Es un milagro que la gente termine el instituto con vida. Todo es un riesgo o una trampa puesta adrede. Si no terminas con el corazón exhausto, pisoteado y amoratado, puede que acabes muerta por una causa tan típica y tópica como trágica: en un accidente de coche conduciendo bajo los efectos del alcohol, por saltarte un semáforo en rojo mientras escribes un mensaje en el móvil o por tomarte demasiadas pastillas de las que no tocan. Pero Shaila Arnold no pasó a mejor vida por nada de eso.
Por supuesto, si nos ceñimos a los hechos, la causa de la muerte fue un traumatismo por fuerza contundente a manos de su pareja, Graham Calloway. Lo más fácil hubiese sido pensar que se había ahogado, puesto que encontraron restos de agua marina en sus pulmones, pero tras una inspección más minuciosa detectaron la ineludible contusión que tenía en la cabeza y la mancha de sangre espesa y pegajosa que enmarañaba su larga melena de color miel.
Traumatismo por fuerza contundente. Eso es lo que consta en su certificado de defunción, lo que quedó grabado en el registro. Pero en realidad no es así como murió. No puede serlo. Creo que murió del enfado, de la traición. De querer demasiadas cosas a la vez. De no sentirse satisfecha nunca. Su ira la consumía entera. Lo sé porque la mía también me consume a mí. «¿Por qué tuvimos que sufrir? ¿Por qué nos escogieron a nosotras? ¿Cómo llegamos a perder el control?».
Me cuesta recordar cómo éramos antes, cuando el enfado no era más que algo pasajero. Una sensación transitoria provocada por una pelea con mamá o porque mi hermano pequeño, Jared, insistía en comerse el último trozo de tarta de manzana en Acción de Gracias. Entonces, el enfado era fácil porque era efímero. Una ola que crecía y se rompía contra la orilla antes de volver a calmarse. La situación siempre se calmaba.
Ahora es como si dentro de mí viviese un monstruo. Y ya siempre estará ahí, esperando para poder rasgarme el pecho y asomarse al exterior, salir hacia la luz. Me pregunto si eso es lo que sintió Shaila en sus últimos momentos de vida.
Dicen que solo las buenas personas mueren jóvenes, pero eso no es más que la letra de una estúpida canción que cantábamos. No es real. No es cierto. Lo sé porque Shaila Arnold era muchas cosas: brillante y divertida, confiada y atrevida. Pero ¿siendo sincera? Tampoco era tan buena.
El primer día de clase siempre implica lo mismo: un homenaje a Shaila. Hoy hubiese sido su primer día del último curso. En cambio, está muerta, igual que hace tres años. Y hoy nos espera un recordatorio más.
—¿Estás lista? —me pregunta Nikki mientras entramos en el aparcamiento. Aparca bruscamente su reluciente BMW negro, un regalo de sus padres para celebrar el inicio del curso escolar, y toma un buen sorbo de café con hielo—. Porque yo no lo estoy. —Abre el espejo, se aplica una capa de pintalabios de color rosa sandía y se pellizca las mejillas hasta que están sonrojadas—. A estas alturas ya podrían hacerle una placa u organizar una carrera benéfica en su nombre, o algo así y listos. Esto es inhumano.
Nikki lleva contando los días que faltaban para el primer día del último curso del instituto desde que empezamos las vacaciones de verano en junio. Esta mañana me ha llamado a las 6.07 y, cuando me he girado en la cama y he cogido el móvil aún medio dormida, ni siquiera se ha esperado a que la saludara.
—¡Estate lista dentro de una hora o búscate otra manera de llegar a clase! —ha gritado por encima del ruido del secador de pelo, que se oía de fondo.
Cuando ha llegado, ni siquiera ha tenido que apretar el claxon para avisarme. Ya sabía que estaba fuera gracias a las ensordecedoras notas de Whitney Houston en «How Will I Know». A las dos nos encanta la música de los ochenta. Cuando me he subido al asiento del copiloto, parecía que Nikki ya se hubiese tomado dos cafés Venti del Starbucks y hubiese ido a un salón de belleza para que la dejaran superglamurosa. Sus ojos oscuros destelleaban gracias a una sombra de ojos brillante, y se había enrollado las mangas del blazer azul marino de Gold Coast Prep para que le quedaran a la altura de los codos de una manera artística y a la vez desarreglada. Nikki es una de las pocas personas que pueden conseguir que este horroroso uniforme parezca algo guay.
