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Leena

Creo que sería mejor intercambiarnos —le propongo a Bee, levantándome y poniéndome en posición de media sentadilla para poder hablar con ella por encima de la pantalla del ordenador—. Estoy cagada de miedo. Tú deberías hacer el principio y yo el final, así cuando me toque a mí ya se me habrá pasado un poco… esto. —Sacudo las manos para transmitir mi estado mental.

—¿Se te habrá pasado un poco el baile de san Vito? —dice Bee, inclinando la cabeza hacia un lado.

—Venga ya. Por favor.

—Leena. Mi queridísima amiga. Mi gurú. Mi grano en el culo preferido. A ti se te da muchísimo mejor que a mí abrir las presentaciones y no vamos a cambiar el orden de las cosas ahora, diez minutos antes de que empiece la reunión para poner al día a nuestro accionista principal, como tampoco lo hicimos en la última junta directiva, ni en la anterior ni en la anterior a esa, porque eso sería una locura, y, además, no tengo ni puñetera idea de lo que pone en las primeras diapositivas.

Vuelvo a hundirme en la silla.

—Ya. Claro. —Me levanto de nuevo—. Pero es que te juro que esta vez estoy…

—Ajá —dice Bee, sin apartar la vista de la pantalla—. Ya me lo sé. Peor que nunca. Temblando, con las manos sudorosas y todo eso. Pero en cuanto entres ahí harás un despliegue de tu encanto e inteligencia habituales y nadie se dará cuenta de nada.

—Pero ¿y si…?

—Eso no va a pasar.

—Bee, en serio, creo que…

—Ya sé que lo crees.

—Pero esta vez…

—Solo faltan ocho minutos, Leena. Prueba con ese rollo de las respiraciones.

—¿Con qué rollo de las respiraciones?

Bee se queda callada.

—Ya sabes. Con el de respirar.

—¿Respirar normal? Creía que te referías a alguna técnica de meditación.

Ella se burla con un resoplido. Se hace el silencio.

—Te has enfrentado a cosas mucho peores que esta cientos de veces, Leena —asegura.

Hago una mueca mientras sostengo la taza de café entre las manos. Noto el miedo en el hueco que hay en la base de mis costillas; es tan real que casi parece algo físico, como una piedra, un nudo o algo así, imposible de cortar con un cuchillo.

—Ya lo sé —respondo—. Sé que lo he hecho.

—Solo tienes que volver a cogerle el punto —asegura Bee—. Y la única forma de hacerlo es quedándote en el cuadrilátero. ¿Entendido? Vamos. Eres Leena Cotton, la consultora más joven de la empresa, la mayor promesa de Consultores Selmount del año 2020. Y muy pronto, un día de estos, serás la codirectora de nuestra propia consultoría. ¿Cierto? —añade Bee, bajando la voz.

Cierto. Solo que yo no me siento como esa Leena Cotton.

Bee se me queda mirando, juntando con preocupación sus cejas perfiladas. Cierro los ojos e intento espantar el miedo, y por un momento funciona; vuelvo a sentirme instantáneamente como la persona que era hace un año y medio, la persona que despacharía una presentación como esta sin despeinarse.

—Bee, Leena, ¿estáis preparadas? —grita el asistente del director general mientras cruza las oficinas de Upgo.

En cuanto me pongo de pie, noto que la cabeza me da vueltas y siento náuseas. Inmediatamente, me agarro al borde de la mesa. Joder, eso es nuevo.

—¿Estás bien? —susurra Bee.

Trago saliva y me aferro con las manos a la mesa hasta que las muñecas empiezan a dolerme. Por un momento tengo la certeza de que no podré hacerlo (simplemente ya no soy capaz; Dios, estoy agotada), pero entonces, por fin, el valor empieza a aflorar.

—Perfectamente —aseguro—. Vamos allá.

Solo ha pasado media hora. No es mucho tiempo, la verdad. Ni siquiera es suficiente para ver un capítulo entero de Buffy ni…, ni para asar una patata grande. Pero basta para mandar a la mierda tu vida profesional.

Me daba pánico que esto pudiera suceder. Llevo ya más de un año trabajando a trancas y barrancas, cometiendo errores y descuidos por puro despiste, algo que no es nada propio de mí. Es como si desde la muerte de Carla hubiera cambiado la mano con la que escribo y de pronto lo hiciera todo con la mano izquierda, en vez de con la derecha. Pero me estaba esforzando mucho y estaba peleando tanto que estaba convencida de que lo estaba logrando.

Evidentemente, no.

Tuve la certeza de que iba a morir en esa reunión. Ya había sufrido un ataque de pánico una vez, en la universidad, pero no había sido tan fuerte como ese. Nunca me había sentido tan fuera de control. Era como si el miedo se desatara; ya no era un nudo apretado, ahora tenía tentáculos que me oprimían las muñecas y los tobillos y me estrangulaban. El corazón me latía rapidísimo, cada vez más, hasta que dejé de sentirlo como parte de mí y se convirtió en un pajarillo perverso que me molía a palos la caja torácica.

Equivocarse en una de las cifras de ingresos habría sido perdonable. Pero después llegaron las náuseas y me equivoqué en otra y en otra más, y entonces empecé a respirar demasiado rápido y la mente se me llenó de…, no de niebla, sino más bien de luz, de una luz intensa y demasiado brillante como para poder ver nada más.

Así que cuando Bee intervino y dijo: «Deja que yo…».

Y otra persona comentó: «Por favor, esto es ridículo…».

Y el director general de Finanzas Upgo añadió: «Creo que ya hemos visto suficiente, ¿no le…?».

Yo ya me había ido. Estaba doblada sobre mí misma, jadeando, convencida de que iba a morir.

—No pasa nada —me está diciendo ahora Bee mientras me estrecha con fuerza las manos entre las suyas. Nos hemos refugiado en una de las cabinas telefónicas que hay en la esquina de las oficinas de Upgo; Bee me ha llevado hasta allí y sigo hiperventilando y con la camisa toda sudada—. Estoy aquí. No pasa nada.

Cada respiración es como un jadeo entrecortado.

—Acabo de hacer que Selmount pierda el contrato con Upgo, ¿no? —logro preguntar.

—Rebecca está hablando por teléfono con el director general. Seguro que todo irá bien. Venga, tú respira.

—¡Leena! —grita alguien—. Leena, ¿estás bien?

Sigo con los ojos cerrados. Quizá, si me quedo así, la voz de la asistente de mi jefa dejará de ser su voz.

—¿Leena? Soy Ceci, la asistente de Rebecca.

Uf. ¿Cómo ha podido llegar tan rápido? Las oficinas de Upgo están al menos a veinte minutos en metro de la central de Selmount.

—¡Leena, qué desastre! —dice Ceci. Luego se mete con nosotras en la cabina y empieza a frotarme el hombro en movimientos circulares e irritantes—. Pobrecita mía. Eso es, llora, suéltalo todo.

