Sin embargo, no se ha encontrado evidencia alguna de vida en Marte, al menos por ahora. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que la posibilidad esté descartada. Al contrario. La exploración del planeta rojo se encuentra en un punto apasionante. Misiones como Perseverance tienen como objetivo, precisamente, determinar si allí la vida llegó a surgir.

No podemos decir lo mismo de Venus. Por sus condiciones infernales (tiene una temperatura de 460 ºC de media y su atmósfera supera en 92 veces la presión de la atmósfera de nuestro planeta), su exploración es muy compleja. No ha sido tan estudiado como el planeta rojo. Hay lagunas muy grandes en nuestro conocimiento sobre Venus como para saber si realmente pudo tener vida en el pasado. Y no parece que la situación vaya a cambiar en un futuro cercano. Aunque se han planteado algunas misiones, como Venera-D, por parte de Roscosmos, la agencia espacial rusa, lo cierto es que casi toda la atención está puesta en Marte.

Supondremos en este caso, de todos modos, que la respuesta es no. No todos los planetas potencialmente habitables llegan a desarrollar vida. Es una suposición que resulta lógica, porque no basta con estar a la distancia correcta de una estrella. No sirve de nada si, por ejemplo, el planeta no tiene atmósfera. O si tiene una atmósfera demasiado densa y su composición es completamente incompatible con la vida. Una cosa es encontrar un mundo en la zona habitable, y otra es que sea idéntico a la Tierra en el resto de los aspectos. Puede que sea un objeto que nunca llegó a retener su atmósfera.

Podemos trasladar estos mismos escenarios a los primeros planetas. ¿Es posible que, hace 11 000 millones de años, la vida surgiera en algún lugar de la Vía Láctea? Puede que sí... y puede que no. Quizá, en algún lugar, llegase incluso a aparecer una civilización que, simplemente, se extinguió porque no logró escapar antes de que algún asteroide chocase con su superficie. Pero vamos a intentar no adelantarnos a los acontecimientos. Para entender mejor toda esta problemática, es necesario hablar de cómo se cree que apareció la vida en la Tierra, porque se han planteado diferentes mecanismos, y algunos tienen implicaciones de lo más interesantes cuando pensamos en el conjunto de la Vía Láctea.

Así que volvamos, una vez más, a la formación del Sistema Solar, hace 4500 millones de años, justo después de que nuestro planeta se enfriase. No hay muchas dudas en torno a cuándo apareció la vida en la Tierra en términos generales. Puede que se diera tan solo 100 millones de años después de su formación (como se ha llegado a plantear en algunos estudios), o que apareciese hace 3700 millones de años. Pero, en cualquier caso, apareció rápidamente. Durante la mayor parte de su historia, nuestro planeta ha estado habitado. La cuestión realmente intrigante es, en realidad, cómo apareció. Es decir, ¿cómo se formaron las primeras moléculas complejas? ¿Qué provocó la aparición del ARN? ¿De dónde llegó ese material?

El bioquímico soviético Alexander Oparin (1894-1980) planteaba que no hay grandes diferencias entre un organismo vivo y la materia inerte. Es decir, las características de la vida debieron surgir como evolución de la propia materia. Su teoría es la de la sopa primordial, y nos traslada a una Tierra muy diferente a la que conocemos en la actualidad. Oparin planteaba que la atmósfera del planeta, en su infancia, tenía una gran cantidad de metano, amoniaco, hidrógeno y vapor de agua. Entendía que todos ellos eran imprescindibles para que pudiese aparecer la vida.

Al principio, solo había soluciones simples de materia orgánica, cuyo comportamiento estaba regulado por las propiedades de sus átomos y cómo se combinaban para formar moléculas. Con el tiempo, esos compuestos orgánicos se organizarían en sistemas microscópicos que servirían de antesala para la formación de los seres vivos primitivos. Y no solo eso. Oparin planteaba que pudo haber diferentes sistemas microscópicos y que solo uno (o quizá varios) fueron los más aptos para permitir la aparición de la vida. Después, el resto de la historia se desarrollaría según la evolución.