Por suerte, las pesadillas me han dado un respiro esta última noche e incluso me han desaparecido las ojeras, que ya eran casi permanentes. También ayuda el hecho de que haya tenido algunos minutos extra para aplicarme una gruesa capa de máscara de pestañas y arreglarme las cejas.
Cuando Nikki ha salido de la calzada de mi casa, tenía los nervios a flor de piel por lo que estaba por llegar. Nuestro momento. Por fin estábamos en lo más alto.
Pero ahora que estamos aquí de verdad, dejando el coche por primera vez en el aparcamiento de Gold Coast Prep reservado para los alumnos de último curso, un escalofrío me recorre la espalda. Todavía tenemos que pasar por el homenaje de Shaila, que se cierne sobre nosotras como una nube, preparada para ponerse a llover y arruinarnos toda la diversión.
Shaila fue la única alumna que murió mientras iba a Gold Coast Prep, así que nadie supo cómo actuar ni qué hacer. Pero, de alguna manera, decidieron que cada año empezarían el curso con una ceremonia de quince minutos para recordarla. La tradición duraría hasta que nos graduásemos y, como agradecimiento, los Arnold donarían una nueva ala de Inglés en nombre de Shaila. Buena jugada, director Weingarten.
Pero nadie quiere recordar a Graham Calloway. Nadie lo menciona nunca.
La ceremonia del año pasado no estuvo tan mal. Weingarten se puso en pie y habló de lo mucho que le gustaban las matemáticas a Shaila —no es cierto— y de lo emocionada que estaría de empezar Cálculo avanzado si siguiese entre nosotros —pero no es así—. El señor y la señora Arnold acudieron, igual que el año anterior, y se sentaron en la primera fila del auditorio, secándose las mejillas con unos pañuelos de algodón tan viejos y desgastados que eran casi translúcidos, y seguramente todavía tenían restos mucosos de hacía décadas.
Nosotros seis nos sentamos a su lado, en la parte central delantera del auditorio, presentándonos como los supervivientes de Shaila. Habían seleccionado a ocho, pero esa noche pasamos a ser seis.
Cuando Nikki se mete en la plaza reservada para la presidenta de la clase, Quentin ya nos está esperando.
—¡Somos de último curso, zorras! —exclama, y pega sobre mi ventanilla un trozo de papel de libreta con un garabato rápido de nosotros tres. En el dibujo, Nikki sostiene el mazo como presidenta de último curso, yo tengo un telescopio que me dobla en tamaño y Quentin está pintado de un color rojo ardiente para combinar con el color de su pelo. Nuestro grupito de tres hace que se me derrita el corazón.
Suelto un chillido al ver al Quentin de verdad, abro la puerta del coche de golpe y me tiro sobre él.
—¡Estás aquí! —digo, hundiendo la cara en su pecho blando.
—Ay, Jill —responde, riéndose—. Ven aquí, Nikki.
Mi amiga también se tira sobre él para unirse a nuestro abrazo y yo inhalo el perfume de rocío del detergente de Quentin. Nikki me planta un beso pegajoso en la mejilla, y en pocos segundos llegan todos los demás. Robert, con el pelo engominado hacia atrás, da una última calada a su cigarrillo electrónico de menta y se lo mete en el bolsillo de la chaqueta de cuero. Tendría que recibir unas cuantas sanciones por llevar esa chaqueta en lugar del blazer, pero nunca le dicen nada.
—No me creo que tengamos que pasar por esto otra vez —dice.
—¿El qué? ¿La escuela o lo de Shaila? —Henry se me acerca por detrás y posa una mano en la parte superior de mi culo, a la vez que me mordisquea la oreja. Tiene un olor tan masculino que resulta casi abrumador, como césped recién cortado mezclado con desodorante francés caro. Me sonrojo al recordar que esta será la primera vez que nos ven en el instituto como una pareja, y me acerco más a él, hasta colocar el hombro bajo su axila.
—¿Tú qué crees? —Robert pone los ojos en blanco.
—Callaos, idiotas —responde Marla, echándose la trenza rubio platino por detrás del musculado hombro. Tiene el rostro moreno después de haberse pasado el verano entrenando en el mejor campamento de verano de hockey sobre hierba de Nueva Inglaterra. Lleva el stick de hockey metido en una bolsa de tela con un diseño tie-dye que le cuelga del hombro, y el mango, que está enrollado con cinta adhesiva, asoma por arriba. Es el símbolo definitivo de que forma parte de la realeza del equipo deportivo. Le sienta bien.