No estoy llorando, en realidad. Exhalo lentamente y observo a Ceci, que luce un vestido hecho a medida y una sonrisa especialmente radiante, y me recuerdo por enésima vez lo importante que es apoyar a las demás mujeres en el mundo empresarial. Es algo en lo que creo a pies juntillas. Es el código por el que me guío y así pretendo llegar a lo más alto.

Pero las mujeres no dejan de ser personas. Y hay personas malísimas.

—¿Qué quieres, Ceci? —pregunta Bee, con los dientes apretados.

—Rebecca me ha pedido que venga para ver si estás bien. Ya sabes. Después del… —dice, sacudiendo los dedos—. Del pequeño telele que te ha dado. —Su iPhone suena—. ¡Anda! Acabo de recibir un correo suyo.

Bee y yo esperamos, con los hombros tensos. Ceci lee el correo electrónico con cruel parsimonia.

—¿Qué dice? —pregunta Bee.

—¿Eh? —dice Ceci.

—Rebecca. ¿Qué dice? ¿Ha…? ¿He perdido el cliente? —balbuceo.

Ceci ladea la cabeza con los ojos aún clavados en el móvil. Seguimos esperando. Noto que la ola de pánico también está en espera, preparada para volver a arrastrarme al fondo.

—Rebecca lo ha solucionado… ¿A que es lo más? Van a seguir confiando en Selmount para este proyecto y han sido muy comprensivos, dadas las circunstancias —comenta finalmente Ceci, esbozando una sonrisa—. Quiere verte cuanto antes, así que será mejor que salgas disparada hacia la oficina, ¿no te parece?

—¿Dónde? —murmuro—. ¿Dónde quiere verme?

—¿Eh? Ah. En la Sala 5C, la de Recursos Humanos.

Obviamente. ¿Dónde si no iba a despedirme?

Rebecca y yo estamos sentadas una enfrente de la otra. Judy, la de Recursos Humanos, está a su lado. No me parece buena señal que Judy esté en su lado de la mesa y no en el mío.

Rebecca se aparta el pelo de la cara y me mira con pena y compasión, algo que no puede significar nada bueno. Estamos hablando de Rebecca, la reina de la mano dura, experta en dejarte en evidencia en medio de las reuniones. Una vez me dijo que esperar lo imposible era el único y verdadero camino para obtener los mejores resultados.

En resumen: si está siendo amable conmigo es porque ha tirado la toalla.

—Leena —dice por fin Rebecca—. ¿Estás bien?

—Sí, claro, de maravilla —aseguro—. Por favor, Rebecca, deja que te lo explique. Lo que me ha pasado en la reunión ha sido… —me quedo callada porque Rebecca ha empezado a agitar la mano con el ceño fruncido.

—Mira, Leena, sé que te gusta fingir que no ha pasado nada y quiero que sepas que eres mi puñetera heroína. —Rebecca mira a Judy—. Es decir, que Selmount valora tu… tu valentía y tu determinación… Mira, mejor vamos a dejarnos de chorradas. Tienes una pinta horrorosa, joder.

Judy tose discretamente.

—Lo que quiero decir es que creemos que estás un poquito agotada —explica Rebecca, sin pestañear—. Acabamos de revisar tu expediente. ¿Sabes cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones?

—¿Es… una pregunta trampa?

—Sí, sí lo es, Leena, porque en el último año no te has tomado ni un solo día libre. Algo que, por cierto, no debería ser posible —añade Rebecca, fulminando con la mirada a Judy.

—Ya te lo he dicho —susurra esta—. ¡No sé cómo se nos ha pasado!

Yo sí sé cómo se les ha pasado. Los de Recursos Humanos sacan pecho jactándose de que se aseguran de que todos los empleados disfruten anualmente de las vacaciones que les corresponden, pero lo único que hacen, en realidad, es enviarte un correo dos veces al año para comunicarte cuántos días libres te quedan y soltarte algún rollo motivador sobre «bienestar», «enfoque holístico» y «desconectar para aprovechar al máximo tu potencial».

—En serio, Rebecca, estoy perfectamente. Siento mucho que mi… Siento haber interrumpido la reunión de esta mañana, pero si me dejas…

Más ceño fruncido y zarandeo de manos.

—Leena, lo siento. Sé que está siendo una época durísima para ti. Este proyecto es extremadamente estresante y hace tiempo que creo que no ha sido buena idea involucrarte en él. Sé que solo suelo decir estas cosas de guasa, pero quiero que sepas que me preocupa mucho tu bienestar, ¿vale? Así que he hablado con los socios y vamos a apartarte del proyecto de Upgo.

De repente me estremezco y mi cuerpo se sacude con una intensidad grotesca y exagerada, recordándome que todavía no he recuperado el control. Abro la boca para hablar, pero Rebecca me toma la delantera.

—Además, hemos decidido no asignarte ningún proyecto en los próximos dos meses —añade—. Considéralo una excedencia. Dos meses de vacaciones. No te dejaremos volver a entrar en la central de Selmount hasta que hayas descansado, te hayas relajado y tengas menos pinta de haber estado un año en la guerra. ¿De acuerdo?

—Eso no es necesario —replico—. Rebecca, por favor. Dame la oportunidad de demostrar que…

—Es un puto regalo, Leena —interrumpe Rebecca, exasperada—. ¡Unas vacaciones pagadas! ¡De dos meses!

—Pues no lo quiero. Quiero trabajar.

—¿En serio? Porque tu cara dice que quieres dormir. ¿Crees que no sé que esta semana has estado trabajando hasta las dos de la mañana todos los días?

—Lo siento. Sé que debería ser capaz de ceñirme a las horas habituales de trabajo, pero… ha habido unos pequeños…

—No te estoy criticando por cómo gestionas tu carga de trabajo, te estoy preguntando cuándo coño descansas, chica.

Judy tose varias veces en voz baja al oír esto. Rebecca la mira, cabreada.

—Una semana —digo, desesperada—. Me tomaré una semana libre, descansaré un poco y cuando vuelva ya…

—Dos. Meses. Libres. Y punto. Esto no es negociable, Leena. Lo necesitas. No me hagas echarte encima a los de Recursos Humanos para demostrarlo —me advierte Rebecca, señalando con desprecio a Judy con la cabeza. Esta echa la barbilla hacia atrás como si le hubieran dado una bofetada o un capirotazo en la frente.

Siento que mi respiración vuelve a acelerarse. Es cierto que voy un poco con la lengua fuera, pero no puedo tomarme dos meses libres. No puedo. En Selmount la reputación es fundamental, si me quedo fuera de juego durante ocho semanas enteras después de lo de la reunión de Upgo, seré el hazmerreír de todos.

—Nada va a cambiar en ocho semanas, ¿de acuerdo? —me asegura Rebecca—. Seguiremos aquí cuando vuelvas. Y tú seguirás siendo Leena Cotton, la consultora más joven, la más trabajadora y la más espabilada. —Rebecca me mira fijamente—. Todos necesitamos un descanso de vez en cuando. Hasta tú.