En la década de 1920, John Burdon Sanderson Haldane, un biólogo británico, plantea algo bastante similar a lo propuesto por Oparin e introduce el concepto de abiogénesis. El océano primitivo de la Tierra era una gran sopa primordial. Según Haldane, este océano contenía diferentes compuestos orgánicos que, en condiciones apropiadas, pudieron desencadenar la aparición de la vida.

En ambos casos, el planteamiento básico es el mismo. De la materia inerte, de algún modo, pasamos a los primeros seres vivos de nuestro planeta. Es justo decir que uno de los experimentos más célebres, en este sentido, fue el de Miller y Urey, del que hablaremos con detenimiento en un capítulo posterior. Su trabajo es, todavía hoy, muy intrigante. A fin de cuentas, no precisa más que de unas condiciones específicas. Si la receta es la adecuada, según este hilo de pensamiento, la vida debería tener una buena oportunidad para aparecer.

Sea como fuere, permitió plantear que la abiogénesis podría ser una respuesta válida. Es decir, que la vida podría desarrollarse por sí misma. Si nos quedamos con este escenario, la pregunta que nos viene a la cabeza es... ¿es frecuente este proceso en otros planetas? No sabemos cuál es la respuesta, todavía, pero es posible que sí. En realidad, estamos compuestos por los elementos más abundantes del universo. Es fácil imaginar que multitud de mundos puedan tener esos mismos elementos. En alguna parte de la galaxia, debería haber planetas que tengan una atmósfera similar a la que tuvo la Tierra hace 4500 millones de años. El experimento de Miller-Urey, en el fondo, nos sigue dejando la pregunta del millón: ¿Cuál fue la chispa de la vida? Podemos encontrar aminoácidos en muchos lugares y de diferentes tipos, y eso no implica que estemos ante formas de vida. De hecho, hay más aminoácidos de los que están involucrados en la vida en la Tierra.

Esto nos lleva a la otra posibilidad, quizá más tentadora porque abre un abanico que resulta tan cautivador como misterioso. Frente a la abiogénesis, la posibilidad de que la vida surgiese de la materia inerte en la Tierra gracias a sus características, tenemos la panspermia. Es, probablemente, la hipótesis más popular en el imaginario colectivo. Está en constante evolución, con nuevos estudios que plantean que podría tener lugar en escalas cada vez más grandes, y con variantes muy diferentes.

Por ejemplo, por un lado, se plantea la panspermia tradicional, por la cual los microorganismos estarían presentes en todo el universo. Serían los asteroides, cometas, meteoroides... los encargados de llevar esa vida microscópica a planetas como la Tierra. Puede parecer una posibilidad atractiva, pero elude la gran pregunta... ¿Cómo aparecieron esos microorganismos por primera vez? Además, plantea sus propios desafíos. Por ejemplo, ¿cómo debería ser el impacto de un asteroide para que los microorganismos que pudiese llevar consigo sobreviviesen y tuviesen la oportunidad de adaptarse a su nuevo hogar? ¿Durante cuánto tiempo puede aguantar un microorganismo viajando a través del espacio?

Quizá por todo esto hay una segunda variante, a la que llamamos panspermia suave, que parece mucho más popular. En vez de microorganismos, lo que se plantea es que los bloques básicos de la vida se forman en el espacio y se incor­poran a las nebulosas. Hay que recordar, en este punto, que las nebulosas son nubes de gas y polvo donde, en algunos casos, se forman las estrellas. Nuestro Sol se formó en el interior de una nebulosa (concretamente, una región de formación de estrellas, dado que hay otros tipos de nebulosas), en la que, según plantearía esta versión, ya habría compuestos orgánicos. Lo más intrigante es que hay motivos para creer que esta idea podría tener más valor del que parece.