—Lo que tú digas —murmura Robert—. Venga, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
Echa a andar y nos conduce hacia el patio, que luce un césped cuidado al detalle y prístino tras un verano sin alumnos. Si te colocas justo en el lugar adecuado, debajo de la torre del reloj y a dos pasos a la derecha, puedes vislumbrar un tramo del estuario de Long Island Sound a un kilómetro y medio de distancia y los altos veleros que se balancean con cuidado los unos junto a los otros. El aire salado hace que se me rice la melena. Aquí es inútil tener una plancha para el pelo.
Me quedo al final del grupo y los observo delante de mí. Sus siluetas perfectas se perfilan contra la luz del sol. Por un instante, no existe nada más allá de los Jugadores. Somos un campo de fuerza. Y solo nosotros sabemos la verdad sobre lo que hemos tenido que hacer para llegar adonde estamos.
Los estudiantes de cursos inferiores —los «novatos», como dice Nikki— avanzan por los caminos pavimentados, pero nadie se acerca demasiado a nuestro grupo. Mantienen una cierta distancia, estirándose la rígida camisa blanca de botones, apretándose la hebilla del cinturón y arremangándose la falda plisada a cuadros. Ninguno de ellos se atreve a mantener contacto visual con nosotros. A estas alturas, ya se han aprendido las normas.
Estoy sudando cuando llegamos al auditorio. Henry me abre la puerta y me invade una sensación de terror. La mayoría de las butacas aterciopeladas ya están ocupadas, y varios pares de grandes ojos saltones se vuelven para ver cómo bajamos por el pasillo hasta llegar a nuestros puestos en primera fila, al lado del señor y la señora Arnold, ambos vestidos de negro. Cuando nos acercamos, se ponen de pie y nos saludan a todos con besos al aire, con los labios fruncidos. El sonido de los besos hace eco por toda la sala cavernosa, y los huevos que he tomado para desayunar se me revuelven en el estómago. Toda la escena me recuerda al funeral de mi abuelo, cuando pasamos varias horas en pie recibiendo el pésame de un invitado tras otro hasta que, de tanto fruncir los labios, se me marchitaron como si fuesen una flor. Yo soy la última en saludar a la señora Arnold, que me clava las uñas de color carmesí en la piel.
—Hola, Jill —me susurra en la oreja—. Que tengas un feliz primer día de clase.
Consigo dedicarle una sonrisa y liberar el brazo de su agarre al cabo de un momento demasiado largo. Cuando me apretujo entre Henry y Nikki, el corazón me late a mil por hora. Shaila nos devuelve la mirada desde un marco bañado en oro, sentada sobre un caballete en el centro del escenario. Su cabellera dorada desciende en grandes ondas desenfadadas, y sus ojos de un verde vivo se han intensificado con un poco de Photoshop. Tiene el mismo aspecto de siempre, estancada en los quince años, mientras que el resto de nosotros hemos desarrollado espinillas adicionales, reglas más dolorosas y un desagradable aliento de dragón.
El teatro huele a papel recién impreso y a lápices a los que se les acaba de sacar punta. Ya no queda nada del almizcle que se había instalado en primavera, al final del curso escolar anterior. Este lugar es lo único que los Arnold han clavado del homenaje. El auditorio era el lugar preferido de Shaila de toda la escuela. Actuó en todas las obras escolares que pudo, y salía de los ensayos de la tarde con una felicidad eufórica que yo no entendía.
—Necesito ser el centro de atención —me dijo una vez con una risa desbordante y franca—. Y no me importa reconocerlo.
—Buenos días, Gold Coast —brama el director, el señor Weingarten. Tiene la pajarita algo torcida, la barbilla puntiaguda y un bigote entrecano que parece que se acaba de repasar—. Veo muchas caras nuevas entre las filas y quiero daros la bienvenida de todo corazón. Por favor, acompañadme.
La gente se vuelve hacia los nuevos, chicos y chicas que se han pasado toda la vida en colegios públicos y que hasta ahora pensaban que el primer día de clase era solo para pasar lista y conocerse los unos a los otros, no para saludar a una chica muerta. Ahora, en este nuevo y extraño lugar, sus expresiones perplejas los delatan. Resulta muy obvio. Yo también fui como ellos, cuando empecé sexto curso. Me aprobaron la beca tan solo una semana antes de que comenzaran las clases, y al llegar a Gold Coast Prep no conocía a absolutamente nadie. El recuerdo casi hace que me estremezca.
—Bienvenidos y bienvenidas —dice el resto del auditorio al unísono. Nuestra fila se mantiene en silencio.