Salgo de la reunión con el estómago revuelto. Creía que iban a despedirme; tenía un montón de frases preparadas sobre despidos improcedentes. Pero… ¿una excedencia?

—¿Qué ha dicho? —me pregunta Bee, apareciendo ante mí tan de repente que me obliga a frenar en seco—. Os estaba espiando —explica—. ¿Qué ha dicho Rebecca?

—Pues ha dicho… que tengo que irme de vacaciones.

Bee se queda perpleja unos instantes.

—Venga, vamos a comer ya.

Mientras esquivamos turistas y hombres de negocios por la calle principal, me suena el móvil en la mano. Miro la pantalla, doy un traspié y estoy a punto de chocar contra un hombre que lleva un cigarrillo electrónico colgado de la boca como si fuera una pipa.

Bee echa un vistazo a la pantalla del móvil por encima de mi hombro.

—No tienes por qué contestar en este momento. Déjalo sonar.

Mi dedo planea sobre el icono verde de la pantalla. Me doy un golpe en el hombro con el de otro hombre que pasa vestido de traje; él se tambalea y yo voy dando tumbos por la acera, hasta que Bee me sujeta.

—¿Tú qué me dirías ahora mismo si estuviera en tu situación? —pregunta Bee, a ver si cuela.

Respondo a la llamada. Bee suspira y abre la puerta de la cafetería Watson’s, nuestro lugar favorito para las raras ocasiones especiales en las que abandonamos las oficinas de Selmount para salir a comer.

—Hola, mamá —saludo.

—¡Hola, Leena!

Hago una mueca. Su voz suena despreocupada y falsamente trivial, como si hubiera practicado el saludo antes de llamar.

—Quería hablarte de la hipnoterapia —dice.

Me siento enfrente de Bee.

—¿Qué?

—De la hipnoterapia —repite mi madre, esta vez con bastante menos confianza—. ¿Te suena? Hay un experto en Leeds y creo que podría venirnos fenomenal, Leena. Había pensado que podríamos ir juntas la próxima vez que vengas de visita, ¿qué te parece?

—Yo no necesito hipnoterapia, mamá.

—No hipnotiza a la gente como Derren Brown ni nada por el estilo, sino…

—Que no necesito hipnoterapia, mamá —le espeto. Percibo su irritación en el silencio subsiguiente—. Tú pruébalo si quieres, pero yo paso.

—Es que creo que… quizá, quizá nos vendría bien hacer algo juntas, no tiene por qué ser una terapia, pero…

Parece que ya se ha olvidado de la hipnosis. Me aliso el pelo hacia atrás, siento la rigidez familiar de la laca bajo los dedos y evito la mirada de Bee, que me observa desde el otro lado de la mesa.

—Creo que quizá deberíamos intentar hablar en algún lugar donde…, donde no pueda decirse nada hiriente. Solamente tener un diálogo positivo.

Detrás de esas palabras puedo percibir la presencia del último libro de autoayuda de mi madre. Lo noto en el cuidado con el que usa las oraciones impersonales, en su tono comedido, en lo del «diálogo positivo» y en lo de las «cosas hirientes». Pero cuando empiezo a flaquear, cuando me entran ganas de decir: «Vale, mamá, si así te vas a sentir mejor…», me viene a la cabeza que ella apoyó a Carla en su decisión. Que ella permitió que mi hermana dejara el tratamiento, que se…, que se rindiera.

Creo que ni la hipnoterapia de Derren Brown podría hacerme superar eso.

—Me lo pensaré —digo—. Adiós, mamá.

—Adiós, Leena.

Bee me mira desde el otro lado de la mesa y espera a que me reponga.

—¿Bien? —pregunta finalmente. Bee ha estado trabajando conmigo todo este último año en el proyecto de Upgo; ella me ha visto a diario desde la muerte de Carla. Conoce tan bien mi relación con mi madre como mi novio, o mejor que él. A Ethan solo lo veo los fines de semana y alguna que otra noche entre semana, si ambos podemos salir del trabajo a nuestra hora, mientras que Bee y yo pasamos juntas unas dieciséis horas al día.

Me froto los ojos con fuerza y me mancho las manos de rímel grumoso. Debo de tener una pinta terrible.

—Tenías razón. No debería haber contestado. Lo he hecho fatal.

—Pues a mí me ha parecido que lo has hecho fenomenal —dice Bee.

—Por favor, háblame de otra cosa. De algo que no sea mi familia. Ni el trabajo. Ni de ningún drama parecido. Háblame de tu cita de anoche.

—Si no quieres hablar de dramas, tendrás que elegir otro tema —declara Bee, acomodándose en la silla.

—Vaya, ¿no salió bien? —pregunto.

Aunque estoy a punto de echarme a llorar, Bee tiene el detalle de fingir que no me ha visto y de seguir hablando del tema.

—No. Fatal. Supe que no era para mí en cuanto se acercó para darme un beso en la mejilla y me di cuenta de que olía a la toalla asquerosa y mohosa con la que seguramente se lavó la cara.

Eso funciona; es lo suficientemente repugnante como para hacerme volver de golpe al presente.

—Puaj —digo.

—También tenía unas legañas enormes en los lagrimales. Como si tuviera mocos en los ojos.

—Bee… —Intento encontrar la mejor forma de decirle que no debería descartar a las personas tan rápidamente, pero parece que los poderes para dar charlas motivacionales me han abandonado y, en cualquier caso, eso de la toalla es bastante asqueroso.

—Estoy a punto de rendirme y seguir siendo madre soltera toda la vida —asegura Bee mientras intenta captar la atención del camarero—. He llegado a la conclusión de que es muchísimo peor tener citas que estar sola. Al menos cuando estás sola no hay esperanza, ¿no?

—¿Que no hay esperanza?

—No. No hay esperanza. Es perfecto. Todos sabemos dónde estamos: solos, como llegamos al mundo y como lo dejaremos, etcétera, etcétera. Mientras que, cuando tienes citas, te llenas de esperanza. De hecho, tener citas es en realidad una forma lenta y dolorosa de descubrir lo decepcionantes que son el resto de los humanos. Cada vez que empiezas a creer que has encontrado a un hombre bueno y encantador —Bee mueve los dedos—, aparecen los problemas con mamá, los egos delicados y los fetiches raros con el queso.

El camarero por fin nos hace caso.

—¿Lo de siempre? —grita desde el otro extremo de la cafetería.

—¡Sí! Con doble de sirope en las tortitas —responde Bee a gritos, señalándome.

—¿Has dicho «fetiches con el queso»? —pregunto.

—Digamos que he visto algunas fotos que han hecho que deje de gustarme el brie.

—¿El brie? —digo horrorizada—. ¡Pero si el brie está buenísimo! ¿Cómo es posible que alguien te haga odiar el brie?

Bee me da unas palmaditas en la mano.