Podemos tomar como ejemplo el meteorito Murchison, que cayó en Australia en 1969. Un análisis reveló la exis­tencia de 70 aminoácidos, incluyendo algunos de los utilizados por la vida. Por lo que tenemos motivos para pensar que quizá los bloques básicos de la vida pudieron llegar a través de asteroides y cometas que, en la infancia de la Tierra, chocaron con nuestro planeta. Las condiciones de nuestro mundo, junto con el paso del tiempo, harían el resto.

Lo interesante de este planteamiento es que nos presenta un método de transporte que parece razonable. Durante la infancia de un sistema estelar, las órbitas son inestables. Todo el sistema está en fase de estabilización. Junto con los planetas, habría multitud de objetos con órbitas que los llevaron a chocar en sus superficies, entregando su material. En algunos casos, serían incapaces de ofrecer condiciones necesarias para la vida, bien porque no están en la zona habitable, porque carecen de atmósfera o por cualquier otro motivo. En otros, sin embargo, las condiciones podrían ser las apropiadas, independientemente de que la vida surja o no.

Si nace la vida en uno de esos planetas, como la Tierra, es posible que incluso después esta vida se esparza a otros lugares de su propio sistema planetario. Si la teoría de la panspermia es correcta, cabe la posibilidad de que la colisión de un cometa o asteroide provoque que una pequeña parte de la superficie, en la que pueda haber vida micros­cópica, sea expulsada al espacio. Tras miles de años de viaje, puede aterrizar en la superficie de otro mundo. Si sus condiciones son las apropiadas, podría ocurrir que esa vida, nacida en otro planeta, sea capaz de adaptarse y comenzar a evolucionar en su nuevo mundo.

El mayor impedimento, en este caso, es el ya mencionado de la supervivencia de esos microorganismos. Pero supongamos por un momento que fuese posible sobrevivir. ¿Es posible que la vida de la Tierra no sea de nuestro planeta? Es decir..., ¿y si la vida apareció en Marte, por poner un ejemplo (el otro sería Venus), y llegó a nuestro planeta posteriormente gracias al impacto de un asteroide? También podemos darle la vuelta. Si encontrásemos fósiles en Marte, no se podrá descartar la posibilidad de que, en realidad, estemos viendo vida pasada de la Tierra que, de alguna forma, terminó llegando también al planeta rojo.

Es un mecanismo que puede explicar cómo la vida podría expandirse, en un mismo sistema planetario, hasta terminar apareciendo en otros mundos que también sean habitables. Esto nos permite imaginar escenarios como el del sistema TRAPPIST-1. Se trata de una pequeña estrella, mucho más tenue que el Sol, que tiene siete planetas rocosos a su alrededor. Tres de ellos están en la zona habitable. Si la vida apareció en alguno de ellos (aunque no hay nada, en estos momentos, que nos lleve a pensar que fue así), bien podría haber viajado a otros mundos del sistema, permitiendo que se expandiese. Podemos dar incluso un paso más.

En los últimos tiempos hemos descubierto la llegada de objetos interestelares al Sistema Solar. Es decir, objetos que no se formaron en nuestro sistema estelar, sino en torno a otras estrellas, y que generalmente se trata de asteroides o cometas. Oumuamua fue el primero, observado a finales de 2017. El segundo, Borisov, fue descubierto en agosto de 2019. Ambos nos sirven para abrir la puerta a la panspermia interestelar. Un cometa interestelar que, tras un largo viaje por la galaxia, termina estrellándose en la superficie de un mundo lejano, pero habitable, permitiendo que la vida pueda surgir.

La teoría, en cuanto a los objetos se refiere, es correcta. Sabemos que los objetos interestelares existen. En algún lugar, aunque con una frecuencia muy baja, habrá habido algún objeto interestelar que se haya estrellado contra un planeta. Si transportaba los bloques de la vida (o vida microscópica que, de algún modo, fuese capaz de sobrevivir al viaje, durante millones de años, en su interior), podría llevar los ingredientes necesarios a un lugar en el que la vida pudiese flo­recer.