—Os estaréis preguntando por qué estamos aquí, por qué empezamos cada curso en este lugar. —Weingarten hace una pausa y se pasa un pañuelo por la frente. Se oye el zumbido del aire acondicionado, que está al máximo, pero aun así su ceja reluce por el sudor bajo de las luces del escenario—. Es porque queremos dedicar unos instantes a recordar a una de nuestras mejores alumnas, una de las más inteligentes: Shaila Arnold.
La gente vuelve la cabeza hacia el retrato de Shaila, pero el señor y la señora Arnold mantienen la mirada concentrada hacia el frente, hacia el director Weingarten.
—Shaila ya no está entre nosotros —prosigue—, pero tuvo una vida radiante, una vida que no podemos olvidar. Su recuerdo está siempre en su familia, sus amigos y entre las paredes de este centro.
El señor y la señora Arnold asienten.
—Estoy aquí para deciros que Gold Coast Prep es, y siempre será, vuestra familia. Tenemos que seguir protegiéndonos los unos a los otros —dice—. No permitiremos que ningún otro estudiante de Gold Coast sufra ningún daño.
El codo de Nikki se me clava entre las costillas.
—Quiero que sirva de recordatorio —continúa el director Weingarten— de que en Gold Coast Prep nos esforzamos por hacer el bien. Aspiramos a ser grandes. Somos una mano amiga.
Ah, el lema de la escuela.
—Acompañadme si os lo sabéis —anuncia con una sonrisa.
Quinientos veintitrés alumnos de Gold Coast Prep, de entre seis y dieciocho años, levantan la voz. Incluso los nuevos, a los que les han dicho que deben aprenderse de memoria estas estúpidas palabras antes siquiera de poner un pie en el recinto:
—En Gold Coast Prep, la vida es buena. Aquí lo pasamos en grande. Somos una mano amiga —dice el estribillo en un sonsonete siniestro.
—Muy bien —nos felicita el director—. Y ahora, a clase. Nos espera un año interesante.
Cuando llega la hora del almuerzo, ya no estamos de luto. Hacerle un homenaje a Shaila era un obstáculo que ya hemos logrado superar.
Me da un vuelco el estómago cuando atisbo la Mesa de los Jugadores de último curso. Los alumnos de segundo y tercer curso ya se han sentado en su sitio, pero la mesa perfecta, la que está reservada para nosotros, está vacía y parece que nos haga señas para que vayamos.
Ocupa el mejor espacio del comedor, sin duda. Se sitúa justo en el centro del comedor, de modo que cualquier persona que pase por nuestro lado podrá ser testigo de lo bien que lo pasamos, incluso en el almuerzo. Las mesas que tenemos cerca, dibujando un anillo alrededor de la nuestra, son las que están reservadas para los otros Jugadores, los novatos, y, después, la distancia a la que estés de nosotros lo determina todo.
Siento un estremecimiento de emoción en los pies mientras Nikki y yo nos paseamos por la sección de ensaladas, donde nos servimos kale masajeado, queso feta marinado y trozos de pollo asado. Cuando llegamos a la mesa de los postres, me sirvo un poquito de la masa de galleta cruda que hay en un bol de cristal. Tener esa bolita mantecosa en la bandeja del comedor siempre ha sido una señal de que eres una chica guay, desde hace décadas. Sheila comía masa de galleta cada día cuando estaba aquí. Cuando llegamos a la caja, un grupo de alumnos de primero nos deja saltarnos la cola, por supuesto, y nos abrimos paso hasta esa mesa que siempre supimos que sería nuestra. Incluso ahora, sigue sorprendiéndome que mi asiento esté vacío, esperándome. Ver la silla libre, la silla que sin duda es mía, aún me provoca una extraña emoción. Es un recordatorio. Después de todo, este es mi lugar. Me lo merezco. He sobrevivido.
Nikki y yo somos las primeras en llegar, y cuando nos sentamos en nuestras sillas, empieza a invadirme esa sensación tan familiar de estar dentro de una pecera. Sabemos que nos están observando, y eso es parte de la gracia.
Mi amiga se echa la larga melena negra por detrás del hombro y abre la cremallera de la mochila, de donde saca una caja de cartón de color neón.
—He venido preparada —dice. Abre la tapa y revela decenas de mini KitKats de sabores diferentes, como calabaza, té verde y boniato. Sus padres deben de habérselos traído de su reciente viaje de negocios a Japón, al que fueron sin ella, claro. Algunos alumnos de segundo estiran el cuello para ver el glamuroso postre que Nikki Wu ha traído a la escuela—. Es otro detalle de Darlene —explica, y me señala los envoltorios de colores vivos. Pone los ojos en blanco cuando pronuncia la segunda sílaba del nombre de su madre.