—Creo que tú nunca tendrás que averiguarlo, amiga mía. De hecho, se supone que debería estar animándote, así que ¿por qué no estamos hablando de tu pluscuamperfecta vida amorosa? Seguro que ya ha empezado la cuenta atrás para que Ethan te haga la pregunta. —Bee capta mi expresión—. ¿No? ¿Tampoco quieres hablar de eso?

—Es que… —Agito la mano mientras se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas—. He vuelto a recordar ese horror. Madre mía. Madre mía. Madre mía.

—Solo por saber: ¿por qué crisis existencial estás «madremiando» ahora? —pregunta Bee.

—Por la del trabajo. —Aprieto los nudillos contra los ojos hasta que me duelen—. No puedo creer que no vayan a asignarme ningún proyecto durante dos meses. Es como… Como un minidespido.

—En realidad son unas vacaciones de dos meses —declara Bee con un tono de voz que me hace apartar las manos y abrir los ojos.

—Ya, pero…

—Leena, te quiero y sé que ahora mismo muchos aspectos de tu vida son una mierda, pero ¿podrías, por favor, intentar ver esto como algo positivo? Porque va a ser muy difícil seguir queriéndote si te vas a pasar las próximas ocho semanas quejándote por tener dos meses de vacaciones pagadas.

—Pues…

—¡Podrías irte a Bali! ¡O explorar la selva amazónica! ¡O dar la vuelta al mundo en barco! —Bee arquea las cejas—. ¿Sabes lo que daría yo por tener esa libertad?

Trago saliva.

—Sí. Perdona. Lo siento, Bee.

—No pasa nada. Sé que para ti esto significa más que estar un tiempo sin trabajar. Pero piensa un poco en las que nos pasamos las vacaciones en museos de dinosaurios llenos de niños de nueve años, ¿quieres?

Inspiro y exhalo lentamente, intentando asimilar lo que acaba de decir.

—Gracias —digo mientras el camarero se acerca a nuestra mesa—. Necesitaba oír eso.

Bee me sonríe antes de bajar la vista hacia el plato.

—¿Sabes? Podrías aprovechar el tiempo libre para retomar nuestro plan de negocio.

Hago una mueca. Bee y yo llevamos dos años pensando en montar nuestra propia consultoría. De hecho, estábamos a punto de hacerlo cuando Carla enfermó. Y ahora las cosas están un poco… estancadas.

—¡Sí! —exclamo lo más alegremente posible—. Claro.

Bee levanta una ceja y yo me vengo abajo.

—Lo siento mucho, Bee. Quiero hacerlo, de verdad que sí, pero es que ahora mismo… me parece imposible. ¿Cómo vamos a montar nuestra propia empresa si me cuesta tanto conservar mi puesto en Selmount?

Bee mastica un bocado de tortitas, pensativa.

—Vale. Sé que últimamente has tenido problemas de autoestima y lo entiendo. Puedo esperar. Pero, aunque no inviertas este tiempo en trabajar en el plan de negocio, deberías invertirlo en trabajar en ti misma. Mi Leena Cotton no habla de «conservar un puesto» como si no pudiera hacer nada mejor, y mucho menos utiliza la palabra «imposible». Y yo quiero recuperar a mi Leena Cotton. Así que tienes dos meses para encontrarla y traérmela de vuelta —me advierte Bee, señalándome con el tenedor.

—¿Y cómo voy a hacerlo?

Bee se encoge de hombros.

—Eso de encontrarse a uno mismo no es mi fuerte, la verdad. Yo soy la de las estrategias… La de las metas eres tú.

Eso me arranca una sonrisa.

—Gracias, Bee —digo de repente, extendiendo una mano para agarrar la suya—. Eres genial. De verdad. Maravillosa.

—Mmm, ya. Pues díselo a los solteros de Londres, amiga mía —replica ella, dándome una palmadita en la mano antes de volver a coger el tenedor.

2. Eileen

2

Eileen

Hace ya cuatro largos y maravillosos meses que mi marido se fugó con nuestra profesora de baile y hasta este preciso instante no lo había echado de menos ni una sola vez.

Observo el tarro que hay sobre el aparador con los ojos entornados. Todavía me duele la muñeca por haberme pasado un cuarto de hora intentando abrir la tapa, pero no pienso rendirme. Muchas mujeres viven solas toda la vida y son capaces de comer alimentos que vienen en botes.

Le lanzo una mirada asesina al tarro y me canto las cuarenta a mí misma. Soy una mujer de setenta y nueve años. He dado a luz. Me he encadenado a una excavadora para salvar un bosque. Me he enfrentado a Betsy por las normas nuevas de aparcamiento en Lower Lane.

Puedo abrir este condenado tarro de salsa para pasta.

Dec me mira desde el alféizar de la ventana mientras revuelvo el cajón del menaje de cocina en busca de algo que sustituya a mis dedos, cada vez más inservibles.

—Estás pensando que soy una vieja inútil, ¿verdad? —le digo al gato.

Dec da un coletazo. Es un coletazo sarcástico. «Todos los humanos son unos inútiles» es lo que dice ese coletazo. «Deberías seguir mi ejemplo. Yo hago que otros me abran los tarros».

—Tú da gracias que tu cena de esta noche venga en una bolsita —le digo, amenazándolo con la cuchara de los espaguetis. Ni siquiera me gustan los gatos. Fue idea de Wade que nos hiciéramos con unos gatitos el año pasado, pero perdió el interés por Ant y Dec en cuanto conoció a doña Chachachá y decidió que Hamleigh se le quedaba demasiado pequeño y que solo los viejos tenían gatos. «Puedes quedarte con los dos», me dijo con gran magnanimidad. «Encajan mejor con tu estilo de vida».

Cabrón engreído. ¡Si él es mayor que yo! En septiembre cumplirá ochenta y uno. Y en cuanto a mi estilo de vida… Bueno. Espera y verás, Wade Cotton. Te vas a caer de culo.

—Las cosas van a cambiar por aquí, Declan —le digo al gato mientras cojo el cuchillo del pan que está al fondo del cajón. Dec parpadea lentamente con indiferencia y luego abre los ojos de par en par y salta por la ventana mientras yo levanto el cuchillo con ambas manos para apuñalar la tapa del tarro. Dejo escapar un escueto «¡Ja!» mientras lo perforo; tengo que asestarle varias puñaladas, como si fuera una asesina novata de una obra de Agatha Christie, pero esta vez cuando giro la tapa se abre sin problema. Tarareo en voz baja mientras vacío triunfante el contenido en la sartén.

Hala. Cuando la salsa está suficientemente caliente y la pasta hervida, me instalo de nuevo en la mesa del comedor con la cena y reviso la lista.

Basil Wallingham

Pros:

– Vive en mi misma calle: no hay que andar mucho.

– Aún tiene los dientes de verdad.

– Todavía tiene energía suficiente para echar a las ardillas de los comederos de los pájaros.