Dicho de otro modo, nos permite imaginar un mecanismo que, en una escala de tiempo lo suficientemente grande, permitiría que la vida se expandiese, de forma natural, por toda una galaxia. Además, lo podemos llevar un paso más allá. Porque las estrellas también pueden ser expulsadas de su propia galaxia. En la Vía Láctea se han observado multitud de ejemplos con las llamadas estrellas hiperveloces. Se trata de estrellas que se mueven tan rápido que la gravedad de la galaxia es incapaz de retenerlas. Viajarán durante millones o miles de millones de años a través del espacio interestelar. Con el tiempo, quizá terminen llegando a otras galaxias.

Imaginemos, por un momento, que una de esas estrellas expulsadas, que viajaría con todo su sistema estelar, y mantendría sus condiciones intactas, estuviese habitada. Nos encontramos ante una hipótesis conocida como panspermia intergaláctica. Una teoría que nos permite plantear que la vida podría expandirse, de forma limitada, a otros lugares del universo.

Ambas posibilidades, la abiogénesis y la panspermia, son fácilmente imaginables a lo largo de la historia del universo. Bien pudieron estar en marcha, hace miles de millones de años, en otras galaxias y en distintos lugares de la Vía Láctea. Sin embargo, el Sistema Solar no parece ser un lugar especialmente concurrido. Nuestro planeta es el único habitado. Al menos por vida compleja.

Por si no tuviéramos suficiente con eso, la observación de otros lugares de la galaxia no nos ha permitido detectar la presencia de civilización alguna. Es decir, en algún punto algo falla. Estamos formados por los elementos más abundantes del universo. La Vía Láctea ha debido tener multitud de estrellas, a lo largo de sus miles de millones de años de existencia, capaces de ofrecer condiciones habitables a los planetas que tuviesen a su alrededor. Pero no vemos señales de que nuestra galaxia rebose vida. Al menos no en forma de civilizaciones.

La vida microbiana o compleja, pero no inteligente, podría ser muy abundante. Nuestra incapacidad para detectarla se debería, simplemente, al hecho de que nuestra tecno­logía es todavía muy rudimentaria para emprender una campaña así. Pero nos obliga a dejar una pregunta en el aire que resulta de lo más incómoda, porque parece ir contra todo lo que nos dice el sentido común: ¿Y si el Sistema Solar fuese un lugar único?

Por descorazonador que pueda parecer, no es descartable que la vida en la Tierra sea una casualidad. Una gigantesca cadena de casualidades que permitió que aquí sucediese algo extremadamente raro. No en vano, hay investigadores que plantean que el ARN, el precursor del ADN, pudo aparecer en la Tierra de manera completamente espontánea a través de procesos químicos. La posibilidad de que suceda un evento así es tan sumamente baja que solo se daría una vez en el universo. Es decir, ¿puede que no encontremos nada simplemente porque somos los ganadores de una suerte de lotería extremadamente compleja? Con miles de millones de estrellas en la galaxia, y billones de galaxias en el universo observable, nos resulta tentador negar que puede ser así. Pero, por mucho que nos pueda molestar, es una posibilidad que no se puede descartar.

Ser incapaces de determinar qué provocó que la vida apareciese es un problema. Si lo supiéramos, nos bastaría con buscar los lugares en los que haya las condiciones necesarias. Pero no sabemos exactamente qué fue esa chispa que hizo que súbitamente la vida comenzase a desenvolverse en nuestro planeta. Así que, como no es posible buscar directamente lo que hizo que estemos vivos, necesitamos recurrir a la segunda mejor opción: buscar aquellos lugares que más se puedan asemejar al mundo en el cual nos encontramos, y esperar encontrar algo que nos dé esperanzas...