Sus padres son magnates de la industria textil, y se mudaron aquí desde Hong Kong cuando teníamos unos doce años. En su primer semestre en Gold Coast, casi siempre veíamos a Nikki encorvada sobre el móvil, enviándoles mensajes a sus amigos de China. Nuestro estilo de vida, en una zona residencial en las afueras de una gran ciudad, no le interesaba lo más mínimo. Su indiferencia hacia nosotros la hacía parecer intocable. Esa primavera, se hizo mejor amiga de Shaila mientras trabajaban en el musical de la escuela. Para sorpresa de nadie, Shaila había conseguido el papel protagonista como Sandy, en Grease, y Nikki se había apuntado para ayudar con los disfraces. Así es como aprendimos que era básicamente un prodigio de la moda: diseñó unos leggings de cuero espectaculares y faldas con el dibujo de un caniche que parecían sacadas de Broadway.
Cuando vi claramente que tendría que compartir a Shaila como mejor amiga, decidí poner fin a mis celos. Quería explorar los nuevos gustos que compartían («Bravo es mejor que Netflix») y ponerme a la altura después de que bebieran alcohol por primera vez en una fiesta con el elenco de la obra («Si tomas cerveza y luego alcohol destilado te sentará fatal; es mejor beberlos al revés»). En general funcionó bien, y cuando llegamos a octavo curso ya íbamos a la par.
Pero a lo largo del último año de vida de Shaila, Nikki y yo nos disputamos sigilosamente la atención de nuestra mejor amiga, girando en órbita la una alrededor de la otra. Sin embargo, era una lucha estúpida, porque a Shaila no le gustaba tener favoritismos. Era leal a ambas, y, cuando murió, Nikki y yo pasamos de tener una relación de amor-odio a ser inseparables. La conexión que unía la una con la otra había desaparecido, así que tuvimos que forjar una nueva. Fue como si se hubiese evaporado toda la tensión y solo quedáramos nosotras dos, y una necesidad incontenible de intimar. Desde entonces, Nikki se convirtió en mi Shaila. Y yo, en la suya.
—Mi favorito es el de alubia roja —comenta ahora, mientras desenvuelve una chocolatina y se la mete en la boca.
Extiendo el brazo hacia la caja y encuentro un envoltorio de color rosa chicle. Es dulce y se me engancha a la palma de la mano.
—Qué va —respondo—. El de fresa es el mejor de todos.
—Solamente si lo combinas con el de matcha.
—Pfff. Esnob.
—¡Se le llama «tener buen gusto»!
—¿Y qué me dices del de chocolate negro?
Nikki reflexiona sobre mi pregunta mientras mastica.
—Simple. Clásico. Me gusta.
—Es icónico.
—Como nosotras. —Nikki me dedica una de sus radiantes sonrisas y luego saca otra chocolatina, esta vez con un envoltorio de color lavanda—. La vida es demasiado corta como para comerte solamente uno.
—Totalmente.
Detrás de mí, el zumbido del comedor se convierte en un rugido. Me vuelvo y veo que los chicos se acercan hacia nosotras. Los alumnos de primero y segundo se dispersan para dejarles pasar. Robert está unos pasos por delante de los demás, cruzando el comedor con zancadas decididas. Henry lo sigue de cerca, con la mochila colgada de un hombro y el pelo, abundante y de color arena, peinado cuidadosamente hacia un lado. Lleva la corbata aflojada alrededor del cuello y le choca el puño a Topher Gardner, un Jugador de tercer curso bajo y fornido, con problemas de acné y desesperado por que Henry se fije en él. Quentin va a la cola del grupo y, cuando pasa por su lado, le guiña el ojo a un chico mono de segundo curso que juega en el equipo de béisbol. El pobre se pone rojo como un tomate. Robert se deja caer sobre su asiento, luego abre con brusquedad una botella de refresco y se bebe la mitad.
—Ey, amor —me dice Henry mientras se sienta en la silla que hay a mi lado. Presiona los labios contra el triangulito de piel donde mi cuello se une a la clavícula. Un escalofrío me recorre el cuerpo, y oigo que en la mesa de detrás de nosotros alguien ahoga un grito. Un grupito de chicas de primero, con los ojos como platos y unas faldas demasiado largas, se han sentado en primera fila. Si piensan que se quedarán esa mesa durante todo el año, están muy equivocadas. Esa mesa también la tenemos reservada para nosotros, se la regalaremos a los Jugadores de primer curso. Ya se enterarán.