Contras:

– No puede ser más aburrido.

– Siempre lleva ropa de «tweed».

– No me extrañaría que fuera fascista.

Señor Rogers

Pros:

– Solo tiene 67 años.

– Tiene una buena mata de pelo en la cabeza (realmente increíble).

– Baila como Pasha, el de «Mira quién baila» (aún más increíble).

– Es amable con todo el mundo, hasta con Basil (lo más increíble de todo).

Contras:

– Es un hombre muy religioso. Un meapilas. Seguro que es un soso en la cama.

– Solo viene a Hamleigh una vez al mes.

– Parece que solo le interesa Jesús.

Doctor Piotr Nowak

Pros:

– Es polaco. ¡Qué emocionante!

– Es médico. Muy útil para los achaques.

– Puede mantener conversaciones muy interesantes y se le da fenomenal el Scrabble.

Contras:

– Demasiado joven para mí (59).

– Casi seguro que sigue enamorado de su exmujer.

– Se parece un poco a Wade (no es culpa suya, pero me echa para atrás).

Mastico con lentitud y cojo el bolígrafo. Llevo dándole vueltas a esto todo el día, pero… Debería incluir en la lista a todos los hombres solteros de edad adecuada. Al fin y al cabo, también he puesto a Basil, ¿no?

Arnold Macintyre

Pros:

– Es el vecino de al lado.

– Tiene la edad perfecta (72).

Contras:

– Es un ser humano repulsivo.

– Envenenó a mi conejo (vale, aún está por demostrar, pero estoy segura de que fue él).

– Podó mi árbol lleno de nidos de pájaros.

– Es un aguafiestas.

– Seguro que come gatitos para desayunar.

– Probablemente sea descendiente de ogros.

– Me odia casi tanto como yo a él.

Tacho «Probablemente sea descendiente de ogros» al cabo de un rato, porque no quiero meter a sus padres en esto; a lo mejor eran encantadores, yo qué sé. Pero lo de los gatitos lo dejo.

Ya está. He completado la lista. Ladeo la cabeza, pero resulta tan desalentadora desde este ángulo como con la cabeza recta. Tengo que aceptar la realidad: no hay muchas opciones en Hamleigh-in-Harksdale, con una población de ciento sesenta y ocho habitantes. Si quiero encontrar el amor a estas alturas de mi vida, necesito ampliar horizontes. Hasta Tautingham, por ejemplo. En Tautingham hay al menos doscientas personas y solo está a treinta minutos en bus.

Suena el teléfono; llego al salón justo a tiempo.

—¿Sí?

—¿Abuela? Soy Leena.

Sonrío.

—Espera, deja que me siente.

Me acomodo en mi sillón favorito; el verde con estampado de rosas. Esta llamada siempre es la mejor parte del día. Hasta cuando era amargamente triste, cuando solo hablábamos sobre la muerte de Carla (o de cualquier cosa menos de eso, porque era demasiado doloroso). Incluso entonces, las llamadas de Leena me hacían seguir adelante.

—¿Cómo estás, cielo? —le pregunto.

—Bien, ¿y tú?

Entrecierro los ojos.

—Tú no estás bien.

—Ya, me ha salido solo, perdona. Como cuando alguien estornuda y dices «Salud». —La oigo tragar saliva—. Abuela, he tenido un…, un ataque de pánico en el trabajo. Me han mandado a casa dos meses, de excedencia.

—¡Ay, Leena! —Me llevo la mano al corazón—. Aunque no te viene mal tener algo de tiempo libre —añado rápidamente—. Descansar un poco de todo eso te hará bien.

—Me están dejando de lado. No he estado dando la talla, abuela.

—Bueno, es entendible, dado…

—No —replica ella con voz quebrada—. No lo es. Dios, se lo…, se lo prometí a Carla, le dije que no permitiría que el hecho de perderla me frenara y ella siempre decía… Decía que se sentía muy orgullosa, pero ahora he…

Está llorando. Me aferro con la mano a la chaqueta de punto, como hacen Ant o Dec con sus garras cuando se sientan en mi regazo. Incluso cuando era niña, Leena apenas lloraba. No como Carla. Cuando Carla se enfadaba levantaba los brazos como si fuera la tristeza personificada, como una actriz melodramática en una obra de teatro; era difícil no reírse. Pero Leena se limitaba a fruncir el ceño, agachar la cabeza y mirarte con reproche a través de esas pestañas largas y oscuras.

—Vamos, cielo. A Carla le habría gustado que te tomaras unas vacaciones —le aseguro.

—Sé que debería tomármelo como unas vacaciones, pero no puedo. Es que… no soporto haberla fastidiado —dice en tono ahogado, como si estuviera tapando el auricular con las manos.

Me quito las gafas y me froto el puente de la nariz.

—No la has fastidiado, cielo. Estás estresada, eso es todo. ¿Por qué no vienes a pasar el fin de semana? Todo parece mejor con una taza de chocolate caliente; podremos hablar como es debido y tú podrás olvidarte un poco de todo eso, aquí en Hamleigh…

Se hace un largo silencio.

—Hace muchísimo tiempo que no vienes a visitarme —añado, vacilante.

—Ya lo sé. Lo siento mucho, abuela.

—No pasa nada. Viniste cuando Wade se marchó y siempre te lo agradeceré. Y soy muy afortunada por tener una nieta que me llama tan a menudo.

—Pero sé que hablar por teléfono no es lo mismo. Y no es que… Sabes que me encantaría verte.

No menciona a su madre. Antes de la muerte de Carla, Leena venía a ver a Marian una vez al mes, por lo menos. ¿Cuándo terminará esto, esta triste contienda entre ambas? Yo me cuido mucho de no mencionarlo nunca; no quiero interferir, no es cosa mía. Pero…

—¿Te ha llamado tu madre?

Otro largo silencio.

—Sí.

—Para hablarte de… —¿Qué era lo que había decidido al final?—. ¿La «hipoterapia»?

—Hipnoterapia.

—Eso, sí.

Leena no dice nada. Qué dura es nuestra Leena. ¿Cómo van a superar esto si las dos son condenadamente tercas?

—Eso. Mejor no me meto —digo, rompiendo el silencio.

—Lo siento, abuela. Sé que es duro para ti.

—No, no, no te preocupes por mí. Pero ¿te pensarás lo de venir a pasar el fin de semana? Es difícil ayudar desde tan lejos, cielo.

Oigo cómo se sorbe la nariz.

—¿Sabes qué, abuela? Sí que voy a ir. Hace tiempo que me apetece y…, y me encantaría verte.

—¡Bien! —exclamo sonriendo—. Será maravilloso. Te haré uno de tus platos favoritos para cenar y te pondré al día de todos los cotilleos del pueblo. Roland está a dieta, ¿sabes? Y Betsy intentó teñirse el pelo, pero le salió mal y tuve que llevarla en coche a la peluquería con un trapo de cocina en la cabeza.

Leena resopla, riéndose.

—Gracias, abuela —dice al cabo de un rato—. Siempre sabes cómo hacerme sentir mejor.

—Es lo que hacen las Eileens —digo—. Cuidar unas de otras. —Solía decirle eso cuando era pequeña; el nombre completo de Leena también es Eileen. Marian le puso ese nombre por mí cuando todos creímos que me iba a morir de neumonía a principios de los años noventa, pero cuando nos dimos cuenta de que, después de todo, no estaba a las puertas de la muerte, empezó a ser un lío y Leena se convirtió en Leena.

—Te quiero, abuela —dice.

—Y yo a ti, cielo.

Cuando cuelga el teléfono, me doy cuenta de que no le he contado lo de mi nuevo proyecto. Hago una mueca. Me había prometido contárselo la próxima vez que llamara. No es que me dé vergüenza estar buscando el amor, la verdad. Pero a los jóvenes suele hacerles mucha gracia que los viejos quieran enamorarse. No con mala intención, es algo que hacen sin pensar, como quien se ríe de los niños que se comportan como adultos o de los maridos que intentan hacer la compra semanal.

Vuelvo al comedor y, cuando llego, bajo la vista hacia mi triste listita de hombres disponibles en Hamleigh. Ahora todo eso me parece insignificante. Carla ocupa todos mis pensamientos. Intento pensar en otras cosas (las chaquetas de tweed de Basil, la exmujer de Piotr…) pero no sirve de nada, así que me acomodo y me doy carta blanca para recordar.

Pienso en Carla de niña, con su mata de rizos y las rodillas llenas de arañazos, de la mano de su hermana. Pienso en ella cuando era una jovencita con una camiseta gastada de Greenpeace demasiado delgada, pero sonriente, llena de pasión. Y luego pienso en la Carla que yacía en la sala de estar de Marian. Demacrada, ojerosa y luchando contra el cáncer con las pocas fuerzas que le quedaban.

No es justo que la pinte así, como si pareciera débil; seguía siendo muy Carla, muy apasionada. Hasta cuando Leena vino a verla por última vez, solo unos días antes de que ella muriera, Carla seguía sin tolerar las tonterías de su hermana mayor.

Estaba en su cama especial de hospital que un grupo de amables empleados del Servicio Nacional de Salud habían instalado en la sala de Marian una noche con una eficiencia asombrosa, antes de irse sin que a mí me diera tiempo siquiera a prepararles una taza de té. Marian y yo estábamos de pie en la puerta. Leena estaba al lado de la cama, en el sillón que habíamos movido allí una vez y que nunca había vuelto a su sitio. El centro de la sala de estar ya no era la televisión, sino esa cama, con sus barrotes de color magnolia a ambos lados del colchón y aquel mando a distancia gris, que siempre se perdía entre las mantas, para ajustar la altura de la cama y mover a Carla cuando quería sentarse.

—Eres increíble —le estaba diciendo Leena a su hermana, con los ojos llenos de lágrimas—. Creo que eres… Creo que eres increíble, tan valiente y…

Carla extendió una mano, más rápido de lo que yo la creía capaz en esos momentos, y pellizcó a su hermana en el brazo.

—Cállate. Nunca dirías algo así si no me estuviera muriendo —replicó ella. Aun con la voz débil y seca, podías captar su sentido del humor—. Ahora eres mucho más amable conmigo. Se me hace raro. Echo de menos que me regañes por desperdiciar mi vida.

Leena hizo un gesto de dolor.

—Yo no…

—Leena, no pasa nada, era broma.

Leena se revolvió en el sillón, incómoda, y Carla levantó la vista hacia el techo, como diciendo: «Por el amor de Dios». Para entonces yo ya me había acostumbrado a su cara sin cejas, pero recuerdo lo raro que se me hacía al principio, en cierto modo, más raro que cuando perdió sus largos rizos castaños.

—Vale, vale. Me pondré seria —dijo.

Nos miró a Marian y a mí y extendió la mano hacia la de Leena, con unos dedos demasiado pálidos en contraste con la piel bronceada de esta.

—¿Vale? Pondré cara seria. —Carla cerró los ojos un momento—. Quería comentaros algo, la verdad. Algo serio. —Luego abrió los ojos y miró fijamente a Leena—. ¿Recuerdas cuando nos fuimos juntas de acampada un verano, cuando volviste de la uni y me dijiste que creías que la consultoría de gestión era la forma de cambiar el mundo y yo me eché a reír? ¿Y que luego nos pusimos a discutir sobre el capitalismo?

—Sí, me acuerdo —dijo Leena.

—Pues no debería haberme reído. —Carla tragó saliva; el dolor tiñó sus facciones, hizo que los bordes de sus ojos se tensaran y que sus labios secos temblaran—. Debería haberte escuchado y decirte que me sentía orgullosa. En cierto modo, tú estás transformando el mundo; lo estás mejorando y necesita gente como tú. Quiero que largues a todos esos viejos estirados y que dirijas tú el cotarro. Monta esa empresa. Ayuda a la gente. Y prométeme que no permitirás que el hecho de perderme te frene.

Para entonces Leena ya estaba llorando, con los hombros encorvados y temblorosos. Carla sacudió la cabeza.

—Leena, ¿quieres parar? ¡Joder, si lo sé no me pongo seria! ¿Quieres que vuelva a pellizcarte?

—No —respondió Leena, riéndose entre lágrimas—. No, por favor. Me ha dolido bastante, la verdad.

—Vale. Pues que sepas que, cada vez que dejes escapar una oportunidad, cada vez que dudes de si eres capaz de hacer algo o cada vez que te plantees renunciar a algo que deseas…, yo te pellizcaré desde el más allá.

Con ustedes, Carla Cotton.

Era valiente, graciosa y sabía que no seríamos capaces de vivir sin ella.

3. Leena

3

Leena

Me despierto a las seis y veintidós, veintidós minutos después de la hora habitual, y me incorporo de golpe, jadeando. Creo que la razón por la que estoy asustada es ese silencio extraño, la ausencia del alegre pitido terrorífico de la alarma del móvil. Tardo un rato en darme cuenta de que no voy a llegar tarde: no tengo que levantarme para ir a la oficina. De hecho, no se me permite volver a la oficina.

Me dejo caer sobre la almohada mientras el horror y la vergüenza vuelven a apoderarse de mí. He dormido fatal, no he dejado de darle vueltas a la reunión en un estado de duermevela y luego, cuando he conseguido dormirme, he soñado con Carla, con una de las últimas noches que pasé en casa de mi madre, cuando me metí en la cama de mi hermana y estreché contra mí su frágil cuerpo, que se acurrucaba contra el mío como el de una niña. Al cabo de un rato, ella me echó de un codazo. «Deja de mojarme la almohada», me dijo, pero luego me dio un beso en la mejilla y me mandó a hacer un chocolate caliente en plena noche, antes de que nos pusiéramos a charlar un rato, riéndonos en la oscuridad como si volviéramos a ser pequeñas.