Pero, por ahora, las chicas rompen a reír y se susurran cosas mientras se tapan la boca con las manos ahuecadas y dirigen miraditas hacia nosotros.
Marla se desploma sobre su silla, y ahora sí que volvemos a estar todos juntos. Sigue quedando espacio porque las mesas están pensadas para ocho personas; con Shaila y Graham hubiésemos ocupado toda la mesa. Sin embargo, hemos aprendido a separarnos un poco para ocupar más espacio del que deberíamos. Ayuda bastante. Y ahora que estamos todos aquí, empieza el juego.
El ambiente entre nosotros es frenético, con fragmentos de conversaciones que pretenden conducirnos hacia el fin de semana, como siempre.
—Me han dicho que Anne Marie Cummings le hará una paja a cualquiera que le diga que le gusta su banda de mierda.
—Reid Baxter ha prometido que esta noche traerá dos litros de alcohol. No lo dejéis entrar si le falla su contacto.
—Bueno, pues si no quieres terminar con un montón de pintadas con permanente por todo el cuerpo, la próxima vez no te emborraches tanto.
Estos fragmentos de conversación flotan sobre nuestras cabezas y viajan por toda la sala, como palomas mensajeras, compartiendo las noticias más importantes con el resto de la escuela. A veces, cuando nos inclinamos mucho para acercarnos los unos a los otros, me da la sensación de que nuestras cabezas casi se tocan. En cambio, otras veces nos encerramos en nosotros mismos y formamos uniones y alianzas. «¿Quién está de mi parte? ¿Es un amigo o un enemigo?».
—¡Ejem! —Nikki le da unos golpecitos a la lata de agua con gas con el cuchillo.
Robert gruñe, pero le dedica una sonrisa. Si tienen una buena semana, suelen pasarse las pausas del almuerzo gesticulando con la boca frases obscenas por encima de las bandejas. Si es una mala semana, Nikki hace ver que no existe.
—Idiota. —Mi amiga le saca la lengua y aprieta los brazos contra los lados de su cuerpo para erguir su pecho y que le queden las tetas justo por debajo de la barbilla. Robert se echa para atrás y levanta las cejas, impresionado. De momento, parece que esta semana es excelente.
—Vale, señorita Wu —dice Quentin—. Suéltalo de una vez.
Nikki se inclina hacia nosotros y baja la voz para que tengamos que acercarnos para oírla, aunque nada de lo que diga será información que no conozcamos ya. Montará una fiesta esta noche. (No me digas). Sus padres no están, se han ido a París a pasar el fin de semana. (Para variar). Y habrá un barril de cerveza. (Por supuesto).
Henry se vuelve hacia mí. Una de sus manos encuentra mi muslo bajo la mesa, y con el pulgar empieza a dibujar circulitos sobre mi piel desnuda.
—Te pasaré a buscar a las ocho y media —propone.
Esbozo una sonrisa e intento ignorar el calor que siento entre las piernas. La piel de Henry reluce como el verano, y juro que todavía puedo distinguir la marca del moreno que las gafas de sol le dejaron sobre el puente de la nariz el día que me pidió que fuésemos oficialmente una pareja. Era una de las tardes más calurosas de junio y hacía un calor abrasador si estabas en tierra, pero hacía fresquito sobre el barco de sus padres en medio del estuario de Long Island Sound. El chat grupal estaba medio muerto; todo el mundo se había ido de vacaciones antes de empezar sus respectivos programas de verano de élite y yo todavía no había empezado las prácticas en el planetario local, así que nosotros dos éramos los únicos que estábamos por aquí.
«Te gustan las estrellas, ¿verdad?», me preguntó Henry por mensaje privado.
Todo el mundo sabe que estoy obsesionada con la astronomía. Bueno, con la astronomía y con la astrofísica, para ser exactos. Es lo que siempre me ha apasionado, desde los cinco años. A esa edad mi padre empezó a llevarme al Ocean Cliff, el acantilado que hay junto al océano, después de que hubiera una tormenta, que es cuando el cielo está más despejado, para que encontrara constelaciones, galaxias, planetas y estrellas. Es el punto más elevado de Gold Coast, una enorme construcción de piedra que se extiende sobre el agua.
—Así es como podemos encontrarle sentido al caos —decía papá cuando nos sentábamos en las rocas. Me explicaba que siempre había querido ser astronauta, pero, en lugar de eso, y por algún motivo que nunca he entendido, se hizo contable. Cuando llegamos a casa esa primera noche, pegó un montón de estrellitas de esas que brillan en la oscuridad en el techo de mi habitación, creando formas en espiral.