Hacía bastantes meses que no soñaba con Carla. Ahora, ya despierta, al revivir ese sueño, echo tanto de menos a mi hermana que musito un «Joder» y me pongo a llorar mientras recuerdo los devastadores golpes de dolor que, a traición, me derribaban esos primeros meses. Vuelvo a sentirlos por un instante descorazonador y me pregunto cómo fui capaz siquiera de sobrevivir a esa época.

Qué mal. Necesito moverme. Correr un poco. Eso me ayudará. Me pongo las mallas de Lululemon que Ethan me regaló por mi cumpleaños y una camiseta vieja y salgo por la puerta. Corro por las calles de Shoreditch hasta que los ladrillos oscuros y el arte callejero dan paso a los almacenes reconvertidos de Clerkenwell, a los bares y restaurantes cerrados de Upper Street y a la opulencia arbolada de Islington; hasta que estoy empapada en sudor y lo único en lo que puedo pensar es en el centímetro de acera que tengo delante. Siguiente paso, siguiente paso, siguiente paso.

Cuando vuelvo, Martha está en la cocina, intentando encajar su cuerpo embarazadísimo en uno de los absurdos taburetes art déco que ha elegido para el piso. Tiene el pelo castaño oscuro recogido en dos coletas; Martha siempre ha tenido cara de niña y encima con ese peinado no parece que tenga edad legal para parir un hijo.

Le ofrezco un brazo para que se apoye mientras trepa, pero ella lo rechaza sacudiendo una mano.

—Es todo un detalle —dice—, pero estás demasiado sudada para que te toque otro ser humano, bonita.

Me limpio la cara con la parte baja de la camiseta y voy al fregadero a beber un vaso de agua.

—Necesitamos sillas de verdad —comento, girando la cabeza.

—¡De eso nada! Estas son perfectas —replica Martha, culebreando hacia atrás para intentar encajar el culo en el asiento.

Pongo los ojos en blanco.

Martha es diseñadora de interiores de lujo. Es un trabajo deslumbrante, agotador e irregular; sus clientes son quisquillosos hasta decir basta y siempre la están llamando a deshoras para sufrir ataques de nervios interminables por el tejido de las cortinas. El lado bueno es que consigue descuentos en muebles de diseño y ha llenado nuestro piso de piezas muy estilosas que, o no sirven para nada (como el jarrón en forma de uve doble del alféizar o la lámpara de hierro forjado que apenas emite un leve resplandor cuando la enciendes), o no cumplen en absoluto su función: véanse los taburetes altos en los que es casi imposible sentarse o la mesita de café de superficie convexa.

Pero parece que eso la hace feliz y yo estoy tan pocas veces en el piso que tampoco me importa mucho. La verdad es que nunca debí dejar que Martha me convenciera para alquilar esta casa con ella, pero, cuando llegué de nuevas a Londres, la novedad de vivir en una antigua imprenta era demasiado tentadora como para resistirse. Ahora esto no es más que un espacio carísimo en el que puedo derrumbarme sobre la cama y ni me entero de que lo que estamos haciendo, al parecer, es «vivir en el taller de un artesano». Cuando Martha se vaya, tengo que hablar con Fitz para mudarnos a un lugar más sensato. Aparte de la mujer rara que vive al lado con su gato, el resto de las personas del edificio tienen barba de moderno o una empresa emergente, así que no tengo muy claro que encajemos en Shoreditch.

—¿Ayer por la noche pudiste hablar con Yaz? —le pregunto mientras me sirvo otro vaso de agua.

Yaz es la novia de Martha y actualmente está de gira en Estados Unidos con una obra de teatro, durante seis meses. La relación de Yaz y Martha me causa altos niveles de estrés indirecto. Parece que todo exige una logística complicadísima. Siempre están en diferentes zonas horarias, enviándose documentos importantes de un lado a otro del mundo y tomando decisiones vitales decisivas en llamadas de WhatsApp con una cobertura pésima. La situación actual es el ejemplo perfecto de su forma de vida: Yaz vuelve dentro de ocho semanas para tomar posesión de una casa (que aún no ha comprado) y para trasladar allí a su novia embarazada antes de que el bebé llegue solo unos días después. Me pongo a sudar otra vez solo de pensarlo.

—Sí, Yaz está bien —responde Martha mientras se frota la tripa distraídamente—. No para de hablar a cuatrocientos kilómetros por hora de Chéjov y de partidos de béisbol. Ya sabes cómo es. —Su sonrisa indulgente se expande mientras bosteza con todas sus ganas—. Aunque se está quedando muy flaca. Necesita comer bien.

Reprimo una sonrisa. Puede que Martha aún no sea madre, pero ha estado cuidando de todos los que están a su alrededor desde que la conozco. Alimentar a la gente es uno de sus ataques de bondad favoritos. También sigue insistiendo en traer a amigos de su clase de pilates a cenar con la descarada esperanza de que logren llevar por el buen camino a Fitz, nuestro otro compañero de piso.

Hablando de Fitz… Consulto la hora en mi Fitbit. Este es su cuarto trabajo este año, no le conviene llegar tarde.

—¿Fitz se ha levantado ya? —pregunto.

Él entra justo en ese momento, subiéndose el cuello de la camisa para ponerse la corbata. Como es habitual, parece que se ha recortado el vello facial con una regla; llevo tres años viviendo con él y todavía no logro entender cómo lo consigue. Fitz siempre tiene un aspecto engañosamente pulcro. Su vida es un caos absoluto, pero sus calcetines están siempre perfectamente planchados (en su defensa he de decir que siempre se le ven porque lleva los pantalones un centímetro más cortos de lo normal y son mucho más interesantes que los calcetines de la mayoría de la gente: tiene unos de Bob Esponja, otros a manchas como los cuadros de Van Gogh y sus favoritos, los «calcetines políticos», en los que pone «El Brexit es una mierda» alrededor de los tobillos).

—Ya me he levantado. La pregunta es qué haces tú levantada si estás de vacaciones —pregunta Fitz mientras termina de anudar su escuálida corbata.

—Ay, Leena —dice Martha—. Perdona, me había olvidado de que esta mañana no ibas a trabajar —comenta con los ojos abiertos de par en par, con pena—. ¿Cómo te encuentras?

—Fatal —confieso—. Y enfadada conmigo misma por sentirme fatal, porque ¿quién se siente fatal teniendo dos meses de vacaciones pagadas? Pero no dejo de recordar el momento de la reunión. Y entonces lo único que me apetece es acurrucarme en posición fetal.

—La posición fetal no es tan estática como la gente cree —comenta Martha, sonriendo y frotándose un lado de la barriga—. Pero sí, es completamente normal, cielo. Necesitas descansar, eso es lo que te está diciendo tu cuerpo. Y también perdonarte. Solo has cometido un pequeño error.

—Leena nunca había cometido uno de esos —dice Fitz mientras va hacia la licuadora—. Dale tiempo para que se acostumbre.

Yo frunzo el ceño.

—Sí he cometido errores.

—Por favor, doña Perfecta, dime uno —me pide Fitz, mirando hacia atrás para guiñarme un ojo.

Martha capta mi cara de cabreo y extiende la mano para darme un apretón en el brazo, hasta que recuerda lo sudada que estoy y en lugar de ello me da unas palmaditas suaves en el hombro.

—¿Tienes planes para el fin de semana? —me pregunta.

—Pues voy a subir a Hamleigh, de hecho —respondo mientras miro el móvil. Espero un mensaje de Ethan. La noche anterior trabajó hasta tarde, pero espero que esta esté libre. Necesito uno de sus abrazos, maravillosos y largos, en los que hundo la cara en su cuello mientras él me envuelve totalmente con sus brazos.

—Ah, ¿sí? —dice Fitz, poniendo cara rara—. ¿Seguro que irte al norte a ver a tu madre es lo que más te apetece ahora mismo?

—¡Fitz! —le reprende Martha—. A mí me parece una gran idea, Leena. Ver a tu abuela te hará sentirte muchísimo mejor y no tienes por qué estar con tu madre si no te sientes preparada. ¿Ethan va a acompañarte?

—No creo, está con lo del proyecto de Swindon. Tiene que entregarlo el jueves que viene y se tira todo el rato en la oficina.

Fitz aprieta el botón de la licuadora con saña al oír eso. No hace falta que diga nada; sé que piensa que Ethan y yo no nos damos la suficiente prioridad. Es cierto que no nos vemos tanto como nos gustaría; aunque trabajemos para la misma empresa, siempre nos asignan proyectos distintos, normalmente en diferentes polígonos industriales perdidos de la mano de Dios. Pero en parte esa es la razón por la que Ethan es tan increíble. Él entiende lo importante que es el trabajo. Cuando Carla murió y a mí me costaba tanto mantenerme a flote, fue Ethan quien hizo que me centrara en el trabajo, recordándome lo que me encantaba de él, empujándome para que siguiera adelante y no tuviera la oportunidad de hundirme.

Solo que ahora no tengo ningún trabajo para poder seguir adelante, al menos durante las próximas ocho semanas. Me esperan dos larguísimos meses vacíos. Al pensar en todas esas horas de calma y tranquilidad y tiempo para pensar, me entra vértigo. Necesito un objetivo, un proyecto, algo. Si me detengo, las aguas se cerrarán sobre mi cabeza, y solo de pensarlo siento un hormigueo de pánico en la piel.

Compruebo la hora en el teléfono. Ethan lleva más de una hora y media de retraso; seguramente lo habrá arrinconado uno de los socios justo cuando se iba. Llevo toda la tarde limpiando el piso y había acabado a tiempo, antes de que llegara, pero ahora han pasado dos horas más, durante las cuales he estado apartando muebles, limpiando el polvo de las patas de las sillas y desinfectando con la clase de exhaustividad que te garantiza un hueco en un programa de DKISS.

Cuando por fin oigo la llave en la puerta, salgo arrastrándome de debajo del sofá y me sacudo la sudadera gigantesca de hacer la limpieza. Es de Buffy, y en la parte delantera tiene una foto enorme suya con cara de tía dura. Quitando los trajes, la mayoría de mi vestuario se compone de sudaderas gigantes frikis. Puede que últimamente no tenga mucho tiempo para disfrutar de series de culto, pero eso no me impide dejar claras mis preferencias. Y, sinceramente, creo que es el único tipo de ropa en la que merece la pena gastarse el dinero.

Ethan coge aire con dramatismo al entrar en la habitación mientras gira sobre sí mismo, viendo la transformación. Ha quedado genial. La verdad es que solemos tener la casa bastante ordenada, pero ahora está como los chorros del oro.

—Debí imaginar que no serías capaz de pasar un solo día sin una actividad frenética —comenta Ethan, bajando la cabeza para besarme. Huele a una colonia fuerte y cítrica y tiene la nariz fría por la lluvia fresca de marzo—. La casa ha quedado genial. ¿Quieres darle un repaso a la mía?

Le doy una palmada en el brazo y él se ríe mientras se aparta el cabello oscuro de la frente sacudiéndolo hacia un lado en un gesto muy típico de él. Luego se agacha, vuelve a besarme y siento cierta envidia al darme cuenta de que está eufórico por el trabajo. Echo de menos esa sensación.

—Siento llegar tarde —dice mientras se aleja para ir hacia la cocina—. Li me ha secuestrado para hablar de las cifras de investigación y desarrollo para la evaluación de Webster y ya sabes cómo es: no capta una indirecta ni aunque lo maten. ¿Tú cómo lo llevas, amor? —grita, mirando hacia atrás.

El corazón me da un vuelco. «¿Cómo lo llevas, amor?». Ethan me decía eso por teléfono cada noche, cuando Carla ya casi no podía más; me lo dijo cuando apareció en la puerta en el momento en que más lo necesitaba, con una botella de vino y un abrazo; me lo dijo mientras avanzaba tambaleándome en el funeral de Carla, aferrándome con tal fuerza a su mano que debí de hacerle daño. No habría superado todo aquello sin él. No creo que puedas llegar a demostrarle a alguien lo agradecida que estás por haber estado a tu lado en el momento más duro de tu vida.

—Estoy… bien —digo.

Ethan vuelve a entrar, esta vez en calcetines, lo que no pega mucho con su traje.

—A mí esto me parece positivo —comenta—. Lo de la excedencia.

—Ah, ¿sí? —pregunto mientras me apoltrono en el sofá. Él se acomoda a mi lado y me coloca las piernas sobre las suyas.

—Por supuesto. Además, puedes seguir en la brecha; ya sabes que puedes involucrarte en mis proyectos cuando quieras y puedo dejarle caer a Rebecca que me estás ayudando mucho, para que sepa que no pierdes facultades mientras estás fuera.

Pongo la espalda más recta.

—¿En serio?

—Claro. —Ethan me besa—. Sabes que puedes contar conmigo.

Me muevo para poder verlo bien: su boca fina y expresiva, su sedoso pelo negro, la pequeña hilera de pecas sobre sus prominentes pómulos… Es muy guapo y está aquí, en este momento, cuando más lo necesito. Tengo mucha suerte de haber encontrado a este hombre.

Él se inclina hacia un lado para coger la bolsa del portátil, que está colgada en el brazo del sofá.

—¿Quieres repasar las diapositivas de la presentación de mañana conmigo? ¿Las de la evaluación de Webster?

Vacilo, pero él ya está abriendo el portátil, me lo pone sobre las piernas y yo me recuesto y lo escucho mientras empieza a hablar.

Me doy cuenta de que tiene razón, eso me ayuda.

Así, con Ethan, escuchándolo hablar con su voz grave y suave acerca de ingresos y pronósticos, casi me siento yo misma.