El hecho de poder identificar las diferentes cosas que hay en el universo, esos pequeños milagros que han estado allí desde siempre, me tranquiliza. Hace que desaparezcan las pesadillas, que sea más fácil lidiar con la oscuridad. Bueno, a veces.
«Claro», respondí.
«¿Te apetece ver la puesta de sol desde el barco?».
Esperé unos segundos antes de responder. Henry redobló la oferta.
«Tenemos un telescopio, lo puedo coger».
Henry llevaba detrás de mí desde final de curso. Se pasaba por casa, se ofrecía a llevarme en coche a las fiestas y me mandaba vídeos de noticias raras que le parecía que me harían gracia. Estaba cansada de decirle que no, de esperar a otra persona. Así que pensé «A la mierda», y accedí.
«Vale. Pero ya me encargo yo del telescopio, no te preocupes».
El Celestron de tamaño de viaje que papá me había regalado por Janucá el año pasado descansaba sobre mi mesita de noche.
Unas horas más tarde, estábamos a medio camino hacia la costa de Connecticut subidos en su pequeño barco, llamado Olly Golucky en honor al golden retriever de doce años de Henry. El sol se había puesto y el calor empezaba a aflojar. Se levantó una brisa, y las primeras estrellitas empezaron a asomarse entre las nubes. Inspiré el aire salado y me tumbé sobre la cubierta húmeda. Las olas chocaban a nuestro alrededor, mientras Henry me deleitaba con anécdotas sorprendentemente divertidas de su primera semana como becario en la CNN. Era superadorable cómo se sonrojaba cuando me contaba que se había cruzado con alguno de sus ídolos en los pasillos. Entonces sacó una botella de vino rosado y una lata de caviar ruso que sacó de una neverita escondida. Me los entregó mientras me hacía la pregunta, con ojos grandes y esperanzados:
—¿Qué me dices? ¿Quieres que seamos pareja?
La respuesta era obvia. Él era el capitán del equipo de lacrosse y el presentador del canal de noticias de la escuela, y era más elocuente que la mayoría de nuestros profesores. Era dulce cuando se emborrachaba, ese momento horroroso en el que la mayoría de los chicos se convierten en monstruos. También ayudaba que fuese muy atractivo, parecía un modelo de Nantucket para la marca J. Crew: con el pelo rubio y espeso, los ojos verdes y una piel casi perfecta. Estaba destinado a la excelencia, y era un Jugador. Estar con él haría que todo fuese mucho más fácil.
Además, la persona con la que de verdad quería estar, el chico que involuntariamente me había conducido hasta ese lugar exacto, estaba a cientos de kilómetros de distancia. Así que estaba clarísimo: Henry estaba aquí y quería salir conmigo, y Adam Miller no.
—Por supuesto —respondí. Henry soltó la lata y me rodeó por la cintura con sus manos pegajosas, mientras las huevas de pescado se me enganchaban a la piel desnuda de la espalda. Nunca se hubiese ni imaginado que mientras tenía la lengua dentro de mi boca, yo deseaba que Adam me viera para que se diese cuenta de lo que había dejado escapar.
Suena el timbre y Robert le da una patada a Henry por debajo de la mesa.
—Venga, tío. Tenemos Español.
—Inglés —digo, volviéndome hacia Nikki.
Mi amiga echa la cabeza hacia atrás, desesperada, pero enlaza el brazo con el mío y tira de mí hacia las puertas dobles que dan al patio. El sol se mueve a medida que caminamos y, si entorno los ojos, puedo ver el aparcamiento reservado al personal que hay detrás del teatro y, de lejos, los tenderetes donde venden ostras y en los que ya están corriendo las cortinas y empaquetando las cajas para terminar por hoy.
Nikki y yo llegamos al aula, al otro lado del campus, justo cuando suena el timbre, y nos dejamos caer en nuestras respectivas mesas, que están la una al lado de la otra. Saco mi ejemplar de El gran Gatsby, que el señor Beaumont nos prometió que era un clásico y nos mandó leer durante el verano.
—Hola, chicas —nos saluda el profesor cuando pasa junto a nuestras mesas—. ¿Habéis pasado un buen verano?
Nikki ladea la cabeza y lo mira con picardía.
—Ha sido un verano fantástico.
—Excelente. —El señor Beaumont nos sonríe y se recoloca las gruesas gafas de montura. Parece que está más moreno que el año pasado, como si se hubiese pasado todo el verano nadando en los Hamptons. Como si fuera una versión adulta de uno de nosotros y, en cierto modo, supongo que así es.
Llegó a Gold Coast hace tres años. Empezó justo después de Acción de Gracias, cuando la señora Mullen cogió la baja por maternidad. Nikki, Shaila y yo tuvimos inglés con él ese año, nuestro primer curso, justo cuando nos enteramos de lo de los Jugadores. El primer día de clase, nos ganó a todas con un reto.
—No me jodáis, y yo no os joderé a vosotros —dijo con una sonrisa. Una broma. Había dicho «joder», así que seguro que era guay. Seguro que nos entendería. A media clase me vibró el móvil porque había recibido un mensaje de Shaila: «OBSESIONADA», había escrito, seguido de varios corazones rojos. Levanté el rostro y cruzamos miradas.
«En tus sueños», gesticulé con la boca.
Pocos días después de que empezara a dar clases, todos nos enteramos de que se había criado en Gold Coast. Ahora hace diez años que se graduó. A juzgar por la foto de su anuario, parece un auténtico bromista: tenía un pelambre oscuro y despeinado y llevaba un jersey de lacrosse manchado de tierra. Henry cree que él también era un Jugador. Incluso se rumorea que él es quien lo empezó todo. Pero yo nunca me lo he creído.
El director Weingarten quedó tan satisfecho con su trabajo ese año que lo contrató a tiempo completo y le asignó la clase de Literatura inglesa avanzada, que está reservada para los alumnos de último curso. Ahora dice que nuestra clase es su «primogénita».
Mientras Beaumont se lanza a dar un monólogo sobre el East Egg y el West Egg, yo me apresuro a tomar nota de todo lo que dice.
—No sé por qué lo haces —me susurra Nikki, señalándome la libreta y el bolígrafo—. Ni que necesites los apuntes.
Tiene razón, por supuesto. Hay un sinfín de información sobre El gran Gatsby en los Archivos de los Jugadores, así como centenares de guías de estudio sumamente detalladas para los exámenes de Gold Coast, tanto para los parciales como para los finales. También hay una gran cantidad de exámenes de acceso a la universidad de años anteriores, fotocopias de exámenes avanzados y consejos extraoficiales de los decanos de las oficinas de admisiones de Harvard y Princeton sobre cómo redactar un buen ensayo de admisión a la universidad. Vi todos estos minimanuales la primavera pasada, archivados entre un montón de exámenes finales de química orgánica de nivel universitario que había enviado un Jugador cuyo nombre ni siquiera reconocí.
«¡Nunca cambian las preguntas!», había escrito. «¡Sacad un puto excelente!».
Los Archivos son nuestra puerta de entrada a la élite de la élite. Una forma de que sobresalgamos, incluso aunque pudiésemos valernos por nosotros mismos. Se van pasando de generación en generación como recompensa por nuestra lealtad; es una manera de que disfrutemos de todo lo que conlleva ser un Jugador. Las fiestas. La diversión. El privilegio. Los Archivos alivian parte del estrés, de la presión. Hacen que todo sea más fácil. De oro. No importa la demoledora sensación de culpa y de vergüenza que siento en el estómago cada vez que abro la aplicación donde están guardados. Los Archivos son nuestro seguro de vida.
Sobre todo para aquellos de nosotros cuyos padres no pueden permitirse clases particulares de precios desorbitados ni asesoramiento privado para la universidad, que cuesta casi tanto como la matrícula a Gold Coast Prep. O para los que tenemos que mantener una media de noventa y tres para no perder la beca. Pero los demás no tienen que conocer tantos detalles.
—Señorita Wu. —Beaumont llama a Nikki—. ¿Qué es lo que la señorita Newman está escribiendo que te resulta tan interesante? Me sorprende que estés mirando algo que no sea el móvil.
Nikki se yergue en la silla, y su melena lisa y oscura le cae sobre los hombros.
—Señor Beaumont, ya sabe que me ha encantado el libro. Solo estaba viendo qué opina Jill al respecto.
—Y, señorita Newman, ¿qué opinas sobre Gatsby? —Me lo pregunta como si de verdad quisiera saber la respuesta.
—Bueno…
Entonces suena el timbre.
—Otra vez será, señorita Newman. Que paséis un buen fin de semana todos y todas. Id con cuidado. —Se dirige a toda la clase, pero siento que tiene la mirada fija en mí, como si supiera nuestros secretos, como si supiera todo lo que nos pasa a los Jugadores. Todo lo que hemos sacrificado. Todo lo que hemos hecho para sobrevivir. En especial las chicas.